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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #71
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    31 dic, 11
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    -¿A dónde van vuestras mercedes? -preguntó Cuetlachtli.
    -A una boda -contestó la mujer.
    -¡Qué notable! ¿Y quiénes se van a casar?
    -Una cuñada mía.
    -Entonces quisiera acompañaros. Llevaba otro rumbo, pero el paso a donde me dirigía está cortado por las milicias y no puedo seguir. Entonces quiero asistir a esa boda para hacer regalos a una cuñada de quien tan bien nos ha sabido auxiliar en nuestra necesidad. Díganme sus nombres.
    -Mi señora sin duda nos quiere honrar mucho, pero la pobreza de nuestra condición no hace recomendable que mi señora venga donde nosotros. No podríamos resistir la vergüenza de llevarla a nuestras casas.
    -No hay pobreza que valga cuando las personas son tan esforzadas. Voy a ir. Díganme sus nombres.
    -Mi cuñada, tengo que decírselo a mi señora, es una persona enferma y todos los de nuestra familia son personas enfermas que pegan enfermedades que desfiguran y deforman y huelen muy mal. Yo no quisiera ver a mi señora con la cara tan fea que dejan estas enfermedades. Hágame caso mi señora y siga su camino y no quiera venir a un sitio tan horrible como es al que vamos.
    -¿Y no seréis vosotros delincuentes huidos de la justicia que tantos inconvenientes ponéis al trato con otras personas que lo único que quieren es mostrar agradecimiento?
    -Ciertamente mi señora está muy en lo cierto que el agradecimiento hay que agradecerlo, pero ya le hemos agradecido su agradecimiento de todo corazón y, más aún, que nuestra cuñada es persona que está en demasía loca y que cuando ve a alguien a quien no ha llamado le da de cuchilladas y hace otros disparates. No nos haga mi señora pasar más vergüenza.
    Cuetlachtli dejó de hablar con la mujer y se dirigió directamente al macehual más joven.
    -¿Cuál es vuestro nombre?
    -Mi hermano es mudo y no puede contestar a vuestra merced. Se llama Xiuhnel.
    Con que mudo. No insistió más. Desde luego, estas no eran personas que fueran a dar cuenta de ella a nadie o a interesarse por lo que hacía. Antes parecían ser ellos los que no querían que se reparase en sus personas. No, no corría ningún riesgo pegándose a ellos y, es más, tal vez le conviniera y se sintiera más segura. Soltó el borde del otro acale y dio orden al acalpan de que, mientras los otros siguieran embarcados, no permitiese que se le separasen más de una vara. El macehual más joven remaba y no daba muestras de estar interesado por ninguna otra cosa o de sentir inquietud, pero toda la actitud de los otros dos le daba a entender a Cuetlachtli que era precisamente él el que de los tres, mudo o no mudo, llevaba la voz cantante, porque los otros parecían siempre mirarle a él antes de hacer o decir algo, y la cosa es que había algo en este hombre que le resultaba conocido, si no en las facciones, que no se las había visto, sí en garbo y ademanes.
    Los macehuales parecieron resignarse a que los otros los acompañaran hasta que llegaron a un lugarejo ribereño donde había un embarcaderito al que se arrimaron. Cuetlachlti y sus criados hicieron otro tanto. Desembarcaron aquellos y el macehual de mas edad se dirigió solo a una de las casas próximas. Los otros dos se acuclillaron a esperarlo. También Cuetlachlti y sus dos sirvientes bajaron a tierra y se quedarón en pie cerca de los otros. No tardó en volver el viejo macehual y con él una mujer del lugar que convino en guardarle el acale mediante cierto pago. Hecha esta diligencia los macehuales sacaron sus bultos del acale y echaron adelante por el sendero que parecía salir del poblado e internarse en el campo. Cuetlachtli instruyó al acalpan para que esperase allí hasta el día siguiente y que, si entonces no estaba de vuelta, se considerase libre. Le pagó y, con sus dos sirvientes, se unió a los otros, que parecían haber aprovechado el momento en que ella liquidaba para alejarse rápido. Los alcanzó, no obstante, sin poder además desechar la impresión de que, justo cuando ella se ocupaba de saldar con el acalpan, el mudito había aprovechado para decir algo. No, oírlo no no lo había oído, pero estaba segura.
    -Dime, Chalchiunenetzin, ¿a ti te suena de algo este macehual? -preguntó Cuetlachlti a su criada señalando al joven.
    -Sí, mi señora. Si no es porque lo creo muerto con los teules que escaparon, pensaría que es el señor Cuahuipil, el teule que se aposentaba en los alcázares de Axayácatl junto al señor concubino de mi señora.
    ¡Cuahuipil! Y su criada lo había descubierto y ella no. ¿Estaba volviéndose tonta? Esperaba que no, pero ése era. Tampoco ella se hubiera imaginado que estuviera vivo. Pero eso era y ése era él. Facha de plebeyo -y plebeyos eran casi todos los cristianos de Axayácatl aunque entre los indios fueran tratados todos como príncipes- pero, a su manera, con presencia de ánimo. Como tal plebeyo, cargaba él mismo sus propias pertenencias, aunque eso también no sin cierta dignidad, y claro estaba que si era él, a éste no lo podría tratar como a los otros dos. Y no porque fuese teule sino porque el ser plebeyo parecía tenerlo a gala. Recordaba que en Axayácatl se pasaba la vida haciendo trabajos de plebeyo y tan ufano, que parecía con ello estar ganando honores, además de dinero. Y ¿cómo es que estaba aquí? y ¿qué hacía vivo y separado de los demás?

  2. #72
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    -¡Cuahuipil! -llamó.
    No, él no miró hacia atrás, pero lo hicieron, como movidos por resorte y sin poder disimular el sobresalto, los dos que lo acompañaban, que rápidamente cayeron en la cuenta del error que acababan de cometer. La mujer intentó repararlo.
    -Preciosos sí los arbolitos de estas partes. Me estaba fijando en eso yo también –dijo la macehuala.
    -Sí, claro, esos arbolitos que tienen dos pies y dos manos ¿verdad? -replicó Cuetlachtli con sorna al tiempo que de cuatro zancadas se ponía a la altura del que había aludido como Cuahuipil y lo agarraba por el brazo-.
    Esta vez el aludido sí se dio por tal. Agarró a su vez a Cuetlachlti también por el brazo, la apartó con él a un lado del camino y allí le dijo bajito:
    -No tenía vuestra merced que habernos seguido y no sé por qué lo ha hecho ni lo que se propone con ello pero lo hecho hecho está y ahora tendrá que acompañarnos hasta el final, que será donde yo decida y no digáis ni hagáis nada que pueda llamar la atención, porque, esto os lo aviso, y el que avisa no es traidor, será vuestra vida la que peligre. Vuestra merced está avisada.
    -Sí, sí, avisada estoy y no se moleste la vuestra en repetírmelo más veces o creeré que son sólo palabras. Y ¿a dónde se dirige vuestra merced?
    -Ya se lo dijo mi compañera, a una boda de leprosos.
    -¿Tal vez la vuestra propia?
    -Pudiera ser. Camine vuestra merced. Delante de mí, donde yo la vea.
    -No sabía yo que le agradara tanto verme.
    No le contestó. Siempre igual. Ya se acordaba de que en Axayácatl tampoco solía contestarle mucho y que cuando ella quería algo de él, él siempre callaba. Y ahora ya se había dado cuenta de que llevaba muy a mano un cuchillo de monte, aunque no había cometido la tontería de amenazarla con él. Caía naturalmente por su peso que lo haría llegado el caso. Y adonde iba no podía ser más que a Tlaxcala. Y, además, si no lo había entendido mal, tenía una tlaxcalteca esperándolo. ¿Sería por eso por lo que parecía no querer parar hasta llegar allí? Porque ya llevaban pero que un buen rato y a paso ligero, a pesar de ser de noche y no haber luna, ella delante con sus sirvientes y él detrás con los otros dos macehuales. Sólo que, si pasaban por poblado, Cuahuipil se pegaba a ella, es de suponer que para que no se pusiera a gritar pidiendo auxilio, pero ni palabra de recogerse a dormir.
    Sin embargo, Cuahuipil sí terminó por hacer un alto, y muchísimo antes de llegar a Tlaxcala. Se detuvo al divisar un jacal recostado en una ladera próxima, del que no salía ni luz ni humo. Se apartaron del camino y, a poca distancia del jacal dijo él a su compañero que fuera a echar un vistazo a ver si estaba tan solo como parecía. Que había agua era seguro porque la oía correr y percibía la humedad.
    Los informes que dio ... ¿Que dio quién? ¿Quiénes eran finalmente estos dos que estaban con Cuahuipil? Pues, como se habrá adivinado, no podían ser otros que Coyolxauqui y Quizzicuaztin.
    Este último, una vez cumplida su misión de reconocimiento, informó que no había nadie por allí y que el sitio parecía seguro. Llegaron, pues, todos al jacal, bebieron y se refrescaron del agua del arroyo que bajaba y que estaba rebalsada en un piloncillo hecho de piedras, atendieron a sus otras necesidades y se dispusieron a dormir. Cuahuipil hizo que todos los demás durmieran a la parte de dentro de la única estancia y él se echó atrvesado en el hueco de la entrada. La mexica encontraba esta precaución entretenida, pero no lo suficiente. Aunque no le faltaban ganas de descansar, se sentía todavía demasiado despierta y no le apetecía ponerse a dar vueltas y más vueltas mientras los demás dormían felices. Así pues, Cuetlachtli -nombre que ya debiera haberse aclarado antes, quiere decir oso mielero, que es el animal cuya identidad asumía el sacerdote tenochca que oficiaba en el sacrificio gladiatorio-, Cuetlachtli, pues, vino a acuclillarse junto a Cuahuipil para hacer sueño, lo que de costumbre hubiera significado fastidiar un poco a quien pillase o decirle impertinencias. Sin embargo, sería lo oscuro y callado de la noche o lo desusado de la situación y de la apariencia de este hombre tan raro, la cosa es que en lugar de importunarle preguntó con seriedad y con un interés que no denotaba ningún desdén:
    -¿Por qué vino a estas tierras vuestra merced?
    -Tenga buen descanso la vuestra. Voy a dormir.
    -¿Tiene miedo de hablar conmigo?
    No contestó. Cuetlachlti se hartaba ya de los silencios de Cuahuipil y ahora además le sentó mal. Le estaba hablando en serio. Pero trató de mantener la serenidad mientras decía:
    -Puedo patear a vuestra merced y no dejarlo dormir, amén de delatarlo. Quiero ser muy correcta, pero vuestra merced también debe poner de su parte.
    Cuahuipil se sentó con un suspiro de resignación. Cuetlachtli repitió la pregunta:
    -¿Por qué ha venido aquí?
    Al hacer esta pregunta pensaba ella en aquella noche del alcázar de Axayácatl en que lo oyó soñar con el Huitzilopochtli. Quería saber.
    Sí, claro, ella ahora quería saber, pero eran tantas las veces que ella y sus paisanos habían preguntado ociosamente a los cristianos por qué tenían que venir aquí, que por qué no se iban por donde habían venido, que nadie los había llamado, que eran extranjeros y que éste no era su lugar, y todas esas cosas -ya ves tú, como si los indios y concretamente los chichimecas no hubieran venido, y tampoco hacía tanto-, que la pregunta, al llegar a los oídos de Cuahuipil le sonó a más de lo mismo, que ya era cosa que aburría y, con las ganas de dormir y bostezar que tenía, pues, mira, a pesar del cielo despejado, la mexica no se libró del chaparrón, y es que a veces no nada hay más justo que la injusticia.
    -¿Por qué he venido aquí pregunta vuestra merced? ¿Por qué he venido a esta tierra? Sí, creo que eso merece respuesta y explicación –todo esto lo decía Cuahuipil, que más quenada quería dormir, sin ironía y sin mirarla a ella pero con una mala uva que calaba perfectamente en la oyente-. Pues verá vuestra merced: Me hallaba yo en Valladolid una linda mañana de mayo, mes florido y apacible, esperando. Dieron las campanas de San Gregorio el cuarto del mediodía y, como se me hacía larga la espera, me dije: vamos a dar un paseíto a la vera del Pisuerga, que, como debe de saber vuestra merced, es el río que pasa por Valladolid, y a ver si a la vuelta ya han llegado. Pero no. Pasó el cuarto de vísperas, pasó la noche, pasó un día, otro día, un año, otro año, más años y siempre esperando y yo diciéndome, pues no llegan. Están tardando. Si tardan diez años más, voy a tener que ir yo. Entonces, en vista de que vuestra merced y todas vuestras mercedes de aquí no llegaban a Valladolid, me dije: Nada que estos son más vagos que la chaqueta de un sastre y voy a tener que ir yo. Así fue: al ver que vuestras mercedes no iban allí, me vine yo para acá.
    Cuetlachtli cuando comprendió la burla se quedó lívida. Quiso ensañarse con él a patadas hasta matarlo. Pero se dominó, como hacía muchas veces, porque ganas de hacer eso mismo tenía muy a menudo y hasta ahora no había matado a nadie. Los que la acusaban de mal genio no sabían hasta que punto había ejercitado Cuetlachtli el dominio de ese genio. Lo que pasa es que después de dominarse, todavía le quedaba en abundancia. Ahora mismo quería saber algo y esta pulga delirantemente ridícula no se iba a librar escudándose en ningún risible ingenio de plebeyo. ¡El muy cazurro! Calló unos instantes hasta someter las ganas de destrozarlo.

  3. #73
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    Sí. ¿Cómo era que ella no había intentado ya patearlo en donde más se temía? se preguntó Cuahuipil. La miró a ver y, tras un breve silencio, dijo ella:
    -Vuestra merced no siente ningún respeto por las mujeres ¿verdad?
    -¿Cómo? Sí, claro que sí. … Pero hasta a las mujeres les hace bien no abusar de la paciencia ajena.
    -Pues entonces, contésteme.
    -Ya he contestado a vuestra merced.
    -No, no me ha contestado. Me ha hecho burla que no es lo mismo.
    -No más burla que la que hace vuestra merced con preguntas tan necias.
    Guardó silencio Vacatecuhtli Y luego dijo:
    -No es una pegunta necia y sí, es cierto que la misma pregunta la he hecho otras veces por denostar y también mis paisanos pueden ponerse pesados pero esta vez no es necia y se la estoy haciendo con mucha corrección. Quiero saber. De todos los teules que he conocido del único que me interesa saber por qué ha venido es de vuestra merced. Si vuestra merced siente respeto, como dice, contésteme. No es una pregunta ociosa.
    -Y cuando conteste, sin ninguna corrección, empezará vuestra merced a ridiculizar la respuesta como si con ello ganara un imperio. A mí esos imperios que gana vuestra merced tan a lo tonto me dan igual y tampoco soy su bufón de corte para estarla divirtiendo.
    -No sea cabezota vuestra merced. No voy a contestar nada y no voy a ridiculizar nada y no voy a divertirme nada. Le doy mi palabra. Quiero saber.
    Cuahuipil sentía que ya debiera responder a la Vacatecuhtli como Dios manda, pero le tenía tantas guardadas y era la ocasión tan rara, que pensó que bien podía él desquitarse también un poquito.
    -Vuestra palabra no la tengo en mucho. La de cualquier macehual mexica, que son personas que saben lo que es le respeto, la creería, pero la de sus cortesanos, mire vuestra merced qué cosas, la escucho, y por un oído me entra y por el otro me sale.
    Ella no dijo nada. Tampoco se movió y, con el ceño fruncido, seguía mirando al frente, esperando. Cuahuipil que ya desde antes de decirle lo anterior le pensabe contestar una vez que hubiera rezongado los suficiente, la miró un momento y se quedó pensando. Pensó y pensó y ahora, sí, le hubiese contestado si hubiera sabido qué pero no lo sabía.
    -Lo siento mucho por vuestra merced que se ha esforzado tanto en preguntar con mucha corrección, pero no lo sé. No. No lo sé. Lo siento, no sé por qué he venido.
    -No sea mentecato vuesrra merced. Claro que lo sabe. Algo os movería a hacer una cosa en lugar de otra, digo yo. Vuestra merced no es una piedra.
    Trató de pensar más y luego habló, pero como para sí mismo, tratándo de explicarse por qué no sabía aquello que le preguntaba Cuetlachtli.
    -Puedo decir cómo fue, pero por qué no lo sé.
    -Diga vuestra merced a ver –y para sus adentros añadio: este hombre es desesperantemente bobo.
    Nueva pausa. Y luego empezó él a relatar, parte recordando para sí mismo, parte diciéndoselo a su interlocutora.
    -Empezó con Marzuq, mi primo por parte de madre. Mi tío, su padre, trajinaba pescado del Cantábrico a Burgos. Él lo acompañaba muchas veces y paraban en casa camino a Los Altos.
    No era primo, era prima y se llamaba Marzuqa. Siempre era un gran alboroto y contento cuando venían. De venida nos dejaban algo de pesca, pero no paraban, para que la carga llegara fresca a destino. Durante unos días era el gran festín de pescados del mar y de poner en salazón o de ahumar lo que quedase. De vuelta, como llevaban mercaderías que no peligraban, sí se quedaban, a veces un rato, a veces un día, a veces varios y a veces venía más familia. ¡Qué días aquellos! Le tenía tanta afición a Marzuqa… Sabía de todo, de religión, de ciencias, de historia, de comidas… Subíamos a los frutales del huerto y allí nos pasábamos tardes enteras, comiendo cerezas o lo que hubiera del tiempo, hablando y hablando…
    -… hablábamos de todo lo que haríamos cuado fuéramos mayores, pero de lo que más era de las Indias. Una de las veces, siendo yo casi mozo, cuando pasaban de vuelta de Burgos, me fui con ellos hasta el mar y, de suerte, porque había epidemía y tenían muchas bajas, me tomaron en un pesquero que iba a los bancos de bacalao de allende el mar y estuve más de un año faenando, y por eso aprendí del arte de navegar y me acostumbre a hablar vizcaíno.
    Y cuando me volví a encontrar con Marsuqa, ya de lo que hablábamos sin parar era de las Indias y de todo lo que había en ellas y de lo grandioso que sería venir. Marzuqa era mágica. Era la persona capaz de hacer que los sueños tomaran forma. Ella no era como yo. Ella era buena. Nunca dejó de hacer el azalá ni los ayunos. Y jamás reprochó a nadie que no hiciera otro tanto. Cuando yo volví de faenar al año y pico ya no era una niña, sino una moza.
    -De regreso en el pueblo, volvimos como antaño a tener grandes pláticas subidos en los árboles, pero esta vez ya para hacer planes en firme de pasar a las Indias. Dos años después Marzuq y yo íbamos a Sevilla dispuestos a conocer lo desconocido, a viajar lejos, a hacer que aquello de lo que tanto habíamos oído hablar no fueran sólo palabras. Y así es como me ve ahora aquí vuestra merced.
    Nada contó Cuahuipil del Santo Oficio. Ni dijo que su prima y él hicieron un simulacro de matrimonio para poder irse juntos sin disgustar a la familia pero que, tan pronto estuvieron lejos, se vistieron de cristianos y ella de varón y fueron como hermanos, nunca como matrimonio. En aquellos largos parlamentos en los árboles del huerto con Marzuqa, aunque hablaron mucho de la religión, de la fe, del más allá y de todo lo que podía interesar a dos almas en búsqueda, rara vez mencionaban la maldición que representaba en su vida la persecución de los inquisidores y la ley inicua que los oprimía. Y cuando hablaban de las Indias era como si el hablar de continentes desconocidos y remotos alejara de ellos la humillación y la pesadilla. La ocultación, que era una iniquidad a la que se los sometía, por malhadado malabarismo, la sentían como una vergüenza. Siendo vecinos de pleno derecho, celadamente los habían convertido en parias, en delincuentes, que debían andarse con tapujos y con miedos. Los árboles eran para sus ensueños y ambiciones. Las lágrimas eran para la noche y a solas. La noche era para llorar en silencio, ese silencio en que los gobernantes tiranos los habían enterrado y con el que querían borrarlos.
    Y ahora estaba en las Indias y seguía ocultándose. ¿En qué había cambiado su condición pasando a las Indias? Algo había cambiado, pero no sabía el qué. No, no sabría responder debidamente a la tenochca, que creía haberle preguntado algo sencillo. Y, además, también ante ella debía seguir ocultándose.
    -Perdóneme, vuestra merced. Ya veo que me ha preguntado con su mejor voluntad y, si estuviera en mis manos, le diría. Pero yo mismo quiero saber y no sé. Descanse vuestra merced.
    -Y el sueño que tuvo con Nuestro Señor Huitzilopochtli ¿podría contármelo vuestra merced?
    -Pues… Lo único que sé de ese sueño es lo que vuestra merced me ha dicho. A veces es como si tuviera un amago de algo como el vuelo de una mariposa en el pensamiento pero no lo atrapo y creo que es más bien algo que imagino porque vuestra merced me ha dicho que he soñado. Siento no poder serviros mejor.
    -Si llegara a acordarse ha de decírmelo.
    -Sí claro. Sin duda.
    -Es a Tlaxcala a donde va vuestra merced. ¿Sabe a dónde voy yo?
    -No. No lo sé.
    -¿No me lo va a preguntar?
    -No sabría si vuestra merced miente o no.
    Última edición por carcayona; 25/05/2012 a las 01:06

  4. #74
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    Predeterminado

    Sí, claro que se lo diría, penso Cuahuipil. ¿Para qué quería él un sueño de Huitzilopochtli si no creía en él. Pero entonces, ¿por qué lo soñó? ¿Y si éste era como Tlaloc o Camaxtli, otro nombre de Dios que Éste revelaba como misericordia para sus criaturas? O si era su profeta, que Dios les había enviado, como había enviado a todas las gentes, puesto que así lo dice en el honrado Alcorán, que Dios ha enviado profetas a todas las gentes? Tenía que ser eso. Pero estos mexica habían hecho de él un estropicio. Se habían desviado. Pero ¿y quién no se había desviado? Y realmente ¿qué hacía él queriendo derribar tiranos mexica cuando allá en su tierra tenía los suyos propios? Y sí ¿por qué había venido? ¿Por qué venían todos los demás cristianos a las Indias cuando en su propia tierra consentían tropelías? Porque la inquisición se cebaría en los cristianos nuevos, pero a salvo no estaba nadie y, además, a muy pocos les gustaba. No era nada que la gente hubiera pedido a gritos. ¿Por qué? Ellos eran como la saeta disparada por alguien para algo, pero la propia saeta, que va sin titubeo ni vacilación a dar en el blanco, no sabe nada, ni por qué ni para qué ni si quiere o no quiere ni dónde acabará. Y esa es la suerte de todos los humanos. Saetas disparadas desde la inexistencia. ¿Qué sabían ellas? Camaxtli el de las saetas. Él sí debía de saber lo que cazaba, pero los siervos de Dios ¿saben lo que cazan? En fin que Dios sabe y Dios nos cuida y, donde quiera que nos lance, así sea.
    Mientras Cuetlachtli y Cuahuipil estaban en esos hondos porqués, otro que tampoco dormía y también se devanaba los sesos era Quizziquaztin. ¿Qué pretendía esta cihuatecuhtli venga a hablar con el teule? Bien se veía que esta señora principal a la que habían salvado de los bandidos trataba de convencer al señor Cuahuipil de que lo denunciara a él y que el teule le decía que no. Él no quería denunciarlo, pero ella sí. El teule se lo había pensado unos cuantos días y al final le dijo que si quería venir con él, como penitencia, para su reforma, y el había dicho que sí con la cabeza. Ahora ya el teule no le hablaba mucho pero se esforzaba por perdonarlo. Pero mira ahora esta señora principal. Ella no entendía nada y quería obligar al otro. ¡Qué injusto! ¡Pero qué injusto! ¡Qué cruel era el mundo! ¡Qué indeciblemente cruel e hipócrita era el mundo! ¡Qué fácil era hablar! ¡Qué fácil era condenar, allí, habla que te habla y sin tener que vivir día a día con la vida del hacer y no la del hablar! ¿Qué sabía esta cihuatecuhtli de su vida y de su hogar? ¿Qué sabía nadie de lo que era tener un pensar y una mujer y cada uno por su lado? ¡Qué fácil era hablar y disponer y castigar! Ahora que, si mañana lo entregaban a la justicia, no estaba de acuerdo. No lo estaba. Él lo había hecho no porque hubiera querido hacerlo, sino porque no había querido no hacerlo. Y eso son dos cosas muy diferentes. Pero ¡amigo! cuánta sutileza faltaba en el mundo. ¡Y era tan injusto hacerle pagar a él la falta de sutileza del mundo…! Y ¿cómo era posible que no lo viese nadie? Y esta cihuatltecuhtli ¿de dónde había salido? ¿Habría protestado su mujer por algún motivo o habría adivinado algo?
    Esta última pregunta lo dejó sin habla. Es un decir. Sin habla llevaba desde el momento en que lo sorprendió Cuahuipil en aquel crimen. Ahora, y una vez más desde entonces, casi había perdido también la respiración. Su mujer. Que injusto. A ver si ella no tenía culpa. A ver. ¡Era tan fácil no preocuparse del marido, no vigilarlo, no estar pendiente de él, de que no diera malos pasos! Mira mismamente la primera vez, cuando ella ya no pudo hacerse más la desentendida, porque era patente que él le ocultaba algo, pero ella seguía empeñada en dejarlo a él rodar por el abismo de la perdición. Ella era la causante de todo. ¡Qué injusticia! ¡Cuánta ceguera!

  5. #75
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    Predeterminado Capítulo XXII: Alma de cántaro, corazón de paja

    Capítulo XXII
    Alma de cántaro, corazón de paja
    Allí en el jacal en el que pasaron la noche, con el primer albor se despertó Cuahuipil, dijo para sí la basmala y se levantó. Vio que en el exterior todo seguía solitario. Aquí en el campo, ya fuera de Tenochtitlán, se le hacía extraño que a la hora que era no se oyera cantar el gallo. ¡Qué silenciosas eran estas Indias! Ni canto de gallo, ni mugido de vaca, ni balido de oveja, ni ladrido de perro, ni rebuzno, ni relincho. Si acaso el aullido de los coyotes. Y cómo los indios ponían todo su esfuerzo en compensar ese silencio de los animales con sus cantos, sus silbidos y sus algarabías. Y aquello que se preguntaba anoche y que no había sabido responder, ahora, al frescor de la madrugada, no parecía tan misterioso. ¿Por qué había venido a las Indias? Pues por lo mismo que había nacido, por lo mismo que había crecido, por lo mismo que moriría un día, por lo mismo que cae una piedra en un pozo al soltarla. Cada persona, como cada piedra tiene su pozo. Dios creador te suelta y caes continuamente en tu destino. Crees que vas acá o allá, pero no vas a ninguna parte. Todo es el mismo caer en el propio sino, hasta que en el fondo de ese pozo Dios redentor te recoge nuevamente. Y quizás también había venido para poder preocuparse por la suerte de Xiloxóchitl y Teyohualminqui y lo que afectaría a Ilhuicáatl, porque eso es lo que hacía ahora al levantarse y casi todo el tiempo. Y como si fuera el perro de los creyentes de la cueva , el pensar en los dos primeros traía indefectiblemente el pensar también en Marcos Bey.
    Al oír moverse a Cuahuipil, los otros también se levantaron. Se asearon todos y Coyolxauqui ayudó a Cuahuipil a repasarse los tintes con que se hacía pasar por indio, y no era pequeño trabajo, porque con lo escaso de la vestimenta, tan solo un pañete con el que cubrir las vergüenzas y una manta abierta a todo lo largo, era mucha la superficie del cuerpo que había que pintar, bien que, con la práctica, ya conseguía hacerlo en muy poco tiempo.
    Nuevamente se pusieron en marcha. Como si la noche hubiese sido un manto suave que acogiera el momento si no de intimidad, sí de sinceridad, entre la Vacatecuhtli y Cuahuipil, por la mañana fue como si aquello no hubiera existido nunca y la rutina y la costumbre volvieron a gobernar su trato. De la conversación entre los dos sirvientes de Cuetlachtli y de ésta con ellos, Cuahuipil había deducido que a donde se dirigía la señora era a Tlaxcala, lo que le simplificaba las cosas ya que, si ella quería ir a Tlaxcala y había emprendido el camino sola, eso quería decir que no tenía gran interés en que se enterase la jerarquía tenochca de sus andanzas. No tendría que vigilarla menos pero seguro que no pasaría tantos trabajos al hacerlo y le sería más fácil mantener el rumbo.
    En el primer poblado que encontraron enviaron a Quizziquaztin a comprar tortillas y a oír lo que hubiera de noticioso. Sabían que había milicias por todas partes, puesto que el nuevo huey tlatoani había mandado reforzar todas las guarniciones del imperio. Encontrárselas en una población no era grave porque ahí ya tenían los soldados pasatiempos y distracciones pero ser el blanco de tantos ojos en el camino era lo último. Y en esta ocasión Cuetlachtli estuvo muy de acuerdo con Cuahuipil, porque ahora empezaron a ver a lo lejos las formaciones militares y entre las insignias de los jefes que pudo distinguir estaba la de su padre, con quien precisamente ahora no tenía ninguna gana de departir. Él se habría librado de ella, pero ella también se había librado de él. No le importaba tener padrino. El padrino, todo considerado, era de lo más arregladito que se podía pretender.
    Detuvieron, pues, la marcha para no acercarse a la milicia. Cuahuipil echó un vistazo alrededor y decidió que entrasen por entre dos maizales hasta donde empezaba el monte y luego también subir el monte y después empezar a bajarlo y, a media bajada, hacer alto a resguardo de un repecho desde donde se divisaba todo el camino y comarca de Tepetlaoztoc y la propia ciudad. Las milicias tardarían todavía un poco en alcanzarla y ellos aprovecharían que era la hora de más calor para descansar. Más adelante reemprenderían la marcha y, ya en la ciudad, averiguarían si iban a salir de allí milicias, cuándo y hacia dónde y, según eso, seguirían hacia Cuautla y Calpulalpan, que era el camino más corto a Tlaxcala y por el que menos riesgo corrían de perderse.
    Así lo hicieron y entraron en Tepetlaoztoc al atardecer. La ciudad estaba muy animada, como corresponde a cualquier ciudad a la que llegan muchos soldados y que se ve visitada por dignatarios civiles y militares, en un momento además en el que todavía se celebraban las fiestas de investidura o coronación del nuevo huey tlatoani Cuitlauac. Hasta tal punto estaba animada la ciudad, que incluso se anunciaba en la plaza del mercado de su barrio más popular la presencia de una familia de cómicos otomíes que se decían “Los últimos teules vivos” y que, si eran lo que prometían, iban a dar una función de muchísimo regocijo. A esta plaza llegaban Cuetlachtli y la compaña cuando ya la gente, y entre ella no pocos soldados, se arremolinaba y trataba de conseguir un buen lugar para ver la función y cuando los carpinteros acababan el tinglado encima del cual se iba a ofrecer el espectáculo. Ahora disponían braseros y teas en la escena, que se cambiarían de lugar según exigiera la acción o las partes de ella que se quisiera destacar. Cuetlachtli no quería quedarse por el riesgo de que, entre la soldadesca y por una de esas cosas raras que suceden cuando menos lo piensas, hubiese algún jefe militar que la conociera. Cuahuipil, sin embargo, opinaba que era precisamente en medio del gentío y a oscuras donde menos llamarían la atención y eso fue finalmente lo que hicieron, quedándose donde menos luz había. Por lo demás, gente había mucha, porque ya antes de ver la representación se sentía atraída por el pregón del título.
    ¡Ya llegaban! Un redoble de atabal y, por la parte del tlapanco vedada al público, se vio llegar a la familia de otomíes. Otro redoble de atabal, un silencio, y ¡qué mejor apertura de función de teules que un buen relincho de caballo, ese venado raro que cabalgaban y del que hacía dos días habían visto pasar una cabeza que se enviaba a Pánuco para que allí la comulgaran! El de los cómicos era naturalmente un caballo de mentira, de raza artesana, con cabeza de paja, unas crines coloridas y larguísimas, una magnífica cola igualmente colorida y unos relinchos que hicieron que toda la plaza se partiera de risa, sobre todo cuando, después de dar una galopada por el escenario, terminó su presentación alzándose sobre las patas de atrás y dando un relincho más brioso todavía que los anteriores. ¿Y luego? No, el siguiente no fue el plato fuerte, pero fue bastante fuerte. Representaba que era una anciana de pelo blanco que hablaba así a su hijo:
    -¡Oh, hijo mío, Malinche! Cata que se acerca mi postrera exhalación. ¡No consientas tú, mal hijo, que por tu poco esfuerzo fenezca tu anciana madre carente del alimento espiritual con el que subsistir!
    -¡Oh, madre teule mía! ¡Ya te traje todos los corazones que pude haber en Castilla! ¡Ya te traje todos los corazones de los turcos y los bárbaros! Ya no sé madre dónde hallar corazones cuya sangre bebas para que no fenezcas.
    -¡Eres una guajolota, apocada y miserable, sin coraje y sin empuje! ¡Mujerzuela sin arrestos! ¡Te voy a dar yo a ti! ¿A tu propia madre le niegas el alimento que necesita? ¡Anda, hijo desnaturalizado y sin entrañas! ¡Anda atontado sin arte ni malicia! ¡Quítate de mi vista hasta que te vea venir con mi alimento! ¡Ve hacia donde se pone el sol y tráeme el corazón de todos aquellos indios, que son los mejores corazones que se han creado en este sol y en los cuatro precedentes! ¡Porque jamás hubo ni habrá sobre la tierra corazones de tan buen palpitar! ¡Ve, ve por ellos y no oses aparecer ante mis ojos sin muchos corazones! ¡Hideputa perdulario!

  6. #76
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    Y ahora el narrador cuenta cómo el capitán Malinche viaja en uno de esos acales gigantes en los que caben caballos, cañones, perros de los que ladran y más teules pero, como el viaje es muy largo, lo amenizan con canciones, como ésta, que se acompaña a la vihuela, aunque es una vihuela hecha de juncos que no suena, pero que queda muy bonita en escena cuando la tañe su tañedor al compás de la canción. Y todos ellos, el cantor vihuelista, Malinche y la madre de Malinche, naturalmente, eran máscaras hechas de paja trenzada, con grandes cabelleras hechas de cuerda y trajes que se daban un aire a los de los teules. Pero lo que mejor quedaba de todo era la perfección con que estos otomíes habían conseguido imitar el habla. Porque aunque, salvo alguna palabrilla, todo estaba dicho en náhuatl, era un náhuatl pronunciado al estilo de los teules y con las palabras más importantes dichas en castellano y explicadas por el narrador. Así la madre de Cortés no dijo yólotl en náhuatl, sino que dijo co-ra-zón, que era mucho más exótico y que, por su sonido, en vez de ser fluido, como el yólotl, parecía como si golpease más reciamente el pecho. Lo hacían muy, muy bien. Tenían mucho tino para dar el trasunto sicológico de los personajes y de los caballos. Pero volvamos a la canción, que ésta sí fue toda ella cantada con exquisita voz en castellano y accionada con muchísima arte por su cantor:
    T-r-es mo-r-illas me enamolan en Xaén
    Aixa y Fátlima y Ma-r-ien.
    T-r-es molillas tan ga-rrrr-idas
    Iban a busca-r olivas
    Y hallábanlas coxidas en Xaén
    Aixa y Fátlima y Ma-r-ien
    Y hallábanlas coxidas
    Y to-r-naban desmaídas
    Y las cololes pe-r-didas en Xaén
    Aixa y Fátlima y Ma-r-ien.
    Coyolxauqui y los dos otomíes de la partida disfrutaban de lo lindo. Quizzicuaztin se distraía algo de su enajenación, hasta respiraba, y Cuetlachtli no estaba de mal humor. Pero el que más gozaba era Cuahuipil, que seguía todo arrobado. Aquellos cantares le hablaban de su tierra ¡cómo la añoraba!
    Terminadas las canciones en alta mar, ahora venía la escena en que se representaba a la madre anónima, ésa que tiene hijos desconocidos. Tenía su máscara de paja negra y su melena de cuerda azul nocturno e iba y venía por el tlapanco sumida en hondo soliloquio.
    -La madre que os parió, hijitos míos, está sumida en tinieblas de vasta oscuridad. Éste es un triste destino. Madre de un hijo un día y al siguiente abuela de un recuerdo. Siempre el mismo cantar: no te preocupes madre que yo te traeré alimentos. Si yo lo único que quiero son unas nuerecitas. Tanto prometer, tanto prometer... ¿Quién anda ahí?
    -El correo, mi señora madre anónima.
    -Daca acá, mensajero, ¿de quién son esas misivas?
    -De la Vieja España, mi señora, del Anáhuac Nuevo.
    -No puede ser, no puede ser. Dadme, dadme acá esas cartas: ¡Voto a tal! ¡Están tintas en sangre! ¿Qué nuevas serán éstas que tan rojas se pintan? ¡Leamos: Yo m’era mora Moraima, morita de un bel catar, cristiano llamó a mi puerta, cuitada, por me engañar!... Pues esto quiere decir que ya me he quedado sin otra nuera. Y este cristiano que ha engañado a esta chiquilla debe de ser uno de mis hijos desconocidos, que ha salido tan sinvergüenza como todos y que yo me voy a quedar sin nueras per secula seculorum.
    Y aquí el narrador explicaba cómo “per secula seculorum” era latín, una lengua muerta que empleaban los teules en lo religioso a guisa de penitencia, porque como ellos no se sangraban los molledos, orejas y lengua, Quetzalcóatl les había enseñado a hablar latín, que era más doloroso todavía. Pero volvamos a la madre anónima.
    -¡Otra carta! Vamos a ver: Sírvase por tanto abonar esta mercancía pendiente de pago a la mayor brevedad, pues de lo contrario, devengará un recargo y su calificación crediticia... ¡No puede ser, no pueden pretender cobrarme otra vez esas peinetas! Las pagué hace diez meses. ¡Pues nada, ni caso! -y tiró la carta por ahí con viento fresco-. Vamos a ver esta otra: ¡Ah, ésta es la de verdad, ésta es la que esperaba, ahora ya tendré nueras de verdad! ¡Ésta, ésta es la carta que me estaba anunciada por los divinos augurios, ésta que chorrea sangre!
    Y en efecto chorreaba sangre, o salsa de jitomate, porque apretaba la carta con el puño y chorreaba de lo lindo, más que carta, hubiérase dicho bayeta rebosante, y ésta era escena de muchísimo efecto.
    -¡No, no necesito leerte, o carta chorreante! ¡Que bien sé lo que dices y sé bien que las madres anónimas estamos ya salvadas y nos daremos un hartazgo de nueras y alimentos! ¡Ah, no te leeré, no te leeré, que ya veo con mis propios ojos, y como si ante mí estuviera, la escena que narráis!

  7. #77
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    Y así era en efecto, un redoblazo de atabal, un silencio, otro redoblazo de atabal, y el narrador va explicando lo que ocurre en escena, que es precisamente lo que pone la carta. En escena colocan los carpinteros una pirámide de tablones y arriba de ella un incensario de copal y una gran cruz. Y todo esto el narrador lo explica así:
    -Catad aquí, ¡oh audiencia! ese gran teocali de la imperial Valladolid, el más alto y famoso del mundo dilatado. Catad ahí sus gradas, que en breve ascenderán los últimos cautivos de la raza de los teules. Catad ahí el Pisuerga de aguas coloradas, catad ahí a la multitud de los de Hispania que hoy fenecerán sacrificados a honra de la cruz.
    Y ahora sonaba no un redoble, sino un toque breve y acompasado que despertaba la ansiedad de ver quién aparecería en escena. Y en escena, en lo alto de la pirámide, aparece una efigie toda velada de negro y que, según explica el narrador, representa a la madre desconocida en figura de la obispesa vallisoletana. Y las manos, en lugar de manos, figuraba que eran garras. Y el final, en vista de lo visto, era de prever. Lo que figuraban ser muchos miles de teules con sus caras de paja y cabelleras de cuerda de diferentes colores, danzando con gran algarabía y bullicio, silbidos y relinchos, con grandes brincos y aullidos formidables, al envolvente compás del atabal, escalaban impacientes el teocali y, allá arriba, la obispesa de Valladolid los arrojaba sobre el tajón y a garra limpia los descorazonaba, para a continuación, el corazón así arrancado, lanzarlo sangrante a los pies de la pirámide, donde rebotaba con indecible regocijo del público. Los corazones éstos eran de paja y estaban pintados de colorado y empapados en salsa de jitomate. Este baile, música y sacrificio siguió hasta que figuraba que se sacaba el corazón al último teule. Y aquí, la madre anónima, obispesa de Valladolid, se quitaba los velos y dejaba ver su cara de paja. Luego ese último corazón lo mostraba en alto y, mientras ella mantenía arriba el corazón, a ambos lados del escenario aparecían dos filas de mujeres, que era el coro de las nueras y cantaban su canción con un redoble distinto, ran rataplán, ran rataplán. Luego la obispesa, manteniendo el corazón en alto, descendía del teocali y hacía una gran procesión por todo el escenario seguida de dos filas, una la de los teules sacrificados, que ahora figuraba que eran fantasmas del paraíso y llevaban sus máscaras de calavera y teítas que los iluminaban, como la divinidad que eran ahora, y otra fila que era la de las nueras, y cada fila cantaba su canción. Mientras duraba la procesión, y siempre todo acompañado por los redobles de atabal, los carpinteros retiraban el teocali y, una vez terminado de retirar y terminada la procesión, la madre anónima obispesa regresaba al centro de la escena y allí, con un redoble profundo, levantaba una vez más el corazón en alto, daba media vuelta y, entre el estruendoso entusiasmo de un público feliz, hacía mutis por el foro seguida de su séquito cantante de nueras y fantasmas.
    La asistencia celebró con silbidos, relinchos y alborozo el final de una función tan emotiva y tardó en ponerse en movimiento, como si quedándose donde estaba fuera a prolongar el disfrute. Luego, lentamente y celebrando todavía, empezó a desfilar para dar su óbolo a los otomíes que tan hermosa historia habían representado. También desfilaron nuestros seis viajeros, emocionados todavía por la función. Querían encontrar algún sitio donde acomodarse a gusto para la noche y prolongar el disfrute comentando lo que habían visto. Coyolxauqui y Xochiyetla averiguaron que mañana estarían saliendo milicias para Cuautla y Calpulalpan, aunque hacia la tarde ya habrían salido todas, y que después no se esperaba que ese día hubiera más movimiento. Convendría pues hallar algún sitio donde estar hasta la noche siguiente para no coincidir con tanta actividad y, desde luego, no andar precisamente por esa salida de Cuautla, porque era allí donde estaban acampando los soldados y por donde se movían jefes de todas las graduaciones.
    Buscaron entonces otro arrabal más tranquilo a ver si en las afueras encontraban algún jacal como el de la noche pasada y, cuanto antes, mejor, porque había empezado a llover. Salieron de poblado, pues, por un arrabal en el que había muchos alfares y, no demasiado apartados, vieron unos cobertizos con techado de paja a los que tuvieron que acercarse para comprobar si estaban solos, pues, desde lejos, la lluvia no les dejaba distinguir si de ellos salía luz o humo. Persona en los cobertizos no hallaron ninguna, pero sí abundancia de cacharros y loza de diversos tipos y tamaños y, además, en el que mejor les pareció de todos ellos también encontraron brasero y leña. Todo lo que se podía desear, en fin, para pasar una noche regalada, aunque Cuahuipil hubiera preferido que los cacharros y Cuetlachtli no coincidieran en el mismo lugar. Todavía le repicaba en la memoria el alegre sonido del barro al hacerse tepalcates contra el suelo que había amenizado la estancia de la joven en los palacios de Axayácatl.
    Con la función y la búsqueda de refugio, Cuahuipil había descansado algo la mente de pensar obsesivamente en si Xiloxochitl, Teyohhualminqui y Marcos Bey estarían vivos o muertos, pensamientos que lo habían angustiado desde aquella noche de la confesión. Muertos, sin duda, estarían la mayoría de quienes habían convivido con él en Axayácatl. Ahora, a oscuras, le volvían esos pensamientos causándole gran zozobra, así que, una vez establecidas las guardias, prefirió sumarse a la conversación general sobre la función, en la que cada uno decía lo que más le había emocionado o se recreaba repitiendo las canciones.

  8. #78
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    -¡Sacar corazones de paja, vaya degeneración! ¡Qué vergüenza! –ésta, claro, era Cuetlachtli.
    -Pero estaban muy coloraditos, rebotaban cuando caían y soltaban sangre. ¡A mí me parecieron preciosos! -decía Xochiyetla.
    -¡Nada, nada! ¡No tenían fuerza! Al caer desde lo alto del teocali la sangre tenía que haber salpicado hasta la última fila del público y en el suelo tenían que haberse estrellado con formidable estrépito, no sólo rebotar. ¡Así!
    Ahí hubiera ido el primer cacharro si Cuahuipil no llega a detener a tiempo el brazo de Cuetlachtli, como en la escena bíblica de “detente, Abrahán”, sólo que Cuahuipil, ni bíblico y ni siquiera coránico, no le dijo “detente Cuetlachtli”, sino:
    -¿Vuestra merced es una mula o qué?
    -¿Qué es una mula?
    -La mula es un animal hija de la yegua y el burro o de la burra y el caballo.
    Ya estaba éste otra vez con los animalitos fabulosos.
    -¿Ah sí? Pues vaya cantidad de padres que tiene ¿no? Se parece a mí.
    -Pues eso es lo que le estoy diciendo a vuestra merced.
    -¿Y una burra que es?
    Antes de contestar, Cuahuipil le echó una mirada como temiéndose lo que se avecinaba. A pesar de todo contestó:
    -Es un animal muy bueno, muy paciente y muy servicial, con las orejas muy largas y tiesecitas. Muy bonito y muy manso y trabajador, algo más chico que el caballo y una dulce expresión de ojos.
    Ya, claro, un conejo pero como un venado de grande. Cualquier cosa. Mejor seguirle la corriente a este monazo.
    -¿Sí? ¿Y esa dulce expresión es la que tengo yo también?
    -No he comparado a vuestra merced con la burra sino con la mula. La mula no hereda la dulzura de expresión. De cierto, no hereda nada de nada. En eso está la gracia o, en el caso de vuestra merced, la desgracia.
    Renegando, Cuetlachtli había llegado a creer en los toros y en los perros grandes y en los caballos, porque de éstos dos últimos ya los había visto en Axayácatl y seguramente había más animales de los que decían que sí que existían, pero tampoco podía ser que hubiera tierras habitadas por entero por animales imposibles. Estos abusaban e inflaban el faunario para apabullarlos y hacerlos sentirse pequeños. Pero como estaba a oscuras en cuanto a lo que era realidad y lo que era invención en lo que decían, suplía la incertidumbre con su sarcasmo y suficiencia. Hija del caballo y de no sé qué otra cosa… Como si dijéramos, los hijos del jaguar y del ratón, vaya.
    -¿Y cómo es ese animal mula?
    -Cuando vea una, se la señalaré a vuestra merced, no sea que luego me diga que no se lo expliqué bien. Y deje vuestra merced de coger lo que no le pertenece para romperlo como si no fuera creyente. ¿O es que el Huitzilopochtli enseña a vuestra merced a despreciar el trabajo ajeno?
    -No es infidelidad tratar de mejorar las artes dramáticas. Piense vuestra merced cuánto mayor hubiera sido el efecto si los corazones hubieran sido de barro y se hubieran roto con estrépito al estrellarse y cómo las salpicaduras hubieran llegado hasta atrás del todo donde estábamos nosotros. La función hubiera tenido mucho más efecto. ¡Corazones de paja! ¡Bah! ¡El colmo! Lo mejor hubieran sido los de verdad.
    -¡Que vienen! ¡Que vienen! ¡Que vienen hacia acá!
    El que gritaba esto era Quizzicuaztin que se había ofrecido a hacer guardia y en ello estaba.
    -¿Quiénes? ¿Quiénes vienen? -preguntaron Vacatecuhtli y sus criados.
    -Los últimos teules vivos. Esos vienen.
    ¿Pero no habían ido a Tlaxcala? Se preguntó Cuahuipil. Él creía que los últimos teules vivos habían intentado refugiarse en Tlaxcala. ¡Estaban locos de quedarse en Tepetlaoztoc, con la cantidad de milicias que había!
    -¡Los otomíes, ya llegan, ya están aquí!
    ¡Ah! ¡Eran los de la función!
    Era verdad estaban allí.
    -Vamos mi señor, no levante la cabeza ni se vuelva, siga mirando hacia mí, que ya termino de arreglarlo.
    Lo mismo que Quizziquaztin había hecho cosa suya hacer guardias y recados, Coyolxauqui parecía haberse hecho cargo de que Cuahuipil estuviera siempre presentable. Y eso que dijo lo dijo ya bajísimo, porque, en efecto, Los últimos teules vivos, la familia de cómicos otomíes, corriendo para guarecerse de la lluvia, había llegado. Pero no toda ella. Allí sólo había cuatro y, con sus máscaras de paja y sus cabelleras de cuerda, ya se habían metido debajo del cobertizo y miraban atentamente a los que lo ocupaban de antes. Y, por lo que podían apreciar los recién llegados, había allí una cihuatecuhtli con dos que parecían ser sus sirvientes y, además de éstos, un macehual mayor, que era el que habían visto fuera, y una mujer y un hombre también macehuales y que, a juzgar por su actitud, bien pudieran ser marido y mujer. Y ahora estos cuatro otomíes se preguntaban qué harían. ¿Se quedaban allí o se iban a otra parte? Era difícil decidir y cuchichearon un poco entre ellos sin que ninguno de los que estaban allí antes pudiera oírlos. Miraron alrededor y nuevamente cuchichearon, y ahora el matrimonio de macehuales los miraba y se preguntaba qué querrían o qué hacían allí. Pero parece que nadie, ni de los de antes, ni de los recién llegados quería hablar y que todos se preguntaban qué hacer. Nuevos cuchicheos de los recién llegados que, en este momento, no cómo cómicos sino como gente de guerra y de concierto, parecían querer tomar posiciones frente a los del cobertizo como quien, por si acaso, tapa la retirada. Sólo quedaba Quizziquaztin que había vuelto a su puesto de guardia, desde donde oía, sin prestar atención, lo que se decía en el cobertizo y, como ya era su costumbre, a solas, rumiaba su triste suerte entre las sombras.
    ¡Sí, en la noche oscura! -se decía- ¡En la soledad! ¡En el tenebroso existir! Aquí estaba él haciendo guardia al dios que le iba a perdonar y a una cihuatecuhtli que no entendía nada de lo que son las cosas. ¡Él culpable! ¡¡Él culpable!! ¿No daba risa? Porque, vamos a ver: ¿Acaso no había dado él todas las pistas imaginables para que aquella grandísima holgazana que era Coyolxauqui su mujer se hubiera ocupado de protegerlo? Y él se casó virgen, por supuesto y, según resultó al cabo de los años, muy engañadito porque decían los padres de la novia y la que hizo de tercera que esta Coyolxauqui era muy buena. ¿Buena? ¿Puede llamarse buena a una mujer que se fía de todo lo que se le dice sin someterlo a escrutinio? Recordaba aún cómo fue la primera vez. Llegó a casa más tarde de lo acostumbrado y eso ya era como para preocupar. De hecho, él, antes de que ella dijera nada, por temor de que se enojase, explicó:
    -Lo siento mucho, Coyolxauquicita, lo siento mucho, palomitita. Es que a última hora se me complicó la existencia ¿sabes? porque me las tuve que haber con un tablón durísimo. ¡Uhhh! No te puedes imaginar cómo estaba de duro el pinche tablón. Lo tuve que meter en una solución para ablandarlo. Y hasta que no se ablandó, no pude venir.
    -No sabía yo que los tablones se metieran en soluciones.
    -Sí, Coyolxauquicita, en una solución húmeda.
    -A ver si se te va a ablandar demasiado.
    -No te preocupes tú, mi pimpollito, Coyolxauqicita. Tú no te preocupes por los tablones, déjalos de mi cuenta, guajolotita mía.
    ¿No era acaso culpable tanta inocencia? “No sabía yo que los tablones se metieran en soluciones”. ¡Vaya salida! ¿Puede acaso concebirse semejante candidez sin que exista una premeditación dolosa de no pensar mal, de creerse todo lo que le digan a uno por peregrino que sea? Nada. Fiarse. ¡Qué cómodo! ¡Y qué incalculables consecuencias tenía tan irresponsable proceder! Allí, allí quedaba en el taller toda la madera, aserrada y por aserrar, muriéndose de risa, mientras él vagaba con este dios exótico, pero bueno, por Dios sabe qué lugares y hasta Dios sabe cuándo y con esta malvada cihuatecuhtli, que seguro que hacía causa común con las demás mujeres sin meterse siquiera a averiguar de qué lado estaba la justicia.

  9. #79
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    Predeterminado Capítulo XXIII: No hay máscara que cien años dure

    Pero quedito, señores teules vivos, que de ese movimiento de copar salidas se apercibió Cuahuipil aun antes de llevarse a cabo y cuando el que tomaba posición a la parte izquierda del cobertizo la ganaba, también la ganaba Cuahuipil, de manera que la máscara de paja y él casi se tocaban las caras y, teniéndolo tan cerca, por los agujeros de la careta, veía los ojos del cómico copador y en este momento, además de verle los ojos, le oía la voz, muy baja, que exclamaba en un susurro:
    -¡Cuahuipil!
    Al reconocer aquella voz y aquellos ojos, Cuahuipil sofocó un grito de sorpresa y de enorme alivio.
    -¡Hermano!
    -Chssss. No digas ni demuestres nada. ¿Qué hace aquí ésa?
    Ésa, ya lo sabemos, era el nombre que daba Xiloxóchitl a la Vacatecuhtli.
    -Creo que quiere ir a Tlaxcala para reunirse con Marcos Bey.
    Era difícil con la máscara saber lo que en ese momento pasaría por la cabeza y aún más por el corazón de... pues sí, de Xiloxóchitl.
    ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había sido de él, de Marcos Bey, de Teyohualminqui...? Bueno eso tendría que esperar, porque lo que no podían ahora era confiar en la Vacatecuhtli y, por más que los mexica hubieran mandado embajadores a Tlaxcala pidiendo alianza, Xiloxóchitl estaba segurísimo de que, como lo atrapasen, no habría alianza que valiese.
    -Aunque te fíes, hay que tenerla vigilada. En cuanto a nosotros, los otomíes, ahora tenemos un problema. Los jefes de las guarniciones mexica de aquí y de las que están de paso han sabido de nuestra grandiosa representación y enviaron a decir que querían que se les diese una función particular. En vista de eso, nosotros cuatro nos vinimos escapados aprovechando la lluvia a escondernos donde pudiéramos y han ido los demás cómicos a dar la función. Espero que no noten que falta gente en la compañía.
    -¿Qué papel hacías tú?
    -¡¿Nos viste?!
    -Sí.
    -¿Y no lo adivinaste?
    -No me paré a pensar, porque ¿cómo iba a imaginarme que estabas allí? Déjame... A ver... ¿Las tres morillas?
    -Justo.
    -¿Te gustó?
    -Te escuché embelesado.
    -¡Pero bueno! ¿Y esto qué es? ¿Qué es eso de venir aquí y quedarse ahí parados y venga a mirar y a no decir esta boca es mía saludando como manda la buena crianza y, en lugar de eso, venga a cuchichear? ¡Máscaras fuera! ¡Es lo menos! Y, si no, guarniciones de la Triple Alianza hay aquí para ver la cara a todos los teules vivos y muertos -la bruja que decía esto no podía ser otra que “ésa”.
    Pero nadie le hizo caso. Las máscaras seguían enmascaradas y cuchicheando y cerrando las salidas del cobertizo y ahora parecía que en ello también estuviera Cuahuipil.
    -¡Vienen! ¡Vienen! ¡Viene el ejército!
    -¡Voto a tal!
    Quién dijo voto a tal, en el desconcierto que causó el anuncio, era imposible de saber, pero la cosa es que, rápidamente, una de las máscaras otomíes, con el saco que llevaba, se aproximó a Cuetlachtli, sacó de él otra máscara y una cabellera de cuerda y pegándole al cuerpo algo que en el tacto se parecía muchísimo al cuchillo de monte de Cuahuipil, le dijo:
    -Póngase esto la señora y estese preparada para ser una nuera de madre anónima ejemplar que hoy va a ser el día de nuestro gran éxito y consagración como cómicos, porque el no hacer bien nuestros papeles nos puede costar la vida y la primera a la señora.
    No se hizo de rogar Cuetlachtli para taparse la cara porque, no sólo era que viniese el ejército, era que ese destacamentito que venía hacia acá estaba mandado por su hermano del alma, Ahuitzotl. Si alguien delataba a alguien esta noche, desde luego no iba a ser Cuetlachtli.
    Mientras esa máscara que hemos dicho surtía a la Vacatecuhtli de un oportuno disfraz, los restantes otomíes se dieron prisa en repartir caretas y cabelleras a todos los demás, de forma que cuando llegaron los militares, todos tenían ya aspecto de respetables y multicolores últimos teules vivos.
    -Muy buenas noches mis señores cómicos -habló el que llevaba el mando, es decir, Ahuitzotl-. A oídos de los jefes militares de las guarniciones de la Triple Alianza que hacen noche en Tepetlaoztoc ha llegado noticia del talento con que habéis divertido a la gente de esta población y se me ha enviado a rogarles a mis señores cómicos que tengan a bien hacer partícipes de su sin par e inigualable arte a nuestros tecuhtin, que naturalmente tendrán a honor y gala compensar tan delicada atención.
    Con fuerte acento otomí habló allí el que estaba pegado a Cuetlachtli.
    -Mi señor jefe de milicias, mi distinguido jefe de milicias, ¡albricias! ¡Albricias al jefe de milicias! Ya los mejores de nuestra compañía han ido a satisfacer esos deseos con los que nos honran muy inmerecidísimamente mis señores jefes y, si no acudimos nosotros, es por estar con una muerte familiar muy reciente que nos deprime el ánimo y no querer que una cosa así, tras el esfuerzo de una primera representación, se refleje tristemente en una segunda, quitándole la gracia a nuestra obra y dejándonos sin reputación ante los respetadísimos mandos de la Triple Alianza.
    -Créame mi señor cómico que me apena en lo hondo esa pérdida familiar y comprendo cuál ha de ser su compunción. Ruego por ello nos disculpe y perdone por, con toda humildad y conmiseración, seguir insistiendo. Nosotros servimos a la patria. Muchos de nosotros también moriremos y, ya que tan granados cómicos se dan en nuestro imperio, sería una satisfacción antes de morir por él, divertirnos con él.
    -¡Oh, oh, oh! Mis señores militares están tan cerca de la muerte... ¡albricias! ¿Qué se les pueda negar? Pero, como he dicho a mis señores militares, los mejores de nuestra compañía ya fueron a complacerlos. Aquí quedamos solo los pardillos.
    -Ciertamente mi señor cómico subestima a esta partida, pues ha de saber que lo que el capitán Ilhuicauxauatzin más desea ver y escuchar es a aquel que cantaba el cantarcillo de Fátlima y ése no estaba con los que ya están ante los tecuhtin porque a todos ellos les hemos hecho cantar y no es ninguno.
    Pues enhorabuena, Xiloxóchitl. Si alguna vez fracasas en la guerra, dedícate a la farándula, que eres el rey.
    Fuera como fuera, era inútil resistir. Los tecuhtin no iban a aceptar un no. Tomaron, pues, los que ahora eran ya diez otomíes sus sacos y bultos y, siguiendo al jefe del destacamento y escoltados por éste, se resignaron a dar la mejor representación de su vida.
    Los tecuhtin estaban alojados en el templo principal de Tepetlaoztoc y a todos ellos les pareció el mejor sitio para dar la representación, puesto que ni siquiera sería necesario montar teocali, o sea, pirámide de madera, ya que serviría el del propio templo y todo iba a tener mucho más realismo. Pero los otomíes se mostraron muy remilgados. Opinaban que era sacrílego.
    No. ¿Sacrílego por qué? Podían hacerlo perfectamente sin desplazar ni modificar nada y las imágenes de los dioses iban a estar en el mejor sitio para ver la representación y seguro que les iba a dar mucho contento. No es como si fueran los teules de verdad que las iban a echar de allí.
    Última edición por carcayona; 09/06/2012 a las 23:54

  10. #80
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    Los otomíes decían que no querían resultar difíciles pero ellos, en estas cosas de la religión eran muy escrupulosos porque, cuando se debe uno al público, se debe también el más absoluto respeto a todo lo que respeta el público. Si el mexicatl teohuatzin, o sea, el patriarca y sumo sacerdote de Tenochtitlán, estaba de acuerdo en que lo hicieran ahí arriba, ellos felices, pero preferían pecar de prudentes a cometer algún indecoro. Entonces, mientras llegaba la aprobación del pontífice de Tenochtitlán, seguirían trabajando en otras poblaciones y, en cuanto se tuviera la respuesta, regresarían teniendo aún mejor preparada su representación, porque si era verdad que no era sacrilegio, valía la pena esperar.
    -De acuerdo. Vamos a esperar a que llegue la aprobación del mexicatl teohuatzin para hacer la representación con teocali verdadero y, mientras llega, lo veremos con teocali de madera -zanjó Ilhuicauxaual, que parecía haber asumido el papel de maestro de ceremonias y que, con esto, estaba consiguiendo algo que hubiera parecido imposible y era hacerse más odioso todavía a su hija Vacatecuhtli. Pero, mira, a lo mejor eso servía para hacerla mejor nuera esa noche.
    Empezaron pues los carpinteros a preparar el tlapanco y la pirámide y los sirvientes a disponer sillitas, libaciones, liquidámbar y tabaco para todos los tecuhtin. Estarían, como decían, preparando la guerra y a punto de morir pero, hoy por hoy, poquito más se podía pedir. Y ¿cómo había quien decía que los mexica no sabían disfrutar? ¿O se referían a que no sabían disfrutar si no fastidiaban un poquito a los demás? Bueno, en este caso sí fastidiaban un poco, incluso a la propia hija.
    Pero volvamos a los cómicos. Mientras los tecuhtin estaban en eso, en el amplio aposento que se les dejó para prepararse, los otomíes auténticos y los advenedizos trataban de concertarse asignando cometidos, conviniendo coartadas para los otomíes auténticos de modo que nadie los acusara de traición; y, luego, los advenedizos, ya entre sí, organizaron su propia estrategia. A Coyolxauqui y a Quizzicuaztin, teniendo en cuenta que eran mexicas, no se les dio ningún cometido. Sólo pegarse a Cuahuipil y no separarse de él. Vacatecuhtli, lo sentían mucho, iba a salir a escena a ser una buena nuera, entremetidita entre otras dos, y, como no se comportase, le iban a hacer un agujerito en cada costadito, cosa que Vacatecuhtli escuchó con indecible desdén. Pero ¿qué sabían éstos? ¿Qué creían? ¿que ella iba a hacer algo por miedo? ¡Monazos y fregonas! ¡Qué ganas tenía de ponerlos a todos en su sitio, hombre! Chalchiunenetzin y Xochiyetla quedaban a las órdenes de Cuahuipil. Y precisamente Cuahuipil quedaba a cargo de talleres y almacenes, junto con una de las cuatro máscaras que fueron al cobertizo y que él todavía no sabía quién era.
    Distribuidos los cometidos, se distribuyó lo demás. Para empezar, este cuarto no les gustaba nada, porque estaba en la punta del recinto opuesta a cualquier salida y para que con lo demás no ocurriera igual, dieron órdenes de cómo y dónde debía estar colocada la entrada y salida del escenario, los trajes y máscaras, los objetos de uso en escena y fuera de ella, de forma que los tecuhtin pudieran captar con la mayor fidelidad todas las sutilezas de la representación y para que ellos, los otomíes advenedizos, pudieran echar a correr con mucha fidelidad también cuando ya no se pudieran mantener las sutilezas. De jefe de los advenedizos, a cuyas órdenes y consignas era preciso estar atentos, quedaba la madre anónima obispesa y la palabra a la que debían entrar en acción era "¡Padre!". Así pues, Cuahuipil y su lugarteniente pusieron manos a la obra y pasaron toda la salsa de jitomate para el relleno de corazones de la marmita en la que estaba a dos buenas jofainas, ya que si había que tirársela a los ojos a alguien, éstas permitían hacerlo más rápido y mejor repartido. Por el mismo motivo, le añadieron bien de picante. Llenaron asimismo dos jofainas de grasa y dispusieron cuerdas y matracas y cuanto pudiera ser de fácil y rápido uso caso de tener que huir y todos sus bultos y sacos los dejaron asimismo ordenados y listos para echárselos a la espalda. Cuahuipil indicó bajito también a su colaborador, que más bien creía que era colaboradora, lo que tenía que decir en cada circunstancia, porque él era mejor que no hablase. Y finalmente empezó la representación.
    Y ahora ¡vamos a ver!: ¿qué les vería Ilhuicauxaual a aquellas tres morillas? Cuando el rey, Xiloxóchitl, entonó la canción por primera vez, la escuchó con concentración y muy serio y dio órdenes de que el rey la volviera a cantar, y otra vez la siguió con igual concentración y gravedad y volvió a ordenar que la cantara otra vez, y otra, y otra... (¡Qué nervios de acero Xiloxóchitl!) Y preguntó qué quería decir la canción y qué nombres eran aquellos y si terminaron sacrificando a esas señoras morillas o si se las dieron a alguien de concubinas... y por favor, que la cantara otra vez más. Más de uno terminó con empacho de moras. Y a todo esto, Ilhuicauxaual, con mucha gravedad, seguía como perdido en sus pensamientos.
    No era para menos. Desde que se fue Cuetlachtli por última vez de su casa, los acontecimientos le habían caído encima como si fueran una cascada de porquería. Naturalmente que no se trataba de ninguna rencilla personal que tuvieran con él los acontecimientos, por lo menos no todos, puesto que la mayor parte de ellos eran colectivos, pero sí los había acusado muy en lo vivo y lo habían revuelto lo indecible. No había nada en los últimos tiempos que no lo hubiera desengañado. Jamás se hubiera imaginado que los cristianos lograrían escapar vivos de Tenochtitlán. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Fue la lluvia, fue el vendaval, fue el destino? Fuera lo que fuera, había sido. Pero esa huida lograda, con ser muy grave, no le había dejado un sabor tan amargo como lo ocurrido después en el propio Tenochtitlán. La persecución y caza de aquellos a los que se achacaba, con motivo o sin él, haber ayudado a los teules, la venganza, sin prueba ninguna, ejecutada en ellos por los oportunistas, los fanáticos y la chusma, haciéndola valer además como mérito para el medro personal, le habían amargado mucho más que cualquier cosa que pudiera haber hecho el enemigo. La avaricia y la avidez con que algunos de sus compatriotas habían rebuscado en la laguna para sacar el oro caído en ella y llevarse a sus casas tanto como pudieran era algo que no podía recordar sin aversión. Se sentía amargado y defraudado de una manera que no se esperaba. Es decir, que ¿bastaba un solo revés para que los tenochcas, los señores del mundo, se pusieran a la altura de miserables ladronzuelos y replicaran fielmente los defectos que tanto habían despreciado en otros? Seguramente sí, bastaba, seguramente daba igual tenochcas o no tenochcas y bastaba un solo revés para poner de manifiesto de qué estaba hecha la ralea humana. Inocente él si hasta ahora se había creído otra cosa. Y cuando en medio de esa pesca en río revuelto que se había instaurado en la ciudad y, para desembarazarse de él, los medradores del momento hicieron que se le encomendara la "importantísima" misión de organizar el cerco de Tlaxcala desde sus zonas fronterizas, ni siquiera le sorprendió ni molestó. Al contrario: cuanto más lejos menos le salpicaría la mierda que jamás había visto antes en Tenochtitlán pero que debía de haber estado allí puesto que no podía haber aparecido por milagro. Luego, cuando sólo hacía horas que había llegado a la ciudad, se encontró con que le mandaban de refuerzo y como comandante en jefe a su "compadre", que, por lo que él era capaz de juzgar y según había dicho el propio interesado, no venía rebotado de la ciudad, ¡qué va! sino por vocación propia, porque estaba convencido de que era imprescindible en la frontera. Y, tal vez fuera por eso por lo que, por primera vez en su vida, tuvo un sentimiento cálido por el compadre. Era un demente risible, pero al menos demostraba no ser codicioso ni arribista. No que no seamos todos en alguna medida arribistas y aprovechados, sabía de sobra que sí, él también lo era y no se avergonzaba de ello pero no por encima del cadáver de infelices y no por encima del deber y la ley.
    Y, hablando de otra cosa, en una circunstancia como la presente ¿dónde estaba Huitzilopochtli? ¿Dónde estaba el dios tutelar de Tenochtitlán? Durante los meses que estuvieron los cristianos en la ciudad había seguido él las palabras y pronunciamientos del huey tlatoani y de los sumos sacerdotes con los que hablaba el dios y a los que transmitía sus profecías. Pero esos sumos sacerdotes no habían predicho la huida de los cristianos ni la carroña y la degradación subsiguientes y, de alguna manera, creía ahora que jamás había hablado con ellos Huitzilopochtli y que jamás hablaría, porque con quien de verdad hablaba el dios era con los desilusionados, como él, con los que sabían que la única verdad del ser humano es la soledad. No, el dios no hablaba ni hablaría jamás a las multitudes ni de multitudes, sino sólo al corazón solitario, aunque no sabría explicar por qué lo creía así. Es más, ahora estaba convencido de que eso ya lo sabía de antes, pero no había querido verlo y toda su amargura lo era más precisamente porque era él quien más se la merecía y se la había ganado.

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