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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #41
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    31 dic, 11
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    -No. Por desgracia, no lo es. Y no digo que no tengas tú razón en todo. Lo que me preocupa es que se llegue a pensar que no eres persona de fiar, y eso es lo que va a suceder si se te ve constantemente con el turco. Tendrá cualidades, no lo niego, pero si, después de toda una vida de dar tumbos y de tener más heridas que cabellos, ha llegado aquí con lo puesto es porque le falta algán fundamento, y lo siento por él, porque a lo tonto, a lo tonto, finalmente le he tomado ley y tiene esas cualidades que dices y que no tienen precio, pero no me gustaría que el capitán Malinche anduviera preguntando por ti todos los días como lo ha hecho hoy. Para Marcos, eso es su vida, y él lo lleva bien, porque ése es su carácter, pero para ti sería un desastre. En fin, sólo soy tu amigo y no tu conciencia, ahora que, si quieres problemas, el turco seguro que te los va a dar, porque es así y no lo puede evitar.
    No sabía él bien hasta qué punto "el turco" le iba a dar problemas al Xiloxóchitl. Y hay que aclarar aquí que cuando Cuahuipil decía "turco" no se trataba de ningán halago. Su actitud para con los turcos, los moros de Berbería, o los reinos moros españoles, ya perdidos, estaba teñida de resentimiento, que en el fondo él sabía injustificado, pero que en la superficie y de momento, no podía superar. Los culpaba de la desgracia de los muslimes españoles. Ellos, que tenían la suerte de no tener que ocultarse ni renunciar a su religión, tenían cosas impropias de muslimes. Tal vez los reinos muslimes de Iberia también las tenían, pero pelearon y perdieron. Estos que no han perdido y pueden hacer lo que quieren , ¿por qué no lo hacen mejor? Pero sobre todo, sobre todo, los reinos españoles ¿por qué perdieron? Al perder ellos habían condenado a todos. Y ahora ¿qué les quedaba? Vivir el sueño del pasado en los reinos del ¡frica, como si no hubiera pasado nada. Pero sí había pasado. Había pasado todo. Y luego… que eran un atajo de corrompidos, sodomitas y alcahuetes, que remataban el todo con la formidable infamia de capar hombres con que guardar más mujeres de las que podían debidamente honrar. Su opinión de esas gentes, o por mejor decir, de sus estamentos dominantes, era peor que la que pudiera hacerse de ellos cualquier cristiano. Era la propia de alguien herido y resentido en su opresión. Lo que veía era que los muslimes de los reinos cristianos se veían sin ningán valedor e inermes ante otra casta opresora, igualmente renegada y falsa, como era la que hoy señoreaba a los cristianos, una casta que había quebrantado la fe debida a lo pactado y la fe debida a cualquier persona de bien por el solo hecho de serlo, y que atropellaba sobre todo a cristianos nuevos, pero que no se detenía ante los viejos, porque cuando el mal encarna, todo es cuestión de tiempo y no de calidad. Este razonamiento sin ajustarse fielmente a los hechos, no dejaba de tener su sentido y razón, y Cuahuipil lo sufría en lo vivo, tan en lo vivo, que trataba de olvidarlo la mayor parte del tiempo porque no podía con ello. Lo que ya no tenía lógica ninguna, y a lo mejor tampoco perdón, es que considerara a Marcos Bey como un exponente típico de turco y de moro y, como a tal, lo tuviera manía, máxime cuando, por lo que él colegía, todo lo que Marcos tenía de turco o moro era el haber bogado en sus galeras como un condenado, el haber sido capado en sus harenes como un cabrón y el haber sufrido Dios sabe qué otras perrerías como un desgraciado. Eso era lo que imaginaba él en su amargor. O acaso el defecto de Marcos, aparte de ser jugador y desfachatado, consistía precisamente en recordar a Cuahuipil todas esas cosas que detestaba y le dolían y que a Marcos Bey no le dolían ni pizca ni parecía detestar en absoluto, puesto que a la vista estaba que él con turcos y con moros parecía encontrarse tan en la gloria como con los indios y, como él decía, con la mitad del orbe.
    Sea como fuere, iba Xiloxóchitl a responder a la alusión al turco, cuando se detuvo a prestar oído.
    -Ya llega -dijo.
    El que llegaba era Teyohualminqui, que apareció en el umbral del aposento acompañado de dos mujeres. Una de ellas era una criada otomí del palacio que solía hacer encargos a Xiloxóchitl y la otra era la sirvienta de casa principal que la noche anterior salió del jardín de Papantzin y Terremoto Durmiente cuando se hallaban en el canal Marcos y el mismo Xiloxóchitl. …ste la reconoció ahora, aunque no lo dio a entender. Por lo demás, la sirvienta no se quedó y, tras saludar a los presentes y despedirse de Teyohualminqui, se marchó a sus ocupaciones.
    Como era de rigor, Teyohualminqui venía dolorido y chorreando sangre de lengua, orejas y molledos después de las penitencias. Abrazó efusivamente a su sobrino y a Cuahuipil y empezó a hablar con lengua de trapo. Estaba, si cabía, más flaco que el día anterior, aunque muy feliz y sonriente.
    -¿No está con vosotros Malcos Bey? -preguntó.
    -Al rato vendrá -dijo Xiloxóchitl.
    -Nos hace falta ahora mismito. ¿Anda por el real o ha salido?
    -No creo que haya salido, porque pensábamos reunirnos en seguida.
    -Vamos a llamarlo ¿eh, hijitos?
    Diciendo y haciendo mandó a la criada que se trajese ya mismo a Marcos Bey. Luego siguió:
    -Has de saber, Xiloxóchitl, hijito, que Papantzin ha aplazado indefinidamente la celebración del Panquetzalitzli y ha pedido acales para que lleven a su casa de recreo de Coyoacán todo lo que tiene en los almacenes.
    Xiloxóchitl se dominó y no dejó ver su frustración hasta el punto que la sentía. Dijo:
    -Ya me temía yo que la precipitación de Marcos nos iba a desbaratar la operación.
    -¿Tá crees, hijito? Tal vez lo sucedido sea lo mejor. Vamos a ver... ¿dónde está... dónde está?... Aquí -dijo sacándose un pliego de la especie de almaizal que era su vestimenta-. Míralo, sobrinito. Es una escritura de cesión. Y míralo tú también Cuahuipil, hijito, si tienes interés.

  2. #42
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    Predeterminado

    Este "si tienes interés" le pareció a Cuahuipil una fina manera de decirle que aquello no tenía por qué interesarle. Eso, más los secretitos de Xiloxóchitl, los libros sobre mujeres y toros con su continente hundido cada una, que olían a locura de Marcos, y sobre todo que tenía que guarnecer sillas de montar, arrancarse vello para parecer indio y otros menesteres de la vida diaria, le convenció de que hoy no tenía por qué ser diferente de otros días y que, después de haber dedicado parte del día de ayer a pasear y a atender al turco, ahora se debía a su trabajo. Antes de retirarse, sin embargo, quería vengarse un poquito de aquellos dos confabulados haciéndoles creer que pensaba quedarse para enterarse de todo.
    -¿Qué es lo que se cede en este documento y a quién se cede? -preguntó.
    Teyohualminqui, todo solicitud, le fue señalando en el texto las cosas que se cedían.
    -Mira hijito, aquí empieza, ¿ves?: 300 medidas de copal en terrones grandes, 36 ornamentos de oro y pluma de los atavíos de gala del primero y segundo hijos de Yacatecuhtli, trescientas cargas de cacao de cambio, 5.434 cucharillas de concha, 700 cajuelas de maderas preciosas, 400 ornamentos de cobre...
    Llegados a las 633 mantas de segunda clase especial con borlas de una lista inacabable, Cuahuipil se sintió suficientemente vengado, recordó en voz alta lo mucho que tenía que hacer y prometió ayudarlos más tarde a descifrar los manuscritos indios, a ver si entre todos conseguían sacar a flote algán continente. Salir él y llegar Marcos casi fue todo uno.
    -¿Qué le pasa a Cuahuipil? ¿No ha querido quedarse?
    -Tiene ocupaciones. Hemos llamado a vuestra merced, porque tal vez nos diga algo que Xiloxóchitl y yo necesitamos saber.
    -Si se trata de turco, algarabía o latín, está resuelto.
    -Es algo parecido. Queremos preguntar a vuestra merced lo siguiente: lo mismo que entre los vuestros a Camaxtli le corresponde Santiago, queremos saber cuál corresponde a nuestro Yacatecuhtli.
    -¡Voto a tal! Toda la noche de ayer delante del Yacatecuhtli ese y ni ocurrírseme preguntarle cómo se llamaría entre nosotros... ¡Voto a tres mil! Dejadme pensar un poco, aunque en el comercio no estoy yo muy avezado... Ha de ser, pienso yo, José de Arimatea, el mercader que cedió su sepulcro a Nuestro Señor Jesucristo, de la misma manera que este Yacatecuhtli ha abrigado el cráneo de vuestro padre hasta que ayer volvió con los suyos, que es algo, si no igual, sí parecido.
    -Pues sepa vuestra merced que San José de Arimatea-Yacatecuhtli ha obrado ya un gran milagro en Tenochtitlán: El mercader más importante de la ciudad se ha arrepentido y va a reparar segán sus posibles las vejaciones infligidas por la Triple Alianza al comercio de la Repáblica de Tlaxcala y cede todas sus riquezas para edificar y dotar un templo regido por las Hijas de la Sal, con todas sus dependencias, a la advocación de san José de Arimatea-Yacatecuhtli en nuestra Repáblica y para un patronato que vele por el bienestar de los huérfanos de los mercaderes tlaxcaltecas caídos en acto de servicio.
    -¡Voto a tal que eso ya se veía venir anoche cuando le estuvimos predicando en su casa! Tanto él como la mercadera eran la viva imagen de la compunción y de los más nobles propósitos. ¿Es así, o no es así, Xiloxóchitzin, que se les leía en la cara todo lo que sentían?
    -Pues sí. Lo tenían escrito.
    -Eso es precisamente: escrito. Aquí está -dijo Teyohualminqui- la escritura de cesión que allí mismo, y mientras la mercadera iba a ocuparse del cacao, Papantzin os entregó a vosotros dos, aunque vuestra merced, por no conocer nuestros glifos, no podía saber entonces lo que decía. No obstante, reconoce sin lugar a dudas que se trata del mismo documento ¿no es cierto?
    -Si el reverendo padre me dice también cómo voy a poder yo demostrar que soy huérfano de mercader tlaxcalteca y cómo y en qué cuantía se me va a hacer efectiva la cesión por ese concepto, estoy seguro de que lo reconoceré.
    -¿Huérfano de mercader tlaxcalteca...? No creo que se pueda demostrar. Túen cambio sí ¿verdad Xiloxóchitl? tú seguro que apostarías algo a que se puede demostrar que Marcos Bey es huérfano de mercader tlaxcalteca, porque siempre te has empeñado en las cosas difíciles...
    -Tío, sabes que no me gusta apostar.
    -¡Anda, no seas tan perfecto y apuesta por una vez! Apuesta tú que en cuanto se reciban los bienes cedidos probarás que es hijo de mercader tlaxcalteca y que si no lo pruebas le pagarás a él el importe de la apuesta. Si lo pruebas, será él quien te pague.
    -Una apuestecita de nada, hermano Xiloxochitl, para que podamos pasar a los detalles de este grandioso arrepentimiento… Por escrito y con al menos un testigo en castellano y otros en indio. Voto a tal, teníais que haber hecho quedarse aquí al Cuahuipil para que firmara...
    -Ahorita lo llamamos, no se inquiete vuestra merced por los pormenores de la apuesta, que va a quedar hechita. Mientras tanto nada nos impide hacer los preparativos para recibir los tesoros y trasladarlos a Tlaxcala, de forma que comiencen cuanto antes las obras del templo. ¡No os podéis imaginar la emoción que siento! ¿En qué cabecera de Tlaxcala te parece que deberían decidir nuestras hermanas construirlo, Xiloxochitl, hijito? Aunque ¿por qué uno sólo? ¿Qué nos impide construir uno en cada cabecera? ¡Cuatro templos! ¡Cuatro templos a San José-Yacatecuhtli!
    -Me parece muy bien: cuatro templos, pero antes de ir a los templos, vamos al grano, tío.
    -Sí, hijo, sí. Se deja uno llevar por la emoción y se despista... Vamos a ello: en primer lugar, si queremos contar con una colaboración que nos es imprescindible, tenemos que comprar a la esclava que tenía Papantzin para sacrificar en el Panquetzalitzli. Pero eso no es problema, porque...
    Así empezaron, pues, estos tres restauradores del culto a Yacatecuhtli en la repáblica de Tlaxcala a ponerle sus pilares.
    Mientras, en otro lugar de Tenochtitlán, otra persona también se disponía a iniciar algo, que no tenía nada que ver con un templo, pero que sí tenía que ver con algán divino remedo.

  3. #43
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    Predeterminado [B]Capítulo XII: Adiós padres y padrinos[/B]

    No estaba Cuetlachtli de tan mal humor ni tan rabiosa como daban a entender las aprensiones de Ilhuicauxaual. Ella tenía muy buen carácter, sólo que no se andaba con paños calientes y llamaba a las cosas y personas por su nombre y, cuando la provocaban, se encargaba de que no la volvieran a provocar y, cuando la aburrían, dejaba bien sentado que no había que aburrirla. ¡Que no tejía...! Pues ya tejió. Tejió un mes enterito. Pero los muy ansiosos no se conformaban con eso, querían que siguiera tejiendo sin parar toda su vida. Y no. Hasta ahí podía llegar la broma. Un mesecito de trama y urdimbre era ya como para salir con los ojos a rayitas. Y además que no... que no la interesaba. Y bordar también bordó. Un mes y tres días. Era entretenido al principio pero cuando ya había aprendido todo y querían que siguiese, terminó de la agujita hasta la madre y tiró los trastos al estanque y detrás tiró a Ahuitzotl porque no se callaba y se repetía. Verdaderamente, las ganas de decir tonterías que tiene la gente van más allá de lo imaginable. Te dicen con cinco años: teje. Vas y tejes. Veinte años más tarde siguen diciéndote: teje. ¿Pero no has tejido ya?! Si te dijeran "Cuetlachtli, haz cacharros, amaestra monos, bate cobre, prepara emplastos, recoge miel, etc." lo haría sin rechistar, siendo algo que no había hecho todavía. Pero no: teje, borda, cuida el fuego del altar. Muy bien: el fuego del altar lo cuidaba. Los dioses nos dan la vida y, puesto que una vive todos los días, muchas gracias, les cuida el fuego también todos los días. Pero bordar y tejer ¿a santo de qué? ¿Porque en época de celo se le calentó la cabeza a algún antepasado y supo ya para siempre sin lugar a dudas y por los siglos de los siglos lo que iban a estar haciendo las mujeres del mundo todos los días del año a todas horas?... Que no le tocaran las narices, que le hacían cosquillas. Las plebeyas, con eso de que tienen necesidad, se divierten algo más: pueden ser comadronas, médicas, alcahuetas, de las que hacen tortillas, tenderas... No, no tejió ni bordó. Hizo otras cosas. Las que le apetecieron cuando le apetecieron como le apetecieron y con quien le apeteció. Y sanseacabó. Y si alguien no estaba de acuerdo, pues que le cundiera. Si tan grave era, siempre la podían matar. Nunca había dicho ella que no la matasen. No lo habían hecho, luego no era tan importante el que ella tejiera o no y eran solamente ganas de chinchar y de estar venga que dale. ¿Por qué no pudo ir a aprender cosas al calmecac o trabajar en el telpochcalli? Que no, que las mujeres se educan con su madre o en la escuela de doncellas. Ahora bien ¿qué enseñan las madres y qué se hace en la escuela de doncellas?: tejer y cuidar el fuego de los altares ¡Más variedad! Y los bailes. Muy bien. Esos los aprendió. Pero, por unos bailecitos pringarse toda la vida, no. Menos mal que jamás se le ocurrió la fúnebre idea de hacer caso a nadie y el único que, no es que la comprendiese, porque era tonto, pero que al menos no le llevaba la contraria, sólo para fastidiarla, era su padrino, que ya chocheaba que para qué, pero no le mandaba nada y no le criticaba todo.
    Y con un canto en los dientes se podían dar esta pelusilla de tecuhtin que ahora la enviaban con la imagen del Huitzilopochtli porque, si ella llega a hacerles caso, a esta hora no sabría nada de yerbas ni de infusiones ni de hongos. No sabría nada de nada: tejer. ¿Y de qué le iba a servir saber tejer cuando tuviera que lidiar con el enemigo? Además, lo ocurrido ahora era una muestra inequívoca de lo buena y dócil que era ella. ¿Se había negado acaso a ir con el Huitzilopochtli? ¡Qué va! Ahí estaba preparándolo todo con ejemplar diligencia. Pero es que eso que le mandaban era razonable. Eso sí era algo que hacer y tenía un propósito determinado. El tejer también, por supuesto, pero ese propósito a ella ¡plin! El pensamiento de que su padre o su consorte fueran a hacerse un poquito más ricos al tener una mujercita más tejiendo en su harén a ella no la conmovía.
    A ver ahora qué pasaba con éstos de Axayácatl. Debían de tener mucha vigilancia porque, si al cabo de los meses los mexicas no los habían podido envenenar a todos y quitárselos de en medio por la vía más sencilla, era que andaban con siete ojos. Y además tenían con ellos a totonacas y tlaxcaltecas que eran el retorcimiento personificado y que estarían encima todo el tiempo poniéndoles sobre ochocientos avisos. Bueno, pues ya había terminado de llenar el petate de las hierbas y poco más le quedaba por hacer.
    -¿Necesitas alguna cosita más, ahijadita del alma?
    -¿Eh? ... No. No, padrino. Creo que tengo todo.
    -Chalchiunenetzin va a ir contigo. Cualquier cosa que quieras o necesites, mándame recado y no pienses que estás sola o que, pase lo que pase o hagas lo que hagas, no tienes a quien contárselo o a quien recurrir. Yo, ya lo sabes, no te exijo ni te exigiré nunca nada ni que seas de determinada manera, ni que no tengas defectos... hi...
    -Está bien, padrino, no llores, que me voy sólo a Axayácatl, no me voy al fin del mundo.
    Esto dijo Cuetlachtli volviendo a sus pensamientos. Sólo a Axayácatl... No, no tenía miedo. Tener miedo era una de tantas cosas como no había aprendido... Tenía ganas. Ganas de algo nuevo, de algo difícil que la ocupara, que le diera que pensar y que hacer... Naturalmente que no tenía miedo porque, en Axayácatl, lo mismo que en su casa, no tenía intención de hacer nada que no le saliera de las narices y, lo mismo que en su casa, quien no estuviera de acuerdo la podía matar. A los cristianos los había visto, pero no de muy cerca. Resultaban harto chocantes, aunque eso, cabía suponer y, a juzgar por otras concubinas y sirvientes que ya llevaban tiempo con ellos, no era más que cuestión de costumbre. En cuanto a la imagen de Huitzilopochtli, pues ya vería. Y ya verían estos babosos de tecuhtin y su padre y el pichapulga Ahuitzotl si necesitaba de las órdenes ni de los consejos de ellos. ¡Qué plastas más plastas! ¿Y qué haría por la noche? Porque, como iba con el fin de sonsacar, apenas si se había detenido a pensar en lo otro, pero lo otro se suponía. Eso también era nuevo. Ahora que como el Huitzilopochtli o la madre del Huitzilopochtli le tocara las narices a cuenta de la novedad, lo deshacía. ¡Ah! y nuevo también era que la iban a bautizar otra vez, pero no temía aburrirse, porque como no se acordaba de la primera... y le iban a poner un nombre. De esa manera iba a tener donde elegir para hacerse la sorda luego, cuando su padre la llamase por uno y por ése no y la llamase por el otro y por el otro tampoco... Esta tarde iba a ser el bautizo y, una vez bautizada, se iría con el concubino. Mucha conversación no parece que fueran a tener porque el otro acababa de llegar y no sabía náhuatl y ella, a pesar de que lo dijo, porque mira que lo dijo, que debían aprender castilleca, o por lo menos que se lo enseñasen a ella, que iba a hacer falta para luchar contra ellos con sus propias armas, pues no. Todos ellos tan listos y no se les había ocurrido poner enseñanza especial y a marchas forzadas para formar espías y otros oficios, mientras que entre los teules ya había no sé cuantos que hablaban náhuatl y seguro que, aparte de los que andaban abiertamente, los había disfrazados por todas partes de la ciudad, además de tener una intérprete siempre en primera fila. Mira si no podía haber también mujeres mexicas que hicieran trabajos así...
    -Ahijadita, que están aquí ya las que van a peinarte y a ponerte colorete y plumas para presentarte en Axayácatl.
    -Padrinito, el que el uso prescriba que una vaya con la melena suelta y una cara tan llena de colorete como una ramera cuando la presentan al concubino es una razón muy buena para que yo no lo haga. Yo me siento muy a gustito con el pelo recogidito como siempre y la cara lavadita como siempre. Y, si a alguien no le gusta, que se la menee. Trabajo que nos ahorramos ¿no, padrino?
    -Si es por trabajo, hijita, el que se emplee en ti es el mejor empleado. Si es porque no quieres, no se hable más. A quien no le guste, eso mismo, que le zurzan.
    Aculnahuácatl se la quedó mirando enamorado. Ahí estaba. La estampa de la serenidad. Ni un ápice de inquietud ni un atisbo de miedo. Ningún adorno. A ella nunca le habían gustado los adornos. Siempre había sido austera y él no entendía de dónde se le sacaban tantas faltas. Era el paradigma de la mujer tenochca: sobria, estoica, clara, recia, sin caprichos, sin melindres, sin miedo; y lo que iba a hacer ella era sin comparación más duro, temible y arriesgado que lo que pudiera hacer cualquier varón. Los varones van a la guerra y vuelven, o no vuelven, pero ahí se acaba todo. Ella iba a quedarse entre el enemigo y sus penalidades no iban a dirimirse en un encuentro y adiós, no: ella iba a estar a todas horas entre extraños. Lo que le doliese se lo tendría que tragar y contra lo que tuviese que luchar lo tendría que hacer sin armas.

  4. #44
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    Predeterminado Capítulo XIII: La generosidad del Moctezuma

    Cuahuipil se puso en pie para atender al soldado cristiano que había venido a su aposento preguntando por Marcos Bey.
    -¿Vuestra merced sabría decirme dónde puedo encontrarlo? Me manda el capitán Malinche.
    -Pues...
    -¿Qué recámaras son las suyas? Me han dicho que es por aquí.
    -Sí. Aquí al lado es. Déjeme vuestra merced que lo acompañe. ¿Ocurre algo?
    -Pues... Vuestra merced es Cuahuipil ¿verdad?
    -Sí, para servir a la vuestra.
    -¿Y no tenéis barragana?
    -No.
    -¿Ni habéis pedido ninguna?
    -No.
    -Pues si la queréis, ahora más que nunca es el momento de pedirla. Mirad, al Marcos Bey le van a traer una y ni siquiera la ha pedido.
    Cuahuipil se quedó con la boca abierta.
    -¿Cómo dice vuestra merced?
    -Que tengo que encontrar cuanto antes al Marcos Bey para decirle que, como resulta que se parece al Huichilobos, el Moctezuma quiere hacerle un homenaje y le va a dar una barragana elegida por él. Ni siquiera es de su harén, sino que es doncella. Yo tengo que avisarle porque están a punto de traer su ajuar y además tiene que asistir al bautizo y elegirle nombre. … ¿No me ha oído vuestra merced?
    -Pues sí. Únicamente que me toma de sorpresa, porque no tenía idea de que el Marcos Bey anduviera buscando barragana. Bien, en su aposento ya ve vuestra merced que no está. Debe de andar ocupado con los aliados.
    -¿En qué patio lo podría encontrar?
    -Deje vuestra merced que piense un momento... No estoy seguro de en qué patio iba a estar, pero venga conmigo que le preguntaré a uno de los capellanes tlaxcaltecas que creo que lo sabe.
    Pero ¿qué disparate es éste? se iba diciendo Cuahuipil para sus adentros con un presentimiento de tragedia totalmente exagerado. Pero ¿a quién se le ocurre venirle a un capón con una barragana? Pero ¿es que el capitán Malinche no sabe que este hombre ha vivido en harenes de turcos y seguro que ya en el primero de ellos lo caparon? El mundo está loco. ¿Y el Moctezuma? ¿A qué tiene que ir dando barraganas a nadie y más no habiéndosele pedido?
    -¿Queda mucho?
    -No. Ya estamos casi.
    ¡Qué disparate, pero qué disparate! ¡No me digas! Y la otra a lo mejor haciéndose toda su ilusión de que va a tener trato carnal con la imagen del Huitzilopochtli... ¡Qué disparate!
    -¿Queda mucho?
    -No. Ya estamos. Aquí es. ¿Dan licencia vuestras mercedes?
    La respuesta tardó un poco en llegar.
    -¿Dan lic...
    -¡Adelante, adelante, pasen las vuestras, pasen!
    Esto les decía Teyohualminqui al tiempo que levantaba la cortina para dejarles paso.
    Seguían allí los tres: Teyohualminqui, Xiloxóchitl y Marcos Bey y algo debían de estar tramando porque en el suelo había un bulto irregular tapado con una manta que parecía echada a toda prisa.
    Cuahuipil no solía ser curioso ni indiscreto, pero en esta ocasión la incredulidad parecía mantenerlo allí como un imán, con los ojos y la boca abierta, para presenciar el comienzo no sabía si de una tragedia, pero desde luego sí de un desengaño.
    En cuanto a los otros tres, que todavía no sabían qué tenía que anunciarles el recién llegado, estaban sobre ascuas temiendo que lo que venía a decir hiciera tambalearse los templos de las hijas de la sal con sus respectivos patronatos o, dicho de otra manera, que San Roque se quedara sin su recua de perros.
    De esas aprensiones los sacó el soldado cuando, después de presentarse y saludar, dio su recado y, con el recado, una puñalada en todo el corazón al Xiloxóchitl, quien, con el anuncio de eso que ni remotamente se había imaginado que ocurriría, se quedó lívido, mudo, perdido el pulso y teniendo que apoyarse en la pared próxima para no caer. Y cuando, haciendo un esfuerzo mayor de lo que le había exigido cualquier guerra, pudo articular un pensamiento, éste fue: me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir. Pero no se murió y, además, ni siquiera ninguno de los otros notó nada ni lo hubiera notado aunque Xiloxóxhitl no hubiera vuelto la cara porque estaban demasiado ocupados en sus propias sensaciones. Porque a Teyohualminqui lo que le hizo el anuncio fue quitarle la mosca de detrás de la oreja en la que la tenía con motivo de los cuatro templos para ponérsela en la otra ya que una barragana, sin pedirla, doncella y por iniciativa mexica, hacía pensar en muchas cosas y ninguna inocente. Algo se proponían, seguro. Cuahuipil seguía estando allí pasmado, como si esperase que, a fuerza de estar así, dejara de suceder aquello que no debía suceder y que, sin embargo, sucedía. El soldado y Marcos Bey, por su lado, seguían manteniendo aquel disparatado diálogo:
    -¿Una barragana, dice vuestra merced? ¿Para mí?
    -Eso es lo que he dicho. No me haga repetir tantas veces las mismas cosas vuestra merced que me va hacer dudar. Y, vamos, no hay duda ninguna: el Moctezuhma le da a vuestra merced una barragana doncella y principal, es decir noble, o sea, nada de plebeya o maceguala, como las llaman aquí. La bautizarán a la media tarde, quieren que esté presente vuestra merced y también que sea vuestra merced quien elija el nombre si así lo desea.
    -Así que ¿una barragana, dice vuestra merced? ¿Trae dote?
    -No sé nada al respecto.
    -Bien. Bien... Verá vuestra merced: yo acepto y estoy que no quepo en mí de gozo y agradecimiento por un favor tan señalado del Moctezuma y le ruego que se lo explique así al capitán Malinche para que éste se lo diga al Moctezuma. Esta tarde yo estaré sin falta en el bautismo de esa cristiana pero, por si no pudiera, pues que la llamen Juana, como su alteza la reina. No deje de llevar vuestra merced este recado porque yo estaba instruyendo a estos amigos en las cosas de nuestra santa fe y voy a seguir con ello ya que no hay nada más importante.
    Con esto el soldado dio por cumplida su misión allí. Una vez que se hubo alejado, exclamó Marcos Bey:
    -¡Pues si la barragana trae dote, ya tenemos con qué comprar a la esclava!
    -¿De qué esclava habláis? -preguntó Cuahuipil.
    -De una que tenía yo en Cuba y perdí en el juego. Les estaba diciendo aquí al padre Teyohualminqui y a Xiloxóchitl lo aficionadísimo que era yo a esa esclava y las ganas que tenía de traérmela pero estaba sin dinero.
    -¿Y vuestra merced tiene la desvergüenza de querer utilizar la dote de su barragana para eso? Vuestra merced va a terminar ahorcado y yo voy a tocar palmas cuando lo vea.
    Cuahuipil echó una mirada de incredulidad a aquellos tres y se marchó. No le cabía en la cabeza la manera en que Xiloxóchitl estaba aficionándose a este ser al que lo mismo le daban ocho que ochenta. Y Teyohualminqui, siendo cura, ¿por qué no le ponía los puntos sobre las íes y le imponía penitencias para reformarlo? Algún rato, cuando no estuviera este botarate al retortero, tenía que hablar otra vez muy, muy en serio con Xiloxóchitl. No, no era su conciencia, pero lo quería y prefería pecar de pesado y pelmazo a verlo en problemas y a su hermana preocupada por él. Y ¿cómo se dejaba llevar así? ¡Disponer sin más de la dote de una barragana! Y, además, hasta en la cara se le notaba lo mal que le estaba afectando. Si parecía hasta enfermo. No, no lo iba a consentir. Bueno, al menos él mismo no perdía el tiempo. Ya había terminado con dos sillas. Ahora se iba a quitar una parte del vello. Y encima eso, que el Marcos Bey, desde que había llegado, cuando no era por una cosa, era por otra, no le dejaba ni trabajar.

  5. #45
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    Predeterminado Capítulo XIV: ¡Ay nochecita tenochtitlana!

    -¿Teoca?
    -Amo. Amapatolli.
    Con la hora de la noche que era, ya podían hablar más bajo. ¡Vaya par! El hambre con las ganas de comer se habían juntado.
    Esto pensaba Cuahuipil mientras intentaba dormir y la persona a quien se refería al decir hambre era a Marcos Bey y al decir ganas de comer era a la barragana, o al revés, daba igual. La cuestión era que ya había transcurrido el día y ya estaba bautizada la barragana y, aunque por amagos no había quedado, tragedia no había ocurrido ninguna. Ahora estaba transcurriendo la noche y, de momento, la única tragedia parecía ser que a él, entre los dos, no lo dejaban dormir. Llevaban raja que te raja ya un buen rato. Hubo una ocasión, al atardecer, en que temió que se fuesen a matar y fue cuando la Cuetlachtli, ahora doña Juana, descubrió que le habían quitado no sé cuantas cosas de las que había traído consigo. La disputa a que dio pie, ignorando ambos tantísimo de la lengua del otro, no fue fácil pero, ya sea porque supieron acompañarla de los gestos necesarios o porque se leían el pensamiento, consiguieron mantenerla hasta el final. Fue naturalmente Cuetlachtli quien la empezó.
    -¿Esto qué es? -gritaba- ¡Los tesoros de los dioses, está bien, los tesoros de los reyes, está bien, los tesoros del fisco, está bien, cacho cabrones! ¡Pero robarle a la propia concubina, malparto de ramera...!
    -Máteme, máteme vuestra merced, que tiene toda la razón, pero déjeme decirle que no se trata de ningún robo, sino de un préstamo. ¡Préstamo! Vuestra merced es señora de inigualables prendas y, si yo hubiera sabido a tiempo las intenciones del Moctezuma, le hubiera advertido que por mi parte soy buen cristiano pero mal jugador y suelo perder. Hoy he tenido que pagar una deuda del maldito juego, que va a ser mi perdición. En diferentes circunstancias, lo hubiera sacado de otra parte pero, por prepararlo todo para vuestra merced y recibirla y agasajarla como se merece, no pude. Mañana, no obstante, tendrá vuestra merced hasta el ultimísimo grano de cacao que le falta.
    -¿Mi señor concubino me cree capaz de matar?
    -Cualquiera es capaz de matar, señora, que somos humanos.
    -¿Verdad que sí? A primera hora de mañana, si no está aquí, donde lo dejó mi sirvienta, todo, absolutamente todo lo que me falta, mataré a vuestra merced.
    Y como para firmar lo dicho, le llegó a Cuahuipil el estruendo de un cacharro estrellado contra el suelo, luego el de otro, luego el de otro y luego el de otro. Cuatro cacharros. Con rabia, pero no con prisa, sino como diciendo: El primero ¡Toma! El segundo ¡Toma! El tercero ¡Toma! El cuarto ¡Toma! ¡Pues vaya barragana dejada de la mano de Dios! ¡Romper chacharros! Y casi de inmediato la vio aparecer en la puerta de sus propios aposentos.
    -¡Eh, tú! -le chilló.
    Él ni dejó lo que estaba haciendo ni le contestó. ¡Si esos eran modales...! Si limitó a mirarla.
    -¿Dónde puedo encontrar a doña Malinali?
    -Pregúnteselo a su barragán.
    -No me da la gana preguntárselo a mi barragán.
    -No digo al barragán de vuestra merced, digo al barragán de doña Malinali.
    Cuetlachtli hizo una mueca horripilante y dijo:
    -¡Cuanto ingenio! Ya tendrá tiempo de cautivarme con él vuestra merced más adelante, ahora deje de hacer el mono y dígame donde puedo encontrar a la doña Malinali porque me tiene que interpretar. Voy a anunciar al capitán Malinche que si mañana a primera hora su hombre, mi barragán, no me ha devuelto lo que me ha robado, lo mataré. Esta vez lo aviso.
    La volvió a mirar sin decir nada.
    -¡Es para hoy! -dijo ella-.
    -Está bien. Yo acompañaré a vuestra merced a buscar a doña Malinali pero no vuelva a romper cacharros. Eso es propio de infieles y fariseos.
    Ella lo miró como si no hubiera visto antes a un bobo de ese calibre y se dejó guiar hasta que la dejó con Malinali. Por un momento estuvo tentado de hacer de intérprete él mismo e ir con ella donde el capitán, sólo de la rabia que tenía contra Marcos Bey por no dejarle dormir y por más cosas pero se contuvo y se dijo que, para dejar que la sangre llegara al río, siempre habría tiempo. No sabía lo que hablarían las dos mujeres, pero Malinali debió de aplacarla ya que, de no haber sido así, hubieran venido a buscar a Marcos para llevarlo donde el capitán y no habían venido. En cambio sí le llegó al flamante barragán un recado, que debió de ser de Malinali, dándole consejos para evitar mayores males.
    Aunque no sabía él muy bien qué males iban a poder evitarse porque lo más seguro era que, de no matar a Marcos su barragana, lo matase el propio Cuahuipil. ¡Pues no habían venido Xiloxóchitl y él a pedirle que firmase como testigo de una apuesta desquiciada entre los dos! Y todo debía de obedecer a algún trato que tenían ellos y Teyohualminqui. Se negó en redondo a ser testigo de semejante desatino pero era una tontería porque, por más que se hubiera negado, de hecho era testigo. Era una conspiración. Delante de él leyeron un documento en el que decían que apostaban una mercancía que expedían ese mismo día a Tlaxcala con relación de los objetos y su valor. Y él allí, oyendo todo aquello. Lo quisiera o no, había visto y oído cómo habían hecho la apuesta y cómo la habían puesto por escrito y firmado delante de él, luego era testigo. Esto fue antes de que llegase el ajuar de la barragana y, ver, él no vio ningún género de mercancía y no sabía donde la tendrían. Se sintió bastante picado por tanta desfachatez y, aunque era mejor que no supiese nada, como decía Xiloxóchitl, no resistió y preguntó a Marcos Bey:
    -¿Y de dónde han sacado vuestras mercedes todos esos chalchihuites y oros y mantas que envían a Tlaxcala?
    -A mí me los ha regalado una acaudalada señora mexica. Parece que le he caído en gracia.
    -Y a mí otra -se apresuró a decir Xiloxóchitl, caso de que a él también quisiera acribillarlo a preguntas.
    Míralos qué graciosos. Seguro, seguro que las acaudaladas señoras mexica, y aun los señores también, estaban muy deseosos de repartir algo entre cristianos y tlaxcaltecas pero desde luego que ese algo no era oro ni chalchiuites.
    Una vez más: ¿Qué mal viento le había dado a Xiloxóchitl? ¿Cómo había podido perder la cabeza hasta ese extremo? ¿Y Teyohualminqui? Eso sí que no se lo explicaba.
    Teyohualminqui, por lo demás y aparte los secretitos, seguía tan amoroso como siempre y con Xiloxóchitl lo estaba más que nunca, pero ¿cómo es que tenía tal manga ancha con Marcos? Y luego, éste, lo mismo... vaya descaro también: le decía a la barragana que por atenderla no había podido buscar con qué pagar la deuda, cuando lo que había hecho era pasarse casi todo el día fuera y en sus tejemanejes y sólo al atardecer se había reunido con ella. Ahora la barragana, por lo visto, estaba intentando confeccionar una baraja en papel de amate y, por lo visto también, se prestaba a copiarle los dibujos a Marcos después de preguntarle si aquello eran dioses y de contestarle el otro que no, que aquello eran naipes para jugar.
    Y a todo esto, allá, en Zempoala estaba Narváez, como si fuera la espada, y aquí, en Tenochtitlán, seguían los mexica, como si fueran la pared, y en medio él y Xiloxóchitl. Pero bueno ¿y por qué no dejaba ya de dar vueltas una y otra vez a lo mismo y se dormía? Pues por eso, por eso, porque la barragana y el barragán seguían ahí pinta que te pinta y raja que te raja, y no precisamente en voz bajita. Se dio vuelta otra vez y se puso una manta doblada por la cabeza tapándose los oídos a ver si conseguía no oír. Tras rechazar varios ataques de aquellos pensamientos que lo intranquilizaban, decir otra vez su azora e intentar pensar sólo en Ilhuicáatl, finalmente se quedó dormido.
    En los aposentos vecinos, al rato y casi de improviso, también se quedaba dormido Marcos Bey. Después de todos los avisos que le había dado Teyohualminqui, estuvo muy precavido con la barragana, tal vez demasiado. Y la muchacha a él no le inspiraba ni pizca de desconfianza. Es más, la encontraba muy de su gusto. Teyohualminqui le avisó que tuviera cuidado con lo que la barragana pudiera presentarle de comer o beber y con dejar bebidas o alimentos a solas al alcance de ella y otro tanto las armas. Así lo había hecho y, con todo, el susto se lo llevó. Porque, de hecho, la Cuetlachtli-Juana sí preparó una bebida y le dijo que la acompañase a beber y estaban en ésas precisamente cuando vino Cuahuipil a por su manta. Hoy no se las había quitado todas a él, sino que había ido quitando una de aquí y otra de allá, no para él mismo, sino para que durmiera la barragana, porque las de la barragana que le dio el mayordomo las había llevado para comprar a la esclava. Pues vino Cuahuipil, vio la jícara con la bebida, se la pasó un par de veces por debajo de la nariz, oliéndola, y dijo: Hmm... huele rico ¿puedo beber? “Beba”, dijo Cuetlachtli, y antes de que él, Marcos, pudiera impedírselo se la bebió. Y aún le advirtió del peligro para que intentase vomitar, pero el otro dijo: "No pasa nada. Esto lo único que da es sueños". Pero algo sí debía de haber en la bebida, porque luego, después de que se fuera Cuahuipil, la barragana le sirvió otra jícara en lugar de la que no se bebió y, aunque disimulaba bien, estaba pendiente de si se la bebía o no. Él aparentó bebérsela y siguió como si nada hubiera notado. Y en eso estaba ahora, en la preocupación de si Cuahuipil aparecería muerto a la mañana siguiente o no. ¡Ojalá esta Cuetlachtli no roncase! porque a él ni los disparos de cañón lo despertaban si no quería ¡pero los ronquidos...! Se quedó dormido.

  6. #46
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    Despierta sólo quedaba ya Cuetlachtli, que seguía dibujando cartas de baraja, copiándolas de otra ya muy usada que le habían prestado a Marcos. Oye, por cierto, ¿y de lo otro qué? Entre el robo, los naipes y la bebida, se le había ido el santo al cielo y ahora éste se había dormido y ella seguía virgen... Bueno, daba igual. Tampoco tenía prisa ni estaba ahí para eso... Ésta ya estáaa. Vamos a por el seis... Y, además, mucha cara de Huitzilopochtli, mucha apostura guerrera, muchas cicatrices del campo de batalla, que a saber si eran de eso o de barraganas robadas, pero eso, que era un ladrón. Era inconcebible. Menos mal que ya dormía. A ver si se ponía a soñar de una vez porque también ella quería dormir que había sido un día muy largo.
    Silencio. Durante mucho rato, en la galería a la que daban los aposentos de Marcos y Cuahuipil apenas si se oía un levísimo arrastrar, que era la cañita con la que, junto al brasero de copal que había encendido ella en devoción al Huitzilopochtli y a la luz de la tea, seguía Cuetlachtli dibujando naipes
    Silencio. Silencio.
    Finalmente unos pasos se detuvieron ante el aposento de Cuahuipil. La dueña de los pasos iba a levantar la cortina para entrar, cuando oyó hablar dentro y se detuvo. Cuahuipil soñaba. Pero no era el hecho de que soñara lo que le clavó a ella los pies en el suelo y el oído en la cortina. Soñar soñaba todo el mundo. Era que en sus sueños, entre palabras castillecas que no entendía, el durmiente repetía una y otra vez el nombre de Huitzilopochtli. Todas aquellas palabras sonaban hermosas y estaban dichas con arrobamiento. Nunca había oído nada tan hermoso. ¿Eran esas palabras que escuchaba lo que hacía que el corazón le palpitara tan a lo loco? El sueño y el parloteo embelesado en que se repetía el nombre de Huitzilopochtli duró un rato y cuando el durmiente se calló, ella siguió todavía unos momentos allí quieta y en cierto modo sobrecogida. Había ido a verlo por un motivo. Ahora tenía dos. Pero calma. Calma y cosa por cosa. Calma, Cuetlachtli.
    Cuando el corazón le latió ya a velocidad normal, se volvió hacia la puerta y apartó la cortina de un manotazo haciendo sonar todos los cascabeles que pendían de ella y que tenían precisamente por objeto avisar al durmiente de visitas inesperadas. Y sí lo avisaron. Apenas entrada Cuetlachtli, ya Cuahuipil tenía empuñada la pica y con ella mantenía a raya a la intrusa.
    -¡Quíteme vuestra merced esa payasada de delante! No he venido a hablar de picas.
    -Vuestra merced no ha venido a hablar de nada. Estoy durmiendo.
    -Ya no.
    -Vuestro barragán es dos puertas más allá. Platique con él que a él le gusta mucho hablar.
    Y se volvió a echar sin quitarle la pica a Cuetlachtli. Claro, que era una postura difícil de mantener. Cuetlachtli le apartó la pica de otro manotazo.
    -No duerma vuestra merced. Tiene cosas que hacer.
    El se sentó otra vez en las mantas y volvió a colocarle la pica en el pecho.
    -¿Es la táctica de ahora en adelante? ¿No dejar dormir? -se refería a la táctica de los mexicas con sus enemigos y así lo entendió la visitante.
    -Hay enemigos y enemigos pero eso no lo quiero hablar ahora. Vuestra merced tiene que venir conmigo y se lo estoy ordenando con mucha corrección. No veo por qué no me obedece.
    Cuahuipil no tenía teas encendidas en el cuarto y la luz que entraba por puerta y ventana sólo bastaba para distinguir los contornos. Sin embargo, ahora, allí donde estaba la cara, sí vio Cuetlachtli relucir algo. ¡Pues no se estaba sonriendo esa larva de títere!
    -¿Qué divertido, verdad? ¿Y si ahora yo me pongo a gritar y a pedir auxilio porque vuestra merced intenta violarme también será divertido?
    El brillo se ocultó. Y Cuetlachtli se equivocaba. Él no había sonreído por diversión, había sonreído para volver a hablar y ver si, mostrándose con toda su mansedumbre y encanto, la conmovía y le dejaba dormir. ¡Qué mujer tan espantosa!
    -¡Los he visto más espabilados! -se impacientó Cuetlachtli.
    -Pero ¿por qué yo? Yo estaba durmiendo. Su barragán está más cer...
    Cuetlachlti había empezado a golpear en el suelo con el piececito de impaciencia. ¡A ver si también a él le iba a romper cacharros...!
    -Está bien, me levanto.
    Hizo ademásn de ponerse en pie sin dejar de empuñar la pica y dijo:
    -Salga vuestra merced que ya voy.
    Salió Cuetlachtli y casi de inmediato también Cuahuipil.
    -¿Qué me quiere vuestra merced?
    -Que venga donde mi barragán. Está soñando y no entiendo lo que dice. Quiero que me lo interprete.
    Ahora sí, aquí fuera que había más luz, Cuahuipil se la quedó mirando con extrañeza.
    -¿Y esto lo va a hacer vuestra merced todas las noches?
    -No lo sé.
    -Pues averígüelo porque yo suelo dormir y la próxima vez, aunque venga vuestra merced, pienso seguir durmiendo.
    -Todavía es pronto para hacer esos planes. Ya veremos.
    Llegados a la recámara de Marcos no se oía nada. Si había soñado antes, ahora ya no soñaba. Cuahuipil interrogó a la mujer con la mirada.
    -Vamos a esperar -le contestó.
    No es que le pareciese mal lo que pasaba. Pero ¡vaya horas para sacar a nadie por ahí! Y ¿para qué? ¿Qué hacía él en cuclillas con una barragana y mirando al turco? Formalitos como estaban y él pica en mano ni siquiera daban pie a la maledicencia. ¿Entonces? ¡Qué sueño tení-i-i-aaaaaaa...!
    -¿Y hasta cuando hay que esperar? -sofocó el bostezo.
    -Ya le diré a vuestra merced.
    -¿Y por qué no me lo dice ya?
    Ni le contestó. Dijo en cambio:
    -¿Cómo dice vuestra merced que ya no va a acompañarme ninguna vez más si le llamo de noche y esta vez tampoco me quería acompañar y sin embargo lo ha hecho porque le he convencido con una buena amenaza? ¿Sabe ya alguna contra de esa amenaza?
    -¿Cuál?
    -No, no la sabe.
    -¡Ah, ya!
    No, no la sabía. Ya se le ocurriría. Clavarle la pica. Eso. No. De día no. De noche sí se puede clavar picas a las mujeres... ¡Aaaaaaah! ¡Qué sue-e-e-eeeño!
    Callaron unos momentos.
    -Todavía no sueña -insistió al fin Cuahuipil reprimiendo un bostezo que ya era continuo.
    -Si vuestra merced fuera buen soldado no sería impaciente.
    -Amén.
    -¡Qué es eso?
    -Nada.
    -¿Vuestra merced no tiene barragana?
    No contestó.
    -No, no tiene. ¿Vuestra merced es sodomita?
    Tampoco contestó.
    -¿Por qué no tiene barragana?
    Tampoco contestó. Y de momento la otra no le preguntó más. Marcos por fin se rebulló, se volvió a rebullir y finalmente habló.
    -Escuche atentamente vuestra merced que luego me lo tiene que contar todo.
    -Ya escucho.
    Marcos Bey decía alguna cosa en sueños, luego se callaba un poco y al ratito decía otras cuantas palabras. Así hasta que al parecer terminó de soñar. Pero en ningún momento dijo el nombre de Huitzilopochtli ni nada que ella reconociese y no sabría decir si sonaba bonito lo que decía o no. No escuchando ya nada más, Cuetlachtli se volvió a Cuahuipil:
    -¿Qué ha dicho?
    -No lo sé.
    -¿Cómo que no lo sabe?
    -No. No lo sé.
    -¿Pues no lo ha escuchado vuestra merced de cabo a rabo?
    -¡Sí-i-i-iiiiiiiiihhh!
    -¿Entonces?
    -No lo he entendido. Sueña en turco.
    -¿Qué quiere decir eso?
    -Quiero decir que ... ¡aaa-a-a-aaaah!... la primera noche que durmió su señor barragán en Tenochtitlán yo estuve velándolo y soñó y hablaba, tal como ahora, y yo no le entendía y le pregunté al día siguiente y me dijo que soñaba en turco. Esto era igual.
    -Y vuestra merced ¿no sabe turco?
    -Nooooo-o-o-o-o aaaaah.
    -Y ese turco ¿lo habla mucha gente en vuestra tierra?
    -No lo habla nadie. Es lengua extranjera.
    -¿Y por qué lo habla éste?
    -Porque vivió entre turcos. Pero preee- a-a-a-aaaaah, pregúnteselo mejor a su barragán vuestra merced. ¡Qué sueño!
    ¡Cuidado que bostezaba el Cuahuipil! Pues la otra como si no lo viera.
    -¿Qué soñaba vuestra merced poco antes de que yo lo despertara?
    -¿Yo? No he soñado.
    -Sí ha soñado.
    -Bueno, pues habré soñado pero no me acuerdo.
    Qué mujer tan mala... ¿Por qué andaba detrás de los que soñaban sin dejarlos dormir?
    -¿Ya me puedo ir?
    No contestó Cuetlachtli.
    -Tenga buenas noches vuestra merced y des-ca-a-a-aaaaanse!
    Tampoco le contestó las buenas noches.
    ¿Sería verdad que no se acordaba de lo que había soñado ni había entendido a Marcos Bey o era que no se lo quería decir? No. Debía de estar diciendo la verdad porque si, al mencionárselo ella, hubiera recordado que había soñado con el Huitzilopochtli, no hubiera podido evitar que la felicidad le saliera al rostro. ¿Qué hacer?... Seguro que, si la próxima vez lo despertaba en mitad del sueño, lo tendría presente y hasta le vendrían otros sueños en los que hubiera estado con el dios... Pero ¿por qué, a él, no siendo imagen y no siendo mexica, tenía que aparecérsele en sueños el Huitzilopochtli y en sueños que parecía que debían de ser hermosos?

  7. #47
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    Predeterminado Capítulo XV: Los cien mil perros de San Roque

    Era difícil, tratándose de una persona con tanto dominio de sí como el capitán Malinche, saber si estaba que rabiaba o no. Con las noticias que llegaban de Zempoala, donde se encontraba Narváez, y con las sospechas o certidumbres sobre lo que podían estar tramando los anfitriones, los motivos de preocupación estaban dados. Los de irritación eran que, con esos motivos de preocupación, le vinieran ahora con no se sabía qué otro pleito de un mercader al que le habían saqueado ingentes tesoros, existiendo la sospecha de que los autores eran un hombre suyo, precisamente el que se parecía al Huitzilopochtli y ayer recibió a una barragana y anteayer se cobró una calavera, y el mismo tlaxcalteca hijo de la calavera. Si le hubiera pillado en otro momento hubiera entrado en esto a fondo para tratar de poner las cosas en su sitio y ver qué se permitía ese Marcos Bey. Pero, como en estos momentos no tenía ni disposición ni tiempo ni hombres para nada de eso, ahí estaba el motivo de la irritación. Ya anteayer le molestó tener que ocuparse de las diabólicas empalizadas de cráneos. No. Cuanto antes mejor. Y hubiera delegado en otro de los capitanes pero, tal como estaban las cosas, prefería no hacer de menos a los mexica. Así que mejor despacharlo de una vez que verse importunado de continuo con el asunto. Pues ¡hala! otra audiencia. Y ahora que decía audiencia, ¿a cuento de qué le dio ayer al joven Cuahuipil por hablar vizcaíno? Claro que, si había algo que comprendía él era la afición a los intérpretes aunque el de vizcaíno no debía de tener tanto oficio ya que el propio Cuahuipil hubo de echarle una mano de vez en cuando.
    Una vez más, pues, se hallaban reunidos representantes de la justicia tenochca y autoridades de cristianos y tlaxcaltecas, además de los intérpretes. Y por el lado tenochca, aparte de los representantes oficiales, hoy también comparecían varios testigos y, sobre todo, el procurador de Papantzin y de su cónyuge, que estos habían enviado en su representación. De cristianos y tlaxcaltecas estaban los del día anterior, salvo por Teyohualminqui, que anteayer faltaba y hoy aparecía junto a Xiloxóchitl. Claro que, aunque hubiera estado anteayer, hoy no lo hubiera reconocido ni su espejo porque, como acababa de entrar esa misma mañana en una fase de heterodoxia, se había cortado y aseado el pelo y las uñas y, si bien se apreciaban en las orejas los agujeros dejados por los punzones de penitencia, no lucía ni una gotita de sangre y, además, el oscuro ropaje sacerdotal le daba prestancia y le quedaba bien al rostro. Eso, unido a su ademán afable y porte distinguido, hacía que una audiencia con Teyohualminqui bien mereciera la pena de perder el tiempo, perder batallas, perder imperios y, tratándose de mujeres, perderse. ¡Y pensar que debía guardarse casto y puro...!
    En cambio, Xiloxóchitl parecía una pavesa. Era una pavesa. Las discutibles acciones del día anterior sólo había conseguido llevarlas a cabo a fuerza de destrozarse el estómago y queriéndose morir todo el tiempo. Y cuando ya no le quedó ninguna acción discutible por hacer y del estómago tan sólo el sitio, se metió en su recámara a ver si, no teniendo ya otra ocupación, se moría. Cuando menos, no lo vería nadie ni tendría que oír a nadie pronunciar la palabra barragana. Nadie le recordaría que mientras él estaba ahí solo y consumido, con Marcos estaba otra, en su cuarto, en su petate, en su... ¡no...!; que el semblante que él había mirado como no había mirado antes ningún otro estaría pendiente de esa otra persona, sin acordarse de él. Otra persona que no podía desearlo tanto como él, gozaría, sin proponérselo, de una intimidad cuyo solo pensamiento hacía que le dolieran a él hasta las pobres pestañitas. Después de un rato que no sabía cuánto duró, aunque debió de ser largo, porque oyó dar varias horas de la noche, sacó el ímpetu suficiente para hacer penitencia. El dolor que se infligió con los pinchos de maguey hasta casi desmayarse le mató los deseos, pero no los pensamientos. Éstos, desbocados en el campo abierto de la noche, le representaron con saña el día siguiente y los que lo seguirían, días que ya no serían como el de ayer ni el de anteayer, cuando había tenido a Marcos Bey puede decirse que para él solo. Dos días que le hicieron pensar que todos los venideros serían lo mismo y que el teule ya no tendría mejor cosa que hacer que estar con él. Dos días en los que vivió torturado y diciéndose que tenía que acabar con aquello, porque, si no, lo iba a matar. Ahora sabía que no, que aunque aquello fuese tortura y lo matase, no lo quería acabar, no lo podía acabar, porque sin eso no era nada. Y el que, en esta desolación, el menor de sus sufrimientos fuese la vergüenza de sentir rivalidad con una mujer explicaba que, a aquella mala cara que ya tenía de antes, se hubiera añadido ahora un atisbo de sonrisa cínica.
    Una vez concluidos los preliminares de la audiencia, se le dio la palabra al procurador de Papantzin y cónyuge, quien, por medio de intérprete, dijo que a sus representados los habían visitado anteayer en su propia casa el llamado Xiloxóchitl Tlanexmitl, tlaxcalteca, y un teule al que por testimonios posteriores se había identificado como Marcos Álvarez Castaño, Marcos Bey de apodo, y al que era fácil reconocer por su gran parecido con el Huitizilopochtli. Que les dijeron a sus representados muchísimas cosas que no entendieron pero que eran horas muy altas de la noche y que, al día siguiente, cuando, por disposiciones que tomaron sus representados, se transportaban en varios acales sus mercancías a la casa que tenían en Coyoacán, dichos acales se vieron de repente en medio de un gran tumulto en el que intervinieron otras embarcaciones cargadas de patos, se produjeron varias desbandadas de esas aves y diversos vuelcos. Al socaire de ese tumulto, les sustrajeron a sus representados todas las susodichas mercancías. Que a sus oídos y a los de sus representados había llegado el rumor de que ellos habían renunciado a esas mercancías voluntariamente y como haciendo cesión de ellas a una república aliada de los cristianos con el fin de levantar un templo. Que desconocían el origen de ese rumor y por qué había surgido, ya que jamás estuvo en el ánimo de sus representados semejante cesión. Que la negaban y que, no queriendo entrar en querellas con los teules y tlaxcaltecas que estaban invitados en la corte de Moctezuma y a los que se debía todo el respeto y agasajo que es de ley con todo invitado, reclamaban la entrega inmediata de las mercancías sustraídas y que dicha entrega se hiciese por ante su procurador y que, si había duda sobre el paradero de las mercancías, se interrogase e incluso registrase a los dichos Marcos Bey y Xiloxochitl y que, de recibirse sin más dilación y por ante su procurador cuanto les había sido sustraído, considerando la posibilidad de que en efecto en esta apropiación indebida hubiera jugado alguna parte el malentendido, renunciaban a cualquier querella posterior. Que compartían en lo más hondo, por serles tan afín, el sentir de aquellas sociedades que por circunstancias históricas no pueden comerciar y que hacían votos encendidos por que esta situación se subsanase con contento de todos y que, como ciudadanos de Tenochtitlán, ellos cumplirían todas las disposiciones que les atañesen por hacer verdad ese propósito de promover el comercio universal pero que, en lo particular, ellos no podían ni habían querido renunciar ni habían renunciado nunca a ningún beneficio adquirido, ya que eso sería el vilipendio para todos los mercaderes de cualquier estado o ciudad incluidos los de la respetada república de Tlaxcala que ahora honraba a Tenochtitlán con la presencia de tantos de sus dignatarios. Que por este acto y en este momento entregaban en mano del escribano la relación de cuáles eran esas mercancías y que la justicia estricta era gracia que esperaban alcanzar de quienes podían y estaban allí para impartirla.
    Que qué tenía que decir Xiloxóchitl Tlanexmitl a lo expuesto por el procurador de Papantzin, preguntó el escribano.

  8. #48
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    Predeterminado

    -Lo que tengo que decir a esta respetada audiencia -empezó Xiloxóchitl- es que si el señor procurador habla verdaderamente en representación de Papantzin y su señora cónyuge, los dos mienten. Anteayer era de noche...
    Hizo una pausa el declarante mirando humildemente a la audiencia y como esperando que comprendieran la importancia de la noche.
    -Sírvase el declarante continuar, si es que no ha concluido todavía -dijo el escribano cuando el silencio del tlaxcalteca le pareció prolongarse.
    -Ruego a los presentes que me disculpen. Anteayer era de noche y parece ser que de la noche al día pudiera cambiar la palabra dada. Anteayer ese perjuro mercader llamado Papantzin y su cónyuge lloraron en presencia de este mi compañero Marcos Bey y yo. Jamás hubiera yo entrado en su casa de no haberme instado a ello mi dicho compañero. Yo, como huérfano de un mercader de una república cercenada en sus más civilizados impulsos, en sus más viscerales aspiraciones al comercio y al trato con todo el linaje humano, no podía ver a los representantes de un género que hace vanagloria y ostentación de algo que a otros les han vedado hasta en su más modesta dimensión y no podía ni quería porque lo odiaba. Pero estaba con mi compañero, cuya historia no es mi historia, y mi compañero Marcos me habló de José de Arimatea. Me dijo: "¡Oh, hermano! hazte cuenta que todos tus odios, que todas tus rencillas quedan sepultadas en ese santificado sepulcro durante tres días y tres noches, hazte cuenta ¡oh, hermano! que ya es el tercer día y viene la resurrección! Es esa resurrección la que debemos traer a este Papantzin y a su cónyuge, para que salgan de las tinieblas del monopolio y del acaparamiento groseros y entren en el redil del comercio universal entre todos los hijos de Dios." Le pregunté qué que era redil, por si de verdad yo quería entrar en una cosa así con el Papantzin y me lo explicó y yo, la verdad, no lo quería disgustar y también, tengo que reconocerlo, me ablandó, no fuera a ser que este Papantzin perdiera una redención universal por culpa mía, así que entré. Estas y otras muchas razones intercambiamos y luego, ya dentro, le dijimos a Papantzin y el muy pérfido dio muy buenas palabras y se hizo el muy convencido y prometió y prometió y escribió este documento de cesión, que pongo en manos del escribano, por el que hace donación de lo que en él se dice a la Santa Orden y Cofradía de las Hijas de la Sal, congregación dedicada a la instauración y santificación del comercio universal.
    “¡Ahí va! ¡Las Hijas de la Sal! ¡Ni me había vuelto a acordar!”, se dijo de repente para sí el capitán Chichimecatecuhtli. ¡Huy! ¡Pero si él era también de esa cosa, que le habían hecho cofrade sin voto! ¡Se había olvidado por completo! Y, además, que fueron testigos estos dos precisamente, el papa Teyohualminqui y el propio Xiloxochitl, aparte de la inefable consistora, Ilhuicáatl, y de su fiel concubina Carcajada Silvestre y Agotadora, que fue la que lo reclutó a él y le confirió tan singular honor entre carcajada y carcajada. Y no le extrañaba que se le hubiera olvidado tan enteramente aquello porque de las noches con doña Carcajada Silvestre y Agotadora, siempre, cumplidor él, salía para el arrastre. Más le valía ahora, sin embargo, tranquilizar su conciencia mercantil y, más aún, la concubinal, y tomarse en serio este episodio, que la memoria que le fallaba a él parecía que se iba con su concubina, que reiría como loca, pero que en cuestión de números ni en sueños se le iba una. ¡Y pensar que la echaba de menos!
    Al concluir su anterior parlamento, Xiloxóchitl había entregado en manos del escribano el documento que decía ser la cesión y otra vez guardó un silencio elocuente, antes de continuar:
    -Lo siguiente que podría declarar, además de lo dicho, ya no sería decir sino llorar. Llorar la pérdida de ese templo y llorar un desengaño. Llorar el aborto de una paz y armonía tan deseadas y tan del más íntimo anhelo de todo ser humano que se estime tal. Las mercancías que reclama ese presunto mercader están en las recámaras de mi tío Teyohualminqui, a quien mi compañero y yo hicimos religioso depositario de los bienes con los que pensábamos colocar el renacimiento del comercio tlaxcalteca bajo el amparo y la ley divinos que, dígase aquí lo que se diga, es la única ley que interesa cumplir. No obstante y en cumplimiento de lo que disponga esta audiencia humana, caso de que escuche a la perfidia y no a la justicia, mi tío Teyohualminqui, mi compañero Marcos Bey y este servidor estamos dispuestos a entregar tan inmediatamente como se quiera esas tan traídas y llevadas mercancías. He dicho.
    Marcos Bey declaró corroborando lo dicho por Xiloxóchitl prodigando elogios y expresando su propia admiración por la gran santidad del matrimonio de mercaderes que tan gran prueba habían dado de arrepentimiento mercantil y, eso, como si no se hubiese enterado de lo que había dicho Papantzin aunque se había enterado perfectamente.
    La expresión de Teyohualminqui, cabeza baja, apenado y, no obstante, conforme con la voluntad divina, quienquiera que en ese momento hiciese las veces de tal, la expresión también de las autoridades tlaxcaltecas, un si es no es abatida, como diciendo, fíjate y, por una vez que parecía que llegábamos a algo con estos mexica, mira cómo ha quedado en nada ¡qué pena, pero qué pena! junto con las declaraciones de Xiloxóchitl y de Marcos Bey, eran como para decir: Venga, hombre, Papantzin, si, total, ya está aquí la mercancía y los planes del templo hechos ¿para qué te vas a tomar la molestia de volvértela a llevar? ¡No pierdas el tiempo en esas tonterías, hombre!
    Era así. Y como era así, con la relación que había llevado el procurador, se dispuso pasar a inventariar las mercancías que estaban en las recámaras de Teyohualminqui pero ya sin el capitán Cortés y sólo con el procurador de Papantzin, el escribano y los y alguaciles de las tres autoridades, puesto que nada quedaba por resolver: todo el mundo estaba de acuerdo ¿no?
    Al abandonar la sala de la audiencia, antes de que se pasara al inventario según lo dispuesto y a la espera de que se reunieran los demás asistentes, una vez más, el capitán Chichimecatecuhtli había abordado a Xiloxóchitl, que en esta ocasión estaba acompañado de Teyohualminqui y Marcos Bey.
    -Como hermano sin voto de nuestra venerada cofradía me siento apenado por la renuncia a la aportación del estimado mercader tenochca. ¿Estamos seguros de que no lo ha hecho coaccionado o por el efecto de algo que le haya sentado mal? ¿No nos habremos precipitado? ¿No sería más prudente esperar a que se lo piense bien y después restituirle lo que sea, una vez quede enterado del entusiasmo que despierta en Tlaxcala ese acto de admirable justicia y desprendimiento susceptible de regenerar la amistad entre la familia chichimeca? Es algo que me pregunto. La cuantía que representaba lo cedido, por otra parte, me ha parecido muy santa.
    Lo otros tres hicieron los signos de acatamiento de rigor y luego dijo el papa:
    -Hay cosas que no tienen remedio, mi señor, mi Capitán General: tan convencidos estábamos de la sinceridad del mercader que casi toda la santidad de lo cedido ya está en Tlaxcala o a punto de llegar, con la venia del poder divino. Lo que queda, muy bien pudiera ser que el mercader cambie de parecer y lo ceda pero, si no, habremos de resignarnos ya que hemos dado nuestra palabra. Sobre la cuantía exacta, eso es algo que determinará la hermana interventora una vez examinado el género y es ella quien, como cada año, el próximo Panquetzalitzli comunicará a la asamblea de cofrades el estado anual de cuentas.
    -Bien, bien, muy bien. No puedo por menos que daros la enhorabuena por vuestra capabilísima labor y celebrar y encomiar la manera rigurosa en que desempeña su misión la cofradía. El comercio tlaxcalteca está de enhorabuena por contar con mujeres de tanta entrega y sapiencia y con hermanos tan cumplidores. Tengan, con el amparo divino, muy buenos días mis respetados cofrades y no dejen de tenerme al corriente de cualquier incidencia en este asunto para que, en lo que de mí dependa, pueda velar por su satisfactoria conclusión.

  9. #49
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    O sea, que la relación de los bienes dada por Papantzin y lo que había en las recámaras de Teyohualminqui no estaban destinados a casar. Pero, fuera como fuese, en lo que tocaba al capitán Malinche, ahí iba a quedar todo. Según lo visto por él, el pleito estaba resuelto y, si quedaba algún cabo sin atar, por favor, por escrito, porque ya durante toda la audiencia y cada vez que miraba a la intérprete, resulta que la intérprete parecía entender que quien más necesitaba de sus interpretaciones era el papa tlaxcalteca, según no le quitaba ojo. Y a ver qué necesidad tenía ese papa de tanto pleito. Y, hablando de intérprete ¿dónde se había metido?
    En ninguna parte se había metido. Más bien no había salido de la sala de audiencia. Pero que no se preocupara, que no se estaba confesando con Teyohualminqui sino tratando de resolver de otra manera un problema personal suyo muy arduo:
    -A lo mejor te crees, Cuahuipil -decía ella-, que yo a ti no te echo de menos, pero, hijito mío, no me preguntes cómo sucede, aquí me tienes, como soléis decir los cristianos, más atareada que una puta en cuaresma y, para colmo, me he quedado sin tabaco.
    -¿Sí? ¡Vaya! Yo creía que te lo traían al real.
    -Sí, si me lo traen. Ahora que, no sé si es una conspiración de nuestros anfitriones o que no me sé explicar o que en el Anáhuac de tabaco andan peces, pero desde la última vez que fui contigo a encargarlo no me he fumado un canuto en condiciones.
    -¿Pero cómo te puede gustar eso, Malinali? Yo creo que no puede ser sano ahumarse tanto las entrañas y, por lo que he observado, pone los dientes amarillos. Tan seguido no puede sentar bien.
    -¿Bien? ¡Qué va a sentar bien, hombre! ¡Seguro que es veneno! Pero no pienso dejarlo. Las cosas que no son veneno, ya es mala suerte, no están igual de buenas. Anda, ¿por qué no me acompañas ahora mismito y lo encargamos en persona, eh? Y así charlamos y se te alegra un poco esa cara que, entre la audiencia de anteayer y la de hoy, te veo todo mustio. ¿Vamos?
    -Sí, sí, vamos, claro. Pero ¿no te echarán en falta?
    -Pues a lo mejor sí, pero el tabaco es el tabaco, hijo mío, y lo he tratado muy mal últimamente. Ya son muchas disculpas las que le debo.
    Fueron, pues, no sin dejar dicho antes, por si la echaban en falta, eso, que se iba a comprar tabaco. De modo que, con la escolta de rigor y de plática con el Cuahuipil, se sustrajo, según suele decirse, a sus múltiples obligaciones.
    -Oye, Cuahuipil, ¿y ese papa tlaxcalteca de dónde ha salido? Nunca había visto a un papa con ese... ¡vaya armazón, hijito! –y esto del armazón lo remato silbando y con un gesto de la mano que indicaba el calibre del tal armazón.
    -¡Ya! Es el que será tío mío, si Dios quiere y si salimos de aquí. Se ha cortado el pelo y las uñas y se ha peinado. Tiene apostura, sí.
    -Ya, ya. ¡Menudo! Es un peligro que ande por los pleitos. ¡Va a perder muchas almas ¿eh?! Aunque, fíjate, a lo mejor salva algún cuerpo.
    Se rió Cuahuipil y dijo:
    -Sí, como entrara en acción el padre, algún que otro salvador de cuerpos iba sudar de lo lindo. Yo creo que lo ha mirado mal.
    -¿Quién ha mirado mal a quién?
    -Tu salvador a la competencia.
    -¡¿Quéee?! –la Malinche estalló en una carcajada-. ¡No me digas!
    -Claro, como tú estabas mirando para otro lado ni te diste cuenta, pero sí. Por eso se acabó tan rápido la audiencia.
    -¡Ja ja ja ja ja! ¡Pues bueno es saberlo! Va a haber que llevarle a todas las audiencias porque los anfitriones, aparte de sus muchas otras virtudes, son cargantes como ellos solos. De todas formas, yo creo que dices eso de "mi salvador" porque no te cae bien ¿a que no?
    -A la distancia que lo tengo, y no quiero otra, no me cae ni bien ni mal. Es el estado perfecto entre un soldado y su capitán. Ahora que, desde tu punto de vista…
    -¡Ah, sí, ya recuerdo! ¿Cómo lo llamaste la otra vez?
    -No, no le llamé nada. Dije que tenía todas las trazas de ser un sentimental y un beato. Dos cosas malísimas cada una por su lado. Las dos juntas, ya ni te cuento. Yo no he conocido a ninguna mujer casada con un beato o con un sentimental que a la semana no estuviese ya pidiendo a Dios quedarse viuda. Y, cuando el marido es las dos cosas, sólo las he conocido fugadas ya de casa. No hay quien resista una plaga así ni por los hijos. Que cuidado que las mujeres aguantan cosas por los hijos… pero eso, no.
    -¡Ja ja ja ja ja ja! ¡Pues entonces es gravísimo, Arbolito! ¡Ja ja ja ja ja! –decía Malinali como si la risa fuera algo que explicara la gravedad.
    -Lo digo en serio -proseguía él riendo-. A un marido así no habría que contenerse de matarlo en el primer arrebato.
    ¡Cómo habían echado de menos estos ratos! Cuahuipil no sabía cómo, pero cuando estaba con Malinali decía cosas que no decía con ninguna otra persona. Era como si se dieran cuerda el uno al otro o como el que lleva una prendas muy apretadas y de repente se suelta todas.
    -No, claro, Cuahuipil. Eso sería lo suyo. En un mundo ideal se debería poder acabar con el socio sin más historias. Lo malo es que en éste en el que vivimos, ya sabes como son las autoridades, lo pagan siempre con la que menos culpa tiene. ¡Qué falta de injusticia!
    -No, Malinali, yo creo que esto te lo perdonarían. No se puede servir a dos amos. Lo dice el evangelio.
    -¿Sólo dos? –dijo ella arrugando el entrecejo- ¿Pero éste que se ha creído? Me ha tenido engañada ¿sabes? ¡Yo creía que eran más! Ahí está, pavoneándose conmigo y dándoselas de conquistador como si yo no fuera a averiguar las cosas. Así que ¿son sólo dos?
    -Ja, ja, ja… No, no. No va por ahí la cosa.
    -¡Ya decía yo! A ver, acláramelo.
    -Pues... ¿Tú te acuerdas de lo que pasó en Tlaxcala?
    -¡Huy, hijo, en Tlaxcala pasaron muchas cosas! Bueno, para ti sólo una, pero para el común de la gente, pasaron más. ¿De cuál hablas?
    -¿Tú te acuerdas de cuando los cuatro senadores de la República ofrecieron a sus hijas y sobrinas a nuestros capitanes para establecer las alianzas?
    -Sí.
    -¿Y que tu capitán no tomó a ninguna y la primera, Tecuelhuatzin, la hija de Xicoténcatl el Viejo, la que es ahora doña Luisa, en lugar de quedársela, se la pasó a Tonatiu?
    -Sí.
    -¿Sabes por qué?
    -¿Porque Tonatiu le dio un codazo con disimulo?
    -Eso seguramente también pero, en primer lugar, porque él aspiraba a algo mejor. Tlaxcala no es un imperio, es una republiquita sin pretensiones. Eso era poca cosa para él. Se reservaba para la hija de Moctezuma, para el gran imperio, para las pompas de Satanás.
    -¿Sí? Pues ya va a tener que aguardar el muy ansioso ¿eh? porque casaderas Moctezuma las tiene todas colocadas y hasta las que no lo son también y yo creo que hasta las hijas que no tiene las tiene también colocadas. O espera: lo que me estás diciendo es que tú y mi capitán habéis desvelado solitos el misterio de quién hubiera podido ser mi padre y que cualquier día de estos voy a heredar Tenochtitlán y que, por tanto, mi beato oficial ya no se acuerda de conquistármela ¿es eso?
    -Hasta ahí no sé, que a mí esas cosas no me las cuenta, pero creo que has dado en el clavo. Y eso selló tu mala suerte, Malinali… y la buena suerte de Tecuelhuatzin. ¿Tú te acuerdas de cómo al darse cuenta del cambio y, a pesar del colorete, se le notó el brote de incontenible felicidad que le daba y que todavía le dura?
    -¡Ja ja ja! Pues sí, algo sí se notó.
    -Saltaba a la vista.
    -Pero, Cuahuipil -decía ella riéndose- la apariencia física no lo es todo.
    -Casi todo. No. Todo.

  10. #50
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    -Bueno, tienes razón, a qué engañarnos. Pero el caso es que todas no nos podemos quedar con Tonatiu que iba a quedar el pobre en más cachitos que ni comulgado. Alguna otra forma tiene que haber. Lo que es el colmo que seas precisamente tú quien me diga estas cosas. Mira tu tlaxcalteca. Todos los cristianos te conocen por eso. Y los indios también. Vaya si te has hecho notar, hijo mío. A ti no parece que te haya importado el físico.
    -Lo que más, Malinali, lo que más, pero sarna con gusto no pica. Cada cual quiere lo que quiere y no se va a dejar llevar por gustos ajenos por muy juiciosos que parezcan. Hay que tener el coraje y la satisfacción del propio sentir.
    -No sé yo, no sé yo. ¿Según eso, lo que sería mi salvador entonces es una sarna sin gusto?
    -Lo suyo no puede ser sarna, Malinali. La sarna no es sentimental ni beata, es más… más de carne, aunque sea carne picante. Además de que, si te lo tienes que preguntar, es que ya te has contestado ¿sabes?
    -Me estás haciendo polvo: así que sentimental, beato y sin carne. ¡Jajajajaja! ¡Vaya desastre! Pero bueno, yo voy a seguir con él todavía un trechito, no sea que al final no herede Tenochtitlán y me lo tengan que conquistar. Y ya, puestos en eso ¿no crees que yo debería advertirle a él de todas estas cosas que le pasan y decirle que me lo has dicho tú, que eres una persona imparcial y muy de fiar, para que se corrija unos defectos tan graves?
    -Sí, adviértele. Sólo que, cuando lo hagas, avísame antes para que me dé tiempo a cruzar al teocali de enfrente, que ahí sacrifican gratis y sin darle largas.
    -También en nuestro bando se sacrifica gratis y sin largas ¿eh? A ver qué tienen ellos que no tengamos nosotros.
    -Ellos no echan sermones.
    -No, claro. Llegados a ese punto los sermones los dejan a un lado. En eso sí saldrías ganando. Pero y ¿todo esto qué tiene que ver con servir a dos amos?
    -Tiene que ver, Malinali, que los beatos y los sentimentales no saben lo que quieren. A lo mejor saben lo que les conviene, pero no lo que quieren.
    -Y no es lo mismo, claro.
    -No, no es lo mismo.
    -¿Y por qué no es lo mismo?
    -Las conveniencias cambian. Lo que se quiere, cuando de verdad se quiere, no cambia, siempre y cuando, claro está, no se sea sentimental ni beato porque esos no saben querer.
    -¡Ay, Dios! Así que ni siquiera saben querer… ¡Míralos! ¡Pero qué falta de ignorancia! Ahora que eso de que lo que se quiere no cambia, no lo veo yo muy claro ¿eh? Tendría que pensarlo, pero ahora dime ya de una vez lo de los dos amos.
    -Lo dijo Jesús en el evangelio, que no se puede servir a dos amos…
    -Eso ya me lo has dicho antes y he quedado enterada. ¿Ha dicho Jesús alguna cosa nueva desde entonces?
    -Todas las veces que se diga es poco.
    -¡Bueno! Pues está visto que me voy a quedar sin descubrir quienes son esos dos. ¡Menuda faena han debido de hacerte para que les tengas esa ojeriza, jajajaja!
    Y decía esto porque, si Malinali quería que le dijera quiénes eran los tales, tendría que ser después, porque ahora habían llegado al almacén de tabacos y, aunque el tabaquero estaba con un cliente y la tabaquera con otro, ésta pasó el suyo a una ayudante y se dirigió con extrema cortesía a atender a la sonriente doña Malinali y la compaña: ¡No, por los dioses del tabaco! ¿Pero cómo era posible que hubiesen servido a la señora un género que no era de su agrado? Eso era imperdonable. Debió de ser cuando ella no pudo atender en el almacén por estar en palacio con las señoras del Gran Señor y algún manazas le sirvió el pedido sin tener en cuenta todo lo que se debe con clientes tan entendidos, que, creyérala la señora, no abundaban. ¡Cómo se notaba que la señora venía de un lugar donde se apreciaba el tabaco y se entendía de lo que se hablaba! Ciertamente se iba a encargar de que no volviera a verse defraudada la señora fumadora y de resarcirla del pasado desagrado. Que examinase la señora ése que acababa de llegar. Tenía justo el punto de curación para poder apreciar la sutileza de aroma de una hoja selectísima. Que lo probase su señora fumadora y viese si no era un placer supremo. Es el que solía fumar la señora madre de la tabaquera en las ocasiones excepcionales...
    A Cuahuipil estos aromas y estos humos le daban mareos también excepcionales y fue a sentarse a uno de los asientitos que ya conocía de la otra vez, en un extremo del almacén, junto al jardín. ¡Anda! ¿No era ésta Teotlalco? Sí. Era Teotlalco. No sabía quién era Teotlalco, pero sabía que se llamaba Teotlalco. La había oído nombrar cuando estuvo con la criada de Cuetlachtli, Chalchiunenetzin, a dejar el ajuar de su ama en los aposentos de Marcos. Pues se pasaba la vida dejando cosas, porque ahora también estaba dejando unos bultos en una de las salas de trojes anejas a la tabaquería y que daban al jardín.
    -Pero ¿qué haces aquí solito? ¿Te aburrías de verme elegir el tabaco? -era Malinali, que ya había terminado.
    -No. Me mareaba con los olores. ¿Ya has terminado? ¿Nos vamos?
    -No, sigue sentado. Deja que me fume este canutito aquí contiguito que no puedo esperar a llegar a Axayácatl. ¡Aaaay! –y con este suspiro de anticipación se sentó a gozar de su canutito.
    Ella fumaba con gran satisfacción y Cuahuipil, con insatisfacción igual, apartaba el humo a manotazos.
    -¡Pero, hijo, estás hecho de melindres! Cualquier día de estos te enseño a fumar y ya verás cómo se te quitan. Y eso que no, que a ti los melindres te quedan bien. Bueno y ¿qué pasó con los dos amos? ¿Se te fugaron juntos y ya no los encuentras? –dijo sonriendo.
    -¿Qué dos amos?
    -¿A que te echo el humo? –lo amenazó con el canuto.
    La amenaza no le iba a servir de nada. Allí llegaba la tabaquera con un precioso abanico de plumas que, con exquisita cortesía, ofreció a su señor no fumador quien, al tenerlo en la mano y moverlo con brío, recuperó fuerzas y aire y con ello a los amos perdidos.
    -¡Ah, ya! Ya, ya... A ver: ¿por qué quiero yo estar con mi amiga de Tlaxcala?
    -Porque le tienes afición.
    -Sí. ¿Y por qué tomó Tonatiu a doña Luisa y ella a él?
    -Para formar una alianza entre los cristianos y Tlaxcala.
    -Ni la una ni la otra cosa están mal ¿no es cierto? Si ambas partes lo hacen por el mismo motivo y finalidad, sea por inclinación, sea por conveniencia, sea por política y así lo saben y entienden y si, siempre, en todos los casos, cumplen lo pactado, se atienen a una cosa o a otra y no las mezclan, no hay nada malo en ello y todos tienen por qué sentirse conformes ¿no es cierto?
    -Así parece.
    -Pero si una persona hoy toma a ésta por inclinación y luego espera que encima le convenga y mañana a esta otra por conveniencia y sufre porque no le tiene inclinación y si ni siquiera se da cuenta de que es eso lo que hace, lo único que va a conseguir es agraviar e insatisfacer a la una y a la otra, porque se sentirá frustrada si la que le conviene no le agrada y si la que le agrada no le conviene. Y las otras se verán comparadas en algo en lo que no pueden competir, ya sea en convenirle más, ya sea en agradarle más. A un hombre así no hay que tenerle miramientos. Se le aplastan los sesos a martillazos y a otra cosa. ¡Total, no hacen aprecio de tenerlos…!
    Ella seguía riendo pero, ahora que ya disfrutaba del canutillo, con un aire más filosófico y sin excesiva prisa por despachar beatos o por otras medidas extremas.
    -¡Anda, anda, no exageres, Arbolito! Aunque como me vuelvan a dejar sin tabaco decente los anfitriones, lo del martillo me lo voy a tomar en serio. Pensándolo bien, podría proponerse como elemento obligado en el ajuar de todas las consortes.
    Exhaló un poco más de humo y ya, toda satisfecha de la vida, sugirió:
    -¿Y no pudiera ser que coincidieran la conveniencia y la inclinación?
    -Eso sería lo peor de todo.
    -¿Es posible?
    -No se sabría en cada momento cuál es la parte de la conveniencia y cual la del gusto. Aunque alguien a quien quieres te convenga, hay que elegir si manda una cosa u otra. Eso al menos es lo que me han enseñado a mí personas de edad y sabiduría que se dedican a estas cosas. Y lo que pasa con los sentimentales y beatos es que lo confunden todo. Ellos, y no los sacrificios humanos, son la plaga de la Humanidad.
    -Me estás asustando. Por primera vez desde que nos metimos en Tenochtitlán estoy empezando a sentir miedo ¿sabes? -esto lo decía ella con gran placidez y sin muestra ninguna de estar asustada ni de sentir el más mínimo miedo, arrobada, como estaba, en el vaporoso placer de fumar-. De todas formas, Cuahuipil, se ponga uno como se ponga y sean políticas, sentimentales o de conveniencia, hay cosas en las que no se manda.
    -Si es por eso, ni te molestes, Malinali. No hay ni una sola cosa en la que se mande. Yo por, lo menos, no la conozco. Lo mejor es dejar que le caiga a uno encima lo que le tenga que caer y tirar para alante sin calentarse la cabeza.
    -Tú lo has dicho. Y si encima te puedes fumar tu canutito tan a gusto y en buena compañía ¿qué más se puede pedir, eh? –dijo contemplando alternativamente el canutillo y la compañía y echando humo con abandono.
    Y así, entrecerrando los ojos, reclinó la espalda contra la pared, enredada en aromáticas volutas y humaredas, ella, cuyo nombre quería decir “enredadera”, mientras Cuahuipil, el Arbolito, también reclinado y con los ojos igualmente entrecerrados, se daba aire con aquel leve abanico de suaves plumas, tal y como si ninguno de los dos temiera que fuera precisamente entonces cuando les viniera a caer algo encima.

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