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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #21
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    31 dic, 11
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    Predeterminado

    Rompió a llorar y un rato duraron los sollozos y los rezos con que, en voz limpia y sosegada, los acompañó el papa. No. No. ¿Cómo lo pudo pensar? Este papa no tenía nada que ver con rajar pechos humanos. Este papa tenía su propio corazón y él lo oía latir, porque era en su pecho donde tenía apoyada la cabeza y era ese pecho el que estaba poniendo empapado de lágrimas y eran las manos y la voz del papahuaque las que lo confortaban. Poco a poco apuró el deseo de llorar y se fue calmando.
    -Estás en la casa de Dios, en la tuya. Dime, hijo mío, qué te aflige y si esa es su voluntad, Tezcatlipoca aliviará tu carga y te tendrá más cerca de él. Si es por tus pecados, los perdonará y si es porque no te sientes bastante bueno, te mejorará. Él es el amparo y la misericordia hasta el último extremo donde no llega imaginación ninguna.
    -¿Me debo confesar, padre?
    -Confiésate, hijo, si no piensas pecar más. Si te sientes con fuerzas para no apartarte por tu propia debilidad de la misericordia, porque ella nunca se apartará de ti. Si tienes esa resolución, confiésate, hijo, y ten presente que es de misericordia divina de lo que estás hecho.
    -Pero, padre, no son mis pecados, soy yo lo que me aparta de Dios.
    -Tezcatlipoca, dios el invisible, es el espejo humeante en que te reflejas, pero el espejo lo puedes limpiar con actos piadosos y buenas costumbres, no dejando que vivan en ti sino la verdad y la humildad. Poco a poco esa misericordia con que te hizo nuestro señor resplandecerá y nada te apartará de él, ya no verás el humo de tu quimera, sino tu propia imagen que no es sino divina piedad.
    -¿Y qué he de hacer para confesarme?
    -Hay algunas cosillas que tienes que traer, hijito, pero antes de nada has de decirme el día, mes y año en que naciste, de forma que según el calendario vea la fecha y hora más aconsejable para que el suceso sea armónico y fructífero.
    -Hará como unos veintiún años que nací, padre.
    -¿En qué fecha exacta, hijo?
    -¿Es eso imprescindible? Yo tengo un lío enorme y no sé si ahora y aquí hay manera de saber esa fecha exacta por el calendario indio. Todo lo que sé es que hubo de ser en la primavera de hace veintiún años.
    ¿No tomaban nota estos cristianos de una cosa tan fundamental? ¿Cómo podían entonces sin ese conocimiento concertar sus asuntos para ponerlos en armonía con todo lo demás? pensó Cuauhnochtli. En cuanto a Cuahuipil, sí, el sabía el día y el mes del año de la hégira en que nació, pero, aunque el cálculo equivalente en fechas gregorianas lo había hecho con su prima Marzuqa alguna vez, no lo recordaba y ahora dudaba de que supiese hacerlo ni tenia la mente en ello. Encima, luego al arreglarse los papeles para poder pasar a las Indias tuvo de todas formas que falsear nombres y fechas, con lo cual, ahora, fuera de esa fecha de la hégira y de la que debía dar en falso, no tenía certeza sobre ninguna, ni tampoco había conservado la fe de bautismo de cuando siendo como de tres años tuvo que bautizarse, como todos los vecinos de su pueblo, al promulgarse el decreto de conversión de los mudéjares de Castilla. ¿Iban a cerrársele las puertas de la piedad por un mes, un año, o un calendario cualquiera?
    -No, hijo, ninguna puerta se te va a cerrar ni hay tales puertas, puesto que nada existe fuera de la piedad divina, ni te tortures el alma pensando así. A falta de esa fecha, dime otras cosas de tú vida y según eso veremos el día que más conviene a nuestro propósito.
    Así lo hizo. El papa estudió un rato el calendario y los signos y luego le dijo la fecha para confesarse, que Cuahuipil traspuso al calendario gregoriano: noche del 12 conejo, 30 de junio por la noche. Debía traer una estera nueva, incienso de copal y leña para quemarlo.
    Todo concertado, con el rostro aún colorado del sofoco de tanto llorar, Cuahuipil se alejó en la noche. Rodeado de las sombras que le bailaban alrededor al dar en él la luz de los hachones colgados de uno y otro lado de la calle y en la plazuela a uno de cuyos costados se hallaba el templo, se dirigió hacia aquella parte del canal donde había amarrado el acale.
    El papa se quedó mirándolo marchar y pensando que las lágrimas, además de saladas, eran pegadizas. Él, que se había mantenido sereno durante todo el estallido de emoción del muchacho, por más que se sintió conmovido, lo veía ahora alejarse canal abajo y lo veía entre lágrimas. Extraño que tanto como le pareció raro y curioso su aspecto la primera vez que lo vio, ahora, hacía nada, lo hubiera tenido contra su pecho. ¡Y qué sorprendentes aquellos ojos! En ningún momento mientras los miró había dejado de verse reflejado en ellos, con una nitidez y transparencia que no había visto nunca en espejo alguno y como si por un instante el objeto de su vida toda no hubiera sido otro que llegar a reflejarse en aquellos ojos verdes. No entendía todavía ni había parado mientes en preguntarle cómo es que se llamaba Cuahuipil. Ciertamente ese era el nombre que le hubiera dado él si hubiera tenido que elegirle uno, pero... Sí. Podía ser. Tal vez se llamaba así en su lengua y al hallarse entre gentes de habla náhuatl había decidido traducirlo. Sería eso. Y no. No pecaría. No se daría maña. Era un bendito y aun cuando alguna vez se decidiera a ello por ver cómo era, seguro que no lo conseguiría. En cambio el Quiccicuaztin... ése volvía a las andadas, con toda certeza. ¡Con todo el trabajo que le había costado tomar la decisión de confesarse...! Lo único que ofrecía duda ahora era cuánto iba a tardar en recaer. En fin. ¡Alabada sea la misericordia divina! ¡Perdónanos, Tezcatlipoca, perdónanos a tus justos y a tus pecadores, perdónanos mil veces, un millón, perdónanos siempre!

  2. #22
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    Predeterminado Capítulo VII: Al fin solos

    Al fin solos.
    Tras la reveladora conversación sobre el apóstol Santiago, Marcos Bey se hubiera quedado a echar unas partidas de lo que hubiera sido con todos aquellos tlaxcaltecas o troyanos que hubieran estado dispuestos, pero ya había empeñado su palabra con Teyohualminqui, Cuahuipil y Xiloxóchitl y la cumplió. Entre los cuatro habían conseguido cuantos pliegos necesitaron de papel de Castilla, declaraciones de papas y relación de aquellos preceptos y creencias de la religión indígena que avalaban la afirmación de que este papa no había predicado ni enseñado nunca otra cosa que la doctrina de Cristo. Todo ello lo hizo constar Marcos Bey en latín en apoyo de la petición que también formulaba de que se admitiera a probanza la pretensión del padre y se le reconociera como sacerdote de Cristo y lo entregaron para que se enviase con el demás correo para Santo Domingo. A Teyohualminqui todo aquello ni lo emocionaba ni le dejaba de emocionar. Lo veía con mucha curiosidad y tenía interés en ver en qué paraba, pero para nada tenía el sentimiento de que su vida, su religión ni cualquier cosa que le importase dependiese de esos trámites. Curiosidad, sin embargo, como queda dicho, la tenía toda, porque finalmente no le desagradaban los ejercicios intelectuales y, si se había permitido criticar al sobrino el que abusase de la cabeza, era porque conocía el fenómeno por experiencia y el de sí que podía dar. Por lo demás, estaba muy satisfecho de la jornada. Había cumplido como capellán, había cumplido como tío, había empezado a cumplir como hermano con voto y ahora iba a dejar a su sobrino, que al parecer acababa de encontrar al teule adecuado para la Orden de las Hijas de la Sal, que siguiera con esa parte de la misión común mientras él iba a hacer penitencia.
    A Xiloxóchitl la aclaración de la verdadera identidad del apóstol Santiago le había desbaratado un armatoste de los que se interponían entre él y su fe religiosa. Y la sencillez con la que había ocurrido había hecho algo más que desbaratar un único armatoste: había desbaratado todos los que hubiera habido y todos los que pudiera haber de ahora en adelante y jamás volvería a preocuparse por aparentes contradicciones entre una religión y otra, porque si algo que lo había torturado tanto tiempo podía disiparse con esa sencillez, cualquier otra cosa podría disiparse de igual forma, aunque no conociese todavía el cómo. Esta comprobación le hizo volver la vista atrás con mayor irritación aún, porque pensaba que su hermana ahora podría estar ya casada con Cuahuipil si entonces no hubieran pensado que la diferencia religiosa, hasta que no se resolviese de alguna manera, ponía un impedimento.
    Aunque eso, a decir verdad, estaba más en la cabeza de Xiloxóchitl que en la realidad, porque la realidad era que en aquel entonces todos, incluido él, habían actuado con desconocimiento del futuro y en la creencia de que no faltarían ocasiones. Nadie sabía que iban a venir a Tenochtitlán y a quedarse aquí encerrados quien sabe si para siempre. Pero como, de hecho, aunque no hubiera decidido nada, la cuestión religiosa sí había sido una preocupación, ahora le atribuía hasta los efectos que no había tenido. Sí había tenido, por ejemplo, el de retraer a Cuahuipil de hablar francamente de matrimonio, porque ahora que lo conocía bien entendía que no se retraía porque no quisiera aceptarla sin bautizarse, sino porque sabía que sin bautizarse ese matrimonio no era posible, ni siquiera el concubinato era posible y, como por otra parte, Cuahuipil, por el respeto que la tenía, también era incapaz de decirle: "bautízate", como alguien no hiciese algo, aquella situación podía durar hasta que las ranas criasen pelo. De modo que lo que hizo Xiloxóchitl mientras Marcos Bey escribía latín, fue aprovechar uno de los pliegos de Castilla para ponerle unos signos a su hermana diciéndole que a la primera oportunidad se bautizase cristiana y explicándole el porqué y que no le diese importancia, que era cuestión de pura fórmula y, cuando su tío se retiró, aprovechó para darle la carta para que la entregase al correo de Tlaxcala.
    Su hermana no era mujer muy pretendida y, aunque lo hubiera sido, era seguro que como Cuahuipil no había dos. En cuanto al hecho en sí de que Santiago y Camaxtli fueran una y la misma cosa lo tranquilizaba, no porque se lo creyera, porque estaba seguro de que, si los buscaba, encontraría defectos de bulto en la formulación religiosa de Marcos Bey, pero ahora entendía lo que había querido decir su tío de que las explicaciones en realidad no explican nada. Esa clase de cosas parecía que preocuparan a los cristianos, que se apegaban muy a la letra y al fenómeno visible de la doctrina religiosa. A él que vinieran, por ejemplo, y le demostraran que Santiago y Camaxtli habían existido en diferente época, no le hacía tambalearse en su convicción de que lo que quiera que fuese la esencia espiritual de Santiago o de Camaxtli eran la misma cosa, y que si alguna persona era Camaxtli, Camaxtli, su calidad espiritual, existía en la divinidad, independientmente de en cuantas personas pudiera manifestarse. Esto lo sabía precisamente como decía su tío que se debían saber estas cosas: Se sienten o no se sienten. Cuahuipil le había dicho que el porqué de que los cristianos lo sacaran en las batallas a Santiago no lo sabía y que más bien creía que era pura invención o era porque, como era reputado patrón de España, le cargaban por ese concepto con lo que se les antojaba, pero que lo que ponía en su epístola, su carta, intimaba a obrar según lo que se profesa y a no distinguir a la gente por su posición mundana y de esa batalla hablaba, la de la sinceridad y la integridad, y no de otra cosa ni batalla. Y eso debía de ser igual que Camaxtli, que guiaba en la guerra sólo si ésta era de justicia, pero que sería quebrantar la fe emprender una guerra por ambición o soberbia. Y, bien pensado, tenía que ser así. La fe es la fe, en Tlaxcala y a mil leguas de Tlaxcala. También era de señalar que cuando los cristianos, sobre todo el capitán Malinche, habían apremiado para que se aceptase el cristianismo, con qué vehemencia él se había dicho: Muy señor mío, aceptaremos todo lo que queráis, pero a Camaxtli nada nos lo arrancará del alma, ni a nuestros otros dioses tampoco. Seguro que lo mismo que Camaxtli se correpondía con Santiago, los demás tendrían también su equivalente y, visto así, finalmente, era bonito y universal.
    Lo que no era bonito y lo estaba matando era que éste que había traído tan buenas nuevas de los dioses le hubiera traído a él aquellas tinieblas sin remedio que le había predicho su tío. ¡Él no podía sentir así! ¡Él no era así! ¡Él nunca había sido así! ¡Él no quería ser así! Y sin embargo lo era ¡y con qué violencia! Nunca ningún sentimiento, ninguna sensación, se había apoderado de él de esa manera. ¿Era esto acaso una prueba que le ponía Tezcatlipoca? ¿Y qué tenía que sacar de ella? ¿Acaso le quedaba a él algo que hacer en el asunto salvo dejarse aplastar en silencio?
    Despachado el correo por Marcos Bey y después de que Teyohualminqui se hubiera ido, Cuahuipil, que había estado entre que se iba y que no se iba por ver si Xiloxóchitl se decidía a acompañarlo, se había terminado yendo también y Marcos Bey que, como que había estado esperando a que se fuesen Cuahuipil y el papa para librarse de estorbos y hacer planes con el que quedaba, por algo que le había dicho éste de que sabía dónde podía haber libros antiguos, terminó permaneciendo. Y quedaron él y Xiloxóchitl. Solos. Sí, solos en los aposentos del cristiano. ¿Para qué? En el caso de Xiloxóchitl para torturarse, para agonizar en cada instante teniendo el agua delante y sin poderla beber y sin poder decir siquiera "tengo sed", porque prefería la muerte a dejar sospechar a nadie la aberrante condición en que había caído. Y así iba a ser: tendría que vivir mostrando una cara como la de cualquier otro y mantener quieto debajo de ella aquel infierno. Y con esa cara y con el infierno quietecito, trataría de hacer planes para buscar libros y equilibrar saldos negativos, como si hubiera plan o cualquier otra cosa que pudiera aliviar lo que solo tenía un remedio, que era pecar y morir. ¡Camaxtli, dime pocholo, dime dónde está mi más allá frente a este Marcos Bey! Asegúrame al menos que hay un más allá. Tú me ves, me ves, Tezcatlipoca, que estos planes de las Hijas de la Sal que ayer eran para mí una razón poderosísima, ahora son sólo un pretexto para adherirme a este Marcos como una sanguijuela, para no dejar de ver su piel, su manera de erguir la cabeza para escuchar y de abajarla para hablar, para no dejar ni siquiera de olerlo ni de seguir esos ojos castaños, ni oscuros ni claros, no muy expresivos, pero ¡tan llenos de movimiento!... Eso y dejar que en cada jeme de piel le repercutiera su voz, que daba la impresión de ser fuerte por su manera de hablar, pero que en sí era suave y bien timbrada. Y se escuchaba a sí mismo contestarle y notaba, sin podérselo creer, que la voz le salía normal y serena y que, sin atropellarse, le explicaba cómo se decía en náhuatl cada cosa que quería saber y que, al hacerlo, sentía por dentro una ternura tan grande…, y nunca su propia lengua le había parecido que pudiera decirse tan tiernamente... ¡Qué agonía!
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:53

  3. #23
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    Predeterminado

    -Pero entonces ¿vuestra merced es el hermano de la amiga de Cuahuipil, que le mataron al padre para robarle la sal?
    Para contestar a eso, Xiloxóchitl le explicó algo que le encantaba explicar, que Tlaxcala era una república digna y bien ordenada. Por la gracia de Camaxtli-Santiago y todos los demás atentos patrones, no perfecta, pero sin grandes desperfectos, no como México-Tenochtitlán, plagado de nefastos pecados, no el menos feo de los cuales era una hombría no serena, ponderada, solidaria y digerida como la de los varones tlaxcaltecas, sino avasalladora y ampulosa, denotadora de una honda inseguridad interna. Tlaxcala, pues, como república bien ordenada, producía lo que necesitaba y el excedente de productos para haber comerciado y comprado, con honradez, aquello que, sin producirlo, necesitaba o deseaba. Como la sal. Pero la vesania mexica se apostó en todo su contorno para impedírselo y para ahogar a la diáfana república en un bloqueo económico feroz, bochornoso e inicuo. Y así es como sucedió que su pobre padre decidió irse un día a conseguir sal y jamás volvió, como tantos otros tlaxcaltecas caídos en el campo del comercio, entre las fauces de aquella enemiga contra natura del sereno equilibrio que encarna el trato mercantil. Y eso ocurrió porque al llevar años su madre padeciendo de las graves secuelas de la carencia de sal, no viéndole otra salida, su padre, que no era mercader de profesión, echó peligros adelante para conseguir la sal salvadora. No volvió y su madre, al cabo,, entregó el alma víctima de sus padecimientos y la pena. Y, para más escarnio, estos delirantes verdugos se cebaban en la misma desdicha que causaban ridiculizando a los tlaxcaltecas porque eran pobres y sosos. Sosos en los guisos sí, pero de trato y proceder agraciados, sin afectación, con la nobleza que emana directamente de una armonía intrínseca y, de pobres, pues con toda certeza no eran los tlaxcaltecas pobres más pobres que los pobres de Tenochtitlan. Sí lo eran los tecuhtlis y los pochtecas, es decir, mercaderes. Lógico, si no podían comerciar como los otros. Pero en Tenochtitlan sólo los endiosados y adoradores del lujo eran ricos.
    Todo esto se lo contaba a Marcos Bey sorprendiéndose de sí mismo, de que pudiera hablar con esa claridad y esa retórica, algo que ni siquiera con Cuahuipil había hecho con tanto gusto, y sorprendiéndose de que Marcos le escuchara con toda su atención y sin mostrar la menor señal de fastidio.
    -¡Qué barbaridad! Espero que al menos no les dejaríais que se fueran alabando y que os comulgaríais buenas tajadas de ellos, que esas sí que tendrían sal. ¡Voto a tal!
    Esta fue la oportunidad que aprovechó Xiloxóchitl para hablar a Marcos Bey de la orden de la que él era hermano sin voto y de sus fines y de cómo moralmente estaba obligado a hacer alguna hazaña en su servicio.
    -¿Ha de ser hazaña precisamente? Si estos manazas han sido tan patosos, yo no veo la necesidad de hazañas por ningún lado, con cualquier chapuza estamos cumplidos. La reciprocidad a más no obliga y así no se malgastan hazañas que pueden hacernos falta en otra ocasión. Si vuestra merced está conforme con una chapuza cualquiera y me lleva donde haya libros sobre la antigüedad de los indios, yo estoy dispuesto.
    Era inquietante la candidez con que decía Marcos las cosas y la tortuosidad con la que él las oía. Ese "estoy dispuesto" por ejemplo, se le pegaba a la piel casi como una declaración de amor. Domínate, Xiloxóchitl y pídele esta noche a tu tío bien de punzones para penitencia, porque todos y todos los sitios donde te los claves te van a ser pocos.
    Los punzones se los pidió sin esperar a la noche, pero no para punzarse ya, sino aprovechando que iba a explicarle que Marcos Bey quería ser hermanastro sin voto de la orden y que se proponían salir ya esa misma tarde en misión de exploración y a dónde para que el papa diera su parecer y sus bendiciones. Hizo eso y más. Los acompañó a la azotea para que Marcos viera el panorama y concretamente el barrio a donde se iban a dirigir. Marcos contempló todo con mucho interés. Paseó de un extremo a otro de la azotea para mirar en todas las direcciones de la ciudad y, volviendo al primer punto desde donde la había contemplado preguntó:
    -Pero ¿esto está ganado o no está ganado?
    -Esto ha estado esperando a que venga vuestra merced para ganarlo y seguro que esa va a ser la hazaña que haremos después de la chapuza.

  4. #24
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    Predeterminado

    ¿Era o no era galante él Xiloxóchitl? ¡Claro que lo era! Era el paradigma de la galantería y el cortejador ideal. Eso lo sabían aproximadamente mil cuatrocientas mujeres de Tlaxcala y un número indeterminado de mujeres de Tenochtitlán y la cifra es aproximada y global, porque es el resultado de multiplicar los años de edad de enamorarse que había vivido Xiloxóchitl, fijados en ocho, multiplicados por los días del año, descontados los de ayuno, penitencia y guerra, y divididos por el número de días que le duraba un enamoramiento que eran dos. Per, antes de que se empiece a tener ideas erradas, hay que aclarar que Xiloxóchitl no era un pendón ni un inmoral ni un carnal, sino un buen indio, como les enseñaban a ser a todos y aprendían algunos, casto y, por tanto, virgen y que en estas cosas del amor vivía del aire y del cerebro. Lo que se entiende por enamoradizo. El enamoradizo ideal. Esos dos días que le duraba, no había gestos más entregados, palabras más rendidas, miradas más destellantes de admiración, atenciones más diligentes, más frecuentes, delicadas y oportunas que las suyas y todo ello, naturalmente, sin rebasar los límites de la discreción más estratégicamente calculada para no comprometerse porque el primero que sabía que era enamoradizo era él y, como no es difícil entender, no era cuestión de tener mil cuatrocientas concubinas, sobre todo porque además de enamoradizo resulta que era de los que creen en el amor único y arrebatador, ese que llega, te da el mazazo y así hasta que te mueres. No. No podía comprometerse con mil y pico cuando tenía que venir la de verdad. Y en esto ya no era muy indio, porque los hidalgos indios, dada la sociedad en que vivían, en que muchos de ellos morían o eran cautivados en las guerras, tenían que tener concubinas, además de esposa, única manera que sabían de que todas tuvieran algo para entretenerse, porque si, encima, parte de los disponibles también tenían la ocurrencia de meterse a papas y no casarse ni abarraganarse... Pues eso, que los indios que quedaban tenían que valer para la guerra y para el amor, o por lo menos para su manifestación carnal. Eso lo sabía Xiloxóchitl, lo había sabido siempre y llevaba ya un tiempecito escurriendo el bulto. Y a ese bulto que trataba de escurrir es al que se refería su tío cuando decía que pronto iba a ser famoso en Tlaxcala, porque era un uso de la agraciada república que, cuando pasaban determinada edad, a los varones que no se habían casado los echaban del telpochcalli, donde se formaban para la milicia y oficios manuales, o del calmecac, donde se formaba para cargos de la administración o el sacerdocio y, para señalar la despedida, les hacían un trasquilado de pelo infamante que indicaba que eran unos solterones y hacerles así pasar vergüenza pública. A Xiloxóchitl en verdad tenían que habérselo dado ya, pero consiguió alargar el asunto primero porque era muy buen militar y en general my querido y siempre cuesta afrentar por un lado a alguien que por el otro es útil a la sociedad y, otra manera por la que lo alargó, fue refugiándose en su signo natal, que era nueve caña, que lo ponía en especial peligro de carnalidad y que por ese motivo, antes de entrar en la vida de casado, debía dominar todos sus impulsos para que la entrada en esa vida no fuera al mismo tiempo un ¡adelante! para algo que hasta entonces le había costado mucho dominar. O sea, que por favor que le dejasen un poquito hacer las cosas despacito y bien, que seguro que las iba a hacer. ¿Qué ganaba la sociedad casando a un nueve caña y teniéndolo al mes siguiente asediando a mujeres honestas y haciendo la ronda de las mancebías? Pues hasta ese momento el razonamiento se lo habían admitido, no sin hacerle sentir que no por mucho tiempo más. De momento estaba en Tenochtitlán y tenía la cabellera a salvo y más allá no quería ver. Con toda su alma y con todas su vísceras se negaba a ver. La valentía de Xiloxóchitl ante la vida ahí había encontrado su tope. Ella iba a aparecer antes de que lo trasquilasen. Seguro. Lo mismo que a su hermana, que debería haber sido bufona y se negó a serlo, se le había aparecido Cuahuipil a él se le aparecería ella, la del mazazo. No lo iban a trasquilar. Nunca lo iban a trasquilar. Le ocurría con el trasquilado lo que a los cristianos con el arrancar de corazones. No, eso a ellos no les iba a suceder. Los mexicas tenían la cabeza en otras cosas, no pensaban en eso. Sus corazoncitos iban a seguirles en el pecho tan a gustito toda la vida. Y aunque hubiera por ahí una vocecita chiquita, como la de la conciencia, que les decía otra cosa, eso eran puras imaginaciones. ¡Anda, que si ellos supieran que a Xiloxóchitl ya le tenían apalabrado al barbero...! Y hay que aclarar antes de dejar estas explicaciones y para que no se tenga mala opinión de Xiloxóchitl, que las largas que daba no eran las propias del hombre comodón y egoísta, sino que era precisamente su delicadeza de sentimientos y su sentido de la justicia el que se las dictaba. Él no tenía corazón para tener mujeres por suyas y hacerlas de menos, y eso era algo que mientras él siguiera tan enamoradizo y voluble, no podía dejar de ser.
    Fuera como fuera, todo eso era el pasado, porque, de hecho, lo que esperaba, el mazazo, ya se lo habían dado. Que ese mazazo lo fuera a librar del trasquilado era otra cosa muy distinta.

  5. #25
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    Predeterminado Capítulo VIII:En que también los grandes capitanes empiezan a sentir el miedo gastro

    nómico

    -Cuahuipil quiere ver a vuestra merced.
    -¿Cuahuipil? ¿Quién es Cuahuipil?
    -El soldado que fue paje de Puertocarrero.
    -¡Ah, sí, sí! ¡Ya, ya! ¡Hombre, claro, Cuahuipil, por supuesto, por supuesto, el de la jorobadita!
    Así, de repente, el capitán Tonatiu, o sea, Pedro de Alvarado, que venía a ser como el segundo, con algunos reparos, de Cortés, no había sabido, al anunciársele a Cuahuipil, si le hablaban de algún principal mexica o de algún amigo tlaxcalteca o de quién, pero ya, ya sabía muy bien a quien se referían. Como venido con el tal Puertocarrero, el muchacho llevaba en la expedición de Cortés desde el principio. Y cuando Cortés mandó a Puertocarrero de procurador a la corte del césar Carlos, el joven se quedó. Él y doña Marina, la intérprete, pasaron entonces de manos de Puertocarrero a manos de Cortés y había que decir que era una buena herencia, porque, aparte de doña Marina, cuyos servicios eran de sobra conocidos y reconocidos, por más que el Cuahuipil había parecido poca cosa y delicado, luego resultó ser valeroso y de mucho esfuerzo y muy buen corredor del campo y, por si era poco, también muy disciplinado y cumplidor. Por todos esos motivos, Tonatiu lo sabía a ciencia cierta, era de los que estaban en la lista de ovejas blancas del capitán Malinche. Y que ahora viniera a verle precisamente a él, Pedro de Alvarado que, bien se temía, estaba en la lista de las otras ovejas del capitán Malinche, le alarmaba un poquitín. El capitán Malinche exigía a sus hombres muchas virtudes. Alguno que otro no solo no tenía muchas, sino que no tenía ninguna, y en ese caso él era capaz de ponerse en el lugar de Malinche y comprender sus listas, pero otros tenían bastantes virtudes y lo que quería Cortés era la perfección y eso tampoco era justo. El ser humano es imperfecto por naturaleza y el pretender que sea perfecto es satánico, es pretender lo mismo que pretendió Lucifer. Por lo que a él, Pedro de Alvarado, Tonatiu (que quiere decir el sol) para los íntimos y los indios, respectaba, no tenía propósito de caer nunca en el satanismo. Cierto que la inteligencia y el buen juicio nada tenían que ver con el satanismo, muy cierto, pues, bueno, inteligencia y buen juicio tampoco los tenía ni creía que le fuesen a nacer ahora.
    Lo sentía mucho, pero en el trato con los principales mexica nunca había sabido y seguía sin saber a qué atenerse. Cortés con ellos parecía como el pez en el agua, porque el sí entendía, o se creía que entendía, el lenguaje doble que usaban los cortesanos de Tenochtitlán, el disimulo, el lenguaje triple, y los juegos por los mismos múltiplos, y hallábase en pie de igualdad con Moctezuma y sus adláteres. En cambio, él, Tonatiu Pedro de Alvarado, rubio y simple, hallábase en pie de desigualdad irremediable e inconmensurable. Las finuras, las sutilezas, los enésimos sentidos de las cosas que se decían estas gentes entre sí y con Cortés ni los olía. Y tampoco era como Gonzalo de Sandoval, capitán perfecto que, aunque no fuese sutil, sí era inteligente, prudente y juicioso, que buen provecho le hiciera. Ahora, que cuando llegara la ocasión de que hubiera que bailar con la más fea, no necesitaba de ninguna sutileza ni de ninguna finura para saber a quién le iba encomendar Malinche el baile: precisamente a él, al bruto y simple de Pedro de Alvarado Tonatiu. Y, si no, al tiempo.
    Pues sí, así era. A él le gustaban los indios, muchas veces más que los cristianos, y las indias por el mismo baremo, pero no le gustaban los cortesanos mexicas. Y cada vez le gustaban menos. No hacía pie con ellos. Nunca sabía a qué carta quedarse ni en qué multiplo del juego andaban y, lo que es más, no le interesaba. Las cosas en la vida, en realidad, eran bastante simples. El complicarlas no servía de nada y el juego ese de apariencias que su capitán y los mexicas se traían entre manos no era más que un juego inútil. Él sabía muy bien que también los de Tlaxcala tenían sus sutilezas y sus múltiples juegos, pero esos eran por necesidad y una pantalla tras la cual se parapetaba algo real, algo por lo menos a lo que él sí podía llegar y podía sentir. Con los cortesanos mexica, y mira que lo llevaba intentando, aún no había conseguido saber de dónde soplaba el viento ni en una sola ocasión ni encontrar nada detrás de la pantalla. Si ellos habían conseguido encontrar algo detrás de la pantalla de Cortés, no lo sabía, y el imaginarse tantas imaginaciones se le hacía complicado. Eran acuáticos. Parecía una chocarrería decir eso con tanta laguna por medio, pero los mexicas eran acuáticos. No se podía agarrar nada, porque se escurrían como el agua si querías llegar a algo firme con ellos. Y sus buenas razones tendrían los tlaxcaltecas cuando cada cosa salida de boca de mexica les hacía temblar y dar a la manivela de la imaginación y sacar abundantes conclusiones, cada una más nefasta que la otra. Y sin maquinaciones ni manivelas: las cosas, en esencia, eran muy sencillas: había dos que querían mandar en la Nueva España, los mexicas y los cristianos y, a menos que uno de ellos renunciase, la conclusión era igual de sencilla e inevitable: iban a terminar a tortazos. Y eso ninguna sutileza ni ningún juego doble, triple ni infinito lo iba a cambiar ni a diluir y todo lo que sucediese entre medias serían sólo paños calientes. No, él no se fiaba un pelo de los mexica y, además, si él estuviera en el lugar de los mexica, aunque a lo bruto y a lo simple como le era propio, haría lo que hacían los mexica, es decir: si quieres lo que tengo, quítamelo, dártelo no te lo voy a dar. Mientras que los tlaxcaltecas y los otros indios amigos tenían con los cristianos algo que ganar, que era librarse de los mexica, y algo que perder, que era liarse con los cristianos, los mexica solo tenían que perder. Y todo lo de la religión que pensaban Cortés y otros sería muy cierto, pero eso lo pensaban ellos y no los mexica, que estaban contentos con la suya, por idólatra que fuese. Y, luego, tenía que haber ahí también una cuestión de simpatía, porque los tlaxcaltecas y los totonacas tenían la misma religión y no le repugnaba. Diríase que estos últimos arrancaban los corazones con gracia, con un algo de conquistadores, ¡si lo sabría él...! Bueno, bueno, que divagaba. ¡Anda, vamos, vamos a ver que quiere el Cuahuipil antes de que desbarre en demasía! ¡Me vuelve del revés esta gente y también cierto capitán! Cualquier día de estos me levanto y no voy a saber siquiera si de verdad me llamo Tonatiu o lo he soñado.
    Última edición por Carcayona; 23/02/2012 a las 22:49

  6. #26
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    -Pues, capitán, yo quería hablarle porque me he acordado de unas, mejor dicho, de muchísimas cargas de cacao, mantas y canutillos que sacaron vuestra merced y los amigos de Tlaxcala de una de las trojes del Moctezuma.
    -¡Qué decís, hermano! ¿Quién os ha podido contar semejante chisme?
    -No. No me lo ha contado nadie. Lo vi yo.
    -¡Hombre...! Lo que decís es casi como si acusarais de algo. No convendría hacer afirmaciones de esa índole apresuradamente.
    -No. Si no es eso. Si yo no quiero acusar a nadie de nada, ni a vuestra merced ni a los amigos. El motivo de que os lo miente es que me arrepiento de no haber participado yo, habiendo podido, porque ahora resulta que necesito dinero... Si le digo a vuestra merced que me lo preste, sería poco honrado porque, hasta que el capitán Malinche no reparta con los soldados, yo no veo de dónde voy a tener para devolver a nadie nada...
    -¿Queréis cargas y canutillos?
    -Si vuestra merced tiene a bien dármelos sin la seguridad de que pueda devolvérselos...
    -Venid, venid para acá.
    Fue, fue para allá y allá había cacao, mantas y demás como para tener a régimen de chocolate y bien cuidadas a todas las legiones angélicas durante una eternidad. Era un decir, porque este cacao no era chocolatero, pero por dar una idea.
    -¿Cuánto necesitáis?
    -Pues..., no sé...
    -¿Es para una dama?
    -Pues... en cierto modo. Para trece.
    ¡Órdago con el paje! Esto no se lo callaba. Esto se lo tenía que dejar caer él al Malinche y que se empapase. Por ejemplo, diciendo: pues, mire vuestra merced, tal vez podríamos relajar una pizca la disciplina y que algunos soldados respiren un poco, hombre. El mismo paje de Puertocarrero, el Cuahuipil, que es tan buen corredor del campo y que tanto apreciáis, tendrá que comprarle alguna cosilla de vez en cuando a las trece indias y a las cuatro mujeres de Castilla que le dan a él sus mejores momentos... ¡Huy sí, ya lo creo que se lo tenía que dejar caer! Para que fuera viendo lo que era un hombre hábil de verdad.
    -Bueno ¿qué me dice vuestra merced?
    -Que sí, hermano, que sí. Servíos. ¿Cuánto queréis?
    -¿Me puedo llevar unas diez cargas?
    El Tonatiu lo miró con incredulidad. En eso debía de consistir aquello que había dicho del “cierto modo”.
    -Y ¿qué piensa hacer vuestra merced: decirle a cada una que abra la boca y jugar a la rana con los granitos? ¿Pero cómo podéis hacer eso con ellas? ¿Las vais a poner a fregar? ¡No seáis así de tacaño, por el amor de Dios! Portándoos así de ruin no le van a durar las damas ni un suspiro ni es razón que le duren! -lo miraba espantado.
    Había calculado mal, desde luego. No había querido pasarse porque no le mandaran a paseo, y mira que casi le mandan por no llegar. Y ahora, oyendo esto, ruin se sentía pero un rato, porque ¿cómo había podido él no querer para su dama y las demás hijas de la sal muchísimas más cargas de cacao, unos cuantos trillones de ellas, y otro tanto de canutillos de pepitas de oro y mantas, como si ni las damas ni la empresa las mereciesen?
    -Ahora les digo a los criados que le ayuden y llévese vuestra merced algo que no sea de burla. ¿Qué menos que cincuenta cargas entre canutillos y mantas? ¡Por el amor de Dios! Llévese cien y disfrútelas, hombre.
    -Lo agradezco de veras.
    -Nada que agradecer. De justicia.
    -Capitán...
    -Diga vuestra merced. ¿Os puedo servir en algo más?
    -No. Bueno... Es decir, no es asunto mío, pero...
    -¿Qué es?
    -Me pregunto si es previsor, por parte de vuestra merced, el guardar todo esto aquí en Tenochtitlán y si no sería mejor que lo pusiera a recaudo mandándolo a Tlaxcala, más teniendo parentela como tiene allí vuestra merced. Yo es lo que pienso hacer. Si empiezan a darnos guerra aquí y nos cogen a sacrificar, se habrá de perder todo.
    "Si nos cogen a sacrificar". O sea, que él, el Alvarado, Tonatiu, no estaba loco. No, no eran imaginaciones suyas. En boca de este Cuahuipil, que era una oveja blanca, lo acababa de oír. Y aunque hasta ahora no se lo había oído decir a ningún otro cristiano, pensarlo, sabiendo que lo pensaban o sin saberlo, lo pensaban muchos, aunque tratasen de ahuyentar el pensamiento, porque solo el pensamiento los mataba. Únicamente Cortés vivía en el olimpo y se sentía redentor de indios diciéndoles a éstos que no sacrificasen a los ídolos ni indios ni indias, sin ocurrírsele siquiera que éstos ya tenían pensado darle un toque de novedad y modernidad a la humanidad sacrificada con sangre nueva de ultramar. Pero ¡si lo sabía! ¡lo sabía! Si las miradas lo decían todo. Eran miradas vacías, como si todavía no hubieran encontrado con qué llenarlas, porque aquello con lo que las querían llenar, todavía no tenía fecha, pero las habían vaciado ya precisamente para poder meter aquello. No tenían nada en la mirada. Absolutamente nada. Nada, pero nada tenían que ver éstos con los tlaxcaltecas y totonacas, que eran salvajes perdidos, como es la gente en general, pero con alegría y sin rencores y hoy por ti y mañana por mí. Y en el caso de los mexica, cuando decían que sus enemigos sacrificados iban al paraíso, no se lo creían, era puro ritual aprendido de carrerilla y vacío de sentimiento, como los fariseos, de boca para afuera, pero nada más. Porque, si de veras creyeran que haciendo eso los mandaban al paraíso, se les iba a poner la digestión peor todavía de lo que la tenían, que era muy mal. ¿Ni como se creían que sus dioses iban a aceptar esos sacrificios hechos con tanta frialdad? Y ¡cuidado! que sí, de los cristianos era éste el primero al que se lo oía decir en voz alta, pero los tlaxcaltecas no habían parado de decir otra cosa desde el principio y no comprendían cómo Cortés se fiaba de las buenas palabras de esta gente que podía quebrantar la palabra dada y su contraria, todo al mismo tiempo, con una habilidad que ellos, lo reconocían, aunque lo intentaban y ponían toda su aplicación, no conseguían imitar. Y pues ya que todos ellos, cristianos, totonacas y tlaxcaltecas, eran tan negados, a ver si el capitán Malinche, que era más listo y sutil, aprendía y conseguía que sus soldados en el más allá criasen malvas, como lo habían hecho todos sus antepasados, en lugar de lombrices en las tripas de sus contemporáneos que era una cosa nueva, que igual, por falta de conocimiento, no les iba a salir bien. Y, desde luego, tenía razón Cuahuipil, y lo primero que iba a hacer era despachar todas sus adquisiciones a Tlaxcala pero ya mismo.

  7. #27
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    Predeterminado Capítulo IX: Yacatecuhtli

    ¿Quién volviendo la vista atrás, o la imaginación hacia adentro, no ha paseado alguna vez por un Tenochtitlán que no es el de la historia colectiva, sino uno íntimo, con profundidades que no engolfan sino que reflejan? Uno con sus lunas blancas y sus aguas negras, con su noche oscura y sus paredes claras. Mas el de esta noche, en que dos hermanos sin voto, mejor dicho, hermano y hermanastro, bogan pausadamente en su misión de restauración de la paz universal, es precisamente el colectivo, por más que al menos uno de los bogadores no hubiera objetado nada al íntimo. En cualquier caso y, aunque todavía no lo saben, terminarán llegando a una de esas claras paredes de la noche que tanto pudiera ser íntima como colectiva: el tzompantli del templo de Yacatecuhtli. Tzompantli en lengua náhuatl se llama a una liviana pared hecha de calaveras que se alza en el recinto de los templos. Los cráneos se ensartan uno junto a otro en una empalizada que semeja un ábaco: claras cabezas, serenas contra un cielo acerado, aliviadas ya de la pesada carga del pensamiento. A esta descansada imagen llegarán, pues, hermano y hermanastro, pero no todavía, porque ahora lo que hacen es remar sosegadamente por una de las calles de agua del aristocrático barrio de mercaderes de Pochtlan.
    Desde las ruzafas de las mansiones que daban al canal les llegaba acaso el cantar de un jardinero entretenido en una última faena o una voz aguda de muchacha a la que replicaba otra más baja y apagada, mientras que, en el cruce que acababan de dejar, quebraba la quietud un aguador que abastecía desde el acale a un parroquiano vespertino. Aquí y allá la gruesa voz del ave tolcomoctli y el silbo del chiquimollin hendían la noche con tajos invisibles, mientras que el rumor de los insectos hacía que el aire se sintiera aún más tibio y suave. Y, como alas más sutiles que las de cualquier ser animado, venían los olores del copal que ardía en hogares y templos y el aroma de acacias y florestas a recostarse blandamente en el agua. Mas aunque todo en esta hora venturosa halagaba los sentidos, no movía este deleite a la embriaguez sino al ensueño. Al ensueño más dulce, al que existe tan solo en el recuerdo de un deseo recóndito, al ensueño que, en este momento en que remaba con parsimonia en el acale, añoraba Xiloxóchitl de la época en que el amor todavía era promesa. Delante de él, con otro remo y la misma parsimonia remaba Marcos Bey. Y pensaba Xiloxóchitl que, si la aberración y el chicle no hubieran venido a estropearlo todo, la de hoy hubiera sido una noche de magia.
    Llegados como a la mitad de una cuadra entre dos canales dejó de remar Xiloxóchitl y, señalando al jardín próximo, indicó a Marcos que aquella era la casa que buscaban. El jardín, que estaba vallado, era de buena anchura y profundidad, pues desde el agua no se alcanzaba a ver la edificación, que, al uso de la ciudad, se levantaba al otro extremo de la chinampa o terreno, de forma que su fachada y puerta principal daban a la calle de tierra, mientras que la salida al embarcadero se abría en el jardín y era precisamente la que Xiloxóchitl y Marcos Bey veían desde el acale. Por esa puerta, que no era tal, sino, según el uso, un cierre formado por dos paredes haciendo callejón, salieron ahora una criada que parecía de casa de categoría y un acalpan o barquero con otras dos criadas de menor porte. Entre los cuatro cargaron varias arquetas y bultos en uno de los acales amarrados al muelle. Las dos criadas de menor porte volvieron a entrar en la mansión y el acalpan y la primera sirvienta, con su carga, se hicieron al agua. Como a vara y media de distancia se cruzaron ambas embarcaciones y las miradas de la criada y Xiloxóchitl. Éste y su compañero esperaron sin moverse a que se alejara el otro acale.
    Muy bien hubiera podido decir Marcos Bey que ésta era la primera vez que ponía pie, o remo, en Tenochtitlán, porque el trecho de la calzada de Iztapalapa, en cuyo comienzo lo soltaron los tamemes o cargadores que lo habían llevado a cuestas desde Veracruz, hasta los alcázares de Axayácatl lo hizo muy apresuradamente, para llegar cuanto antes a la audiencia con el capitán Cortés. Después vinieron la jornada de fingida enfermedad, la ceremonia de los amigos de Tlaxcala y las diligencias eclesiásticas, cosas todas tal vez muy necesarias y hasta buenas pero que no eran lo mismo que, una vez tocado de las suficientes plumas y avituallado de suficiente chicle, campar a sus anchas y en buena compañía por una fabulosa ciudad de la que nada había sabido él hasta hacía días ni nada sabía todavía la mayor parte del orbe.
    -¿Es ésta, pues, la casa donde vive el mercader más rico de Tenochtitlán¬? -preguntó Marcos.
    -Uno de los más ricos. Pero lo que lo hace interesante para nuestros propósitos es que de aquí a unos diez meses de los nuestros, que son unos...
    -...seis meses cristianos. Ya. No se canse vuestra merced en explicarme los calendarios de la Nueva España porque ya los he aprendido: dieciocho meses de veinte días en el año y cinco días sueltos. Las semanas del mes son de cinco días y las que sirven para saber la buena fortuna son veinte de trece días en el año, con veinte signos que van pasando de una a otra. Hoy reina exactamente el signo 4 caña y ¡vive Dios! que va siendo un signo excelente –esto decía Marcos Bey mientras chascaba de vez en cuando al mascar el chicle.
    -De por sí malo no es, mas no sé yo si para lo que nos proponemos no será un poquito contrario.
    -No diga eso vuestra merced. Las predicciones, cuando no son buenas, son superstición blasfema.
    ¿De verdad? Xiloxóchitl contuvo una mueca de ironía, porque hasta el día de hoy él había encontrado muy divertido su signo nueve caña, el de la carnalidad desvergonzada. Se había aprovechado de él para evitar hacer lo que no quería hacer, pero sin contrapartida ninguna, porque la carne nunca le había supuesto una asechanza especial y menos una tentación insuperable. Pues hoy el signo se estaba cobrando sus atrasos, y probablemente también terminaría cobrándose su buena reputación de haber vencido un signo tan adverso, corriendo incluso el riesgo de que lo trasquilasen por vencerlo demasiado. Sí, señor nuestro Tezcatlipoca, nunca es demasiado tarde para ser humilde. Diríase, por lo demás, que el paseo en barca, si no había abatido la violencia con que sentía Xiloxóchitl, sí había apaciguado su propia reacción ante esa violencia, suavizándola con esa pizquita de filosofía o humildad. Ninguno de estos pensamientos, sin embargo, se los dejó traslucir a Marcos Bey, que seguía allí mascando su chicle y escuchándole con toda felicidad. En lugar de eso, dijo:
    -No, yo tampoco creo en los malos augurios... De aquí a diez meses, pues, será el de Panquetzalitzli, que quiere decir de izar banderas, en el que se celebran ceremonias multitudinarias y comulga todo el mundo. Estoy seguro de que esa fiesta a vuestra merced, que es tan devoto, lo va a conmover.
    -Cuando dice comulgar vuestra merced ¿quiere decir comulgar sacrificados?
    -Eso es. Aunque es imposible que haya suficiente sacrificado para que comulgue todo el pueblo, por eso se cuece una imagen del dios hecha de pan que se santifica y todo el mundo puede comulgar de eso a falta de carne sacrificada.
    -¡Voto a tal que vuestras mercedes los indios no hacen las cosas a medias! ¡Sí que han de conmover, sí!
    -Pues además de esas ceremonias, que son para todo el pueblo, es en ese mes en el que los mercaderes que se han hecho muy ricos celebran su fiesta principal, que es sólo una vez en la vida y en la que, además de sacrificar esclavos, como broche de oro, tienen que dar convites muy costosos y hacer varias veces regalos más costosos todavía a las personas de calidad de su ciudad o república, porque el más mínimo reparo o el no mostrar magnificencia extrema, sería su ruina social. Lo que eso significa para nosotros es que ahora, fuera de los almacenes del Moctezuma, es en casa de un mercader que vaya a celebrar esa fiesta donde se guardan las mayores riquezas de Tenochtitlán. Sin contar con que la mujer de este Papantzin, por lo que sé, es también mercadera próspera, y no dejará de señalar igualmente la ocasión.
    -Y esas riquezas de que me habla vuestra merced ¿las traen de muy lejos?
    -De un poquito lejos tal vez, mas no tanto como cuando antes del bloqueo viajaban los mercaderes tlaxcaltecas ni como lo haremos de ahora en adelante, si Dios quiere, para recuperar lo perdido. Como ya ve vuestra merced, tampoco han ido estos mercaderes mexicas tan lejos como de donde venís los cristianos ni, que se sepa, han llegado siquiera a Aztlán ni a las siete cuevas de las que salieron nuestros antepasados.
    -¿Qué siete cuevas son ésas? Nunca las había oído nombrar. Tiene que tratarse por fuerza de lugares fabulosos.
    -Pues aunque parece que por alguna parte debiera haber memoria de qué cuevas eran aquellas y de cómo vivían allí nuestros antepasados y por qué, lo cierto es que noticia precisa como para ir con mapa y encontrarlas no se tiene.
    -¡Pero una cosa así no se puede dejar sin averiguar! No podemos quedarnos aquí un día y otro mano sobre mano y las siete cuevas muertas de risa. Según el sano juicio no puede tratarse de guaridas de animales, sino que deben de ser míticas y encerrar admirables secretos. El mismo número siete, que es el más mágico que existe, lo dice a gritos. Quizás era en ellas donde tenían vuestros antepasados las tablas de la ley y donde se refugiaron los atlantes y las amazonas. En cuanto terminemos en Tenochtitlán debemos ir en su busca. ¿Tiene más chicle vuestra merced?

  8. #28
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    Predeterminado

    -No. Digo sí. Digo...
    -¿Tiene o no tiene chicle vuestra merced? Es que a mí se me ha gastado el que tenía.
    Se veía que Xiloxóchitl vacilaba en contestar.
    -Sí que tengo, porque traje precisamente para que no os faltase, pero debo advertiros algo.
    -¿Se pega al estómago y pone enfermo?
    -No. No es eso. Es que no castañetee vuestra merced los dientes al masticarlo. Másquelo sin que se note.
    -Y ¿cómo no voy a castañetear y a meter ruido si precisamente en eso le veo la gracia?
    -Sírvase vuestra merced mascar como desee, pero aquí, en Tenochtitlán, lo mismo que en Tlaxcala los que mascan así el chicle son los sodomitas pacientes que se van ofreciendo y las rameras. Es su señal. No obstante, sea servida vuestra merced mascar como guste.
    ¡Qué iba a mascar ya, hombre! Se había quedado con la boca abierta y el chicle en medio.
    -¡Voto a tal! ¡Voto a tal y qué manera de estropear una cosa tan buena dándosela a esos bellacos! ¡Podían haber mascado virutas! Bueno, dadme acá de todas formas que voy a tratar de mascar quedito.
    -Sí, sírvase vuestra merced. Digo que estoy de acuerdo en todo lo que acabáis de decir y que hay que encontrar esas cuevas. Sería una hazaña memorable para todos los chichimecas.
    -¿Quiénes son los chichimecas?
    -Nosotros. Todos los siete pueblos que salimos de ellas y hablamos la misma lengua que es el náhuatl.
    -¿Los mexicas son chichimecas?
    -Eso es. Ellos y los tepanecas, aculhuas, chalmecas, olmecas, xilancas y tlaxcaltecas somos todos de un mismo origen.
    -Y ahora no se llevan bien ¿verdad? ¡Bah! Eso suele suceder, que no con quien naces sino con quien paces, y uno no siempre se aviene con la propia familia pero para eso ha llenado Dios el mundo de naciones sin cuento, para que siempre tengamos con quien hablar. Yo, por ejemplo, me he peleado con más de medio orbe y ya me ve vuestra merced, aquí estoy, tan feliz de platicar con el otro medio. ¡Ah de la casa!
    En el transcurso de este diálogo habían desembarcado, amarrado el acale y ganado la entrada del jardín y era ahí donde Marcos creyó oportuno señalar su llegada.
    -¿Pero qué hace vuestra merced? -decía Xiloxóchitl- ¡Si grita así nos van a oír!
    -¡Claro! Y si no gritamos, no habrá quien nos oiga.
    -Y si nos oyen se pondrán en guardia y no nos dejarán ver nada y menos saquear luego.
    -¿Qué dice vuestra merced? ¿Quién va a saquear?
    -Nosotros. Es decir, eso es lo que hemos convenido y por lo que necesitábamos un mercader rico. Claro está que, cuando digo saquear, me refiero al procedimiento, pues el hecho en sí es una restitución legítima a la inmaculada república de Tlaxcala y un acto necesario de restauración del orden mercantil universal. El saqueo, como acto de falsía y salvajismo, ya sabe vuestra merced que se lo dejo a los sedientos de desorden como el Moctezuma y sus secuaces.
    -¡Naturalmente! Y eso está tan claro que este buen mercader de Papantzin debe de estar consumido de impaciencia por restituir y restaurar según sus medios, máxime tratándose de súbditos de príncipes amigos y repúblicas cristianas, y lo que es más, hermanos de cueva, como somos tlaxcaltecas, mexicas y castillecas, porque nosotros también tenemos cuevas, no vaya a creer vuestra merced que hemos salido de cualquier parte y no hay por qué andar con ningún sigilo ni hacerlo a escondidas, como si no nos asistiera toda la razón. Creo que deben de estar durmiendo ya porque no contesta nadie. ¡Se acuestan como las gallinas!
    -¡Pues menos mal! Porque lo que dice vuestra merced de que tenemos derecho estará muy bien dicho pero este ladino de mercader, en cuanto vea del mismo golpe de ojo a un cristiano y a un tlaxcalteca tan cerca de sus tesoros, lo que va a hacer es quitarlos de en medio más que de prisa y hasta finge una enfermedad y lo oculta todo para mejor ocasión y aplaza la celebración otros diez mil panquetzalitzlis. No se figura vuestra merced los milagros de inteligencia que obra la codicia en las mentes de los hermanos de cueva ni irá a pensar que Tenochtitlán se ha enriquecido y llegado a esta opulencia a fuerza de desprendimiento, restituciones y repartir mimos. Y el Moctezuma es generoso con los cristianos, es decir, con los que le conviene, porque sabe que, de uno que les da a ellos por un lado, sus sicarios sacan cuatrocientos por otro a los demás indios y porque por otra cuenta se lo cobrará. ¡Espero que vuestra merced no se haya contagiado ya de esa dañina enfermedad que ataca a los teules del palacio de Axayácatl y que se manifiesta en un síntoma demencial que consiste en decir a todas horas "¡Qué gran señor es Moctezuma! ¡Qué gran señor es Moctezuma"!?
    -¡Quite, quite vuestra merced, Xiloxochitzin! ¿Cómo me achaca semejante cosa? Yo en mi vida he tenido síntomas y, en cuanto a señores, muy a mi pesar.
    -Vuestra merced está castañeteando los dientes otra vez.
    -¡Voto a tal y al sátiro que les enseñó! ¡Vaya estropicio que han hecho de una cosa tan buena! ¿Vivirá alguien en estas casitas¬?
    Se habían adentrado en el jardín y la pregunta de Marcos Bey se refería a unos jacales separados del resto de la casa, aunque próximos a ella, que parecían recién construídos.
    -Son las cárceles de los esclavos para el sacrificio. Las construyen ex profeso para la ocasión.
    -¿Los tienen en cárceles?
    -Sólo por la noche para que no se les vayan. Durante el día tienen que bailar en un tlapanco que habrán levantado en algún sitio principal de la casa. Así desde que los compran, mientras los ceban y hasta que los sacrifican. Y las esclavas además tejen.
    -Claro, así no se aburren y llevan su mortajita ya hecha. ¿Y no podríamos verlos bailar ahora?
    Xiloxóchitl negó con el gesto. Este compañero de expedición era un jaque. Aparte de los males propios de nueve caña que le causaba y que no tenían remedio, hablaba altísimo y se andaba deteniendo como si tuvieran todo el tiempo del mundo y como si en lugar de estar en casa extraña estuvieran en el regazo de mamá.
    -¿Y no deberíamos soltarlos?
    -Ahora no deberíamos hacer nada. Hemos convenido en que veníamos a estudiar el terreno, para luego, según lo visto, decidir cómo vamos a restaurar el orden mercantil universal.
    -¿Y los libros?
    -No se preocupe vuestra merced que no me olvido. Tenemos que ver dónde los guarda. Confío en que sea en esta misma casa. Estos mercaderes opulentos suelen tener además casas de recreo en tierra firme.
    -¿Y está seguro vuestra merced de que los libros que tiene este Papantzin tendrán noticia de la antigüedad y de esos lugares que le digo? Porque, si no han llegado muy lejos, a lo mejor en sus libros no viene nada de interés.
    -El que él no haya llegado no quita que hayan llegado los libros o que hayan venido. Puede haberlos conseguido en parte donde otros mercaderes de más lejos los trajeran y éste Papantzin los comprara, o los robara, que es mas barato.
    -Ya. Pudiera ser. Porque, dígame vuestra merced qué opina: ¿No es acaso sorprendente que hablemos nosotros por nuestra parte del Atlántico y la Atlántida y que en su lengua le digan atl al agua y tengan sus aztlanes? Estoy seguro de que lo que quedó de la Atlántida está en las Indias y Eldorado y el país de las amazonas lo mismo. Tal vez sean las tres un mismo y grandioso lugar.
    -Es cierto lo que dice vuestra merced. Para ser sólo casualidad es excesiva.
    -¡Voto a tal que lo es! Y, si no ve inconveniente vuestra merced, creo que deberíamos presentar nuestros respetos a los esclavos. Si van a morir tan santamente, podrían interceder por nosotros ante el Altísimo.
    -Sí y, aun antes de eso, delatarnos un poquito.
    -Tenga en cuenta vuestra merced que, puestos a delatar, hasta las paredes delatan. Lo que es importante es que si alguien nos delata, sea esclavo, amo o pared, su testimonio no valga nada.
    -Si es por eso, no se inquiete vuestra merced. Ni en Tlaxcala ni en Tenochtitlán ni en ninguna otra tierra de chichimecas se les ha tomado jamás declaración a las paredes.

  9. #29
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    Predeterminado

    -Chisst...
    Los dos intrusos se volvieron hacia de donde les habían chistado, que era una de las casetitas de esclavos, y se asomaron por las rendijas de la puerta, que estaba hecha de manera semejante al enrejado de una jaula.
    -A la paz de Dios -dijo Marcos Bey saludando e intentando ver en la oscuridad a quién dirigía esta salutación.
    -Me llamo Atotoztli -dijo una voz de mujer desde dentro de la casetilla en un náhuatl que no sonaba muy espontáneo. Fue Xiloxóchitl quien contestó y quien siguió luego con la mujer de dentro una breve conversación. Marcos Bey se dio cuenta de que no era náhuatl lo que hablaban, lo cual no le impidió estar muy pendiente para preguntar al final:
    -¿Qué dice?
    -Es otomí de un pueblo de la sierra. Se vendió como esclava hace cosa de un par de años y lo que recibió en pago lo dio a su hermana para que se hiciera cargo de sus hijos, esperando que, si llegaban a salir de la estrechez, podría rescatarse pero la vendieron, le levantaron falso testimonio, haciéndole perder el derecho de rescate, y la volvieron a vender en Azcapotzalco esta vez para el sacrificio. Ahora ya tiene muy mal remedio.
    -¡Se da cuenta vuestra merced! ¡¡Se da cuenta...!! ¡Son éstos, estos seres santos, estos seres abnegados los que evitan que todos los demás ardamos eternamente en el infierno! Si no fuera por ellos, Dios no se apiadaría de nosotros. ¡Ahí la tenéis: cebándose a todas horas, encarcelada de noche, tejiendo al crepúsculo y bailando de día, y todo por unas criaturas! ¡Personas así mueven al arrepentimiento! ¡Voto a tal, voto a tal, voto a tal!
    Según y cómo, esta gravitación del compañero hacia el arrepentimiento, y según de lo que se arrepintiera, hubiera podido alarmar a Xiloxóchitl pero como vio, por los ademanes y el paso decidido con que Marcos Bey se disponía a entrar en la casa, que los efectos del arrepentimiento, fuera de lo que fuera, no eran para ahora mismo, se tranquilizó. Lo que sí parecía ser para ahora mismo era el saber todo de los otomíes y el aprender la lengua.
    -Los otomíes somos una estirpe que ya estaba aquí cuando llegamos los de las siete cuevas. Éramos más toscos y salvajes, pero valientes, y ahora los que son puros otomíes habitan mayormente las sierras, y en Tlaxala las fronteras. De salvajes y toscos dicen que seguimos igual pero en valentía vamos ganando grados.
    -De donde deduzco que vuestra merced es parte otomí.
    -Por parte de mi abuela materna. Mi madre y mi tío Teyohualminqui hablan otomí y de ellos lo aprendimos mi hermana y yo a la par que el náhuatl. Tiene sus ventajas conocer una lengua en la que otros no te entienden.
    -Desde luego. En la guerra, que es la cosa más importante de las que existen, es imprescindible.
    Al umbral de la casa llegaron precisamente cuando Marcos Bey quería dominar los aspectos del verbo de la lengua que le acababan de presentar. Pero no llegó a intentarlo porque Xiloxóchitl, curándose en salud, antes de entrar lo detuvo y le dijo bajito:
    -Si cuando estemos ahí dentro se propone hablar vuestra merced en voz más alta de la que me escucha, dígamelo antes porque no quiero seguir. No me siento de humor para pegar la hebra con ningún hermano de cueva tratando de explicarle que, aunque a cristianos y tlaxcaltecas se nos haya colgado en Tenochtitlan el sambenito de rapaces, el que estemos aquí nosotros dos no es lo que pudiera parecer.
    -¡Quite vuestra merced! Pues ¿qué necesidad hay de hablar más alto? ¿Acaso somos sordos? No pase cuidado por ese motivo porque, además, ya tengo yo un poco resentida la garganta y debe de ser de la humedad de la laguna y de haber cantado.
    Así era. El rato que no chascaba los dientes con el chicle o el que no hablaba, Marcos solía cantar y tampoco bajito. Convenido, pues, el tono de voz, dieron unos pasos dentro de la casa preguntándose hacia qué lado tirar para dar con los almacenes de mercancías y no con los aposentos de vivienda, algo que no resultó nada difícil.
    -¡Qué manera de roncar! ¿Escucha vuestra merced? Hechos a este bramido no me extraña que no oyeran nuestra llamada ni nuestros saludos y ya no creo que lo hicieran por desairarnos -dijo Marcos Bey mirando hacia las estancias situadas a su derecha.
    -La que ronca así es la mercadera.
    -¿Cómo lo sabe vuestra merced?
    -Me lo han contado.
    -¿Y cómo lo saben quienes se lo han contado?
    -Digo yo que también a ellos se lo habrán contado y así sucesivamente hasta llegar al que lo haya sabido de primera mano, que tendrá que ser el marido, ya hay que ser chismoso.
    -En cualquier caso, bien está, porque nos evita dar vueltas como peonzas por todos estos patios.
    Se alejaron pues de los ronquidos y llegaron a uno de esos patios a los que aludía Marcos Bey que, como los demás, estaba rodeado de una galería. En uno de sus extremos se levantaba un altar, en cuyo centro se alzaba la imagen de Yacatecuhtli, dios protector de los mercaderes, rodeada de las de sus hijos e hija, dioses asimismo, que le secundaban en sus menesteres. En torno a los dioses había colocados papeles de amate con dibujos rituales y braseros en los que ardía leña y copal, que, además de dar buen olor, animaban los muros de aquel lado del patio con sus titubeantes resplandores. Dos báculos de mercader atados juntos y puestos con las demás cosas como en ofrenda eran una última muestra de devoción de los moradores de la casa.
    A distancia respetuosa del altar se detuvo Marcos Bey un momento y se santiguó y, pensándolo mejor, también se persignó. Marcos Bey tenía por costumbre santiguarse o persignarse ante cualquier cosa que tuviera que ver con la religión porque así lo exigía lo que en su concepto era el dogma más importante de la suya -la católica, apostólica y romana-, la doctrina cardinal sobre la que se sustentaban todas las demás, el dogma de la comunión de los santos. En esta comunión creía él firmísimamente. Creía que, en verdad, la santidad de cualquier fiel de la iglesia de Cristo alcanza a todos los demás fieles y se reparte entre ellos libérrimamente. De ahí que todo su interés consistiera en que cuantos más cristianos mejor -y los no cristianos también, para dar ejemplo y por si acaso- fueran santísimos y no pecasen nada, porque, repartiéndose todo entre todos, cuanto menos pecaran los otros, más podría pecar él. Y, como no era desagradecido ni inconsecuente, no dejaba de alentar por los medios a su alcance a todos los prójimos a su alcance a aspirar a la mayor santidad, por muy fuera del alcance que pareciese. La imagen de Yacatecuhtli, ahí en su altarcito de la morada de terremoto durmiente y Papantzin, le parecía una buenísima señal de que podría pecar sin grandes apreturas durante algún tiempo. La verdad es que con todas las penitencias, sacrificios y actos de piedad que, según veía, no paraban de hacer estos indios, los pecadores del mundo estaban de enhorabuena.
    También Xiloxóchitl guardó silencio ante el altar y agradeció aquel breve instante de recogimiento. Por primera vez desde que había comenzado el torbellino de esa jornada tenía una vislumbre espiritual, como si, en un levísimo parpadeo, aquella llama que ardía ante el buen dios le hubiera dicho: un día te purificaré, hijo mío.
    Pasado ese instante y sin romper el silencio, tomó Xiloxóchitl una tea de las que había de trecho en trecho en la pared, la prendió en un brasero y entró, seguido de Marcos, en la oscuridad de la primera de aquellas salas en las que, en efecto, estaban almacenadas, amontonadas como en cueva de leyenda, riquísimas mercaderías. Todas las estancias las recorrieron sin que Xiloxóchitl dejara de mirar, además de los tesoros, a su compañero. ¿Acaso veía allí Marcos Bey lo que miraba con los ojos? Seguro que sí, pero seguro también que, al igual que a Xiloxochitl, lo que veía no le entraba por aquellos ojos. Las piedras, el oro, las plumas, las conchas de la mar, las pieles de animales feroces, los metales raros y refulgentes y los objetos de lugares ignotos, todo aquello por lo que los hombres están dispuestos a morir y a matar, no le entraba por los ojos porque lo que había que ver allí no era eso. Lo que había que ver ante estos tesoros, no entraba por los ojos, sino por las venas, por la piel, por el alma... No, los seres humanos no mueren y matan por codicia ni es la sed de riquezas la que lleva a matar y a morir, sino que es la sed de morir y matar la que engendra la codicia. Los seres humanos mueren y matan porque son divinos y quieren volver a lo divino. Todo quiere volver a lo divino. Como Marcos Bey y él mismo, que eran solo un receptáculo de la divinidad, que mantiene su diálogo infinito consigo misma trasvasándose entre vida y muerte. Y es cuando el ser humano olvida que es divino, cuando aparece la codicia para, de una manera tortuosa, recordárselo, y entonces mata y muere igual, pero ciego a su divinidad. La codicia es el castigo de la ceguera espiritual. Marcos Bey, sin embargo, no era ciego. En aquellos momentos, la divinidad que lo habitaba había apartado la máscara de medio bocazas y de desparpajo bravucón con que se mostraba como humano para dejar ver su esencia roja, desnuda de expresión, sin cualidad, sin nombre ni deseos, sólo esencia. El dios con el que tantos lo confundían existía realmente, aunque no lo supiera el propio Marcos Bey.
    La divinidad, sin embargo, volvió a ocultarse tras la pueril máscara humana al abandonar los dos el patio de almacenes. Anduvieron todavía un rato por otras partes de la casa.

  10. #30
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
    Mensajes
    149

    Predeterminado

    -¿Y dónde están los libros?
    -Eso estoy tratando de averiguar.
    Xiloxóchitl se detuvo a pensar, luego, mirando hacia unos aposentos de un patiecito chiquitín, dijo:
    -Venga vuestra merced.
    Entraron en una salita pequeña, pero que de día debía de tener buena luz, ya que se abría a dos patios. Xiloxóchitl abrió una de las arquetas que había allí.
    -¡Aquí están, alabado sea el Altísimol! -exclamó Marcos Bey.
    -Tuve una buena inspiración.
    -¡Santísima inspiración! Líbreme Dios de ahora en adelante de ir sin vuestra merced a ningún sitio. ¿Qué dicen? ¿Hablan de esos lugares?Marcos Bey mantuvo la tea en alto para alumbrar, mientras Xiloxóchitl examinaba los libros, que no era encuadernados, sino plegados como acordeón.
    Desde luego, no se podían llevar todos. Xiloxóchitl cargó con los que buenamente pudo y le parecieron. Marcos Bey hizo otro tanto y salieron por la puerta de la calle de tierra, no sin resistencia de Xiloxóchitl que no veía por qué no podían volver al acale por el jardín en lugar de dar todo el rodeo. Caminaron como tres varas y, a la altura de un árbol que había a un lado de la calle, Marcos Bey se detuvo a dejar cuidadosamente los libros en la albitana y, mirando a Xiloxóchitl, le preguntó:
    -¿Qué? ¿qué me dice vuestra merced?: ¿he hablado en voz baja o no he hablado en voz baja?
    -Ha hablado vuestra merced en la mejor voz baja que se haya oído jamás -dijo Xiloxóchitl disimulando la demoledora emoción que le causaba el que Marcos Bey hubiera estado todo este tiempo pendiente de hacerle caso.
    -¿Y el chicle?
    -Ha mascado vuestra merced con discreción.
    -Dejad también aquí los libros y vamos a terminar ahí dentro.
    -¿Cómo?
    Era inútil. Xiloxóchitl nunca podía preguntar nada porque, antes de que pudiera decir esta boca es mía, ya el otro había hecho lo que le había dado la gana, en este caso regresar hasta la puerta de casa de Papantzin y terremoto durmiente y gritar bien fuerte el consabido ¡ah de la casa! mientras levantaba la cortina que hacía de puerta, pues no se conocían las puertas en la Nueva España en aquel entonces.
    -¿Qué hacemos aquí otra vez? -le preguntó uniéndose a él.
    -No podemos irnos sin saludar a personas tan honradas de la sociedad de Tenochtitlán como estos mercaderes ni ellos nos perdonarían que, estando aquí mismo, pasáramos de largo sin llevarles la palabra de la redención. Voy a llamar más alto porque aquí no se remueve ni una mosca. ¡¡Ah de la casa!!
    Después de esta segunda llamada de Marcos dejaron de oírse los ronquidos y empezaron a llegarles los murmullos de voces y de pasos. Llegó una sirvienta con luz y tras ella otra. Los visitantes las saludaron respetuosamente y dijeron, ayudándose en el diálogo el uno al otro que, habiéndose levantado en plena noche a hacer oración, algo en su interior los impulsó a salir de sus lechos y palacios para llegarse al cercano templo de Yacatecuhtli, protector de los mercaderes, y que este dios les había dicho que los mercaderes más virtuosos del contorno eran Papantzin y su consorte y que no dejasen de llevarles la buena nueva de la redención universal, pues se acercaba el fin de los tiempos y era imperioso preparar a las almas y que ellos, como mercaderes rectores, llevasen a los demás al camino de la fe.
    Ya a poco de empezar este discurso se habían hecho presentes el mercader y la mercadera que, medio desgreñados y conteniendo los bostezos, trataban de mostrarse dignos, con civilidad y a la altura de una circunstancia tan desacostumbrada.
    La mercadera pidió aclaraciones sobre lo último que acababan de decir:
    -¿A estas horas de la noche? -preguntó.
    -Satanás no descansa nunca.
    -¿Vuestras mercedes se llaman Satanás y su deber es trabajar a todas horas?
    La deducción de la mercadera no llevaba segunda intención y era muy lógica. ¿Cómo iba a saber ella qué significaban esos nombres y esas palabras, ni cómo iba a juzgar si no se lo explicaban antes? Y si había alguien que no descansaba nunca ¿no era razonable deducir que ese alguien fuesen los que venían a estas horas a trabajar a su casa?
    -Todo esto es muy extraño -repetía y volvía a repetir la mercadera, mientras daba órdenes de que se preparase cacao para agasajar a aquellos satanases.
    Las únicas pesadillas que hasta este momento había conocido Xiloxóchitl en toda su vida eran las obscenas de sus años de pubertad, porque, aunque luego hubiera seguido soñando obscenamente, esos sueños ya no eran de pesadilla, sino parte de un nueve caña muy manso. Teniendo, pues, tan lejanas aquellas primeras pesadillas, le resultaba difícil hallar ahora término de comparación con esta amorfa y disparatada escena que estaba viviendo y que seguramente le dejaría malestar de estómago y problemas con el capitán Malinche para el día siguiente.
    -Tomad, tomad una cruz para que os proteja de todos los males y os guíe por el camino de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo.
    Esto decía Marcos Bey echando mano del morral y hurgando dentro de él en busca de la famosa cruz pero, como parecía que no la encontraba, volcó todo el contenido en el suelo, lo esparció, lo revolvió... pero que si quieres.
    -¡Pero dónde se habrá metido esta cruz del demonio! Hermano Xiloxochitl, buscad ahí entre vuestras cosas a ver si tenéis alguna cruz que podamos dar a estos hermanos mercaderes.
    -¡Cruz! ¿Una cruz yo? Yo lo que tengo es chicle para vuestra merced y un papel de amate con Santiago pintado -se refería a Camaxtli-, pero no -bajó la voz- se lo voy a dar a éstos.
    A pesar de no tener cruces, ante lo inevitable, Xiloxóchitl trataba de secundar a su compañero, aunque no sabía ni qué secundaba ni dónde meterse y le hubiera venido muy bien que se lo tragase la tierra -o la laguna. Y mira si el Marcos Bey no debía de saber lo que tenía y lo que no tenía en el morral. Lo que tenía en los sesos ya era otra historia y así se lo dijo una vez en la calle.
    -Lo que os metieron al nacer entre los ojos y la nuca y de dónde lo sacaron, no lo sé, pero no vuelva a usarlo vuestra merced estando conmigo. ¡Habéis echado a perder todo el orden social! ¿Quién os manda entrar en esa casa ni tratar de evangelizar a nadie a estas horas de la noche?
    Se le ocurrían muchos más improperios pero ya no veía la utilidad de decir ninguno.
    -Hermano Xiloxóchitl, es la ofuscación la que os hace hablar. Éste es el mejor lance de toda mi vida.
    ¡Qué mal sienta descubrir que la persona de quien se está enamorado no sólo es boba sino también ridícula!
    -¿No se habrá enojado vuestra merced? -se inquietó Marcos.
    -No. Estoy que no sé qué hacer conmigo mismo de tanto regocijo.
    -Comprendo que quisierais ver todo de inmediato ya en nuestro poder pero ¿no querréis ser el primer tlaxcalteca que mande ahorcar el capitán Malinche?
    Querer no quería, pero estaba convencidísimo de que, de seguir en estas compañías, eso era lo que terminaría sucediendo.
    -Vuestra merced, como los que no saben, desconfía de las cosas mal hechas, pero son éstas las únicas que salen un poquito bien, porque todo bien no sale nunca y sobre todo con planes bien trazados, porque para eso tendría que ponerse de acuerdo todo el orbe, incluida la casualidad, y eso no ocurre jamás. En cambio, de las chapuzas siempre se saca algo, y aunque se medio descubran, como para poder hacer justicia hay que descubrirlas enteras, nunca pasa nada. Es así como se rigen los imperios.
    No contestó Xiloxóchitl a estos axiomas universales de gramática parda y, una vez más, echaron calle adelante. Al llegar de nuevo junto al árbol, dijo:
    -Nos olvidamos los libros.
    -Déjelos ahora vuestra merced. A la vuelta los recogeremos.
    -¿A la vuelta de dónde?
    -Del templo de ahí atrás que quiero ver como dan las horas en la Nueva España. Y de paso no nos vendría mal rezar unas salves porque estamos hechos unos herejes.
    Era inútil decir nada. Ya había echado otra vez a andar y esta vez Xiloxóchitl no hizo por alcanzarlo. El de "ahí atrás" era el grandioso templo de Yacatecuhtli en este su feudo de los más ilustres mercaderes, el templo que Xiloxóchitl llevaba ocho meses evitando. Desde que llegó a Tenochtitlán todavía no había hecho estómago para pasar por aquel lugar, que para él encarnaba toda la humillación infligida a los tlaxcaltecas, acorralados como alimañas en su estrecha tierra, como si no fueran humanos, como si no tuvieran el don y la necesidad de tratar con otras gentes y comerciar con ellas, mientras que estos facinerosos prendados de sí mismos hacían todo eso con ostentación y vanagloria, como si para ello tuvieran un talento o un derecho especial. Pero ¿acaso iba a dejar solo y recién llegado a este Marcos Bey en una ciudad de aguas abiertas como fauces en la que no era para nada bien venido?

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