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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #51
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    31 dic, 11
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    Predeterminado Capítulo XVI:Volveré y seré mil cuatrocientos sesenta hombres y noventaiseis caballos

    ¿Por qué se marchitaba Xiloxóchitl tan a ojos vista? ¿Por qué Teyohualminqui en esa circunstancia actuaba como una madre agobiante, de esas que hablan mal de todas las mujeres habidas y por haber para que el hijo no tenga más mujer que ella? Con la diferencia de que Teyohualminqui ni lo agobiaba ni hablaba mal de nadie ni le quitaba de nada, pero tenía esa consabida expresión y esa actitud de consentirle todo, de aplaudirle todo, de adelantarse a sus gustos aunque, de hecho, no pudiera decirse tampoco que consintiera nada ni aplaudiera nada ni se viera que se adelantara a nada. No, ya sabía que lo que decía no tenía sentido, pero era así, tenía esa cara y esa actitud.
    Esto es lo que ponderaba Cuahuipil y se decía que, al menos ellos dos, tío y sobrino, y también Marcos Bey, parecían haber terminado de hacer negocios, aunque de trapicheos, con libros fantásticos para arriba y para abajo, era formidable lo que se podían traer, si bien algo menos que antes porque, para su indescriptible sorpresa y no lo entendía y seguiría sin entenderlo y no sabía cómo se las arreglaban, el barragán y la barragana parecían haber encajado como si estuvieran destinados el uno a la otra y la otra al uno. No que no discutieran, porque no hacían otra cosa, pero eran las disputas propias de gente de su carácter y que se tiene confianza. De cacharros más valía no hablar y ya no lo soportaba más. Cada dos por tres estaba el servicio de palacio barriendo los añicos. Y, bueno, que, por entenderse tan bien Cuetlachtli y Marcos, éste pasaba más tiempo ahora con la barragana y menos con Xiloxóchitl, salvo que a éste a su vez le diera por rondar los corrillos donde los dos abarraganados no hacían más que jugarse todo. Y no sabía o no recordaba lo que Marcos había mandado a Tlaxcala a cuenta de la apuesta aquella pero seguro que ya lo había perdido en su mayor parte y seguro también que la mayor parte de esa parte debía de haberla ganado su barragana, que ya el día de la audiencia por el caso de Papantzin había querido cobrarle al barragán el trabajo de copiar los naipes y el otro que no, que aquello se lo había hecho de favor y que los favores no se cobran y la otra que sí, que se dejase de monsergas, qué cobrar ni cobrar, él le había robado y durante un día lo robado fue lucro cesante y la baraja era lo mínimo que compensase por el tiempo que duró el hurto y que si sabía tanto latín no podía ser tan tonto. La manera en que resolvieron el pleito fue la única en la que se podían poner de acuerdo: se jugaron la baraja. Y la ganó la mexica.
    La mexica y el Xiloxóchitl se detestaban con el mayor de los desprecios, en cambio la mexica y el Teyohualminqui hacían que se odiaban y disfrutaban aparentándolo, pero no se odiaban. Cuetlachtli desdeñaba a Xiloxóchitl como si fuera un perro y Xiloxóchitl ni veía ni oía ni tocaba a Cuetlachtli, Cuetlachtli era viento, era aire, no era nada, no existía, la ignoraba con una perfección tal que sólo una persona con los arrestos de Cuetlachtli hubiera podido seguir creyendo en su propia existencia después de una ignorancia tan cabal. Y en cuanto a que Cuetlachtli tratara a Xiloxóchitl como a un perro, cuando se daba la circunstancia de que lo pudiera tratar, que no solía darse, pues verdaderamente no había tanta sinrazón, porque de eso tenía un cierto aire su cuñado, de perro triste y apaleado, aunque, cuidado, con un fulgor allá en el fondo de los ojos que parecía decir que no todo iban a ser siempre palos.
    ¿Era feliz Cuetlachtli? Pues en la medida en que se puede considerar felices a las vacas bravas, que sin duda lo son muchísimo, pues seguro que lo era y eso era lo que era ella, aunque pareciera mujer y mexica. De hecho, tan era así lo que decía que, en seguida, dejó de llamársela Juana o Cuetlachtli y se empezó a hablar de ella como de la señora vaca, pero con lo de “señora” en náhuatl, o sea, vaca tecuhtli, y ya, como nombre propio, Vacatecuhtli. El que sí era feliz, y no como vaca ni como perro, sino como un simple bribón, era Marcos.
    Cuetlachtli ya no vino más a buscarlo a él de noche para que le interpretara sueños, es decir, no lo sabía, es decir, sí lo sabía. Aclaremos: Lo que ocurrió fue que al día siguiente de la primera noche, él se acordó de la nochecita que le había dado la Vacatecuhtli y decidió que no le iba a dar otra y, así, a la hora de acostarse, tomó su arbolito y sus cartas, sus armas, su "Ave María purísima, sin pecado concebida" que tenía a la cabecera de la cama para mantener las apariencias -que le parecía menos blasfemo que un crucifijo- y sus otras cosas más necesarias, le pidió al mayordomo otro juego de mantas, dejó en su recámara el petate colocado con un bulto metido dentro de él y una mata parda asomando por arriba y se marchó a dormir a los aposentos de un compañero de los que él sabía que eran calladitos. ¡Ah! y también quitó todos los cacharros de en medio.
    Pues eso: a la mañana siguiente temprano, cuando se levantó y vino a su recámara, se encontró el petate deshecho de mala manera, la mata parda por ahí tirada y todo pateado con furia y él se sonrió de satisfacción: ¡Ay, Vacatecuhtli, Vacatecuhtli, compuesta y sin sueños!
    Y hasta ahí habían llegado.
    Ahora, estaba ya listo para salir con Cortés hacia Zempoala y enfrentarse a Narváez. El día anterior el capitán Malinche se había despedido de Moctezuma y le había hecho todas las recomendaciones y ruegos del caso, puesto que se iba con la mayoría de sus hombres y dejaba para custodiarlo y de guarnición en Tenochtitlán a muy pocos: ochenta. Aquellos precisamente en quien menos confiaba y que, teniéndolos aquí, no podrían traicionarlo y pasarse a Narváez. Quedaban también, naturalmente, muchos tlaxcaltecas, otros iban con él. Encargado de custodiar a Moctezuma y al mando de todo quedaba Pedro de Alvarado, Tonatiu. Malinche, en efecto, dejaba muy pocos hombres suyos en Tenochtitlán pero es que, si no dejaba pocos, se iba con pocos y, si se iba con pocos, podrían sucumbir ante Narváez y, entonces, los que hubiera dejado en Tenochtitlan, por muchos que fueran, estarían sentenciados.
    Cuahuipil se acababa de separar de Xiloxóchitl, que había venido a despedirse la noche antes y le había tenido compañía hasta ahora. También Teyohualminqui vino a despedirse. Lo bendijo, lo abrazó, le hizo llorar de sentimiento y, en resumen, que volverían a verse y que la protección divina estaría con él y que lo quería mucho. Vino también Marcos Bey y también Marcos Bey lloró y le hizo llorar y en esos instantes no pensó que era un bribón ni turco ni nada y sentía que lo quería de veras. Díjole Marcos:
    -Péguele de cuchilladas vuestra merced a ese bellaco de Narváez de vuestra parte y de la mía y vuelva pronto a Tenochtitlán porque lo vamos a echar mucho de menos ¡voto a tal! -y lo abrazó muy fuerte.
    Fue una despedida triste y así fue también cómo cuando, al amanecer, salió por fin con los demás para Zempoala, lo hizo con el corazón encogido y mucha angustia. Pensaba en aquel sueño muerto que vagaba en la laguna, pensaba en todos los fantasmas, en todas las penas que, como una sombra, son la compañía del ser humano, de cada uno de ellos y de todos juntos. Y pensaba también, porque no se le había olvidado en ningún momento, que había allí, en Tenochtitlán, a pesar de toda su grandeza triste, un lugar verdaderamente pequeño, sí, un corazón, que él oyó palpitar en el pecho de Cuauhnochtli y que el 12 conejo, 30 de junio, al anochecer, se iba a confesar. A lo mejor, ya antes de eso, Azrail, el ángel que recibe a los muertos, lo habría recibido a él y así sería, si ésa era la voluntad de Dios.

  2. #52
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    Otra despedida hubo. Esta entre capitanes. Y justo lo que había anticipado, se decía Tonatiu Pedro de Alvarado: que le iba a tocar bailar con la más fea. Y aquí estaba ya ella, toda ataviada con sus mejores galas. Y que Cortés le cediera en este caso la más fea debía de ser desquite por haberle cedido en Tlaxcala a la más hermosa. Claro que lo que él encontraba también muy atrayente era que, además de ser hermosa, estuviese viva y, con la fea en puertas, no se sabía quién iba a terminar estando cómo pero pintaba negrísimo.
    -Está bien. Todo está claro -había contestado él a Malinche la noche antes-. Quedo enterado. No descuidaré la custodia de Moctezuma y todos los hombres estarán siempre alerta. Todos los hombres que me vais a dejar que son… ¿trescientos, dijo vuestra merced?
    -Déjese también la vuestra de chanzas. Bien veis que no puedo llevarme menos de los que me llevo y que, si allá perdemos con Narváez, aquí no nos salva nada. Ochenta. Si custodiáis bien a Moctezuma, no hay ningún peligro.
    -Y si los de Tenochtitlán se sublevan ¿qué hago?
    -No se van a sublevar. Moctezuma no dejará que lo hagan. Ya he hablado con él. Si no los mantiene quietos, es su vida la que peligra.
    -Vuestra merced se confía en eso, pero yo no estoy tan seguro de que Moctezuma pueda impedir una rebelión, caso de que quiera impedirla, de lo que tampoco estoy seguro, sobre todo, si nos ven que quedamos tan pocos y sin caballos. Y además, los tlaxcaltecas y los totonacas, que debieran conocerlos y, lo que es más importante, que están en el mismo peligro que nosotros, no las tienen todas consigo y dicen que las fiestas del mes de Toxcatl están encima y que, si en esa fiesta los mexica no sacrifican cautivos, revientan y, si necesitan cautivos, de alguna parte los tienen que sacar.
    -Llevamos aquí ya muchos meses. Si no se han sublevado ya ¿por qué habrían de sublevarse ahora y precisamente cuando quieren celebrar unas fiestas en las que no les está permitido guerrear?
    -Primero porque eso es lo que haría cualquiera y desde luego nosotros. Y, después, precisamente por eso, porque son demasiados meses y porque, después de decirnos Moctezuma que nos vayamos, todavía no nos hemos ido, porque hemos ofendido a sus dioses, porque hemos hecho preso a su huey tlatoani y, porque, por todo eso, sus dioses y los papas que dicen que hablan con ellos, siguen queriendo que nos vayamos y si, encima, creen que va a ganar Narvaez, el hambre... ¿Dónde tiene los ojos vuestra merced? ¿Es que no ve que lo llevan escrito en la cara?
    -Tal vez vuestra merced se deja impresionar demasiado por rumores y aprensiones. Yo tengo la palabra del Moctezuma y la va a cumplir porque es lo mejor para todos y es hombre de buen consejo.
    Pues que le hiciera buen provecho la palabra de Moctezuma, porque, a pesar de eso, él, Tonatiu Pedro de Alvarado, seguía creyendo que lo mejor que se podía tener en la cabeza eran sesos, sesos corrientes y molientes de los de toda la vida y no melaza que es lo que parece que se le metía en ella a Malinche de tanto platicar con el Moctezuma. Hoy, mañana, con el Toxcatl, antes del Toxcatl o después del Toxcatl, aquella pústula envenenada terminaría reventando, como no podía dejar de ser. No verlo era querer mirar con el capricho y no con los ojos. Muy bien. Muy bien. Sí, muy bien. Allí se quedaba él, con la más fea, y trataría de bailar lo mejor que supiera, que no era mucho, pero que nadie le viniera luego a pedir cuentas de los traspiés que diese. Y hablaba de fiarse. Fiarse no se fía uno de nadie, nunca y por ningún motivo y más cuando aquella mirada, que antes había estado vacía, ahora llevaba ganas cuando iba a los brazos, ganas cuando iba a los muslos y odio cuando iba a la cara. Y ¿cómo te puedes fiar de alguien a quien le haces trampas en el juego y, en lugar de saltarte al cuello, se sonríe con elegancia? Que eso es lo que hacía Moctezuma. Si siquiera se hubiese quedado el paje de Puertocarrero, el Cuahuipil, que tenía un ángel de la guarda tan bueno, podrían haber dicho que uno al menos saldría vivo. Pero el Malinche se lo llevaba. ¡La más fea de verdad! Ahora, que a él no lo pillaban éstos para sacrificar. De ninguna manera se lo iban a comer estos deslavados, desvaídos, desmayados y descoloridos, que parecían ellos y no los tlaxcaltecas los que llevaban sesenta años sin sal. Puestos en lo peor, mejor arremeter precisamente contra los bravos tlaxcaltecas o los totonacas que tuviera alrededor para que fuesen ellos quienes se lo comieran y por lo menos que lo disfrutase alguien, porque éstos no sabían. No los tragaba. No lo podía remediar. Y cuanto más tiempo transcurría menos los digería. Oírles hablar era como imaginarse que recibía un beso de enamorado del capitán Malinche lleno de babas. Hasta las palabras que habían quedado en el aire se las quería limpiar luego. Pero ¡que Santa María lo ayudase! ¡Que Santa María, Santiago y San Pedro lo ayudasen! porque, desde luego, de lo que sí estaba seguro era de que su Luisa, que a lo mejor no fue lo bastante buena para Cortés, a él, personalmente, le satisfacía más viva que muerta y que, si amenazaba la fea, él no iba a esperar a que diera el primer golpe.

  3. #53
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    Capítulo XVII: ¿Qué habría hecho él para merecer dos veces esto?

    Una vez más le quedó claro a Ilhuicauxual quién y qué era su madre, su abuela, su padre, su abuelo... en general su ascendencia por ambas ramas. También le declaró sin ambigüedad aquella hija suya qué elementos viriles y digestivos no tenía y cuáles sí y su tamaño y calidad, además de la clase de historial que, en lo que atañía a la reproducción de la especie, cabía esperar de su hijo Ahuitzotl y... Sencillamente no quiso oír más. Aunque estaba ya avanzadísima la noche y aunque estaba muy feo y eso no se hacía y se reprocharía siempre el haberlo hecho, pidió el acale y se acercó a casa de Aculnahuácatl dispuesto a todo, es decir, a regalársela.
    Dejó el acale en el canal y dijo al acalpan que esperara hasta que volviera y, en compañía de un paje, se llegó hasta la puerta de la mansión. Pero una vez allí se detuvo. Había salido como disparado, porque el cuerpo no le aguantaba un instante más sin estrangularla, y aquí estaba, como si el disparo que lo sacó de su casa hubiera apuntado a la de Aculnahuácatl. Pero ¿había pensado algo? ¿qué le diría? ¿Acaso podía soltarle sin más: mira, Aculnahuacatzin, renuncio a mi hija por que soy un incapaz y, aunque tú no eres su padre, te la regalo? No, no podía. ¿Y qué le había hecho creerse que podría hacerlo y lanzarse de esa manera, como si fuese fácil deshacerse de Cuetlachtli? Pues diría que estaba preñada y tenía un antojo. ¿Tan pronto? diría el otro. Pues ¿qué quieres que te diga Aculnahuácatzin? ya sabes que no ha salido a su madre. Pero no. Naturalmente que no. No podía decir semejante necedad. Era tal la desesperación que le causaba esta mujer que terminaba divagando y pensando sólo disparates. Pero entonces, ¿que hacía ahí? Mejor se volví...
    -No chiquitina, palomita mía, no me retrasaré. Pero tengo que verla. Sé que está de vuel... ¡Ilhuicauxauatzin!... ¡Qué sorpresa!... ¿Pasabas por aquí así de casualidad o tenías tal vez algún otro asunto que tratar conmigo? -esto lo decía Aculnahuácatl, que salía en ese momento de su casa y se despedía de su palomita de guardia precisamente cuando el otro pensaba irse.
    -Pues... Sí. En fin... Se trata de tu ahijada.
    -¡Ah! Ahora iba para allá a verla. Ya sé que es tarde pero la impaciencia... ¿No te importará?
    -¡Por Tezcatlipoca, Aculnahuácatzin! sabes que eres siempre bien recibido.
    -¿Pero que era lo que me querías decir de ella?
    Ilhuicauxaual se quedó mudo.
    -Te escucho.
    -Está preñada.
    ¡Adiós! Decir esto y maldecirse y querer arrancarse los cabellos y las hebrillas del bigote y hasta la lengua fue todo uno. ¡Pero... si no lo quería decir! ¿Por qué lo había dicho? ¿Qué locura le había dado para caer en ese chapoteadero de insensatez? ¡Un capitán mexica!
    -¿De quién?
    -¿Como que de quién?... ¡A ver si vamos a empezar!
    -¿De la imagen del Huitzilopochtli?
    -Se entiende. Pensar otra cosa sería afrentoso. A mí al menos no me ha contado que nadie allí dentro la forzara. Claro que a mí de todas formas no me cuenta todo. Pero lo que sucede es que tiene un antojo y se quiere venir aquí contigo...
    -¡Qué feli...
    -... pero tú no le mientes lo de la preñez porque la contraría. Yo creo que por el carácter tan voluntarioso que tiene, tal vez, si tenía idea de que esto no le ocurriese precisamente esta semana, la ha disgustado y no lo admite, ni lo va a admitir hasta que la criatura tenga por lo menos veinticinco años...
    Pero ¿cómo podía estar diciendo disparates de esa manera? ¿Qué delirio le había dado? Y no podía parar. Las palabras le salían como huestes de milicias que se empujaran unas a otras por cerrar filas. ¡Qué espanto!
    -¡Eso es muy comprensible! ¡A nadie nos gusta que nos den sorpresas! !Mira la nuestra de hace once meses si nos gusta! Y que parece otra preñez, pero de lo más complicadito y dolorosito. Yo espero que por lo menos no más tarde de los quince meses logremos que no quede aquí ni uno solo de ellos sin sacrificar y sin comulgar, aunque agotemos a todas las parteras en el esfuerzo y salga una criatura de la que de todo corazón esperamos que las fieras aprovechen lo que no repartamos en santa comunión. ¿Tú sabías que ellos tienen meses de treinta días y que en consecuencia, sus preñeces son de nueve meses en lugar de quince?
    -Será lo mismo pero, así dicho, parece truculento, como que les tienen que salir las criaturas crudas. ¡Huy! ¿verdad?
    -Espeluznante, ya lo creo. Pues en cuanto a lo otro, pensaba ir a pie a tu casa, pero, si me la voy a traer, lo mejor es que prevenga el acale y que dé órdenes para que se la reciba en condiciones. Ya verás como no vas a tener ninguna queja. ¡Qué conmovedor ¿verdad? tener ese antojo conmigo!
    -Sí. A mí también me ha conmovido.
    Sin dar más pábulo a las conmociones, se separaron los dos capitanes mexicas, que además se habían visto bastante en las últimas horas y no para celebrar nada, sino para algo menos festivo. Que terminarían comiéndose a los teules o cristianos, y además de mala manera, estaba cantado. Ya tuvieron ésos sus posibilidades y su tiempo para salir de la ciudad. No lo habían hecho, pues mejor para ellos, los mexica, que más tendrían donde santificarse comulgándolos.
    Claro que con lo que no habían contado era con que el Tonatiu se adelantase tan afrentosamente y les aguara, mejor dicho, ensangrentara la fiesta. No, con eso no habían contado de ninguna manera y les había hecho mucho daño, porque fuera de algunos veteranos como él y Aculnahuácatl, todos los capitanes más estimados estaban en el templo mayor, en una de las celebraciones del Toxcatl, en la que la flor y nata de los mandos militares hacía su baile ritual y pocos de los participantes habían escapado de allí vivos. Fue un ataque traicionero y sin nombre. Si hubieran atacado antes a los cristianos, ahora no tendrían que lamentar esto pero, primero, por el Moctezuma y, después, por atenerse a la liturgia y también por esperar a que ese Narváez ganara a Malinche lo habían dejado y había salido mal. Fuera como fuera, con capitanes muertos o vivos, eran un puñado de cristianos y aliados metidos en una trampa de la que era imposible salir. Ciertamente les darían guerra todos los días, les impedirían la llegada de agua y de alimentos y al primer intento de dar un paso fuera del alcázar, caerían ya en el primer canal, lo bastante hondo, como todos los demás, para que no hicieran pie ni tres hombres subidos uno encima de otro. Y, si no, pues para eso estaban las milicias, para acribillarlos a flechazos, macanazos, pedradas, dardadas y lanzadas. Eso de ser necesario, porque lo suyo es que no lo fuera y sencillamente capturasen a todos vivos para sacrificarlos. Y los cristianos no podrían hacer nada, ni siquiera moverse para cambiar de postura, porque serían, sobre cada uno de ellos, mil mexica los que caerían y, si con mil no bastaba, caerían ocho mil y, después de eso, todavía quedarían muchos miles para seguir dando guerra. No. No saldrían vivos y al fin podrían honrar a la divinidad, que tan mal servida había estado desde que llegaron los intrusos.

  4. #54
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    31 dic, 11
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    Predeterminado Capítulo XVII: ¿Qué habría hecho él para merecer dos veces esto?

    Él y los mandos militares que no habían muerto en el baile del toxcatl habían estado, pues, muy ocupados reorganizando mandos y milicia y, cuando después de jornada y media sin respiro llegó a casa ese día, se había sentido agotado. No sabía cómo lo hacía Aculnahuácatl, después de todo ese trote, para todavía tener palabritas o lo que fuese con sus "palomitas" de turno. Para resumir, que la fiesta para él se coronó cuando llegó a casa y se encontró con que estaba allí Cuetlachtli. Aunque, para ser justo, sí tenía que reconocer que algo de bueno tuvo lo ocurrido o, por mejor decir, hubo algo malo que no tuvo lo ocurrido y es que su hijo Ahuitzotl no había estado en el baile del templo mayor...
    Ahora veía que esa falta había sido providencial y, desde luego, el muchacho podría demostrar su valía, que sí que la tenía, en lo venidero y era cuestión de que se curtiera más, no tanto en la guerra como en las miserias de la vida. Por ejemplo, en saber reconocer las excepciones. Cuetlachtli había salido de Axayácatl para hacer adoración con motivo del Toxcátl. Él, que era el padre, no lo había sabido porque nadie se lo había dicho y, hablando en plata, tampoco lo habría querido saber de haber podido, pero Ahuitzotl, siempre tan celoso de los deberes de cualquier tipo, cuando ocurrió la desgracia del templo mayor, temiendo por Cuetlachtli, la había ido a recoger de donde estaba para que no corriera riesgos si intentaba volver a Axayácatl. Y se la trajo a casa y, al parecer, el día que él estuvo ausente para organizar las milicias, Cuetlachtli estuvo pacífica porque tuvo fiebre y deliraba. Pero se repuso rápido y, ya cuando llegó él por la noche, recibió la primera bienvenida filial:
    -Pero ¿acaso pedí yo que nadie me rescatara de los teules, cacho pasmado? ¿Acaso lo pedí, milicia de mamones? ¿Es que no tienes otras cosas en las que mandar? ¡Por qué no te la meterías en la boca el día ese al que le achacas ser mi padre! ¡Qué poquito es llamaros inútiles! ¡¡Y como vosotros sois unos inútiles, yo, en vez de hacer allí lo que tengo que hacer, me tengo que estar aquí rascándome mi lugarcito...!!
    Y al decir esto le hacía el gesto y aquello era algo que lo ponía fuera de sí y que no podía soportar. La quería matar. No tenía pudor. ¡A su propio padre! Y luego siguió chillando y señalándole con procacidad tras procacidad todos los errores de la triple alianza... Huyó de ella, buscó a Ahuitzotl y salió con él a dar una vuelta por el canal para enterarse de todo y de cómo era que estaba en casa aquel castigo. Los años pasados con ella habían sido una pesadilla peor si cabía que la del templo mayor. Un capítulo larguísimo de su vida que había dado por concluido y que no había descubierto hasta qué punto se la había amargado y le había destruido el carácter hasta estos días en que estuvo en su casa y tuvo paz, contento, comunicación con su hijo del alma...
    -Pero, hijo, ¿cómo se te ocurrió traértela?
    -¿Y qué íbamos a hacer con ella? El que es imagen del Huitzilopochtli es sin duda algún encantamiento que han hecho en nuestra contra porque en nada nos ha favorecido y seguro que estaba en el templo mayor cuando acuchillaron a los nuestros. No podíamos consentir que Cuetlachtli se quedase con ellos para su disfrute.
    -Sí podíamos.
    -Padre, ¿cómo puedes decir eso?
    -De todas las mujeres que hay en el imperio eso sólo lo puedo decir de una. Mala suerte que sea precisamente hermana tuya. Tenías que haberla dejado. Es algo que no se debería hacer nunca, pero alguna vez en alguna parte siempre hay una excepción a todo. Bueno es saber cuándo hay que hacerla.
    -Yo creía que hacía bien.
    -Claro, hijo. Si creías que hacías bien, bien está lo hecho, pero ten en cuenta también lo que te he dicho. Por hacer las cosas bien a veces hay que pagar un precio tan caro, que es mejor hacer alguna mal, para poder hacer bien otras. Tenlo presente.
    -¿Y qué podemos hacer ahora? Mandarla a Axáyacatl ya no es posible, porque nosotros mismos lo tenemos sitiado.
    -Con un poco de suerte, viene a visitarla el padrino y la amansa ... un ratito.
    -Lo siento, padre.
    -No, hijo. Has hecho lo que has creído justo. Olvídalo, si podemos, y, para otra vez, ya lo sabes.
    Desde luego habrían hecho mucho más daño a los sitiados dejándoles allí dentro a Cuetlachtli. En fin. Tampoco podían quedarse toda la noche ahí fuera. Tendrían que volver a su casa, en la que ya el ruido de cacharros hechos añicos volvería a ser el alegre son que acompañara su felicidad doméstica. Al menos a su hijo Ahuitzotl no se lo habían matado y, si lo salvaba de las garras de su hermana, aún podría darle alguna alegría.
    Después de eso es cuando se fue a ver a Aculnahuácatl y le dijo las mayores majaderías de su vida. Pero, a estas alturas ¿que valor podía tener lo que se debe y lo que no se debe, lo que está bien y lo que deja de estarlo cuando todo se derrumba más de prisa de lo que uno es capaz de encajar? Que Aculnahuácatl pensase de él lo que quisiera, que a Cuetlachtli le pasara lo que le diese la gana, que lo calificasen de padre negado y de hombre cobarde, que lo borrasen de donde hubiera que borrarlo, le daba igual. Sí, tonterías eran las que había dicho a Aculnahuácatl, pero se sentía libre, se sentía libre, ruin, pero libre y estaba resuelto a que Cuetlachtli dejara ya de concernirlo. Ya había salido, ya estaba colocada, ya le había hecho el traslado a Aculnahuácatl. Con ello se desentendía él para siempre de algo de lo que no podía sentirse responsable sencillamente porque estaba más allá de su poder o capacidad.
    ¿Y cómo se sentía Aculnahuácatl? Pues muy bien, a pesar de los hijos que le habían matado en el templo mayor. Pero eso eran gajes del oficio. Guerrero en la guerra, guerrero en el baile. Huitzilopochtli los tenía en su paraíso. ¿Cabía nada más honroso y feliz? Y aquí abajo, pues él no había gastado ni medio pensamiento en decidir si Ilhuicauxaual era buen o mal padre, calzonazos o despóta doméstico ni lo iba a hacer jamás, porque no le interesaba maldita la cosa, porque lo que le interesaba, aparte de sus obligaciones militares, era lo que estaba haciendo en estos precisos momentos:
    -Pasa, ahijadita mía, y cuéntale ahora con tranquilidad a tu padrinito lo que te acongoja, porque tú verás que remedio hay para todo y, aunque no lo hubiera para nada, con tu ingenio y mi disposición a hacer tu voluntad lo hallaríamos. ¡Hale mi palomita! Seca esas lagrimitas celestiales aquí en mi ropita y vamos a destrozar eso que te hace llorar.
    Parecerá mentira, pero era verdad que Cuetlachtli, la Vacatecuhtli de Axayácatl, estaba llorando. Un llanto histérico de impotencia, de rabia, de indignación, del que no le resultó fácil calmarse. En casa de su padre la rabia le hizo sostener el tipo hasta que la echaron, que sabía perfectamente que la había echado su padre, con mucho disimulo, como hacía él todo, pero la había echado, porque es más fácil taparse los oídos que oír la verdad, que es la que ella intentaba hacer ver.
    -Padrino, no podemos con ellos.
    -¿Con quiénes?
    -Con los teules.
    -¿Tú crees, ahijadita? ¿Qué es lo que te hace verlo así?
    -Padrino: yo tenía que haber estado con esta gente desde que llegaron, así ahora sabría más cosas, sabría su lengua y podría haber servido mejor a nuestra causa -así decía Cuetlachtli, todavía temblorosa e indignada.
    -Explícate, hijita, y tranquilita, que yo no tengo ninguna prisa y te voy a escuchar todo, todo lo que tú tengas que decir porque no tengo ninguna otra cosa que hacer en esta vida.
    -Padrino, Moctezuma tiene razón. No podemos con ellos.
    -Tú antes no opinabas así, hijita. Dime qué has visto o has sabido que te haya hecho cambiar de parecer.
    -El coger a los que están en Axayácatl aquí dentro y que no salga ninguno vivo es tan útil y glorioso como apoderarse de un rabo de lagartija.
    -¿Crees que su rey nos mandará a más gente?
    -Es que no hay un rey sólo, padrino. ¿Tú sabes lo que es un turco?
    -¿Algo de comer?
    -Es una manera de gente como los cristianos, pero no son cristianos. Hacen mucho daño a los cristianos y tienen grandes guerras y navíos enormes que van por el mar y echan gente en todas las costas. Y estos turcos son sólo una de las maneras de gente que hay por allí. Y hay otros que también son cristianos, pero que no van a una con los demás, sino por su cuenta y son temibles. Y todos ellos, éstos y los otros van y vienen continuamente en esos grandes acales en viajes que duran días y días. Padrino ¿a ti te hubiera gustado ser un gran capitán y militar tan distinguido por la gran hazaña de apoderarte de un rabo de lagartija?

  5. #55
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    Predeterminado Capítulo XVII: ¿Qué habría hecho él para merecer dos veces esto?

    -Ciertamente que no, hijita.
    -Pues eso es lo que va a dar de sí esta gran hazaña de acabar con los que están aquí e incluso con esos otros que han ido contra los suyos en Zempoala. E insisto, padre, padrino, hay muchas lagartijas. No te puedes imaginar la cantidad de lagartijas que hay en otras partes del mundo... ¿No se podría parar esto?
    -¿El asedio a los cristianos? Yo no podría pararlo, hijita. Y, aunque fuera rabo de lagartija ¿qué podemos hacer más que quedarnos con él a falta de otra cosa y qué daño puede hacernos? ¿Temes, como digo, que su rey mande más gente a vengarse?
    -Eso muy bien pudiera ser, aunque en el presente caso se podría decir que quisimos ayudar al Narváez por creerlo más fiel a él, pero entonces tendremos aquí al Narváez y vamos a estar en las mismas. Sería mejor hacer lo que hace el Moctezuma. Hay que sacrificar lo poco para ganar lo mucho y sobre todo ganar tiempo y aprender todas sus cosas y su mundo para luego darles en la cresta y sacarles con creces lo que nos hayan sacado a nosotros y más si se puede, pero para eso hay que actuar con paciencia y sin exaltarse y buscar alianzas tan interesadas como nosotros en su contra, como los turcos.
    Esto que decía Cuetlachtli era realmente lo que había estado pensando los días que pasó en Axayácatl, unos días en que la deslumbró cuanto veía y cuanto apenas, por la dificultad de la lengua y distancia de mundos, entreveía, aunque eso poco que había entrevisto y todo lo que alimentaba su imaginación, según lo que le oía decir a Marcos Bey y decir de él, era como un inmenso fuelle que animase la hoguera de su sed de conocer.
    -Y ¿no es posible, hijita, que te hayan dado a entender todo eso para que luego tú vengas y nos lo cuentes y menguarnos el ánimo?
    -No, padre, ...padrino, no son cosas que me hayan dicho a mí ni de las que nadie haya estado pendiente que yo me entere. Y está también lo que he visto yo misma. Están enseñando sus artes militares a los tlaxcaltecas y muchos de éstos manejan ya las armas de los cristianos y usan tácticas como las de ellos.
    Sí, eran muchas las cosas que había pensado Cuetlachtli en Axayácatl. Había soñado con que hubiera tiempo para que ella y otras u otros como ella aprendieran todo lo posible de los teules, supiesen sus debilidades, aparte del juego, que las tenían, y no era la menos sorprendente el miedo a morir sacrificados y a que los comiesen, y, entretanto, dar largas, disimular e irles ganando terreno en su propia casa, sin ruido y sin levantar suspicacias. Todo eso, sin embargo, ahora, en el silencio de la noche, rodeada de estas paredes que la escuchaban escépticas, como si ella misma les fuese extraña, y su padrino, ahí, a sus pies, todo atención, todo sacrificio, como la llamita de una vela encendida ante ella como único recurso contra la oscuridad... era tan poca cosa, era tan irreal, tan fantasmagórico... La distancia entre esto y el dominio de lo otro parecía tan formidable... ¿Quién salvaría lo que la rodeaba? ¿Quién salvaría a su padrino? ¿Quién salvaría este mundo? ¿Quería acaso salvarlo ella? Sí. Y no. Ella había estado harta, harta de todo: de su vida, de los planes que habían hecho para su vida, de los que hubiera podido hacer ella, de su padre, de su hermano, de sus profesiones militares, de las mismas campañas de siempre con las mismas ambiciones de siempre, con los mismos resultados de siempre, con las mismas ceremonias, los mismos discursos, las mismas doctrinas de siempre. Sí y no. Y tampoco había estado a disgusto en Axayácatl. Si iba a ser sincera, hasta había terminado mirando a los tlaxcaltecas sin detestarlos y, en alguna ocasión, para consternación suya, sin desdén. Y luego estaba también aquella voz, que ahora parecía llegarle como si fuera un cristal, del que llamaban Cuahuipil, cuando en el silencio de la noche pronunciaba el nombre de Huitzilopochtli, y nunca había escuchado nada tan amoroso. Pero no quería, no, no quería que Tenochtitlán se hundiese en el anonimato de aquella lejana sopa de lagartijas como un simple rabito. Mas, para que eso no sucediese, tenían que pasar por ese puente, ese puente que se les había tendido y caído del cielo. Y por eso el día que la secuestró su puto hermano Ahuitzotl, cuando la fiesta del Toxcatl, había ido a rezar, con una devoción con la que jamás había rezado hasta entonces, para que Tezcatlipoca guiase los destinos de ella y de su patria por el mejor camino.
    -¿Por qué se habla de quitar a Moctezuma de huey tlatoani?
    -Porque lo tienen preso, hijita, y no podemos tener un huey tlatoani que está preso del enemigo.
    -Y sin embargo él, preso y todo, es mejor que otro.
    -Seguro que es como dices, hijita. ¿Qué te parece que podemos hacer?
    Nuevamente las paredes en penumbra respondían con su silencio, con su abismal ignorancia, como dando la espalda a las inquietudes de Cuetlachtli.
    -Hay que parar la guerra.
    -Tal vez antes de que nos mataran a tantos en el templo mayor hubiera podido convencerse a alguien, dudo que a muchos, con buenas razones, de no hacerla. Ahora, hijita, te lo digo: sólo seríamos tú y yo, y tal vez Moctezuma.
    Aculnahuácatl, hizo una pausa no sabiendo cómo hacer menos penosa su afirmación y, luego, en el tono de quien no pudiendo resolver lo demás, decide ir a lo que sí tiene remedio dijo:
    -¿Te han tratado bien allí, hija?
    -Sí, claro que me han tratado bien. A ver si crees que yo iba a consentir otra cosa.
    -Y el Huitzilopochtli ¿ha sido caballeroso contigo?
    -¿Ése? Ése es un redomado tramposo, mentiroso y loco y de parecido con el Huitzilopochtli no tiene nada. Se parecerá, se parecerá lo mismo que yo no me parezco, pero nada de nada de Huitzilopochtli.
    -Pero ¿te ha hecho algún daño?
    -¿Daño? ¡Qué va! Trampas todas las que quieras, pero yo a él le he hecho más. Él vivió entre turcos y me hubiera gustado saber más cosas pero, como no entiende nuestra lengua ni yo la suya, pues no me he podido enterar de casi nada. Si no llega a ser por ese catanalgas de Ahuitzotl, ahora podría estar yo ahí aprendiendo cosas útiles. Pero no: estoy aquí, bien a salvo y a resguardo y sin que esos horribles teules gocen de mi belleza. Eso sobre todo.
    El tono con que dijo esto último fue de iracunda impaciencia y de amarguísimo y desdeñoso sarcasmo, que además no llevaba segunda intención, porque el humor de Cuetlachtli no estaba para segundas intenciones y en ese momento ni siquiera se acordaba, y menos le importaba, que siguiese virgen.
    -¿Quieres volver con ellos, hijita?
    -¡Claro que quiero! ¡Ya me dirás qué hago aquí!
    -Tenemos que mirar eso. Ahora no podrías pasar a través de los nuestros y, probablemente, en la circunstancia y habiendo desaparecido justo cuando empezó la pelea, tal vez los mismos teules no querrían que volvieses pero estaremos al tanto y, si hay una buena oportunidad para que vuelvas, hijita, yo te ayudaré para que lo hagas y, desde luego, tienes mi bendición para eso y para cualquier otra cosa que desees.
    -Y ahora ¿qué voy a hacer aquí todo el tiempo?
    Aculnahuácatl pensó que podría tejer pero cualquiera se lo decía, no porque él quisiera a todo trance que tejiera, sino porque sí le parecía que tenía que ser un bonito entretenimiento y, en cualquier momento en que no hubiese mucha guerra y cuando no lo viese nadie, él estaba por probar.
    Cuetlachtli miró entre sus cosas a ver si por casualidad tenía algo de lo que buscaba. No. No lo tenía. Claro, como pensó que volvería a Axayácatl, ni se le ocurrió traerse una baraja y ahí la tenía, una única carta que le tomó a Marcos sólo para fastidiarle porque había tenido el atrevimiento de concertar una partida de rentoy de a seis sin contar con ella. Pues ¡hala! ahora que se las apañase con un as de menos. Eso para que fuera aprendiendo a no tenerla en cuenta.

  6. #56
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    Predeterminado Capítulo XVIII:De cómo, pese a la ceguera de las flores, cualquier guerra es florida

    Según dicen las crónicas, durante esta expedición de las huestes de Malinche o Cortés a Zempoala a don Pánfilo de Narváez le fue mal, a Malinche le fue bien y en Tenochtitlan todo les fue mal a todos. Cortés -alguna vez tenían que salirle mal las cuentas- no calculó todo lo que podía ocurrir y, estando en Zempoala, recibió noticia de Alvarado de que la ciudad se había sublevado, de forma que, allí y en el acto, hubo de deshacer todos los planes que se había hecho y, con su gente y con la gente de Narváez que se le había unido, emprendió a marchas forzadas el regreso a Tenochtitlán.
    El alto en Tlaxcala en el camino de vuelta lo aprovechó Cuahuipil para casarse apresuradamente con Ilhuicáatl y si, por una parte, se sintió frustrado de tener que separarse tan de inmediato, por otra, agradeció que el acto religioso fuese también brevísimo y que no tuviera que sufrir por tanto el fingimiento que con los años no le iba siendo menos enojoso, sino más. Al menos la vio y la estrechó, sintió su mirada cálida y chispeante, su olor, sus manos, que no eran muy finas, pero tan reales… toda ella era real, más real que cualquier cosa de este mundo. Y aun cuando envejeciera y aun cuando se la comieran los gusanos, sabría que esos gusanos serían lo más real…
    El ánimo que le levantó el encuentro con ella se le fue esfumando cuando, tras las marchas forzadas por llegar, encontró en Tenochtitlán una ciudad ahora hosca y silenciosa, con el sueño de sus aguas agitado. Y ese ánimo se le hundió del todo cuando entró en un alcázar de Axayácatl sitiado, derribado e incendiado en partes, lleno de cascotes, vacío de alimentos y abastecido de agua tan sólo por el milagro de un pozo abierto cuando acució la necesidad y que, habiendo podido resultar de agua salada, resultó de agua dulce. Cuahuipil sintió dolor. Aun antes de entrar en la escombrera con olor a yeso y a quemado en que se había convertido su hogar de varios meses, se sintió entristecido por el silencio, por la distancia que ahora lo separaba de tantas gentes humildes, algunos conocidos por nombre, tantísimos anónimos, a los que había llegado a querer. Hombres y mujeres sencillos, sin mundo y sin ambición, que oraban ante las imágenes, que llevaban a sacrificar culebritas y mariposas, que ofrendaban papeles pintados y copal con el corazón en la mano y el alma en los ojos. Los mismos ojos de su madre, que él recordaba ahora mejor que nunca, cada vez que rezaba, cinco veces al día, cada día, por encima de Santo Oficio, por encima de enfermedad, de hijos desobedientes, de cacharros sin vender o de reyes inicuos, por encima del día y de la noche, por encima del mundo y del vacío, como si aunque todo eso negara o callara, Dios inequívocamente se dirigiera a ella en persona y a través de ella, de sus ojos, dijera: Yo soy y nada es sino Yo. Era aquello la adoración: la certidumbre y el sentimiento, como nave que por encima de cualquier temporal llegará a puerto. Y había tenido que venir a las Indias para saber esto o para darse cuenta de que lo sabía. Tenía que haber venido aquí para que estas gentes le dijesen en otro idioma, pero con las mismas manos y los mismos ojos, quien y qué era su madre. ¿Sería por eso por lo que había venido a las Indias?
    De niño aprendió sus oraciones rituales, el azalá, y durante un tiempo las hizo, luego, lejos del hogar, lo fue dejando. Sólo cuando se había reunido con otros cristianos nuevos, había rezado con ellos. Lo único que no había dejado de hacer nunca, ni una sola noche, era recitar la primera azora del honrado Alcorán antes de dormir. Y, si había dejado la práctica, no es porque no creyera. Nunca había dejado de creer y todas sus confesiones y actitudes cristianas sólo no eran falsas en la medida en que coincidían o no estaban en pugna con las suyas. No había dejado de creer, no había dejado de amar al profeta y a la familia del profeta y a todos los profetas y a los ángeles y a los santos y a toda la creación, pero sí había dejado de sentir. No. No es cierto. Era eso precisamente, no había dejado de sentir porque no recordaba haber sentido nunca. Si hubiera sentido alguna vez no lo hubiera podido olvidar ni hubiera podido dejar nada. Y así sucedía: que después de conocer las grandes casas y los palacios de España y las Indias, después de haber vivido día a día la increíble etiqueta y la opulencia de la corte de Moctezuma, de estar en el trato más o menos próximo de personajes magníficos, indios o cristianos, por nada de eso sintió no ya envidia, sino deseo, ni siquiera gusto. En cambio, en las caras de la gente humilde y devota que, con el corazón rebosante, se acercaba a los dioses, en el recuerdo de su madre, de su hermana misma, se quedaba clavado como quien ve lo único que codicia. Esos sí eran ricos, esos sí tenían algo que él no podía alcanzar ni ganándolo ni robándolo. Los juristas, los reyes y los eclesiásticos podrían derramar mil años de tinta. La razón la tenían esas manos y esos ojos. ¿Y por qué yo no?
    Como el último flamear de una fogata ya a punto de extinguirse, a la llegada de los de Zempoala, se reavivó un poco el ánimo de los cercados. Desde que se supo en Tenochtitlán que había perdido Narváez, habían cesado los ataques tenochcas contra Axayácatl y ahora había calma. También en las crónicas está escrito cómo y por qué esa calma no iba durar. Malinche, que tanto lo apreció y que tanto se le asemejaba en muchos aspectos, no anduvo en esta ocasión ni hábil ni benigno con Moctezuma y estas dos faltas no tardó la ciudad en acusarlas. Más a pesar de los errores, humano era al fin, la presencia de Cortés infundía confianza. Es sabido que los padres se equivocan, y a veces gravemente, pero ¿quién no se siente seguro cuando está el padre? La sensación que tuvieron los sitiados a la vuelta de Malinche fue precisamente esa, la de que el padre hubiera vuelto.
    En cuanto a Xiloxóchitl, estuvo mal cuando se fue Malinche, se alivió muchísimo cuando se alzó la ciudad, hasta podía decirse que estuvo en su salsa, aunque, en la circunstancia resultaba macabro hablar de salsas, y desde ayer estaba bastante mal, peor que cuando se fue Malinche. Y así de mal lo encontró Cuahuipil. Tenía los nervios tensados y a punto de romperse en todas direcciones. Sabía que tenía que hacer algo para recobrar el equilibrio, pero no atinaba. La marcha del capitán Malinche lo desasosegó por lo que tenía de deformidad lógica. Los tlaxcaltecas y totonacas y digamos que no mala parte de los cristianos habían entrado en Tenochtitlán y llevaban todo ese tiempo en la ciudad porque se habían metido allí acompañando a Malinche, no porque fuera idea de ellos. El que ahora Malinche estuviese fuera y ellos dentro era una deformidad lógica. La vuelta de Malinche devolvía la lógica a las formas y aunque ya, a partir de ahora, fuese todo catastrófico, al menos sería lógico, lo cual apaciguaba algo. Además, ahora ya sabía que Cuahuipil e Ilhuicáatl se habían casado y, sucediera lo que sucediera, nadie discutiría a su hermana sus derechos de viuda. Pero y, entonces ¿el desasosiego? Pues lo de siempre: al desaparecer Cuetlachtli de Axayácatl se sintió libre de un tormento insoportable y fue todo lo feliz que podía serlo en sus circunstancias pero en un momento del día anterior Marcos Bey había exclamado en voz que pudo haberla oído hasta la mentada:
    -¡Voto a los mil que ahora que estamos aquí todos tan a gusto lo que echo de menos de verdad es a esa bellaca de barragana mía, mi Vacatecuhtli!
    -Yo no -se dijo él en un susurro que no oyó nadie.
    Le salió este "yo no" helado y sin pensarlo. Ese “mi” que había dicho Marcos Bey antepuesto a “Vacatecuhtli” lo había matado y esas palabras heladas fueron el vaho en el que se plasmó el frío de cadáver que lo invadió. Y la lucha subsiguiente fue la de tantas veces, la del disimulo. Un batallar que ya lo tenía también al cabo de sus fuerzas y nada deseaba tanto como que los tenochcas volvieran a dar guerra para que no lo dejaran pensar en esta otra lucha que le estaba haciendo del alma una piltrafa.
    No tenía de qué preocuparse, los tenochcas estaban completamente de su parte y la espera no duró mucho.
    Acabó el descanso, el reacomodo de los retornados y el acomodo de los que llegaron con Narváez y aún no conocían Tenochtitlán ni hubieran querido conocerla nunca, en total mil cuatrocientos sesenta hombres y noventa y seis caballos. Y, con el fin del descanso, empezó una tempestad que había de durar ocho días, días en los que no dejó de rugir el viento y azotar la lluvia. Un viento ensordecedor que no estaba hecho de aire, sino de gritos, de alaridos, de imprecaciones, de ¡al arma!, de atabales, bocinas, pífanos y silbidos; del zumbido de flechas, de dardos y de piedras, mas nunca de silencio. Una lluvia hecha de heridos, descalabrados y muertos y de todo lo que los hería, los descalabraba y los mataba.
    Última edición por carcayona; 03/05/2012 a las 22:58

  7. #57
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    Pero aquí no se describirán gestas ni batallas porque eso y todo lo acaecido desde el regreso de Malinche hasta la huida de Tenochtitlán ocho días más tarde también está relatado en las crónicas. Y si en alguno de los breves respiros entre el pelear de un día y el del siguiente tuvieron los sitiados tiempo para algo, aparte de cerrar boquetes, apagar fuegos, reparar armas y curar heridos, seguramente fue para rezar, para temer, para lamentar y para devanarse los sesos sobre su tribulación.
    Más tiempo tuvieron los sitiadores, puesto que se remudaban, y tal vez menos angustia, aunque es posible que también se devanaran los sesos y, desde luego, es seguro que también rezaron y que, con cada día, se confirmaban en la exasperación con la que querían acabar de una vez con aquel cuerpo extraño enquistado en su ciudad. Y también, entre unos y otros, tal vez alguien halló lugar para soñar que no todo era locura y vendaval y que en los latidos de algún corazón estaría la promesa de la piedad divina.
    No ese sueño exactamente, más sí uno que tal vez se le asemejaba en algo es el que tuvo Cuahuipil. ¿Sería ese sueño la respuesta al pesar que le causó la muerte de Moctezuma? Porque sí le apesadumbró el suceso y no por lo que pudiera ennegrecer el porvenir de cristianos y aliados sino aparte de eso. Hasta entonces, Moctezuma había sido para él un tirano más, como el propio rey de Castilla, como el anterior, el regente Jiménez de Cisneros, que Dios tuviera en sus santos infiernos, como tantos que Dios, en su infinita sabiduría, permite que aflijan a los seres humanos. Sí, un tirano. Y no pensaba ahora de manera diferente sino que, en aquellos ojos tristísimos con que Moctezuma habló a los suyos por postrera vez estaban como en un estanque anegado todos esos meses, desde la llegada de los cristianos, en que lo que había sido hasta entonces un camino de triunfos y tributo a su indudable inteligencia y capacidad política empezó a mostrarle su reverso, cuando los triunfos y el tributo lo abandonaron a él para irse con otros. Le hubiera sido fácil entonces haber apelado a la demagogia y la grandilocuencia para salvar el propio brillo, aunque a su imperio no le sirviera de nada. En Tenochtitlán, como en cualquier imperio amenzado, hubiera encontrado gran eco esa actitud y, aún después de su muerte, hubiese sido alabado por patriota si hubiese optado vivir su tragedia para el mundo. Pero eligió otra cosa: el ingrato camino de la verdad, lleno de espinas y que rara vez recibe premio en este mundo. Trató, trató, hasta el último instante, tragando hieles y soledad, de salvar lo que se le había encomendado. No se engañó ni a sí mismo ni a Dios y, si los hombres se engañaron con respecto a él, tampoco cabía esperar otra cosa, la debilidad humana adora el engaño. Pobre huey tlatoani que, finalmente, después de ser tirano y despóta, eligió ser verdadero y murió en un empeño que resultó ser imposible. Los errores acumulados a lo largo de la ascensión imperial de Tenochtitlán habían destilado una hiel que le tocó apurar a él. El mismo poder que había llegado a detentar el imperio tenochca se interponía en el cumplimiento de su deseo, por toda la desconfianza que había levantado. Seguramente en esos últimos meses de luchar contra corriente debió de soñar con que los teules no fuesen a ser tantos, que no fuesen a seguir viniendo, que detrás de este Narváez no hubiera otros miles, millones, centenares de millones dispuestos a venir. Pero eso no lo creyó de veras, sólo como un deseo, como un respiro al agobio de una lucha tan desigual, porque el corazón ya se lo decía que no iba a ser así, que lo mismo que llegaron los de las siete cuevas y otros antes que ellos, llegaban éstos, para quedarse. Lo tenían escrito en la cara y, cuando no les veía las caras, en el aire que habían respirado estaba escrito. Para quedarse, como todos los que venimos a este mundo: venimos, nos quedamos y, cuando los dioses quieren, nos vuelven a llevar y, mientras estamos aquí, nos traen y nos llevan como briznas en el viento. Y es que nada es nuestro, todo es don divino y, cuando se cae en el error de creer otra cosa, tarde o tremprano, la mano divina nos saca del engaño. ¡Triste huey tlatoani y siempre tantos tristes demasiado tarde! Siempre se llega demasiado tarde a ser bueno. Y siempre cuando se es muy bueno la muerte llega pronto. ¿No lo dice eso todo el mundo, que Dios se lleva siempre a los mejores? Si ahora Moctezuma se había vuelto sincero, era que ya le había llegado su hora. ¿Qué necesidad hay de vivir cuando ya en el corazón no cabe más bondad, o más abnegación o más heroísmo o ya se ha dejado el lastre de las quimeras de este mundo? La tierra no puede sostener un corazón tan lleno y lo devuelve a su Dueño.
    Sin duda eran éstos pensamientos hermosos que plasmaban su arrepentimiento por no haber tenido caridad, aunque sólo fuera con la intención, con alguien que, por más acatos que se le hicieran, al cabo, allá al extremo de sus grandezas, había llegado a encontrar la verdad de su condición y había apurado las hieles de su destino sin darles la espalda ni esconder el rostro. ¡Que Dios se apiadara de su alma y de la de todos! Ahora que, ¿por qué unos pensamientos que le causaban tanto pesar, pero que eran tan elevados, tuvieron que darle un sueño tan...? ¿Tan qué? Era un sueño estrafalario y no sabía si blasfemo, con unos ángeles que, que Dios lo perdonase, no sabía de dónde se habían escapado. Del infierno seguro que no, no creía, porque angelitos sí que eran. Pero seguro también que había algún otro sitio, fuera del paraíso y de la gloria, de donde podían haber salido... ¿de la tierra? Sería eso. Pero también ¡a ver de qué tierra! ¡Y cómo hablaban! Le hablaban al Moctezuma en castellano. Castellano, sí, pero era un castellano que, si su madre lo sorprende hablándolo, por si acaso lo primero que hace es llevarlo al médico de locos y dejárselo allí para no recogerlo sino una vez arreglado. Y, aunque los muertos saben todas las lenguas, menudo susto, nada más morirte, que te caigan encima unos anfitriones celestiales como aquellos.
    .
    .
    .
    -¿Passsa tronco? ¿Qué tal en el túnel del tiempo, eh? -le decía el jefe de la pandilla de angelitos a Moctezuma.
    -¿Dónde estoy?
    -En el barrio de los calvos, colega, u séase, en el más allá! ¿No nos ves que somos angelitos? Y ¿qué? ¿qué me dices? Anda, que de buena te has librado ¿eh? ¡Vaya meneíto que se traía la guripada por los Tenochitlanes, tronco –y, mientras decía esto el que llevaba la voz cantante, otros miles de angelitos con unas pintas indescriptibles, daban vueltas bailando alrededor del huey tlatoani, aullando y dándose con la mano en la boca.
    -¿No seguirán matándose todavía?
    -Pues seguro que sí. Para que podáis venir todos al más allá, tendréis que diñarla en el más allí, digo yo. Esa es la consigna. A ver, si no, cómo va a ser. Pero para ti eso está clausurado y concluso, chaval, y aquí todo es de reverenda madre y guay del Paraguay. ¿A que sí, colegas?
    -¡Se acabó! ¡Uh, uh, uh! ¡Se acabó! ¡Uh, uh, uh! ¡Se acabó! ¡Y ahora ya mi mundo es otro!
    -¿Lo ves, Mocte?
    -Sí, sí. Ya veo mi señor angelito.
    -¿Y a nosotros? ¿Nos guipas? ¿A que no nos imaginabas de esta manera a mi equipo y a mí, eh? A mis cohortes es que les va el rollo macarra ¿sabes? por eso tenemos estas pintas. ¿A que flipas con nosotros? Entonces, ¿qué? ¿Ya te haces una composición de quién soy o me tengo que presentar?
    -Pues no... No sé, mis señores.
    -¡Tronco! ¡pero si sabes menos que un caballito de cartón! Es igual. Me presento: soy el Azrail, para servir a Dios y a usted, uno de los cuatro angelitos principales, que tengo el curre de recibir a las almas de los cascantes y llevarlas... ¿No te imaginas a dónde, colega? Pues a un lugar idilídico, dabuten. Ni te lo imaginas, colega. ¿Quieres que te lea ya la papela?
    -¿La papela? Pues como disponga mi señor angelito.
    -Vamos a ver, ábrete de orejas, tronco, que te leo: "En la gloria, a tantos de tantos del tantos" Esto de tantos de tantos del tantos no es ninguna fecha, es por las formas, para que los muertos no extrañen mucho, porque aquí fechas, fechas no hay. Sigo: Por la presente, Yo, el Todopoderoso, una vez vistos los antecedentes oficiales y penales del gachó Moctezuma y averiguado que la palmó en una tienta de campaña con todas sus circunstancias, ordeno por el presente auto a mi testaferro Azrail, jefe de la cuarta región angélica con sus cohortes, se sirva conducir y colocar en el Edén..." ¿Escuchas, colega?: El Edén ¿qué te parece?

  8. #58
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    -¿Eso es quizás el nombre de alguna taberna?
    -¿Una taberna? ¡Guipaos lo que chamulla el julai! Taberna dice. ¡Es el Paraíso, colega!
    -¡El Para, el Para, el Para-paraíso! ¡El Mocte, el Mocte para el Paraíso!
    -Eh, callad, callad un momento que le explico: ¡Tronco, taberna dices! Pero, Mocte, colega: ¡El paraíso, el famoso paraíso, tío! Yo creía que habías oído hablar de él. Pero bueno, vamos a finiquitar la papela y luego si quieres nos preguntas porque como empiecen estos a meter el cazo aquí, en la mitad, no acabamos en una eternidad. Sigo: se sirva conducir y colocar en el Paraíso en plaza en propiedad y per secula seculorum, para siempre amén al gachó Moctezuma Chocolate...
    -Xocoyotzin.
    -¿No es Chocolate?
    -Es Xocoyotzin, que quiere decir “el Mozo”.
    -... bien. Corrigiendo. Sigo: para siempre amén al gachó Moctezuma Mozoyotzin. Y, para que así conste y se ejecute, en el ejercicio de Mi autoridad, expido el presente en la gloria a tantos, de tantos del tantos. Firmado: ilegible. ¿Qué querías preguntar?
    -¡Que pregunte! ¡Que pregunte! ¡Queremos contestar! ¡Queremos contestar! ¡Uh, uh, uh, uh!
    -¿Tu ves, colega como están todos de participativos? Venga, pregunta.
    -No, nada, que según tenía entendido el paraíso es para los que mueren en la guerra y yo, estrictamente, no puedo decir que muriera guerreando. Habiéndome muerto sin pena ni gloria me correspondería ir al Mictlan.
    -¿Al Mictlán? ¿A vosotros os dice algo el Mictlán?
    -Será algún producto de limpieza nuevo.
    -¡Que no! Que seguro que es esa barriada que queda por detrás del Pozo de la Blasa!
    -Yo creo que es una parada de la línea ocho.
    -No. ¡Esa no! Yo digo que es la de los desmontes de Vaciamadrid, por hacia la venta del Pinreles, donde les cambian las matrículas a las cafeteras robadas.
    -Pero ¿qué chorradas decís? Que no sabéis de civilizaciones. Por lo que dice el Mozte, lo del Miztlán ese, que es, como quien dice, donde van los que se mueren del bodrio, tiene que ser algún sitio de esos pijos..., por el barrio de Salamanca o por ahí. Será algún "pus" de esos que, como están tan a oscuras, te sacan un ojo al cobrarte.
    -¿Y no se referirá al pulgatorio? Que a lo mejor a lo que se refiere es al pulgatorio...
    -A mí me es indisoluble donde esté ese muermo del Miztlán. Lo que tenemos que hacer nosotros es llevarnos de una vez al julai al Paraísito que le va a encantar. Y como le entretengamos más va a decir que qué poca formalidad y que cuánto tardamos en despachar al personal y que somos unos angelitos de chufla que no damos ni clavo. Y el Miztlán ese, pues mira, a quien le toque que le cunda, y a mí, como si se trocea la cachimba. Eso va a ser todo cuestión de versiones, que los que se encargan de las papelas a veces con el exceso de trabajo se hacen un lío con los conceptos, pero aquí no pasa nada, que todo a la postre es lo mismo.
    -Pero entonces ¿no habrá algún error en destinarme al Paraíso?
    -¡Horror, un error! Oye ¡eh! ¡eh! ¡vosotros! Que vamos a cantar todos juntos. ¡venga!: ¡Horror, un error! ¡Horror un error! ¡Horror un error! ¡Uh, uh, uh! ¡U, uh, uh! ¡Un error, un error, un error! Bueno ya, ya hemos cantado. ¡Que no gachó! Que no hay error que valga, que estás para el Paraíso, que lo pone aquí. ¿Ves?
    -¿Aunque no muriera guerreando?
    -Oye, oye, silencio… silencio, atención, a ver si se lo explicamos al guiri cómo es lo de morir así o asao, que no le gusta como murió. Que cree que no fue empuñando las armas de fuste y todo ese rollo. Hay que explicarle a los efectos nuestros lo que entendemos por dar caña.
    -¡Las artes marciales! ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!
    -Que no. Que lo que es es morir en la lucha. Es esta cosa de la cruzada interior, que te enfrentas a tu yo negativo.
    -Ya sé, ya sé. Me suena. Las bajas pasiones, que no se te suban a las barbas... ¿cómo era eso?
    -Pero no es la cruzada interior, eso se llama el Satán intrauterínico.
    -Eso, la cruzada mágica.
    -La caballería colgante del espíritu.
    -Andante, andante.
    -¿Que es una cosa que va con carma y se va regenerando con su propia sustancia ¿a que sí?
    -¿De eso que te pones paranormal, dices? ¿Va por ahí?
    -Vale, vale, vale. Parad porque si no se va a hacer un lío. Yo creo que con lo que habéis dicho ya vale. ¿Te dice algo todo este rollo, colega Mozoyotzin?
    -No sé. Me siento un poco perdido.
    -¿No te aclaras? Nos habremos alejado del tema. Lo mejor es decir las cosas a la pata la llana: Mira, colega, yo creo que la guerra y el Paraíso esos que te trajinan de lo que van es de curre. ¿Entiendes?
    -No… no estoy muy seguro.
    -Vamos a probar con otro símil: quiere decir que uno intenta hacer las cosas bien y le salen mal. Que es como si dijéramos que haces el primo y eres un pringao. ¿Lo entiendes ahora?
    -Lo de que salen mal sí… Si con eso vale...
    -¡Que sí, tío, que vale! ¿Cómo no va a valer? Si aquí, a poco que te esfuerces... ¿no ves que a nosotros nos mola la gente cantidad? Cuantos más vengan mejor, como si vienen todos. Entonces ¿qué? Mozoyotzin ¿ya estás preparado?
    -Como digan mis señores angelitos.
    -¡Me pido cargármelo!
    -No, ni hablar, me lo pido yo, que llevo mucho tiempo sin ser capitalista.
    -¡Ch, ch, ch! Silencio! ¡Silencio! Siempre estamos con lo mismo: me pido, me pido, me pido. Aquí nadie se pide nada, que esto va por rigurosísimo turno. Así que ¡vamos!: tirando de lista. A ver a quien le toca. Vamos a ver: le toca a Chumbelil.
    -¡Uh, uh, uh, Chumbelil! ¡Uh, uh, uh, Chumbelil! ¡Aúpa Mozoyotzin! ¡Aúpa Mozoyotzin! ¡Venga, un remo para un hombro! ¡Otro remo para otro hombro! ¡Aaaarriiiba! ¡Vámos! ¡Andando! ¡¡¡Torero!!! ¡¡¡Torero!!! ¡¡¡Torero!!!
    El sueño se le terminó a Cuahuipil cuando la chusma angélica, con Mozoyotzin a hombros, entre vítores y bamboleos formidables, daba un rodeo y varias vueltas a la puerta del paraíso para finalmente entrar en él por uno de sus lados, a ninguno de los cuales había rejas ni vallas ni obstáculo ninguno. Todo abierto. Vamos que la puerta, que estaba cerrada, sólo servía de adorno.


    .
    .
    Algo parecido a lo que ocurría ahora en los alcázares de Axáyacatl, que de tantos boquetes como había holgaba hablar de puertas. Apenas hacía un rato que había cesado la pelea del día anterior y ya tenían de nuevo encima a las milicias mexica para, por esas aberturas y con escalas, y también desde los edificios circundantes, darles una vez más los buenas días, o las buenas guerras. Otra jornada más que, con los de la ciudad remudándose de rato en rato y con los otros tratando de no caer rendidos, llevó a otra noche de tapar brechas, apagar incendios, curar heridos y acopiar armas. Pero era una guerra fabulosa, una guerra buenísima, la mejor guerra que había hecho Marcos Bey, porque hasta había confesor, que en otras estuvo por falta de él a pique de morir en pecado. Ahora no. Se había confesado y encima lo estaban curando y a lo mejor cuando volvieran los ataques, hasta podía mover los dos brazos. Eso, al menos, es lo que trataba de conseguir Cuahuipil, que, una vez más, le estaba haciendo de enfermero. Lo que no confiaba en arreglarle era la cabeza. Nunca había tenido mucha pero la que tenía, ahora, parecía divagarle por todos lados.

  9. #59
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    Predeterminado

    -Esta herida de la cara no parece de arma. ¿Con qué se la han dado a vuestra merced?
    -¡La peor de todas las armas, Cuahuipil! Las bellacas escaleras del templo mayor ese, que se empeñaron en bajar mientras yo subía o no se si era en subir mientras yo bajaba, pero voto a tal que las tales no se estaban quietas y se balanceaban como bajel en mar picada. Nada se estaba quieto en aquel lugar.
    -Eso es de los golpes que os dieron en la cabeza, que tendríais desvanecimientos. Pero fuisteis muy esforzado de llegar a lo alto.
    -¡Para lo que valió...! ¿Sabe vuestra merced lo que pasó allá arriba?
    -¿Qué pasó?
    -¡No lo vi! Veintisiete mil siglos aquí metido en esta Tenochtitlán, que ya hasta me han salido canas aquí y me empieza a aburrir un poquito, y ni una sola vez he visto al Huitzilopochtli ese que se me parece.
    -¿Pues y cómo no lo vió? Él siempre está allí.
    -Porque la gente de guerra lo tapaba todo. Y luego nos volvimos a bajar sin rezar ni un Ave María, que yo quería haber rezado en un lugar tan santo. Y yo estoy empezando a dudar de que estos indios de aquí sean tan devotos como dicen. No creo que a mí el haber estado ahí me vaya a valer ni media indulgencia. Eso sí, como ya vio vuestra merced, les tiramos abajo toda la máquina con que nos castigaban el real.
    -¡Ya, ya nos dimos cuenta! ¡Bien hecho! Pero no os alteréis ahora que voy a ver de recogeros el brazo lo mejor posible para que mañana pueda rodelar vuestra merced. ¿Os duele?
    -En lo espiritual muchísimo, porque, además… ¿sabe vuestra merced lo que me han hecho estos mexica? Es algo que no se concibe y que no me esperaba de ellos. Yo, que soy la imagen del Huitzilopochtli, y han tenido el desparpajo de quitarme a mi Vacatecuhtli... Y no sólo eso ¿sabéis lo que me hizo la muy miserable?
    -No ¿qué os hizo?
    -Se largó con mi as de bastos.
    -¡Pues sí, eso ha debido de trastocaros la baraja!
    -Y eso, por parte de ella tampoco me parece bien. Porque hay ases de bastos y ases de bastos. El que hizo ella, era el mejor as de bastos que he visto en mi vida. Y le voy a decir a vuestra merced que tramposa es un rato, pero que vale mucho, lo mismo para dibujar que para hacer trampas que para engañar al contrario y que yo la echo muchísimo de menos. Pues ése, el que me dibujó ella, es el que se me ha llevado.
    -¡Pues ya lo siento, ya! Desde luego, las indias que dan últimamente no son como las que daban al principio. Una de las de antes no se hubiera largado así.
    -No diga necedades vuestra merced. Esta india era magnífica. Mejor que las de antes y que las de ahora. Y, además, no se largó. Me dijo que quería ir a bailar en la fiesta esa en la que sacrifican gente, el Toxcatl, y yo le dije que me parecía muy bien, que se lo pasase bien y que, si le quedaba, que me guardara algo. Y luego no volvió y yo pensé que era porque ya estábamos en guerra y me enfadé, porque ¿qué tendrá que ver una cosa con otra? Y más que teníamos muchísima gente en espera para jugar de parejas con nosotros dos, que estaba todo el real pendiente de nuestras partidas. Pero por uno de los criados me he enterado de que tiene un hermano que la secuestró, porque, por lo visto, es enemigo del juego. No hay seriedad.
    -Qué pena que, habiendo encontrado vuestra merced a la mujer de su vida, la haya perdido.
    -Perdida no estará, digo yo. En cuanto se gane la ciudad la busco y nos hacemos de oro.
    -¿No era en El Dorado donde vuestra merced quería hacerse de oro? ¿O era entre las amazonas?
    -En todas partes. No creerá que me voy a quedar clavado aquí como si esto fuera finis terrae. ¿Qué se me ha perdido a mí en Tenochtitlán?
    Según él mismo, un as de bastos que le procuró Vacatecuhtli, pero esto no lo dijo Cuahuipil.
    -No, claro. Lo que sí pensé es que al que se proponía llevar vuestra merced a esos sitios de fábula a montar en los toros y a sacar a flote los continentes era a Xiloxóchitl.
    Esta vez sí que le miró Marcos Bey como si fuera idiota.
    -¿Y a vuestra merced qué escaleras son las que le han dado en la cabeza? ¡Naturalmente que me voy a llevar a Xiloxóchitl! En lo que me quede de vida, yo no voy a ir a ninguna parte sin ese indio, porque me trae una suerte que no es normal. ¿Ya se ha confesado vuestra merced?
    Con la pregunta tan a bocajarro, Cuahuipil estuvo a punto de decir: ¡No, es el doce conejo, o sea, el 30 de junio, cuando me confieso! Pero se contuvo también a tiempo y agradeció la oportuna pregunta de Marcos, porque era cierto que aún no se había confesado y no podía dejar de aparentar ser buen cristiano, aunque a lo mejor ya no le quedaba mucho tiempo de tener que fingir. Terminó pues con las curas y buscó a uno de los padres para que le confesase.
    -Ave María purísima.
    -Sin pecado concebida.
    -Vamos, hijo, habla, ¿de qué te acusas?
    -Perdóneme, padre. Es que estaba tratando de hacer memoria. Me acuso, padre, de que no me da tiempo a nada.
    -¿Y qué pecado es ése?
    -No lo sé. Me remuerde la conciencia.
    -Aparte de eso, ¿has cometido algún pecado capital?
    -De soberbia.
    -¿Y como has pecado de soberbia, hijo?
    -Pues que juzgué al Moctezuma y a otros, porque no me parecían bastante buenos, y sólo Dios es quién para juzgar.
    -Eso está bien dicho, hijo mío. ¿Algún otro pecado capital?
    -Que a veces, sólo por vengarme, digo maldades y lo disfruto mucho.
    -¿Qué más?
    -No sé.
    -Bueno, hijo, reza diez ave marías y no vuelvas a juzgar a nadie ni a decir maldades.
    -Sí, padre.
    Bueno, pues ya, con que dijese diez fátihas, estaba cumplido. Y eso no sabía si era venganza.

    Y llegó el día. Todos los anteriores se había estado preguntando cómo lo haría para llegar a Tezcatonco. Desde luego, si Cuahuipil hubiera sido una persona normal, hubiera visto claramente que no, que de ninguna manera iba a llegar a Tezcatonco, porque era imposible. Era imposible ya sólo asomar la nariz fuera de Axayácatl sin que de inmediato pasara a ser patrimonio de sus sitiadores. Pero, como ya hemos visto, no era normal y, cuándo se preguntaba cómo lo haría, no era con angustia ni inquietud, sino como cosa de rutina, porque, si estaba escrito que se confesase, se confesaría, y si estaba escrito que se muriese o lo matasen antes así sería también y sería lo que debía ser y el morir no le daba miedo porque estaba seguro de que Dios era lo que decía que era, es decir, todo piedad, piedad tan grande que ningún ser humano podía concebirla, y por tanto lo que Dios dispusiese bien dispuesto estaría.
    Llegó, pues, ese día, el mismo en el que, tras mucho traer y llevar opiniones y con el consejo y parecer de los demás capitanes, decidió Malinche abandonar la ciudad aquella misma noche por la calzada de Tlacopan, que salía hacia poniente, por ser la que menos canales tenía que cruzar. En cuanto a estos capitanes, no puede decirse que fueran normales o anormales, porque quedarse o salir daba igual. Quizás era más rápido salir ya que, si algo los mataba, no sería el hambre. Y el hambre era lo que finalmente habían pensado los mexica que debía hacer el trabajo, porque, aunque los combatían, no parecían hacerlo con gran interés y menos con todo su poder, y se diría que ahora lo fiaban todo a tenerlos bien encerrados hasta que por sí solos, de heridas, de falta de alimentos y de enfermedad, porque el agua que ahora daba el pozo ya era salada, se deshiciesen. Y mira si no era ésa mala broma para los bravos tlaxcaltecas, venir a morir a Tenochtitlán de indigestión salina. Pero bueno, la guerra es la guerra y nunca nadie había prometido otra cosa.
    Por ese motivo, por impedirles la salida, tenían los mexicas el real cristiano y aliado vigilado de noche y de día, de forma que ni un alfiler hubiera podido abandonarlo sin ser notado. Decir incluso de noche y de día era hacer ya una distinción que no existía, porque al caer la tarde eran tantas las lumbres y braseros encendidos en todas las calles y azoteas de la ciudad, que se veía, siendo de noche, como si no lo fuera.
    Se quedó, pues, en salir esa noche de 12 conejo, 30 de junio, y, para facilitar en lo posible la salida, se mandó una embajada a la ciudad pidiendo una tregua de ocho días, diciendo que al cabo de ellos se marcharían, petición que, naturalmente, no iba a ser aceptada pero que, tal vez, haría creer que no pensaban salir tan pronto. Hicieron eso y entregaron a la ciudad, después de ejecutarlos, los cuerpos de algunos de sus principales que habían tenido prisioneros, lo cual era una bestialidad, pero serviría, según pensaron, para que, al obligarlos a atender a las exequias, se descuidaran de lo que hacían sus enemigos, dando a estos un respiro. Con esos preparativos y un canijo puente portátil que armaron al efecto para tenderlo sobre los canales, ya que todos los puentes de la ciudad estaban quitados, se prepararon para salir, pues, esa misma noche, la cual, cuando llegó, se mostró con una luna espléndida, como para rivalizar en claridad con braseros y lumbres. Pese a ello, a la hora prevista, se empezó a cargar a los heridos en los caballos y se formaron los grupos para salir por el orden convenido.

  10. #60
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    ¿Había pensado ya Cuahuipil cómo iba a ir a Tezcatonco? Se había ofrecido para ir en la retaguardia, y fue con toda idea porque, desde que los primeros empezaran a cruzar el primer canal con aquel puente enclenque hasta que cruzasen el último los últimos, a él le daría tiempo de sobra de ir a Tezcatonco, confesarse y unirse a la retaguardia yendo por la laguna. Aunque, naturalmente, todo esto de llegar aquí o llegar allá, en las circunstancias, era pura hipótesis, ya que lo que él, lo mismo que todos los demás, no veía, precisamente por la mucha claridad, era cómo iban a salir de allí sin ser vistos.
    Sin embargo, estaba escrito. Estaba escrito que Cuahuipil se confesara y, como estaba escrito, a la hora décima se arrancó un viento huracanado y se desencadenó una furiosa tempestad de lluvia y de granizo que apagó las hogueras de calles y azoteas e indujo a los que vigilaban a ponerse a recaudo. Entonces salieron los que huían y entonces salió Cuahuipil disfrazado de macegual. Saltó con sus cosas en un acale en el que había reparado y que, al explorar con la vista desde lo que quedaba de la azotea de Axáyacatl, le pareció el más a propósito para alejarse sin ser advertido ni seguido. Se echó una manta por encima para proteger de la lluvia la pintura del cuerpo y el tinte del pelo que se había dado y remó velozmente, dando un rodeo que lo alejara cuanto antes del real. Poco rato después atracaba en el canal que quedaba a un costado de la plazuela aledaña al templo de Tezcatlipoca en Tezcatonco.

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