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Tema: LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali)

  1. #1
    Fecha de Ingreso
    27 mar, 11
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali)

    Como decía el Profeta Muhammad (SAW):
    -Una hora de meditación, vale más que un año entero de devoción.

    El Libro de Dios exhorta continuamente a meditar, reflexionar, considerar y examinar, porque la meditación a nadie se le oculta que es llave de las luces, principio del advertimiento, red para pescar ideas y trampa o lazo para captar conocimientos e intuiciones.

    La mayoría de la gente saben bien cuánto es su mérito y alto rango, pero ignoran su esencia y fruto, su principio y fin, su materia y campo de acción, el método y manera de su ejercicio práctico:
    -No saben cómo meditar, ni sobre qué meditar, ni para qué meditar.

    Ignoran si la meditación se la debe buscar por sí misma o por algún fruto que de ella nazca, y tampoco saben si, en este último caso, el fruto que la meditación haya de producir es un conocimiento o un estado afectivo o algo mixto de ambos.

    He aquí, pues, los temas que por su gran importancia vamos a esclarecer:
    -Esencia.
    -Fruto.
    -Y materia de la meditación.

    LA ESENCIA DE LA MEDITACIÓN Y SU FRUTO

    Meditar es representarse en el espíritu dos ideas o intuiciones para extraer de ambas, como resultado, una tercera. Así, por ejemplo, el que sintiéndose inclinado a la vida presente prefiere las cosas de acá abajo a las del cielo, si desea convencerse de que la vida futura es preferible a la presente, tiene dos caminos para conseguirlo:
    - Uno es el de prestar oídos a quien así se lo asegure, dando crédito a sus palabras y sometiéndose a su autoridad. Ese tal, aun sin darse cuenta alguna de la realidad esencial del problema, ciegamente se inclinará a obrar prefiriendo la vida futura a la presente, movido de la sola autoridad de las palabras que oye.

    Mas este método de adquirir la convicción, no se llama propiamente «conocimiento» o «intuición», sino tan sólo «asentimiento o aceptación».

    El otro camino consiste en enterarse por sí mismo de que siempre es preferible lo duradero a lo transitorio y de que la vida futura es algo duradero, de estas dos intuiciones resultará en el espíritu una tercera intuición, a saber, que la vida futura es preferible. De esta intuición no cabe convencerse realmente, si no es mediante las dos intuiciones anteriores.

    Pues bien, la presencia de ambas en el espíritu para llegar por ellas a la convicción de la tercera, es lo que se llama meditación, consideración, recordación, reflexión, razonamiento o especulación.

    Todos estos términos son sinónimos y expresan en el fondo la misma cosa, aunque con diferentes matices accesorios, según que se quiera expresar la mera presencia de las dos ideas previas en el espíritu, sin inferir de ellas la tercera, o también y a la vez este acto de deducción.

    Porque es un hecho que, cuando se juntan y aparean las ideas en un cierto orden, nace siempre, como fruto de la unión, otra idea. La idea engendra la idea y es consecuencia de la idea, siempre que se aparea con otra.

    Y esto, indefinidamente, como indefinidos son los conocimientos humanos y el acto de producirlos, que es la meditación o el pensamiento.
    Sólo con la muerte se cierra u obstruye el camino de las intuiciones, aunque también durante la vida se cierre u obstruya a veces por razón de ciertos obstáculos o impedimentos naturales.

    Hay que advertir, en efecto, que aquella indefinida gestación de ideas no se da, más que cuando el sujeto es apto para razonar y capaz de extraer por la meditación ideas nuevas. La mayoría de los hombres, en cambio, si se ven impedidos de enriquecer su caudal ideológico, es tan sólo porque les falta el capital, es decir, las ideas previas de las cuales se hayan de extraer nuevos conocimientos.

    Son pues, esos tales como el mercader que carece de mercancías y que por lo tanto no puede obtener ganancia. A veces, sin embargo, cabe que tenga mercancías, pero por no dominar el arte del comercio, tampoco gane con ellas cosa alguna.

    Asimismo, también el hombre posee a veces ideas, que son el capital cognoscitivo, pero ignora el arte de emplearlas y manejarlas, es decir, de conjugarlas y aparearlas de modo que de ellas resulte la consecuencia de nuevos conocimientos.

    Este modo o método de emplearlas para hacerlas fructificar puede ser conocido, unas veces, mediante una luz divina que de manera innata posee el corazón, como les ocurre a todos los profetas, pero, por eso mismo, este modo de conocimiento es rarísimo y poco frecuente.

    Otro modo es el del estudio y la experiencia, que es el normal en la mayoría de los casos. Ocurre también, a veces, que al que medita se le representan espontáneamente al espíritu las ideas previas cuya unión produce como fruto una tercera, pero sin que el sujeto se dé cuenta de cómo este fruto ha nacido ni pueda tampoco explicarlo con palabras, por su exigua experiencia en el arte de la elocución.

  2. #2
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    27 mar, 11
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali) 2ª

    Y Cuántos hombres saben de cierto y están plenamente convencidos de que la vida futura es preferible a la presente y, ello no obstante, si se les pregunta por la causa de su convicción, no pueden aducirla ni expresarla con palabras, a pesar de que dicha idea no ha nacido en su espíritu, sino en virtud de las otras dos ideas previas, a saber, que lo duradero es preferible a lo transitorio y que la vida futura ha de durar más que la presente.

    Resulta de lo dicho que la esencia de la meditación se reduce a la representación o presencia en el espíritu de dos ideas, para llegar mediante ambas al conocimiento de una tercera.

    En cuanto al fruto de la meditación, es triple, pues produce conocimientos, estados afectivos y actos u operaciones. Sin embargo, su fruto peculiar y más propio es el conocer y no más.

    Claro es, no obstante, que al sobrevenir al corazón el nuevo conocimiento, se alteran profundamente sus estados afectivos, y este cambio afectivo del corazón engendra a su vez cambios en los actos u operaciones corpóreas. De modo que el acto sigue al sentimiento, y éste sigue al conocimiento, y el conocimiento sigue a la meditación.

    Esta es, pues, el principio y la llave de las obras buenas todas. Ello basta para comprender cuánto sea el mérito de la meditación, ya que su excelencia es mayor que la del simple recuerdo o remembranza, pues meditar es recordar y algo más, y bien sabido es que el mero acto de recordar tiene, por sí solo, más mérito que los actos de los órganos corpóreos, hasta el punto de que estos últimos sacan todo su mérito y excelencia de la atención y fervor con que se realizan, es decir, del recuerdo y presencia de Dios.

    De aquí que la meditación es la más meritoria de todas las obras buenas, y por eso se dice que una hora de meditación vale más que un año entero de devoción.

    Ella, en efecto, es la que saca al alma de los vicios aborrecibles, para conducirla a las virtudes amables y de la codicia y ansia de los bienes mundanos a la austeridad, sobriedad y renunciación; ella en fin, es la que engendra en el alma la contemplación de Dios y su santo temor (Taqwa).

    Si quieres ahora comprender cómo se cambia con ella el estado del alma, puede servirte de ejemplo el que antes mencionamos de la vida futura:

    -Pensando y meditando en ésta, llegamos a adquirir la convicción de que es preferible a la presente, y cuando la certeza de esta idea se ha grabado profundamente en el alma, cambiase su estado afectivo, en vez de desear las cosas de este mundo, renuncia a ellas y apetece las de la vida futura.

    Este cambio de estados psicológicos es fruto de la convicción o idea, antes de adquirirla, el corazón amaba los bienes presentes y se inclinaba a ellos, a la vez que huía de los de la vida futura, después, la voluntad y el deseo cambian de objeto, y este cambio de la voluntad produce luego como fruto los actos externos correspondientes, renunciando de hecho a las cosas mundanas y abrazando las eternas.

    Son pues, cinco según esto, los pasos graduales de este proceso:
    -1°.- La recordación, es decir, la representación en el alma de las dos ideas o intuiciones previas.
    -2°.- La meditación, que es la búsqueda de la idea que de la conjunción de ambas ha de nacer.
    -3°.- La aparición en el alma de esta nueva idea buscada, con la cual el corazón se ilumina.
    -4°.- El cambio que en sus estados afectivos experimenta el corazón, a causa de esa nueva luz que la idea le proporciona.
    -5°.- La dócil sumisión de los miembros corpóreos al corazón, en virtud del cambio de estados afectivos que en él se ha innovado.

    Así como, al golpear el eslabón sobre el pedernal, salta de éste una chispa ígnea que ilumina la estancia, y el ojo, que antes no veía, comienza a ver y los miembros se sienten impulsados a obrar.

    Así también, la meditación hace saltar en el alma la luz de la intuición, al choque de las dos ideas previas y así como se juntan el eslabón y el pedernal, no de cualquier manera, sino chocando uno con otro en una forma determinada y precisa.

    Así también las dos ideas se han de componer o articular una con otra de un cierto modo, para que de su conjunción surja en la mente la luz de la intuición, como salta la chispa del eslabón al herir al pedernal y el corazón cambia de estado, por causa de aquella luz, hasta el punto de inclinarse hacia las cosas a que antes no se sentía inclinado, lo mismo que con la luz de la chispa experimenta un cambio el órgano de la vista, puesto que ve lo que antes no veía.

    Y los miembros se sienten motivados a obrar conforme a lo que exige el nuevo estado del corazón, lo mismo que el sujeto, incapaz de obrar por razón de la oscuridad, se siente motivado a obrar, así que la vista percibe con la luz lo que antes no veía.

    Fruto de la meditación son, según hemos dicho, los conocimientos y los afectos, aquéllos son indefinidos, éstos, es decir, los estados afectivos que pueden sobrevenir al corazón, tampoco cabe reducirlos a número determinado. Por eso, aunque alguien pretendiera fijar las especies de la meditación y sus diferentes materias, no podría conseguirlo, porque los temas son infinitos y asimismo también lo son los frutos que de la meditación cabe sacar.

    Sin embargo, vamos a esforzarnos por precisar cuáles son las materias principales, relativas a los más importantes puntos de la doctrina religiosa y a los estados afectivos propios de las varias moradas o mansiones de los que recorren la vía espiritual.

    Claro es que habremos de hacerlo de manera sumaria y genérica, pues su análisis completo y minucioso exigiría repetir aquí todo cuanto en los diferentes tratados de esta obra hemos explicado acerca de los temas de la doctrina ascética.

    DE LA MATERIA DE LA MEDITACIÓN Y SUS DIFERENTES ESPECIES

    Cabe meditar, como es claro, sobre materias religiosas y profanas, pero nuestro propósito es tratar tan sólo de las primeras, omitiendo las últimas.
    Por «religión» entendemos el trato o relación entre el hombre, en cuanto siervo y su Señor, que es Dios. De aquí que todas las meditaciones religiosas habrán de tener por materia cuanto se refiere al hombre como siervo, a sus cualidades o atributos y a sus estados o modos de ser, o cuanto se refiere a Dios como Señor que debe ser servido, a sus atributos y a sus operaciones.

    No cabe salir de estos dos miembros de la división. Ahora, las materias que se refieren al siervo son de dos clases:
    - Una que abarca las cualidades, estados y actos del hombre que son amables para Dios, y otra que incluye las que le son odiosas.

    Las que se refieren al Señor constituyen también dos grupos:
    - Uno, que tiene por objeto la esencia, atributos y nombres de Dios, y otro, que atañe a sus operaciones y efectos creados, así espirituales como materiales, es decir, los cielos y la tierra con todo lo que contiene.

    La reducción de las materias de la meditación a los anteriores grupos se hará más evidente con un símil, que es el siguiente:
    - El estado de ánimo de los que se encaminan hacia Dios deseando ardientemente encontrarlo, se parece mucho al del enamorado que locamente ansia unirse con su amada.

    Ahora bien, el enamorado, cuyo espíritu vive absorto en la sola preocupación de su apasionado amor, no puede menos de pensar o en su amada y en cuanto a ésta se refiere, o en sí mismo.

    Si en su amada medita, o bien será pensando en la hermosura y belleza de su forma, considerada en sí misma, para gozarse en su contemplación, o bien será reflexionando acerca de sus amables y bellas acciones, que son indicio de sus cualidades y hábitos morales, para redoblar e intensificar, mediante esta meditación, el deleite espiritual que su amor le produce.

    Si en sí mismo piensa el enamorado, será seguramente, o bien acerca de aquellas de sus cualidades que le hagan decaer, por abominables, a los ojos de su amada, a fin de purificarse de ellas, o bien acerca de aquellos atributos que a su amada lo aproximen y le hagan amable, a fin de adquirirlos.

    Cualquier otra cosa en que medite, ajena a éstas, quedará ya excluida de la esfera de su apasionado amor y, por lo tanto, será en mengua de éste, pues la pasión amorosa, cuando es perfecta y completa, absorbe del todo la atención del amante y preocupa de tal modo su espíritu, que no deja en el corazón espacio vacío para cosa alguna que no sea su amor.

    Asimismo también debe obrar el que a Dios ama, sin que su pensamiento y meditación salga fuera de los cuatro temas de esta división, es decir, de cuanto atañe a su amor y a su Amado.

    Comencemos pues, por la división primera, es decir, por aquella cuyo objeto de meditación son las cualidades y actos del hombre, a fin de distinguir los que son amables para Dios de los que le son abominables.

    Tales meditaciones abarcan todo el contenido de la teología ascética, que es el asunto de este libro. La división segunda tiene por objeto la teología mística o iluminativa.

    Volviendo pues a la primera, todos los actos y atributos humanos, así los amables como los abominables a los ojos de Dios, se dividen en otros dos grupos:
    -Externos, que son las obras buenas y los pecados e internos, que son las virtudes y los vicios, que en el corazón tienen su asiento y cuyo análisis hemos hecho en las dos partes de este libro.

    Los externos se subdividen en otros dos grupos:
    -Obras buenas y pecados que se realizan, bien con uno cualquiera de los siete miembros corpóreos, bien con todo el cuerpo, como la deserción, la piedad filial, el retiro espiritual en los Santos Lugares (Meka), etc.

  3. #3
    Fecha de Ingreso
    27 mar, 11
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali) 3ª

    Respecto de cada género de pecados, hay que meditar acerca de tres cosas:
    -Primera, sobre si realmente es o no pecado, es decir, acto abominable a los ojos de Dios, pues a menudo no aparece claro que un acto lo sea y hay que averiguarlo a veces mediante un examen sutil y delicado de conciencia.

    -Segunda, en el caso de que sea pecado cierto, debe meditarse acerca del método eficaz para evitarlo y tercera, hay que meditar sobre si de tal acto o atributo abominable es reo el sujeto en el momento presente (a fin de purgarse de él), o si está expuesto a cometerlo en el futuro (a fin de precaverlo), o si por acaso incurrió en él en lo pasado, a fin de expiarlo.

    Asimismo hay que proceder en la meditación sobre los actos y tributos loables del alma, sometiendo cada uno de ellos a las tres reflexiones dichas. Y con ello aumenta, hasta sobrepasar la centena, el número de los temas acerca de los cuales, en su totalidad o en su mayor parte, debe meditar el devoto.

    Larga sería la tarea de desenvolver aquí, uno a uno, todos estos temas de meditación, por eso, nos limitaremos a hacerlo con sus cuatro especies cardinales, a saber, pecados-obras buenas, cualidades de perdición o vicios y cualidades salvadoras o virtudes.

    De cada una de estas especies vamos a ofrecer un ejemplo, que pueda servirle de modelo para iniciarse en el método de meditar.

    MEDITACIÓN SOBRE LOS PECADOS

    Todas las mañanas, al amanecer, debe el devoto meditar, respecto de cada uno de los siete miembros de su cuerpo (ojos, oídos, lengua, vientre, manos, pies y órgano sexual), los tres puntos siguientes:
    -1°.- Si en la actualidad se siente reo de algún pecado, cometido con cualquiera de ellos o con todo su cuerpo, a fin de borrarlo.
    -2°.- Si lo cometió el día anterior, para expiarlo asimismo con el arrepentimiento y el perdón.
    -3°.- Si se siente expuesto a cometerlo en el día que comienza, para prepararse a evitarlo y alejarse de él.

    Medite, pues, sobre los pecados de la lengua y pregúntese si por acaso se siente inclinado y expuesto a la maledicencia y mentira, a la propia alabanza, a la burla del prójimo, a las disputas, a los donaires y palabras inútiles, etc.

    Ante todo, trate de fijar bien en su espíritu la idea de que tales pecados son abominables a los ojos de Dios, meditando para ello sobre los pasajes del Qur´an y de las tradiciones proféticas que atestiguan su gravedad y los terribles castigos a que se haría acreedor si los cometiera.

    En segundo lugar, medite sobre las ocasiones de pecar a que está expuesto, cuando y donde menos lo piense.

    En tercer lugar, medite acerca de cómo podrá evitarlas, para darse cuenta de que esto no lo logrará, sino mediante la soledad y el aislamiento, o frecuentando, si no, la compañía de personas piadosas que le censuren y reprendan, siempre que profiera palabras abominables a los ojos de Dios, o en fin, cuando estos dos remedios no le sean accesibles, metiéndose piedrecillas en la boca, para que le sirvan de recordatorio mientras esté conversando con alguien.

    Acerca de los pecados del oído, medite si se siente inclinado a escuchar con gusto murmuraciones, mentiras, charlas inútiles, diversiones y cuentos o chismes. Medite, luego, cuáles son las personas, fulano o zutano, y las ocasiones en que eso le ocurre, y cómo le es indispensable evitarlas mediante el aislamiento o, si no, censurando a los que tales faltas cometen.

    Medite después, sobre los pecados del vientre, considerando que únicamente se ofende a Dios con él de dos maneras, una, comiendo o bebiendo con exceso manjares lícitos, pues tal exceso es abominable a los ojos de Dios por la exageración, que es el arma de que se sirve Satanás, enemigo de Dios, otra, comiendo o bebiendo manjares prohibidos o de dudosa licitud.

    Examine pues, de dónde provienen los recursos de que se sirve para, adquirir los manjares, los vestidos, la habitación y en general, todo cuanto gana, y si sus ingresos son o no lícitos, ya en sí, ya por el medio de adquirirlos.

    De análoga manera meditará sobre los pecados propios de los restantes miembros del cuerpo, pues los ejemplos explicados bastan, sin necesidad de agotar el tema.

    Y una vez que por la meditación haya logrado penetrar a fondo en las ideas respectivas, ocúpese a lo largo del día en vigilar atento su conciencia para preservar todos los miembros de sus respectivos pecados.

    MEDITACIÓN SOBRE LAS OBRAS BUENAS


    Reflexione primero, sobre las obligaciones de precepto que le están prescritas, cómo las debe cumplir, cómo ha de preservarlas de toda imperfección y defecto y cómo ha de resarcir con obras de mera devoción las faltas en que sobre esta materia hubiere incurrido.

    Vuelva luego a considerar, uno por uno, todos sus miembros y reflexione acerca de los actos que con ellos ejecuta, para ver qué es lo que Dios desea y quiere que con ellos haga.

    Así se dirá para sí que el ojo le ha sido creado por Dios para contemplar la tierra y los cielos y ver en ellos la huella e indicio del Creador, para emplearlo, además, en la obediencia a los preceptos del Señor, y sobre todo, para leer el Libro Santo y las tradiciones de su Enviado.

    «Yo — se dirá — puedo perfectamente emplear mis ojos en su lectura.
    -¿Por qué, pues, no lo hago? Yo puedo, asimismo, mirar a mi prójimo fulano, que es un hombre piadoso, con ojos de respeto y veneración, para llenar así su corazón de alegría, y mirar, en cambio, al pecador zutano con ojos de menosprecio y desdén, para apartarlo así de su vida depravada.

    -¿Por qué, pues, no lo hago?» Asimismo, acerca de su oído, se dirá:
    «Yo puedo muy bien escuchar sermones que muevan a combatir las malas cualidades y mejorar en todos los niveles de actuación, lecciones de ciencia moral y religiosa, lecturas del Qur´an, jaculatorias, etc.

    -¿Cómo es, pues, que dejo inactivo a mi oído, si Dios me ha hecho la gracia de otorgármelo y me lo ha entregado como en depósito, tan sólo para que se lo agradezca? ¿Por qué reniego de éste su beneficio, no empleándolo o empleándolo mal?»

  4. #4
    Fecha de Ingreso
    27 mar, 11
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali) 4ª

    Medite, luego, sobre el uso que hace de la lengua, diciéndose:
    «Yo puedo hacer méritos que me acerquen a Dios, predicando a mis prójimos, tratando afablemente a las personas buenas, enterándome de la mísera situación de los pobres y menesterosos, infundiendo con mis palabras un poco de alegría en el corazón de fulano, que es un creyente piadoso, o en el de zutano, que es un sabio, pues las palabras buenas y amables son como una limosna que se hace al prójimo ».

    Igualmente meditará acerca de su dinero, diciéndose:
    «Yo podría dar limosnas con tal porción de mi caudal que no me es indispensable, y si por acaso lo necesito alguna vez, Dios me concederá otra cantidad semejante, y aunque ahora lo necesite, más todavía necesito del mérito espiritual de esas limosnas.»

    De igual manera seguirá luego meditando sobre los actos buenos que puede realizar con los restantes miembros y con su cuerpo entero y con sus riquezas, y hasta con sus bestias de carga, con sus criados y con sus hijos, pues todos ellos son instrumentos y medios que Dios le ha concedido para su salvación y con los cuales puede obedecerle y servirle.

    Por eso debe esforzarse en descubrir con penetrante y sutil meditación las varias obras buenas que con esos instrumentos pueda realizar, las que con toda urgencia haya de llevar a cabo y la intención sincera y pura que en ellas haya de poner, a fin de que le sean meritorias.

    MEDITACIÓN SOBRE LOS VICIOS

    La materia de esta mediación se ha de tomar de los varios tratados que en la ascética purgativa se consagraron a los vicios o cualidades de perdición, es decir, a la sensualidad, ira, avaricia, soberbia, vanidad, hipocresía, envidia, extravío espiritual, etc.

    El fruto que se trata de obtener es desarraigarlos del corazón. Si el devoto sospecha que está exento de ellos, la meditación versará sobre el método que haya de seguir para poner a prueba su corazón y descubrir los síntomas que así lo atestigüen.

    El alma está siempre dispuesta a pensar bien de sí misma, y por eso hay que contradecirla, si pretende ser humilde y estar limpia de soberbia, conviene ponerla a prueba obligándola, por ejemplo, a llevar a cuestas al mercado un fajo de leña, que es como los primitivos ascetas sometían a prueba sus almas.

    Si pretende poseer la mansedumbre, expóngase a sentir movimientos de ira por las ofensas del prójimo y vea si reprime o no la cólera así provocada. Y dígase lo mismo de los otros vicios.

    Constituirá pues, el punto primero de la meditación, el averiguar si el corazón está sujeto o no a la cualidad vituperable de que se trate, mediante los respectivos síntomas que se explicaron en cada tratado de la ascética purgativa.

    Una vez averiguada la existencia del vicio mediante su síntoma propio, hay que meditar sobre las razones que lo hacen vituperable y sobre las causas que son su fuente u origen, a saber, la ignorancia, la negligencia y la malicia en la intención.

    Así por ejemplo, si el devoto descubre que su alma adolece de vanidad espiritual por sus buenas obras, reflexionará diciéndose a sí mismo:
    «Es cierto que esta buena obra la he realizado con mi cuerpo y con tal órgano, movidos por mi poder de obrar y mi voluntad, pero todas estas cosas no son mías ni proceden de mí, pues que tan sólo existen porque Dios las ha creado y me las ha concedido por su Gracia.

    El es, en efecto, quien me creó y creó mis órganos corpóreos y mi poder y mi voluntad. El es quien con su Omnipotencia mueve mis miembros, mi facultad de poder y mi voluntad.
    -¿Cómo pues, me envanezco de mis buenas obras y de mí mismo, si no subsisto en mí ni por mí?».

    Igualmente, si nota algún movimiento de soberbia, procure fijar bien en su alma la convicción de cuan necio y estúpido sea este vicio, diciendo a su alma:
    « ¿Por qué te crees grande, si la verdadera grandeza tan sólo es propia de quien es grande a los ojos de Dios, y esto únicamente se descubrirá después de la muerte?

    -¡Cuántos, que son ahora infieles, morirán en Gracia de Dios, después de corregir sus errores! Y en cambio:
    -¡Cuántos musulmanes morirán en su desgracia, por haber perdido la fe a la hora de la muerte!»

    Después de conocer que la soberbia es un vicio mortal y que su origen es la ignorancia, pasará el devoto a meditar sobre el tratamiento indispensable para hacerlo desaparecer, el cual se reduce a practicar actos de humillación voluntaria.

    Cuando en su alma encuentre el vicio de la gula, meditará considerando que la voracidad es defecto y achaque propio de las bestias, y que si fuesen atributos de perfección la sensualidad, la gula y la lujuria, los poseerían Dios y sus ángeles, como poseen la ciencia y el poder, de que las bestias carecen; luego si la sensualidad le domina, señal es de que a las bestias se asemeja y no a los ángeles.


    De igual modo meditará acerca de la ira y de los demás vicios, para curarlos con arreglo a los métodos que expusimos en los varios tratados de la ascética purgativa, a cuyos textos habrá de recurrir el devoto que desee encontrar el método fácil y libre para meditar sobre estas materias.

    MEDITACIÓN SOBRE LAS VIRTUDES

    La materia de esta meditación se ha de tomar de los varios tratados que en la parte segunda de la ascética se consagraron a las cualidades de salvación, es decir, a las virtudes siguientes:
    -Oración y arrepentimiento de los pecados, paciencia en las adversidades, gratitud por los beneficios, temor y esperanza, renuncia del mundo, pureza y sinceridad de intención en las obras buenas, amor y adoración a Dios, conformidad con su voluntad, humildad, etc.

    Medite pues, cada día sobre ellas, considerando las causas que las engendran y los síntomas que las denuncian, para averiguar si le falta alguna de tales virtudes que aproximan el alma a Dios.

    Y si alguna le faltase, considere primero, que todas ellas son estados afectivos del alma que, como tales, no nacen en ella sino mediante actos cognoscitivos o ideas, que a su vez, son fruto de la meditación.

    Así, cuando desee adquirir la virtud, habrá de comenzar por examinar escrupulosamente sus pecados y pensar en ellos, acumulándolos todos y procurando agravarlos en su consideración.

    Después, ha de meditar en los terribles castigos con que la revelación divina amenaza a los pecadores, para adquirir así la convicción de que su alma está expuesta a incurrir en la ira de Dios, y de esta convicción le nacerá el estado afectivo del arrepentimiento.

    Si desea provocar en su corazón el sentimiento de la gratitud, medite sobre los muchos beneficios y Gracias que Dios le ha concedido, según se explicaron en el tratado correspondiente a esa virtud, cuyas páginas convendrá que relea.

    Si quiere adquirir la virtud del amor de Dios, medite acerca de la majestad, hermosura, grandeza y sublimidad de su Ser, considerando para ello las maravillas de su providencia y las bellas obras de arte que su Omnipotencia ha realizado en el universo, según más adelante lo explicaremos en parte, al tratar de las meditaciones cuya materia se refiere a Dios.

    Si aspira a concebir el sentimiento del temor, habrá de meditar, primero, sobre sus propios pecados externos e internos, después, sobre la muerte y su agonía.

    Y luego, el juicio particular del alma y sus terribles angustias, la resurrección, precedida del sonido de la trompeta convocando a los hombres al juicio final y reuniéndolos todos en un lugar mismo, el examen y cuenta minuciosa que allí se tomará de todos sus actos, aun los más insignificantes y ocultos, la prueba del paso por el puente del Al-Sirat.

    Tan estrecho y difícil de atravesar, el terrible peligro, a que su alma se verá expuesta, de ser destinada a la siniestra del Altísimo con los condenados al fuego, en vez de estar a su diestra con los bienaventurados y entrar en la mansión de la gloria eterna.

    Luego, tras los terribles episodios del juicio final, procure representarse en su espíritu la viva imagen del infierno con sus diferentes pisos, y en éstos las varias especies de tormentos, las cadenas y grillos y terribles garfios, el árbol zaqqüm de cuyos amargos frutos se sustentan los condenados, el pus asqueroso que de sus llagas fluye y la horrible figura de los esbirros infernales, encargados de atormentarles.

    Considere luego, cómo, a medida que el fuego va consumiendo la piel de sus cuerpos, una piel nueva les nace para volver a sufrir igual suplicio, cómo, siempre que quieren escapar del fuego, les obligan los demonios a entrar en él.

    Cómo, en fin, aun antes de penetrar en el fuego, lo ven de lejos y oyen su terrible chisporroteo. Si, por el contrario, desea provocar en su alma el sentimiento de la esperanza, habrá de meditar en el paraíso y en sus delicias, en la hermosura de sus árboles y ríos, de sus huríes y mancebos, y en la eterna y duradera felicidad de la gloria.

    Tal es el método de la meditación, con el cual nacen en el espíritu las ideas, que a su vez traen como fruto los estados afectivos que a Dios son amables o purgan al alma de las cualidades que Dios reprueba.

    A cada uno de esos estados afectivos o cualidades hemos consagrado en la ascética un tratado especial, que puede servir de ayuda para la meditación.

  5. #5
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali) 5ª

    LA LECTURA MEDITADA

    Aparte del anterior método analítico, para meditar sobre cada vicio o virtud en particular, cabe también otro genérico que consiste en leer el Qur´an o las tradiciones proféticas con atención reflexiva.

    El texto Qur´anico resume, en efecto, toda la doctrina relativa a las diferentes moradas y estados de la vida espiritual, así las que aproximan el alma a Dios, como las que de El lo apartan.

    Conviene por tanto, que el devoto lo lea repitiendo una y otra vez, aunque sean cientos, aquellos versículos que exijan meditación para penetrar su sentido, pues la lectura de un solo versículo, hecha con atenta consideración, vale más que leer todo el Qur´an seguido, pero sin atención reflexiva ni comprensión.

    Deténgase pues, a meditarlo, aunque sea durante una noche entera, porque bajo cada una de sus palabras laten infinitos misterios, que sólo con sutil y penetrante meditación se alcanzan, supuesta la pureza del corazón y la sinceridad en el trato con Dios.

    Asimismo, la lectura de las tradiciones del Enviado de Dios ofrecerá materia de meditación en sus sentenciosas y concisas frases, cada una de las cuales es un océano de sabiduría práctica, que el discreto debe considerar con reflexiva atención, a lo largo de toda su vida.

    FIN ÚLTIMO DE LA MEDITACIÓN

    Conviene que el principiante consuma todo su tiempo en estas meditaciones, hasta que logre que en su corazón florezcan las virtudes y las sublimes moradas, después de purgarlo de los vicios exterior e interiormente.

    Sepa, no obstante, que estas meditaciones, aun siendo, como son, la más meritoria de todas las prácticas devotas, no constituyen la meta última a que debe aspirar.

    Antes bien, el alma que en ellas exclusivamente se ocupa, queda impedida, como por un velo, de alcanzar el objetivo último de los sinceros amigos de Dios.

    Que se cifra en el gozo espiritual que proporciona la meditación sobre la majestad y hermosura del Señor, hasta que, absorta el alma en tal contemplación, pierde la conciencia de sí misma, es decir, se olvida de que existe y de que es sujeto de sus estados, moradas y cualidades espirituales, y solo en pensar en su Amado.

    Así le ocurre al apasionado amante, cuando se encuentra en presencia de su amada ya no atiende ni mira a sus propias cualidades y estados de conciencia, sino que se queda como embobado y atónito, sin darse cuenta de sí mismo.

    En ello estriba el deleite sumo del enamorado. En cambio, las meditaciones hasta aquí explicadas sirven tan sólo como medios para adornar el corazón con las virtudes y prepararlo así a la aproximación y unión con Dios.

    Así es también como debes entender la vida espiritual, si eres de los devotos que aspiran al trato íntimo y amistad familiar con Dios.

    Porque si eres como el siervo malo, que sólo se mueve por temor a los golpes del amo y por deseo del salario, no tienes para qué fatigarte y molestarte haciendo buenas obras externas, ya que entre ti y tu corazón se levantará siempre un espeso velo.

    Y aunque practiques con toda perfección dichas obras, lo único que lograrás será entrar en el paraíso sensual, pero no en la amistad íntima de Dios, que es patrimonio exclusivo de otras almas.

    EL REGISTRO DE LOS VICIOS Y LAS VIRTUDES
    Y LA MEDITACIÓN SOBRE LOS PECADOS PROPIOS


    Una vez que el devoto conozca ya las diferentes materias de la meditación en lo que atañe a la vida espiritual, es decir, a las relaciones del hombre, como siervo, con su Señor, que es Dios, convendrá que adquiera la costumbre de practicarla diariamente, por la mañana y por la noche, sin dejar jamás por negligencia de meditar sobre el estado de su alma, sobre las cualidades que de Dios la alejan y sobre aquellas que a Dios la acercan.

    Es más, conviene que todo iniciado en el combate de las malas tendencias tenga consigo un libro en el cual estén registrados separadamente los nombres de los diez vicios capitales y de las diez principales virtudes, es decir, de los pecados y de las buenas obras, en este orden:

    Vicios: Avaricia, soberbia, vanidad, hipocresía, envidia, ira, gula, lujuria, amor de la riqueza y amor de los honores.

    Virtudes: Dolor de los pecados, paciencia en las adversidades, conformidad con la voluntad de Dios, gratitud a sus beneficios, justo equilibrio entre el temor y la esperanza, renuncia a los bienes mundanos, pureza de intención en las obras buenas, caridad y afabilidad con el prójimo y amor de Dios.

    Tan pronto como advierta en su meditación que ya está libre de uno de los vicios, táchelo con una raya en su libro y deje ya de meditar sobre él, dando gracias a Dios de que le haya purificado de aquel vicio y con la convicción de que, si ello le ha sido posible, se debe exclusivamente a la Gracia y ayuda de Dios, pues si de sí propio fuera, no podría borrar de su corazón ni el más pequeño de sus defectos.

    Emprenda, después de esto, la meditación sobre los nueve restantes vicios y haga con ellos lo mismo, hasta conseguir tacharlos todos. Igual método aplicará a la adquisición de las virtudes, así que hubiere adquirido.
    -Este método es indispensable al que aspire perfeccionarse.

    En cambio, la mayoría de las personas que se tienen ya por virtuosas conviene que anoten, en su personal libro de registro, los pecados externos, el comer manjares de dudosa licitud, las murmuraciones, la ostentación, la propia alabanza, las rencillas, el excesivo afecto a los amigos, el disimulo y benevolencia en corregir los pecados públicos del prójimo, etc.

    La mayoría de los que se creen ya santos, difícilmente están libres de alguno de estos defectos externos, y mientras el alma no se purga de lo exterior, es imposible que en ella florezcan las virtudes interiores.

    Es más, cada clase o grupo de personas tienen de ordinario, como pecado dominante, una determinada especie de faltas, sobre las cuales deben meditar para expulsarlas del corazón, en vez de meditar sobre las que no cometen de ordinario.

    Así, el hombre de ciencia, bueno y piadoso, es raro que no incurra en faltas de ostentación, vanidad y amor de la fama, que cree merecer por su saber, por su predicación o por su enseñanza, y obrando así se expone a grave peligro de pecar, del cual sólo contadas almas perfectas pueden librarse.

    Porque efectivamente, si sus enseñanzas y sermones son acogidos con simpatía, elogio y aplauso por sus oyentes, no dejará de sentir vanidad y aun orgullo de su propio saber, ni dejará tampoco de redactar sus discursos en estilo florido y afectado, y si, por el contrario, sus enseñanzas son contradichas por alguien, tampoco dejará de sentir movimientos de ira, desdén y odio contra sus detractores.

    Claro es que Satanás tratará de engañarle diciéndole:
    «Tu cólera nace tan sólo de ver que se niega y rechaza la doctrina de la verdad. »

    Pero si en el fondo de su alma advierte alguna diferencia cuando se rechazan sus propias enseñanzas o las de otros maestros, señal es evidente de que está equivocado y es el hazmerreír de Satanás. Estas y otras semejantes reflexiones convienen que se hagan, al meditar, el hombre piadoso, consagrado a la ciencia.

  6. #6
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    Predeterminado LA MEDITACIÓN Y SUS BENEFICIOS (Imam Algazali) 6ª

    MEDITACIÓN SOBRE LOS ATRIBUTOS DE DIOS

    Una vez que los devotos aptos para este ejercicio hayan agotado las meditaciones anteriores que atañen a la relación y trato del hombre, en cuanto siervo, con Dios como Señor, deben dejar ya de meditar sobre sus propias almas, para elevarse a la meditación sobre la majestad y Gloria de Dios y gozarse en su contemplación con los ojos del alma.

    Este grado no se puede alcanzar de modo perfecto, sino después de haberse librado de todos los vicios y adquirido todas las virtudes. Si de tal contemplación aparece por acaso alguna muestra antes de llenado ese esencial requisito, será indudablemente una contemplación defectuosa, enfermiza, turbia, transitoria y débil, como el relámpago repentino y fugaz, que poco dura.

    El alma, en tal caso, será como el apasionado amante que logra por fin verse a solas con su amada, pero bajo cuyos vestidos lleva escorpiones y víboras que le atormentan sin cesar, enturbiando y amargando con su dolor el placer de la contemplación.

    No tiene más remedio, si quiere gozar a sus anchas de ese placer, que expulsar de sus vestidos las víboras y los escorpiones, es decir, sus pecados y vicios. Dos diferentes grados cabe concebir en la meditación sobre Dios. Uno, el más alto, tiene por objeto y materia su esencia, atributos y nombres; otro, versa acerca de sus obras.
    -La meditación sobre la esencia divina está vedada al hombre, porque la razón se queda como atónita y perpleja al considerarla.

    Ni siquiera los sinceros amigos de Dios pueden hacer más que tender su mirada hacia ella, pero aun entonces, se sienten incapaces de mantenerla fija en su contemplación.

    Al común de los hombres, cuando ponen los ojos del alma en la esencia gloriosa del Altísimo les pasa lo que al murciélago, cuando pretende mirar al sol, que no puede jamás conseguirlo, y por esto se oculta de día, y sólo de noche osa revolotear a la pálida luz del crepúsculo, que todavía cae sobre la tierra.

    La mirada de los amigos de Dios (Awliya Allah) puede, en cambio, compararse con la del hombre cuando contempla al sol, que puede mirarlo, aunque sir fijeza y continuidad, porque si se empeña en mantener la vista fija, es de temer que la pierda o que, al menos, se le debilite y enferme.

    Asimismo, la contemplación de la esencia de Dios engendra en el alma estupefacción, perplejidad y trastorno del entendimiento.

    Por eso, lo más acertado es abstenerse de meditar sobre temas pertenecientes a la esencia y atributos de Dios, que la mayoría de las inteligencias humanas son incapaces de concebir. Es más, aun la exigua parte que de esta materia explican algunos sabios:
    - Que Dios está exento de lugar y dimensiones cuantitativas, que no está dentro ni fuera del mundo, que no está unido ni separado de él, etc.

    - Sirve tan sólo para turbar la razón de muchas personas que rechazan tales fórmulas, porque no son capaces de darles oído y mucho menos de comprenderlas o concebirlas.

    -Y todavía hay hombres incapaces de concebir, respecto del ser de Dios, verdades mucho menos difíciles y abstrusas que ésas, cuando a tales personas se les dice que el ser de Dios es tan sublime y trascendente respecto de todo lo creado, que carece de cabeza, pies, manos, órganos, cuerpo extenso individual y concreto, con cantidad y volumen, rechazan tal afirmación porque estiman cabalmente que ella atenta a la Majestad y Gloria del Altísimo, hasta el punto de que alguno de esos ignorantes del vulgo llegó a decir que tal descripción, más que de Dios, era la de un melón de la India, porque el pobre opinaba que precisamente en los miembros corpóreos humanos se cifra y resume toda la grandeza y majestad posibles.

    Y esto es así, porque el hombre no comprende bien ni, por lo tanto, da valor, más que a sí mismo, y todo lo que no se le asemeja o se equipara a sus propios atributos, no concibe que sea importante ni grande.

    El Grado más alto de la humana y su grandeza consiste, a sus ojos, en suponerse a sí mismo de hermosa figura y bello continente, sentado sobre un trono y rodeado de servidores dispuestos a ejecutar sus mandatos. Y ese mismo es el grado más alto que de la majestad divina concibe también.

    Es más, si la mosca tuviese inteligencia y se le dijese que su Creador carece de alas para volar y de patas y manos para andar, también se negaría a creerlo, diciendo:

    « ¿Cómo va a ser mi Creador más imperfecto que yo, incapaz de volar y sin alas? ¿Tendría yo órganos y facultades de obrar que a El le faltasen, siendo El quien me las ha dado?»

    Ahora bien, la inteligencia de la mayor parte de los hombres es muy parecida a la inteligencia de la mosca, pues bajo este respecto, el hombre es tan ignorante como ella. Por eso Dios reveló a uno de sus profetas:
    «No informes a mis siervos acerca de mis atributos, porque me negarán. Cuéntales de Mí tan sólo, lo que ellos sean capaces de comprender».

    MEDITACIÓN SOBRE LAS OBRAS DE DIOS

    Siendo, como acabamos de ver, peligroso bajo cierto aspecto meditar sobre la esencia y los atributos divinos, es evidente que, tanto por respeto a la revelación profética que así lo dice, como por atender al bien de las almas, debemos abstenernos de ello y, pasando adelante, penetrar en el segundo tema de las meditaciones que se refieren a Dios, es decir, en las que atañen a sus operaciones, a los efectos de su Omnipotencia, a las maravillas de su creación.

    Ellas, en efecto, son muestra evidente de la Gloriosa Majestad y sublime alteza de su ser, así como claros indicios de la perfección infinita de su sabiduría y providencia y de la eficacia de su poder y voluntad.

    De esta manera, pues, meditaremos sobre los atributos divinos, meditando sobre las huellas que de aquellos aparecen en el universo, ya que nos es imposible contemplarlos directamente.

    Lo mismo nos ocurre con el Sol, podemos contemplar la tierra, cuando está iluminada por la luz solar, e inducir así la magnitud de esta luz, comparada con la de la luna y de los demás astros, porque la luz que a la tierra baña es uno de los efectos de la luz del sol, y los efectos, una vez conocidos, son en cierto modo una prueba o indicio de la existencia y naturaleza de su causa, aunque no equivalga su contemplación a la de la causa en sí misma.

    Ahora bien, los seres todos de este mundo son también efectos de la Omnipotencia de Dios y luces reflejadas de la luz de su divina esencia.
    Más aún, no hay oscuridad que sea más densa que el no-ser, ni luz que sea más manifiesta que el ser.

    El Ser de las cosas todas es una luz de las luces de la esencia de Dios santa y sublime, porque si aquellas subsisten, es por Dios que subsiste por sí mismo, a la manera que la luz de los cuerpos subsiste por la del Sol, que por sí misma subsiste.

    Cuando el Sol brilla en el cielo, es costumbre poner una vasija llena de agua para poder contemplar, reflejada en ella, la luz solar, el agua es, entonces, un medio que permite ver, aunque sea un poco tan sólo, la luz del sol, ya que no es posible, contemplarla directamente en su foco.

    Asimismo, los efectos u obras de Dios son también un medio que nos permite contemplar los atributos de su Hacedor, sin que nos ofusquen las luces de su esencia, porque su intenso fulgor queda alejado de nuestra vista, mediante sus efectos u obras. Tal es el misterio que late en la sentencia del Profeta ( ):
    «Meditad sobre la creación de Dios y no meditéis sobre su esencia»

    MÉTODO PARA MEDITAR SOBRE LAS CRIATURAS
    CONSIDERADAS COMO OBRAS DE DIOS


    Todo cuanto existe, excepto Dios, es obra y creación suya. En cada una de las menores partecillas integrantes de la sustancia y del accidente, del atributo y del sujeto, laten maravillas sin número, que manifiestan la sabiduría y el poder de Dios, su majestad y gloria.

    Pero es imposible enumerarlas por completo, porque aunque el mar fuese toda tinta, se agotaría ésta, antes de que pudiéramos describir ni siquiera una centésima parte de aquéllas.

    Por eso nos limitaremos a examinar tan sólo algunas que sirvan de ejemplo, respecto de las demás omitidas.
    Esto supuesto, los seres creados se pueden clasificar en dos grupos:
    - Uno es el de las cosas que percibimos con el sentido de la vista y otro el de las que la vista no percibe, los ángeles, genios y demonios, el trono de Dios y su escabel, etc., sobre las cuales es muy difícil y oscuro el meditar.

    Ocupémonos, pues en las otras cosas que son más accesibles a la inteligencia, es decir, las que el sentido de la vista puede percibir, o sea, los cielos y la tierra con cuanto contienen.

    Los cielos, en efecto, están patentes a nuestros ojos, con el Sol, la Luna y las estrellas, con sus movimientos a través de sus órbitas, sus ortos y ocasos.


    Asimismo, La Tierra la vemos palpablemente, con todo cuanto encierra, sus montes y minas, sus ríos y mares, sus animales y plantas.
    También nos es perceptible lo que entre cielos y tierra existe, es decir, la atmósfera, con sus nieblas, lluvias y nieves, con sus relámpagos, truenos, rayos, vientos y tempestades.

    Cada uno de los tres géneros de estas cosas visibles se subdivide en especies y éstas, indefinidamente, en otros grupos y categorías menores de seres, que entre sí difieren por sus distintas cualidades y atributos, así externos como internos, sobre los cuales puede versar la meditación.

    Porque no se mueve parte alguna, en cielos y tierra, de las cosas inanimadas y vivas, animales y plantas, esferas y astros, sin que Dios sea el motor que las mueve y sin que en tal movimiento estén latentes uno o dos o diez o mil fines de su sabia providencia, que sólo Dios conoce a fondo, pero que a la vez revelan, como claros indicios, su majestad y grandeza.
    Tal es, pues, el objeto sobre el cual ha de versar la meditación. Veamos ahora,¿cómo hay que hacerla en cada caso?.

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