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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #81
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    Predeterminado

    En fin, más valía que se dejara ahora de filosofías y que pensara en ver qué hacía con Ahuitzotl, al que había conseguido traerse, y menos mal, porque a un incauto como el pobre muchacho, en el vacío que había seguido en Tenochtitlán a la muerte de Moctezuma, los buitres de la ciudad podían devorarlo en una pestañada de ojo. Y eso, lo que atañía a Ahuitzotl, fue otra de las grandes y desagradables sorpresas que se había llevado esos días pasados. Resulta que el muchacho ya tenía edad y ganas de tener mujer y él, cumpliendo su deber de padre, se dedicó a buscársela. Después de estudiar el panorama y de que a su vez también lo hubieran tanteado, creyó tener a la joven idónea e hizo unas gestiones con el resultado deseado, de forma que él estaba contento, Ahuitzotl estaba contento, la muchacha parecía contenta y su padre, madrastra y tíos igual. Pero el asunto no salió. ¿Cómo estando todo el mundo de acuerdo pudo no salir?
    El mismo día en que había quedado todo concertado, cuando, ya de noche, estaba por retirarse a dormir, le anunció el mayordomo la visita de una desconocida, una partera anciana, que ya no ejercía, pero que había gozado de mucho prestigio. Lo que le dijo esta visitante lo obligó a deshacer todos los conciertos y a perder completamente la cara ante todos los interesados, sin excluir a Ahuitzotl. Naturalmente, no se fió sin más de la palabra de la partera, pero las pruebas que trajo y los testimonios que recabó sobre el caso confirmaron lo dicho por ella. Y eso era lo que había hecho antes de disponer la función de los otomíes para luego haberse quedado como un lelo viéndola, tratando de vaciar el pensamiento con aquella cancioncilla repetida, repetida… Se había visto obligado a revelar a Ahuitzotl, algo aplacado el enojo del primer momento pero aún muy dolido por el aborto del compromiso, aquello que lo había obligado a romperlo. Lo había mandado llamar.
    -Diga, padre.
    -Ven. Quiero explicarte por qué he tenido que romper el compromiso con la que iba a ser tu consorte. Siéntate.
    Iba a haberle dicho "siéntate, hijo", pero se sintió incapaz.
    -Ya le escucho, padre.
    -Citlali no puede ser tu concubina porque es hermana carnal tuya.
    Ahuitzotl se quedó con la boca abierta. Al fin dijo:
    -¿De verdad? No lo entiendo. ¿Quieres decir que su difunta madre y tú...?
    -¿Yo? ¡Qué dices! No. Bastante hice que cumplí con las de casa. Citlali y tú sois hermanos de madre.
    -¿De madre? No puede ser. No lo entiendo.
    -La madre de Citlali, Xuchímitl, siendo soltera y sin consorte, tuvo un desliz, o los deslices que fueran, pero ya sabes que en un plazo de quince meses, con un desliz o con cuatrocientos, el resultado es el mismo. Total que cuando llegó el momento, ya la Xuchímitl y su madre, con la partera y la ayudante de la partera lo tenían todo maquinadito y tomaron a la criatura recién nacida y se la colocaron a mi concubina que también parió esos días, diciendo que había tenido mellizos. Como ya sabes, uno de los mellizos murió a poquito de nacer. Pues ese que murió no era el de la madre de Citlali, sino el de mi concubina y mío y, en consecuencia, tú eres el hermano de Citlali. Naturalmente, cuando conseguí comprobar que lo que me había contado la partera era cierto, tuve que deshacer el compromiso y no pude decir la verdad porque vino a llorarme la anciana abuela de la muchacha rogándome que no pusiera de boca en boca el nombre de su difunta hija, que es tu madre, que no tirase por los suelos la reputación de una gran casa y los nombres de una gran familia y las demás cosas del mismo cariz que ya te puedes imaginar. Y fíjate si tengo dominio de mí mismo que entonces ni siquiera estrangulé a la abuela.
    Evidentemente, Ilhuicauxaual estaba indignado. En cambio, Ahuitzotl de momento sólo daba abasto a estar sorprendido y se quedó mudo y con la boca abierta. Cuando recuperó el habla dijo:
    -¡Pero, entonces, soy hijo del pecado!
    A Ilhuicauxaual, que por un momento creyó que el muchacho habría conseguido adivinar quién fue su padre natural, le arrancó una leve sonrisa de ironía aquella grandilocuente y moral exclamación.
    -¿Del pecado? Sí, claro. Pero ya, entrando más en detalle, más bien creo que de un barquerito muy echado para alante que debió de dar a conocer a tu madre todos los secretos de la laguna.
    Ahuitzotl lanzó un silbido.
    -Y ¿dónde está ahora el barquero?
    -Fue hecho cautivo en la guerra.
    El joven no sabía qué decir, ni siquiera sabía si tenía que decir algo.
    -¿Y qué tengo que hacer ahora, padre? Es decir, ¿cómo tengo que llamarte? ¿Qué me va a pasar? Estas cosas tan extrañas, como son tan de improviso, me desorientan. Pero, a todo esto, digo yo una cosa: cuando después de pecar, mi madre nueva, Xuchímitl, contrajo concubinazgo con su concubino oficial, él tuvo que darse cuenta a la fuerza de que no era virgen. ¿Cómo se las arregló para que no se armara el escándalo?
    Ilhuicauxaual reprimió un gesto de fastidio.
    -Pero ¿todavía crees en esas cosas? ¿No te he estado explicando estos días, cuando dábamos por hecho el compromiso, todo lo que hay que saber sobre esto?
    -Pues sí, es verdad. Pero creo que hasta que no lo experimente por mí mismo no me voy a enterar.
    -Y cuando lo experimentes por ti mismo por primera vez te vas a enterar menos todavía porque todo sucede muy de prisa, hay muchos nervios y no sabe uno ni cómo sí ni cómo no. Pero, entiéndelo bien, que el hacer un mundo de la virginidad de las mujeres es sólo para asustarlas a ellas y, con el miedo ese de que se les vaya a notar, evitar en lo posible que se desmanden. No le busques otro sentido ni otra utilidad, porque no los tiene.
    -Ya, ya veo. Pero ¿sale sangre o no sale sangre?
    -Sale o no sale. Es igual. Tú, llegado el momento, encuéntralo todo perfecto y no hagas comentarios, porque, sea como sea, nada tiene ya remedio y la mayoría de las mujeres, no habiendo plaga de barqueros, son como deben y, si no echan sangre, será porque están hechas así o porque la curiosidad las ha llevado a averiguar por sí mismas qué tenían por ahí dentro. No quieras saber demasiado en estas cuestiones que ni hace falta ni sirve de nada.
    Ilhuicauxaual lanzó un suspiro y trató de que esta conversación no le hiciera recaer una vez más en lo que tanto le encendía pensar. Hombre de mundo que era, si era celoso, siempre se había dominado y no aprobaba las actitudes desmedidas, pero lo que habían hecho la abuela y la madre de Citlali y las parteras era canallesco. Una cosa es que en la naturaleza de las cosas estuviese escrito que la certidumbre de un varón sobre quiénes son sus hijos no pueda ser nunca absoluta, para lo que ya la sociedad y la educación preparan adecuadamente y ponen sus salvaguardias, y otra es que unas bandidas se encarguen de que hayas criado tú a una criatura y un buen día tengas la absoluta certeza de que no es hijo tuyo. En el momento de enterarse de la verdad no tuvo tiempo para meditar debidamente el asunto y por tanto hizo lo menos arriesgado, que era callar, pero no lo daba por cerrado todavía. Era canallesco. Aquí estaba este muchacho que hasta hace nada había llenado su vida y ahora resultaba que era todo un engaño. No era su hijo y él lo había idolatrado. ¡Qué difícil se le hacía ahora mirarlo y hablarle! Si por un encantamiento se lo hubiesen convertido en rata o en sapo, no lo hubiera sentido tan extraño. Y también ¿qué culpa tenía el muchacho, que seguía siendo igual de simple, igual de apegado a él? Ninguna por supuesto. Y ¿qué culpa tenía él, que habiéndolo querido más que a nada, pensándolo tan suyo, se encontraba ahora con que no tenía más que ver con él que si se lo hubiera encontrado en un serón de desperdicios? Y que no le dijeran que, habiendo habido tanto trato, los sentimientos no tenían por qué cambiar, porque no era así. En los sentimientos no se manda y tal vez para otros pudiera ser así, pero para él no lo era.
    Ahuitzotl interrumpió esta meditación tirándole de la manta.

  2. #82
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    -Te tiro de la manta porque te quiero hablar pero ya no sé cómo llamarte, puesto que me has dicho que no eres mi padre. ¿Cómo te llamo entonces?
    -Lo que te he contado, como ya has visto, no es público y a lo mejor no lo va a ser nunca. Es decir, de cara a los demás, sigo siendo tu padre y tú mi hijo y entre nosotros... ¿tú cómo me quieres llamar?
    -Yo por mí... Yo al barquero ése ni lo he conocido. ¡Y si vieras cómo me he sentido siempre de contento de que fueses mi padre! Y, además, a mi madre, la antigua, seguro que no le va a hacer ni pizca de gracia. Por otra parte, después de la faena que te han hecho, tampoco yo quiero imponerme y abusar de que seas tan bueno.
    -No hay abuso ninguno. Si llamándome padre es como te sientes mejor, hazlo así. Sí quieres, te seguiré llamando hijo.
    -Yo sí. Ya estaba tan acostumbrado...
    -Pues no se hable más.
    -No puedes imaginarte lo que daría por ser hijo tuyo de verdad por complacerte. Pero ¿qué puedo hacer? Yo no puedo hacer nada.
    -No te preocupes. Ya has hecho por mí más seguramente de lo que merezco y tampoco vamos a ponernos ninguno de los dos las cosas más difíciles no cabiéndonos culpa ninguna.
    De pronto Ahuitzotl tuvo una idea magnífica:
    -¡Es maravilloso! Fíjate que no había caído en ello y, pensándolo bien, es maravilloso, padre.
    -¿El qué?
    -¡Cuetlachlti no es mi hermana!
    En todo este tiempo y salvo cuando se la mencionó Aculnahuácatl, Ilhuicauxaual no había pensado ni una sola vez en Cuetlachtli.
    -Pues sí. Al menos la situación tiene eso de bueno para ti -contestó.
    -Es maravilloso porque ahora me puedo casar con ella. ¿Qué te parece?
    -¿Casarte con Cuetlachtli? ¿Cómo va a ser? ¡Si os llevabais a matar!
    -Bueno, por una parte era horrible, porque le tenía miedo. ¡Qué tremenda es ¿eh?! ¡Buh! Nunca he temido a nada en la vida como a ella. Cuando me rompió el telar creía que me mataba. Pero pensé en tu ejemplo y poco a poco vencí el miedo. Lo sigo teniendo, además enterito, ¿eh? pero lo admito, porque el miedo es también un regalo de los dioses para que lo venzamos. Y el miedo no quita al cariño.
    -Cariño que ella no te tiene.
    -Pero eso se debía a que, como hermano, tenía que preocuparme de que encontrara marido o concubino y, si ella era tan difícil y terrorífica, no lo iba a encontrar. Yo le amargaba la vida por ese motivo y, pensándolo bien, a veces me ponía pesado. Es natural que ella me detestara. Pero si no llega a ser por eso, yo a Cuetlachtli no le veo ningún inconveniente, ¿no ves que ya estoy acostumbrado? De pequeñito me acuerdo que cuando fuese mayor me quería casar con ella, pero como luego aprendí que los hermanos no se pueden casar con las hermanas, tuve que cambiar de planes. Pero, si ya no es hermana... Y es preciosa. ¿Tú te has fijado en las cejas? Tienen así una forma como montañitas y debajo con esos fueguecitos… Yo me he fijado muy bien. Además, de esa manera, ya que no soy tu hijo natural, sería tu yerno. Aunque sólo fuese por eso, valdría la pena ¿no te parece?
    -Sin embargo, tal como están las cosas, oficialmente sigues siendo hermano de Cuetlachlti.
    -Podemos inventarnos y decir que a ella la trajeron de tapadillo al parto de su madre. Como que es ella la falsa y como que no se sabe quien fue el padre. Bueno... Claro... No. No estaría bien. Tú no vas a querer una cosa así. Se me ha ocurrido así de repente pero no es buena idea.
    -Creo que, de momento, lo mejor es que ni tú ni yo pensemos más en nada hasta que nos familiaricemos con la situación y se nos aclaren un poco las ideas. Cuando nos sintamos más repuestos de la sorpresa, tal vez atinemos con lo más acertado.
    -Claro. Es lo mejor, dejar reposar las cosas ¿verdad? Y ¿ella? ¿Dónde está ahora?
    ¿Dónde estaba Cuetlachtli? No había vuelto a saber de ella ni había preguntado.
    -Eso no lo sé. Si quieres averiguar, adelante, pero tampoco lo conviertas en cuestión de vida o muerte.
    Y ahí, en efecto, dejaron estar todo. Y ¡qué ironía! pensó Ilhuicauxaual, porque no había dejado de ocurrírsele que, si Ahuitzotl, que había sido la niña de sus ojos, no era hijo suyo, Cuetlachtli, como castigo, seguramente sí lo era. Y era un castigo sin duda por haber sido tan frío, tan mundano, de tan pocos sentimientos. Toda la fe que había tenido en Tenochtitlán, en su estabilidad, en que por ser un pueblo elegido no podía perder ni sufrir verdaderos reveses, no era finalmente más que mundanidad, como la misma fe en las apariencias que le habían hecho creer que aquel a quien había amado era su hijo y, seguramente, ese amor por Ahuitzotl y la falta de él por Cuetlachtli también eran otra apariencia. Sí, todo le había dejado un sabor amargo y le había revuelto profundamente y lo que toda su vida había sido una actitud distante y calculadora ahora, se daba cuenta, se había convertido en cinismo o escepticismo, pero, aunque no podía decir que fuese feliz, de alguna manera, inexplicablemente, se sentía mejor, amargo, pero bien. Era como si con las ilusiones perdidas se hubiese quitado de encima un peso abrumador y como si los desengaños le hubiesen hecho aparecer diáfano lo que hasta entonces era un horizonte cubierto que lo había aplastado toda su vida y que era lo que tal vez le había hecho parecer frío y distante y ahora caía en que no era frialdad lo que lo había habitado, sino soledad. Pero esta soledad, libre ahora de la confusión de las ilusiones, le hacía sentirse más conforme. Era como una ropa ligera que le ajustara a la perfección. Ese cinismo o escepticismo con que veía ahora todo, sin embargo no lo habían vuelto inmoral. Todo lo contrario. Era mucho mejor sentir el deber como lo que era, algo ligero, sin recompensa ni castigo, y experimentar la realidad también como lo que era, algo muchas veces espantoso, pero que no formaba parte de uno mismo ni podía tocarlo a uno. Claro que, aún liberado del peso de la ilusión, aún quedaba esa constante irritación que eran los problemas. Pero esos ya los iría resolviendo, o tal vez no, pero daba igual, mientras cumpliese con el deber de intentarlo en la medida de sus fuerzas. Y, mira este muchacho, el hijo del barquero… Esto tenía que digerirlo más despacio. No podía rechazarlo porque moralmente sería una bajeza y, además, acababa de darle una lección. Con su simplicidad había conseguido ver en Cuetlachtli algo que a él le había pasado desapercibido. Siempre creyó que él tenía mucho que enseñarle al muchacho. Tendría gracia que ahora fuese él quien tuviera todo que aprender del muchacho y no al revés. Ahuitzotl no ponía inconvenientes a las cosas tal como eran, mientras él siempre había querido que las cosas se plegaran a él. Los dioses, de una manera u otra, le habían negado todo aquello en lo que se había empeñado y lo que le habían dado había sido incapaz de verlo. No, Ahuitzotl no era su hijo, pero sin duda los dioses se lo habían enviado. Igual que a su hija. Ésa era la que le habían dado los dioses, no la que él hubiera querido, sino la que ellos quisieron. ¿Y qué había estado creyendo y haciendo él todos estos años?
    Y así, entre las meditaciones del tecuhtli meditabundo y los empachos y placeres del resto de los espectadores, se llegó al fin de la representación, que complació a la distinguida audiencia, aunque, por el ambiente, no fue comparable esa complacencia al éxito popular de por la tarde. Ilhuicauxaual ordenó a los sirvientes que trajeran mantas, camisas, huipiles y pañetes de obsequio y dijo a los cómicos que tuvieran a bien quitarse ya las máscaras, que él quería saludar y obsequiar a todos y cada uno personal y especialmente, sin olvidar, por supuesto al delicado cantor de la muy hermosa Fátlima, que tan paciente había sido con sus peticiones.
    Los otomíes auténticos se formaron entre bastidores, se quitaron las máscaras y, llevándolas en la mano para que se reconociera cuál había sido su papel, empezaron a desfilar ante Ilhuicauxaual, y ese fue el momento que la obispesa eligió para exclamar ¡Padre! echando las manos hacia adelante y como dirigiéndose a una aparición que estuviera allá, allá fuera, ante sus ojos, conminándola a seguirla por toda la ciudad y más allá. Y en eso le siguieron todos los falsos otomíes.
    -¡Ya vamos, padre! ¡Ya te seguimos al Mictlán!
    -¡Padre nuestro que estás en donde estés, allá vamos!
    -¡Te seguimos padre, te seguimos!
    -¡La leche que te han dado, padre! ¡Ya voy, ya voy!
    ¿Se habían vuelto locos? Eso parecía. Locos es decir poco. Pero, además, descuidados, porque mira que qué necesidad tenían al salir corriendo aquellos... ¿cuántos eran? ¿diez? Diez eran. Pues eso, que a ver qué necesidad tenían de dejar regada detrás toda la salsa de jitomate y esta... ¿Pero qué es esto?

  3. #83
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    31 dic, 11
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    En efecto ¿qué era esa cosa con la que estaba pringado el suelo y que hacía que los que intentaron alcanzar a los que corrían para hacerlos entrar en razón y recibir sus galardones resbalaran y se pegaran costaladas en un suelo ya de por sí, por lo pulido, bastante deslizante? Parecía grasa y fue una grasa que sin probarla siquiera no gustó nada a Ilhuicauxaual, quien mirando en la dirección en que desaparecían aquellos locos tras el fantasma, ojo, cargando con todos sus bultos, porque la locura no les hizo olvidarlos, dio al jefe de una de las unidades que quedaron en el templo esta orden:
    -A esos diez los quiero aquí de inmediato.
    Y se quedó un tanto pensativo y ceñudo. ¿Es que ni por una sola vez puede uno abandonarse un poco? No, no estaba nada conforme con la extraña carrera de diez locos al unísono y, hasta que no tuviera una explicación, no iba a dejar estar las cosas.
    -Padre ¿quieres que vaya yo también a buscarlos?
    -Ve… Ve, hijo. Reúne a los mejores y, si los consigues traer, diremos que los trajiste tú y, si no, cállate que siquiera lo hayas intentado.
    -Sí, padre.
    -Suerte, hijo.
    Ilhuicauxaual lo vio marchar y no dejaba de venirle a la memoria la extraña confesión de Ahuitzotl, de haberle tenido siempre miedo a su hermana. ¿Y él mismo qué le había tenido? Él le había tenido pavor a la niña pero no tuvo la entereza de confesárselo a sí mismo, no hizo más que huir ante ella. ¡Huir de una criatura! ¿Tenía eso sentido? ¿Fue el desengaño? ¿O qué fue lo que hizo que viera siempre a Cuetlachtli como un castigo? Bueno, tiempo tendría de castigarse él mismo más de lo que hubiera podido castigarle Cuetlachtli. Ahora tenía obligaciones que cumplir.
    Mucha, mucha suerte iba a necesitar Ahuitzotl para dar con los que habían huido en una noche que ya no era lluviosa, pero sí encapotada, porque, aunque una vez dada la alerta por Ilhuicauxaual, ya alguien desde lo alto del teocali se había puesto a la mira de los que huían para indicar el camino a los perseguidores, pues no se los veía, y eso incomodó todavía más a Ilhuicauxaual, porque era muy difícil no ver nada desde allí, salvo que alguien se esforzase expresamente en no ser visto. No podía imaginarse de lo que se trataba, como no fuera que entre ellos hubiera algún malhechor buscado por la justicia... Pero, incluso así, bastante fino hilaban.
    Con tan pocas pistas, el primer grupo de soldados que salió en persecución se sintió un tanto perdido, ya que los que huían, en ese primer momento de sorpresa, salsa y grasa, habían sacado mucha delantera. Seguro, pensaba el jefe, que habían ido caminando bien pegados a las paredes por alguna de aquellas calles o callejas, pero ¿por cuál? A esa hora ya no había mucha gente por ahí para andar preguntando y, hasta que dieron con quien supo decirles algo, fue también mucho tiempo perdido y el que hubieran torcido ahora para este lado no quería decir que a la siguiente cuadra no hubieran torcido para al otro... No, su grupo no iba cubrirse de gloria aquella noche ante el capitán Ilhuicauxaual. Como no se ofreciera una guerra de verdad... Estas escaramuzas nebulosas no eran lo que a él le habían dado a entender que era la guerra cuando empezó a ir a las campañas recién mozo. Consultaría con su unidad a ver qué hacían, porque estando todos de acuerdo en no querer volver con las manos vacías, aguzando el ingenio, a lo mejor conseguían inventar una buena hazaña. Después de todo, tampoco tendría nada de particular, porque el fantasma aquel que habían visto los cómicos debía de ser formidable y hacer falta muchísimo valor para enfrentarse a él, máxime si acudían en su auxilio otros fantasmas solidarios con sus respectivas familias de cómicos. ¿No era eso precisamente lo que habían oído comentar esta tarde en Tepetlaoztoc, que había como una reunión general de fantasmas de cómicos que celebraban su fiesta fantasmagórica anual? ¡Huy, huy, huy, que nochecita les esperaba de pelear con todos los fantasmas de los cómicos del imperio! ¡Qué batalla tan desigual! ¡Hasta le temblaban las piernas! ¡Pero qué orgulloso iba a sentirse el capitán Ilhuicauxauatzin de la victoria que iban a lograr sobre ellos haciéndoles evacuar Tepetlaoztoc con las orejas gachas!
    ¿Tendría mejor suerte Ahuitzotl y encontraría carne y hueso en lugar de fantasmas? Suerte es difícil de decir, pero sí tuvo ingenio, porque lo imposible del caso le hizo pensar menos en correr y más en discurrir. Y, reconózcasele, no discurrió mal. Estaba demostrado que no querían ser vistos. Si no querían ser vistos tendrían que ir por donde no pudieran ser vistos. ¿Bien razonado? Bien. ¿Por algún sitio, por ejemplo, donde al terminar los edificios en lugar de campo abierto hubiera arboleda que ocultase a quienes caminaran entre ella? Pues hacia ese lugar de la ciudad en que las casas se convertían en arboleda se dirigió Ahuitzotl, siempre atento a ver si desde el templo principal se le daba alguna indicación. No, no se le daba. Pues a seguir con la primera idea, pero no por la ciudad, sino por el campo y saliendo más adelante, donde en cuanto se acabara la arboleda tuvieran que dejarse ver aquellos y, naturalmente, sin dejarse ver ellos mismos. Y, si los cómicos no se dejaban ver, entonces habría que encontrarlos entre los árboles. Pero eso no fue necesario, porque justo allí y entonces, según llegaba el grupo de Ahuitzotl y con toda clase de precauciones, salieron los diez a campo abierto y echaron a correr. Pues ¡a ellos!
    Muy, muy agudo debía de tener alguien el oído entre los perseguidos, porque inmediatamente cayeron en la cuenta de que lo eran y distinguieron a sus perseguidores. Apretaron más la carrera, pero bien creía Ahuitzotl que los alcanzarían, porque al parecer llevaban mujeres y éstas no podían correr tanto. No sólo eso, sino que al rato hasta pareció que una se había caído, precisamente cuando los huidos parecían cambiar de rumbo por sortear unas peñas muy empinadas que estaban en su camino, de forma que Ahuitzotl, que había estado un poco adelantado, se vio más lejos que su tropa del grupo de los perseguidos, pero muy cerca de la mujer caída. Mientras los demás intentaban apoderarse de los otros, pues, él llegó a hacerse con ella cuando ya empezaba a levantarse. La volvió a tumbar, pero no para violarla, no se vaya a pensar, sólo para atarla, pero, según estaba, sujetándole el pecho con la rodilla, pensó que no estaría de más verle la cara y, como ella estaba ocupada arañándolo a él, no hubo dificultad en quitarle la máscara y entonces se dejó ver la luna, y eso no es una imagen poética sino que coincidió que salió el gajito de luna que había con el quitarle a ella la máscara y verle la cara, que no era de luna ni muchísimo menos, sino de furia del averno.
    -¡Cuetlachtli! ¡Tengo muy buenas noti… -exclamó él.
    -¿Por qué no sodomizas a tu padre en lugar de intentar violarme a mí, proxeneta de piojo?
    -¿Cómo puedes hablar así delante de todo el campo? Qué van a pensar los señores soldados que me acompañan?
    Nada de nada. Esos señores soldados ahora mismo estaban en blanco caídos por el suelo cada uno con su estacazo en el colodrillo, estacazos iguales al que le dieron ahora a Ahuitzotl, dejándolo igualmente caidito. Y el que dejó servido a Ahuitzotl increpaba ahora a Cuetlachtli:
    -¿Cómo puede ser tan inepta vuestra merced? ¡Caerse en mitad de una persecución! ¡Así no se va a ninguna parte!
    -¡Es la primera vez que me ocurre, imbécil, porque uno de vosotros piso una tranca y en vez de echarla a un lado me la echó a mí, putón!
    -¡Pero qué le costará a vuestra merced hablar como las personas! ¡Y no parlotee tanto y corra!
    -¡Pero si es el bocazas de vuestra merced el que habla y no para!
    ¿Para qué se cansaba Cuahuipil? Cuetlachtli tenía que tener siempre la última palabra ¿no? pues déjasela y ya está. Y a ver ahora dónde se detenían... ¡Vaya nochecita! Pues todavía les quedaba. Pero ¿qué había pasado en resumidas cuentas con los soldados que acompañaban a Ahuitzotl? Pues que cayeron en una simple emboscadilla. Los que huían no echaron para allá porque quisieran evitar las peñas, sino por tender una de las cuerdecitas que llevaban al paso de los que los perseguían y hacerlos caer y, una vez en el suelo, sobre ellos fue la lluvia de golpes y el echar a correr Cuahuipil hacia Cuetlachtli para no hacer desprecio al capitán del grupo en el reparto de estacazos. Y aquí hay que contar una cosa muy mala del Xiloxóchitl: ¿Será posible que quería dejar allí abandonada a su suerte a ésa -se refería a la Vacatecuhtli-? ¿No comprendía que, si la dejaban, ella contaría todo y tendrían todavía a mucha más gente persiguiéndolos? Ganas de deshacerse de ella debían de tenerla todos, empezando por los sirvientes, pero había que usar la cabeza ¿no? y no dejarse llevar por las pasiones. Bueno, pues eso, una vez explicado, lo entendió. Bueno, entenderlo lo había entendido sin que se lo explicasen, pero necesitaba soltar el veneno. Llevaría su cruz y, desde luego, con lo poco que sabía de la religión cristiana lo de cargar cada cual con su cruz ¡vaya si lo tenía ya aprendido, en teoría y en práctica! ¡Qué religión! Y encima también tenía penitencias. O una cosa u otra, pero cruz, penitencias, pesadillas... ¡qué desmesura para la exageración en el exceso! Y en cuanto a ésa ¿sería posible que algún día no la matase? Estas cosas se iba diciendo Xiloxóchitl cuando ya habían terminado de correr y mientras andaban muy, muy de prisa hasta encontrar algún lugar donde ocultarse, porque además ahora, con haber sido reconocida la Vacatecuhtli, al parecer por su propio hermano, seguro que los buscaban más. Ya ves tú, el chisme del día en Tenochtitlán, la hija de un tecuhtli haciendo vida cómica por cerros y por montes.
    Y así, caminando, llegaron a una quebrada con barrancos y mucha vegetación, y por entre ella se metieron.

  4. #84
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    -¿Dónde estáis? No veo nada.
    -¡Coyol-limaquiz, no te muevas! Quédate donde estás que te buscamos. Reza seguido para que nos orientemos por la voz, pero no te muevas -dijo la obispesa.
    El grupo había intentado caminar bastante unido para que no se produjera precisamente algo como esto. Pero todo tenía solución. La obispesa se ató una cuerda cuyo cabo sujetaron los otros y siguió la voz de Coyol-limáquiz, quien quiera que fuese esta Coyol-limáquiz, que, por ejemplo, Cuahuipil no lo sabía. La obispesa llegó hasta ella y exclamó.
    -¡Pues sí que está esto oscuro, la verdad!
    -A ver si es una cueva -le gritó uno de los otros.
    Tanteo la obispesa y en efecto parecía una cueva.
    -Vamos a quedarnos aquí. No creo que encontremos nada mejor.
    Así lo hicieron. Se acomodaron a oscuras lo mejor que pudieron y luego decidieron que era el momento de recapitular. Saber dónde estaban no lo sabían. Y en apuros sí que se veían, así que lo mejor que podían hacer ahora era deliberar con calma sobre el curso a seguir y luego descansar, que mal no vendría. ¿Quién quería hacer la primera guardia?
    -Si mi señor me lo toma en consideración, yo la hago -dijo Quizzicuaztin y quería decir, como de costumbre, que si Cuahuipil le perdonaba el adulterio, él haría todas las guardias que se ofreciesen, si no con la misma satisfacción, sí con el mismo convencimiento con que había cometido aquellos enormes delitos y monstruosidades.
    -Naturalmente, Quizzicuaztin ¿cómo no va a merecer consideración un servicio a los compañeros? –Esto lo dijo Cuahuipil, pero Xiloxóchitl pensó que no era muy digno dejar al viejo que hiciera la guardia mientras personas jóvenes se quedaban dentro a descansar o a intentarlo y trató de convencer al padrecito Quizziquaztin de que entrara, pero éste se negó y protestó que era una penitencia que se había ofrecido hacer a Dios Tetzcalipoca. Cuahuipil también le hizo señas de que era inútil tratar de convencer a Quizziquaztin, con lo que lo dejó por imposible, no sin darle a Quizziquaztin útiles recomendaciones y encarecerle que si notaba cansancio que avisara que ahí estaban los demás para reemplazarlo. De modo que ahí fuera se quedó el viejo, esta vez impresionado por el gran y noble caballero tlaxcalteca. El que ese caballero lo hubiera tratado con esa civilidad lo había llenado de admiración. A los tlaxcaltecas solían sacrificarlos en Tenochtitlán, por tanto, estaban con la divinidad y por ese motivo el trato que le dispensaba este caballero tan cerca de la divinidad lo movía a devoción.
    Dentro de la cueva se discutió sobre si encender fuego, para rechazar la idea a menos que lloviese, no se fuera a ver el humo y los descubrieran. Se apañarían, pues, a oscuras.

    Tras estos y otros pormenores, era llegado el momento de que supieran quién era cada cual. Tres ya sabía seguro Cuahuipil quienes eran y no poco que se había alegrado. Todos se quitaron las máscaras. La madre obispesa, recuperó su identidad de Teyohualminqui. El caballo y madre anónima resultó ser marcos Bey, quien abrió los brazos para estrechar a su india, a su Vacatecuhtli, y que esperaba que hubiera traído el as de bastos, porque sin eso no iba a ser posible la vida en común. Y bueno, reconocidos ya tres, no había que olvidar a la que encontró la cueva, a la que fue compañera de salsas y de grasas de Cuahuipil, a la Coyol-limáquiz, que, lo mismo que Marcos, Teyohualminqui y Xiloxóchitl, por lo visto y, sobre todo, por milagro, había escapado con vida del desbarate de la Noche Triste. Era tlaxcalteca, cocinera del ejército, que había acompañado a éste en la expedición a Tenochtitlán. Eso por parte de los cómicos nuevos. Por parte de los cómicos viejos, Marcos Bey, Xiloxóchitl y Teyohualminqui ya conocían a Chalchiunenetzin oficialmente un poco, de cuando servía a su señora en Axayácatl, y, no oficialmente, bastante bien, mucho mejor de lo que se imaginaba su ama, pero eso se lo callaron y dejaron que se les presentara a Xochiyetla. Luego fue el turno de Quizzicuaztin, quien, desde la boca de la cueva, dijo que se sentía muy honrado y del que Cuahuipil siguió diciendo que era carpintero muy hábil y que hacía muy buenas guardias y presentó también acto seguido a Coyolxauqui, persona de excelentes prendas y de gran condición y prudencia, que había ejercido de ramera.
    Tal vez se piense que esto último no tenía Cuahuipil por qué decirlo, pero lo dijo, primero porque lo sabía, y no sabía cómo, Vacatecuhtli, segundo porque Xiloxóchitl en ocasiones en que salía con Cuahuipil por Tezcatonco la había visto e incluso saludado y, aunque ahora no llevaba colorete ni afeites, es posible que la reconociera en cuanto hubiera suficiente luz y, tercero, porque no era seguro que la propia Coyolxauqui no soltara prenda. Más adelante el haberlo callado iba a parecer que lo había querido callar por algún motivo que se quería callar y se enrarecería el ambiente mucho más. Bueno, ahora es que no se enrareció nada. Todo lo contrario.
    -¿Vuestra merced ha sido ramera? ¡Voto a tal! ¿Qué más se puede pedir? Tenemos de todo: cocinera, carpintero, sacerdote, exramera... ¡Somos el grupo de escapados más famoso del orbe! Y en cuanto podamos hacer fuego vamos a buscar el tesoro que hay en esta cueva y que debe de estar muy escondido, porque, si no, ya lo hubiéramos visto relumbrar -dijo Marcos Bey.
    -Yo también voto a lo mismo que vuestra merced pero, aprovechando que todavía no llueve y que los tesoros están tan escondidos, vamos a ver cómo hacemos para llegar a nuestra querida tierra del pan, a nuestra querida Tlaxcala, sin que nos atrapen, porque hasta ahora, con nuestras máscaras íbamos, mal que bien, a resguardo pero ya no podemos seguir usándolas y, como algunos de nosotros no podemos mostrarnos al natural sin peligro de que nos reconozcan como teules o como guerreros tlaxcaltecas o como cihuatecuhtli de Tenochtitlán ¿verdad señora? algo tenemos que discurrir.
    La señora asintió a esto que decía Teyohualminqui y dijo que, en realidad, el Marcos Bey podía hacer como el otro teule, Cuahuipil, es decir, pintarse, que así pasaría desapercibido.
    -¡Quite vuestra merced! En ningún día de mi vida pienso yo pasearme en cueros por todo el Anáhuac. El Cuahuipil no tendrá vergüenza, pero yo sí. Yo no estoy hecho a estas cosas y tengo la piel delicadísima y, lo que es peor, tantas y tan grandes cicatrices que verme el cuerpo es ya declarar que he pasado cien guerras, y ¡a ver qué hombre de guerra se pasea hoy de civil por territorio mexica sin que lo acusen de desertor y lo quieran examinar por lo menudo!
    -Ciertamente hay que pensar algo distinto, porque aunque lo de Marcos Bey tuviera el arreglo que dice mi señora mexica, los adornos de orejas y bezo del Xiloxóchitl no tienen solución, como tampoco la pinta y la cara de vuestra merced, señora.
    -El adorno del bezo sí tiene solución, porque se le pegan encima unos pelines como si fueran barbita y lo tapan.
    -¡Y los de las orejas?
    -Se le cortan y aviado.
    -Y, ya puestos, también la lengua a vuestra merced y ese avío iba a ser aún más aplaudido -esto lo dijo el dueño de las orejas.
    -¡Estoy dando soluciones y lo que he dicho es una solución, fregona!
    -¡Tranquilidad, tranquilidad! -exhortó Teyohualminqui- Cuando salgamos de ésta podremos organizar una fiesta de corte general de todo lo que disguste a diestro y siniestro y yo pondré las navajas si hace falta pero ahora vamos a concertarnos. La idea de tapar el bezo de esa manera se puede poner en práctica sin aguardar a más y es buena, pero...
    -Otra cosa es que, teniendo en cuenta que ese Xiloxóchitl es el único que da problemas, podríamos dejarlo que se las arreglase como pudiera y nosotros seguir adelante, que lo tenemos muy fácil, en lugar de ponernos todos en peligro por su causa -otra vez la Vacatecuhtli.

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    Esta te la guardo, grandísima víbora, decía Xiloxóchitl para sus adentros al oír la propuesta. Cuahuipil en cambio no le guardó nada a nadie y lo que tenía que decir lo dijo bien para sus afueras:
    -Veintidós añazos que tiene vuestra merced ¿no le parece que ya son como para dejar de revolver y hacer niñerías? ¡Compórtese vuestra merced y no haga perder el tiempo! Vuestra merced sabe tan bien como cualquiera de nosotros que nadie va a dejar solo a nadie, ¡pero como no puede estar sin dar la nota...! ¡Con todo lo lista que es, parece mentira que se aplique tanto a estorbar y tan poco a ayudar!
    -Bueno, bueno, ya está. Era una simple broma, y una broma de vez en cuando disipa los malos humores. Y ya sabemos lo bromista que es mi Vacatecuhtli, aunque ésta ya ha sido la últimita broma de esta noche ¿verdad, mi pochola? Volviendo a lo que íbamos: que visto que a algunos de nosotros no nos convendría que nos escudriñasen, creo que, aparte de disfrazarnos en lo que podamos, lo que va a convenir es caminar de noche, que todos los gatos son pardos, y escondernos de día en algún sitio como éste. Y de sorprendernos alguien de noche, pues sería que se nos ha muerto algún allegado y los muertos no esperan.
    -Pero ahora mismo ¿sabemos dónde estamos? -preguntó Coyol-limáquiz.
    -Pues... creo que no, pero eso es porque está nublado. En cuanto se vean las estrellas podremos orientarnos y seguir más o menos el rumbo de Tlaxcala. Luego, cuando amanezca, alguno de los que no corremos riesgo en mostrarnos preguntaremos y fijaremos sobre seguro la ruta para la noche siguiente -dijo Teyohualminqui.
    Todo el mundo pareció conforme con eso y se quedó, además, en que, en cuanto se tuviera luz, se prepararía la barbita de Xiloxóchitl y el disfraz adecuado y nocturno para Marcos Bey y, no teniendo solución la pinta de la Vacatecuhtli, para ella no se haría nada, nada más que tratase de disimularse lo más posible entre los otros. Además, al Xiloxóchitl no se le iban a cortar las orejas, pero se le iban a pegar bien atrás y se le iban a pintar los adornos del color de la piel y a tapar con la melena que, lo sentían mucho, se la iban a dejar cortita de macehual. Vaya, que el tan temido trasquilado por solterón se lo iban a dar a traición y prematuramente. Tampoco era grave. Ya le crecería el pelo y podrían volverlo a trasquilar. No irían por caminos transitados y siempre uno de ellos adelantado para reconocer el terreno. Y de ropa blanca nada, que de noche se ve mucho. Acordado todo, pues, Teyohualminqui se ofreció para la guardia siguiente después de Quizzicuaztin y... ¿qué? ¿cómo había dicho? ¿que la Vacatecuhtli se ofrecía para la de después? ¡Diplomacia tlaxcalteca dónde estás! se dijo Teyohualminqui, que lo arregló por un lado y lo lió por otro, pero eso no importaba, lo que importaba es que parece que nadie se fiaba de la Vacatecuhtli como para dejarla de guardia, lo que tampoco tenía lógica, porque ¿por qué no iba a hacer bien las guardias? ¿creían que podría traicionarlos?
    -Creo que habiendo aquí seis varones, sería vergüenza nuestra consentir que una mujer hiciera guardia. Con los seis nos bastamos –eso es lo que dijo Teyohualminqui.
    -No veo por qué no vamos a hacer guardia las mujeres. Más tontas no somos y, ya que estamos en el grupo más famoso del orbe, podíamos ser también el grupo menos tonto del orbe y dejarnos de tonterías.
    -¡Voto a tal, voto a tal que nunca nadie ha tenido tanta razón como vos! Si por listura fuera sólo las mujeres harían guardia, sólo las mujeres harían la guerra, sólo las mujeres harían todo, porque en todo son extremadas! Eso ¿quién lo duda? Pero precisamente por eso, no se puede desperdiciar a las mujeres en algo tan común como hacer guardia. Asechanzas hay en el camino que van a exigir a las mujeres de este grupo estar bien descansadas y lúcidas para los grandes apuros que nos aguardan, porque si no, no sé qué va a ser del mejor grupo del orbe ¡voto a tal!
    Seis varones, tres mujeres y una víbora, esos eran los elementos que formaban este grupo, pensó Xiloxóchitl durante este diálogo. Seguía sin haber luna y sin llover, ya se habían presentado y abrazado todos y ya habían concertado todo lo concertable y, puesto que mañana podrían dormir todo el día, ¿no era este el momento más a propósito para que los cuatro cómicos y Cuahuipil y sus compañeros se contaran unos a otros cómo habían escapado del desbarate de la Noche Triste?
    Empezó Cuahuipil mismo contando unas mentirijillas: Que la noche que huyeron de Tenochtitlán al salir se le quedó en Axayácatl un rosario que era herencia de su madre y que volvió por él y que, justo entonces, atacaron las milicias mexicas y, que no pudiendo ya reunirse con los suyos por interponerse las tales y viendo allí un acale como pintiparado invitándolo a subir, se embarcó y remó a la serrería de Quizzicuaztin que ya conocía; y cómo el carpintero le dijo que precisamente quería aprender a ser cristiano y que por eso le había ayudado y lo mismo Coyolxauqui; y cómo se había quedado en su serrería hasta que consideraron prudente salir y venir hacia Tlaxcala. Y esto lo dijo porque no se atrevía a delatar el adulterio de los otros ni a dar cuartos al pregonero sobre la confesión suya y porque, estando presente Vacatecuhtli, cuanto menos dijera mejor. Luego ya el suceso de los canales de Chiautla y lo ocurrido a partir de ahí lo contó tal como fue.
    La parte anterior al encuentro con Vacatecuhtli Marcos Bey ni se la creyó ni se la dejó de creer, pero calló. Sus motivos tendría Cuahuipil para decir lo que decía, aunque él nunca le había visto ningún rosario, rosario que, por cierto, no era un rosario cristiano, sino musulmán y no se lo había dejado, claro está, ni entonces ni en ninguna otra ocasión en sitio alguna y lo llevaba siempre bien oculto. Ni Teyohualminqui ni Xiloxóchitl, sin embargo, creyeron esa parte y para los dos fue cruel. Para Teyohualminqui porque era curioso por naturaleza y, como tenía confianza ciega en Cuahuipil, a quien quería como a un hijo, no pensaba nada malo pero, entonces, el que mintiese le picaba muchísimo más. En cuanto a Xiloxóchitl también era la curiosidad, pero no una curiosidad juguetona, sino la infelicidad de la persona racional que no ve la explicación de algo y algo había, seguro. La combinación de su cuñado con la ramera y el viejo era rarísima. De la virtud de Cuahuipil no dudaba, pero ¿por qué callaba? Aunque el viejo y la ex ramera fuesen delincuentes, ahora estaban entre personas que de todas formas huían de las autoridades y lo que pudieran confesar no los iba a hundir. Pero mejor que Xiloxóchitl se intrigase. A lo mejor eso lo distraía un poco de su otro problemón.

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    Predeterminado Capítulo XXIV: De las profundidades

    Y ahora, en esta profundidad de la cueva, les tocaba a los de la compañía de cómicos referir cómo lograron escapar de aquella otra profundidad que fue la noche de la huida, en la que Tláloc ganó a Huitzilopochtli en llevar a su paraíso venturosos moradores. Pero seguro que Huitzilopochtli no se lo tomó a mal, porque mortales habría para todos los paraísos y paraísos para todos los mortales. Y, si en aquella noche no quisieron ni uno ni otro llevarse a estos cuatro compañeros, seguro que no fue por no querer acogerlos, sino por confiar en que aún tendrían coraje para gozar y padecer otro poquitito más, para tenerse mejor ganado el cielo, el paraíso o el Mictlán, que, por Teyohualminqui, ya sabemos que tampoco era de desdeñar como siguiente destino.
    -¿Quién cuenta ahora? -preguntó Cuahuipil.
    -Que empiece Coyol-limáquiz que fue tan esforzada -dijo Xiloxóchitl.
    -Eso, eso -dijeron también Teyohualminqui y Marcos Bey.
    -Pues no nos hagáis esperar, Coyol-limáquiz, adelante -dijeron a una Cuahuipil, Chalchiunenetzin, Coyolxauqui y Xochiyetla.
    -Es posible que un poquito esforzada sí que fuese -empezó la interpelada sin hacerse de rogar-, aunque yo misma me asombro de dónde saque fuerzas para tales hazañas. Si bien es cierto que algo podía haber presentido ya aquel día hace doce meses en que, habiendo decidido el capitán de Malinche dirigirse a Tenochtitlán, el señorío de Chiautempan, lo mismo que todos los señoríos tlaxcaltecas, juntó hombres para acompañarlo y yo me ofrecí porque ¿qué es un ejército sin cocinera más que un ejército de desdichados? Y me ofrecí porque me gusta la soldadesca, me gustan las expediciones, jamás había salido de Tlaxcala y jamás había ocurrido nada semejante en la historia y quería estar en ello.
    -¡Qué valiente, Coyol-limáquiz!
    -¡Qué aventada!
    -¡No la interrumpáis! Que siga, por favor.
    -Sigo, sigo y voy ya, sin hacer esperar más, a esa noche del doce conejo, en la que nuestros capitanes comprendieron el aburrimiento indigno en que se había convertido Tenochtitlán y que no valía la pena quedarnos allí ni un minuto más. Entonces, reuniendo cada cual nuestras cosas, los soldados sus municiones y sus armas y una servidora el caldero conmemorativo con que me equipó mi señorío para la expedición, nos formamos para la marcha. Y tengo que decir que ese día no llevaba comida en el caldero, sino oro, porque a todos los que no íbamos armados se nos instó a cargar el oro del césar y que yo me negué a dejar mi caldero para poder cargar más oro, porque como le dije al capitán que me propuso tal cosa: ¡Oh capitán! Este finísimo caldero de barro es mi espada y mi lanza, mi átlatl y mi escudo. Cuando mi capitán abandone sus armas, abandonaré yo este caldero.
    -¡Muy bien dicho, Coyol-limáquiz, y cómo se debió de admirar el capitán! -dijo Chalchiunenetzin.
    -¡Eso es! ¡Así se habla, Coyol-limáquiz! -corroboraron los otros.
    -Pues así salimos los aliados. Y marchábamos, por esa calzada de Tlacopan, con todo concierto y en silencio, para no despertar a los niños de Tenochtitlán, porque seremos modestos pero civilizados, cuando, de repente, al llegar los que iban delante de mí a la gran acequia de los Toltecas, las milicias mexicas, a las que parece que se les da un ardite que los críos se desvelen, se nos vienen encima a miles, a remiles, a remimiles, con tal clamor y grita como si nos quisieran acabar, y unas expresiones que no se les veían a las claras porque era de noche y había lluvia, pero que bien se podía adivinar en qué terrible fuesa nos veían ya sepultos por la fuerza de sus armas. Y me hablé nuevamente de esta forma: ¡Coyol-limáquiz: si has de morir, que sea con fama y con honor y haciéndole onerosa tu muerte al enemigo! Esto me dije y apenas si lo oí, porque, de pronto, los que venían detrás se tornaron tromba de imposible contención, atropellando todo por pasar adelante ante el irresistible empuje de las riadas tenochcas. El oro se volcó y quedó perdido, el caldero me quedó puesto en la cabeza como casco gigantesco y, de no tocar el suelo, porque aquella marea humana me llevaba en volandas, pasé en una pestañada a descender veloz dentro del agua y a sentirme aplastada por los cuerpos de hombres, caballos y artillería que seguían cayendo por encima de mí. Y pensé, sin advertir siquiera que pensaba y como en un relámpago: ¿cómo es, Coyol-limáquiz, que estás a punto de morir prensada, cuando lo suyo es que te ahogues aquí en el fondo del canal? ¿Cómo es que no sólo no te ahogas sino que algo te impulsa a salir hacia arriba? Y comprendí que, al hundirme con el caldero boca abajo, dentro de éste quedó atrapado el aire que era el que respiraba y que era ese aire mismo el que tiraba de mí para sacarme a flote pero me lo impedía el peso de aquella formidable cantidad de cuerpos y de cosas que no cesaban de caer. Mas he aquí que, como si una orden fuese, sentí a la Xochiquetzali y al Camaxtli, cada uno en un oído, decirme allí dentro del caldero: "Ánimo, hijita, que todavía no es tu hora. Sobreponte a esta avalancha, que aún has de volver con gloria a Chiautempan y a tus hijos. ¿Nos oyes?". Oír esto y sentirme con poderes sobrehumanos fue todo uno. Y estos poderes, unidos a mis fuerzas humanas formidables, porque no se levantan y se mueven las ollas del ejército como si fuesen plumas, sino con muy buenos brazos y mejores caderas, me convirtieron en una auténtica leona dispuesta a comerme a mil Tenochtitlanes y a todos sus guerreros como si fuesen moscas, con perdón de mi señora exramera, que estoy segura de que, de verse en situación semejante a la mía, otras tantas hazañas haría como yo y no menos, porque de esa materia estamos hechas las personas enteras que, cuando el destino viene a buscarnos, nos encuentra. ¿Es o no es?
    -¡Qué bien lo dices, Coyol-limáquiz! ¡Talmente es así! -decían unos y otros.
    -¡Admirable coraje!
    -¡Qué gran ejemplo!
    -Pues con la llama del coraje así encendida y sujetando bien el caldero, con cuidadito de que no se volcase el aire, a ciegas, porque era de noche, porque en el agua no hay quien vea y porque no había nada que ver porque los cuerpos humanos y los de los caballos son opacos y el oro, quién lo hubiera dicho, tan opaco como ellos, me zafé, impulsándome hacia arriba por donde la presión era menor. Y, estando en esto, siento cómo algo más se me mete en el caldero y hace fuerza conmigo para salir a flote y, así, aunando corajes y sintiendo multiplicarse nuestro arrojo y determinación, llegamos a encontrarnos casi fuera, cuando ¡hala! nos dan otro empujón, y para abajo. Y otra vez a tratar de abrirnos camino para arriba. Y noto que el que empuja conmigo me pone en una mano una cosa y otra cosa más en la misma mano. O sea, dos cosas. Las agarre como pude, puesto que con la otra sujetaba el caldero. Pero eso tiene el heroísmo, que en esos momentos de exaltación no parecía sino que tuviese ocho mil manos, porque con todo me atrevía y con todo podía. Y, otra vez, de repente ¡zas! un golpe mortal que me hace el caldero tepalcates. ¡Y es entonces cuando me desconocí a mí misma, en tal fiera me convertí de rabia y de heroísmo! Me transformé en un jaguar, un huracán, un torbellino de cólera y bravura, dispuesta a hacer pagar el desmán a aquellos atrevidos, porque, como si se tratara de una aparición, entonces vi que lo que me habían puesto en la mano eran un escudo tlaxcalteca y una espada castellana. ¡Y allí fue el rajar sin tasa a los mexica, el mandarlos al paraíso en rebanadas, el quitarles a estocadas las ganas de chingar! ¿Cuántos fueron? ¿siete mil? ¿noventa mil? ¡Incontables, compañeros! ¡Incontables e incontados los que allí dejé exánimes! Con esta mano y ...
    Última edición por carcayona; 14/06/2012 a las 22:33

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    Aquí Coyol-limaquiz, con indecible disgusto de todos, interrumpió la narración para buscar algo a tientas en su saco. Por favor que siguiese, que estaban bebiendo sus palabras. ¡Paciencia, paciencia! Todo tenía su porqué. ¿Qué sacó del saco Coyol-limaquiz? Precisamente ésos, el escudo de algodón y cuero tlaxcalteca y la espada de acero castellana, que apenas se distinguían a la escasa luz nocturna que entraba en la cueva. Y con gran pasmo y no poco pavor de todos de que fuese a seguir haciendo rebanadas allí dentro, se colocó el escudo y enarboló la espada, que relució en la noche. Y verdaderamente no era posible que en aquella cueva hubiera mayor tesoro que éstos para su dueña. Todos los admiraron.
    -¡Con esta espada, compañeros, y este escudo!
    -¡Oh!
    -¡Memorable!
    -¡Santo cielo, Coyol-limáquiz!
    -Con esta espada, compañeros, con esta espada casi mato además a algún que otro tlaxcalteca, porque no había quien distinguiera nada. Pero no llegó a suceder, ya que una como milagrosa inspiración guiaba mis acciones, una como exaltada indignación por mi caldera rota me impulsaba el brazo y hete aquí que mi brío y mi empuje muy pronto fueron el eje en que se arremolinaron los cadáveres tenochcas y, todavía más, los que no eran cadáveres, dispuestos a acabar conmigo y con el que, con su espalda contra la mía y con otro escudo y otra espada, hacía otro tanto como yo. Y éste que me daba y guardaba las espaldas me dijo ahora: señora, caed debajo del próximo que matéis como si fueseis vos la muerta, porque si no, no hay salida. Así lo hice y quedé sepultada y ensangrentada bajo un cuerpo tenochca y junto a un cuerpo de caballo por no sé cuanto rato. Y aclaro que no era en tierra firme donde estábamos, sino en medio del canal, y que los cuerpos que lo cegaban eran tantos que era en ellos en los que nos asentábamos. Pasado lo que creo que fue una eternidad, el desconocido que había sido mi compañero me habló de nuevo: muévase vuestra merced con mucho tiento y póngase esta ropa y estas insignias mexica para salir de aquí. Y amparándome entre el caballo y el último mexica que había muerto y con casi todo el cuerpo dentro del agua y revuelto con otros, me coloqué aquello como pude, y con tiento y cuidado salimos de entre los muertos arrastrando el cadáver de otro tlaxcalteca, con sus armas e insignias. Y, con mi compañero dando gritos de contento y con gran alharaca de que traíamos a un cautivo tlaxcalteca y lo llevábamos a entregar a custodia, salimos a una calle. Y ya no fue esta parte muy difícil, pues los mexica que no habían seguido adelante para dar alcance a los aliados que escapaban se ocupaban ahora de rebuscar el oro entre los muertos, sin prestarnos atención y sin volverse hacia el centro de la ciudad. Ya apartados de la calzada de Tlacopan y del gran canal de los Toltecas y de los otros canales que la cortaban, pues, sin que apenas se vieran milicias ni en calles ni azoteas por toda aquella parte, nuevamente nos echamos al agua y en ella dejamos el cuerpo de nuestro compatriota, para nadar aún un trecho por donde menos peligroso nos pareció. Luego, en un lugar solitario que eligió mi compañero, salimos a tierra y nos metimos en una chinampa en la que había, además de un edificio principal, algunos cobertizos. Y lo que pasó después, dejo que lo cuente el dicho compañero, el cual, no sabiendo yo nadar, me llevó hasta allí siempre a remolque. Y ese compañero no es otro que el padrecito Teyohualminqui, gran héroe de aquella noche y, después de Camaxtli y de Xochiquetzali, mi salvador.
    -¡Que grandioso relato, Coyol-limáquiz!
    -¡A banderas desplegadas te van a recibir en tu señorío!
    -¡Qué orgullosos se van a sentir tus hijos!
    -¡Qué grande eres, madrecita!
    -¡Enhorabuena, Coyol-limáquiz! -dijo Quizzicuaztin desde la boca de la cueva. Seguro que esta mujer tan buena no era confiada. Seguro que gracias a su desconfianza había sido capaz de aquella gesta de matar a tantos miles.
    -Pues escuchemos ahora lo que nos cuenta el padre Teyohualminqui, pero cuando terminen él y los otros de relatar su aventura, nos tienes que volver a contar tú otra vez toda esta parte de la gran acequia y de Xochiquetzali y Camaxtli, Coyol-limáquiz, porque es grandiosa y conmovedora.
    Todos guardaron ahora silencio para escuchar a Teyohualminqui, quien contó algo casi igual a lo que había contado Coyol-limáquiz en lo que a caminar con concierto se refería y a la tromba en que se convirtió la columna de escapados y a cómo también él se vio arrastrado al canal y, gracias a que había aprendido a bucear, pudo resistir un poco bajo el agua; que trataba de salir a flote de entre la avalancha de los que caían, sin conseguirlo, y que ya no podía más, cuando tropezó con aquella caldera. Que no sabía cómo fue el meter la nariz dentro de ella y respirar y que eso le salvó la vida, y que notaba que la caldera la sujetaba alguien y que unió fuerzas con quien la sujetaba y entre los dos trataron de llegar arriba y que, en el intento, se hizo con las armas que pudo quitar a los que estaban ya perdidos para usarlas él y su compañera. Y de que era mujer sólo se enteró cuando, ya en la superficie, la oyó gritar a pleno pulmón, no se sabía bien si de arrojo o de pánico, diciendo cosas afrentosas a los mexicas, diciéndoles que, si no eran cucarachas, que se atreviesen con ella, anda, que tenía para todos, que ninguno iba a salir desilusionado de sus estocadas y que no tuvieran miedo, pues era sólo una débil mujer, que cómo no venían a tener con ella algo más que palabras. Y cómo llegó un momento en que no se veía en pie sino gente mexica, ya que incluso los que iban en los acales pescando del agua a los vivos que encontraban para llevárselos cautivos habían dejado de encontrar víctimas y que fue entonces cuando le dijo a su compañera que se hiciera la muerta y que lo hizo muy bien, que nunca había visto a nadie morirse con tanto talento y echar tanta sangre ajena, y que luego fue sólo cuestión de esperar a que los mexica se hubieran ido de allí y desocupado las azoteas desde donde vigilaban y atacaban, cosa que por fin hicieron, de manera que sólo quedaron los que buscaban oro, circunstancias estas que aprovecharon para zafarse disfrazados y llevando el cuerpo de aquel compañero tlaxcalteca como engaño, pues él, para decir unas pocas palabras, sí podía imitar el habla tenochca. Y que, con estas precauciones, llegaron a aquella chinampa que él conocía de lo que había curioseado por Tenochtitlán antes de la guerra abierta y que sabía que era un comercio de tabacos, pero donde, según la temporada, los dueños también tenían tinajas y trojes que alquilaban para almacenar otras mercancías y, que él supiese, era el mejor sitio en el que podrían esconderse, pues de momento no pensaban sino en curarse y descansar, ya que ambos estaban agotados y heridos. Y que ahora, antes de seguir con lo sucedido hasta que llegaron a Tepetlaoztoc, era mejor que Marcos Bey y Xiloxóchitl contaran su suceso de la Noche Triste, como así lo hicieron, hablando ora el uno, ora el otro.
    -¡Hermanos! no voy a hacer yo ahora el elogio de la guerra, porque ya lo han hecho muchos antes mejor de lo que lo pueda hacer yo nunca, pero ¡voto a tal! que, como reza la cantiga:
    Digas tú, el marinero,
    que en las naves vivías,
    si la nave o la vela o la estrella
    es tan bella,
    Digas tú, el pastorcico
    que el ganadico guardas
    si el ganado o los valles o la sierra
    es tan bella
    Digas tú, la cocinera
    que entre ingredientes andas
    si el fuego o el agua o la caldera
    es tan bella.
    Quien no ha estado en la guerra no sabe lo que es vivir, sorber el instante como si fuera divino néctar y no pensar, no desear, no sentir, sólo ser el momento. ¡Oh, no! No es posible apreciar la vida si no se ha estado al borde mil veces de perderla. ¡Cada gota de tiempo es ambrosía, cada respiración el único milagro, cada estocada dada o recibida el éxtasis supremo! Pero vamos al grano. Hermano Xiloxóchitl, desgranad aquella noche, tal como fue, que a mí no me alcanzan las palabras.

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    -Es muy cierto lo que dice Marcos. ¿Qué es lo que en una circunstancia así no se reduce a su verdadera proporción? ¿Qué es lo que no mueve a decir: "gracias divinidad, cada gota de sangre que derrame es tuya, que tú me la prestaste y, cada una, con gracias, te la devuelvo"? Pero, en fin, estas cosas las ha dicho ya el Marcos mejor que yo y, como dice él, otros antes mejor que nosotros y lo que digo, aparte de eso, es que salimos tanto él como yo cerca de la zaga, cada uno con su unidad, pero a la par cristianos y tlaxcaltecas; que ya habíamos salvado las acequias de Tecpatzinco, Tzapotlan, Etenchicalco y Mixcoatechialtitlan y nos quedaba llegar a la grande de los Toltecas cuando cayeron sobre nosotros las milicias mexicas y por agua y por tierra nos cercaron en un santiamén. ¿No es tal como lo digo, hermano?
    -Así fue ¡voto a tal! Por agua y por tierra. Y no sé cuántos brazos corté de los que de las barcas querían jalarme de la calzada para llevarme cautivo, porque parecíamos unos garbancillos náufragos en un mar de lentejas. Y nos rejuntamos los que pudimos para formar frente, pero, aparte de vender caras nuestras vidas, bien poco parecía quedarnos por hacer, ya que habíamos quedado separados de los que, a lo que creíamos, seguían calzada adelante, mientras que de los que nos seguían en la zaga no se divisaba ni un penacho, y a lo que supimos, ésos, hallando imposible el paso, habían vuelto a hacerse fuertes en Axayácatl y en dos días acabaron con ellos y se los comulgaron, espero que con muchísima devoción y Dios los tenga en su gloria. Pues así aguantamos hasta que, de tanto replegarnos, nos vimos a punto de caer en manos de los de las barcas, y entonces, este Xiloxóchitl, que cuando se pone es más bruto que un tiro de mulas, otro cristiano, otros dos tlaxcaltecas y un servidor, de concierto, en lugar de caer en uno de los acales, nos tiramos contra él con violencia a tratar de volcarlo. Lo conseguimos y nos escudamos en la barca para seguir ofendiendo y, ahí, creo que se ahogaron o tomaron o mataron a los tlaxcaltecas y al cristiano, porque no volvimos a tener noticias de ellos ni por mar por tierra. Y nosotros dos quedamos debajo del agua pegando cuchilladas a todo lo que se movía, y sintiéndolo mucho por los peces, que ya sabemos que no se pueden estar quietos cuando hay revuelo, pero la guerra es así. Y ahí, sin parar de ofender debajo del agua, estuvimos Dios sabe el tiempo hasta que, no sé si es que se fueron o que creyeron que ya nos habíamos ahogado o que vieron relucir el oro por allí cerca, pareció que ya no nos atacaban; y entonces seguimos buceando y tratando de alejarnos de allí antes de salir a la superficie, aparte de tomar la misma precaución de nuestros compañeros, es decir, de ponernos algún penacho o insignia mexica, por si acaso. Finalmente, creo que ya bastante lejos de la calzada y donde por parecer bastante oscuro también nos pareció que arriesgábamos menos, nos atrevimos a atisbar fuera del agua.
    -Pero hay algo que no entiendo, mi señor Malcos Bey. ¿Cómo pudieron estar metidos mis señores debajo del agua sin respirar? -preguntó Coyolxauqui.
    -¡Voto a tal! De ninguna manera. No paramos de respirar en todo el tiempo, respiramos más que nunca, porque como teníamos la angustia esa de que nos iba a faltar el aire, pues yo creo que hasta exagerábamos.
    -Es verdad. Es increíble el frenesí por respirar que le puede entrar a uno dentro del agua -corroboró el Xiloxóchitl-. A mí eso me pasaba. Respiraba como si temiera ahogarme.
    -Lo que quiere decir Coyolxauqui es que cómo podíais respirar debajo del agua -aclaró Cuahuipil.
    -Yo también lo quiero saber, si mi otro señor teule y mi señor tlaxcalteca quieren decirlo -dijo Quizzicuaztin desde donde estaba.
    -¡Ah, voto a tal! Cuando se ha sobrevivido a mil tempestades de aguas, de vientos y de arena y se tienen los años de guerra y de pelea que se tienen, no es tan fácil que una lagunita de nada lo pille a uno en pañales. ¿De verdad lo queréis saber?
    -¡Pregunta ociosa donde las haya, mi señor concubino! No. Pensándolo mejor, no lo diga vuestra merced, porque ya no nos interesa, ya nos lo figuramos todo, pues con lo que habéis dicho, ¿qué duda cabe de que se salvaron vuestras mercedes respirando por el culo? ¡Voto a tal! Y, si fue así, pues más nos vale a todos aprender a respirar de igual manera, porque con el camino que llevan las guerras hoy en día, ya en la próxima seguro que es por ahí por donde van a respirar todos los ejércitos. ¡No, no nos lo digáis!
    -Vuestra señora concubina quiere decir que sí, que nos lo relatéis, mi señor teule -aclaró Xochiyetla, por si su ama se había pasado en la zafiedad, no fuera a enrarecer eso el ambiente concubinal y luego lo pagase la servidumbre.
    -El preguntar si lo querían saber vuestras mercedes era un mero realce retórico, pero si lo prefieren vuestras mercedes sin realce, pues por mí no se hable más, por eso tampoco vamos a perder las amistades.
    Y el cuento de Marcos, lo mismo que ocurrió con el de Coyol-limáquiz parecía pasar por el saco de sus pertenencias. En él hurgó y de él sacó lo que parecían unas cañas, pero que luego al tacto se vio que era acero y que una de ellas terminaba en afilada punta y en cortantes filos.
    -Pues ésta que ven aquí vuestras mercedes es mi pica, que me la mandé hacer en Argel según mi entender y que ha resultado muy buena y me ha sacado de más de un apuro y, como ven vuestras mercedes, va por partes, que son huecas por dentro y que se encasan la una en la otra, lo mismo que la punta, de manera que la puedo hacer larga o corta y colocarle pesos para equilibrarla también a voluntad. Y, además, quitándole el puño y la hoja sirve para respirar debajo del agua, y eso es lo que hicimos el Xiloxóchitl y yo, pasarnos todo el tiempo el asta el uno al otro para respirar, y no fue tan fácil, porque no sabíamos calcular cuánto sobresalía y muchas veces nos la agarraban y teníamos que meterla y deshacernos de los de arriba y, al volverla a sacar para respirar, nos tragábamos el agua que había entrado, pero la guerra es la guerra y aquella noche fue de lo mejor de la guerra. Buenísima guerra. ¡Ojalá hubiera guerras así todos los días!
    -Sí fue buena, sí, ya lo creo -corroboró el Xiloxóchitl.
    -Sí, muy buena, sí, pero si no llega a ser por mi concubino, mucho adorno de orejas y mucho adorno de bezo, pero la fregona tlaxcalteca se nos queda ahí como una mierda tirada en el fondo de la acequia.

  9. #89
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    Esta vez Xiloxóchitl, que con los relatos de la guerra parece que había recobrado un poco la combatividad, combatió su impulso de matar a la Vacatecuhtli, que era para lo único que le interesaba esa mujer. Así, recuperado su ser natural, reemprendió el buen acuerdo al que había llegado en Axayácatl de ignorarla como si no existiera ni hubiera existido nunca, lo cual también era mejor para sus sensaciones corporales, sentimentales y espirituales.
    -Pero y ¿qué sucedió después de que sacarais la cabeza del agua? -
    preguntó Cuahuipil.
    -Pues ocurrió -siguió Xiloxóchitl- que una vez que nos orientamos, heridos y agotados como estábamos, pensamos que lo que convenía hacer de momento era meternos en alguna chinampa solitaria para curarnos y descansar y después ya se vería. Y recordé que no debía de andar muy lejos el almacén de tabacos donde fuimos juntos aquella vez con la Malinche al principio de llegar a Tenochtitlán y que era un sitio con muchos cobertizos, tinajas y cubas. Allí nos dirigimos y allí fue donde nos refugiamos.
    -Y allí es donde pasamos más miedo de toda la noche -continuó Marcos Bey-. Porque ya, enfriados del ardor de la pelea, con todas las heridas que nos habían dado, con lo fría que sabía el agua a esas horas y el cansancio que llevábamos, cuando llegamos a los cobertizos ¡voto a tal! que ya no era divertido y, encima, por no delatarnos, ni nos podíamos quejar, que yo me quería quejar muchísimo, porque todo me dolía y todo me sangraba. Pues llegamos, a la que digo, a aquel sitio. Nos metimos bajo uno de los cobertizos para vendarnos y curarnos o apretarnos las heridas como pudiéramos y cuando ya estábamos allí y nos habíamos desembarazado de las insignias mexicas, me dice el Xiloxóchitl: hermano, hemos manchado de sangre todo el suelo, es mejor que lo limpiemos antes de que llegue nadie. Estaba yo tan malísimo cuando oí aquello que le dije al Xiloxóchitl, que bueno, que ya se imaginarían que sería alguna india que andaba esos días con su costumbre de mujer y que no valía la pena trabajar tanto, pero él no estuvo de acuerdo y, allí, vuelta a atarearnos en encontrar un cacillo o algo para limpiar con agua aquellas manchas. Y las teníamos a medio quitar, cuando oímos que llega alguien, alguien que venía con muchísimo sigilo, pero que no ofrecía duda de que se acercaba a nuestro cobertizo...
    -Saltamos sin pensarlo más dentro cada uno de una tinaja sin hacer ruido y nos quedamos allí en silencio -siguió diciendo Xiloxóchitl-. Era muy quedo como se movían los que llegaban pero, aguzando el oído, podíamos seguir sus movimientos. Habían alcanzado el borde del cobertizo y ahora miraban el suelo, se comunicaban por gestos, comprobaban de qué eran las manchas que había en el piso, escudriñaban todo con la vista. Unas pisadas muy, muy leves... que se acercaban... que se detenían junto a mi tinaja, que no había tenido tiempo de tapar... pero quien está parado delante de ella no se asoma dentro. Luego esas pisadas se despegan de la mía... y se paran delante de la de mi compañero. Pensé: ahora es el momento de salir y dar en la cabeza al que está junto a Marcos, pero no me atreví, porque otras pisadas distintas, entre tanto, se habían detenido delante de mi tinaja. Luego unas y otras se alejaron de nuestros respectivos recipientes. Y sentimos que quedaba uno allí al borde del cobertizo y cerca de nosotros, mientras el otro seguramente inspeccionaba el resto del almacén. Debió de quedar satisfecho de que no había nada más y volvieron a las tinajas en que estábamos. Como de común acuerdo, ese momento en que se acercaban a nosotros es el que elegimos para saltar fuera de ellas Marcos y yo y acabar con quien quiera que fuese que nos venía a poner en peligro. A punto de descargar el golpe estábamos, cuando nos quedamos con las armas en suspenso, con las que de todas formas creo que no los hubiéramos herido a la primera, pues colocaron muy bien los escudos. Y, "Xiloxochipil, hijito", me oigo llamar en voz baja. "¡Tío!", le dije igual. Nos reconocimos, pues, unos a otros con la emoción que es fácil de imaginar, y entre todos nos aplicamos a curarnos, a limpiar las manchas de sangre y a ver qué se ofrecía para lo venidero. Y el ser cuatro en lugar de dos fue de enorme ayuda porque pudimos siempre tener a alguien de guardia y buscar por allí lo que pudiera servir de vendas y de otras curas sin tanto temor ni riesgo de nuestras personas y también tener mejor elegidos escondites para cuando llegase el día. Que llegó y trajo a los dueños y empleados del almacén y nos encontró a Marcos y a mí metidos en una gran troj de cacao y a mi tío y a Coyol-limáquiz en otra y en ellas cabíamos con toda holgura.
    Iba a seguir ahora Xiloxóchitl la narración, cuando Chalchiunenetzin pareció perder todo interés. Dijo:
    -Esa parte, la verdad, es que no creo que interese ya tanto a los aquí presentes, sobre todo a mi señora, que ya veo que se aburre un poco y tal vez se puede pasar por alto.
    Pero entre Coyolxauqui y Cuahuipil casi entierran a Chalchiunenetzin junto con sus palabras. ¡Pues no tenían ganas ni nada de oír el resto! ¡Como que iban a dejar que no lo contaran! ¡De ninguna manera! ¿Y Quizzicuaztin? Quizzicuaztin dijo que si la señora no lo quería oír, que por favor, que diese licencia para que lo oyeran los demás, que era un favor y merced que le pedían todos los que lo querían oír, que lo tuviese presente la señora, por favor.
    -Pero ¿tú dónde vas? Pero ¿que se cree este esbozo de chinche de doncella mía? ¿Por quién se ha tomado? ¿Qué licencias son esas? ¿Desde cuándo necesito yo que nadie diga lo que quiero o dejo de querer? Si no lo quieres oír tú, llénate las orejas de mierda, cucaracha de cloaca y no hables de lo que quiere tu señora, que no tienes ni un quinto de seso de lo que le sobra a ella en media uña. Pero ¿y de dónde has sacado atrevimiento para tanto, excremento de piojo?
    -Vacatecuhtli, mi pochola: para, para ya de explicar lo que deben ser las relaciones entre amos y sirvientes, que eso es del dominio general y lo que quería Chalchiunenetzin preocupándose por lo que oyeras era dar realce a su solicitud por ti. Pero Chalchiunenetzin debe saber y, si no lo sabe, se lo digo ahora, que no tiene nada que temer de que tú vayas a oír nada que no convenga que oigas...
    -Pero ¿qué es esto, señor concubino de mis ocho culos? ¿Qué mariconadas y piojonadas son ésas que babea? ¿Qué clase de moco de guajolote se os ha pegado a la lengua, bosquejo de gusano? ¡No me busquéis las cosquillas que me estaba portando muy requetebién y con mucha corrección! ¡A ver qué va a ser esto! ¿Qué es eso de no oír nada que no me convenga que oiga? A mí me conviene oírlo todo, y para eso estoy aquí, para espiar a favor de Tenochtitlán, con que no hay por qué callarse absolutamente nada. ¡Largando por esa boquita he dicho!
    Esta última parte de la contestación de la Vacatecuhtli casi mata de risa al Teyohualminqui, pero como temía que, si se le oía reírse, la ya desaguisada concubina del Marcos Bey se desaguisara más, ese morirse de risa decidió que fuera en silencio y tratando de contenerse.
    -¿Qué pasó en las trojes, mis señores? -preguntó Quizzicuaztin.
    -Vamos, Xiloxóchitl, hermano, explicadlo vos que tenéis mucho talento para estas cosas de trojes y de tinajas -dijo Marcos.
    -¡Ah, pues sí! -comenzó Xiloxóchitl- Fue muy provechoso el estar allí. Al día siguiente de la huida de los nuestros, cuando vinieron al almacén los dueños y sus dependientes, nosotros estábamos en esas trojes que digo, tapados y muy atentos. Dado que no era cacao del de hacer chocolate, no creíamos que viniera nadie a buscar nada precisamente ese día, pero nos equivocamos de medio a medio. Estábamos así, tapaditos, recostaditos, apapachaditos y descansando allí dentrito el Marcos Bey y yo y, en esto, que sentimos pasos decididos que se acercan. ¿A qué tinaja o troj se dirigirían? Mala suerte: precisamente a la nuestra. Pero para cuando el que se acercaba no había todavía terminado de quitar la tapa, ya Marcos y yo lo teníamos cogido y con la boca tapada y, así, con la boca tapada y en volandas lo metimos para dentro con nosotros y dejamos la tapa de la troj sólo un poquito alzada para dejar luz y poder ver quién o qué era: "¿Va todo bien?" preguntó mi tío desde la otra troj. "Bien" le contestamos. Verdaderamente iba muy, muy bien, porque la persona que metimos en la troj y a la que destapamos la boca en cuanto la vimos nos dijo: "¡Qué venturosa casualidad, mi señor Xiloxóchitl y mi señor Malcos Bey! Con vuestras mercedes precisamente quería yo hablar." Y ¿quién era ése, mejor dicho ésa, que había venido a sacar cacao de nuestra troj y que resulta que quería hablar con nosotros? os preguntaréis. Pues eso: alguien precisamente que nos conocía y a quien nosotros conocíamos bien y que nos necesitaba. Inmediatamente después de reconocerla, ésta mujer, que se llamaba...

  10. #90
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    Al oír el anuncio de que se iba a decir el nombre de aquella persona, Chalchiunenetzin casi se desmaya. Pero ¿por qué? ¿Acaso no le había dicho ya el Marcos Bey muy claramente que Vacatecuhtli no iba a oír nada que no debiera oír? ¿Pues cuántas seguridades necesitaba?
    -...Quetzalchihuatzin...
    ¡Qué alivio, Chalchiunenetzin, qué alivio!
    -...pasó a explicarnos lo que quería y que ya sabíamos qué era, porque era lo mismo que quería hacía más o menos dos meses y, para más señas, no quería nada para ella, sino para la hermanastra de su prima, Atotoz, y para la propia prima, Teotlalco. Es decir, la prima es prima, pero la hermanastra de la prima no es prima, aunque las dos querían lo mismo, que seguía siendo, como digo, la misma cosa que hacía un par de meses, a saber, que Marcos y yo las complaciésemos en algo que deseaban y necesitaban mucho porque resulta que a Atotoz, que injustamente y por una pérfida calumnia la habían hecho esclava, en aquel entonces la acababan de comprar para dejarla libre, poco antes de que la fueran a sacrificar...
    -¡Qué vergüenza! ¡Librar a un esclavo destinado al sacrificio! ¡Qué manera de ofender a los dioses! ¡No sé dónde vamos a ir a parar con estos sacrilegios! Y eso de injustamente y por calumnia es lo que dicen todos. Buenos estaríamos si no se castigara ejemplarmente a los malhechores. Y ¡qué falta de piedad! andar regateando así los sacrificios a los dioses! -esto lo dijo la Vacatecuhtli, que, vale la pena recordar, se había bautizado y se llamaba Juana.
    Pues con esta olvidadiza Juana, si no hubiera sido quien era, Xiloxóchitl hubiera extremado la cortesía y le hubiera explicado que el que iba a hacer el sacrificio cambió de parecer, de modo que no se quitó nada a los dioses porque, otra cosa no tendría Xiloxóchitl, pero con las mujeres era atento y pulido hasta la exquisitez y, además, espontáneamente y sin afectación, porque le salía de dentro pero, tratándose de la Vacatecuhtli, anda y que se pudriera, porque, además, al no existir, tampoco podía ser mujer ni varón. Pues ¡y qué importancia se daba, la grulla de ella, y cómo opinaba de todo y cómo se creía la peor hablada del mundo y el centro de la creación!
    -Pues esta Atotoz y su marido e hijos estaban muy endeudados y no sabían qué hacer para salir de apuros y es, en esas infortunadas circunstancias, en las que nos conocieron a nosotros y vieron el cielo abierto unos días antes de que salierais los que fuisteis contra Narváez. Pero no vayáis a creer que son mujeres que viven de lamentarse y de decir qué desgraciaditas somos y vamos a llorar. No. ¡Menudas mujeres! Con genio e iniciativa, bien preparadas para este quinto sol o era que es la del movimiento. Y los maridos igual. Todos avispados y todos mirando a ver cómo se abren camino en este dificultoso pedregal que es la vida antes de la muerte, y dale que te pego, y sin cejar y con insistencia, como ese Moisés... ¿es Moisés o algo así?
    -Sí. Por lo menos por ahí por la Biblia hay un Moisés. Vuestra merced cuente y ya veremos si es él o no es él.
    -Pues eso, como ese Moisés que le pegaba garrotazos a las rocas hasta hacerlas echar agua. Pues así toda esa familia otomí, empeñados en ser los mejores cómicos, en ofrecer lo más inspirado y gracioso a las gentes de todas partes, como la fuente de Moisés: agua refrescante para la mente y los sentimientos, expansión para el carácter, campo despejado para la fantasía... Pues tan excelente familia otomí, puesta en estos afanes y trabajos, averiguó y contrastó algo de muy importantes consecuencias y era que lo que los públicos pedían en estos momentos no era ni más ni menos que historias de teules, puras historias de teules. Y ahí es donde entrábamos nosotros en acción.
    -¡Naturalmente! Si aparecen los teules, junto a ellos tendrán que aparecer sus ensanchados, y además creyéndose que el haberse ensanchado con ellos los hace ya grandes expertos en teulicidad. Vamos, como si dijéramos que el ser teule se contagia. ¿Es eso lo que supone el señor tlaxcalteca? -dijo Vacatecuhtli, que ya había callado demasiado tiempo.
    ¿Qué era eso? ¿Había ululado el viento? No, parecía que no. No se había oído nada. Mera aprensión. Siguió Xiloxóchitl:
    -Al encontrarnos Quetzalchihuatzin, pues, en las trojes, reemprendimos lo que habíamos empezado antes de la rebelión de los mexica, es decir, nos pusimos a conjuntar la fresca y raudalosa inspiración de la creatividad otomí con nuestros conocimientos de la religión y la civilización de los teules y sobre todo, su lengua y sus cantares. ¡Qué trojes las de aquellos días! ¡Qué grandioso fruto artístico se fraguó en su vientre! Porque allí no sólo fue el inventar, el idear, el dejar volar el pensamiento llevando a las palabras en sus alas. No. No fue sólo eso. No. Nosotros, los cuatro escapados de aquella noche triste, pasamos venturosos los días que la siguieron, allí, entre granos de cacao, de chía y de amaranto, trabaja que te trabaja, fabricando nuestras cabelleras de cuerda destrenzada, trenzando y pintando corazones de paja de maíz, cosiendo juboncillos y ropillas, acicalando máscaras a la luz de la rendija que siempre dejábamos abierta por el día. Y por la noche... ¡Oh!: Allí era el venir a veces uno, a veces dos, a veces tres cómicos de nuestra gran familia para pulir cada detalle bajo nuestro ojo experto y crítico, avezado a las mil y una sutilezas de la mentalidad de los teules, vertiendo en esa obra de arte la ardua y minuciosa labor de observación en la que nos habíamos empleado desde que llegaron a esta tierra...
    -Pero aclara, hermano Xiloxóchitl, que, a todo esto, sin descuidar nuestra vigilancia ni nuestras guardias y teniendo muy afiladitas las espadas y las lanzas, no vayan a entender aquí los compañeros que con tanta inspiración y tanta costura y tanta paja se nos fue el santo al cielo -dijo Marcos.
    -No, desde luego. No puede dejar de aclararse una cosa así, por más que sea de suyo que las letras y las armas irán siempre inseparablemente unidas, porque ¿qué son las letras, sino la sangre del pensamiento, la sangre de un parto tan esforzado como glorioso por dispensar la vida de la mente? Son, como si dijéramos, dos maneras de pintar la misma sustancia, el ansia de devolvernos con todo nuestro ser y con todos nuestros partos a la divinidad, que es la Gran madre de todas las cosas.
    Seguro que ni la Vacatecuhtli había contado con que los tlaxcaltecas, además de ensancharse, terminaran teniendo partos, pero para que viera, que el Xiloxóchitl no se andaba con paños calientes con la verdad y que puestos a decir cosas tremendas había quien la ganaba, aunque fuese por lo fino.
    -Y, por fin, llegó el día solemne, triste por otra parte, porque triste fue abandonar aquellas trojes en que se había gestado la obra del ingenio, la belleza y la ilusión; aquellas tinajas que, como el vientre en el que hubiera germinado el jugoso fruto de fértiles cabezas, ahora, en esta noche nubladita lo dejaban salir para seguir su vida, para probar si tendría éxito al presentarse al mundo o si se estrellaría en el duro peñasco del fracaso. ¡Oh noche preñada en que la incertidumbre era la caricia más ardiente! ¡Oh noche predestinada en la que con todo nuestro ajuar y vestuario, con todos nuestros bártulos y enseres y con nuestros anhelos primerizos salimos de Tenochtitlán y llegamos a Chiautla! ¡O noche de las noches que, entre temblores e ilusiones nos hiciste sentir como vírgenes doncellas antes de la desfloración! Y ¡qué triunfo el de Chiautla! ¡Y qué gloria la de Tepetlaoztoc! ¡Oh hermanos todos los aquí presentes! Espero que no se acabe nunca el ejercicio de las armas, pero si a eso se llegara alguna vez, ¡que los dioses nos den letras para seguir viviendo y adorándolos! ¡Que jamás dejen de manar en fresca tinta nuestra verdad y nuestra fe! He dicho.
    -¡Por tu alma Xiloxóchitl! ¡Qué grandioso relato!
    -¡Voto a tal, señor emperador de las tinajas, que después de escucharos, me he quedado mudo!
    -¡Qué bonito lo ha parido todo con su cabeza mi señor tlaxcalteca!
    -Ha sido entretenidillo, pero también con mucha paja.
    -¡Éste es mi Xiloxóchitl!
    -¡Cómo lo hemos vuelto a vivir todo!
    -¡Así, así es como se describen las concepciones!

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