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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #91
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    Predeterminado Capítulo XXV: La reina de los sueños y los ocho durmientes

    Es llegados a ese punto cuando empezó a llover y Cuetlachtli vio la codiciada oportunidad de convertirse en reina de los sueños, así que se levantó diligente a preparar bebedizos para toda la partida.
    -Si no me equivoco, estos bebedizos que prepara vuestra merced son para matarnos aquí ahora a todos a favor de Tenochtitlán, ¿no es así? -dijo Teyohualminqui.
    -Así es, mi señor papa de ensanchados, pero no de una vez. Se van a ir muriendo vuestras mercedes poquito a poquito y sufriendo mucho, mucho, mucho... ¿qué os parece?
    -¿Esto es lo de los sueños de la otra vez? -preguntó Cuahuipil, que se les unió en ese momento.
    -¿Cómo sabe vuestra merced que es para los sueños?
    -Por el olor y por el aspecto.
    -Pero ¿cómo sabe que es este olor el del bebedizo de los sueños?
    -De andar por los puestos de las médicas y los médicos en los mercados supongo. No me he parado a pensar cómo lo sé. Sólo sé que lo sé.
    -Tome. Beba vuestra merced.
    -Yo también quiero de eso, Vacatecuhtli. A ver si va a estar aquí soñando todo el mundo y tu propio barragán muerto de aburrimiento mientras duerme.
    -Beba, beba mi señor concubino, que hay para todos. Y espero que esta vez el señor Cuahuipil, ya que me debe el soñar, tenga por lo menos la corrección de acordarse después de qué es lo que sueña.
    Él lo único que recordaba es que había dormido como un angelito y por eso no le importaba repetir y estar bien preparado para lo que trajera el día siguiente
    La cueva aquella noche era un sueñicomio. El imperio nocturno de la Vacatecuhtli se pobló de las más heterogéneas e imposibles quimeras. El que no se dejó imperar fue Quizziquaztin. Allí seguía, haciendo guardia, después de rechazar el bebedizo con un gesto, siempre con la cabeza baja. Encima un bebedizo que había hecho la señora tenochca que quería que lo ejecutaran. Se veía que lo hacía para que él soñase en voz alta y en sueños confesara su delito.
    ¡Su delito! ¡Ya ves tú, su delito! ¡Qué injusticia! ¡Era tan injusto! ¿Podía negar que había caído? No, él no lo podía negar y, además, este teule que se estaba esforzando en perdonarlo, y ojalá lo consiguiera, lo había sorprendido en plena caída. Eso era innegable. Pero a ver: ¿en qué había caído? Sí, en un adulterio. Él no lo negaba. Pero ¿se había negado él alguna vez a no adulterar? No. El nunca había dicho ni pretendido que la vida matrimonial consistiera en adulterar. Jamás. Entonces es evidente que lo que había ocurrido era un fenómeno extraño a su índole esencial, ajeno a su sustancia propia, y culpa, si no había prueba en contrario, de su holgazana mujer. ¡Ah! y la primera vez podía pasar y tener excusa porque, habiéndole él sido fiel hasta entonces, ella podía no estar sobre aviso y podía pensar así, a la ligera e irresponsablemente, que el día de hoy iba a ser igual que los demás. Así de fáciles se ven las cosas cuando no se es una mujer preparada. Bueno, pues esa primera vez él se la perdonaba. Pero después de aquella primera vez, ¿qué disculpa, excusa o justificación había?
    Y aquella primera vez él la recordaba muy bien, porque hubo sus preparativos, sus sisas para pagar a la preciosa Coyolxauqui, sus retrasitos por la noche o por el día para poder concertar sus citas con discreción, ya que era su primer adulterio y estaba muy nervioso. Tuvo que enviar a buscar material a horas desacostumbradas a su hijo Moctezuma para que no acudiera él también a la cita de manera imprevista. En fin, cosas y cosas. Y una sola novedad no tiene por qué alarmar, pero más de una debiera haber hecho que a una mujer con preparación se le erizaran los cabellos presintiendo ya ese hálito funesto que delata al adúltero. ¿Movió ella un dedo para impedirlo? No. Pero como ya hemos dicho que no contaba, dejémoslo. Sin embargo, aquella noche, después de la espantosa caída, todas las circunstancias y pormenores de ella, todas aquellas suciedades que le había dicho a Coyolxauqui con tanto gusto, todo aquel gemir y jadear degenerado tenía que haberlo visto su mujer, porque lo llevaba pintado en la cara, porque él no podía disimular una cosa así y nadie que tenga sentimientos puede disimular una cosa así, porque de eso queda uno impregnado y es como un aura que te envuelve y de la que estás transido. Ese acto se convierte en tu sombra, una sombra visible por el día y por la noche. Pero si hasta vino a casa con la cabeza gacha y sin mirar a parte alguna de miedo de que la gente lo mirara y lo supiera, a pesar de la oscuridad. En casa, sin embargo, había luz, él levantó la cara y ella lo vio, allí, todo manifiesto y sin resquicio en qué ocultarse. No. Él no disimuló. Él estaba allí temblando de miedo, y entonces dijo aquello del tablón, y ella salió con lo que salió, con su mala condición.
    Pero de esto, cuando uno va a casarse, todo ignorante de las maldades y de las asechanzas de las cosas y las ideas, a uno no le dicen nada. Ahí te sueltan, con tu mujer, y si luego resulta que a ella no le importa el adulterio, allá te las compongas y nadie se hace responsable. No era justo, no lo era y no lo era. Porque sí, él no negaba lo que había hecho, pero ¿y ella? ¿Acaso ella no hizo algo también? Sí hizo. Se hizo la tonta. Hizo como si no hubiera visto nada. ¡Qué mal le sentó! Al ver aquella cara, ella tenía que haberse negado a aceptar lo que llevaba escrito. Tenía que haber tomado medidas contra aquella aura extraña. Eso hubiera hecho ella si le hubiera importado lo que tenía que importarle. Pero no. Nada. Ella lo tenía a él y no le daba importancia. Como una estera o una olla. Iba, venía, hola, adiós, ahí tienes las tortillas, mañana será otro día, qué tal, todo bien, a fulanitito nuestro hijo se le ha caído otro diente ¿qué te parece?... ¡¡¿Y a mí qué?!! ¡¡¿A mí qué, mala mujer?!! ¡¿No notas acaso lo que se me ha caído a mí?! A mí se me ha caído lo más importante: mi sensibilidad de marido ante tu indiferencia, mis sueños de juventud ante tu introversión. Y mis noches de paz y aburrimiento ¿en qué se me han trocado? En nocturnas y criminales tramas de ver cuándo, en oscuros y traicioneros cálculos de cómo podré pagar otra vez a esa preciosa Coyolxauqui. En eso, en eso, sí, se me han trocado. ¡Qué desengaño! ¡Qué agrio, que el mayor de los abismos en que puede caer un alma de marido no le traiga a su cónyuge ni una tosecita! ¿Y qué vas a hacer ahora, desgraciado de ti? ¿Rebelarte? Pero ¿cómo? ¿cómo se rebela uno? Y ella ¿no va reparar tanto daño, tanta aflicción, tanta vergüenza como te ha hecho pasar, tanto vagar sin tino por el cerrado vaho de tu conciencia, tanto errar por el Anáhuac en estas contramorfas compañías sin conocer cuál será el fin, sin saber en qué cañaveral de púngida aflicción cualquier atardecer vas a quedar varado? Quizzicuaztin, Quizzicuaztin, ¿y quién te iba a decir a ti que desposabas aquel día a la esposa de un adúltero?
    Última edición por carcayona; 21/06/2012 a las 21:08

  2. #92
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    Predeterminado

    Y fue allí, fruto de esa profunda congoja del adúltero Quizzicuaztin, como surgió esa joya de la lírica del Anáhuac hoy atribuida a una monja, que se escapa como un suspiro de los corazones rotos por la ilusión truncada y que se escucha en boca de los millones de seres que han apurado el padecer desgarrador del desengaño:

    Hembras necias que miráis
    y sólo veis un borrón
    donde ya apunta el baldón
    del varón que no guardáis,

    Vuestra la perfidia es,
    la culpa toda os envuelve,
    pues que todo se os vuelve
    ojear sin interés.

    El marido ya tenéis,
    ya está el fuego, ya los dioses,
    ¿a qué pues gritos y voces
    si todo es como queréis?

    Lo dejáis que vague loco
    lejos de vuestra mirada,
    porque en ella ya no hay nada
    y fuera de ella ¡tan poco!

    ¿Qué de la ira, el castigo?
    ¿Qué de la furia y la rabia
    cuando el marido os agravia
    con pensamiento enemigo?

    Soberbia se queda y quieta
    con su casa y con sus hijos,
    pues teniendo esos ya fijos,
    un marido ¿a quién inquieta?

    Y si en una noche oscura
    sobre él se abate el mal,
    para ella no habrá tal
    pues que el sustento aún le dura.

    Fiera temible sin garras,
    Tumba ruin de toda dicha,
    río de voraz desdicha
    que al hombre enlodas y embarras.

    Desde tu altura encumbrada
    miras como faro ciego.
    Tú eres la vida y el fuego,
    quien fue yesca, agua pasada.

    Si vamos pues a juzgar
    en estos pleitos inmundos
    por qué el uno trota mundos
    y la otra reina en su hogar,

    ¿Cuál deja más que desear
    aunque todo insatisfaga:
    la que peca por ser vaga
    o el que vaga por pecar?

    ¡Ah Coyolxauqi fingida
    con tu verruga y tu panza!
    yo quisiera esto alabanza,
    quédase en queja afligida.

    Al llegar a este punto su congoja era tal que cayó en un silencioso gemir, sofocando los amarguísimos sollozos para que no le oyeran los ocho durmientes de allí dentro. Estos, que sí tomaron el bebedizo, cumplieron todos como diligentes drogados y soñaron. Soñó hasta el que no pensaba que lo haría porque no creía ni siquiera que fuera a dormir.
    Al estar la Vacatecuhtli de vuelta con su barragán, Xiloxochitl había recuperado con creces su antiguo tormento y sabía que pasaría hora tras hora de darle vueltas a todos los pensamientos que lo mortificaban sin cesar y que se engarzaban unos con otros y vuelta a lo mismo sin fin y sin tregua. Y seguía siendo esclavo de aquel cuerpo lleno de heridas y cicatrices, de aquellos ojos sin misterio que no lo podían embrujar, pero que muy eficazmente lo ataban y lo tenían sujeto tal y como si las sogas de la voluntad se vieran y palparan. Y qué decir de aquella manera de moverse… sin vacilación y sin rebuscamiento, tan simple y evidente como el caer de una piedra o el volar de una garza; y qué de su quietud, fuego contenido en sí mismo que ni incendia ni desborda. Declaración de amor, declaración de guerra. ¡Cómo lo deseaba! Y sus labios, los de él, que sólo parecían querer decir una cosa: Te adoro, te adoro, te adoro… Le dolía el cuerpo entero de quererlo.
    Tardó, tardó el valiente Xiloxochitl en dormirse, pero al final cayó, prueba del reinado indiscutido de la Vacatecuhtli. Y tuvo un primer sueño, que fue decepcionante en cierto modo, porque era como un jarro de agua fría sobre el relato de su escapada de Tenochtitlán que había hecho antes. Resulta que todos los cómicos otomíes en general y él en particular se habían sentido ufanos de la función que habían montado y que era indiscutible que había gozado del favor y entusiasmo del público. Pues bien, en el sueño, alguien, pero que no sabría decir quién o qué era y ni siquiera si no era él mismo, decía: “Teníais que haber escenificado el romance de la doncella guerrera. Parece mentira, Xiloxóchitl, con la cantidad de veces que se lo has oído cantar a Cuahuipil y a otros que ni se te ocurriera. Ese tipo de historias tienen un tirón formidable con el público. Es el éxito garantizado.” Y ahora se sentía idiota porque era verdad. Pero tampoco quería volver sobre eso en estos momentos. Es cierto que vivió aquellos lances con una felicidad que no sabría describir. Estuvo en aquella troj con Marcos tan cerca como quepa estarlo de otra persona. Trabajaron juntos. Se entendieron como dos piezas que han de ajustar sin fisuras. La facilidad para entenderse con Marcos, la armonía que era el signo de su trato mutuo no dejaba nunca de maravillarlo. Y por más que el carácter de Marcos fuera tal como lo describía Cuahuipil, con él siempre tenía un trato de aprecio sincero que lo desarmaba continuamente. Pero ahora, si empezaba a pensar en la vida de cómicos y en montajes escénicos, se iba a descorazonar contrastando la dicha inefable de ese entonces con la sórdida situación de ahora, cuando legítimamente Marcos tenía otra compañía.
    Por otra parte, no le extrañaba que hubiera echado en el olvido el tema de la doncella guerrera cuando idearon las funciones. A oídos indios semejante historia sonaba completamente fantástica. Las historias de nahuales o aparecidos eran a su lado realidad palpable. La vestimenta india jamás hubiera permitido a una mujer hacerse pasar por varón. Era mucho cuerpo el que había que dejar descubierto y más el que se podía descubrir en según qué movimientos u ocasiones. Completamente descartado. Pero, claro, cuando te ponías a pensarlo y como le dijo Cuahuipil cuando él le comentó que era una historia fantástica, con las ropas de los cristianos era completamente posible, aunque él, quizás por no haberlo vivido, por mucho que le dijeran, no llegaba a imaginarlo. Era como decir, ¡Ea, la mitad de las tropas cristianas podrían ser mujeres disfrazadas!
    Una vez más sucedió lo que parecía imposible y volvió a dormirse. Y en sueños, como si éstos se hubieran propuesto convencerle de lo infundado de sus reservas con respecto a las doncellas guerreras, le acudieron retazos del romance:
    En Sevilla a un sevillano la desgracia le dio Dios
    De siete hijos que tuvo y ninguno fue varón.
    Un día a la más pequeña le llegó la inclinación
    De ir a servir a la guerra vestidita de varón.”

    No irás a la guerra, hija, no iras a la guerra no.

    -Convídala tú hijo mío a los ríos a nadar,
    que si ella fuese hembra, no se querrá desnudar.

    -¿Por qué llora usted don Marcos? -¿Por qué debo de llorar?

    Y luego se despertó nuevamente desasosegado. ¿Qué había dicho Marcos Bey esa misma noche? ¿Cómo fue? … Sí:
    “-¡Quite vuestra merced! En ningún día de mi vida pienso yo pasearme en cueros por todo el Anáhuac. El Cuahuipil no tendrá vergüenza, pero yo sí. Yo no estoy hecho a estas cosas y tengo la piel delicadísima y, lo que es peor, tantas y tan grandes cicatrices que verme el cuerpo es ya declarar que he pasado cien guerras…”
    Eso había dicho Marcos. No se quería desnudar. Claro que los motivos que dio eran cabales. En su angustia por salir del atolladero se engañaba sí mismo y se agarraba a un clavo ardiendo, pero no había salida: lo cierto era que Marcos tenía una barragana y que esa barragana echaba por tierra todas las quimeras. Así que gracias por el bebedizo, señora Vacatecuhtli, pero los sueños no le habían resuelto nada. No obstante, aún no habiéndole resuelto nada, sabía que seguiría dándoles vueltas una vez y otra, escrutándolos, analizándolos en todos los sentidos y vuelta a analizar y a escrutar, en una rueda inacabable. Porque, a ver ¿acaso tenía Marcos Bey pinta de mujer o ademanes de mujer, algo que diese alguna indicación? Desde luego que no, porque si así fuese no tendría ni que hacerse la pregunta y, además, eso ya se hubiera comentado o se hubieran hecho chanzas al respecto. La voz, ya se fijó la primera vez que lo oyó hablar, estaba suavemente timbrada, entraba en los oídos con la levedad de una pluma y la dulzura del camote molido. Era su manera de entonar y decir las cosas, resuelta y rotunda, un poco desaforada muchas veces, lo que dejaba la impresión de virilidad. Pero si pensaba en aquellas veces en que se había dirigido a él solo, como buscando su agrado o aprobación, sin dejar de ser resuelta o rotunda, parecía la voz de un niño que buscara los abrazos de sus padres. ¿Era viril? No. Era sencilla, desarmada, inocente. Era… Era… Era su muerte. Sin insinuaciones ni segundas intenciones. Pero, en el otro sentido ¿había en él algo que dijera que era inconfundiblemente varón? Pues… no. No había nada que dijera nada. Ni para un lado ni para otro. Era Marcos Bey, ni varón ni mujer, sencillamente él, esa persona, y no podía asemejarlo a nadie. Y ese ser sin semejanza con nadie iba terminar matándolo, porque ahí estaba Vacatecuhtli. Sí, ése era el punto final de todas sus cábalas.

  3. #93
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    Era un imbécil, dándole vueltas y vueltas a lo mismo. Su mal no tenía remedio y no lo iba a tener por muchas vueltas que le diese. A resignarse, pues, porque, aunque no debiera darle vueltas, eso era precisamente lo que iba a hacer, porque no podía evitarlo, porque no quería evitarlo, porque esa ya era una manera de vivir lo que sentía y no podía negar. Y si negaba eso, ¿qué le quedaba? Sólo el vacío. A esperar, pues, que amaneciera, para vivir otro día más en el tormento y que se hiciese la voluntad de Quien nos puso en este mundo.
    La que él consideraba su rompequimeras, Vacatecuhtli, era la que le preguntaba ahora:
    -¿Se le ha olvidado a vuestra merced cómo se duerme?
    No contestó, pero debía de tener tan mal aspecto que ni siquiera la Vacatecuhtli cedió a la tentación de zaherirlo. Claro que, con todos los demás dormidos, tampoco tenía público para hacer uno de sus alardes. O no era nada de eso sino que de verdad era feliz haciendo soñar a los demás.
    -Tome vuestra merced más bebedizo que, si no, mañana va a tener todavía peor cara.
    Bebió sin que esta vez tuviera siquiera fuerzas ni ánimo para resentir a la causa de su desdicha y se echó nuevamente, convencido también esta vez de que no conseguiría dormir. Pero también esta vez se durmió y también esta vez soñó.
    Era un paraje extraño que no sabía lo que era y allí estaba Camaxtli con sus atavíos de cazador, el cuerpo pintado a rayas blancas de arriba abajo, arco, haz de flechas, cestillo y, colgado, un conejo cruzándole el pecho. Y cantaba. Cantaba fatal una canción ramplona donde las hubiese, pero al parecer satisfechísimo:
    -Hispania tierra de conejos,
    Hispania tierra de conejos,
    ¡Ay! ¡Ay qué feliz soy
    cuando lo despellejo!
    Y esto lo cantaba mientras, como decía, despellejaba un conejo. ¿Conejo? Aunque el sueño decía conejo, lo que veía Xiloxóchitl era a Marcos Bey pero en apariencia de conejo y lo que hacía Camaxtli era quitarle la ropa, pero al mismo tiempo era como si lo despellejara haciéndole, al parecer de Xiloxóchitl, un daño horrible.
    -Está vivo, le estás haciendo daño –protestaba Xiloxóchitl- Déjalo. Para ya.
    -Pero mi amor, si es la divisa de Tlaxcala: “oncan tonaz” (más allá).
    -Está sufriendo. No sigas.
    -¿Tú crees? Mira, pone carita de pena, pero no dice nada.
    Pero el durmiente estaba convencido de que el conejoMarcos cuando le arrancaban la ropapiel sufría. Y Camaxtli seguía en ello y Xiloxóchitl rogaba que parase. Y cuando Camaxtli arrancó la piel de la cintura, Xiloxóchitl no pudo soportar más.
    -¿Pero a quién se lo ocurre desvanecerse, Xiloxóchitl? Teníamos que haber terminado ya con esto, hombre. Y además que la canción me la he inventado ex profeso para ti.
    En el sueño, Xiloxóchitl volvió del desmayo preguntándose “pero para que habré tomado el bebedizo”. Eso, aun habiéndoselo dicho Xiloxóchitl a sí mismo, lo oyó Camaxtli porque le contestó.
    -Hombre de poca fe, vine porque me llamaste. A ver si te crees que yo necesito de bebedizos para ir donde me llaman. Pero si no te viene bien ahora, también puedo volver dentro de un ratito. No tengo ninguna prisa.
    Xiloxóchitl no dijo nada, así que el dios, o Santiago, o quien fuera, entendió que quien calla otorga y dijo:
    -Y ahora vamos a continuar, que me quedé empantanado con el conejito en la mano mientras te desmayabas como una damisela.
    Así que vuelta con el Hispania tierra de conejos. Pero Xiloxóchitl ya no protestaba, sólo gemía implorante a un Camaxtli que, al llegar a la altura del ombligo, decidió hacer un nuevo alarde musical, emprendiéndola con un bolero, más ripioso todavía que la cancioncilla anterior y cantado igual de mal, pero en tono dulzón y empalagoso y diciéndole antes que también éste lo había compuesto ex profeso para él.
    -Más allá
    del bien y del mal,
    más allá
    de este ropaje indiferente,
    un ombligo
    que es faro del camino
    nos lleva
    detrás de lo aparente.
    -¡No, Camaxtli, ya, ya! ¡para! ¡lo vas a destrozar!
    -Pero, hijo Xiloxochitl, me estás saliendo tú muy poco tlaxcalteca. No, hijo, no, “Oncan tonaz, oncan tlahuiz” (Más allá es donde brillará el sol, donde será la aurora). Hay que seguir. El que la sigue, la mata.
    Con la aurora, eso que hubiera sido lo de más interés para que saliera de sus dudas o tinieblas, ya no pudo Xiloxóchitl. Difícil de decir si porque no resistía el sufrimiento del conejito o porque ¿y si lo que descubría no era lo que deseaba, sino lo que temía?
    -¡Pero, hijo, pero ¿qué os pasa?! La que digo, un par de damiselas.
    -¿He vuelto a desmayarme?
    -No, hijo, qué va. Esta vez sólo has cerrado los ojitos, ¡que ya es ¿eh?! El que se ha desmayado ahora ha sido el conejo, fíjate tú. Si es que hacéis muy difícil el ayudaros ¿eh? ¡Anda que…! Pues me temo que vas a necesitar mucha, pero que mucha paciencia para cobrar esta pieza, hijito mío, porque si él se desmaya y tú aprietas los párpados como si esperaras un sopapo, vaya plan. La que digo, un par de señoritas. ¡Ay, ay , ay, ay, ay! –y movía la cabeza a un lado y a otro como quien riñe a unos chavalillos, para finalmente rematar con el bolerito en plan declamador y triunfal:
    -Más alláaa, más alláaaaa,
    sin rendirse jamás,
    detrás
    de lo aparente.
    Y se esfumó. Y al esfumarse Camaxtli, otra vez se despertó Xiloxóchitl y se sentó sobresaltado.
    -¿Se encuentra bien vuestra merced?
    Otra vez la Vacatecuhtli.
    -¿Qué?
    -¿Qué si se siente bien vuestra merced?
    -¿Eh? ¿Bien? No. Es decir, me he despertado.
    -Tal vez tuvo un mal sueño, pero si se vuelve a dormir a lo mejor le viene uno bueno. ¿Quiere vuestra merced una manta a ver si así lo concilia mejor?
    -No. Gracias. No creo que vaya a encontrar otra vez el sueño. Voy a relevar a Quizzicuaztin y así no habrá necesidad de despertar a nadie más.
    Fuera de la cueva, Quizzicuaztin le aseguró que seguía desvelado y que podía seguir haciendo guardia si su señor lo aprobaba.
    -No, padrecito. Tenéis que intentar descansar aunque no durmáis, si no mañana no os vais a aguantar ni a vos mismo. Porque el estar desvelado yo sé de qué viene y lo mal que se pasa. Pedidle a la Vacatecuhtli una manta antes de que se duerma ella y veréis qué bien.
    Quizzicuaztin le hizo caso en lo de ir a recogerse, porque el caballero tlaxcalteca era de la divinidad, era un héroe y un santo y era como deben ser los señores, llenos de dignidad y compasión, pero una manta ni querer y ni atreverse a pedírsela a la terrible cihuatecuhtli.
    Y allí fuera se quedó Xiloxóchitl, aliviado de haberse librado al menos del angustioso sueño que había tenido. Y ojalá hubiera podido contárselo a su tío para que le dijera algo consolador al respecto pero, ahí estaba, que ¿cómo podía contar el sueño sin contar el motivo de querer saber su significado y sin delatarse? Estaba visto que el haberse... enamorado, sí, enamorado, de Marcos no podía nunca dejar de ser una cruz. En el fondo mira si no era ironía que los días más felices desde que lo había conocido fueran precisamente los que debieran haber sido los de mayor angustia, que fueron aquellos que pasaron en Tenochtitlán pensando si serían o no descubiertos. Aquellos días metidos en la troj fueron tan buenos... Se entendían tan bien... Eran tan increíblemente complementarios... Y el Marcos le tenía consideración. Aunque ¡qué es lo que no se imagina un enamorado! Pero él sí sentía con certeza que había caricia en su manera cuando le hablaba. Fue tanta la emoción de las conversaciones que tenían cuando se enseñaban lenguas el uno al otro... Y bien de prisa que aprendía Marcos el náhuatl y hasta el otomí y muy buen maestro que era él porque, mira el Cuahuipil, de tan bien como le enseñó, era formidable que muchas veces podía pasar por uno de ellos; y el Marcos no se quedaba atrás y bien que elogió su maña para enseñar. Y luego los grandes triunfos que habían alcanzado en Chiautla y Tepetlaoztoc... ¡Qué felices fueron! ¡Cómo se compenetrarían de bien que, sin hablar, cada uno hacía lo que esperaba el otro! ¡Y era tanta la adoración que sentía por él y tan bien tratado se sentía...! ¡Era como un milagro! Y luego tuvo que volver a aparecer ésa. Y esta noche la hubiera querido matar, porque con sus tonterías había hecho que Marcos la llamara una y otra vez "mi Vacatecuhtli" y "mi pochola" y eso era algo que no podía soportar y que, en lugar de acostumbrarse a ello, cada vez lo podía soportar menos. No lo sufría. Era como si una culebra ponzoñosa le mordiese las entrañas. No podía más. Otro día como éste y no sabía lo que terminaría haciendo. ¡Qué desesperación!: todas las horas del día juntos, con él y con ésa. Porque aunque su propio sentimiento fuese todo agonía, si al menos pudiera estar con él cuando no estuviese ésa y pudiera irse de su lado cuando apareciese ésa para no verlos juntos, para no oírles hablar, para poder cerrar los ojos, para no saber, para no tener que saber nunca...
    Y llegó la alborada con sus limpios olores, como diciendo: "¡Dormilones! ayer no sé lo que haríais, pero eso ya no cuenta. Hoy os doy una vida virgen en que probar de nuevo". Y así se despertaron los de la cueva, como si lo hubieran oído. Teyohualminqui fue el primero en ponerse en pie y en seguida estuvo dispuesto a salir en compañía de Chalchiunenetzin y Xochiyetla a hacer las averiguaciones concertadas la noche antes. Luego, poco a poco, se fueron levantando todos, menos Vacatecuhtli y Quizzicuaztin, a quienes dejaron dormir mucho rato, procurando no hacer ruido. Xiloxóchitl siguió de guardia y Marcos y Cuahuipil salieron a ver si cazaban o encontraban algo que fuese de comer y allí aparecieron al rato con leña, bayas y otros frutos, hojas silvestres y unos conejos, que, mientras llegaban los tres que habían salido de averiguación, despellejaría (¡huy!) Coyol-limáquiz para macerarlos, de forma que los pudieran comer si no llegaba a llover, o para asarlos si había suerte.

  4. #94
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    Predeterminado Capítulo XXVI: ¿Se vuelve Quetzalcoatl por donde ha venido y encima hecho un lío?

    Por fin parece que el grupo más famoso del orbe había conseguido despistar a las milicias mexicas. Caminando de noche y sin mayores sobresaltos, salvo las puyas de la Vacatecuhtli de que en cuanto llegasen a su destino, los tlaxcaltecas iban a sacrificar a los cristianos, llegaron sin novedad cerca de la raya. Antes de cruzarla, sin embargo, se detuvieron para despedir a Quizziquaztin y a los dos sirvientes de la Vacatecuhtli, quien no veía ya ninguna necesidad de que siguieran hasta Tlaxcala. Los sirvientes por su parte vieron el cielo abierto: ahora podrían incorporarse a la compañía de cómicos que, con las bajas de Teyohualminqui, Xiloxóchitl, Coyol-limáquiz y Marcos Bey, seguramente necesitaba refuerzos. Si, encima, se añadía lo que habían aprendido en los días de peregrinar por el Anáhuac con el Cuahuipil y luego también con el Marcos Bey y que habían conseguido saberse enterito el romance de la doncella guerrera que les recomendó Xiloxóchitl y él mismo les escribió en pictogramas y Cuahuipil en letras, tampoco irían con las manos vacías.
    Del viejo se despidió Cuahuipil con cierto sentimiento de haberle fallado porque no sabía si este hombre se reformaría o no. Se sentía responsable pero también disuadido de decirle nada por temor de que produjera el efecto contrario. Se limitó, pues, a abrazarlo y a desearle que encontrara muy bien a su familia, que la cuidase y que fuera muy feliz con ella. También le dio granos de cacao para el viaje y por los días que hubo de tener abandonada la serrería.
    De él también se despidió Xiloxóchitl, quien sintió separarse de aquel hombre de aire atribulado y encerrado en sí mismo en el que se veía reflejado. Era también decir adiós a una cara real y auténtica de Tenochtitlán, mejor dicho, la cara real y auténtica de Tenochtitlán. Fuera de los ampulosos principales con sus aires endiosados e imperiales, la gente común tenochca le había sorprendido para bien. Pudo comprobar cómo creían de verdad que las guerras de sometimiento emprendidas por su clase gobernante eran a honra de los dioses y que, debido a eso, saber que era tlaxcalteca, para ellos era motivo de admiración, como bien había demostrado este Quizziquaztin, que lo trataba a él con reverencia y lo consideraba tocado por la divinidad. Encontraba conmovedor ese sentimiento ingenuo, pero sincero. Esta persona sufriente y silenciosa que, por lo que él sabía o, mejor dicho, no sabía, bien pudiera ser un delincuente le inspiraba conmiseración. Desde su punto de vista, esa era una de las pocas gracias salvadoras de la clase dominante mexica, el que no hubiera llegado a la abyección de corromper también a sus macehuales. Era preferible que los tuviera engañados a que los hubiera corrompido, haciéndolos cómplices y beneficiarios de su codicia y soberbia. Despidió, pues, al viejo con sentimiento, le recomendó “vaya con cuidado, padrecito, y llegue con bien” y se quedó mirando cómo desaparecían en la noche él y los dos amigos otomíes, de quienes también se despidieron todos con efusión, ya que habían sido leales y serviciales compañeros.
    Y ahí terminaba su experiencia tenochca. Antes de ella, su concepto del enemigo había sido muy simple: un imperio voraz e implacable ante el que sólo cabía negarse a sí mismo entregándose atado de pies y manos o pelear hasta la muerte. Ahora sabía que ese enemigo tenía una trastienda de pobre gente que no tenía culpa y ni siquiera conocimiento de la soberbia ejercida en su nombre y engañando su buena fe. También era más consciente ahora, viendo en gran escala la enorme falla entre una gente sencilla y sincera y una clase ampulosa y feroz, de lo que hubiera de mejorable en su propia tierra. Tlaxcala desde luego no era así. Su clase dirigente tenía un techo de encumbramiento mundano demasiado bajo para llegar a los extremos mexica, pero se daba cuenta de que nunca había parado mientes en ver si entre los tecuhtin y los macehuales tlaxcaltecas no había también una falla indigna de una sociedad verdaderamente creyente y, por tanto, humilde. Aunque eso, se decía al mismo tiempo, no iba a suceder nunca. La divina magnificencia había creado de sí misma a los humanos para que vivieran esa lucha, la de la sinceridad contra las apariencias y, para que la lucha fuera verdadera, por fuerza las tentaciones debían ser poderosas. Al imperio tenochca le había tocado caer en esa tentación para ponerse a prueba a ellos mismos y poner a prueba a todos los demás. Pero nadie estaba a salvo. Esa sí era una guerra florida que debía librar cada ser humano. Aparte de otras que, como ésa que libraba él en secreto, parece que también tenía que ver con las apariencias.
    En esas dos últimas jornadas, también con Coyolxauqui había conversado o lo había intentado y la muchacha le daba lástima. Al principio se preguntó, sin ser capaz de imaginarse nada en concreto, qué tenía ella que ver con Cuahuipil, luego esa curiosidad se le pasó y en cambio lo que le parecía era que ella se sentía protegida por él y que esa protección se la pagaba a su modo, arreglándole disfraces y pintura porque, por lo demás, parecía ajena, como si estuviera ocupando un lugar y recibiendo un trato a los que no tenía derecho y que con sus servicios justificara esa usurpación. Cuahuipil le había dicho que no era libre de revelar a nadie por qué lo acompañaban Coyolxauqui y el viejo y que él se había ofrecido ayudarla a cambiar de vida. Ahora, en el trecho que quedaba hasta la primera parada que harían una vez en territorio tlaxcalteca, Xiloxóchitl trataba de mantener con ella una conversación amena, evitando preguntas personales que pudieran incomodarla. Le parecía uno de esos tristes casos de madrastras o padrastros y de padres que en un nuevo matrimonio desdeñan a los hijos del anterior como si fueran estorbos y los maltratan o abandonan. También en la indefensión de la muchacha se sentía reflejado y movido a compasión.
    Mientras Xiloxóchitl andaba en eso, igual que habían llegado a la raya sin novedad, aunque con todas las precauciones, sin novedad también la cruzaron, para vergüenza y consternación de la Vacatecuhtli, quien a duras penas podía creerse lo que veía. ¿Es que no había patrullas de la Triple Alianza que vigilasen las fronteras? ¿Es que se podía entrar y salir del territorio mexica como del coño de una ramera de Tezcatonco?
    Pues eso parecía y no fue la única que se extrañó. También se lo preguntaron los tlaxcaltecas y los cristianos del grupo y algunos hasta se lo respondieron de la única forma que se les ocurría, que era precisamente por Vacatecuhtli por lo que no había habido obstáculos. Iría a Tlaxcala con algún propósito y no se podía desear nada mejor que que fuese en compañía de tlaxcaltecas y cristianos. Estaban en lo cierto: Aculnahuácatl no había ido a la frontera por patriotismo, o sea, por algún patriotismo nuevo, sino por su patriotismo de siempre que se redondeaba con su ahijada. Así que se había colocado donde pudo disponer que no se le pusiera obstáculo para cruzar la frontera, cosa cuyo logro le facilitó el saber que había sido vista en Tepetlaoztoc con una partida de cómicos. Con las señas personales que pudo proporcionarle Ilhuicauxaual, identificar al grupo y a sus componentes no fue difícil. Ahora la ahijada estaría ya en Tlaxcala y, si alguno de los del grupo que iba con ella sospechaba de que cruzaran la frontera tan sin obstáculo, tampoco importaba. De Vacatecuhtli sospecharían de todas formas pero, si estaba en esas compañías e iba en busca de su barragán, tampoco podrían negarle la admisión. Todo lo más la vigilarían. A la altura de eso ella seguro que estaba.
    Que Aculnahuácatl estuviera en la frontera, sin embargo, ella no lo sabía, de forma que se encendió como ya hemos visto y se encendió todavía más cuando, después de cruzar la raya y estar en territorio tlaxcalteca, tampoco apareció nadie de ese lado para importunarlos. Pero ¿qué pasa aquí? –se decía- ¿Esto es el fin del mundo o qué? ¡La puta madre que parió a las piedras ¿es que nadie se toma la guerra en serio?! ¿Es que ya ni el enemigo se molesta en meter miedo? ¿Y los dioses qué, también ellos se han ido a alguna finca de recreo y les importa todo un carajo?
    Última edición por carcayona; 29/06/2012 a las 08:04

  5. #95
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    -Pero ¿qué tierra de chingados es esta en la que podrían colarse hasta las montañas si se echaran a andar? ¿Es que las fregonas no han aprendido a poner centinelas? ¿O es que se corren de gusto cuando se les meten todos por la retaguardia?
    Eso es lo que se dice entrar pisando fuerte en tierra enemiga.
    -No se alarme mi bienhablada señora –dijo Teyohualminqui riéndose- que por este lado todo es como se debe y os aseguro que, aunque vuestra merced no vea a nadie, eso no significa que nadie vea a vuestra merced ni que las señas de vuestra merced, puestas al día incluso con el dato de cuando tuvo la última regla, no obren ya en los registros de nuestras autoridades de extranjería. A mí, en cambio, lo que me ha ofendido indeciblemente, como enemigo y como persona de modales, es que hayamos salido de su inchingable imperio -inchingable por lo inapetecible, aclárese- sin que ni siquiera se nos haya dicho “adiós, uilontli” .
    -¡Uf! No sabe bien vuestra paternidad como me tranquiliza eso que dice sobre sus centinelas, a la par que me facilita mis cuestiones personales. Soy un desastre, que me viene de familia, en esto de llevar bien las reglas, y me descansa saber que podré recurrir a las autoridades tlaxcaltecas para cotejar mi intimidad. En cuanto a eso de que mis paisanos no hayan despedido a vuestras mercedes con una palabrita cariñosa, no nos vamos a estar tampoco repitiendo todo el tiempo. Yo ya les he dedicado palabritas de esas como para contentar a algunos batallones de uilontli tlaxcaltecas, pero vuestras mercedes son tal multitud de ellos que para todos ni yo ni toda la Triple Alianza daríamos abasto. Tiene que ser simbólico.
    -Pero tampoco exagere vuestra merced en eso de estar tan contenta aquí en la tierra del pan, porque entonces lo de ser enemigos va a perder la gracia.
    -No pase cuidado vuestra merced, seguro que va a ser para partirse de risa.
    Con estos buenísimos augurios, llegaron a la fuente, que más bien eran varias fuentes, donde los tlaxcaltecas habían anunciado que harían una parada poco después de la frontera para refrescarse, lavarse y descansar hasta el amanecer, puesto que ya no habría necesidad de caminar de noche. Era un lugar muy conocido y en el que durante las guerras floridas se paraban muchos combatientes de regreso o donde acudía la gente a recibirlos. El paraje, de noche al menos, parecía cuidado y de sencilla y agreste monumentalidad, con una capilla recoleta dedicada a Matlalcueye, diosa de las aguas vivas, y a la diosa Nuestra Abuela, que estaba llena de ofrendas, amates y representaciones de otros dioses.
    Alrededor del pilón de una de las fuentes, que tenía varios caños, se inclinaron unos a beber y otros a lavarse y refrescarse. En eso estaban cuando surgieron de entre las sombras dos figuras oscuras, una pequeña y corcovada y otra alta y muy negra. La pequeña y corcovada se fue acercando a Cuahuipil por detrás al tiempo que hacía señas a quienes estaban del otro lado del pilón, y por tanto la veían de frente, de que guardaran silencio. Y cuando estuvo junto a Cuahuipil le echo las manos a la cara y le tapó los ojos. Este se incorporó con la sorpresa, manteniendo en volandas a quien seguía aferrada a él con las manos que lo cegaban, manos que él apartó de los ojos para besarlas entre lágrimas y seguir besando después en todas las partes decorosamente besables a la que le había hecho la gallinita ciega.
    ¿Y qué hace aquí una bufona? Se preguntaba la Vacatecuhtli. Hasta que cayó en la cuenta: Así que ésta era la mujer de Cuahuipil, la hermana de Xiloxóchitl, la famosa sobrina de Teyohualminqui, que según ellos tres era la mujer más lista y santa del mundo, aunque hubieran acertado más diciendo que era la más jorobada. ¡Vaya república de charanga! Las jorobadas se casan y no son bufonas, los centinelas se dedican a archivar algodoncitos y los papas se dedican a devorar con la vista a las cocineras viudas, porque había que ver las comilonas oculares que se pegaba el Teyohualminqui con la Coyol-limáquiz cuando se creía que no lo miraban, como ahora.
    Y tenía razón. Lo que con esas miradas se preguntaba ahora mismo Teyohualminqui era si el hombre de quien era viuda la Coyol-limáquiz murió espachurrado bajo aquellas monumentales caderas y si no tendría él posibilidades de ser el siguiente y poder ascender así al cielo de los espachurraditos. Pero como era persona de enorme agilidad mental, al tiempo que seguía embelesado en estos pensamientos todo sutileza, se enteraba perfectamente de lo que decía el que había surgido de las sombras con Ilhuicáatl, que era negro y que se presentaba ahora a sí mismo de esta manera:
    -Rómulo Vargas Heredia, discípulo del Capitán Cortés, para servir a vuestras mercedes. La señora Alcalá (quería decir Ilhuicáatl), Maestra Superiora de la orden de las Hijas de la Sal me habló de esa obra de enaltecimiento del comercio universal y pedí ser aspirante a caballero de ella y firme servidor de su valerosa Maestra y sus igualmente valerosas damas. Por ello, cuando en el real de los cristianos me cupo el honor de llevarle una carta para su señor esposo, del que se la creía ya viuda, sin vacilación me puse a su servicio para salir al encuentro, si lugar había, de su d¡cho señor marido y de su familia y amigos, pues me explicó que, si venían por esta parte, que era lo más probable, pararían en esta fuente, en la que llevamos esperando desde hace dos días, y si venían por otra y llegaban a la cabecera, que nos mandarían recado aquí. Y ahora, una vez visto cuán grande ha sido la clarividencia de esta excelsa dama, permítanme las honradas damas y caballeros aquí recién llegados, proclamarme asimismo su fiel servidor –y diciendo esto último, hizo una gran reverencia ante Coyol-limáquiz y los demás.
    Y fue Coyol-limáquiz, con el poderío multiplicado sintiéndose ya en tierra propia, quien se ocupó de responder antes que nadie, no fuera que algún patoso dijera cosas inútiles.
    -Permítame, mi señor Lómulo, agradecer sus ofrecimientos por la gran honra que entrañan viniendo de tan agraciado, esplendoroso y corajudo caballero predilecto de nuestros señores del Mictlán y permítame también, como dama de más edad, presentarme a mí misma y a las señoras de esta partida: a vuestro servicio, Coyol-limaquiz, cocinera del ejército tlaxcalteca y superviviente de la tiranía de los ampulosos del Anáhuac, que recibieron una buena tunda. Y aquí, junto a mí, la señora Coyolxauqui, heroína tenochca y sacerdotisa de Nuestra Abuela Toci. Y sepa mi señor Lómulo que ella ha sido parte determinante en que hayamos llegado sanos y salvos a Tlaxcala…
    -Pero ¿qué pendejadas son esas…?
    Parece que Vacatecuhtli no estaba conforme con la presentación de Coyol-limáquiz, o eso se temieron los demás, porque la interrumpieron todos a la vez, sin permitirle seguir a ella, pero dejando finalmente la palabra a Teyohualminqui:
    -No haga caso vuestra merced de nuestra querida amiga Vacatecuhtli. Hasta que no se la conoce bien, uno no sabe nunca si habla en serio o en broma y ha venido todo el camino haciendo chanzas de que ella había visto a la señora Coyolxauqui, figúrese vuestra merced, un ejemplo de virtud y santidad sin parangón, una joven de excelsa pureza, ejerciendo de ramera en Tezcatonco, un barrio de Tenochtitlán no de lo mejorcito. Es para retorcerse de risa nuestra sin igual Vacatecuhtli, porque su gracia consiste en eso, en que uno nunca sabe si está de burla o de veras hasta que ya se ha hartado de tomarle el pelo. Con ella se nos ha hecho cortísimo el viaje.
    Todos los demás corearon la irreprimible carcajada que se le escapó a Teyohualminqui sólo de evocar lo divertida que era la Vacatecuhtli. Coyolxauqui mientras tanto tenía los ojos como platos y Coyol-limáquiz siguió imperturbable con lo que había empezado.

  6. #96
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    -Ha sido providencial encontrarla. En Tenochtitlán no saben lo que es la devoción a Nuestra Abuela, Toci –bueno, la mala fama de Tenochtitlán a cambio de la buena de Coyolxauqui. Podía ser peor-. Ya se conoce que allí los ampulosos no dejan a nadie tener abuela y es admirable la labor que con enormes dificultades ha hecho nuestra Coyolxauqui para difundirla. Por eso, cuando supe de ello, la convencí para que se viniera una temporada a unos retiros espirituales dedicados a Nuestra Abuela en Chiautempan, lugar donde se la venera en todo su esplendor, y así darle medios a esta sin par y espiritual mujer, de vuelta en su patria y con nuestro fraternal apoyo, de brindar guía espiritual en la devoción a Nuestra Abuela.
    -¡Pero cuanta sabiduría encierra eso! Escuchando a vuestras mercedes me siento tan afortunado… ¡Cuánto me gustaría aprender de tan grandes señoras y señores! Bien se ve que las abuelas son una clave fundamental del progreso de la humanidad. Todo esto es muy profundo. Todos mis respetos a Santa María Abuela, o ¿cómo han dicho que se dice en “nágual”? –dijo Rómulo.
    -Nuestra Abuela, Toci.
    -Toci, sí. Esta es fácil, menos mal.
    Mientras hablaba Coyol-limáquiz, Rómulo había estado apuntando en su libretita, y ahora también se apuntó eso que le parecía fácil. Rómulo siempre apuntaba todo en esa libretita y en otras que la habían precedido y conservaba con mucho orden. Milagro debió de ser que al traerse todas las libretitas de la Vieja España éstas no hundieran la carabela. Y debía de tener mucha costumbre de escribir sin luz porque mientras escribía no dejaba de mirar a quien hablaba. Ya lo creo, se decía, tenía mucha intención eso de que mujeres jóvenes y santas se dedicarán a honrar a las abuelas. Había cosas muy profundas en las Indias. Menos mal que se decidió a escaparse y venir a este lugar tan importante. Es que era esclavo en Argamasilla de Alba y se fugó y se apañó para venir a las Indias y no porque rabiara lo indecible contra la esclavitud en particular. Era que el amo que tenía en ese momento, no era como el anterior, que le enseñaba muchas cosas y era un santo varón que le trataba como a un hijo y sí que merecía que se le sirviese y escuchase y él estimó debidamente el privilegio de hacerlo y le partió el alma cuando se murió. El último, en cambio, era una persona sin aspiraciones ni amor al saber y además un licencioso que no respetaba a las damas y no lo soportó más. Él no había venido al mundo para rebozarse en porquería como si el mundo fuera una pocilga y él un puerco. Él tenía aspiraciones, él esperaba algún día ser un digno caballero y quería aprender de quienes ya lo fuesen, de los mejores y más ejemplares, y quería servir a las damas, que tan expuestas estaban a la maldad del mundo. Según le fueron presentando al resto de los recién llegados, se dio por muy satisfecho, puesto que todos parecían personas de profundos sentimientos y saber y con sentido de la emulación.
    Concluidas las presentaciones, Cuahuipil e Ilhuicáatl vieron llegado el momento de atender a sus asuntos.
    -¿Y la carta, gallinita mía?
    -Aquí, nocuahuipiltzin (mi Cuahuipil) –dijo ella señalándose dentro del escote. De ahí se sacó el pliego y juntos se acercaron a la capilla de Matlalcueye, donde tomaron una tea y la encendieron en el brasero que había allí siempre encendido. Salieron con la tea y, apartados de los demás, que seguían en las fuentes, él leyó y tradujo la carta, que era muy breve y decía:
    “Por la gracia de Dios, Santiago de Cuba, 1-IV-1520
    Querido primo:
    Nos embarcamos para Sevilla. Vuelvo a casa. Tendremos que defender lo nuestro y los próximos acontecimientos pueden ser decisivos. Debemos estar allí y confío en que puedas venir. Me podrás encontrar como de costumbre. Si Dios quiere, hasta pronto. Él nos bendiga y no permita que nos apartemos de Su recto camino.”
    Y debajo venía la firma que él conocía bien como la de su prima Marzuqa.
    Terminada de leer la carta, se quedó pensativo. Las palabras de Marzuqa estaban calculadas para no levantar sospechas si alguien, por error, o por acierto, les abría la correspondencia. Lo que le daba a entender su prima era que volvía a Castilla porque se anunciaban acontecimientos de interés general y particular para los moriscos y, a juzgar también por lo hablado la última vez que se habían visto, lo dicho en cartas anteriores y las noticias más recientes llegadas de España a las Indias, indicaba también, por más que resultara difícil de creer que llegara a darse esa situación, que tal vez tendrían que pelear.
    -¿Y cuándo ha llegado esto? –preguntó al fin Cuahuipil.
    -Llegó cuando llegaron los de Narváez a Tlaxcala. La traía un soldado herido de los que se quedaron con nosotros y no se acordó de que la tenía hasta que se puso bien y la halló con sus cosas. Yo me pregunté por qué no te la habían entregado a ti, puesto que estuviste en Zempoala y también aquí en Tlaxcala cuando nos casamos, pero ya no tenía remedio y, de todas formas, pues, ya sabes, más vale tarde que nunca.
    -Claro, mujer. Sólo que yo también me preguntaba.
    -¿Es importante? –Preguntó Ilhuicáalt.
    -Sí. Me temo que ahora no hay nada más importante –contestó él mirándola a la cara.
    Para que viera Ilhuicáatl por qué era importante, Cuahuipil iba a tener que explicar muchas cosas. Poco había conseguido decirle a ella cuando todavía les costaba entenderse por el desconocimiento de las lenguas respectivas y luego, cuando se casaron, apenas unas palabras. Es más, él había rehuido el matrimonio si antes no podía explicarle a ella claramente cuál era su condición y la ocultación a la que estaba sujeto pero, al final, el temor de morir él y Xiloxóchitl y que ella perdiera sus derechos de viuda le habían convencido para obrar en contra de su otro criterio. Ahora, si ella no podía o no quería asumir la carga que llevaba él, encontraría la manera de liberarla de la atadura. Lo primero, pues, era exponerle todo eso con exactitud: la condición de él, lo que había en la Vieja España y las injusticias que se hacían a sus gentes.
    -Pero lo que me estás diciendo es que entre vosotros también hay abominables tiranos que os sacrifican y amargan la existencia –decía Ilhuicáatl.
    -No lo sabes tú bien, mi pochola.
    -¡Pobre Cuahuipil mío! Y hasta puede que hayas venido aquí escapando de aquello –dijo a modo de pregunta.
    ¿Era así? En parte sí y en parte no. Había dos cosas que se reforzaban. Sí, escapar de lo que no se puede evitar hacia otro lugar, hacia otro tiempo que, por no existir todavía, se espera que encierre todo el bien que se desea y en el que no haya aquello que se desea abandonar. Luego, naturalmente, las cosas no son así y, se vaya donde se vaya, el mundo no se endereza y en algún momento uno ha de decirse que no se puede huir de la realidad, que el ideal siempre está más allá y que es donde uno se encuentra donde debe dar la cara. Claro que, si no hubiese huido a las Indias, no habría conocido a esta santa mujer ni a todos a quienes había conocido ni habría vivido lo que había vivido y de eso no se podía arrepentir ni podía renunciar a ello porque era un don divino, que quizás no había buscado, pero que El más Generoso le había querido dar y que él veía como muy valioso. ¿Un don en pago a la cobardía? No. Seguramente no. Tal vez una lección y sobre todo un acicate a la fe, una muestra de que, por tortuosos que sean los caminos y aunque todo esté siempre más allá, la fe siempre está aquí y ahora, en uno mismo, lo más cierto de uno mismo, se halle donde se halle.
    Pero ahora ¿qué hacía? Marzuqa que, como él, también había huido, había regresado para luchar por la causa de la justicia, la causa de Dios. Y aquí, en estas Indias ¿cuál era la causa justa? La de Tlaxcala, los bravos totonacas y los pueblos esquilmados por el imperio de Tenochtitlán, de eso no cabía duda. Pero lo que se venía encima de ellos era otro Tenochtitlán doblado detrás por una Roma que seguía siendo imperial, aunque con ropaje de iglesia, y por otros imperios o aspirantes a imperios, todos con sed y garras de lobos, tan renegados unos como otros. ¿Por qué los que estaban en las Indias, el capitán Cortés y los demás no se alzaban contra las tiranías del Papa y del César? Sospechaba que eso es lo que había hecho Marzuqa, escapada como él, que ahora volvía con un cónyuge indio, como él. Pero lo de las Indias -y esa era la otra cosa que reforzaba a la primera- era como una embriaguez, una embriaguez que, como para muchos no tenía el inconveniente de la ocultación que pesaba sobre él, no veían necesidad de curarse de ella ni de defenderse de ella ni de hacerse preguntas sobre ella. Nada les quitaría a tantos compañeros como había conocido de seguir en las Indias, ni a otros muchos de venir a ellas y de conquistar y de ir aquí y allá, porque, más que escapados, parecían disparados, como él mismo y Marzuqa lo habían sido, y no les importaba si morían o sobrevivían. Era una codicia o aspiración no por comprensible o compartida más racional, porque la codicia era muy poderosa, pero los riesgos y peligros andaban a la par. No obstante, no por poco racional era menos real y avasalladora. Y finalmente ¿cuándo habían actuado los seres humanos como seres racionales? La razón justifica después lo que hace la pasión primero. Pero por qué se hace lo que se hace, muchas veces sin entenderlo o engañándose, ¿lo sabe alguien aparte de Dios?

  7. #97
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    -¿Tú quieres seguir ligada a alguien siempre en peligro de ser descubierto y quemado?
    -Si no supiera el sentir con que me haces la pregunta me llegaría como el mayor de los insultos –dijo muy seria y luego, socarrona y amenazando con la mano, prosiguió:- y te mandaría a mi hermano para que te diese un escarmiento –para terminar, ya sin guasa, aunque menos seria:- Sólo tengo un corazón y una palabra y estoy con los perseguidos y no con los que persiguen, así que espero que esta sea la última vez que se hacen preguntas sin seso en esta familia.
    ¿Qué habré hecho yo para merecer esto, Dios mío? Se preguntó Cuahuipil, aguantando las lágrimas y estrujándole las manos con fervor.
    -Entonces ¿qué dices que hagamos?
    -Debes volver y pelear, si es que es eso para lo que te llama tu prima. Si no lo haces, aunque Dios te lo perdonase y los demás te lo perdonásemos, tú no te lo perdonarías.
    -¿Y tú?
    -A mí me importa tanto como a ti. Yo voy también. No puede ser que nosotros aquí estemos padeciendo por unos endiosados y que luego allí otros como ese César se alaben de sus fechorías tan regiamente. Todos los tiranos merecen la rebelión. Y más razón para que vaya si luego los cristianos de aquí lo van a obedecer y hemos de morir peleando contra ellos o aguantando lo mismo que ellos o a ellos si son como ese César.
    -¿Vendrías conmigo, entonces?
    -Sí y, fíjate, que si supiera valerme allí, iría aunque tú no fueras.
    Eso le arrancó una sonrisa conmovida. Luego dijo:
    -De Marzuqa tú no des nunca a entender a nadie, ni siquiera a Xiloxóchitl que es mujer. A ti te lo he dicho porque temo traicionarme y prefiero advertirte. Si hablas de ella como morisca con las personas que estén al corriente, habla en masculino y dile Marzuq y, con quienes no saben ni eso, dile el nombre cristiano que pone aquí. Si tienes la más mínima duda, di sólo este último.
    -Alonso Fernández de Velasco.
    -Eso es.
    Siguieron pensando y debatiendo todavía un rato hasta que Xiloxóchitl se resolvió a acercarse y preguntar si sucedía algo grave y, entre Ilhuicáatl y Cuahuipil, lo pusieron al corriente. Y los tres se quedaron pensativos.
    -¿Y Marcos Bey qué dice? –preguntó al fin Xiloxóchitl.
    -No lo sé –dijo Cuahuipil-. Muy amigo del César no me parece que sea. Por cierto, debemos andar con cuidado de a quién le decimos qué cosas. Para los cristianos que están aquí, en la Vieja España no pasa nada y todo es como debiera, porque aparte de que las noticias llegan cuando ya hace meses que han pasado las cosas, tampoco creen que se llegue a un enfrentamiento de verdad entre las comunidades y el Emperador y, de todas formas, lo que suceda allí queda en segundo plano y quien manda manda y sanseacabó. Es decir, que lo que les va a importar mientras haya César es lo que pueda decidir el César con respecto a ellos, de manera que no conviene que lo que hablamos aquí llegue a oídos indiscretos, no sea que nos encontremos con malas sorpresas una vez allí. En cuanto a Marcos Bey, no creo, desde luego, que nos vaya a traicionar pero tampoco estoy seguro de cuál sería su actitud.
    -Lo que no veo es cómo vamos a ir de aquí a la Vieja España. ¿De dónde vamos a sacar un barco? Porque hasta allí no se podrá ir en acale de remos como los que usamos por aquí ¿o hay alguna manera? –dijo Xiloxóchitl.
    -Alguna habrá, Dios mediante. De momento, por ahí andan todavía los de la expedición de Garay al Pánuco, de la que se nos unieron unos cuantos hombres al venir de Zempoala la última vez. Eran varios navíos y, si vamos a la costa rápidamente, seguro que alcanzaremos alguno. Y, puestos en lo peor, naves varadas hay suficientes como para que alguna de ellas se pueda aprovechar. Nos llevaría más tiempo, eso sí, pero creo que para llegar a Cuba se podría apañar.
    -Ya. Entonces ¿no es imposible?
    -Eso espero. ¿Y a ti que te parece? Hasta ahora no has dicho nada.
    -Lo digo: si vosotros dos estáis de acuerdo en algo, yo también. Estoy con vosotros. De Marcos Bey… ¿Lo llamo que venga y se lo explicáis?
    -Sí, será lo mejor.
    Se fue Xiloxóchitl y vino Marcos Bey. Cuahuipil le habló primero con mucho tiento del estado de cosas en España, del que Marcos podía muy bien estar tan enterado como él, puesto que las noticias que tenía Cuahuipil gracias a la carta y a lo que habían contado los que llegaron con Narváez debían de ser las mismas que las que tenía el propio Marcos Bey, quien, contestando a lo explicado por Cuahuipil, dijo:
    -¡Voto a tal! Ese césar es un demonio hecho carne. ¡Quiere que le llamen Majestad. ¡Eso! ¡Majestad! Hasta ahora los reyes de Castilla se habían conformado con alteza, que ya es. ¿Hasta dónde se cree ese endiosado que ha ascendido descendiendo de otros y heredando lo que no se ha ganado? Y encima ahora otros le ganamos imperios. ¡Voto a tal y voto a los diez mil! ¡Majestad! ¡En los infiernos se lo llamarán los demonios eso es, espero que a gritos! ¡Majestad! … Pero ¿y qué podemos hacer nosotros desde aquí?
    -Desde aquí poco –contestó Cuahuipil-. Desde allí más. Por eso vamos a volver.
    -¡Pero en las Indias aún queda mucho que hacer y que encontrar y yo había venido a eso!
    Allí habló Ilhuicáatl:
    -Piense vuestra merced, mi señor Marcos Bey, que, si siente interés por las Indias y sus gentes, la diferencia que puede suponer para ellas el que en Castilla reine un rey que respete los fueros de las gentes o que reine un emperador ensoberbecido, también alcanzará a vuestra merced y a lo que pueda encontrar aquí.
    -Eso es muy cierto, señora, y no podríais tener más razón. Pero ¿irían vuestras mercedes solos?
    -Eso es. Por el momento, nosotros dos y Xiloxóchitl. Por eso os hemos hecho llamar. Xiloxóchitl pensó que tal vez vuestra merced quiera venir también y unirse a las comunidades. Todavía tenemos que hablar con nuestro tío.
    Marcos pensaba. Pensaba si de verdad llegaría a haber guerra. Tal vez las comunidades se impusieran sin llegar a ella. Si era así, era una tontería volver allá. Pero parecía que Xiloxóchitl ya estaba dispuesto a irse a la Vieja España sin más historias y sugerir además que él fuera también. Por más que él quería ver todo lo que había en las Indias, a estas alturas tenía pensado que eso lo iba a hacer con el Xiloxóchitl. Pero si Xiloxóchitl se iba, se le descomponía todo lo que tenía pensado. Con ese indio había salido todo demasiado bien como para pensar en prescindir de él, que los hombres de tan buenas cualidades no andaban a la vuelta de cada esquina. No podía arriesgarse a perderlo. Y si estos dos decían verdad, los planes se le iban al garete. “¡Voto a tal! ¡Voto a tal! ¡Voto a tal!”, se decía, pero en seguida se le ocurrió que, tal vez, después de todo, el suceso le venía bien. Tendría que aplazar lo de las Indias, pero igual se le resolvía su problema.
    -Y ¿para cuándo sería?
    -Para ahora mismo –dijo Cuahuipil-. No nos retrasaríamos más que lo indispensable para formalizar nuestra partida sin que se considere un abandono.
    -Bien. Cuenten conmigo vuestras mercedes y para mañana es tarde, que no hay que dar tregua a los tiranos ¡voto a tal! ¡No podemos dejar que una blasfemia de emperador desbarate algo tan fabuloso como las Indias!
    A esto asintieron los otros dos, que entendieron que era ya el momento de hablar también con su tío para concertar todo. Ilhuicáatl fue a llamarlo, mientras Cuahuipil se quedaba pensando en cómo a Marcos Bey parecía molestarle el que el César se arrogase el tratamiento de majestad. Para él, como muslime, llamar a cualquier persona majestad le resultaba blasfemo hasta producirle malestar físico pero, por otra parte, sólo era una palabra y las palabras no muerden, son los hechos los que hacen daño. Seguramente en esa palabra condensaba Marcos el escándalo de todos los atropellos a la gente común por alguien que se consideraba por encima de las leyes humanas, que se creía que él era la ley o que le asistía el derecho divino de disponer de personas y bienes como algo que se le debía y como si las instituciones de las gentes para regirse por sí mismas fueran caprichos tontos que debieran apartarse a un lado ante el poder imperial. Pero, bien lo sabía él, no les hacía falta llamarse majestad para actuar como si se creyeran dioses. Ahí estaban los reyes anteriores y sobre todo el renegado Jiménez de Cisneros y otros de su ralea, que Dios les hiciera justicia, porque si tuviera que hacerla él, seguro que se excedería.

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    En la otra punta y muy cerca del grupo ocupado en el culto a Nuestra Abuela formado por Teyohualminqui Coyol-limáquiz, Rómulo el de las libretas y Coyolxauqui, aunque sin hacerle gran caso, había estado la Vacatecuhtli que, excluida a su vez del conciliábulo comunero, observaba con su sonrisa torcida las idas y venidas por relevos de tío, sobrino y barragán para dejarla a ella al margen y tratar en secreto no sabía qué asunto, pero que adivinaba que tenía que ver con la carta que le habían llevado a Cuahuipil. Todo ello ya lo averiguaría en su momento y, llegado el caso, les echaría por tierra los planes que hubieran hecho sin contar con ella si es que no le parecían bien.
    Ahora el que le estaba haciendo guardia era Xiloxóchitl. ¡Pero qué hombre tan relamido, suficiente y desdeñoso! Se ponía todo meloso con la ramerita y con el viejo que se había vuelto a Tenochtitlán para granjearse el servilismo de los macehauales tenochcas, como demostrando lo señores y generosos que eran los tlaxcaltecas y darle a ella en las narices. Con ella, sin embargo, como no había ningún servilismo que rascar, hacía como si no la viese, como si no existiese. ¡Valiente fatuo! Siempre ensimismado como si el mundo fuese para él demasiado poco. Mira que no le habían caído mal los tlaxcaltecas en general, porque la verdad es que, por mucho que le doliera confesarlo, le habían caído bien, incluso la hermana, que era completamente ridícula pero tenía atrevimiento. Él, sin embargo… ¡Cómo aguaba cualquier entretenimiento o diversión! Cuando contaba sus aventuras del 12 conejo, ¡cómo quería ser él el que más supiese, el que mejor pelease, el que mejor hablase! ¡Buah! Nada que ver con el tío. El tío sí que era todo un señor. En cuanto al barragán, ella seguiría virgen, cosa que le daba completamente igual, pero con el barragán pensaba seguir porque, como era teule, le hacía muy buen servicio y, encima, no le recriminaba nada, no le tenía que rendir cuentas de nada y no estaba siempre con el “es que nos dejas en evidencia” y “una dama tenochca no debería hacer eso” y “no deberías decir lo otro” y “no sabes estar” y “una doncella debería tal” y “una doncella no debería cual” y “qué van a pensar fulano o mengano o murmurar las paredes o comentar los paramentos” ni le ponía caras que decían eso mismo pero sin hablar y abrumándola con eso que decían o que se callaban, como si ella fuese una criminal que les robara el alma y la vida.
    Y lo otro, pues bueno, para lo otro ya tendría tiempo y cuando quisiera ya se las apañaría pero la vida que llevaba ahora era precisamente la vida que, aunque no la hubiese buscado, había descubierto que era precisamente la que quería llevar, al menos por ahora. Y por qué él no la buscaba para hacer lo que hacen los barraganes no lo sabía y, sí, claro que hubiera querido averiguarlo. Que no era ningún vicioso ni sodomita le parecía seguro pero algo le decía que si hurgaba en esto los resultados podrían no convenirla y, por tanto, mejor no averiguar. Ya él le había dejado claro que, cuando ella quisiera irse, era libre de hacerlo sin ningún estorbo y sin mala sangre. Todo lo contrario, con la promesa de su amistad y lealtad eternas. No que se fiase de las promesas, y menos de este loco, pero ¿qué más se podía pedir sin promesa ninguna? Vamos, ni comparación con lo que le hubiera tocado de haber sido concubina o esposa de un principal del imperio: condena a perpetuidad a tejer día y noche. Sólo imaginarlo la ponía enferma. Que sí, que era mexica y lo sería hasta la muerte y serviría a su patria también hasta la muerte pero que la vida que llevaba con el barragán era completamente de su gusto. Lo único que la molestaba de él era la cuenta que le tenía al estirado de Xiloxóchitl pero eso era por lo untuoso que era éste con los teules que parecía que se corriese por tratar con ellos, como si ya estuviera en otra categoría y no pudiera luego tratar con simples humanos. Con lo que a ella le gustaba que soñara la gente y en la cueva casi estuvo tentada de disfrutar y de zaherirlo con lo mal que lo pasó soñando. De lo retorcido y aguado que era le daban las pesadillas, seguro.
    En cambio el tío… sí, era otra cosa. Si ella se casaba algún día quisiera que fuese con alguien así, bien parecido, sin complicaciones ni historias y sin pretender gobernarle a uno la vida, con ingenio y desparpajo...
    El tío precisamente era el que ahora decía a los confabulados:
    -Si pasaseis por Tlaxcala antes de volveros a la Vieja España, os retrasaríais y, si perdéis un barco por eso, luego os recriminaríais de lo lindo y además tendríais que dar explicaciones cumplidas a los mandos. De palabra siempre se dice más de lo que se quiere. Es mejor que yo dé explicaciones escuetas porque sencillamente no sé más y que vosotros escribáis una carta con vuestra justificación y las palabras exactas que os convenga poner.
    -¿Y Coyol-limáquiz no dirá nada?
    -Ya me ocuparé yo de cubrir ese flanco y confío en que satisfactoriamente –sí, ya sabemos lo que sentía Teyohualminqui por ese par de flancos y lo satisfactoriamente que podían llegar a cubrirse según su idea.
    -¿Tú no vendrías tío?
    -Alguien tendrá que quedarse aquí para llevar en mano vuestras justificaciones de que no os habéis largado por las buenas. Tengo también mi parroquia que ya he faltado bastante. También cuidar de que, por ignorancia, no hable de más Coyol-limáquiz. Y luego está Coyolxauqui, a quien, como bien dice Cuahuipil no se puede dejar colgada y en manos de gente que no conozcamos después de prometerle y comprometerla. Una palabra dada es una palabra dada. Yo la asumo en nombre de todos. La señora Coyol-limáquiz es muy dispuesta y será bienvenido lo que haga, como si es todo, pero no se le puede imponer. La responsabilidad es nuestra.
    -Me siento en deuda. Fui yo el que se comprometió y ahora os lo cargo todo a vosotros –dijo Cuahuipil con sentimiento de culpa.
    -Para bien o para mal, ya no hay vosotros, hijo mío, sólo hay nosotros, y Coyolxauqui también es nosotros. ¿Y sabes de algún lugar donde podamos mandarte correo?
    -Sí. Os lo voy a poner todo por escrito y creo que es mejor ya que nos pongamos a redactar las cartas y lo que disponemos sobre los demás asuntos. ¿Qué justificación daremos para volvernos a la Vieja España así, sin más? Puesto que he recibido una carta y eso consta, puedo escribir que se me reclama en la Vieja España por cuestiones familiares y testamentarias que no puedo desatender, pero claro, esa excusa no valdrá nada más que para mí. Sería mejor una sola excusa, la misma para todos.
    -¡Voto a tal! ¿De qué excusa habláis? No hace falta ninguna excusa. ¿Cómo podéis haber olvidado el pliego que nos entregó el moribundo Juan Tonelero haciéndonos jurar a los tres que aunque nos costara la vida lo haríamos llegar sin defecto, en persona y en mano al Nuncio de su Santidad ante el César? Debe de ser secretísimo o encerrar profecías, porque no nos quiso decir nada de lo que trataba. O a lo mejor no. A lo mejor es que como estaba in artículo mortis ya no podía dar más de sí el pobre hombre. Nosotros hicimos lo que pudimos, rezar por él apresuradamente, porque nos daban alcance los mexica, cerrarle los ojos y ponernos a recaudo junto con el pliego. Y gracias a Dios que lo conseguimos.
    -¿Quién es Juan Tonelero?
    -¡Voto a tal! ¿Y yo qué sé? Lo tendrá que saber el Nuncio, digo yo. Y si él no lo sabe que le pregunte al Papa que nosotros no pudimos hacerle hablar tanto. Tenía la cara destrozada y, aunque lo hubiésemos conocido antes, no lo hubiéramos reconocido después de ese descalabro. Nadie nos puede exigir más. Eso sí, hay que advertir a Xiloxóchitl que se guarde de hablar de dentaduras, que eso pudiera desorientar.
    -¿Y ese pliego lo tiene vuestra merced?
    -Ese pliego, con todo el trasiego, ahora mismo no sé dónde está pero lo vamos a encontrar, no sufra vuestra merced. Vamos a ponernos a escribir que seguro que aparece. El hermano Xiloxóchitl me echará una mano por si hubiera dibujos indios que necesitaran de interpretación –dijo esto último echando una mirada hacia el interesado, que seguía haciendo guardia a la Vacatecuhtli.
    Cuahuipil no dejaba nunca de admirarse con Marcos Bey. ¿Para qué era para lo que este hombre no tenía una astucia con que salir del paso? A ver si también para torear a la Vacatecuhtli tenía algún plan.
    -¿Y qué pasa con nuestra espía de Tenochtitlán? ¿Qué hacemos?
    Precisamente eso, qué habría que hacer con su barragana, es lo que acababa de descubrir Marcos Bey con gran pesar de su corazón. Cuando ya se había conformado con no seguir en las Indias y tomado las cosas por el lado bueno, que era que así podría seguir él con el Xiloxóchitl y ya volverían más tarde y que, además, se desharía del problema de la Vacatecuhtli. Sí, eso pensó: Vacatecuhtli se quedaría en las Indias y reemprendería su vida tal vez con otro barragán o con un buen marido mientras él se iba con el Xiloxóchitl y todos contentos. Pero pensó mal porque, volviéndolo a pensar, eso no podía ser.
    Marcos Bey, hacia fuera, era una persona a la que no había nada que la molestase. Pero sí que lo había, al menos ahora. Hacia fuera él mostraba ser una persona resuelta y decidida que nunca vacilaba, pero hacia adentro, aunque también era una persona resuelta y decidida que nunca vacilaba, tenía sus conflictos, que eran poquísimos o, mejor dicho, no eran poquísimos, era sólo uno, pero muy gordo, porque sencillamente no dependía de él. Conflictos consigo mismo no tenía ninguno. La cosa es que él nació mujer, pero cuando al ir creciendo se dio cuenta de que ser mujer era un aburrimiento y un ovillo de trabas, lo solucionó: es decir, se vistió de varón, empezó a hablar siempre de sí en masculino y, en suma se convirtió en el varón perfecto, o sea, en un ser completamente imperfecto, pero libre. Libre y despreocupado, y él sería más despreocupado que ningún varón puesto que él estaba seguro de que jamás preñaría a nadie.

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    Claro que, con esa génesis de su virilidad, las cosas podían complicarse mucho. A él le complacían las Indias, quería seguir en las Indias. Esta vida de aventuras y guerras era la que él quería y la que le gustaba. Estar en el presente, emprender, hacer, vivir al límite, a la ventura… Tampoco era ningún descastado y tenía honra y sentimientos. A su familia, que no lo veía a él desde que se volvió varón, le escribía a menudo, contándole aquello que, fuese verdad o mentira, más contenta la pusiera; también sentía apego a su tierra y, cuando la vida que llevaba se lo había permitido, había pasado por allí de incógnito y había visto a sus padres, hermanos y sobrinos sin que ellos lo supiesen y los quería mucho. Incluso, cuando se veía con medios, mandaba dinero o regalos. A este César Carlos lo veía como una maldición. Ya eran bastantes los abusos y las inquisiciones antes de él, pero con él se anunciaban ya por fin todos los males que aún le faltaba a España por reunir. Eso lo sabía antes de que le trajeran la carta a Cuahuipil, aunque hubiera querido olvidarlo, y, de hecho, el había hablado y despotricado con Cuahuipil y otros de las cosas que se permitía ese condenado César. Pero lo que lo llamaba de verdad era llegar a esos lugares fabulosos con los que había soñado muchas veces y sobre los que había leído todo lo que se podía encontrar. Y cuando conoció al Xiloxóchitl creyó tocar el cielo. Si ese no era el indio ideal para vivir lo que se había propuesto, que Dios lo dejara sin sesos, porque estaría demostrado que no le servían. Claro, era admirable que el Xiloxóchitl quisiera librar a las Indias de la peste imperial y que quisiera ir a la Vieja España, pero eso, cuando lo oyó, sintió que le desbarataba todo, porque no se podía ahora hacer a la idea de prescindir de él. Era el mejor indio de toda la historia. Ante la disyuntiva, decidió que haría como Xiloxóchitl y volvería a la Vieja España él también, en la esperanza de que las Comunidades le dieran un soberano repaso al desafuero imperial y de que después, sin más problemas, pudieran volver a la búsqueda de los lugares fabulosos. Y al pensar en todo esto ni siquiera por un momento se le pasó por las mientes la Vacatecuhtli. No sabía por qué, creyó que ella se quedaría en la Nueva España y seguiría su propio rumbo, ya libre de su relación de barraganía. Pero, eso, claro, volviéndolo a pensar, no podía ser. ¡Malhaya y mil veces malhaya el entrometido de Moctezuma! Cuando él acababa de encontrar a este indio tan perfecto que era el Xiloxóchitl, que no se podía pedir más en el orbe y que además parecía prometer que se podía confiar en él, tuvo que surgir el Huichilobos -y le decía Huichilobos porque a él le había hecho mucho daño-. Si no fuese por eso, era desde luego un dios magnífico y muy guerrero pero, por la gracia del parecido, el manazas del Moctezuma le había buscado la ruina, con una barragana que él no había pedido y que claro estaba que no podría complacer jamás de los jamases ni tenía maldito el interés en complacerla como tal barragana. Donde estuvieran los indios que se quitaran las indias, incluso las muy buenas como la Vacatecuhtli. Porque, eso también tenía que reconocerlo, era una india fabulosa, que no se podía pedir mejor y él la quería bien. Pero jamás se metería él en ningún enredo con ninguna hembra. Quita, por Dios, que los varones serían un desastre para todo lo demás, como lo era él mismo, pero para eso… Bueno, eso esperaba al menos. Y este Xiloxóchitl seguro que no lo decepcionaría… Y, claro, por no mencionar lo peor con la Vacatecuhtli y es que se delataría. Pues así fue que, al oír el anuncio de que Moctezuma le daba la barragana y verse pillado, imaginó que la cosa iba a terminar, si no mal, -porque de que no fuera así ya se cuidaba él con las cosas que dejaba caer de que si harenes y de que si cautiverios-, sí de manera poco airosa. Pero ahí, la santísima trinidad formada por la suerte, la casualidad y la divina providencia, lo protegió. La muchacha era de muchos doblones de todo lo que valía y no se entendían nada mal ni veía él que tuviera tan mal carácter como decían. Era una mujer muy cabal y a él le agradaba mucho pero, claro, convenirle no le convenía. Así que la enceló con el juego y se dejó ganar por ella para que cogiera confianza y se aficionase a las mismas cosas que él, de forma que, ya que no le podía ofrecer lo propio de la barraganía -si es que la quería, porque tampoco era que ella se le hubiera echado encima-, al menos entretenerla por otro lado dándole algo a ganar y que así no revolviese ni se quejase de que seguía virgen y que luego circulara la especie de que él era capón, cosa que él no podía ser porque no había nacido varón y por tanto no lo podían capar pero que siempre sería mejor que que lo descubriesen. Que era capón era lo que creía Cuahuipil porque él se había servido del ingenuo muchacho para dejarse esa puerta abierta en caso de apuro o de que se llegara a comentar que no le daba por ir detrás de las mujeres pero, también, sin que se pudiera jamás afirmarlo. Lo cierto es que la Vacatecuhtli sí que había dicho varias veces -y pudo oírlo hasta el Xiloxóchitl y hasta su familia allá en Castilla- que seguía virgen porque cuando se enojaba decía de todo y con él se enojaba muy a menudo pero entonces nadie le hacía caso porque ya se sabía que cuando se enojaba decía de todo. ¿Pero y cómo se deshacía él entonces de la Vacatecuhtli para quedar libre y poder llevar a buen puerto sus amores con el Xiloxóchitl sin que nadie lo quisiera examinar ni lo descubrieran ni lo obligaran a él a ser mujer y encima lo castigaran por vestirse de varón con esas leyes retorcidas salidas de mentes ponzoñosas que por todas partes ven pecado y como si pecar fuese algo malo? Hay pecados necesarios y que hay que hacerlos por temor de Dios porque lo último es temer a los hombres más que a Dios. Eso nunca. Él sería desbaratado, pero hereje jamás.
    Entonces, cuando Cuahuipil le había hablado de la carta y lo pensó, vio el cielo abierto y se había hecho todas esas ilusiones. Y ahora se las tenía que deshacer más que de prisa porque a la Vacatecuhtli no se la podía dejar atrás, y menos contra su voluntad o despechada, aparte, para colmo, de que –y ¿cómo se le pudo olvidar ?- a la muchacha se le había metido en la cabeza no sé qué idea de unirse al turco. No. Claro que no se la podía dejar allí. Descubriría todo y, encima que él tampoco se había ganado mucho aplauso del capitán Cortés, tendría el infierno esperándolo en la otra orilla y en ésta también. ¡Vaya desastre!
    Xiloxóchitl… ¡Voto a los mil! ¡Ése sí que era un indio! Veintisiete arrobas de oro y plumas valía en cada jeme de piel tostada y en cada onza de carne prieta. Una carne que él querría comulgar 27 veces al día todos los días del año, con el hambre además que estaba haciendo desde que lo conoció. Y, si Dios quería, comulgaría algún día, porque eso estaba cantado. ¡Qué cabellos! ¡cabellos de ángel triunfante y lleno de gracia, Dios te salve, Xiloxochitl, ahora y en la hora de nuestra muerte amén! Negros como el olvido y suaves como más olvido, como aquellos ojos de hurí que lo taladraban y que ojalá lo llenaran de agujeros. ¡Qué arrobamiento de pupilas y expresión! Pena que esos cabellos hubo que trasquilárselos, aunque él hizo buen provecho guardándose un par de mechones. Esos al menos lo acompañarían hasta conseguirlos todos. ¡Y qué no haría él con esos cabellos cuando los tuviese en sus manos! ¡Seda viva! ¡Muerte larga y suave! Bueno, bueno. Mejor dejaba eso ahora que tenía que tener el pensamiento claro y sereno a ver cómo salía él de este embrollo en que lo había metido el liante de Moctezuma.
    Eso es lo que había estado pensando Marcos Bey a mil por hora mientras sucedía todo lo anterior y por eso, a la pregunta de Cuahuipil sobre qué harían conla espía de Tenochtitlán, contestó:
    -Es mi barragana y bien sabe Dios que si ella no quiere venir, yo no la voy a obligar a hacerlo, que me lo impide el respeto. Pero también digo que dejarla atrás nos pondría a todos en peligro y más si es contra su voluntad.
    -Eso es verdad –dijo Teyohualminqui.
    -Estarla vigilando en la Vieja España y en las circunstancias no va a ser baladí –dijo Cuahuipil.
    -Yo me ofrezco a ello. Me pegaré a ella como una garrapata –dijo Ilhuicáatl. Y luego riendo añadió –la presentaré diciendo que es mi esclava bufona que sólo piensa en hacer gracias, para que me la vigile todo el mundo. Como la gente cree que soy jorobadita les daré pena.
    Rieron todos y Cuahuipil dijo:
    -Aceptado el ofrecimiento.
    -Bien entonces os la lleváis –dijo Teyohualminqui-. Me parece bien. Yo desde luego no podría vigilar lo que dijera o hiciese en Tlaxcala si se va con los cristianos, aparte de que supongo que os daríais cuenta de la facilidad con que salimos de territorio mexica, que no vimos a nadie vigilando ni nadie nos salió al paso y el único motivo que se me ocurre es que no nos pararon para que ella pudiera pasar sin contratiempo –dijo Teyohualminqui.
    -Pues sólo queda hablarlo con Xiloxóchitl y, si está de acuerdo con todo, ponernos a escribir. Claro que a la Vacatecuhtli también habría que aclararle la situación.

  10. #100
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    A ello fueron. Xiloxóchitl se apartó algo de la Vacatecuhtli para dejar que los otros se explicasen con ella, cosa que hicieron lo primero de todo, insistiendo en que lo mejor para ella era que siguiera viaje adelante hacia las cabeceras de Tlaxcala con Teyohualminqui, Rómulo, Coyolxauqui y Coyol-limáquiz porque ellos se veían en la obligación de volver a la Vieja España y hacer pasar un mensaje a los turcos. El que dio la explicación fue el barragán que, como está visto, ya sabía algo de las imaginaciones de Cuetlachtli en cuanto a que el enemigo de su enemigo bien pudiera ser su amigo.
    La reacción de la destinataria de esas explicaciones bien puede imaginarse que fue como para ponerse todos a cubierto. Y a cubierto fue Marcos Bey quien, mientras que los otros trataban de aplacar a la Vacatecuhtli, se había retirado hasta donde estaba Xiloxóchitl. Éste le decía:
    -Si queríamos que fuese a las cabeceras, deberíamos haberle dicho que se tenía que venir con nosotros a la Vieja España.
    -Es que es eso. Es que no podemos dejarla aquí y menos contra su voluntad. Nos hundiría todo. Piénselo vuestra merced. Y es mi barragana, entiéndalo también vuestra merced y, si me quiere acompañar, no puedo decirle que no.
    Ilhuicáatl por su parte, al tiempo que sujetaba a Cuetlachtli con los demás, remataba la faena:
    -En la Vieja España hay lobos. Son unas fieras como los coyotes, pero peor, que comen a la gente. Y además ahora hay guerra allí. Violan a las mujeres hermosas como vuestra merced.
    -¡¡¡Que me quiten a esta chinche de encima que la mato!!!
    -España está asolada por los terremotos. Las gentes mueren en tropel.
    Lo que contestó a esto la Vacatecuhtli no es para citado, ni siquiera en un relato tan fiel como éste. No se lo había dicho nunca ni a su padre.
    -¡Alto! –dijo Marcos Bey plantándose delante de todos- ¡Ea, vale! Bien sabe Dios que es contra mi mejor entender y que no voy a vivir allí de la preocupación pensando en los peligros a que os expongo, pero jamás os he obligado a hacer nada que no queráis. Todos sois testigos de que, contra mi voluntad y cediendo a la de doña Juana, no pongo ningún reparo a que venga a la Vieja España. Ahora bien, que sepáis, señora, que si algo llegara a sucederos, yo no tendría consuelo. Se acabó. No se discuta más. Siento que hayamos dado licencia a vuestros sirvientes para volverse con sus deudos, porque ahora vamos a seguir, sin más, viaje hasta la Vera Cruz y vuestra merced va a pasar incomodidades sin cuento y mares malísimos. Pero otra cosa os digo también: Yo sé que valéis mucho y que las incomodidades no os menguarán el ánimo ni los bríos. Vamos entonces a lo que íbamos que, aunque con merma, seguimos siendo el grupo más famoso del orbe.
    Dio media vuelta y a grandes zancadas fue donde había dejado su fardo y a sacar de él recado de escribir, en lo que se le unieron los demás, menos Ilhuicáatl, que con sus mejores artes trataba de amansar a la fiera.
    -No se preocupe vuestra merced. Yo os defenderé de los peligros en la Vieja España y no dejaré que os viole nadie.
    -¡Que me quite las manos de encima esta puta chinche de ultramar o la mato a dentelladas!
    Que no se hiciera ilusiones que tampoco era tan fácil matar a la puta chinche porque se movía rapidísimo. Y, además, tenía marido, que ya venía allí de nuevo a poner las cosas en su sitio:
    -Yo lo que espero es que, ahora que vamos tan lejos, vuestra merced no se vaya a estar cayendo todo el tiempo como nos hizo cuando salimos de Tepetlaoztoc, que nos puso a todos en peligro.
    -No te preocupes, Cuahuipil, corazón mío. Yo estaré pendiente de ella para que no se caiga, pobrecita.
    Esta vez a Cuetlachtli, que sí que iba a estrangular a Cuahuipil por lo de la caída, al oír a la cónyuge meter otra puyita, de repente se le hizo media luz. Con el tiempo se le haría la otra media, pero ahora se limitó a calmarse en seco y a pensar: estos lo hacen a posta, putos payasos, monazos cazurros y putas fregonas. Y yo como una idiota bailando a su son. Ya, ya se la devolveré. De momento lo que dijo fue:
    -Eso, señora Alcalá. Vos me ayudaréis a no caerme y yo os enderezaré la joroba para que parezcáis una fregona normal y ello en pago también de la función tan divertida que acabáis de dar.
    -¡Pobre mujer! ¿verdad Cuahuipil? Tan joven y ya tan tocadita. Pero conmigo estará bien. No os preocupéis los demás. No voy a dejar que se caiga ni que le pase nada –remataba la jorobadita con carita dulce y complaciente.
    Cuetlachtli se limitaba ya sólo a mirarla con una calma horrible, que tampoco impresionaba a la otra ni le perturbaba la expresión de tierna solicitud con que la miraba y eso al mismo tiempo que pensaba ya en otras cosas. Puesto que el abanto tenochca ya se dominaba un poquito, ella iba ahora a dejar en orden sus asuntos con Las hijas de la Sal, cuentas y todo. No tenía ella idea de que los mexica eran tan divertidos.
    También el hermano, al hablar con su tío, tenía cosas que quería que quedaran bien atadas:
    -Cuidad bien de Coyolxauqui –le decía-, la veo muy frágil. Quitarla de la ramería se lo debemos por su proceder y porque que se le ha prometido pero también era su mundo y lo que conocía y en lo que sabía valerse. Y ramera se puede ser en todas partes, también en Tlaxcala. Con nosotros se siente de prestado y ha confiado mucho en Cuahuipil. Hay que encontrar algo que hacer en lo que ella se sienta útil. Los peinados, los afeites o algo así... –la cara de preocupación de Xiloxochitl decía casi más que sus palabras.
    -Sí. Es delicada la cosa y ya veo que se tiene en poquísimo. De momento ya le he buscado una misión, sin agobios, y le he hecho ver que dependemos de ella para que se haga, porque hasta ahora ha estado sin hacerse.
    -Desde luego, el nombre, con la diosa a la que representa, le va que ni al pelo. Lo que no me explico es por qué los mexica tienen una diosa a la que despedaza el hermano. Es muy siniestro.
    -Sí. Pero también muy real. Las varones muchas veces más que hermanos de nuestras congéneres parecemos verdugos.
    -Dicen que ella quería matar a su madre ¿por qué si tenemos la misma religión a nosotros no nos ha contado nadie nada de eso?
    -Cuando alguien está resuelto a cometer una atrocidad, siempre encuentra una justificación para hacer culpable a la víctima. Eso es lo que me sugiere esa historia así a primera vista pero la verdad es que no lo sé. También puede ser un suceso truculento que se haya mitificado. O un símbolo, demasiado trascendente para entenderse correctamente a nivel anecdótico… Como sea, confiemos en que, en esta ocasión y con la ayuda divina, sepamos juntar los trocitos de la descuartizada y volvamos a oír esos cascabeles de luna lunera .
    Bueno, pues las cosas ya más o menos delineadas, la escribanía de media noche trabajó a tope. Rómulo sirvió a todos ellos lo mejor que pudo, entre otras cosas, yendo con Coyol-limáquiz a conseguir tortillas y huevos de hormiga, ambas especialidades tlaxcaltecas que, aunque las tortillas son de todas partes, el país que se llama país de las tortillas y las tiene de insignia y bandera, además de en enorme variedad, es Tlaxcala y no había derecho a que Vacatecuhtli que no había estado nunca en Tlaxcala se fuese de allí sin probar una. Parece, pues que, entre las tortillas y los escamoles (huevos de hormiga) y la diligencia de los interesados, consiguieron despachar todos los escritos necesarios para irse en paz.
    Después de eso durmieron hasta el alba y al alba fueron las despedidas.
    Uno que no se marchó muy en paz fue Cuahuipil que se sintió como el mayor traidor e hipócrita del mundo despidiéndose de Coyolxauqui y viendo la expresión de terror y desamparo en sus ojos.
    -El padre Teyohualminqui sabrá ayudaros mejor que yo. Él es mayor y de más bondad y sabiduría, ya lo veréis, os lo aseguro. Decidle al padre Teyohualminqui para que me escriba lo que queráis decirme. Yo estaré a la espera de vuestras noticias.
    Pero se quedó con ese peso en el corazón.
    Todos se abrazaron y partieron los caminos.
    ¿Querría Dios que volvieran a verse en este mundo?

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