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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #61
    Fecha de Ingreso
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    Predeterminado

    Capítulo XIX
    Perdón por existir

    Allí, en su consulta, acogedora y austera, esperaba Cuauhnochtli. Aún no era la hora en que debía confesar a Cuahuipil, pero ya llevaba un ratito echando ojeadas a ver si lo veía aparecer por la plazuela, por más que no debiera esperarlo tan pronto o, mejor dicho, no debiera esperarlo nunca, puesto que, por lo que él sabía, podía estar muerto o cautivo o, en el mejor de los casos, sitiado en los alcázares de Axayácatl, puede incluso que por las milicias de su propia parroquia. Así, en estas idas y venidas, mientras atendía a sus quehaceres y se ponía el atavío e insignias en que había de tomar la confesión, se le pasó el tiempo hasta que nuevamente se acercó a la entrada y, esta vez sí, era la hora. No vio a Cuahuipil, pero en cambio sintió cómo súbitamente se levantaba un vendaval con grandes remolinos que estuvo a punto de apagar los fuegos del templo próximo, los que de todas formas casi de inmediato vinieron a extinguir la lluvia y el granizo que se abatieron copiosos.
    Pero Cuauhnochtli no se movió. Siguió allí, rezando como era su costumbre, y mirando hacia una noche que ahora con la gran tormenta dejaba ver muy poco. Y ¿cómo era que él, un alumno brillante del calmecac, o colegio de principales, donde se formaban los futuros papas, jefes y administradores del estado, había terminado aquí, en un barrio de populacho haciendo horóscopos a gentecilla sin horizontes y confesando a adúlteros y sodomitas? Todos habían esperado otra cosa de él, incluso él mismo. ¿Quién, teniendo los mejores pronósticos y condiciones para alcanzar la cima, decide no seguir adelante? Eso, sin embargo, fue lo que hizo. Cuando tuvo que dar los pasos necesarios, no los dio. Defraudó esperanzas e hizo que padres y parientes se sintieran afrentados y se preguntaran qué falta de coraje era aquella. Y tal vez era falta de coraje, en efecto. Pero también ¿quién demuestra coraje en conseguir lo que sabe ya no desear? Debió de ocurrirle durante los grandes sacrificios de la coronación de Moctezuma Xocoyotzin, que la simiente que estaba ya plantada empezó a germinar y le hizo no querer lo que había querido hasta entonces y lo que todos esperaban. Porque sí, hubiera podido llegar quizás hasta a sumo pontífice, a hacer de sacrificador en las grandes ceremonias y encontrarse ya en la cima del poder o muy cerca, ante los altares más santos y sangrientos, rodeado de veneración y honores, pero optó por ejercer de sacerdote astrólogo y confesor y dejó el camino franco a otros más inspirados o con más coraje o tal vez más ambiciones. ¿Tenía amargura por ese motivo? ¿Resentimiento? No. Ni muchísimo menos. Cada cual estaba donde debía estar. Siempre había sido así y siempre sería así y cada uno responde de sí, por más que no sea sino barro en manos de la divinidad. Aunque desde luego él sí creía en los sacrificios humanos: en el sacrificio de cada día, en el sacrificio cansado de toda una vida diciendo no a todo lo que no sea verdadero y no proceda de donde procede la verdad, de lo más hondo del propio corazón. Para eso no era preciso arrancarlo, para eso había que arrancar todo lo que en el existir es hojarasca y apariencia, para eso no había que olvidar ningún momento que el corazón palpita y habla, habla de amor, del amor divino, que ni pide ni rechaza corazones, porque los tiene todos. Y si él pudiera vivir ese conocimiento y con ello servir a sus semejantes, se daría por bien empleado y por muy bien empleada su falta de coraje. Era sin duda su propio corazón verdadero el que en estos momentos en que estaba hecho una sopa le decía: llegará, como llega la muerte, como llega el amor, en su momento y con certeza.
    En cuanto a Cuahuipil ¿qué diferencia era esa tan grande que veía entre confesarse con Cuaunochtli y con el padre Olmedo o el padre Díaz? Pues veía una, y grandísima, porque ¿qué valor puede tener una confesión que puedes repetir prácticamente a diario? No. Sólo se nace una vez, sólo se ama una vez, sólo se muere una vez. Y si alguna de esas cosas no lo llena todo, no es nada. Pero confesarse precisamente ¿por qué? Porque lo sintió así, porque le nació ese deseo cuando fue fijándose en Cuauhnochtli, cuando fue sabiendo que sería así. Era así porque era así y no sabía darle otra explicación. Como tampoco sabía ni creía que fuera a saber nunca por qué había caído en Ilhuicáatl como quien cae en un pozo, en un pozo sin fondo y para no salir. Caes porque tienes que caer. Te confiesas porque te tienes que confesar. Lo que es no tiene porqué. Su ser es su porqué. Esto era lo que sentía él, y lo que no sentía era ninguna necesidad de explicarlo ni habilidad para hacerlo. Y era ahora, que en unos pocos pasos estaría ante ese momento que debía llenarlo todo, cuando empezaba a palpitarle el corazón de manera escandalosa y a sentir algo que no era miedo... sí: era miedo, pero no miedo como el miedo a la guerra, al peligro, a lo desconocido... No, esos miedos él no los había sufrido. Su serenidad en esos casos era proverbial y no había dejado de sorprender a propios y extraños -y a él mismo-, que, conociéndolo en su aspecto bondadoso y paciente, aunque gruñón, no ataban cabos con esa otra disposición suya y, más aún, con esa habilidad suya para el ejercicio de las armas y que no parecía sino que la pelea quien de verdad la libraba era su ángel custodio, porque ni en las guerras que tuvieron hasta llegar a Tlaxcala, ni en las encarnizadas que tuvieron en la inmaculada república, ni en lo de Narváez, ni ahora en Tenochtitlán había recibido una sola herida, ni tan siquiera leve, a pesar de hallarse muchas veces en lo más reñido. Pero todo esto finalmente no tenía ningún misterio: a él no lo alteraba la guerra sencillamente porque la guerra, no la paz, es el estado propio del hombre y la verdadera cara de la existencia. La paz es un simulacro, una impostura. La vida, la existencia en sí, es una catástrofe inexplicable. ¿Acaso la comprende alguien? La existencia es inconcebible. Y aunque exista, sigue siendo inconcebible. No es. Por eso, los signos de destrucción de lo que no es son el primer anuncio de normalidad, el primer anuncio de descanso tras lo que no tiene ni motivo ni razón ni realidad y que, de ser algo, es una broma desdeñosa. La paz es sólo un echar debajo de la alfombra el polvo del conflicto, que no puede dejar de ser y que es la verdadera naturaleza de los hombres y las cosas. La paz verdadera sólo es cuando se deja de existir. ¿Por qué no iba haber lucha? ¿Cómo no va a ser guerrero el ser humano si se le suelta en medio de la vida con un deseo imposible plantado en el corazón? ¿Cómo no ha de estar airado si jamás lo satisface? ¿Cómo no romper y destrozar, si todo lo mata a uno, sin cesar, sin piedad y sin aniquilarlo? Y eso que deseas, que no sabes lo que es, que ni siquiera tiene nombre, que ni siquiera tiene cara, se mantiene siempre escondido, siempre volviéndote la espalda, siempre llevándote, como si te emboscara, por mil y mil derroteros. Pero no hay emboscada, no hay nada, ni siquiera lucha... Sí, ese era el pecado, el único pecado y el único miedo: querer arrancarse el corazón, querer abrirlo para ver qué hay dentro y no encontrarlo. No encontrarlo nunca.
    Y a eso venía a Cuauhnochtli. Para eso había atravesado una ciudad hostil, camuflado y oculto. Aunque lo que le diría al sátrapa, qué se confesaría, no lo sabía. Sólo podían confesarse los pecados de la carne en esta religión india. No la soberbia, o la gula, o la ira. Y eran precisamente los pecados de la carne los que él era incapaz de cometer, porque de la carne, lo mismo que de Cuauhnochtli, esperaba salvación, no condena. ¿Qué le diría pues: padre, he venido a platicar, padre, he venido a llorarle por algo que no sé explicar? No. Seguramente Cuauhnochtli, sin que él dijera nada, lo sabría todo y él se sentiría libre de esta opresión que era como un diluvio contenido.
    Cuauhnochtli seguía en pie en la oscuridad, parado a la entrada del consultorio, intentando distinguir algo entre el torrente de la noche. Al fin, disfrazado de macegual, apenas destacándose de entre el aguacero, cubriéndose con la manta y cargando la estera y el atadillo con la leña y el copal, además de con sus cosas, con toda certeza, como el amor, como la muerte, y vertiendo lágrimas, apareció el cristiano nuevo, el viejo muslime.
    -Hijo...
    -Padre...
    -Bien venido seas a la presencia de Dios Tezcatlipoca.
    Y lo condujo amorosamente al aposento donde iba a tomarle confesión. Cuahuipil barrió el suelo y sobre el suelo limpio tendió la estera nueva. En ella se sentó Cuauhnochtli que, acto seguido, encendió el fuego y echó en él el copal. Y todo el tiempo la lluvia y los truenos los envolvían, apartándolos del mundo.
    -Vos señor, Tezcatlipoca -decía Cuauhnochtli-, que sois el padre y la madre de los dioses, que sois el más antiguo dios, sabed que es venido aquí este vuestro vasallo, este vuestro siervo; y viene llorando, viene con gran tristeza, y viene con gran dolor, porque conoce haber errado, haber resbalado y tropezado, y haberse encontrado con suciedades de pecados y con graves delitos dignos de muerte, y de esto viene muy penado y fatigado. Señor nuestro muy piadoso, pues sois amparador y defensor de todos, recibid a penitencia, oíd la angustia de este vuestro siervo y vasallo.
    Cuahuipil escuchaba sin que dejaran de correrle las lágrimas y sin dejar de temblar.
    -... relata, hijo mío, tus obras de la misma manera que hiciste tus excesos y ofensas; derrama tus maldades en su presencia.
    -Pero padre...

  2. #62
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    Podría decir que había fornicado con fulana y con mengana, que eso ya serían pecados y suciedades. Pero no podía. No podía ni de palabra ni de pensamiento echar un borrón entre él y ninguna mujer, las mujeres son para salvarse, no para pecar. No. Eso no.
    -Padre, me acuso... me acuso...
    -Di, hijo, ¿de que te acusas?
    Seguía temblando.
    -Me acuso de... de... de todo. De todo, de todo…
    Cuauhnochtli quedó un poco suspendido. Luego dijo:
    -Pero tú no puedes ser culpable de todo, hijo mío.
    Cuahuipil no sabía explicar más, lloraba y temblaba.
    -Está bien, hijo mío. Sigue.
    Cuahuipil siguió llorando, en efecto, y también temblando.
    -Dime algún pecado, sólo alguno de los que hayas cometido.
    -No lo sé padre, es los que no he cometido lo que me atormenta. Lo que no he hecho, lo que no soy…
    Cuauhnochtli lo miraba y lo sentía, y creía que empezaba a comprender.
    -Sí, hijo, entiendo, entiendo, sigue.
    -No sé nada, padre. A lo mejor sólo soy pecado y no necesito cometer ninguno. Padre, no lo sé. O tal vez todo lo que hago es pecado. No lo sé, padre. No sé. No sé nada. Me pregunto si no soy un monstruo de soberbia que no puedo llegar a lo que llega cualquier persona humilde, si no soy un demonio que no puede llegar a Dios porque... No sé por qué... Padre... Quiero y... no llego...
    Los temblores en este último parlamento se habían convertido en sollozos y con los sollozos se había abrazado a Cuauhnochtli como un hijo pequeño que suplica a un mal padre que se apiade y no lo abandone. Y Cuauhnochtli, desde luego, no lo iba a abandonar.
    -No hijo, ningún ser humano es un demonio, sino hijo muy querido de Dios, del Dios infinito que se nos manifiesta en también infinitas maneras. Tú, al sentirte pecador has venido a tu Creador a traerle a Él tu angustia y Él ha echado sobre sí tu angustia y te ha tomado bajo su protección. Él no te engaña. Has hecho bien, has dicho verdad hasta donde tu corazón la sabe. Te has librado de tu carga y se la has dado a quien la puede llevar. Ni el mal ni ningún demonio están en ti, porque el Dios amparador te ha acogido. Ahora, en su nombre, te diré lo que debes hacer para que el perdón no te abandone nunca: Ya desde ahora mismo, ofrécete en sacrificio a Tláloc. Ya desde este mismo momento considérate sacrificado a Tlaloc.
    -Pero ¿no tengo que hacer penitencia? ¿no tengo que clavarme punzones en la lengua y las orejas, ayunar y pintar papeles? ¿Qué es lo que le tengo que sacrificar a Tlaloc?
    -No, no tienes que punzarte ni hacer nada de eso que has dicho. Dios, que te ha escuchado, no te impone sino que te sacrifiques entero a Tlaloc. Primero tu vida y, cuando te la pida, tu muerte.
    -Pero, padre, no puedo. Yo no soy cristiano.
    -Si podrás, hijo, si podrás. Dios que es Tezcatlipoca te ha tomado bajo su amparo y no te va a dejar. Tú verás que sí puedes.
    -Pero, padre, es que yo no creo en Tlaloc.
    -Sí, hijo, sí crees en Tlaloc, tú eres Tlaloc. La misericordia de Dios, que es Uno, es de lo que estás hecho, y cuando dejes que esa misericordia pase a través de ti y la derrames sobre los hombres serás Tlaloc.
    -¿Tlaloc es uno de los nombres hermosos de Dios?
    -Tlaloc es un muy hermoso nombre de Él. Con ese nombre te bendice. Dios pone ese nombre en tus manos, para que lo vivas y Lo adores.
    -Pero ¿tengo que ahogarme?
    -Tú, querido hijo de Dios, ya estás ahogado.
    Hubo un silencio y finalmente dijo Cuahuipil:
    -Yo no soy cristiano, yo no puedo llevar el nombre que me dieron mis padres, yo no debería confesarme, yo no debería estar aquí. Yo debo fingir siempre ante todo el mundo, porque lo que soy está prohibido serlo.
    Cuaunochtli pensó aquello. Creía entender algo, pero desconocía casi todo de los teules. No sabía qué decir ni cómo ayudar al penitente.
    -Nadie puede prohibir la lluvia –dijo finalmente.
    -No. Nadie.
    -Tienes el perdón. Nada pesa sobre ti. Y ahora has de irte. En Tenochtitlán han dado la alarma de que los teules escapan y ya has oído que todo hombre hábil para la guerra ha sido llamado contra ellos. Ningún ser humano en Tenochtitlán te puede ayudar y quienquiera que te vea deberá prenderte o denunciarte, aunque sea yo. Esto te digo. Después de que Tezcatlipoca te vea alejarte de mí, ya no estarás seguro.
    -Sí, padre.
    -Ve en paz, hijo mío.
    -Adios, padre.
    -Adiós, hijo.
    Por segunda vez se separaban Cuahuipil y Cuaunochtli y por segunda vez lloraban al separarse. Y esta vez, la lluvia, que era agua, que era Tlaloc, que era el Dios Uno, también lloró. Dios Uno, que es Tlaloc, que es la lluvia, que nunca se ha cansado ni se cansará de llorar por sus seres humanos ni de lavar sus culpas, ni de lavar sus almas, ni de lavar todas las noches tristes de todas las almas...

  3. #63
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    Capítulo XX: De la manera tan buena que encontró Quizzicuaztin
    de celebrar la Noche Triste


    Era como había dicho Cuauhnochtli. La lluvia, con su cortina de agua y de murmullo, los había resguardado mientras duró la confesión pero lo cierto es que, mientras estaban en ella, por encima del tupido sonido de la lluvia se oyó tronar el redoble de atabales y teponazles y el tañer de caracolas replicándose de teocali en teocali por toda la ciudad, llamando a las armas y transmitiendo las consignas de guerra. Al templo cercano habían acudido las milicias que tenían allí su centro y arsenal para formarse, pertrecharse de armas y salir luego hacia donde se les mandaba, es decir, hacia la calzada de Tlacopan por donde huían cristianos, tlaxcaltecas y totonacas. Todo eso lo oyó Cuahuipil mientras se confesaba, pero entonces resultaba lejano, porque la lluvia los había apartado de todo en aquella parte de la casa en la que el papa recibía a confesión. Ahora, sin embargo, al abandonarla, se daba cuenta cabal de la situación. Las milicias ya habían salido, de forma que había cedido el ajetreo de hacía poco pero, con todo, los alrededores del templo no eran ni mucho menos el lugar solitario que encontró a su llegada. Eso sí, seguía lloviendo y el estruendo por doquier era atronador.
    Sin detenerse ni apresurarse y procurando moverse como un viejo –un joven que no se hubiera incorporado a las milicias no podía dejar de llamar la atención-, se dirigió, pues, al canal y se embarcó nuevamente. Primero trató de dirigirse hacia la calzada de Tlacopan, pero pronto, ya desde lejos, vio tal densidad de gente y acales de guerra en aquella dirección, que desistió. Lo tupido de la multitud de enemigos que hubiera tenido que atravesar para llegar a los suyos, si quedaba alguno, cerraba esa posibilidad. Tampoco sabía si alguno de los que huían había conseguido ganar Tlacopan, ya en tierra firme, y, de ser así, en qué número, con cuántos caballos y hacia dónde se dirigirían o qué harían. Pero a Tlacopan también vio que le sería imposible llegar. Por otra parte, el tinte de la cara y de los ojos, con las lágrimas, debía de tenerlo bastante corrido y, aunque mientras nadie se le acercase nada se notaría, no debía tampoco exponerse a que le hablaran, pues se delataría al contestar y dudaba de que haciéndose el mudo fuera a irle mejor. Optó, pues, por remar por los canales que menos transitados le parecieron y quedarse en Tezcatonco, que al fin y al cabo lo conocía bien, tratando de que su aspecto fuera el común de un viejo macehual que a esas horas de la noche tuviera que atender a algún menester y en la actitud de quien verdaderamente se dirige a alguna parte, considerando mientras qué partido tomar.
    El clamor en toda la ciudad era formidable y el retumbar de las cajas de guerra en todas direcciones parecía el pálpito tumultuoso de un animal de proporciones descomunales. ¿Qué haría, pues? ¿A qué lugar se dirigiría, donde no fuese cierto el peligro? Recapacitó sin dejar de remar. Sí. Sí, eso es. Trataría de pasar la noche en la serrería de Quizzicuaztin, que quedaba a escasas tres cuadras del templo de Tezcatlipoca, en un brazuelo de canal al que daban también algunos huertecillos y almacenes y muy cerca por tanto de donde se encontraba ahora. Allí seguramente estaría tranquilo e incluso, a la luz del brasero encendido ante Xochiquetzali, diosa patrona de los artesanos, podría arreglarse la pintura y pensar también en lo que se había confesado. A la mañana siguiente, como de costumbre, aparecería el dueño, pero para entonces ya habría tenido tiempo de discurrir y sería otro día.
    Remó pues ligero hacia el canalillo y, llegado al embarcadero de la serrería, amarró el acale, se echó al hombro el morral con sus pertenencias y trepó a la chinampa. También hasta allí llegaban ensordecedores la grita y el estruendo, pero, estruendo aparte, el brazuelo parecía tranquilo y solo. La cortina que tapaba el hueco de la puerta de la serrería estaba tendida. Al llegar a ella la levantó y se detuvo antes de entrar. ¡Vaya! ¡Mira también qué descuidado el Quizzicuaztin! De no andar con siete ojos, se habría matado, o por lo menos hubiera metido un ruido infernal capaz de oírse incluso por encima de la grita y músicas de fuera, porque el dueño del taller había dejado en medio de la entrada unos tablones tan mal puestos que sobre quien los hubiera pisado habrían caído igual que bandidos asesinos cinco pesados troncos que, no se sabe ni cómo, se sostenían encima de la puerta. Menos mal que Cuahuipil lo advirtió a tiempo. Depositó cuidadosamente el petate a un lado y retiró y colocó con tiento tablones y maderos de forma que ya no pudieran caerse. Hecho esto, entró hasta donde estaban la imagen y la luz del brasero, tras un alto rimero de maderamen que era como una pared, y allí estuvo a punto de dar un traspiés con algo que no había visto, pero que vio en ese momento, algo que le hizo abrir la boca de asombro y no poder cerrarla en unos instantes. Y lo que dijo al cabo de ellos fue:
    -¡Quizzicuaztin!
    Imposible que Quizzicuaztin ni nadie le oyera con el ruido que había. Cuahuipil seguía en su asombro.
    -¡Quizzicuaztin! ¿Pero qué haces?
    Y seguía sin terminar de creerse lo que veía y esta vez tampoco le oyó nadie, pero en cambio sí que lo vio y sí se lo creyó y dio un soberano respingo por ese motivo la que estaba colaborando con Quizzicuaztin en aquello que estaban haciendo y que de tal forma pareció sorprender a Cuahuipil. Y ahora eran dos caras horrorizadas en mirarle a él porque, con el respingo de su colaboradora, también Quizzicuaztin salió de la gloria donde estuviese para caer en el espanto de la aparición de Cuahuipil.
    -¡Pero, Quizzicuaztin! ¡Pero qué barbaridad!
    ¿Había acabado ya de asombrarse Chuahuipil? No, aún no.
    -¡Quizzicuaztin! ¡Estáis... desnudos!
    Pues sí, desnudos y en plena faena. Seguro que de seguir con estas observaciones, cualquier día iba a terminar Cuahuipil descubriendo continentes. Pero es que también había de qué asombrarse porque la cosa no terminaba ahí.
    -Quizzicuaztin, esta mujer... ¡ésta no es tu mujer!
    Allí no respiraba nadie.
    -Quizzicuaztin, ...¡Estáis en adulterio!
    Aunque aquella noche hubiera sido no la que era sino la más callada, en el taller de Quizzicuaztin no se hubiera oído ni una mosca. Aquellos dos pécoros que hacía nada jadeaban como perros, ahora no se atrevían ni a respirar y el Cuahuipil no volvía del asombro y ahí andaba, medio atolondrado mirándolos y, sin reparar en lo que hacía, recogiendo y sacudiendo las prendas de vestir que habían dejado aquellos dos tiradas de cualquier forma. ¡Mira también si no podían tener un poquito más de cuidado con todo el serrín que había por el suelo! ¡Desde luego...! Aquello se las traía ¿eh?¡ ¿Y de qué se asombraba finalmente? ¿Nunca se había topado antes con un caso así? Pues parecía que no, porque ahí seguía sin recuperarse del pasmo, lo que también era explicable, puesto que al fin y al cabo no era de correrse ninguna juerga de donde venía sino de confesarse. Y ésta que estaba aquí, que la conocía él y la quería bien, era Coyolxauqui, una ramera de no malos modales con la que había hablado algunas veces y que sabía que intentaba ahorrar para retirarse. A ella también la increpó, a gritos, claro, porque si no, no se le iba a oír con el ruido de fondo:
    -Pero, Coyolxauqui ¿cómo has podido caer tan bajo?
    Coyolxauqui estaba callada como una... como una estatua.
    -Podríais vestiros por lo menos.
    Pues sí, podrían, en cuanto él les devolviera su ropa, que tenía bien sacudidita y colgadita del brazo. Pero él no se daba cuenta. Y ellos no se atrevían a hablar. El instinto les decía que todo lo que pudieran decir o hacer se emplearía en su contra.
    Sin soltar las prendas y sin que cediera un ápice su asombro, Cuahuipil limpió de serrín y virutas un madero que estaba allí mismo y se dejó caer sentado a que se le pasase la sorpresa.
    ¡Un adulterio...! ¡Qué barbaridad! Pero ¿cómo se podía ser tan bruto y tan depravado? Desde luego...
    Y que esto no eran chismes y me han dicho o me han dejado de decir. ¡Lo acababa de ver! Y eso no era todo. Había algo más que no sabía lo que era pero que era muy grave y el motivo de que le preocupase tanto. ¿Qué era lo que era tan grave y que le preocupaba tanto? Por fin cayó. ¡Alabado sea Dios! ¿Cómo se podía tener una cabeza tan llena de serrín? ¡Qué badulaque de hombre! Y allí estaban todavía los dos, como su madre los trajo al mundo pero sabiendo.
    -¡Quizzicuaztin! ¿Pero qué clase de botarate eres? ¡Después de confesarte...!
    Quizzicuaztin seguía conteniendo la respiración y ahora lo hubieran podido ahorcar con un cabello porque él había tenido una esperancita chiquitita de que nadie reparase en aquello, de que no saliese a la luz, de que no se notase, de que pasara desapercibido... y, como quien dice, un adulterito de nada... sin otra complicación. Pero este brujo estaba en todo y no se le escapaba una.
    Estaba más que justificado el miedo de Quizzicuaztin porque, aparte de la pena de muerte que llevaba aparejada el adulterio y de la que pudiera suceder que se librase, de lo que no se iba a librar de ninguna de las maneras era del sermón de Cuahuipil que, además, acabado de confesar, venía preparadísimo.

  4. #64
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    -Pero, Quizzicuaztin, ¿cómo has podido? ¿Cómo se puede tener tan poco seso? No me extraña que os lo castiguen haciéndoos tortilla la cabeza con un pedrusco porque para el aprecio que hacéis de ella… La cabeza es para usarla. ¡Y después de confesarte! Tezcatlipoca, o sea, Dios Uno, que es Tezcatlipoca, que es Tlilcauan, que es Tláloc, que es todos sus hermosos nombres, se molesta en escucharte, te acepta la leña, te acepta la estera nueva, te acepta los amates, te acepta el copal, presta oídos a tus pecados, te perdona, te ampara, te acoge, te limpia, se come tus porquerías, y tú... y tú... ¿Pero cómo has podido hacer una cosa así, estando ya todo confesadito y perdonado? ¿Pero, quién te va a perdonar ahora?
    ¿Quién le iba a perdonar ahora? ¡Ahí estaba la cuestión! Porque tampoco podía Cuahuipil lavarse las manos y decir: no he visto nada, como si no hubiera visto nada, porque lo había visto todo... bueno, lo suficiente. Por lo menos podían vestirse, que no eran vacas.
    Ganas no les faltaban. Tenían ahora tantas ganas de vestirse como antes tuvieron frenesí por desnudarse. Pero no se atrevían ni a hablar ni a moverse.
    -... y mira que tú también, Coyolxauqui. ¿Qué necesidad, pero qué necesidad, tenías de trabajar con un confesado? Está lleno Tenochtitlán de tequihuaques solteros y sin confesar, que no es que esté bien porque eso es tu perdición y la ruina de las repúblicas pero está menos mal. ¿Cómo has podido caer tan bajo, Coyolxauqui, y con ese nombre tan bonito que tienes?
    El caer bajo ya era la segunda vez que se lo decía y la primera vez la interpelada creyó que era metáfora pero como insistía en que había caído muy bajo, pensó si, en una de esas inundaciones que tenía Tenochtitlán, no se estaría hundiendo el piso y lo miró. Y fue que Cuahuipil siguió esa mirada tan terrena lo que parece que le hizo percatarse a su vez de lo inestable que era el suelo que a él mismo lo sostenía y, aunque fuera sin plasmarlo conscientemente, recordó que él tenía sus propias cuitas y estaba a punto de recaer en ellas cuando por fin Coyolxauqui, por haber descendido al suelo, aún sin caer más bajo, y también por estar más experimentada que su compañero, encontró dos cosas: la primera, que la voz y forma de hablar de esta inesperada aparición eran las mismas que las del teule Cuahuipil, que ella conocía, y que todo lo que en él no era tinte ni pintura, bastante corridos, por cierto, era también lo mismo que lo de Cuahuipil cuando no iba disfrazado y la segunda cosa que encontró fue la lengua, la de hablar.
    -Mi señor Cuahuipil, ¿tiene la bondad de darnos nuestra ropita? La tiene mi señor ahí, colgadita en el brazo. Si nos da una prenditita cada vez... ¿eh? No necesita tampoco entregárnoslas todas de repente si le es mucha molestia. Como mi señor guste, el pañete de Quizzicuaztin primero o primero el huipil, luego la falda y luego la cinta mías, o en cualquier otro orden que mi señor Cuahuipiltzin desee irnos dando las prenditas chiquititas.
    -Sí, claro. Más vale que os vistáis, porque el estar desnudos ya no os hace ningún avío. Tomad. Con cuidado, no se vaya a caer algo y se manche, que ya está sacudido. ¡Vaya espectáculo! ¡Y cómo se puede caer tan bajo! ¿Y tú? Tu mujer está en casa ¿verdad?
    Evidentemente se trataba de una pregunta retórica y era mejor, porque Quizzicuaztin no iba atreverse a despegar los labios en muchísimo rato porque, para condenarse, mejor en silencio. Y, además, por lo que le acababa de oír a la Coyolxauqui y por lo que él mismo iba reconociendo, este era el teule ese tan famoso que solía pasearse por el barrio. Y ¿cómo puede nadie pensar en que hablara cuando un teule, que el creía que sólo se entendían con el señor, el gran señor, el señor de todos, Moctezuma, y ahora Cuitlauac, resulta que había venido de donde venían ellos, que era de más allá del cielo y del mar, y se había puesto a acercarse a su taller para sorprenderlo en sus porquerías? Estaban en todo. No querían que se cometiesen adulterios y hasta en los talleres de los macehuales se metían para quitarlos de vicios. Se conoce que las torpezas y suciedades eran ya de tales proporciones que los dioses, hartos de consentirlos, habían mandado a estos teules para meterlos en vereda y para ser más severos que los tecuhtin que los regían. ¡Hasta dentro del taller se había metido! Y la prueba de que sabía a lo que iba es que ni siquiera se le habían derrumbado encima los maderos que puso él de armadijo para que no dejasen entrar a nadie. Y ¿cómo había podido saber que él estaba allí haciendo porquerías con Coyolxauqui? Eso no había quien se lo figurase. Sabían todo.
    -¿Y qué le vas a decir luego a Coyolxauqui tu mujer si esta Coyolxauqui de aquí tiene un hijo? ¿eh? Como no se va a saber quién puede ser el padre, lo adjudicarán por aproximación y a lo mejor te toca y tendrás que mantener a la criatura y a la madre como es tu obligación. ¿Y cómo le vas a explicar a Coyolxauqui tu mujer esa merma en la hacienda cuando no andáis sobrados, eh? ¿Y, si esta Coyolxauqui que está aquí resulta que te transmite unas bubas y luego vas tú y se las llevas a Coyolxauqui tu mujer, qué, pero qué culpa tiene ella de que tú seas un desbaratado y un criminal? ¿Tú no te das cuenta de que el matrimonio es lo único sagrado que existe en la vida? Si te lo tomas con esa ligereza ¿en qué se convierte? En tu condenación. ¿Qué crees? ¿que las leyes se inventan a voleo y que cuando los legisladores dicen que el adulterio merece la muerte lo dicen por decir y a tontas y a locas? No. Lo dicen porque es verdad. Eso por un lado. Ahora piensa a la inversa. Piensa que mientras tú estás aquí sepultando tu alma en la inmundicia... no arrastres el cabo del pañete por el suelo, anda, no se te vaya a ensuciar, que por hoy ya has hecho bastantes picias. Pues eso. Piensa por un momento que mientras tu estás aquí sepultando tu alma, tu mujer esté sepultando la suya. ¿Qué? ¿Qué te parece? Aparte de que te llamen lo que se llama a los maridos de las que sepultan su alma, que finalmente es lo de menos ¿qué? Luego todos los días de tu vida en tu casita dando la cena, peinando y quitando los mocos ¿a los hijos de quién? Pues con un poco de suerte de algún desconocido y, con toda verosimilitud, de algún vecino. Y llevándolos al templo para que los eduquen y poniendo tú la leña... ¿Es esa tu idea de la vida conyugal, la vida santa por excelencia?
    Quizzicuaztin no había tenido ninguna idea. Que no le fueran ahora a acusar también de ideas porque él eso sí que no lo había hecho.
    -El matrimonio es sagrado. Cuando te casas depositas tu honra en tu mujer y ella en ti. La honra es lo que hace iguales a todos los hombres. El más humilde tiene su honra, como el más encumbrado. Y mientras la tenga nada puede haber que le haga inclinarse ante nadie sino ante Dios. Y, si se es tan necio, se puede jugar con la propia honra, pero no con la que se le ha confiado a uno en depósito. Ese depósito es sagrado y quien lo quebranta y no honra a su mujer o a su marido merece la muerte y nada menos que la muerte. Y aun me parece muy poco, poquísimo, no me parece nada. El infierno es lo que merece. Eso es. Y hablando de otra cosa ¿cómo es que las dos se llaman Coyolxauqui?
    -¡...!
    -No me digas que elegiste a propósito para encima de todo poder parlotear con toda libertad de la una y de la otra... ¡Eres un monstruo de perfidia! ¿Te estuviste tu tiempo preparándotelo ¿eh? ¡Tanto cavilar para engañar a la propia depositaria y para poner de segundona a una pobre ramera, como si no mereciera tener un nombre para ella sola, cuando además puede terminar siendo la madre de tus bastardos!

  5. #65
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    Cuahuipil iba a tener muy pocas ocasiones como aquella. Tenía todo el tiempo del mundo aquella noche y dos personas enteramente a su merced a las que adoctrinar sobre la santidad del matrimonio. Por su parte, el adúltero y la adúltera, cuando al fin se sintieron con suficiente confianza para hablar, le aseguraron que no lo volverían a hacer, que los perdonase, que por favor, por favor, por favor, que no dijese nada, que era segurisísimo que ya nunca más volverían a caer en una cosa así, que los creyese, por favor, que ése era su propósito inviolable; que le habían escuchado sus razones, que los había convencido y, seguro, seguro del todo, que ya no más. Y a Cuahuipil todas aquellas seguridades ni lo convencían ni le dejaban de convencer, porque ahora por fin estaba tratando no de ver en el futuro sino de ver cómo debía proceder él en este paso. Habiendo sido testigo de un delito de adulterio, le resultaba completamente claro que él no iba a delatar a nadie porque una cosa era hablar y otra obrar y causar algo tan horrible como aquello de lo que hablaba; pero que tampoco dudaba de que se merecían todo eso que les había dicho, aunque él no los delatara. ¡Valientes cabezas de chorlito! Y si él se callaba y volvían a las andadas, todavía encima se sentiría él culpable de sus andadas. Porque el Quizzicuaztin era evidente que ya no hallaría perdón ni en la justicia ni en la religión indias. El podía decirle: no te preocupes Quizzicuaztin, yo conozco una religión que te deja confesarte todas las veces que quieras todos los días de tu vida y que te da unas penitencitas facilonas y, además, entre los cristianos de esa religión, nada de pena de muerte por cometer adulterio. Sí, se lo podía decir, pero no quería, porque así como en lo de comerse los unos a los otros no le parecía buena la religión de los indios, en esto de no consentir infidelidades y no dar ventajas a las desvergüenzas, él estaba una y mil veces con los indios porque era patente que tenían razón, pues si él, Quizzicuaztin, no teniendo ya perdón, era tan insensato que arriesgaba la vida antes que dejar sus monstruosidades, cabe imaginar en qué abismo caería si no temiera nada. Y a la postre quienes se perderían serían su humanidad y su salvación en el más allá porque lo más seguro es que muriese sin reformarse y pensando "mañana me confieso y ya está". Y ¿dónde estaría entonces el favor que se le quería hacer? Lo fácil nunca es de fiar. El que tantos cristianos viejos hicieran a diario lo que había hecho Quizzicuaztin y se les perdonase era el hundimiento de las repúblicas, de los pueblos y de las almas. No. Los indios y los cristianos nuevos se debían, aunque sólo fuesen ellos en todo el universo, mantener la pureza de la honra y las buenas costumbres, que es el único oro que vale en esta vida.
    Pasada la vehemencia de estos pensamientos, a Cuahuipil le vinieron los de su condición en Tenochtitlán. Calló un rato sin que los dos pécoros abrieran la boca y se dijo que ahora lo que había que hacer era dormir y así mañana vería con más claridad. Habló, pues, a Quizzicuaztin para mandarlo a su casa, no sin un: "Y ahora dime con qué cara te vas a presentar a tu mujer, grandísimo criminal". Quizzicuaztin, a pesar de lo que se le mandaba, no se atrevía a moverse, porque temía, en cuanto se diera media vuelta, que este teule le mandase a los alguaciles y ya se veía con la cabeza hecha tortilla y con su mujer mirándolo mientras se la espachurraban.
    -¿A qué esperas? ¿Qué pasa, que si no apareces en toda la noche tu mujer no se pregunta ni se inquieta ni averigua? ¿No te parece que por hoy ya has hecho bastantes hazañas?
    Intervino Coyolxauqui y sería difícil saber si con primeras, con segundas o con cuáles intenciones.
    -Vaya, vaya, mi señor Quizzicuaztin, que yo me quedaré aquí al cuidado de la serrería.
    -Ya lo has oído -corroboró Cuahuipil-. Ve a tu casa y mañana, cuando vengas a trabajar, será otro día y veremos.
    Por fin, sin tenerlas todas consigo y, desde luego, sin saber qué cara iba a tener cuando se presentase a su mujer, porque estaba que se hacía sus necesidades de miedo, se dirigió Quizzicuaztin a su domicilio conyugal.
    Si la oferta de Coyolxauqui de guardar la serrería había tenido una intención ulterior, se quedó solo en intención y sólo en ella, porque, aparte de esbozarle algún sermoncito más y de dejar que le arreglara un poco la pintura de la cara, Cuahuipil no mostró ganas esa noche de ninguna otra cosa. Sacó el árbol de su atillo, recitó para sí la azora del Alcorán y se quedó dormido.
    A la mañana siguiente se despertó al oír moverse a Coyolxauqui y le costó un par de instantes recordar dónde y en qué situación estaba.
    -¿Ha vuelto ya Quizzicuaztin?
    -Si mi señor lo quiere ver, seguro que ya no tardará.
    Dejó que Coyolxauqui se aseara y él hizo otro tanto. Coyolxauqui parecía no tener prisa ni ganas de ir a ningún sitio y era difícil saber si de miedo de que la denunciara Cuahuipil si lo dejaba solo o de esperanzas que se hacía con respecto a él o porque, estando todos los milicianos ocupados en la guerra, tampoco tenía clientela fuera del taller. En cualquier caso él no tenía ninguna objeción a su compañía porque la muchacha le agradaba y le daba pena que estuviera en estos malos pasos, así que, mientras llegaba Quizzicuaztin, platicó con ella de los porqués y de los porqué no.
    -Mi señor Cuahuipil, no me puedo retirar sin tener unos ahorros, compréndame mi señor: yo no sé otro oficio con qué ganarme la vida. No sé tejer, no sé hilar, no sé hacer tortillas... Lo que me dice mi señor se dice pronto, pero las cosas son de otra manera.
    Coyolxauqui se había ido acalorando con la conversación. Ella no era una malvada ni delincuente y él lo sabía, que ya había hablado con él en otras ocasiones.
    -Pero apréndelo, Coyolxauqui, aprende un oficio. Yo te puedo enseñar a hacer cacharros.
    -Está muy bien y mi señor es muy santo y muy bueno, pero mientras lo aprendo tengo que comer, aunque sea poco, y gastarme no poco en vestir y, mi señor tal vez no lo entiende, pero el ser puta ocupa todo el día y toda la noche porque, para encontrar el cliente a la hora que sea, una tiene que estarlo buscando a todas horas.
    -Pero ¿y los tequihuaques que os buscan en el baile...? Dicen que aquello es un filón.
    Coyolxauqui también le contestó a esto pero casi chillando:
    -Sí, mi señor, el baile es un filón para las alcahuetas, pero yo, aunque bien me gustaría, no soy alcahueta y el baile para lo que me sirve es para llegar de un día al otro sin tener el de después ni un solo grano de cacao más que el anterior. Y no me meto con los casados por capricho, ¿sabe mi señor? porque explíqueme, mi señor, si no es de los casados que no están en manos de las alcahuetas ¿de dónde voy a sacar para retirarme? De manera que, si mi señor quiere denunciarme, pues está muy bien porque me va a quitar de todos los problemas ¿sabe? de todos los problemas.
    El final de este parlamento lo dijo Coyolxauqui ya llorando y Cuahuipil se sintió conmovido:
    -No te voy a denunciar, Coyolxauqui, y me da mucha pena lo que me dices. Ven, anda, ven, no llores. Seguro que, si pensamos, encontraremos alguna manera de sacarte de esto. Hale, mujer.
    Desde luego, pensaba Cuahuipil, la vida parece una enorme piedra rodante y ciega que siempre aplasta a los más desgraciados. Le tenía consternado la criatura. Ahora que estaba sin todos los afeites y colorete que se solía dar para hacer su oficio, como le decía, todas las horas del día y de la noche, la veía tan... tan... de carne, tan criatura… Podía ser su hermanita pequeña. ¡Pobre hija! Esto pensaba mientras le mesaba los cabellos y la espalda tratando de apaciguarla.
    El que desde luego no era su hermano era Quizzicuaztin, porque si no hubiera desbaratados como él y como todos esos tequihuaques, soldados, violadores, estupradores y tantos hombres sin honra ni vergüenza dejados de la mano de Dios, no se verían estas criaturas, como moneda falsa, de mano en mano y ¿quién se acordaba de ellas, cuando ya no circulaban?
    En esto último en ¿quién se acordaba de ellas? estaba Coyolxauqui totalmente de acuerdo con Cuahuipil. Ella apreciaba la sinceridad del teule pero tampoco era la primera vez que alguien se compadecía de corazón de ella o de otras como ella pero, por desgracia, también sabía en qué terminaba todo el asunto: en que, no por deslealtad ni por inconstancia ni por falta de sinceridad sino porque, finalmente, la vida lleva a cada cual por su camino: un día te acompañan y te ayudan y otro también pero llega un tercero o un cuarto en que tienen a la mujer enferma o mal encarada, en que el trabajo los agobia o los agobian los hijos o en que les meten un hermano en la cárcel y ya no pueden seguir ocupándose de ser buenos contigo. Y cuando desaparecen ¿qué te queda?: el recuerdo, tan doblemente triste precisamente por ser bueno. Pero sí, también era verdad: ¿quién cierra por sí solo la única ventana de la cárcel antes de que la tapie el carcelero? ¿quién le dice a una mirada limpia "no me mires así", aunque vaya mañana a ser recuerdo triste?

  6. #66
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    Terminó llegando Quizzicuaztin. Pero a él no le dijo Cuahuipil que no pensaba denunciarlo, porque a él sí lo pensaba denunciar, sobre todo después de cómo lo había conmovido Coyolxauqui. El cómo se proponía denunciarlo a él sin denunciarla a ella era lo que, en su indignación, todavía no había resuelto ni resolvería nunca porque sabía que todo lo que pensaba eran palabras y desahogo, aparte, claro está, de que no estaba en situación de denunciar a nadie. En cualquier caso, el carpintero adúltero, a pesar de esa cabeza de serrín, había tenido la buena idea de traerles unas tortillas, con lo cual comieron los tres. Después, a lo largo de la mañana, por Quizzicuaztin, que se ausentaba a recados, y por Coyolxauqui, que también salió alguna vez y se ofreció a traerle lo que necesitase para su disfraz, fue teniendo noticias de lo ocurrido con los cristianos y aliados. Muerto habían casi todos en la laguna. Al paso de la calzada de Tlacopan, todos los canales que la cruzaban estaban cegados con los cuerpos de caballos, cristianos y aliados muertos, con sus armas y con su fardaje. Los mexicas habían hecho muchos cautivos y ahora estaban en las ceremonias de sacrificarlos.
    Todo el oro recaudado para el césar Carlos también había caído en la laguna y la pelea entre los propios mexica por hacerse con él era reñida. Quedaba finalmente un puñado de cristianos y aliados que, al estar en la zaga y no haber podido pasar ya porque se les echaron encima las milicias, habían retrocedido hasta Axayácatl, donde estaban sitiados como una gota de agua dulce rodeada de mar y no tardarían en caer. En cuanto al otro puñado de los que sí habían conseguido escapar y que no supieron decirle cuántos eran, estaban la mayoría heridos y habían perdido toda la pólvora y las armas en los canales. Estos escapados, al parecer, siempre acosados y perseguidos por los mexica, seguían el contorno de la laguna dirigiéndose hacia el norte y, si eran en tan pequeño número, lo que él pensaba es que no iban a intentar hacerse fuertes en ningún lugar sino que tratarían de ir rodeando la laguna por el norte y luego de seguir hacia el este, camino a Tlaxcala, para allí rehacerse, si llegaban.
    En cuanto a él, de momento, no podía hacer otra cosa que esperar. La vigilancia y las patrullas mexica, mientras los escapados estuvieran cerca, serían todavía demasiado tupidas para arriesgarse a salir, cruzar la laguna o aventurarse en tierra firme, aunque fuera de noche, no pudiendo él hablar sin delatarse. Y tenía que ver qué hacía con estos dos. Al Quizzicuaztin, desde luego, no podía permitirle así, tan ricamente, coronar una vida de crímenes dejándole libertad para volver a caer en ello una vez más. Terminaría destrozando su vida matrimonial y pudriendo a su familia, amén de seguir siendo un desgraciado que viviría de prestado o, más propiamente, de alquilado. Y Coyolxauqui... hubiera querido aprovechar ahora el tiempo para enseñarle a hacer cacharros, aunque fuera lo más elemental para que luego ella entrara de aprendiza con alguien, pero a la serrería difícilmente podían traer barro y todo lo necesario para trabajar, aparte de que, si lo veía alguien, no dejaría de hacer preguntas y, si lo capturaban antes de enseñarle nada, tampoco habría servido de mucho, ni él podía permitirse que lo capturasen y tenía que pensar también en Ilhuicáatl.
    No sabía si Xiloxóchitl y Teyohualminqui estarían entre los vivos, entre los muertos o entre los cautivos. Sí sabía que iban a salir más bien hacia la zaga, lo mismo que Marcos Bey. Debía ver el medio de llegar a Tlaxcala porque, si el hermano y el tío eran muertos, sería demasiado para ella. Y con respecto a Coyolxauqui, también tenía que pensar muy bien qué solución había para la muchacha. Dejarla tal como estaba, desde luego, le haría sentirse a él como un puerco más, después de haberse comprometido tanto de palabra, porque era claro que la muchacha no se hallaba en eso por depravación, sino porque no sabía o no podía vivir de otra forma.
    Por lo demás, ellos no le parecía que lo fueran a delatar. El Quizzicuaztin era tal el susto que tenía, que la idea de que una autoridad tenochca y el Cuahuipil llegaran a coincidir alguna vez, aunque fuera en lo alto de un teocali y en un sacrificio, lo mataba de miedo. Cobarde que era, como todos los renegados adúlteros, grandísimos criminales. En Coyolxauqui, por su parte, el miedo de que la acusasen de adúltera se equilibraba con el de que la acusasen de encubridora y lo que sin duda inclinaba el fiel de la balanza era precisamente el ver en Cuahuipil a alguien semejante a ella, alquien que era humilde y trabajador, porque mientras estaba en la serrería, ayudaba a Quizziquaztin y no se quedaba nunca mano sobre mano ni esperaba a que lo sirviesen. Coyolxauqui era fiel tenochca, no es que no lo fuese o no se sintiese y, si hubiera sabido de algún cristiano que hubiera quedado por ahí, sí lo hubiera denunciado. Pero no veía que, en la circunstancia, ese principio general rezara con este muchacho que estaba en la serrería, al que conocía, que le había sacudido la ropa, y con el que había llorado y comido tortillas y era lo más parecido a un hermano que pudiera imaginar. Los enemigos son extraños y Cuahuipil no lo era, al menos ella no lo sentía así.
    Esa primera noche en la serrería de Quizziquaztin finalmente se convirtió en unos cuantos días. Unos días en los que Cuahuipil sufrió mucho, porque estuvo casi todo el tiempo encerrado, preocupándose por la suerte de Xiloxóchitl y Teyohualminqui y, por consiguiente, de Ilhuicáatl. ¿Y cómo podía dedicarse a una mujer al oficio de bayeta? No a trabajar con la bayeta, sino a ser bayeta. ¡Si era una cría! No le había preguntado la edad, pero seguro que no pasaba de los dieciséis. ¿Qué porvenir le esperaba? ¿Por qué la vida era tan cruel? ¿Por qué podía humillar tanto y tan feamente?
    En cuanto a Quizziquaztin y a pesar de su empeño en reformarlo, empezaba a sentirse derrotado. Ese hombre era bobo, bobo de remate. Pasó muchas horas razonando con él, tratando de hacerle ver que era con su mujer con quien tenía que jadear y abandonarse y no con una extraña. Él no protestaba de palabra, pero la quieta cerrazón de su expresión -lo que veía de ella, claro, porque no alzaba la cabeza así lo matasen-, le decía que las palabras de Cuahuipil no le convencían nada de nada. Y él se sentía inútil, torpe, fracasado y, encima, preocupado, por no saber hacer comprender lo que para él era claro como la luz del día y eso, a su vez, le hacía sentirse cómplice de cualquier otra barrabasada que pudiera cometer el muy criminal. Sería que le faltaba experiencia y no sabía ponerse en el lugar del otro y entenderlo. A él se lo habían enseñado muy bien pero se daba cuenta de que ahora él no sabía hacérselo ver a nadie más cuando parecía algo tan sencillo. Pero, aparte de eso ¿qué podía hacer él?

  7. #67
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    Cuahuipil no debiera haberse preocupado tanto ya por lo que podía o no podía. Los parlamentos que sostuvo con el pécoro no cayeron en saco roto puesto que también los oyó Coyolxauqui, que estaba allí, y a ella sí le hicieron mella, como cuando interrogaba Cuahuipil a su víctima (casi parecía un cura) de esta forma:
    -Pero ¿por qué en lugar de hacer todas esas porquería a una insulsa como esta Coyolxauqui no te das el gusto con tu mujer?
    “No es insulsa” afirmó cabizbajo e indignado en sus adentros Quizziquaztin. Para afuera, dijo:
    -Esta Coyolxauqui es muy hermosa. Mi mujer es fea.
    Decididamente éste era bobo, bobo de renombre.
    -“Mi mujer es fea” -le remedó Cuahuipil, detestándose al mismo tiempo que lo hacía-. ¿Y esta Coyolxauqui es hermosa, dices? Mírala. Son todos los afeites y coloretes que se pone lo que dices que es hermosa, no ella. Todo mentira. ¿Qué clase de falso eres que prefieres cualquier mentira a tu mujer de verdad?
    -…
    -¿Tú te has fijado en tu mujer? ¿Te has fijado bien?
    -(murmullo) co(más murmullo) feas.
    -Habla más alto y levanta la cabeza, que no es para hablar para lo que necesitas tener vergüenza.
    -Tiene una verruga con pelos aquí -se señaló sin levantar la cabeza y con voz apenas más audible que antes.
    -¡Así que tiene una verruga con pelos en el cuello! ¡Qué horrible ¿verdad?! Lo que te pasa a ti no es que seas vicioso, es que te caes de bobo. Tú te dedicas a tus majaderías y mientras tanto dejas sola a una mujer con una verruga con pelos como si no tuviera dueño. ¿Tú qué crees que terminará pasando si haces eso? ¿Tú sabes lo que hacen a los hombres las mujeres con esas “cosas feas” que dices tú? Ésas, ésas son las que los vuelven del revés. Ésas, las que tienen esos defectos tan feos que dices, las que les hacen pensar “me pierdo, pero no me importa”, porque te pierdes con gusto. Esas son las que lo amarran a uno y no lo sueltan, no estos puestos ambulantes de perfumes y coloretes que lo mismo daría acostarse con ellas que un saco de serrín pintado y perfumado (y señalaba airado esa clase de saco, que allí los había). Parece mentira que seas tan viejo y que sepas tan poco.
    -(Murmullo).
    -Que levantes la cabeza y hables que se te oiga.
    -Con mi mujer no me atrevo.
    -¿Cómo? Es que no se te oye. ¿Qué con tu mujer no te atreves? Ésta es la mejor de todas. No te atreves. ¡Porque eres un cobarde! Por eso no te atreves. ¿Por qué no quieres abandonarte a tu suerte en otra persona? Porque no confías, no crees. Eres un infiel, eso es lo que eres. Y, como eres un cobarde, sí te atreves con una cría a la que no tienes que complacer ni debes consideración ninguna, porque pagas para que ella pierda la vergüenza que tú no quieres perder con quien la debes perder, porque eres un cobarde.
    Llegado a este punto Cuahuipil se encendía tanto que ya no le salían más palabras, porque “cobarde” le hubiera llamado una y otra vez hasta enterrarlo en ella. ¡Pero qué poco sería un pedrusco para este botarate!
    Y, con un gesto de impaciencia, que también se reprochaba al mismo tiempo que lo hacía, lo dejaba por imposible, o se dejaba a sí mismo por imposible porque estaba seguro de que era él el que no sabía explicar algo tan elemental y se preguntaba cómo era que él lo había entendido tan bien cuando se lo explicaron y ahora era incapaz de hacérselo ver a otros.
    En cuanto a Coyolxauqui, si oyendo cosas así no se le fueron las esperanzas de con su oficio ganar el sustento del día siguiente, y no digamos ya el retiro, seguramente nada se las quitaría. Pero estos forcejeos sólo duraron dos días, hasta que Cuahuipil decidió que, más que corregir, lo que estaba haciendo era que el otro se empecinase. Oyéndose, se recordaba a los cristianos, pocos, desde luego, aunque entre ellos estaba Cortés, que se emperraban en hacer volver a los indios de sus creencias, abrumándolos con explicaciones infinitas y repetidas que no llevaban a ningún lado. Si la iglesia inquisitorial se salía con la suya, estos indios terminarían como él, diciendo a todo amén, para salvar la vida propia y la de los suyos y renegando de por vida. Así que ahí lo dejó. Claro que a él no lo dejó la preocupación al mismo tiempo, pero ¿qué iba a hacer? A lo mejor dejándolo estar terminaba ocurriéndosele algo. Pero ¿cómo se podía ser tan rebobo, este simplote, que era mucho más madero que los maderos que aserraba? Sí, sí, no podía ponerse en este estado, mejor lo dejaba, que finalmente él no era su guardián y tenía otras cosas en qué pensar.

  8. #68
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    Predeterminado Capítulo XXI Lo que el juego ha unido no lo separe el hombre

    Ya nos figuramos, que no con tantas palabras -tal vez con sólo unas pocas de su selecto vocabulario- hubiera resumido Cuetlachtli lo que pensaba de la salida de los teules de Tenochtitlán y de los acontecimientos que la siguieron. Aquí, no obstante, se relatará de una manera no tan entretenida, quizás, pero sí lo necesariamente detallada para dejar ver lo bien fundado de su razonamiento de entonces.
    Tal como le explicó a su padrino, lo que ella pensaba era que, puesto que el acabar o no con los teules de Axayácatl era sólo algo episódico y no una victoria o derrota definitivas, el que, puestos a escapar, alguno lo hubiera logrado, era el peor de todos los sucesos posibles. Si hubieran muerto todos en Tenochtitlán, no podrían contar nada y los tenochcas hubieran podido relatar los hechos a su manera y ganarse así a otros teules que pudiera mandar su rey a vengarlos y hubieran podido asimismo atemorizar a los demás indios, sobre todo a los que se habían atrevido a rebelarse contra Tenochtitlán escudándose en los cristianos. Pero al haber conseguido escapar algunos cristianos y aliados, se ponía en entredicho la capacidad de la Triple Alianza para acabar con sus enemigos y se dejaba a unos supervivientes que de igual manera podrían contar lo que quisieran, y lo que quisieran no tendría por qué convenir a Tenochtitlán. La irritaba que las milicias y el estado mayor mexica no hubieran podido con aquel puñado de monos y fregonas. Les habían hecho el suficiente daño como para dejarles ganas de desquite y no el suficiente para quitarles los medios de tomárselo.
    El que la ciudad y la Triple Alianza, aprovechando los muchos cautivos y los caballos pescados de las aguas, alardearan ahora y propalaran su victoria total le parecía patético. Los habían tenido dentro y habían escapado. ¿Qué importaba que la mayoría hubieran muerto o estuvieran cautivos? A notar, que el principal elemento, el capitán de Malinche, ése parecía que sí que había escapado. ¿Victoria? Peor no podía ser. Confió todavía algunos días, mientras los teules se movían por el contorno de la laguna, en que las milicias de la Triple Alianza acabaran con ellos y, sobre todo, que no les permitieran llegar a Tlaxcala, que era al parecer el rumbo que llevaban, como era de prever. Todavía en las escaramuzas de los días siguientes al de su salida de Tenochtitlán mataron a algunos cristianos, tlaxcaltecas y caballos, pero en lo que al parecer se pensó echar el resto fue en la batalla que se les iba a dar cerca de Otumba, con gran multitud de milicias, mal mandadas, por los muchos jefes militares que habían matado los cristianos en la celebración del Toxcatl. Aunque tampoco eso le servía a ella de excusa. Los militares siempre están expuestos a que los diezmen y eso es algo con lo que hay que contar en cualquier cálculo y con lo que ella suponía que habían contado los cuadros militares de Tenochtitlán. Y, hablando de cálculos, también con que los cristianos intentaran hacer lo que hicieron en el Toxcatl deberían haber contado. No se puede estar acusando a alguien de todas las perfidias y luego sorprenderse porque en efecto hacen algo pérfido. Pero ¿cuántos agujeros tenía el cántaro tenochca por los que a la primera de cambio se le iba todo el caudal?
    La batalla de Otumba, sin embargo, se perdió, y los dos días que la siguieron hasta que llegaron los perseguidos a la raya de Tlaxcala lo único que se hizo fue seguir hostigándolos en su retirada sin detenerlos.
    Habida cuenta, pues, de los hechos en el campo de batalla, era irritante que en la ciudad se festejase el suceso como si fuera un gran triunfo, que se hubieran troceado los cautivos y que se estuvieran repartiendo las tajadas junto con las cabezas de los caballos por todos los rincones del imperio, para que las comulgasen las autoridades y personas destacadas, demostrando así cómo el poder de Tenochtitlán seguía intacto y lo mal que les iba a ir a quienes tuviesen la veleidad de no mantener su adhesión al imperio tenochca. No que a eso le viera Cuetlachtli nada que objetar, puesto que ¿qué otra cosa cabía hacer? Pero que si no se hiciera tampoco supondría ninguna diferencia. Eso, acallar conciencias, porque si esos alardes y esas amenazas luego no iban a poder sustentarse con hechos ese año, al siguiente, al otro y al otro, a la larga el descrédito y la burla serían tanto mayores, y con tales aspavientos Tenochtitlan sólo se estaría engañando a sí misma.
    También se hablaba al parecer de enviar embajadores a Tlaxcala para convencer a sus caciques de que diesen muerte a los teules y acabaran con ellos cuando se refugiasen allí y para ofrecer a la república, una vez libre de los extraños, partir con ella el imperio y volver a los antiguos usos, a la antigua religión y a la antigua paz -tan antigua que ya hacía más de un siglo, y en la historia general de los chichimecas en el Anáhuac, un siglo era mucho. Esto, de hecho, no era más que decirles a sus enemigos de tanto tiempo: por favor, arreglad la chapuza que he hecho yo, porque yo no valgo ni para eso. Confesión lastimosa donde las hubiera, que no podía inspirar más que desprecio. Eso sin entrar en que Cuetlachtli, desde luego, no creía que el ofrecimiento fuese sincero. Tenochtitlán no podía ni era capaz, de verdad, de compartir su imperio con nadie y menos con los tlaxcaltecas, y un siglo transcurrido desde aquella antigua paz era más que suficiente para olvidarla y poner otras cosas en su lugar. Por otra parte, aunque ella nunca había estado en Tlaxcala, mientras estuvo en Axayácatl, pudo observar a los tlaxcaltecas que estaban allí y apreciar claramente dos cosas: una, que estos tlaxcaltecas no parecían interesados en poseer ningún imperio, partido ni sin partir, y menos todavía con los mexicas, sencillamente porque no se fiaban de ellos y porque meterse en cualquier cosa con ellos les parecía lo mismo que meterse en la cama con una víbora. La otra cosa era que parecían estar a gusto con los teules. Tal vez no iban a una con ellos en lo que atañía a la religión, pero el hecho mismo de que aun sin estar de acuerdo en eso hubieran encajado con tal facilidad, indicaba demasiado. Y finalmente ¿qué sabían los mexicas de los tlaxcaltecas? No sabían nada. Durante años se habían sacrificado tlaxcaltecas en los templos de Tenochtitlán y en Tlaxcala se habían sacrificado cautivos de la Triple Alianza, pero ¿cuándo habían hablado? ¿cuándo habían tenido trato, salvo alguna tentativa de tapadillo y oportunista entre altos cargos? Fuera de eso nada. Jamás se había celebrado con ellos ningún matrimonio ni concubinato ni político ni por amor ni por odio ni por equivocación. Sí, habían heredado de sus respectivos antepasados la misma lengua y la misma religión, pero lo que de ellos se hizo después ¿lo conocían verdaderamente? Los tenochcas, de un pueblo mísero y maltratado, se habían convertido en un imperio temido en cuanto abarcaba. ¿En qué se habían convertido los tlaxcaltecas? No en un imperio, desde luego, pero en algo se habrían convertido, lógicamente. Mas qué era ese algo, en Tenochtitlán no lo sabían, no lo habían querido saber nunca y seguro que tampoco tenían maldito el deseo de saberlo ahora, reduciéndose su interés a que aquellos mugrosos sin más les hiciesen el trabajo. Y en el caso de que fuese sincero el ofrecimiento, y la necesidad, puede aclarar muchas ideas, qué duda cabe –a ella se las había aclarado-, la desconfianza de los tlaxcaltecas era inevitable. ¿De verdad se avendría el poder tenochca a ser uno más en una alianza? Esos embajadores que pensaban enviar iban a encontrarse delante de alguien que no sabían ni quién ni qué era ni qué quería ni qué pensaba. Además, mientras los tlaxcaltecas estuvieron en Tenochtitlán como aliados de los teules, y no siendo ellos los importantes, Tenochtitlán los había alojado sí, qué remedio, pero no los había mirado como a otra cosa que como a lacayos de los otros. ¿Acaso no les decían que eran sus mancebas? Y lacayos, mancebas o lo que fuesen, finalmente ojos tenían y no pudieron dejar de ver el desprecio con que eran vistos. Y si hace unos días eran vistos así, ¿cómo iban a creerse que ahora eran vistos como dueños de un imperio? Sí, había que intentarlo -¿qué es lo que no había que intentar?-, pero iba a salir mal. Y si acaso se encontraba en Tlaxcala a alguien dispuesto a aliarse con Tenochtitlán seguro que no sería porque se fiase de lo que se le ofrecía, sino porque con ello pensaría favorecer su propio interés y porque, en justa reciprocidad, en su momento también se sentiría libre de engañar a Tenochtitlán a voluntad.

  9. #69
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    Todas estas consideraciones le acudían a la mente y, unidas al colmo de aburrimiento en el que estaba y a la impaciencia a duras penas contenida por lo que veía tan claro sin que sirviese de nada el que lo viese, le hacían insoportable el seguir inactiva. Que los ineptos del estado hicieran sus ineptitudes, que ella iba a obrar por su cuenta, que para eso sabía y podía. Y los resultados de su acción tal vez no se verían tan pronto, pero a la larga, y en la escala de su capacidad, se palparían, y si no, habría peleado, que es lo que los dioses esperan de un ser humano. Había algo que ella podía hacer para no estar mano sobre mano y que era lo mismo que había empezado a hacer en Axayacatl, es decir, aprender del enemigo, y lo iba a hacer con o sin permiso de nadie.
    -Padrino, me voy a Tlaxcala.
    -¿Cómo, hija? ¿A qué vas a ir allí? ¡Te van a sacrificar!
    -No me van a sacrificar, padrino. Voy a reunirme con el Huitzilopochtli, que al fin y al cabo es mi barragán.
    -Pero no sabemos si está vivo o muerto. Es fácil que esté muerto.
    -No, padrino. No es fácil que esté muerto, porque, si se hubiese recuperado de entre los muertos de los canales, no hubiera dejado de saberse que entre los muertos estaba la imagen del Huitzilopochtli y lo mismo de los demás campos de batalla o de los lugares por donde han pasado.
    -Tal vez. Pero seguro que hay muchos cadáveres que han enterrado ellos mismos o que por algún motivo no hemos recuperado nosotros. No podemos tener seguridad de eso.
    -Bueno, está bien. No lo sabemos. Y como no lo sabemos y yo soy su fiel barragana, voy a Tlaxcala, pregunto por él, porque lo quiero mucho, y no me van a decir que no y, si está muerto, me quedaré a llorarlo y, mientras lo lloro, pues a lo mejor encuentro otro teule que se parezca a cualquier otro dios y le digo que me he quedado sin el mío y necesito otro y que me tome de concubina.
    -¿Y si no quiere?
    -Cualquiera de ellos me querría, padrino. ¿Tú no te has enterado bien de lo que te he contado que hacía cuando estaba en Axayácatl? Cualquiera de los cuatrocientos y pico que estaban aquí se pelearía con todos los demás por tenerme de concubina, de hija, de madre o simplemente de piojo, porque conmigo puede ganar una fortuna jugando a las cartas. No te preocupes. Eso es lo más fácil de todo. Fui muy popular entre ellos. Me llamaban la Vacatecuhtli, y la vaca brava en su tierra, por si no lo sabes, es el animal más estimado, más que aquí el águila, y por lo visto, mata y todo. Yo creía que se lo habían inventado para darnos en las narices con las cosas que tienen ellos y nosotros no pero, al parecer, existe de verdad ese animal.
    -Pero ¿y los tlaxcaltecas, hija?
    -Esos no me van a hacer nada siendo yo concubina de un teule.
    -¿Pero y si no te dan tiempo a que expliques eso?
    -Padrino, no seas agorero. Claro que me va a dar tiempo y sé gritar muy bien y la lengua en la que grito yo es también la suya, al menos en eso nos seguimos pareciendo.
    -Será así, hijita. Lo que no creo es que los nuestros te vayan a dejar ir. Con la guerra declarada y ellos allí refugiados, seguro que no. Y si yo lo propongo y defiendo, no sólo no me va a secundar nadie, sino que podrían acusarme de traidor y por mí no me importa, pero no puedo poner en ese aprieto a toda la familia.
    -No, padrino, no te arriesgues a nada. Si no me dejan ir, iré sin que me dejen y ya está, y nadie necesita saber nada sino que me ido por ahí. Me llevo a Chalchiunenetzin y a su marido, que pueden ir hablando otomí por todas partes, y por ende ser muy neutrales y, en llegando a la raya de Tlaxcala, me coloco en el pecho una cruz que se vea desde una legua y, como dicen ellos, por la cruz seré salvada. Y hablando de todo un poco ¿no voy a comulgar yo de los cautivos que se han sacrificado?
    -De verdad que he intentado conseguirte un trocito de teule e incluso de tlaxcalteca, por chiquitito que fuera, hijita mía, pero ha sido imposible. Yo tampoco lo he catado, no vayas a creer, y dudo de que el mismo huey tlatoani haya comulgado de ellos, porque estamos tratando de que con los que hemos sacrificado nos dé para enviar a todos los notables del imperio y que se sientan partícipes de nuestra gesta y bando.
    -No creas tú también que no es una coña nuestra religión. Resulta que los tienes de enemigos, los odias con toda tu alma, los matas y, a partir de ahí, son cuerpo divino y te los tienes que comer con devoción y sin poder hacer un mal gesto.
    -Esa es la doctrina y debiera ser así, pero no sé yo cuánta devoción tendríamos muchos de nosotros verdaderamente si les hincáramos el diente. Yo por lo menos los masticaría con verdadera saña.
    -¿Tú no crees que si te los comes, adquieres algo de ellos?
    -Sí, claro, participas de la divinidad.
    -No. No digo eso, digo de lo que eran en vida.
    -Pues... no sabría qué decir. Si te pudieras comer a uno entero o un buen pedazo, no sé lo que ocurriría, pero con los trocitos a los que solemos tocar, aunque haga algún efecto será tan pequeño que no creo que se note. No… No me había parado a pensarlo antes. No lo sé.
    -¿A qué saben?
    -Los que los han catado dicen que amargan, pero no sé si eso no será pasión de enemigo. De vivos, desde luego amargaban muchísimo.
    -Bueno, sea como sea, yo voy a preparar el viaje ahora mismito, que cuanto antes aparezca por allí tanto mejor, no sea que al Huitzilopochtli le ofrezcan otra concubina en Tlaxcala y luego tenga que andar envenenando rivales.
    -¿Sabes, hijita? Por nuestro territorio vas a tener que moverte con mucho tiento. De macehuala no te puedes disfrazar porque con el porte y el genio que tienes se te descubriría a la legua y, yendo tal cual eres, no dejará la gente de preguntarse, viajando así y sin séquito, dónde vas y qué haces. Tal vez debería darte un séquito.
    -No, padrino. Si me das un séquito tendrá que saber adónde voy y la hemos liado. Tú déjame y no te preocupes, que todavía me queda a mí mucha guerra que dar.
    -¡Qué enamorado estaba de ella! ¡Guerra! ¡La auténtica personificación de lo mexica! ¡Qué hija tenía!
    -Y otra cosa que quiero que sepas muy bien, ahijadita de mis entrañas, es que donde quiera que vayas y en todo lo que emprendas te acompaño de todo corazón y llevas mis parabienes. Y, por favor, trata de hacerme saber de alguna manera cómo te ha ido, para que goce al menos de la tranquilidad de ese conocimiento.
    -Lo intentaré, padrino.
    -No dejes de llevarte tampoco, hijita, suficientes mantas, cacao y granos de oro para que no pases necesidad y, si te vieras en algún apuro con nuestras autoridades, di que yo te mando a Tepeyacac, porque he convenido que seas la concubina de uno de los caciques de aquella provincia y que si no llevas más séquito, es porque os atracaron los salteadores y huyeron dejándote desamparada. Finalmente, estando todo el mundo en pie de guerra tampoco es fácil conseguir un séquito y, mientras lo comprueban o no, hay margen de escabullirse o pensar otra cosa, aunque prefiero que no tengas que decir nada. El que vayas a Tlaxcala, hoy día, aquí se interpretaría de través.
    -¿Y quién lo va a interpretar de través? ¿Los ruines que se quedaron en la laguna peleándose por el oro que perdieron los otros mientras los dejaban escapar y que si tuviéramos lo que debemos tener, ya deberían estar ejecutados? ¿O los otros que se encumbran acusando y ejecutando a inocentes por colaboracionistas? ¿Esos lo van a interpretar de través? ¡Qué graciosos! De todas formas, no te preocupes. Todo va a ir bien. Y si va mal, pues a lo hecho, pecho. Ya sabes que la muerte si la hago pagar cara, no me parece mal.
    -Eso es, hijita, eso es. Así se habla. Pero, donde quiera que estés, no me olvides, corazón mío, tenme presente, porque yo no viviré más que pensando en ti.
    -No te voy a olvidar, padrino. ¡Pero no llores, hombre!
    ¿Cómo no iba a llorar si no lo iba a olvidar? ¿A qué más podía aspirar él sino a que ella no lo olvidara?
    Mira también. No tenía que haberle dicho eso. Se emocionaba y luego cuando se despidiesen iba a ser una llorera de mucho cuidado. ¡Con lo poco que le gustaba a ella despedirse y llorar! Así se recriminaba Cuetlachtli mientras se disponía a aleccionar a Chalchiunenetzin y a Xochiyetla para que la acompañaran y a preparar lo que se quería llevar para el viaje, que emprendería tan pronto estuviese todo listo.

  10. #70
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    Salieron al día siguiente y durante todo la travesía por agua a la gran ciudad de Texcoco hallaron la laguna, como era habitual, muy transitada. Había acales de los que se dedicaban a la pesca, a extraer el queso de agua o a cazar aves acuáticas y, en gran número también, los que iban cargados de mercaderías. En comparación, eran menos los que sólo transportaban viajeros, aunque empezaron a menudear a medida que se aproximaban a Texcoco, ya que, una vez desembarazados de los teules y con el fin de las hostilidades, los moradores de la ribera y los islotes habían reanudado la vida normal con más intensidad que antes si cabe, como para compensar por lo pasado y como para asumir nuevamente su condición de centro de un imperio. De hecho, eran muchos los tecuhtlis y cargos militares y civiles que se desplazaban entre todos los territorios sujetos a Tenochtitlán.
    Cuando ya se divisaba en la lejanía la entrada por entre cañaverales del muelle de Texcoco, que era la segunda ciudad en importancia de la triple alianza, le asaltó a Cuetlachltli el pensamiento de si después de todo era buena idea aquella de desembarcar allí. ¿Cómo sabía que no se iba a encontrar a nadie conocido? ¿Cómo sabía que, con todos los principales que había, nadie iba a querer saber quién era ella y a preguntar y a preguntarse? Finalmente, debido a su carácter, era un poquito conocida. No titubeó mucho y dio instrucciones al acalpan para que se dirigiera a Chiautla, un poco más a septentrión. Allí siempre podría decir que venía de Texcoco, como recién llegada concubina de un principal, a ver unas tierras de cuyas rentas se le había dado el disfrute y que estaban un poco más allá. Así lo hizo y, para cuando el acale empezó a internarse entre los cañaverales de Chiautla, ya estaba anocheciendo y empezaba a ceder el tránsito de embarcaciones.
    Esto lo observó la mexica ciertamente, pero no sólo ella. También lo observo Tlacaláel Ilhuicamina XXVII, enésimo jefe de la banda de los Pájaros Voraces, bandidos depredadores de los cañaverales que se alimentaban de los incautos que por las poblaciones ribereñas de la laguna se atrevían a aventurarse. Y depredaba esta banda con mucho riesgo, por supuesto, porque finalmente los servicios de vigilancia del imperio estaban para algo y los de ajusticiamiento más todavía, pero el oficio es el oficio y cuando se tiene vocación no hay dificultad que no se arrostre. Ahora habían divisado una posible presa que prometía, sin mayor arrebato, dejar un botín pasable. Así pues, empezaron a surgir a cierta distancia de la embarcación de Cuetlachltli algunas otras que se movían, no sin torpeza, por los canales por donde había de discurrir ella, de manera que por aquel por el que pretendía meterse en ese momento, uno de estos torpes acales estuvo a punto de zozobrar, cosa que no ocurrió, pero en cambio sí esparció toda la voluminosa carga de maderamen y cañas por el agua y, como ya un lado del canal estaba inutilizado por unos troncos de árbol que habían caído atravesados, el paso quedó obstruido por completo y, a juzgar por la poca maña del que perdió la carga, el recuperarla iba para rato. El acalpan de Cuetlachtli, apremiado por ésta, prefirió abreviar y seguir por otra vía aledaña, porque ya la hora invitaba a recogerse en poblado. Siguieron pues por ese otro canal siempre en dirección a Chiautla y ¡sería mala suerte! también ahí parecía que el paso estuviese cortado. Echaron pues aún por un tercer canal por el que se proponían salir de nuevo al que primero habían abandonado, pero más adelante, una vez rebasado el obstáculo. Y hay que decir que este tercer canal por el que en último lugar intentaron hacer camino sí estaba de verdad solitario. Tan solitario que era ideal para que los Pájaros Voraces se echaran en picado sobre cualquier cosa que pasase por allí. Y así fue. De entre los cañaverales y canalillos de las márgenes surgieron de improviso tres barquillas ocupadas por varios pajarillos voraces cada una, que rodearon el acale de la no menos voraz mexica que, junto con sus tres acompañantes, empezó a gritar. ¿La oiría alguien a tiempo? Por si acaso ella, aparte de gritar, también daba remazos a diestro y siniestro, conminando a criados y a acalpan a que hiciesen otro tanto y con el mismo brío. La partida, desde luego, la llevaban perdida los que sólo eran cuatro, porque ni los criados ni el acalpan eran gente de guerra. Cuetlachlti, sin embargo, valía mucho y su reacción, por no haberla esperado los pájaros, los entretuvo en un principio más de lo que previeron.
    Pero ¿iba a servir de algo ese retraso? Pues todo dependía de lo que estuviese escrito y, si estaba escrito que ella llegase a Tlaxcala con sus pertenencias y su virginidad intactas, pues llegaría.
    Estar escrito estaba, porque allí, surgido de la penumbra crepúscular y de la dirección del canal opuesta a aquella de la que habían venido, entró en liz una quinta embarcación desde la que empezaron a llover sin consideración formidables golpes sobre los atracadores, con tal contundencia y puntería que, viéndose estos a punto de perder las plumas de pájaro y de ganar feroces chichones, se metieron por donde habían salido. El que había repartido tan bien los tarugazos desde el otro acale, acució al de Cuetlachtli a que se moviera rápido para alejarse de allí, cosa que hizo con diligencia y, así escoltado, ganó aquel canal por el que quisieron ir en primer lugar y que ahora tampoco estaba muy concurrido, pero que sí era más seguro y llevaba derecho a Chiautla.
    La poca luz no permitía ya a Cuetlachtli distinguir a los que iban en el acale auxiliador, que eran tres macehuales: una mujer joven, un hombre mayor y otro hombre de edad indeterminada, y algo había en la forma de moverse y en los ademanes de este último que no le resultaban completamente extraños. Pensaba también que un varón que no hubiera alcanzado la vejez y tan dispuesto lo suyo es que no estuviera de civil, sino que anduviera con la milicia, por ejemplo, persiguiendo teules. Hubiera querido aproximarse y hacerles presente su reconocimiento por el auxilio prestado y compensarlos, pero los otros, aunque la acompañaban para asegurarse de que quedara fuera de peligro, mantenían una distancia como si no tuvieran ningún interés en reconocimiento ni plática. Así siguieron hasta hallarse a la vista del embarcadero de Chiautla. Entonces los tres macehuales tomaron una bifurcación como queriendo separarse definitivamente de sus auxiliados.
    Esa actitud picó aún más la curiosidad de Cuetlachtli quien, de todas formas, pensó que si seguía a aquellos tres tampoco corría peligro alguno, puesto que tan bien la habían defendido de los salteadores. Así lo hizo y metió prisa al acalpan para que no dejara que se agrandara la distancia entre ellos, y ciertamente lo consiguió, porque, aunque los otros remaban rápido, no eran remeros de oficio, en tanto que el acalpan que había contratado Cuetlachlti sí lo era y no había hecho otra cosa toda su vida, de manera que pronto estuvieron a la altura de sus perseguidos y, siguiendo las órdenes de Cuetlachtli, los abordaron. Ella misma se agarró con la mano al borde de la otra embarcación, precisamente quedando frente a frente con el macehual que no era viejo, y que no pudo ella ver hacia dónde miraba, porque le quedaba la cara en la oscuridad.

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