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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #11
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    -Tío, me has emocionado. Creo que voy a llorar.
    -Por mí no te contengas, hijito, más vale llorar que rabiar –dijo dándole una palmadota en el hombro-. Y volviendo al atolladero presente, es comprensible que los que lleváis aquí encerrados tanto tiempo razonéis como lo que sois, ratoncitos atrapados, y que os falte perspectiva. Pero, Xiloxóchitl, además de a Camaxtli y gracias a su guía, Tlaxcala tiene instituciones en las que participamos todos, y entre ellas, cuatro gobernantes máximos, muy experimentados y muy capaces, que no pueden tomar una decisión en que no estén los cuatro de acuerdo, lo que quiere decir que, cuando algo se decide, ese algo encierra sabiduría, armonía y clarividencia, porque quien es capaz de escuchar a otros tres, es capaz de escucharse a sí mismo, y cuando uno se escucha a sí mismo, al fondo de sí mismo, no hay error posible. Y esa es otra bendición de Camaxtli, que mientras que otros tienen que conformarse con un solo gobernante, nosotros tenemos cuatro, que de todas formas, no es mucho, porque, en realidad, más que cuatro cabezas para gobernar a toda Tlaxcala, con lo que valemos, deberíamos tener cuatro cabezas para gobernar a cada tlaxcalteca ¿no crees?
    -Pues sí. A ver. Como si dijéramos que cada uno somos un inmenso territorio virgen donde hay muchísimo que gobernar.
    -Territorio virgen. Está bonito eso de sentirse territorio virgen, sin descubrir, lleno de sorpresas… Bueno, dejémonos de ensoñaciones. Cuatro por persona sería un lujo, hay que reconocerlo. Aun así, cuánto mejor estamos que no el Moctezuma que, con sólo una cabeza, y con todas las caras que tiene, debe de andar mareado tratando de recordar a cada momento qué cara le toca. En cambio, nosotros, cuando hay que mostrar más de una cara, ni siquiera hay que recurrir a dobleces, enseñamos la cabeza que tiene esa cara y sanseacabó.
    -Lo que dices de las caras, tiene su aquél ¿sabes? porque esta ciudad no vive, delira y, si no, fíjate. Es el pandemonium del delirio y no puedo deshacerme de la impresión de estar rodeado de caras sueltas, de descabezados a los que les han quitado la cabeza y les han dejado la cara puesta para que no se note y engañarlos a ellos mismos haciéndoles creer que se los ve y asustarnos a los demás con apariciones aberrantes. No es una alucinación, aunque se le parezca, sino una visión desazonadora ¿tú me entiendes?
    -Perfectamente. Yo creo que se han forzado a sí mismos demasiado, han perdido el sentido de la proporción y ahora están desequilibrados y no saben ni lo que quieren ni dónde parar. Cómo los niños cuando se ponen rebeldes y hasta que no les das un buen azote no recuperan la serenidad y el raciocinio. Lo que pasa es que como estos ya son grandes, no hay manera y así están ellos de mala digestión y de agrios. ¿Tú los has visto reír alguna vez?
    -¿Qué dices, tío? ¡Nadie los ha visto reír nunca! Cuando creen que tienen que aparentar buen humor hacen una mueca indescriptible y ahí se acaba todo. El tlaxcalteca más mísero se ha reído más veces en un día que éstos cortesanos en toda una vida. ¡No me los mientes! Creo que ni para sodomitas pacientes los quiere nadie.
    -No sabía que te fijases en esas cosas.
    -No me fijo. Es cuestión de imaginación y de lo que se oye. Vamos a cambiar de tema: ¿Qué piensas de este Marcos Bey, tío?
    -¿Quién es ése?
    -El que es imagen del Huitzilopochtli que ha llegado con la flota de Narváez.
    -Podría ser una broma divina.
    -¿Sí? Pues, fíjate que no le veo la gracia.
    -Pues estáte atento a ver si esta vez se ríen los mexica y pregúntales en qué consiste.
    -Déjate. La verdad es que llegando así, entre nosotros, y en este momento, para ser broma, es siniestrota.
    -Si dices que Cuahuipil está con él, tampoco puede ser un monstruo. Por cierto ¿a ti no te hacen gracia las cartas que se escriben Ilhuicáatl y Cuahuipil?
    -No lo sé. No he leído ninguna.
    -Por eso. Él no sabe leer la escritura india ni ella la cristiana y no quieren enseñar las cartas a nadie para que se las lea, a pesar de lo largas que son... El contenido debe de ser lo de menos.
    -Ahí sí que te equivocas de medio a medio. El contenido precisamente lo es todo, lo que pasa es que como ya lo saben... ¿Qué se van a decir, tío? ¿Qué otra cosa se van a decir?
    -Pues sí, desde luego. Tienes toda la razón. Y hablando de escribir o no escribir, Ilhuicáatl también me ha dado algo para ti. Toma, aquí está, antes de que se me olvide.
    Así diciendo, Teyohualminqui abrió la bolsa que llevaba y sacó unos pliegos de papel de amate que entregó a Xiloxóchitl, quien los examinó. No debía de ser una carta sentimental, porque aunque había trozos que podía ser texto corrido, buena parte, incluso a quien no supiera leer la escritura pictógrafica de los indios, revelaba muy bien que se trataba de cuentas, inventarios o balances, en suma, de números en profusión.
    -¿Es lo que esperabas?
    -Sí.
    -¡Vaya par!
    -¿No crees que estén bien hechas las cuentas?
    -Estoy seguro de que son un prodigio de precisión, rigor y exactitud y no sólo no tengo nada que objetar, sino que me siento honradísimo de ser el tío materno de los dos hermanos más locos de Tlaxcala, o de todo el Anáhuac, para qué quitaros mérito.
    -Tío, no es lo malo la locura, sino la falta de cordura.
    -Mira, en eso no hay quien te quite la razón. Pero vamos a ver: ¿cuántas cofrades tiene ya la sociedad secreta de las Hijas de la Sal que fundó Ilhuicáatl y cuántos hermanos sin voto?
    -Tío, no es una sociedad secreta, es una orden patriótica de señoras cuyo fin es servir a la justicia y a la libertad universal de comercio.
    -Lo de secreta lo decía por lo desconocida. Pero no me has contestado.
    -Pues va muy bien. Hermanas ya andamos por las trece. Y hermanos sin voto somos cinco.
    -Inluidos Cuahuipil tú y yo. ¿No es eso?
    -Tío, no intentes hacernos sentir ridículos, porque no lo vas a conseguir. La idea de la orden fue muy buena y muy necesaria y si no lo vemos así nada más que los que lo vemos, es muy positivo, mucho más que si no lo viera nadie. Todo lo que existe es un don de los dioses y es positivo y lo que no existe, no.
    -Por supuesto. A ver si te crees que yo me he hecho hermano sin voto por pura lástima. Tu hermana, mi sobrina, es una mujer de futuro. En su momento parece rara. Con el tiempo lo raro será no ser como ella. Por eso yo soy hermano sin voto por convicción. Pero me hacéis gracia, qué quieres que te diga. Bueno y, ahora, con toda la convicción del mundo, explícame, si puedes, para que van a servir estas maravillosas cuentas.
    -Tío, ¿para qué sirve cualquier cuenta?
    -Para cuantificar es evidente. Para en lugar de tener ideas vagas, tener ideas precisas. Para entenderse en suma.
    -Pues ya te has contestado a ti mismo.
    Teyohualminqui se rió.
    -Voy a estrechar más el cerco: ¿qué piensas hacer con ellas?
    -Reducir ese saldo negativo en desfavor de Tlaxcala que sale al final del todo. ¡Es enormísimo ¿verdad?!
    -Un siglo de daños, expolios, agresiones y bloqueo económico feroz da para mucho. Repito: ¿qué piensas, ya más en concreto, hacer con ellas?

  2. #12
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    Pensar exactamente era lo que hacía Xiloxóchitl pero no conseguía contestar. Así que, una vez más, Teyohualminqui, según su decir, estrechó el cerco.
    -Déjame ayudarte, porque esto nos interesa a todos. Para que veas que yo, si me hago hermano, me hago hermano con todas las consecuencias. Vamos a ver: nuestra aspiración, como tlaxcaltecas y como seres humanos, es alcanzar la paz con todos los pueblos y con todos los vecinos. Una paz justa. Para que la paz sea justa, no tiene que haber expolio ni abuso ni humillación ni bloqueo económico y, si ya lo ha habido, entonces todo eso debe asimismo repararse justamente, para que la paz sea auténtica y no una pamema que deje por debajo reservas y resquemores y señoras deudas. ¿Sí?
    -Hablas casi como lo haría Ilhuicáatl, muy bien.
    -Para que exista esa justa reparación, ha de haber también unas cuentas claras, que digan qué es lo que se puede y debe resarcir, porque de no llevar cuentas, pudiera quedar la duda de si se ha resarcido lo debido o el otro sigue viviendo como un rey a cuenta de lo que expolió o bien dar pie al saqueo indiscriminado, caso de que las circunstancias lo permitieran, y a propasarse. ¿Voy bien?
    -Requetebién.
    -En estas cuentas ya ha incluido Ilhuicáatl, deduciéndolo de lo que nos debe Tenochtitlán y la Triple Alianza, lo que ha enviado el capitán Malinche a nuestra república como parte de ese resarcimiento y en virtud de nuestra alianza con los teules. Pero sigue quedando un saldo astronómico por una parte y, por otra, los mexicas siguen nadando en la opulencia, con lo cual no hay miedo de que si nos resarcimos se vayan a quedar en la mugre. Entonces ¿por qué desde que estás aquí no has hecho nada, en tu calidad de hermano sin voto, para cumplir los fines de la orden, ni tampoco Cuahuipil?
    -Porque el capitán Malinche no lo permite. En realidad, el problema, tío, es que no ha habido una guerra en condiciones. Por la astucia del Moctezuma, se supone que nosotros y el capitán Malinche estamos aquí como amigos, como invitados ¡vaya ironía! y los amigos no roban ni saquean y, por lo tanto, no podemos llevarnos ni un metate sin faltar a la obediencia al capitán Malinche.
    -...que es algo que de ninguna manera se puede hacer porque, si no es por él, los tlaxcaltecas ni en sueños hubiéramos entrado en Tenochtitlán y seguiríamos todavía encerrados en Tlaxcala y sin que ni nosotros ni nuestros comerciantes pudiéramos salir pacíficamente sin que nos matasen.
    -Esa es la cuestión. ¡Y no creas, bien que nos lo restriegan éstos de aquí! Se creen tan ingeniosos farfullándonos que somos mujerzuelitas que hemos venido de mancebas de los cristianos… A mí ni me divierte siquiera. Si todavía fueran hombres los que lo dijeran y no delirios... Lo cierto es que les fastidia que, habiendo sus huestes intentado tantas veces entrar en Tlaxcala sin conseguirlo, nosotros a la primera hallamos entrado en Tenochtitlán sin intentarlo. Porque, es verdad, si no es por no dejar que los pobres cristianos viniesen solos, no los fueran a violar, ni nos hubiéramos molestado.
    -¿Tú crees que hubieran violado a los cristianos si no llegamos a acompañarlos?
    -¡Qué ocurrencias tienes, tío! Es una fanfarronada. A veces me gusta expansionar el carácter diciendo estas cosas.
    -No, nada. Por un momento me había hecho ilusión. Pero volvamos a las cuentas. Entonces, fuera de lo que en el marco de la alianza reparta con nosotros el capitán Malinche estamos maniatados ¿no es eso?
    -Pues... no todos los teules son tan celosos de guardar los respetos al Moctezuma como Malinche. A mí me consta que a Tonatiu le vienen sobrando estos melindres, pero él no es la autoridad. Ahora, sin embargo, lo interesante es que, con lo de Narváez, Malinche ni va poder y tal vez ni va a querer tener a todo el mundo tan sujeto. Y estando ya esto en las últimas, pase lo que pase, una vez que acaben con nosotros aquí o que escapemos si, según dices tú, hay un milagro, un día las formas se van ir al traste. Malinche no lo ve, pero por ejemplo Cuahuipil sí, y a mí la opinión de Cuahuipil me dice mucho, porque por razonar no le da, pero sin embargo no es persona influenciable y tiene un sexto sentido que casi podría pasarse sin los otros cinco. En resumidas cuentas, que lo que hagamos ahora, con lo que se nos viene encima, quedará olvidado si sobrevivimos, y si no sobrevivimos, igual. La cuestión es determinar cuánto pueda durar esto todavía para no forzar demasiado la mano de Malinche, pero que nos dé tiempo a mandar lo que sea a Tlaxcala antes de que se hunda todo. Resumiendo: que haber hecho antes de ahora algo en contra de las ordenanzas de Malinche hubiera sido un desafío y él no lo hubiera podido ignorar ni a los tlaxcaltecas nos hubiera convenido demostrar falta de seriedad, porque eso hubiera quitado valor a nuestra alianza. Pero ahora, dejándole una salida airosa en cuanto a las formas, sobre todo si interviene uno de sus hombres, con los pocos que tiene, aunque le importase, se aguantaría como macho y, posteriormente, habiéndonos dado la razón los acontecimientos, también nos respetaría más.
    -Hablas de contar con algún un teule. ¿Sería Cuahuipil?
    -No lo creo. Parece un contrasentido, porque si alguna vez he visto a un hombre dispuesto a arrojarse a un pozo por una mujer, ese es él por Ilhuicáatl, pero, por propia iniciativa, él jamás iría contra ninguna ordenanza, y podríamos hacerle sentirse obligado por amor a ella, pero no soy partidario de que se hagan cosas en las que no se tiene convicción. E incluso es preferible en este caso que se quede al margen, porque estando él limpio y siendo bien quisto en general y de Malinche en particular, precisamente por disciplinado, no nos conviene quemarlo en esto, porque siempre será un tanto a nuestro favor. Por cierto, no creas tú que no es curioso lo poco que quiere Cuahuipil a su capitán y a su rey por una parte y luego lo cumplidor que es por la otra.
    -¿No los quiere?
    -A Malinche, ni lo quiere ni lo deja de querer. Lo respeta. Al rey ni lo respeta ni lo quiere. Alguna vez ha hablado de la reina que está loca y creo que reza por que recupere la razón, porque ésa tal vez sería mejor, pero eso lo supongo, saberlo no lo sé.
    -¿Tú qué crees que es mejor, Xiloxóchitl, un loco o un desequilibrado?
    -Tío, ¡vaya pregunta!: un loco, por supuesto. A un loco se le puede entender. Un desequilibrado no se entiende ni a sí mismo. ¡Qué horror! Pero no dejemos lo otro a medias. A ver: ¿qué hacemos los hermanos sin voto?
    -¿Tú tienes hecha alguna idea ya de algo?
    -Alguna tengo.
    -Pues, siendo así, casi lo suyo sería en primer lugar tratar de conseguir a un teule y luego estudiar esas ideas que ya te has hecho y que seguro que son buenas. Haz un repaso mental de los teules que te parecen apropiados y si quieres los echo un vistazo.
    -Está bien. Esta bien. Me ocuparé de ello sin dilación. Pero, tío, ¿es entonces por ayudarme como hermano sin voto por lo que dices que tuviste la sensación de que te iba a necesitar y por lo que has venido?
    Última edición por Carcayona; 20/01/2012 a las 10:54

  3. #13
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    Donde estaban acuclillados Teyohualminqui y Xiloxóchitl era frente a la puerta por la que solía venir Cuahuipil otras veces a reunirse con su amigo y por esa puerta apareció ahora un criado de palacio, que los interrumpió acercándose a hablar a Xiloxóchitl. La interrupción la aprovechó Teyohualminqui para rememorar aquella sensación por la que ahora le preguntaba su sobrino y que, en realidad, fue el otro sueño que le mencionó, un sueño, en el que vio al sobrino debatirse envuelto en tinieblas oprimentes. ¿Qué quería decir aquello? No se vaya a pensar que Teyohualminqui se ponía de viaje cada vez que soñaba. No, era porque cualquier excusa era buena para ver Tenochtitlán y cumplir como hermano sin voto y, luego, hay sueños y sueños y él sabía distinguir unos de otros.
    Pero ¿a qué obedecían esas tinieblas? Eran como una sola nube, densa, negra, espesa, turbia, que lo envolvía, lo aprisionaba y lo aplastaba. No, no eran las tinieblas del infierno, era como una sombra de abyección, sin forma, que quisiera hacerlo suyo, disolverlo en su propia turbiedad, intensa, sin resquicio y de mucha duración, que luego se disipaba y que al desaparecer dejaba ver a Xiloxóchitl en figura de cazador abrazado a un conejo. Querría entender aquello con más detalle y serle de ayuda al hijo de su hermana, pero se trataba al parecer de una prueba que tendría que pasar y padecer él solo, en un tormento sordo y sin asidero.
    El sirviente de palacio había terminado de dar su recado a Xiloxóchitl y, mientras éste se volvía a seguir la conversación con su tío, los otros tlaxcaltecas, que se hallaban en el patio ejercitando las armas, cayeron de inmediato sobre el criado asediándolo a preguntas sobre lo que se figuraban que había dicho a Xiloxóchitl, a saber, si iba a dejarse ver el teule que se parecía al Hutizilopochtli, si ya estaba bueno, si era manso o bravo, etc., etc., porque la presencia de la réplica del dios de los mexicas no era sólo a éstos a quienes había causado impresión. Como ya había demostrado la preocupación del mismo Xiloxóchitl, también a los tlaxcaltecas les tenía intrigados y no debe extrañar que fueran un poco agoreros ya que las circunstancias en que se encontraban se prestaban a ello y como para que esta aparición, viniendo precisamente de Narváez, les diera qué pensar: ¿irían a quedar espachurrados entre los teules recién llegados y los mexica? ¿denotaba este doble de Huitzilopochtli que existía connivencia entre aquellos dos adversarios suyos en un plano sobrenatural?
    Con esta preocupación se habían encomendado a Camaxtli, que, como ya queda dicho, era el propio dios tutelar de los tlaxcaltecas que los guiaba en sus guerras y, bajo la égida de sus papas o capellanes habían estado haciendo ofrendas, rezando y sacrificándole para que también en esta ocasión los tomase bajo su amparo. El dios, por su parte, a las consultas que le habían hecho los papas ya antes de ver al teule se había mostrado al parecer tranquilizador, puesto que, si no habían interpretado mal, de este teule tan igual en apariencia al dios de los rivales, cabía esperar algún problema, hasta pudiera ser que muchos, mas no traiciones. Si fuera así, no sólo no era grave, sino que podía resultar incluso entretenido. Ellos no les hacían ascos a los problemas, eran su razón de ser, la sal de su existencia, ya que durante mucho tiempo no habían tenido otra. En cualquier caso y para toda eventualidad, estaban preparados: En lo inmediato, en cuanto apareciera, le harían sahumerios, le ofrecerían comida, le preguntarían qué era y qué intenciones tenía y lo propiciarían. No debía de ser un dios, porque no se presentaba como tal. Pero, aun no siendo un dios, uno nunca sabe qué guedejas de divinidad van adheridas a quién o a qué y el esfuerzo había que hacerlo y la divinidad omnipotente decidiría.
    -Tío, mira tú también. Luego dices que me gusta torturarme. ¡No me alarmes! ¿Qué tribulaciones y penas son ésas que me predices? Yo ya no contaba con cosas así.
    -Lo siento, hijito, pero te lo tengo que avisar para que no te pille desprevenido. Tuve la visión de que serán sufrimientos abrumadores, mas también la tuve de que saldrás con muchísimo bien, airosísimamente y sin caer en la indignidad.
    -¿Cómo de abrumadores, tío? No será tanto como cuando perdí a mi querido padre, el más bueno que haya habido nunca, ni a mi querida madre, tan excelente como él. No puede ser igual ¿verdad? No me asustes, tío. ¿No tendrá nada que ver con Ilhuicáatl?
    Terminó la frase casi sin decir entero el nombre de su hermana, porque de repente le asaltó la descabellada idea de que ese teule que acababa de llegar, que era imagen del Huitzilopochtli, podría intentar violarla. Ya sólo la idea le hizo perder el color y Teyohualminqui se apresuró a devolvérselo.
    -Por una vez, deja a tu hermana en paz. No tiene nada, absolutamente nada que ver con ella. Sólo tiene que ver contigo. Y de los sufrimientos que dices de perder a tus queridos padres, los dioses les hayan mostrado su piedad, esos son sufrimientos hondos, pero por todo concepto normales, de los que uno se consuela llorando, rezando y acudiendo al cariño de otros seres queridos... Los que se te vienen encima son anormales y muy feos, yo no los querría ni para mí ni para mi peor enemigo, desde luego. Son espantosos, yo nunca había visto antes nada parecido. Te va a parecer que no tienes escapatoria.
    -¡Caray, tío! Me estás haciendo papilla.
    -Lo comprendo, hijito, pero es lo que hay –decía Teyohualminqui a su vez hecho polvo por lo que decía-. Pero ya te digo que saldrás. El sufrimiento tendrá un final y nunca dejará Camaxtli de velar por ti, aunque te parezca que ya no te hace ni caso. Lo vas recordar toda tu vida como una heroicidad. Pero mientras dure, va a ser de órdago.
    Xiloxóchitl no sabía qué pensar. Y además, pues vaya abuso de sufrimientos ¿no? ¿Ni un consuelito chiquitito? ¡Pues vaya! ¡Vaya!

  4. #14
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    Capítulo IV: En que se demuestra que es el de un padrino el amor más abnegado

    Eso pensaba él, Aculnahuácatl: que aquello no había por dónde cogerlo. Empezando por que ni la Cuetlachtli ni los tecuhtin podrían saber lo que soñaba la imagen de Huitzilopochtli si no entendían su lengua, que era el caso de Cuetlauchtli, salvo que al Huitzilopochtli este le cambiara la lengua al soñar, algo no conocido todavía, o que fuera de verdad una encarnación del Huitzilopochtli. Era evidente eso y muchas más cosas. Todos los tecuhtin habían callado lo que habían callado y habían otorgado lo que habían otorgado no porque estuvieran en el guindo, sino porque hubieran sido muy dichosos estando en el guindo y, siendo así que no lo estaban, una pequeña ensoñación guindalera y en grupo y luego a ver si sale bien o mal tampoco hace daño ni es peor que cualquier otra cosa, cuando el axioma de partida es que no hay nada más que lo que es malo y que todo lo que hay es malo, por lo menos desde que llegaron los teules. Antes... pues cualquiera sabe, porque ya había perdido hasta la memoria del antes y hasta cualquier memoria y hasta cualquier cosa que no fuera memoria.
    ¡Qué desconcierto! En puridad, era un milagro que el caso de Cuetlachtli se hubiera resuelto con esa unanimidad y falta de tropiezos. ¿Ves? Eso sí que no hubiera ocurrido sin los teules, porque entonces todo, absolutamente todo el mundo, todos y cada uno de los tecuhtin y los tecuhtinillos hubieran sabido qué hacer con Cuetlauchtli y al final hubiera pasado exactamente lo que había estado pasando hasta entonces, que su Cuetlauchtli, su hija, y ahora que estaba solo lo decía y lo redecía porque era verdad y más verdad que el Gran Teocali, su hija Cuetlachtli seguía sin colocar, sin pareja, sin complemento, sin consorte, sin concubino, sin de noche para la cama sin de día para el jardín. Y ¿a quién le importaba? ¡A nadie! Parecía que a nadie. Sólo a él. Y ahí, ahí se demostraba quién era quién. Ilhuicauxaual, sí hombre, muy fiero, muy bravo, mucha presencia... ¡Mucha ausencia! Eso, eso era lo que le había faltado a esta criatura. Claro, se la adjudicaron a alguien que a lo mejor tenía una sustancia viril preciosa o lo que lo quieran llamar, pero que no tenía interés, y él, que lo tenía, por un problema de reglas, no pudo atender a esta criatura a todas las horas del día, que era lo que hubiera hecho falta; porque unos hijos no se pueden pasar sin la presencia constante de un padre. Es decir, hay hijos e hijos. Sus otros cuarenta y tantos se habían apañado perfectamente con menos presencia paterna. Pero eso es precisamente un padre, aquel que se preocupa de cuándo de verdad hace falta. Y ahí estábamos: no se la había atendido y ahora no había quien pudiera soportarla. Como no se la colocaran al Huichilobos (condenados teules, así, Huichilobos, es como llamaban al dios tutelar de Tenochtitlán, al santísimo Huitzilopochtli, los muy hijos de…) pues eso, que como no se la colocaran al Huichilobos recién llegado, no se iba a quedar con ella ni un huracán que viniera.
    Y en eso había salido al otro, seguro. Porque ese carácter infernal no podía proceder sino de Ilhuicauxáual. Era en la agudeza, en la rapidez relampagueante de la comprensión, en el ingenio vivo, en la tenacidad inquebrantable y más allá de todo raciocinio, es decir, en la obstinación a lo bruto y la tozudez sin freno, en lo que había salido a él, a su "padrino". Y es porque él era tan cabezota por lo que había terminado colocándola, o eso esperaba. Y no sabía cómo no se le había ocurrido antes, no ya por Cuetlauchtli, sino por Tenochtitlán, porque si ella no acababa con todos los teules en uno de sus arrebatos de mala sangre, ningún otro mexica, solo o juntamente con todos los demás cientos de miles, podría hacerlo. ¡Y a ver cómo se lo decía!: "Cuetlauchtli, palomita, que te vamos a dar a fulano de tal y tal, un teule de los de los alcázares de Axayácatl". Para cuando él hubiera terminado de decir esas palabritas, la palomita ya le habría estrellado en la crisma todos los cántaros de legua a la redonda. Y era cosa sabida que los alfareros de México, Texcoco y Tlacopan estaban esperando a que muriese Cuetlauchtli para hacerla su diosa. ¡Auxíliame, Huitzilopochtli, y no me pidas cautivos ni botín, porque en esta guerra no hay nada que rascar!
    -Sí, padrino, sí.
    ¡Qué seca y qué agria y qué a todas horas sarcasmo era, y cómo la quería!
    -Que sí padrino, que sí, que me huelgo de veros, mas si mi palabra no os basta, veré, veré de contratar a un pregonero que lo proclame: "¡¡Pueblo de Tenochtitlán, pueblo de Tenochtitlán, tenochcas y tlatelolcas todos, sabed y entended que Cuitlauchtli Illancueitl, hija de Cuahuatehuanitzin y de padre doble; se huelga de ver a su padrino, quien se imagina que es su padre y que pudiera serlo y que a ella quién sea qué, cómo y cuándo le importa un carajo y medio!!!
    -No te exaltes, no te exaltes, palomita. Tengo una misión de estado muy importante para ti.
    ¡Anda! ¿Y de dónde la habría sacado? Tenía gracia la cosa. Todos estos machitos mexicas creyéndose que tenían cuestiones de estado, misiones de estado, negocios de estado y no tenían ni estado; porque se les habían colado -¿por qué no ya en el lecho o en toda la retaguardia?- quinientos monos peludos y seis mil fregonas de Tlaxcalla, salidos de salvos sean los coños, en las jodidas tripas de su fregado estado llamado Tenochtitlán y Triple Alianza México-Tlacopan-Texcoco. Eso era más manifiesto que el día diurno pero, cuando ella decía éstas u otras cosas con toda su claridad, es que tenía mal genio. Mal genio. Sí, mal genio. Y ¿acaso esta troj de afeminados sabían lo que era genio y lo que era la falta de genio? La verdad es que estaba aburrida, que llevaba veintidós años aburrida, que no lo decían, porque no lo decían, pero era tan patente que se callaban y lo que se callaban, que todo el mundo lo sabía como si desde lo alto de cada teocali lo anunciaran cada principio de mes a redoble de atabales: que ella era un problema y que ni de monja la podían meter porque en ningún sitio y menos en un templo, se podía aguantar su genio y sus modales y que, de haber algún lugar, sería el jardín de las fieras del Moctezuma donde estaban los feroces ocelotes. El fondo de todo ello es que el sol ciega y las verdades chamuscan, churruscan y achicharran. ¡Colocarla! Pero ¿y de dónde sacaban que ella se quería colocar? Pero ¿había algún hombre en Tenochtitlán? Si lo había debía de ser del tamaño de un piojo, porque todavía no se había llegado a tener noticia de él. ¡Misión de estado! ¡Ja! ¡A ver, a ver a qué majadería se les había ocurrido poner ese título boqueante! Igual de aburrida, sí, ahora que más aburrida de lo que estaba era ya imposible... o sea que le parecía muy bien, venga a ver, veamos en qué consiste esa monigotada de misión de estado.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:49

  5. #15
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    ¡Pero bueno! ¡Y lo de los padres...! ¡Pero qué marchamo habían intentado hacerse a su costa de personas exquisitamente humanas, consideradas y cuidadosas de no herir ni siquiera la fina sensibilidad de una criatura recién nacida y hembra! ¡Pero qué manera de aprovecharse de ella para colocarse la aureola de humanísimos y responsables! ¡Vacuos, revacuos y revanidosos y repichahuecas! ...Y que, claro, que el que la duda planease sobre su paternidad hubiera podido afectar a su sentido de la propia identidad y a su autoestima como hija y ser humano y que, ojo, por eso ellos, hombres enteros, cabales y responsables, mexica-tenochcas principales imbuidos de que sus cargos les exigían un comportamiento acorde y dar el ejemplo de una civilidad y consideración dignas de una sociedad portadora de todos los valores que la hacen tal... ¡Mecachis en la regla! Pues sí, eso fue. Entre caballeros trataron este asunto gravemente, seriamente, profundamente, responsablemente, dignamente, mente, mente, mente..., decidieron que aunque fuera dudosa la paternidad real, porque su madre tuvo un vaivén de reglas que coincidió con un vaivén de concubinos, de donde resultó un conflicto a la hora de determinar de quién era el fruto de la falta de reglas, pues ellos, el concubino cesante, Aculnahuácatl y el concubino entrante, Ilhuicauxaual; para que esta criatura inocente no se viera privada de la estabilidad mental y anímica que era patrimonio de todos los demás hijos que tenían certidumbre de la identidad de su padre... Ja, ja, ja. Certidumbre y padre ¡he ahí dos conceptos afines! pues eso: previo arbitraje judicial llegaron a un pacto de honor entre caballeros y tecuhtin y adjudicaron de derecho y a todos los efectos la condición de padre a Ilhuicauxaual y, de premio de consolación, la de padrino a Aculnahuácalt. Ya se imaginaba ella los discursos lógicos internos con los que se aplicaron ambos con todo decoro a elaborar el honroso pacto... "Pues ese bichuelín de los que andan por leche paterna y que se me perdió a mí aquel día en alguna parte tiene que estar ... un bichuelín no desaparece así como así... o sea, que por mucho que diga este otro, la Cuitlauchtli ha de ser hija mía..." ¡Para qué seguir...! Pero bueno, ni seguir ni empezar, porque en resumidas cuentas a ella ¿qué? un bledo? dos bledos? tres? máximo cuatro bledos era lo que le importaba a ella quién fuera su padre o el barbero de su padre. Quien fuera su madre, le importaba exactamente pues otros cuatro. Es decir, cuatro más cuatro hacen ocho bledos. Pues eso, ocho bledos le importaba quién la hubiera engendrado, quién la hubiera parido y cuantos bichuelines hubieran cambiado de domicilio en la trascendental hazaña. En cambio, lo verdaderamente importante, como no lucía, como no producía aureolas tecuhtliles, pues a nadie le había importado medio bledo. Porque era evidente que los hombres mexica-tenochcas ya habían decidido que sabían lo que le importaba a ella y por tanto no tenían que saber nada más, porque ya estaba todo sabido. ¿Para qué cansarla y herirla preguntándole lo que la importaba si ya lo sabían? ...¡Hay que tener una sensibilidad ¿no?! Pues eso, que ¿a quién le iba a contar ella que lo que sí le importaba de verdad era quién, quién demonios era su hermano y que no quería tener este hermano, que quería cambiarse de hermano y que, caso de que eso resultara imposible, que a este hermano lo cambiasen de hermana o de universo. Y este hermano, ojo, también tenía misiones de estado y era muy serio y muy formal y ya no lucía mechón en la nuca, o sea, ya era todo un señor militar. Había otra cosa que tampoco tenía, pero eso no es que se lo hubiesen cortado, no, sino que nació sin ello. En fin, a ver, a ver entonces cuál era esa misión, es un decir, de estado y, si con ella podía avanzar media pulgada hacia la liberación del yugo fraterno, chinchándolo de paso, chingándolo de paso, pues la aceptaría. Aparte de que ella, que no se quería colocar, porque no le daba la gana y no veía por qué tenía que colocarse en lugar de no colocarse, sí quería cambiar de vida, aunque fuese a peor, porque de seguir así iba a ser tanta su rabia que terminaría destruyendo Tenochtitlán de un estallido de furia y no quería hacerles el trabajo a la hueste de monazos y fregonas que, en su exaltada estupidez y en un golpe de suerte, podrían terminar encontrando el bichuelín perdido y pegarle con él a la Triple Alianza en toda la regla.
    -...claro, ya sé que castellano no sabes y al soñar no le vas a entender.
    -¿Qué problema tan difícil ¿no? ¿No existe acaso una notación de los sonidos por los pictogramas? Pues apunto lo que oigo y el entenderlo vendrá después y algún cristiano o sirviente suyo se hallará que diga lo que significa. ¿Lo tengo que matar o no?
    -¡¡No, no, no, no!! Al menos todavía no. Tú espera órdenes. Con este cometido, querida hi..., ahijadita mía, pasas a una categoría de servidora del estado que te obliga también a disciplina. ¡No, no, no! ¡No me riñas todavía! Ya sé que sabes lo que es la disciplina y que nadie tiene que explicarte nada. Y si fueras varón, yo le daba un testarazo a Moctezuma con el sublime icpalli y te ponía a ti en su lugar. Tú tienes una inteligencia muy, muy, muy, pero que muy requetemuy por encima de la de cualquier varón o mujer y lo lógico es que pudieras actuar a tu albedrío y discreción y sería lo más acertado. Pero las personas como tú, aun con ímprobos sufrimientos, han de acoplarse a la envergadura de los demás...
    ¿De qué hablaba ahora? ¿De qué envergadura y de qué acoplar? ¡A lo mejor quería entrar en detalles...!
    -... No, hija, el interpretar el destino encierra harta incertidumbre y el significado de los signos que éste nos hace no se advierte sino en retrospectiva, cuando ya el paso del tiempo nos permite verlos en su conjunto y componer estrofas históricas. Así, ahora, este parecido puede ser un detalle trivial o puede ser un signo. El deber para con nuestra patria nos pide que no descuidemos absolutamente nada que seamos capaces de atender. El arma en este caso será la inteligencia, que tratándose de la tuya, estaría mejor en el cargo que ocupa el Moctezuma; pero yo sólo soy un hombre y no puedo cambiar las leyes para que una persona como tú ocupe el cargo para el que está capacitada, más no por eso nos incumbe menos lealtad a la patria y el deber de servirla en lo que en nuestras circunstancias podamos ¿sí, ahijadita?
    -Te ha quedado precioso..., precioso, precioso. Con las estrofas históricas has cultivado una hermosa especie del jardín estilístico que no podría por menos que embellecer cualquier selva retórica. Muy bien dichísimo, pues, idolatradísimo padre, digo padrino. Y ahora ¿puedo irme ya o sigue sin cuadrarte el balance de vanidad y necesitas alguna otra adulación¬?
    -Espera un poco, espera un poco, porque habrá que darte los bebedizos cuando los tengan preparados los papas y los papeles de amate y todo lo demás y tendrán tus sirvientas que preparar tu ajuar y sus cosas para acompañarte.
    -¿Y tu crees que me voy a llevar el bebedizo que prepare cualquier esperpento de los que van por ahí disfrazados de papas y que hacen como si se creyeran que lo son? ¿Qué te imaginas que he estado haciendo estos veintidós años? ¿Frotándome el lugar de los lugares? Deja que yo me preocupe de los bebedizos y que los papas se preocupen de hacer el fantoche según suelen y ya verás cómo ese teule, o lo que sea, escupe hasta el último pensamiento que tenga en las tripas, si es que lo tiene, lo que siendo varón y teule es más que dudoso.
    ¡Qué emoción, Cuitlauchtli, cómo la quería!
    -¡Querida hija, digo ahijada, qué orgulloso, pero qué orgulloso estoy de ti! ¡Tú no eres una hija, ni ahijada, tú eres la joya más rara, más preciada del universo! ¡Mi mayor timbre de honor es poder llamarme padre o padrino tuyo!
    -Vale, vale. La cosa no es para tanto y como dices puede ser que ese mono cristiano sea eso, un simple mono y no tenga todo esto mayor trascendencia ni pase de ser más que una gran monigotada pero, por favor, padre o padrino, y no os perdonaré si no me complacéis en esto, decidle a ese mi detestado hermano Ahuitzotl, caso de que mis ofrendas y plegarias a los dioses para que se muera no hayan sido atendidas todavía y siga vivo, que esta misión que se me ha encomendado es mucho más importante que nada de lo que haya hecho él jamás ni pueda aspirar a hacer nunca, porque no da para más. Pero decídselo no directamente, sino que le llegue como por murmuración, para que no sospeche que se le dice para decírselo, sino que se crea que eso es lo que se piensa en general, y que se pique y sufra y se consuma y no duerma de la rabia y se sienta chingado sin saber por quién ni por dónde ni en qué momento. ¡Ah! y si de paso se le puede insinuar que las mujeres lo encuentran patoso y feúcho, mejor que mejor.
    ¿Cómo no iban a encontrarlo patoso y feúcho si era patoso y feúcho como su padre?
    -No te preocupes. Deja eso de mi cuenta, hi..., ahijadita mía. ¿Sabes? si tú te sientes mejor hoy, este es el día más feliz de mi vida y nada celebro tanto como el haber vivido para verlo. Tú eres la luz de mis ojos, la luz de mi razón, la razón de mi luz. Tú eres todo.
    Se le saltaban las lágrimas.
    -¡Hale, hale, padre o padrino, no hay que ponerse así, tan sentimental! Bueno, yo también te quiero, pero no olvides lo que te he dicho de mi hermano.

  6. #16
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    ¡Jamás, jamás, eso jamás! Esta criatura acababa de darle la vida. Me ha dicho que me quiere. Me ha dicho que me quiere. Estas palabras llenan el firmamento y la tierra, lo llenan todo, el pasado el presente y el futuro. Y si le veía alguien llorar de emoción le importaba menos que nada. Ni tampoco el paraíso le importaba. No, el paraíso eran precisamente esas palabras "yo también te quiero". ¡Bendita, bendita hija! Ante eso ni la paz ni la guerra, ni las cinco eras del mundo, ni las que vinieran era nada. ¡Aculnahuácatl, te lo ha dicho! El cielo y la tierra pasarán, pero estas palabras no pasarán. "Yo también te quiero", "yo también te quiero", "yo también te quiero"...

  7. #17
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    Predeterminado Capítulo V: De cómo el enfermo se recupera y viene a ser devoto de quien menos se esp

    Apareció entonces. Aquel por quien que reinaba en el patio de la capitanía de Xiloxóchitl tanta expectación, el Marcos Bey, el doble de Huitzilopochtli, apareció en ese momento, cuando el tío papa acababa de anunciarle al sobrino aquella densa sombra. Y esa densa sombra también apareció entonces. En el mismo momento que apareció Marcos Bey, en ese mismo instante sintió Xiloxóchitl que con violencia monstruosa lo arrancaban de cuajo de sí mismo y lo soltaban en un vacío inmenso, desconocido, inimaginable, en una soledad sin confines en la que no podría encontrar a ningún ser humano, sólo negrura, negrura sin bordes ni final. Sí, allí estaban, recortados en la abertura de la puerta como en plática, Cuahuipil y Marcos Bey.
    Sosegadamente, con compostura, con sus copales y sin precipitarse, los papas, rodeados de acólitos y milicias, fueron acercándose con cánticos, sonajas y atabales al que se parecía al Huitzilopochtli y estaba en compañía de Cuahuipil.
    -¿Qué ocurre? ¿Hay alguna fiesta? ¿Y a éstos que les han hecho? ¿Qué han hecho con estos pobres indios? ¿Qué tropelía es ésta? ¡Aunque se los vayan a comer! ¡No es motivo para afrentarlos, voto a tal! -exclamó indignado Marcos Bey.
    Cuahuipil se sobresaltó:
    -¿Quién? ¿Qué indios? ¿Qué os ocurre?
    Papas y milicias se detuvieron sin avanzar más hacia éllos.
    Era hermoso. Era hermoso. ¡Era tan hermoso! El cuerpo le dolía de lo hermoso que era aquel recién llegado. Desventurado Xiloxóchitl que acababa de entrar en una abyección en la que por necesidad estaría apartado de toda normalidad, que ya no podría revelar jamás a ningún otro ser humano sus pensamientos, porque a su propia lengua le daría asco tocarlos.
    -Pero ¿no veis cómo se han ensañado con ellos, cómo les han puesto la cabeza? - dijo Marcos Bey señalando a los papas y, de la indignación que le causaba, ni siquiera reparaba en que también le molestaba que, a diferencia de los demás indios, estos que estaban tan puercos, estuvieran también muy vestidos. No, una cosa era la guerra y otra las afrentas. Comer, sacrificar, está bien, pero afrentar sin dar al cautivo la posibilidad de asearse era una guerra sucia, contra la que no tenía nada pero, cuando se lleva todo con buen orden, se empieza primero por la limpia y sólo después se pasa a la siguiente y así sucesivamente, y ahora no habían ni empezado.
    -¡No se altere vuestra merced! ¡Vaya susto que me habéis dado! ¡Y tanto alboroto para nada! -le replicó Cuahuipil-. Aquí no ocurre nada ni nadie se ha ensañado con nadie. Los que veis aquí con esas greñas son los papas, que hacen penitencias y, cuando las hacen, se sangran las orejas y se les llena de sangre el pelo pero no se lo cortan ni lo lavan ni lo peinan hasta que se vuelven a bañar. Van así porque lo consideran muy santo. No haga vuestra merced tantos aspavientos que nos hemos creído que pasaba algo grave y van a pensar que sois un apocado.
    Marcos Bey lo miraba con los ojos muy abiertos y cómo preguntándose si se estaba mofando de él contándole cosas fantásticas y que no le sonaban para nada de los sabios antiguos o si era aquello en efecto una explicación verdadera. Entretanto los papas, con sus fieles, aguardaban pacientemente a que al recién llegado se le pasase la sorpresa. Ya estaban acostumbrados a que sus pintas llamaran la atención de los cristianos y aguantaban estas señales de sobresalto sin sobresaltarse a su vez. Se decidieron a avanzar otro poquito.
    -¿Y por qué vienen hacia nosotros?
    -Pues eso sí que no lo sé.
    ¡Qué diáfano, qué decidido, con qué movimientos resueltos y sin estorbo se conducía! ¡Qué porte, qué aire de persona sin doblez y sin entresijos en todos sus ademanes! ¡Ay de Xiloxóchitl! ¡Nada, nada podría ya desear nunca en este mundo sino que aquel teule lo matase! ¡lo matase a cada hora, a cada instante, en cada vena, en cada labio, en cada triza de piel! ¡sólo muerte, muerte una y otra vez a sus manos!
    Los papas se habían puesto ahora a incensarlo con copal, aunque ya desde antes e instintivamente, Marcos Bey se había llevado la mano al puño de la espada.
    -¿Por qué me echan humo?
    -¿Qué dice de humo vuestra merced? Lo que hacen es incensaros y eso sí que no sé porqué. Suelen hacer sahumerios a los dioses y a los que piensan ofrecer en sacrificio porque, como ya os dije, cuando los sacrifican entienden que se vuelven divinos.
    -¿Y cómo iba a ser eso si no soy enemigo?
    -Digo a vuestra merced que no lo sé, pero por fuerza nos lo dirán ahora.
    Naturalmente. Allí tomó la palabra uno de los papas y lo que dijo se lo tradujo a Marcos Bey el propio Cuahuipil, que por fin se enteraba de a qué obedecía el ritual y por fin caía también en a quién le recordaba Marcos Bey. ¡Y era verdad! ¡Ya lo creo que era verdad! Él estuvo una vez en un grupo con el capitán Malinche en la capilla del Huitzilopochtli y le había visto la cara a la imagen, y era eso: él y Marcos Bey se parecían como dos gotas de agua. Y no le extrañaba que los tlaxcaltecas anduvieran haciendo cábalas, porque mira si tenía gracia que el dios al que le piensan ofrecer tu corazón, mande a su doble a tu propio real. Y, ahora que lo pensaba, encima éste había venido con Narváez, que a su vez venía contra Cortés, y él y los de Tlaxcala estaban con Cortés... Pues sí, se explicaba los sahumerios, porque sería casualidad, pero vaya con la broma.
    Los papas hicieron, pues, su oficio, presentaron sus ofrendas y dijeron lo que tenían que decir, y Cuahuipil se lo tradujo también todo a Marcos Bey añadiendo:
    -Y déjese hacer vuestra merced lo que ellos quieran y no se espante porque ven que nuestra causa y nuestras personas están en peligro y los papas tienen que mirar por que vuestra merced no nos traiga ninguna mala influencia del que los cristianos llaman Huichilobos, pero que en realidad es el Huitzilopotzli, al que resulta que se parece vuestra merced.
    -¡Claro que no traigo ninguna influencia de ningún Huichilobos ni ningún Huichiburros! ¿Cómo piensa vuestra merced que yo me iba a dejar convencer por un dios al que ni siquiera conozco? Pero no se quede ahí callado y dígame cómo se dice todo esto en náhuatl, que yo quiero responder a estos buenos papas que tan bien y con tan linda música me celebran y no les voy a tener un año esperando después de incensarme y de traerme comida. ¿Copal ha dicho vuestra merced que se llama este sahumerio que huele tan rico?
    Cuahuipil trató de dar abasto a todo lo que se le pedía que era bastante, porque no es nada fácil traducir la palabra Huichiburros al náhuatl ni explicar a Marcos Bey cómo darles a estos papas y guerreros en su propia lengua la inesperada noticia de que los plurales fractos de la lengua árabiga observaban las mismas reglas de concordancia que los plurales inanimados de la lengua náhuatl, que esta lengua y el turco aglutinaban radicales de la misma manera y que, por tanto, no cabía duda de que había un fondo común y disperso de sabiduría desde la antigüedad y de que entre los libros antiguos de los indios no podía dejar de haber mención de dónde se encontraban Eldorado, las amazonas y la perdida Atlántida, y que confiaba en que le ayudasen a encontrarlos y a encontrar todo lo que hubiera en Tenochtitlan digno de encontronazo. Item más, que era de su conocimiento cómo estos tlaxcaltecas, sin duda descendientes de los troyanos, eran desde la antigüedad los guerreros más famosos del orbe y que el capitán Cortés era el mejor capitán de cuantos había sobre la faz del susodicho orbe y que ésas y la de la reina doña Juana, mientras estuviera loca, eran sus lealtades. Y que de no haberlo sido de antes lo serían ahora por la mucha amistad que le habían mostrado con estas ofrendas, esta música y esta comida con que querían sanarlo de su enfermedad y que era sin duda porque el espíritu que guiaba a cristianos y tlaxcaltecas sabía de estas ofrendas que se le iban a hacer por lo que había dispuesto este parecido entre el dios guerrero de los mexica y él, para que éstos últimos supiesen que habían ofendido gravemente a su dios, porque si no, no estaría, aunque fuera en efigie, cerrando filas con el enemigo. Seguramente no habrían mostrado suficiente ánimo y coraje en la pelea o habían guerreado demasiado poco y con desgana y sin hacer suficientes cautivos y sacrificios, pero ahora con la llegada de los cristianos y los tlaxcaltecas se les ofrecía la oportunidad de reparar esas faltas, y así de hacer resplandecer la vigilancia del sumo Hacedor sobre todas sus criaturas. Y que, en cuanto terminase de comer, podrían echar todos alguna partida a las cartas o a lo que tuviesen por costumbre, que él se holgaría mucho en ello.
    ¡Pues sí, ya estaba todo claro para tlaxcaltecas y cristianos agoreros! Los mexica no habían dado suficiente guerra y por eso hasta su Huitzilopochtli se había pasado al enemigo. Porque no había duda: a este Marcos Bey lo habían examinado muy detenidamente y era un buen teule, bravo y manso a la vez, de muy buenos modales y muy pendiente de sus plurales y de aglutinar con concierto. Y unos problemillas de nada no iban a echar para atrás a unos con tanta experiencia en padecerlos como los tlaxcaltecas. Si no había nada más que ver la cara con que miraba la comida y con que los miraba a ellos. Le gustaba la comida y le gustaban ellos. Sólo una persona franca puede mirar la comida con esos ojos sin recelo. Claro que eso era antes de probarla, en cuanto se llevó la tajada a la boca se quedó con ella en suspenso y como titubeando. Pero nada, no había por qué alterarse, porque ya las cocineras tlaxcaltecas, como muy avisadas, le tendieron la sal, admirándose todavía de que la gente pudiera comer con aquella asquerosidad sin vomitar. Era verdad lo que decían algunas de ellas, que tenían que haberlo guisado con sal, pero es que no les acababa de entrar en la cabeza que nadie pudiera hincar el diente a un guisado echado a perder de esa forma. Esto se lo explicó Cuahuipil a Marcos Bey.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:52

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    -Es que los tlaxcaltecas nunca le echan sal a la comida. No crea que es que no son buenas cocineras o que han querido desagradar. Son buenas cocineras y quieren agradar. Sucede que los mexicas y la triple alianza los han tenido bloqueados sin poder comerciar sesenta y dos años hasta que llegamos nosotros y Tlaxcala no produce sal y no la podía comprar, ni sal ni ninguna otra cosa de las que no produce. Al padre de mi amiga, que era comerciante, lo mataron los de la Triple Alianza cuando salió a comprar sal. Entonces en sesenta y dos años se han desacostumbrado y ya la sal les sabe mal. Y a mí de los mexicas es lo que peor me sabe, porque ellos sí tienen mucha sal y que les negaran todas las demás cosas, que los matasen y que los sacrificasen, pues bueno, todavía, porque el que no les dejasen traer cosas de otras partes es una infamia, pero negar la sal a alguien, cuanto tú la produces, no tiene nombre. Es como si Tlaxcala, que es un nombre que quiere decir tierra del pan, pues negara el pan o como si el sol se negara a lucir. Por eso, más que por ninguna otra cosa, pienso que ha de pedirles cuentas el Altísimo. Perdóneme vuestra merced, que ahora le sigo explicando todo esto de la sal, que es muy importante.
    Esto lo dijo Cuahuipil porque Teyohualminqui parecía muy interesado en charlar con Marcos Bey y quería que Cuahuipil le sirviese de intérprete. A Teyohualminqui más que si comía con sal o sin sal le interesaron de Marcos Bey todas aquellas menciones que había hecho de la antigüedad, es decir, suponiendo que hubiera entendido algo, que no estaba seguro y, si le hubieran pedido su parecer, hubiera preferido para enterarse mejor que el otro hubiera hablado en castellano y Cuahuipil lo hubiera traducido en condiciones. Él mismo había aprendido palabritas aquí y allá de castellano de la pequeña guarnición que se quedó en Tlaxcala, a la que visitaba de vez en cuando para verlos y hacer preguntas, sin tener nunca la seguridad de enterarse bien de nada y sacando conclusiones de lo que oía, más por razonamiento que por haberle comprendido los otros sus preguntas y él las respuestas. Ahora contaba con Xiloxóchitl y Cuahuipil para que le tradujeran, así que, cuando Marcos Bey hubo comido y se vio libre de la expectación general, consiguió Teyohualminqui entrar en conversación con él para que ampliara lo que ya le había adelantado Cuahuipil:
    -Pues en cuanto a lo que dice vuestra merced de la antigüedad -dijo Teyohualminqui-, hay algo que llevo meditando desde que llegaron sus hermanos los cristianos y es que no es posible que no procediendo de la misma fuente, nosotros los indios por una parte y ustedes los cristianos por otra, y sin saber nada los unos de los otros, hayamos tenido el uso del bautismo y la confesión y la comunión, y aún conocido la cruz y, aunque en detalle las fórmulas pueden ser diferentes, se advierte un mismo espíritu de santificación, comunidad y sometimiento al supremo e invisible Hacedor y, cuanto más conozco de la religión cristiana, más me convenzo de que no puede ser una distinta de la que he profesado siempre, porque un detalle litúrgico aquí o allá no es lo que define la fe. No es la letra lo que salva, sino la fe, así, se me hace que todos los creyentes hemos sido siempre unos.
    -Lo que decís, padre, es una verdad que, de tan resplandeciente, ciega. Si yo fuera vuestra merced, echaría mano a la espada cuando se me motejase de idólatra, porque por lo que he sabido hasta ahora, que no es mucho, también es verdad, nunca habéis sido otra cosa que cristiano. Ni me contentaría con palabras, que se las lleva el viento, sino que ahora mismo y por escrito y donde surta efecto lo pondría todo. Haría una relación detallada y la enviaría al obispado de Santo Domingo para que a vuestra merced le reconozca el sacerdocio y pueda llevar a las almas a la salvación. Y le certifico que estaría vuestra paternidad entre los clérigos más santos, porque no creáis que todo lo que se sienta en el confesonario no tiene más que confesar que el mismísimo Satanás. Si lo deseáis, yo escribiré todo en latín, que es la lengua eclesiástica, y junto con ello mandaremos las pruebas que demuestren lo que explicáis para que todo el que lo lea aprecie lo que lleva haciendo el Criador desde la antigüedad.
    -¿Y Camaxtli? -terció Xiloxóchitl-.
    -¿Quién es Camaxtli?
    -Camaxtli es el dios tutelar de Tlaxcala. Tiene un tocado de plumas, va pintadito a rayas rojas y blancas de arriba a abajo y lleva un cestillo muy bonito en la mano derecha y en la izquierda su arco y sus flechas, en los brazos adornos y colgado alrededor del pecho un conejo estirado -explicó Cuahuipil.
    Marcos Bey se le quedó mirando con ojos de asombro y como no dando crédito a lo que oía.
    -¡No es posible! -dijo.
    -Sí. Así es una de sus figuras. Para mi gusto es de los dioses más bonitos de esta tierra. Es cazador.
    -¡Voto a tal! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿No ve vuestra merced que no puede ser?
    -¿Por qué no va a poder ser?
    -¿Un conejo, decís?
    -Sí. Así es.
    -¡Pero ¿vuestra merced no se da cuenta de lo que significa eso? Cuando habla de que tiene un conejo ¿no se lo habrá imaginado tal vez vuestra merced?
    Xiloxóchitl seguía este diálogo sorprendido y sin entender nada y no sabía si Marcos estaba enfadado o era éste su desaforamiento habitual. Teyohualminqui se preguntaba lo mismo, pero todavía más perdido, porque entendía menos.
    -No, no me lo he imaginado. Yo mismo lo he visto y vuestra merced lo puede ver cuando quiera, porque el real tlaxcalteca está lleno de imágenes de él.
    Marcos Bey se dejó caer para quedar sentado, porque de pie no aguantaba la sorpresa.
    -Esto es un milagro. Un maravilloso milagro. Pero no es posible que vuestra merced no lo vea.
    -Ver ¿qué?
    -¿Vuestra merced afirma y asegura que se trata de un conejo entero, no de un diente ni de una pata?
    -Sí. Enterito y que se ve muy bien y muy claro. Un conejito muy suave. Al menos esa es la sensación que da, como de decir que el dios en sí es suave y amoroso. Es lo que yo entiendo, pero tampoco puedo decir que sea entendido en la religión de los indios.
    Marcos se volvió solemnemente a Teyohualminqui y le dijo:
    -Padre: por si algo hiciese falta, este Camaxtli que me mencionáis aclara todo y demuestra hasta dejar boquiabiertos que siempre habéis sido cristianos.
    Cuahuipil tradujo. Xiloxóchitl miraba a Marcos Bey no como si hablara del dios, sino como si fuera él el dios y Teyohualminqui estaba ya nervioso de esperar con ese suspense y le intimó a Cuahuipil:
    -¡Que nos lo diga ya!
    -Pero ¿y cómo es eso? Explíquese de una vez vuestra merced, porque nos está impacientando -dijo Cuahuipil.
    -Pero ¿de verdad no lo veis? -la incredulidad que expresaba ante la ceguera de su correligionario era auténtica y sorprendente- ¿No acaba de afirmar una y otra vez vuestra merced que el Camaxtli tiene un conejo, y enterito, en el pecho? Es decir ni un ojo ni una pata ni una oreja, que suelen ser supersticiones sin el respaldo de los antiguos...
    -¡Pues a lo mejor si fuera un ojo con superstición y todo lo vería, pero así, sin ojo, pues no, no lo veo! Y dígalo vuestra merced de una vez o cállese del todo porque, si no lo vais a decir, tampoco hay para tantos aspavientos y tenernos a todos sobre ascuas.
    -No, voto a tal, no. Yo no quiero impacientar ni tener sobre ascuas a nadie, pero creí que al menos para vuestra merced sería tan claro como el día. Esto sí que es algo que se desprende claramente de nuestra antigüedad y que está al alcance de cualquiera. Porque vamos a ver: la palabra Hispania, que viene de los fenicios, ¿qué significa?
    Cuahuipil abrió la boca y se quedó mirando al otro y, cuando al fin halló la palabra, habló lentamente, tratando de captar el alcance de lo que decía:
    -Quiere decir tierra de conejos.
    -Tierra de conejos. Hispania, tierra de conejos: Ínclitas razas ubérrimas de insólita Hispania fecunda. Tierra de conejos, sí, hermanos. Exactamente. ¿Y es o no es cierto que cada uno de los cuatro evangelistas tenía un animal que era su símbolo y que conocemos, porque consta incluso en los escritos antiguos¬?
    -Eso dicen -dijo Cuahuipil.
    -Y pues lo tenían los evangelistas ¿no habían de tenerlo los apóstoles, que hablaban de viva voz y necesitaban más divisas para que se los conociera? Y ahora, decidme, hermanos, ¿cuál es el apóstol de España, o Hispania, tierra de conejos?
    -¡Es Santiago ¿no?! ¡El de las batallas! -decían y se miraban unos a otros preguntándose si en efecto todo aquello tenía pies y cabeza.
    -Exactamente, hermanos: El Camaxtli y el apóstol Santiago son una y la misma cosa. Y vosotros los troyanos lo habéis sabido representar muy bien con ese revelador conejo. No un borroso conejo o un mítico conejo o un ovillo de animales, sino un conejo entero y bien reconocible. Y si alguna duda cabe, decidme si no, ¿cómo es que jamás ha caído Tlaxcala ante los poderes de México y, sin embargo, rápidamente a españoles y tlaxcaltecas se nos impuso la certeza de que éramos todos uno y de que el apóstol, nuestro apóstol, no quería que contendiésemos los unos contra los otros, sino que, amparados por la suavidad de su divisa, fuéramos tlaxcaltecas e hispanos un solo rebaño¬?
    La noticia, desde luego, y cerrada con esa concluyente pregunta, era como para ponerse a balar todos juntos. Aunque eso podía esperar. Lo que no podía esperar, en vista de lo visto, y no esperó, fue escribir a Santo Domingo para pedir que sin dilación se hiciera un recuento de grey y de pastores, teniendo presente incluir ya nominalmente al reverendo padre Teyohualminqui de Tlaxcala y a todos los papas indios que quisieran acogerse a la homologación, pidiéndose asimismo que se concediese reconocimiento al náhuatl como lengua eclesiástica hasta que los dichos papas aprendieran latín.

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    Predeterminado Capítulo VI: En que aún es algo pronto para conocer los pecados de Cuahuipil

    Algo se iba a acabar. O tal vez era todo lo que se iba a acabar y ya había empezado a acabarse. Así lo sentía él, Cuahuipil, desde que tuvo uso de razón; sintió que llegaba a un mundo que se terminaba. O tal vez incluso, todos los mundos se terminan siempre y en todo momento. Y éste como todos. El dios del viento, o la divinidad que se manifiesta en el viento, el Quetzálcoatl cuya venida esperaban los indios de la Nueva España cuando llegaron los cristianos y con quien se dijo que confundieron en un principio a Cortés y a los suyos, tal vez sí había llegado verdaderamente a estas tierras y como un vendaval terminaría llevándose todo lo que era liviano, como la razón. Y tal vez había llegado a este mundo desconocido después de pasar por España y llevarse la razón de doña Juana como si fuera un símbolo de la de todo su reino, dejándolo seco, desnudo de sus siglos, de los siglos que habían sido su hogar, el de él, Cuahuipil, y que cada vez se le volvía más irreal y donde el alma encontraba cada vez menos ya donde amarrar. Y ahora se hallaba aquí, tan desterrado como allá; el desterrado hijo de Eva de que habla el rezo cristiano. O a lo mejor siempre ha sido así y siempre será así y no existe ser humano que no sea desterrado, desterrado de los ojos en los que no consigue verse, desterrado del propio corazón, que se esconde y nunca se atrapa si se busca fuera de uno mismo, y que no se busca dentro porque da miedo, porque no se sabe lo hondo que se puede caer en él ni qué se encontrará.
    En Castilla y en Cuba él se había llamado por un nombre y, aun antes de eso, sus padres le pusieron otro, que luego no pudo usar, porque no era cristiano. Luego una voz divina en Tlaxcala también le había dado el nombre milagroso y con ése se quedó, porque ése, siendo otro nombre, era su nombre y nombre y mujer eran un camino a ese corazón que tanto cuesta encontrar. Desde el momento que la conoció se lo dijo a sí mismo: la quiero porque no me es ajena, la llevo dentro y la reconozco porque ella me ha reconocido a mí y es parte de mí, su cuerpo es mi cuerpo y su corazón y el mío se conocen desde siempre.
    Y era ese mismo sentimiento el que explicaba también por qué huía siempre que podía de los alcázares de Axayácatl y de cualquier palacio, porque prometen lo que no dan, porque hacen creer que en su grandeza han de albergar tanto y tanto y es lo cierto que están vacíos, porque todo lo que existe está en el corazón, que siempre es pequeño, y porque todo lo que es hermoso huye de donde no se sienta estrechado. Cuántas caras había visto él en Tenochtitlán más llenas de alma que sus templos, cuántos ojos con más divinidad que todos los altares. Por eso huía de aquellos grandes lugares y solía venir, ya fuera solo o acompañado, a perderse en los barrios de las gentes sencillas, sobre todo en este de Tezcatonco, que quiere decir de los espejitos, a lugares como la plazuela en la que estaba ahora y que quedaba a un costado de este templo chiquito de Tezcatlipoca.
    Esa plazuela y otra plaza más grande que había ante la entrada del templo y los canalillos y callejas de sus alrededores solían estar muy concurridos. Durante el día se ponían los tianguis, agrupados por oficios y géneros, y al anochecer, aunque se quitaban muchos de los tenderetes, el lugar también cobraba vida con los que quedaban y con quienes hallaban gusto en la animación vespertina. Era entonces cuando era fácil ver rameras y algún que otro bardaja. A estos últimos le costó llegar a distinguirlos. Ahora a algunas rameras ya las conocía de vista o de cruzar palabras con ellas e incluso de conversar. Los bardajas lo desconcertaban. Le era penoso ver lo afectadísimamente amanerados que podían ser ellos y lo afectadísimamente desvergonzadas que podían ser las rameras y todos debieron admitir que él no era cliente, que no tenía interés en sus servicios y que su gran fiesta era comer tamales, atoles, tecuitlatl con chilimoli u otras platillos de los tenderetes de la calle, curiosear y trabar conversación con la gente.
    Claro que, pensaba ahora mientras deambulaba, y últimamente lo pensaba mucho, en la honradez se había excedido. No porque él quisiera tener más dinero o cacao -que en la Nueva España, lo mismo que las mantas y los canutillos de pepitas de oro, servía de moneda- de lo que tenía, sino porque, si no tenía, tampoco podía dar ni regalar ni tenerle atenciones a nadie, ni siquiera a aquellos con quienes se sentía en deuda. Él se había hecho hermano sin voto de la Orden de las Hijas de la Sal, restauradora del comercio, pero la verdad es que no había hecho nada por avanzar el propósito de la orden, a pesar de todas las buenas palabras que había dado a Ilhuicáatl de creer firmemente en su iniciativa y en lo justo de los fines de la orden. ¿Qué iba a darle a esa mujer? ¿sólo palabras? ¿Ése era todo su convencimiento en lo fundado y bien pensado de su empeño? Estos pensamientos lo corroían desde hacía unos días, se sentía ruin y algo tenía que hacer. Ahora sí lamentaba haber desaprovechado oportunidades en que pudo hacerse con algo que mandar a Tlaxcala para apoyar por lo menos la obra emprendida por Ilhuicáatl, ¿o es que iba a ser él como algunos que se tomaban todo esto a chunga? Porque, aparte de eso, si él vivía, podría poner remedio a la situación en lo sucesivo, y en eso pudiera haber tenido razón antes, pero estaba todo tan incierto que cualquier día se iba él al más allá y desde donde estuviera podría tal vez mandar bendiciones a su dueña, mas no dinero, y eso no era muy generoso ni entregado.
    Lo entretuvieron lo suficiente estos pensamientos como para resolverse a hacer algo cuando regresara al real, mas, una vez resuelto, volvió el pensamiento al lugar en que se hallaba. Desde donde estaba ahora, junto a los puestos de las hierbas y las especias, podía ver en la calle que arrancaba al otro lado de la plazuela la casa donde ejercía el papa-astrólogo Cuaunochtli, conocido incluso fuera del barrio y con fama de bueno y entendido.
    En el recinto del templo y en calles y plazuelas habían empezado a encenderse los braseros de alumbrado. Vio entonces como entraba otro viejo en la consulta de Cuaunochtli. Cuál era la historia de estos viejos que de vez en cuando llegaban a ver al papa, a veces sin traer nada y a veces cargados con esteras y otros objetos, se lo había explicado tiempo atrás una de las rameras con las que conversaba a veces. Esperaban mientras les preparaban un cocimiento de hierbas y ella le decía:
    -Ese era cliente mío.
    -¿Y vuestra merced ya no lo quiere de cliente?
    -Yo sí.
    -Pues ha de haber perdido la razón si es que ha cambiado vuestros servicios por los de otra. Estoy seguro de que si yo fuese cliente vuestro no os cambiaría.
    -Y ¿por qué no lo sois? Ya, ya lo sé: a veces decís que no me podéis pagar y a veces que por qué no dejo este trabajo. Si no os hacéis cliente mío, a lo mejor un día de la pena por vos sí que lo dejo.
    -Deberíais dejarlo por la pena de vos misma. –ella miró hacia otra parte y él continuó:- ¿Por qué creéis, pues, que ya no es cliente vuestro?
    -Ya lo veis.
    -¿Qué es lo que veo?
    -Se va a confesar.
    -¿A confesar?
    -Sí. He oído que los teules tenéis otros dioses y otra religión muy distinta y tal vez no tenéis costumbre de cosas como ésta ¿verdad?
    -¿De confesar? Sí, sí que la tienen, mucha costumbre.
    Los que no la tenían eran ellos los moriscos, por supuesto, pero tampoco los indios. Una vez en la vida podían confesarse y serles perdonados todos los pecados de la carne. Si después de eso los volvían a hacer, no había perdón. Por eso precisamente no había visto nunca llegar a confesión a casa de este papa astrólogo sino a viejos y eso le había llamado mucho la atención. Llegaban ellos entre apesadumbrados y aliviados y marchábanse con la pesadumbre y el alivio multiplicados. Se acabó lo que se daba, fulano, pero al menos ahora, aunque te descubran una fornicación, quedarás exento de la pena de muerte que te iba a caer encima como a alguien le diera por denunciarte y te encontraran pruebas. Míralos. A ellos que les gustaba tanto el trajín, que hasta habían pechado con la aprensión, lejana sí, porque no se espachurraba a fornicadores todos los días en Tenochtitlán y haberlos habíalos, pero, bueno, de que podrían quitarles el vicio de golpe y porrazo, y nunca mejor dicho, porque la ejecución de la pena consistía en aplastarles la cabeza con un enorme pedrusco. Mientras hubiera una ley, siempre le podía dar a alguien por aplicarla.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:53

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    Predeterminado

    Y no menos le había llamado la atención la diosa bajo cuya advocación se hacían estas confesiones. Era ésta la de la carnalidad y, cuando adoptaba el nombre de Tlaelcuani, tenía a su cargo comerse los desperdicios y las inmundicias, y por eso acudían a ella los fornicadores, adúlteros y amancebados, para que, al comerse la diosa esas porquerías -y las porquerías por antonomasia, como ya queda dicho, son los pecados de la carne-, quedaran limpios. Una diosa muy buena. Claro, que no existía, era una figuración, porque sólo hay un Dios. Pero también los cristianos decían que la sangre de Cristo nos redime de todos los pecados y que el correr de la divina sangre de Cristo se lleve los pecados y que una boca divina devore nuestra inmundicia tal vez era todo lo mismo y se resume en que nada es más cierto y divino que el perdón, se explique como se explique, que sólo el perdón existe y que lo demás es todo temporal y quimera; el perdón, que se lleva el polvo del alma como la lluvia el que oscurece los cristales.
    Sólo estos papas astrólogos eran los habilitados para confesar, no los de los templos, y este Cuauhnochtli no se parecía a Teyohualminqui, el papa tlaxcalteca que era tío de Xiloxochitl, pero aun así, por algún motivo que desconocía, se lo recordaba. Nunca había hablado con él y, sin embargo, tenía el sentimiento de que lo conocía, porque, de tanto andar por allí, se sabía sus idas y venidas, las ceremonias que hacía y las horas a las que las hacía, le era familiar su gesto, en toda ocasión sosegado, la pulcritud que se desprendía de toda su persona, pues hasta su andar se diría que estaba recién lavado... Y también Cuaunochtli, este sacerdote o papa-astrólogo, lo conocía a él. ¿Cómo no iba a conocerlo si los teules eran como un circo ambulante en Tenochtitlán? Siendo de buena crianza, los indios, lo mismo éstos que los de Tlaxcala y que todos los demás, no tenían una manera enfadosa de importunar al objeto de su curiosidad, pero ciertamente sí se enteraban y sí eran curiosos y Cuahuipil, cuando no iba disfrazado, que a veces lo hacía, era una atracción del barrio. Sí, Cuaunochtli lo conocía muy bien. Conocía su manera de andar, de estar de pie, de acuclillarse, de hablar, de reír... Una hermosa risa, franca y compasiva. La primera vez que lo vio sí se lo quedó mirando -con disimulo, claro-, porque personas como éstas jamás se habían visto en Tenochtitlán. Tenía el cabello pardo claro y los ojos verdes, era más velloso que los indios y tenía la tez blanca hacia lo sonrosado. La expresión era risueña y bondadosa. Algo lo veía en compañía de rameras y bardajas pero, por la actitud, más creía que ellos se le acercaban a él que él a ellos. Por otra parte ¿de qué iba a escandalizarse tras tantos años de dedicarse a la gente pecadora? Y a este teule había llegado a acostumbrarse tanto que si pasaban unos días sin verlo, lo echaba de menos y empezaba a preguntarse si estaría enfermo o si habría tenido algún percance. Sobre todo últimamente. Sabía que los sumos sacerdotes de México-Tenochtitlán, tras haber consultado con el Huitzilopochtli, habían dicho que el dios quería que se fuesen los teules y que, ante eso, Moctezuma, que los había acogido, les había dicho que se marcharan y que ellos habían dicho que en cuanto tuviesen barcos lo harían. Ahora se decía que habían llegado muchos barcos teules a la costa mas que los que en ellos venían no lo hacían como amigos, sino como enemigos de los teules de aquí. Para abreviar, que había mucha animosidad en Tenochtitlán, le constaba, contra éstos, que se llamaban a sí mismos cristianos, y que este Cuahuipil -no entendía eso de que tuviera un nombre náhuatl, puesto que hablaban otra lengua- era muy atrevido paseándose por Tenochtitlán, solo o con algún otro, y tan perdido entre el gentío de la ciudad como una hormiga lo hubiera estado en una charca. Sabía también que el capitán de estos teules, al que llamaban Malintzin, había derribado al Hutzilopochtli de su altar y eso fue un gran atrevimiento, ciertamente, y un signo, si bueno, malo o peor, el invisible Hacedor y Guiador de todo lo sabía. Él, Cuauhnochtli, sabía muy pocas cosas y una de ellas era lo difícil que es hallar el propio corazón, mucho más difícil que coger el cuchillón de pedernal, rajar el pecho y sacarlo. Y también, aunque eso no podía decir que lo supiese, estaba seguro de que terminaría hablando con Cuahuipil.
    Y eso precisamente es lo que se le pasó a Cuahuipil por la cabeza estando allí un día. Se sorprendió de que se le hubiera ocurrido aquella locura y, por ende, no hizo caso a la idea. Y otro día, también estando allí, a un tiro de piedra de la casa de Cuanochtli, se le volvió a pasar y ya no la ahuyentó, aunque fuese locura. Se quedó en él, como parte de él, aunque no como algo inevitable, porque si hubiera querido lo hubiera evitado, pero no lo quería evitar, él nunca había querido ni intentado evitar nada. Lo que quería era ir allí, a la casa del confesor donde el perdón se comía las porquerías y hablar con el papa. ¿Para qué? ¿qué le diría?: ¿padre, me quiero confesar...? ¿padre, no tengo ningún pecado y sin embargo me quiero confesar? ¿padre no he hecho nada malo, no quiero hacer nunca nada malo, pero soy culpable, soy culpable de todo, de absolutamente todo..., padre no me quiero morir ni quiero vivir... padre, no me conozco, no existo, soy una quimera, y si no soy quimera soy sólo culpa y fingimiento...?
    La idea la tuvo hacía tiempo, pero como desde entonces siempre, incluso cuando iba solo, había encontrado conversación y entretenimiento por la calle, en los tianguis, curioseando o sencillamente respirando el aire con sus olores y dejándose llevar por los ruidos del barrio y los canales, no se vio en ese momento vacío que le dice a uno que ha de hacer entonces lo que tiene que hacer, que ése es el momento de decir adiós al instante pasado y de entrar en otro que no se sabe lo que traerá.
    Hoy notaba ya más cómo el ambiente se había enrarecido. No que la gente le fuera hostil, aunque algunos había que sí que lo miraban mal. Pero los más diríase más bien que se preguntaban si harían bien o mal hablando con él, si debían, sintieran lo que sintieran, serle enemigos o serle según su sentir o sencillamente hacer como que no lo veían y quitarse del dilema y le apenaba ponerlos en ese aprieto.
    Sin sentir, había transcurrido ya la primera parte de la noche y en el templo vecino habían tañido las caracolas y atabales que señalaban la hora en que el común de las gentes se retiraba a dormir. Los muchachos aprendices que vivían en él educándose y ayudando al culto se habían recogido y en la casa de Cuauhnochtli éste alzaba el colgante que hacía de puerta de la calle y salía a barrer la entrada como cada noche antes de hacer su ronda de incensar a las deidades. Antes de volver a entrar, el papa se detuvo un instante y las miradas de ambos se cruzaron. Cuahuipil se decidió. Se sacó de la boca el chicle que mascaba y lo arrojó a uno de los braseros, cruzó el puente y caminó por la calle de tierra los pasos que le separaban de la casa de Cuaunochtli. Llegado ante ella, se detuvo un instante, transcurrido el cual, el propio Cuanochtli levantó el cortinaje que la tapaba. Las sienes y el pecho le latían a Cuahuipil como si ya en el próximo pálpito le fueran a estallar. El papa, de pie en el umbral, lo miraba... "¡Padre!" quiso decir Cuahuipil, pero tenía atenazada la garganta y no le salió.
    -Hijo mío -le dijo el papa.
    No podía articular palabra, en cambio las lágrimas le corrían incontenibles. A usanza de los indios, hizo una reverencia, tocó tierra con el dedo y se tocó con él la boca.
    -Ven, pasa, hijo -tornó a hablar el papa acercándose a él en gesto de acogimiento.
    ¿Qué hacía él allí? ¿por qué había entrado? ¿qué esperaba? ¿qué tenía que ver él con esta casta de locos que creían que sacando corazones como quien degüella carneros agradaban a Dios? Pero no, ¡qué decía! No, éste no era de esos, puesto que los que confesaban no sacrificaban. ¿Qué hacía allí? ¿qué locura le había dado?
    -Dime, hijo ¿qué deseas?
    Seguía teniendo la garganta atenazada. ¿Qué deseaba? Eso, eso quería saber él. ¿Qué deseaba?: Cuaunochtli lo miraba y esperaba pacientemente. Iba a dar media vuelta e irse de allí. Eso iba a hacer. Pero no se movió. ¿Cuál es ese deseo que consume y que ni siquiera sabes dónde se esconde, si en el cuerpo o en el alma? ¿Muerte? ¿Amor? ¿Amor y muerte? ¿Olvido? ¿Y qué lo mismo daba que le arrancarán el corazón? Más allá, más allá.
    -Tal vez crees que estás en tierra extraña, o que eres extraño en cualquier parte, estés donde estés, mas Aquel por quien todos viven está contigo y te conoce y te ha traído aquí para que halles la paz de corazón.
    -¿Y que haría vuestra merced con mi corazón?
    -Nadie, hijo mío, sino Dios, el que en todo está presente, puede hacer nada con tu corazón. Por nuestro señor Ipalnemoani, Tezcatlipoca, tienes ese corazón y siempre, esté dentro o fuera del pecho, ha sido de él y nunca será de nadie sino de él. Él es la vida de tu corazón y su paz. Sosiégate, hijo, y no pienses en lo que pueden hacer los hombres, aunque sean papas, sino que eres de hijo de dios y nada ni nadie puede hacer que no lo seas.

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