Chefchaouen, la perla azul del Rif





Marruecos siempre ha sido sinónimo de míticas ciudades imperiales, como Fez, Rabat o Marrakech. Pero esta vez el rumbo cambiará hacia las altas cumbres del norte, a un salto de Europa, donde se oculta un pueblo pintado de azul. Es Chaouen. Una villa de estampa andaluza. El lugar ideal para celebrar con sus apacibles habitantes la gran fiesta del cordero.






hefchaouen, Chaouen o Xauen, como más comúnmente suelen llamarlo, no aparece en ningún ranking sobre destinos de moda. Pocas guías de viaje le dedican las páginas que merece y casi ningún paquete turístico por Marruecos lo incluye. Aunque cueste creerlo, todavía existen lugares así. Donde uno puede ver pasar la vida de los lugareños a su ritmo original, sin interrupciones, ni hordas de turistas. Precisamente eso es lo mejor de Chaouen, que a pesar de ese encanto hippie, de sus casas color cielo y su gente cálida, sigue siendo un secreto entre los más eximios viajeros. Sigue siendo un rumor lejano que comenzaron a correr los mochileros españoles, los vecinos más cercanos a estas tierras. Con los años han ido aterrizando hoteles y restaurantes, los zocos (mercados) crecieron y los habitantes comenzaron a manejar el inglés, pero aun así el turismo sigue afortunadamente incipiente. Todo creció a muy pequeña escala y Chaouen todavía conserva ese espíritu de aldea.



Como si no quisiese progresar demasiado. Como si quisiese mantenerse ajeno al bullicio de las grandes ciudades marroquíes.
Por una carretera serpenteante y en muy mal estado se llega a esta localidad, situada en un amplio valle de la Cordillera del Rif, al noreste de Marruecos. Hay que viajar tres horas en bus desde Tánger, el puerto de entrada al mundo árabe. Durante la ruta, los bosques de cedros y robles se apoderan del paisaje. Un festival de colores verdes se asoma por las ventanas y un diminuto punto celeste al final del camino anuncia la llegada.



En Chaouen todo está pintado en tonos pasteles: calles, escaleras, paredes, puertas y ventanas. Esta costumbre local ha embellecido la arquitectura del pueblo, transformándolo en un lugar tan particular como único. Los refugiados judíos que el siglo pasado residieron aquí, comenzaron con la tradición de teñir las fachadas con un pigmento azul añil. Algunos dicen que para ahuyentar a los mosquitos. Otros cuentan que para aportar un poco de luz a los habituales días nublados de esta zona.






Historias en la gran plaza



En el corazón de la medina (casco antiguo), el centro neurálgico es la adoquinada plaza Uta-el-Hamman. La vida de los locales y los turistas confluye inevitablemente en este punto de encuentro, dominado por las murallas rojizas de la Alcazaba, una fortaleza que fue levantada por las tribus bereberes que fundaron Chefchaouen. Hacia los cerros, se distingue erguida y airosa, la impresionante mezquita, cuyo minarete (torre) sobresale entre cromáticos barrios. Sólo se permite la entrada a los musulmanes. En las calles aledañas se ubican los hammam, antiguos baños turcos que aún utilizan los marroquíes. Alrededor de Uta-el-Hamman, está la mayoría de los hoteles y restaurantes, donde se puede probar la tradicional gastronomía de la zona. Los imperdibles: cuscús, una sémola cocinada al vapor acompañada de verduras y cordero. Y tajín, un guiso de carne con verduras, frutas y frutos secos. Para los más atrevidos: caracoles de la montaña cocinados en un caldo de especias.


Desde la plaza, mirando hacia arriba, se puede ver un enjambre de techos rojizos que trepa por las montañas. La ciudad está construida en base a pendientes, escaleras y pasajes que desembocan en arterias estrechas. Las casas son pequeñas, muchas poseen balcones y en los patios interiores guardan limoneros y naranjos, recordando la herencia andaluza que llegó hasta los montes del Rif, en tiempos en que los moriscos escapaban de Granada en 1492. La influencia española se respira hasta el día de hoy. Claro que bastante más actualizada. Uno que otro niño lleva puesta la camiseta del Real Madrid o del Barcelona y muchos saben saludar en español. De tierras más lejanas, hasta el reggaeton llegó a este oasis. Se escucha en los almacenes y mercados, y sin entender nada sobre la letra, los lugareños tararean sus canciones.


Esos mismos niños ofrecen recorridos turísticos a cambio de chocolates o dírhams (moneda marroquí). Algunos incluso se escapan de la escuela para hacerlo. Y se lo toman muy en serio. Se saben las fechas históricas de Chaouen de memoria y además del francés y el árabe (los idiomas oficiales del país), se manejan con el español y algo entienden de inglés.


Aunque sinceramente, para recorrer la ciudad no se necesita ayuda. Por más que los niños insistan. Perderse y sortear su trazado laberíntico es un verdadero placer. Al cabo de un día ya se conoce por completo. Por eso las tardes que restan son para introducirse en la vida de los musulmanes. Escuchar los rezos que resuenan por los parlantes de la mezquita a las horas más insólitas. Ver pasar a las mujeres con sus impecables túnicas de colores y a los hombres abriendo sus puestos de trabajo. A ratos, las calles huelen a menta. En las azoteas con vistas panorámicas, la gente se junta a tomar el llamado whisky bereber. Un té verde con menta que no tiene nada de alcohol, pero es tan típico en Marruecos que es imposible salir del país sin antes haberlo probado.



La fiesta del año



Treinta mil habitantes parece ser la dosis perfecta para hacer de esta ciudad rifeña un lugar apacible, casi silencioso. Así es durante todo el año. Excepto durante la Fête de la mouton (fiesta del cordero), la celebración religiosa más importante para los musulmanes, que este año se celebrará en diciembre.


Por las calles circulan los corderos que serán sacrificados, sus balidos se escuchan por todos lados y los niños corren tras ellos. Todos se movilizan y se agolpan en los mercados para comprar su animal, con los ahorros que han logrado juntar durante el año. Luego, las aglomeraciones se producen en los terminales de buses. Todos quieren reunirse con sus familias y amigos y para eso deben recorrer cientos de kilómetros. Los buses van llenos. En los maleteros apenas caben los bolsos, allí viajan decenas de corderos amontonados. Y cuando ya no queda más espacio… ¡incluso los llevan a bordo!


Para esta fiesta, cada familia musulmana debe sacrificar al menos uno, para luego degustar variados y exquisitos platos en base a esta carne. Todo se come, hasta la cabeza del cordero, con la que preparan un sabroso estofado. Hay una gran excitación en el ambiente y los turistas, aunque no son muchos, se muestran un poco ajenos a esta celebración, pero aun así disfrutan siendo testigos de estos días tan singulares en Chaouen.


Las mujeres se pasean muy arregladas con sus caftanes (túnicas largas), se tatúan las manos con henna y los niños se visten con sus trajes típicos. Llegado el gran día, el ritual comienza en todos los hogares. Por la tarde, el pueblo se ha vuelto un laberinto solitario. Los balidos han dejado de sonar. Se escuchan, en cambio, cantos y alegres conversaciones en otro idioma. El viento sopla entre las altas montañas y en cada esquina es imposible evitar ese delirante olor a cordero asado. Chaouen está de fiesta, al igual que casi todo Marruecos.