A todos emocionó la recitación y, siendo que hablaba de silencio y sombras, elogiaron a Rómulo casi más con gestos que con palabras, para no quebrar el sosiego.
En esa noche serena en que se evocaba el bienhechor reino de la oscuridad aún le quedaban a las Indias y a la Nueva España muchas epidemias por pasar y a ellas y a la Vieja España y a todo el mundo muchos trabajos, penas, guerras… unas veces serían más graves para unos y otras para otros. La vida seguiría siendo una lucha que, se gane o se pierda, no se puede abandonar, una guerra florida que un día termina y Quien nos puso en ella nos vuelve a recoger.
A Dios son los loores, a Dios, Señor Sustentador de los mundos, Piadoso de piedad, Rey del día del juicio. Sean sus nombres honrados en cada corazón























LA OCTAVA CUEVA





Plaza México, Puerta de cuadrillas. 2000

La puerta de cuadrillas parece el brocal de un pozo. En las sombras aguardan las tres que esta tarde harán el paseíllo en el redondel dorado. Lleno en los tendidos. Sol. Bullicio. Y ahora también revuelo, porque caen algunas gotas y tal vez llueva. Aunque sigue luciendo el sol. Sí, parece que al final llueve, pero no de tal manera que apague el interés por la corrida ni que no pasen los rayos de sol por entre las nubes. La gente se tapa como puede y aguanta el aguacero, pero nadie se mueve del asiento, preparados para jalear a las cuadrillas cuando salgan al ruedo.
-Maestro ¿tú estás seguro de que soñaste lo que debías?
-¿Y cómo voy a saber yo lo que se debe soñar y lo que no? Coca, yo sueño lo que me viene, como todo el mundo.
-Es que está lloviendo –dice ella como pidiéndole cuentas por la lluvia.
-Claro, Coca. Es que es así. Nos saludan.
-¿Quién nos saluda?
-Ellos, las gotas.
-Gota hasta esta misma tarde era femenino. ¿Se han pasado al enemigo mientras nos vestíamos de luces? A ver si doña gramática se lo va a tomar a mal.
-¿Pero cómo puedes engarzar esas bobadas en momentos tan graves como éste?
-Perdón, maestro, pero el que ha dicho que las gotas nos saludan has sido tú. Y si eso no es una bobada, entonces hablar de las instancias gramaticales es más razonable todavía que freír un huevo, que es lo más razonable que existe en la Creación.
Ambos, mientras hablaban, miraban a los tendidos.
-Estás desbocada. Te digo que son ellos, quienes nos precedieron. Los que vivieron y lucharon en esta vida antes de nosotros desde el principio del mundo. Están aquí. Cada vez que llueve, en los toros más que en ninguna otra parte. Saben que aquí no son muy bien venidos porque aquí manda el sol y, cuando se toman la molestia de venir, es porque de verdad nos quieren dar fuerzas y animarnos a lidiar como hombres, aunque nos salga mal. Cada gota es uno y dice su nombre y nos saluda. Es real, Coca, están con nosotros.
Coca miró alrededor a ver si era verdad que todos esos los saludaban y estaban allí. Sí, claro, podía ser. Con los sueños que se traía El Arbolito, lo más seguro es que era así y se agradecía el apoyo, pero que no vinieran más amables antepasados en tromba, que los diluvios deslucen los lances y encima el público, que no entiende de misticismos pero sí de humedades, agarra y se larga.
-Visto así, maestro, hasta se perdona que nos agüen la corrida. Pero no te nos quedes tan en trance a ver si no la vas a acabar que yo quería terminarla según lo estipulado por aquello del curriculum que una, a sus años, tampoco se puede descuidar.
-Eso es lo que quiero yo, Coca. Y llover. Yo también quiero llover como ellos. Quiero estar con ellos. Saludar a todos, a los de antes, a los de ahora y a los de después. Se lo debo.
-Me parece muy bien, que ser gota no exime de los buenos modales. Pero no te emociones tanto que tampoco es para llorar ¿eh?
-¿Quién llora? Otra vez estás desbarrando. Aunque esos me miran de una manera… como si yo fuera raro –los que decía que lo miraban eran los otros toreros y cuadrillas-. Ellos también debieran celebrar la lluvia y no quedarse ahí mirando como pasmarotes.
-No seas maniático, anda. Ellos seguro que no han soñado y que con la lluvia no se sienten tan realizados como tú y lo que están es teniendo miedo como es el deber de todo buen torero.
-¡Ya estamos con los tópicos! Parece mentira en un momento tan solemne. Aquí nadie tiene miedo.
-¡Claro que no! Y, además, eso de que los toros tienen cuernos es una leyenda urbana.
Se abren los portones.
-Allá vamos, maestro. ¡Vaya lleno! Sí Dios quiere, la tarde será descomunal. ¡Va a ser la nuestra, Arbolito!
La hora de la verdad. La lucha florida de si se da el paso al frente pasando a través del miedo o se queda uno por siempre entre las sombras. No hay lugar para más palabras.
Ya están en el redondel y a plena luz. El publico de la Plaza México, la gente de la octava cueva, en la que se lucha, se muere y se renace, en una ovación que lo llena todo, dice el famoso “¡Olé!” , el nombre de Aquel por Quien todo y todos existimos, para recordar que muerte y vida son uno, que muertos y vivos somos uno, que todos luchamos y morimos y que en ningún lugar nos podemos ocultar para escapar a ello; y que, aunque ya está olvidada y ya nadie hable de ella, la guerra florida continúa y todo es testigo. Guerras floridas en las que se va perdiendo la vida y se gana el don de ser lluvia y de caer sobre justos y pecadores. Y alabado sea el Señor Sustentador de los universos.

FIN