Se saldría de los límites de este libro el entrar en detalles sobre el método escrupuloso con el que los primeros muhaddizún, los eruditos dedicados al estudio de los hadices, investigaron la autenticidad de las Tradiciones. Nos bastará para nuestro propósito con decir que fue creada una ciencia completa cuyo único propósito era la investigación del significado, la forma y el modo de transmisión de los hadices del Profeta. Una rama histórica de esta ciencia consiguió establecer una cadena ininterrumpida de biografías detalladas de todas aquellas personalidades que han sido mencionadas como narradores de Tradiciones. Las vidas de esos hombres y mujeres han sido investigadas concienzudamente desde todos los puntos de vista, y sólo se han aceptado como dignos de confianza aquellos cuya forma de vida, así como de recibir y transmitir hadices, cumple exactamente con las normas estipuladas por los grandes muhaddizún, las cuáles se consideran lo más rigurosas que pueda concebirse. Por esto, si alguien desea hoy cuestionar la autenticidad de un hadiz concreto o del sistema en general, sobre él recae la carga de demostrar tal error. No es en absoluto admisible científicamente impugnar la veracidad de una fuente histórica a menos que se esté dispuesto a probar que tal fuente es defectuosa. Si no se encontrara una prueba razonable, es decir, científica, en contra de la veracidad de la fuente misma, o en contra de uno o varios de los transmisores, y si no existiera además ningún otro texto contradictorio sobre tal asunto, estaremos entonces obligados a aceptar tal Tradición como auténtica.

Supongamos, por ejemplo, que alguien estuviera hablando de la campaña de Mahmud de Ghazni en la India y tú de repente te levantaras y dijeras: "Yo pienso que Mahmud nunca vino a la India. Se trata de una leyenda que carece de base histórica". ¿Qué ocurriría en ese caso? Inmediatamente alguien versado en Historia trataría de corregir tu error citando crónicas e historias basadas en documentos de la época de ese famoso Sultán como prueba definitiva del hecho de que Mahmud si estuvo en la India. En ese caso tendrías que aceptar las pruebas -o ser considerado un chiflado que rechaza, sin razón justificada, hechos históricamente probados. Si esto es así, uno debería preguntarse por qué nuestros críticos modernos no aplican también la misma imparcialidad al problema de los hadices.

El elemento esencial de la falsedad de un hadiz. sería una mentira consciente por parte de la primera fuente, es decir, el Compañero que lo relató, o uno o varios de los que lo transmitieron posteriormente. En lo que respecta a los Compañeros tal posibilidad puede ser descartada a priori. Sólo es necesario tener una idea mínima del lado psicológico del problema para relegar tales suposiciones a la esfera de la pura fantasía. La enorme impresión que la personalidad del Profeta causó en aquellos hombres y mujeres es un hecho destacado en la historia humana; y está, además, sumamente bien documentado por la Historia. ¿Es posible imaginar que una gente que estaba dispuesta a sacrificar sus vidas y todo cuanto poseían cuando lo ordenara el Mensajero de Dios sería capaz de jugar con sus palabras? ¿Acaso no dijo el Profeta:

"Aquel que intencionadamente mienta acerca de mí ocupara su lugar en el Fuego"? (Sahih al-Bujari, Sunan Abi Da'ud, Yami'at Tirmidhi, Sunan Ibn Mayah, Sunan ad- Darimi, Musnad Ibn Hanball). Esto era sabido por los Compañeros, que creían sin vacilaciones las palabras del Profeta, al que consideraban portavoz de Dios. ¿Es probable, desde el punto de vista psicológico, que hicieran caso omiso de una orden tan clara?

En un proceso criminal la primera cuestión que ha de resolver el juez del tribunal es a quién beneficia el crimen cometido. Este principio judicial puede también aplicarse al problema de los hadices. A excepción de aquellas tradiciones que se refieren directamente al status de ciertos individuos o grupos, así como aquellas Tradiciones claramente falsas -y rechazadas por la mayoría de los muhhadizún- que están conectadas con las reivindicaciones políticas de los diferentes partidos en el siglo primero después de la muerte del Profeta, no existe razón "provechosa" para que un individuo falsifique los dichos del Profeta. Además, en justo reconocimiento de la posibilidad de que se inventaran hadices con fines personales, las dos autoridades más destacadas entre los Tradicionalistas, Bujari y Muslim, excluyeron tajantemente de sus recopilaciones todas aquellas Tradiciones que tenían relación con la política de partidos. El resto estaba por encima de la sospecha de favorecer personalmente a nadie.

Existe otro argumento con el que se podría impugnar la autenticidad de un hadiz. Es concebible que el Compañero que lo oyó de los labios del Profeta o uno de los narradores posteriores, aun siendo subjetivamente veraz, cometiera un error ya sea debido a que malentendió las palabras del Profeta, o a un lapso de memoria, o a alguna otra razón psicológica. Pero la evidencia interna, es decir, psicológica, señala la escasa probabilidad de semejantes errores, al menos por parte de los Compañeros. Para la gente que vivió con el Profeta, cada una de sus palabras y acciones era de la mayor importancia, no solamente por el atractivo que su personalidad tenía para ellos, sino también por su firme creencia en que era la voluntad de Dios el que debían regular sus vidas conforme a la dirección y el ejemplo del Profeta. Por esto, no podían tomar a la ligera la cuestión de sus dichos, sino que se esforzaron por conservarlos en su memoria aun a costa de gran incomodidad personal. Se cuenta que los Compañeros que estaban en relación inmediata con el Profeta formaron entre ellos grupos de dos hombres cada uno que se alternaban en estar uno siempre cerca del Profeta mientras el otro se ocupaba en trabajar o atender a sus asuntos, y cuanto oían o veían hacer a su Maestro, lo comunicaban al otro: tal era su temor de que algún otro dicho o acción del Profeta escapara a su atención. Poseyendo tal actitud, no es probable que fueran descuidados en la exactitud de las palabras de un hadiz. Y si fue posible que cientos de los Compañeros memorizaran por entero el Corán, hasta el más mínimo detalle, fue sin duda posible también, para ellos y para los que les siguieron, mantener en su memoria los dichos personales del Profeta sin añadirles ni restarles nada.

Además, los Tradicionistas sólo atribuyeron una autenticidad perfecta a aquellos hadices que han sido transmitidos en la misma forma a través de cadenas de transmisores diferentes e independientes. Y esto no es todo. Para que un hadiz sea denominado sahih (correcto), debe ser corroborado en cada etapa de transmisión por el testimonio independiente de al menos dos, o posiblemente más, transmisores -de tal forma que la transmisión no se apoye en la autoridad de una sola persona en ninguna de las etapas. Esta demanda de corroboración es tan exigente que en un hadiz transmitido a través de, digamos, tres "generaciones" de transmisores desde el Compañero que lo relató hasta el recopilador final, están involucrados una veintena, o más, de tales transmisores, distribuidos a lo largo de esas tres "generaciones".

A pesar de esto, ningún musulmán ha creído nunca que las Tradiciones del Profeta tengan la indiscutible autenticidad del Corán. La investigación crítica de los hadices no ha cesado nunca. El hecho de que existen numerosos hadices falsos no ha escapado por un instante a la atención de los muhhadizún, tal como suponen ingenuamente los críticos no-musulmanes y algunos musulmanes. Al contrario, el estudio crítico de los hadices se inició por la necesidad de discernir los auténticos de los falsos, y los imames Bujari y Muslim, así como los Tradicionistas menos conocidos, son un producto de esta actitud crítica. La existencia de hadices falsos, por lo tanto, no prueba nada en contra del sistema de transmisión de hadices en su conjunto -de igual manera que un cuento maravilloso de Las Mil y Una Noches no puede ser usado como prueba en contra de la autenticidad de un documento histórico del correspondiente período.

Hasta el presente, ningún crítico ha sido capaz de probar de forma sistemática que el cuerpo de hadiz considerado como auténtico según las normas de verificación de los principales Tradicionistas es inexacto. El rechazo de Tradiciones auténticas, tanto en parte como en su conjunto, es un asunto puramente emocional, y no el resultado de una investigación científica imparcial. El motivo de que muchos musulmanes adopten semejante actitud es fácil de localizar. Este reside en la imposibilidad de elevar nuestros degenerados modos de vivir y de pensar actuales al nivel del verdadero espíritu del Islam que se refleja en la Sunnah de nuestro Profeta. Estos pseudos-críticos de hadiz tratan de eliminar la necesidad de seguir la Sunnah para así justificar sus deficiencias y las deficiencias de su entorno y porque, si lo consiguieran, podrían interpretar las enseñanzas del Corán a su antojo -es decir, cada cual de acuerdo con su propia inclinación y carácter. Y de esta forma la excepcional posición del Islam como código moral y práctico, para el individuo y para la sociedad, que- daría totalmente destruida.