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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #131
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    Predeterminado

    Volvió Teyohualminqui a servir el chocolate al heraldo del Marqués y, poco después y con dos acompañantes, apareció ya el Marqués, que elogió la posada y, cuando ya la había elogiado bastante, fue al grano y preguntó que dónde estaban los jugadores que solía haber. Y Teyohualminqui le explicó la situación, rematando con la pregunta:
    -¿Cuántos necesita el señor Marqués?
    -Si pudiéramos al menos ser ocho… Pero me sabe mal haber trastocado a toda la posada. No podía imaginarme yo que hoy precisamente se cerrase. Sería mejor que nos fuésemos y volviésemos otro día, aunque, claro, ese día vaya cualquiera a saber cuándo va a ser… -esto dijo haciendo ademán de irse.
    -De ninguna manera. Ya hemos vuelto a poner en marcha las cocinas y las recámaras y ya se nos ha ido el transporte. Cerrar ahora nos ocasionaría gastos y no solucionaría nada. Vuestra merced nos la hará de verdad si se queda y nos honra con su codiciada presencia.
    -Pues pido mil disculpas y lo siento muchísimo. ¿Cómo se ponen en marcha las recámaras?
    Malinche siempre tan concienzudo y reuniendo material para sus cartas de relación al Emperador.
    -¡Oh, es un sistema totalmente novedoso! Vuestra merced ¿sabe? con las terribles epidemias que se abaten de continuo sobre la Nueva España, la mano de obra puede fallar en cualquier momento. Está todo mecanizado, pero es un poco prolijo de detallar. Cuando quede bien aposentado el Marqués y descansado, me encantará explicárselo. Siempre he admirado la mente inquisitiva del marqués, que dicho sea de paso, para este humilde servidor, más que marqués será siempre un gran capitán.
    -Agradezco vuestro aprecio, que también a mí me es más caro que ningún marquesado. … Bueno y ahora voy a probar este chocolatito que, sin duda, es excelente. ¿Viene ya envenenado o me sirven el veneno aparte? –esto dijo con expresión algo pícara, como para que se entendiese que era una chanza.
    -¡Mil perdones mi capitán! ¡Es culpa mía! Con el cambio de planes se me olvidó por completo lo que os es debido. Y claro, añadir el veneno ahora después de preparado, ya el chocolate no lo toma igual ni tiene el mismo sabor. Haré que os preparen otro con el veneno ya puesto. ¿Tenéis alguna preferencia?
    -De ninguna manera. Por esta vez me aguantaré sin veneno. Es lo menos después de las molestias que os estoy ocasionando.
    Se veía que estaba satisfecho de que el posadero hubiera captado la finura de la chanza. A Teyohualminqui a todo esto, las palabras que se le venían a la cabeza eran: “¡pobre hombre!, se va a la Vieja España a pedir como una merced del Emperador que se le reconozca una migaja de lo que se ha ganado y todo porque cree que el Emperador, que es un niñato malcriado, está por encima de él por decreto divino; y se casa con una gran señora porque, para sostener esa migaja que se le concede, necesita parientes y validos poderosos ante el Emperador que se la defiendan. ¡Triste y penoso! Se atreve a lo más difícil, pero no se atreve con sus propios ídolos. Si este hombre se hubiera proclamado rey de toda la Nueva España, sin ser siervo del Emperador, cuántos le hubiesen seguido y apoyado y cuánto mejor no nos hubiera ido a todos! Pero, para él, Dios no es sólo Dios, es Dios y el Papa y el Emperador y sus pinches lacayos, que, como decía su sobrino Cuahuipil, “éramos pocos y parió la abuela”. Y, encima, si este pinche marqués hubiera hecho las cosas bien, hasta la Vieja España nos lo hubiera agradecido. En cualquier caso, ya había dado instrucciones para que alguien fuese a buscar a los jugadores habituales y se los trajera.
    Otra vez el marqués:
    -Vuestra merced y yo ¿no nos hemos visto antes?
    -Desde luego, mi capitán -¡Uf! ¡Qué alivio, decir capitán y no esa payasada de marqués!- Yo tuve el impagable honor de estar en una audiencia judicial en Tenochtitlán, por unas pérdidas que tuvo un mercader tenochca… no me enteré de gran cosa la verdad y, salvo que estaba allí vuestra merced, porque eso, por supuesto, no se puede pasar por alto ni olvidar, no me fijé en mucho, ya que estuve pendiente todo el tiempo de ver si mi capitán, Chichimecatecuhtli, me hacía alguna seña, porque precisamente para el caso de que me la hiciera estaba yo allí.
    Sí que se acordaba el marqués de que su doña Marina no le quitaba ojo al papa aquel y, si el papa miraba todo el tiempo a Chichimecatecuhtli o a qué, no lo sabía, porque con el hábito que llevaba, con una capucha que le dejaba los ojos en sombra y unas pestañas que parecían otra capucha, el muy…, era difícil saber a dónde miraba.
    Claro, él no podía saber a dónde podía mirar el otro y Teyohualminqui sabía que no lo podía saber, por eso le había mentido con su desparpajo habitual, pero claro está que miró a doña Malinali, faltaría más. Era lo mejor de la audiencia. Y aparte de eso, porque tenía esa facilidad, miró a todo lo demás al mismo tiempo, también a Malinche, y le vio mirar a doña Malinali y mirarle a él a ver si la miraba. ¡Qué cosas! ¡Pobre hombre!
    -¿Y vuestra merced sigue siendo papa?
    ¿Ves? Esa pregunta sí se merecía el veneno. Este pendejo, por defender al Papa de Roma, que mayormente era un cargo ejercido por sinvergüenzas, ya se había encargado de que él y muchísimos otros no fueran papas.
    -Hice gestiones hasta en latín ante el obispado de Santo Domingo para que se me reconociesen mis antecedentes papales, pero aún no he recibido respuesta. Quizás vuestra merced pueda interceder por mí.
    Si eso no hacía a Cortés cambiar de conversación, nada lo haría. Pero no. Según se verá, fueron tablas. Aunque sí que acusó el golpe el capitán porque se puso más serio.
    -Entonces, si vuestra merced ya no es papa y puesto que sigue vistiendo hábito, ¿qué es ahora?
    -¿Ahora? Soy expapa.
    ¡Claro! Lo único “ex” que no había en la Nueva España eran ex epidemias. Esas ejercían con toda plenitud y vigencia.
    Bueno, seguro que ahora el capitán sí que cambiaba de conversación. No. Se quedó en tablas, porque en eso llegaron quienes habían ido a la pesca de jugadores dignos de medirse con el Malinche y habían vuelto con tres. Una vez hechas las presentaciones y tomado asiento todo el mundo, el capitán Cortés hizo alarde de sus mesnadas:
    -Pues creo que finalmente con lo que hay sí que podemos hacer una de a ocho. Los tres que acaban de llegar, más mis dos compañeros que entraron conmigo, más el expadre O’Leary, que ya habéis conocido, y vuestra merced… vuestra merced, mi señor expapa, supongo que sabrá jugar a las cartas. Si no, le enseñamos en un pispás.
    -Yo de ver sólo. Los jugadores se suelen quedar bastante rato y la mayor parte del tiempo yo me quedo leyendo el devocionario (¿qué?), pero a veces se me cansa la vista y miro como juegan.
    -Pues hecho. Si vuestra merced no es muy ducho se puede emparejar con el expadre O’Leary que es buen jugador y nosotros tres cada uno con uno de los habituales ¿hace?
    -Yo, por complacer a mi sin par capitán, lo que sea pero si mi mujer se entera de que me juego lo que no tengo, que es todo el pecunio, porque el pecunio es suyo, es garantizado que me deja sin lo que sí que tengo de más valor, que es lo corpóreo, porque es ella la que lleva la cocina y sabe de cortar en rodajas lo que no se imagina vuestra merced. O sea que yo puedo permitirme ganar pero no perder –esto que acababa de decir era muy importante.
    Y por eso, precisamente, se le acercó O’Leary por detrás y le dijo bajini:
    -Jugando conmigo seguro que su santidad el expapa no va a perder. –y ya en voz alta-: ¡Ay! Por cierto, marqués, ¡la carta!
    -¿Qué carta? Todavía no hemos empezado a jugar.
    -No, marqués, no esa carta. La que teníais que entregar a un grupo con sede en Tlaxcala, que por eso averiguamos si aquí se jugaba, para matar dos pájaros de un tiro.
    Claro, hombre. Aunque no eran dos pájaros, eran tres. El tercero era librarse por una jornada de las bobadas matrimoniales que el que él tuviera aspiraciones a las relaciones útiles por ese lado, no lo hacía tener menos querencia a la vida, llamémosla masculina, con camaradas y comilitones, y la vida matrimonial no valía lo que las timbas con los amigos, las conquistas con los amigos, las penalidades y aventuras con los amigos, todo eso en suma que había sido su vivir. Y la que le había servido para lo matrimonial y además para lo que sirven los compinches, ésa que le había dado su nombre glorioso, pues está claro que no tenía palanca ante el Emperador, es más, ella, de no haber muerto ya, en santa gloria estuviese, también habría necesitado esa palanca. ¡Qué pena de hombre!
    -¡Voto a San Antonio! Claro. Voy a ver, que la tengo por aquí. Se hurgó en la ropa y la sacó.
    -Menos mal que me lo ha recordado, expadre. ¿Vuestra merced –dijo el marqués dirigiéndose a Teyohualminqui- conoce a “Grupo del Orbe”? No sé lo que será eso, pero es lo que pone. “A entregar en la posada de Santiago del Conejo en la ciudad de Tlaxcala”.
    -¿Y de dónde viene?
    -De la Vieja España. Me la entregaron en Valladolid, en mano, unos cómicos indios de la Nueva España, a cuya función asistí, porque me sentí obligado. Estando allí, no podía hacer otra cosa. Hubiera sido un desaire no hacerlo.
    -Pero ¿no le gustó a vuestra merced la función?
    -Lo achaco, lamentablemente, a mi poca capacidad para las lenguas, que ya me duele a mí, ya, pero es que no me enteré de mucho, porque casi todo estaba en náhuatl.

  2. #132
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    Predeterminado

    Peor se podría mentir, más descaradamente no. Di que no te gustó cómo salías en la función o que los espectadores eran todo populacho, pero no que hablaban náhuatl. Y Teyohualminqui, que en castellano había bebido mucho de Cuahuipil, se dijo “mejor es no meneallo”. Así que se quedó con la carta y prometió su entrega puntual a todos los interesados. Y a partir de ahí y en equipo con el expadre, que ya se enteraría él de cómo llegaban los padres a ser expadres aun sin ser indios, se dispuso a desplumar a marqueses, capitanes y tahures, porque lo del devocionario era mentira y el nunca jugaría por propia iniciativa pero, si lo ponían en un brete, que se preparase el bretador.
    Mientras tanto, los de la otra sala ya se habían movilizado y salido hacia la finca. Cuahuipil volvió a decir “éramos pocos y parió la abuela” y, antes de que pasasen más cosas, metió prisa para montar a los pequeñuelos en borriquillos de a cuatro, que seguro que cabían y además, cuantos más, más divertido y de los burros nunca se caía de muy alto y por naturaleza los niños son blandos. Nada que temer y los burros no pegaban epidemias. De los adultos también se ocupó.
    -Ya dije a vuestra merced hace mucho que debía celebrar una alianza con las mulas. El tiempo me ha dado la razón: Aquí en la Nueva España, y con toda justicia, la ley sólo permite montar a caballo y portar armas a cristianos y tlaxcaltecas. Ahora vais a tener que ir a pie –le decía a la Vacatecuhtli, quien, aun sin estarle permitido, de hecho había llegado a caballo, junto con su Ahuitzotl, Rómulo, Coyolxauqui y vástagos, porque a ver ¿quién iba a saber que no eran tlaxcaltecas si nadie lo decía? ¿Por el acento? Pues no, porque el que hablaba todo era Rómulo, y a él no le iban a discutir ¿no? Las puyas siguieron ya con todos montados y de camino.
    -Y lo que no sé tampoco es si sus ocelotitos tan majos tienen autorización para ir en burro.
    Vacatecuhtli trató de contestar a ambas observaciones dándole con la fusta, que el esquivó riéndose y diciéndole:
    -Esa fusta, dela vuestra merced por confiscada, que es un arma y os está prohibida. Y otra cosa: ya que os saltáis la ley tan alegremente, al menos no os caigáis también del caballo como tenéis por costumbre de caeros por todas partes –y esto último lo dijo ya bien a recaudo de la fusta de marras con la que Vacatecuhtli ya no intentaba azotarlo porque no lo alcanzaba, sino que se la lanzó como arma arrojadiza, con lo cual Cuahuipil, al atraparla al vuelo, la pudo confiscar.
    Entre juegos, risas y puyas, pues, llegó esa parte del Grupo más famoso del Orbe a los Beyes del conejo y empezaron en medio del desorden las bodas aplazadas, con la nube de niños metiéndose por todas partes y sin hacer caso a nadie, ni siquiera a su tío preferido, Xiloxóchitl, que no conseguía tocar con el laúd cuatro notas seguidas para amenizar la velada.
    -Tío Xilote, ¿un malqués es algo de comel?
    -En tiempos lo era, vidita mía. Ahora ya no –le contestó el preguntado.
    -Y además amargaba –aclaró Vacatecuhtli.
    Mientras, el coro de los celebrantes, formado por Cuahuipil, la señora Alcalá, Marcos y Ahuitzotl con buena parte del enjambre infantil, seguía a lo suyo en torno a un fuego, empuñando panderetas, panderos, castañuelas, teponazles u ocarinas, o sin empuñar nada, pero armando bastante jaleo, con canciones de boda, de divorcio o de lo que fuese en idiomas existentes o inexistentes, que no había quien distinguiese nada de nada.
    -Pero y mi puto barragán ¿qué hace?
    -Su puto exbarragán sospecho que hace amagos de bailar turco –se refería Xiloxóchitl a eso que más adelante en la historia se dio en llamar danza del vientre.
    -La pregunta era retórica ¿o no recuerda vuestra merced que yo también estuve donde el turco y sé lo que es? Pero no le sale bien. Parece una lombriz beoda.
    -No pase sofoco vuestra merced que la respuesta era igualmente retórica.
    -De todas formas conmigo nunca ha hecho el payaso así.
    -Conmigo tampoco.
    -¡Pero vuestra merced no es su barragán!
    ¡Huy!
    -Tengo entendido que es un baile muy lindo cuando se hace sabiendo –dijo Rómulo, ganándose con ello una mirada torcida de la Vacatecuhtli, que a él no le impresionó, porque era así como miraba ella casi siempre. En cambio a Coyolxauqui le hizo agarrar del brazo a Rómulo y llevárselo aparte a la medio oscuridad y donde no los oyera nadie.
    Coyolxauqui ya no podía más de aprensiones sobre lo que pudiera ocurrir en esta reunión que iba a durar días. El viaje con los dos paisanos tenochcas había sido un padecimiento continuo con el temor de que en la siguiente chanza o charla descuidada saliera a relucir lo que temía. Le parecía mentira haber llegado hasta ahí y no sabía si la cihuatecuhtli no había dicho nada todavía porque no quería o porque no había encontrado el momento. No podía más y no iba a ser capaz de pasar varios días en ese estado de incertidumbre y miedo. Si ahora, como solía decir Rómulo, no tomaba el toro por los cuernos, mejor oportunidad que ésta, con varios días por delante y el apoyo, bien creía, de los tlaxcaltecas y Cuahuipil, no la tendría. En México los encuentros ocasionales o previamente acordados con la cihuatecuhtli y el marido habían sido raros y, mal que bien, había conseguido apañarse para gobernar las conversaciones de forma que discurrieran sin peligro pero ahora, con unos cuantos días y tanta gente, en cualquier momento podría producirse la catástrofe.
    -¿Qué pasa, Coyolxauquicita?
    Ella le rememoró lo que había dicho Teyohualminqui aquella noche en las fuentes hacía años cuando se conocieron todos, que lo de que ella había sido ramera en Tezcatonco era una broma que gastaba la Vacatecuhtli.
    -Pues eso era verdad. Fui unos años ramera en Tezcatonco. Ya no soporto más callarme esto. Lo callé entonces porque no sabía cómo hacer. Temía perder la oportunidad de cambiar de vida. Yo no había sido nunca sacerdotisa de Toci hasta entonces y, claro, lo hice muy mal.
    Rómulo la abrazo y le dijo:
    -Si lo hubiera sabido entonces no sé qué hubiera hecho o pensado. Ahora que os conozco bien después de tantos años, no necesito que me contéis nada y doy por bien empleado que no me lo contaseis entonces, porque uno no sabe nunca como actuará o pensará en según qué circunstancias y yo estoy muy contento de la vida que llevo en vuestra compañía y no quiero ni pensar que hubiera podido ser de otro modo. Lo que lamento es que tuvierais que pasar por aquello. Pero ya está, ya pasó y, gracias a Dios, estamos bien y conformes. Y, secreto por secreto, os contaré yo el mío.
    Y le contó su vida de esclavo y su fuga y ella alabó su valentía y determinación.
    -De todas formas, por lo que sé de vuestros mitos, en su advocación de Tlazoltéotl, a Nuestra Abuela, Toci, se solían ofrecer rameras en sacrificio, de modo que tampoco me mentisteis vos ni Coyol-limáquiz. Porque sé que en el fondo esa es la verdad –hizo una pausa y continuó acariciándola -, que aquello fue un sacrificio y que por ello estáis más cerca de la divinidad pero con la parte buena para mí y nuestros hijos de que ahora estáis viva y hermosa. … Y dejemos esto ahora, que hemos venido a estar con los amigos y a celebrar.
    Y eso fue lo que hicieron después de dar un poquito de tiempo a que se les pasará la emoción de los secretos mutuos y de sentirse libres del peso del silencio. Y bien hecho porque ya Xiloxóchitl y Vacatecuhtli los habían echado de menos, a juzgar por lo que comentaron en su ausencia.
    -Parece que el negro y la exramera se nos han esfumado –decía ella.
    -Querrán celebrar la boda un poquito más en privado. ¿Y qué le ha hecho vuestra merced a Coyolxauqui que, en cuanto os ve, sale huyendo?
    -Nada le he hecho y me tiene enfadadísima. Parezco la mala del grupo y soy la más buena.
    Xiloxóchitl no pudo contener la risa y luego ella misma lo imitó.
    -Creo que debe de temer que yo vaya a decir delante de Rómulo que fue ramera. Y a estas alturas, yo, rodeada de tantos imbéciles, ya he renunciado a decir cualquier verdad pero era lo que había que haber dicho desde el principio.
    Xiloxóchitl admiraba a la gente que sabía todo con tanta certeza. Él nunca sería uno de ellos. Las razones de una cosa y de la contraria son como las ruedas de una carreta, sin las dos, no hay carreta. Pero, de todas formas, disfrutaba hablando con la Vacatecuhtli. Era bien cierto que toda la fobia que le tuvo mientras fue barragana de Marcos se había mudado en cariño y afición, porque, además, era capaz de imaginarse lo que había podido ser la corte tenochca para esta mujer, tan sin ceremonias ni disimulos, el vivir de cada día entre las clases sociales mexicas más elevadas, con sus tácitas convenciones, sus rígidas y prolijas reglas ni dichas ni escritas, pero rigurosamente observadas, donde lo peor que se podía hacer era ser directo y sin circunloquios o hacer que otros perdieran cara. Cómo debieron de resentirla sus conciudadanos y cómo debió de sentirse ella, que vapuleaba todos aquellos remilgos sin miramiento ni discreción ninguna. No le sorprendía que hubiera acumulado toda esa rabia y mala uva porque, sin eso, se la hubieran merendado. Se hubiera convertido en una pavesa, teje que te teje, en un gineceo. Como buen luchador que era él, admiraba el coraje y, otra cosa no tendría la Vacatecuhtli pero arrojo le sobraba. Y encima había sido inocente de todos los sufrimientos de él. Hasta virgen había sido que, ni puesto a exigir, hubiera pretendido algo tan halagador: saber que durante todo su padecer era a él a quien había estado “esperando” Marcos. La aversión, pues, como ya se vio, se había mudado en sincero afecto por una mujer que había debido de pelear mucho para llegar entera a donde estaba. Y esta mujer valiente era por añadidura entretenidísima, con ella uno estaba seguro de no aburrirse.

  3. #133
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    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado

    -¡Voto al híjole, tío Xilote! ze me ha droto ezto, agrégralo –éste era uno de los del enjambre con un penacho de plumas que se le había descompuesto. Xiloxochitl le “agregló” el penacho. Y también éste pregunto:
    -¿El marquez ez un guajolote de comé?
    Lo de los pequeños viniéndole al tío Xilote con preguntas, pupas, objetos rotos, amargas quejas, noticias frescas y muchas más cosas era continuo. Pretender, como pretendía él, estar a ellos, tocar el laúd para acompañar los que de momento ya no eran amagos de danza turca, sino otra cosa que no conseguía identificar, y conversar con la Vacatecuhtli, todo al mismo tiempo, era misión perdida, pero seguía intentándolo. La Vacatecuhtli le decía ahora:
    -Hay una cosa que me gustaría saber desde hace años y que seguro que vuestra merced no me va a decir ahora tampoco, porque en este grupo, muchas pinches protestas de amistad y confianza, pero nadie confía en mí ni me demuestra amistad y seguro que vuestra merced tampoco lo va a hacer ahora, pero como tengo cierta reputación de aguafiestas que mantener, lo vuelvo a preguntar: ¿Qué paso aquellos tres días en Uskudar cuando Marcos y vuestra merced estuvieron ausentes y vuestra merced, que había sido hasta entonces un insufrible relamido, remilgado, desdeñoso y pedante monigote, volvió transformado en el rey de la sonrisa embaucadora?
    -Si se lo digo a vuestra merced no me va a creer.
    -Claro que no, pero como todavía no me han entrado ganas de ponerme con todos aquellos a hacer el indio, el turco, el teule y el ridículo, con algo me tengo que entretener.
    -Fue un milagro.
    -Por supuesto ¡qué menos! ¿Y en qué consistió?
    -¡Tío Xilote? ¿el malqués es algo de comel o no?
    -En tiempos, lo hubiera sido, niñito querido, pero ahora ya no.
    -Perdimos nuestra oportunidad ¿verdad? –dijo la Vacatecuhtli.
    -Sí. Ya nunca sabremos qué sabor pueden tener unos ojos de marqués con chipotle. Otra de tantas cosas como queda remitida a manos de Dios El Heredero.
    -Ándese con cuidado con los frailes. Como se en enteren de que vuestras mercedes están criando en esta finca a estos canibalines a honra del demonio, se la buscan.
    Xiloxóchitl miró a la Vacatecuhtli con curiosidad a ver si lo había dicho por hacer una gracia. No, lo había dicho en serio.
    -Son tres los canibalines que me han venido en este último ratito a preguntar si el malqués ela de comel. La primera era de Cuahuipil, el segundo era de mis encontrados y este último, el que acabáis de ver y oír, era de vuestra merced.
    -¡Uf! Me voy a tener que mirar la vista. Claro que es casi de noche. Pero también hay algo de luna. Bueno, para que os voy a engañar: ni lo he mirado y, además, en una temporada no quiero mirar a ningún niño. Un viaje desde Ixtapan con niños a caballo preguntando todo el tiempo cuando llegamos y quiero mear y me duele aquí y me pica allá y me quiero bajar… ¡Estoy hasta la madre! Y antes de que llegue la próxima era solar no quiero saber nada de ellos. Si vuestra merced tiene paciencia, se los cedo todos que a mí se me ha acabado.
    -Yo trato de tenerla porque me estoy preparando.
    -¿Para qué se está preparando vuestra merced?
    -Para ser abuelo, aunque sea honorífico. Me hace mucha ilusión. A ver si me sobrevive alguno de mis angelitos a las epidemias.
    -Tiempo para prepararos desde luego ya os dejáis, y para cambiar de parecer unas cuantas veces también y, para epidemias, ya no digamos, viendo que parecen de celebración anual y hasta mensual. A ver y dígame ya de una vez ¿en qué consistió el milagro?
    -Atendió Camaxtli mis plegarias y me levantó el velo de las apariencias para mostrarme la realidad tal cual es y la realidad, si se llega a contemplar tal cual es, es sublime.
    -Precioso, claro, como no podía ser menos. Se explica solo. Y hablando de Camaxtli ¿vuestra merced está bautizado?
    -Claro, todos los indios estábamos bautizados.
    -Jajajajaja –dijo ella sin reírse-. Muy ingenioso. Déjese de ingenios y dígame si está rebautizado de cristiano.
    -Para que luego no se queje vuestra merced de que no se le cuenta nada: Tengo una fe de bautismo falsa. Soy uno de los pocos indios que quedamos sin rebautizar.
    -Tlaxcala no se rinde ¿eh? Admirable.
    -Fíjese vuestra merced, ahora mismo yo sería uno de los selectos contra los que no podría actuar la Inquisición.
    -¡Jajajajajaja! –esta vez sí se rio de verdad Vacatecuhtli-. Sí, sobre todo crearse eso vuestra merced y presuma un poco a ver qué pasa. Y fíese de los frailes también con esas cosas.
    No le dio tiempo a Xiloxóchitl a creerse ni a fiarse de nada. Vino un sudoroso Ahuitzotl, que se quedó junto a la Vacatecuhtli, seguido de un enjambre de canibalines que envolvió al tío Xilote y se lo llevó a tocar el laúd para que todos pudieran bailar.
    -¿Y tú Vaquitita no te animas?
    -Yo ya sabes que, aunque luego duro, soy de comienzos tardíos.
    -Doy fe.
    -Tú no das nada, hombre –y le dio un revés de esos de puya de los que solía dar ella.
    -¡Qué tremendo, Vaca! Hemos bailado de lo lindo.
    -Debería darte vergüenza adulterar nuestra religión y nuestra liturgia de esa forma. ¡Vaya mezcolanza de ritos, de bailes y de profanidad que habéis hecho! Daba asco veros. Lo mismo da Ochpanitzli que Panquetzalitzli, que Uey tozoztli, que Tlacaxipehualiztli… ¡Venga! ¡A lo loco! Anda que, como los putos dioses se tomasen en serio a la cochina raza humana, esta noche sí que la habías pringado. ¡Vaya falta de respeto a lo sagrado!
    -Todo lo contrario. Es una manera de conservar lo nuestro y los escuincles se lo pasan muy bien. Si nos ponemos puristas, lo vamos a perder todo. Hay que transigir algo para que dure.
    Últimamente el puto Ahuitzotl hablaba casi como su puto barragán. A ver si iba a ser ella la que tenía ese efecto en los consortes.
    -Luego, después de que bailen turco, que no sé lo que es, vamos a escaramuzar. O no sé si vamos a escaramuzar primero y luego bailan turco. Cuando coja resuello un poquito voy a ir con los demás para preparar los sacos y las pellas.

  4. #134
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    31 dic, 11
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    Predeterminado

    Bueno, menos mal que había toros para mantener un poco de seriedad. Por cierto que allí andaban, detrás de la cerca, mirando con su serenidad proverbial el caos humano pero determinados a no dejarse arrastrar por él.
    -¿Tú te has fijado en una cosa? –le dijo Vacatecuhtli a Ahuitzotl.
    -¿Cuál?
    -Es que no sé si son imaginaciones mías o es verdad, que de los niños que se encuentran mi barragán y la fregona Xiloxóchitl, hay como la mitad que se parecen a Huitzilopochtli y a Xiloxóchitl, a los dos a la vez.
    -Sí, tiene gracia, la mitad, y van escalonados de dos años en dos años. Los que no se parecen están escalonados pero más irregularmente, y a quien se parecen los que se parecen es al Marcos Bey, al Huitzilopochtli no lo sé, porque no lo llegué a conocer.
    Vacatecuthli se llevó la mano a la barbilla y se quedó meditando. Había algo que no le llegaba a cuadrar.
    -Sobre eso, Vacatecuhtli, no acabo de entender que estuvieras cuatro años…
    -Tres y medio.
    -Tres y medio y no os estrenaseis. Él no parece afeminado ni nada y ahora está sin barragana también ¿no? ¿Es fraile secreto? No sé si eso existe, pero se me ocurre.
    -La verdad es que cuando estaba con él me daba igual y no me lo pregunté nunca con mucho interés. Siempre andábamos ocupadísimos. Como varón nunca llegó a interesarme, aunque como persona, pues como el roce hace el cariño, le cobré apego, como a Cuahuipil o a Xiloxóchitl. Era amigo. Es ahora cuando me hago todas estas preguntas. En cualquier caso, bien. Al menos ahora la fregona Xiloxóchitl no me ignora. Tú no lo sabes, pero se tiró tres años y medio ignorándome, como si yo fuera aire apestado.
    -Serían celos.
    -¿Celos de qué?
    -Si él conocía de antes a tu barragán y solían estar mucho juntos, al llegar tú se lo estropeaste.
    -¿Un varón va a tener celos de una mujer?
    -¡Hombre, te diré! Todo el tiempo sucede eso. La milicia y la vida que se lleva en ella hace que con quien aprende a pasárselo uno bien sea con los varones y no con las mujeres. Las mujeres sólo sirven para lo que sirven. Pero a veces, por la novedad, pues ellos igual pasan algún ratico con ellas, entonces los compañeros se ponen celosos.
    -¡¡¡Qué asco!!!
    Sí, Vacatecuhtli. Daba igual conquistadores o conquistados, a todos las mujeres les servían para lo que les servían. Claro que Ahuitzotl, gracias a la divinidad, tampoco había resultado tan buen miliciano después de todo. Mejor ocelote que miliciano, no te quejes.
    -Lo que me parece mal es que sigas llamándolo fregona. Ya me parecía mal, aunque no me atrevía a reconocerlo porque me exponía a que se burlasen de mí, cuando éramos enemigos. Ahora, siendo amigos, es de mal gusto. ¡No te rías! A mí me da vergüenza cuando dices esas cosas delante de ellos. ¿Cómo nos llamaban ellos?
    -Ampulosos, de mala digestión y que no gustabais ni como sodomitas pacientes.
    -¡Ah! … No está mal.
    La verdad es que a Vacatecuhtli, como ya sabemos, nunca le había importado no tener trato carnal con el barragán y que a la larga ahora lo prefería así, pero de un tiempo a esta parte la tenía intrigada. Era muy raro todo. Además que, por lo que colegía, se iban los dos juntos, Marcos y Xiloxóchitl, a encontrar niños… ¿A encontrar niños? ¡Qué cosa tan absurda! ¿Cómo se va ir alguien a encontrar niños? ¡Ah! que decían que iban a encontrar las Siete Cuevas, era eso… Su barragán era un saco de infundios y si, hubieran sido mujeres, estaba calado que desaparecían cuando ya se les notaba demasiado y para dar a… Pero Xiloxóchitl, aunque era más raro que un escuincle verde, mujer no parecía. Vamos la ropa india de varón no hubiera permitido ocultar semejante cosa, como la Marzuqa, y ella lo conoció de indio sin contaminar… No, en esto tenía ella que concentrarse y hacer diagramas y proceder con método. A eso se iba a reducir. Seguro que con rigor y lógica lo sacaba. Ella ya había usado eso que llamaban álgebra para resolver problemas. Y, con álgebra o sin ella, lo iba a sacar.
    -Deberíamos dar categoría a esto –decía Marcos en el grupo que preparaba las cosas para las escaramuzas- Tenemos aquí a un maestro de las artes poéticas. Debiéramos rogar a Rómulo que nos recitase alguno de sus poemas como él sabe y los demás tratar también de declamar o escribir algo para la ocasión, que es fabulosa y debiera realzarse.
    -Yo sí quiero, yo sí quiero –decían los canibalines dando saltos y levantando las manos.
    -Buenísima idea. Pero tenemos que escribir todos y dar premios y castigos. Al que escriba mal: somanta –dijo Cuahuipil.
    -Pero el jurado estará exento ¿o no? –dijo Xiloxóchitl.
    -Bueno, el jurado vamos a ser todos. No hay exención que valga.
    -¡Yo tengo una idea! ¡Yo tengo una idea! –dijo una voz de canibalín inmediatamente coreada por otras voces de canibalines que también tenían ideas.
    -Bueno, así me gusta, que mis valientes tengan ideas, pero de aquí no se mueve nadie hasta que no tengamos suficientes sacos de hojarasca y pellas.
    -Cuahuipil, ahora que están todos entretenidos deberíamos dar una batida porque, aunque están los perros y el ganado se alteraría de haber algún intruso, yo quiero comprobar las alarmas y asegurarnos de que aquí no se nos cuela nadie que luego diga que estamos haciendo honras al demonio y esas cositas tan monas de que se nos acusa a los indios.
    La que le hablaba era Ilhuicáatl y eso hicieron los dos, con mucho silencio y sigilo, para volver con dos prisioneros y anunciándolo con mucho jaleo y alboroto.

  5. #135
    Fecha de Ingreso
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    Predeterminado

    -¡Hemos pillado a dos espías! ¡Hemos pillado a dos espías! -gritaron al llegar.
    Se trataba de Teyohualminqui y Coyol-limáquiz, visto lo cual renunciaron a torturarlos, pero no a interrogarlos.
    -¿Se ha ido ya el marqués? –les preguntaban
    -No. Se va mañana temprano. Se ha deshecho en disculpas y no ha querido ni que se le diese desayuno, pero se le va a dar, que somos hospitalarios de profesión y civilizados de temperamento, somos tlaxcaltecas. Se han quedado mis hijos para atenderlos hasta que se vayan y para cerrar y luego se reunirán con nosotros –dijo Coyol-limáquiz-, además pagará bien.
    -¿Y cómo os fue con él?
    -¡Una hazaña! –dijo Teyohualminqui- ¡Lo he desplumado! ¡Quinieeentos castellanos de oro le he sacado, yo que no había jugado a las cartas en mi vida!
    -A ver si os va a tomar ojeriza –dijo Ahuitzotl.
    -No os preocupéis. Mi compañero y yo perdimos las últimas partidas, o sea 100 castellanos cada uno de los seiscientos que ganamos, o sea, ganancia neta 500 castellanos de oro. El porvenir de la ganadería asegurado una temporada. Eso nos va a permitir hacernos con una cabaña como para luego poder sacrificar sin temor de comprometer el número de cabezas que queríamos alcanzar.
    Esto se mereció una ovación general y un paseo a hombros.
    -¿Ez un pollito con plumaz el malqué?
    -¿Cómo se despluma?
    -¡Ah! Y me ha dado una carta! ¿Verdad Coyol-limáquiz?
    -¡Ajá!
    -¿Una carta de recuerdo?
    -¿De recuerdo? ¿de la baraja quieres decir? No. No. Es una carta… -dejó que todos miraran expectantes y alzo la carta en el aire- ¡de Los últimos teules vivos!
    Gran alborozo, vivas y conminaciones a leerla.
    Leyó Teyohualminqui:
    “Al Grupo más famoso del orbe
    Queridos amigos: Hemos conquistado la Vieja España. Hasta la Inquisición anda detrás de nosotros. Tenemos un procurador que se ocupa de ponernos en paz con ella para poder seguir con nuestro teatro. Ahora llenamos las plazas y corrales hasta reventar. Somos casi como los toros de importantes. Nuestro mayor triunfo es el “Romance indio de la doncella guerrera”, hablado en castellano, para que entiendan todo, con palabritas en náhuatl explicadas, pero cantado en trilingüe, otomí-náhuatl-castellano. Nos lo están traduciendo al levantino, para pasar a Valencia. El vestuario es lo que más llama la atención, sobre todo de la Inquisición, porque la protagonista, para parecer varón, se tiene que desnudar mucho y parece que eso es herejía, pero el procurador nos ha dicho que es mentira, que en realidad obedece a que a los inquisidores les gusta mucho la función y dicen que van a vigilar. ¡Sí, sí, vigilar! Pues, como decimos, todo es cuestión de vestuario, porque si la doncella se desnuda demasiado, se ve que no es varón. Pero si no se desnuda mucho, no puede pasar por varón indio, que van tan someramente vestidos. Ese fue nuestro desafío artístico, que superamos con ingenio, maestría y bien distribuidas plumas. Es el no va más.
    Nunca olvidaremos de dónde surgió nuestra inspiración y nuestra fe en que sabríamos glosar el nuevo mundo que se abre ante la raza humana e ilusionar a la gente con lo más nuevo y futuroso.
    Esta carta se la entregamos en mano al Marqués del Valle de Oaxaca, que no sabíamos quién era hasta que vino a saludarnos entre bastidores y hablando, hablando, vimos que era el capitán Malinche. Como se iba a volver a la Nueva España, le dijimos lo de la carta y se ha ofrecido a llevarla. También se ha ofrecido a conseguirnos plumas. No creáis, se ha portado bien. Le dijimos que era una pena que, con tantas novedades de ultramar y las epidemias, las artes plumarias, la cima de las artes indias, estuvieran en baja en la Nueva España y que nuestra labor artística, debido a ello, se resentía lo indecible; que –esto fue hábil por nuestra parte- a su personaje habíamos querido darle el protagonismo como contraparte de la doncella, pero que al no disponer de plumas en calidad y abundancia y bien trabajadas, nos vimos impedidos, porque todas las que teníamos hubimos de emplearlas en la doncella, con la que era imprescindible dar el trasunto, porque un conquistador, con todos los que hay, no tira tanto como una doncella guerrera, que es imposible saber cuántas hay porque es un secreto, que no se lo tomase a mal. El arte tiene sus propias exigencias. Resumiendo, que nos escuchó y creemos que se ha tomado muy en serio lo de recuperar el esplendor de las artes plumarias nuestras y es que, aunque estemos aquí, lejos, hacemos patria y lo nuestro lo defendemos deleitando. No dejéis de darle las gracias por la carta y por las plumas, a pesar de que con su personaje no se fuera muy contento, porque lo fusionamos con el del emperador otomí Moctezuma, pero dejándolo muy en el trasfondo a favor de la doncella, en cuyo vestuario, además de esfuerzo, dicho sea de paso, también nos hemos dejado verdaderos dinerales. Fue una apuesta que hicimos conjeturando el gusto popular, pero es el público el que nos ha dado la razón y el que se vuelve loco de júbilo con sus hazañas y trajes. Y los versos son de quitar el sentido.
    Que Dios padre, Dios hijo y demás familia no dejen de acompañaros y ampararos y no olvidéis a la Santísima Madre del cordero.
    Vuestros amigos Los últimos teules vivos”.
    Más vítores y jaleo y votos por celebrarlo, preferiblemente con más escaramuzas, esta vez teules vivos contra teules muertos. Y simultáneamente la preparación de los versos para la justa poética, para cuya celebración ya estaban sudando tinta los intrusos literarios de todas las edades. Pero, antes, a ver si conseguían de verdad el baile turco ése, que los que no lo conocían tenían curiosidad.
    Pues no había más que ponerse a ello, porque ya estaban todos listos, con laúd, sonajas, panderetas, panderos, crótalos y teponazle, al parecer con una preparación más seria que hacía un rato. ¿No? Parece que había objeciones por parte de Marcos Bey:
    -Xiloxóchitl, hermano, si vuestra merced quería un sepelio debería haberlo dicho para no ceñirme las caderas, porque con lo que tañéis lo mejor que se puede hacer es un funeral.
    -¡Híjole, don Marcos! Esta es la mera música que se tañía en el mero Estambul en esta clase de baile.
    -Cierto es y cierto también que no sirve. Hay que darle sensualidad para que el baile salga solo y no parezca algo estudiado, que eso le quitaría gracia. Esto que tocáis y que tocan allí, para cosas lánguidas de amor, vale. Dije sepelio por darle realce y ya lo tocaréis en mejor ocasión, que sois el que mejor aprovecha las ocasiones de todo el orbe, pero para el baile no mueve. Toque vuestra merced música castellana, que para esto es la mejor.
    -¡Híjole, pues!
    -Es verdad –corroboró Cuahuipil.
    -Sí que lo es –remachó Ilhuicáatl.
    -¡Que falta de ignorancia la mía! –reconoció Xiloxóchitl.
    -Toque vuestra merced una gala –dijo Marcos.
    -¡Eso, eso!

  6. #136
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    Un pequeño conciliábulo para ponerse de acuerdo, afinar y probar y allá fue Marcos Bey, que, ahora sí, demostró la verdad de eso que en todas las épocas y en todos los corrillos de baile de todas partes se suele decir cuando se ve bailar a un varón este tipo de danza que parece hecho para mujeres, a saber, que ese baile lo bailan mejor ellos que ellas porque a ver, en este caso, si no lo bailaba Marcos Bey mejor que cualquier mujer. Así que arrancaron panderetas, arrancaron crótalos, arrancó el laúd y arrancó el coro:
    A la gala de la buena moza,
    A la gala del galán que la goza.
    A la gala, gala de la buena
    A la gala del galán que la lleva
    Esa sí que se lleva la gala
    Esa sí que se lleva la flor
    Esa sí que se lleva la gala
    Esa sí que las demás no.
    A la gala gala gala hermosa
    Que viva el galán que la goza
    A la gala gala gala buena
    Que viva el galán que la lleva.
    Aunque el baile lo arrancó Marcos, inmediatamente se le unió Cuahuipil haciendo al compás castañetas con los dedos y ahora no había nadie que no estuviese pendiente, hasta las reses al otro lado del cercado se habían arracimado para mirar y escuchar con toda atención como si fueran a opinar luego. Si bien cada uno de los danzantes iba a su aire y se movía distinto del otro siguiendo su propio sentir, parecía que se fueran dando pie y que lo hubieran ideado juntos. Teyohualminqui contemplaba arrobado y lamentando que ya no tuviera templo para haber incluido en el ritual algo tan hermoso. Aves parecían, aves alegres y felices que revolotearan en puro diálogo de éxtasis en el paraíso. Pura alegría y libertad y gozo porque sí. ¡Qué hermosura!
    Y ¡qué hombre! ¡Qué cosas tan puras pensaba! Las caderas de la Coyol-limáquiz no parecían haberlo despapado del todo. Sería que las relacionaba con los terremotos y no con el baile. Otra cosa era Ahuitzotl, que empezó abriendo la boca sin conseguir cerrarla, sino para decir casi desmayado y agarrado a la Vacatecuhtli:
    -¡Ay, mi virgencita!
    Y este “virgencita” no se dirigía a ningún ser celestial ni digno de culto, no, que la devoción guadalupana en la Nueva España es históricamente algo posterior, sino que esa era la manera en que llamaba él a su exhermana cuando se acaramelaba, y eso debía de ser por el recuerdo de cierto incidente ocurrido en su primera noche de bodas.
    -¡Ay, no te me pongas pegajoso, que estoy mirando, hombre! –le respondió la virgencita dándole un codazo, hechizada que estaba con el espectáculo y el conjunto tan hermoso que era toda aquella noche, con su luna, su alta lejanía nevada, el aire puro y las serenas reses.
    Los que acompañaban con panderetas, sonajas, teponazle y laúd parecían otras tantas aves, sonrientes y felices en aquel vuelo impensado. Mientras, los pequeñines se empleaban en hacer como los danzantes, con resultados deplorables que recordaban a la lombriz beoda que antes mencionara la Vacatecuhtli. Más galas, más música castellana ideal para ese baile y, como todo, también aquello acabó y se pasó a otra cosa: danzas de esas que criticaba la Vacatecuhtli y que defendía Ahuitzotl porque no había que ser purista, de lo que se dedicó otra vez a dar buen ejemplo arrastrando además en ello a todos los indefensos pequeñuelos.
    Y finalmente la justa poética. Dejaron un rato para que los participantes, o sea, todos, pudieran rematar sus creaciones y se convocó el jurado, que también eran todos. Con tanta concurrencia, aquí no se reseñará más que una muestrecita de lo más aplaudido o lo más castigado:

    Cogido hemos al marqués
    Y echádolo a la cazuela,
    Y aunque la tripa nos duela
    Nos lo hemos de comer

    Que amarga, ya dice alguno,
    Acedo está, dicen otros,
    Pero no se echará a votos,
    Que es sagrado el desayuno

    Chile, camotes, ajillos,
    El tequesquite tan bueno,
    Todo es de comer ameno,
    Todo llena los carrillos.

    Marqués de nuestros amores,
    No te echaremos de menos,
    Que de ti ya estamos llenos
    Y aún nos saben tus sabores.

    Y con esto terminamos,
    Dignos miembros de jurado,
    Que habiendo bien almorzado,
    Satisfechos nos quedamos.

    Quienes habían pensado y recitado admirablemente, accionándola con expresividad, intención y claridad esta loa canibalesca eran las nenas de Teyohualminqui y Coyol-limáquiz. Con las babas que les colgaban a ambos y el miedo a los cuchillos y a las rodajas que hacía con ellos ésa última, el jurado no vaciló. Recibirían premio, pero no se sabía cual, porque iba a ser sorpresa. No tenían ni idea ni nada previsto, pobres niños. Claro, antes, de cosas así se encargaban los papas, pero ahora esto era la casa de tócame Roque.
    Más niños y más instintos caníbales:

    Me encontlé ayel un platico
    Solico y abandonado,
    Me dije: “palece lico”,
    Y todo me lo he zampado.

    De malqués dicen que ela
    Aquel sabloso guisado
    Que llevaba algo de pela
    Y algo de hueso lallado.

    Con la mano en el alnés
    Y listo pala paltil
    Sólo me queda decil
    ¡Qué lico que está el malqués!

    También aquí hizo el jurado mucho la vista gorda, porque este canibalín era de los de Cuahuipil y Cuahuipil había estado con él ayudándolo. De todas formas enfrentarse a la Señora Alcalá era tela. Así que, premio sorpresa también para éste pequeñuelo que además lo recitó muy bien, que hasta se relamía con fruición, para que no pareciera que lo que decía del marqués lo decía de cumplido. Ahora que, como la trampa era manifiesta, ya le pillarían al padre por otro lado.
    Y como de muestra basta un botón, no se van a poner aquí todos los delirios cárnicos de los pequeñuelos, porque no eran mejor que lo que queda puesto ni descubrían ningún mundo gastronómico nuevo. Sí quedaba lo de los adultos, pero no se vería todo hoy, que era mucho, y además, sería por la visita intempestiva, parece que había cierta obsesión con el marqués. ¡Cómo los había marcado el marqués! Designaron a voleo uno, que resulto ser el de Cuahuipil, marquesil, él también. Aquí lo iban a pillar, por ayudar al pequeño, y las iba a pagar todas juntas, hasta las que no había hecho:

    Sentimental y beato,
    sois vos el vivo retrato
    De aquel que se pasa el rato
    Ponderando si el boniato
    Es más diestro que zocato.

    De teneros por un rato,
    Hubiera sido en un plato,
    Con hierbecillas en hato
    Y mole dulce de pato,
    Sin dejarle nada al gato.

    Pero vos sois tan pazguato,
    Que ni trepando al zapato
    Ni rodeado de boato,
    Dejáis de ser un novato
    En eso del marquesato.

    Más valiera, pobre ingrato,
    Haber sido más jabato
    Y a Carlos el mojigato
    Decirle en un arrebato
    “Aquí os pillo, aquí os mato”.

    Fuera justo asesinato
    Y un remedio muy inmediato
    De un soberano pacato
    Que del pueblo sin recato
    Ha hecho befa y desacato.

    ¿Y cuál es vuestro alegato,
    por haber mostrado acato
    a quien sin tener mandato
    Se apropió del vicariato
    Y proclamó “ato y desato”?

    ¿No sería lo sensato,
    Aun siendo obediente innato,
    Rechazar el realato
    Y, con el son de rebato,
    Decirle: “¡pudríos, chato!”?

  7. #137
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    -¡Vaya desaguisato! ¡Voto a los cuatrocientos conejos ! Los demás se han comido al marqués, pero vuestra merced se lo ha bebido y ¡voto a Baco! que se os ha subido a la cabeza. La comunión del marqués, según como se mire, tiene su explicación teológica y gastronómica, pero lo que habéis perpetrado aquí no tiene ni explicación ni nombre.
    -Esto es un adulterio de lesa poesía –sentenció Xiloxóchitl aguantando la risa.
    -Yo creo que exageráis –dijo Ilhuicáatl igual-. A mí el boniato me ha gustado.
    -Sin dejarle nada al gato… ¿Cómo se justifica eso? –dijo Rómulo.
    -Sí es verdad, que es un gato que maúlla un poco –remachó Teyohualminqui.
    -¿Qué ha dicho Xiloxóchitl? ¿adulterio? Venga ¿cuál es la pena por adulterio? –remató Marcos Bey.
    Cuahuipil, retorcido de risa, se tapaba la cara con las manos.
    -Espachurrarle la cabeza con un pedrusco así –“así”, indicado separando las manos, era más grande que cualquier cabezota de persona o animal y quien dijo esto era Coyolxauqui que algo sabía de esas cuestiones.
    -¿Tenemos pedrusco?
    -No.
    -Vamos a hacerlo
    -Pero yo no estoy de acuerdo con la calificación de adulterio. Eso me deja a mí en pésimo lugar –decía Ilhuicáatl sin parar de reírse-. Yo quiero otra calificación.
    -El jurado inunánimemente lo ha decidido. Adulterio poético es la poesía con cuernos y no las señoras con cuernos. Está clarísimo: tenéis la cabeza a salvo.
    Y allá iba también Ahuitzotl todo entusiasmado a fabricar la piedra, y al pasar por delante de Cuahuipil le dice:
    -¡Son como críos! ¿a que sí?
    -Sí, sí. Yo voy a preparar la resistencia. ¡A ver: ¿quién se viene a hacer más pellas?!
    Un montón de críos respondieron a la llamada, dispuestos a luchar contra la injusticia poética, con la opción de cambiar de bando a voluntad. Y en cuanto estuvo el pedrusco confeccionado con una red, hojarasca, paja y hierbas comenzó la caza al adúltero. Pero eso fue al principio, porque el adúltero, una de la veces que le lanzaron el pedrusco lo atrapó, y luego lo lanzó a su vez con un ¡adúlteros vosotros! que no era muy original, pero que inspiró indeciblemente al enjambre de pequeñuelos, que ya tenían una buena colección de blancos a los que apuntar, ya que no alcanzaban el pedrusco, con las pellas, al grito de:
    -¡Zuplicio a loz abúlteroz!
    -¡Toma! ¡Toma!
    -¡Por abúltelo, hala!
    -¡Pa que aprendaz a abultá!
    Y eso continuó durante un buen rato hasta que una de las veces el pedrusco vino a manos de Coyolxauqui y ésta se lo arrojó en toda a la cara a Cuahuipil que estaba en tierra con un ataque de risa. El pedrusco se reventó y el adúltero quedó completamente enterrado en paja, hojarasca y hierbas. Y esto, al cabo de muchos años ¡vaya si era justicia poética! En vista de eso, Coyolxauqui se llevó la mano a la boca y dijo: ¡Andá!, riéndose hipócritamente. Vamos que, después de las confidencias con el cónyuge y las locuras de la noche, ya no le faltaba en la cara ningún cascabelito. Mientras no fueran de reptil…
    Todo el mundo estaba contento y reía y jadeaba y los adultos además satisfechos con la certeza de tener en casa el porvenir de la lírica universal.
    Un tiempecito de descanso para lavarse y quitarse la tierra, las hierbas, la paja, las hojas y el sudor y… traer Estambul en alfombra mágica e invisible a los pies del Matlalcueye . Sí, eso, porque Xiloxóchitl, además de asearse como los demás, se cambio de atavío y salió vestido de sultán, pero con cabello largo y un cruce turbante-cinta y penacho de plumas que era para quitar el sentido a cualquiera y dejar en números rojos de sentido a quién, según opiniones, no se le había podido quitar nunca nadie, porque nunca lo había tenido. Ahora que el corazón… ¡cómo le palpitaba a ése del sentido en rojo! Y, por cierto, el del sentido en rojo, conocido como Marcos Bey, también se había puesto sus mejores atavíos. Lo que pasa es que a él no le aprovechaban nada ni nadie se había dado cuenta jamás de que se pusiera mejores o peores atavíos porque seguía teniendo la misma pinta de espadachín, bribón y vivalavirgen se pusiera como que se pusiera.
    Aunque no. Sí hubo alguien que lo apreció, alguien que, mientras todos los demás se divertían como niños, había estado aplicando el rigor y la lógica y llegado a la conclusión de que, si los hijos de alguien se parecían al padre y a la madre, el problema era ya sólo repartir quién era la madre y quién era el padre. Y cuando cayó en la cuenta, de que, aunque lo lógico hubiera sido que la madre fuera aquel más sospechoso de parecerlo, no podía ser, porque antes de ser sultán había sido indio y le habían visto todo lo que se podía ver. Quien llegó a esta conclusión se hubiera arrancado los pelos de su querido lugarcito de rabia que le daba ser tan tonta, ella que se tenía por tan lista. Ahora que eso lo iba a pagar el culpable, que, hecho, según su propio concepto, un brazo de mar y con la espada y la guarda bien bruñidas, que hasta se echaba saliva en la manga para luego bruñirlas todavía más, y con sus plumas bien colocadas en brazos y piernas, andaba mirando a Xiloxóchitl con esa cara que ya le había visto muchas veces antes Vacatecuhtli, pero que no había sabido interpretar: cara de jugador concentrado que tiene delante una jugada maestra. O sea, que tres años y medio estuvo el pringado tlaxcalteca ese tragando quina y creyéndose que ella, Vacatecuhtli, era su rival… Y ella creyéndolo relamido y engreído… Para matarlos a los dos pero sobre todo a él porque, lo reconocía, ella había sido ciega y tonta pero al fin y al cabo ella no sufría, en cambio el Xiloxóchitl… Ése debía de haber llorado lágrimas amarillas y espesas como gachas. ¡No lo concebía! Su puto barragán, que parecía tonto y desbaratado, engañaba hasta al lucero del alba… ¡Qué soberana desfachatez! ¡Y la mujer famosa en todo Estambul porque hacia curaciones espirituales…! Vamos que… Ella quería descubrir la manera de resucitar a la gente porque la necesidad que sentía de matar a Marcos era de las que exigen satisfacción inmediata. ¡Míralo! ¡Ahí! ¡Tan feliz! Con sus calzas nuevas, sus plumas, su reluciente espada envainada, dando zancadas chulescamente y en familia y un aire de decir ¡esto es fabuloso! Es que no había manera de que consiguiera imaginárselo con una criatura en brazos, pero, de hecho, ella lo había visto con una criatura en brazos esa misma tarde, echándole flores a la criatura, y siempre con esa mirada de tener una buena jugada en la mano, que debía de ser su versión de la mirada tierna. Era el colmo: uno lo ve, pero luego le dicen, imagínatelo, y no se lo puede imaginar.
    No, no se le ocurría así rápidamente ninguna manera de resucitar a la gente, así que tendría que renunciar a matarlo pero de chingar un poquito no la iba a quitar nadie.
    Dicho y hecho. Mientras el sultán, laúd en ristre y sin el lastre de ninguna lágrima amarilla era nuevamente asediado por los pequeñines, Vacatecuhtli cogió a Marcos por banda.

  8. #138
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    -Mi hermano Ahuitzotl se me quejó en mi noche de bodas de que se había encontrado con obstáculos con los que no contaba para cometer nuestro primer incesto. Vuestra merced hubiera podido echar a perder nuestra dicha matrimonial y hacer de mí una desgraciada para toda la vida. No me esperaba yo eso de vos, yo que os he defendido siempre a capa y espada. Eso, después de cuatro años de barraganía, no demuestra por vuestra parte la nobleza de trato que se debe a una consorte.
    -Tres y medio, Vacatecuhtli. Creedme que me apena lo indecible lo que me relatáis y que, de no haber intervenido circunstancias ajenas a mi voluntad, yo hubiera removido todos los obstáculos para que vuestro marido y hermano se hubiera encontrado con todas las facilidades. Pero no por eso, y vos lo sabéis muy bien, he dejado de teneros siempre en el mejor de los conceptos y consideración ni de hablar siempre de vos a tenor de la mucha amistad y estima en que os tengo. Y eso hasta que vuestra merced empezó a darme de lado, que me dolió de veras, que yo también tengo sentimientos y me había acostumbrado a vuestra compañía aunque mi natural recatado no me empujara a todos los atrevimientos del orbe. Pero de ninguna manera os culpo, porque el corazón manda siempre y no se le puede obligar y siempre he respetado vuestra voluntad e inclinación. Ahora bien, nada hay que echar en cara, que nunca os he faltado ni engañado ni, lo digo también con la mayor satisfacción, tampoco vos me habéis engañado ni, que yo sepa, faltado. Espero, por lo demás, que sabríais responder a vuestro hermano y marido como os cumplía.
    -Le dije que habíamos estado muy ocupados, pero claro, colar, colar… dudo de que colase.
    -Pues debería porque el juego es algo muy importante y que consume mucha fogosidad y nosotros jugábamos mucho. Yo celebro que vuestra merced haya sabido comprender y valorar la profundidad de una relación como la nuestra de almas gemelas reunidas por los azares del destino y fundada en la sed de progreso y en la alquimia personal.
    Vacatecuhtli miró a Marcos con ese aire, que le era propio, del Popocatépetl a punto de cabrearse y causar estropicios sin cuento.
    -Vacatecuhtli, que os veo venir. Calmaos y escuchadme. Yo os entiendo y vos me entendéis. Y veo que habéis cavilado y ahora vos pensáis de mí lo que pensáis. Bien está. Pero no digáis nunca lo que pensáis porque las palabras, una vez salidas de la boca, cobran vida propia y pueden volverse asesinas sin alma ni cabeza. Pensad lo que queráis pero no lo digáis. Lo mismo han hecho otros que vos creéis que os callan cosas. Haced vos igual. Mi concepto de la sensibilidad personal no me ha permitido hacer las cosas de manera distinta de como las he hecho. Lo siento mucho y os pido humildísimamente perdón por los desagrados pero, si bien pensáis, Vacatecuhtli, veréis que la providencia estaba de nuestra parte, sin contar con que no fue a petición mía como el buscapleitos de Moctezuma agenció nuestro consorcio. No ha pasado nada irreparable, vos estáis contenta y yo también. Dejémoslo así y no perdamos las amistades que yo os apreció de corazón y me desviví por vos, que por haceros la vida agradable incluso os dejaba que me ganaseis en el juego para que tuvierais nuevos horizontes y no pasarais por mi lado sin beneficio ni mejora.
    -Ningún cochino lleva en los jamones tanta grasaza como toda la palabrería que le cuelga a vuestra merced de cada moco. Y eso de que os dejasteis ganar os gustaría creerlo porque sois un monazo con aspiraciones delirantes pero bien sabéis que no es verdad, que cada vez os he ganado a ley porque os doy cien vueltas, que era novata, pero no idiota.
    -¡Voto a tal que si lo sé no me dejo! Favor despreciado ni agradecido ni pagado. Me dejáis consternado.
    -Déjese vuestra merced de pareados, que los mamarrachos poéticos no son ahora. Ahora me debéis a mí una satisfacción por ese farol infame que os acabáis de echar, que las muelas y la lengua se os debieran escapar de la boca por no vivir en esa covacha de falsía.
    Iba a hablar de nuevo Marcos Bey, cuando la caimana, que parece que había seguido la escena, vino a echar bálsamo en la desavenencia.
    -¿Por qué no os lo jugáis? –decía pérfidamente induciéndolos al vicio y a la perdición.
    Los dos exbarraganes, tentados pero sin querer darlo a entender y sin querer que, por no dar a entender que los tentaba, pudiera pasar de largo la tentación y luego nadie se tomara la molestia de volverlos a tentar, se quedaron mirando como si, no habiendo entendido bien, esperaran que se les repitiera la pregunta. La caimana no la iba a repetir, que ella era de las de Camaxtli e iba siempre más allá:
    -Pero no a una sola partida, una partida no demostraría nada. Tienen que ser unas cuantas y quien haya ganado más, por diferencia, tendrá razón.
    -¿Y cuántas serían, según vuestra merced? –pregunto Marcos.
    -Pues yo sugeriría unas ochenta y ocho.
    -Pero a eso no nos va a dar tiempo ni en siete vidas. La Vacatecuhtli se va en unos días y una partida puede durar hasta semanas, si es buena. No vamos a poder jugar todo eso.
    -Claro, pero tampoco tenemos prisa y más vale hacer las cosas bien que que luego haya reclamaciones y que si pues esto pues si aquello y pues no estaba yo penetrado del alcance de tal y cual, no se me aclararon bien los conceptos, había ruido de fondo, aun no había amanecido, no había ningún cacharro limpio… ¡Qué os voy a contar! Que las excusas son infinitas y ya las conocemos todos. No. Esta vez juegan no más una partida vuestras mercedes y la próxima vez otra…
    -Jajajajajaja… -esta era la carcajada de la Vacatecuhtli-. Con otra buena epidemia, nos quedamos en tablas hasta la resurrección de las chinches.
    -Pero en ese caso, ganaría la epidemia. Vuestras mercedes, que son buenos jugadores, no pueden permitir eso –dijo Ilhuicáatl-. ¿Estamos?
    Lo sabían, que la caimana los estaba tentando para que no cayeran en la tentación de enojarse y revolver cosas que no había que revolver pero eso de medirse en el juego a lo largo de toda una vida tenía su aquel que hacía difícil decir que no, amén de que, si la caimana había descubierto una manera de luchar contra las mortíferas epidemias, tenían el deber moral de responder con humanidad y patriotismo y no asustarse por una barajita de nada.
    -Estamos –dijeron los dos jugadores-. ¿Cuándo empezamos?
    -Mañana. Yo tendré todo preparado para vuestras mercedes. Si queréis aquí fuera o, si los demás de la casa no tienen inconveniente, en la sala de los tesoros.
    -Pero la sala de los tesoros es algo que queríamos enseñar el día del banquete a los venidos de lejos como algo especial, que hay ahí cosas fabulosas y de mucho valor y con mucho que explicar. Es donde tenemos los códices del honrado Alcorán de vuestras mercedes que ya son un grandísimo tesoro de por sí, que son los mejores alcoranes del orbe, también los tesoros de las tres cuevas que llevamos exploradas Xiloxóchitl y este servidor y otras cosas de la antigüedad que hemos encontrado y que son fabulosas. Y además es ahí donde hacemos las reuniones de Dios Heredero. Yo no quiero faltar al respeto a las cosas santas.
    -¡Pues votad a tal, don Marcos, porque tenéis toda la razón! ¿En qué estaría yo pensando? Entonces fuera. Trataremos de dejar un sitito tranquilo para que podáis concentraros. Y ahora hay que escaramuzar otro poquito, que no van a ser solo los niños los que se diviertan como tales. Los mayores tenemos que dar ejemplo, si no, los pequeños se ponen imposibles.
    Qué fantasiosa era la caimana. Los niños imposibles… eso sería para otros, para ella no. Normalmente, si le venían con problemas, les decía cosas tan raras que de esos encuentros verbales salían, pobres críos, pensativos y ensimismados y vete tú a saber que terminaría germinando en esas tiernas mentecitas a cuenta de las sugerencias caimanescas. Y, si eso no le funcionaba, se los sacudía enviándoselos a su padre o a su tío, que no sabían decir que no.
    Bueno, pues más escaramuzas, al cabo de las cuales, los pequeños, como en una de esas erupciones volcánicas sorpresivas y sobrecogedoras que narra la historia, empezaron a caer de puro cansancio en el sitio y en lo que estuviesen haciendo, de modo que entre cuatro adultos agarraron una manta mientras un quinto iba echando en ella a las bajas, que descargaban y ponían a dormir dentro, mirando que estuvieran más o menos limpios y que al contarlos les salieran las cuentas. Siendo que era de noche, los adúlteros, perdón, los adultos, ya sin el griterío y ajetreo infantil, se sintieron inclinados a la plácida conversación y a la confidencia. Más tarde, cuando se apagase el fuego, recitaría Rómulo algo apropiado.
    El espadachín y el laudista tendieron una estera junto a un árbol y estuvieron desgranando canciones de aquellas lánguidas que Xiloxóchitl no había podido tocar para el baile, pero que ahora sí eran bienvenidas y según, Marcos Bey, daban realce a la magia nocturna. Los demás charlaban ahora un poco de todo al pie de otro árbol, con la excepción de Ilhuicáatl y Vacatecuhtli, que se habían ido junto a la cerca y, apoyadas en ella y contemplando el paisaje lejano y las reses cercanas, mantenían nuevamente una de esas conversaciones, o pugilatos, de mujer a mujer que habían inaugurado en Uskudar hacía años.
    -¿Lo del incesto va bien?
    -Ha ido bien, pero voy a tener que rectificar rumbo. Entiéndame vuestra merced: Quiero llegar al mismo sitio, pero no quiero ser yo quien pague los platos rotos, sino el invasor, con sus aires de santidad y superioridad moral.
    -Y ¿por qué habría vuestra merced de pagarlos?
    -Por los hijos, que son un asco y una complicación de primer orden y que una lo hace por los dioses, pero maldita la gracia que tienen.
    Ilhuicáatl se reía mucho con la Vacatecuhtli. Ahora lo hacía sin ruido, a tono con la noche sosegada.

  9. #139
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    -¿Teme vuestra merced que empiecen a oír cosas y que se sientan señalados?
    -¡Ajá! Y, por otra parte, yo no quisiera dejar de chinchar.
    -Morir antes que parar, diga que sí vuestra merced. ¡Abajo la santurronería! Entonces tenéis que cambiar de leyenda. Dejad la de la pareja incestuosa y pasad a la leyenda de la pareja acusada injustamente de incesto por un vulgo maledicente y, sobre todo, por esos pérfidos e hipócritas de frailes de dos caras, que sin motivo y, aun siendo conocedores de las pruebas de que no tenéis parentesco ninguno y estáis casados, canoniquísamente casados, por ellos mismos, os ponen en lenguas. ¡Cuánta maldad! Eso lo comentáis con alguien de forma que lo oiga el más chismoso de la comarca y en un pispás hasta en Estambul estarán esos mendaces en todas las bocas.
    -¡Albricias! ¡Y pensar que hemos sido los mexica los que hemos tenido fama de retorcidos!
    -Eso para que vea vuestra merced que nosotros los tlaxcaltecas, si no hemos tenido un imperio u ocho imperios, es porque es algo en sí reprobable pero no porque nos faltara talento ni capacidad. Que el fin justifica según qué medios, pero es el fin el que hay que justificar primero.
    -Señora Alcalá, yo prefiero pagaros la consulta en especie, antes que en oídos a la grandeza tlaxcalteca. No estropeemos la noche. ¿Cuánto os debo por la receta?
    -Nada. Un besito.
    -¿Y eso no podría ser mañana?
    -Cuando gustéis. Yo estoy siempre dispuesta. Y no me lo voy a jugar, éste me lo dais.
    -La próxima vez que entre dentro, buscaré un papel y os extenderé un vale. Guardadlo por si llegáis a deberme alguna cosa y me lo canjeáis. Por ejemplo, si no podéis contestarme ahora a algo que me he preguntado siempre y que no voy a esperar a que me preguntéis qué es, porque seríais tan bruja de no hacerlo, así que os lo digo sin que me lo preguntéis. A saber: Ya sé que es persona sincera, muy bueno y todas esas bobadas que se suelen decir de los tontos, pero sigo sin explicarme porqué pretendió Cuahuipil a vuestra merced. Porque si fue de golpe, él no podía saber que erais una mujer de grandes prendas como se llega a tener que decir, por prudencia, cuando se os conoce bien o, en su defecto, cuando se está sometido al machaconeo incesante de vuestro tío, hermano y marido cantando vuestros loores.
    -Ya os entiendo. Lo que os preguntáis es cómo habiendo indias a tutiplén en Tlaxcala y fuera de ella a cual más hermosa y con más dote, ese pringado vino a escoger precisamente a la más jorobada. ¿Es eso?
    -Si preferís esa formulación, vuestra merced ha de saberlo mejor que nadie.
    -Pues misterio, misterio no hay ninguno. Todos los hombres son iguales, incluido Cuahuipil: disimularán, disimularán por no parecer superficiales, pero lo cierto es que a todos les pasa lo mismo, que no les gustan las mujeres lisas. Las prefieren con muchas curvas por todas partes, como yo.
    -¡Claro! ¡Qué inocente soy! Las curvas, claro, ¿qué hace una mujer sin curvas, sobre todo en la espalda? Tenía que ser eso.
    -De modo que no hay vale que valga. Mañana me dais un besito.
    -Eso de que vuestra merced no juegue es un fastidio. Si se jugase el besito vuestra merced, luego, si lo ganaba, lo disfrutaría mucho más.
    -Lo voy a disfrutar seguro sólo de ver la cara que pone que vuestra merced al dármelo.
    Algo oía Ahuitzotl de la conversación de las dos mujeres, porque él y Cuahuipil eran quienes más cerca estaban de ellas y, a tenor de lo que oía le preguntaba a Cuahuipil, que parecía sonriente y divertido:
    -¿Se llevan bien o se llevan mal?
    -Están jugando. Se han echado mucho de menos. Con todo el mundo no pueden hablar como a ellas les gusta.
    -Pero se están diciendo cosas tremendas, incluso de vuestra merced. ¿Qué van a decir de mí?
    -Pues lo más gordo que se les ocurra. Pero eso a lo mejor después, porque ahora están empezando la parte seria, en la que arreglan el mundo. Cuando se cansen de eso ya a lo mejor le toca a vuestra merced.
    -Pues conmigo sí que va a ser perder el tiempo, porque yo no tengo arreglo. Ni he viajado como vuestras mercedes, que saben tantísimo de todo.
    -No sé si ella arreglará algo a vuestra merced, pero a ella el incesto le ha sentado de maravilla. Nunca la he visto tan feliz.
    -¿De verdad?
    -A la vista está.
    -Y lo del juego con Marcos ¿van a jugar de dinero?
    -Claro que no. Será sólo cuestión de la honrilla. Marcos ahora juega bastante menos de lo que solía y hace mucho tiempo que no juega de dinero. No se preocupe vuestra merced. Seguro que son personas serias que no pondrían en peligro la economía familiar por una cabezonería.
    Las dos mujeres, en efecto, ahora arreglaban el mundo, pero con estudio y divagaciones previas, por supuesto, para que el arreglo fuera definitivo.
    -¡Qué extraño mundo! –Decía la Vacatecuhtli-. Crecí en uno en el que todo era fijo. Todo era de una manera, como había sido siempre, como sería después. Cada año tenía su sucesión de meses y fiestas, cada persona tenía su lugar y su oficio. De todo había certeza. Yo no necesitaba saber quiénes eran los tlaxcaltecas ni ninguna otra gente, sino como proveedores de cautivos o tributos. Y, muy poco después, estamos rodeados de monazos que antes ni siquiera sabíamos que existían. Y nada es igual a ayer o a mañana. Incluso hemos visto turcos. ¿Y qué prueba tengo yo de que eso es verdad? ¿De que no es una imaginación, de que no es todo una fantasmagoría? ¿No tiene vuestra merced la sensación de que el mundo es irreal?
    -Irreal seguro que es. Pero, puesto a doler, duele como si fuera verdad. Creo que se trata de eso. De irnos de la irrealidad contentos. Si nos gustara demasiado no querríamos irnos ni a tiros. Y como nos tenemos que ir, el que sea malucho evita que suframos por irnos. Y los cambios… siempre cambia todo. No conozco de ningún viejo que no piense que las cosas antes eran como se debía y que el mundo está haciendo cosas malas que no hacía cuando él era joven o niño y eso mucho antes de que llegaran los teules. Siempre lo que uno conoce de niño le parece que eso es lo que ha sido el mundo siempre y como se debe y que luego todo es cambio, pero es porque no lo hemos visto cambiar antes. Para nuestros hijos estas cosas nuevas que nos desorientan y muchas veces doblegan serán lo que debe ser, porque será lo que se encuentren y a lo que se habrán hecho sin sentir. Bien para ellos y mal para nosotros que cada vez viviremos en un mundo más extraño pero también tendremos siempre nuestro tesoro escondido, nuestro paraíso perdido al que querremos volver. Yo creo que es la manera en que Dios nos llama a Él, a los paraísos perdidos y a los que aún no se han encontrado pero que uno ha sospechado siempre.
    -¿Cree vuestra merced que de haber estado los indios unidos se hubiera evitado esto?
    -Recrearse en los “hubiera” son ganas de consumirse a lo tonto. Evitarlo lo intentamos tal como éramos y entendimos y hasta donde consideramos acertado. Los seres humanos no estamos pegados como una pelota de hule ni debemos estarlo. ¿Qué deber moral teníamos de estar unidos o separados? Ninguno. Éramos lo que éramos y así hemos de tomarnos y así nos ha querido la divinidad. Y debemos aceptar lo que ha venido y lo que vendrá y luchar por lo que entendamos ser justo, si unidos, unidos y, si separados, separados, cada uno según nuestro sentir. Todos venimos de Dios, no hay nadie que venga de otra parte. Y todos volveremos a Dios y no hay nadie que vaya a ir a otra parte. Los cristianos, estos cristianos que se han impuesto, nos hablan como si el mundo tuviera calles buenas y calles malas y ellos supieran mejor que nadie cual es la buena y como si la verdad estuviera en un arca guardada y viniera por genealogía a unos antes que a otros y como si sus mandamases hubieran recibido de Dios las llaves de la verdad o tuvieran un acceso a la divinidad que a otros no les puede llegar si no es a través de ellos, vamos, como si la fe no fuera la gracia de Dios sobre toda su creación, sino una exclusiva que alguien tuviera contratada y que luego puede distribuir como si tuviera un monopolio y que claro, debes agradecer porque son tan buenos que, en vez de quedársela para ellos solos, te la reparten generosamente. Ese es su error. Y nuestro acierto es precisamente lo que ha hecho que ahora ellos hayan impuesto su religión a una velocidad que hay que ver para creer. Nuestra mejor virtud era precisamente que éramos muy creyentes, tan dispuestos a cumplir los deseos divinos que, en cuanto nos ha parecido que Dios quería que cambiásemos, nos hemos apresurado a hacerlo, precisamente abrazando lo que se nos impone, porque creemos que eso es lo que debemos hacer como creyentes en la omnímoda autoridad y poder divinos. Lo que es es y no se discute. Y ahí estamos. Pero también por eso debemos dar gracias y querer que la divinidad nos lleve por donde ella quiera y no por donde digamos sus criaturas porque nosotros somos suyos, no ella es nuestra. Sólo será nuestra cuando hayamos renunciado a una existencia separada de ella y no seamos capaces de querer nada más que lo que ella quiera. Y nadie en este mundo tiene nada asegurado. Los cristianos tampoco. Todo tiene su día y su noche.

  10. #140
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    Hizo una pausa.
    -Y si es por los “hubiéramos”, pues no, no nos torturemos. Hubiéramos hecho lo que hubiéramos hecho, creo de verdad que nuestra prima Marzuqa tenía razón. No había vuelta atrás ni para los pobres cristianos nuevos ni para nosotros los indios ni para ningún disconforme. El agua siempre corre hasta igualar el nivel. Los del mundo de allende el mar no iban a permanecer por siempre allí como sujetos por un dique. No, no íbamos a permanecer por siempre aislados unos de otros. Como nos dice el honrado Alcorán, Dios nos ha hecho en distintas naciones para que nos conozcamos. Y eso no es para quedarnos en nuestro rincón. Es cierto que ahora, con la monserga de que hemos adorado a los demonios y demás falsedades o ignorancia nos podemos sentir como menesterosos, sin nada propio que dar al mundo y sólo como destinatarios de la bondad ajena y de las imposiciones y soberbia con que se acompaña. Pero eso no debe echarnos para atrás, sino hacernos más humanos, más luchadores. Tampoco hay que olvidar que llevábamos lastre. Había cosas que se habían salido de madre y bien mirado eran aberrantes y en eso hemos sido como todos los humanos: creyendo hacer bien o por causas más deleznables, nos desviamos, porque ése es nuestro destino, ir conociendo y equivocándonos.
    Guardó silencio Ilhuicáatl esperando que la Vacatecuhtli dijese algo. Como no lo hacía, siguió:
    -¡Bueno, contradígame en algo vuestra merced, que ya me estoy aburriendo de oírme a mí misma y, lo que es peor, voy a parecer un cura y las mujeres, como bien sabéis, no podemos ser curas que se nos quitan las curvas!
    -Ya os contradigo: Tiene razón vuestra merced y es manifiesto el designio del papado romano de evitar eso y mantenernos siempre bien jorobadas. Y sobre lo que ha dicho vuestra merced sobre lo pasado y lo presente, tiene razón y hemos de agradecer que tengamos un presente y hacerlo lo mejor posible, como ofrenda a la divinidad. Es el único sentido que puede tener el existir cuando está chingado.
    -Así es, “virgencita”. ¿Puedo yo también llamaros “virgencita”?
    El “virgencita” le valió a Ilhuicáatl un revés de la Vacatecuhtli.
    -¿Pero no estaba vuestra merced tocando la pandereta cuando mi patoso de hermano dijo eso?
    -No me creo que vuestra merced estuviera en la corte otomana y no aprendiera a leer los labios. Recuerde lo que le acabo de decir. Tenemos que conocernos unos a otros. También a los turcos –esto lo decía Ilhuicáatl con ese dulzura suya que sabía ella cómo sacaba de quicio a la Vacatecuhtli-.
    -¡Ya, ya! Al final me dan pena Marcos y Cuahuipil, tlaxcaltecas hasta en la sopa todos los días de su vida…. Demasiado hasta para los monazos.
    -Sucumben a nuestros encantos.
    -Ya. Cualquier día de estos llevará Tonatiu a los tlaxcaltecas a la Vieja España y, a golpe de encanto, la liberarán del flamenco, del emperador, del romano papa y del borgoñón. Y entonces ya podremos irnos a dormir tranquilos. Aunque la verdad, ahora que no está esto lleno de niños, es cuando mejor se está despierta.
    Era verdad, había silencio y, al fondo, la cumbre nevada del Matlalcueye invitaba a pensar, a ensoñar, a alabar a Aquel por Quien todo existe. A Cuahuipil la visita del Malinche y la risa que le provocaban las dos mujeres le habían traído a la mente el vivo recuerdo de Malinali. Aunque con el paso del tiempo ya no se sentía tan culpable y usurpador de vidas ante la muerte de seres admirados, eso no quitó a la profunda desolación que lo embargó cuando supo hacía un par de años de la muerte de aquella amiga tan querida. Confiaba en que donde Dios la hubiera acogido estuviese en el mayor gozo y fuese la estrella luminosa que él la había creído siempre. Ya no volvería a reír con ella en este mundo y se preguntaba, dónde habrían ido las risas, aquellas que ya nunca serían. Dime, mujer, cuando las risas se mueren ¿sabes tú donde van? Sin duda con ella ¡tan hermosa! Como bandada de pájaros igualmente hermosos… Risas aladas del Paraíso. ¡Ojalá todos los mortales las alcanzasen!
    Por fin se apagó el fuego. Sólo un gajo de luna velaba ahora sobre los celebrantes. Las dos mujeres dejaron la cerca para reunirse con los demás y otro tanto hicieron los encuentraniños. Rómulo el de las libretas, acorde con la noche, dijo:
    -Quisiera que esto que voy a recitar fuera un homenaje y plegaria a favor de mi dama Coyolxauqui, de todas las damas que no reciben el trato del que son dignas o que son humilladas y vejadas, de todas mis señoras aquí presentes; de todos los que están necesitados de consuelo, reparación y olvido y de alivio de las fatigas y trabajos de la vida; y de los amigos presentes y ausentes; y Dios quiera que la noche sea un cobijo de paz y bendiciones para todos los desamparados:

    Romance de sol y sombra

    Colibrí del lado izquierdo,
    no depongas aún las armas
    que viene Rómulo negro
    a pelear por su dama.

    Huitzilopochtli de oro
    contra tu hermana de plata
    no cantes tan pronto el triunfo
    que aún tengo yo la palabra.

    ¡A mí, resplandor del día!
    ¡A mí, luz que ciega y mata!
    Venid a encontrar mi sombra
    que mi sombra no se espanta.

    Colibrí del lado izquierdo
    que al corazón llamas casa,
    déjale sitio a la noche
    que va llegando enlutada,

    abandona el agasajo
    y los recreos de gala,
    que el día perdió su luz
    en el campo de batalla.

    La victoria se la lleva
    la diosa despedazada,
    la que luchó perdedora,
    la que vencerá matada.

    ¡Ven, mi diosa Coyolxauqui
    por el sol descuartizada,
    ven a los brazos oscuros
    de quien siempre te aguardaba!

    Ven a escuchar el silencio
    de la canción de las almas,
    y descansa en el olvido
    de tantas noches calladas.

    Así pues, rayos postreros,
    envainad esas espadas,
    vuestras linternas cegad
    los cuatrocientos huitznauas ,

    Y se tiendan las tinieblas,
    el dosel y las almohadas,
    que a morar entre las sombras
    ya llega la Desposada.

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