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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #111
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado

    Y ahora voy a hablar de mi expadre, que sigue siendo padre tuyo. Oficialmente sigo siendo su hijo. Lo hablamos y él estimó que podía dejarse así, aunque me ha trasladado todos los documentos y declaraciones juradas que serían necesarias para oficializar la verdad caso de que, por cualquier circunstancia, lo estimáramos apropiado. Esos documentos están con los canutillos. A mí no me ha legado nada, porque no soy su hijo. En cambio, sí te dice a ti algo al respecto pero por mí no lo tengas en cuenta. Tú obra como entiendas. Y ahora te pongo palabra por palabra lo que dijo mi expadre para que te lo transmitiera:
    “Pido perdón al Todo Piedad que me dio la existencia por el mal que te he hecho, hija mía. A ti no te lo pido porque no quiero terminar mi vida haciéndote sentir una carga más, la carga de que aún debes hacer algo por mi causa aunque sea perdonarme. No me debes nada. Yo te debo a ti lo que nunca te podré pagar. No supe quererte ni apreciarte ni hacerte justicia. No sé si fue temor de querer y no ser querido o fue mi mala condición de no querer sin poseer. Te vi como una boca que alimentar, una cosa que colocar en su sitio y que no se moviera ni me molestase ni me diese problemas. Si pudiera volver a vivir con lo que comprendo ahora, te compensaría. Pero no puedo y por eso no te puedo pedir que me perdones pero sí te pido que no te cargues tú con mis errores. Fuiste una niña fuera de lo común y eres una mujer valiente y excepcional que, si te hubiera comprendido, hubiera estado orgulloso de ti, pero no supe verte. Que el castigo caiga sobre mí, pero no sobre ti, que ya te ha caído muchos años. Olvida el daño que te he hecho y piensa en ti como lo que debió ser y no lo que frustró mi falta de moral y entendimiento. Eso ruego a Quien tiene el señorío de todo y de todos y ruego que te compense con muchas creces por lo que yo te negué.
    Ahuitzotl te explicará que no es hijo mío. La parte que le hubiera tocado a él de haberlo sido te la lego a ti y, en este caso, sí te hago un ruego. Comparte con él lo que consideres justo. El no tiene culpa de nada. Era un niño y luego un joven enteramente bajo mi influencia. Es un buen hombre y te quiere aunque por esa influencia mía fuera un pesado contigo. Se magnánima con él que, aunque yo haya sido una persona ruin, tú no lo eres ni él tampoco. No es justo que él pague mis errores y los de sus padres.
    Que la bendición divina te acompañe siempre, hija querida.“
    Y eso es lo que me dijo que anotara y te hiciera saber mi expadre y tu padre. Y te aclaro que las últimas palabras que dijo en su vida fueron esas: “hija querida”.
    Yo también te pido perdón. No te pongo la excusa de la influencia de mi expadre pero sí te ruego que comprendas que he sido siempre, como tú bien decías, tonto y lento, de manera que es ahora cuando empiezo a entender algo del mundo y sé que sí que fui torpe, lento e inoportuno. Eso no lo puedo remediar ya. En cambio siempre te quise y ahora también te quiero y muchas noches sueño con que vuelvas, aunque luego no me quisieras ver más. Al menos me podría guardar esa visión para que me durase toda la vida.
    Lo que sigue es un estado de cuentas y una memoria de todas mis gestiones para que tengas conocimiento cabal del estado de tu patrimonio. Incluyo también lo que he podido averiguar de la sucesión de mi ex madre y madre tuya, que también ha muerto, aunque no de viruelas, sino de que se ahogó con un güito de aguacate. Ella no sabía que yo no soy su hijo, de manera que por ese lado aún quedan incógnitas en cuanto a cómo queda la sucesión. Trataré de desvelarlas pero, como te digo, esto es el caos y, si no llega a ser por el señor negro del cabildo, en lugar de éste estado de cuentas y memoria, lo que te hubiera enviado sería una memoria del caos universal, si memoria de tal cosa es posible.”
    Seguía lo anunciado, en efecto, y la carta, o memoria, que era el grueso del mamotreto, terminaba con una afectuosa despedida de Ahuitzotl, que la informaba también de que ahora tenía un nombre cristiano, que también le escribía, y que se bautizó otra vez, porque eso agilizaba los trámites.
    Muy a su pesar, la carta le hizo llorar. No llegó a leer el estado de cuentas y memoria. Ya lo haría mañana, o pasado mañana, o nunca. Cuando Ilhuicáatl le trajo el café calentito y con todo su aroma, sin mirarla ni levantar la cabeza, le hizo un gesto de haberse enterado e Ilhuicáatl salió con la bandeja de la cena sin decir nada.
    -¡¿Pero es que esta cucaracha de padre me va a hacer llorar también después de muerto?! –se dijo sollozando al quedarse a solas.
    No se hubiera esperado nada de esto. Sintió una punzada de dolor al saber de la muerte del padrino. Sería un loco, pero también era la única persona que había dado muestras de felicidad por estar con ella y de creer en ella. Nunca le preocupó hablarle mal porque de alguna manera daba por descontado que habría tiempo de sobra para hablarle bien cuando ella hubiera demostrado al mundo lo que le tenía que demostrar. Le dolía, sí señor. Quisiera que, aun muerto, la escuchara y la perdonara por haber sido una arrogante con aquel hombre que se le entregaba tan sin condiciones. Pero lo de su padre… ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué ahora se arrepentía así, cuando ella ya había aprendido a tener un padre odioso? ¿Y dice que no me pide perdón? ¿Pero qué esperaba con esa monserga medio maricona de que si fui muy malo y toda esa mugre más que ablandarla? Ni ella siquiera tenía arsenal suficiente de palabras malsonantes para mantener a raya la oleada de sentimientos reprimidos que le removían las últimas palabras de su padre. Una sensación lejana de una niña pequeña, lo más pequeña que pudiera recordar que lloraba a gritos sintiéndose infeliz y abandonada… ¿era ella esa niña? ¿Había sido ella esa niña? Quería estar sola y no tener que ver a nadie por lo menos hasta mañana.
    Y de pronto, sin avisar y como si fuera la marea, la inundó una indecible nostalgia de su tierra, de su gente…
    Aquella noche no salió del cuarto y nadie la molestó. Marcos Bey, de consenso tácito entre los dos, se quedaba muchas veces a dormir en la sala común o, si se quedaba alguno de los otros de noche a trabajar, se iba al desván donde dormía Xiloxóchitl. La relación mutua de los barraganes en la última época hubiera podido calificarse de divorcio gradual tácito y amistoso.
    Al día siguiente Vacatecuhtli tampoco salió del cuarto hasta que, ya avanzada la mañana, entró Ilhuicáatl diciéndole que se asease que iban a ir las dos a desayunar y a almorzar junto al mar y a dar un paseo, que todo no iba a ser trabajar, llorar y mariconadas místicas. Que iban a irse ellas dos y que los varones se quedaban cargo de todo. Si cuando volvieran ellas no habían conseguido ocasionar ninguna catástrofe, les darían un premio. De buena gana Vacatecuhtli hubiera respondido con un zarpazo pero, si lo hubiera dado hubiera sido para que le tuvieran contemplaciones y discutieran con ella y los zarpazos con Ilhuicáatl no surtían más efecto que un pellizco en un ladrillo. Era un caimana esa mujer. Iba a lo que iba y no se dejaba desviar ni por zarpazos ni por mocos que colgaran.
    Las dos agradecieron la merienda campestre a la vista del mar. Ilhuicáatl había preparado una cesta con comida y brasas para hacer café, bebida que hacía entonces su entrada en el ancho mundo precisamente por la puerta del Imperio Otomano. Era pues una novedad y una exquisitez. También era la primera vez que las dos estaban juntas de esa forma y, sorprendentemente, hablaron mucho y de todo, aunque, adrede, Ilhuicáatl evitó cualquier tema que hurgara en los sentimientos de Vacatecuhtli. Decir que descubrieron que tenían mucho en común sería mentira porque eso lo sabían ya de antes y, tal vez por eso mismo, nunca tuvieron prisa por llegar a ningún entendimiento porque, no teniendo muchas cosas en las que discrepar, tampoco tenían ninguna urgencia en resolver nada ni estrechar lazos. En cualquier caso, fue una jornada agradable y apacible en la que disfrutaron la conversación, la comida, la bebida, el sol, el aire y el paisaje. Cuando regresaban a casa por la tarde, Vacatecuhtli se sentía mucho más serena y apaciguada y los recuerdos y las sensaciones no la abrumaban ya de la misma manera y, encima, tampoco se encontraron con ninguna catástrofe al llegar a casa.

  2. #112
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    Predeterminado Capítulo XXIX: Un sultán en Estambul

    Y ve el sultán de Tlaxcala
    Cantando alegre en la popa
    Asia a un lado, al otro Europa
    Y allá a su frente Estambul.

    La agonía que sufrió
    Por una apariencia humana,
    Cual vino, se hizo lejana,
    Y la noche se esfumó.

    Entre el oro y el azul
    Y al albor de la mañana,
    Se le mostró la sultana
    Estando frente a Estambul.

    Un día en que al final de la jornada habían puesto la barcaza en varadero para repararla, Marcos por la noche advirtió a Cuahuipil que era posible que se ausentara con Xiloxóchitl quizás sólo media mañana o tal vez hasta tres días, porque tenía ciertos asuntos que resolver. Tres días era lo que había calculado Cuahuipil que le llevaría poner a punto la embarcación con la ayuda de Ilhuicáatl y de Vacatecuhtli. Pero, le dijo también Marcos, si en su ausencia necesitaran de ellos dos, que hicieran lo que tenían por costumbre, es decir, colgar una sábana de color desde la ventana del desván. Lo verían desde el Bósforo y desde la otra orilla. Antes de eso Marcos había dicho a Xiloxóchitl que, si no tenía otra cosa que hacer, que precisaba que lo acompañase para cierto asunto al que debía atender. Y Xiloxóchitl dijo:
    -Bien. Cuente conmigo vuestra merced. ¿Será aquí en Uskudar o dónde?
    -La viuda Ayse me ha conseguido una barca a remos que he amarrado ahí abajo. Es posible que crucemos a Estambul, pero eso lo veremos ya mañana, si no os parece mal.
    -¿Cómo hay que ir?
    -Vuestra merced vístase como quiera, pero a lo mejor andando la mañana prefiere ir bien vestido. Y lleve de repuesto por si acaso.
    -Bien. Conforme.
    Un poco vago le pareció a Xiloxóchitl el plan, pero tampoco era algo desacostumbrado en Marcos Bey.
    Salieron cuando empezaba a amanecer y habían remado hasta el centro del Bósforo, donde ahora se habían detenido.
    -¿A dónde vamos? –preguntó Xiloxóchitl.
    -Eso va a depender de vuestra merced.
    -¡Ah!
    -¿Recuerda vuestra merced? Tres años y medio atrás estábamos los dos en un acale paseando por el gran Tenochtitlán.
    -Sí, hermoso recuerdo. Claro está que no lo he olvidado.
    -¡Un recuerdo extremado! Y os digo Xiloxóchitl que en tres años y medio he llegado a conoceros bien y sé que sois persona leal y que jamás traicionaríais a un amigo.
    -En eso confío.
    -Y yo también confío. Por eso quiero enseñaros algo que me pondría en grave peligro si saliera de entre nosotros dos.
    -Podéis confiar en mí pero también os digo que, si queréis guardar un secreto, es mejor que tampoco a mí me lo reveléis.
    -Claro, pero es que necesito que lo sepáis, por si tenéis que decirme algo al respecto.
    -Bien. Os escucho.
    Pero Marcos no habló, sino que se metió la mano en la pechera y sacó de ella una funda de cuero que parecía contener documentos, y de la funda a su vez, sacó algo.
    -Tomad, leed esto. Sujetadlo bien que es papel y si viene algo de brisa os lo puede arrebatar y nadar en pos de un papel mojado por el Bósforo no es el plan que me había hecho para hoy.
    -Tendré cuidado, no sufra vuestra merced. ¿Lo leo en voz alta o en baja?
    -Como gustéis.
    Leyó para sí sujetándolo bien y cuando terminó, sujetándolo bien, se lo devolvió a Marcos y dijo:
    -Es una fe de bautismo.
    -Eso es.
    -Los apellidos que pone son los mismos que los de vuestra merced. ¿Es de vuestra hermanita?
    -¿Y qué iba a hacer yo paseándome por todo el orbe con una fe de bautismo de una hermanita? Esta es mi fe de bautismo, Xiloxóchitl. ¿Os encontráis bien? Os castañetean los dientes.
    -No es nada –Xiloxóchitl hablaba con dificultad-. No haga caso vuestra merced. Lo que digo es que, entonces, en esta fe de bautismo hay un error porque pone que la bautizada es mujer. Vuestra merced no es mujer.
    -¿Qué es lo que vuestra merced entiende por mujer?
    Xiloxóchitl recapacitó y dijo:
    -Lo imprescindible.
    -Es lo que siempre me he dicho yo, que con lo imprescindible basta y que todo lo demás son ganas de fastidiar.
    -¿Y vuestra merced en lo imprescindible es mujer?
    -Eso es.
    -Y… ¿puedo preguntar a vuestra merced?
    -Pregunte la vuestra.
    -Vuestra merced tiene lo estrictamente imprescindible para ser mujer, pero ¿tiene también lo estrictamente imprescindible para ser varón?
    - ¡Voto a tal! ¿Y dónde lo iba a tener? A mí en ese sitio no me caben tantas cosas. ¿Por qué tiembla vuestra merced?
    -Si vuestra merced no tiene lo imprescindible para ser varón, hay una cosa que no entiendo.
    -¿Qué es lo que no entendéis?
    -¿Cómo habéis podido cumplir con la Vacatecuhtli? No me lo explico.
    -Yo no he cumplido con la Vacatecuhtli de ninguna manera. Me la dio ese liante de Moctezuma y no se me preguntó ni si la quería ni si no la quería. Y ¿qué iba a hacer yo? Yo no podía decir nada. Pero claro que no he cumplido. ¿Cómo voy a cumplir? A mí las porquerías no me gustan y encima me hubiese delatado ante ella.
    -Pero entonces ¿cómo es que ella ha aguantado y se ha callado todo este tiempo?
    -Ella no ha aguantado nada, Xiloxóchitl. Ella ha ido a lo suyo, que era espiar a favor de Tenochtitlán. ¿Qué mejor tapadera que un barragán? Encima, digámoslo feamente pero que se entienda, no ha tenido que pagar el precio. A ella no ha podido salirle mejor, que sigue virgen y, aunque yo no lo entiendo, los hay que aprecian una cosa así, a pesar de ser más trabajo. Bueno, eso no lo sé de cierto, claro, pero eso creo porque es muy limpia. Y vale mucho, que todo hay que decirlo. ¿Os encontráis bien? Tembláis de lo lindo.
    -El relentito de la mañana. No os ocupéis.
    -No hay brisa y hace tibio ¿Estáis seguro de que estáis bien? Los dientes no os paran de castañetear.
    -Me siento imperfectamente, pero tanto como para decir mal, mal, no. Eso es todo. No paséis cuidado.
    -Como queráis.
    -Entonces a efectos de lo estrictamente imprescindible sois hembra y no tenéis nada, lo que se dice nada, de macho de la especie ¿es eso lo queréis decir?
    -Eso es lo que quiero decir y es lo que digo. Pero recalco que solamente a vuestra merced y a nadie más y que esto no puede salir de entre nosotros dos y que, si la revelación que os hago no os sirve para decirme nada, debéis olvidar lo hablado y leído como si nunca hubiera ocurrido, a menos que queráis que dejemos de ser amigos.
    -Eso está perfectamente comprendido. ¿Y qué espera entonces vuestra merced que diga, puesto que dijisteis que me lo revelabais por si tenía algo que decir al respecto?
    -Vuestra merced es soltero. Es más, es muy soltero, que lo querían trasquilar.
    -Sí. No se me ha olvidado.
    -¿Seguro que estáis bien? La barca también está temblando.
    -Terminemos con esto, que me está matando y olvídese vuestra merced de los temblores.
    -¿Prefiere vuestra merced que hablemos otro día?
    -¡No! ¿Qué piensa vuestra merced que tendría que decir yo al respecto de lo que me ha revelado?
    -Yo también soy soltero y los indios son muy de mi agrado y el indio que más me agrada de todos los indios de todos los tiempos y de todos los lugares es vuestra merced. Creo que debería llevaros a que os viera el hijo de Raquel que es médico, si es que no se nos vuelca la barca antes de eso.
    Xiloxóchitl soltó los remos a los que, a pesar de estar cómodamente sentado, se había aferrado como si fuera a hundirse y que, por el temblor de él, no paraban de golpear la borda, agachó la cabeza y la escondió entre los brazos y…
    -¡Voto a San Bósforo! ¡Xiloxóchitl! ¡Xiloxóchitl! ¡Se me ha desmayado! ¡Hermano! –decía mientras le tiraba agua por la cara. Xiloxóchitl volvió en sí en seguida- Vamos a...
    -Tenga piedad vuestra merced. Déjese de médicos y déjese de dar vueltas. Dígame lo que quiere que diga yo y delo por dicho que yo lo diré. Dígame lo que quiere que haga yo y delo por hecho que yo lo haré pero no me mate… O máteme vuestra merced. Cómo gustéis.
    -Yo hago todo eso que decís pero dejad de temblar ya que me da miedo. Nunca os he visto así. … Bien, se trata de si queréis dejar de estar soltero y que yo deje también de estar soltero, solos los dos, en secreto, en el mismo lugar y a la misma hora sin que nadie más que se encuentre ahí deje de estar soltero al mismo tiempo. ¡Estáis pálido!

  3. #113
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado

    -No os preocupéis que, si todo esto no es un sueño, seguro que se me quita. ¿Cuándo?
    -¿Cuándo se os quita el estar pálido?
    -No. Cuándo quiere vuestra merced que se nos quite el estar solteros.
    -Cuando vos digáis. Sí queréis, ahora mismo.
    -¿Aquí, en medio del agua? –dijo mirando alrededor.
    -¡Voto a tal! No, Xiloxóchitl. ¿Habéis traído vuestra fe de bautismo como os dije?
    -La he traído. He traído todos los papeles que tenía.
    -Entonces ahora remamos hasta el barrio griego donde está la iglesia de Santa Teodora y vamos a esa iglesia que hay allí un padre que se especializa en casorios secretos. Cobra ¿eh? Pero yo ya voy prevenido y me hará un precio porque, si no, me voy a otro, que la competencia es cruda. También tengo escritos unos papeles para firmarlos los dos ante el papa, o sea, el cura, y que debe leer antes vuestra merced por si no está de acuerdo en algo o desea añadir algo más. Se trata sobre todo de que vuestra merced no me va a dar nunca la murga para que sea mujer, fuera de lo imprescindible. ¿Los quiere leer ahora vuestra merced o prefiere esperar a reponerse un poco del desmayo?
    -Los quiero firmar ya sin leerlos.
    -Tiene que ser ante testigos.
    -Bien, pues entonces los firmaré cuando estén los testigos, pero no me interesa leerlos.
    -Pero yo no quiero engañar a vuestra merced y me puedo equivocar, que soy humano.
    -Yo os doy mi conformidad para que me engañéis y os equivoquéis y seáis muy humano. ¿El cura ese es católico romano o cismático?
    -Es cismático, claro, ¿qué va a ser? Es el que nos conviene. Yo no quiero que nadie me siga la pista a cuenta de que la iglesia de Roma está en todas partes para que luego me desnuden en la calle como al que se viste de ajeno. El que los cismáticos de Roma y los cismáticos de aquí no se hablen es sin duda obra de Dios y de su amorosa providencia porque ha pensado en personas como nosotros.
    -¿Y eso, el casarse donde el enemigo, no es pecado? Porque la iglesia está llena de muchos pecados.
    -Sí. La Santa Madre Iglesia está muy bien porque hay muchos pecados y sería un milagro no pecar y ser pecadores, finalmente, lo exige la salvación. ¿Si no, de qué nos íbamos a salvar? Esto es pecado pero vale, que es lo que nos importa. En el peor de los casos, vale lo suficiente.
    -¿Y vuestra merced no se tiene que confesar luego ese pecado a un cura no cismático?
    -Es que eso no debería ser pecado, Xiloxóchitl. Que ya hay muchos otros pecados para salvarse lo suficiente.
    -Ya. Vuestra merced asume, pues, en conciencia, la responsabilidad de sus actos ¿es eso?
    -Eso es.
    -Bien.
    Marcos Bey no estaba exactamente despreocupado como siempre pero tampoco lo mataba la preocupación, en cambio Xiloxóchitl no se lo creía, es decir, temía creérselo. Temía que todo fuese una confusión, un malentendido. Que lo que Marcos Bey había querido decir fuera otra cosa y que él había comprendido mal o que todo esto no estaba sucediendo. Y cuando Marcos Bey le sostenía la cara con una mano, para echarle agua con la otra, hubiera querido fundir su cuerpo con esa mano, ser un perro y lamerla con entrega, adorarlo, devorar los ojos que lo miraban y comerse a bocados aquel rostro que lo crucificaba. ¿Sería posible que estuviera sucediendo esto? ¿No se iba a despertar y a encontrarse de repente en el desván ante un día más de agonía, de vivir en una jaula de deseo y de cariño reprimidos? ¿Sería posible que esa jaula se fuera abrir en un ratito en un sitio que se llamaba Santa Teodora?
    A la iglesia de Santa Teodora llegaron y allí los recibió un acólito que los hizo pasar a un patio lleno de macetas al que daba la sacristía y los dejó solos.
    Luego salió el padre Teodoro con sus hábitos, sus tocas y su barbón que parecía un bosque de lianas negras -¿sería teñido?-, y junto a él la padresa, sin barbas, pero con bigote y buenas carnonas, y con tocas y faldones casi como los del marido.
    -¿Y quiénes son los que se quieren casar?
    -Nosotros dos.
    -Yo no puedo casar a dos varones. Necesitamos una mujer.
    -¡Claro! Uno de nosotros es mujer –aclaró Marcos.
    -Ya… pero eso habría que comprobarlo. Las autoridades son las autoridades y yo bastante hago que caso en secreto. Lo que no puedo hacer es saltarme la ley a la torera, hijitos. Si vuestra merced -dijo dirigiéndose a Xiloxóchitl- tiene la bondad de pasar ahí dentro, mi santa esposa, Teodora, podrá comprobar con toda discreción que no se comete ningún acto contra natura y todos contentos.
    A esto asintió la padresa Teodora riéndose con esa cara de disfrutar de lo lindo que sólo saben poner las mujeres con bigote negro.
    Xiloxóchitl retrocedió y Marcos dijo:
    -Padre, el que va a hacer de mujer soy yo. Ya voy. Vamos, padresa.
    Entraron en la sacristía dejando la puerta entornada, para que nadie pensara mal, y volvieron a salir en seguida, y la padresa confirmó con un gesto contundente a la mirada interrogadora del padre Teodoro, que luego se volvió hacia Xiloxóchitl pensativo y al final dijo:
    -Esto es muy… me es muy violento decíroslo, pero no estoy seguro de que vuestra merced sea varón… Y tampoco puedo casar a dos mujeres. No tenéis ni medio pelo en la barba…
    -Es que es indio de las nuevas Indias. Los indios no tienen barba –dijo Marcos.
    -Esos son los chinos, pero de los indios no tengo apuntado nada… No sé, yo no me atrevo a correr ese riesgo…
    -Podéis pasar los dos ahí y… -dijo la padresa. Pero no terminó de hablar, porque padre e indio, que estaban frente a frente, dieron un paso atrás apartándose el uno del otro con un gesto de asco tal que… vamos, no era para tanto.
    -Si lo lleváramos al médico… -dijo el padre.
    ¡Y dale con el médico! Xiloxóchitl estaba empezando a cambiar los temblores por el enfado. Claro que él y los demás se ahogaban en un vaso de agua, porque, después de pasear la vista por las macetas del patio,
    Allí habló don Marcos Bey,
    Bien oiréis lo que decía:
    -Regad vos esas macetas,
    Caballero de mi vida,
    De lejos habéis de dar,
    Afinando puntería,
    Regadlas ésas ahora,
    Después regaréis las mías.

  4. #114
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado

    La padresa encontró todo esto divertidísimo y las carnonas le temblaban de la risa. En cuanto a Xiloxóchitl, por muy fastidiado que estuviese y macho que era, no iba a volverse atrás ahora, después de los tres años y medio de infierno que llevaba y de que Marcos se hubiera puesto en manos de la padresa, que a saber si era mujer o era buey. El día que pillase él por la calle a estos dos peludos les iba a hacer el rasurado permanente a serrucho.
    -Por favor, para proceder al riego, sírvase la señora padresa, retroceder allí –dijo Xiloxóchitl señalando con detenimiento y contundencia dónde quería que retrocediese la padresa que era detrás de Marcos Bey, donde no pudiera ver nada.
    Sí, no fuera a ser que la puntería no fuese lo bastante afinada y la regara a ella. Pero bien está lo que bien acaba. Las macetitas quedaron servidas, todo se firmó con sus testigos, ya tenían algunos papelitos más que guardar en primorosas fundas de cuero y ahí estaban ya en la calle, exsolteritos y aspirantes a una dicha que, no sólo iba a ser íntima, sino también secreta de las de llevarse a la tumba.
    -¿Qué plan tiene vuestra merced ahora? –preguntó Xiloxóchitl.
    -Yo ya le dejé dicho a Cuahuipil que podríamos estar ausentes hasta tres días y tengo las llaves de una casa por ahí arriba desde donde se ve la nuestra por si ponen sábana en el desván. También me las ha dejado Ayse, que se las ha dejado a ella una familia húngara que conoce y que no están ahora porque se han ido a conquistar Hungría, pero no son los de nuestro círculo, son otros. En el camino podemos entrar en los temazcales, luego bajamos a la barca a recoger las plumas y ya, cerca de la casa donde vamos, paramos en la fonda para que nos suban comida y bebida y florecitas del campo. ¿Os parece bien?
    -Me parecen lindos preparativos y os agradezco el haberlos hecho. Pero, si no veis inconveniente en ello, antes de ir a la casa, yo tengo la necesidad espiritual de pasar por el Gran Bazar.
    Fueron, pues, a los baños, o sea a los temazcales turcos, y luego al Gran Bazar donde buscaron la tienda de instrumentos de música que le había recomendado Raquel a Xiloxóchitl. Allí pasaron un rato hasta que Xiloxóchitl eligió un laúd a su gusto, medida y precio. Cuando dejaban la tienda, Xiloxóchitl miró a Marcos con el laúd en las manos mostrándoselo y le dijo:
    -Es para dar gracias a Camaxtli. Es decir, espero que sea para eso.
    -¿Pero todavía tiene dudas vuestra merced? ¡Voto a tal! Claro que es para dar gracias a Camaxtli. Se va a aburrir de todas las gracias que le vamos a tener que dar. ¿Ya sabe tañerlo vuestra merced?
    -Ni pizca. Voy a aprender. Si esto no es mentira, espero cantar mucho, a menos que eso disguste a vuestra merced.
    -Yo no sé de ninguna cosa que haga la vuestra que a mí me disguste. Seguramente yo también os acompañaré, que me gusta cantar, pero nunca me he entendido bien con los instrumentos. Espero que vuestra merced sí.
    ¿Y conmigo os entenderéis bien? Yo también espero que sí, se dijo Xiloxóchitl, pero seguía sin atreverse a creérselo. ¿Qué pasaría si llegado el momento se encontraba en el cuerpo de Marcos con cosas de las que él decía que no tenía? ¡Qué absurdo! ¿Para qué iba a engañarlo Marcos en una cosa así y a estas alturas? El que se pillaría sería él. ¿Y cómo iba a estar además compinchada la padresa? Bueno, podría ser. No, era absurdo ¿por qué motivo?
    No, claro que era absurdo, pero ése era Xiloxóchitl, y aun es posible que siguiera dudando incluso después de dar gracias a Camaxtli y hasta una vez metidos en harina y hasta llegar al fondo del tarro y comprobar que, en efecto, había tarro y había fondo. ¿Y aun después? A lo mejor no, quién sabe.
    Pero no adelantemos acontecimientos porque, esperando lo mejor, aun dando un salto en el vacío (como lo sentía él), gente agradecida que era, siempre fiel a Camaxtli, y sin prisas por quemar etapas, antes de abordar la cuestión de las macetas, se acomodaron en la otomana, Xiloxóchitl con su laúd.
    ¿Era el cielo eso? Y, si era el cielo, ¿qué cielo era? ¿El de Camaxtli hecho de sol, el paraíso de Tláloc, el infierno de íntima oscuridad? No. Debía de ser el cielo de la tierra, el que se había ganado aguantando tres años y medio de tortura y de tinieblas, el cielo que se pintaba en aquellos ojos pardos no muy expresivos, sin gran misterio, pero llenos de movimiento, de fuego contenido, y a los que ahora podía mirar y acariciar con los suyos y no importaba si se perdía en ellos y no volvía. Y así, acompañándose al laúd, sin embarazarse de trastes, dándole a una sola cuerdecita, siempre la misma, como quien pone un punto en la escritura, entonaba:

    -Más allá
    del bien y del mal,
    Más allá
    De este ropaje indiferente,
    Un ombligo
    Que es faro del camino
    Nos lleva
    Detrás de lo aparente.
    Más allá, más alláaaa
    Sin rendirse jamás
    Detrás
    de lo aparente.

  5. #115
    Fecha de Ingreso
    31 dic, 11
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    149

    Predeterminado Capítulo XXX: Y volver, volver, volver

    Al cabo de los tres días y sin haber visto colgar la sábana de color de la ventana del desván, bajaron del cielo de la tierra a la tierra misma, con los demás mortales, y al mar ya de paso, y volvieron a casa y, para entonces, ya debía de creerse Xiloxóchitl que lo sucedido había sucedido de verdad, porque era otro. Tan otro era que la Vacatecuhtli casi se cae de culo, cuando él, con una sonrisa de esas que se habían ocultado durante tres años y medio y que eclipsaban a los astros cercanos y lejanos, le mesó afectuosamente los cabellos y le dijo:
    -¿Cómo está mi Vacatecuhtlita?
    Aparte de la transfiguración de Xiloxóchitl, la expresión de concentrada satisfacción de Marcos -que era como la del gato que, en ausencia del pescadero, hubiera hecho de las suyas en todos los cajones de sardinas- parecía decir que no era precisamente penitencia lo que habían estado haciendo.
    -¿Qué tal? ¿Pudisteis resolver todo? –preguntó Cuahuipil.
    -Todo está más que resuelto, gracias a Dios -dijo Marcos y confirmó Xiloxóchitl.
    -Tú tienes muy buena cara, Xiloxóchitl! No se te veía así desde…
    Justo: “desde que llegó Marcos Bey”. Eso es lo que iba a decir, pero se detuvo a tiempo, exclamando para sí mismo: “¡Ay va! ¡Era eeeso!”. Entonces, lo que terminó diciendo en voz alta fue:
    -…hace muchísimo tiempo.
    Pero ¿cómo había podido estar tan ciego? ¡Era tan evidente! Y riéndose para sus adentros recordaba cómo el pícaro de Marcos Bey lo había despistado con sus harenes y sus cautiverios entre turcos y berberiscos. Pero ¡qué cándido había sido! Se alegró por los dos pero, sobre todo, por su cuñado, que debía de haber vivido unos infiernos que no eran para contados. Y con el consabido “¡claro, por eso me preguntaba tal…!” o “¡claro, por eso hacía cual!” iba a estar toda la noche y unos cuantos días, y hasta meses, porque cada poco caía en algún detalle que debiera haberle sido revelador y en el que, inocente de él, no había sabido ver algo que, después de haber sido tan íntimo de Marzuqa, le tendría que haber parecido un libro abierto. Tal vez era que Marcos era tan distinto de Marzuqa que pensar en la una excluía pensar en el otro, o sea, en la otra.
    Y a su hermana ¿le contaría Xiloxóchitl el secreto? No hacía falta. Desde que se enteró de que Marzuqa era mujer, como era una persona lógica, le pasó lo lógico, o sea, que con cada cristiano -u otomano-, que veía, se preguntaba si era mujer o varón. Y, si no eran muy peludos, los consideraba mujeres en potencia hasta que alguien le demostrase lo contrario y eso incluía a Marcos Bey. ¡Qué contenta estaba! Ya no trasquilarían a su hermano. Ja, ja, ja, ja, ja. Y se rió de su propio chiste hasta descolgársele la mandíbula porque, naturalmente, por las trazas, a los ojos del mundo su hermano iba seguir tan soltero como siempre, soltero para toda la vida. Ja, ja, ja, ja, ja. ¿Cuántos tendrían, siete hijos? ¿diez? Y ¿cómo iban entremeter y explicar esos accidentes en sus solterías? El porvenir se anunciaba lleno de intriga.
    En esos tres días Marcos y Xiloxóchitl habían hablado mucho. Xiloxóchitl, sobre todo, tras tres años y medio de reprimirse brutalmente de palabra, de tapar su sentir y pensamientos, de una alerta continua a lo que dejaba traslucir, necesitaba, sí, certeza de que aquello que le ocurría ahora no lo estaba soñando pero, además y una vez confirmado eso, lo que le era imperioso era hablar, hablar mucho, hablar de lo que había callado, decir sin trabas aquello que ni siquiera a sí mismo se había permitido declarar, quitar todas las barreras a sus pensamientos; como un niño bueno, quería que se reconociera su mérito de haber pasado por aquel calvario y haberlo superado sin perder la virtud ni la dignidad, que se apreciara su fidelidad… Y todo eso sólo podía permitírselo con una única persona, la que era la causa de todo ello. Tendría, pues, que ser sobre ella sobre la que desbordara ahora todo lo que había retenido. ¿Iba a ser esa demasiada inundación para Marcos Bey? Para nada. Él también tenía muchísimo que decir y aquello que tenía que escuchar, finalmente, era hermoso, como todas las cosas de este indio, que sólo por él valía la pena crear un universo entero y bien que lo sabía el Hacedor porque era así como lo había hecho. Y algo tan hermoso como este indio puede permitirse todo, que la hermosura no paga aduanas.
    Pues sí, tres días les supieron a poco pero, hechos a nada, el poco era casi como todo. Y el mundo, que siempre había sido perfecto, ahora era más perfecto que nunca y por eso los de la casa los vieron llegar con aquellos semblantes resplandecientes y satisfechos y por eso Xiloxóchitl, a partir de ahora, podría mirar de nuevo el mundo con los ojos ya no de la necesidad sino con los de la realidad. La necesidad lo había obligado a odiar a la Vacatecuhtli porque era la única manera en que podía él aguantar el sufrimiento mental y emocional que entrañaba su situación y fue en ese odio en la única cosa en que no se reprimió, echándole toda la leña que pudo por su propia salvación. Si hubiera pensado que su rival era una buena mujer, no hubiera podido con ello. Tenía que ser odiosa para que él pudiera resistir. Ahora ya no. Ahora podía y quería hacerle justicia. Porque, además, y como le demostró Marcos, lejos de ser odiosa, a efectos de él, no podía haber sido más inocente. Por eso, al llegar a la casa, había sentido la exigencia inmediata de resarcirla de sus malos sentimientos pasados y de ponerse así en paz consigo mismo.
    La transfiguración de Xiloxóchitl ocurrió unos días antes de que Ilhuicáatl y Cuahuipil se embarcaran en una nave llena de peregrinos a La Meca. En su sustitución y hasta que volvieran habían contratado a dos moriscos valencianos que acababan de llegar con sus familias a Estambul y necesitaban trabajo. Si resultaban, los guardarían luego, porque el negocio iba bien, tan bien que ya les ocasionaba apuros para cumplir.
    Por la noche, para no dejar a la Vacatecuhtli sola abajo mientras durase la ausencia de los peregrinos, Marcos se mudo al cuarto de éstos, con lo cual también mantenían mejor las formas ante ella, que, por su parte, quería saber qué había ocurrido esos días en que estuvieron ausentes para que Xiloxóchitl volviera transfigurado y un dechado de amabilidad. Y, como había confianza, le preguntó directamente a Marcos y Marcos le contestó.
    -Vos no estabais todavía en el real de Axayácatl cuando descubrimos la calavera de su padre en el tzompantli del templo de Yakatecuhtli. Esa noche el hermano Xiloxóchitl tuvo una horrible pesadilla en la que Yakatecuhtli, el dios del comercio, lo acusaba de haber enviado a su padre a la muerte. Yo no lo he entendido muy bien porque no sé si es que el sueño le insufló un recuerdo falso a Xiloxóchitl o si es que realmente pasó algo en su infancia que le dio esa pesadilla. Estas cosas que pasan entre padres e hijos a veces dejan heridas muy malsanas que lo persiguen a uno hasta la muerte. Como sea, Xiloxóchitl estaba convencido de que él era culpable de la muerte de su padre por azuzarlo a ir a comprar sal, sin ninguna esperanza, porque, por aquel entonces, el imperio mexica echaba las muelas de rabia porque los cocineros tlaxcaltecas estaban arrebatando la fama a los de Tenochtitlán por todo el orbe y no quedaba otra que hacerles la jugarreta de dejarlos sin sal, si no querían que Moctezuma sacara una pragmática imponiendo el comer crudo en los próximos 52 años.
    -¿Pero qué gruñidos de cochino son esos que parecen salirle por el culo a vuestra merced para anunciar que hoy es más tonto que ayer, pero menos que mañana? ¡No me toquéis el lugarcito, moco de cochino! Si no queréis explicarme nada, cerrad el hocico, pero no me babeéis, cagarruta de pulga.
    -Pues será lo de los cocineros que lo he entendido mal, pero Xiloxóchitl se sentía hecho polvo desde ese mismo día. Preguntad, si no, a Cuahuipil y os dirá que antes de eso Xiloxóchitl era como lo habéis visto ahora, resplandeciente y afable, que no se puede pedir más en el orbe, y eso es que se ha curado del maleficio que le corroía el alma.
    -¡Claro! El pasar tres días en vuestra selecta compañía lo curó y transfiguró ¿es eso, verdad? –menos mal que era ironía.
    -Claro que no, Vacatecuhtli. Pero no seáis así de mordaz conmigo. Yo no me merezco esa ironía que nunca he presumido de hacer milagros. Yo acompañé al hermano Xiloxóchitl a donde una mujer famosa en todo Estambul por hacer curaciones espirituales...

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    Hasta ahí aguantó Vacatecuhtli. Cuando la cosa derivó hacia las mariconadas beatíficas, se levantó y renunció a saber nada de boca de su ex99% de barragán, ¿o ya con esta deliciosa conversación se había alcanzado el cien por cien? Estaba visto que estos sapos con quienes vivía en Estambul no sabían lo que era el compañerismo ni la reciprocidad. Ella les contaba todo y a ella no le contaba nadie nada. Que no le tocaran las narices que se iba con el hijo del embajador de Venecia, ese imbécil que la acechaba cerca de la casa y que se ocultaba cuando veía a alguien que no fuese ella.
    De muy mala uva, se puso, pues, con el trabajo del día y ya, metida en sus quehaceres, se preguntaba por qué no habría acompañado ella a Cuahuipil y a la jorobadita a La Meca. Ahora era un poco tarde para pensarlo pero echaba de menos a sus dioses o, como diría Cuahuipil, los nombres de Dios Uno, y se recriminaba haber sido tan fastidiosa con las gallinas y no haberse querido poner plumas porque luego cuando todos las tenían, se sintió ridícula y desnuda sin ellas. Y ahora, si se volvía atrás, iba a quedar más ridícula todavía. Y, otra cosa ¿qué sentido tenía seguir en el Imperio Otomano? Ya se había llevado el enorme disgusto de que se rechazase intervenir en las Indias. Estuvo maldiciendo de los otomanos varias semanas seguidas a cuenta de eso y si no mató a unos cuantos fue porque sus cuatro amigos estuvieron pendientes de que no lo hiciera. Pero menos mal que maldecía, si no, no hubiera podido con ello. Y ahora tampoco podría con ello si se ponía a pensarlo, así que, mejor, lo dejaba. Que eso, que qué sentido tenía seguir en Estambul o Uskudar o lo que fuera. Por supuesto, no se quejaba del sitio ni del trato y, en justicia, bien podía decir que había vivido allí mejor que en ninguna otra parte, amén de que veía semejanzas entre La Sublime Puerta y la corte de Moctezuma. Hasta la manera de hablar, sólo por señas en la corte otomana y en voz bajísima y breve en el caso de Moctezuma, las emparentaba. Y los gineceos, aunque en política, parecían tener mucha más voz las otomanas que las tenochcas. El orden y la claridad jerárquica eran asimismo notorios en ambos, también lo cuidado que estaba todo por doquier. Por ninguna parte se veía desidia o negligencia. Claro, en el Imperio Otomano no hacían sacrificios a los dioses, esa era la diferencia, que se compensaba un poquito con la curiosa forma de sucesión de los sultanes, conforme a la cual sucedía al padre aquel de sus hijos que conseguía dar muerte a los otros y quedarse solo. Eso seguro que no era un sacrificio a los dioses, pero vaya si impresionaba, aunque los eliminados al cabo fueran muy poquitos. ¿Cabía deducir de ahí que la caída de Tenochtitlán era un castigo por los sacrificios humanos? De lo que dijeran los cristianos no hacía ni caso. Hablaban por su propio interés y, de todas formas, estaban obcecados que sólo podía ser lo que dijesen ellos. Y todo parecía indicar que terminarían imponiendo su crucecita y todo lo que iba con ella, que pesaba mucho. Y, en conjunto, la impresión que le dejaba esa religión, al menos la que proponían para la exportación, era la de un atracón de excesos emocionales. Por lo que había conversado con Cuahuipil y el barragán y por lo que le oyó a Marzuqa e incluso a los cismáticos del Imperio Otomano, entendía que había más que eso y que tenía más enjundia de lo que indicaba esa apariencia, pero lo que trascendía al vulgo era que, fuera de ponerse a torturar mental y emocionalmente uno mismo y a sentirse malísimo porque Dios Todopoderoso, nacido en no sé qué año, se crucificó por nosotros para que nos fueran perdonados los pecados, no veía otra cosa que señalar. A pesar de lo horribles que pudieran parecer los sacrificios humanos, para ella eso tenía mucho más sentido que el crucificar a Dios. Es precisamente porque los seres humanos mueren por lo que vuelven a su Creador, porque son de Él y nunca han sido otra cosa que de Él, que los pone en la vida para que hagan ese viaje. ¿Cómo el que alguien muriera crucificado o jugando al totoloque, y más si dicen que ese alguien era Dios, iba a contagiar a todos los demás sin que a su vez hicieran el viaje que era mandado por los dioses? En fin, que, si alguna vez tenía que decir amén a todo, lo diría, pero que no le hicieran comulgar con ruedas de sacrificio gladiatorio, que no tenía tantas tragaderas.
    ¿No era eso desolador, pensar que, si volvía a su tierra, cuando volviese, se iba encontrar con que ya no habría ninguna verdadera divinidad sino sólo la cruz y una madre virgen? ¡Una madre virgen! O eso es una alegoría o un símbolo o es una afrenta a la maternidad. ¿Es que la maternidad no es buena ni divina si la madre no es virgen? Claro que, si es madre de dios, tendrá que ser-no-ser virgen con alguien que sea Dios, porque si no… ¡Vaya disparate! Si lo presentasen como lo que es, un lenguaje, un imaginario emocional cuya finalidad era mover a la gente a los sentimientos más generosos o compasivos, tendría su justificación y utilidad y la religión india estaba cargada de esa clase de lenguaje. Pero presentarlo como una serie de sucesos históricos por los que el crucificar a alguien, concretamente a Dios, (¿a Dios?), era el único medio de que ese mismo Dios perdonase a la malísima humanidad, le parecía de un infantilismo lastimoso y una aberración soberana. Mira que detestaba estas mariconadas. Y agárrate con la comunión porque el concepto era el mismo que el de los indios pero estos cristianos decían que sólo valía la comunión de uno en toda la historia y que con una entrada pasaban todos, porque era Dios. No, no terminaba de creérselo. Faltaba un par de años y cuando volviera ¿que vería? ¿Todo el Anáhuac sacrificado a la cruz y no a Dios? ¿La idolatría impostando el monoteísmo? Desde luego, no dudaba de que había un cristianismo con pies y cabeza, y era lógico que fuese así, porque los hombres son hombres por doquier y la divinidad igualmente reina y manda por doquier aunque los hombres se obstinen en tapar, pero la sopa de emociones que es lo que predicaban para el consumo, como si fuera indiscutible y porque sí, por derecho divino, como su puto rey de su puto papa, no podía ser otra cosa que una tomadura de pelo.
    ¿Y esto a qué venía? Que había empezado por una cosa y ahora ya no recordaba qué cosa era. ¡Ah, sí! Que ya no tenía nada que hacer aquí. Que con haberse sentido bien tratada y haberle aprovechado mucho la estancia en Estambul, ella, y sospechaba que los demás también, tenían que decidir qué curso iban a seguir. Para Cuahuipil sabía que era renunciar a la completa libertad de religión aquí para volver a esconderse como un delincuente, que era por otra parte lo que les esperaba a los indios, pero ella, aún así, quería volver. Tal vez un día se arrepentiría, pero le tiraba mucho su tierra y, si había de caer en la tiranía, quería hacer lo que pudiera por que esa tiranía fuese lo menos tirana posible. Se lo debía a su patria y a otros que quizás no tuvieran tan mala leche como ella y agachasen la cerviz haciéndole las cosas fáciles al opresor. Ella se las haría difíciles, al menos tan difíciles como pudiera. Ella no creía en las sopas de emociones, ella creía en la divinidad absoluta y en la lucha. Los dioses dan la derrota o la victoria, pero, den lo que den, los seres humanos han de luchar. ¿No lo había aprendido eso con los muslimes, que aunque sea insignificante, uno debe hacer lo que pueda y no renunciar a lo poco porque no pueda lo mucho?

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    De todas formas, los seres humanos son extraños. Porque ahí estaba su barragán, muy católico, pero él no quería imponer nada a nadie y estaba a gusto con todo el mundo. Y es más, decía, como decía Cuahuipil, que no hacía tanto en la Vieja España cada cual había podido ser lo que fuera sin sufrir por ello represalias ni tener que esconderse. ¿Qué enfermedad se había apoderado de esos “cristianos del demonio” como los llamaba su barragán? ¿Por qué tuvieron que romper la concordia y los pactos solemnes con Dios por testigo? Si no tiranizaban, que fuesen tan emocionales como quisieran y se salvasen como entendiesen, pero ¿no era acaso una muestra clarísima de falta de fe el sentirse en el deber de imponer su “creencia” por la fuerza, el avasallamiento y el monopolio? ¿Tan indigerible y disparatada era esa creencia que si no se imponía no se confiaba en ella? Nunca se hubiera imaginado algo tan descabellado y tan descabalado. Y ¿qué harían Cuahuipil y la señora Alcalá? ¿Se quedarían? ¿Volverían a la Vieja España? ¿Querrían volver a Tlaxcala? Le gustaría esto último. Era absurdo e increíble que en estos últimos años su familia hubieran sido dos teules y dos tlaxcaltecas. A Cuahuipil, de tanto tratarlo, nunca se lo diría, pero le había cobrado mucho apego y, ahora que no estaba, lo echaba muchísimo de menos. Tan plebeyo, tan trabajador, tan paciente… pero era como delataba su nombre, siempre estaba ahí, siempre te podías apoyar en él, refugiar en él, con el único riesgo de alguna cagada de pájaro, porque era un gruñón y, cuando la reñía por algún motivo, siempre le soltaba aquello de “parece mentira que con vuestros 22 añazos, vuestra merced siga…” lo que fuera. Y además que no se olvidaba de aumentarle un año cada año. Recordaba cómo la parejita le había parecido ridícula la primera vez que vio a la jorobada. Hecha a ver a los cristianos emparejarse con las aristócratas indias, Cuahuipil le pareció un pobre de espíritu sin ambiciones, casi le pareció risible, un pobre imbécil, yendo a elegir a una jorobada, que ni siquiera tenía dote digna de mención. Y tal vez sí que tenía algo de eso el muchacho, pero había más. Él era uno de esos afortunados que sabía lo que no quería y sabía lo que no estaba dispuesto a hacer para que el mundo estuviera más contento con él o lo aplaudiese. Y la caimana… era un caso aparte. El único que la había desagradado siempre era el Xiloxóchitl y no entendía qué le había podido pasar porque, desde el día aquel, era demasiado bueno para ser verdad y la trataba a ella con una ternura y delicadeza desarmantes, sin importarle de qué humor estuviese ella.

    Y en la Nueva España ¿quién le quedaba, aparte de eso? Medio hermanos con los que nunca había tenido mucha relación ni afecto y Ahuitzotl que, encima, ya ni siquiera era hermano. Ahora lamentaba, cuando tuvo aquella conversación con la señora Alcalá, no haberle dicho nada de la carta de Ahuitzotl porque sí le hubiera ayudado explayarse con alguien. Sin duda lo haría cuando volviesen de La Meca. Seguía pensando en su padre y seguían revolviéndola las palabras que dijo en su lecho de muerte.
    Volvieron de La Meca Cuahuipil e Ilhuicáatl y, como era de esperar, hubo un desfile de amigos y conocidos por saber de primera mano todos los detalles de la peregrinación. Escuchar el relato de quienes lo habían vivido era también un acto piadoso. También en esos días murió Raquel, lo que entristeció a todos, porque de todos era querida. Para Cuahuipil además fue como si le robaran otro pedazo de alma. Otro testigo menos de un pasado que no volvería. Era como si los pensamientos se le fueran convirtiendo en cementerio y la falta de Raquel fue un acicate más para una decisión que habían meditado él e Ilhuicáatl. Unos días después, ambos convocaron a los otros tres:
    -Estamos pensando en volver a la Nueva España –dijo él.
    -¿Por qué? ¿Os fue mal en La Meca? –preguntó el cuñado.
    -Todo lo contrario. Nos fue muy bien pero precisamente por eso. Lo hemos meditado y siguiendo lo que nos dice el corazón queremos volver allí. Sin ninguna urgencia porque tenemos aquí cosas que terminar y también, según lo que decidamos todos, resolver qué hacemos con el negocio y, como tendremos que pasar necesariamente por la Vieja España, ver con qué cara y personalidad aparecemos por allí porque lo mismo nos prenden. ¿Qué pensáis?
    -Si os vais vosotros dos –dijo Vacatecuhtli señalando Cuahuipil y a Ilhuicáatl- me voy con vosotros.
    -¡Voto a tal! Ahora que yo me había vuelto a aficionar a esto…
    -¿No querréis volver a aficionaros a aquello? –le preguntó Xiloxóchitl.
    -Vos ¿cómo lo veis?
    -Si vamos a volver, aunque sin prisas, como bien dice Cuahuipil, cuanto antes mejor. En la Nueva España debe de estar cambiando todo muy rápido y, cuanto más tardemos, más cosas se habrán hecho sin nosotros y puede ser que en nuestro perjuicio y recuerde también vuestra merced que teníamos que descubrir las siete cuevas.
    -¡Voto a tal que más razón no podéis tener! Las siete cuevas no pueden esperar.
    Pues parece que había acuerdo, aunque también pena. Pero como tampoco entonces se podía estar en dos sitios a la vez, se dedicaron a terminar honrados alcoranes en pictogramas, balances contables, aprendizaje de los nuevos tripulantes de la barca y una novela: la que le pensaban contar al hijo del embajador de la Serenísima República de Venecia para que los rescatase de su cautiverio en el imperio otomano.
    Vacatecuhtli había contado a sus compañeros que el galán la perseguía por doquier y muchos días acechaba la casa a ver cuándo se quedaba sola y decidieron que no sería mala idea invitarlo dentro para que no hiciera el ridículo fuera y, así, quién sabe, hacer una buena amistad. No estaban seguros de que fuera hijo del embajador porque, aunque daba a entender eso como parte de sus atractivos, más bien les parecía que lo era de algún ayudante o secretario pero algo era porque lo habían seguido y sí tenía entrada en la Embajada y, era de suponer, también a las firmas y sellos que a ellos les allanarían el regreso a la Vieja y a la Nueva España.
    Así lo hicieron, pues, invitándolo a pasar y así le preguntaron que qué tenían que hacer para escapar de Turquía y llegar a tierra de cristianos. Que ellos eran el séquito de doña Juana que era hija de un príncipe azteca y que habían trabajado y habían conseguido rescatarse todos menos ella porque la dueña era una mujer sin entrañas que no quería aceptar el rescate. Ya estaban desesperados y no veían otra salida que escaparse sin más. Si ellos pudieran embarcar juntos, le decían, con salvoconductos y documentación de la Serenísima porque la suya se la habían cogido sus dueños, el padre de doña Juana que era un gran príncipe sabría agradecérselo. Que también estaban dispuestos a pagar. Y a jugárselo, pero a esto último el embajadorcito no jugaba. Prefería lo seguro.
    -¿Y cómo es que a una mujer tan hermosa como ella no la habían metido en algún harén? Preguntaba.
    -Si sí que me metieron pero como la mujer estaba celosísima, me raptó y me tuvo escondida a pan y agua en un sitio que no sé donde estaba porque no veía la luz del sol hasta que, por lo visto, se murió el muy vicioso y la mujer me alquiló al dueño de la barca para trabajar.
    -Es una pena que trabaje tanto una mujer tan hermosa como vos.
    -Pues sí. Por eso nos urge que nos den un salvoconducto como cautivos rescatados. Aquí ya sabe mi señor embajador que el Emperador del Sacro Imperio no tiene embajada y a ver cómo lo hacemos.
    El embajadorcito se vio entre dos aguas: las eminentemente codiciosas y mercantiles de Venecia y las tenochtitlanas llenas de embrujo que los amigos se habían aplicado a dibujar en el escudo nobiliario de doña Juana tal como gustaban los cristianos de dibujar esas cosas. Había que decorar un poco el asunto para que todos quedaran en buen lugar y, por eso, ellos se esforzaban en mostrar un enorme interés por las genealogías del embajadorcito, los talentos del embajadorcito, la venalidad del embajadorcito… Fue esta última la que, lubricada por todo lo demás, finalmente ganó. La princesa azteca estaba demasiado protegida por tres caballeros y una jorobada como para conseguir favores íntimos y, para compensar la falta de ganancia por ese lado, tampoco era una tragedia lucrarse por otro y el único que perdía al final era el turco. Venalidad pues y más vale un toma que dos te daré. Llegaron a un acuerdo sobre el precio y con flamante documentación que demostraba que habían sido capturados en un abordaje berberisco y llevados a Estambul sin haber podido arribar a las costas de la Vieja España procedentes de la Nueva hacía tres años y medio, en marzo de 1524 los cinco amigos desembarcaban en la otra ciudad de los canales.

  8. #118
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    Predeterminado Capítulo XXXI: Incesto florido

    La Nueva España, noviembre de 1524

    Lee y relee la carta. No se atreve a creérselo.
    “Querido -es decir, puede que querido, tendremos que ver- exhermano exAhuitzotl. Muchas gracias con retraso por tu extensa carta y adjunto que recibí no hace mucho.”
    (Claro, por eso no me escribía, piensa él, crédulo él).
    “Ponte inmediatamente camino de la ciudad de Tlaxcala. Tráete tres o cuatro macehuales de tu confianza y muy capaces”
    (¿Capaces de qué?).
    “Estoy aquí con los toros, las vacas y los venados-caballos. Los burros de momento se quedan en Tlaxcala. Cuando llegues a ídem, vete a la posada de Santiago del Conejo. El nombre y el conejo lo tiene puesto en la fachada encima de la puerta. Di que eres Ahuitzotl y pregunta por Vacatecuhtli.
    Deja preparado un terreno cercado equivalente a 40 tlalquahuitl de lado, al menos, a lo que te dé tiempo, pero que esté enteramente cercado.
    ¿De verdad estás tan estropeado como dices? Tendremos que ver.
    Tu exhermana Vacatecuhtli.”
    ¿Vacatecuhtli? No me suena. ¿Cuándo se ha llamado ella Vacatecuhtli? Su nombre cristiano era Juana. ¿Se lo habrá cambiado por otro más cristiano todavía? Bueno, basta de divagar, ya estoy buscando a esos macehuales. Toros y vacas. Así que los ha traído. ¿Y en que son vendrá? porque el “querido”, con la observación aneja… ¿es cariñoso? Más bien parece un tanto despegado. Miedo me da.
    Miedo le daba y razón tenía. Pero no pasó nada. Es decir nada que no conociera ya de antes. Palabrotas como siempre, con algún cochino entremetido, insultos a discreción, también con su lote de cochinos. Casi lo había echado de menos. Abreviando, que fue a Tlaxcala, volvió de Tlaxcala y quedaron toros y vacas -que en realidad eran poco más que becerros-, venados-caballos y exhermana acomodados en el pueblo de Ixtapan, donde tenían la finca, el cercado y la casa, ésta más o menos a punto, y él seguía en una pieza.
    Para lo que no estaba preparado, sin embargo, era para el diálogo que sostuvieron al tercer día de la llegada y una vez que ya se habían ocupado de todas las cuestiones de interés inmediato.
    -Bien. Exhermano mío, parece llegado el momento de tratar de esa herencia que tengo que partir contigo.
    -No, por mí no te molestes. Si no quieres partir nada, conmigo estás cumplida.
    -¿Para que luego tu desgraciado de expadre me persiga desde el más allá igual que me persiguió desde el más acá haciéndome sentir mala? ¡Menudo puto pendejo! No, no te preocupes, que aunque él decía que no quería, lo he perdonado porque, andando con toda esa gentuza de allende el mar, me he vuelto una blanda. Pero tampoco voy a dejar de hablar mal nada más porque haya perdonado a alguien. Bueno, eso aclarado, si tienes más necedades que decir, agrúpalas para despacharlas todas juntas ahora y que no tengamos que perder tiempo toda la noche en pendejadas.
    -No, lo siento, me callo.
    -Bien. Como habrás visto, los toritos son una joya, pero hasta que pase un tiempo, lo único que nos van a dar es gastos. Si partimos esto, los gastos no van a ser menos, sino más y, como va a ser lo único que haya, porque de lo poco de cultivos que tenemos habrá que dejar que coman los macehuales y habrá que traer los burros también para que no se deslomen los mismos macehuales que comen, pues más gastos. Por otra parte y como me has explicado, ha desaparecido el jardín de fieras del Moctezuma y ya no están los pabellones del ocelote, con lo cual no existe el único sitio en el que se dijo que yo me podría colocar. O sea que, si nos casáramos, se reducirían los gastos al mínimo, tú, que estás hecho una pena, te colocarías, y yo, que estoy como siempre, me colocaría, de modo que, además, mucha gente empezaría a creer en los milagros y se los atribuirían a los teules porque son los que mandan, con lo cual también se favorecería la paz social, y encima tendríamos toros que, de todo lo mencionado, es lo único serio.
    -¡¡¿Casarnos?!!
    -¿Te he dado un susto?
    -No, no. Es la sorpresa. Bueno, susto también. Pero un buen susto, o sea, un susto bueno, un sustirrinín. Que no me lo esperaba. No se me hubiera ocurrido nunca que te hubieras fijado… o sea, no fijado… sino que… que hubieras pensado en darme un papel en una cosa así.
    -¿Tienes tú por ahí algún otro plan o qué?
    -No, ninguno –(y si lo tuviera lo rompería, se dijo para sí)-.
    -Bueno pues ya está. No vamos a dedicarle más tiempo a esto. Total, a mí me da igual uno que otro y los hombres sólo pensáis en una cosa.
    -¿Ah sí? ¿En qué cosa?
    -En rezar por la noche, en pasaros toda la noche rezando.
    -¡Nooo!… Yo no… ¡Ya! … Bueno, sí. Oye, y todo eso que me has dicho… de casar… no sé como tomármelo. ¿Me lo has dicho de malas o de buenas?
    -¿El qué? ¿Que me hagas de ocelote? Puro patriotismo. Habrá que mantener las tradiciones de los aguerridos Caballeros Ocelote de Tenochtitlán, aunque sea en la alcoba, ¿no crees? –decía esto con una sonrisa de medio lado que…
    -Ya… Bueno… No sé.
    -No te preocupes, que no me espero gran cosa y, además, como no soy varón, yo sí tengo otros intereses. Encárgate de buscar algún cura de esos del enemigo que nos case sin remedio, pero lejos de aquí, en algún sitio donde no nos conozca nadie.
    -Pues en casi todas partes no nos conoce nadie porque en el Tenochtitlán antiguo tenías cierto renombre pero ahora ya nadie se acuerda de casi nada de antes.
    -Ya, claro, en cuanto vuelve una la espalda, la popularidad se la lleva el último pendejo teule que acabe de llegar. Pero, sea como sea, no nos vamos a casar en casi todas partes, sólo en una. Busca ésa. Y entérate bien de todos los detalles teniendo en cuenta que estamos rebautizados, no sea que nos pille la puta inquisición, que no tardará en llegar.
    -No entiendo nada de lo que dices.
    -Que busques donde nos casen como cristianos.
    -¿Y por qué no quieres que nos conozca nadie? ¿Es porque estoy muy estropeado y te da vergüenza?
    -Es porque quiero que por donde nos conozcan se crean que vivimos un amor incestuoso.
    -¡¡¡Ah!!! ¡¿Y por qué quieres que crean eso?! Ahora ya no hay guerra.
    -Pues mejor, así se notará más.
    -No sé… No me entero de mucho de lo que me dices. Claro, como has viajado tanto… Y en la guerra pasan tantas cosas…
    -Bien dicho lo de la guerra, hermano. Eso es. El incesto es la guerra por otros medios.
    -¡Ah, qué bien! … No lo entiendo.
    Este hombre… Es un caso. Y está empezando a hacerme gracia. ¿Por qué antes lo odiaba tanto? Porque era mi hermano, por eso, e hijo de mi padre que es todavía peor. Debería estar prohibido tener hermanos y que el padre de una tuviera hijos. Sólo sirven para hacer el ridículo dándose importancia, como si tratando de impresionar a las hermanas estuvieran ensayando para cuando luego hagan el payaso a lo grande delante de las que no son hermanas.
    -Bueno, hermanito, si no tienes nada que añadir, ya te puedes retirar a descansar. Dame un besito.
    ¿Se estaba riendo de él? Bueno, que se riera, le daba igual. Se reía de todo el mundo… y él era parte del mundo… era natural. Tampoco iba a ser ella tan rencorosa que quisiera borrarlo de la Creación.

  9. #119
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    Predeterminado

    ¡Ay, la Vacatecuhtli! Había llorado mucho desde su vuelta. Nunca se hubiera imaginado que en tan poco tiempo todo pudiera cambiar tanto. No era lo mismo haberlo pensado que verlo. Evitaba detenerse en ello porque ya no servía de nada, aunque sí pensaba que, si hubiera mandado y durado Moctezuma, algo se habría salvado. Como en Tlaxcala, que sí que habían conseguido salvar cosas. Después de lo que había visto y vivido en su gran viaje, sabía que aquello no tenía remedio ni hubiera sido evitable más bien pronto que tarde, pero ¡perder Tenochtitlán! No la posesión, sino la ciudad sin par… la posesión le hubiera dado igual, que se la quedara quien fuera, aunque fuera el enemigo, pero que permaneciera… A quienes lo perdieron que los llamaran héroes, patriotas o lo que quisieran, pero no era suyo para hacerse nombres ni aureolas a costa de dejarlo destruir, era de todos, de los de antes, de los de entonces y de los de después. Eso sí podía haberse evitado. Pero era inútil lamentarse ahora y, como no había sido así, se alegraba de estar lejos, de no tener que verlo todos los días con sus ojos…
    Y, por extraño que pareciese, se sentía con fuerzas, se sentía viva, quizás porque finalmente las tonterías sufíes del Dios Heredero y todo eso la habían calado y no podía evitar ser optimista o porque de verdad tenía la baraca del Huitzilopochtli. Y los toros. Los toros eran un regalo divino. Esos sabían lo que es luchar y morir luchando por ser quien se es, sólo por eso, sin vacilación y sin cálculo, esos sí que eran una señal del Todopoderoso: ni por comer ni por que se los vea ni por ambición ni por quedar encima ni por vanidad… Sólo por ser quienes son, por eso pelean y mueren y mueren de pie y con verdad y los mejores con la boca cerrada. ¡Qué gloria! ¡Qué enseñanza y qué ejemplo! La gente tenía que ver a estos animales divinos. Y mira que Ahuitzotl… Sonreía al evocarlo. ¿Por qué lo había detestado tanto? Sí, lo detestó con razón, porque era un aborrecible adolescente feo e inoportuno, digno de ejecución sumaria. Era abrir la boca y llevarla al paroxismo. Pero ahora… ahora era muy gracioso. Y había hecho las cosas muy bien. Si no las llega a hacer así, estaría ella ahora con una mano delante y otra detrás. No le debía el casarse con él, pero el compartir la herencia sí se lo debía. A lo mejor hasta le debía toda la herencia sin partir, pero hasta ahí no iba a llegar que tan blanda tampoco se había vuelto. Partirla sí porque él la había defendido y encima no en su beneficio sino en el de ella. Era justo, pues.
    Y todo el mundo hablaba de los 12 frailes que habían llegado ese año para enseñar la doctrina cristiana. Se le revolvían las tripas. Eso y no lo que habían hecho los tenochcas era habilidad para imponer un imperio de pies a cabeza y cambiar todo de la noche a la mañana y que la gente pasase por el aro y encima contenta. ¡Qué buenos, qué santos, qué humildes eran los frailes! Y, a cuenta de los santos frailes, el demonio de papa y el demonio de emperador, mano a mano, destrozaban España, destrozaban las Indias y engañaban y perseguían a todos. ¿Porque no estaban los frailes enseñando humildad al Emperador? A ése le hacía muchísima falta, que se creía delegado de Dios en la tierra. En cambio, a los macehuales mexicas o totonacas o tlaxcaltecas no les hacía ninguna. Ellos se la podrían enseñar a los frailes. Vaya que sí, porque humildad, humildad, pero no se recataban de insultar a la religión ajena, de querer acabar con ella como si ellos fuesen Dios para decidir semejante cosa y no meros hombres y creyentes, como cualquier indio o muslime o judío o cismático… O sea que ni tanta humildad. Sencillamente, su orgullo o su soberbia iba por otro lado. Bueno, ése era el mundo en el que estaba, el que había anunciado Marzuqa, ese lugar al que nos envía la divina piedad a pelear nuestra existencia. No había, pues, nada que objetar. Y por eso se proponía aparentar un incesto y pavonearse de él. ¡Qué tanta santurronería y beatería y docilidad, hombre! Ya demostraría ella que los teules y sus frailes estaban sembrando la depravación en las Indias, que hasta la gente no se recataba de hacer alarde de sus incestos. ¡Toma evangelización!

  10. #120
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    Predeterminado Capítulo XXXII: El apagón

    No fue Vacatecuhtli la única que quiso llevar toros a la Nueva España. Cuando, todavía en Uskudar, comentó con los demás lo que le había puesto Ahuitzotl en la carta, los demás también pensaron que era una buena idea, de modo que, de vuelta en la Vieja España, dedicaron tiempo a ver reses y a estudiar el traslado y su costo y finalmente compraron un lote de becerros a dividir en dos partes iguales, una para Vacatecuhtli, y otra para los otros cuatro. Llegaron con los animales a Tlaxcala y los dejaron en el terreno que ya Teyohualminqui había hecho cercar y esperaron a que llegara Ahuitzotl con los macehuales a recoger los de la Vacatecuhtli. Mientras tanto ésta se quedaría allí con los otros amigos.
    Cuando salió de la Nueva España cuatro años antes, Vacatecuhtli lo hizo con una idea que ahora comprendía lo quimérica que había sido pero que, entonces, en su ignorancia e ingenuidad, había creído posible. Sin embargo, tampoco se volvía con las manos vacías. Había vivido y había aprendido. Ese viaje había sido su telpochcalli y su calmecac. Muchas cosas, como tirar con ballesta, salvo de satisfacción personal, no creía que volvieran a servirle, aunque lo daba por bueno porque, al menos en lo que atañía a ella y a Ilhuicáatl, que también la había usado, con ese arma habían hecho su estrago en el bando imperial.
    También sus otros compañeros habían aprendido mucho. Como Cuahuipil, que en el viaje por mar de Estambul a Venecia, mientras estaban los cinco apostados en la cubierta de la carraca, anunció feliz:
    -No me han capado. He estado dos años en Estambul rodeado de turcos y sultanes y no me han capado. Después de oír a Marcos Bey hablar de los turcos, yo creía que llegar y caparte todo era uno.
    -Pues deben de estar empezando a tener descuidos porque a mí tampoco me han capado –dijo Xiloxóchitl.
    -Descuidos no, más bien es que esto se va a pique, porque a mí ni siquiera me han metido en un harén, que es lo mínimo -dijo Vacatecuhtli.
    -Vacatecuhtli, pochola, piense vuestra merced bien antes de hablar, que decir “esto se va a pique”, estando en un bajel y en alta mar, es de mal agüero. Y en cuanto a vos Cuahuipil, no me niegue vuestra merced que teníais unas ideas bien extrañas sobre lo que era el Imperio Otomano y yo os seguí la corriente. Que tampoco habría que hablar de corrientes en medio del mar pero ya digo esto y termino y es que es una pena que haya conocido vuestra merced el Imperio Otomano porque ahora ya esa corriente no os la voy a poder seguir más y bien pudiera ser que lo fuera a necesitar -dijo Marcos Bey.
    -Ni esa ni ninguna otra, Bey, que ya he perdido la inocencia –se río Cuahuipil-. A partir de ahora va a tener vuestra merced que enseñar siempre las cartas.
    Lo del capado luego había quedado como un chiste tonto entre ellos que repetían viniendo y sin venir a cuento y que ya casi nunca tenía gracia pero que era como una consigna general para el buen humor. Aparte, claro, de que siempre es una delicia redescubrir que a uno siguen sin caparlo o que a una siguen sin meterla en un harén, que era una versión femenina del capado.
    Otra cosa buena de su viaje de vuelta por la Vieja España, además de que allí tampoco los caparan, fue deshacerse de algunos lastres del pasado. Por primera vez desde que se volvió varón, Marcos, animado y convencido por Xiloxóchitl, se presentó ante su familia y presentó a Xiloxóchitl como su marido. Y esa era la única vez que se atrevería a hacer algo así en parte alguna. Al llegar esta vez a la Vieja España, él, como todos los demás, había cambiado de apariencia con respecto a la que tenían durante la guerra de las comunidades para no suscitar recuerdos ni represalias. A su familia les explicó que iba vestido de varón porque no se podía mostrar tal cual era por la represión contra los comuneros –ya ves tú, como si él hubiese guerreado en el bando comunero vestido de mujer- y pidió el más absoluto secreto y no les dijo a dónde se dirigirían después de eso porque, una vez más, cuanto menos supieran, menos riesgo para todos.
    En cuanto a Cuahuipil, seguía perseguido por los remordimientos de no haber sido buen hijo. Cuando estando en Sevilla con Marzuqa ya tenían barco para pasar a las Indias los dos juntos, él recibió carta de su hermana mayor, diciendo que su madre no iba a durar. Entonces renunció a embarcarse según lo previsto, aunque no consintió que Marzuqa renunciara también y hasta se enfadó con ella para que se fuera, porque, si no, él se iba a sentir culpable por retenerla. Volvió él lo más rápido que pudo y llegó a ver morir a su madre pero sintiéndose tan mal hijo… Seguro que el que él se hubiera marchado le había acortado la vida. Y además se acordaba de los disgustos que le había dado desde que tenía uso de razón, como cuando, siendo de unos siete años, cogió una monumental pataleta y rompió un montón de cacharros de los que estaban en el alfar para vender. Y buena azotaina que se llevó que cuando paró su madre fue porque ya no le daba la mano para más. Y lo remató diciéndole:
    -¡Vaya vuestra merced donde yo no lo vea!
    ¡Le había tratado de “vuestra merced”! ¡Estaba espantado! ¿Ya no lo iba a querer nunca más? Vivió unos días en el más horroroso temor de que su madre ya no lo quisiera pero al cabo de ellos sí lo quiso. Y él la abrazó y lloró a moco tendido y todos los arrumacos le parecían pocos. Y tuvo que pagar, cacharro por cacharro, los que había roto y comportarse como meritorísimo aprendiz del oficio para reponerlos. Y, por supuesto que su madre hizo trampas para que saldase la deuda más rápido de lo que alcanzaba un crío de su edad, pero él estuvo convencido de que realmente no se le había eximido de nada del castigo, para que aprendiera.
    Por cierto que Vacatecuhtli, lo mismo que los otros, escuchó a la hermana mayor de Cuahuipil recordar jocosamente este suceso y eso procuró a la mexica una de las mejores carcajadas de su vida. Si ya el descubrir que en el pueblo de él su familia y casi todos los demás eran alfareros le había parecido divertido, el relato de la furia del pequeño Arbolito desatada contra un surtido de indefensos cacharros le hizo reír hasta dolerle los costados.

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