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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #121
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    Aparte de esos recuerdos compartidos con los amigos, también sobre otros temas más delicados tuvo largas y sosegadas conversaciones con su hermana mayor, que siempre lo había querido mucho y a la que se sentía muy unido.
    -¿Por qué te sientes tan mal, Shuyaira (Arbolito)? –le decía-. Madre no vivió menos porque te fueras. Ella estaba contenta de que te hubieras ido.
    -¿No me quería ver?
    -¡Mira que eres tonto! ¿Cómo no iba a querer verte si eras un sol? ¡Claro que te quería ver! Pero también quería que fueras libre. A nuestra madre lo que la mató, aparte de que padre no volviera, fue el verse convertida en proscrita. Fue como si en medio de la plaza la hubieran abofeteado y la hubieran llamado puta y le hubieran arrojado el dinero a la cara. Lo sintió como lo hemos sentido todos, pero madre más, porque creció en libertad. Nosotros no la hemos conocido. Ella sí. Y era muy recta y clara. Nunca había tenido que esconder nada ni esconderse de nada. El tener que disimular y mentir… no podía con ello. Y el bautizo… sabiendo que eso era algo serio y sagrado para los cristianos, teniendo ella que vivirlo como una mentira y siendo vecinos nuestros… se sentía encima tan mal por ellos… Es a lo que nos obligan esos tiranos malnacidos. Y eso que, ya ves, aquí la gente no es mala, pero de llevarlo bien no hay ninguna manera. Es eso lo que le acortó la vida y lo que nos quitó a nuestro padre, no nada que hayas hecho o dejado de hacer tú. Todo lo contrario. Madre siempre confió en ti y supo que eras bueno. Y cuando te fuiste porque quisiste, ella se alegró porque pensó que tal vez encontrases un lugar en el que no tuvieras que vivir esto. ¿Pero no recuerdas que nos bendijo a todos y que te bendijo a ti también?
    -Sí porque era muy buena.
    -Recuerda también que, antes de morirse, te dijo que te volvieras a ir, que siguieras tu camino, dondequiera que te llevara. Y cuando te fuiste con Marzuqa y os descasasteis y hablamos de ello en casa, no consintió que nadie dijera nada malo de ti ni de Marzuqa, dijo que confiaba en vosotros y que si lo habíais hecho así, por algo sería, y que estaba segura de que habíais obrado rectamente.
    -¿Dijo eso?
    -Eso dijo. Te bendijo y, si Dios quiere, sigue bendiciéndote y a todos nosotros. Nos apena mucho que te vayas, que siempre serás nuestro Sháyara, nuestro pequeño, pero has de seguir tu camino como tú lo veas. Eso sí, escríbenos, aunque tarde el correo.
    Se despidió en paz de su familia y convecinos, pero en el alma aún sentía el hoyo de Marzuqa, aquel en el que no la pudieron enterrar como Muslime con su marido. Alguien más, algo más, que se había ido para no volver.
    Y, finalmente, como quien cierra una herida o trata de acomodarse a ella porque es incurable, visitaron en Portugal a María Pacheco, cabeza de los comuneros de Toledo en ausencia de Padilla y después de que éste hubiera sido ajusticiado por los imperiales. Estaba exiliada y acogida a sagrado en el palacio arzobispal de Braga, del que no podía salir, ya que pendía sobre ella la orden de ajusticiamiento del Emperador, que cada mes o cada semana la reclamaba al rey de Portugal. Bastante hizo el Obispo que aguantó varios años el continuo apremio. Ajusticiar a María hubiera sido el broche de oro de la venganza del César y de su imperio indiscutido sobre las gentes. No precisaba sólo que se le obedeciera por derecho divino. También, por derecho divino, debían quedar como facinerosos quienes no acataran su delirio imperial. La pervivencia de Pacheco, aunque fuera en el exilio, recluida y enferma, era un ultraje a su soberbia, ultraje que no habría de perdonar el Emperador ni aun más allá de la muerte.
    A la Vacatecuhtli la impresionó la visita, por más que antes de hacerla no tuviera interés en ella e incluso, una vez allí, no le viera sentido. ¿Por qué habían ido a verla? ¿Qué había ya que decirse? Habían luchado, habían perdido, ya estaba todo dicho. A esta mujer, enferma desde hacía muchos años, lo único que le quedaba era apagarse y el único objeto que parecía tener ya su existencia era que fuera Dios quien la apagara y no el Emperador. Pero también eso le dio pie a hacerse preguntas: ¿qué significaba perder? ¿qué significaba vivir después de perder? Y se las respondió: Eso era, sí: Morir de pie y con la boca cerrada. Eso es lo que había después de perder y eso era lo que hacía la comunera, sin medios de vida, y habiendo perdido guerra, marido e hijo único e ignorada, como si fuera un borrón, por casi toda su familia, de la alta nobleza que, además, gozaba del favor del Emperador. De pie y con la boca cerrada por ser quien se es. De lo que aún no estaba segura Vacatecuhtli era de que fuera cierto lo que había dicho Ilhuicáatl en aquella visita: “Son muchos los proscritos, los perseguidos y los condenados a muerte tras nuestra guerra, y más los muertos en combate, pero no hemos luchado en vano y no sólo porque lo que aquí se pierde en el más allá se gana si la causa es justa, sino porque, de no haberlo hecho, todo sería peor”. ¿Era eso cierto? Eso era lo que decía creer Ilhuicáatl y lo que ella hubiera querido creer también pero, dado lo mal que había salido todo, le costaba imaginar que hubiera podido salir peor. Bendita Ilhuicáatl capaz de llegar a decir cosas como ésa.
    Y ahora ya estaba de vuelta en casa. Y qué extraño, se decía ella cuando todavía esperaba la llegada de Ahuitzotl, que una mexica pueda decir eso refiriéndose a Tlaxcala. Hace cuatro años no lo hubiera podido decir ni lo hubiera podido sentir así. Pero sí, allí estaba, con otros que también estaban de vuelta en casa.
    Pero también en Tlaxcala habían cambiado mucho las cosas. La Orden de las Hijas de la Sal seguía, pero diezmada por la viruela. Totonilama era la regidora y con ella había quedado Ilhuicáatl en reunirse en los próximos días. Aunque ya Teyohualminqui le había dicho que, si había fondos, no podían ser gran cosa porque con la epidemia se desembolsó mucho dinero a fin de socorrer a la población y ese aporte de la Orden había sido muy importante, conque, aunque sólo fuera por eso, aquella institución –por desgracia, antes de lo que previeron-, había justificado plenamente su existencia.
    En cuanto al padre Teyohualminqui, ahora también era padre, pero de otra clase. Había dejado el papado, se había casado con Coyol-limáquiz y tenían dos nenas. No necesitó esperar respuesta ninguna a aquel prolijo escrito en latín dirigido al Obispado de Santo Domingo pidiendo la homologación sacerdotal para saber que esa respuesta iba a ser negativa, cosa que no había comprobado porque, aunque creía que había recibido respuesta -porque algo recibió-, como estaba en latín, no sabía lo que decía y no se la quería enseñar a nadie que supiese latín aparte de a Marcos.
    Si él no se había olvidado de la carta, Marcos tampoco porque, cuando llegaron los cinco viajeros, dejaron acomodados y atendidos a los animales en manos de los macehuales nombrados para ello y pudieron por fin charlar, fue por esa respuesta por lo primero que preguntó.

  2. #122
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    31 dic, 11
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    Predeterminado

    -Padre, no me tenga sobre ascuas de lo que pasó con la probanza que pedimos a Santo Domingo. ¿Le contestaron?
    -Estaba esperando a que llegase vuestra merced para enterarme de lo que dicen. Aquí está lo que me mandaron.
    Leyó Marcos, a veces diciendo latinajos en voz alta y, cuando terminó, estampó el escrito encima de la mesa del comedor en torno a la que estaban reunidos.
    -¡Voto a tal, la Iglesia Caótica Catastrófica y Romana! ¡Tracas y cohetes deben de estar tirando en el infierno para festejar a estos demonios! ¿Sabe, reverendo padre, si hay algún sitio en que se hagan más penitencias y devociones que en estas Indias?
    -Ya sabes, amigo Marcos, que yo no he viajado y no conozco.
    -Yo os lo digo, padre: no lo hay y no lo ha habido nunca. Y ¡voto a tal! no soy tan crédulo que crea que lo vaya a haber después. Y estos demonios están perjudicándonos mucho a los que creemos en la Santa Madre Iglesia. Una madre no es una madrastra ni un morral de blasfemias, que es lo que tienen en la boca estos descreídos.
    -¿Quién es más madre la Santa Madre Iglesia o la Virgen María? –preguntó Xiloxóchitl.
    -¡Voto a la salmuera, no lo sé! Nunca se me ha ocurrido averiguarlo. ¡A lo mejor se turnan! -¡Vaya si estaba enojado el Marcos Bey!
    -¿O a lo mejor cada cual se pide la que quiera según se tenga el día? ¿Podría ser? –siguió indagando Xiloxóchitl
    -Habrá que averiguarlo porque yo no lo sé. A mí nunca se me han peleado. ¡Pero estos obispos son una abominación de los avernos! ¿Cómo se puede desperdiciar así la santidad de los indios? ¿Qué va a ser de los demás? Voy a escribir y voy a preguntar lo de las madres, a ver qué blasfemia se inventan esta vez. Y voy a protestar e impugnar este desafuero que os han contestado.
    -Marcos, hijito, no os llevéis por mí ningún berrinche ni hagáis nada. Yo me he quitado de papa y ya no me voy a meter a cura. Dios amantísimo sin duda sabe que sois un buen cristiano y que a estos pinches botarates de Santo Domingo les dan clases de blasfemar para decir la misa. Pero olvidemos ya este desagrado y hablemos de otra cosa, que tenéis muchísimo que contar.
    Él también tenía mucho que contar. Desde que se fueron los otros él también había visto y oído lo suficiente como para saber que había sonado la hora final de la religión de los chichimecas, lo que le rompía el corazón hasta un punto difícil de describir. Era consciente de todos los errores en que se había ido incurriendo con el paso del tiempo, de los abusos, como los sacrificios humanos, pero también estaba convencido de sus virtudes, de la verdad última de amor divino y esperanza que encerraba. Él no se veía soltando camelos en latín sobre algo que no sentía y diciendo a su gente beaterías a troche y moche. Y la religión sin sinceridad es la peor de las mentiras, es el pudrimiento del alma humana. En vista de eso y viendo que la generosidad divina le había puesto delante a una magnífica mujer, con un magnífico oficio que permitía llegar fácilmente a la gente, decidió sumergirse en la vida profana y seguir haciendo lo que había hecho siempre por vocación: servir; servir a la cocinera jefe; servir a la gente, preocuparse de su vida, sus sentimientos, su bienestar, ahora también de sus comidas… Así pues, para gran consternación de ellos, anunció a sus feligreses que podrían contar con él igual que antes, nada más que con atavío de papa mesonero, porque la divina sabiduría había decretado para el mundo un cambio de rumbo y maneras. Ahora la comunión se daría en las posadas y mesones, por lo menos en los suyos, y la oscuridad sería también de otro modo. La oscuridad, congruentemente, dejaría de verse. Habría que ser conscientes de que estaba ahí, aunque no se viera. Así lo quería la divinidad. De manera que colgó los hábitos voluntariamente antes de que vinieran a obligarlo o a hacerle la vida imposible acusándolo de honrar al demonio o haciéndole confesar que la única verdad se fabricaba en Roma. Se casó con la cocinera y, con lo que pudo aportar cada cual y con la participación como socio del calpulli, o comunidad, que ponía el terreno donde estaba el templo de los señores del Mictlán y los locales de éste, abrieron la Posada de Santiago del Conejo, en cuya cocina gobernaba Coyol-limáquiz. Los hijos de ella que sobrevivieron a la viruela vinieron a trabajar y el negocio iba muy bien. Siempre tenían el comedor lleno y las recámaras ocupadas. Y bajo tierra, sepultadas, las imágenes de los señores del Mictlán, ya verdaderamente a oscuras.
    De Teyohualminqui podía decirse, pues, que había sido fraile, o papa, antes que cocinero. Bueno, más bien pinche que cocinero, porque en cuestión de calderos estaba un poquito verde, o sea que dejémoslo en pinche cocinero.
    El pinche cocinero, pues, después de explicar eso, escuchó conmovido el relato que le hicieron Ilhuicáatl y Cuahuipil de por qué habían resuelto volver a Tlaxcala. Decían que fue una corazonada. Contaron su peregrinación a La Meca, hablaron de la Caaba, cubierta enteramente por el lienzo negro -la kiswa–, su piedra también negra y las vueltas en su torno y, cómo estando en ello se acordaron de él, de su tío, que hablaba de tinieblas y negrura como bendiciones, y del cabello enroscado de los señores del Mictlán, que acogen a los que salen de esta vida en la amante oscuridad. Y sintieron allí, con aquel presente que vivían y aquellos recuerdos, que lo mismo que llega el día, llega también la noche, y la luz se va, y queda sólo el corazón humano en el cobijo de profunda oscuridad de la Piedad Divina, sin nada que lo distraiga ni disipe, apagando ruidos y relumbrones. Así se irían las luces de los muslimes españoles y de los chichimecas para pasar al amparo de la oscuridad del Todopiadoso. Y en ese cobijo estarían hasta que Dios quisiera. “Pues tan bendito es Dios cuando anochece y cuando amanece y a Él son los loores en los cielos y en la tierra, cuando cae la tarde y al entrar en el mediodía. Saca Él a lo vivo de lo muerto y a lo muerto de lo vivo, hace revivir la tierra después de muerta, y así mismo os sacará.” Esta narración caló mucho en Teyohualminqui, que agradeció emocionado la benevolencia divina al traerle de vuelta a estos seres tan buenos y queridos con su mensaje de sosiego y divina piedad.
    El expapa, a su vez, evocó los últimos tiempos de su parroquia, empezando por aquel día en que, después de que el grupo se separara en las fuentes, llegaron ellos a las cabeceras de Tlaxcala; cómo, una vez entregadas las cartas en el real cristiano y en la capitanía de Xiloxóchitl, los cuatro, él, Coyol-limáquiz, Coyolxauqui y Rómulo, se habían dirigido al templo de los señores del Mictlan y cómo allí le esperaba un feligrés.
    Él siempre había estado pendiente de los viejos, los enfermos, la gente doblegada por las amarguras cotidianas. Quería a la gente y la quería hasta cuando, habiendo apurado todos sus medios de convicción de lo contrario, le insistían en que querían sacrificarse a los señores de la oscuridad. Se trataba de viejos que acudían por propia resolución a encerrarse en una gruta, que era parte del templo, y allí se quedaban cerrados hasta morir de hambre. Cuando a Teyohualminqui le venía alguno con ese propósito, como era de rigor, se vestía con todo esmero los atavíos del dios para recibir al postulante y, luego, con las variantes del caso, el diálogo se desarrollaba casi siempre con parecido resultado al de esa última ocasión:

  3. #123
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    31 dic, 11
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    -¡Claro hijito! Muy santo propósito. Alegra el corazón ver el amor divino que te llena el alma. En cuanto tengas edad, haremos todo el ritual en honor de nuestros señores misericordiosísimos y te ofreceremos. Puedes empezar ya a prepararte purificándote para que cuando llegue el momento todo tenga la mayor solemnidad.
    -Pero ya soy viejo, padre. Acabo de cumplir los cincuenta y dos años. Ya he cumplido la edad para sacrificarme a los señores del infierno y he estado esperando este momento toda mi vida.
    -No podéis tener esa edad. ¿Estáis seguro?
    -Sí, padre.
    -Nadie lo diría, hijito mío. Yo no os echaba más allá de diecisiete años. Tenéis que explicarme a ver cómo conseguís esa lozanía tan vigorosa. Es sin duda la virtud con la que vivís la que os hace parecer tan rozagante. Vuestra consorte debe de estar en la gloria.
    -Ella también es muy devota de nuestros señores Mictecacihuatl y Mictlantecuhtli y me ha animado mucho.
    -Y ¿no querrá ella sacrificarse también?
    -Aún no tiene edad.
    -¡Pero qué bonito sería que os sacrificaseis los dos juntos! ¿no crees, hijo? Yo no sabría imaginarme nada más apropiado para honrar a nuestros señores. A ver si os parece bien: yo os apunto a los dos para sacrificaros juntitos cuando también esté en condiciones tu digna consorte, y así, hijo, vos tendréis tiempo de parecer un poco mayor. Desde luego, nuestros señores divinos, que ven los corazones, saben que lo tenéis muy viejo y lo aceptarán con ese amor que nos tienen, pero no hay que olvidar que la religión es cosa de todos y que convendría que también los fieles os vieran ancianito, que no pareciera que se metía en la gruta a un muchachillo ¿eh? ¿qué decís?
    -Pero a mí no me parece que tenga un aire tan joven, padre.
    Teyohualminqui hizo un ademán como diciendo "No sé que sería si lo llegáis a tener" y el viejo dio a entender también con el gesto que sin duda lo que el papa proponía era lo mejor y luego añadió:
    -Padre, si el buen padre me permite una pregunta, quisiera saber si ese señor castilleca del que todo lo que se ve es negro ha venido con vuestra paternidad a ofrendar su pelo.
    -Eso quisiera yo, hijito, y en eso estoy. Pero va a haber que hacer una campaña muy sutil para convencerlo. Ellos tienen sus dioses por otra manera que nosotros. Puede decirse que es todo igual, pero distinto, y no le dan importancia al cabello. Sin embargo, con el favor de nuestros señores de los infiernos, a lo mejor para cuando os metáis en la grutita, tenemos una ofrenda de los cabellos de este castilleca. Yo me voy a emplear en ello. ¿Os hace, hijito?
    El anciano, emocionado de que sus señores los dioses lo fueran a admitir al sacrificio y por el anuncio -quizás, quizás, pero casi seguro-, de la ofrenda de pelo hecho por el propio papa con sus atavíos, que no podía mentir, se retiró paso a paso y sin volver la espalda, sin habla casi a causa de la emoción y recreándose de antemano en lo que diría su mujer cuando le contase cómo le había ido.
    Y Teyohualminqui, ¿por qué tuvo que decirle al viejo que aparentaba diecisiete años si era mentira? Y ¿qué porvenir le esperaba a la religión de los indios cuando hasta un papa se permitía decir embustes de ese calibre con tal desparpajo? A ver si iban a tener razón los mexica, que andaban propalando por ahí que, como los tlaxcaltecas eran mancebas de los cristianos, imitaban a éstos servilmente y ya no querían sacrificar y por eso este deshonroso papa le había dicho al viejo lo que le había dicho, para darle largas y más largas y al final no sacrificarlo. Pero eso, claro, era vil infundio, porque las largas pueden darse por muchos motivos y no solo por imitar a los cristianos. Y eso de que Teyohualminqui estaba en contra de los sacrificios humanos vamos a dejarlo. Era de los inhumanos de los que estaba en contra, que hay que saber distinguir. A algunos sí los había admitido al sacrificio, primero porque no se podía negar a todo siempre y, si el interesado no se dejaba convencer de lo contrario, no se le podía despojar de su derecho a sacrificarse; pero, sobre todo, cuando las personas estaban con un padecer insufrible, solas o sin familia, sopesaba todo eso y entonces sí los admitía y trataba de contribuir a que los últimos tiempos del sacrificado tuvieran la sublimidad y sinceridad que hacen que el sufrir se viva como algo lleno de sentido. Si se sufre y muere por amor divino no se muere solo, mientras que el sufrimiento sin alivio y sin objeto puede sumir en la soledad y la desesperación. Cuando se trataba en cambio de personas con familia, que aún eran útiles y capaces de servir a los demás, con su cariño o su experiencia o su mera presencia, sí trataba de disuadirlos y lo solía conseguir, porque sabía dar razones y convencer. Morir, morimos todos y preciso es que el morir tenga significado, lo mismo que el vivir y no se pierda la conciencia de que ambas cosas son gracia divina.

  4. #124
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    Ese día, una vez atendido aquel viejo, Teyohualminqui, que además de mentirosillo se conmovía con facilidad, se quedó, como tantas veces, secándose las lagrimitas que le arrancó la escena.
    -Pues, como habréis podido comprobar, hijitos míos, -siguió diciendo a sus sobrinos y amigos- Tlaxcala se ha quedado esquelética. La epidemia del año que os fuisteis se llevó casi a la mitad de la gente. Fue indescriptible. No dábamos abasto a enterrar y a cuidar. Jamás habíamos conocido una calamidad semejante. Y, luego, pues muchos tlaxcaltecas han salido fuera, con Tonatiu, a Guatemala. Con los 62 años de bloqueo, parece que las ganas de salir y ver mundo se habían acumulado y ha sido la estampida. El quedarnos nosotros ha sido el acto más patriótico que hayamos hecho nunca.
    -¿Y qué ha sido de nuestra Coyolxauqui? Por carta has sido tan parco, tío, que lo único que se nos ocurre adivinar es que sigue viva –dijo Cuahuipil.
    -Sigue viva, sí. Pasó la viruela, pobre hija. Rómulo, a cuenta de preguntarle cosas sobre Nuestra Abuela y otros dioses y con lo del pelo, parece que se aficionó a ella y se han casado. Están en México, que ya no es Tenochtitlán, sino México. Vienen a Tlaxcala una o dos veces al año. Y en cuanto a sentirse tan fuera de lugar, pues cada vez que han venido la hemos visto más confiada. Rómulo le ha enseñado mucho y siempre se desvive por ella. Ahora lee y escribe, castellano, claro, porque Rómulo y bien que le pesa, en náhuatl no da una. Aún parece algo cohibida, pero nada que ver con como la conocimos. Nos sentimos orgullosísimos de haber hecho de casamenteros en este matrimonio. Y Rómulo en todo ha sido un amor. ¿Os he dicho ya que donó el pelo para los señores del Mictlan?
    -¿Y el pelo por qué tiene que ser de Rómulo? ¿No vale cualquiera? –preguntó Marcos.
    -En última instancia, si no hay otra cosa, valdría cualquiera. Siempre lo hemos hecho con pelos lacios, que de esos nos sobran a todos, y los encrespábamos, pero, claro, se desencrespaban en seguida y no son auténticos. Con el pelo de la mayoría de las imágenes, no hay problema, pero con el de nuestros señores del Mictlan, como tiene que ser negro, negro y crespo, crespo, pues es otra historia. Esos cabellos son el símbolo de la oscuridad absoluta, el amparo divino absoluto. En nuestros ritos, esos rasgos físicos con que representamos las distintas manifestaciones de la divinidad es como si fueran la escritura de un libro. El pelo y cada detalle y rasgo dice cosas, tiene significado. Por cierto, ahora me da risa, porque ya ha pasado, pero ¡qué vergüenza pasé! Cuando, después de hablar con el viejo, estuve un rato a solas con Rómulo, le palpé el cabello y le dije que qué magnifico pelo tenía y, estaba yo tan embobado mirándolo, que el hombre se alarmó y me dio un manotazo para que le quitara la mano del pelo, y me dijo: “Padre, teneos, que yo soy muy hombre y no quiero faltaros” –y esto lo dijo Teyohualminqui serio y engolando la voz, imitando se supone que a Rómulo en aquel trance.
    Todos se rieron a carcajadas.
    -Desde luego yo no tenía que haberle tocado el pelo, pero la codicia me empujó y perdí la noción y tampoco tuve la sensación de haber hecho nada extraño. Entonces, al decirme eso, se me debió de quedar cara de pasmado hasta que caí en la cuenta de lo que se había temido. Y cuando, entre Coyol-limáquiz, Coyolxauqui y yo le explicamos el porqué de fijarnos en su cabellera, fue un encanto. También, todo hay que decirlo, se sintió en evidencia de haber pensado de mí lo que no era y se le veía apuradísimo y sin saber cómo arreglarlo, en tanto que a mí casi me mataba la risa. En cualquier caso no nos habló ni de que si ídolos ni de que si los demonios ni todo eso que suelen soltar los cristianos ni nos echó ningún sermón. Todo lo contrario, se interesó por los ritos y nos ofreció todo el pelo que quisiéramos. Se lo cortó Coyolxauqui y, entre los cuatro, y el viejito que lo vio cuando se ofreció al sacrificio y su mujer, que estaban que no cabían en sí de gozo por tan gran honor, pues le pusimos el pelo a nuestros señores. Y con ese pelo los enterramos cuando cerramos el templo. Pero ¡hale! No hay que ponerse tristes. Esos son símbolos que nos recuerdan nuestra deuda con nuestros Dueños piadosísimos, pero la deuda sigue ahí y el Dueño de todo también.
    -¿Y venís a quedaros de refuerzo en Tlaxcala o pensáis iros otra vez? –preguntó Coyol-limáquiz-. Aunque si habéis traído los toros, tendréis que quedaros al menos hasta que alguien aprenda cómo hacer con ellos.
    -Nos quedamos, por lo menos en lo inmediato –dijo Ilhuicáatl-. Creo que hasta aquí hemos hecho ya la parte que podíamos de combate por la justicia y ahora lo que se impone es velar por lo que queda y seguir adelante. Oncan tonaz oncan tlauiz.
    -Así sea. Así sea.
    -Aunque alguna vez, no sé Marcos, pero yo sí querría volver a mi tierra y ver a mí familia. Tengo sobrinitos que, si no, no veré crecer –dijo Cuahuipil-. Es algo que me duele porque veo que no va a ir a mejor, pero también le tengo cariño. Es lo que he conocido de niño, lo que aprendí a querer.
    -Si Dios quiere, lo haremos, nocuahuipiltzin –confirmó Ilhuicáatl, estrujándole las manos.
    Todos se apuntaron, aunque pasaría tiempo. El largo viaje del que acababan de volver había sido pleno e intenso hasta el final y allí siguieron ese día y los sucesivos rememorando y comentando y haciéndose sus reflexiones, algunas compartidas y otras para el fuero interno de cada uno, dispuestos en efecto a seguir siempre adelante.

  5. #125
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    Predeterminado Capítulo XXXIII: Secretos de estado (civil, se entiende)

    También Xiloxóchitl estaba, pues, de vuelta. Sí, ya estaba de vuelta en casa, pero ¿era de verdad el mismo joven que había vivido en Tlaxcala hacía unos años, antes de que supieran siquiera que existían personas como los teules?
    No. No era el mismo. Recordaba que, hasta el momento preciso en que se libró de “la nube”, había estado sujeto al mundo de la obsesión. Había vivido un infierno de disimulo, de una disciplina extenuante que a él, que siempre había sido dado a los ensueños, le impedía hasta soñar, soñar con lo que más quería y deseaba, porque soñar ese sueño hasta el final podría ser irreversible y destructor, o tal vez lo contrario, pero era un paso que solo podría dar una vez. Desde aquel día, sin embargo, era otro. Dejó de preocuparle todo. Aunque por temperamento siempre estaba pendiente de cada cosa y seguía siendo el hombre detallista y atento de antaño, eso ya lo vivía sin angustia.
    Y como bien dijo su tío, también Tlaxcala había cambiado. Como de la noche al día. Pero, debido a su propio cambio, se diría que era incapaz de acusar lo drástico del cambio en lo que lo rodeaba. Tantas cosas van ligadas a las personas que conocemos y a sus costumbres que el mero hecho de que tantísima gente hubiera muerto con las epidemias y de que mucha otra hubiera salido de Tlaxcala hacía que fuera casi un lugar distinto de aquel del que salió años atrás. Y, claro, aparte de eso, más cosas habían cambiado. Adiós multitudinarias y variadas fiestas religiosas y romerías a lo largo del año aunque hubieran sido sólo para los supervivientes. Los frailes tratarían de sustituirlas por otras equivalentes a marchas forzadas pero aún no habían tenido tiempo y de todas formas para él no serían iguales. De momento era a un mundo extraño al que había regresado. Y también había regresado a un Xiloxóchitl distinto. El de otro tiempo ya no existía. Ya no era aquel joven lleno de esperanzas e ilusiones mucho mayores que sus expectativas. En lo que se había convertido jamás lo hubiera imaginado. Siempre había sido persona franca y expansiva y, en gran medida, lo seguía siendo pero, entre la necesidad de ocultamiento de los años anteriores y el secreto presente, se veía obligado a hacer compartimentos en esa franqueza y expansión. En compensación, el secreto lo unía aún más a la persona con quien lo compartía, haciéndolos también a ambos más indisolublemente socios y compañeros. No importaba que tuvieran que guardar distancias delante de la gente porque mentalmente era como si se tocaran. Después de haber vivido con algo que ocultar que era un tormento, ahora tenía algo que ocultar que, aunque debía andar con cuidado para no meter la pata, ni lo avergonzaba ni lo angustiaba, sino que le hacía disfrutar con la anticipación del siguiente momento de intimidad y sentir el gozo de un tesoro escondido del que no podía hablar a nadie, sólo a una persona. Era muy contradictorio para él, dado a compartirlo todo y que, de hecho, compartía todo, pero sólo con esa persona. Por lo demás, la pregunta que se hizo cuando salieron de Santa Teodora de si Marcos se entendería bien con él estaba respondida. Se entendían perfectamente. Delante de todos se seguían tratando de vuestra merced y como comilitones, cosa que a él, aun pareciéndole rarísima, no lo incomodaba. Había disfrute en los gestos o palabras más anodinos para esconder en ellos su propia expresión dirigida al otro, como si fuera un juego de habilidad en el que, aun sin ser conscientes de ello, trataran, de sobrepasarse a sí mismos.
    Marcos -le parecía mentira- lo admiraba. Nunca nadie le había dicho tantas cosas encomiosas cada día. Eso no era nuevo. Antes también se las decía, pero, claro, no en la intimidad y, según había creído él, como hubiera podido decírselas a cualquiera. Ahora sabía que, aunque Marcos era como era con todo el mundo y decía lo que sentía espontáneamente incluidas las palabras más encomiosas también a todo el mundo, ciertas cosas no se las decía a cualquiera, no las cosas que le decía a él. Para Marcos, él hacía todo bien, nadie lo hacía mejor. No había cualidad que él no tuviera. Pensaba en otros hombres casados y las cosas que les decían sus mujeres y él salía ganando de manera abrumadora. No que él no pudiera vivir sin elogios, pero no era el elogio en sí lo que apreciaba sino la sencillez, la desnudez de todo artificio con que le salían a Marcos estas expresiones entusiastas en cuanto a su persona. Claro que también le salían otras cosas con la misma espontaneidad, como aquellas que hizo el primer día que salieron juntos por Tenochtitlán, pero ahora esas cosas él las veía venir, lo mismo que el campesino que sabe el tiempo que va a hacer y, sobre todo, que Marcos, lo mismo que él, era una persona con la que se podía hablar y tratar de cualquier cosa sin temor a herir susceptibilidades, con lo cual, si alguna desgracia les caía encima tenía que ser exterior a ellos, como enfermedades o catástrofes, ya que de ellos mismos poco tenían que temer.
    Tal vez por todo eso, Xiloxóchitl era ahora más religioso y creyente que nunca, aunque habiendo desaparecido los rituales antiguos y habiendo prescindido casi por entero del ritual desde que salió de la Nueva España, ahora era también menos dado que nunca a ritos y formalidades. No le interesaban. Se le asemejaban demasiado a ocasiones sociales que no propiciaban el recogimiento. En lo único en lo que participaba en privado era en las reuniones que seguía organizando Ilhuicáatl como cuando estaban en Uskudar, en las que él no veía un rito sino una expresión espontánea y sincera. Aparte de eso prefería unirse a las plegarias o expresiones de fe que surgieran asimismo espontáneamente, aunque consistieran en una sola palabra e incluso una mirada. La comunión antigua, aunque en su concepto abstracto le era afín, pensando en los sacrificados ahora ya casi lo horrorizaba, mientras que la comunión cristiana le parecía un aguachirle que no le añadía ni enseñaba nada y en la que aparte de eso no podía creer sino como algo estrictamente simbólico que no tenía por qué ir ligado a un sacerdote ni a una ceremonia que le parecía, si se pensaba bien, no menos truculenta que cualquier sacrificio humano, pero al no serlo de verdad, teatral. En cambio, más adelante, cuando la casa se llenó de niños, le conmovía lo indecible ver comer a las criaturitas, como si los bocados que daban fueran cada uno un milagro. No veía que comunión ritual alguna superase eso y además que, si la comunión no se sentía compartiendo cualquier comida, e incluso comiendo aun estando a solas, holgaba meterse en una iglesia o fijar una hora y lugar para sentir algo especial. Cualquier alimento es divino, hasta el aire que nos entra es divino. Y en cuanto a sacrificios, temía que las epidemias o cualquier otra cosa se llevaran a alguna de las criaturitas o de los adultos de la casa pero, si eso llegara a suceder, eso sí que lo iba a ver como sacrifico humano y a aceptarlo, confiaba que con devoción, de grado, por amor y con reconocimiento a Quien nos ha dado el ser y nos quiere tanto como para volvernos a recoger.
    Estaba también el laúd. Aquella primera vez que lo tocó para dar gracias a Camaxtli, nombre de Dios y mensajero suyo, hizo que para él el instrumento y el agradecimiento a la divinidad estuvieran inseparablemente ligados, como si el laúd fuera un instrumento sagrado que no pudiera emplearse para algo ajeno al recuerdo divino, exactamente, razonaba, como todo lo que existe, que nunca debiera desligarse de la divinidad, porque existe por la divinidad y para volver a ella. El sentimiento de gratitud a veces lo movía a las lágrimas. Agradecía que los dioses hubieran creado a un ser como Marcos para ser su compañero y agradecía sobre todo que se le hubieran dado fuerzas para superar la nube sin traicionarse, algo que seguía pareciéndole increíble y sólo recordar el sufrimiento de esa época le producía agotamiento instantáneo. Todas las demás cosas que había en su vida las agradecía igualmente porque estaba conforme con todo y todo le parecía bien. Gracias, Camaxtli, que me hiciste perseverar, gracias Todopoderoso que me guardaste del mal y de engañarme a mí mismo.
    Se había convertido, en efecto, en un virtuoso del laúd. Los chispazos de éxito popular que conoció con Los últimos teules vivos volvió a vivirlos en la posada de Santiago del Conejo que, a su vez, adquirió un atractivo más para viajeros y lugareños. Además de eso, recibía frecuentes invitaciones de lo más destacado de la sociedad tlaxcalteca, que él aceptaba con mesura, porque si bien no quería dejar de tener un buen trato con la clase dirigente por la influencia que podría procurarle y que se proponía ejercer en la medida que alcanzara en bien de la república y de sus gentes, tampoco quería verse copado por una audiencia exclusiva.

  6. #126
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    Se acordaba a menudo de Coyolxauqui, la ex ramera. Se alegraba de que esa mujer hubiera encontrado su lugar en la vida y se preguntaba por qué la joven le había acaparado hasta ese punto el pensamiento en tan sólo dos días de haberla tratado cuando el grupo se dirigía a Tlaxcala, a no ser que fuera porque le recordaba tanto a sí mismo en un momento de particular agudeza de su conflicto. Un día queda uno atrapado en un mal sueño y se le destroza la vida. Todavía guardaba el poema que le escribió sin tener jamás el propósito de enseñárselo a nadie y menos a ella. Era una queja que en su día le dio fuerzas y convicción. Recientemente, hasta le había puesto música con la intención de cantarlo en público, pero siempre terminaba desechando la idea. ¿Era quizás demasiado íntimo? Pero, por otra parte, por muy íntimo que fuese, el oficio de ramera en sí es bastante público. Y el menester de éstas, para él, pobres mujeres era algo que lo desazonaba sin remedio. No dudaba de que la prostitución, como los asesinatos o los robos, seguramente los habría siempre en las sociedades humanas. Pero, mientras que a nadie se le ocurría dejar de perseguir el asesinato y el robo, la prostitución se daba por descontada y se daba por descontado que nadie haría nada para luchar contra ella.
    Pareciera que al mismo tiempo que se consideraba mala, la ramería se consideraba “sagrada”, o sea, necesaria. Pero si era así ¿por qué no se veneraba a quienes se dedicaban a ella y por qué era algo que finalmente se hacía más o menos a escondidas? Nadie anunciaba a sus amigos y allegados con alegría “¡os voy a presentar a una grandísima p…!”. Eran como los excusados. Que existan, pero que no se dejen ver, pues, nada más que cuando se las necesita. ¿Era justificable semejante doblez? ¿Es que puede cogerse a un número de seres humanos y dedicarlos a ser basurero? Pero lo dicho, que nadie se avergüenza de presentar y saludar en cualquier parte a un carpintero o a un trapero, pero nadie haría eso con una ramera. Y Coyolxauqui había escapado, pero otras seguían y seguirían. Inútil conversar sobre esto con cualquiera que no fuesen los de casa. No, no lo admitía. Es decir, asumía que era así y que probablemente sería siempre así pero lo que no podía admitir era que eso pudiera dejar indiferente y que se diera por descontado sin reconocer que era algo contra lo que había que luchar, como se lucha contra el contra el asesinato o el robo. No podía admitir que eso fuera parte del orden moral de las cosas. Es como si, de antemano, se decidiera que hay personas desechables, vertederos humanos. No, no estaba de acuerdo, y menos todavía con la idea de que en realidad ellas eran felices así y que era un trabajo como otro cualquiera. Veía eso como hipócritamente cómodo. Si tan necesarias eran ¿dónde estaba el homenaje y acato de la sociedad por su valiosísima labor? En ninguna parte. En cambio, sí el desprecio. Pero entonces ¿por qué no se decidía a cantar el poema? ¿Sería el temor de que si enarbolaba esa bandera, iba a perder el favor de los públicos de que gozaba ahora y, por consiguiente, la influencia? o quizás, si era más hipócrita de lo que se consideraba a sí mismo ¿por pura vanidad? Claro, que por otra parte, si perdía influencia, también la perdería para hacer el bien que podía hacer y entonces no habría defendido ni una cosa ni otra. Los vaivenes de la opinión pueden ser feroces y despedazar a quienes antes encumbraron. No, no sabía si terminaría cantándolo en público, pero de vez en cuando sí lo releía y cantaba a solas, reviviendo aquel tiempo en que se sintió tan necesitado de redención.
    No sospeches que a ti sucio me atrevo
    por entender que a ti
    lo sucio te conviene.
    He venido por ver cómo eres cieno
    y, aun siéndolo, el cieno no te tiene.

    No te doy por el cuerpo yo caudales
    ni es esa la medida
    o el precio de mi alma.
    Es voluntad que ofrezco muy sentida,
    abrazo esperanzado a tu esperanza.

    ¿En qué calles quedaron, pobre niña,
    tus pisadas de aire,
    tu voz de mariposa?
    ¿En qué sordo tapial, sellada losa,
    se acalló tu corriente cristalina?

    ¿Qué risas cercenaste, pequeñuela,
    tantos años acedos
    de trajín sudoroso?
    ¿Qué riada ha convertido en sumidero
    tu huerto recogido y oloroso?

    ¿En qué oriente de plomo se quedaron
    los rayos de tu sol,
    tus alados ensueños?
    ¿Qué vendaval de lodo oscureció
    tu vivo manantial de tierno empeño?

    Como náufraga nave que reclama
    auxilio del ahogado,
    Mi alma a ti se vuelve
    Por que seas la hermana que me salva
    y no sea el hermano que te pierde.

    La santa voluntad así nos quiso,
    Sembrando en el camino
    Inmundicia y dureza,
    Dos gotas del caudal de lo divino,
    Sacrificio en el altar de Su pureza

    Ella y Quizziquaztin le traían al presente ese pasado que fue como un relámpago y que ya nunca existiría. Era como si esas dos personas llenaran el espacio que debiera haber llenado en su memoria colectiva la estancia en el corazón del imperio ahora caído y la gente mexica de entonces y que lo acompañaran con la mácula y desgaste que acompaña a toda vida.
    No menos importante y constante era la pregunta que se hacía de cuál debía ser su papel en este mundo nuevamente imperial. Fuera de los ensueños, si se es hombre, hay que luchar. ¿Cuál era su lucha, pues, en este momento? ¿Estaba haciendo lo que debía o sencillamente, una vez resueltos sus conflictos personales, de hecho lo que hacía era acomodarse y engañarse a sí mismo con que hacía lo que podía hacer? ¿No debería ahora mover al alzamiento contra el césar y luchar por la instauración de los ideales de libertad e igualdad como habían hecho los comuneros? Lo que no dejaba de ser curioso era que en la familia todos pensaban que era eso lo que se debería hacer pero había algo, como una falta de fuerza colectiva para emprenderlo, como el que lucha en la corriente y nada y resiste un buen rato y, al final, ya, aun sabiendo que debiera seguir nadando, sencillamente no encuentra fuerzas o manera y, en lugar de frustrarse yendo contra la corriente sólo para sufrir y hundirse, trata de sobrevivir dejando que ésta lo arrastre. ¿Era eso lo que tenían en contra quienes pensaban como él, una corriente irresistible? Tal vez era eso y sí que hacía precisamente lo que podía hacer y daba el testimonio que podía dar.
    Como fuera, Marcos y él saldrían mañana en busca de la primera cueva de Chicomoztoc. Su hermana pronto le daría un sobrinito y le sabía mal dejarla a ella y a Cuahuipil con todo el trabajo de la ganadería, que era mucho, aunque ya estaba bien encarrilado. Pero tampoco podía evitarlo. Ni ella ni él le habían puesto mala cara, todo lo contrario, les habían dicho que se fuesen tranquilos que entre la familia y los macehuales darían abasto. Y sí parecían decirlo con convencimiento.
    Ya de vuelta con Marcos de las cuevas y de recoger pobres niños abandonados, Xiloxóchitl volvería también a preguntarse lo mismo que se preguntaba ahora. Él era así. Marcos en cambio no se preguntaba prácticamente nada. En aquel consorcio Marcos era la saeta y Xiloxóchitl el arco y quien disparaba, en eso sin duda confiaban ambos, era Dios, la divina piedad que todo lo envuelve y en todo vive y a quien Xiloxóchitl, una vez de regreso de la cueva, seguiría dando gracias, sobre todo, cuando veía a Marcos, con esa expresión concentrada de jugador empedernido que le era propia, escrutar con la mirada a la criatura recién nacida con la que habían vuelto, para terminar exclamando:
    -¡Esta criatura es increíble lo completísima que está! ¡¿Cómo puede salir tan bien?! ¡Voto a tal, Xiloxóchitl, que no hay quien os supere encontrando criaturas! ¡Jamás recurriré a nadie que no seáis vos para ese menester en todo el orbe! ¡Fijaos qué bien puestecito tiene todo!
    ¿Qué podía decir a eso Xiloxóchitl? Pues nada, seguir siendo agradecido y tañendo el laúd aun a riesgo de aburrir al propio Camaxtli.

  7. #127
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    Predeterminado Capítulo XXXIV: Noche y día, día y noche

    Cuando estaba en pie Tenochtitlán, esto era una plazuela y a un costado tenía un templo pequeñito dedicado a Tetzcalipoca. Ahora el templo es un solar en el que han empezado las obras de una iglesita. La acequia que pasaba por detrás del templo ya no es tal acequia porque se ha llenado de escombros y, no tardando mucho, quedará empedrada. No así la otra acequia más pequeña que tenía del otro lado la casa de Cuauhnochtli, que sigue siendo canal, aunque esa casa, lo mismo que los terrenos aledaños, también es un solar y es en él en el que están rebuscando ahora Cuahuipil e Ilhuicáatl pero sin hallar porque no hay nada. Todo se echó en la guerra para colmar el canal mayor y, con el viento que ha podido andar desde entonces y la lluvia, el lugar está limpio de cualquier vestigio. Cuahuipil reza en silencio por la persona con quien se sintió en comunión aquella noche predestinada. No hay ni rastro de aquel hombre, de aquel corazón que palpitaba. Quiere llorar, se quedaría ahí a llorar toda la tarde y es seguro que esta noche llorará pero ahora contiene las lágrimas. Ilhuicáatl y él han preguntado a la gente que queda que podría conocerlo pero nadie ha sabido decirles. Dejaron de saber de él cuando la gran epidemia del año en que ellos salieron de la Nueva España.
    No han encontrado vestigio alguno de Cuauhnochtli pero en cambio han estado con Rómulo y Coyolxauqui, en cuya casa han hecho noche y con quienes han venido a escuchar al narrador que se pone todos los días en la plazuela y que es conocido en todo este barrio de la nueva ciudad de México. ¡Y la maña que se da este sujeto con los nombres! se decía Cuahuipil. Antes Quizziquaztin y ahora Magdaleno, en memoria de la presunta adúltera María Magdalena.
    Por lo que les han contado, Cuahuipil sabe que ahora Quizziquaztin está más vigilado que el oro del César y ya no hay miedo de que haga de las suyas ni tampoco, claro está, de que, aunque adulterase, le fueran a aplastar la cabeza pecadora con un pedrusco. Esas leyes ya no rigen. Cuahuipil no sabía qué hacer, si dejarse ver o no. Coyolxauqui en un momento en que Rómulo estaba distraído con Ilhuicáatl le ha dicho que Quizziquaztin hace como si no la conociera y que por ella mejor. Imagina que con él querrá hacer lo mismo. Lo verá, pues, como uno más del corrillo y a lo mejor Quizziquaztin lo verá a él y será un saludo silencioso.
    Al colmar el canal grande con los escombros del antiguo templo y otros edificios, parece que, con toda idea, se dejaron algunas piedras grandes en la plazuela para hacer de asientos o estrados. Al menos de eso sirven ahora y una de ellas es el lugar habitual al que se encarama Quizziquaztin, a cuyo alrededor se suele formar un corrillo y hasta le dan algo por escucharle, dejándolo junto a él, porque él no lo pide ni ha puesto ningún recipiente para que le dejen nada. Es un narrador plenamente imbuido de la importancia social de lo que hace, no un pedigüeño. Todos los días llega por la mañana acompañado por un macehual joven que lo deja allí. Al mediodía llega una mujer ya mayor que tiene en el cuello una verruga con pelos y le deja unas tortillas. Por la noche, unas veces más tarde y otras más pronto, viene la mujer de la verruga y se lo lleva. Y así hasta el día siguiente. Ya no se ocupa de la serrería y son su hijo y su yerno quienes la llevan y tienen mucho trabajo con la construcción de la ciudad. Suele narrar en verso y siempre en náhuatl.
    Sus oyentes son casi todos indios. Rómulo, que suele ir con Coyolxauqui, es la excepción en esa parroquia. Él va por su afición a los mitos y ella porque le tiene que servir de intérprete. Por ella misma no iría pero es incapaz de negar nada a un hombre tan bueno y cariñoso y que la trata como jamás se le pasó por las mientes que la fuera a tratar nadie. A él el náhuatl sigue dándosele igual de mal. Pero Coyolxauqui le ayuda. Le ayudó a aprender su nombre y a pronunciarlo bien y el conseguirlo la dejó extenuada de por vida de modo que, desde entonces, ha simplificado su cometido rectificando a Rómulo tres veces en cada cosa y a la tercera, diga lo que diga, se lo aprueba. Y lo que aprueba pasa a la libreta.
    Como está con invitados, Rómulo esta vez no ha prestado tanta atención a lo que contaba Quizziquaztin, aparte de que últimamente, por seguir la moda teule, le parece que el hombre se mete en cosas que no domina. A él le gustaba cuando hablaba de cosas puramente indias, del héroe tlaxcalteca que libraba al mundo del vicio y el adulterio de consuno con las mujeres que se preocupaban de sus maridos sin mezclar en todo ello a la Virgen y a los santos como hace ahora en un revoltijo sin ton ni son.
    Como sea, que los cuatro se habían acercado a escucharlo. De Coyolxauqui no puede decirse estuviera muy a sus anchas. De hecho vivía en el terror desde que se enteró de la vuelta de la llamada Vacatecuhtli. Por una parte, culpaba a Coyol-limáquiz por aquella mentira de que ella era cihuatlamacazqui de Nuestra Abuela, porque eso la había obligado a vivir en el fingimiento. Por otra, no podía renunciar a lo que había logrado gracias tal vez a esa mentira, sobre todo a los hijos, pero lo cierto es que la vuelta de la cihuatecuhtli mexica y su incrustación en el círculo de sus conocidos y amistades la tenía en vilo. Y ahora, encima, se iban a reunir con ella y con Cuahuipil y la sobrina de Teyohualminqui… Estaba desesperada, siempre temiendo que la Vacatecuhtli dijera lo que no había llegado a decir hacía cuatro años y también que a Cuahuipil o a su mujer, sin querer, se les escapase algo. A Vacatecuhtli, sin levantar sus sospechas, había intentado que Rómulo la evitara por todos los medios pero el esfuerzo que suponía y el estado de permanente alarma en que la colocaba la agotaban. Y encima se sentía mal con Cuahuipil. Un hombre tan bueno y generoso y al que debía tanto y ahora lo trataba como si fuese enemigo… ¡Qué esfuerzo le estaba suponiendo esta visita! Aunque algo sí se había tranquilizado desde que llegaron, porque la pareja no había dicho nada que la pusiera en apuros y se veía que eran de buenísima intención y muy prudentes. Pero todavía quedaba lo peor porque ¿qué iba a ocurrir cuando estuvieran todos juntos con la Vacatecuhtli?
    Ante ese nubarrón que veía cernirse, los trabajos de su papel de intérprete de náhuatl quedaban en naderías. Ilhuicáatl y Cuahuipil habían sido testigos de ese cometido suyo cuando se quedaron con ellos a escuchar al exadúltero pero luego les dijeron que iban a dar una vuelta por los alrededores a ver cómo habían cambiado. Que no se movieran de allí que ahora regresaban. Fue entonces cuando se llegaron a lo que fue la casa de Cuauhnochtli a ver si daban con alguna pista y preguntaron a la gente. Y sí, de paso se libraron de asistir al imposible empeño de hacer decir a Rómulo algo a derechas en un idioma que se le resistía lo que no se habían resistido sus hablantes. Por lo demás, a Cuahuipil, después de su encuentro con Cuauhnochtli, era la mención de Tláloc lo que, como una corriente subterránea, lo acompañaba siempre, aunque conscientemente rara vez pensara en ello y no veía muy bien como se aplicaba a su vida cotidiana. Confiaba, sin embargo, en que algún día lo vería.

  8. #128
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    -Perdóname, Anita –ése era ahora el nombre oficial de Coyolxauqui y como Rómulo la llamaba en público- que te esté preguntando siempre, pero, con lo que me gustan y lo negado que soy para las lenguas, no lo puedo evitar.
    -Esta contando las hazañas del Caballero del Conejo Macho. Esta vez recorre el mundo cabalgando en el caballo blanco de Camaxtli, pero aclara que eso es una leyenda, que Camaxtli es una invención diabólica, y que en realidad el caballero era Santiago.
    -¡Ah!
    -Ahora dice que los demonios están en conciliábulo para ver si consiguen convencer a las rameras de que rescindan el contrato colectivo que tienen con “Esposas contra el adulterio”, por el que éstas les pagan por no trabajar.
    -¿Sí? ¿Y hacen trabajo sustitutorio o no hacen nada?
    -¿Sustitutorio de qué?
    -Pues si se dedican a algún otro oficio, a comprobar los pesos en el mercado, por ejemplo, o las medidas, o si son chapineras o alguna otra cosa.
    -Es que ellas no saben otro oficio.
    -Se les puede enseñar.
    -Nadie quiere enseñar a las rameras.
    -¿Dices en la vida real o en lo que cuenta este hombre?
    -En las dos.
    -Mira, yo, ya lo sabes, Anita, no soy entusiasta de los frailes, pero eso sí, que siendo tu Primera Dama de la abuela Santa Ana, debieras empujar para que se haga algo al respecto. Esas mujeres tienen que tener una salida honrosa. No se las puede dejar tiradas. Naturalmente, si te parece bien. Sin duda tú entiendes mucho más lo que conviene o no en estos casos y sé que no te sobra el tiempo, con toda la lata que te doy y todas las otras cosas. Como tú veas. Con mi apoyo ya sabes que cuentas siempre en todo lo que emprendas, tesoro mío.
    -Así lo haré, mi Lómulo.
    Se han perdido algo con esta digresión y vuelven a escuchar el relato.
    -¿Qué es eso de chotochotli? –dice él ahora.
    Ella se pregunta a qué puede corresponder en “nágual” esa palabra que ha dicho. Con todas las que se inventa tratando de decirlas bien, se podrían crear otras cuatro lenguas “nágual” enteras.
    -No sé a qué te refieres, Lómulo, cuando la vuelva a decir, me avisas a ver si la reconozco –ella ya ha aprendido a pronunciar la erre, pero como siempre le había dicho Lómulo, él le ha dicho que siga llamándolo así, que le suena más lindo de su boquita, además de que era así como la conoció. ¡Lo dulce que es el amor!
    -Muy bien, Anita, así lo haré.
    Y así lo hace a la vez siguiente
    -¡Ah! ¡Oquichtochtli! Quiere decir conejo macho –dice ella.
    -¡Ah! Conejo… macho –se lo apunta-. Menos mal que te tengo, si no creo que no conseguiría acopiar tantos conocimientos –le da palamaditas en la mano-. Espera ¿cómo has dicho que es?: ¿cochoquilotli…?
    -Oquichtochtli –dice ella muy despacio.
    -Onochotli…
    -Oquichtochtli –vuelve a decir ella más despacio todavía.
    -¿Onquichotli?
    -Eso es, mi Lómulo.
    Eso no era, pero no importaba.
    De todas formas, la narración de hoy a él le parecía muy floja y muy contaminada de cosas de teules fuera de su contexto y mal traídas, como le solía ocurrir últimamente. Pero bueno, siempre había algo que se salvaba de la quema, y el onquichotli, o con un arreglito, don Quixotli, le sonaba muy bien, muy literario. Se lo tenía que pasar a su amigo Cide Hamete Benengeli, él que tenía tanto talento para las historias caballerescas, dándoles un giro medio socarrón.
    Desde que se decidió levantar la nueva ciudad de México en el solar de Tenochtitlán, Rómulo había demostrado ser un escribano competente, capaz y muy trabajador, que además sabía tratar con mano izquierda a todo el mundo y no se arredraba ante ninguna dificultad de índole administrativa o jurídica, mostrando siempre un gran sentido común y espíritu práctico, por lo que no era de extrañar que se hubiera hecho imprescindible en el nuevo cabildo. Todo el mundo sabía que el que de verdad sacaba las castañas del fuego era él. El cargo le daba para mantener con decoro a su señora Anita -a la que en casa llamaba siempre Coyolxauqui, la única palabra náhuatl a la que le ganó la partida-, y para tener una sirvienta que le hiciera a ella compañía y con la que pudiera hablar en “nágual”, además de para atender la casa y a los pequeños. Así Anita podía ocuparse de su labor de dama de la Abuela Santa Ana o venir a echarle una mano a él en el Cabildo con personas que hablasen su idioma o en cualquier otra cosa.
    En la incipiente sociedad novohispana y gracias a la reputación de poeta, además de escribano, que se había hecho, a Rómulo no le faltaban invitaciones de los personajes del momento. Como tampoco era ambicioso, el tenerlo al lado era una baza segura que no inquietaba y que le permitía a él vivir tranquilo, siempre y cuando tuviera suficiente habilidad para no dejarse arrastrar a los manejos de los arribistas. En conjunto era un hombre satisfecho. Sabía que Coyolxauqui no había salido de la clase dominante india y que su presencia no imponía a nadie ni era para él un factor de prestigio, pero lo único que quería era que tuviese un lugar respetable y respetado en la sociedad y, por eso, apoyándose en el sacerdocio de Toci, la empujó a que, en vez de que vinieran a ella los frailes, que ella se los camelara como dama de la abuela Santa Ana, de modo que se afianzara en su posición social y así, en los salones presuntamente distinguidos donde se le invitaba por su condición de poeta y sus relaciones como escribano, ella no se impondría por su brillantez, pero jamás podrían desdeñarla ni perjudicarla por ningún lado y ella, gracias a Dios, era discreta y sabía no exponerse abarcando más de lo que podía. Tampoco deseaban otra cosa. Ellos dos no se movían por la codicia ni la vanidad. La vida que tenían era buena y, a su manera, trataban de aportar lo mejor de sí mismos a la sociedad en que habitaban. Rómulo tenía muy presente el recuerdo de aquel amo que murió y que se molestó en enseñarle no sólo a leer y a escribir, sino muchísimas más cosas, que lo aficionó a la lectura y a pensar y a reflexionar. Aquel era un hombre bueno. La esclavitud podía ser una cosa horrenda porque en nada dependía uno de uno mismo, pero aquel amo le enseñó con su actitud quizás lo más importante y es que lo que cuenta no es en qué situación se encuentre uno sino cómo uno decida comportarse en ella y él sentía que portarse con humanidad era un homenaje que debía a aquel caballero que, habiendo podido tratarlo como a bestia de carga, lo había guiado y querido y tratado siempre con benevolencia. Sabía que en su testamento le había dado la libertad y dejado algún bien con el que empezar a vivir con independencia, pero los buitres estaban demasiado al acecho para que a su muerte apareciera testamento alguno. Mal asunto si él hubiera querido seguir el ejemplo de los buitres y no el del caballero y hombre de bien. No era ése su deseo ni su inclinación ni pensaba abusar jamás de cualquier poder que tuviese.

  9. #129
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    Cuahuipil e Ilhuicáatl habían mirado ya todo lo que había que ver y hecho las averiguaciones que habían podido y habían vuelto a reunirse con sus amigos.
    -¿Dónde hemos quedado con Vacatecuhtli? –pregunta Ilhuicáatl cuando el narrador hace una pausa.
    -A un paseíto de aquí, en el embarcadero grande. Si os parece, casi podríamos ir yendo y esperar allí.
    Vacatecuhtli les escribió que iban a casarse en Coyoacán, estrictamente en secreto. Que si querían ir de testigos. Que si era así, que esperasen en México y que los recogerían a ellos y a Rómulo y a Coyolxauqui con el acale de ida en el embarcadero de Cuepopan después del mediodía.
    Una vez allí no tuvieron que esperar mucho y, cuando los que venían en el acale vieron con Rómulo y Coyolxauqui sólo a Cuahuipil y a Ilhuicáatl, Vacatecuhtli se llevó una decepción.
    -¿Qué no han venido mi puto barragán ni el relamido de Xiloxóchitl? ¿Está enfermo alguno?
    -Cuando nos llegó vuestra carta -le explicó Ilhuicáatl- hacía dos días que habían salido de viaje a encontrar las siete cuevas y a recoger de paso a alguna de esas criaturas que, según nos explicó Marcos, quedan abandonadas y que seguro que son el fruto de esas relaciones irresponsables que tienen esos golfos cristianos con las indias y que luego las criaturas los estorban y las abandonan. Dicen que ese es un deber patriótico porque tampoco se puede dejar que a todos ellos los recojan los frailes porque con los frailes ya se sabe lo que les pasa a los niños.
    -¿Pues qué les pasa? –preguntó extrañada Vacatecuhtli.
    -Que se aburren. Van a estar mucho mejor con nosotros –dijo Ilhuicáatl.
    -Ya.
    Vacatecuhtli no parecía reponerse del desencanto de que no estuvieran ni Marcos ni Xiloxóchitl, hasta el punto de que no pareció darse cuenta de que tampoco había en la Nueva España todavía tantos frailes como para provocar semejante terror.
    -Pero no os preocupéis Vacatecuhtli que, a falta de que estemos todos aquí hoy, tendremos una celebración pendiente y entonces sí estaremos todos y haremos locuras, si Dios quiere –la animó Ilhuicáatl.
    -Vacatecuhtli –dijo Cuahuipil riendo- si ya habéis terminado de entristeceros por los dos que no han venido, alegraos al menos por los casi tres que estamos aquí y que nos esperábamos una boda y no un velorio.
    -Tenéis razón. Peor para esos dos locos si se lo pierden. Los dioses del incesto, con ese casi tres que decís que también ha venido y por el que os doy la enhorabuena, seguro que se apañarán y, como dice el puto barragán, con los que estamos ya valemos por orbe y medio. ¿Qué más se puede pedir para celebrar un incesto por todo lo alto? ¡Hale, vamos, no sea que el puto fraile se nos impaciente¡ Y, señora Alcalá, os tomo la palabra de esa celebración pendiente, con sus locuras, y no creáis que se me va a olvidar.
    Bien, la llamaba señora Alcalá y decía muchas palabrotas, eso quería decir que ya se había repuesto de la decepción.
    Y así fue cómo, sin más historias, tuvo lugar la boda inmediata, seguida de una cena tan grata como íntima y apacible, en la que, sin embargo, Coyolxauqui sufrió casi tanto como se había temido. Para las celebraciones y locuras quedaba todavía. Bueno, depende de a qué se llamase locuras, porque la noche de bodas de los dos ex hermanos tuvo su aquel. En su esfuerzo por ser ocelotes de pro y ya de regreso los dos solitos en su dulce morada de Ixtapan entre reses y magueyes ¿qué habría hecho Ahuitzotl para que en medio de la noche la Vacatecuhtli hecha un furia le llamase todas las cosas que le llamó y le preguntase:
    -¿Pero qué te creías que era esto? ¿un concurso de cascar nueces a mazazos?
    -¿Pero qué he hecho?
    -¡Eso me pasa por rebajarme a ayuntarme con un puto macehual adulterino!
    -¿O es algo que no he hecho?
    -¿Es que nadie te ha explicado que no tienes que parar el curso de los astros ni tampoco derribar el Popocatépetl de un soplido sino tan sólo una solitita vez, una vez chiquitita, chiquitita, minúscula vez en la vida, ser delicado. No quinientas veces, no, sólo una, esta vez, la que tocaba esta noche.
    -¿Y por qué esta vez?
    Vacatecuhtli en un alarde de dominio de sí se puso delante de la cara de él con las manos en garras, enseñando los dientes feroces y rugiéndole de rabia y… no lo mató. ¡Uff! ¡Tremendos los ocelotes!
    -Bueno sí, eso sí lo aprendí, que la primera vez hay que ir pasito pasito, pero ésta no es la primera vez.
    -¡Pero y a mí qué me importa si para ti es la primera vez o la trillonésima, aborto de chicharra! ¡A mí me da igual que le hayas pegado diez viajes al almanaque de rameras del Anáhuac o que la hayas tenido metida en salsa de cristalitos todo este tiempo!
    Yo mejor callado hasta que escampe ¡Uuuf! -piensa Ahuitzotl.
    -¿O es que en un alarde de clarividencia te crees que te he elegido a ti por tus grandes dotes y cualidades y que si lo tienes más usado que la mano del metate me va a importar más que un bledo? ¿¡¡Por quién te has tomado!!? ¡Me importa un carajo lo usado o lo nuevo que estés! ¡Qué bestias, qué bestias, pero que bestias! Lo primero duro que notáis ¡hale! a pegar con ello en el universo, que todo es agujero. ¡Y si la mujer es virgen, pues peor para ella, que hubiera espabilado y hubiera practicado con todos los remos del muelle de Texcoco!
    ¡¡Huyyyy!! No. No parecía que fuera a escampar.
    -Me duele lo que me dices, Vacatecuhtli. Yo no soy un cualquiera y encima soy feo. Es mi primera vez, te lo garantizo.
    -Si, pero a ti la primera vez no te chinga y a mí sí.
    -Pero tú no es la primera vez.
    -¿Ah no? ¡Mira qué bien! ¿Y de dónde sacas tú eso?
    -Pero ¿cómo va ser? Has tenido un barragán cuatro años.
    -¡Tres y medio! ¿Y qué? ¿Es que no hemos podido estar muy ocupados? Hay más cosas que hacer en la vida que estar dale que te pego ¿no te parece?
    -¿Pero y cómo iba a saber yo que…?
    -Pues se pregunta. Las cosas se preguntan, en lugar de meter la pata, o lo que sea que tengas para meter, que de momento más parece una tranca de derribo.
    -Pero mi expadre me dijo que eso, precisamente eso, no se preguntaba, que preguntar eso hiere la sensibilidad femenina.
    -¡Mi papaíto! ¡Pinche cochino! La chinga pero bien hasta cuando se pone espiritual.
    Ahuitzotl, aunque sin espiritualidad, también conseguía chingarla pero bien aunque, eso sí, el suyo era un chingar razonadito:
    -De todas formas, cuatro años… bueno, tres y medio… La especie… ¿Nosotros también vamos a estar muy ocupados?
    No decía nada. ¿Habría escampado?
    -Oye, ¿y tú porque eres el único que estás picado de la viruela si la enfermedad la ha pasado todo el mundo? ¿Qué has hecho para que sólo te pique a ti?
    -A mí también me pareció raro. Hace poco hablé con don Rómulo, cuya mujer también pasó la enfermedad, y ella no está picada ni nadie está picado aparte de mí. Me dijo él que, aunque a todo se le ha llamado viruela por inercia y desconocimiento, que la viruela siempre deja picaduras, pero que seguro que lo que pasó todo el mundo ha sido el sarampión, que no da picaduras, y que lo mío ha sido la viruela que sí que las da.
    -¡Jajajajaja! La epidemia es de sarampión y tú te equivocas y pillas la viruela. ¡Jajajajaja!
    Bueno, de algo tenían que servirle las viruelas. Ella se reía… y se seguía riendo… que no paraba. Bueno. Un rato y terminó parando.
    -Entonces, ¿te has enterado ya? –preguntó ella.
    -¿De qué?
    -De lo que no te habías enterado antes de esta noche y que ha hecho que ahora estemos aquí de cháchara en lugar de estrenarnos en eso del incesto, que no sé por qué pensé que te hubiera apetecido más pero ya ves, no hay manera de acertar con tus preferencias.
    -Di la verdad: a ti lo que más te interesa de todo esto es el incesto ¿a que sí?
    -Pues sí.
    -Creo que me he enterado… de lo otro quiero decir.
    ¿De cómo ser un buen ocelote?
    -Eso.
    -A ver si es verdad. Mañana te dejo hacer otro intento. Pero cuidadín que, si no, pueden ser otros tres años que me pilles ocupadísima. ¡Hale! Te puedes retirar. Dame un besito.
    ¡Madre mía! Lo duro que es esto, o sea, eso. Vamos que yo no le recomendaría el incesto a nadie. ¡Y mira que practicar con los remos de Texcoco…! ¡Qué barbaridad! Tendría que ser con la parte redonda, la plana… ¡Uug! Y lo de que es virgen… ¿me lo creo o no me lo creo? Todo el mundo diciendo que los cristianos son tremendos para estas cosas y con un cartel de aquí a Guatemala y me sale con que ha estado cuatro años con uno y que no ha tenido tiempo. Y encima no me he enterado de nada, no sé si sigo virgen o si ya no. ¡Tengo unas ganas de acabar ya con esto…! ¡Uuuuuf! ¡Qué razón tenía mi padre! O sea, mi primer padre, no, mi expadre. … ¡Ay! Pero es una ricura cuando me pone la mejillita para que le dé un besito. ¡Aaaaah!
    Y el muchacho sonreía beatíficamente pensando en aquella mejillita de ocelota. ¡Ay, si todo fuera así de fácil…!

  10. #130
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
    Mensajes
    149

    Predeterminado Capítulo XXXV: De juegos, amores y guerras, con algo de gastronomía

    El grupo más famoso del orbe sí llegó a reunirse para, como había prometido Ilhuicáatl a la Vacatecuhtli hacía años, celebrar la boda aplazada y todas las bodas de hecho, porque, por pitos o por flautas, en ese grupo nadie había tenido una boda en condiciones y menos los exsolteros anónimos. Y hacer locuras. Eso había dicho. Así pues, con el consenso general y unos añitos después, cuando ya Marcos y Xiloxóchitl habían conseguido dar con varias de las siete cuevas de las que salieron los chichimecas, con la consiguiente cosecha de niños abandonados, que, entre los que se parecían a Marcos y a Xiloxóchitl y los que no, que precisamente se los encontraban con el fin de entremeterlos con los otros y disimular -y de paso los salvaban de los frailes-, ya debían de ir por siete u ocho; cuando Ilhuicáatl y Cuahuipil ya habían renunciado a competir con el hermano y el cuñado en eso de encontrar niños, a pesar de que para ellos era más fácil porque no tenían que ir a ninguna cueva y los encontraban como todo el mundo saliendo un día de mamá; cuando los ocelotes ya habían conseguido poner orden y concierto en los agujeros del universo y reunido algunos ocelotitos; y Rómulo y Coyolxauqui, en medio de ese desmadre, habían conseguido seguir siendo una familia normal y aumentar sus miembros con normalidad y con el pláceme hasta de los frailes; entonces se dijo Ilhuicáatl que era llegada la hora de cumplir promesas. Y cursó la correspondiente convocatoria a los miembros activos del Grupo más famoso del orbe. Quizziquaztin-Magdaleno nada. Xiloxóchitl, que se acordaba de él con afecto, se había interesado por si quería venir, pero la de la verruga peluda en el cuello lo tenía perfectamente vigilado en un radio fijo y él se hallaba en el pináculo de la felicidad y la satisfacción, el de su encarcelamiento todo exteriores en plena plazuela, del que no se movía, no fuera que se lo quitasen y, además, tenía muchísimo que hacer. Tenía que conseguir la narración total y definitiva, la cima de la literatura comprometida del Anáhuac, la epopeya de la mujer arrepentida de los crímenes de adulterio y resuelta a cumplir su misión de guardiana del marido sin permitir que lo descarríen las ideas, esas fieras feroces de la mente varonil que llevan a los crímenes más horrendos cuando no hay detrás una mujer sin pamplinas que los dome y domine sin reparar en medios. Las mujeres se habían vuelto muy comodonas y ése era un estado de cosas que llevaba las civilizaciones a la perdición. Hasta los teules, que en tiempos creyó él a salvo de esa barbarie, eran pasto de esa plaga de la humanidad. Era el logro de su vida. Si conseguía dar forma a esa narración en buen verso náhuatl, sentiría que no habría pasado por este mundo sin dejar nada para generaciones venideras. Eso lo sumía en insomnios febriles de estrofas movedizas en las que trataba de plasmar el drama y la tensión transformadores surgidos de su inspiración, antes de que los vendavales del pensamiento, en su incesante torbellino, le arrebatasen sus frutos.
    Así que, salvo el adúltero vate y los cómicos otomíes, que no se podían ausentar de los escenarios sin que el clamor popular los sacase de donde estuvieran y los volviera a subir a ellos, y que no podían aparecer en Tlaxcala porque donde triunfaban ahora era en la Vieja España y el transporte dejaba que desear, pues todos los demás habían ido llegando ese día a la Posada de Santiago del Conejo, para desde allí trasladarse juntos a la finca, a la que le habían puesto el nombre enigmático de “Los beyes del conejo”, que figuraba en castellano y en pictogramas en un madero a la entrada. Beyes era el plural de bey, pero difícilmente se imaginaría eso nadie, de manera que lo que la llamaba la gente era los Reyes del conejo, suponiendo que lo de Beyes era un error caligráfico o pictográfico. Aunque claro, el fundamento de la finca no eran los conejos, sino las reses más o menos bravas pero, esperando lo mejor, cercadas, que ya, después de varios añitos, eran bastante más que tres o cuatro. A todo esto los conejos seguían sin enterarse de que ya tenían beyes y continuaban con su vida de siempre y con la enternecedora carita de roedores sorprendidos y atentos a lo que se les dice que los había llevado a los altares colgados del pecho de Camaxtli, perdón, Santiago.
    Un poco lo que les pasó a los posaderos, que tenían previsto, por una vez en unos cuantos años, cerrar la posada en cuanto terminasen de recoger para irse de festejo como miembros del grupo más famoso del orbe y que no habían alquilado recámaras precisamente con esa previsión. Pero hubo quien no se enteró. Cuando ya estaban reunidos en el patio los del grupo llegados de fuera con los de la finca y una nube de niños de ambas procedencias, para, de allí y con fuerza de cabalgaduras, dirigirse a su destino campestre, en la sala principal cundió la consternación, que se propagó luego a las cocinas y al susodicho patio donde esperaban todos.
    -¡Qué llega el marqués! No pueden vuestras mercedes cerrar la posada ahora, viene aquí derecho.
    -¿Qué marqués?
    -¿Qué marqués va a ser? Él, el mero marqués, el marqués del Valle de Oaxaca, don Fernando Cortés.
    -¡Híjole! ¡Rehíjole! Pero ¿y no puede el p… (p de pinche, no de otra cosa, que Teyohualminqui de costumbre no era mal hablado) preciado Marqués comer y alojarse en el palacio de los ilustrísimos senadores de Tlaxcala?
    -Es de improviso, no ha dado tiempo a preparar ni a avisar y además ha insistido en que no quería causar inconvenientes a nadie y que por eso prefería venir a la posada como cualquier viajero, aparte de que la Posada de Santiago del Conejo es famosa en todo Cádiz.
    -¿Dónde dice vuestra merced que es famosa?
    -Esto no es Cádiz ¿verdad? ¡Dios mío, ya me vuelve a ocurrir lo mismo! Desde que salí de Irlanda no doy una –Teyohualminqui mentalmente anotó: así que hospital de locos en castellano también se puede decir irlanda, bien, no tenía acuñado ese término- . ¿Dónde tengo la cabeza? No sé qué va a ser de mí. Vengo con este hombre desde la Vieja España y … Voy a tener que analizar muy en serio lo que me pasa. Entonces ¿esto es …? ¿Qué es esto?
    -Esto es Tlaxcala, caballero. No os preocupéis, quedaos tranquilito que os traiga un chocolatito calentito que seguro que os va a serenar y fortalecer el ánimo.
    -Dios os lo pague, posadero.
    Teyohualminqui dio recado a cocina de que venía el Marqués, o sea, el Malinche de toda la vida, que no sabía a qué venía ahora eso de “el Marqués”. Que estuviesen preparados y que estuviesen preparadas las recámaras, que no sabía con cuánta gente venía, aunque ahora lo preguntaría; y que preparasen un chocolate para un caballero muy necesitado. Y mientras preparaban el chocolate él fue al patio donde estaban los del grupo para decirles que se fueran a la finca, que la posada no se podía cerrar, porque venía el Marqués.
    -¿Qué marqués?
    -¿Qué marqués va a ser? Él, el mero marqués, el marqués del Valle de Oaxaca, don Fernando Cortés.
    -¡Híjole! ¡Rehíjole! Pero ¿y no puede el p…
    Esto Teyohualminqui tuvo sensación de que lo acababa de vivir unos momentos antes hasta la p…, p que ahora se bifurcó en pinche, y también en puto, pringado, pendejo, éramos pocos y parió la abuela, ¡híjole!, más puto, ¡paciencia!, etc.; sin contar los niños, que demostraron la inocencia que les es propia con: ¿los malqueses son de comel? ¿tlae golozinaz? ¿Se le puede tocá? ¿Cuándo se va? ¿Cuándo va a volvé? ¿Sabe cantá? ¿tiene plumaz? ¿cuántos añitos tiene?

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