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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #101
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    Predeterminado Capítulo XXVII: Las lágrimas son agua y van al mar

    No sabían exactamente lo que se iban a encontrar al llegar. En Cuba tuvieron noticias más recientes que las que ya conocían, pero cuando de hecho llegaron a La Coruña se encontraron con que la guerra de las Comunidades ya llevaba varios meses. La sublevación había tenido lugar y se jugaba el destino de la Corona de Castilla, de España y de las Indias. Ahora ya sabemos que esa guerra se perdió. Como tantas guerras justas, porque, al fin y al cabo, en este mundo, parece que perder es lo suyo. Si no, hace tiempo que el mundo se habría acabado porque ya no quedaría nada por hacer ni ningún bien que perseguir y entonces donde se hallaría uno sería en el más allá pero no en este mundo, que es una infinita sucesión de partidas que jugar sin que ninguna para él sea la definitiva, sino el anuncio de una nueva en que nuevamente habrá muchos perdedores. Pero, como, de todas formas, las personas tampoco son eternas, más bien de vida corta, y no teniendo eso solución, pues lo importante es cómo se vive y cómo se muere, si huyendo y escondiéndose o dando las batallas. Y de cada partida siempre se saca algo tan humano como aprender aunque lo que se aprenda sea a perder.
    Una vez en Castilla, consiguieron dar sin grandes dificultades con el paradero de Marzuqa, con quien se encontraron en Peñafiel. Aprovechando un día soleado y hermoso, salieron los cinco amigos con ella y el marido fuera de la ciudad a dar un paseo por la orilla del Duratón.
    Cuahuipil la había presentado como Marzuq, su primo, cuyo nombre de batalla era Alonso Fernández de Velasco, que ella había adoptado como burla del Condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, uno de los dos principales sicarios castellanos del Emperador. Marzuqa a su vez presentó a su compañero Jumbusu, indio emberá del Darién, con el que a veces hablaba en lo que suponían era el idioma de él. Todos charlaron amigablemente. La conversación la seguían con alguna dificultad Ilhuicáatl y Vacatecuhtli, quienes todavía no conocían bien el castellano pero alguno de los otros siempre se ocupaba de enterarlas de lo que no hubieran comprendido. Luego Marzuqa los puso al corriente de los acontecimientos hasta ese momento y expuso al mismo tiempo a grandes rasgos lo que a su entender era la situación general e histórica de España y la relación que guardaba con todo lo demás. De vez en cuando paraba para dar lugar a que todos se enteraran de lo hablado.
    -El estado de cosas actual –decía- no viene de ayer. Viene de muy atrás. Al perder Roma el predominio y escindirse el Imperio Romano, no lo perdió de tal forma que no transmitiera su espíritu y pretensiones imperiales a un sucesor. Éste modificó sus miras y estructuras incrustando sus aspiraciones imperiales en lo que vieron como el mejor soporte para sus designios, a saber, la Santa Iglesia de Cristo, en este sentido imperial, ya bien llamada Romana. Es lógico que quien busca el poder y el reino de este mundo haga eso. Incrustarse en el medio que más capacidad de acción le dé para imponerse a todos y a todo. Y un medio religioso es muy provechoso, porque se hace parecer que la intimación a someterse al imperio es el propio Dios quien la hace, que es el Imperio de Dios lo que se acepta o se rechaza. Colocados en esa falsa tesitura, el sentimiento de culpa por transgresión que se inculca en los fieles si no siguen a esa sacra autoridad los mantiene sujetos más que cualquier grillete. Si, encima, se da a ese imperio una cara amable a la que acogerse, zafarse no es fácil.
    -¿Pero y no se dio cuenta la Iglesia?
    -¿Por qué iba a darse cuenta? ¿No vemos todos los días como en una familia o en un gremio, en cualquier grupo, puede ingresar un nuevo miembro que a todos cautiva con sus buenas maneras, sus buenos propósitos, sus buenas palabras y que a la vuelta de los años, sólo entonces, se dan cuenta los demás de que es un encizañador, de que los ha utilizado a todos, de que se ha servido de ellos y de que ya no lo pueden echar, incluso de que es él el que puede echarlos a ellos? ¿Quiere decir eso que toda la familia sea vil? No. Seguro que ahora habrá en ella más viles que antes, porque quienes entran con el designio de poseer y apropiarse, buscan los modos de corromper al resto, de pasarlos de manera imperceptible y sutil a su bando, al bando de lo que suelen llamar la realidad y que es el reflejo de su propio espíritu ruin y codicioso. Y quienes siguen apegados a la virtud, aunque sean los más, de alguna manera quedan marginados como pobres diablos.
    -¿Y eso pasó con la iglesia de Cristo?
    -A muy grandes rasgos sí. Lo que no quiere decir en modo alguno que no haya una base real y pura en la religión cristiana o que sea falsa, como seguramente sabrá explicarnos mucho mejor que yo nuestro amigo Marcos Bey. Yo, como muchos moriscos que al principio de la iniquidad a la que se nos somete tratamos de entender la doctrina cristiana como medio de volver las cosas a su cauce desde dentro de esa misma doctrina, sé que hay enseñanzas hermosísimas en el cristianismo y maneras de hacerlas patentes que conmueven el corazón hasta lo más hondo. Doy gracias a Dios por ello, porque me ha hecho más creyente y no menos y me ha hecho comprender también que ellos son víctimas, que, por no parecerlo, tienen más dificultades también para ser plenamente conscientes de su condición y por tanto superarla. Y por ello también puedo decir que estas leyes inicuas que empujan a unas gentes de bien contra otras son obra de Satanás y no del Verbo de Dios. Ningún corazón de cristiano ha ideado esa necedad, que al pretenderla como cosa recta, deja de ser necedad para ser maldad.
    Podríamos pensar que este atropello que se hace en las Españas de pactos solemnes sostenidos durante siglos y del derecho elemental de gentes sólo va a ser un episodio o algo pasajero y que las cosas van a volver a ser como antes si no fuera porque detrás hay un designio imperial constante, no sólo contra los que no son cristianos, sino contra toda cristiandad que quede al margen de ese designio imperial romano. Mirad lo que ha sido de la iglesia hispana. Los ritos, la liturgia, los saberes y autonomía, todo lo que tuviera una raíz en las gentes de esta tierra, ha sido persistentemente eliminado o relegado y convertido en marginal y mera anécdota o completamente ignorado y sepultado para ser sustituido por los usos y directrices de Roma.
    Siglo tras siglo, Roma (llamémoslo así a falta de otro nombre) imperial, impostando la cara de la iglesia, ha barrido todo lo que no sea su liturgia, sus dogmas, su ley. Nada de autonomía para aquellas comunidades cristianas que la tuvieron. Quienes pretenden que predican la verdad cuando citan a Jesús diciendo: mi reino no es de este mundo, de hecho no vacilan en matar y mandar matar por su reino particular de este mundo y dejan morir a su grey en una lucha cruenta por ese reino suyo tan querido. Y, como en la desgraciada familia en la que se incrusta un encizañador e hipócrita, los imperiales terminan mandando sobre quienes, sin malicia para creer que sus “protectores” y autoridades lleguen a ese grado de doblez, siguen crédulamente sus dictados. Algo así no es en el interés de una España de reinos libres y de gentes libres. No. Es en el interés de una unidad perfectamente gobernable y sujeta a sus dictados imperiales. ¿Dónde queda el Maestro Jesús en todo esto? En ninguna parte. Lo que se enseña es docilidad a la iglesia imperializada y guerra al que no sea de esa iglesia imperial. Ni siquiera otros cristianos, como los de oriente se libran de ese azote. Cismáticos los llaman e igualmente los tienen por enemigos.
    Con estos presupuestos, la guerra inacabable contra los reinos muslimes de España era de rigor y predestinada y, una vez acabada con el último, la guerra a las gentes judías y muslimes de toda España también era de rigor y aquí está, implacable.
    Las coronas de Europa se han ido uniendo por matrimonios. Ahora Carlos de Gante, el hijo de Doña Juana, une en su cabeza las coronas de la mayor parte de la cristiandad occidental. Su título lo dice todo, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Rey de España. España, que ha estado siendo asesinada gradualmente durante siglos y que ya no existe. Ya es parte del Imperio. Viva el Imperio, mueran los pueblos. Se ha machacado, hasta casi incrustarlo en los cuerpos, el sentimiento de sumisión incuestionada al Rey y el atroz sentimiento de culpa si se dice o hace algo contra él. No el derecho de las gentes honradas es sagrado y mandado por Dios y la obligación de cumplir lo pactado, no, sólo el Rey y su autoridad son sagrados. Ése es el que tiene a Dios en su bolsillo, Dios me perdone.
    Última edición por carcayona; 06/07/2012 a las 00:17

  2. #102
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    Quienes escuchaban a Marzuqa estaban espeluznados. Pero ella parecía tener mucha calma. Y prosiguió:
    -Los muslimes no tenemos ningún poder. Nadie salvo el Imperio tiene poder, pero Carlos y sus lacayos imperiales, sobre todo traídos de fuera -aunque también ha conseguido ya lacayos reclutados aquí, porque los reinos de este mundo tiran mucho, sobre todo cuando en este mundo se está en los lugares más altos-, han colmado muchas paciencias y hay muchos cristianos viejos, comprendidos muchos eclesiásticos, que no reconocen el derecho divino del monarca. Hay muchos que añoran, aunque ya sólo sea retazos, una Castilla y demás reinos en los que nadie es más que nadie, en la que tanto montan unos como otros; nuestra tierra, nuestra gente de bien, quieren otra manera de regirse que nos reconozca la igualdad a todos, como es la ley de Dios. Y los muslimes debemos estar ahí. Estamos ahí. Somos muchos los cristianos nuevos, muslimes y judíos, que estamos ahí. No nos vendrá la salvación de ninguna otra parte. Es cierto que hay un grupo de cristianos nuevos que se han buscado a un borgoñón de la camarilla del Emperador al que pagan para que defienda ante él sus intereses frente a la Inquisición. Si no fuera porque la cosa es tan trágica y tan desesperados estamos como para hacer ésa y aun más grandes locuras, lo consideraría algo de lo que reír y regocijarnos.
    No nos hagamos ilusiones, las posibilidad de salir triunfantes en este empeño, aunque hay mucho entusiasmo y mucha fe entre la gente llana y de la clase media, no es grande. Tienen detrás a todo el aparato imperial que es implacable, y subrayo implacable, abarca a toda la cristiandad occidental y tienen a la gente de guerra y eso es lo más decisivo, y no lo va a detener ningún escrúpulo ni conciencia. El Imperio siempre ha tenido mucha gente y medios de guerra, ha dedicado a eso más que a cualquier otra cosa y así es como se ha impuesto. Y ahora no es diferente. Las palabras no ganan batallas. Pero esta guerra, aunque la perdamos, hay que darla. Los cristianos y los judíos tienen sus mártires, que significa testigos, lo muslimes también tenemos los shuhadá, y significa lo mismo, testigos. Si creemos, daremos testimonio. Si creemos, no nos quedaremos cruzados de brazos mientras se nos arroja a la cara que España no existe, que Castilla no es Castilla, que los otros reinos no son tampoco, que es el Emperador el que dice qué es qué. Ganaremos o perderemos y se nos recordará o se nos olvidará, pero Él, El Heredero de todo tendrá nuestro testimonio de que las personas no somos juguetes en manos de los lobos humanos sino siervos Suyos que a Él rendimos cuentas. Y si quedan españoles o castellanos en alguna parte en alguna época, que miren atrás y sepan que hay testigos.
    -¿Estamos seguros de que si triunfan las comunidades se quitaran las leyes inicuas y se cumplirán los pactos y que no serán luego las propias comunidades las que se vuelvan contra nosotros?
    -Las comunidades somos nosotros, somos todos. Si triunfan las comunidades, no vamos a estar donde estábamos antes de que cayera Granada y antes de que se rompieran pactos mantenidos durante siglos. Estaremos en una situación mucho peor, que es a la que hemos llegado desde entonces. Por eso debemos estar ahora bien presentes en las comunidades todos juntos, para que cuando se ponga sobre el tapete, y lo pondremos, si Dios quiere, lo ocurrido con esos pactos y con la libertad de las personas ante Dios, se nos tenga que escuchar y atender. También daremos esa batalla y también daremos testimonio si llegamos hasta ahí.
    Y voy con las Indias.
    El imperio, y concretamente ése Imperio del que hablamos, siempre aspira a ser absoluto, es decir, a imperar por doquier y a no tener ningún imperio rival. Al iniciarse la expansión por los mares de los reinos peninsulares, descubrirse nuevos mundos de los que no se tenía noticia general y que parecían de fácil conquista, el poder imperial se encontró con unas ganancias de poder y territorio insospechadas, un maná que estaba ahí diciendo “tómame”. Claro, solas no se iban a tomar, pero para eso está la abundante población de los reinos peninsulares y su riqueza, una población que aumentó mucho en los últimos años y que también ha mostrado mucha inquietud y curiosidad. Dos pájaros de un tiro. Esa población que, de quedarse en sus reinos, con sus inquietudes y pretensiones, hubiera constituido un problema para el poder imperial, se desvía a la empresa de conquista, donde puede dar rienda suelta, sin temor a topes ni cortapisas, a esas inquietudes y pretensiones, pero encauzadas en el sentido más conveniente para el Imperio, de forma que lo que se gana y conquista es a favor del mismo Emperador y de la misma Roma a los que hubieran podido inquietar de seguir encerrados en sus reinos. Esto, por supuesto sustentado en el ya mencionado dogma del derecho divino del Rey y Emperador y en su deber de llevar a todos los pueblos a la “verdadera fe” y en la inadmisibilidad de cuestionar los actos o decisiones sean del Emperador, sean de la Iglesia.
    Y será así más todavía de ahora en adelante. Si el Emperador consigue salirse con la suya en el cobro de los impuestos y servicios contrarios a derecho que pretende imponer a las comunidades de la Corona de Castilla, será la ruina de los artesanos e industriales, el sangrado total de la economía de esa Corona y sólo con el fin de sustentar sus continuas guerras, sus lujos, su enorme imperio y los dictados de Roma. Eso a su vez dejará a la gente sin pan, gente que, por fuerza, si quiere vivir, tendrá que ir a donde pueda hacerlo, es decir, a ese ancho mundo de allende el mar donde nadie le pondrá limites y hacia donde de todos los modos posibles se los empuja. No se quedará en Castilla, donde, de no tener otra posibilidad, podría crear problemas al poder y donde trabajar recibirá castigo y no ganancia y de la que se adueñará la miseria.
    Y las Indias se someterán al poder imperial por la fuerza de la conquista con personas como nosotros, como ha sucedido hasta ahora, y después con los desterrados económicos de España, y de eso, se excluye naturalmente a los cristianos nuevos, a quienes, como creo que sabéis, se nos prohíbe pasar a las Indias, con muchísima lógica, porque la otra mano de la pinza del sometimiento es y será la religión. La religión pondrá la buena cara y la conquista y los españoles la mala bajo la común denominación de cristianos. Y las dos, como los muros de una lobera, tendrán la misma finalidad, atrapar a la víctima, como nos ha atrapado a nosotros. Si hubiera más de una religión invasora, eso indicaría a los indios que no tenían por qué tomar precisamente una religión y que tan buena podría ser la suya o cualquier otra como el cristianismo y destrozaría una de las manos de la pinza y buena parte de la otra y ya no sería el imperio de Roma. No pueden permitirlo. Y poco importará que entre los conquistadores o los colonizadores o los eclesiásticos haya personas buenísimas, malísimas, o regulares, porque, sean como sean, harán su función, ya que no verán factible ninguna otra. Por eso será inútil hacer juicio de esas personas y sí tendrá sentido hacerlo de su función y del porqué de esa función. La bondad de los que son buenos es un ariete para desgastar al enemigo del poder imperial, es tan arma como lo es un cañón, y más eficaz, puesto que no se presenta como tal arma. Un arma tan arma como la falta de escrúpulos y, de hecho, emplearla ya denota la falta de escrúpulos. Con ella los buenos harán que las víctimas confíen en su bondad o se sientan culpables no acatándola, mientras que esa bondad no va a retener ni a modificar los designios imperiales ni los va a hacer más escrupulosos.
    Eso es lo que encierra el futuro imperial, tanto para los españoles como para los indios. En España hace muchos siglos que no hay oro ni plata ni casi ningún mineral. Si se echa a la gente que pudiera ser trabajadora hacia las Indias, Castilla no tendrá nada, ni pan, y para el Imperio llegará un momento, creo que ya ha llegado, en que se hará imprescindible el oro y plata de las Indias para las guerras imperiales y para los banqueros de Flandes que financian al Emperador.
    Aquí, mi primo y yo y el amigo Marcos que hemos ido a las Indias, sabemos que cuando se está allí se las quiere como a lo propio y, a menos que se esté cegado por la mala pasión religiosa, uno no desea que desaparezcan tantas cosas buenas y de maravilla como encierran. ¿Malas? También. Pero así somos los hombres por doquier y cada cual tiene sus yerros y hermanos somos para aceptarnos y ayudarnos mutuamente. Ahora bien, si no son gentes como somos nosotros, los que estamos aquí, a las Indias irán otros, mejores o peores, da igual. Su función será la misma.

  3. #103
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    Predeterminado

    ¡Ojalá ganen las comunidades sobre el Imperio, porque se juega nuestra suerte y también la de las Indias! Si Dios lo quiere y así sucede y las comunidades se imponen en Castilla, Dios mediante y con buenos indios que conozcan cómo discurren las cosas y quién es quién y lo den a conocer a todos los demás antes de que la avalancha llegue a mayores, juntos podremos cumplir la voluntad divina y conocernos unos a otros como hermanos e iguales y beneficiarnos mutuamente con equidad y justicia. Si no triunfan las comunidades, me temo que las Indias no podrán resistir y no serán más libres ni mejor servidas que los propios reinos de España. En ese caso habremos también de aceptar la voluntad del Todopoderoso y también seguiremos todos siendo hermanos en la desdicha; y que Dios se apiade de quienes le son fieles en la fortuna y en la adversidad y bendiga nuestros días y nuestras noches, pues lo que es cierto es que Él es el siempre Victorioso.
    Esta exposición impresionó mucho a los indios de la partida recién llegados, que ahora entendían mucho mejor cuanto sucedía y también veían todo mucho más negro. También a Vacatecuhtli, aunque entonces ni lo comprendió ni lo creyó enteramente. Sobrepasaba sus perspectivas. Pensó que hablaba una persona muy capaz que tenía determinados intereses y que eran éstos los que se traslucían en sus palabras.
    Era de esperar, confiaban, que esa visión se dulcificase, sobre todo porque Marzuqa, a pesar de los negros nubarrones que describía, no parecía verse muy afectada por ellos, ya que se mostraba risueña y animosa. Tenía como uno de sus cometidos la formación de las huestes comuneras, que dejaban muchísimo que desear, ya que en su mayoría era gente del común sin experiencia bélica ni disciplina ninguna. Estaba claro que, lamentablemente, las Indias se habían llevado a muchos elementos que hubieran venido muy bien en el bando comunero. Como si dijéramos que el ejército comunero estaba en las Indias sirviendo al Emperador.
    Aquí¬¬, sin embargo, no se va a insistir en batallas ni vaivenes bélicos, ya narrados en los libros de historia. Más bien seguiremos viendo cómo vivieron los acontecimientos nuestros amigos, o como murieron.
    En Villalar cayeron Marzuqa y su marido Jumbusu. Dejaban huérfana a una criatura que había quedado con los abuelos maternos. La pérdida dejó a Cuahuipil desolado, en un sentido, peor que si lo hubieran dejado huérfano. Si cuando se mueren los padres el sentimiento es de pérdida irremisible de lo que fue, del propio pasado y del porqué y el cómo de uno mismo, con Marzuqa sintió Cuahuipil que enterraba irremisiblemente el futuro, el para qué de su vida y de su mundo. Todas sus ilusiones, todas sus aspiraciones, todo lo que lo había movido a la emulación, sus ideales, su camino de progreso en todos los órdenes, su idea de su propia comunidad y sociedad se habían gestado y los había ido vivido junto a Marzuqa y con su inspiración.
    A escala general, a la desolación de esta pérdida se sumaba el mal camino que llevaba la guerra. Casi toda la nobleza de la Corona de Castilla, que en un principio se opuso al César porque éste la despreciaba para rodearse de flamencos y borgoñones, así como de un escandaloso lujo hasta entonces desconocido en la Vieja España, una vez que el César vio las orejas al lobo y dio marcha atrás en eso, ellos recuperaron sus privilegios y se volvieron contra las comunidades, de las que se habían servido con ese fin precisamente.
    Que las cosas eran como eran y no de otra manera lo sabía Cuahuipil, como sabía también que tenía que asumirlo, pero no podía dejar de sentirse hundido. No podía evitar recordar, como si los tuviera presentes, aquellos árboles del huerto en los que él y Marzuqa hacían sus planes y dejaban volar sus ensueños desde niños. Y ahora el ave nobilísima que era ella había volado para no volver. Y ya no había ni árbol ni porvenir ni sueños. No había nada. Sólo quedaba él, que no era el árbol de su nombre, sino leña seca y cascarón vacío sin nada que lo impulsara. Y cuando le expresaba esto a Ilhuicáatl tratando de sobreponerse, ella le decía:
    -Hablas con la culpa y la pena y no con el corazón. El árbol por el que yo te nombré no se seca. Y el árbol por el que te nombraron tus padres, Sháyara Zaituna, y que yo reconocí en ti cuando te vi, es eterno. Tú me has enseñado qué árbol es ése, me lo recitaste, recuérdalo:
    “Dios es la luz de los cielos y la tierra,
    Su claridad como un nicho
    Y en él una lámpara
    Y la lámpara en un fanal
    Y el fanal estrella esplendorosa
    Que se enciende de árbol bendecido,
    Un olivo que no es ni de occidente ni de oriente
    Cuyo aceite se alumbra
    Aun sin tocarlo el fuego
    Luz sobre luz.
    Y a Su luz guía Dios a quien Él quiere.
    -No, hermano, no eres un árbol seco, eres Cuahuipil y, aunque no te des cuenta de ello, tú das amparo y cobijo sin pedir nada a cambio y tu llama enciende a otros. Tú, que te ves incapaz de moverte, haces que se muevan los que te rodean. Tú me has movido a mí. Yo también soy un ave y también me he posado en tus ramas y, si Dios lo quiere, ahí tendré mi nido mucho tiempo. Si el ave que ha volado ahora te ha dejado tan maltrecho, es porque le diste mucho de ti mismo. Marzuqa te embelleció, pero tú también a ella. Y eso que se te llevó te lo guardará Dios para cuando vayas tú. Pero ahora estás aquí para que otras aves tengan donde posarse y enciendas la llama de quienes te necesitan.
    Y cuando él oía esto, se conmovía. Se preguntaba qué podía haber hecho él para merecer esta mujer tan sabia. No, naturalmente no se la merecía. La generosidad divina la había puesto en su camino para que él pudiera hacer lo estuviera llamado a hacer en esta vida, que no sabía aun qué era, pero tal vez lo entendería alguna vez. Y razonando así, se recriminaba aún más por sentirse tan abrumado por el pesar.
    Las nuevas de la muerte de Marzuqa y Jumbusu las llevaron Cuahuipil y los amigos personalmente a la familia y, como los cadáveres no los pudieron llevar ni hubieran podido enterrarlos como muslimes, celebraron el azalá de difuntos en privado, lo que no impidió que acudiera mucha gente, porque a Marzuqa todo el mundo la conocía y la quería, y saber que había muerto luchando por la causa comunera movió a muslimes y a no muslimes a la compasión y a querer rendirle a ella y a su compañero el último tributo, aunque fuera a la manera mora. Todos se conocían en la comarca y nadie iba a dar tres cuartos al pregonero, porque a todos había amargado la victoria imperial. Solo faltaba Marcos, que había dado confusas explicaciones para irse por su cuenta y no llevarse a la Vacatecuhtli. Creía Cuahuipil que tenía alguna cuestión familiar que resolver en Orgaz y que para ello quería estar solo. Habían quedado en encontrarse en Toledo.
    En el pueblo de Marzuqa todavía le aguardaba a Cuahuipil, o Sháyara Zaituna, otro momento ingrato que él siempre había sabido que llegaría tarde o temprano. Más duro fue en esta ocasión por ser el motivo más doloroso. Cuando Marzuqa y él se marcharon de casa para irse a las Indias lo hicieron casados el uno con el otro y con esa premisa tenían la aprobación de sus padres, pero una vez lejos, lo primero que hicieron fue disolver el matrimonio de común acuerdo, sin haberlo consumado, para vivir como primos y luego irse cada uno por su lado a las Indias, aunque la idea era irse juntos, pero la muerte de la madre de él, torció ese plan. Más tarde Marzuqa volvió de las Indias para unirse al levantamiento de las comunidades y lo hizo con un marido indio y creyente, y con un pequeñín que dejaron con los abuelos cuando fueron a combatir. Entonces el padre, que adoraba a Marzuqa, no le recriminó nada. Siempre había sido la niña de sus ojos y el pequeñín le hizo olvidar cualquier disgusto. En cambio le rogó que no fuera a pelear, que se quedaran ella y el pequeño, que si acaso que fuera su marido, pero ella que se quedase. Y ella le dijo que los primeros muslimes, varones o mujeres, no rehuyeron la pelea ni la muerte, cuando aquella se hizo inevitable.
    -Padres, soy de los pocos muslimes de Castilla que sabe pelear y andar con armas. ¿Quién va a defender nuestra causa si nosotros no estamos en la de todos? ¿Digo que soy una pobre mujer indefensa y me quedo en casa como si no supiera? A vos os lo puedo decir y al mundo entero y sé que nadie me lo afearía. Pero a Dios, que sabe, ¿qué excusa le daré? Os di un disgusto porque era joven, quería ver mundo y no supe hacerlo mejor y ahora seguro que lo haría de otra manera pero, aun así, nunca me he apartado del camino recto y si ahora lo que he aprendido por aquel disgusto que os di no lo pusiera al servicio de la justicia y de nuestras gentes ¿cómo me justificaría? No puedo, si soy sincera creyente, obrar de otra manera. Nuestro hijo y nuestras últimas voluntades se quedan con vosotros, no sé de mejores manos y Dios vela sobre todos.
    Entonces sus padres vieron inútil discutir, sabían que no la disuadirían. Ahora que Marzuqa había muerto, el padre le recriminaba todo esto a Sháyara. Hubiera matado a Cuahuipil si eso le hubiera devuelto a su hija, pero como eso no podía ser y el dolor lo podía, lo que sí hacía era echarle en cara todo lo que no le había echado hasta entonces, el haberse llevado a su hija a las Indias, el haberla dejado vestirse de varón y el haber vivido de aquella forma que la había llevado a la muerte.

  4. #104
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    Y a todo eso Cuahuipil no replicaba, primero porque se ponía en el lugar de su tío y no lo podía culpar. Si una mujer como Marzuqa hubiera sido hija suya y hubiera muerto él seguro que enloquecería. Y, segundo, porque, aunque por distinto motivo, estaba de acuerdo con que se le recriminase. Marzuqa valía más que él, siempre había valido más que él, siempre había valido más que cualquier persona que él hubiese conocido y más aún que por mujer capaz y llena de sabiduría, la tenía por santa. Siendo superior a todos, jamás hizo sentirse inferior a nadie. Nunca se encolerizaba, ni respondía mal por mucha que fuese la provocación. Ella, que no se saltaba un azalá, jamás recriminó a nadie por saltárselo. Y por todo eso se sentía ruin, porque él, que no valía gran cosa ni sería jamás gran cosa, seguía vivo, y ella, que era única y llena de virtudes y talento y que hubiera podido ser una gran adalid de los moriscos y de toda la gente común, había muerto, y eso le hacía sentirse como un ladrón que hubiera robado el puesto de ella en esta vida. Por eso el malestar del tío le era amargo pero no lo consideraba ni inmerecido ni desmedido, hacía con él lo que se merecía, aunque se equivocase en el motivo. Y lo sentía así a pesar de que él había estado muy cerca de morir también en la misma batalla y de que así hubiera sucedido si Marcos y Xiloxóchitl no lo hubieran sacado de una muerte tan segura como inútil, según iba el combate. Porque si hubieran vislumbrado algún provecho en seguir, ni hubieran sacado a Cuahuipil ni ellos mismos hubieran abandonado.
    El chaparrón de acusaciones e imprecaciones del tío, sin embargo, no duró eternamente, porque en una de las repeticiones del ciclo lo cortó Vacatecuhtli.
    -¿Vuestras mercedes son creyentes? ¿Eso dicen que son? Si lo fueran, estarían ahora mismo agradeciendo a Dios el privilegio de haberle ofrecido a sus hijos en sacrificio. Quienes mueren como ellos, no están muertos, sino vivos en la divinidad. Si creen, no avergüencen a sus hijos llorando y recriminando a lo tonto. Mientras otros se arrastran y se ceban como cochinos, sus hijos han peleado con honra y virilidad. ¿Prefieren a los cochinos?
    Preguntar a una familia morisca si prefería a los cochinos era desde luego el acierto dialéctico definitivo y prueba de que la Vacatecuhtli, sin calmecac y sin universidad, podía desenvolverse en el mundo con plena eficacia. Dicho lo anterior, salió fuera a tomar el fresco y pensando, con muchísima razón, que no era por los muertos por quienes había que llorar, sino por los vivos, porque vaya desastre.
    Y si la Vacatecuhtli dijo y pensó eso entonces no era porque desde el principio ella hubiera puesto el alma en la causa comunera. Si hubiera considerado más provechoso para los tenochcas cultivar al otro bando, lo hubiera hecho. Pero sin conocer el idioma estaba completamente perdida y a merced de los que sí lo hablaban y, por tanto, difícilmente podía campar por sí sola. Luego fue viendo que, en cuanto a salvar a Tenochtitlán, en la Vieja España no había nada que hacer. Los comuneros no iban a ganar y los imperiales le daban asco y no iban a asociarse con nadie a quien pudieran vencer sin asociación ninguna -desde luego estaban seguros y resueltos a vencer en las Indias por cualquier medio, incluso destruyendo a España, que es lo que estaban haciendo-, y nada les iba a hacer cambiar. El círculo del César con sus flamencos y su gusto desmedido por el lujo la atufaba a afeminamiento podrido. Y la alta nobleza española, mirando como buitres sólo por su medro personal y privilegios y usando a los comuneros y dejándolos tirados después, no le inspiraban más aprecio, aunque hubiera hecho de tripas corazón si los hubiera encontrado útiles para algo. Pero no, si el César y el papado querían un imperio y para eso sacrificaban a España, ellos bien contentos con tal de mantenerse encumbrados o de encumbrarse más y, para eso, no necesitaban pringarse con ningún príncipe indio. Para eso estaban Cortés y otros como él, de forma que, si fallaba Cortés, no faltarían otros beatos dispuestos a ganar pobres almas para la iglesia y oro para la causa del Sacro Imperio Romano Germánico. Despreciables.
    Aparte de las reprimendas del tío, Cuahuipil se alegró de ver a sus hermanas y hermano y de comprobar que las largas ausencias no habían mermado el cariño. Y se alegró también de ver a sus sobrinos, que a su vez estaban en la gloria de ver indios de verdad y de tener una tía india y les hacían muchas preguntas y querían que los llevasen con ellos. Todo ello, sin embargo, fue muy breve, porque, terminadas las exequias y la reunión familiar, se pusieron camino de Toledo.
    Ese trayecto dio ocasión a Xiloxóchitl de averiguar algo que le había dejado intrigado desde el funeral y que preguntó a Cuahuipil.
    -Cuando dijisteis los rezos por Marzuq no sé si lo entendí mal: lo referido a él lo decíais todo en femenino y decíais Marzuqa. ¿A qué obedece eso?
    Cuahuipil, con la cabeza en otra cosa, tardó en comprender la pregunta. Finalmente contestó:
    -Sí claro, en femenino. Marzuqa era mujer. Con ese nombre sólo podía ser mujer. Si hubiera sido varón hubiera sido Marzuq. El género tiene que concordar.
    ¡Claro, hombre! Pura gramática. Y siguió aclarando:
    -Significa bendita de Dios, afortunada.
    -Pero tú hasta ahora lo habías llamado Marzuq.
    -Claro. Yo no podía traicionar su secreto.
    Así que era secreto. Xiloxóchitl cavilaba.
    -Es decir ¿que era mujer, pero se hacía pasar por varón? ¿Es eso lo que quieres decir?
    -Eso es.
    -Y tu nombre muslime es Sháyara. Y aquí tu familia es como te llama.
    -Sí.
    -Parece nombre de mujer. ¿Cómo concuerda eso en este caso?
    -No. En este caso da igual. Sháyara se puede poner a varón o a mujer. La palabra en lengua arábiga es femenina, pero en castellano es masculina. Y el nombre completo es Sháyara Zaituna. Es de una aleya del honrado Alcorán. Y siendo cosa y no persona se puede poner a varón o a mujer.
    -¿Qué significa?
    -Sháyara significa árbol…
    Xiloxóchitl exclamó antes de que terminara de hablar Cuahuipil:
    -¡¿Qué?!
    -…Zaituna, pues como en castellano, aceituna. O sea, árbol de la aceituna, o sea, olivo.
    -Pero ¿y eso cómo podía saberlo Ilhuicáatl? Tú me contaste que “Cuahuipil” fue un nombre que te puso ella, pero yo no sabía que ella sabía el tuyo anterior.
    -Es que no lo sabía. ¿Cómo lo iba a saber, Xiloxóchitl? Nadie en las Indias conocía mi nombre muslime. No podía yo dejar que nadie lo conociese. Ni ella pudo hablar antes de ese día con ningún cristiano. O sea, aunque lo hubiera sabido todo el real cristiano ¿cuándo se lo iban a haber dicho a ella y por qué y en qué idioma?
    Este recuerdo, el de cómo conoció a Ilhuicáatl y ella le dio el nombre por el que luego lo llamaban todos en las Indias era algo en lo que se recreaba muchas veces y que, incluso ahora, le hizo sonreír. Fue el día después de que los cristianos entraran en Tlaxcala, ya como aliados. La gente se acercaba al real a ver a esos hombres -y poquitas mujeres-, tan raros, a los caballos, los cañones, los perros… y todo lo encontraban novedoso. Y a curiosear vino también Ilhuicáatl con otras dos jóvenes. Y paseando la mirada se topó con la mirada de él, que también la paseaba, y ahí dejaron de pasearla. Se sonrieron, se acercaron y por señas y por las palabritas de náhuatl que conocía Cuahuipil finalmente se entendieron. Ella y las otras dos jóvenes dijeron sus nombres y él fue a decir el suyo, pero Ilhuicáatl lo detuvo, dándole a entender que no lo dijera, que ella lo iba a adivinar. Lo miró unos instantes y finalmente con una sonrisa resplandeciente, dijo “Cuahuipil”. Y para que él entendiera lo que significaba buscaron papel de amate y algo con que poder dibujar en él, y ella dibujó un arbolito y le preguntó si había acertado. Él, recuperándose de la sorpresa, dijo que sí, que sí había acertado. Y desde entonces fue Cuahuipil, y se quitó de atender por su nombre forzado, diciéndole a todo el mundo que le gustaba que le llamasen por su nombre indio.

  5. #105
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    -¿Quieres decir que ella lo adivinó?
    -¿Y qué otra cosa podía ser? Estuve a punto de mirarme a ver si por casualidad me habían salido ramas y hojas y no me había dado cuenta. Me dejó anonadado.
    -La divinidad ha debido de querer mucho vuestro matrimonio.
    No como el mío, pensó Xiloxóchitl. Pero volvió a lo que iba.
    -Dices que Marzuqa era mujer. ¿Estás seguro?
    -Sí, claro que estoy seguro. Nos conocemos desde que nacimos. Y ha tenido un hijo, que ya has visto en casa de mis tíos, con Jumbusu su marido. Y sí, de recién nacida fue mujer y siempre fue mujer.
    O sea, que encima estaba casada y lo que habían creído que era un compañero suyo era su marido. ¡Viva la ropa cristiana, que permite el misterio! Xiloxóchitl trataba de recordar a Marzuqa. Las veces que lo… la vio se quedó impresionado. La primera le daba la espalda y, aun siendo menudo… menuda, le pareció muy gallardo, suelto de movimientos, lleno de dignidad. Y cuando le vio la cara, no le pareció particularmente hermoso, en cambio la expresión sí lo era, noble y llena de benevolencia. Y no le sorprendió el altísimo concepto en que parecía tenerlo… tenerla Cuahuipil. El paradigma de un verdadero señor. El compañero, Jumbusu, no se le asemejaba. Era corpulento, resuelto y no mal parecido. Tampoco muy hablador de primeras, aunque, una vez empezado, sí era comunicativo y entusiasta. Ahora, pensando en retrospectiva, parecían muy bien avenidos y tenerse en mucho el uno al otro. Sin duda los dioses habían tenido una gran fiesta recibiéndolos. Tenía también la impresión de que Marzuqa había presentido ese fin. ¡Y qué tristeza habían sentido todos ellos!
    -¿Pero lo que no entiendo es por qué había de querer una mujer hacer vida de varón?
    -¿Por qué, dices?
    -Sí.
    -Xiloxóchitl, trata de imaginarte que eres mujer en tu mundo, a tu nivel, y vive todo un día siéndolo, momento a momento, en cada detalle, lo que tendrías que hacer y cómo, vestir su ropa, lo que no podrías hacer y cómo, y cómo tendrías que hablar o no podrías hablar, y cómo te hablarían o tratarían. Hazlo, por ejemplo, mañana, y después si no te lo has respondido tú sólo, me lo vuelves a preguntar.
    Xiloxóchitl ponderó eso unos momentos y luego dijo.
    -Me parece que me sobra el día. Ya me lo imagino. Lo que no entiendo es por qué ellas lo quieren así.
    -¿Lo quieren? Lo aguantan porque se las tiene engañadas, y a nosotros también, y porque, como el físico y los hijos las atan mucho, no pueden defenderse y hacer como quieren y a lo mejor también por eso prefieren hacer como que se dejan engañar. Y bien es verdad que entre la gente trabajadora, si es gente de bien y no gente mala, quizás no importa mucho, ser una cosa u otra, porque nadie puede evitar dar el callo y nadie puede permitirse grandes ambiciones, pero cuanto más acomodados, para las mujeres peor. Menos libertad y más imposiciones.
    Desde luego, eso tenía sentido, en las Indias y en Castilla. Pero seguía pareciéndole increíble que el ser varón o mujer fuera hasta ese punto una cuestión de apariencias. No le cabía en la cabeza. Y ¿dónde le dejaba eso a él? ¿Era él abyecto? ¿Era aparentemente abyecto? ¿Realmente abyecto? Tenía pavor de saber, porque si era una respuesta que no deseaba, se confirmaría que sí, que era abyecto. Y prefería no saber antes que ser algo que no quería ser. Pero ¿cómo demonios eso podía depender de lo que hubiera detrás de una apariencia? ¿Qué culpa tenía él de las apariencias?
    -Tampoco me explico cómo puede ser que nadie lo haya notado.
    -¿Lo notaste tú acaso o se te pasó siquiera la posibilidad por la cabeza?
    -Pues no. Pero yo no tengo experiencia en el mundo de los cristianos.
    -Un mundo u otro es igual, se ve lo que se espera ver, Xiloxóchitl. Tú no puedes siquiera imaginarte las cosas que uno puede dejar de ver sencillamente porque considera que no existen, porque no se le han ocurrido. Yo lo sé porque eso lo viví con Marzuqa y pasamos meses en que no vivíamos del sobresalto de que se fuera a notar esto o aquello. Temores sin causa. Se ve lo que se espera ver y, por muchas pistas que des, no creas que se ve más.
    Meditó eso Xiloxóchitl y luego dijo.
    -Veo lo que dices, aunque resulta duro de creer, pero lo veo. Lo que no me explico es cómo se han podido casar, sin saber él que ella es mujer. Aunque le agradara, ¿Cómo se lo diría? ¿Y se diría a sí mismo algo que significaría que tenía un gusto invertido, aun no queriendo tenerlo?
    Le pasaría lo que a mí, se dijo para sus adentros, que jamás querría admitir algo así.
    -No, no se lo podía decir de ninguna manera por lo mismo que dices. Tenía que ser ella la que diese el primer paso.
    -Pero ¿cómo lo pudo dar? Él pensaría que le estaba proponiendo algo vergonzoso y ella tendría que tener conciencia de eso.
    -No, claro, tendría ella que estar muy segura y fiarse mucho para ponerse en sus manos revelándole su condición. Difícil ha tenido que ser, sin duda.
    Pues donde le dejaba a él eso que acababa de descubrir era exactamente donde siempre, en que no tenía ningún elemento para dirimir la cuestión, salvo que Marcos tenía una barragana y eso tiraba por la borda cualquier ilusión que pudiera hacerse. Y que, por lo tanto, mientras lo que pudiese saber no fuera bueno, lo mejor era seguir a ciegas y deshaciéndose el estómago. Pero con eso y todo siguió lo mismo, dándole vueltas como había hecho de las Indias a Villalar y de Villalar a las montañas, como hacía ahora de las montañas a Toledo y como haría después de Toledo a Pasajes, de Pasajes a San Juan de Luz y de ahí a Marsella y de ahí a Estambul. Que ese fue el periplo posterior.
    Por lo demás, la resistencia de los comuneros en Toledo fue como otro Villalar, pero prolongado. En lugar de durar un día, duró nueve meses. Que no fueron de embarazo, sino de agonía.
    Si por Vacatecuhtli hubiera sido, después de la batalla de Villalar, hubieran abandonado esa guerra y hubieran pasado directamente a intentar conseguir la intervención turca en las Indias. Pero en este nuevo mundo no dominaba la situación como en su tierra, donde conocía su lugar, las costumbres y los usos y podía entender y hacerse entender. Su ignorancia la hacía parecer tan tonta como si lo fuera, lo que la ponía fuera de sí.
    Los comuneros de la ciudad les dieron alojamiento en casa de un herrero, cosa buena cuando fue invierno. Si se sentían ateridos siempre podían acercarse a la fragua y calentarse.
    Estando en Toledo se supo de la caída de Tenochtitlán. Vacatecuhtli trató de recoger todas las noticias llegadas a la corte y cada una era más deprimente que la otra. Confió en que después se desmintiesen, pero los despachos del César y de su administración, nombrando cargos y enviando órdenes, no hacían sino confirmarlas. Esos días, si podía, trataba de quedarse a solas porque no quería que la viesen llorar. Y, muy, muy, pero que muy a su pesar, eso era lo que hacía. Y hasta se llevó su jergón de paja a un cuartucho almacén junto a la fragua para estar a solas. Y allí, uno de aquellos días, la fue a buscar Cuahuipil en medio de la noche.
    No sabía qué hacer si despertarla o no. Pero no la tuvo que despertar. Ella lo oyó y disimuladamente se limpio las lágrimas antes de volverse hacia él.

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    -¿Son estas horas de visitar a una dama sola o se ha confundido de señora?
    -Me he acordado.
    -¿De qué?
    Casi antes de que le contestara Cuahuipil se acordó ella también. Pero le dejó hablar.
    -Bueno, no sé si me he acordado o si he soñado que me acordaba y en sueños he visto otra vez aquel sueño, pero como no lo sé, pues he preferido venir sin tardar más para que lo sepa vuestra merced, no vaya a ser que no me acuerde otra vez.
    -¿Y la señora Alcalá no le ha puesto ningún inconveniente a que la abandone en mitad de la noche?
    -No. Me ha dicho que viniera y que así luego se lo contaba todo a ella.
    -¿Y en Zocodover es ella o es vuestra merced quien lo va a pregonar, o van a ser los dos a dúo?
    Cuahuipil hizo un gesto de desvalimiento como de decir “las cosas son como son ¿qué le vamos a hacer?”.
    -No me haga caso. Ande, vayamos junto a la fragua que estaremos mejor. Empiece.
    -Pero no se burle de mí vuestra merced. Ya sé que es su manera de ser y que no lo hace a mala idea pero, si se burla, me voy a distraer y se me va a ir.
    Mira éste también. Pues claro que cuando se burlaba lo hacía a mala idea, si no ¿para qué?
    -Pues vino Huitzilopochtli…
    -¿A dónde vino Huitzilopochtli?
    -Al sueño.
    -Bien. Siga vuestra merced.
    -Y en el sueño viene también la explicación de Huitzilopochtli, que es el colibrí del lado izquierdo…
    -Del sur.
    -Ya sé que vuestras mercedes tienen el sur a la izquierda, pero en el sueño es del lado izquierdo.
    -Bien.
    -Es vistoso y pequeñín, para que quepa en el corazón y cante. Y Huitzilopochtli en el sueño es uno de los nombres de Dios, el nombre con el que cabe en el corazón. Hay en nuestra religión una narración en la que dice Dios: El universo entero no me abarca, sin embargo sí quepo en el corazón del creyente. Eso no es del sueño, esto se lo explico a vuestra merced para que vea la relación. Y, entonces, en el sueño lo vi tan, tan chiquitín, que me dio pena que el capitán Malinche lo arrojara gradas abajo del teocali y le pregunté qué sintió cuando ocurrió eso y si estaba dolido. Y me contestó, y mire vuestra merced si esto no es lo más hermoso que se pueda oír dormido o despierto, que a él nadie lo había echado nunca de ninguno de sus templos ni lo echaría jamás, porque su templo es cada corazón humano y de ahí nadie es capaz de moverlo y cada persona que se vuelve a invocarlo ahí en su templo escucha la voz de la verdad y del amor divino y eso no se puede derrocar y a nadie que se vuelva a él allí para pedirle fuerzas le serán negadas, porque para eso está él, para que el pequeño e indefenso, y todos los seres humanos somos pequeños e indefensos, no desfallezcamos nunca en la lucha ni perdamos esa dignidad de luchar siempre. Esa voz no se puede acallar, aunque tantísimas veces nos aturdamos sobreponiendo a ella otras voces que no son divinas y que no son voces, sino ruido y engaño y promesas que no pueden cumplirse...
    -Y ¿hará algo por nosotros los mexica? –se oía la angustia en la voz de la Vacatecuhtli.
    -... promesas que no pueden cumplirse, porque el ser humano no ha nacido para imperios ni para grandezas sino para el amor divino, y el Dios uno con sus nombres lo trae y lo lleva para que aprenda, pero no para que sea grande ni consiga imperios, porque eso no lo va hacer más humano ni más divino, sino para que llegue a amarse a sí mismo y a la divinidad que se manifiesta en él, con verdad y no con quimeras, y por eso en todos los corazones está el Huitzilopochtli de encendidos colores y de maravilloso canto.
    -¿Pero y entonces ha perdido Tenochtitlán para siempre o tiene remedio? –la misma angustia.
    -Sobre eso no sé. Ganaremos todos, pues no se hará sino la voluntad de Dios, y perderemos todos, porque el reino que tenemos que ganar, como dice el Huitzilopochtli y como lo ha dicho Jesús y lo han dicho todos los profetas y lo dirán siempre los que digan verdad, no es de este mundo. Y así, no tenemos ni vuestra merced ni yo el deber de ganar nada o perder nada, sólo el de no entregar nuestra verdad a cambio de ninguna quimera, y eso lo pueden hacer igual los mexica que los huastecos que los turcos que los cristianos y así todos los que estamos en el mundo vamos a ganar y todos vamos a perder.
    -Pero es nuestro dios tutelar, no nos puede abandonar.
    -Él no, él no nos abandona, nosotros destruimos lo que nos da por alcanzar quimeras. Y nada en este mundo es permanente ni nos ha sido prometido. Y otra cosa dijo el Huitzilopochtli en mi sueño, que los seres humanos cuando les falta fe son medrosos. Quieren a toda costa creer que en la vida hay algo que aún se les debe, o que han de alcanzar y que, una vez alcanzado, ya nadie ni nada se lo disputará, se cumplirán sus propósitos, en lo personal o en lo general, y todo será como se debe, pero eso no es así y nunca va a ser así. Y una manifestación divina no puede engañar y ha de enseñar la verdad de que la vida es lucha, siempre y de principio a fin. No victoria, sino lucha.
    -¿Sin compensación?
    -¿En este mundo?
    -Sí.
    -Pues, sí. Claro que hay compensaciones. A veces pocas y a veces muchas. Eso no es el sueño ni que me lo haya dicho el Huitzilopochtli, pero se ve. En verdad hay muchas, hay muchísimas, pero son como una muestra de las que gozaremos más tarde, como cuando vas a comprar queso y te dan a probar, es para que te lleves el queso entero, es decir, la otra vida. Y también entiendo que el sentir el amor y sentir la verdad es la mayor compensación en esta vida o en la otra. Y estar aquí platicando con vuestra merced es también una compensación. Es decir, para mí lo es, porque sois amiga y, a vuestro modo, persona honrada.
    -Y ¿os dijo el Huitzilopochtli por qué sueña precisamente con él vuestra merced que no es mexica?
    -No. No se lo pregunté y además si soñé con él es porque vuestra merced me dio los bebedizos. Parece mentira que me lo pregunte.
    -El bebedizo da sueños, pero no dice qué sueños. Podría vuestra merced haber soñado con su dichosa crucecita, por ejemplo, y no con el Huitzilopochtli.
    Es que era eso. Es que era justo con eso con lo que soñaba, con su dichosa crucecita, cuando vino el Huitzilopochtli a ayudarle a llevarla.
    -Ahora ya sabe vuestra merced que yo no soy cristiano, así que en general no es mi dichosa crucecita y no debiera vuestra merced restregármelo. Pero le diré que en particular ese día sí que lo era. Sepa vuestra merced que como muslime debo creer en todos los profetas, también los que os envió Dios a los indios y ha enviado a todos los pueblos, y debo creer en Jesús, hijo de María, que también es profeta, pero cuando yo soñé aquello, según me dijo vuestra merced que soñé, yo a vuestra merced no le podía contar eso. Ahora es amiga y lo sabe. Y tampoco podía contárselo a la mujer con quien me quería casar, porque ella no sabía nada de la persecución que se nos hace ni comprendía la situación como para no ponerme en peligro si hablara sin saber eso, ni entendía mi lengua ni yo la suya, y no podía ofrecerle una alianza que entrañase peligros que ella no aceptase y entendiese. Y debía yo de tener la mente muy trabajada por todo eso y por el recuerdo de las humillaciones cuando me vino al sueño el Huitzilopochtli.
    Humillaciones de esas que llevan al paroxismo de la ira no sufrió Cuahuipil en su tierra del norte, o era tan inocente que no las notó. Sí, desde luego, la humillación ya bastante intolerable del disimulo en mayor o menor grado según dónde y según con quien. Pero cuando se marchó de casa para pasar a las Indias, sí que las sufrió. Y fue en una de esas ocasiones, que prefería no recordar, cuando la rabia por la tiranía y la ignominia estuvo a punto de desbordarlo e impulsarlo a delatarse con un gesto justiciero que hubiera podido costarle caro. Y entonces, como por ensalmo, se serenó y fue como si en su interior el Maestro Jesús, le hubiera dicho: tú eres de los míos, no sucumbas, no cedas a la humillación ni pierdas la calma, que tú eres de los míos, de los míos. Y sintió entonces que sí que lo era y que seguiría al Maestro, a él, el escupido, el humillado, el objeto de mofas y de burlas, el rey de los perdedores, el chiflado, el pretendido Mesías, un don nadie que no llegó a ser nadie, el escarnecido, que pretendía ser aquel que esperaban como rey y al que insultaron y olvidaron cuando aclaró que su reino sería de otro mundo. Ése, cuyo reino no era de este mundo, fue el que le dijo: toma tu cruz y sígueme. Y él lo siguió, tomó su cruz de silencio, de perdedor, de los que no deben ser, de los engañados por Mahoma, el profeta al que era virtuoso insultar y calumniar, tomo su cruz y siguió a Jesús, como seguía a Mahoma, como no dejaría de seguir a todo y a todos los que le trajeran buenas nuevas, porque amor y verdad no se rechazan nunca.

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    En aquella ocasión que recordaba Cuahuipil, como él se contuvo, no vino ningún lobo a llevárselo, pero sí deseó en aquellos momentos una vez más, que algún lobo bienhechor se llevara a unos cuantos de la ralea de los que no sabían dejar en paz a la gente y que de tanto pensar en el infierno casi conseguían instaurarlo en la tierra. A esos no les hacía ninguna falta recordar el evangelio cuando dice que no hay que arrancar la cizaña para no llevarse con ella el grano, porque seguro que sabían en lo profundo de sí mismos que eran ellos la cizaña y por eso perduraban. Pero no sólo había lobos. También había locos. Es decir, primero aparecen los lobos, luego vienen los locos en su seguimiento, y al final aparecen los ignorantes. Y así, estaban los locos e ignorantes creídos que era preferible torturar y quemar a los infieles en esta vida a que fueran al infierno en la otra. Era por su bien, un acto de caridad. Y ¿qué decir a eso? Pues decir como dijo aquél a quien quisieron curar de sus pretensiones a un reino divino clavándolo en la cruz, donde no quiso Dios que muriera: perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen. Pero, sobre todo, perdónalos, Señor, porque no hacen nada. En esa exacerbación de la voluntad, en ese creer que el ser humano tiene poder para algo, hacen, hacen, hacen, pero sólo Dios hace, sólo Dios salva, sólo Dios da las vidas que quiere cuando quiere y sólo Dios ¡alabado sea! puede condenar.
    -Y entonces Huitzilopochtli me apaciguó mucho.
    -¿Y eso que dice vuestra merced de “coge tu cruz y sígueme” es lo que nos espera a los mexica? ¿Cruz y silencio?
    -Yo no sé cómo será el futuro, pero ya ha visto vuestra merced como nos ha ido aquí.
    Decididamente, por un lado o por otro, Vacatecuhtli estaba empezando a ver la cruz, pero otra cruz, la cruz de la moneda imperial, sea cual sea el imperio. Y se estaba haciendo blanda. Había empezando no desdeñando a los tlaxcaltecas y ahora hasta sentía simpatía por la clase común de la Vieja España, esa que no tenía delirios de grandezas, que se ganaba el pan y que todo lo que quería era que no la humillasen y la tomaran por instrumento para el medro de los que sí querían a toda costa el reino de este mundo y que para hacerse con él usurpaban el nombre de Jesús y hacían exactamente lo mismo que quienes persiguieron a Jesús. Esa clase común era negada peleando, pero en eso eran iguales que los macehuales del Anáhuac. En realidad los seres como ella o como este Cuahuipil o la Marzuqa y su marido y que su mismo barragán, personas que, no teniendo ambiciones mundanas desmedidas y teniendo propósito, sin embargo, no eran renuentes a la pelea, eran escasos. Por eso siempre se imponen los otros, los imperiales. ¡Huitzilopochtli! Sí que tenía su lógica que hubiera ido al sueño de Cuahuipil.
    -Pero ahí no acababa el sueño, yo oí reír a vuestra merced.
    -Sí. Eso sería cuando hablamos de la baraca.
    -¿Qué es la baraca?
    -Es una gracia divina o una guía que concede Dios y que pueden transmitir personas santas capaces de ello.
    -Dígame exactamente cómo fue.
    A intimación de Vacatecuhtli, pues, él relato el diálogo, que fue así:
    -Huitzilopochtli ¿tú también tienes una baraca?
    -¿Has dicho una baraca o una baraja?
    -No, Huitzilopochtli, por la baraja seguro que te preguntará el turco si te le apareces en sueños. Por cierto ¿cómo es que se te parece, pero no como eres, sino como te han pintado en las efigies?
    -Es que tengo diferentes versiones según de quien se trate, como si fueran diferentes pellejos, como el Xipe Totec. Tu tío Teyohualminqui sabe de estas cosas. Pregúntale, si quieres.
    -Eso haré, pero entonces dime ¿tienes una baraca de verdad? La baraca, ya lo sabes, es como los muslimes llamamos a las gracia y bendiciones divinas que pueden transmitirse directamente o por los enviados y amigos íntimos de Dios. ¿Tú la tienes?
    -Sí, sí la tengo.
    -¿Me la das, Huitzilopochtli?
    -¡Qué ansioso eres! Ya te la di cuando naciste. Siempre la has tenido y aquel día que escuchaste a la santa a quien fuiste a ver con Marzuqa decirte cómo Dios te favoreció que te hizo preferir ser bueno a ser favorecido la tenías también.
    -¿Y eras tú el que me hablaste en el cerezo por boca de Marzuqa metiéndome en la cabeza esta locura de venir a las Indias?
    -¡Nooooo! El de las locuras y los "más allá" y los "nada puede salir mal", es el Camaxtli. Él es el que se lleva a la gente de caza o en busca de tesoros o a encontrar el propio corazón, que es el más allá más profundo de todos los que existen y que, desde luego, no puede salir mal. Y en cuanto a su baraca, no hace falta que preguntes, ya te lo digo que también la tienes, y esa sí te la dio aquel día en el cerezo. Y esa baraca es también la primera de todas las baracas, detrás de la que vienen las demás, aunque este “detrás” no es cuestión de tiempo. Sin la baraca de Camaxtli, todo se hace cuesta arriba, imposible. Tenerla es tener la llave. Ya lo habrás oído decir, que la fe mueve montañas.
    -Gracias, Huitzilopochtli. Pero lo que no me explico es cómo puedo ser tan negado teniendo tantas baracas. Yo creía que no tenía ninguna.
    -Es que a veces Camaxtli es muy exagerado y todos los masallases se le hacen poco, y la baraca que te ha dado a ti es de cuatro ases. De modo que todavía te queda camino por delante, no creas.
    -¿Sí? Pero ya no me importa. Ahora que me dices todo esto, lo prefiero así. ¿Y también le darás a ella tu baraca?
    -¿Te refieres a esa que junta la mar y el cielo*, a tu Ilhuicáatl?
    -A ésa.
    -Se la doy.
    -Gracias. En cuanto a la de Camaxtli no sé si preguntarte siquiera, porque siendo ella como es y encima tlaxcalteca, imagino que la tendrá.
    -¡Seguro! Y ¡vaya baraca! Si la tuya es de cuatro ases, para la de ella Camaxtli hasta hizo trampas. Ya la irás conociendo más.
    -¡Cómo me gusta oírte decir estas cosas!
    -Te las digo, pero no te olvides tú de que las baracas no son de adorno.
    -No lo dudo, Huitzilopochtli, ni lo permita Dios Altísimo.
    -Quiero decir que se lo cuentes. Si mi baraca vale para algo, debe valer para conocer la verdad y, a una persona creyente, ha de valerle para vivir con ella.
    -Así lo haré, Huitzilopochtli.
    -Bueno y ahora, ya que te he quitado un peso de encima, te dejo soñar con ella y me voy a echar una mano a la Vacatecuhtli, que está atareadísima con sus bebedizos.
    -¿Ella también tiene tu baraca?
    -Pues para ella... ¡Digamos que tiene mi baraja. Baraja de cuatro caballos y unas cuantas mulas!
    -Y ahí se fue Huitzilopochtli y creo que es ahí, en lo de la baraja, cuando me reí.
    -Pero entonces ¿tengo baraca o no tengo baraca?
    -¿Cómo no la ha de tener vuestra merced?
    -Pues porque tengo muy mal genio y digo muchas palabrotas. ¿No me lo estáis diciendo siempre?
    Cuahuipil se rió y dijo:
    -Las rosas siguen siendo rosas aunque tengan espinas. Es más, son rosas porque tienen espinas.
    -¿Se lo va a decir también a la jorobadita que me compara a mí con las rosas?
    -Por variar un poco. Ya sabe vuestra merced que en realidad su comparación oficial, a la que se atiene hasta el mismísimo Huitzilopochtli, es con las mulas y no con las rosas. Y también con la vaca brava. Un cruce de vaca y mula. Ahora que ya conoce vuestra merced a esos animales, puede juzgar.
    A pesar de sus tribulaciones y lágrimas Vacatecuhtli sonrió, disconforme con sonreír, pero sonrió.
    -Ande, vuelva con la señora Alcalá, no sea que se harte y venga a meternos la cabeza en el yunque.
    -Será que como es paisano, Huitzilopochtli le tiene confianza y le ha gastado la broma de las mulas, pero yo creo que vuestra merced tiene mucha baraca, porque la mula, ya lo ha visto, es un animal muy fuerte y resistente.
    Mula que era, y terca por tanto, quería darle las gracias por haberle venido a contar el sueño, pero no le salieron. Pero a él tampoco le importó. Ya la conocía y sabía que seguía el principio del higo chumbo: tierno por dentro, pinchos por fuera. En cualquier caso, se lo contaría todo a Ilhuicáatl, aunque en Zocodover no, ahí no pensaba decir ni pío.
    Con el transcurso de los meses, Vacatecuhtli, ahora sí, ya había visto lo suficiente como para captar al menos unas cuantas cosas de las que había dicho Marzuqa en aquel largo parlamento de cuando se encontraron por primera vez y comprobar que no había dicho más que la verdad.
    Y así llegaron a aquellos primeros días de febrero de 1522 en que se apagó la resistencia de Toledo y ellos también abandonaron la ciudad ya lamentablemente “imperial”. Y cuando se planteó qué hacer y a dónde ir, nadie objetó a dirigirse al Imperio Otomano, como había sido la pretensión de Vacatecuhtli desde el principio. Los triunfadores imperiales no iban precisamente de mano muerta con quienes participaron en la guerra con las comunidades y poner tierra y mar de por medio estaba indicado. Así pues, pusieron rumbo norte, al puerto de Pasajes, de Pasajes a San Juan de Luz, de ahí por tierra a Marsella, y de Marsella a Estambul, donde llegaron como lo que eran: derrotados. Como creyentes, sin embargo, tenían que saber que se trataba de derrotas floridas, como tantas de las que está destinado a sufrir el género humano.
    Y así lo vieron, desde luego, pero con mucho llanto y con el consiguiente peligro de anegación para el Imperio Otomano, cuando se instalaron en él en la primavera de ese año.

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    Predeterminado Capítulo XXVIII: El Heredero y las aves de Jesús, s.a.

    Para el grupo más famoso del orbe la estancia en Turquía fue un refugio y la ocasión de reflexionar con calma sobre las vivencias de los últimos años.
    Marcos Bey todavía tenía relaciones en Estambul y Cuahuipil volvió a ver a la mejor amiga que tuvieron en Sevilla él y Marzuqa. Era una judía de los que se convirtieron en 1492 sólo para no tener que abandonar su país pero que, al final, el saberla allí sola causaba tal preocupación a los suyos, todos en Estambul, que terminó por irse, pero no muy feliz por ello y de hecho Cuahuipil la veía muy quebrantada. Volver a ver a Cuahuipil, que de alguna manera la devolvía a su tierra, le levantó algo el ánimo y desde la llegada de él se veían y conversaban a menudo. Ella y su familia se tomaron interés por los cinco amigos y entre ellos y las antiguas amistades de Marcos tuvieron toda la ayuda que precisaron en su exilio.
    En las afueras de Uskudar, la ciudad que había al otro lado del Bósforo frente a Estambul, alquilaron una casa próxima a un muelle de madera. Con el dinero que tenían y el que puso una viuda interesada en el negocio, compraron una barcaza para hacer cabotaje, trasladando carga y pasajeros. El negocio les fue bien y la viuda estaba contentísima con las ganancias. También es cierto que trabajaban mucho y a cualquier hora del día y de la noche.
    Pero trabajar por ganarse el sustento no fue lo único que hicieron. Las tariqas, u órdenes sufíes, florecían entonces en toda Turquía y, por supuesto, también en Estambul y Uskudar, algo que interesó a todos ellos y en particular, como cabría esperar, a la fundadora de la Orden de las Hijas de la Sal. Ella y Cuahuipil, a pesar de las dificultades propias de no entender el turco al principio, aprovecharon esa bonanza y también la posibilidad de instruirse además de en turco, en árabe y en el honrado Alcorán. Hicieron más aún. Ilhuicáatl pensó que, puesto que de momento no sabían cuál sería su futuro y que era de prever que tarde o temprano querrían volver a la Vieja o a la Nueva España, sería provechoso escribir el honrado Alcorán árabe entero en los pictogramas indios, aunque metiendo dibujos de santos cristianos y de oraciones cristianas para tenerlo siempre a mano sin levantar las sospechas de inquisidores o soplones. Y ya puestos, también en castellano por el mismo sistema. Cuahuipil ya conocía la escritura arábiga por haber aprendido el castellano aljamiado y reconocía, por su formación religiosa, además de la escritura, los términos coránicos y muchas aleyas y azoras enteras del honrado Alcorán. La labor, aparte del resultado evidente que se pretendía, los llevó a desmenuzar y desentrañar el texto como nunca hubieran podido hacerlo con la mera lectura. Para todos ellos fue, pues, una época de mucho aprendizaje y trabajo que poco a poco trajo alivio a los reveses y desengaños pasados.
    Vacatecuhtli, con la ayuda de Marcos Bey, al cabo de meses de intentarlo había conseguido por fin una audiencia con un lugarteniente del almirante Jair ed-Din, conocido en el occidente de Europa como Barbarroja. En la audiencia, a su vez, consiguió también una promesa de que se estudiaría el asunto que proponía y por ello salió muy entusiasmada.
    -No cantéis victoria, Vacatecuhtli, que no es fácil que le interese y a mí me ha sorprendido que se nos recibiera y debe de ser de lo pesados que nos hemos puesto. Pero hay muchas incógnitas. Aunque la marina otomana es poderosa, no es omnipotente ni está orientada y aparejada como para travesías atlánticas y la distancia para ellos es mucha. No es un paseo en barca, valga el retruécano, cruzar todo el Mediterráneo y cruzar el Atlántico y todo por aguas hostiles. Ni tienen al otro lado ningún punto de apoyo. Y con Tenochtitlán caída se nos ha puesto más difícil. No os lo digo por aguaros la fiesta y, si no sale, yo también lo sentiré, que el presente estado de cosas va a desangrar a España y a convertirla en nido de holgazanes, porque los palos se los llevará todos el que trabaje, con lo cual nadie querrá trabajar y esa es la ruina garantizada. Me temo que el pan nuestro de cada día va a ser la miseria. Lo que me apenaría es que sufrierais vos otro desengaño.
    -Ya, pero mientras llega o no llega el desengaño, dejadme alguna ilusión, que soy aun muy joven para darme a la bebida.
    Si con un fracaso así se daría o no a la bebida, no los sabemos, pero con el nuevo empeño de Ilhuicáatl en su camino espiritual, lo que sí le pareció a Vacatecuhtli fue que alguna otra señora de la casa ya se había dado a ella. En su interés por las órdenes sufíes Ilhuicáatl había topado con un cheij que la inspiró, si es que necesitaba alguna inspiración más, y la apoyó. Ella había pensado mucho en las penas de sus amigos, en las de Raquel, la amiga judía de Cuahuipil, en las de la viuda Ayse, cuyo primer marido estaba cautivo de los cristianos, en las penas de todos los perdedores de la vida y de la historia, en los sacrificios que se ven coronados por el fracaso, en los paraísos perdidos, a veces antes de que existan… Había reflexionado y había pensado que, independientemente de que pudiera participar cada cual según su interés de una tariqa cualquiera, sería bueno y un consuelo legítimo formar un círculo pequeño, entre ellos y quienes se quisieran sumar, para reunirse y adorar a Dios por los nombres que más pudieran ennoblecer esas pérdidas y pesares. Pero, además, todo eso con plumas, en recuerdo de aquella parábola en la que el profeta Jesús formaba pájaros de barro para luego darles la vida espiritual, lo cual, además, casaba muy bien con la tradición plumaria de las Indias, tradición en la que bien podía verse asimismo una parábola, precisamente ésa. La única pega era que el Imperio Otomano, que tenía muchas cosas buenas, entre ellas acoger bien a los expulsados de distintas religiones y no obligar a nadie a convertirse a ninguna, en punto a plumas, abanicos aparte, no era precisamente el lugar soñado por ningún indio.

  9. #109
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    Predeterminado

    Por alguien del aviario del sultán que conocía Raquel, visitando algún que otro gallinero y manejando tintes, consiguieron, no obstante, confeccionar suficientes ornamentos y tocados de plumas como para sentirse aceptablemente indios y aceptablemente pájaros deseosos de levantar el vuelo. El vuelo y el revuelo, ya que hubo una bronca mayúscula entre la Vacatecuhtli y el barragán, porque la primera estaba escandalizada con las gallinas. Decía que era un insulto a la divinidad ponerse plumas de gallina para honrarla, por muy teñidas que estuviesen. El otro que no, que las gallinas eran extremadas y también eran aves de Dios; que poner huevos era una tarea llena de significado y de alimento para todo el orbe. ¡Pero –reponía Vacatecuhtli- ¡¡no como parábola de lo de las plumas ¿no?!! ¡¡A ver ¿cuánto remonta el vuelo una gallina?!! Y con el portazo mayúsculo que dio la Vacatecuhtli al meterse en su cuarto (suyo y del barragán) y cerrándose por dentro con tarabilla, terminó la discusión.
    Y esto del portazo tiene su importancia en la historia personal de la Vacatecuhtli y sus relaciones sociales. Vacatecuhtli, al descubrir las puertas en la Vieja España, dejó de romper cacharros. Aparte del gasto en cacharrería, allí ya no tuvieron sirvientes y eso quería decir que, si rompía, barría y recogía. El único que si no le pillaba mal no veía inconveniente en recoger los tepalcates de la Vacatecuhtli era Cuahuipil, pero tampoco siempre y, además, la reñía. Total que eso y el darse cuenta de que las puertas aguantaban una barbaridad le hizo pasarse de romper cacharros a dar portazos y muchas veces a rematar el gesto dando con la puerta en las narices a quien se lo hubiera ganado.
    A pesar de las plumas de gallina, Vacatecuhtli sí que participaba en las reuniones del círculo y cantaba y bailaba, pero se mantenía en sus trece no llevando plumas. El colmo. Hasta la judía y la turca y un matrimonio húngaro que también se sumo a la fiesta las llevaban y ella, que era india…
    ¿O era tal vez que en realidad sufría con las plumas porque le recordaban lo que más le dolía?: que había cosas que no volverían; que había cosas que nunca serían. Por más que fuese arisca y que pretendiese que participaba en aquellas ceremonias por no desairar a sus amigos ni a su promotora, lo cierto era que lo necesitaba como quien más porque cantar a Dios el Heredero por aquellos sueños que se quedaron en anuncio, por los que nunca se harían realidad, por la pérdida de pasados añorados, como su Tenochtitlán del alma o los moros libres de la Vieja España que añoraba el alma de Cuahuipil le devolvía la fe, le recordaba que la fe existía, que no existía ella en el vacío. ¿Quién podía, quien tenía sino Aquel al que vuelve todo y todo tiene en sus manos? Y tenía razón ella y la tenían sus amigos. ¿No soñamos y queremos todos a alguien que nos suceda, en quien no se pierdan nuestros esfuerzos más sinceros, nuestra mejor voluntad, cuando ya no podamos gozar de nada y, aun cuando no habiéndolo gozado nunca queramos que lo goce alguien que nos importe? Pero ese Heredero ansiado ya lo tenemos, sólo nos hace falta acordarnos. Por tanto nada se iba a perder ni nada se había perdido nunca. El sacrificio era ése, no era necesario dar ningún corazón, bastaba con renunciar a poseer lo que no es de uno sino de Dios y dárselo, dárselo de corazón, porque es Él el que va a ser cuando nosotros ya no seamos, el Heredero de todos.
    Eso, eso tenían de malo esas reuniones para el recuerdo de Dios, que fastidiaban a la Vacatecuhtli porque le demostraban que ella era tan sensible y proclive a esas “mariconadas” –así las llamaba-, como cualquiera de los otros.
    Pero por mucho que la llenasen esas reuniones ¿iban a ser suficiente compensación para el día en que, muy cortés y prolijamente explicado, se le dijo de parte de Jair ed-Din que, una vez debidamente estudiada su exposición y propuesta, no había posibilidad presente de plasmarla, pero que si sobre el terreno más adelante hubiera cambios suficientes, podría volver a considerarse? Por cambios suficientes debía de ser que, por ejemplo, Tenochtitlán reconquistara lo perdido, más algo así como cuatro veces más de lo perdido, dominara todas las costas de las Indias, etc., etc. O sea, adiós esperanza.
    Como se temía Marcos Bey, Vacatecuhtli se hundió, no porque no lo esperase, sino porque fue como volver a vivir la pérdida de Tenochtitlán o, mejor dicho, como vivirla sin esperanza. Porque cuando ocurrió todavía se dejó lugar a la esperanza. Pero el día de la respuesta, sin disimulo ninguno, y puesto que allí sí había un cuarto en el que encerrarse, pues se encerró, de un soberano portazo, claro, una vez más obligando a Marcos, si es que quería descansar, a hacerlo en otra parte.
    Como si fuera de concierto, al día siguiente de ese gran desengaño le llegó un paquete de la Nueva España. Con ninguna noticia fresca por supuesto, porque aparte de la travesía oceánica, fueron unas cuantas las etapas que tuvo que hacer el paquete antes de llegarle. Pero llegó, lo mismo que antes habían llegado, uno a la vieja España y otro a Estambul, dos breves mensajes de Teyohualminqui para sus sobrinos. Decían: “Por la gracia divina”, luego la fecha y luego “todo bien, todos bien” y luego “vuestro tío”. Lo escueto sería por hacerlo a prueba de censores.
    ¿Y el paquete de Vacatecuhtli? Si ella se había esperado recibir plumas frescas o queso de agua o cualquier otra cosita rica del terruño o, mejor dicho, del “aguuño” de la laguna, se llevó un chasco. Era de Ahuitzotl. Se trataba de un fajo respetable de papel de amate escrito por ambas caras. Partes, las menos, en alfabeto latino y lo más en pictogramas indios. Se le hizo de noche leyéndolo y cuando se cercioró de qué era lo que decía, lo estampó con toda su alma contra el suelo, en la esperanza de que por algún milagro se hiciera añicos como los cacharros. Pero nunca ningún papel se había hecho jamás añicos por ese procedimiento y aquella vez tampoco.
    -¡Es lo que me faltaba, que este picha de cochino en remojo me predicase el cristianismo! ¡No ha tenido huevos en toda su vida, pero aún así parece que se los ha mamado un cura!
    Hay que advertir que en la Vieja España Vacatecuhtli no había perdido el tiempo, había aprendido a despotricar contra la iglesia y los curas como los mejores católicos y podría decirse que con el mismo disfrute que ellos.
    -Cálmese vuestra merced –dijo Cuahuipil-. A lo mejor tiene que leer más adelante. Habrá temido la censura. ¿Qué le dice ahí?
    -Más adelante dice lo mismo, que ya me he visto toda la cagarruta de cochino mientras vosotros estabais en la mariconada mística esa de la jorobadita -también, también, como hemos visto, había aprendido lo concerniente al cochino y también ese animalito había pasado a ocupar un destacado lugar en su repertorio-. Ahí tiene. Léalo vuestra merced que está todavía más necesitado que yo de que le prediquen los milagros de la santa cruz. Se lo va a pasar en grande vuestra merced. ¡Tome redención!
    Y diciendo eso, recogió el mamotreto de donde lo había tirado, se lo arrojó a Cuahuipil encima de la mesa y fue a encerrarse en su cuarto dando un portazo que marcó casi el diez en la escala local de sacudidas domésticas.
    Cuahuipil tomó el documento y empezó a leerlo, y ya en los primeros pictogramas vio lo que buscaba. Consultó a Ilhuicáatl para cerciorarse y dijo:
    -Hay que hacerla salir.
    Ilhuicáatl tenía un método infalible para eso. Se acercaba a la puerta y le decía cositas dulces como ella sabía decirlas hasta que la otra salía con ánimo de matarla. Esta vez también salió, pero el que estaba a la puerta era Cuahuipil que la cogió de la mano y se la llevó donde estaba el mamotreto.
    -Siéntese vuestra merced y vea.
    Hizo caso Vacatecuhtli y se sentó con la cara agria. También se sentaron Marcos y Xiloxóchitl que llegaban en ese momento y traían la cena. Cuahuipil les explicó brevemente que aquello era un correo que le había llegado a la Vacatecuhtli. Entonces tomó la primera hoja del fajo y la acerco a la luz de la candela, sin que allí pasase nada, tomó la segunda y lo mismo, la tercera, la cuarta…
    -¿Qué se propone vuestra merced calentando el amate, hacernos alguna sopita de letras y pictogramas para abrir boca?
    Cuahuipil no hizo caso, siguió calentando y ¡albricias! A la novena y entre medias de la escritura que se veía a primera vista empezaron a aparecer renglones y pictogramas que antes no se veían.
    -¡El puto capón del lucero del alba, ¿esto qué es?!
    -Vuestro hermano os ha escrito con tinta simpática porque no habrá querido que le lea la carta el Santo Oficio o las autoridades si les diera por censurar el paquete.
    -Y ¿cómo sabe eso vuestra merced?
    -Cuando se vive en secreto se saben muchas cosas.
    -Pero ¿y cómo lo sabe ese cochino castrado que tengo por hermano si a ése no le da ni para sorberse los mocos?
    -Seguramente habrá más cristianos nuevos en las Indias y alguno habrá querido hacerle un favor a vuestro hermano.
    -Pero y ¿cómo sabía vuestra merced que esto estaba trucado?
    -Hay ciertas palabras que lo indican. Cuando las he visto, ya me he figurado que había texto oculto.
    -Como sea tan tonto en oculto como en aparente, la dosis de hermanito me puede matar –dijo Vacatecuhtli agarrando el paquete de pliegos y una candela y metiéndose en su cuarto, pero esta vez no cerró ni con portazo –llevaba las dos manos ocupadas-, ni con tarabilla, y casi inmediatamente Ilhuicáatl le trajo una bandeja con comida.
    -Como veo que tiene para rato, le traigo la cena. Luego le traeré café a vuestra merced.
    -¡¿Hay café?!
    Ilhuicáatl le confirmó con un chispeante gesto de felicidad y salió.

  10. #110
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    Predeterminado

    Ella empezó a leer:
    “Querida exhermana,
    Soy tu exhermano ExAhuitzotl, y te escribo desde ExTenochtitlán, ahora México, en la confianza de que te llegue esta carta y te encuentre con bien.”
    -(¿Y éste excremento de cochino, por qué me llama ahora exhermana?) –a ver, ella se imaginaba que era un gesto de desdén por los desdenes anteriores de ella y le pareció una mariconada. Siguió leyendo:
    “-No sé dónde puedas estar y no sé si lograré dar contigo algún día ni si algún día volverás a esta tierra. El escribano que acompañaba al capitán Malinche me dio la dirección del Huitzilopochtli donde enviarte esta carta a la Vieja España.
    Ha sido horrible. Creo que nadie se hubiera imaginado ni en la peor pesadilla que las cosas pudieran ir tan mal tan de prisa. Y no te voy a contar más de lo necesario porque es inútil llenarse la cabeza de tristes pensamientos y no es ése mi propósito al escribirte. Esta carta va a tener que ser muy larga y espero que para ti encierre algo bueno, a pesar de todo lo malo. Hay cosas que no sé si sabrás o no, pero te las digo para que, si no las sabes, se entienda lo que te cuento. De Tenochtitlán queda la historia y el recuerdo de los vivos hasta que se mueran. Lo gozamos en su día -algunos dicen que lo sufrimos- pero ahora los dioses lo han recobrado. Hágase según su mandado. Antes de eso, en los meses siguientes a tu partida, se abatió sobre la ciudad y toda la tierra una enfermedad desconocida, que ahora sé que se llama viruela, y mató en tales cantidades que no se daba abasto a quemar o enterrar a los muertos y de hecho ha matado a más gente de la que ha dejado y no había suficientes sanos para cuidar de los enfermos y por eso muchos morían de hambre y de sed. Yo la pasé y me ha quedado el cuerpo picado. Ya sabes que no era agraciado, pues ahora ya es el desastre completo. Cayó con ella el huey tlatoani Cuitlauac, y cayó el senador Maxis-Catzin en Tlaxcala. Y quienes cayeron de ella enfermos también son tu padre y tu padrino. Y no sobrevivieron. Justo cuando nos dejaste tú, tu padre descubrió que yo no era hijo suyo. Por eso te he escrito “exhermana”. Sé que a partir de entonces no pudo mirarme igual, a pesar de que yo no he querido a nadie como a él, salvo a ti, que te he querido y te quiero tanto como a él y muchas veces creo que más. Pero, aun doliéndome, no puedo culparlo por ello. El siguió a pesar de todo tratándome como a un hijo y pasado un tiempo creo que sí me volvió a querer. De todas formas, para mí siempre será mi padre. A muchos de tus medio hermanos también se los llevó la viruela y ahora, con la ruina que se ha abatido sobre Tenochtitlán, te voy a decir que hay una estampida y que todo el mundo se esfuerza en asegurarse su situación o su interés o su sustento y no es ternura lo que hay entre muchos hermanos. Los mejores pedazos de la ciudad de México nueva, mejor dicho, el centro, son para el César y sus funcionarios, para los conquistadores y sólo en último lugar para sus dueños, porque aunque en principio, fuera del centro, en la nueva ciudad se respete la propiedad anterior, pues la realidad no es exactamente así, porque, en primer lugar, con toda la destrucción de la guerra y todos los muertos de la epidemia, documentar la propiedad es caso perdido y, como también te puedes imaginar, el mejor medio de conservarla es casarse con algún cristiano y entonces por su propio interés éste defenderá esa propiedad y lo que no es propiedad con fiereza perruna, que también ahora ya sé algo de perros pero, claro, como lo que faltan es cristianas, a los varones nos queda poquito que hacer, salvo alistarnos con los cristianos para ir a más guerras. Yo no lo he hecho porque, aunque al no ser hijo ya de mi ex padre no tendría derecho a heredar, me debo a la palabra que le di en su lecho de muerte de hacer de tu albacea y defender tus intereses. Darte cuentas de cómo he cumplido ese cometido es el propósito de esta carta aparte de darte las noticias necesarias y de expresarte mi sincero afecto, aunque ya sospecho que éste no es bienvenido, porque contigo hice todo mal.
    Te confieso que he pasado por muchos momentos de desesperación, de pensar que no podría, que perderías todo sin que yo pudiera hacer nada a pesar de mi empeño, porque esto ha sido el caos, y durante un tiempo me conformaba y me daba con un canto en los dientes meramente con saber cuánto nos habían robado y si nos quedaba algo. Gracias al amparo divino, sin embargo algo pude hacer. Resulta que un día de los que intentaba conseguir la confirmación de los títulos de propiedad para que no se repartieran las tierras que has heredado, di en el cabildo, como lo llaman, de la nueva ciudad con un escribano muy bueno y honrado que más no se puede de cortés y servicial. Te puedes imaginar lo difícil que ha sido, porque yo no hablaba nada de castellano cuando perdimos, y luego he ido a trompicones aprendiendo lo que he podido. Y este escribano decía palabritas en náhuatl, mas no se le entendía nada, ni él a mí, pero tenía con él a su esposa, que había sido, según me dijo, cihuatlamacazqui de Toci y ahora es no sé qué cosas de iglesia. La mujer no se enteraba apenas de nada, pero se la veía muy deseosa de ayudar. Casi me daba ella más pena a mí que yo mismo. Gracias a eso y con tesón y paciencia, creo que ahora puedes estar tranquila de que tus títulos de propiedad de lo que heredaste de tu padre están en toda regla. Naturalmente ya no tenemos casa en la nueva ciudad de México, aunque tendríamos derecho, pero habría que construirla, porque no ha quedado títere con cabeza. Sí he arreglado una casa de las que había en las tierras que tienes, para cuando vengas que tengas un lugar apropiado donde estar. No he emprendido ni la construcción de una casa en México ni en las tierras porque no quisiera gastar en nada que tú hubieras querido de otra forma pero sí he reservado derechos y solar en México. Toma nota del nombre del escribano que nos ha ayudado en el cabildo: se llama Rómulo Vargas Heredia. Es negro. Parece que escribe poesías y que le gusta coleccionar una cosa que él llama “mitos”.
    Otra cosa me ha dicho este señor Vargas Heredia y es que, si tenemos una tierra que no sea buena para cultivos, que es el caso de casi toda la que te ha quedado, que una idea buena para sacarle provecho y, además, de que no te acosen los cristianos, siempre contando con que haya medios para ello, porque yo es que no sé de estas cosas ni cuánto estarás todavía lejos, y si es en la Vieja España donde sigues, pues me dice este señor Vargas Heredia que podríamos criar algo que yo no sé muy bien en qué consiste, que él dice que son toros. Según me los ha descrito yo no me explico cómo se puede meter una fiera así en un acale pero si lo puedes averiguar y te los puedes traer, un padre y una madre o más madres, mínimo, dice que seguro que es algo con futuro porque, aparte de la carne y de ponerlos para bueyes que trabajen, que tampoco sé cómo es eso, los cristianos gustan de los festejos con estos animales con los que hacen luchas y, además, según me ha dicho, mantienen muy bien el campo donde se los ponga. Pues, si averiguas y con la memoria y estado de cuentas que te adjunto, pues tú verás si es factible comprar esas fieras y traerlas; y también me dijo que igualmente haría falta algún venado-caballo para atender a los toros.
    Y paso ahora a los encargos de tu padre y padrino. Tu padrino me dio canutillos de oro para ti. Los tengo bien guardados. Deposité en un pliego cerrado ante testigos un documento para ti con instrucciones en caso de mi fallecimiento u otra causa que hiciera imposible mi comparecencia, para que se te entregue a ti en mano ese pliego lacrado. Está en la escribanía del Cabildo de México a tu nombre cristiano, que es Juana Cuautehuani Ilhuicauxaual. Puse lo que me sugirió el señor Vargas Heredia porque tampoco tengo idea de qué nombre es el que usas dónde.
    Tú padrino me encargó transmitirte su bendición y su confianza de que pase lo que pase sabrás seguir el mejor camino. Que moría satisfecho y agradecido a los dioses por haber vivido el honor de ser tu padrino, aunque él creía que en realidad era tu padre. Eso me dijo.

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