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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #31
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    31 dic, 11
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    Predeterminado Capítulo X: De haberlo sabido… Nada

    Ilhuicauxaual miraba distraído en el estanque del palacete las formas temblorosas de la casa, de su casa, al agitar la brisa la superficie de las aguas. Estaba, como siempre que pensaba en su hija, desazonado. Por una parte no podía decir que no quisiera a Cuetlachtli y lo que desde luego tampoco podía decir era que la quisiese. Sus sentimientos con respecto a ella se habían detenido en algún punto más acá del querer o de la indiferencia. No. Lo que de verdad le inspiraba era temor. No, más que eso, terror. Esos berridos que nació dando la criatura no habían cesado nunca, nada más se habían ido modulando de diferente manera. Una recién nacida escuchimizada que nunca a ninguna hora ni del día ni de la noche paraba de berrear como si de todo el cuerpo se le hubiesen adueñado los pulmones.
    Pues bien, ya desde aquel día en que nació no había sabido qué hacer con ella. Tenía el sentimiento de haber actuado cobardemente porque, aunque tuviera la justificación de que, siendo hembra, era su madre quien debía educarla, no dejó de calarle, en el mismo momento que los oyó, que aquellos berridos eran una provocación a él mismo, como si ya entonces y sin palabras le estuviera diciendo lo que después no se callaría y vocearía sin cohibirse más o menos cada vez que lo veía:
    -¡Callate, anda, si no tienes huevos...!
    Y también sintió, ya desde que nació, que debía hacer algo por demostrar que dominaba la situación pero se abstuvo porque ese algo que tenía que hacer no sabía qué era. Y no veía tampoco qué hubiera podido hacer para no abstenerse. ¿Quererla, tal vez? Sí. Tal vez era eso y entonces habría actuado mal, porque habría actuado mal, exactamente igual que todos los que habían tratado con Cuetlachtli, porque con ella no había manera de actuar bien, pero al menos hubiera sido feliz, como su padrino y si no feliz, pues conforme. Cuando Cuetlachtli le chillaba a su padrino que no tenía huevos, éste no perdía los papeles, no, decía:
    -Sí, sí, es una pena y no me explico cómo ha sucedido pero, a pesar de eso, mariposita mía, tú cuéntame lo que quieras, cuéntale lo que desees a tu padrinito para que te ayude y te sirva y lo que no quieras, mañana u otro día, que aquí estaré y no te atribules ni te cariacontezcas que yo no sería Aculnahuácatl si no viviera pendiente de ti.
    No es que estas palabras la amansasen, no, pero al menos en los instantes siguientes no rompía ningún cacharro ni arañaba a nadie porque le habían quitado todos los pretextos. Ahora que, cuando no era a Aculnahuácatl sino a él al que le decía Cuetlachtli lo de los huevos, él no sabía donde meterse y lo que hacía era huir donde no se encontrara con el dilema de consentir en la afrenta y dejar ver su falta de autoridad o proceder en términos que no sabía en qué podían llegar a parar. No iba a pelearse como un maleante con su propia hija, máxime sabiendo que a pesar de lo que dijera ella de que no los tenía, eso era precisamente lo primero que le iba a arrancar, porque no tenía vergüenza ni pudor ni era una mujer sino un castigo. Eso, eso era: un castigo. Al padrino tal vez le resultaba fácil pero él jamás podría pasar por adoptar la actitud de eterna petición de disculpa que asumía Aculnahuácatl, uno de los capitanes más temidos y sañudos de la milicia tenochca, que no era poco decir. ¡Vivir para ver! No es que él mismo le anduviese a la zaga. También era temido y también era sañudo pero seguro que el castigo que era Cuetlachtli no le venía por eso pues, de ser así, también se hubiera abatido sobre Aculnahuácatl y, sin embargo, a éste no parecía sino que era precisamente Cuetlachtli lo que hacía que nada le pareciese un castigo sino una bendición. La misma llegada y estancia ¡ignominiosa estancia! de los teules en Mexico-Tenochtitlán, a la que se oponía con una virulencia que le había dejado a él, Ilhuicauxaual, casi sin virulencia de la que alardear y con la que ganar crédito, parecía, sí, moverlo a la cólera, pero no lo hacía infeliz. Se diría que, por el contrario, esa odiada presencia, lo mismo que el movimiento de los astros y de los siglos todos, no tenía otro objeto que el de cumplir alguno de los caprichitos de Cuetlachtli, como pudiera ser el de "hacer algo importante".
    Y ¿qué era eso tan importante que podría hacer ahora? No lo sabía. Se sentía aliviado de que aquella fiera saliese de su casa y de su autoridad -más bien falta de ella- para ir a otra parte, a cualquier parte, daba igual, cuanto más lejos mejor, mientras no la matasen ni le hiciesen ningún daño que luego le hiciera a él sentirse más culpable todavía. Por de pronto, ya se sentía mejor en su casa, como si el presagio de la cercana paz doméstica hiciera que el sol acariciara más cálidamente paredes y personas, como si todo fuera a salir de una noche tenebrosa para entrar en un día apacible. Ya quedaban solo un par de horas y, en cuanto se hubieran llevado sus cosas, Cuetlachtli sería un recuerdo y tal vez él no era después de todo tan frío. Tal vez lo que le había helado fueron aquellos berridos rabiosos de recién nacida. Y tal vez a partir de ahora podría dedicarse, sin ese peso en el corazón, a atender con más eficacia sus quehaceres de estado, que iban a imponer en breve decisiones graves y nada fáciles.
    ¿Qué podría sucederle ahora a ella, una vez apartada de su casa y de la de su padrino, de sus costumbres y de su gente? ¿Habría alguien entre los muros de Axayácatl capaz de aguantarla? ¿Le daría alguno de sus moradores, superado por la ira, un testarazo que la matase? Era grande la incertidumbre, aunque era una incertidumbre que pronto dejaría de afectarlo de forma personal. Ahora estaba con su padrino ultimando detalles y había dejado todo su ajuar dispuesto para que vinieran los acalpanes y lo llevasen al palacio de Axayácatl, donde estaban alojados los teules con sus mancebas, esos payasos tlaxcaltecas, que no habían sabido toda su vida lo que era un grano de sal y ahora andaban por Tenochtitlán como si fuesen alguien. Por lo que él sabía, Moctezuma iba a comunicar esa misma mañana al teule que se parecía a Huitzilopochtli la entrega de la concubina. En medio de todo, era una suerte para ella, obedeciera a lo que obedeciera el parecido de ese cristiano y aunque luego lo tuvieran que sacrificar, porque ¿qué mayor honor podía desear una mujer que tener de consorte a la mismísima imagen del Huitzilopochtli?

  2. #32
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    31 dic, 11
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    Predeterminado

    En cuanto al castigo, ése sí sabía porque era, aunque cuando incurrió en el error de atraérselo no se le pasara para nada por la mente que iba a tener unas consecuencias tan graves, si bien lo más grave no era la gravedad sino la duración. Toda la vida, prácticamente desde el comienzo de sus respectivas carreras, se la había pasado enfrentado con Aculnahuácatl ¿Enfrentado? No. No era cierto. Enfrentarse no se habían enfrentado nunca. Una y otra vez se habían arrollado de costado violentamente, de mala manera y de peor cara, pero frente a frente jamás se habían visto. Se trataba de una antipatía y una falta de calor irremediables, en los que ni siquiera entraba el respeto que puede existir entre adversarios, aunque tampoco había falta de respeto. Era una aversión que no toleraba el acercamiento ni siquiera para hacerse daño. En aquellos primeros años de su vida militar a los que había que remontarse, a ambos, al parecer, les interesó la madre de Cuetlachtli, Cuautehuanitzin, pero de manera diferente. A Aculnahuácatl le movía exclusivamente el interés normal de contraer alianzas provechosas y conseguir buenas rentas de los pueblos que tenía ella de dote. A él, en cambio, además de esos intereses, le movía la inclinación personal por la muchacha, por la que llegó a sentir pasión, o, mejor dicho, según lo veía ahora, media pasión, siendo correspondido, no sabía si con otra media o con un tercio, más de eso seguro que no, porque luego fue descubriendo que esta Cuautehuanitzin que le había sorbido medio seso era una persona bastante apática, por la que era muy difícil mantener el interés. Sin embargo, en los comienzos de la relación él no lo vio así. La inmovilidad de aquellas manos de un moreno pálido le parecía la manifestación de un natural señorío, los ojos inexpresivos y la conversación simple y sin sustancia lo tomó por el reflejo de un sereno lago, etc., etc., es decir, veía todas esas cosas que suelen verse y sentirse cuando se tienen pocos años y muchos deseos. El lago resultó ser sólo un charquito y el señorío una penosa falta de energía pero, fuera charquito o fuera lago, señorío o inanidad, el lago y las rentas contantes y sonantes se le esfumaron cuando, sin haber sabido ninguno de los dos del interés del otro, Aculnahuácatl se le adelantó exponiendo oportunamente sus pretensiones al huey tlatoani de entonces, quien sancionó con su aprobación el concubinato de Cuautehuanitzin y Aculnahuácatl. Le amargó muchísimo sentirse ganado por la mano y, por más que la situación pareciera irremediable, no la aceptó, y la aceptó menos todavía cuando vio que pasaba el tiempo y no tenían hijos. El seguía sintiendo la misma inclinación por las rentas y el lago imaginario de ella y, lo mismo que antes del golpe de mano de Aculnahuácatl, seguía también contando con la complicidad de la mujer y de la familia, así que ahora empezó a encizañar, a decir que mira que después de no habérsela dado a él por un mero trámite..., que mira que ya había contado con los interesados y que mira el oportunismo de Aculnahuácatl, en un momento pasajero de favor... y que mira también que no podía dejarse a la pobre mujer sin hijos, porque de qué servía darle mujeres a un guerrero para tener hijos que fueran mejores guerreros todavía si resulta que precisamente no tenían hijos y que, antes de decidir que la causa estaba en ella, que debería dársele la oportunidad de probar con otro; que mira que así no se servían los intereses del estado y patatín y patatán. Encizañó tanto que, al suceder poco tiempo después que Aculnahuácatl desapareció en acción, él empujó todo lo que pudo para que se le diera por muerto y se reparara la injusticia que se le había hecho. Y, tanto movió, que consiguió sus propósitos y, en la avidez y el atropello de poseer en seguida lo que tanto había codiciado antes de que surgiese otro obstáculo y estando, como estaban todos, seguros de que Cuautehuanitzin no estaba preñada, porque además esos días tenía la regla, ni siquiera se guardó un plazo prudencial antes de cambiarla de gineceo.
    Y entonces ocurrió lo inesperado: Cuautehuznitzin, que siguió teniendo la regla como si nadie la hubiera enseñado que cuando se está preñada no se tienen esas cosas, tuvo un hijo en unas condiciones y en un momento que se prestaba a todas las dudas. La criatura sí que nació escuchimizada, pero no podía decirse que no tuviera fuerza. Aunque, más que fuerza, lo que parecía demostrar era rabia. Pero eso no fue todo. Al día siguiente del nacimiento de Cuetlachtli aparece Aculnahuácatl vivito y protestando que aquella hija era suya, que aquella criatura era el resultado de su perseverancia, de su saber hacer y de su esmero. Se llevó el asunto a los jueces, los cuales fallaron que era de Ilhuicauxaul, pero como de todas formas era imposible disipar las dudas y Aculnahuácatl insistió en que aquella criatura no le era indiferente y que era una infamia aprovechar su pérdida en acción para privarle de una relación filial que representaba todo su impulso vital, todo su hálito, lo mejor de sí mismo, que se había reservado -reservado y tenía otros 12 hijos y luego tendría alrededor de otros treinta!- para volcar todos sus instintos paternos en aquella niña, que no había derecho a que, aprovechando su desaparición al servicio de la patria, se le arrebatase el pedazo más entrañable de su alma. Que con la madre hicieran lo que quisieran, incluso con sus rentas, pero que la niña se la dejasen, por favor, que se la dejasen, porque si no se volvería loco, y loco no iba a poder hacer ni la mitad de lo que podría hacer cuerdo. Resumiendo, que cuando se celebró el bateo de la niña, a los cuatro años, él fue el padrino, el padrino más padrino de la historia, el príncipe de los padrinos, el epítome de la padrinidad. Aunque no se conformó, porque periódicamente, cada cuatro o cinco meses, hacía lo mismo que había hecho en la reunión de tecuhtin en la que trataron de la imagen del Huitzilopochtli, es decir, probaba a hablar de ella como si fuese su hija a ver si a todo el mundo ya se le había olvidado lo ocurrido de verdad y disimuladamente podía pasar a ser hija suya sin que nadie se diera cuenta. Era absurdo, porque esas cosas no se olvidan y a la edad que ya tenía Aculnahuácatl podía decirse que es que chocheaba, pero esto lo llevaba haciendo desde que nació la niña y entonces era joven. Y pensar en esto le traía a la memoria a Ilhuicauxaual que ¿quién, después de venir los teules, no había salido por ahí diciendo que había tenido tal y cual visión profética y -cómo no- catastrófica? Le hacían gracia todas estas visiones y seguro que la mitad eran pura imaginación pero él mismo sí había tenido un sueño con algo relacionado con los teules pero que no revelaba nada sobre ellos, sino sobre Aculnahuácatl. Y lo tuvo tras una de estas oportunidades en que él, erre que erre, probaba a ver si por fin era el padre. En el sueño que tuvo veía a Aculnahuácatl en forma de una fiera, que entonces a él le resultaba desconocida, pero que, cuando llegaron los teules, lo reconoció o creyó reconocerlo en uno de los que llamaban perros de presa y que son de esos que una vez que muerden algo no lo sueltan aunque se hunda el firmamento. Y sí era profético el sueño pero no se lo había contado a nadie. En cuanto a él mismo, no tardó en enfriársele la media pasión que sentía por Cuautehuanitzin y en preguntarse qué había podido ver en ella si no había nada. Pero ya entonces, después de Cuetlachtli, había tenido otro hijo, Ahuitzotl, que en algún aspecto había salido a su madre y en otros a él, como debe hacer todo hijo normal y como no hizo la fiera de Cuetlachtli porque si, pasado el tiempo, se hubiera apreciado a simple vista un parecido entre ella y Aculnahuácatl, él, Ilhuicauxaual, hubiera sido el primerito en pedir que se revisara la sentencia de paternidad en vista de la nueva circunstancia porque no tenía ningún interés en seguir guardando para sí a aquella fiera. Pero la fiera, de hecho, no se parecía a nadie, ni al padre ni al padrino y, si sería atravesada que, por no parecerse, no se parecía ni a su madre, algo en lo que podía siquiera haber condescendido, puesto que con ello no hubiera hecho bien a nadie. Más adelante, cuando creció y descubrió la pugna que había entre los dos que pretendían ser su progenitor, no perdió oportunidad de hurgar en la herida, de zaherirlos a los dos, de despreciarlos a los dos, de ofenderlos a los dos y de hacer a todo el mundo que la rodeaba rabiar en la impotencia. También creció Ahuitzotl, soso y simple como su madre y frío e inoportuno como su padre, y diciendo de continuo:

  3. #33
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    Predeterminado

    -Esta niña está muy consentida. Si no la dejaseis hacer todos sus caprichos, no pasaría esto.
    Era al revés, era porque pasaba eso por lo que tenían que dejarle hacer todos sus caprichos. Y no, no le dolerían prendas en dejar de ahora en adelante que Aculnahuácatl recibiese de Cuetlachtli todas las noticias que pudiera dar sobre la imagen de Huitzilopochtli y en enterarse él como todos los demás cuando Aculnahuácatl lo contase y dejaría de darse de costado con él y empezaría a resarcir un poco a su hijo del alma, a Ahuitzotl, de una infancia, pubertad y juventud amargadas por aquella fiera qu si le decía lo que le decía a él, siendo su padre, para qué hablar de lo que le decía al pobre muchacho, que era cierto que carecía de gracia pero era cumplidor y sincero. Y bien caro lo pagó aquella vez que vino de permiso a poco de entrar en el calmecac o escuela de nobles. Debió de ser porque la ausencia le hizo olvidar la realidad e idealizarla por lo que llegó a casa creyéndose que Cuetlachtli tenía remedio. Se empeñó en que ¿qué era eso de las excepciones? que ella tenía que tejer como las demás mujeres. Volver a la realidad le costó caro y fue Cuetlachtli quien lo logró con su habitual dulzura:
    -¡Qué razón tienes, querido hermano, o semihermano, que no sabemos finalmente quién le revolvió la regla a mamá en aquella ocasión ¿verdad?! Tienes razón: no hay nada tan bonito como tejer ¿a que no? ¡¡¡Pues toma, teje!!! ¡pichapulga! ¡y date una vuelta por algún hormiguero a ver si encuentras esposa y te largas de una vez, capullo de cabrón! ¡¡¡Toma, teje!!!
    Le estampó el telar en toda la cara, lo dejó sin nariz y con un palo del destrozo le alanceó en las criadillas y le hizo sangrar. Si además de perder sangre había perdido los plenos poderes de paternidad era algo que aún estaba por ver. En cambio lo que sí se vio aparecer inmediatamente después del altercado fue a Aculnahuácatl, que vino a poner las cosas en su sitio, haciéndole a Auitzotl grandes elogios y mejores pronósticos de que en el futuro sería mucho más sensato y que ya, en ese mismo día, su gran sentido común le había enseñado que las generalizaciones son odiosas y que el que la mayoría de la mujeres sean tejedoras no es ninguna profecía de que la hermana de uno vaya a serlo también. Hay que respetar la voluntad divina y cómo distribuye los talentos y las gracias. Que qué bien se estaba preparando para la guerra en el Calmecac y ahí estaba, si no, la prueba, puesto que hasta en casa y de permiso había aprovechado para probar suertes y lances y sufrir rigores y eso era gracias a que tenía una hermana maravillosa que le secundaba en los empeños más elevados. Le aguardaba un porvenir glorioso en la milicia... ¡Su hijo del alma! ¡Qué extraño que la sosería de la mujer que lo desilusionó hubiera terminado queriéndola en el hijo...!
    Algo que se solía decir por ahí era que Cuetlachtli se tan maleducaba porque Aculnahuácatl deshacía por un lado lo que hacía Ilhuicauxaual por el otro pero, muy grande y todo que fuese la aversión que pudiera tener a su rival, sabía que ni lo que hiciera Aculnahuácatl ni lo que hiciera él tenía nada que ver con cómo fuese Cuetlachtli porque, si no hubiera sido Aculnahuácatl, hubiera sido otra cosa o no hubiera sido nada, pero ella hubiera sido igual. La realidad era que, como no fuera matándola, no tenía remedio. Y eso ya había quedado dicho en aquel primer berrido.

  4. #34
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    31 dic, 11
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    Predeterminado Capítulo XI : ¡Cuánto tiempo sin verte!

    Estaba contento. Ya tenía fecha para confesarse y ya tenía cargas, mantas y canutillos para mandar a Ilhuicáatl y a sus hermanas de la sal y ahora mismo iba a donde estaba el calpixqui tlaxcalteca encargado de los correos y el transporte con la República para que las cargas no dejasen de salir hacia Tlaxcala en la próxima expedición. Así iba de ufano, cuando lo abordó uno de los soldados:
    -¡Hombre, Cuachipil! ¡Cuánto me alegro de veros!
    -Gracias, mi señor Bernal Díaz del Castillo.
    Le temía al Bernal más que a los nublados. Y de ahí que tratara de guardar las distancias llamándole "mi señor" y que por todos los medios quisiera desalentar la plática porque, si le cogía por banda este Bernal, era capaz de contarle de alba a alba seguido y sin parar las finezas de Moctezuma, lo gran señor que era Moctezuma, cómo hablaba Moctezuma, cómo miraba Moctezuma, cómo comía Moctezuma y hasta cómo hacía Moctezuma lo que hacían todos los mortales, cosas que a él le habían dado y le seguirían dando siempre igual. Que Moctezuma o quienquiera que fuese gobernase mientras pudiese y que a él, Cuahuipil, lo gobernase quien fuese mientras así fuera el mundo pero que no lo distrajeran contándoselo, y menos cuando lo que él quería era mandar las cargas a Tlaxcala y luego irse a su aposento a soñar, a ver las cartas de ella, a mirar el árbol en la oscuridad y apretárselo contra el pecho, a imaginar la cara que pondría cuando recibiese las cargas y cuando viese la carta que le iba a enviar, a imaginar cómo sería su reencuentro -¿se volverían a ver alguna vez o fue aquel primer encuentro y aquellos días como la luz del amanecer que ve el sentenciado a muerte al salir del calabozo y antes de ser ajusticiado?
    -... Y entonces el Moctezuma ¡qué gran señor es en todo lo que hace! le dijo a Ojeda: Esa bolsica...
    Les interrumpió uno de los capitanes:
    -¡Ah, Cuahuipil, hermano! Cuánto me alegro de encontrar a vuestra merced todavía despierto. A uno de los soldados a los que les tocaba la vela le están dando retortijones y hay que suplirlo. ¿Lo podríais hacer?
    -Como mande vuestra merced.
    El capitán le indicó a Cuahuipil el puesto de vela que le correspondía y éste se fue derecho a ello volviendo muy groseramente las espaldas al Bernal, que se quedó desencantadísimo de no poder contarle lo que era imprescindible que le contase a alguien porque, con lo gran señor que era Moctezuma, las cosas no podían quedar así.
    Cuahuipil hizo su vela a conciencia, como hacía todo y, renegando a conciencia también del Bernal, de la madre que parió a Bernal y del padre que no pudo aguantarse antes de provocar tamaño desaguisado. Y no saldrían en la expedición de mañana las cargas para Ilhuicáatl y ella tardaría un día más en tener este conocimiento de los sentimientos que él le profesaba y le expresaba de esta forma. Después de lo fácil que había sido todo con el Tonatiu... Un día más. Ahora lo que iba a soñar que ocurriría dentro de día y medio, tendría que soñar que ocurriría dentro de dos días y medio. Era un retraso cruel que le iba a descabalar muchísimo los sueños. Así, renegando, transcurrió la vela y renegando y volando se fue a ver al calpixqui cuando terminó, a ver si por una dichosa casualidad no estuviera ya cerrada la expedición. La casualidad no se dió y, enfurruñado, fue a tomarse un baño en el temazcal y, ya de amanecida, se retiró a sus aposentos. Allí se enfurruñó más o, más bien, se desató:
    -¿Dónde están mis quachlis? -se preguntó en voz alta y dispuesto a matar a quien se los hubiera tocado.
    Los quachlis eran el tipo de manta más sencilla y de menos precio que se tejía en la Nueva España y él tenía unas cuantas que le servían de colchón y de abrigo. Además, con los ojos clavados en él, observó que también le habían movido el árbol. Lo examinó detenidamente y no, no había sufrido desperfecto. Mejor para el autor porque, como lo hubiera sufrido, lo habría estrangulado hasta que la lengua le diera en las rodillas. No tuvo que pensar mucho. Como un huracán se fue derecho al aposento de Marcos Bey y, en efecto, allí lo halló durmiendo plácidamente encima de las mantas que le faltaban a él. Tiró de ellas con muy mal genio. El otro, sin despertarse y por la fuerza de la costumbre, echó mano a la espada y se la puso delante al Cuahuipil, que la apartó de una patada con tanta violencia que después de deshacerse de la espada aún quedó puntapié para el durmiente. Y todo esto sin dejar de despotricar.
    -¡Turco capón, amigo de capones, robaquachlis, carnicero! ¡Te voy a dar yo a ti desvalijar camas ajenas y tocar los árboles de nadie...!
    Y seguía con los puntapiés, aunque estos ya sin querer hacer daño. Así se desquitó un poco y, total, el Marcos Bey, aparte de ponerle en sueños la espada delante del pecho cada vez que el otro se la quitaba, no se alteraba ni se molestaba en despertarse.
    Cuahuipil se preparó el lecho, colocó el árbol y se serenó un poco al tenerlo junto a sí. Y aunque fuera con un día de retraso, soñó y, finalmente, se durmió hasta la mañana entrada, en que vino a despertarlo una criada que le enviaba Xiloxóchitl con el recado de que fuera a verlo en cuanto pudiera que tenía algo que enseñarle.
    Se aseó rápido y fue a reunirse con Xiloxóchitl en el aposento de éste. Xiloxóchitl tenía echada la cortina de la puerta y delante de ella había puesto una mampara. Estaban lo más en privado posible. Después de los saludos, preguntó Cuahuipil:
    -¿Qué tienes que enseñarme?
    Xiloxóchitl abrió un gran cesto en forma de arca que tenía allí, sacó de él algo envuelto en un paño, lo colocó encima del cesto una vez cerrado y dijo:
    -Míralo.
    Cuahuipil lo tomó, lo desenvolvió con cuidado y sacó una calavera. La miró y, con cuidado también, la volvió a colocar encima del cesto sin decir palabra. Xiloxóchitl miraba a su amigo con solemnidad.
    -Te presento a mi padre -le dijo.
    Cuahuipil llevó la mirada alternativamente a Xiloxóchitl y a la calavera con mucha atención y luego, una vez hallado el parecido, se puso de rodillas sentado sobre los talones ante el más huesudo y guardó un reverente y conmovido silencio, mientras rezaba para sus adentros por el que debería ser su suegro.
    Luego, todavía de rodillas, se volvió a Xiloxóchitl y le preguntó:
    -¿Y dónde lo hemos encontrado?
    -En el tzompantli del templo de Yacatecuhtli.
    Guardó silencio unos momentos y luego prosiguió:
    -¿Te acuerdas de que yo no quería pasar por allí ni arrastras?
    -Sí, sí me acuerdo.
    -Pues anoche pasé, me quedé mirando el tzompantli con amargura y, de repente, en la tercera hilera por arriba, el cuarto cráneo por la derecha, lo reconocí. No pude evitar romper en sollozos.
    -Es lo suyo. ¡Vaya si te comprendo! Pero entonces no tienes que tener pena, sino todo lo contrario. Ayer lo dabas por perdido y hoy, además de saber que está en el Paraíso con tu madre, tenemos con nosotros su calavera, que es la parte más expresiva del cuerpo. Debemos dar gracias a Dios. Yo estoy muy, muy contento por vosotros y también por mí.
    -Me alegro de que lo estés.
    -Pues sí. Lo estoy y mucho. No te he contado todavía nada de mi propio padre porque son memorias tristes y no me gusta volver sobre ello pero a mi padre también le ocurrió algo parecido. Siendo yo niño, se embarcó para otra tierra en busca de mejor fortuna y sospechamos que fue abordado por piratas aunque lo que hicieron con él, si murió, lo mataron o lo cautivaron, no lo hemos podido averiguar.
    Xiloxóchitl abrió la boca de sorpresa.
    -¿Sí?
    -Sí.
    -¡Podríamos mirar otra vez en el tzompantli a ver si está allí!
    Xiloxóchitl había querido ayudar a Cuahuipil pero, desde luego, de estar el padre de Cuahuipil en algún tzompantli, sería en el de Marsella o en el de Constantinopla o en el de algún lugar mucho más al oriente que las Indias. Mas, como es sabido, allí tenían otros adelantos pero no tzompantlis.
    Última edición por Carcayona; 15/03/2012 a las 22:20

  5. #35
    Fecha de Ingreso
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    Predeterminado

    En cuanto al padre de Cuahuipil, toda la verdad no era fácil que el hijo la dijera porque lo cierto es que su padre no había ido en busca de fortuna sino que, después de que se obligara a convertirse al cristianismo a los mudéjares de Castilla, fue de los que quisieron ver si en otras tierras hallarían libertad de creencia para él y los suyos. Esto no lo podía decir Cuahuipil en las Indias porque, como a cristiano nuevo, le estaba prohibido pasar y no era cosa de buscar problemas a las monjas y al cura que le arreglaron los papeles y, aunque la inquisición no fuera santo de especial devoción entre los cristianos que estaban allí, como bien decía Xiloxóchitl, lo que no se sabe no se puede decir. Todo lo demás, sin embargo, era como lo había dicho. Xiloxóchitl seguía consolándolo:
    -De todas formas, este padre también es tuyo, ya lo sabes.
    Que un indio u otro hombre vivo le llamara hijo le inspiraba reconocimiento pero que esa consideración viniera de una calavera lo conmovía todavía más. Ese era el verdadero amor, el que incluso desde el más allá viene a traer consuelo a quienes aún no han despertado del sueño de la vida. Y si, además de muerto, era el padre de Ilhuicáatl, era como para morir de sentimiento. Miraba a la calavera con apego y veneración, como si este padre mártir, desde el más allá, estuviese bendiciendo a la hija y a él con la bendición más pura.
    Xiloxóchitl lo acompañó en guardando silencio, que finalmente rompió preguntándole:
    -¿Qué te parece que hagamos con él?
    -Sus exequias, como deben ser, y luego enterrarlo en la casa del alfoz.
    -Digo ahora mismo: si lo guardamos aquí con nosotros o si se lo enviamos a Ilhuicáatl de inmediato. Me da miedo guardarlo aquí porque cualquiera sabe cómo vamos a salir y si saldremos pero separarnos de él también me preocupa por si se pierde o lo roban o se accidenta en el camino.
    Cuahuipil reflexionó un momento.
    -Mejor lo mandamos sin esperar. Si aquí pasara algo, por lo menos que lo tenga Ilhuicáatl. El riesgo de que lo pierdan otros no va a ser mayor que el de que lo perdamos nosotros mismos si llegáramos a llevarlo. El calpixqui sin duda ya sabe todo el cuidado y reverencia que hay que tener con los muertos y, sabiendo las circunstancias, extremará el cuidado. Que yo sepa, nunca se ha perdido nada de lo que se ha enviado de aquí a Tlaxcala, cuanto menos un mártir.
    En ese momento pidió permiso para entrar un alguacil tlaxcalteca. Los futuros cuñados envolvieron y guardaron a aquel hueso de sus huesos e hicieron pasar al alguacil.
    -Tengan buenos días mis señores. Traigo orden del Capitán General Chichimecatecuhtli de hacer saber a todos sus hombres que, por pedido del capitán Malinche, debe presentarse de inmediato ante ambos capitanes y otras autoridades, para responder a una denuncia de la ciudad de Tenochtitlan, el militar tlaxcalteca que ayer noche anduviera en el templo de Yacatecuhtli del barrio de Pochtlan.
    -¿Ha dicho el señor alguacil en el templo de Yacatecuhtli o ha dicho cerca del templo o en las proximidades del templo? -preguntó a su vez Xiloxóchitl.
    -He dicho en el templo, mi señor.
    -No hay en este aposento ningún tlaxcalteca que ayer noche estuviera en el templo de Yacatecuhtli más si mi señor alguacil tiene orden de hacer otra pregunta semejante a las que he dicho le contestaré cuando me la haga.
    -Quedo enterado de lo que me dice mi señor Xiloxóchitl Tlanexmitl y volveré si se me instruye para hacerle alguna otra pregunta. Tengan buenos días mis señores.
    -Tenga buenos días mi señor alguacil.
    -¿Pasó algo ayer en el templo de Yacatecuhtli? -preguntó Cuahuipil tan pronto salió el alguacil.
    -Sí, que Marcos Bey y yo rescatamos a mi padre, como ya has visto.
    Oír el nombre de Marcos Bey metido en esto alarmó a Cuahuipil. Podía haber ocurrido cualquier desaguisado.
    -¿Robasteis algo?
    -¿Robar has dicho?
    -Xiloxóchitl, no voy a consentir que el padre de Ilhuicáatl ande colgado por ahí de ningún tzompantli para que los niños del barrio aprendan a contar a costa suya y si, por ese motivo, te has buscado alguna complicación, iré contigo hasta el fin del mundo pero quiero saber exactamente lo ocurrido para poder responder.
    -No, Cuahuipil, no robamos nada del templo de Yacatecuhtli ni en él. Sólo la calavera de nuestro padre. Por lo demás, no tienes que venir conmigo a ninguna parte. No va a pasar nada.
    -¡Claro que voy contigo! Yo quiero estar ahí si se dice una palabrita más alta que otra y si un capitán cristiano tiene la granujería de objetar tantico así a que un hijo recupere los restos mortales de su padre, encima atropellado y sacrificado. Yo quiero estar ahí para decirle a ese capitán y a cualquier otro capitán lo que pienso de tanta palabrería de cristiandad si luego se profana a los difuntos y se les impide reunirse con sus calaveras allegadas. Hay demasiado cristianismo farisaico aquí en la Nueva España y así lo voy a proclamar y no va a haber quien me tape la boca.
    -Pero tampoco te excedas, no sea que ofendas y te tomen ojeriza.
    -¡Valiente cosa la ojeriza de unos infieles!
    ¡Bueno, bueno! ¡Cómo le había puesto la calavera! Sí, parece que le había reventado, una vez más, todas las ampollas de su cristianismo forzado y de su orfandad no menos forzada.
    No tardó en volver el alguacil y en hacer alguna de aquellas otras preguntas que le sugirió Xiloxóchitl, con el resultado de que éste se puso su atavío de más respeto y lo más filosófico de su sonrisa, con la que parecía decir: pues sí, además de todas las otras cosas que me pasan, ya va faltando menos para que me ahorque el capitán Malinche, y siguió al alguacil mientras a él lo seguía Cuahuipil pegado como un perro y con ganas de morder.
    No era mala la concurrencia: allí estaban el capitán Malinche, el capitán Alonso de Ávila, el alguacil mayor de los cristianos, otro capitán y algunos soldados. Allí estaban también Chichimecatecuhtli, Capitán General de la milicia tlaxcalteca en Tenochtitlán, el alguacil mayor de los tlaxcaltecas, dos auxiliares suyos y soldados tlaxcaltecas. Allí estaban igualmente cuatro cargos de la ciudad de Tenochtitlán, dos sacerdotes o papas y otros doce o trece tenochcas que debían de ser los testigos. Allí estaban asimismo doña Marina y el otro intérprete, Aguilar. Y allí estaba por último Marcos Bey. Todos saludaron a todos. Malinali sonrió a Cuahuipil y Cuahuipil le sonrió a su vez porque la apreciaba mucho, aunque últimamente, rodeada de tanta gente principal, se hubiera hecho más rara de ver y de hablar.
    La denuncia tenochca era que un cristiano que se parecía al Huitzilopochtli y un tlaxcalteca sacrílego habían arrojado piedras contra el templo de Yacatecuhtli, que habían destrozado una parte de él, a saber, el tzompantli, que habían profanado los objetos de culto, que habían aterrorizado a los sátrapas y moradores del templo, que habían causado heridas a unos mercaderes y mercaderas veteranos que allí hacían sus devociones y que habían sustraído un objeto sagrado y llevado en cambio al templo suciedades y objetos extraños que no eran sagrados.
    Pidió el capitán Malinche (o sea, Cortés) al escribano que preguntara a los denunciantes cuál era el objeto sustraído y cuáles eran los objetos extraños llevados al templo.
    El objeto sustraído, dijeron, era una calavera divina. Los objetos extraños que habían llevado al templo, sin tener que estar allí, eran piedras, hojas de árbol, unas secas y otras verdes, y una sera de estiércol.
    Seguidamente los dos sacerdotes y los testigos tenochcas identificaron a Marcos Bey y a Xiloxóchitl como autores de los hechos y se recibió declaración primero a Marcos Bey, quien respondió de inmediato, aunque también de inmediato le pidieron que no siguiera, porque, como hablaba latín, no se le entendía, que si no quería hablar castellano. Que no, que no quería, que la lengua del derecho era el latín. Pero como esto también lo dijo en latín, lo volvieron a interrumpir y llamaron a Fray Bartolomé de Olmedo para que hiciera de intérprete. Vino el sacerdote y esto es lo que fue traduciendo:

  6. #36
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    -Marcos Alvarez Castaños, Marcos Bey, para servir a los señores capitanes y alguaciles, autoridades tenochcas, soldados e intérpretes y a todos los presentes en general. Ayer noche, el aquí conmigo compareciente Xiloxóchitl Tlanexmitl, hidalgo y militar tlaxcalteca, y un servidor, habiéndonos apetecido y con los permisos pertinentes, salimos a dar una vueltecita por el barrio de Pochtlan. Cuando iba a dar el segundo cuarto de la noche nos llegamos al templo de Yacatecuhtli, sin entrar en él. Me fijé en que en el patio del templo había uno de los que luego supe que se llaman tzompantlis y, junto a él, acuclillados en el suelo, a un grupo como de trece o catorce entre viejos y viejas, formidablemente beodos, embeodándose más, vociferando y gesticulando y dándose empellones y afrentándose unos a otros. Como yo no había visto nunca ningún tzompantli tan de cerca, contemplé el de ese templo con curiosidad y mi dicho compañero me explicó lo que era y a qué fin se utilizaba. Llegados a este punto, el dicho Xiloxóchitl se demudó y exclamó "¡padre!" y luego me dijo entre lágrimas y gemidos que el cuarto cráneo por la derecha de la tercera hilera desde arriba era el de su difunto padre, que salió de Tlaxcala a comprar sal iba para seis años y no había vuelto. Entonces acababan de tañer la hora. Conforté a mi compañero lo mejor que supe y ambos resolvimos a la mañana siguiente, es decir, hoy, pedir por vía oficial la entrega de los restos mortales de su difunto padre para darles sepultura con la bendición de Santiago-Camaxtli en su solar de Tlaxcala. Pero en ese momento, no sé de dónde, recibí un pelotazo que casi me vuelve la cabeza del revés...
    Al llegar a esta última parte de la declaración no había absolutamente nadie entre los presentes que no encontrase en ella algo increíble. A los cristianos les pareció sospechosísimo que de noche, o de día, daba igual, una persona, entre centenares de calaveras, pudiera reconocer la de su padre, por muy padre que fuese, porque no hay nadie capaz de distinguir una calavera de entre un sinnúmero de otras. Por su parte, los indios no pudieron creer, probablemente los cristianos tampoco, aunque no les escandalizase, algo que, además, hizo prorrumpir en protestas de indignación a los tenochcas presentes, que fue la mención del pelotazo. Esto lo advirtió Marcos, que se preguntaba qué era lo que tenía de defectuoso aquel pelotazo. Pero no se amilanó. La mentira puede resultar sospechosa pero la duda lo es más. Prosiguió, pues, como si los asombros no fueran con él:
    -... Me sorprendió desde luego que a esas altas horas de la noche los chiquillos anduvieran todavía por ahí con sus juegos y pensé dónde podría haber ido a parar la dichosa pelota para ir por ella y devolvérsela, que yo sé lo que es ser niño y querer jugar, y me animé entonces a entrar en el templo a buscarla y, me hallaba al lado de los viejos ebrios y gesticulantes, cuando vi que lo que debió de ser otro formidable pelotazo...
    Los gestos y voces de protesta de los tenochcas subieron de tono, la sonrisa de Xiloxóchitl se volvió filosófica total y los cristianos estaban casi por seguir el ejemplo de los tenochcas. Sólo los tlaxcaltecas, una vez reprimida con disciplina militar la sorpresa y la carcajada que casi los ahoga al oír lo del primer pelotazo, estaban muy tranquilos y seguían el relato con vivo interés a ver en qué paraban aquellos pelotazos fantásticos. Lo que oían empezaba a ser muy entretenido y el Huitzilopochtli teule parece que había salido juguetón, ¡bien por él!
    Marcos Bey, siempre en latín, seguía diciendo:
    -... daba en todo el tzompantli y lo hacía tambalearse. Pero lo que lo derribó fue el tercer pelotazo. Acordándome del cráneo del hidalgo, anduve muy vivo y conseguí atraparlo en el aire antes de que se hiciera astillas contra el suelo. Todas las demás calaveras cayeron sobre mí y sobre los viejos, supongo, por lo que aquí se ha dicho, que llenándolos de chichones. A mi al menos me han dejado la cabeza como un serrijón. Luego hubo bastante confusión y llegaron sátrapas, milicia y otra gente. Con eso y el trastorno y desvarío de los ancianos, que no paraban de gritar "¡ay, ay ,ay!", pensé que lo que la piedad me mandaba era poner a salvo los restos mortales del padre del hidalgo aliado antes de que les pasase algo irreparable y dar parte de lo ocurrido al día siguiente en nuestro real para evitar malentendidos entre nosotros y nuestros respetabilísimos anfitriones (se encorvó con deferencia hacia las autoridades tenochcas en señal de respeto al decir esto). Salí, pues, del templo con la calavera, me reuní con mi compañero, que había permanecido extramuros, y nos volvimos al real. Y ese parte que digo y que aquí muestro es lo que me hallaba ya firmando cuando vino a buscarme el alguacil que me trajo ante vuestras mercedes.
    Diciendo esto, hizo entrega al escribano, a guisa de prueba, de lo que decía que era el parte, escrito, por supuesto, en latín.
    Era el turno de Xiloxóchitl y, como se trataba de la calavera de su padre, ¿qué mejor que hablar en la lengua de su madre para mayor halago? Pidió pues un intérprete de otomí, que se le trajo, y prestó declaración. Naturalmente, no habló de pelotazos para nada, porque en la Nueva España las únicas pelotas que había entonces eran las utilizadas en ese juego ritual y religioso cuya cancha se ubicaba dentro del recinto de los templos y que estaba reservado a grandes señores y caballeros. Esas pelotas eran, consiguientemente, objetos litúrgicos y no andaban sueltas por ahí sino que se tenían muy bien guardadas y custodiadas para las especialísimas ocasiones en que se utilizaban. Estaban hechas de hule y eran tan pesadas y tenían tal rebote que, si una llega a darle a Marcos Bey, tal como dijo, en la cabeza, más que volvérsela del revés, se la hubiera vuelto a la Vieja España de manera instantánea o, por mejor decirlo, en latín, ipso facto. Lo que habló, pues, y le interpretaron a Xiloxóchitl del otomí al náhuatl y del náhuatl al maya y del maya al castellano, después de dar sus datos, fue lo siguiente:
    -Respetable audiencia: a lo que se me requiere sé decir lo mismo que mi compañero hasta donde habla del pelotazo y digo que lo que ocurrió después de que este servidor dijese "¡padre!" y diese las demás muestras de sentimiento ya aludidas es que el aquí presente, Marcos Bey, imagen del Huitizilopochtli, se quedó mirando al zompantli y, así, mirándolo, empezó a echar fuego por los ojos. Luego, portentosamente, empezaron a caer objetos del cielo y a estrellarse contra el tzompantli, que se derrumbó hecho pedazos por la furia divina, salvo por la calavera de mi padre, que, igual de milagrosamente, vino por encima de la valla del templo directamente a manos de mi compañero Marcos Bey, imagen del Huitzilopochtli, quien me la entregó a mí. Entonces volvimos al real y no sé decir más sino que mi estado de ánimo en esos sucesos era por demás extraordinario y por ese motivo no puedo tener de ellos la misma fidelidad de recuerdo que yo quisiera y que tendría si el suceso no me afectara tan en lo vivo. He dicho.
    -¿Cómo sabía vuestra merced que esa calavera, precisamente ésa, era su padre y no otra calavera u otro padre? -esto era lo que querían saber en general los cristianos y lo que le preguntó el escribano por medio del intérprete, aunque no hacía falta porque Xiloxóchitl lo entendió perfectamente, pero no llegó a contestar, pues se le adelantó Cuahuipil, que dijo:
    -Vuestras mercedes: yo quisiera hablar y dar testimonio a lo que se pregunta, porque lo sé, si las autoridades y señores aquí presentes me dan su licencia.
    Se le dio licencia, sin perjuicio de que luego se volviera a interrogar al Xiloxóchitl. Se dispuso, pues, a declarar, pero antes:
    -¿Puedo pedir que venga mi intérprete?
    -¿Pues no habla castellano vuestra merced? -le preguntó el escribano.
    -Es que quiero hablar en vizcaíno.
    ¡Olé, hombre! se dijo el capitán Cortés para sus adentros. Para sus afueras oyó como el escribano mandaba en busca de un intérprete de vizcaíno, que se trajo y que tradujo ésta declaración de Cuahuipil:
    Última edición por Carcayona; 15/03/2012 a las 22:19

  7. #37
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    -Yo quisiera aclarar a los cristianos aquí presentes que lo desconozcan algo que sé muy bien por mi trato con los indios y muy particularmente con este Xiloxóchitl y es que nada tiene de extraordinario que distingan una calavera de otra o de entre otras muchas y que sepan de quién pudo ser en vida si conocieron a la persona porque, al ser frecuente tenerlas expuestas, se fijan e incluso, si son las de algún cautivo suyo, las remiran por pura satisfacción. Yo sé que el Xiloxóchitl tiene ese conocimiento y sé también cómo perdió a su padre, por cuyo motivo me ha hablado muchas veces con desconsuelo y es también padre de su hermana, no sólo de él, y ella igualmente lo ha llorado y lo ha descrito. "Y los huesos de los pómulos los tenía así, y estaban a tal altura con respecto a la nariz y los ojos", y, lo que es de los pómulos, pues también de la barbilla, de la quijada, de la sien… todo eso me lo han descrito con añoranza. Y parece mentira que en una sola cabeza quepan tantos huesos. Hasta tal punto daban detalles de su padre que yo mismo llegué a imaginar cómo era y, hoy, cuando lo vi, aparte del parecido con la hija y el hijo, que salta a la vista, pude comparar lo que veía con los rasgos que conocía por descripción. Esto sentado, digo que a los cristianos no debiera importarnos quién o de quién sea padre esta o estotra calavera porque, ya que no lo hacemos con los vivos, con los muertos debiéramos tener piedad. Y no se puede negar a unos hijos que recuperen los restos que quedan de un padre que no ha muerto en una guerra declarada sino en un ataque inicuo al derecho de comercio que tienen todas las gentes honradas y todas las repúblicas. Pido, pues, a vuestras mercedes que, para que no se nos acuse de arbitrarios y de cebarnos en el Yacatecuhtli y, puesto que todas las calaveras son hijas de Dios, hoy mismo se pida al señor Moctezuma que autorice a las personas más idóneas a descender de todos los tzompantlis de Tenochtitlán a las calaveras cuyos deudos las reclamen ahora o en lo sucesivo.
    Suficiente. Suficiente. Estaba bien lo dicho por Cuahuipil pero que ya no dijera más, por el amor de Dios, que iba a poner la convivencia patas arriba. Con eso ya bastaba para que los tenochcas se conformasen porque no iban a querer que les profanasen más tzompantlis en lugar de reponer el mermado, pero que no siguiese, que éste, de tan sincero, iba a hacer lo que otros sinceros, que, con tanta sinceridad, terminan dando más guerra que si fuesen fementidos traidores. Esto pensó cierto capitán cristiano y se resolvió, pues, en definitiva, someter el caso al Moctezuma y pedirle autorización para que, quienes reconocieran algún cráneo, lo recuperaran sin necesidad de alterar el culto. En cualquier caso, no procedía que Xiloxóchitl devolviera la calavera de su padre, puesto que ya eran amigos, y no enemigos, tenochcas y tlaxcaltecas y no existía razón para negar a estos últimos algo tan elemental. Se dispondría la limpieza del templo y la reparación de los palos que faltasen del tzompantli, aunque no se iban a entregar calaveras nuevas para sustituir a las cascadas, que se trataría de recomponer por si algún deudo las reclamaba. Lo que sí se podía hacer para rellenar los huecos que hubiera entonces o en adelante era encargar una remesa de calaveras de yeso y colocarlas como si fuesen de verdad. Algo con lo que los tenochcas no podrían estar de acuerdo jamás de los jamases por tratarse de una estafa a los dioses, pero eso iba a ser difícil hacérselo admitir al cristiano que parió la idea y que estaba de ella tan orgulloso como si de un hijo se tratase y que, además, dos minutos después de la audiencia, ya había convocado a varios artesanos maestros de escayola para que presentasen sus ofertas de calaveras de reemplazo con la especificación de que cada una fuese diferente de todas las demás, para que tuviera más realismo, pero sin exagerar, no fuera luego a reconocerlas algún huerfanito.
    El capitán Malinche, aunque disgustado por lo siniestro del asunto, no dejó de tomar nota durante las declaraciones de que, a sólo dos días de haber llegado a la ciudad, este Marcos Bey ya se hubiera destacado. Y mira tú también si no era sorprendente que alguien que era el vivo retrato del Huichilobos, con el que él se vio frente a frente en el teocali, hablase latín con tanta propiedad, que hasta el padre Olmedo se había quedado pasmado y preguntándose si no sería Marcos Bey hijo de algún cura que, además, había demostrado ser buen padre.

  8. #38
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    Concluída así, pues, la audiencia, y mientras todos los demás abandonaban la sala, el capitán Chichimecatecuhtli cogió por banda a la parte masculina de los dos hermanos inefables de Tlaxcala, a su atesorado subordinado Xiloxóchitl.
    -Y ahora Xiloxóxhitl, vidita mía, explícale tú aquí a tu querido capitán qué es eso de que has reconocido a tu respetado y ya divino padre, en un tzompantli.
    -¿Cree tal vez mi señor y muy acatado capitán que los mexicas no se lo han creído? –pregunto a su vez Xiloxóchitl con mucho acato.
    -No me hagas eso, no me contestes a una pregunta con otra… Bueno, no importa. Aquí no estamos en ningán alarde militar y no me voy a poner quisquilloso. Por lo mucho que te quiero, te la contesto: Claro que no se lo han creído, hijo mío, ni yo tampoco, ni nadie. Si acaso algán cristiano de esos ingenuos… Pero con el refuerzo que habéis traído para testificar en vizcaíno… a ver quién era el guapo que os iba a contradecir. ¿Tá habías oído antes hablar en vizcaíno? Bueno, no, no digas nada, que eso no importa ahora. Contesta a lo otro.
    -Mí acatado capitán, esa calavera es la de mi padre. En el templo de Yakatecuhtli del barrio de los mercaderes opulentos de Tenochtitlán ¿de quién iban a ser las calaveras? Los esclavos de Panquetzalitzli no cunden para un Tzompantli como ese. Mi capitán lo sabe tan bien como yo, como todos los tlaxcaltecas, que son las de nuestros mercaderes que, arrostrando todos los peligros, salen a comerciar y no regresan nunca. De esos. ¿O cree mi señor que no iban a aprovechar sus calaveras para jactarse, que iban a sacrificarlos y luego no iban a exhibir su trofeo? ¿Cree mi capitán que yo podría quedarme mirando el zompantli y no tener eso presente, y no recordar que mi padre no había vuelto y no buscarlo?
    -Eso es muy cierto. Todos lo sentimos en carne propia y tus sentimientos son los de todos los tlaxcaltecas. Esto que tratamos es sólo entre nosotros dos. Pero, segán tu declaración no estabas precisamente encima de las calaveras para verlas bien, entonces ¿por qué estás tan seguro de que era esa calavera y no otra?
    -Por todo, mi señor. He pensado en ello muchas veces y, por lo mucho que lo conocía, estoy seguro. Pero hay además una certeza que puede adquirir cualquiera y no sólo yo y es por la dentadura, y con lo que veía de ella era suficiente. Si mi capitán quiere fijarse alguna vez, verá que no hay dos dentaduras iguales. Si anota mi señor cómo y en qué estado están cada una de las muelas y dientes de una persona mientras la conoce en vida y luego ve la calavera, comprobará que si coinciden ésta y lo que anotó antes de morir, se trata de la misma persona.
    -¿Y eso lo has descubierto tá?
    -Mi hermana, con los conejos.
    -Con los conejos. ¿Me estás gastando una broma?
    -¡¡¡Mi capitán!!! ¡Yo os venero de corazón y de lo que no tengo ganas ahora es de bromas! ¡Mi capitán, os lo ruego!
    -Nada, no he dicho nada. Perdonad, ha sido una falta de consideración por mi parte. Pero entonces ¿hay por ahí algán zompantli de conejos que se me haya pasado por alto?
    -Yo no sé de ninguno, pero sepa mi acatado capitán que mi hermana, como buena tejedora de pelo de conejo, los caza desde niña, para tener el pelo de primerísima mano. Entonces, con las partidas de caza que iba, muchas veces se peleaban por los que cobraban. Cómo era la ánica chica, la querían engañar. Pero ella era la más dotada de todos y en vista de lo que intentaban, ella no se resignó. Pensó y discurrió y encontró la manera: los pilló en un renuncio mayásculo obligándolos a describir la dentadura del conejo por el que se peleaban y quedaron adarvados cuando ella lo identificó y ellos no, y ya no volvieron a discutirle nunca.
    ¿Y esto se lo tenía que creer él, Chichimecatecuhtli? No, y podía ser verdad, porque con estos dos lo raro es que hiciesen algo como todo el mundo. Bueno, mejor dejar esto en lo que no las tenía todas consigo y pasar a otra cosa. Una retirada a tiempo es señal de un buen capitán. Fin del capítulo conejil.
    -¿Y entonces por qué dijo tu cuñado todo aquello de los huesos de la cara y de que si tú le dijiste y él vio y la contemplación de las calaveras y demás maravillas?
    -Mi capitán, Cuahuipil es la persona más buena del mundo y no conozco mejor persona. Pero no es un joven corriente, sino excepcional. Hay malas lenguas que hasta dicen que es raro, cuando lo que sucede es que tiene dotes que son naturales, sí, pero nada comunes.
    ¿Raro? Mira tá. ¿Y a quién se parecería?
    -Pero raro, excepcional, nada comán y todo, habrá alguna razón para lo que dijo. El no conoció a vuestro padre. ¿Me estás diciendo que tú le describiste la cara de tal forma que él ha podido reconocer la calavera? …l no ha hablado de dentadura.
    -Lo que yo le he dicho es lo normal en las conversaciones en que se evoca a los seres queridos, que de por sí, si uno se fija, suelen entrañar mucha descripción, incluso de huesos, pero además él es muy observador y para el físico de las personas tiene una mente prodigiosa. Y sobre todo que Ilhuicáatl y él se escriben cartas larguísimas cada muy pocos días. Así llevan meses. Si hay algo que no se hayan dicho, yo no sé qué puede ser. -Si claro, el gran problema ahí sería la producción papelera ¿verdad? Esperemos que Tlaxcala pueda darles abasto.
    Otra señal de un buen capitán es saber cuándo debe emprender otra retirada a tiempo.
    -Muy bien, muy bien, subordinado mío, me hago cargo de todo. Hago mío tu pesar y el de tu hermana y deudos y cursaré órdenes para que se hagan a vuestro honradísimo padre las exequias debidas a un héroe de la nación. Habla con el calpixqui para hacerle el traspaso de la calavera para su traslado a Tlaxcala y él se encargará de lo necesario. Yo cursaré la notificación pertinente. Fue una gran audiencia, aunque no sé si los pelotazos no le parecieron demasiado audaces al capitán de Malinche, pero sobre eso ya se entenderá él con su hombre. Mi enhorabuena. Bien hecho. Hay que seguir así, con iniciativa y sobre todo con oportunidad. En el término medio está la virtud y hay que mantener siempre alerta y en pie de guerra al capitán de Malinche, pero con mucho tino ¿eh, hijito? Mucho, mucho tino, que ya sabemos que entre estar entero y roto sólo hay un pasito chiquitito, chiquitito.
    Esto lo dijo Chichimecatecuhli mostrando con pulgar e índice como era de chiquitito el pasito.
    -Seguiré fielmente esas sabias palabras, acatadísimo capitán, mi señor. ¿Ordena mi acatado capitán, mi señor, alguna otra cosa?
    Claro que ordenaba otra cosa, en cuanto volvieran a Tlaxcala. Al barbero trasquilador de solterones. A ver quién emprendía entonces la retirada.
    -No. Ve, ve, que ya veo que te están esperando –le dijo con mirada benevolente y un gesto de comprensión por su pesar.

  9. #39
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    Claro que no lo iba a trasquilar. En realidad, y ahora mismo, sentía lástima por su solterón predilecto. Llevaba el sufrimiento escrito en la cara. Pero sobre todo, que si lo trasquilaba, los tlaxcaltecas lo detestarían a él, Chichimecatecuhli y a todos los que intervinieran en el trasquilado. Los hermanos inefables eran queridos y sus rarezas y ocurrencias motivo de regocijo, no de ridículo ni de desprecio. Pero, si no lo trasquilaba, también lo detestarían a él, porque las normas son normas para todos y la popularidad no debe eximir de cumplirlas, ni siquiera a las personas queridas, de modo que, como uno de los encargados de hacerlas cumplir, perdería todo crédito. O sea que asunto suyo era hacer las dos cosas la vez, trasquilarlo y no trasquilarlo. Si lo conseguía, le criticarían igual, pero eso ya sería distinto, porque una de las misiones más importantes de un jefe es dar a sus subordinados algo que criticar. Un jefe perfecto y sin tacha es un enemigo del pueblo. Lo que no debe dar un jefe nunca es motivo para criticar con razón, porque cuando el pueblo tiene motivos de verdad para criticar, más que criticar lo que hace es asalvajarse y convertirse en soldadesca mexica y eso ya sería lo áltimo.
    A Xiloxochitl en efecto lo esperaban Marcos Bey y Cuahuipil, éste pidiendo explicaciones a los otros dos:
    -¿Qué disparates son esos de rayos del cielo y pelotazos? ¿Cómo habéis tenido el atrevimiento de hacer burla de una audiencia con semejantes desatinos, y más estando allí Malinali, que es persona cuerda y se merece un respeto y, sobre todo, tratándose de algo tan serio como nuestro padre?
    -¡Voto a tal! Lo siento mucho, yo hubiera jurado que fueron pelotazos, pero si es por el santo padre de un aliado, seguro que me equivoqué, y lo siento muchísimo! -dijo Marcos Bey.
    -¡No jure vuestra merced, y menos esos disparates! ¡Ni robe ni manosee lo que no es suyo! Vuestra merced con sus malas trazas va a pervertir a estas gentes y a poner en peligro la salvación espiritual de las Indias.
    -Cuahuipil..., Cuahuipil, no te alteres, hermano. Hemos sufrido mucho con este suceso, pero finalmente, como bien has dicho tú mismo, estamos mejor que estábamos. Y, como dices tá, recoge velas, y deja, mientras Marcos Bey va a atender a sus cositas sólo un momentito, que yo te explique el porqué de lo que has oído. Y sobre todo no sufras por la evangelización de las Indias, porque todo se va a cristianizar divinamente y las cosas no pueden ir por mejor camino.
    Marcos Bey, que hasta entonces había creído que esas cositas a las que tenía que atender eran precisamente con Xiloxóchitl, comprendió ante la indirecta de éste, que no, que lo que de verdad tenía que atender ahora mismito era una partida de patolli con los que ayer le ganaron todas las mantas, porque como en el patolli él era novato, pues le ganaron. A ver si esta noche no tenía que quitárselas otra vez al Cuahuipil para dormir, porque era un gruñón. Desapareció, pues, y Xiloxóchitl siguió con sus explicaciones.
    -Tienes razón, Cuahuipil, en que no hubo pelotazos ni rayos del cielo ni nada de lo dicho y Marcos habrá hablado de pelotazos porque le pareció lo más a propósito y no sabía, y yo he hablado de rayos porque estoy seguro de que a los tenochcas los desazona mucho que esté con nosotros un sosias del Huitzilopochtli y he hecho lo que he podido para que en ningán momento echen de menos esa desazón que tan bien les sienta. Desgaste, ya sabes. Fuera ya de las cuentas pendientes con los mexica, te puedo asegurar que Camaxtli jamás nos ha hecho a los tlaxcaltecas una trastada parecida, y eso da qué pensar ¿no te parece?
    -¿Quieres decir que lo mismo que no hay quien se fíe del Marcos Bey, tampoco los tenochcas se pueden fiar de su Huitzilopochtli?
    -No, no es eso, pero no importa. Volvamos a lo ocurrido y reconoce, al margen de cualquier otra cosa, que Marcos Bey tendrá sus defectos, pero es leal. Túo yo no hubiéramos hecho más que él por recuperar a un padre que al fin y al cabo no es suyo...
    -Bueno, sí... No debiera haberme puesto así con él, después de lo que ha hecho. Tienes razón. Pero entonces que no vuelva a robarme mis quachlis ni a tocar mis cosas de como yo las tengo, porque eso no está bien –pensaba sobre todo en su árbol.
    -No. No está bien. Yo se lo diré y le insistiré, pero ten tú también una pizquita de paciencia. No vamos a poder cristianizar las Indias como tú quieres sin un poquito de paciencia.
    -Yo no quiero cristianizar las Indias.
    -¿No? ¡Ah! Bueno, lo que sea que quieras hacer con las Indias, no se va a poder hacer sin un poquito de paciencia. Volviendo a anoche: Una vez que lo descubrí, decidimos Marcos y yo que lo más indicado para rescatar a nuestro padre era una maniobra clásica de distracción, de esas que figuran en la enseñanza militar elemental. En consecuencia, reunimos lo que pudimos pillar: cantos, piedrecillas, hojarasca, alguna ramita chiquitilla de árbol, una sera de estiercolcito de un jardincillo aledaño... Yo me puse a arrojar todo con la honda aquí y allá, dentro del templo, por el lado opuesto al tzompantli. El estiércol, queriendo que se vaciase y que se pringaran en él los que pudieran salir en nuestra persecución, pero, con la costumbre ya y la alteración que tenía, lo disparé tan bien que aterrizó enterito y sin que se saliera una brizna. Entonces, mientras yo distraía, Marcos, aprovechando la beodera de los mercaderes veteranos que se estaban contando sus batallitas, pegó cuatro espadazos al tzompantli, hizo caer la cabeza de mi padre, la tomó al vuelo y salió corriendo mientras las demás calaveras se les venían encima a los viejos, que chillaban creyéndose que tenían una abominable alucinación de hongos, a pesar de haber bebido sólo pulque. Nos reunimos los dos fuera del templo y regresamos al real. Ya ves que no hay nada de qué alarmarse.
    -Es que te veo con tan mal aspecto… Claro, lo de la calavera de nuestro padre es como para trastornarlo a uno del todo. El ver que la sospecha, que tal vez hubiera podido quedar sólo en eso, es realidad. Pero te noto como si no fueras tá. ¿Sabes de qué tienes cara?: de mujer a la que le diera mala vida el marido.
    Xiloxóchitl tragó saliva y agradeció que Cuahuipil no fuese tan retorcido como perspicaz. Tenía que sobreponerse a su desastre íntimo y poner un poco más de ganas en el disimulo.
    -A decir verdad, no pensé que este suceso me fuera a consumir tanto. Pero no es lo mismo pensar que ha podido pasar una cosa así, que verla consumada. Que saber que alguien a quien quieres y veneras ha sufrido esa crueldad y escarnio… ¡Los dioses, sobre todo el Yacatecuhtli, los van a castigar muchísimo! No me gustaría estar en su pellejo.
    -Me preocupa verte con esa cara de consumido.
    ¡Y dale con la cara!
    -¡Que no! ¡Que no te preocupes! Ya sabes que yo no soy de los que se enojan, pegan meneos a las cosas y las riñen, como tá, sino que yo las contrariedades me las guardo por dentro y, cuando se me acumulan, como no lo demuestro, la cara se me pone mala ella sola.

  10. #40
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado

    -Pero ahora ya podemos olvidar el pasado. …l va a estar enterrado junto a tu madre y a los pies de Ilhuicáatl. ¡Ojalá pudiera yo ocupar ese lugar!
    -Cuahuipil, mira, si dices cosas así me vas a hacer llorar. Las cosas de amor, ya sabes que me enternecen lo indecible.
    Sí, ya sabemos que lo enternecían de verdad. Eso de lo que hablaba Cuahuipil, de ocupar un lugar eterno a los pies de la amada, entremetido con los sueños obscenos, y los enamoramientos de cada dos días había sido su alimento emocional de muchos años. "Mujer a la que le diera mala vida el marido..." ¡Para que te des cuenta a lo que había llegado en menos de un día!
    En cuanto a su padre... que se alegrase, decía: se moría de verg¸enza de estar a solas con la calavera. Si hubiera estado vivo, hubiera disimulado y su padre no habría notado nada, porque sabía dominarse, pero ¿cómo guardar las apariencias ante alguien que te quiere y viene del más allá? Su padre muerto le leería la mente. Su padre ya ascendido a su Creador y tan puro en vida… Por eso, al quedarse a solas con la calavera, la había envuelto, no para no verla, sino para que ella no lo viera a él, y sólo la había tenido descubierta cuando la desenvolvió Cuahuipil. Y menos mal que estaba Cuahuipil, que era como si fuese otro hijo, si no, hubiera sentido, además del remordimiento por su verg¸enza, el de querer distanciarse de su padre, y eso hubiera sido desnaturalizado con un padre tan amantísimo. En cualquier caso, tenía que dominarse mejor y aparentar más alegría.
    -La calavera de nuestro padre no fue lo ánico que descubrimos ayer Marcos y yo.
    -¿No? ¿Qué más descubristeis?
    -Ven.
    Xiloxóchitl llevó a Cuahuipil a las salas del palacio que ocupaban los capellanes tlaxcaltecas. Entraron en una de ellas, pequeña y prácticamente desnuda, salvo por dos pilas de libros bien ordenadas y atadas con una cinta cada una.
    -¿Es aquí donde se aloja el tío Teyohualminqui? -preguntó Cuahuipil.
    -Aquí mismo. Mira estos libros. Los trajimos ayer Marcos Bey y yo y no los quisimos guardar en nuestras recámaras no fueran a vérnoslos si se hacían averiguaciones por lo ocurrido en el templo. No creo que mi tío los haya visto todavía, porque está con las penitencias del jubileo. Toma éste y míralo.
    Le entregó un libro de una de las pilas después de desatar la cinta.
    -Al final... Ahí. Fíjate en el áltimo dibujo.
    -Lo veo, pero no lo sé leer. A ver si cuando estemos juntos de nuevo me enseña Ilhuicáatl.
    -No, no leas nada, sólo dime qué ves.
    -Una saeta resplandeciente.
    -Es el nombre de mi padre: Tlanexmitl, saeta de luz.
    -¡Es cierto! Pero este dibujo ¿es su nombre de verdad o es coincidencia?
    -He leído todo el libro de prisa sólo una vez y de lo que dice me he enterado, pero no sé que significa. Habla de un viaje, pero tendría que dedicarle más tiempo a ver si es un viaje real, un viaje mítico o un viaje espiritual. No he conseguido dormir en toda la noche pensando en él, de ahí también la mala cara. No obstante, como ves, el pictograma saeta de luz aparece al final del todo, igual que si fuera una firma de las que usáis los cristianos. A mi padre, sin saber nada de vuestras firmas, se le ocurrió la idea y lo que escribía solía terminarlo de esa manera.
    -Entonces ¿esto lo ha escrito él?
    -No lo creo. …l no escribía así. Cómo diríais vosotros: no es su letra. Pero bien pudiera ser que alguien hubiese copiado lo escrito por él con firma y todo sin saber que era un nombre y tomándolo como un pictograma más.
    -Pero ¿qué dice el libro?
    -Habla de un viaje, de mujeres que cabalgan a lomos de toros, de continentes hundidos, de ciudades de oro, cosas que suenan muy míticas. Quiero que lo lea mi tío a ver qué opina. Y ¡ojalá estuviera aquí Ilhuicáatl! Ella disiparía cualquier duda. Por cierto, que todos estos otros también hay que leerlos.
    -¿Sabe ya tu tío que hemos encontrado a vuestro padre?
    -Sí, y ha estado conmigo dando gracias a Yacatecuhtli.
    -Ya... Xiloxóchitl, si, segán dices, no habéis robado nada del templo ¿de dónde salen los libros?
    -En cuanto a eso, es mejor que no te diga nada. Yo no comparto tus reparos, ya lo sabes, pero los respeto y por eso, cuanto menos sepas, menos te harán sufrir esos reparos, aparte de que, no sabiendo nada, tampoco podrás decir nada si se te pregunta.
    -Pues se agradecen los miramientos, pero no sé qué idea quieres que me haga de las cosas si me ocultas la mitad. Y no es tanto el que yo tenga reparos, porque lo que es justo es justo, como el que si nos ponemos todos, cada uno de nosotros, a hacer lo que nos tienta, no va haber capitán capaz de mandarnos y vamos a terminar en las calderas de éstos en un decir amén. Y desde las calderas vamos a poder hacer muy poquito por Tlaxcala o por buscar la armonía prístina, que dice Ilhuicáatl… ¿te parece bien decir prístina?
    -Bien dicho prístina.
    -Pues prístina. Deja que se pacifique definitivamente Tenochtitlán y entonces pondremos por obra todo lo que sea justo.
    -Estás hablando ahora mismo como el Moctezuma, como si fueses la boca del Tenochtitlán pervertido. Moctezuma y sus antecesores tenían esa idea de dominar todo para, una vez dominado, establecer el imperio perfecto, o eso decían, sin ninguna intención de cumplir, por supuesto... Y no es la primera vez en la historia del mundo, como nos enseña esa historia, que alguien se avienta con esas grandiosidades, que son tan deslumbradoras como vacías. Nadie va a crear fuera una perfección que no lleve dentro. Pero ése es el error precisamente, ese decir: deja que tenga el dominio de todo y entonces haré todo, y siempre ese todo estará en un mañana que no llegará nunca, porque "todo" no es un término humano, sino divino, y podemos aspirar a él, pero no vamos a llegar. Vamos a llegar a algo, pero no a todo y esperar a todo, es renunciar a algo, a ser humano. Pero yo no voy a renunciar, ni tú tampoco, aunque hayas dicho eso sin pensar, porque te conozco. ¿Por qué crees que ha resistido Tlaxcala tanto tiempo y con tantas penalidades a dejarse tragar por el imperio? ¿Por orgullo, por no querer ser uno de tantos? No, Cuahuipil, precisamente para seguir siendo uno de tantos, para seguir siendo algo, no todo, para poder seguir siendo humano y aspirando a lo divino. ¿Qué crees que es lo muerto en Tenochtitlán? ¿Las calaveras de los tzompantlis? ¿los que se lleva la enfermedad cada día al Mictlan? No, Cuahuipil. Lo que hiede en Tenochtitlán es un sueño muerto, ese sueño de totalidad, que cuando brilla ya ha dejado un cadáver en la raíz de sus fulgores. Es ese sueño muerto el que mora en pena las aguas de este lago. Son las fauces de ese sueño perdido las que quieren tragarnos y aterrorizan a los vivos. Los sueños engañados son ciegos y crueles.
    Hizo una breve pausa y luego, ya en un tono más terreno siguió diciendo:
    -Pero estás en lo cierto: la indisciplina lleva derechito a la perdición y, aunque fuera a reportar beneficios, yo la evitaría, a menos que tuviera la certeza de que de todas formas voy llegar a la perdición por un camino todavía más seguro, que es lo que sucede en el caso presente, en el que se cumple el dicho aquel con el que me enseñaste a pronunciar las erres.
    -No me acuerdo.
    -Me metieron prisionero por decir viva San Loque...
    -... y ahora que estoy en prisión, viva San Roque y el perro. Ya.
    -Eso. Y, ya puestos, si son cien perros mejor que uno.
    -Y, sin embargo, y conste que no me fío de él, Moctezuma parece vacilar.
    -¿Cómo no va a vacilar? El tenía un "todo" y resulta que caídito del cielo le viene otro "todo" y ahora tiene dos "todo". Hasta que les halle pies y cabeza va a vacilar, pero no te hagas ilusiones. Unas vacilacioncitas no regeneran toda una vida de mala digestión. Y no sólo eso. Piensa que en Tlaxcala, en las cosas que interesan a toda la repáblica, nos gobiernan cuatro cabezas, y aun por debajo de ellas, muchas más cabezas que no pueden disponer de todo a su antojo. Es difícil, con cuatro gobernantes, que no se aireen, se saquen a relucir y se diriman todas las contrariedades, contradicciones, enemistades o hasta trapos sucios habidos y por haber, porque si no las suscita el uno las suscita el otro y si no se indigna éste, se indigna aquél. Pero en los sitios en que se gobiernan por uno solo, hay muchas cosas que jamás se discuten, que no se reconoce o sabe siquiera que existen, o que circulan como chismes o como rumores y que hacen daño, pero un daño que no se puede devolver, un daño sin cara. Cuándo una de esas corrientes ocultas va a arrastrar qué no se sabe, y por tanto es difícil andar sobre seguro con respecto a nada, de forma que el Moctezuma, a la par que la cabeza visible, puede ser el telón que oculta. Pero ¿qué te digo? Todo esto tampoco puede ser nuevo para vosotros.

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