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La Zarzamora
04/01/2012, 23:09
LAS CALDERAS DE AZTLÁN
o
Las tentaciones de la carne en la conquista
de la Nueva España




LA PETICION DE LLAVE


¿La llamaría o no la llamaría? Estar con ella no era, desde luego, un deseo que lo embargase, pero el no saber lo que andaría haciendo era una tortura peor que soportarla en persona.
-¡Buenooo!
-¿Hotel Ramiro?
-Para servirle.
-Con la habitación 306, por favor.
-Le paso.
-¡Buenooo!
-¿Coca? Soy El Arbolito.
-Ya me he dado cuenta. ¿Qué quieres? Salía en este momento y llevo prisa.
-Voy a cenar con el ganadero, el apoderado y algunos de la prensa. ¿Te apetece venir?
-Ni hablar. Me voy a Texcoco. Me he enterado de que hay unas peleas de gallos padrísimas.
Era algo así lo que se había temido.
-¿Son de ésas en las que se apuesta?
-¡Quiá! No, claro que no: son de ésas en las que se reza el rosario, se toca el órgano y se imparte la bendición papal, mira tú. ¡Pues claro que se apuesta!
-Coca, ten cuidado. ¿Con quién vas?
-Con unos que he conocido y que me están esperando ahora mismo, conque adiós.
-¡Coca, Coca, espera!
Ni darle oportunidad siquiera de sugerirle que las personas que estarían en la cena podrían ayudarla a conseguir corridas para la temporada. ¡Nada! ¡A Texcoco! ¡Qué padrísimo ¿verdad?! ¿Y de qué se extrañaba¬? Desde el principio no las había tenido todas consigo y no obstante había dicho que sí. Esta temporada, por fin, él, El Arbolito, toreaba en México. Y no era poca la expectación por ver a un matador que, a pesar de sus cuatro años de novillero y otros tantos de alternativa, seguía virgen, es decir, sin que lo hubiera cogido nunca un toro ni para un revolcón ni para medio rasguño. Claro que siempre hay una primera vez. Pues en esas estaba, a punto de salir de viaje, cuando hubo que ingresar a Narciso de urgencia y operarlo, con lo que se quedó sin peón de confianza en la cuadrilla. Lo sensato entonces hubiera sido buscar hasta debajo de las piedras a otro que también le mereciera confianza y no cometer el dislate de contratar a Mercedes Alvarez Castaño, Coca, que ya en una ocasión, estando él todavía empezando, lo dejó en la estacada. Por la caridad entró la peste y fue tan blando que no supo resistirse a los ruegos de su postrado banderillero:
-Ya que yo no puedo ir, hombre, por lo menos que vaya mi mujer.
-Tu ex mujer.
-Bueno, mi ex mujer. Pero mis hijos no son mis ex hijos y, ya que no lo gano yo, que lo gane su madre. Además te llevas una subalterna competente donde las haya, no me digas que no. Tú saca, saca tus estadísticas, Arbolito, y dime además si hay alguien en los ruedos hoy día que bregue a una mano como lo hace ella. Es torera de pies a cabeza y encima, valga la redundancia, tiene cabeza. Y con respecto al pasado, ya lo has visto: ha cambiado, y no me digas que ahora no tiene un honroso historial de formalidad.
-Allí les va a resultar incómodo que lleve a una mujer.
-¡Qué tontería! ¿Y, además, quién tiene que saber eso? Ya está mi nombre en todos los contratos y no necesitas ni siquiera decir nada, yo firmo ante notario todo lo que quieras. Lo más que puede suceder es que crean que soy un poco raro, pero mi hombría está más allá de semejantes pequeñeces.
-Si ven a Coca, de lo que menos van a dudar es de tu hombría.
¿Para qué engañarse? Sí que hubiera podido resistirse a los ruegos de Narciso, pero en el fondo era un blando y, colmo de los colmos, Coca le caía bien. Pero, aun cayéndole bien, se temía que le iba a salir mal y ¿cómo pudo nunca imaginar otra cosa? Ella solita iba a perder en Texcoco tanto como él pudiera ganar en el Viejo y en el Nuevo Mundo en todas las temporadas de su vida. ¿Por qué él, que era tan comedido y tan bueno, tenía que dar con personas tan brutas? Y si, a las dos horas de haber aterrizado, ya decía "¡Buenooo!" al coger el teléfono y hablaba puro mexicano, Dios sabe lo que terminaría haciendo de ahí a las cuarenta y ocho que faltaban para la corrida, en este país de tentaciones bravas. En fin, ya que al parecer no podía evitarlo, era mejor que no pensara en ello, por lo menos de momento, así que se pidió una tilita, bebida de machos, y se preparó para salir.
En la cena, al menos, se evadió de sus preocupaciones y estuvo lo bastante entretenido como para no acordarse de las amenazas que encerraba el haberse traído a aquella madre de todas las amenazas. Pero, al hallarse de nuevo en la habitación del hotel, la amenaza se le hizo presente y tan grande como lobo feroz.
-¡Buenooo!
-¿Hotel Ramiro?
-Para servirle.
-Con la habitación 306, por favor.
...
-No contestan. ¿Quiere dejar algún mensaje?
-No, gracias, no importa.





Día siguiente

Triiing, triiing...
-Diga.
-¡Arbolito, Arbolito!
-¿Eres Coca?
-¡No, la gallinita ciega soy! ¡Pareces dormido!
-¿Qué hora es?
-Las siete.
-¡¿De la tarde?!
-De la mañana, hombre. Pero ¿qué te pasa?
-¡Te han dejado sin blanca en Texcoco, como si lo viera! ¿Es por eso por lo que me llamas¬?
-¿A ti qué te dieron anoche en la cena? Te llamo para ir al Templo Mayor.
-¿A misa?
-No. La misa la dirán en la catedral. Lo que digo es el Templo Mayor, el teocali, pero no de misas. Es un museo y están todos los altares donde sacrificaban los antiguos mexicanos a los que hacían prisioneros y les sacaban el corazón en vivo.
-¿Y de la cama también los sacaban en vivo?
-¿Se te han pegado las sábanas?
-¿Cómo que si se me han pegado las sábanas¬? Volví tarde anoche y quiero dormir. ¿A qué hora regresaste de Texcoco?
-Yo vuelvo ahora.
-¿Estás loca, Coca? Oye, entiende bien una cosa: si quieres tirarte a la vía del tren, drogarte o no dormir dieciocho noches seguidas, adelante, pero no mientras tengas un contrato conmigo. Como me falles el domingo porque no estés descansada o porque estés borracha o porque te apetezca hacerme esa gracia, te juro que en el Templo Mayor del San Teocali ese, se reanudan los sacrificios humanos justo después de la corrida.
-¿Por qué estás tan nervioso? Eres un poco anormal ¿eh? Viene una a América, tiene una una sed natural por conocer otros mundos, ampliar horizontes e ilustrarse y le salen dándole una coña de balde sobre moralidad contractual... Pero ¿qué tendrán que ver los testículos para ingerir gramíneas? Anda, pégate una ducha y te paso a recoger en quince minutos, que si no te vas a apoltronar.
-Pero...
Nada. Le había colgado otra vez. Y tampoco iba a servir de mucho decidir no bajar porque, de todas formas, ya no iba a poder dormir. No es que no hubiera tenido intención de visitar la catedral, el zócalo, el Museo del Templo Mayor con su teocali y muchas más cosas, porque no era ningún apático, pero no a las siete de la mañana. A esa hora seguro que los celadores del museo todavía no habían echado la sangre fresca por las piedras viejas para que disfrutara Coca. Bueno, pasó a recogerlo en quince minutos como dijo.
-No seas menso. Claro que no está abierto. Primero vamos a tomar un buen desayuno y ya verás como se te quitan esas pamplinas de dormir y dormir con tanto como hay que hacer en un país tan pujante. ¿De qué quieres los huevos, de hormiga o de gallina?
-¿No los hay de puro conejo?
-Podemos averiguarlo, pero la ironía está fuera de lugar. De no haber perdido el tiempo durmiendo desde que llegaste, ya te habrías enterado de que aquí se comen huevos de hormiga. ¡Deja ya de bostezar, caray! Pues te digo que se comen huevos de hormiga, pero no los tienen en todas partes y hay que saber encontrarlos.
Ya se imaginaba él, ya, a los machos mejicanos de hormiguero en hormiguero tratando de encontrarles los huevos a las hormigas, no sabía si con radar o por palpaciones.
-¿Te llevo a un sitio donde los tienen?
-¿Está muy lejos el matadero?
-¡Pero deja de decir incoherencias y de bostezar! Estamos en el Nuevo Mundo. Trata de que te aproveche un poco. ¡Anda que si no llego yo a venir contigo podrías marcharte de aquí tan virginal como viniste!

La Zarzamora
04/01/2012, 23:31
El Arbolito no contestó ni habló mucho hasta que hubo engullido todos los huevos de diversa denominación, tortillas de maíz y picante que Coca consideró necesarios para ser un nuevo mundano meritorio. Gracias a eso y a las detalladas explicaciones de ella, consiguió quedar perfectamente enterado del lugar exacto en el que los aztecas aserraban el pecho a sus prisioneros y, vivos todavía, les sacaban el palpitante corazón para ofrendárselo al dios de la guerra, Huitzilopochtli; así como de hasta dónde y de qué manera salpicaba la sangre. A la salida, ella se entretuvo en la librería y tienda del Templo a pedir estampitas del susodicho Huitzilopochtli.
-Mire, puede llevarse este libro que tiene muchas fotografías, o también la guía del museo, que tiene reproducciones con la explicación de todo -le decía la encargada.
-No, no, no, no. No digo fotografías ni reproducciones artísticas. Digo estampitas en que se vea la imagen y donde ponga una oración para rezarle. En todas las iglesias donde he entrado las tienen. Es una estampita de esas la que digo.
-No, eso no tenemos. Lo siento mucho.
-¡Pues vaya un Templo Mayor de pacotilla!
-Es que es un Museo. El Museo del Templo Mayor.
-Deberían darle un poco más de vida a esto.
-Entonces, señora, ¿se va a llevar usted alguno de estos libros?
-¡Órale! ¿Qué le voy a hacer? Menos es nada.
Abrió el bolso para pagar y El Arbolito vio que lo tenía lleno de billetes.
-Estás cargada de dinero.
-Ni tanto, porque no son francos suizos ni yenes ni siquiera dólares. Pero no está mal. Y, si tú hubieras venido conmigo anoche, también te habrías aprovechado. Este país es recio.
Le asaltó una duda.
-No pensarás volver hoy a Texcoco.
-Claro que pienso volver. Ya he quedado.
-No seas tonta. No tientes la suerte. Puesto que ya has ganado, confórmate con eso y no tientes la suerte.
-Yo tiento todo lo que haya para tentar, no sea que luego me arrepienta de no haberlo hecho.
Ya fuera del museo, Coca se sentó en el bordillo de uno de los setos situados en la explanada que hay entre el templo mayor y la catedral y empezó a mirar en los libros las hojas en las que aparecía el dios de la guerra y a ponerles señales para poder verlas sin tener que buscar otra vez por todo el libro.
-No me digas que no es un disparate que no tengan sus estampitas sueltas de un dios tan principal. Estoy por arrancar las fotos para tenerlas todas juntas, sin liarme con tanta hoja.
-No te prives. Así podrás ponerle a él y a Marte juntitos, a ver si te escriben un tratado de guerra conyugal y se lo llevas a Narciso de recuerdo. Ya que te ha recomendado, ten un detalle.
-No tienen nada que ver. El único mérito de Marte es que se puede leer de él en latín, lo cual no es poco, también es verdad, pero, para ser francos, en comparación con el Huitzilopochtli, con perdón de los maricas, Marte es un marica. Aquí saben hacer las cosas con rigor, sin hipocresías vergonzosas ni pinches correcciones políticas.
-A mí el que me gusta es este otro, el Tláloc, fíjate que carita. Parece como que estuviera contrahecho, con esa cara llena de cosas que no son de la cara, pero tiene un no sé qué que me cae simpático.
-¡Eres de fábula! ¿Cómo te las arreglas para dar siempre con lo más peligroso? ¡Cuidado que hay dioses en los dichosos libritos y tienes que ser tan gafe de coger el de la lluvia! Eres capaz de conseguir que se suspenda la corrida. ¡Contrahecho dice!
-Ahora no es temporada de lluvias.
-Eso, fíate. Ni aquí, con todo lo machos que son, han conseguido que las lluvias les hagan el más mínimo caso. Eso sólo lo consigue el pentágono con sus experimentos. Pero si no, aquí llueve cuando quiere como en todas partes. Así que vamos a quedarnos con el Huitzilopochtli que nos va a cumplir divinamente.
Cómo llegaba Coca a asignar los patronazgos del panteón azteca en las corridas de toros, no lo sabía muy bien, pero ¡qué certidumbre! Tal vez era cuestión de afinidad, porque la había y grande, entre las hechuras y ferocidad del dios y el talante guerrero de ella. Hasta físicamente se parecían. No percibía si Huitzilopochtli, como ella, tenía cicatrices en la cara, pero ciertamente se parecían como dos gotas de agua. De agua, cuidado, que no de lluvia, Dios nos librase.
Hechas todas las visitas históricas, Coca le siguió dando lecciones, esta vez de seriedad y dedicación profesional, llevándolo a hacer ejercicio al parque de Chapultepec, donde tenía ella entendido que se ponían en forma los toreros de la ciudad de Méjico.
-Es que hay que dar ejemplo y dejar alto el pabellón español. Y ahora que ya hemos hecho lo que teníamos que hacer, me voy a echar una siesta, porque para tener las ideas claras en el ruedo hay que estar descansada.
-Dímelo a mí, que me han desvelado esta mañana para ir a misa al Templo Mayor.
-¿Desvelado? ¿Desvelado has dicho? Venimos a América, a un mundo nuevo, y tú sólo piensas en la cama...
Esta vez no fue ella quien dejó al otro con la palabra en la boca. El Arbolito se abalanzó sobre un taxi sin terminar de oírla y en llegando al hotel se metió en la cama, sí, a echarse una siesta, no sin antes rezar por que a Coca en la suya se le apareciera el mismísimo Huitzilopochtli, a ser posible en el cerro del Tepeyac y que, cuando ella y él estuvieran en lo mejor, llegara Tláloc y les aguase la fiesta con copiosísimas lluvias. Las pesadillas, sin embargo, no se ocuparon de Coca para nada y lo prefirieron a él, de forma que, cuando al rato lo despertó el timbre del teléfono, se sintió sudoroso y tan maltrecho como si le hubiera pasado una locomotora por encima.
-Diga.
-¿Te vienes a Texcoco?
-No. Sí. No. No sé.
-Pero ¿qué te pasa ahora? ¿Tienes la regla?...
Colgó él.
Triing, triing...
-¿Por qué me cuelgas, hombre? Parece como si nunca hubieras leído un periódico y no supieras lo que se dice de ti. Eres un lunático y, como no lo disimulas, pues se te ve. Tampoco eres el primero de la historia ni serás el último al que le llaman cosas. A mí me han estado llamando chicazo desde niña y luego me han añadido otras sandeces y que si soy un tío y no una mujer y mira, mira toda la pupa que me hace. Fíjate, fíjate todo el complejo que tengo y lo complicada que soy por ese motivo. Bueno ¿te vienes a Texcoco o no?
-He tenido un sueño horrible.
-Has soñado con Tláloc, como si lo viera. Y eso que te lo advertí.
-No, no con Tláloc, con el otro.
-Con Huitzilopochtli.
-Ése.
-¿Y qué tiene de horrible¬? Es buenísima señal.
-Pero es que ha sido un sueño de lo más inquietante.
-Bueno, es el dios de la guerra, pero tampoco hay para asustarse. Es su oficio. Si un dios de la guerra no va a poder ser feroz, apaga y vámonos.
-Si no es eso. No tenía apariencia sanguinaria. Todo lo contrario. Me abrazaba y era todo amor y dulzura.
-Pues será que vamos a tener un sol espléndido. Y ahora me explico yo por qué no te ha cogido todavía un toro y encima dicen que te arrimas y te la juegas y todas esas bobadas.
El Arbolito no quiso entrar al trapo del arte de la tauromaquia que agitó Coca y siguió con sus cuitas divinas.
-Pero me inquieta que se me apareciera como tan bueno, después de los destrozos que dicen que hacían para tenerlo contento.
-Eres un cafre. Hasta lo terrible se te aparece dulce y a ti te parece mal. Hijo mío, la que cargue contigo lo va tener difícil.
-No entiendes, Mercedes. Es como si quisiera llevarme el sacamantecas y yo me fuese con él tan satisfecho.
-Déjate de niñerías. Tú lo que tienes que hacer ahora es dominar un poco esos sueños y no volver a tener otro, porque éste ha sido bueno a más no poder y, si tuvieras un mínimo de instinto, te darías cuenta de la potra que es estar en México, ser torero y soñar con Huitzilopochtli, que no cabe nada mejor y, si sueñas más, eres capaz de estropearlo.
No, a Texcoco no, no fue, ni se imaginaba tampoco que habría todavía peleas de gallos, algo que no creía que le fuera a agradar. De ir, hubiera sido para evitar que ella apostara. Pero no hubiera podido imponerle su voluntad y, mucho menos, el sentido común, cuando ella creía, y no era mentira, que las apuestas las ganaba alguien, para seguir luego razonando que era pura mala idea el decidir de antemano que no iba a ser ella quien las ganase. Podía ocurrir, eso sí, que ganase mucho en las apuestas y decidiera que con tanto dinero ¿para qué necesitaba jugarse el tipo toreando si no estaba de humor? Pero también podía ser que, si andaba importunándola para que se comportase, se hartara de él esa misma noche y, con ese motivo, pensara que no le apetecía verlo también el domingo por la tarde y ni apareciera por la plaza de toros. Optó, pues, todo considerado, por pasar intranquilo una parte de la noche y la otra desesperado en lugar de pasarla desesperado toda ella. Y luego: ¡Qué no soñara...! Pesadilla y media iba a tener con estas aprensiones. Y la cosa es que tampoco desconfiaba de ella del todo. Tal vez la insistencia de Narciso le había llegado a hacer creer lo increíble y esperaba que resultase en el ruedo. Para resumir, que, puestos a apostar, el auténtico jugador era él, que se había venido hasta Méjico con un melón que había calado ya una vez y le había salido agrio.

La Zarzamora
04/01/2012, 23:32
No la volvió a ver hasta el domingo por la mañana en el sorteo de los toros. No había quedado con ella, pero lo estaba esperando a la entrada de la plaza y, en cuanto lo vio, le salió al encuentro.
-¡Pásmate, mano! Que me he enterado de que las mujeres y los hombres están separados en el sorteo y yo no sé qué porquerías se esperarán que haga una ahí dentro ni me importa ni lo voy a averiguar y me da igual que me separen todo lo que quieran si me dan el mejor sitio, pero es un cucurucho arriba del todo donde hay que estar con otro montón de mujeres como piojos en costura y sin ver nada. Y ya me dirás cómo se hace lo de enterarse del sorteo por telepatía. Yo no tengo dotes telepáticas y me parece una mariconada ponerme a acechar las mentes ajenas como si me importase. ¡Estas normas tan absurdas hay que saltárselas a la torera!
Pues sí, Coca, eso precisamente, a la torera.
-¿Y qué puedo hacer yo?
-Voy a entrar contigo.
-Coca, tampoco nos vamos a poner aquí a armar un tumulto.
-Ningún tumulto. Yo voy a entrar contigo porque soy de tu cuadrilla y tengo que ver tus toros y cómo te los sortean y eso es todo lo que hay que decir. Y si hacen preguntas indiscretas como que si soy varón o mujer es que son unos guarros chismosos ¿Va a haber que enseñar el carnet de progenitor para ver unos toros? ¿Qué te pasa que tienes tan mala cara? Pareces sudoroso.
-No me hables. ¡Vaya nochecita!
-Te has aburrido ¿verdad? Ya te dije que vinieras a Texcoco.
-No tiene nada que ver con ningún Texcoco. ¡Me has hecho papilla con tus dioses aztecas!
-¿Has vuelto a soñar? Y eso que te lo dije, que dejases las cosas como estaban ... No tienes dos átomos de sentido común.
-Eso no se elige, Coca. Yo no he pedido soñar. Simplemente cierro los ojos y yo no sé si serán los huevos de hormiga o los saltamontes de la cena, pero empiezo a soñar cosas cada vez más tremendas. Y serán sólo sueños, pero no te puedes imaginar cómo parecen de reales.
-¿No habrás soñado con ...¬? Espera, luego me lo dices todo, que ya estamos aquí.
Allí estaban, en efecto, y allí le indicaron amablemente a Coca que no pasara adelante, sino que entrara en el palco de las damas.
-No me toque la narices. Yo no soy una dama. Si acaso seré dudosillo, pero no me fastidie con que yo tengo que entrar ahí, porque no lo voy a hacer ningún día de mi vida y ese sitio tan estrecho y tan lleno es indecente y, para la promiscuidad, hay otros lugares en esta fabulosa ciudad y me parece feísimo que una institución como la Plaza México -y pronunció Mécsico y no Méjico, porque le parecía mucho más claro, dadas las circunstancias- se preste a estos tejemanejes. Yo tenía otra idea de los mecsicanos. Es muy bochornoso y muy poco indicado que tratándose de animales que vienen aquí a cumplir con su deber, se involucren consideraciones de un orden ajeno al acto laboral. Como decía Diodoro Sículo...
Amenazar con el latín era infalible. Siempre surtía efecto instantáneo, porque ya se veía al conserje empezar a flaquear. El Arbolito por su parte no paraba de darle tirones de la ropa. Ella al fin le hizo caso y se volvió preguntándole:
-¿Cómo se dice marica en náhuatl?
Debió de ser el bochorno de los allí presentes por no saber qué responder a una pregunta tan sencilla lo que hizo que claudicaran y le dejaran pasar adonde pudo seguir todo el apartado e intercambiar pareceres con su jefe, sin el más mínimo atisbo de telepatía.
Concluido tan satisfactoriamente este episodio y cruzados los saludos, parabienes y despedidas de rigor con los asistentes, Coca volvió a preguntar a El Arbolito lo que había soñado y él se dispuso a hacerle ese relato, en varias veces, claro, porque fue largo y prolijo y parecía encerrar todo tipo de augurios para su primera tarde mejicana. Presagiosas visiones salidas de la brumosa profundidad de los siglos de aquella ciudad o de los milenios o, tal vez, de la eternidad enterrada en el fondo de cada corazón humano...

La Zarzamora
04/01/2012, 23:34
Tenochtitlán, abril de 1520

Ya hacía cinco meses -ocho por el calendario indígena- que el capitán Hernán Cortés había llegado a la ciudad de Tenochtitlán en compañía de cuatrocientos cincuenta soldados de fortuna cristianos, seis mil aliados indios de Tlaxcala y alrededor de mil totonacas.
El cómo un año antes habían desembarcado en las costas del nuevo continente, los encuentros y sucesos que les acaecieron en aquella tierra hasta llegar a la capital del imperio de Moctezuma, así como la ceremonia con la que éste los acogió en su corte son cosas de sobra conocidas por las narraciones de los cronistas.
Igualmente, es sabido que al año siguiente de desembarcar Cortés en aquel territorio, que llamó la Nueva España, también llegó a aquella costa Pánfilo de Narváez, provisto de armas, hombres y navíos y con órdenes de prender a Cortés y de llevarlo a Cuba para juzgarlo por prófugo y rebelde a su rey.
Ese propósito, sin embargo, no iba a ser fácil de cumplir: Cortés no quería y, siendo él más listo que Narváez, era éste, si acaso, el que había nacido para ser preso de Cortés y no al contrario. Y, precisamente porque Cortés sabía más, a los seis emisarios que le despachó Narváez desde la costa y que él había recibido en audiencia en Tenochtitlán el día anterior, los había mandado de vuelta a Veracruz, no sin antes darles a su vez un recado para Narváez y honrarlos con regalos que les mudaron un tanto la idea de cómo entendían su misión. Bueno, a uno de estos emisarios se la mudaron de tal forma que se enfermó, o eso mostró, y no creyó, después de esa mudanza, que le conviniera cambiar las aguas opacas pero llenas de promesas de la laguna de México por las transparentes, aunque no tan tentadoras, del golfo de Veracruz.
Y por eso, en aquel día de abril de 1520 a que nos referimos, éste, que se apoda Marcos Bey y que debería estar sufriendo con sus compañeros los rigores de un viaje a pie o a hombros de tameme de regreso a la costa, se hallaba, en lugar de eso, recostado y regalado, aunque al parecer febril y doliente, en una de las hermosas recámaras de los alcázares de Axayácatl, donde la magnificencia de Moctezuma había aposentado a los invasores invitados.
Estos alcázares de Axayácatl, de gran extensión, los mandó construir el rey de ese nombre, padre del actual, Moctezuma II. Ocupaban la esquina noroeste de la plaza principal de Tenochtitlan y se hallaban frente otros no menos magníficos y amplios que eran los del propio Moctezuma y que se alzaban a levante, al otro lado de la plaza. Todo el norte de la enorme explanada lo ocupaba el dilatadísimo recinto del Templo Mayor, palpitante -muy, muy palpitante, como se verá en lo sucesivo- corazón de la ciudad, del que partían las tres calzadas principales que, cortando por en medio de la laguna, unían la urbe a tierra firme.
Encerraban los alcázares de Axayácatl salas, patios, jardines y aposentos innumerables y eran tan espaciosos que en ellos habían podido establecer su real y albergarse con séquitos y servidumbres todos los cristianos y aliados.
Pero, volviendo a este soldado que tan a la semiturca se hacía llamar Marcos Bey, tal vez no fuera ningún regalo, después de todo, lo que le hizo mudar de idea, quedarse en Tenochtitlán y alistarse con los hombres de Cortés en lugar de volver con Narváez, sino su convicción de que un lugar vale tanto más cuanto más lejano o trabajoso parece y, como esta ciudad era lo suficientemente lejana y prometía, gracias al capitán Cortés, ser también trabajosísima, resolvió quedarse.
Mas no se olvide que Cortés, aparte de saber, atesoraba, también, cierta afición a la disciplina, ¿cómo iba, pues, a conseguir este Marcos Bey desobedecerlo y pasar, por ese mismo hecho, a servir a sus órdenes? Muy difícil. Y fue, sin duda, la angustia de verse ante esa dificultad lo que le hizo enfermar. A su vez, cosa de las casualidades, el caer enfermo resolvió el dilema. Así pues, la noche anterior se vio aquejado de calentura y escalofríos que sólo se le estaban empezando a pasar ahora, cuando ya los otros emisarios de Narváez debían de haber hecho leguas suficientes como para que él no los alcanzase ni a pie ni a caballo. Caballo, desde luego, no tenía y no había miedo de que nadie se lo fuera a prestar porque nada había, en ese año y en la Nueva España, más apreciado por los cristianos y más temido por los indios que el animal que denominaron tlacoxolotl, monstruo noble ya que, aunque no comía carne, sí se daba maña arrollando, pateando y dando coces.
Mas, al joven soldado de los que llevaban con Cortes en Tenochtitlán desde el principio y que, al ver enfermo a Marcos Bey, se ofreció a cuidarlo y a ponerle paños fríos, no iba a decirle éste que se sentía tan bien porque ya los otros andaban lejos, no fuera a ser que, por un milagro de los que nadie pide pero ocurren, apareciera algún caballo, Dios sabe de dónde, y le encontrasen algún otro mensaje, Dios sabe también de dónde, para mandarlo de regreso. No, no había que tentar al diablo ni tampoco hacer de menos la caridad cristiana del compañero de armas y, así, le dijo:
-Vuestra merced... ¿cómo se llama, vuestra merced?
-Aquí como me llaman es Cuahuipil, que es palabra india que quiere decir Arbolito y vuestra merced me lo puede llamar también.
-Pues vuestra merced, Cuahuipil, tiene unas manos milagrosas. Estas calenturas me pueden durar varias semanas y, sin embargo, ahora siento una formidable mejoría. Creo que dentro de nada podré levantarme y conocer la ciudad.
-Vaya. ¡Ojalá hubiera obrado antes el milagro para que hubierais podido volver con vuestros compañeros como os encargó el capitán Malinche! Ahora ya es demasiado tarde.
-¿Quién es ese capitán? -dijo Marcos Bey, no sin aprensión, porque bueno sería que, no siendo él particularmente aficionado a los excesos de autoridad, se le fuesen a multiplicar los capitanes.
-Es el capitán Hernán Cortés que habéis conocido. Malinche es como le llaman los indios, porque cuando tiene algo de sustancia que tratar con ellos, lo hace por medio de nuestra intérprete, que en cristiano se la llama doña Marina, aunque su nombre indio es Malinali, y Malinche es como pronunciamos los cristianos Malintzin, que quiere decir el señor de Malinali. Mas como andamos los indios y los cristianos un poco revueltos, sucede que muchas veces también le decimos nosotros Malinche al capitán Cortés.
-¿Y los indios le dicen señora de Cortés a la intérprete Malinali?
-No, eso no. No les sale pronunciar la erre. Claro, que también nosotros nos liamos con sus letras, pero como no tenemos sentido del ridículo y nos gusta hablar, nos atrevemos con todo y, a veces, los únicos que entendemos el indio que hablamos somos nosotros –dijo Chuahuipil riendo al final.
Era modesto, porque él sí se entendía sin mayores problemas con los indios que hablaban náhuatl, la lengua más extendida y de más prestigio de la Nueva España, ya que tuvo desde el principio mucho trato con doña Marina o Malinali y solía andar mucho entre indios.
Precisamente las costumbres y los usos de los indios, lo ocurrido desde que desembarcó la expedición de Cortés, el porqué estaban ahora él y el puñado de cristianos y los aliados tlaxcaltecas y totonacas metidos como en una ratonera en México-Tenochtitlán, rodeados por las milicias mexicas y cómo, en consecuencia, cristianos y aliados mantenían en rehén al emperador Moctezuma para asegurarse el pellejo, es lo que le había estado explicando lo mejor que sabía el joven Cuahuipil a Marcos Bey desde hacía un rato, aunque no tan bien, al parecer, que éste se recatara de poner en entredicho sus palabras.
-Yo creo que vuestra merced exagera -le replicaba-. ¿Cómo nos van a sacrificar estos de aquí y cómo van a hacerse a las deidades esos sacrificios humanos y a arrancar los corazones como dice vuestra merced? Es natural que en la guerra se proclamen todas las fechorías que se piensa hacer con el enemigo porque la guerra es la guerra y, si no, no tendría gracia, pero tampoco hay que creérselo. Sepa vuestra merced que he peleado y he sido cautivo en todas las tierras de turcos y de moros y que, incluso, he estado empleado en los mejores harenes de Berbería y he viajado hasta a un palmo de Tombuctú, que es lo más ignoto que se conoce y tiene muchísimos libros y que, aunque he oído infinidad de fábulas, jamás he visto nada parecido a esto que decís. Eso es para amedrentar. No debiera vuestra merced dejarse impresionar por amenazas. A menos que queráis asustarme para que no me atreva a ganarles en el juego a estos naturales pero eso no lo vais a conseguir.
-Sea servido vuestra merced creer lo que le cuadre, mas no se trata de amenazas de enemigos, si acaso lo contrario, porque los sacrificios también los hacían, y yo creo que los hacen, nuestros amigos los tlaxcaltecas que, si algo quisieran, sería impresionarnos favorablemente. Y no crea vuestra merced que se avergonzaban ni escondían, no. Empezaron a disimular cuando supieron que los cristianos, por nuestra religión, lo desaprobábamos. Sin embargo, si me paro a pensarlo..., ya ni disimulan. Han de haber ido dejando de disimular poquito a poquito, sin que nos demos cuenta y, ahora, como ya hay confianza, pues ni se recatan y los que disimulamos somos nosotros que hacemos como si no notáramos que ya no disimulan. Pero diga vuestra merced a ver qué hacemos si no. Si nos damos por enterados y lo consentimos, parecerá que lo aprobamos y, si no lo consentimos... No es tan sencillo andar señalando faltas continuamente y diciendo: "no debéis sacrificar a vuestros semejantes, no debéis comer carne humana" a personas a las que, por otra parte, se les tiene cariño y te son muy buena compañía y que, además, sépalo vuestra merced, tienen maneras muy pulidas. Es muy desconcertante todo esto.

La Zarzamora
04/01/2012, 23:36
En eso sí le daba Marcos Bey la razón al soldadito. No, claro que no. No se podía amargar la vida a unos pobres indios venga a sacarles faltas. ¡Como si no hubiera otra cosa que hacer! Y más que esta gente parecía de una franqueza admirable, porque aunque por lo poco que había visto, las indias iban decorosamente vestidas, de los indios podía decirse que también iban decorosamente, mas no vestidos. No, éstos no eran de los que se andaban escondiendo entre ropajes, como hacen los turcos y los beberiscos, ni derrochando en ellos todos sus haberes, en vez de en armas. Una gente que se muestra así tal cual es, ha de ser muy de fiar y por lo que a él, Marcos Bey, respectaba, eran perfectos y seguro que no le andarían ocultando dónde estaba Eldorado y otros lugares fabulosos. Y, en cuanto a sitios donde jugar, también, que incluso en aquellos lugares donde estaba prohibido el juego los había y buenísimos. Sin embargo, ¿qué es lo que había dicho de ...?
-¿Ha hablado vuestra merced de comer carne humana?
El joven Cuahuipil no sabía si había dejado claro a Marcos Bey lo que ocurría con los sacrificados y que, como ya acostumbrado, había dado por sobreentendido que después del sacrificio se los comían o, mejor dicho, se los comulgaban que ese era el sentido de los sacrificios. Pero ¿cómo iba a saber eso un recién llegado cuando, además, era increíble? Eso debía aclarárselo no fuera que, según estaba la situación en Tenochtitlán, los mexica empezaran a darles guerra, cautivaran al Marcos Bey y éste estuviera tan dichoso pensando que sólo lo iban a sacrificar, cuando en verdad también se lo iban a comulgar. Se lo aclaró, pues, hasta que el otro lo entendió.
-Pero ¿a quién se comulgan? ¿Se comulgan a cualquiera?
-Los mexicas sacrificarán y comulgarán a cualquiera de nosotros y de nuestros amigos si nos cogen, y dado el estado de cosas, es muy fácil que ocurra.
-Calle, no sea de mal agüero vuestra merced. Piense que es mejor que los cojamos nosotros a ellos. ¿Y a ellos qué les haríamos?
-¿Nosotros a ellos? Lo que se hace siempre, tomarlos prisioneros.
-Es decir, ¿que si nos cogen ellos a nosotros nos sacrifican y nos comulgan, y si los cogemos nosotros a ellos no les vamos a hacer lo mismo? Sepa vuestra merced que la reciprocidad en la guerra es perfectamente conforme al derecho natural. Hay tratados enteros que lo afirman y razonan.
-¿Y cómo puede haber reciprocidad en una cosa así? Ellos creen que comerse a los sacrificados es la comunión, el cuerpo de los que ahora, por su sacrificio, ya se reabsorben en la divinidad. Reciprocidad sólo la habrá si los cogen nuestros amigos tlaxcaltecas, que espero que sí, y entonces harán de ellos algún guiso, soso seguramente, pero muy rico y se los comulgarán, ya ve vuestra merced.
-Pero esas cosas que me dice vuestra merced son fabulosas y muy santas, y la santidad no se discute. En ellos estaría, como gesto de amistad, dejarnos comulgar también a nosotros, digo yo, que no necesitamos santificarnos menos que ellos.
-¿Cómo dice vuestra merced?
-Siendo amigos me pareció que habría de ocurrírseles tenernos esa consideración, que no somos ningunos descreídos. Aunque luego estuviera en nosotros el ofrecer cualquier excusa para no aceptar, sin que fuera un desaire, naturalmente. No podemos los cristianos repartirnos por todo el orbe y ponernos a hacer desaires como si nos hubiéramos dejado en casa los modales. Y esos sacrificios estarán condenados por la Santa Madre Iglesia, pero santos son santos y son muy fabulosos, no diga vuestra merced.
Se quedó pensativo un momento. Verdaderamente, si estos tlaxcaltecas eran amigos, podrían vivir las más famosas aventuras del orbe.
-¿Y qué tal de esforzados son estos tlaxcaltecas? ¿Pelean bien? ¿Son como los turcos? ¿Hacen muchos cautivos?
-Yo no tengo experiencia de como son los turcos, mas salvo en lo que os he dicho de sacrificar y comer a la gente son dignos de toda confianza. Son valientísimos y muy esforzados y en el primer encuentro que tuvimos con ellos antes de hacernos amigos, ya nos mataron a una yegua y un caballo. Y eso es muy de notar, tanto por el daño que nos hacen cada vez que nos matan un caballo, que es preferible que maten a cien de nosotros, como por el mucho terror que les infundían a los indios, que creían que los caballos eran monstruos que comían personas. Se sorprendieron de verdad de saber que animales tan terroríficos se alimentaban no más de yerbecita. Pero aún así, de puro machos, se tiraron a la yegua y le rebanaron la cabeza.
-Pero con nosotros dice vuestra merced que son amistosos y no nos rebanan nada. ¿Es así?
-No claro. Así es. Ahora somos aliados.
-¿Y qué aspecto tienen? ¿Son lo mismo que estos otros indios que he visto por aquí y que llevan esos adornos tan exagerados en las orejas y en el bezo?
-No sé exactamente qué indios ha visto por aquí vuestra merced, lo más seguro es que sea a nuestros amigos a quienes ha visto, aunque no sepa distinguirlos, porque, en efecto, en cuanto a su fisonomía son iguales y, en cuanto a adornos, nuestros amigos, gracias a Dios, también los tienen y más grandes que los mexica. La república de Tlaxcala es muy pequeña en extensión, pero es lo único que tiene pequeño, en todo lo demás nadie los aventaja.
-¡Ah, pues qué bien! ¿verdad? Y dígame otra cosa vuestra merced ¿quedan muy lejos de aquí Eldorado y el país de las amazonas?
-¿Eldorado y el país de las amazonas? No lo sé. Yo aquí a nadie le he oído nombrar semejantes lugares. El capitán Malinche mandó gentes allá donde le dijeron que había yacimientos de oro. Mas esos lugares que dice vuestra merced no me consta que los conozcan los indios. Es más, si les preguntase, creo que me dirían que Eldorado está en la Vieja España. Ya os he contado como, al principio, antes de que les explicásemos quienes éramos y de que nos conociesen, creyeron que podríamos ser enviados divinos, tal vez no de los más importantes, diosecillos, como si dijeramos, pero enviados por la divinidad al fin y servidores de uno muy importante que esperaban ellos como si fuera el Mesías y al que dicen Quetzálcoatl.
-Allí no. Yo acabo de llegar de España y allí no busquéis Eldorado porque no está. ¡Voto tal! Claro que no está, ni siquiera una copia falsa.
-No claro.
-¿Y las amazonas?
-Tampoco. Entiendo que se refiere vuestra merced a las mujeres guerreras. Nunca he oído hablar aquí de gentes así. Todo lo más los tarascos, que son unos indios que visten por tradición las camisas de sus mujeres y nada debajo.
-¿Debajo de las mujeres?
-¡No! de las camisas. Es decir, lo que llevan debajo no lo llevan tapado, sino suelto. Pero verdaderamente, no creo que por una mera camisa, y más con lo suelto, se les vaya a tomar por mujeres guerreras.
Marcos Bey no se creía muy a pie juntillas todo lo que le decía este joven. No podía ser que nadie aquí hubiera oído hablar de Eldorado ni de las amazonas. Eran los sitios más famosos del orbe y estaban bien documentados por los sabios de la antigüedad. Las indias, a decir verdad, no le parecía que tuviesen que ver con las amazonas y, aunque ya las conocería mejor, le parecían corrientitas y no se las podía comparar con las de cualquier harén de Berbería y no digamos de Estambul. Pero los indios... esos eran aparte, porque sí parecían propios de amazonas. Aunque, a juzgar por las mujeres de que se rodeaban, ellos no lo debían de ver igual. Pero no importaba, porque una buena guerra saca del error a cualquiera.
Y de físico tampoco parecían nada asquerosos estos indios. Hablando como hacen los poetas, se podía decir que tenían ojos de esos que son tizones o azabaches, los cabellos como un pozo cada uno, el balanceo al caminar como de bajel turquesco, et cétera, et cétera, et cétera. Incluso, en rigor, comulgar santamente la carne del enemigo es un rasgo de los más fabulosos. En cualquier caso, que ya era hora de que viniera él a las Indias y que era en esta tierra donde estaba todo lo que faltaba por encontrar. Dentro de poquito se sentiría ya bien y podría conocer por sí mismo la ciudad.
Si era por guerra, que no padeciese el Bey, que estaba asegurada. Como no podía dejar de ser, pues en qué cabeza cabía que los cuatrocientos cristianos y los aliados se mantuvieran indefinidamente en Tenochtitlán, en medio de los cientos de miles que componían las milicias de la Triple Alianza, cuando, para acabar con ellos, todo lo que tenían que hacer éstas era ponerse a utilizar sus millones de flechas, tiraderas, piedrotas, lanzas, garrotes, macanas, dardos, teas y, no la peor de todas sus armas, quitarles todos los puentes, puentes que, aclárese, no eran de obra, sino de quita y pon. En una ciudad completamente aislada de tierra firme salvo por tres calzadas cortadas de poco en poco por profundos canales y en la que cada casa, con su azotea, era una armada fortaleza rodeada de agua y aislada, así, de todas las demás, al estar la ciudad levantada no sobre tierra, sino en laguna, los “invitados” cristianos, tlaxcaltecas y totonacas estaban sentenciados y, sólo con la guerra más famosa del orbe, podrían salvarse de ir a parar al santo caldero.

La Zarzamora
04/01/2012, 23:36
Y así reflexionaba Marcos Bey, que si ya llevaban cinco meses de esa forma, la guerra no podía estar más lejos, sino más cerca, por que ¿cuál podía ser la idea de meterse en una trampa así, si no es la de rematarla con una guerra de las más fabulosas? Y menos mal que había llegado a tiempo. Ya sentía impaciencia por ver qué tan temibles podían ser estos mexica y qué tan esforzados guerreros eran estos tlaxcaltecas, con los que podría compartir lances y alimentos, como siempre han hecho en la historia los buenos comilitones, y ver de llegar después a los lugares famosos desde la antigüedad, que, según estaba demostrado, era en estas Nuevas Indias donde tenían que estar.
Mientras el semiturco se dejaba cuidar y se hacía estas reflexiones, al que le hacía de enfermero se le iba el pensamiento a las recámaras de la intendencia tlaxcalteca y, más particularmente, a una carta que le habían mandado decir que le aguardaba allí. De no haber sido por quedarse cuidando a Marcos Bey -al que por cierto encontraba un singular parecido con alguien, pero no caía en con quién-, ya la habría recogido y, seguramente, se habría reunido con su amigo Xiloxóchitl para echar una partida al totoloque, que era como los bolos o, más probable, habrían salido de Axayácatl para dar una vuelta en canoa (acale, como le decían allí) o a pie por los barrios populares de la ciudad, cosa de la que nunca se hartaban, mientras mantenían interminables conversaciones o departían con los lugareños.
De Xiloxóchitl, Cuahuipil habia llegado a apreciar todo: las maneras pulidas, cosa común a casi todos los indios, el talento y facilidad de palabra, la bondad, la enorme cantidad de cosas que sabía y la gracia y propiedad para relatarlas… Pero había algo de Xiloxóchitl que él apreciaba más que cualquier otra cosa: la hermana. Ilhuicáatl se llamaba y era, además, un tema de conversación del que nunca se aburría ninguno de los dos y que se salpicaba, normalmente, de arrobados silencios en que parecían evocar. Más arrobado, o arrobado de otra forma, Cuahuipil que Xiloxóchitl, aunque a éste parecía también que los arrobamientos de Cuahuipil le alimentaran más que los suyos propios. Tan sólo de cerciorarse de que, efectivamente, Cuahuipil estaba arrobado pensando en su hermana, él se arrobaba más, porque la adoraba. Por eso y otras cosas ya de menos monta, tenía Xiloxóchitl a Cuahuipil en un pedestal. ¿Qué otra cosa podía ser Cuahuipil sino la persona más sabia e inspirada entre los mortales si, nada más ver a su hermana, ya captó la superioridad de ésta sobre las demás criaturas del universo? Holgaría decir que más le valía a Cuahuipil no desarrobarse de la hermana del Xiloxóchitl no fuera a ser que lo bajaran del pedestal a garrotazo limpio y que, una vez abajo, ni siquiera pararan. Pero no, no había miedo: aunque Cuahuipil era capaz de mantener leal amistad con las mujeres con quienes tuviera afinidad, la de los arrobamientos sólo era una, una y para siempre. Y esa una la encontró en Tlaxcala, y conoció al hermano precisamente a través de ella. Flechazo, mejor dicho, mazazo de gran calibre, aunque como lo sintieron ellos dos fue como revelación divina.
Y fue allí, en Tlaxcala, en el lar familiar de los hermanos, donde Cuahuipil por primera vez en mucho tiempo se sintió tan feliz como para sentir pena. Por primera vez desde hacía unos años que lo dejo, lo abrumó el recuerdo de su pueblo morisco de Castilla, de su hogar, como si ahora que de mayor amaba con los sentidos, le volviera a los sentidos lo que amó con los sentidos siendo niño y mozo, aunque no fuera consciente de ello. Como si lo que encontraba ahora fuera lo mismo que lo que había perdido y que no volvería jamás, porque ambas cosas eran irremediables y se excluían mutuamente.
Pues sí, de ella era precisamente la carta que le aguardaba y esa carta que aguardaba le hacía sentir un mezquino rencor contra el Marcos Bey que, con sus malestares, le retrasaba en hacerse con algo que habían tocado unas manos que adoraba, que sentía en el recuerdo como si estuvieran presentes, incluso con el olor de su piel y con su tacto, algo áspero, que le conmovía hasta las entrañas.

La Zarzamora
13/01/2012, 00:04
Capítulo II: De cómo las meras cuestiones sucesorias no tienen por qué afectar a los sucesos


El emperador Moctezuma -al que sería más correcto dar su verdadero título de huey tlatoani- estaba bastante harto. Mejor dicho, había apurado ya todas las medidas del hartazgo y, de eso, hacía ya tiempo. El cumplimiento de su deber era una carga cada vez más pesada y amarga. El boato y los honores que gradualmente había venido imponiendo en su corte, y a los que tanto peso daba, y todo el ceremonial de gran déspota de que había rodeado su persona habían servido bien a las políticas -al parecer, acertadas- que en todos los órdenes había instaurado en Tenochtitlan e impuesto a sus aliados; pero no eran antídoto contra amenazas y sucesos que escapaban a su poder e influencia, a su experiencia y a sus conocimientos. Las incógnitas de lo que tenía ahora encima le exigían paciencia y habilidad más que nunca. En esa lucha desigual eran esas precisamente las armas de que debería servirse, pero eso era difícil hacerlo ver a unas clases políticas acostumbradas a que Tenochtitlán pudiera imponerse a cualquiera sin discusión, sencillamente porque por la fuerza podía hacerse obedecer cuando quisiera.
Este forcejeo continuo a dos bandas que mantenía era ímprobo, ingrato y, muchas veces, sin esperanza. Cada día venía a demostrarle que podía ser más enojoso que el anterior y traer mayores hieles, pesadumbres e irritaciones. Y el de hoy no era excepción.
Noticias de desembarcos de hombres mayormente pálidos y barbados en las costas de oriente se las habían dado sus informantes desde hacía años pero, por su poca importancia y los grandes intervalos entre ellas, no habían sido de consecuencia. Sin embargo, la llegada del capitán Malinche y su gente había sido distinta porque, no sólo no fue una noticia aislada sino que, al año de desembarcar, ya habían minado y desprestigiado su dominio, se habían aliado con sus enemigos, sobre todo con Tlaxcala, y estaban aquí, ellos y sus aliados, instalados en la capital de su imperio y él, el Huey Tlatoani, era su anfitrión y rehén. Comprendía a sus cortesanos pero el que los comprendiera no cambiaba en nada los hechos y lo que éstos decían era que no se podía actuar movido por la exaltación.
Desmintiendo, aparentemente, todos los augurios y profecías de la religión conocida, estos, que se llamaban a sí mismos cristianos, decían que no eran divinos ni emisarios de los dioses de aquella; pero, por lo que había él apreciado, tampoco eran un dechado de clarividencia, con lo que podían muy bien sí ser emisarios de los dioses y no saberlo. Bien mirado, todos somos emisarios de los dioses para todos los demás, nos demos cuenta o no. Y, a ratos, pensaba que eso era lo que sucedía en este caso. Pero entonces ¿qué era lo que los dioses querían de los mexica y su triple alianza? Por alguna razón, estos cristianos le pedían oro y más oro en tributo para su rey, oro que él les daba y era claro que, si lo que querían era todo el oro y aun más riquezas, nada hubiera sido mejor para ellos que decir que sí, que eran emisarios de los dioses de los mexica, y los mexica hubiéranles dado entonces no ya oro y riquezas, sino quizás hasta la vida. En lugar de eso, habían arremetido contra los que decían que eran ídolos y los habían derribado gradas abajo del Gran Teocali. Jamás se hubiera imaginado que habían de atreverse a tanto y que él habría de verse paralizado ante un sacrilegio tan inconcebible, ni en toda su existencia había sido presa de más honda congoja. ¡Qué angustioso fue aquello! Y si él hubiera creído segura la victoria, hubiera luchado contra estos teules, es decir, dioses cristianos; que ya sabía que no eran enviados divinos conscientes, pero era difícil quitarse la costumbre, aunque más difícil todavía era saber qué significaba su llegada y cómo encajaba en el destino de su imperio. Después de haberlos aplacado con cuantas maniobras diplomáticas pudo urdir, no estaba, ni mucho menos, convencido de que debiera luchar contra ellos o declararles una guerra abierta, por más que sus cortesanos lo acuciaban e importunaban para que lo hiciera. Mientras él fuera huey tlatoani, no obstante, no llevaría a su imperio, que con tanto esfuerzo y sangre se había levantado, a un callejón de salida más que incierta.
Ahora resultaba que había llegado a la Vera Cruz este llamado Narváez y que le comunicaba a él, Moctezuma en persona, que el capitán Malinche era un rebelde a su propio rey y que, por ese motivo, era requerido por la justicia de Castilla. Podía ser cierto y, si lo era, hasta podía ser la ocasión de acabar con Malinche, sus teules y Tlaxcala, todo en una, incluso de recuperar todos los tesoros entregados a Cortés. Pero ¿era cierto? ¿Y quién era este Narváez? A Malinche lo conocía, no le parecía una lumbrera, pero no creía que mintiese cuando hablaba de su rey. Sin embargo, no podía hacerse todavía ningún juicio de la sinceridad de este Narváez, ni mucho menos estar seguro de que al día siguiente no fueran a desembarcar otros tantos o más barcos con otros tantos o más cristianos diciendo que Narváez mentía, o que mentían los dos, Malinche y Narváez, o que los dos decían la verdad. Dos cosas estaban claras: una, que lo mejor sería que peleasen Malinche y Narváez el uno contra el otro y que se aniquilasen mutuamente y en eso estaría él de espectador, otra, que más valía lo malo conocido, que era Malinche... Porque si era tan grande el mundo de más allá de sus costas como colegía de todo lo que llevaba hablado con muchos de ellos, ¿cuantos peligros más no podría encerrar y qué ganaría librándose de uno para que vinieran ciento, una vez que ya conocían el camino?
Eso por una parte. Por otra, estaba el esperpéntico asunto de hoy, que sería seguramente una casualidad pero las casualidades, cuando se acumulan, irritan. Recordaba la impresión del año anterior, cuando sus emisarios y su pintor visitaron la carabela de Malinche y vieron allí los cascos de los cristianos, que guardaban una sorprendente semejanza con el del dios Huitzilopochtli que los mexica conservaban como reliquia. ¿A qué obedecía que tuvieran ellos réplicas de la reliquia de su dios tutelar? Sí, también podía ser casualidad. Y ahora, justo un año después del suceso del casco, desembarcaba con este Narváez no ya un casco, sino la viva imagen del Huitzilopochtli en la persona de un teule, que, según le habían dicho, se llamaba Marcos Bey y en cuyo rostro, aunque lleno de cicatrices, se apreciaban con claridad unas facciones y sobre todo una expresión en todo semejantes a las de la deidad.

La Zarzamora
13/01/2012, 00:04
¿Significaba algo este suceso? ¿Podía algo no significar nada? El caso lo había consultado con los sumos sacerdotes. Finalmente, había resuelto dejar el asunto a una comisión de tecuhtin o principales para que ellos encontraran la manera de determinar qué podía significar este suceso o cuál era el designio de este sosias del dios. Así, además, los mantenía ocupados y dejaban de enredar por otro lado.
La comisión de tecuhtin se había reunido y no se ocupaba ya de lo que querría decir la presencia del doble de Huitzilopochtli, sino que, dejando de lado la especulación, debatía la manera de saberlo todo de este...
-Marcos Bey se llama.
-Lo suyo sería capturarlo.
-Sería lo suyo, pero no veo cómo podríamos hacerlo.
-No lo autorizaría el Huey Tlatoani y los teules pondrían el grito en el cielo.
No. Desde luego, eso no podía hacerse sin al mismo tiempo declarar la guerra, que ya tenían ganas, ya, pero el Moctezuma no quería. Ahora que, con disimulo, como si no hubieran sido ellos... Tampoco, puesto que, en cualquier, caso sería suya la culpa, ya que, si desaparecía, desaparecería en territorio de Tenochtitlán y ahí eran los mexica los que tenían a su cargo la seguridad de toda persona y cosa. Y no serían muy listos pero anda que no eran puntillosos los teules en cuestiones de ordenanzas.
-Saquémoslo de Tenochtitlán.
-Eso.
-¿Cómo?
-Eso ¿cómo?
-Alguien tendría que convencerlo para que saliera. Por ejemplo: sabiendo lo que gustan del oro, diciéndole que en tal y tal parte hay tal y tal oro.
-Muy aventurado. No sabemos si éste concretamente quiere oro o lo quiere al extremo de desobedecer las órdenes de Malinche de no salir de la ciudad sin permiso.
-¿Y si este Marcos Bey-Huitziplopochtli estuviera a nuestro favor?
-De ser así, él mismo nos lo hará saber si lo desea y, si no lo desea, tampoco podemos hacer nada.
Este breve traer y llevar el asunto fue el preámbulo que necesitó Aculnahuacatzin para, con la lucidez que le era propia, proponer el procedimiento más sencillo y a la vez más eficaz:
-El huey tlatoani ha estado dando a todos los teules que se lo han pedido, y también a los que no se lo han pedido, mujeres de su gineceo para que no se sientan como perrillos sin amo. Creo que lo suyo sería que a este teule el propio Moctezuma le diera también una mujer, pero naturalmente no una mujer cualquiera, sino una con instrucciones de sonsacarle e incluso de traérnoslo. Una concubina puede procurar motivos donde en otra circunstancia no los habría. Mi hija Cuetlachtlitzin...
-¿Cómo tu hija? ¿No quedamos en que era mía? -intervino con visible fastidio Ilhuicauxauatzin.
-¡¿Sí?!
-Sí.
-¿¡Sí!?
-Sí, hombre, Aculnahuacatzin -terciaron otros- Este asunto ya es más viejo que el sudar. Se dilucidó hace siglos y cada vez estamos en las mismas. Aclárate de una vez. Ilhuicauxaualtzin es el padre y tú eres el padrino. ¡Parece mentira que sigamos con esto a cuestas!
-Está bien, está bien. Últimamente ando un poco disperso.
-Pues has debido de nacer últimamente, porque yo no te recuerdo de otra manera. Siempre vuelves con lo mismo, Aculnahuacatzin, modérate, padrecito.
-Bueno, bueno, dejémoslo estar. Vamos a lo que hace al caso y es que mi ahijada Cuetlachtlitzin se me ha quejado en innumerables ocasiones de que a las mujeres no se les da ningún cometido en las acciones importantes y que ella quisiera participar en los asuntos del estado como cualquier hidalgo. Naturalmente, no le podemos poner en la mano una macana y soltarla para que algún bruto le rompa el útero de una pedrada pero, para un asunto así, estoy seguro de que sería la doncella ideal. En cualquier caso, no se me ocurre nadie mejor.
-A mí nunca me ha dicho nada de eso -dijo Ilhuicauxaual.
-No coincidiríais. Y, habiéndomelo dicho a mí, habrá pensado que para qué marear a más, cuando ya sabe que en nada que ponga en mis manos he de fallarle. Uno no tiene todos los días la suerte de ser padrino de su propia... Bueno ya…
-Éste es idiota de cuidado -se dijo Ilhuicauxaual para sí mismo, pero no tan bajo que no se oyera.
-Yo me niego terminantemente a hablar otra vez de las reglas de Cuautehuanitzin. Vamos a zanjar ya lo del Marcos Bey-Huitzilopochtli, porque esta comisión no se ha formado para el fomento del chismoseo -esto dijo otro de los presentes y todos los demás expresaron asentimiento-. Estoy de acuerdo en que se encomiende a Cuetlachtlitzin este cometido. Ahora, lo que tenemos que hacer es ver las instrucciones, atribuciones e instrumentos que se le van a dar para cumplirlo. Está muy bien el que una mujer quiera hacer grandes cosas, pero el problema es que no se la ha formado para ello y es temerario y despiadado soltarla entre las fieras sin la capacidad para hacerles frente, así que hay que instruirla muy bien y estar muy al quite, no sea que del susto pierda su madre otra vez la regla.
-Dijiste que no ibas a hablar más de las reglas de Cuautehuanitzin.
-Fue un desliz. Lo siento.
-No tiene mayor importancia. Desde que llegaron los teules parece que estamos todos desquiciados. Vamos a tranquilizarnos y a no ser susceptibles y a ver si ponemos los cinco sentidos en lo que tenemos entre manos. Bebedizos, una daga, papel y cañita para tomar notas, días, y formas de enviar mensajes o pedir ayuda, creo que eso es un mínimo de lo que ha de proporcionársele.
-¿Qué tipo de bebedizos?
-No han de ser venenosos, naturalmente, por si lo envía Huitzilopochtli. Debiera ser algo que se le dé y luego tenga sueños que hable en voz alta. Así sabremos lo que tiene en la mente.
-Pues sí. ¿Y la daga para qué?
-Pues... se me ocurrió así en general, pero la verdad es que no lo sé, porque no tiene sentido que el Huitzilopochtli le quiera hacer ningún daño visible ni ella en principio tiene por qué hacérselo a él.
-Evidentemente.
-Creo entender el pensamiento de nuestro cotecuhtli. Su idea era rodear el caso de un aire de dramatismo, lo que sin duda, dadas las inclinaciones de mi hi…, perdón de mi ahijada, no está exento de acierto. Eso la hará sentirse a ella mucho más en su cometido.
-Bueno y no olvidéis tampoco, como esto urge, con las prisas, tú o su padre o su madre o quien sea, también de decirle lo que pasa la noche de bodas...
-Pero ¡otra vez! A ver si va a resultar que esos bebedizos que se van a preparar para el Huitzilopochtli hacen efecto ya cuando se habla de ellos. Me parece que lo que sea menester que le explique quienquiera que sea de su familia, ya lo sabe su familia. Vamos a tener un poco de compostura. Esto parece la feria de Otumba en lugar de una comisión de tecuhtin tenochcas.
Verdaderamente, en esta reunión de la comisión del Huitzilopochtli estos tecuhtlin no se sintieron muy satisfechos de cómo habían desempeñado su alto tecuhtlicaje, pero aún así, no dejaron de cumplir lo que se les mandó y esa misma noche Cuetlachtlitzin recibió la satisfacción de verse encomendada una misión de importancia para México-Tenochtitlan y la Triple Alianza.

La Zarzamora
19/01/2012, 23:29
-Pues ha sido una inspiración el que yo llegara aquí a Tenochtitlán esta mañana, Xiloxochitl, hijito. No creas que tenía ningún conocimiento de la venida de este cristiano al que está cuidando Cuahuipil y que dicen que es réplica del Huitzilopochtli y, sin embargo, estoy aquí y ¿sabes por qué?: tuve el presentimiento de que me ibas a necesitar.
Así le hablaba a Xiloxóchitl su tío Teyohualminqui, que era sacerdote, o papa, como los llamaban los indios, y esa misma mañana había llegado de Tlaxcala. A usanza india y también morisca, estaban no sentados en el suelo, sino en cuclillas, en uno de los patios del alcázar de Axayácatl que ocupaba la capitanía en que servía Xiloxóchitl. Siguiendo la costumbre, este Teyohualminqui, al igual que cualquier otro papa o sacerdote, tenía también su historial guerrero, que era en su caso bastante digno. El historial de papa, sin embargo, a pesar de que llevaba muchos años siéndolo, todavía no se sabía cómo calificarlo porque era desconcertante. Introducía sin ningún empacho novedades litúrgicas, se vestía con iniciativa propia y se peinaba con iniciativas totalmente impropias, excentricidades que daban lo suyo que hablar hasta que las autoridades se preguntaban si no deberían hacerle alguna reconvención o, por lo menos, que se explicase para no desorientar a la grey. Pero, antes de que se le reconviniera, él solito empezaba de repente a atenerse a la más rígida ortodoxia, y nadie hubiera podido imaginar cómo podía ser de rígida una ortodoxia hasta que Teyohualminqui se ponía a ello. Entonces hacía más penitencias que el más penitente, más sacrificios que el más sacrificado y más ayunos que el más ayunador. Y así hasta la siguiente fase de excentricidad en que se cortaba el pelo, se cortaba las uñas y, para el gusto cristiano, se ponía guapo.
Al margen de esos vaivenes, justo era dejar constancia de que era buen papa y de que los futuros muertos lo querían mucho. Es decir, según qué futuros muertos, porque conforme a la religión de los indios –que fue verdadera durante mucho tiempo- y dicho muy por encima, o sea, muy superficialmente, había dos paraísos, un infierno y tres clases de muertos: La primera clase de muertos era la de los que morían sacrificados a los dioses, en la guerra o pariendo un hijo y éstos iban al primer paraíso, que era el del sol y la luz y correspondía a los dioses Camaxtli de los tlaxcaltecas y Hutizilopochtli de los mexicas. La segunda clase de muertos era la de los que morían ahogados y esos iban al segundo paraíso, que era lo que se entiende por paraíso terrenal, es decir con arroyuelos cristalinos, árboles no tan cristalinos, pero muy bonitos, sombras placenteras, etc., y correspondía al dios Tláloc, que era el de la lluvia. Y la tercera clase de muertos era la de los muertos corrientes que se morían como tontos a fuerza de hacerse viejos o de ponerse enfermos y éstos iban al infierno, que era un lugar frío, de muchas penalidades e impenetrables tinieblas, con el resultado de que a los ciegos igual les daba morirse que no. ¡Ah! Pero la cosa no era tan sencilla, porque precisamente a estos muertos corrientes, a estos tontos de muertos, a los que les esperaban penalidades y tinieblas insondables, era a los que se dedicaba con amor Teyohualminqui. Cuando Teyohualminqui terminaba de explicar lo que encerraban de verdad aquellas tinieblas tupidas y amedrentadoras, sus moribundos comprendían que no se les revelase antes ese secreto porque, si se les hubiera revelado, no hubieran esperado tanto para morirse e ir a aquella gloria de infierno. Y no se va a entrar aquí a explicar como era aquello que describía a sus fieles Teyohualminqui porque cualquier persona con mediana imaginación es capaz de concebir lo que pueden dar de sí unas buenas tinieblas, tanto en lo místico como en lo no tan místico.
No, no era un sacerdote baladí Teyohualminqui, y nunca se le había acercado nadie sin encontrar en él consuelo, guía y hasta cierta gracia. Ni que decir tiene que el templo en el que él hacía las veces de lo que podríamos llamar párroco era precisamente el de la diosa y el dios del infierno y de los muertos corrientes, es decir, Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli, señora y señor de las tinieblas, a los que, por cierto, sí se hacián sacrificios humanos, mas no sangrientos, y eran siempre voluntarios. La verdad es que sin sacrificio ninguno debían de tener ya las manos llenas, y eso le venía muy bien a Teyohualminqui, al que en sus fases de excentricidad y por puro pulimiento no le terminaba de agradar que le salpicase a la cara la sangre, toda calentita, que saltaba de los sacrificados y, eso, independientemente de que él tuviera sus críticas fundadas a los derroteros tomados por la religión a lo largo del tiempo.
Hay que puntualizar, antes de seguir adelante, que a este papa la llegada de los cristianos a Tlaxcala le había pillado en plena ortodoxia, que todavía le duraba, lo cual quería decir que tenía una pinta asquerosa, con las uñas crecidísimas, el pelo muy largo y enmarañado (de ahí que les llamaran “papas”) y pegada a él y hecha costra la sangre que se sacaba de las orejas en sus penitencias; que estaba enflaquecido de los muchos ayunos, y que tenía las orejas, como queda dicho, sangrantes. Esa pinta, sin embargo, no le había impedido interesarse por la religión de los cristianos, porque era muy curioso y si, de costumbre, algunos cristianos predicaban a diestro y siniestro sin que se lo pidiesen y no sabían parar, con Teyohualminqui sucedió que él no sabía parar de preguntar y llegó un momento en que ya no tenían nada más que predicarle y les dejaba encima a oscuras –claro, para eso era papa de las tinieblas- de si eran buenos predicadores o no, ya que, no por mostrar una gran voluntad y facilidad de comprensión, estaba menos guarro y menos ortodoxo.
Así, hecho un cristo y un flacucho y vestido de negro de pies a cabeza, con uno de aquellos hábitos que usaban, parecidos a los de los monjes, estaba en este momento en que hablaba con el hijo de su hermana. Debía de ser de pura hambre de lo que le venían a él los presentimientos y las visiones esos de que daba cuenta a su sobrino, porque ¿de qué, si no?
-Pues, tío, hablando con franqueza, la cuestión religiosa me tiene ya un poco fatigado ¿eh? Desde que llegaron nuestros aliados no he hecho más que comparar y darle vueltas a esto y a aquello, a esta doctrina y a aquella otra y, cuantas más vueltas le doy, más fatigado salgo. ¿Sabes lo que temo?: Que me voy a volver un tibio.
-Pero ¿y por qué le das tantas vueltas?
-A las cosas importantes habrá que darles vueltas hasta encontrarles el sentido, digo yo, si no ¿cómo te vas a quedar a gusto?
-Yo lo mandaría todo a paseo.
-Tío ¿cómo puedes decir eso? encima siendo papa.
-¿Por qué no?
-Porque tú eres el que debiera resolverme a mí todas mis dudas para que no pierda la fe.
-Cree lo que te guste y no te preocupes de más.
-Tío, a ti te van a quitar de papa como sigas hablando de esa manera. Para creer algo tiene que haber una explicación de fundamento.
-Xiloxóchitl, tú confías mucho en las explicaciones, pero una explicación no es nada. Resulta de conocer una cosa por un lado y otra cosa por otro y de tener una ocurrencia que relacione a las dos. Te quedas tan contento creyendo que eso explica algo, pero eso no pasa de ser un rasgo de ingenio que puede quedar hasta bonito pero que no lleva a la fe. Xiloxóchitl, las verdades no se explican. Se ven o no se ven. Se sienten o no se sienten. Se viven o no se viven. Tú deberías cortarte la cabeza unas semanitas, porque abusas de ella. En cualquier caso, la visión que me trajo a verte no tiene nada que ver con la religión.
-Mejor, porque ya te digo que me tiene un poquito harto. A mí lo único que me preocupa de verdad es Ilhuicáatl, que conozca un poco de dicha, aunque sea una vez. Teníamos que haber sido más vivos cuando estuvo allí Cuahuipil y que se hubieran casado.
-¡No empecemos! Cualquiera diría que tu hermana lo que quiere es ser infeliz y que no tiene interés en casarse. Ella es feliz, el infeliz eres tú de tanto preocuparte por la felicidad de ella. Y no me tires de la lengua, que ya sabes tú lo poquito que te queda para ser famoso en toda Tlaxcala y no precisamente por tus hazañas bélicas.
-¡Dirás que son malas!
-No, no lo digo, y no escurras el bulto, que sabes muy bien de qué hablo.
Sí lo sabía, pero no tenía ganas de entrar en eso ahora, bueno, ni ahora ni nunca.
-Pero, entonces, tío ¿qué es lo que te ha hecho venir? Dices que no es por el Huitzilopochtli. ¿Es por Narváez?
-¿Sabes que ya he aprendido a nadar y buceo y todo?
-¿Qué tiene que ver eso?
-Que nado muy bien. Tú también deberías aprender.
-Ya se te adelantó alguien con el consejo. ¿Sabes que el Cuahuipil casi me ahoga con sus principios didácticos, que dice que la necesidad es el mejor maestro? Si no me ves ahogado, es porque nadé.
Hubo un silencio en el que Xiloxóchitl esperaba que hablara su tío, quien por fin lo hizo.

La Zarzamora
19/01/2012, 23:31
-Tuve dos sueños: en uno veía el paraíso de Tlaloc y ése no es difícil de interpretar.
-No. En la circunstancia, es muy fácil de interpretar. Pero si vamos a morir aquí ahogados, eso quiere decir que no nos van a sacrificar… Pues no, pensándolo mejor, no lo entiendo. Porque si nos atacan aquí, nos defenderemos y moriremos en la pelea o nos capturarán en ella y nos sacrificarán. Pero no entiendo para que íbamos a arrojarnos al agua. Y menos todavía qué ganarían éstos fantoches arrojándonos ellos. Sería lo último que querrían, porque eso no es tan imponente ni tan triunfal ni tan de pueblo elegido, según dicen ellos que son, como sacarnos el corazón. Mira, hombre, pensándolo mejor, casi me arrepiento de saber nadar, porque el ahogarnos todos sería un disgusto póstumo maravilloso que podríamos darles. Les aguaríamos la fiesta en su propia laguna. Como desquite postrero tendría hasta elegancia.
-Y es un hermosísimo paraíso el de Tlaloc, tampoco hay que olvidarlo.
Xiloxóxchitl soltó uno de esos gritos relincho tan liberador que saben dar los indios y que denotaba la felicidad que le producía el hallazgo de aquella mina de elegantes disgustos póstumos. Pero... Le halló un pero.
-Pero, tío, eso no sería muy digno de guerreros ¿no crees?
-Depende del objeto que tenga la guerra. Si el ahogarse sirve mejor ese objeto que el ser cautivado o muerto de otra forma, entonces lo más digno es ahogarse. Por otra parte, si se cree en los milagros, pues a lo mejor hay escapatoria.
-¡¿De aquí?!
-Sí.
-Tú, cuando has venido por la calzada y cuando has echado un vistazo antes desde la azotea del palacio has visto la ciudad ¿verdad?
-Sí.
-Y ¿qué opinas?
-Que es el cepo recepo más grande y más vistoso que se haya fabricado nunca.
-Y ¿no te parece que el capitán de Malinche está loco?
-Que el capitán de Malinche está loco es artículo de fe en Tlaxcala. En lo que confían es en que esté completamente loco, porque si está completamente loco, como toda locura encierra en sí una coherencia intrínseca, algo se sacará en limpio, el qué, se verá cuando se saque, pero si sólo está loco a medias, ahí ya nos hemos fundido.
-Si es por eso, no te preocupes, está loco total: se fía de los mexicas y del Moctezuma, a pesar de lo que le hemos advertido de lo traidores que son y de las vueltas que tienen. Como el Moctezuma ha jurado lealtad al césar Carlos, ya se cree que está todo hecho, como si un juramento de éstos valiese para algo.
-Pero tampoco puedes decir que se fíe de él, puesto que lo tiene en rehén ¿no es así?
-Sí es así y ése es el motivo de que todos nosotros estemos vivos todavía. Pero aunque lo tenga en rehén, Moctezuma sigue gobernando y tratando todos sus asuntos exactamente igual que antes. Y la prueba de que está loco total Malinche es que los tributos para el césar Carlos que le ha dado Moctezuma, los guarda aquí. ¿Que te dice eso?
-Que sí, que está loco de remate, porque lo más seguro es que si no cambia de parecer tendrá que despedirse de ellos. ¿Por qué no los ha enviado a Tlaxcala lo mismo que nuestra parte del trato?
-O teme ofender a Moctezuma mostrando desconfianza o no se fía de nosotros hasta ese punto.
-Mmm... Él se lo pierde. ¿Y qué hay de este Narváez? Algo he oído de que ha mandado decir a Moctezuma que Cortés es un rebelde a su rey, pero digo yo que no se puede ser rebelde y al mismo tiempo recaudarle tan ineficaz pero fielmente los tributos. ¿Qué sabes tú?
-Pues está muy claro: que los mexicas y la Triple Alianza podrán acabar impunemente con los teules de Malinche y con nosotros y decir que nos mató a todos por traidores al César. Y dirá aún más, que Tlaxcala ayudó a los traidores y se servirá de estos otros teules para acabar con Tlaxcala. Lo que intentaron, pero no les salió bien hace meses cuando nosotros peleábamos contra los teules, lo harían ahora y ellos serían los buenos. La trama, desde luego no me digas que es para arrancarse de contento.
-Sí parece feo el asunto y nos jugamos mucho. No obstante, también es cierto que esa eventualidad la tenemos cubierta con nuestro querido Capitán General Axayácatl Xicoténcatl. Él siempre ha mostrado abierta oposición a la alianza con los de Malinche. Le tocaría tomar el relevo y seguramente hacer rodar algunas cabezas, pero tendríamos salida. Y no olvides tampoco lo más importante que tenemos a nuestro favor, el amparo de Camaxtli. No somos nosotros los que queremos dominar a otros pueblos ni hemos ido a invadir a nadie ni a exigir por la fuerza de las armas y la amenaza de exterminio que se nos entreguen esclavos y riquezas ni tenemos semejantes aspiraciones y, mientras así sea, podremos luchar hasta el final con la seguridad de que Camaxtli no nos dejará de la mano, porque así nos lo ha prometido y porque es el dios más amoroso que existe. Tú dices que me van a quitar de papa, pues esto que te digo, apréndelo, aunque me quiten: el camino de Camaxtli es el camino de la fe y su palabra oncan tonaz ("más allá") nos ha guiado siempre sin errar. Mientras queramos seguirle "más allá", donde quiera que disponga el poder divino, tendremos sentido como pueblo y no desapareceremos. Cuando se tiene fe, nada es una carga y todo se alcanza. Con Malinche y sin Malinche, con un capitán o con otro, como esté escrito que sea, para Tlaxcala esto es otro "más allá", en el que nos adentraremos con confianza, como hemos hecho hasta ahora.

La Zarzamora
19/01/2012, 23:34
-Tío, me has emocionado. Creo que voy a llorar.
-Por mí no te contengas, hijito, más vale llorar que rabiar –dijo dándole una palmadota en el hombro-. Y volviendo al atolladero presente, es comprensible que los que lleváis aquí encerrados tanto tiempo razonéis como lo que sois, ratoncitos atrapados, y que os falte perspectiva. Pero, Xiloxóchitl, además de a Camaxtli y gracias a su guía, Tlaxcala tiene instituciones en las que participamos todos, y entre ellas, cuatro gobernantes máximos, muy experimentados y muy capaces, que no pueden tomar una decisión en que no estén los cuatro de acuerdo, lo que quiere decir que, cuando algo se decide, ese algo encierra sabiduría, armonía y clarividencia, porque quien es capaz de escuchar a otros tres, es capaz de escucharse a sí mismo, y cuando uno se escucha a sí mismo, al fondo de sí mismo, no hay error posible. Y esa es otra bendición de Camaxtli, que mientras que otros tienen que conformarse con un solo gobernante, nosotros tenemos cuatro, que de todas formas, no es mucho, porque, en realidad, más que cuatro cabezas para gobernar a toda Tlaxcala, con lo que valemos, deberíamos tener cuatro cabezas para gobernar a cada tlaxcalteca ¿no crees?
-Pues sí. A ver. Como si dijéramos que cada uno somos un inmenso territorio virgen donde hay muchísimo que gobernar.
-Territorio virgen. Está bonito eso de sentirse territorio virgen, sin descubrir, lleno de sorpresas… Bueno, dejémonos de ensoñaciones. Cuatro por persona sería un lujo, hay que reconocerlo. Aun así, cuánto mejor estamos que no el Moctezuma que, con sólo una cabeza, y con todas las caras que tiene, debe de andar mareado tratando de recordar a cada momento qué cara le toca. En cambio, nosotros, cuando hay que mostrar más de una cara, ni siquiera hay que recurrir a dobleces, enseñamos la cabeza que tiene esa cara y sanseacabó.
-Lo que dices de las caras, tiene su aquél ¿sabes? porque esta ciudad no vive, delira y, si no, fíjate. Es el pandemonium del delirio y no puedo deshacerme de la impresión de estar rodeado de caras sueltas, de descabezados a los que les han quitado la cabeza y les han dejado la cara puesta para que no se note y engañarlos a ellos mismos haciéndoles creer que se los ve y asustarnos a los demás con apariciones aberrantes. No es una alucinación, aunque se le parezca, sino una visión desazonadora ¿tú me entiendes?
-Perfectamente. Yo creo que se han forzado a sí mismos demasiado, han perdido el sentido de la proporción y ahora están desequilibrados y no saben ni lo que quieren ni dónde parar. Cómo los niños cuando se ponen rebeldes y hasta que no les das un buen azote no recuperan la serenidad y el raciocinio. Lo que pasa es que como estos ya son grandes, no hay manera y así están ellos de mala digestión y de agrios. ¿Tú los has visto reír alguna vez?
-¿Qué dices, tío? ¡Nadie los ha visto reír nunca! Cuando creen que tienen que aparentar buen humor hacen una mueca indescriptible y ahí se acaba todo. El tlaxcalteca más mísero se ha reído más veces en un día que éstos cortesanos en toda una vida. ¡No me los mientes! Creo que ni para sodomitas pacientes los quiere nadie.
-No sabía que te fijases en esas cosas.
-No me fijo. Es cuestión de imaginación y de lo que se oye. Vamos a cambiar de tema: ¿Qué piensas de este Marcos Bey, tío?
-¿Quién es ése?
-El que es imagen del Huitzilopochtli que ha llegado con la flota de Narváez.
-Podría ser una broma divina.
-¿Sí? Pues, fíjate que no le veo la gracia.
-Pues estáte atento a ver si esta vez se ríen los mexica y pregúntales en qué consiste.
-Déjate. La verdad es que llegando así, entre nosotros, y en este momento, para ser broma, es siniestrota.
-Si dices que Cuahuipil está con él, tampoco puede ser un monstruo. Por cierto ¿a ti no te hacen gracia las cartas que se escriben Ilhuicáatl y Cuahuipil?
-No lo sé. No he leído ninguna.
-Por eso. Él no sabe leer la escritura india ni ella la cristiana y no quieren enseñar las cartas a nadie para que se las lea, a pesar de lo largas que son... El contenido debe de ser lo de menos.
-Ahí sí que te equivocas de medio a medio. El contenido precisamente lo es todo, lo que pasa es que como ya lo saben... ¿Qué se van a decir, tío? ¿Qué otra cosa se van a decir?
-Pues sí, desde luego. Tienes toda la razón. Y hablando de escribir o no escribir, Ilhuicáatl también me ha dado algo para ti. Toma, aquí está, antes de que se me olvide.
Así diciendo, Teyohualminqui abrió la bolsa que llevaba y sacó unos pliegos de papel de amate que entregó a Xiloxóchitl, quien los examinó. No debía de ser una carta sentimental, porque aunque había trozos que podía ser texto corrido, buena parte, incluso a quien no supiera leer la escritura pictógrafica de los indios, revelaba muy bien que se trataba de cuentas, inventarios o balances, en suma, de números en profusión.
-¿Es lo que esperabas?
-Sí.
-¡Vaya par!
-¿No crees que estén bien hechas las cuentas?
-Estoy seguro de que son un prodigio de precisión, rigor y exactitud y no sólo no tengo nada que objetar, sino que me siento honradísimo de ser el tío materno de los dos hermanos más locos de Tlaxcala, o de todo el Anáhuac, para qué quitaros mérito.
-Tío, no es lo malo la locura, sino la falta de cordura.
-Mira, en eso no hay quien te quite la razón. Pero vamos a ver: ¿cuántas cofrades tiene ya la sociedad secreta de las Hijas de la Sal que fundó Ilhuicáatl y cuántos hermanos sin voto?
-Tío, no es una sociedad secreta, es una orden patriótica de señoras cuyo fin es servir a la justicia y a la libertad universal de comercio.
-Lo de secreta lo decía por lo desconocida. Pero no me has contestado.
-Pues va muy bien. Hermanas ya andamos por las trece. Y hermanos sin voto somos cinco.
-Inluidos Cuahuipil tú y yo. ¿No es eso?
-Tío, no intentes hacernos sentir ridículos, porque no lo vas a conseguir. La idea de la orden fue muy buena y muy necesaria y si no lo vemos así nada más que los que lo vemos, es muy positivo, mucho más que si no lo viera nadie. Todo lo que existe es un don de los dioses y es positivo y lo que no existe, no.
-Por supuesto. A ver si te crees que yo me he hecho hermano sin voto por pura lástima. Tu hermana, mi sobrina, es una mujer de futuro. En su momento parece rara. Con el tiempo lo raro será no ser como ella. Por eso yo soy hermano sin voto por convicción. Pero me hacéis gracia, qué quieres que te diga. Bueno y, ahora, con toda la convicción del mundo, explícame, si puedes, para que van a servir estas maravillosas cuentas.
-Tío, ¿para qué sirve cualquier cuenta?
-Para cuantificar es evidente. Para en lugar de tener ideas vagas, tener ideas precisas. Para entenderse en suma.
-Pues ya te has contestado a ti mismo.
Teyohualminqui se rió.
-Voy a estrechar más el cerco: ¿qué piensas hacer con ellas?
-Reducir ese saldo negativo en desfavor de Tlaxcala que sale al final del todo. ¡Es enormísimo ¿verdad?!
-Un siglo de daños, expolios, agresiones y bloqueo económico feroz da para mucho. Repito: ¿qué piensas, ya más en concreto, hacer con ellas?

La Zarzamora
19/01/2012, 23:35
Pensar exactamente era lo que hacía Xiloxóchitl pero no conseguía contestar. Así que, una vez más, Teyohualminqui, según su decir, estrechó el cerco.
-Déjame ayudarte, porque esto nos interesa a todos. Para que veas que yo, si me hago hermano, me hago hermano con todas las consecuencias. Vamos a ver: nuestra aspiración, como tlaxcaltecas y como seres humanos, es alcanzar la paz con todos los pueblos y con todos los vecinos. Una paz justa. Para que la paz sea justa, no tiene que haber expolio ni abuso ni humillación ni bloqueo económico y, si ya lo ha habido, entonces todo eso debe asimismo repararse justamente, para que la paz sea auténtica y no una pamema que deje por debajo reservas y resquemores y señoras deudas. ¿Sí?
-Hablas casi como lo haría Ilhuicáatl, muy bien.
-Para que exista esa justa reparación, ha de haber también unas cuentas claras, que digan qué es lo que se puede y debe resarcir, porque de no llevar cuentas, pudiera quedar la duda de si se ha resarcido lo debido o el otro sigue viviendo como un rey a cuenta de lo que expolió o bien dar pie al saqueo indiscriminado, caso de que las circunstancias lo permitieran, y a propasarse. ¿Voy bien?
-Requetebién.
-En estas cuentas ya ha incluido Ilhuicáatl, deduciéndolo de lo que nos debe Tenochtitlán y la Triple Alianza, lo que ha enviado el capitán Malinche a nuestra república como parte de ese resarcimiento y en virtud de nuestra alianza con los teules. Pero sigue quedando un saldo astronómico por una parte y, por otra, los mexicas siguen nadando en la opulencia, con lo cual no hay miedo de que si nos resarcimos se vayan a quedar en la mugre. Entonces ¿por qué desde que estás aquí no has hecho nada, en tu calidad de hermano sin voto, para cumplir los fines de la orden, ni tampoco Cuahuipil?
-Porque el capitán Malinche no lo permite. En realidad, el problema, tío, es que no ha habido una guerra en condiciones. Por la astucia del Moctezuma, se supone que nosotros y el capitán Malinche estamos aquí como amigos, como invitados ¡vaya ironía! y los amigos no roban ni saquean y, por lo tanto, no podemos llevarnos ni un metate sin faltar a la obediencia al capitán Malinche.
-...que es algo que de ninguna manera se puede hacer porque, si no es por él, los tlaxcaltecas ni en sueños hubiéramos entrado en Tenochtitlán y seguiríamos todavía encerrados en Tlaxcala y sin que ni nosotros ni nuestros comerciantes pudiéramos salir pacíficamente sin que nos matasen.
-Esa es la cuestión. ¡Y no creas, bien que nos lo restriegan éstos de aquí! Se creen tan ingeniosos farfullándonos que somos mujerzuelitas que hemos venido de mancebas de los cristianos… A mí ni me divierte siquiera. Si todavía fueran hombres los que lo dijeran y no delirios... Lo cierto es que les fastidia que, habiendo sus huestes intentado tantas veces entrar en Tlaxcala sin conseguirlo, nosotros a la primera hallamos entrado en Tenochtitlán sin intentarlo. Porque, es verdad, si no es por no dejar que los pobres cristianos viniesen solos, no los fueran a violar, ni nos hubiéramos molestado.
-¿Tú crees que hubieran violado a los cristianos si no llegamos a acompañarlos?
-¡Qué ocurrencias tienes, tío! Es una fanfarronada. A veces me gusta expansionar el carácter diciendo estas cosas.
-No, nada. Por un momento me había hecho ilusión. Pero volvamos a las cuentas. Entonces, fuera de lo que en el marco de la alianza reparta con nosotros el capitán Malinche estamos maniatados ¿no es eso?
-Pues... no todos los teules son tan celosos de guardar los respetos al Moctezuma como Malinche. A mí me consta que a Tonatiu le vienen sobrando estos melindres, pero él no es la autoridad. Ahora, sin embargo, lo interesante es que, con lo de Narváez, Malinche ni va poder y tal vez ni va a querer tener a todo el mundo tan sujeto. Y estando ya esto en las últimas, pase lo que pase, una vez que acaben con nosotros aquí o que escapemos si, según dices tú, hay un milagro, un día las formas se van ir al traste. Malinche no lo ve, pero por ejemplo Cuahuipil sí, y a mí la opinión de Cuahuipil me dice mucho, porque por razonar no le da, pero sin embargo no es persona influenciable y tiene un sexto sentido que casi podría pasarse sin los otros cinco. En resumidas cuentas, que lo que hagamos ahora, con lo que se nos viene encima, quedará olvidado si sobrevivimos, y si no sobrevivimos, igual. La cuestión es determinar cuánto pueda durar esto todavía para no forzar demasiado la mano de Malinche, pero que nos dé tiempo a mandar lo que sea a Tlaxcala antes de que se hunda todo. Resumiendo: que haber hecho antes de ahora algo en contra de las ordenanzas de Malinche hubiera sido un desafío y él no lo hubiera podido ignorar ni a los tlaxcaltecas nos hubiera convenido demostrar falta de seriedad, porque eso hubiera quitado valor a nuestra alianza. Pero ahora, dejándole una salida airosa en cuanto a las formas, sobre todo si interviene uno de sus hombres, con los pocos que tiene, aunque le importase, se aguantaría como macho y, posteriormente, habiéndonos dado la razón los acontecimientos, también nos respetaría más.
-Hablas de contar con algún un teule. ¿Sería Cuahuipil?
-No lo creo. Parece un contrasentido, porque si alguna vez he visto a un hombre dispuesto a arrojarse a un pozo por una mujer, ese es él por Ilhuicáatl, pero, por propia iniciativa, él jamás iría contra ninguna ordenanza, y podríamos hacerle sentirse obligado por amor a ella, pero no soy partidario de que se hagan cosas en las que no se tiene convicción. E incluso es preferible en este caso que se quede al margen, porque estando él limpio y siendo bien quisto en general y de Malinche en particular, precisamente por disciplinado, no nos conviene quemarlo en esto, porque siempre será un tanto a nuestro favor. Por cierto, no creas tú que no es curioso lo poco que quiere Cuahuipil a su capitán y a su rey por una parte y luego lo cumplidor que es por la otra.
-¿No los quiere?
-A Malinche, ni lo quiere ni lo deja de querer. Lo respeta. Al rey ni lo respeta ni lo quiere. Alguna vez ha hablado de la reina que está loca y creo que reza por que recupere la razón, porque ésa tal vez sería mejor, pero eso lo supongo, saberlo no lo sé.
-¿Tú qué crees que es mejor, Xiloxóchitl, un loco o un desequilibrado?
-Tío, ¡vaya pregunta!: un loco, por supuesto. A un loco se le puede entender. Un desequilibrado no se entiende ni a sí mismo. ¡Qué horror! Pero no dejemos lo otro a medias. A ver: ¿qué hacemos los hermanos sin voto?
-¿Tú tienes hecha alguna idea ya de algo?
-Alguna tengo.
-Pues, siendo así, casi lo suyo sería en primer lugar tratar de conseguir a un teule y luego estudiar esas ideas que ya te has hecho y que seguro que son buenas. Haz un repaso mental de los teules que te parecen apropiados y si quieres los echo un vistazo.
-Está bien. Esta bien. Me ocuparé de ello sin dilación. Pero, tío, ¿es entonces por ayudarme como hermano sin voto por lo que dices que tuviste la sensación de que te iba a necesitar y por lo que has venido?

La Zarzamora
19/01/2012, 23:36
Donde estaban acuclillados Teyohualminqui y Xiloxóchitl era frente a la puerta por la que solía venir Cuahuipil otras veces a reunirse con su amigo y por esa puerta apareció ahora un criado de palacio, que los interrumpió acercándose a hablar a Xiloxóchitl. La interrupción la aprovechó Teyohualminqui para rememorar aquella sensación por la que ahora le preguntaba su sobrino y que, en realidad, fue el otro sueño que le mencionó, un sueño, en el que vio al sobrino debatirse envuelto en tinieblas oprimentes. ¿Qué quería decir aquello? No se vaya a pensar que Teyohualminqui se ponía de viaje cada vez que soñaba. No, era porque cualquier excusa era buena para ver Tenochtitlán y cumplir como hermano sin voto y, luego, hay sueños y sueños y él sabía distinguir unos de otros.
Pero ¿a qué obedecían esas tinieblas? Eran como una sola nube, densa, negra, espesa, turbia, que lo envolvía, lo aprisionaba y lo aplastaba. No, no eran las tinieblas del infierno, era como una sombra de abyección, sin forma, que quisiera hacerlo suyo, disolverlo en su propia turbiedad, intensa, sin resquicio y de mucha duración, que luego se disipaba y que al desaparecer dejaba ver a Xiloxóchitl en figura de cazador abrazado a un conejo. Querría entender aquello con más detalle y serle de ayuda al hijo de su hermana, pero se trataba al parecer de una prueba que tendría que pasar y padecer él solo, en un tormento sordo y sin asidero.
El sirviente de palacio había terminado de dar su recado a Xiloxóchitl y, mientras éste se volvía a seguir la conversación con su tío, los otros tlaxcaltecas, que se hallaban en el patio ejercitando las armas, cayeron de inmediato sobre el criado asediándolo a preguntas sobre lo que se figuraban que había dicho a Xiloxóchitl, a saber, si iba a dejarse ver el teule que se parecía al Hutizilopochtli, si ya estaba bueno, si era manso o bravo, etc., etc., porque la presencia de la réplica del dios de los mexicas no era sólo a éstos a quienes había causado impresión. Como ya había demostrado la preocupación del mismo Xiloxóchitl, también a los tlaxcaltecas les tenía intrigados y no debe extrañar que fueran un poco agoreros ya que las circunstancias en que se encontraban se prestaban a ello y como para que esta aparición, viniendo precisamente de Narváez, les diera qué pensar: ¿irían a quedar espachurrados entre los teules recién llegados y los mexica? ¿denotaba este doble de Huitzilopochtli que existía connivencia entre aquellos dos adversarios suyos en un plano sobrenatural?
Con esta preocupación se habían encomendado a Camaxtli, que, como ya queda dicho, era el propio dios tutelar de los tlaxcaltecas que los guiaba en sus guerras y, bajo la égida de sus papas o capellanes habían estado haciendo ofrendas, rezando y sacrificándole para que también en esta ocasión los tomase bajo su amparo. El dios, por su parte, a las consultas que le habían hecho los papas ya antes de ver al teule se había mostrado al parecer tranquilizador, puesto que, si no habían interpretado mal, de este teule tan igual en apariencia al dios de los rivales, cabía esperar algún problema, hasta pudiera ser que muchos, mas no traiciones. Si fuera así, no sólo no era grave, sino que podía resultar incluso entretenido. Ellos no les hacían ascos a los problemas, eran su razón de ser, la sal de su existencia, ya que durante mucho tiempo no habían tenido otra. En cualquier caso y para toda eventualidad, estaban preparados: En lo inmediato, en cuanto apareciera, le harían sahumerios, le ofrecerían comida, le preguntarían qué era y qué intenciones tenía y lo propiciarían. No debía de ser un dios, porque no se presentaba como tal. Pero, aun no siendo un dios, uno nunca sabe qué guedejas de divinidad van adheridas a quién o a qué y el esfuerzo había que hacerlo y la divinidad omnipotente decidiría.
-Tío, mira tú también. Luego dices que me gusta torturarme. ¡No me alarmes! ¿Qué tribulaciones y penas son ésas que me predices? Yo ya no contaba con cosas así.
-Lo siento, hijito, pero te lo tengo que avisar para que no te pille desprevenido. Tuve la visión de que serán sufrimientos abrumadores, mas también la tuve de que saldrás con muchísimo bien, airosísimamente y sin caer en la indignidad.
-¿Cómo de abrumadores, tío? No será tanto como cuando perdí a mi querido padre, el más bueno que haya habido nunca, ni a mi querida madre, tan excelente como él. No puede ser igual ¿verdad? No me asustes, tío. ¿No tendrá nada que ver con Ilhuicáatl?
Terminó la frase casi sin decir entero el nombre de su hermana, porque de repente le asaltó la descabellada idea de que ese teule que acababa de llegar, que era imagen del Huitzilopochtli, podría intentar violarla. Ya sólo la idea le hizo perder el color y Teyohualminqui se apresuró a devolvérselo.
-Por una vez, deja a tu hermana en paz. No tiene nada, absolutamente nada que ver con ella. Sólo tiene que ver contigo. Y de los sufrimientos que dices de perder a tus queridos padres, los dioses les hayan mostrado su piedad, esos son sufrimientos hondos, pero por todo concepto normales, de los que uno se consuela llorando, rezando y acudiendo al cariño de otros seres queridos... Los que se te vienen encima son anormales y muy feos, yo no los querría ni para mí ni para mi peor enemigo, desde luego. Son espantosos, yo nunca había visto antes nada parecido. Te va a parecer que no tienes escapatoria.
-¡Caray, tío! Me estás haciendo papilla.
-Lo comprendo, hijito, pero es lo que hay –decía Teyohualminqui a su vez hecho polvo por lo que decía-. Pero ya te digo que saldrás. El sufrimiento tendrá un final y nunca dejará Camaxtli de velar por ti, aunque te parezca que ya no te hace ni caso. Lo vas recordar toda tu vida como una heroicidad. Pero mientras dure, va a ser de órdago.
Xiloxóchitl no sabía qué pensar. Y además, pues vaya abuso de sufrimientos ¿no? ¿Ni un consuelito chiquitito? ¡Pues vaya! ¡Vaya!

La Zarzamora
26/01/2012, 23:04
Capítulo IV: En que se demuestra que es el de un padrino el amor más abnegado

Eso pensaba él, Aculnahuácatl: que aquello no había por dónde cogerlo. Empezando por que ni la Cuetlachtli ni los tecuhtin podrían saber lo que soñaba la imagen de Huitzilopochtli si no entendían su lengua, que era el caso de Cuetlauchtli, salvo que al Huitzilopochtli este le cambiara la lengua al soñar, algo no conocido todavía, o que fuera de verdad una encarnación del Huitzilopochtli. Era evidente eso y muchas más cosas. Todos los tecuhtin habían callado lo que habían callado y habían otorgado lo que habían otorgado no porque estuvieran en el guindo, sino porque hubieran sido muy dichosos estando en el guindo y, siendo así que no lo estaban, una pequeña ensoñación guindalera y en grupo y luego a ver si sale bien o mal tampoco hace daño ni es peor que cualquier otra cosa, cuando el axioma de partida es que no hay nada más que lo que es malo y que todo lo que hay es malo, por lo menos desde que llegaron los teules. Antes... pues cualquiera sabe, porque ya había perdido hasta la memoria del antes y hasta cualquier memoria y hasta cualquier cosa que no fuera memoria.
¡Qué desconcierto! En puridad, era un milagro que el caso de Cuetlachtli se hubiera resuelto con esa unanimidad y falta de tropiezos. ¿Ves? Eso sí que no hubiera ocurrido sin los teules, porque entonces todo, absolutamente todo el mundo, todos y cada uno de los tecuhtin y los tecuhtinillos hubieran sabido qué hacer con Cuetlauchtli y al final hubiera pasado exactamente lo que había estado pasando hasta entonces, que su Cuetlauchtli, su hija, y ahora que estaba solo lo decía y lo redecía porque era verdad y más verdad que el Gran Teocali, su hija Cuetlachtli seguía sin colocar, sin pareja, sin complemento, sin consorte, sin concubino, sin de noche para la cama sin de día para el jardín. Y ¿a quién le importaba? ¡A nadie! Parecía que a nadie. Sólo a él. Y ahí, ahí se demostraba quién era quién. Ilhuicauxaual, sí hombre, muy fiero, muy bravo, mucha presencia... ¡Mucha ausencia! Eso, eso era lo que le había faltado a esta criatura. Claro, se la adjudicaron a alguien que a lo mejor tenía una sustancia viril preciosa o lo que lo quieran llamar, pero que no tenía interés, y él, que lo tenía, por un problema de reglas, no pudo atender a esta criatura a todas las horas del día, que era lo que hubiera hecho falta; porque unos hijos no se pueden pasar sin la presencia constante de un padre. Es decir, hay hijos e hijos. Sus otros cuarenta y tantos se habían apañado perfectamente con menos presencia paterna. Pero eso es precisamente un padre, aquel que se preocupa de cuándo de verdad hace falta. Y ahí estábamos: no se la había atendido y ahora no había quien pudiera soportarla. Como no se la colocaran al Huichilobos (condenados teules, así, Huichilobos, es como llamaban al dios tutelar de Tenochtitlán, al santísimo Huitzilopochtli, los muy hijos de…) pues eso, que como no se la colocaran al Huichilobos recién llegado, no se iba a quedar con ella ni un huracán que viniera.
Y en eso había salido al otro, seguro. Porque ese carácter infernal no podía proceder sino de Ilhuicauxáual. Era en la agudeza, en la rapidez relampagueante de la comprensión, en el ingenio vivo, en la tenacidad inquebrantable y más allá de todo raciocinio, es decir, en la obstinación a lo bruto y la tozudez sin freno, en lo que había salido a él, a su "padrino". Y es porque él era tan cabezota por lo que había terminado colocándola, o eso esperaba. Y no sabía cómo no se le había ocurrido antes, no ya por Cuetlauchtli, sino por Tenochtitlán, porque si ella no acababa con todos los teules en uno de sus arrebatos de mala sangre, ningún otro mexica, solo o juntamente con todos los demás cientos de miles, podría hacerlo. ¡Y a ver cómo se lo decía!: "Cuetlauchtli, palomita, que te vamos a dar a fulano de tal y tal, un teule de los de los alcázares de Axayácatl". Para cuando él hubiera terminado de decir esas palabritas, la palomita ya le habría estrellado en la crisma todos los cántaros de legua a la redonda. Y era cosa sabida que los alfareros de México, Texcoco y Tlacopan estaban esperando a que muriese Cuetlauchtli para hacerla su diosa. ¡Auxíliame, Huitzilopochtli, y no me pidas cautivos ni botín, porque en esta guerra no hay nada que rascar!
-Sí, padrino, sí.
¡Qué seca y qué agria y qué a todas horas sarcasmo era, y cómo la quería!
-Que sí padrino, que sí, que me huelgo de veros, mas si mi palabra no os basta, veré, veré de contratar a un pregonero que lo proclame: "¡¡Pueblo de Tenochtitlán, pueblo de Tenochtitlán, tenochcas y tlatelolcas todos, sabed y entended que Cuitlauchtli Illancueitl, hija de Cuahuatehuanitzin y de padre doble; se huelga de ver a su padrino, quien se imagina que es su padre y que pudiera serlo y que a ella quién sea qué, cómo y cuándo le importa un carajo y medio!!!
-No te exaltes, no te exaltes, palomita. Tengo una misión de estado muy importante para ti.
¡Anda! ¿Y de dónde la habría sacado? Tenía gracia la cosa. Todos estos machitos mexicas creyéndose que tenían cuestiones de estado, misiones de estado, negocios de estado y no tenían ni estado; porque se les habían colado -¿por qué no ya en el lecho o en toda la retaguardia?- quinientos monos peludos y seis mil fregonas de Tlaxcalla, salidos de salvos sean los coños, en las jodidas tripas de su fregado estado llamado Tenochtitlán y Triple Alianza México-Tlacopan-Texcoco. Eso era más manifiesto que el día diurno pero, cuando ella decía éstas u otras cosas con toda su claridad, es que tenía mal genio. Mal genio. Sí, mal genio. Y ¿acaso esta troj de afeminados sabían lo que era genio y lo que era la falta de genio? La verdad es que estaba aburrida, que llevaba veintidós años aburrida, que no lo decían, porque no lo decían, pero era tan patente que se callaban y lo que se callaban, que todo el mundo lo sabía como si desde lo alto de cada teocali lo anunciaran cada principio de mes a redoble de atabales: que ella era un problema y que ni de monja la podían meter porque en ningún sitio y menos en un templo, se podía aguantar su genio y sus modales y que, de haber algún lugar, sería el jardín de las fieras del Moctezuma donde estaban los feroces ocelotes. El fondo de todo ello es que el sol ciega y las verdades chamuscan, churruscan y achicharran. ¡Colocarla! Pero ¿y de dónde sacaban que ella se quería colocar? Pero ¿había algún hombre en Tenochtitlán? Si lo había debía de ser del tamaño de un piojo, porque todavía no se había llegado a tener noticia de él. ¡Misión de estado! ¡Ja! ¡A ver, a ver a qué majadería se les había ocurrido poner ese título boqueante! Igual de aburrida, sí, ahora que más aburrida de lo que estaba era ya imposible... o sea que le parecía muy bien, venga a ver, veamos en qué consiste esa monigotada de misión de estado.

La Zarzamora
26/01/2012, 23:05
¡Pero bueno! ¡Y lo de los padres...! ¡Pero qué marchamo habían intentado hacerse a su costa de personas exquisitamente humanas, consideradas y cuidadosas de no herir ni siquiera la fina sensibilidad de una criatura recién nacida y hembra! ¡Pero qué manera de aprovecharse de ella para colocarse la aureola de humanísimos y responsables! ¡Vacuos, revacuos y revanidosos y repichahuecas! ...Y que, claro, que el que la duda planease sobre su paternidad hubiera podido afectar a su sentido de la propia identidad y a su autoestima como hija y ser humano y que, ojo, por eso ellos, hombres enteros, cabales y responsables, mexica-tenochcas principales imbuidos de que sus cargos les exigían un comportamiento acorde y dar el ejemplo de una civilidad y consideración dignas de una sociedad portadora de todos los valores que la hacen tal... ¡Mecachis en la regla! Pues sí, eso fue. Entre caballeros trataron este asunto gravemente, seriamente, profundamente, responsablemente, dignamente, mente, mente, mente..., decidieron que aunque fuera dudosa la paternidad real, porque su madre tuvo un vaivén de reglas que coincidió con un vaivén de concubinos, de donde resultó un conflicto a la hora de determinar de quién era el fruto de la falta de reglas, pues ellos, el concubino cesante, Aculnahuácatl y el concubino entrante, Ilhuicauxaual; para que esta criatura inocente no se viera privada de la estabilidad mental y anímica que era patrimonio de todos los demás hijos que tenían certidumbre de la identidad de su padre... Ja, ja, ja. Certidumbre y padre ¡he ahí dos conceptos afines! pues eso: previo arbitraje judicial llegaron a un pacto de honor entre caballeros y tecuhtin y adjudicaron de derecho y a todos los efectos la condición de padre a Ilhuicauxaual y, de premio de consolación, la de padrino a Aculnahuácalt. Ya se imaginaba ella los discursos lógicos internos con los que se aplicaron ambos con todo decoro a elaborar el honroso pacto... "Pues ese bichuelín de los que andan por leche paterna y que se me perdió a mí aquel día en alguna parte tiene que estar ... un bichuelín no desaparece así como así... o sea, que por mucho que diga este otro, la Cuitlauchtli ha de ser hija mía..." ¡Para qué seguir...! Pero bueno, ni seguir ni empezar, porque en resumidas cuentas a ella ¿qué? un bledo? dos bledos? tres? máximo cuatro bledos era lo que le importaba a ella quién fuera su padre o el barbero de su padre. Quien fuera su madre, le importaba exactamente pues otros cuatro. Es decir, cuatro más cuatro hacen ocho bledos. Pues eso, ocho bledos le importaba quién la hubiera engendrado, quién la hubiera parido y cuantos bichuelines hubieran cambiado de domicilio en la trascendental hazaña. En cambio, lo verdaderamente importante, como no lucía, como no producía aureolas tecuhtliles, pues a nadie le había importado medio bledo. Porque era evidente que los hombres mexica-tenochcas ya habían decidido que sabían lo que le importaba a ella y por tanto no tenían que saber nada más, porque ya estaba todo sabido. ¿Para qué cansarla y herirla preguntándole lo que la importaba si ya lo sabían? ...¡Hay que tener una sensibilidad ¿no?! Pues eso, que ¿a quién le iba a contar ella que lo que sí le importaba de verdad era quién, quién demonios era su hermano y que no quería tener este hermano, que quería cambiarse de hermano y que, caso de que eso resultara imposible, que a este hermano lo cambiasen de hermana o de universo. Y este hermano, ojo, también tenía misiones de estado y era muy serio y muy formal y ya no lucía mechón en la nuca, o sea, ya era todo un señor militar. Había otra cosa que tampoco tenía, pero eso no es que se lo hubiesen cortado, no, sino que nació sin ello. En fin, a ver, a ver entonces cuál era esa misión, es un decir, de estado y, si con ella podía avanzar media pulgada hacia la liberación del yugo fraterno, chinchándolo de paso, chingándolo de paso, pues la aceptaría. Aparte de que ella, que no se quería colocar, porque no le daba la gana y no veía por qué tenía que colocarse en lugar de no colocarse, sí quería cambiar de vida, aunque fuese a peor, porque de seguir así iba a ser tanta su rabia que terminaría destruyendo Tenochtitlán de un estallido de furia y no quería hacerles el trabajo a la hueste de monazos y fregonas que, en su exaltada estupidez y en un golpe de suerte, podrían terminar encontrando el bichuelín perdido y pegarle con él a la Triple Alianza en toda la regla.
-...claro, ya sé que castellano no sabes y al soñar no le vas a entender.
-¿Qué problema tan difícil ¿no? ¿No existe acaso una notación de los sonidos por los pictogramas? Pues apunto lo que oigo y el entenderlo vendrá después y algún cristiano o sirviente suyo se hallará que diga lo que significa. ¿Lo tengo que matar o no?
-¡¡No, no, no, no!! Al menos todavía no. Tú espera órdenes. Con este cometido, querida hi..., ahijadita mía, pasas a una categoría de servidora del estado que te obliga también a disciplina. ¡No, no, no! ¡No me riñas todavía! Ya sé que sabes lo que es la disciplina y que nadie tiene que explicarte nada. Y si fueras varón, yo le daba un testarazo a Moctezuma con el sublime icpalli y te ponía a ti en su lugar. Tú tienes una inteligencia muy, muy, muy, pero que muy requetemuy por encima de la de cualquier varón o mujer y lo lógico es que pudieras actuar a tu albedrío y discreción y sería lo más acertado. Pero las personas como tú, aun con ímprobos sufrimientos, han de acoplarse a la envergadura de los demás...
¿De qué hablaba ahora? ¿De qué envergadura y de qué acoplar? ¡A lo mejor quería entrar en detalles...!
-... No, hija, el interpretar el destino encierra harta incertidumbre y el significado de los signos que éste nos hace no se advierte sino en retrospectiva, cuando ya el paso del tiempo nos permite verlos en su conjunto y componer estrofas históricas. Así, ahora, este parecido puede ser un detalle trivial o puede ser un signo. El deber para con nuestra patria nos pide que no descuidemos absolutamente nada que seamos capaces de atender. El arma en este caso será la inteligencia, que tratándose de la tuya, estaría mejor en el cargo que ocupa el Moctezuma; pero yo sólo soy un hombre y no puedo cambiar las leyes para que una persona como tú ocupe el cargo para el que está capacitada, más no por eso nos incumbe menos lealtad a la patria y el deber de servirla en lo que en nuestras circunstancias podamos ¿sí, ahijadita?
-Te ha quedado precioso..., precioso, precioso. Con las estrofas históricas has cultivado una hermosa especie del jardín estilístico que no podría por menos que embellecer cualquier selva retórica. Muy bien dichísimo, pues, idolatradísimo padre, digo padrino. Y ahora ¿puedo irme ya o sigue sin cuadrarte el balance de vanidad y necesitas alguna otra adulación¬?
-Espera un poco, espera un poco, porque habrá que darte los bebedizos cuando los tengan preparados los papas y los papeles de amate y todo lo demás y tendrán tus sirvientas que preparar tu ajuar y sus cosas para acompañarte.
-¿Y tu crees que me voy a llevar el bebedizo que prepare cualquier esperpento de los que van por ahí disfrazados de papas y que hacen como si se creyeran que lo son? ¿Qué te imaginas que he estado haciendo estos veintidós años? ¿Frotándome el lugar de los lugares? Deja que yo me preocupe de los bebedizos y que los papas se preocupen de hacer el fantoche según suelen y ya verás cómo ese teule, o lo que sea, escupe hasta el último pensamiento que tenga en las tripas, si es que lo tiene, lo que siendo varón y teule es más que dudoso.
¡Qué emoción, Cuitlauchtli, cómo la quería!
-¡Querida hija, digo ahijada, qué orgulloso, pero qué orgulloso estoy de ti! ¡Tú no eres una hija, ni ahijada, tú eres la joya más rara, más preciada del universo! ¡Mi mayor timbre de honor es poder llamarme padre o padrino tuyo!
-Vale, vale. La cosa no es para tanto y como dices puede ser que ese mono cristiano sea eso, un simple mono y no tenga todo esto mayor trascendencia ni pase de ser más que una gran monigotada pero, por favor, padre o padrino, y no os perdonaré si no me complacéis en esto, decidle a ese mi detestado hermano Ahuitzotl, caso de que mis ofrendas y plegarias a los dioses para que se muera no hayan sido atendidas todavía y siga vivo, que esta misión que se me ha encomendado es mucho más importante que nada de lo que haya hecho él jamás ni pueda aspirar a hacer nunca, porque no da para más. Pero decídselo no directamente, sino que le llegue como por murmuración, para que no sospeche que se le dice para decírselo, sino que se crea que eso es lo que se piensa en general, y que se pique y sufra y se consuma y no duerma de la rabia y se sienta chingado sin saber por quién ni por dónde ni en qué momento. ¡Ah! y si de paso se le puede insinuar que las mujeres lo encuentran patoso y feúcho, mejor que mejor.
¿Cómo no iban a encontrarlo patoso y feúcho si era patoso y feúcho como su padre?
-No te preocupes. Deja eso de mi cuenta, hi..., ahijadita mía. ¿Sabes? si tú te sientes mejor hoy, este es el día más feliz de mi vida y nada celebro tanto como el haber vivido para verlo. Tú eres la luz de mis ojos, la luz de mi razón, la razón de mi luz. Tú eres todo.
Se le saltaban las lágrimas.
-¡Hale, hale, padre o padrino, no hay que ponerse así, tan sentimental! Bueno, yo también te quiero, pero no olvides lo que te he dicho de mi hermano.

La Zarzamora
26/01/2012, 23:06
¡Jamás, jamás, eso jamás! Esta criatura acababa de darle la vida. Me ha dicho que me quiere. Me ha dicho que me quiere. Estas palabras llenan el firmamento y la tierra, lo llenan todo, el pasado el presente y el futuro. Y si le veía alguien llorar de emoción le importaba menos que nada. Ni tampoco el paraíso le importaba. No, el paraíso eran precisamente esas palabras "yo también te quiero". ¡Bendita, bendita hija! Ante eso ni la paz ni la guerra, ni las cinco eras del mundo, ni las que vinieran era nada. ¡Aculnahuácatl, te lo ha dicho! El cielo y la tierra pasarán, pero estas palabras no pasarán. "Yo también te quiero", "yo también te quiero", "yo también te quiero"...

La Zarzamora
02/02/2012, 22:29
Apareció entonces. Aquel por quien que reinaba en el patio de la capitanía de Xiloxóchitl tanta expectación, el Marcos Bey, el doble de Huitzilopochtli, apareció en ese momento, cuando el tío papa acababa de anunciarle al sobrino aquella densa sombra. Y esa densa sombra también apareció entonces. En el mismo momento que apareció Marcos Bey, en ese mismo instante sintió Xiloxóchitl que con violencia monstruosa lo arrancaban de cuajo de sí mismo y lo soltaban en un vacío inmenso, desconocido, inimaginable, en una soledad sin confines en la que no podría encontrar a ningún ser humano, sólo negrura, negrura sin bordes ni final. Sí, allí estaban, recortados en la abertura de la puerta como en plática, Cuahuipil y Marcos Bey.
Sosegadamente, con compostura, con sus copales y sin precipitarse, los papas, rodeados de acólitos y milicias, fueron acercándose con cánticos, sonajas y atabales al que se parecía al Huitzilopochtli y estaba en compañía de Cuahuipil.
-¿Qué ocurre? ¿Hay alguna fiesta? ¿Y a éstos que les han hecho? ¿Qué han hecho con estos pobres indios? ¿Qué tropelía es ésta? ¡Aunque se los vayan a comer! ¡No es motivo para afrentarlos, voto a tal! -exclamó indignado Marcos Bey.
Cuahuipil se sobresaltó:
-¿Quién? ¿Qué indios? ¿Qué os ocurre?
Papas y milicias se detuvieron sin avanzar más hacia éllos.
Era hermoso. Era hermoso. ¡Era tan hermoso! El cuerpo le dolía de lo hermoso que era aquel recién llegado. Desventurado Xiloxóchitl que acababa de entrar en una abyección en la que por necesidad estaría apartado de toda normalidad, que ya no podría revelar jamás a ningún otro ser humano sus pensamientos, porque a su propia lengua le daría asco tocarlos.
-Pero ¿no veis cómo se han ensañado con ellos, cómo les han puesto la cabeza? - dijo Marcos Bey señalando a los papas y, de la indignación que le causaba, ni siquiera reparaba en que también le molestaba que, a diferencia de los demás indios, estos que estaban tan puercos, estuvieran también muy vestidos. No, una cosa era la guerra y otra las afrentas. Comer, sacrificar, está bien, pero afrentar sin dar al cautivo la posibilidad de asearse era una guerra sucia, contra la que no tenía nada pero, cuando se lleva todo con buen orden, se empieza primero por la limpia y sólo después se pasa a la siguiente y así sucesivamente, y ahora no habían ni empezado.
-¡No se altere vuestra merced! ¡Vaya susto que me habéis dado! ¡Y tanto alboroto para nada! -le replicó Cuahuipil-. Aquí no ocurre nada ni nadie se ha ensañado con nadie. Los que veis aquí con esas greñas son los papas, que hacen penitencias y, cuando las hacen, se sangran las orejas y se les llena de sangre el pelo pero no se lo cortan ni lo lavan ni lo peinan hasta que se vuelven a bañar. Van así porque lo consideran muy santo. No haga vuestra merced tantos aspavientos que nos hemos creído que pasaba algo grave y van a pensar que sois un apocado.
Marcos Bey lo miraba con los ojos muy abiertos y cómo preguntándose si se estaba mofando de él contándole cosas fantásticas y que no le sonaban para nada de los sabios antiguos o si era aquello en efecto una explicación verdadera. Entretanto los papas, con sus fieles, aguardaban pacientemente a que al recién llegado se le pasase la sorpresa. Ya estaban acostumbrados a que sus pintas llamaran la atención de los cristianos y aguantaban estas señales de sobresalto sin sobresaltarse a su vez. Se decidieron a avanzar otro poquito.
-¿Y por qué vienen hacia nosotros?
-Pues eso sí que no lo sé.
¡Qué diáfano, qué decidido, con qué movimientos resueltos y sin estorbo se conducía! ¡Qué porte, qué aire de persona sin doblez y sin entresijos en todos sus ademanes! ¡Ay de Xiloxóchitl! ¡Nada, nada podría ya desear nunca en este mundo sino que aquel teule lo matase! ¡lo matase a cada hora, a cada instante, en cada vena, en cada labio, en cada triza de piel! ¡sólo muerte, muerte una y otra vez a sus manos!
Los papas se habían puesto ahora a incensarlo con copal, aunque ya desde antes e instintivamente, Marcos Bey se había llevado la mano al puño de la espada.
-¿Por qué me echan humo?
-¿Qué dice de humo vuestra merced? Lo que hacen es incensaros y eso sí que no sé porqué. Suelen hacer sahumerios a los dioses y a los que piensan ofrecer en sacrificio porque, como ya os dije, cuando los sacrifican entienden que se vuelven divinos.
-¿Y cómo iba a ser eso si no soy enemigo?
-Digo a vuestra merced que no lo sé, pero por fuerza nos lo dirán ahora.
Naturalmente. Allí tomó la palabra uno de los papas y lo que dijo se lo tradujo a Marcos Bey el propio Cuahuipil, que por fin se enteraba de a qué obedecía el ritual y por fin caía también en a quién le recordaba Marcos Bey. ¡Y era verdad! ¡Ya lo creo que era verdad! Él estuvo una vez en un grupo con el capitán Malinche en la capilla del Huitzilopochtli y le había visto la cara a la imagen, y era eso: él y Marcos Bey se parecían como dos gotas de agua. Y no le extrañaba que los tlaxcaltecas anduvieran haciendo cábalas, porque mira si tenía gracia que el dios al que le piensan ofrecer tu corazón, mande a su doble a tu propio real. Y, ahora que lo pensaba, encima éste había venido con Narváez, que a su vez venía contra Cortés, y él y los de Tlaxcala estaban con Cortés... Pues sí, se explicaba los sahumerios, porque sería casualidad, pero vaya con la broma.
Los papas hicieron, pues, su oficio, presentaron sus ofrendas y dijeron lo que tenían que decir, y Cuahuipil se lo tradujo también todo a Marcos Bey añadiendo:
-Y déjese hacer vuestra merced lo que ellos quieran y no se espante porque ven que nuestra causa y nuestras personas están en peligro y los papas tienen que mirar por que vuestra merced no nos traiga ninguna mala influencia del que los cristianos llaman Huichilobos, pero que en realidad es el Huitzilopotzli, al que resulta que se parece vuestra merced.
-¡Claro que no traigo ninguna influencia de ningún Huichilobos ni ningún Huichiburros! ¿Cómo piensa vuestra merced que yo me iba a dejar convencer por un dios al que ni siquiera conozco? Pero no se quede ahí callado y dígame cómo se dice todo esto en náhuatl, que yo quiero responder a estos buenos papas que tan bien y con tan linda música me celebran y no les voy a tener un año esperando después de incensarme y de traerme comida. ¿Copal ha dicho vuestra merced que se llama este sahumerio que huele tan rico?
Cuahuipil trató de dar abasto a todo lo que se le pedía que era bastante, porque no es nada fácil traducir la palabra Huichiburros al náhuatl ni explicar a Marcos Bey cómo darles a estos papas y guerreros en su propia lengua la inesperada noticia de que los plurales fractos de la lengua árabiga observaban las mismas reglas de concordancia que los plurales inanimados de la lengua náhuatl, que esta lengua y el turco aglutinaban radicales de la misma manera y que, por tanto, no cabía duda de que había un fondo común y disperso de sabiduría desde la antigüedad y de que entre los libros antiguos de los indios no podía dejar de haber mención de dónde se encontraban Eldorado, las amazonas y la perdida Atlántida, y que confiaba en que le ayudasen a encontrarlos y a encontrar todo lo que hubiera en Tenochtitlan digno de encontronazo. Item más, que era de su conocimiento cómo estos tlaxcaltecas, sin duda descendientes de los troyanos, eran desde la antigüedad los guerreros más famosos del orbe y que el capitán Cortés era el mejor capitán de cuantos había sobre la faz del susodicho orbe y que ésas y la de la reina doña Juana, mientras estuviera loca, eran sus lealtades. Y que de no haberlo sido de antes lo serían ahora por la mucha amistad que le habían mostrado con estas ofrendas, esta música y esta comida con que querían sanarlo de su enfermedad y que era sin duda porque el espíritu que guiaba a cristianos y tlaxcaltecas sabía de estas ofrendas que se le iban a hacer por lo que había dispuesto este parecido entre el dios guerrero de los mexica y él, para que éstos últimos supiesen que habían ofendido gravemente a su dios, porque si no, no estaría, aunque fuera en efigie, cerrando filas con el enemigo. Seguramente no habrían mostrado suficiente ánimo y coraje en la pelea o habían guerreado demasiado poco y con desgana y sin hacer suficientes cautivos y sacrificios, pero ahora con la llegada de los cristianos y los tlaxcaltecas se les ofrecía la oportunidad de reparar esas faltas, y así de hacer resplandecer la vigilancia del sumo Hacedor sobre todas sus criaturas. Y que, en cuanto terminase de comer, podrían echar todos alguna partida a las cartas o a lo que tuviesen por costumbre, que él se holgaría mucho en ello.
¡Pues sí, ya estaba todo claro para tlaxcaltecas y cristianos agoreros! Los mexica no habían dado suficiente guerra y por eso hasta su Huitzilopochtli se había pasado al enemigo. Porque no había duda: a este Marcos Bey lo habían examinado muy detenidamente y era un buen teule, bravo y manso a la vez, de muy buenos modales y muy pendiente de sus plurales y de aglutinar con concierto. Y unos problemillas de nada no iban a echar para atrás a unos con tanta experiencia en padecerlos como los tlaxcaltecas. Si no había nada más que ver la cara con que miraba la comida y con que los miraba a ellos. Le gustaba la comida y le gustaban ellos. Sólo una persona franca puede mirar la comida con esos ojos sin recelo. Claro que eso era antes de probarla, en cuanto se llevó la tajada a la boca se quedó con ella en suspenso y como titubeando. Pero nada, no había por qué alterarse, porque ya las cocineras tlaxcaltecas, como muy avisadas, le tendieron la sal, admirándose todavía de que la gente pudiera comer con aquella asquerosidad sin vomitar. Era verdad lo que decían algunas de ellas, que tenían que haberlo guisado con sal, pero es que no les acababa de entrar en la cabeza que nadie pudiera hincar el diente a un guisado echado a perder de esa forma. Esto se lo explicó Cuahuipil a Marcos Bey.

La Zarzamora
02/02/2012, 22:30
-Es que los tlaxcaltecas nunca le echan sal a la comida. No crea que es que no son buenas cocineras o que han querido desagradar. Son buenas cocineras y quieren agradar. Sucede que los mexicas y la triple alianza los han tenido bloqueados sin poder comerciar sesenta y dos años hasta que llegamos nosotros y Tlaxcala no produce sal y no la podía comprar, ni sal ni ninguna otra cosa de las que no produce. Al padre de mi amiga, que era comerciante, lo mataron los de la Triple Alianza cuando salió a comprar sal. Entonces en sesenta y dos años se han desacostumbrado y ya la sal les sabe mal. Y a mí de los mexicas es lo que peor me sabe, porque ellos sí tienen mucha sal y que les negaran todas las demás cosas, que los matasen y que los sacrificasen, pues bueno, todavía, porque el que no les dejasen traer cosas de otras partes es una infamia, pero negar la sal a alguien, cuanto tú la produces, no tiene nombre. Es como si Tlaxcala, que es un nombre que quiere decir tierra del pan, pues negara el pan o como si el sol se negara a lucir. Por eso, más que por ninguna otra cosa, pienso que ha de pedirles cuentas el Altísimo. Perdóneme vuestra merced, que ahora le sigo explicando todo esto de la sal, que es muy importante.
Esto lo dijo Cuahuipil porque Teyohualminqui parecía muy interesado en charlar con Marcos Bey y quería que Cuahuipil le sirviese de intérprete. A Teyohualminqui más que si comía con sal o sin sal le interesaron de Marcos Bey todas aquellas menciones que había hecho de la antigüedad, es decir, suponiendo que hubiera entendido algo, que no estaba seguro y, si le hubieran pedido su parecer, hubiera preferido para enterarse mejor que el otro hubiera hablado en castellano y Cuahuipil lo hubiera traducido en condiciones. Él mismo había aprendido palabritas aquí y allá de castellano de la pequeña guarnición que se quedó en Tlaxcala, a la que visitaba de vez en cuando para verlos y hacer preguntas, sin tener nunca la seguridad de enterarse bien de nada y sacando conclusiones de lo que oía, más por razonamiento que por haberle comprendido los otros sus preguntas y él las respuestas. Ahora contaba con Xiloxóchitl y Cuahuipil para que le tradujeran, así que, cuando Marcos Bey hubo comido y se vio libre de la expectación general, consiguió Teyohualminqui entrar en conversación con él para que ampliara lo que ya le había adelantado Cuahuipil:
-Pues en cuanto a lo que dice vuestra merced de la antigüedad -dijo Teyohualminqui-, hay algo que llevo meditando desde que llegaron sus hermanos los cristianos y es que no es posible que no procediendo de la misma fuente, nosotros los indios por una parte y ustedes los cristianos por otra, y sin saber nada los unos de los otros, hayamos tenido el uso del bautismo y la confesión y la comunión, y aún conocido la cruz y, aunque en detalle las fórmulas pueden ser diferentes, se advierte un mismo espíritu de santificación, comunidad y sometimiento al supremo e invisible Hacedor y, cuanto más conozco de la religión cristiana, más me convenzo de que no puede ser una distinta de la que he profesado siempre, porque un detalle litúrgico aquí o allá no es lo que define la fe. No es la letra lo que salva, sino la fe, así, se me hace que todos los creyentes hemos sido siempre unos.
-Lo que decís, padre, es una verdad que, de tan resplandeciente, ciega. Si yo fuera vuestra merced, echaría mano a la espada cuando se me motejase de idólatra, porque por lo que he sabido hasta ahora, que no es mucho, también es verdad, nunca habéis sido otra cosa que cristiano. Ni me contentaría con palabras, que se las lleva el viento, sino que ahora mismo y por escrito y donde surta efecto lo pondría todo. Haría una relación detallada y la enviaría al obispado de Santo Domingo para que a vuestra merced le reconozca el sacerdocio y pueda llevar a las almas a la salvación. Y le certifico que estaría vuestra paternidad entre los clérigos más santos, porque no creáis que todo lo que se sienta en el confesonario no tiene más que confesar que el mismísimo Satanás. Si lo deseáis, yo escribiré todo en latín, que es la lengua eclesiástica, y junto con ello mandaremos las pruebas que demuestren lo que explicáis para que todo el que lo lea aprecie lo que lleva haciendo el Criador desde la antigüedad.
-¿Y Camaxtli? -terció Xiloxóchitl-.
-¿Quién es Camaxtli?
-Camaxtli es el dios tutelar de Tlaxcala. Tiene un tocado de plumas, va pintadito a rayas rojas y blancas de arriba a abajo y lleva un cestillo muy bonito en la mano derecha y en la izquierda su arco y sus flechas, en los brazos adornos y colgado alrededor del pecho un conejo estirado -explicó Cuahuipil.
Marcos Bey se le quedó mirando con ojos de asombro y como no dando crédito a lo que oía.
-¡No es posible! -dijo.
-Sí. Así es una de sus figuras. Para mi gusto es de los dioses más bonitos de esta tierra. Es cazador.
-¡Voto a tal! ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿No ve vuestra merced que no puede ser?
-¿Por qué no va a poder ser?
-¿Un conejo, decís?
-Sí. Así es.
-¡Pero ¿vuestra merced no se da cuenta de lo que significa eso? Cuando habla de que tiene un conejo ¿no se lo habrá imaginado tal vez vuestra merced?
Xiloxóchitl seguía este diálogo sorprendido y sin entender nada y no sabía si Marcos estaba enfadado o era éste su desaforamiento habitual. Teyohualminqui se preguntaba lo mismo, pero todavía más perdido, porque entendía menos.
-No, no me lo he imaginado. Yo mismo lo he visto y vuestra merced lo puede ver cuando quiera, porque el real tlaxcalteca está lleno de imágenes de él.
Marcos Bey se dejó caer para quedar sentado, porque de pie no aguantaba la sorpresa.
-Esto es un milagro. Un maravilloso milagro. Pero no es posible que vuestra merced no lo vea.
-Ver ¿qué?
-¿Vuestra merced afirma y asegura que se trata de un conejo entero, no de un diente ni de una pata?
-Sí. Enterito y que se ve muy bien y muy claro. Un conejito muy suave. Al menos esa es la sensación que da, como de decir que el dios en sí es suave y amoroso. Es lo que yo entiendo, pero tampoco puedo decir que sea entendido en la religión de los indios.
Marcos se volvió solemnemente a Teyohualminqui y le dijo:
-Padre: por si algo hiciese falta, este Camaxtli que me mencionáis aclara todo y demuestra hasta dejar boquiabiertos que siempre habéis sido cristianos.
Cuahuipil tradujo. Xiloxóchitl miraba a Marcos Bey no como si hablara del dios, sino como si fuera él el dios y Teyohualminqui estaba ya nervioso de esperar con ese suspense y le intimó a Cuahuipil:
-¡Que nos lo diga ya!
-Pero ¿y cómo es eso? Explíquese de una vez vuestra merced, porque nos está impacientando -dijo Cuahuipil.
-Pero ¿de verdad no lo veis? -la incredulidad que expresaba ante la ceguera de su correligionario era auténtica y sorprendente- ¿No acaba de afirmar una y otra vez vuestra merced que el Camaxtli tiene un conejo, y enterito, en el pecho? Es decir ni un ojo ni una pata ni una oreja, que suelen ser supersticiones sin el respaldo de los antiguos...
-¡Pues a lo mejor si fuera un ojo con superstición y todo lo vería, pero así, sin ojo, pues no, no lo veo! Y dígalo vuestra merced de una vez o cállese del todo porque, si no lo vais a decir, tampoco hay para tantos aspavientos y tenernos a todos sobre ascuas.
-No, voto a tal, no. Yo no quiero impacientar ni tener sobre ascuas a nadie, pero creí que al menos para vuestra merced sería tan claro como el día. Esto sí que es algo que se desprende claramente de nuestra antigüedad y que está al alcance de cualquiera. Porque vamos a ver: la palabra Hispania, que viene de los fenicios, ¿qué significa?
Cuahuipil abrió la boca y se quedó mirando al otro y, cuando al fin halló la palabra, habló lentamente, tratando de captar el alcance de lo que decía:
-Quiere decir tierra de conejos.
-Tierra de conejos. Hispania, tierra de conejos: Ínclitas razas ubérrimas de insólita Hispania fecunda. Tierra de conejos, sí, hermanos. Exactamente. ¿Y es o no es cierto que cada uno de los cuatro evangelistas tenía un animal que era su símbolo y que conocemos, porque consta incluso en los escritos antiguos¬?
-Eso dicen -dijo Cuahuipil.
-Y pues lo tenían los evangelistas ¿no habían de tenerlo los apóstoles, que hablaban de viva voz y necesitaban más divisas para que se los conociera? Y ahora, decidme, hermanos, ¿cuál es el apóstol de España, o Hispania, tierra de conejos?
-¡Es Santiago ¿no?! ¡El de las batallas! -decían y se miraban unos a otros preguntándose si en efecto todo aquello tenía pies y cabeza.
-Exactamente, hermanos: El Camaxtli y el apóstol Santiago son una y la misma cosa. Y vosotros los troyanos lo habéis sabido representar muy bien con ese revelador conejo. No un borroso conejo o un mítico conejo o un ovillo de animales, sino un conejo entero y bien reconocible. Y si alguna duda cabe, decidme si no, ¿cómo es que jamás ha caído Tlaxcala ante los poderes de México y, sin embargo, rápidamente a españoles y tlaxcaltecas se nos impuso la certeza de que éramos todos uno y de que el apóstol, nuestro apóstol, no quería que contendiésemos los unos contra los otros, sino que, amparados por la suavidad de su divisa, fuéramos tlaxcaltecas e hispanos un solo rebaño¬?
La noticia, desde luego, y cerrada con esa concluyente pregunta, era como para ponerse a balar todos juntos. Aunque eso podía esperar. Lo que no podía esperar, en vista de lo visto, y no esperó, fue escribir a Santo Domingo para pedir que sin dilación se hiciera un recuento de grey y de pastores, teniendo presente incluir ya nominalmente al reverendo padre Teyohualminqui de Tlaxcala y a todos los papas indios que quisieran acogerse a la homologación, pidiéndose asimismo que se concediese reconocimiento al náhuatl como lengua eclesiástica hasta que los dichos papas aprendieran latín.

La Zarzamora
09/02/2012, 22:02
Algo se iba a acabar. O tal vez era todo lo que se iba a acabar y ya había empezado a acabarse. Así lo sentía él, Cuahuipil, desde que tuvo uso de razón; sintió que llegaba a un mundo que se terminaba. O tal vez incluso, todos los mundos se terminan siempre y en todo momento. Y éste como todos. El dios del viento, o la divinidad que se manifiesta en el viento, el Quetzálcoatl cuya venida esperaban los indios de la Nueva España cuando llegaron los cristianos y con quien se dijo que confundieron en un principio a Cortés y a los suyos, tal vez sí había llegado verdaderamente a estas tierras y como un vendaval terminaría llevándose todo lo que era liviano, como la razón. Y tal vez había llegado a este mundo desconocido después de pasar por España y llevarse la razón de doña Juana como si fuera un símbolo de la de todo su reino, dejándolo seco, desnudo de sus siglos, de los siglos que habían sido su hogar, el de él, Cuahuipil, y que cada vez se le volvía más irreal y donde el alma encontraba cada vez menos ya donde amarrar. Y ahora se hallaba aquí, tan desterrado como allá; el desterrado hijo de Eva de que habla el rezo cristiano. O a lo mejor siempre ha sido así y siempre será así y no existe ser humano que no sea desterrado, desterrado de los ojos en los que no consigue verse, desterrado del propio corazón, que se esconde y nunca se atrapa si se busca fuera de uno mismo, y que no se busca dentro porque da miedo, porque no se sabe lo hondo que se puede caer en él ni qué se encontrará.
En Castilla y en Cuba él se había llamado por un nombre y, aun antes de eso, sus padres le pusieron otro, que luego no pudo usar, porque no era cristiano. Luego una voz divina en Tlaxcala también le había dado el nombre milagroso y con ése se quedó, porque ése, siendo otro nombre, era su nombre y nombre y mujer eran un camino a ese corazón que tanto cuesta encontrar. Desde el momento que la conoció se lo dijo a sí mismo: la quiero porque no me es ajena, la llevo dentro y la reconozco porque ella me ha reconocido a mí y es parte de mí, su cuerpo es mi cuerpo y su corazón y el mío se conocen desde siempre.
Y era ese mismo sentimiento el que explicaba también por qué huía siempre que podía de los alcázares de Axayácatl y de cualquier palacio, porque prometen lo que no dan, porque hacen creer que en su grandeza han de albergar tanto y tanto y es lo cierto que están vacíos, porque todo lo que existe está en el corazón, que siempre es pequeño, y porque todo lo que es hermoso huye de donde no se sienta estrechado. Cuántas caras había visto él en Tenochtitlán más llenas de alma que sus templos, cuántos ojos con más divinidad que todos los altares. Por eso huía de aquellos grandes lugares y solía venir, ya fuera solo o acompañado, a perderse en los barrios de las gentes sencillas, sobre todo en este de Tezcatonco, que quiere decir de los espejitos, a lugares como la plazuela en la que estaba ahora y que quedaba a un costado de este templo chiquito de Tezcatlipoca.
Esa plazuela y otra plaza más grande que había ante la entrada del templo y los canalillos y callejas de sus alrededores solían estar muy concurridos. Durante el día se ponían los tianguis, agrupados por oficios y géneros, y al anochecer, aunque se quitaban muchos de los tenderetes, el lugar también cobraba vida con los que quedaban y con quienes hallaban gusto en la animación vespertina. Era entonces cuando era fácil ver rameras y algún que otro bardaja. A estos últimos le costó llegar a distinguirlos. Ahora a algunas rameras ya las conocía de vista o de cruzar palabras con ellas e incluso de conversar. Los bardajas lo desconcertaban. Le era penoso ver lo afectadísimamente amanerados que podían ser ellos y lo afectadísimamente desvergonzadas que podían ser las rameras y todos debieron admitir que él no era cliente, que no tenía interés en sus servicios y que su gran fiesta era comer tamales, atoles, tecuitlatl con chilimoli u otras platillos de los tenderetes de la calle, curiosear y trabar conversación con la gente.
Claro que, pensaba ahora mientras deambulaba, y últimamente lo pensaba mucho, en la honradez se había excedido. No porque él quisiera tener más dinero o cacao -que en la Nueva España, lo mismo que las mantas y los canutillos de pepitas de oro, servía de moneda- de lo que tenía, sino porque, si no tenía, tampoco podía dar ni regalar ni tenerle atenciones a nadie, ni siquiera a aquellos con quienes se sentía en deuda. Él se había hecho hermano sin voto de la Orden de las Hijas de la Sal, restauradora del comercio, pero la verdad es que no había hecho nada por avanzar el propósito de la orden, a pesar de todas las buenas palabras que había dado a Ilhuicáatl de creer firmemente en su iniciativa y en lo justo de los fines de la orden. ¿Qué iba a darle a esa mujer? ¿sólo palabras? ¿Ése era todo su convencimiento en lo fundado y bien pensado de su empeño? Estos pensamientos lo corroían desde hacía unos días, se sentía ruin y algo tenía que hacer. Ahora sí lamentaba haber desaprovechado oportunidades en que pudo hacerse con algo que mandar a Tlaxcala para apoyar por lo menos la obra emprendida por Ilhuicáatl, ¿o es que iba a ser él como algunos que se tomaban todo esto a chunga? Porque, aparte de eso, si él vivía, podría poner remedio a la situación en lo sucesivo, y en eso pudiera haber tenido razón antes, pero estaba todo tan incierto que cualquier día se iba él al más allá y desde donde estuviera podría tal vez mandar bendiciones a su dueña, mas no dinero, y eso no era muy generoso ni entregado.
Lo entretuvieron lo suficiente estos pensamientos como para resolverse a hacer algo cuando regresara al real, mas, una vez resuelto, volvió el pensamiento al lugar en que se hallaba. Desde donde estaba ahora, junto a los puestos de las hierbas y las especias, podía ver en la calle que arrancaba al otro lado de la plazuela la casa donde ejercía el papa-astrólogo Cuaunochtli, conocido incluso fuera del barrio y con fama de bueno y entendido.
En el recinto del templo y en calles y plazuelas habían empezado a encenderse los braseros de alumbrado. Vio entonces como entraba otro viejo en la consulta de Cuaunochtli. Cuál era la historia de estos viejos que de vez en cuando llegaban a ver al papa, a veces sin traer nada y a veces cargados con esteras y otros objetos, se lo había explicado tiempo atrás una de las rameras con las que conversaba a veces. Esperaban mientras les preparaban un cocimiento de hierbas y ella le decía:
-Ese era cliente mío.
-¿Y vuestra merced ya no lo quiere de cliente?
-Yo sí.
-Pues ha de haber perdido la razón si es que ha cambiado vuestros servicios por los de otra. Estoy seguro de que si yo fuese cliente vuestro no os cambiaría.
-Y ¿por qué no lo sois? Ya, ya lo sé: a veces decís que no me podéis pagar y a veces que por qué no dejo este trabajo. Si no os hacéis cliente mío, a lo mejor un día de la pena por vos sí que lo dejo.
-Deberíais dejarlo por la pena de vos misma. –ella miró hacia otra parte y él continuó:- ¿Por qué creéis, pues, que ya no es cliente vuestro?
-Ya lo veis.
-¿Qué es lo que veo?
-Se va a confesar.
-¿A confesar?
-Sí. He oído que los teules tenéis otros dioses y otra religión muy distinta y tal vez no tenéis costumbre de cosas como ésta ¿verdad?
-¿De confesar? Sí, sí que la tienen, mucha costumbre.
Los que no la tenían eran ellos los moriscos, por supuesto, pero tampoco los indios. Una vez en la vida podían confesarse y serles perdonados todos los pecados de la carne. Si después de eso los volvían a hacer, no había perdón. Por eso precisamente no había visto nunca llegar a confesión a casa de este papa astrólogo sino a viejos y eso le había llamado mucho la atención. Llegaban ellos entre apesadumbrados y aliviados y marchábanse con la pesadumbre y el alivio multiplicados. Se acabó lo que se daba, fulano, pero al menos ahora, aunque te descubran una fornicación, quedarás exento de la pena de muerte que te iba a caer encima como a alguien le diera por denunciarte y te encontraran pruebas. Míralos. A ellos que les gustaba tanto el trajín, que hasta habían pechado con la aprensión, lejana sí, porque no se espachurraba a fornicadores todos los días en Tenochtitlán y haberlos habíalos, pero, bueno, de que podrían quitarles el vicio de golpe y porrazo, y nunca mejor dicho, porque la ejecución de la pena consistía en aplastarles la cabeza con un enorme pedrusco. Mientras hubiera una ley, siempre le podía dar a alguien por aplicarla.

La Zarzamora
09/02/2012, 22:05
Y no menos le había llamado la atención la diosa bajo cuya advocación se hacían estas confesiones. Era ésta la de la carnalidad y, cuando adoptaba el nombre de Tlaelcuani, tenía a su cargo comerse los desperdicios y las inmundicias, y por eso acudían a ella los fornicadores, adúlteros y amancebados, para que, al comerse la diosa esas porquerías -y las porquerías por antonomasia, como ya queda dicho, son los pecados de la carne-, quedaran limpios. Una diosa muy buena. Claro, que no existía, era una figuración, porque sólo hay un Dios. Pero también los cristianos decían que la sangre de Cristo nos redime de todos los pecados y que el correr de la divina sangre de Cristo se lleve los pecados y que una boca divina devore nuestra inmundicia tal vez era todo lo mismo y se resume en que nada es más cierto y divino que el perdón, se explique como se explique, que sólo el perdón existe y que lo demás es todo temporal y quimera; el perdón, que se lleva el polvo del alma como la lluvia el que oscurece los cristales.
Sólo estos papas astrólogos eran los habilitados para confesar, no los de los templos, y este Cuauhnochtli no se parecía a Teyohualminqui, el papa tlaxcalteca que era tío de Xiloxochitl, pero aun así, por algún motivo que desconocía, se lo recordaba. Nunca había hablado con él y, sin embargo, tenía el sentimiento de que lo conocía, porque, de tanto andar por allí, se sabía sus idas y venidas, las ceremonias que hacía y las horas a las que las hacía, le era familiar su gesto, en toda ocasión sosegado, la pulcritud que se desprendía de toda su persona, pues hasta su andar se diría que estaba recién lavado... Y también Cuaunochtli, este sacerdote o papa-astrólogo, lo conocía a él. ¿Cómo no iba a conocerlo si los teules eran como un circo ambulante en Tenochtitlán? Siendo de buena crianza, los indios, lo mismo éstos que los de Tlaxcala y que todos los demás, no tenían una manera enfadosa de importunar al objeto de su curiosidad, pero ciertamente sí se enteraban y sí eran curiosos y Cuahuipil, cuando no iba disfrazado, que a veces lo hacía, era una atracción del barrio. Sí, Cuaunochtli lo conocía muy bien. Conocía su manera de andar, de estar de pie, de acuclillarse, de hablar, de reír... Una hermosa risa, franca y compasiva. La primera vez que lo vio sí se lo quedó mirando -con disimulo, claro-, porque personas como éstas jamás se habían visto en Tenochtitlán. Tenía el cabello pardo claro y los ojos verdes, era más velloso que los indios y tenía la tez blanca hacia lo sonrosado. La expresión era risueña y bondadosa. Algo lo veía en compañía de rameras y bardajas pero, por la actitud, más creía que ellos se le acercaban a él que él a ellos. Por otra parte ¿de qué iba a escandalizarse tras tantos años de dedicarse a la gente pecadora? Y a este teule había llegado a acostumbrarse tanto que si pasaban unos días sin verlo, lo echaba de menos y empezaba a preguntarse si estaría enfermo o si habría tenido algún percance. Sobre todo últimamente. Sabía que los sumos sacerdotes de México-Tenochtitlán, tras haber consultado con el Huitzilopochtli, habían dicho que el dios quería que se fuesen los teules y que, ante eso, Moctezuma, que los había acogido, les había dicho que se marcharan y que ellos habían dicho que en cuanto tuviesen barcos lo harían. Ahora se decía que habían llegado muchos barcos teules a la costa mas que los que en ellos venían no lo hacían como amigos, sino como enemigos de los teules de aquí. Para abreviar, que había mucha animosidad en Tenochtitlán, le constaba, contra éstos, que se llamaban a sí mismos cristianos, y que este Cuahuipil -no entendía eso de que tuviera un nombre náhuatl, puesto que hablaban otra lengua- era muy atrevido paseándose por Tenochtitlán, solo o con algún otro, y tan perdido entre el gentío de la ciudad como una hormiga lo hubiera estado en una charca. Sabía también que el capitán de estos teules, al que llamaban Malintzin, había derribado al Hutzilopochtli de su altar y eso fue un gran atrevimiento, ciertamente, y un signo, si bueno, malo o peor, el invisible Hacedor y Guiador de todo lo sabía. Él, Cuauhnochtli, sabía muy pocas cosas y una de ellas era lo difícil que es hallar el propio corazón, mucho más difícil que coger el cuchillón de pedernal, rajar el pecho y sacarlo. Y también, aunque eso no podía decir que lo supiese, estaba seguro de que terminaría hablando con Cuahuipil.
Y eso precisamente es lo que se le pasó a Cuahuipil por la cabeza estando allí un día. Se sorprendió de que se le hubiera ocurrido aquella locura y, por ende, no hizo caso a la idea. Y otro día, también estando allí, a un tiro de piedra de la casa de Cuanochtli, se le volvió a pasar y ya no la ahuyentó, aunque fuese locura. Se quedó en él, como parte de él, aunque no como algo inevitable, porque si hubiera querido lo hubiera evitado, pero no lo quería evitar, él nunca había querido ni intentado evitar nada. Lo que quería era ir allí, a la casa del confesor donde el perdón se comía las porquerías y hablar con el papa. ¿Para qué? ¿qué le diría?: ¿padre, me quiero confesar...? ¿padre, no tengo ningún pecado y sin embargo me quiero confesar? ¿padre no he hecho nada malo, no quiero hacer nunca nada malo, pero soy culpable, soy culpable de todo, de absolutamente todo..., padre no me quiero morir ni quiero vivir... padre, no me conozco, no existo, soy una quimera, y si no soy quimera soy sólo culpa y fingimiento...?
La idea la tuvo hacía tiempo, pero como desde entonces siempre, incluso cuando iba solo, había encontrado conversación y entretenimiento por la calle, en los tianguis, curioseando o sencillamente respirando el aire con sus olores y dejándose llevar por los ruidos del barrio y los canales, no se vio en ese momento vacío que le dice a uno que ha de hacer entonces lo que tiene que hacer, que ése es el momento de decir adiós al instante pasado y de entrar en otro que no se sabe lo que traerá.
Hoy notaba ya más cómo el ambiente se había enrarecido. No que la gente le fuera hostil, aunque algunos había que sí que lo miraban mal. Pero los más diríase más bien que se preguntaban si harían bien o mal hablando con él, si debían, sintieran lo que sintieran, serle enemigos o serle según su sentir o sencillamente hacer como que no lo veían y quitarse del dilema y le apenaba ponerlos en ese aprieto.
Sin sentir, había transcurrido ya la primera parte de la noche y en el templo vecino habían tañido las caracolas y atabales que señalaban la hora en que el común de las gentes se retiraba a dormir. Los muchachos aprendices que vivían en él educándose y ayudando al culto se habían recogido y en la casa de Cuauhnochtli éste alzaba el colgante que hacía de puerta de la calle y salía a barrer la entrada como cada noche antes de hacer su ronda de incensar a las deidades. Antes de volver a entrar, el papa se detuvo un instante y las miradas de ambos se cruzaron. Cuahuipil se decidió. Se sacó de la boca el chicle que mascaba y lo arrojó a uno de los braseros, cruzó el puente y caminó por la calle de tierra los pasos que le separaban de la casa de Cuaunochtli. Llegado ante ella, se detuvo un instante, transcurrido el cual, el propio Cuanochtli levantó el cortinaje que la tapaba. Las sienes y el pecho le latían a Cuahuipil como si ya en el próximo pálpito le fueran a estallar. El papa, de pie en el umbral, lo miraba... "¡Padre!" quiso decir Cuahuipil, pero tenía atenazada la garganta y no le salió.
-Hijo mío -le dijo el papa.
No podía articular palabra, en cambio las lágrimas le corrían incontenibles. A usanza de los indios, hizo una reverencia, tocó tierra con el dedo y se tocó con él la boca.
-Ven, pasa, hijo -tornó a hablar el papa acercándose a él en gesto de acogimiento.
¿Qué hacía él allí? ¿por qué había entrado? ¿qué esperaba? ¿qué tenía que ver él con esta casta de locos que creían que sacando corazones como quien degüella carneros agradaban a Dios? Pero no, ¡qué decía! No, éste no era de esos, puesto que los que confesaban no sacrificaban. ¿Qué hacía allí? ¿qué locura le había dado?
-Dime, hijo ¿qué deseas?
Seguía teniendo la garganta atenazada. ¿Qué deseaba? Eso, eso quería saber él. ¿Qué deseaba?: Cuaunochtli lo miraba y esperaba pacientemente. Iba a dar media vuelta e irse de allí. Eso iba a hacer. Pero no se movió. ¿Cuál es ese deseo que consume y que ni siquiera sabes dónde se esconde, si en el cuerpo o en el alma? ¿Muerte? ¿Amor? ¿Amor y muerte? ¿Olvido? ¿Y qué lo mismo daba que le arrancarán el corazón? Más allá, más allá.
-Tal vez crees que estás en tierra extraña, o que eres extraño en cualquier parte, estés donde estés, mas Aquel por quien todos viven está contigo y te conoce y te ha traído aquí para que halles la paz de corazón.
-¿Y que haría vuestra merced con mi corazón?
-Nadie, hijo mío, sino Dios, el que en todo está presente, puede hacer nada con tu corazón. Por nuestro señor Ipalnemoani, Tezcatlipoca, tienes ese corazón y siempre, esté dentro o fuera del pecho, ha sido de él y nunca será de nadie sino de él. Él es la vida de tu corazón y su paz. Sosiégate, hijo, y no pienses en lo que pueden hacer los hombres, aunque sean papas, sino que eres de hijo de dios y nada ni nadie puede hacer que no lo seas.

La Zarzamora
09/02/2012, 22:06
Rompió a llorar y un rato duraron los sollozos y los rezos con que, en voz limpia y sosegada, los acompañó el papa. No. No. ¿Cómo lo pudo pensar? Este papa no tenía nada que ver con rajar pechos humanos. Este papa tenía su propio corazón y él lo oía latir, porque era en su pecho donde tenía apoyada la cabeza y era ese pecho el que estaba poniendo empapado de lágrimas y eran las manos y la voz del papahuaque las que lo confortaban. Poco a poco apuró el deseo de llorar y se fue calmando.
-Estás en la casa de Dios, en la tuya. Dime, hijo mío, qué te aflige y si esa es su voluntad, Tezcatlipoca aliviará tu carga y te tendrá más cerca de él. Si es por tus pecados, los perdonará y si es porque no te sientes bastante bueno, te mejorará. Él es el amparo y la misericordia hasta el último extremo donde no llega imaginación ninguna.
-¿Me debo confesar, padre?
-Confiésate, hijo, si no piensas pecar más. Si te sientes con fuerzas para no apartarte por tu propia debilidad de la misericordia, porque ella nunca se apartará de ti. Si tienes esa resolución, confiésate, hijo, y ten presente que es de misericordia divina de lo que estás hecho.
-Pero, padre, no son mis pecados, soy yo lo que me aparta de Dios.
-Tezcatlipoca, dios el invisible, es el espejo humeante en que te reflejas, pero el espejo lo puedes limpiar con actos piadosos y buenas costumbres, no dejando que vivan en ti sino la verdad y la humildad. Poco a poco esa misericordia con que te hizo nuestro señor resplandecerá y nada te apartará de él, ya no verás el humo de tu quimera, sino tu propia imagen que no es sino divina piedad.
-¿Y qué he de hacer para confesarme?
-Hay algunas cosillas que tienes que traer, hijito, pero antes de nada has de decirme el día, mes y año en que naciste, de forma que según el calendario vea la fecha y hora más aconsejable para que el suceso sea armónico y fructífero.
-Hará como unos veintiún años que nací, padre.
-¿En qué fecha exacta, hijo?
-¿Es eso imprescindible? Yo tengo un lío enorme y no sé si ahora y aquí hay manera de saber esa fecha exacta por el calendario indio. Todo lo que sé es que hubo de ser en la primavera de hace veintiún años.
¿No tomaban nota estos cristianos de una cosa tan fundamental? ¿Cómo podían entonces sin ese conocimiento concertar sus asuntos para ponerlos en armonía con todo lo demás? pensó Cuauhnochtli. En cuanto a Cuahuipil, sí, el sabía el día y el mes del año de la hégira en que nació, pero, aunque el cálculo equivalente en fechas gregorianas lo había hecho con su prima Marzuqa alguna vez, no lo recordaba y ahora dudaba de que supiese hacerlo ni tenia la mente en ello. Encima, luego al arreglarse los papeles para poder pasar a las Indias tuvo de todas formas que falsear nombres y fechas, con lo cual, ahora, fuera de esa fecha de la hégira y de la que debía dar en falso, no tenía certeza sobre ninguna, ni tampoco había conservado la fe de bautismo de cuando siendo como de tres años tuvo que bautizarse, como todos los vecinos de su pueblo, al promulgarse el decreto de conversión de los mudéjares de Castilla. ¿Iban a cerrársele las puertas de la piedad por un mes, un año, o un calendario cualquiera?
-No, hijo, ninguna puerta se te va a cerrar ni hay tales puertas, puesto que nada existe fuera de la piedad divina, ni te tortures el alma pensando así. A falta de esa fecha, dime otras cosas de tú vida y según eso veremos el día que más conviene a nuestro propósito.
Así lo hizo. El papa estudió un rato el calendario y los signos y luego le dijo la fecha para confesarse, que Cuahuipil traspuso al calendario gregoriano: noche del 12 conejo, 30 de junio por la noche. Debía traer una estera nueva, incienso de copal y leña para quemarlo.
Todo concertado, con el rostro aún colorado del sofoco de tanto llorar, Cuahuipil se alejó en la noche. Rodeado de las sombras que le bailaban alrededor al dar en él la luz de los hachones colgados de uno y otro lado de la calle y en la plazuela a uno de cuyos costados se hallaba el templo, se dirigió hacia aquella parte del canal donde había amarrado el acale.
El papa se quedó mirándolo marchar y pensando que las lágrimas, además de saladas, eran pegadizas. Él, que se había mantenido sereno durante todo el estallido de emoción del muchacho, por más que se sintió conmovido, lo veía ahora alejarse canal abajo y lo veía entre lágrimas. Extraño que tanto como le pareció raro y curioso su aspecto la primera vez que lo vio, ahora, hacía nada, lo hubiera tenido contra su pecho. ¡Y qué sorprendentes aquellos ojos! En ningún momento mientras los miró había dejado de verse reflejado en ellos, con una nitidez y transparencia que no había visto nunca en espejo alguno y como si por un instante el objeto de su vida toda no hubiera sido otro que llegar a reflejarse en aquellos ojos verdes. No entendía todavía ni había parado mientes en preguntarle cómo es que se llamaba Cuahuipil. Ciertamente ese era el nombre que le hubiera dado él si hubiera tenido que elegirle uno, pero... Sí. Podía ser. Tal vez se llamaba así en su lengua y al hallarse entre gentes de habla náhuatl había decidido traducirlo. Sería eso. Y no. No pecaría. No se daría maña. Era un bendito y aun cuando alguna vez se decidiera a ello por ver cómo era, seguro que no lo conseguiría. En cambio el Quiccicuaztin... ése volvía a las andadas, con toda certeza. ¡Con todo el trabajo que le había costado tomar la decisión de confesarse...! Lo único que ofrecía duda ahora era cuánto iba a tardar en recaer. En fin. ¡Alabada sea la misericordia divina! ¡Perdónanos, Tezcatlipoca, perdónanos a tus justos y a tus pecadores, perdónanos mil veces, un millón, perdónanos siempre!

La Zarzamora
16/02/2012, 22:07
Al fin solos.
Tras la reveladora conversación sobre el apóstol Santiago, Marcos Bey se hubiera quedado a echar unas partidas de lo que hubiera sido con todos aquellos tlaxcaltecas o troyanos que hubieran estado dispuestos, pero ya había empeñado su palabra con Teyohualminqui, Cuahuipil y Xiloxóchitl y la cumplió. Entre los cuatro habían conseguido cuantos pliegos necesitaron de papel de Castilla, declaraciones de papas y relación de aquellos preceptos y creencias de la religión indígena que avalaban la afirmación de que este papa no había predicado ni enseñado nunca otra cosa que la doctrina de Cristo. Todo ello lo hizo constar Marcos Bey en latín en apoyo de la petición que también formulaba de que se admitiera a probanza la pretensión del padre y se le reconociera como sacerdote de Cristo y lo entregaron para que se enviase con el demás correo para Santo Domingo. A Teyohualminqui todo aquello ni lo emocionaba ni le dejaba de emocionar. Lo veía con mucha curiosidad y tenía interés en ver en qué paraba, pero para nada tenía el sentimiento de que su vida, su religión ni cualquier cosa que le importase dependiese de esos trámites. Curiosidad, sin embargo, como queda dicho, la tenía toda, porque finalmente no le desagradaban los ejercicios intelectuales y, si se había permitido criticar al sobrino el que abusase de la cabeza, era porque conocía el fenómeno por experiencia y el de sí que podía dar. Por lo demás, estaba muy satisfecho de la jornada. Había cumplido como capellán, había cumplido como tío, había empezado a cumplir como hermano con voto y ahora iba a dejar a su sobrino, que al parecer acababa de encontrar al teule adecuado para la Orden de las Hijas de la Sal, que siguiera con esa parte de la misión común mientras él iba a hacer penitencia.
A Xiloxóchitl la aclaración de la verdadera identidad del apóstol Santiago le había desbaratado un armatoste de los que se interponían entre él y su fe religiosa. Y la sencillez con la que había ocurrido había hecho algo más que desbaratar un único armatoste: había desbaratado todos los que hubiera habido y todos los que pudiera haber de ahora en adelante y jamás volvería a preocuparse por aparentes contradicciones entre una religión y otra, porque si algo que lo había torturado tanto tiempo podía disiparse con esa sencillez, cualquier otra cosa podría disiparse de igual forma, aunque no conociese todavía el cómo. Esta comprobación le hizo volver la vista atrás con mayor irritación aún, porque pensaba que su hermana ahora podría estar ya casada con Cuahuipil si entonces no hubieran pensado que la diferencia religiosa, hasta que no se resolviese de alguna manera, ponía un impedimento.
Aunque eso, a decir verdad, estaba más en la cabeza de Xiloxóchitl que en la realidad, porque la realidad era que en aquel entonces todos, incluido él, habían actuado con desconocimiento del futuro y en la creencia de que no faltarían ocasiones. Nadie sabía que iban a venir a Tenochtitlán y a quedarse aquí encerrados quien sabe si para siempre. Pero como, de hecho, aunque no hubiera decidido nada, la cuestión religiosa sí había sido una preocupación, ahora le atribuía hasta los efectos que no había tenido. Sí había tenido, por ejemplo, el de retraer a Cuahuipil de hablar francamente de matrimonio, porque ahora que lo conocía bien entendía que no se retraía porque no quisiera aceptarla sin bautizarse, sino porque sabía que sin bautizarse ese matrimonio no era posible, ni siquiera el concubinato era posible y, como por otra parte, Cuahuipil, por el respeto que la tenía, también era incapaz de decirle: "bautízate", como alguien no hiciese algo, aquella situación podía durar hasta que las ranas criasen pelo. De modo que lo que hizo Xiloxóchitl mientras Marcos Bey escribía latín, fue aprovechar uno de los pliegos de Castilla para ponerle unos signos a su hermana diciéndole que a la primera oportunidad se bautizase cristiana y explicándole el porqué y que no le diese importancia, que era cuestión de pura fórmula y, cuando su tío se retiró, aprovechó para darle la carta para que la entregase al correo de Tlaxcala.
Su hermana no era mujer muy pretendida y, aunque lo hubiera sido, era seguro que como Cuahuipil no había dos. En cuanto al hecho en sí de que Santiago y Camaxtli fueran una y la misma cosa lo tranquilizaba, no porque se lo creyera, porque estaba seguro de que, si los buscaba, encontraría defectos de bulto en la formulación religiosa de Marcos Bey, pero ahora entendía lo que había querido decir su tío de que las explicaciones en realidad no explican nada. Esa clase de cosas parecía que preocuparan a los cristianos, que se apegaban muy a la letra y al fenómeno visible de la doctrina religiosa. A él que vinieran, por ejemplo, y le demostraran que Santiago y Camaxtli habían existido en diferente época, no le hacía tambalearse en su convicción de que lo que quiera que fuese la esencia espiritual de Santiago o de Camaxtli eran la misma cosa, y que si alguna persona era Camaxtli, Camaxtli, su calidad espiritual, existía en la divinidad, independientmente de en cuantas personas pudiera manifestarse. Esto lo sabía precisamente como decía su tío que se debían saber estas cosas: Se sienten o no se sienten. Cuahuipil le había dicho que el porqué de que los cristianos lo sacaran en las batallas a Santiago no lo sabía y que más bien creía que era pura invención o era porque, como era reputado patrón de España, le cargaban por ese concepto con lo que se les antojaba, pero que lo que ponía en su epístola, su carta, intimaba a obrar según lo que se profesa y a no distinguir a la gente por su posición mundana y de esa batalla hablaba, la de la sinceridad y la integridad, y no de otra cosa ni batalla. Y eso debía de ser igual que Camaxtli, que guiaba en la guerra sólo si ésta era de justicia, pero que sería quebrantar la fe emprender una guerra por ambición o soberbia. Y, bien pensado, tenía que ser así. La fe es la fe, en Tlaxcala y a mil leguas de Tlaxcala. También era de señalar que cuando los cristianos, sobre todo el capitán Malinche, habían apremiado para que se aceptase el cristianismo, con qué vehemencia él se había dicho: Muy señor mío, aceptaremos todo lo que queráis, pero a Camaxtli nada nos lo arrancará del alma, ni a nuestros otros dioses tampoco. Seguro que lo mismo que Camaxtli se correpondía con Santiago, los demás tendrían también su equivalente y, visto así, finalmente, era bonito y universal.
Lo que no era bonito y lo estaba matando era que éste que había traído tan buenas nuevas de los dioses le hubiera traído a él aquellas tinieblas sin remedio que le había predicho su tío. ¡Él no podía sentir así! ¡Él no era así! ¡Él nunca había sido así! ¡Él no quería ser así! Y sin embargo lo era ¡y con qué violencia! Nunca ningún sentimiento, ninguna sensación, se había apoderado de él de esa manera. ¿Era esto acaso una prueba que le ponía Tezcatlipoca? ¿Y qué tenía que sacar de ella? ¿Acaso le quedaba a él algo que hacer en el asunto salvo dejarse aplastar en silencio?
Despachado el correo por Marcos Bey y después de que Teyohualminqui se hubiera ido, Cuahuipil, que había estado entre que se iba y que no se iba por ver si Xiloxóchitl se decidía a acompañarlo, se había terminado yendo también y Marcos Bey que, como que había estado esperando a que se fuesen Cuahuipil y el papa para librarse de estorbos y hacer planes con el que quedaba, por algo que le había dicho éste de que sabía dónde podía haber libros antiguos, terminó permaneciendo. Y quedaron él y Xiloxóchitl. Solos. Sí, solos en los aposentos del cristiano. ¿Para qué? En el caso de Xiloxóchitl para torturarse, para agonizar en cada instante teniendo el agua delante y sin poderla beber y sin poder decir siquiera "tengo sed", porque prefería la muerte a dejar sospechar a nadie la aberrante condición en que había caído. Y así iba a ser: tendría que vivir mostrando una cara como la de cualquier otro y mantener quieto debajo de ella aquel infierno. Y con esa cara y con el infierno quietecito, trataría de hacer planes para buscar libros y equilibrar saldos negativos, como si hubiera plan o cualquier otra cosa que pudiera aliviar lo que solo tenía un remedio, que era pecar y morir. ¡Camaxtli, dime pocholo, dime dónde está mi más allá frente a este Marcos Bey! Asegúrame al menos que hay un más allá. Tú me ves, me ves, Tezcatlipoca, que estos planes de las Hijas de la Sal que ayer eran para mí una razón poderosísima, ahora son sólo un pretexto para adherirme a este Marcos como una sanguijuela, para no dejar de ver su piel, su manera de erguir la cabeza para escuchar y de abajarla para hablar, para no dejar ni siquiera de olerlo ni de seguir esos ojos castaños, ni oscuros ni claros, no muy expresivos, pero ¡tan llenos de movimiento!... Eso y dejar que en cada jeme de piel le repercutiera su voz, que daba la impresión de ser fuerte por su manera de hablar, pero que en sí era suave y bien timbrada. Y se escuchaba a sí mismo contestarle y notaba, sin podérselo creer, que la voz le salía normal y serena y que, sin atropellarse, le explicaba cómo se decía en náhuatl cada cosa que quería saber y que, al hacerlo, sentía por dentro una ternura tan grande…, y nunca su propia lengua le había parecido que pudiera decirse tan tiernamente... ¡Qué agonía!

La Zarzamora
16/02/2012, 22:10
-Pero entonces ¿vuestra merced es el hermano de la amiga de Cuahuipil, que le mataron al padre para robarle la sal?
Para contestar a eso, Xiloxóchitl le explicó algo que le encantaba explicar, que Tlaxcala era una república digna y bien ordenada. Por la gracia de Camaxtli-Santiago y todos los demás atentos patrones, no perfecta, pero sin grandes desperfectos, no como México-Tenochtitlán, plagado de nefastos pecados, no el menos feo de los cuales era una hombría no serena, ponderada, solidaria y digerida como la de los varones tlaxcaltecas, sino avasalladora y ampulosa, denotadora de una honda inseguridad interna. Tlaxcala, pues, como república bien ordenada, producía lo que necesitaba y el excedente de productos para haber comerciado y comprado, con honradez, aquello que, sin producirlo, necesitaba o deseaba. Como la sal. Pero la vesania mexica se apostó en todo su contorno para impedírselo y para ahogar a la diáfana república en un bloqueo económico feroz, bochornoso e inicuo. Y así es como sucedió que su pobre padre decidió irse un día a conseguir sal y jamás volvió, como tantos otros tlaxcaltecas caídos en el campo del comercio, entre las fauces de aquella enemiga contra natura del sereno equilibrio que encarna el trato mercantil. Y eso ocurrió porque al llevar años su madre padeciendo de las graves secuelas de la carencia de sal, no viéndole otra salida, su padre, que no era mercader de profesión, echó peligros adelante para conseguir la sal salvadora. No volvió y su madre, al cabo,, entregó el alma víctima de sus padecimientos y la pena. Y, para más escarnio, estos delirantes verdugos se cebaban en la misma desdicha que causaban ridiculizando a los tlaxcaltecas porque eran pobres y sosos. Sosos en los guisos sí, pero de trato y proceder agraciados, sin afectación, con la nobleza que emana directamente de una armonía intrínseca y, de pobres, pues con toda certeza no eran los tlaxcaltecas pobres más pobres que los pobres de Tenochtitlan. Sí lo eran los tecuhtlis y los pochtecas, es decir, mercaderes. Lógico, si no podían comerciar como los otros. Pero en Tenochtitlan sólo los endiosados y adoradores del lujo eran ricos.
Todo esto se lo contaba a Marcos Bey sorprendiéndose de sí mismo, de que pudiera hablar con esa claridad y esa retórica, algo que ni siquiera con Cuahuipil había hecho con tanto gusto, y sorprendiéndose de que Marcos le escuchara con toda su atención y sin mostrar la menor señal de fastidio.
-¡Qué barbaridad! Espero que al menos no les dejaríais que se fueran alabando y que os comulgaríais buenas tajadas de ellos, que esas sí que tendrían sal. ¡Voto a tal!
Esta fue la oportunidad que aprovechó Xiloxóchitl para hablar a Marcos Bey de la orden de la que él era hermano sin voto y de sus fines y de cómo moralmente estaba obligado a hacer alguna hazaña en su servicio.
-¿Ha de ser hazaña precisamente? Si estos manazas han sido tan patosos, yo no veo la necesidad de hazañas por ningún lado, con cualquier chapuza estamos cumplidos. La reciprocidad a más no obliga y así no se malgastan hazañas que pueden hacernos falta en otra ocasión. Si vuestra merced está conforme con una chapuza cualquiera y me lleva donde haya libros sobre la antigüedad de los indios, yo estoy dispuesto.
Era inquietante la candidez con que decía Marcos las cosas y la tortuosidad con la que él las oía. Ese "estoy dispuesto" por ejemplo, se le pegaba a la piel casi como una declaración de amor. Domínate, Xiloxóchitl y pídele esta noche a tu tío bien de punzones para penitencia, porque todos y todos los sitios donde te los claves te van a ser pocos.
Los punzones se los pidió sin esperar a la noche, pero no para punzarse ya, sino aprovechando que iba a explicarle que Marcos Bey quería ser hermanastro sin voto de la orden y que se proponían salir ya esa misma tarde en misión de exploración y a dónde para que el papa diera su parecer y sus bendiciones. Hizo eso y más. Los acompañó a la azotea para que Marcos viera el panorama y concretamente el barrio a donde se iban a dirigir. Marcos contempló todo con mucho interés. Paseó de un extremo a otro de la azotea para mirar en todas las direcciones de la ciudad y, volviendo al primer punto desde donde la había contemplado preguntó:
-Pero ¿esto está ganado o no está ganado?
-Esto ha estado esperando a que venga vuestra merced para ganarlo y seguro que esa va a ser la hazaña que haremos después de la chapuza.

La Zarzamora
16/02/2012, 22:11
¿Era o no era galante él Xiloxóchitl? ¡Claro que lo era! Era el paradigma de la galantería y el cortejador ideal. Eso lo sabían aproximadamente mil cuatrocientas mujeres de Tlaxcala y un número indeterminado de mujeres de Tenochtitlán y la cifra es aproximada y global, porque es el resultado de multiplicar los años de edad de enamorarse que había vivido Xiloxóchitl, fijados en ocho, multiplicados por los días del año, descontados los de ayuno, penitencia y guerra, y divididos por el número de días que le duraba un enamoramiento que eran dos. Per, antes de que se empiece a tener ideas erradas, hay que aclarar que Xiloxóchitl no era un pendón ni un inmoral ni un carnal, sino un buen indio, como les enseñaban a ser a todos y aprendían algunos, casto y, por tanto, virgen y que en estas cosas del amor vivía del aire y del cerebro. Lo que se entiende por enamoradizo. El enamoradizo ideal. Esos dos días que le duraba, no había gestos más entregados, palabras más rendidas, miradas más destellantes de admiración, atenciones más diligentes, más frecuentes, delicadas y oportunas que las suyas y todo ello, naturalmente, sin rebasar los límites de la discreción más estratégicamente calculada para no comprometerse porque el primero que sabía que era enamoradizo era él y, como no es difícil entender, no era cuestión de tener mil cuatrocientas concubinas, sobre todo porque además de enamoradizo resulta que era de los que creen en el amor único y arrebatador, ese que llega, te da el mazazo y así hasta que te mueres. No. No podía comprometerse con mil y pico cuando tenía que venir la de verdad. Y en esto ya no era muy indio, porque los hidalgos indios, dada la sociedad en que vivían, en que muchos de ellos morían o eran cautivados en las guerras, tenían que tener concubinas, además de esposa, única manera que sabían de que todas tuvieran algo para entretenerse, porque si, encima, parte de los disponibles también tenían la ocurrencia de meterse a papas y no casarse ni abarraganarse... Pues eso, que los indios que quedaban tenían que valer para la guerra y para el amor, o por lo menos para su manifestación carnal. Eso lo sabía Xiloxóchitl, lo había sabido siempre y llevaba ya un tiempecito escurriendo el bulto. Y a ese bulto que trataba de escurrir es al que se refería su tío cuando decía que pronto iba a ser famoso en Tlaxcala, porque era un uso de la agraciada república que, cuando pasaban determinada edad, a los varones que no se habían casado los echaban del telpochcalli, donde se formaban para la milicia y oficios manuales, o del calmecac, donde se formaba para cargos de la administración o el sacerdocio y, para señalar la despedida, les hacían un trasquilado de pelo infamante que indicaba que eran unos solterones y hacerles así pasar vergüenza pública. A Xiloxóchitl en verdad tenían que habérselo dado ya, pero consiguió alargar el asunto primero porque era muy buen militar y en general my querido y siempre cuesta afrentar por un lado a alguien que por el otro es útil a la sociedad y, otra manera por la que lo alargó, fue refugiándose en su signo natal, que era nueve caña, que lo ponía en especial peligro de carnalidad y que por ese motivo, antes de entrar en la vida de casado, debía dominar todos sus impulsos para que la entrada en esa vida no fuera al mismo tiempo un ¡adelante! para algo que hasta entonces le había costado mucho dominar. O sea, que por favor que le dejasen un poquito hacer las cosas despacito y bien, que seguro que las iba a hacer. ¿Qué ganaba la sociedad casando a un nueve caña y teniéndolo al mes siguiente asediando a mujeres honestas y haciendo la ronda de las mancebías? Pues hasta ese momento el razonamiento se lo habían admitido, no sin hacerle sentir que no por mucho tiempo más. De momento estaba en Tenochtitlán y tenía la cabellera a salvo y más allá no quería ver. Con toda su alma y con todas su vísceras se negaba a ver. La valentía de Xiloxóchitl ante la vida ahí había encontrado su tope. Ella iba a aparecer antes de que lo trasquilasen. Seguro. Lo mismo que a su hermana, que debería haber sido bufona y se negó a serlo, se le había aparecido Cuahuipil a él se le aparecería ella, la del mazazo. No lo iban a trasquilar. Nunca lo iban a trasquilar. Le ocurría con el trasquilado lo que a los cristianos con el arrancar de corazones. No, eso a ellos no les iba a suceder. Los mexicas tenían la cabeza en otras cosas, no pensaban en eso. Sus corazoncitos iban a seguirles en el pecho tan a gustito toda la vida. Y aunque hubiera por ahí una vocecita chiquita, como la de la conciencia, que les decía otra cosa, eso eran puras imaginaciones. ¡Anda, que si ellos supieran que a Xiloxóchitl ya le tenían apalabrado al barbero...! Y hay que aclarar antes de dejar estas explicaciones y para que no se tenga mala opinión de Xiloxóchitl, que las largas que daba no eran las propias del hombre comodón y egoísta, sino que era precisamente su delicadeza de sentimientos y su sentido de la justicia el que se las dictaba. Él no tenía corazón para tener mujeres por suyas y hacerlas de menos, y eso era algo que mientras él siguiera tan enamoradizo y voluble, no podía dejar de ser.
Fuera como fuera, todo eso era el pasado, porque, de hecho, lo que esperaba, el mazazo, ya se lo habían dado. Que ese mazazo lo fuera a librar del trasquilado era otra cosa muy distinta.

La Zarzamora
23/02/2012, 23:28
nómico

-Cuahuipil quiere ver a vuestra merced.
-¿Cuahuipil? ¿Quién es Cuahuipil?
-El soldado que fue paje de Puertocarrero.
-¡Ah, sí, sí! ¡Ya, ya! ¡Hombre, claro, Cuahuipil, por supuesto, por supuesto, el de la jorobadita!
Así, de repente, el capitán Tonatiu, o sea, Pedro de Alvarado, que venía a ser como el segundo, con algunos reparos, de Cortés, no había sabido, al anunciársele a Cuahuipil, si le hablaban de algún principal mexica o de algún amigo tlaxcalteca o de quién, pero ya, ya sabía muy bien a quien se referían. Como venido con el tal Puertocarrero, el muchacho llevaba en la expedición de Cortés desde el principio. Y cuando Cortés mandó a Puertocarrero de procurador a la corte del césar Carlos, el joven se quedó. Él y doña Marina, la intérprete, pasaron entonces de manos de Puertocarrero a manos de Cortés y había que decir que era una buena herencia, porque, aparte de doña Marina, cuyos servicios eran de sobra conocidos y reconocidos, por más que el Cuahuipil había parecido poca cosa y delicado, luego resultó ser valeroso y de mucho esfuerzo y muy buen corredor del campo y, por si era poco, también muy disciplinado y cumplidor. Por todos esos motivos, Tonatiu lo sabía a ciencia cierta, era de los que estaban en la lista de ovejas blancas del capitán Malinche. Y que ahora viniera a verle precisamente a él, Pedro de Alvarado que, bien se temía, estaba en la lista de las otras ovejas del capitán Malinche, le alarmaba un poquitín. El capitán Malinche exigía a sus hombres muchas virtudes. Alguno que otro no solo no tenía muchas, sino que no tenía ninguna, y en ese caso él era capaz de ponerse en el lugar de Malinche y comprender sus listas, pero otros tenían bastantes virtudes y lo que quería Cortés era la perfección y eso tampoco era justo. El ser humano es imperfecto por naturaleza y el pretender que sea perfecto es satánico, es pretender lo mismo que pretendió Lucifer. Por lo que a él, Pedro de Alvarado, Tonatiu (que quiere decir el sol) para los íntimos y los indios, respectaba, no tenía propósito de caer nunca en el satanismo. Cierto que la inteligencia y el buen juicio nada tenían que ver con el satanismo, muy cierto, pues, bueno, inteligencia y buen juicio tampoco los tenía ni creía que le fuesen a nacer ahora.
Lo sentía mucho, pero en el trato con los principales mexica nunca había sabido y seguía sin saber a qué atenerse. Cortés con ellos parecía como el pez en el agua, porque el sí entendía, o se creía que entendía, el lenguaje doble que usaban los cortesanos de Tenochtitlán, el disimulo, el lenguaje triple, y los juegos por los mismos múltiplos, y hallábase en pie de igualdad con Moctezuma y sus adláteres. En cambio, él, Tonatiu Pedro de Alvarado, rubio y simple, hallábase en pie de desigualdad irremediable e inconmensurable. Las finuras, las sutilezas, los enésimos sentidos de las cosas que se decían estas gentes entre sí y con Cortés ni los olía. Y tampoco era como Gonzalo de Sandoval, capitán perfecto que, aunque no fuese sutil, sí era inteligente, prudente y juicioso, que buen provecho le hiciera. Ahora, que cuando llegara la ocasión de que hubiera que bailar con la más fea, no necesitaba de ninguna sutileza ni de ninguna finura para saber a quién le iba encomendar Malinche el baile: precisamente a él, al bruto y simple de Pedro de Alvarado Tonatiu. Y, si no, al tiempo.
Pues sí, así era. A él le gustaban los indios, muchas veces más que los cristianos, y las indias por el mismo baremo, pero no le gustaban los cortesanos mexicas. Y cada vez le gustaban menos. No hacía pie con ellos. Nunca sabía a qué carta quedarse ni en qué multiplo del juego andaban y, lo que es más, no le interesaba. Las cosas en la vida, en realidad, eran bastante simples. El complicarlas no servía de nada y el juego ese de apariencias que su capitán y los mexicas se traían entre manos no era más que un juego inútil. Él sabía muy bien que también los de Tlaxcala tenían sus sutilezas y sus múltiples juegos, pero esos eran por necesidad y una pantalla tras la cual se parapetaba algo real, algo por lo menos a lo que él sí podía llegar y podía sentir. Con los cortesanos mexica, y mira que lo llevaba intentando, aún no había conseguido saber de dónde soplaba el viento ni en una sola ocasión ni encontrar nada detrás de la pantalla. Si ellos habían conseguido encontrar algo detrás de la pantalla de Cortés, no lo sabía, y el imaginarse tantas imaginaciones se le hacía complicado. Eran acuáticos. Parecía una chocarrería decir eso con tanta laguna por medio, pero los mexicas eran acuáticos. No se podía agarrar nada, porque se escurrían como el agua si querías llegar a algo firme con ellos. Y sus buenas razones tendrían los tlaxcaltecas cuando cada cosa salida de boca de mexica les hacía temblar y dar a la manivela de la imaginación y sacar abundantes conclusiones, cada una más nefasta que la otra. Y sin maquinaciones ni manivelas: las cosas, en esencia, eran muy sencillas: había dos que querían mandar en la Nueva España, los mexicas y los cristianos y, a menos que uno de ellos renunciase, la conclusión era igual de sencilla e inevitable: iban a terminar a tortazos. Y eso ninguna sutileza ni ningún juego doble, triple ni infinito lo iba a cambiar ni a diluir y todo lo que sucediese entre medias serían sólo paños calientes. No, él no se fiaba un pelo de los mexica y, además, si él estuviera en el lugar de los mexica, aunque a lo bruto y a lo simple como le era propio, haría lo que hacían los mexica, es decir: si quieres lo que tengo, quítamelo, dártelo no te lo voy a dar. Mientras que los tlaxcaltecas y los otros indios amigos tenían con los cristianos algo que ganar, que era librarse de los mexica, y algo que perder, que era liarse con los cristianos, los mexica solo tenían que perder. Y todo lo de la religión que pensaban Cortés y otros sería muy cierto, pero eso lo pensaban ellos y no los mexica, que estaban contentos con la suya, por idólatra que fuese. Y, luego, tenía que haber ahí también una cuestión de simpatía, porque los tlaxcaltecas y los totonacas tenían la misma religión y no le repugnaba. Diríase que estos últimos arrancaban los corazones con gracia, con un algo de conquistadores, ¡si lo sabría él...! Bueno, bueno, que divagaba. ¡Anda, vamos, vamos a ver que quiere el Cuahuipil antes de que desbarre en demasía! ¡Me vuelve del revés esta gente y también cierto capitán! Cualquier día de estos me levanto y no voy a saber siquiera si de verdad me llamo Tonatiu o lo he soñado.

La Zarzamora
23/02/2012, 23:29
-Pues, capitán, yo quería hablarle porque me he acordado de unas, mejor dicho, de muchísimas cargas de cacao, mantas y canutillos que sacaron vuestra merced y los amigos de Tlaxcala de una de las trojes del Moctezuma.
-¡Qué decís, hermano! ¿Quién os ha podido contar semejante chisme?
-No. No me lo ha contado nadie. Lo vi yo.
-¡Hombre...! Lo que decís es casi como si acusarais de algo. No convendría hacer afirmaciones de esa índole apresuradamente.
-No. Si no es eso. Si yo no quiero acusar a nadie de nada, ni a vuestra merced ni a los amigos. El motivo de que os lo miente es que me arrepiento de no haber participado yo, habiendo podido, porque ahora resulta que necesito dinero... Si le digo a vuestra merced que me lo preste, sería poco honrado porque, hasta que el capitán Malinche no reparta con los soldados, yo no veo de dónde voy a tener para devolver a nadie nada...
-¿Queréis cargas y canutillos?
-Si vuestra merced tiene a bien dármelos sin la seguridad de que pueda devolvérselos...
-Venid, venid para acá.
Fue, fue para allá y allá había cacao, mantas y demás como para tener a régimen de chocolate y bien cuidadas a todas las legiones angélicas durante una eternidad. Era un decir, porque este cacao no era chocolatero, pero por dar una idea.
-¿Cuánto necesitáis?
-Pues..., no sé...
-¿Es para una dama?
-Pues... en cierto modo. Para trece.
¡Órdago con el paje! Esto no se lo callaba. Esto se lo tenía que dejar caer él al Malinche y que se empapase. Por ejemplo, diciendo: pues, mire vuestra merced, tal vez podríamos relajar una pizca la disciplina y que algunos soldados respiren un poco, hombre. El mismo paje de Puertocarrero, el Cuahuipil, que es tan buen corredor del campo y que tanto apreciáis, tendrá que comprarle alguna cosilla de vez en cuando a las trece indias y a las cuatro mujeres de Castilla que le dan a él sus mejores momentos... ¡Huy sí, ya lo creo que se lo tenía que dejar caer! Para que fuera viendo lo que era un hombre hábil de verdad.
-Bueno ¿qué me dice vuestra merced?
-Que sí, hermano, que sí. Servíos. ¿Cuánto queréis?
-¿Me puedo llevar unas diez cargas?
El Tonatiu lo miró con incredulidad. En eso debía de consistir aquello que había dicho del “cierto modo”.
-Y ¿qué piensa hacer vuestra merced: decirle a cada una que abra la boca y jugar a la rana con los granitos? ¿Pero cómo podéis hacer eso con ellas? ¿Las vais a poner a fregar? ¡No seáis así de tacaño, por el amor de Dios! Portándoos así de ruin no le van a durar las damas ni un suspiro ni es razón que le duren! -lo miraba espantado.
Había calculado mal, desde luego. No había querido pasarse porque no le mandaran a paseo, y mira que casi le mandan por no llegar. Y ahora, oyendo esto, ruin se sentía pero un rato, porque ¿cómo había podido él no querer para su dama y las demás hijas de la sal muchísimas más cargas de cacao, unos cuantos trillones de ellas, y otro tanto de canutillos de pepitas de oro y mantas, como si ni las damas ni la empresa las mereciesen?
-Ahora les digo a los criados que le ayuden y llévese vuestra merced algo que no sea de burla. ¿Qué menos que cincuenta cargas entre canutillos y mantas? ¡Por el amor de Dios! Llévese cien y disfrútelas, hombre.
-Lo agradezco de veras.
-Nada que agradecer. De justicia.
-Capitán...
-Diga vuestra merced. ¿Os puedo servir en algo más?
-No. Bueno... Es decir, no es asunto mío, pero...
-¿Qué es?
-Me pregunto si es previsor, por parte de vuestra merced, el guardar todo esto aquí en Tenochtitlán y si no sería mejor que lo pusiera a recaudo mandándolo a Tlaxcala, más teniendo parentela como tiene allí vuestra merced. Yo es lo que pienso hacer. Si empiezan a darnos guerra aquí y nos cogen a sacrificar, se habrá de perder todo.
"Si nos cogen a sacrificar". O sea, que él, el Alvarado, Tonatiu, no estaba loco. No, no eran imaginaciones suyas. En boca de este Cuahuipil, que era una oveja blanca, lo acababa de oír. Y aunque hasta ahora no se lo había oído decir a ningún otro cristiano, pensarlo, sabiendo que lo pensaban o sin saberlo, lo pensaban muchos, aunque tratasen de ahuyentar el pensamiento, porque solo el pensamiento los mataba. Únicamente Cortés vivía en el olimpo y se sentía redentor de indios diciéndoles a éstos que no sacrificasen a los ídolos ni indios ni indias, sin ocurrírsele siquiera que éstos ya tenían pensado darle un toque de novedad y modernidad a la humanidad sacrificada con sangre nueva de ultramar. Pero ¡si lo sabía! ¡lo sabía! Si las miradas lo decían todo. Eran miradas vacías, como si todavía no hubieran encontrado con qué llenarlas, porque aquello con lo que las querían llenar, todavía no tenía fecha, pero las habían vaciado ya precisamente para poder meter aquello. No tenían nada en la mirada. Absolutamente nada. Nada, pero nada tenían que ver éstos con los tlaxcaltecas y totonacas, que eran salvajes perdidos, como es la gente en general, pero con alegría y sin rencores y hoy por ti y mañana por mí. Y en el caso de los mexica, cuando decían que sus enemigos sacrificados iban al paraíso, no se lo creían, era puro ritual aprendido de carrerilla y vacío de sentimiento, como los fariseos, de boca para afuera, pero nada más. Porque, si de veras creyeran que haciendo eso los mandaban al paraíso, se les iba a poner la digestión peor todavía de lo que la tenían, que era muy mal. ¿Ni como se creían que sus dioses iban a aceptar esos sacrificios hechos con tanta frialdad? Y ¡cuidado! que sí, de los cristianos era éste el primero al que se lo oía decir en voz alta, pero los tlaxcaltecas no habían parado de decir otra cosa desde el principio y no comprendían cómo Cortés se fiaba de las buenas palabras de esta gente que podía quebrantar la palabra dada y su contraria, todo al mismo tiempo, con una habilidad que ellos, lo reconocían, aunque lo intentaban y ponían toda su aplicación, no conseguían imitar. Y pues ya que todos ellos, cristianos, totonacas y tlaxcaltecas, eran tan negados, a ver si el capitán Malinche, que era más listo y sutil, aprendía y conseguía que sus soldados en el más allá criasen malvas, como lo habían hecho todos sus antepasados, en lugar de lombrices en las tripas de sus contemporáneos que era una cosa nueva, que igual, por falta de conocimiento, no les iba a salir bien. Y, desde luego, tenía razón Cuahuipil, y lo primero que iba a hacer era despachar todas sus adquisiciones a Tlaxcala pero ya mismo.

La Zarzamora
01/03/2012, 22:39
¿Quién volviendo la vista atrás, o la imaginación hacia adentro, no ha paseado alguna vez por un Tenochtitlán que no es el de la historia colectiva, sino uno íntimo, con profundidades que no engolfan sino que reflejan? Uno con sus lunas blancas y sus aguas negras, con su noche oscura y sus paredes claras. Mas el de esta noche, en que dos hermanos sin voto, mejor dicho, hermano y hermanastro, bogan pausadamente en su misión de restauración de la paz universal, es precisamente el colectivo, por más que al menos uno de los bogadores no hubiera objetado nada al íntimo. En cualquier caso y, aunque todavía no lo saben, terminarán llegando a una de esas claras paredes de la noche que tanto pudiera ser íntima como colectiva: el tzompantli del templo de Yacatecuhtli. Tzompantli en lengua náhuatl se llama a una liviana pared hecha de calaveras que se alza en el recinto de los templos. Los cráneos se ensartan uno junto a otro en una empalizada que semeja un ábaco: claras cabezas, serenas contra un cielo acerado, aliviadas ya de la pesada carga del pensamiento. A esta descansada imagen llegarán, pues, hermano y hermanastro, pero no todavía, porque ahora lo que hacen es remar sosegadamente por una de las calles de agua del aristocrático barrio de mercaderes de Pochtlan.
Desde las ruzafas de las mansiones que daban al canal les llegaba acaso el cantar de un jardinero entretenido en una última faena o una voz aguda de muchacha a la que replicaba otra más baja y apagada, mientras que, en el cruce que acababan de dejar, quebraba la quietud un aguador que abastecía desde el acale a un parroquiano vespertino. Aquí y allá la gruesa voz del ave tolcomoctli y el silbo del chiquimollin hendían la noche con tajos invisibles, mientras que el rumor de los insectos hacía que el aire se sintiera aún más tibio y suave. Y, como alas más sutiles que las de cualquier ser animado, venían los olores del copal que ardía en hogares y templos y el aroma de acacias y florestas a recostarse blandamente en el agua. Mas aunque todo en esta hora venturosa halagaba los sentidos, no movía este deleite a la embriaguez sino al ensueño. Al ensueño más dulce, al que existe tan solo en el recuerdo de un deseo recóndito, al ensueño que, en este momento en que remaba con parsimonia en el acale, añoraba Xiloxóchitl de la época en que el amor todavía era promesa. Delante de él, con otro remo y la misma parsimonia remaba Marcos Bey. Y pensaba Xiloxóchitl que, si la aberración y el chicle no hubieran venido a estropearlo todo, la de hoy hubiera sido una noche de magia.
Llegados como a la mitad de una cuadra entre dos canales dejó de remar Xiloxóchitl y, señalando al jardín próximo, indicó a Marcos que aquella era la casa que buscaban. El jardín, que estaba vallado, era de buena anchura y profundidad, pues desde el agua no se alcanzaba a ver la edificación, que, al uso de la ciudad, se levantaba al otro extremo de la chinampa o terreno, de forma que su fachada y puerta principal daban a la calle de tierra, mientras que la salida al embarcadero se abría en el jardín y era precisamente la que Xiloxóchitl y Marcos Bey veían desde el acale. Por esa puerta, que no era tal, sino, según el uso, un cierre formado por dos paredes haciendo callejón, salieron ahora una criada que parecía de casa de categoría y un acalpan o barquero con otras dos criadas de menor porte. Entre los cuatro cargaron varias arquetas y bultos en uno de los acales amarrados al muelle. Las dos criadas de menor porte volvieron a entrar en la mansión y el acalpan y la primera sirvienta, con su carga, se hicieron al agua. Como a vara y media de distancia se cruzaron ambas embarcaciones y las miradas de la criada y Xiloxóchitl. Éste y su compañero esperaron sin moverse a que se alejara el otro acale.
Muy bien hubiera podido decir Marcos Bey que ésta era la primera vez que ponía pie, o remo, en Tenochtitlán, porque el trecho de la calzada de Iztapalapa, en cuyo comienzo lo soltaron los tamemes o cargadores que lo habían llevado a cuestas desde Veracruz, hasta los alcázares de Axayácatl lo hizo muy apresuradamente, para llegar cuanto antes a la audiencia con el capitán Cortés. Después vinieron la jornada de fingida enfermedad, la ceremonia de los amigos de Tlaxcala y las diligencias eclesiásticas, cosas todas tal vez muy necesarias y hasta buenas pero que no eran lo mismo que, una vez tocado de las suficientes plumas y avituallado de suficiente chicle, campar a sus anchas y en buena compañía por una fabulosa ciudad de la que nada había sabido él hasta hacía días ni nada sabía todavía la mayor parte del orbe.
-¿Es ésta, pues, la casa donde vive el mercader más rico de Tenochtitlán¬? -preguntó Marcos.
-Uno de los más ricos. Pero lo que lo hace interesante para nuestros propósitos es que de aquí a unos diez meses de los nuestros, que son unos...
-...seis meses cristianos. Ya. No se canse vuestra merced en explicarme los calendarios de la Nueva España porque ya los he aprendido: dieciocho meses de veinte días en el año y cinco días sueltos. Las semanas del mes son de cinco días y las que sirven para saber la buena fortuna son veinte de trece días en el año, con veinte signos que van pasando de una a otra. Hoy reina exactamente el signo 4 caña y ¡vive Dios! que va siendo un signo excelente –esto decía Marcos Bey mientras chascaba de vez en cuando al mascar el chicle.
-De por sí malo no es, mas no sé yo si para lo que nos proponemos no será un poquito contrario.
-No diga eso vuestra merced. Las predicciones, cuando no son buenas, son superstición blasfema.
¿De verdad? Xiloxóchitl contuvo una mueca de ironía, porque hasta el día de hoy él había encontrado muy divertido su signo nueve caña, el de la carnalidad desvergonzada. Se había aprovechado de él para evitar hacer lo que no quería hacer, pero sin contrapartida ninguna, porque la carne nunca le había supuesto una asechanza especial y menos una tentación insuperable. Pues hoy el signo se estaba cobrando sus atrasos, y probablemente también terminaría cobrándose su buena reputación de haber vencido un signo tan adverso, corriendo incluso el riesgo de que lo trasquilasen por vencerlo demasiado. Sí, señor nuestro Tezcatlipoca, nunca es demasiado tarde para ser humilde. Diríase, por lo demás, que el paseo en barca, si no había abatido la violencia con que sentía Xiloxóchitl, sí había apaciguado su propia reacción ante esa violencia, suavizándola con esa pizquita de filosofía o humildad. Ninguno de estos pensamientos, sin embargo, se los dejó traslucir a Marcos Bey, que seguía allí mascando su chicle y escuchándole con toda felicidad. En lugar de eso, dijo:
-No, yo tampoco creo en los malos augurios... De aquí a diez meses, pues, será el de Panquetzalitzli, que quiere decir de izar banderas, en el que se celebran ceremonias multitudinarias y comulga todo el mundo. Estoy seguro de que esa fiesta a vuestra merced, que es tan devoto, lo va a conmover.
-Cuando dice comulgar vuestra merced ¿quiere decir comulgar sacrificados?
-Eso es. Aunque es imposible que haya suficiente sacrificado para que comulgue todo el pueblo, por eso se cuece una imagen del dios hecha de pan que se santifica y todo el mundo puede comulgar de eso a falta de carne sacrificada.
-¡Voto a tal que vuestras mercedes los indios no hacen las cosas a medias! ¡Sí que han de conmover, sí!
-Pues además de esas ceremonias, que son para todo el pueblo, es en ese mes en el que los mercaderes que se han hecho muy ricos celebran su fiesta principal, que es sólo una vez en la vida y en la que, además de sacrificar esclavos, como broche de oro, tienen que dar convites muy costosos y hacer varias veces regalos más costosos todavía a las personas de calidad de su ciudad o república, porque el más mínimo reparo o el no mostrar magnificencia extrema, sería su ruina social. Lo que eso significa para nosotros es que ahora, fuera de los almacenes del Moctezuma, es en casa de un mercader que vaya a celebrar esa fiesta donde se guardan las mayores riquezas de Tenochtitlán. Sin contar con que la mujer de este Papantzin, por lo que sé, es también mercadera próspera, y no dejará de señalar igualmente la ocasión.
-Y esas riquezas de que me habla vuestra merced ¿las traen de muy lejos?
-De un poquito lejos tal vez, mas no tanto como cuando antes del bloqueo viajaban los mercaderes tlaxcaltecas ni como lo haremos de ahora en adelante, si Dios quiere, para recuperar lo perdido. Como ya ve vuestra merced, tampoco han ido estos mercaderes mexicas tan lejos como de donde venís los cristianos ni, que se sepa, han llegado siquiera a Aztlán ni a las siete cuevas de las que salieron nuestros antepasados.
-¿Qué siete cuevas son ésas? Nunca las había oído nombrar. Tiene que tratarse por fuerza de lugares fabulosos.
-Pues aunque parece que por alguna parte debiera haber memoria de qué cuevas eran aquellas y de cómo vivían allí nuestros antepasados y por qué, lo cierto es que noticia precisa como para ir con mapa y encontrarlas no se tiene.
-¡Pero una cosa así no se puede dejar sin averiguar! No podemos quedarnos aquí un día y otro mano sobre mano y las siete cuevas muertas de risa. Según el sano juicio no puede tratarse de guaridas de animales, sino que deben de ser míticas y encerrar admirables secretos. El mismo número siete, que es el más mágico que existe, lo dice a gritos. Quizás era en ellas donde tenían vuestros antepasados las tablas de la ley y donde se refugiaron los atlantes y las amazonas. En cuanto terminemos en Tenochtitlán debemos ir en su busca. ¿Tiene más chicle vuestra merced?

La Zarzamora
01/03/2012, 22:41
-No. Digo sí. Digo...
-¿Tiene o no tiene chicle vuestra merced? Es que a mí se me ha gastado el que tenía.
Se veía que Xiloxóchitl vacilaba en contestar.
-Sí que tengo, porque traje precisamente para que no os faltase, pero debo advertiros algo.
-¿Se pega al estómago y pone enfermo?
-No. No es eso. Es que no castañetee vuestra merced los dientes al masticarlo. Másquelo sin que se note.
-Y ¿cómo no voy a castañetear y a meter ruido si precisamente en eso le veo la gracia?
-Sírvase vuestra merced mascar como desee, pero aquí, en Tenochtitlán, lo mismo que en Tlaxcala los que mascan así el chicle son los sodomitas pacientes que se van ofreciendo y las rameras. Es su señal. No obstante, sea servida vuestra merced mascar como guste.
¡Qué iba a mascar ya, hombre! Se había quedado con la boca abierta y el chicle en medio.
-¡Voto a tal! ¡Voto a tal y qué manera de estropear una cosa tan buena dándosela a esos bellacos! ¡Podían haber mascado virutas! Bueno, dadme acá de todas formas que voy a tratar de mascar quedito.
-Sí, sírvase vuestra merced. Digo que estoy de acuerdo en todo lo que acabáis de decir y que hay que encontrar esas cuevas. Sería una hazaña memorable para todos los chichimecas.
-¿Quiénes son los chichimecas?
-Nosotros. Todos los siete pueblos que salimos de ellas y hablamos la misma lengua que es el náhuatl.
-¿Los mexicas son chichimecas?
-Eso es. Ellos y los tepanecas, aculhuas, chalmecas, olmecas, xilancas y tlaxcaltecas somos todos de un mismo origen.
-Y ahora no se llevan bien ¿verdad? ¡Bah! Eso suele suceder, que no con quien naces sino con quien paces, y uno no siempre se aviene con la propia familia pero para eso ha llenado Dios el mundo de naciones sin cuento, para que siempre tengamos con quien hablar. Yo, por ejemplo, me he peleado con más de medio orbe y ya me ve vuestra merced, aquí estoy, tan feliz de platicar con el otro medio. ¡Ah de la casa!
En el transcurso de este diálogo habían desembarcado, amarrado el acale y ganado la entrada del jardín y era ahí donde Marcos creyó oportuno señalar su llegada.
-¿Pero qué hace vuestra merced? -decía Xiloxóchitl- ¡Si grita así nos van a oír!
-¡Claro! Y si no gritamos, no habrá quien nos oiga.
-Y si nos oyen se pondrán en guardia y no nos dejarán ver nada y menos saquear luego.
-¿Qué dice vuestra merced? ¿Quién va a saquear?
-Nosotros. Es decir, eso es lo que hemos convenido y por lo que necesitábamos un mercader rico. Claro está que, cuando digo saquear, me refiero al procedimiento, pues el hecho en sí es una restitución legítima a la inmaculada república de Tlaxcala y un acto necesario de restauración del orden mercantil universal. El saqueo, como acto de falsía y salvajismo, ya sabe vuestra merced que se lo dejo a los sedientos de desorden como el Moctezuma y sus secuaces.
-¡Naturalmente! Y eso está tan claro que este buen mercader de Papantzin debe de estar consumido de impaciencia por restituir y restaurar según sus medios, máxime tratándose de súbditos de príncipes amigos y repúblicas cristianas, y lo que es más, hermanos de cueva, como somos tlaxcaltecas, mexicas y castillecas, porque nosotros también tenemos cuevas, no vaya a creer vuestra merced que hemos salido de cualquier parte y no hay por qué andar con ningún sigilo ni hacerlo a escondidas, como si no nos asistiera toda la razón. Creo que deben de estar durmiendo ya porque no contesta nadie. ¡Se acuestan como las gallinas!
-¡Pues menos mal! Porque lo que dice vuestra merced de que tenemos derecho estará muy bien dicho pero este ladino de mercader, en cuanto vea del mismo golpe de ojo a un cristiano y a un tlaxcalteca tan cerca de sus tesoros, lo que va a hacer es quitarlos de en medio más que de prisa y hasta finge una enfermedad y lo oculta todo para mejor ocasión y aplaza la celebración otros diez mil panquetzalitzlis. No se figura vuestra merced los milagros de inteligencia que obra la codicia en las mentes de los hermanos de cueva ni irá a pensar que Tenochtitlán se ha enriquecido y llegado a esta opulencia a fuerza de desprendimiento, restituciones y repartir mimos. Y el Moctezuma es generoso con los cristianos, es decir, con los que le conviene, porque sabe que, de uno que les da a ellos por un lado, sus sicarios sacan cuatrocientos por otro a los demás indios y porque por otra cuenta se lo cobrará. ¡Espero que vuestra merced no se haya contagiado ya de esa dañina enfermedad que ataca a los teules del palacio de Axayácatl y que se manifiesta en un síntoma demencial que consiste en decir a todas horas "¡Qué gran señor es Moctezuma! ¡Qué gran señor es Moctezuma"!?
-¡Quite, quite vuestra merced, Xiloxochitzin! ¿Cómo me achaca semejante cosa? Yo en mi vida he tenido síntomas y, en cuanto a señores, muy a mi pesar.
-Vuestra merced está castañeteando los dientes otra vez.
-¡Voto a tal y al sátiro que les enseñó! ¡Vaya estropicio que han hecho de una cosa tan buena! ¿Vivirá alguien en estas casitas¬?
Se habían adentrado en el jardín y la pregunta de Marcos Bey se refería a unos jacales separados del resto de la casa, aunque próximos a ella, que parecían recién construídos.
-Son las cárceles de los esclavos para el sacrificio. Las construyen ex profeso para la ocasión.
-¿Los tienen en cárceles?
-Sólo por la noche para que no se les vayan. Durante el día tienen que bailar en un tlapanco que habrán levantado en algún sitio principal de la casa. Así desde que los compran, mientras los ceban y hasta que los sacrifican. Y las esclavas además tejen.
-Claro, así no se aburren y llevan su mortajita ya hecha. ¿Y no podríamos verlos bailar ahora?
Xiloxóchitl negó con el gesto. Este compañero de expedición era un jaque. Aparte de los males propios de nueve caña que le causaba y que no tenían remedio, hablaba altísimo y se andaba deteniendo como si tuvieran todo el tiempo del mundo y como si en lugar de estar en casa extraña estuvieran en el regazo de mamá.
-¿Y no deberíamos soltarlos?
-Ahora no deberíamos hacer nada. Hemos convenido en que veníamos a estudiar el terreno, para luego, según lo visto, decidir cómo vamos a restaurar el orden mercantil universal.
-¿Y los libros?
-No se preocupe vuestra merced que no me olvido. Tenemos que ver dónde los guarda. Confío en que sea en esta misma casa. Estos mercaderes opulentos suelen tener además casas de recreo en tierra firme.
-¿Y está seguro vuestra merced de que los libros que tiene este Papantzin tendrán noticia de la antigüedad y de esos lugares que le digo? Porque, si no han llegado muy lejos, a lo mejor en sus libros no viene nada de interés.
-El que él no haya llegado no quita que hayan llegado los libros o que hayan venido. Puede haberlos conseguido en parte donde otros mercaderes de más lejos los trajeran y éste Papantzin los comprara, o los robara, que es mas barato.
-Ya. Pudiera ser. Porque, dígame vuestra merced qué opina: ¿No es acaso sorprendente que hablemos nosotros por nuestra parte del Atlántico y la Atlántida y que en su lengua le digan atl al agua y tengan sus aztlanes? Estoy seguro de que lo que quedó de la Atlántida está en las Indias y Eldorado y el país de las amazonas lo mismo. Tal vez sean las tres un mismo y grandioso lugar.
-Es cierto lo que dice vuestra merced. Para ser sólo casualidad es excesiva.
-¡Voto a tal que lo es! Y, si no ve inconveniente vuestra merced, creo que deberíamos presentar nuestros respetos a los esclavos. Si van a morir tan santamente, podrían interceder por nosotros ante el Altísimo.
-Sí y, aun antes de eso, delatarnos un poquito.
-Tenga en cuenta vuestra merced que, puestos a delatar, hasta las paredes delatan. Lo que es importante es que si alguien nos delata, sea esclavo, amo o pared, su testimonio no valga nada.
-Si es por eso, no se inquiete vuestra merced. Ni en Tlaxcala ni en Tenochtitlán ni en ninguna otra tierra de chichimecas se les ha tomado jamás declaración a las paredes.

La Zarzamora
01/03/2012, 22:44
-Chisst...
Los dos intrusos se volvieron hacia de donde les habían chistado, que era una de las casetitas de esclavos, y se asomaron por las rendijas de la puerta, que estaba hecha de manera semejante al enrejado de una jaula.
-A la paz de Dios -dijo Marcos Bey saludando e intentando ver en la oscuridad a quién dirigía esta salutación.
-Me llamo Atotoztli -dijo una voz de mujer desde dentro de la casetilla en un náhuatl que no sonaba muy espontáneo. Fue Xiloxóchitl quien contestó y quien siguió luego con la mujer de dentro una breve conversación. Marcos Bey se dio cuenta de que no era náhuatl lo que hablaban, lo cual no le impidió estar muy pendiente para preguntar al final:
-¿Qué dice?
-Es otomí de un pueblo de la sierra. Se vendió como esclava hace cosa de un par de años y lo que recibió en pago lo dio a su hermana para que se hiciera cargo de sus hijos, esperando que, si llegaban a salir de la estrechez, podría rescatarse pero la vendieron, le levantaron falso testimonio, haciéndole perder el derecho de rescate, y la volvieron a vender en Azcapotzalco esta vez para el sacrificio. Ahora ya tiene muy mal remedio.
-¡Se da cuenta vuestra merced! ¡¡Se da cuenta...!! ¡Son éstos, estos seres santos, estos seres abnegados los que evitan que todos los demás ardamos eternamente en el infierno! Si no fuera por ellos, Dios no se apiadaría de nosotros. ¡Ahí la tenéis: cebándose a todas horas, encarcelada de noche, tejiendo al crepúsculo y bailando de día, y todo por unas criaturas! ¡Personas así mueven al arrepentimiento! ¡Voto a tal, voto a tal, voto a tal!
Según y cómo, esta gravitación del compañero hacia el arrepentimiento, y según de lo que se arrepintiera, hubiera podido alarmar a Xiloxóchitl pero como vio, por los ademanes y el paso decidido con que Marcos Bey se disponía a entrar en la casa, que los efectos del arrepentimiento, fuera de lo que fuera, no eran para ahora mismo, se tranquilizó. Lo que sí parecía ser para ahora mismo era el saber todo de los otomíes y el aprender la lengua.
-Los otomíes somos una estirpe que ya estaba aquí cuando llegamos los de las siete cuevas. Éramos más toscos y salvajes, pero valientes, y ahora los que son puros otomíes habitan mayormente las sierras, y en Tlaxala las fronteras. De salvajes y toscos dicen que seguimos igual pero en valentía vamos ganando grados.
-De donde deduzco que vuestra merced es parte otomí.
-Por parte de mi abuela materna. Mi madre y mi tío Teyohualminqui hablan otomí y de ellos lo aprendimos mi hermana y yo a la par que el náhuatl. Tiene sus ventajas conocer una lengua en la que otros no te entienden.
-Desde luego. En la guerra, que es la cosa más importante de las que existen, es imprescindible.
Al umbral de la casa llegaron precisamente cuando Marcos Bey quería dominar los aspectos del verbo de la lengua que le acababan de presentar. Pero no llegó a intentarlo porque Xiloxóchitl, curándose en salud, antes de entrar lo detuvo y le dijo bajito:
-Si cuando estemos ahí dentro se propone hablar vuestra merced en voz más alta de la que me escucha, dígamelo antes porque no quiero seguir. No me siento de humor para pegar la hebra con ningún hermano de cueva tratando de explicarle que, aunque a cristianos y tlaxcaltecas se nos haya colgado en Tenochtitlan el sambenito de rapaces, el que estemos aquí nosotros dos no es lo que pudiera parecer.
-¡Quite vuestra merced! Pues ¿qué necesidad hay de hablar más alto? ¿Acaso somos sordos? No pase cuidado por ese motivo porque, además, ya tengo yo un poco resentida la garganta y debe de ser de la humedad de la laguna y de haber cantado.
Así era. El rato que no chascaba los dientes con el chicle o el que no hablaba, Marcos solía cantar y tampoco bajito. Convenido, pues, el tono de voz, dieron unos pasos dentro de la casa preguntándose hacia qué lado tirar para dar con los almacenes de mercancías y no con los aposentos de vivienda, algo que no resultó nada difícil.
-¡Qué manera de roncar! ¿Escucha vuestra merced? Hechos a este bramido no me extraña que no oyeran nuestra llamada ni nuestros saludos y ya no creo que lo hicieran por desairarnos -dijo Marcos Bey mirando hacia las estancias situadas a su derecha.
-La que ronca así es la mercadera.
-¿Cómo lo sabe vuestra merced?
-Me lo han contado.
-¿Y cómo lo saben quienes se lo han contado?
-Digo yo que también a ellos se lo habrán contado y así sucesivamente hasta llegar al que lo haya sabido de primera mano, que tendrá que ser el marido, ya hay que ser chismoso.
-En cualquier caso, bien está, porque nos evita dar vueltas como peonzas por todos estos patios.
Se alejaron pues de los ronquidos y llegaron a uno de esos patios a los que aludía Marcos Bey que, como los demás, estaba rodeado de una galería. En uno de sus extremos se levantaba un altar, en cuyo centro se alzaba la imagen de Yacatecuhtli, dios protector de los mercaderes, rodeada de las de sus hijos e hija, dioses asimismo, que le secundaban en sus menesteres. En torno a los dioses había colocados papeles de amate con dibujos rituales y braseros en los que ardía leña y copal, que, además de dar buen olor, animaban los muros de aquel lado del patio con sus titubeantes resplandores. Dos báculos de mercader atados juntos y puestos con las demás cosas como en ofrenda eran una última muestra de devoción de los moradores de la casa.
A distancia respetuosa del altar se detuvo Marcos Bey un momento y se santiguó y, pensándolo mejor, también se persignó. Marcos Bey tenía por costumbre santiguarse o persignarse ante cualquier cosa que tuviera que ver con la religión porque así lo exigía lo que en su concepto era el dogma más importante de la suya -la católica, apostólica y romana-, la doctrina cardinal sobre la que se sustentaban todas las demás, el dogma de la comunión de los santos. En esta comunión creía él firmísimamente. Creía que, en verdad, la santidad de cualquier fiel de la iglesia de Cristo alcanza a todos los demás fieles y se reparte entre ellos libérrimamente. De ahí que todo su interés consistiera en que cuantos más cristianos mejor -y los no cristianos también, para dar ejemplo y por si acaso- fueran santísimos y no pecasen nada, porque, repartiéndose todo entre todos, cuanto menos pecaran los otros, más podría pecar él. Y, como no era desagradecido ni inconsecuente, no dejaba de alentar por los medios a su alcance a todos los prójimos a su alcance a aspirar a la mayor santidad, por muy fuera del alcance que pareciese. La imagen de Yacatecuhtli, ahí en su altarcito de la morada de terremoto durmiente y Papantzin, le parecía una buenísima señal de que podría pecar sin grandes apreturas durante algún tiempo. La verdad es que con todas las penitencias, sacrificios y actos de piedad que, según veía, no paraban de hacer estos indios, los pecadores del mundo estaban de enhorabuena.
También Xiloxóchitl guardó silencio ante el altar y agradeció aquel breve instante de recogimiento. Por primera vez desde que había comenzado el torbellino de esa jornada tenía una vislumbre espiritual, como si, en un levísimo parpadeo, aquella llama que ardía ante el buen dios le hubiera dicho: un día te purificaré, hijo mío.
Pasado ese instante y sin romper el silencio, tomó Xiloxóchitl una tea de las que había de trecho en trecho en la pared, la prendió en un brasero y entró, seguido de Marcos, en la oscuridad de la primera de aquellas salas en las que, en efecto, estaban almacenadas, amontonadas como en cueva de leyenda, riquísimas mercaderías. Todas las estancias las recorrieron sin que Xiloxóchitl dejara de mirar, además de los tesoros, a su compañero. ¿Acaso veía allí Marcos Bey lo que miraba con los ojos? Seguro que sí, pero seguro también que, al igual que a Xiloxochitl, lo que veía no le entraba por aquellos ojos. Las piedras, el oro, las plumas, las conchas de la mar, las pieles de animales feroces, los metales raros y refulgentes y los objetos de lugares ignotos, todo aquello por lo que los hombres están dispuestos a morir y a matar, no le entraba por los ojos porque lo que había que ver allí no era eso. Lo que había que ver ante estos tesoros, no entraba por los ojos, sino por las venas, por la piel, por el alma... No, los seres humanos no mueren y matan por codicia ni es la sed de riquezas la que lleva a matar y a morir, sino que es la sed de morir y matar la que engendra la codicia. Los seres humanos mueren y matan porque son divinos y quieren volver a lo divino. Todo quiere volver a lo divino. Como Marcos Bey y él mismo, que eran solo un receptáculo de la divinidad, que mantiene su diálogo infinito consigo misma trasvasándose entre vida y muerte. Y es cuando el ser humano olvida que es divino, cuando aparece la codicia para, de una manera tortuosa, recordárselo, y entonces mata y muere igual, pero ciego a su divinidad. La codicia es el castigo de la ceguera espiritual. Marcos Bey, sin embargo, no era ciego. En aquellos momentos, la divinidad que lo habitaba había apartado la máscara de medio bocazas y de desparpajo bravucón con que se mostraba como humano para dejar ver su esencia roja, desnuda de expresión, sin cualidad, sin nombre ni deseos, sólo esencia. El dios con el que tantos lo confundían existía realmente, aunque no lo supiera el propio Marcos Bey.
La divinidad, sin embargo, volvió a ocultarse tras la pueril máscara humana al abandonar los dos el patio de almacenes. Anduvieron todavía un rato por otras partes de la casa.

La Zarzamora
01/03/2012, 22:46
-¿Y dónde están los libros?
-Eso estoy tratando de averiguar.
Xiloxóchitl se detuvo a pensar, luego, mirando hacia unos aposentos de un patiecito chiquitín, dijo:
-Venga vuestra merced.
Entraron en una salita pequeña, pero que de día debía de tener buena luz, ya que se abría a dos patios. Xiloxóchitl abrió una de las arquetas que había allí.
-¡Aquí están, alabado sea el Altísimol! -exclamó Marcos Bey.
-Tuve una buena inspiración.
-¡Santísima inspiración! Líbreme Dios de ahora en adelante de ir sin vuestra merced a ningún sitio. ¿Qué dicen? ¿Hablan de esos lugares?Marcos Bey mantuvo la tea en alto para alumbrar, mientras Xiloxóchitl examinaba los libros, que no era encuadernados, sino plegados como acordeón.
Desde luego, no se podían llevar todos. Xiloxóchitl cargó con los que buenamente pudo y le parecieron. Marcos Bey hizo otro tanto y salieron por la puerta de la calle de tierra, no sin resistencia de Xiloxóchitl que no veía por qué no podían volver al acale por el jardín en lugar de dar todo el rodeo. Caminaron como tres varas y, a la altura de un árbol que había a un lado de la calle, Marcos Bey se detuvo a dejar cuidadosamente los libros en la albitana y, mirando a Xiloxóchitl, le preguntó:
-¿Qué? ¿qué me dice vuestra merced?: ¿he hablado en voz baja o no he hablado en voz baja?
-Ha hablado vuestra merced en la mejor voz baja que se haya oído jamás -dijo Xiloxóchitl disimulando la demoledora emoción que le causaba el que Marcos Bey hubiera estado todo este tiempo pendiente de hacerle caso.
-¿Y el chicle?
-Ha mascado vuestra merced con discreción.
-Dejad también aquí los libros y vamos a terminar ahí dentro.
-¿Cómo?
Era inútil. Xiloxóchitl nunca podía preguntar nada porque, antes de que pudiera decir esta boca es mía, ya el otro había hecho lo que le había dado la gana, en este caso regresar hasta la puerta de casa de Papantzin y terremoto durmiente y gritar bien fuerte el consabido ¡ah de la casa! mientras levantaba la cortina que hacía de puerta, pues no se conocían las puertas en la Nueva España en aquel entonces.
-¿Qué hacemos aquí otra vez? -le preguntó uniéndose a él.
-No podemos irnos sin saludar a personas tan honradas de la sociedad de Tenochtitlán como estos mercaderes ni ellos nos perdonarían que, estando aquí mismo, pasáramos de largo sin llevarles la palabra de la redención. Voy a llamar más alto porque aquí no se remueve ni una mosca. ¡¡Ah de la casa!!
Después de esta segunda llamada de Marcos dejaron de oírse los ronquidos y empezaron a llegarles los murmullos de voces y de pasos. Llegó una sirvienta con luz y tras ella otra. Los visitantes las saludaron respetuosamente y dijeron, ayudándose en el diálogo el uno al otro que, habiéndose levantado en plena noche a hacer oración, algo en su interior los impulsó a salir de sus lechos y palacios para llegarse al cercano templo de Yacatecuhtli, protector de los mercaderes, y que este dios les había dicho que los mercaderes más virtuosos del contorno eran Papantzin y su consorte y que no dejasen de llevarles la buena nueva de la redención universal, pues se acercaba el fin de los tiempos y era imperioso preparar a las almas y que ellos, como mercaderes rectores, llevasen a los demás al camino de la fe.
Ya a poco de empezar este discurso se habían hecho presentes el mercader y la mercadera que, medio desgreñados y conteniendo los bostezos, trataban de mostrarse dignos, con civilidad y a la altura de una circunstancia tan desacostumbrada.
La mercadera pidió aclaraciones sobre lo último que acababan de decir:
-¿A estas horas de la noche? -preguntó.
-Satanás no descansa nunca.
-¿Vuestras mercedes se llaman Satanás y su deber es trabajar a todas horas?
La deducción de la mercadera no llevaba segunda intención y era muy lógica. ¿Cómo iba a saber ella qué significaban esos nombres y esas palabras, ni cómo iba a juzgar si no se lo explicaban antes? Y si había alguien que no descansaba nunca ¿no era razonable deducir que ese alguien fuesen los que venían a estas horas a trabajar a su casa?
-Todo esto es muy extraño -repetía y volvía a repetir la mercadera, mientras daba órdenes de que se preparase cacao para agasajar a aquellos satanases.
Las únicas pesadillas que hasta este momento había conocido Xiloxóchitl en toda su vida eran las obscenas de sus años de pubertad, porque, aunque luego hubiera seguido soñando obscenamente, esos sueños ya no eran de pesadilla, sino parte de un nueve caña muy manso. Teniendo, pues, tan lejanas aquellas primeras pesadillas, le resultaba difícil hallar ahora término de comparación con esta amorfa y disparatada escena que estaba viviendo y que seguramente le dejaría malestar de estómago y problemas con el capitán Malinche para el día siguiente.
-Tomad, tomad una cruz para que os proteja de todos los males y os guíe por el camino de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo.
Esto decía Marcos Bey echando mano del morral y hurgando dentro de él en busca de la famosa cruz pero, como parecía que no la encontraba, volcó todo el contenido en el suelo, lo esparció, lo revolvió... pero que si quieres.
-¡Pero dónde se habrá metido esta cruz del demonio! Hermano Xiloxochitl, buscad ahí entre vuestras cosas a ver si tenéis alguna cruz que podamos dar a estos hermanos mercaderes.
-¡Cruz! ¿Una cruz yo? Yo lo que tengo es chicle para vuestra merced y un papel de amate con Santiago pintado -se refería a Camaxtli-, pero no -bajó la voz- se lo voy a dar a éstos.
A pesar de no tener cruces, ante lo inevitable, Xiloxóchitl trataba de secundar a su compañero, aunque no sabía ni qué secundaba ni dónde meterse y le hubiera venido muy bien que se lo tragase la tierra -o la laguna. Y mira si el Marcos Bey no debía de saber lo que tenía y lo que no tenía en el morral. Lo que tenía en los sesos ya era otra historia y así se lo dijo una vez en la calle.
-Lo que os metieron al nacer entre los ojos y la nuca y de dónde lo sacaron, no lo sé, pero no vuelva a usarlo vuestra merced estando conmigo. ¡Habéis echado a perder todo el orden social! ¿Quién os manda entrar en esa casa ni tratar de evangelizar a nadie a estas horas de la noche?
Se le ocurrían muchos más improperios pero ya no veía la utilidad de decir ninguno.
-Hermano Xiloxóchitl, es la ofuscación la que os hace hablar. Éste es el mejor lance de toda mi vida.
¡Qué mal sienta descubrir que la persona de quien se está enamorado no sólo es boba sino también ridícula!
-¿No se habrá enojado vuestra merced? -se inquietó Marcos.
-No. Estoy que no sé qué hacer conmigo mismo de tanto regocijo.
-Comprendo que quisierais ver todo de inmediato ya en nuestro poder pero ¿no querréis ser el primer tlaxcalteca que mande ahorcar el capitán Malinche?
Querer no quería, pero estaba convencidísimo de que, de seguir en estas compañías, eso era lo que terminaría sucediendo.
-Vuestra merced, como los que no saben, desconfía de las cosas mal hechas, pero son éstas las únicas que salen un poquito bien, porque todo bien no sale nunca y sobre todo con planes bien trazados, porque para eso tendría que ponerse de acuerdo todo el orbe, incluida la casualidad, y eso no ocurre jamás. En cambio, de las chapuzas siempre se saca algo, y aunque se medio descubran, como para poder hacer justicia hay que descubrirlas enteras, nunca pasa nada. Es así como se rigen los imperios.
No contestó Xiloxóchitl a estos axiomas universales de gramática parda y, una vez más, echaron calle adelante. Al llegar de nuevo junto al árbol, dijo:
-Nos olvidamos los libros.
-Déjelos ahora vuestra merced. A la vuelta los recogeremos.
-¿A la vuelta de dónde?
-Del templo de ahí atrás que quiero ver como dan las horas en la Nueva España. Y de paso no nos vendría mal rezar unas salves porque estamos hechos unos herejes.
Era inútil decir nada. Ya había echado otra vez a andar y esta vez Xiloxóchitl no hizo por alcanzarlo. El de "ahí atrás" era el grandioso templo de Yacatecuhtli en este su feudo de los más ilustres mercaderes, el templo que Xiloxóchitl llevaba ocho meses evitando. Desde que llegó a Tenochtitlán todavía no había hecho estómago para pasar por aquel lugar, que para él encarnaba toda la humillación infligida a los tlaxcaltecas, acorralados como alimañas en su estrecha tierra, como si no fueran humanos, como si no tuvieran el don y la necesidad de tratar con otras gentes y comerciar con ellas, mientras que estos facinerosos prendados de sí mismos hacían todo eso con ostentación y vanagloria, como si para ello tuvieran un talento o un derecho especial. Pero ¿acaso iba a dejar solo y recién llegado a este Marcos Bey en una ciudad de aguas abiertas como fauces en la que no era para nada bien venido?

La Zarzamora
08/03/2012, 23:10
Ilhuicauxaual miraba distraído en el estanque del palacete las formas temblorosas de la casa, de su casa, al agitar la brisa la superficie de las aguas. Estaba, como siempre que pensaba en su hija, desazonado. Por una parte no podía decir que no quisiera a Cuetlachtli y lo que desde luego tampoco podía decir era que la quisiese. Sus sentimientos con respecto a ella se habían detenido en algún punto más acá del querer o de la indiferencia. No. Lo que de verdad le inspiraba era temor. No, más que eso, terror. Esos berridos que nació dando la criatura no habían cesado nunca, nada más se habían ido modulando de diferente manera. Una recién nacida escuchimizada que nunca a ninguna hora ni del día ni de la noche paraba de berrear como si de todo el cuerpo se le hubiesen adueñado los pulmones.
Pues bien, ya desde aquel día en que nació no había sabido qué hacer con ella. Tenía el sentimiento de haber actuado cobardemente porque, aunque tuviera la justificación de que, siendo hembra, era su madre quien debía educarla, no dejó de calarle, en el mismo momento que los oyó, que aquellos berridos eran una provocación a él mismo, como si ya entonces y sin palabras le estuviera diciendo lo que después no se callaría y vocearía sin cohibirse más o menos cada vez que lo veía:
-¡Callate, anda, si no tienes huevos...!
Y también sintió, ya desde que nació, que debía hacer algo por demostrar que dominaba la situación pero se abstuvo porque ese algo que tenía que hacer no sabía qué era. Y no veía tampoco qué hubiera podido hacer para no abstenerse. ¿Quererla, tal vez? Sí. Tal vez era eso y entonces habría actuado mal, porque habría actuado mal, exactamente igual que todos los que habían tratado con Cuetlachtli, porque con ella no había manera de actuar bien, pero al menos hubiera sido feliz, como su padrino y si no feliz, pues conforme. Cuando Cuetlachtli le chillaba a su padrino que no tenía huevos, éste no perdía los papeles, no, decía:
-Sí, sí, es una pena y no me explico cómo ha sucedido pero, a pesar de eso, mariposita mía, tú cuéntame lo que quieras, cuéntale lo que desees a tu padrinito para que te ayude y te sirva y lo que no quieras, mañana u otro día, que aquí estaré y no te atribules ni te cariacontezcas que yo no sería Aculnahuácatl si no viviera pendiente de ti.
No es que estas palabras la amansasen, no, pero al menos en los instantes siguientes no rompía ningún cacharro ni arañaba a nadie porque le habían quitado todos los pretextos. Ahora que, cuando no era a Aculnahuácatl sino a él al que le decía Cuetlachtli lo de los huevos, él no sabía donde meterse y lo que hacía era huir donde no se encontrara con el dilema de consentir en la afrenta y dejar ver su falta de autoridad o proceder en términos que no sabía en qué podían llegar a parar. No iba a pelearse como un maleante con su propia hija, máxime sabiendo que a pesar de lo que dijera ella de que no los tenía, eso era precisamente lo primero que le iba a arrancar, porque no tenía vergüenza ni pudor ni era una mujer sino un castigo. Eso, eso era: un castigo. Al padrino tal vez le resultaba fácil pero él jamás podría pasar por adoptar la actitud de eterna petición de disculpa que asumía Aculnahuácatl, uno de los capitanes más temidos y sañudos de la milicia tenochca, que no era poco decir. ¡Vivir para ver! No es que él mismo le anduviese a la zaga. También era temido y también era sañudo pero seguro que el castigo que era Cuetlachtli no le venía por eso pues, de ser así, también se hubiera abatido sobre Aculnahuácatl y, sin embargo, a éste no parecía sino que era precisamente Cuetlachtli lo que hacía que nada le pareciese un castigo sino una bendición. La misma llegada y estancia ¡ignominiosa estancia! de los teules en Mexico-Tenochtitlán, a la que se oponía con una virulencia que le había dejado a él, Ilhuicauxaual, casi sin virulencia de la que alardear y con la que ganar crédito, parecía, sí, moverlo a la cólera, pero no lo hacía infeliz. Se diría que, por el contrario, esa odiada presencia, lo mismo que el movimiento de los astros y de los siglos todos, no tenía otro objeto que el de cumplir alguno de los caprichitos de Cuetlachtli, como pudiera ser el de "hacer algo importante".
Y ¿qué era eso tan importante que podría hacer ahora? No lo sabía. Se sentía aliviado de que aquella fiera saliese de su casa y de su autoridad -más bien falta de ella- para ir a otra parte, a cualquier parte, daba igual, cuanto más lejos mejor, mientras no la matasen ni le hiciesen ningún daño que luego le hiciera a él sentirse más culpable todavía. Por de pronto, ya se sentía mejor en su casa, como si el presagio de la cercana paz doméstica hiciera que el sol acariciara más cálidamente paredes y personas, como si todo fuera a salir de una noche tenebrosa para entrar en un día apacible. Ya quedaban solo un par de horas y, en cuanto se hubieran llevado sus cosas, Cuetlachtli sería un recuerdo y tal vez él no era después de todo tan frío. Tal vez lo que le había helado fueron aquellos berridos rabiosos de recién nacida. Y tal vez a partir de ahora podría dedicarse, sin ese peso en el corazón, a atender con más eficacia sus quehaceres de estado, que iban a imponer en breve decisiones graves y nada fáciles.
¿Qué podría sucederle ahora a ella, una vez apartada de su casa y de la de su padrino, de sus costumbres y de su gente? ¿Habría alguien entre los muros de Axayácatl capaz de aguantarla? ¿Le daría alguno de sus moradores, superado por la ira, un testarazo que la matase? Era grande la incertidumbre, aunque era una incertidumbre que pronto dejaría de afectarlo de forma personal. Ahora estaba con su padrino ultimando detalles y había dejado todo su ajuar dispuesto para que vinieran los acalpanes y lo llevasen al palacio de Axayácatl, donde estaban alojados los teules con sus mancebas, esos payasos tlaxcaltecas, que no habían sabido toda su vida lo que era un grano de sal y ahora andaban por Tenochtitlán como si fuesen alguien. Por lo que él sabía, Moctezuma iba a comunicar esa misma mañana al teule que se parecía a Huitzilopochtli la entrega de la concubina. En medio de todo, era una suerte para ella, obedeciera a lo que obedeciera el parecido de ese cristiano y aunque luego lo tuvieran que sacrificar, porque ¿qué mayor honor podía desear una mujer que tener de consorte a la mismísima imagen del Huitzilopochtli?

La Zarzamora
08/03/2012, 23:12
En cuanto al castigo, ése sí sabía porque era, aunque cuando incurrió en el error de atraérselo no se le pasara para nada por la mente que iba a tener unas consecuencias tan graves, si bien lo más grave no era la gravedad sino la duración. Toda la vida, prácticamente desde el comienzo de sus respectivas carreras, se la había pasado enfrentado con Aculnahuácatl ¿Enfrentado? No. No era cierto. Enfrentarse no se habían enfrentado nunca. Una y otra vez se habían arrollado de costado violentamente, de mala manera y de peor cara, pero frente a frente jamás se habían visto. Se trataba de una antipatía y una falta de calor irremediables, en los que ni siquiera entraba el respeto que puede existir entre adversarios, aunque tampoco había falta de respeto. Era una aversión que no toleraba el acercamiento ni siquiera para hacerse daño. En aquellos primeros años de su vida militar a los que había que remontarse, a ambos, al parecer, les interesó la madre de Cuetlachtli, Cuautehuanitzin, pero de manera diferente. A Aculnahuácatl le movía exclusivamente el interés normal de contraer alianzas provechosas y conseguir buenas rentas de los pueblos que tenía ella de dote. A él, en cambio, además de esos intereses, le movía la inclinación personal por la muchacha, por la que llegó a sentir pasión, o, mejor dicho, según lo veía ahora, media pasión, siendo correspondido, no sabía si con otra media o con un tercio, más de eso seguro que no, porque luego fue descubriendo que esta Cuautehuanitzin que le había sorbido medio seso era una persona bastante apática, por la que era muy difícil mantener el interés. Sin embargo, en los comienzos de la relación él no lo vio así. La inmovilidad de aquellas manos de un moreno pálido le parecía la manifestación de un natural señorío, los ojos inexpresivos y la conversación simple y sin sustancia lo tomó por el reflejo de un sereno lago, etc., etc., es decir, veía todas esas cosas que suelen verse y sentirse cuando se tienen pocos años y muchos deseos. El lago resultó ser sólo un charquito y el señorío una penosa falta de energía pero, fuera charquito o fuera lago, señorío o inanidad, el lago y las rentas contantes y sonantes se le esfumaron cuando, sin haber sabido ninguno de los dos del interés del otro, Aculnahuácatl se le adelantó exponiendo oportunamente sus pretensiones al huey tlatoani de entonces, quien sancionó con su aprobación el concubinato de Cuautehuanitzin y Aculnahuácatl. Le amargó muchísimo sentirse ganado por la mano y, por más que la situación pareciera irremediable, no la aceptó, y la aceptó menos todavía cuando vio que pasaba el tiempo y no tenían hijos. El seguía sintiendo la misma inclinación por las rentas y el lago imaginario de ella y, lo mismo que antes del golpe de mano de Aculnahuácatl, seguía también contando con la complicidad de la mujer y de la familia, así que ahora empezó a encizañar, a decir que mira que después de no habérsela dado a él por un mero trámite..., que mira que ya había contado con los interesados y que mira el oportunismo de Aculnahuácatl, en un momento pasajero de favor... y que mira también que no podía dejarse a la pobre mujer sin hijos, porque de qué servía darle mujeres a un guerrero para tener hijos que fueran mejores guerreros todavía si resulta que precisamente no tenían hijos y que, antes de decidir que la causa estaba en ella, que debería dársele la oportunidad de probar con otro; que mira que así no se servían los intereses del estado y patatín y patatán. Encizañó tanto que, al suceder poco tiempo después que Aculnahuácatl desapareció en acción, él empujó todo lo que pudo para que se le diera por muerto y se reparara la injusticia que se le había hecho. Y, tanto movió, que consiguió sus propósitos y, en la avidez y el atropello de poseer en seguida lo que tanto había codiciado antes de que surgiese otro obstáculo y estando, como estaban todos, seguros de que Cuautehuanitzin no estaba preñada, porque además esos días tenía la regla, ni siquiera se guardó un plazo prudencial antes de cambiarla de gineceo.
Y entonces ocurrió lo inesperado: Cuautehuznitzin, que siguió teniendo la regla como si nadie la hubiera enseñado que cuando se está preñada no se tienen esas cosas, tuvo un hijo en unas condiciones y en un momento que se prestaba a todas las dudas. La criatura sí que nació escuchimizada, pero no podía decirse que no tuviera fuerza. Aunque, más que fuerza, lo que parecía demostrar era rabia. Pero eso no fue todo. Al día siguiente del nacimiento de Cuetlachtli aparece Aculnahuácatl vivito y protestando que aquella hija era suya, que aquella criatura era el resultado de su perseverancia, de su saber hacer y de su esmero. Se llevó el asunto a los jueces, los cuales fallaron que era de Ilhuicauxaul, pero como de todas formas era imposible disipar las dudas y Aculnahuácatl insistió en que aquella criatura no le era indiferente y que era una infamia aprovechar su pérdida en acción para privarle de una relación filial que representaba todo su impulso vital, todo su hálito, lo mejor de sí mismo, que se había reservado -reservado y tenía otros 12 hijos y luego tendría alrededor de otros treinta!- para volcar todos sus instintos paternos en aquella niña, que no había derecho a que, aprovechando su desaparición al servicio de la patria, se le arrebatase el pedazo más entrañable de su alma. Que con la madre hicieran lo que quisieran, incluso con sus rentas, pero que la niña se la dejasen, por favor, que se la dejasen, porque si no se volvería loco, y loco no iba a poder hacer ni la mitad de lo que podría hacer cuerdo. Resumiendo, que cuando se celebró el bateo de la niña, a los cuatro años, él fue el padrino, el padrino más padrino de la historia, el príncipe de los padrinos, el epítome de la padrinidad. Aunque no se conformó, porque periódicamente, cada cuatro o cinco meses, hacía lo mismo que había hecho en la reunión de tecuhtin en la que trataron de la imagen del Huitzilopochtli, es decir, probaba a hablar de ella como si fuese su hija a ver si a todo el mundo ya se le había olvidado lo ocurrido de verdad y disimuladamente podía pasar a ser hija suya sin que nadie se diera cuenta. Era absurdo, porque esas cosas no se olvidan y a la edad que ya tenía Aculnahuácatl podía decirse que es que chocheaba, pero esto lo llevaba haciendo desde que nació la niña y entonces era joven. Y pensar en esto le traía a la memoria a Ilhuicauxaual que ¿quién, después de venir los teules, no había salido por ahí diciendo que había tenido tal y cual visión profética y -cómo no- catastrófica? Le hacían gracia todas estas visiones y seguro que la mitad eran pura imaginación pero él mismo sí había tenido un sueño con algo relacionado con los teules pero que no revelaba nada sobre ellos, sino sobre Aculnahuácatl. Y lo tuvo tras una de estas oportunidades en que él, erre que erre, probaba a ver si por fin era el padre. En el sueño que tuvo veía a Aculnahuácatl en forma de una fiera, que entonces a él le resultaba desconocida, pero que, cuando llegaron los teules, lo reconoció o creyó reconocerlo en uno de los que llamaban perros de presa y que son de esos que una vez que muerden algo no lo sueltan aunque se hunda el firmamento. Y sí era profético el sueño pero no se lo había contado a nadie. En cuanto a él mismo, no tardó en enfriársele la media pasión que sentía por Cuautehuanitzin y en preguntarse qué había podido ver en ella si no había nada. Pero ya entonces, después de Cuetlachtli, había tenido otro hijo, Ahuitzotl, que en algún aspecto había salido a su madre y en otros a él, como debe hacer todo hijo normal y como no hizo la fiera de Cuetlachtli porque si, pasado el tiempo, se hubiera apreciado a simple vista un parecido entre ella y Aculnahuácatl, él, Ilhuicauxaual, hubiera sido el primerito en pedir que se revisara la sentencia de paternidad en vista de la nueva circunstancia porque no tenía ningún interés en seguir guardando para sí a aquella fiera. Pero la fiera, de hecho, no se parecía a nadie, ni al padre ni al padrino y, si sería atravesada que, por no parecerse, no se parecía ni a su madre, algo en lo que podía siquiera haber condescendido, puesto que con ello no hubiera hecho bien a nadie. Más adelante, cuando creció y descubrió la pugna que había entre los dos que pretendían ser su progenitor, no perdió oportunidad de hurgar en la herida, de zaherirlos a los dos, de despreciarlos a los dos, de ofenderlos a los dos y de hacer a todo el mundo que la rodeaba rabiar en la impotencia. También creció Ahuitzotl, soso y simple como su madre y frío e inoportuno como su padre, y diciendo de continuo:

La Zarzamora
08/03/2012, 23:13
-Esta niña está muy consentida. Si no la dejaseis hacer todos sus caprichos, no pasaría esto.
Era al revés, era porque pasaba eso por lo que tenían que dejarle hacer todos sus caprichos. Y no, no le dolerían prendas en dejar de ahora en adelante que Aculnahuácatl recibiese de Cuetlachtli todas las noticias que pudiera dar sobre la imagen de Huitzilopochtli y en enterarse él como todos los demás cuando Aculnahuácatl lo contase y dejaría de darse de costado con él y empezaría a resarcir un poco a su hijo del alma, a Ahuitzotl, de una infancia, pubertad y juventud amargadas por aquella fiera qu si le decía lo que le decía a él, siendo su padre, para qué hablar de lo que le decía al pobre muchacho, que era cierto que carecía de gracia pero era cumplidor y sincero. Y bien caro lo pagó aquella vez que vino de permiso a poco de entrar en el calmecac o escuela de nobles. Debió de ser porque la ausencia le hizo olvidar la realidad e idealizarla por lo que llegó a casa creyéndose que Cuetlachtli tenía remedio. Se empeñó en que ¿qué era eso de las excepciones? que ella tenía que tejer como las demás mujeres. Volver a la realidad le costó caro y fue Cuetlachtli quien lo logró con su habitual dulzura:
-¡Qué razón tienes, querido hermano, o semihermano, que no sabemos finalmente quién le revolvió la regla a mamá en aquella ocasión ¿verdad?! Tienes razón: no hay nada tan bonito como tejer ¿a que no? ¡¡¡Pues toma, teje!!! ¡pichapulga! ¡y date una vuelta por algún hormiguero a ver si encuentras esposa y te largas de una vez, capullo de cabrón! ¡¡¡Toma, teje!!!
Le estampó el telar en toda la cara, lo dejó sin nariz y con un palo del destrozo le alanceó en las criadillas y le hizo sangrar. Si además de perder sangre había perdido los plenos poderes de paternidad era algo que aún estaba por ver. En cambio lo que sí se vio aparecer inmediatamente después del altercado fue a Aculnahuácatl, que vino a poner las cosas en su sitio, haciéndole a Auitzotl grandes elogios y mejores pronósticos de que en el futuro sería mucho más sensato y que ya, en ese mismo día, su gran sentido común le había enseñado que las generalizaciones son odiosas y que el que la mayoría de la mujeres sean tejedoras no es ninguna profecía de que la hermana de uno vaya a serlo también. Hay que respetar la voluntad divina y cómo distribuye los talentos y las gracias. Que qué bien se estaba preparando para la guerra en el Calmecac y ahí estaba, si no, la prueba, puesto que hasta en casa y de permiso había aprovechado para probar suertes y lances y sufrir rigores y eso era gracias a que tenía una hermana maravillosa que le secundaba en los empeños más elevados. Le aguardaba un porvenir glorioso en la milicia... ¡Su hijo del alma! ¡Qué extraño que la sosería de la mujer que lo desilusionó hubiera terminado queriéndola en el hijo...!
Algo que se solía decir por ahí era que Cuetlachtli se tan maleducaba porque Aculnahuácatl deshacía por un lado lo que hacía Ilhuicauxaual por el otro pero, muy grande y todo que fuese la aversión que pudiera tener a su rival, sabía que ni lo que hiciera Aculnahuácatl ni lo que hiciera él tenía nada que ver con cómo fuese Cuetlachtli porque, si no hubiera sido Aculnahuácatl, hubiera sido otra cosa o no hubiera sido nada, pero ella hubiera sido igual. La realidad era que, como no fuera matándola, no tenía remedio. Y eso ya había quedado dicho en aquel primer berrido.

La Zarzamora
15/03/2012, 23:00
Estaba contento. Ya tenía fecha para confesarse y ya tenía cargas, mantas y canutillos para mandar a Ilhuicáatl y a sus hermanas de la sal y ahora mismo iba a donde estaba el calpixqui tlaxcalteca encargado de los correos y el transporte con la República para que las cargas no dejasen de salir hacia Tlaxcala en la próxima expedición. Así iba de ufano, cuando lo abordó uno de los soldados:
-¡Hombre, Cuachipil! ¡Cuánto me alegro de veros!
-Gracias, mi señor Bernal Díaz del Castillo.
Le temía al Bernal más que a los nublados. Y de ahí que tratara de guardar las distancias llamándole "mi señor" y que por todos los medios quisiera desalentar la plática porque, si le cogía por banda este Bernal, era capaz de contarle de alba a alba seguido y sin parar las finezas de Moctezuma, lo gran señor que era Moctezuma, cómo hablaba Moctezuma, cómo miraba Moctezuma, cómo comía Moctezuma y hasta cómo hacía Moctezuma lo que hacían todos los mortales, cosas que a él le habían dado y le seguirían dando siempre igual. Que Moctezuma o quienquiera que fuese gobernase mientras pudiese y que a él, Cuahuipil, lo gobernase quien fuese mientras así fuera el mundo pero que no lo distrajeran contándoselo, y menos cuando lo que él quería era mandar las cargas a Tlaxcala y luego irse a su aposento a soñar, a ver las cartas de ella, a mirar el árbol en la oscuridad y apretárselo contra el pecho, a imaginar la cara que pondría cuando recibiese las cargas y cuando viese la carta que le iba a enviar, a imaginar cómo sería su reencuentro -¿se volverían a ver alguna vez o fue aquel primer encuentro y aquellos días como la luz del amanecer que ve el sentenciado a muerte al salir del calabozo y antes de ser ajusticiado?
-... Y entonces el Moctezuma ¡qué gran señor es en todo lo que hace! le dijo a Ojeda: Esa bolsica...
Les interrumpió uno de los capitanes:
-¡Ah, Cuahuipil, hermano! Cuánto me alegro de encontrar a vuestra merced todavía despierto. A uno de los soldados a los que les tocaba la vela le están dando retortijones y hay que suplirlo. ¿Lo podríais hacer?
-Como mande vuestra merced.
El capitán le indicó a Cuahuipil el puesto de vela que le correspondía y éste se fue derecho a ello volviendo muy groseramente las espaldas al Bernal, que se quedó desencantadísimo de no poder contarle lo que era imprescindible que le contase a alguien porque, con lo gran señor que era Moctezuma, las cosas no podían quedar así.
Cuahuipil hizo su vela a conciencia, como hacía todo y, renegando a conciencia también del Bernal, de la madre que parió a Bernal y del padre que no pudo aguantarse antes de provocar tamaño desaguisado. Y no saldrían en la expedición de mañana las cargas para Ilhuicáatl y ella tardaría un día más en tener este conocimiento de los sentimientos que él le profesaba y le expresaba de esta forma. Después de lo fácil que había sido todo con el Tonatiu... Un día más. Ahora lo que iba a soñar que ocurriría dentro de día y medio, tendría que soñar que ocurriría dentro de dos días y medio. Era un retraso cruel que le iba a descabalar muchísimo los sueños. Así, renegando, transcurrió la vela y renegando y volando se fue a ver al calpixqui cuando terminó, a ver si por una dichosa casualidad no estuviera ya cerrada la expedición. La casualidad no se dió y, enfurruñado, fue a tomarse un baño en el temazcal y, ya de amanecida, se retiró a sus aposentos. Allí se enfurruñó más o, más bien, se desató:
-¿Dónde están mis quachlis? -se preguntó en voz alta y dispuesto a matar a quien se los hubiera tocado.
Los quachlis eran el tipo de manta más sencilla y de menos precio que se tejía en la Nueva España y él tenía unas cuantas que le servían de colchón y de abrigo. Además, con los ojos clavados en él, observó que también le habían movido el árbol. Lo examinó detenidamente y no, no había sufrido desperfecto. Mejor para el autor porque, como lo hubiera sufrido, lo habría estrangulado hasta que la lengua le diera en las rodillas. No tuvo que pensar mucho. Como un huracán se fue derecho al aposento de Marcos Bey y, en efecto, allí lo halló durmiendo plácidamente encima de las mantas que le faltaban a él. Tiró de ellas con muy mal genio. El otro, sin despertarse y por la fuerza de la costumbre, echó mano a la espada y se la puso delante al Cuahuipil, que la apartó de una patada con tanta violencia que después de deshacerse de la espada aún quedó puntapié para el durmiente. Y todo esto sin dejar de despotricar.
-¡Turco capón, amigo de capones, robaquachlis, carnicero! ¡Te voy a dar yo a ti desvalijar camas ajenas y tocar los árboles de nadie...!
Y seguía con los puntapiés, aunque estos ya sin querer hacer daño. Así se desquitó un poco y, total, el Marcos Bey, aparte de ponerle en sueños la espada delante del pecho cada vez que el otro se la quitaba, no se alteraba ni se molestaba en despertarse.
Cuahuipil se preparó el lecho, colocó el árbol y se serenó un poco al tenerlo junto a sí. Y aunque fuera con un día de retraso, soñó y, finalmente, se durmió hasta la mañana entrada, en que vino a despertarlo una criada que le enviaba Xiloxóchitl con el recado de que fuera a verlo en cuanto pudiera que tenía algo que enseñarle.
Se aseó rápido y fue a reunirse con Xiloxóchitl en el aposento de éste. Xiloxóchitl tenía echada la cortina de la puerta y delante de ella había puesto una mampara. Estaban lo más en privado posible. Después de los saludos, preguntó Cuahuipil:
-¿Qué tienes que enseñarme?
Xiloxóchitl abrió un gran cesto en forma de arca que tenía allí, sacó de él algo envuelto en un paño, lo colocó encima del cesto una vez cerrado y dijo:
-Míralo.
Cuahuipil lo tomó, lo desenvolvió con cuidado y sacó una calavera. La miró y, con cuidado también, la volvió a colocar encima del cesto sin decir palabra. Xiloxóchitl miraba a su amigo con solemnidad.
-Te presento a mi padre -le dijo.
Cuahuipil llevó la mirada alternativamente a Xiloxóchitl y a la calavera con mucha atención y luego, una vez hallado el parecido, se puso de rodillas sentado sobre los talones ante el más huesudo y guardó un reverente y conmovido silencio, mientras rezaba para sus adentros por el que debería ser su suegro.
Luego, todavía de rodillas, se volvió a Xiloxóchitl y le preguntó:
-¿Y dónde lo hemos encontrado?
-En el tzompantli del templo de Yacatecuhtli.
Guardó silencio unos momentos y luego prosiguió:
-¿Te acuerdas de que yo no quería pasar por allí ni arrastras?
-Sí, sí me acuerdo.
-Pues anoche pasé, me quedé mirando el tzompantli con amargura y, de repente, en la tercera hilera por arriba, el cuarto cráneo por la derecha, lo reconocí. No pude evitar romper en sollozos.
-Es lo suyo. ¡Vaya si te comprendo! Pero entonces no tienes que tener pena, sino todo lo contrario. Ayer lo dabas por perdido y hoy, además de saber que está en el Paraíso con tu madre, tenemos con nosotros su calavera, que es la parte más expresiva del cuerpo. Debemos dar gracias a Dios. Yo estoy muy, muy contento por vosotros y también por mí.
-Me alegro de que lo estés.
-Pues sí. Lo estoy y mucho. No te he contado todavía nada de mi propio padre porque son memorias tristes y no me gusta volver sobre ello pero a mi padre también le ocurrió algo parecido. Siendo yo niño, se embarcó para otra tierra en busca de mejor fortuna y sospechamos que fue abordado por piratas aunque lo que hicieron con él, si murió, lo mataron o lo cautivaron, no lo hemos podido averiguar.
Xiloxóchitl abrió la boca de sorpresa.
-¿Sí?
-Sí.
-¡Podríamos mirar otra vez en el tzompantli a ver si está allí!
Xiloxóchitl había querido ayudar a Cuahuipil pero, desde luego, de estar el padre de Cuahuipil en algún tzompantli, sería en el de Marsella o en el de Constantinopla o en el de algún lugar mucho más al oriente que las Indias. Mas, como es sabido, allí tenían otros adelantos pero no tzompantlis.

La Zarzamora
15/03/2012, 23:03
En cuanto al padre de Cuahuipil, toda la verdad no era fácil que el hijo la dijera porque lo cierto es que su padre no había ido en busca de fortuna sino que, después de que se obligara a convertirse al cristianismo a los mudéjares de Castilla, fue de los que quisieron ver si en otras tierras hallarían libertad de creencia para él y los suyos. Esto no lo podía decir Cuahuipil en las Indias porque, como a cristiano nuevo, le estaba prohibido pasar y no era cosa de buscar problemas a las monjas y al cura que le arreglaron los papeles y, aunque la inquisición no fuera santo de especial devoción entre los cristianos que estaban allí, como bien decía Xiloxóchitl, lo que no se sabe no se puede decir. Todo lo demás, sin embargo, era como lo había dicho. Xiloxóchitl seguía consolándolo:
-De todas formas, este padre también es tuyo, ya lo sabes.
Que un indio u otro hombre vivo le llamara hijo le inspiraba reconocimiento pero que esa consideración viniera de una calavera lo conmovía todavía más. Ese era el verdadero amor, el que incluso desde el más allá viene a traer consuelo a quienes aún no han despertado del sueño de la vida. Y si, además de muerto, era el padre de Ilhuicáatl, era como para morir de sentimiento. Miraba a la calavera con apego y veneración, como si este padre mártir, desde el más allá, estuviese bendiciendo a la hija y a él con la bendición más pura.
Xiloxóchitl lo acompañó en guardando silencio, que finalmente rompió preguntándole:
-¿Qué te parece que hagamos con él?
-Sus exequias, como deben ser, y luego enterrarlo en la casa del alfoz.
-Digo ahora mismo: si lo guardamos aquí con nosotros o si se lo enviamos a Ilhuicáatl de inmediato. Me da miedo guardarlo aquí porque cualquiera sabe cómo vamos a salir y si saldremos pero separarnos de él también me preocupa por si se pierde o lo roban o se accidenta en el camino.
Cuahuipil reflexionó un momento.
-Mejor lo mandamos sin esperar. Si aquí pasara algo, por lo menos que lo tenga Ilhuicáatl. El riesgo de que lo pierdan otros no va a ser mayor que el de que lo perdamos nosotros mismos si llegáramos a llevarlo. El calpixqui sin duda ya sabe todo el cuidado y reverencia que hay que tener con los muertos y, sabiendo las circunstancias, extremará el cuidado. Que yo sepa, nunca se ha perdido nada de lo que se ha enviado de aquí a Tlaxcala, cuanto menos un mártir.
En ese momento pidió permiso para entrar un alguacil tlaxcalteca. Los futuros cuñados envolvieron y guardaron a aquel hueso de sus huesos e hicieron pasar al alguacil.
-Tengan buenos días mis señores. Traigo orden del Capitán General Chichimecatecuhtli de hacer saber a todos sus hombres que, por pedido del capitán Malinche, debe presentarse de inmediato ante ambos capitanes y otras autoridades, para responder a una denuncia de la ciudad de Tenochtitlan, el militar tlaxcalteca que ayer noche anduviera en el templo de Yacatecuhtli del barrio de Pochtlan.
-¿Ha dicho el señor alguacil en el templo de Yacatecuhtli o ha dicho cerca del templo o en las proximidades del templo? -preguntó a su vez Xiloxóchitl.
-He dicho en el templo, mi señor.
-No hay en este aposento ningún tlaxcalteca que ayer noche estuviera en el templo de Yacatecuhtli más si mi señor alguacil tiene orden de hacer otra pregunta semejante a las que he dicho le contestaré cuando me la haga.
-Quedo enterado de lo que me dice mi señor Xiloxóchitl Tlanexmitl y volveré si se me instruye para hacerle alguna otra pregunta. Tengan buenos días mis señores.
-Tenga buenos días mi señor alguacil.
-¿Pasó algo ayer en el templo de Yacatecuhtli? -preguntó Cuahuipil tan pronto salió el alguacil.
-Sí, que Marcos Bey y yo rescatamos a mi padre, como ya has visto.
Oír el nombre de Marcos Bey metido en esto alarmó a Cuahuipil. Podía haber ocurrido cualquier desaguisado.
-¿Robasteis algo?
-¿Robar has dicho?
-Xiloxóchitl, no voy a consentir que el padre de Ilhuicáatl ande colgado por ahí de ningún tzompantli para que los niños del barrio aprendan a contar a costa suya y si, por ese motivo, te has buscado alguna complicación, iré contigo hasta el fin del mundo pero quiero saber exactamente lo ocurrido para poder responder.
-No, Cuahuipil, no robamos nada del templo de Yacatecuhtli ni en él. Sólo la calavera de nuestro padre. Por lo demás, no tienes que venir conmigo a ninguna parte. No va a pasar nada.
-¡Claro que voy contigo! Yo quiero estar ahí si se dice una palabrita más alta que otra y si un capitán cristiano tiene la granujería de objetar tantico así a que un hijo recupere los restos mortales de su padre, encima atropellado y sacrificado. Yo quiero estar ahí para decirle a ese capitán y a cualquier otro capitán lo que pienso de tanta palabrería de cristiandad si luego se profana a los difuntos y se les impide reunirse con sus calaveras allegadas. Hay demasiado cristianismo farisaico aquí en la Nueva España y así lo voy a proclamar y no va a haber quien me tape la boca.
-Pero tampoco te excedas, no sea que ofendas y te tomen ojeriza.
-¡Valiente cosa la ojeriza de unos infieles!
¡Bueno, bueno! ¡Cómo le había puesto la calavera! Sí, parece que le había reventado, una vez más, todas las ampollas de su cristianismo forzado y de su orfandad no menos forzada.
No tardó en volver el alguacil y en hacer alguna de aquellas otras preguntas que le sugirió Xiloxóchitl, con el resultado de que éste se puso su atavío de más respeto y lo más filosófico de su sonrisa, con la que parecía decir: pues sí, además de todas las otras cosas que me pasan, ya va faltando menos para que me ahorque el capitán Malinche, y siguió al alguacil mientras a él lo seguía Cuahuipil pegado como un perro y con ganas de morder.
No era mala la concurrencia: allí estaban el capitán Malinche, el capitán Alonso de Ávila, el alguacil mayor de los cristianos, otro capitán y algunos soldados. Allí estaban también Chichimecatecuhtli, Capitán General de la milicia tlaxcalteca en Tenochtitlán, el alguacil mayor de los tlaxcaltecas, dos auxiliares suyos y soldados tlaxcaltecas. Allí estaban igualmente cuatro cargos de la ciudad de Tenochtitlán, dos sacerdotes o papas y otros doce o trece tenochcas que debían de ser los testigos. Allí estaban asimismo doña Marina y el otro intérprete, Aguilar. Y allí estaba por último Marcos Bey. Todos saludaron a todos. Malinali sonrió a Cuahuipil y Cuahuipil le sonrió a su vez porque la apreciaba mucho, aunque últimamente, rodeada de tanta gente principal, se hubiera hecho más rara de ver y de hablar.
La denuncia tenochca era que un cristiano que se parecía al Huitzilopochtli y un tlaxcalteca sacrílego habían arrojado piedras contra el templo de Yacatecuhtli, que habían destrozado una parte de él, a saber, el tzompantli, que habían profanado los objetos de culto, que habían aterrorizado a los sátrapas y moradores del templo, que habían causado heridas a unos mercaderes y mercaderas veteranos que allí hacían sus devociones y que habían sustraído un objeto sagrado y llevado en cambio al templo suciedades y objetos extraños que no eran sagrados.
Pidió el capitán Malinche (o sea, Cortés) al escribano que preguntara a los denunciantes cuál era el objeto sustraído y cuáles eran los objetos extraños llevados al templo.
El objeto sustraído, dijeron, era una calavera divina. Los objetos extraños que habían llevado al templo, sin tener que estar allí, eran piedras, hojas de árbol, unas secas y otras verdes, y una sera de estiércol.
Seguidamente los dos sacerdotes y los testigos tenochcas identificaron a Marcos Bey y a Xiloxóchitl como autores de los hechos y se recibió declaración primero a Marcos Bey, quien respondió de inmediato, aunque también de inmediato le pidieron que no siguiera, porque, como hablaba latín, no se le entendía, que si no quería hablar castellano. Que no, que no quería, que la lengua del derecho era el latín. Pero como esto también lo dijo en latín, lo volvieron a interrumpir y llamaron a Fray Bartolomé de Olmedo para que hiciera de intérprete. Vino el sacerdote y esto es lo que fue traduciendo:

La Zarzamora
15/03/2012, 23:08
-Marcos Alvarez Castaños, Marcos Bey, para servir a los señores capitanes y alguaciles, autoridades tenochcas, soldados e intérpretes y a todos los presentes en general. Ayer noche, el aquí conmigo compareciente Xiloxóchitl Tlanexmitl, hidalgo y militar tlaxcalteca, y un servidor, habiéndonos apetecido y con los permisos pertinentes, salimos a dar una vueltecita por el barrio de Pochtlan. Cuando iba a dar el segundo cuarto de la noche nos llegamos al templo de Yacatecuhtli, sin entrar en él. Me fijé en que en el patio del templo había uno de los que luego supe que se llaman tzompantlis y, junto a él, acuclillados en el suelo, a un grupo como de trece o catorce entre viejos y viejas, formidablemente beodos, embeodándose más, vociferando y gesticulando y dándose empellones y afrentándose unos a otros. Como yo no había visto nunca ningún tzompantli tan de cerca, contemplé el de ese templo con curiosidad y mi dicho compañero me explicó lo que era y a qué fin se utilizaba. Llegados a este punto, el dicho Xiloxóchitl se demudó y exclamó "¡padre!" y luego me dijo entre lágrimas y gemidos que el cuarto cráneo por la derecha de la tercera hilera desde arriba era el de su difunto padre, que salió de Tlaxcala a comprar sal iba para seis años y no había vuelto. Entonces acababan de tañer la hora. Conforté a mi compañero lo mejor que supe y ambos resolvimos a la mañana siguiente, es decir, hoy, pedir por vía oficial la entrega de los restos mortales de su difunto padre para darles sepultura con la bendición de Santiago-Camaxtli en su solar de Tlaxcala. Pero en ese momento, no sé de dónde, recibí un pelotazo que casi me vuelve la cabeza del revés...
Al llegar a esta última parte de la declaración no había absolutamente nadie entre los presentes que no encontrase en ella algo increíble. A los cristianos les pareció sospechosísimo que de noche, o de día, daba igual, una persona, entre centenares de calaveras, pudiera reconocer la de su padre, por muy padre que fuese, porque no hay nadie capaz de distinguir una calavera de entre un sinnúmero de otras. Por su parte, los indios no pudieron creer, probablemente los cristianos tampoco, aunque no les escandalizase, algo que, además, hizo prorrumpir en protestas de indignación a los tenochcas presentes, que fue la mención del pelotazo. Esto lo advirtió Marcos, que se preguntaba qué era lo que tenía de defectuoso aquel pelotazo. Pero no se amilanó. La mentira puede resultar sospechosa pero la duda lo es más. Prosiguió, pues, como si los asombros no fueran con él:
-... Me sorprendió desde luego que a esas altas horas de la noche los chiquillos anduvieran todavía por ahí con sus juegos y pensé dónde podría haber ido a parar la dichosa pelota para ir por ella y devolvérsela, que yo sé lo que es ser niño y querer jugar, y me animé entonces a entrar en el templo a buscarla y, me hallaba al lado de los viejos ebrios y gesticulantes, cuando vi que lo que debió de ser otro formidable pelotazo...
Los gestos y voces de protesta de los tenochcas subieron de tono, la sonrisa de Xiloxóchitl se volvió filosófica total y los cristianos estaban casi por seguir el ejemplo de los tenochcas. Sólo los tlaxcaltecas, una vez reprimida con disciplina militar la sorpresa y la carcajada que casi los ahoga al oír lo del primer pelotazo, estaban muy tranquilos y seguían el relato con vivo interés a ver en qué paraban aquellos pelotazos fantásticos. Lo que oían empezaba a ser muy entretenido y el Huitzilopochtli teule parece que había salido juguetón, ¡bien por él!
Marcos Bey, siempre en latín, seguía diciendo:
-... daba en todo el tzompantli y lo hacía tambalearse. Pero lo que lo derribó fue el tercer pelotazo. Acordándome del cráneo del hidalgo, anduve muy vivo y conseguí atraparlo en el aire antes de que se hiciera astillas contra el suelo. Todas las demás calaveras cayeron sobre mí y sobre los viejos, supongo, por lo que aquí se ha dicho, que llenándolos de chichones. A mi al menos me han dejado la cabeza como un serrijón. Luego hubo bastante confusión y llegaron sátrapas, milicia y otra gente. Con eso y el trastorno y desvarío de los ancianos, que no paraban de gritar "¡ay, ay ,ay!", pensé que lo que la piedad me mandaba era poner a salvo los restos mortales del padre del hidalgo aliado antes de que les pasase algo irreparable y dar parte de lo ocurrido al día siguiente en nuestro real para evitar malentendidos entre nosotros y nuestros respetabilísimos anfitriones (se encorvó con deferencia hacia las autoridades tenochcas en señal de respeto al decir esto). Salí, pues, del templo con la calavera, me reuní con mi compañero, que había permanecido extramuros, y nos volvimos al real. Y ese parte que digo y que aquí muestro es lo que me hallaba ya firmando cuando vino a buscarme el alguacil que me trajo ante vuestras mercedes.
Diciendo esto, hizo entrega al escribano, a guisa de prueba, de lo que decía que era el parte, escrito, por supuesto, en latín.
Era el turno de Xiloxóchitl y, como se trataba de la calavera de su padre, ¿qué mejor que hablar en la lengua de su madre para mayor halago? Pidió pues un intérprete de otomí, que se le trajo, y prestó declaración. Naturalmente, no habló de pelotazos para nada, porque en la Nueva España las únicas pelotas que había entonces eran las utilizadas en ese juego ritual y religioso cuya cancha se ubicaba dentro del recinto de los templos y que estaba reservado a grandes señores y caballeros. Esas pelotas eran, consiguientemente, objetos litúrgicos y no andaban sueltas por ahí sino que se tenían muy bien guardadas y custodiadas para las especialísimas ocasiones en que se utilizaban. Estaban hechas de hule y eran tan pesadas y tenían tal rebote que, si una llega a darle a Marcos Bey, tal como dijo, en la cabeza, más que volvérsela del revés, se la hubiera vuelto a la Vieja España de manera instantánea o, por mejor decirlo, en latín, ipso facto. Lo que habló, pues, y le interpretaron a Xiloxóchitl del otomí al náhuatl y del náhuatl al maya y del maya al castellano, después de dar sus datos, fue lo siguiente:
-Respetable audiencia: a lo que se me requiere sé decir lo mismo que mi compañero hasta donde habla del pelotazo y digo que lo que ocurrió después de que este servidor dijese "¡padre!" y diese las demás muestras de sentimiento ya aludidas es que el aquí presente, Marcos Bey, imagen del Huitizilopochtli, se quedó mirando al zompantli y, así, mirándolo, empezó a echar fuego por los ojos. Luego, portentosamente, empezaron a caer objetos del cielo y a estrellarse contra el tzompantli, que se derrumbó hecho pedazos por la furia divina, salvo por la calavera de mi padre, que, igual de milagrosamente, vino por encima de la valla del templo directamente a manos de mi compañero Marcos Bey, imagen del Huitzilopochtli, quien me la entregó a mí. Entonces volvimos al real y no sé decir más sino que mi estado de ánimo en esos sucesos era por demás extraordinario y por ese motivo no puedo tener de ellos la misma fidelidad de recuerdo que yo quisiera y que tendría si el suceso no me afectara tan en lo vivo. He dicho.
-¿Cómo sabía vuestra merced que esa calavera, precisamente ésa, era su padre y no otra calavera u otro padre? -esto era lo que querían saber en general los cristianos y lo que le preguntó el escribano por medio del intérprete, aunque no hacía falta porque Xiloxóchitl lo entendió perfectamente, pero no llegó a contestar, pues se le adelantó Cuahuipil, que dijo:
-Vuestras mercedes: yo quisiera hablar y dar testimonio a lo que se pregunta, porque lo sé, si las autoridades y señores aquí presentes me dan su licencia.
Se le dio licencia, sin perjuicio de que luego se volviera a interrogar al Xiloxóchitl. Se dispuso, pues, a declarar, pero antes:
-¿Puedo pedir que venga mi intérprete?
-¿Pues no habla castellano vuestra merced? -le preguntó el escribano.
-Es que quiero hablar en vizcaíno.
¡Olé, hombre! se dijo el capitán Cortés para sus adentros. Para sus afueras oyó como el escribano mandaba en busca de un intérprete de vizcaíno, que se trajo y que tradujo ésta declaración de Cuahuipil:

La Zarzamora
15/03/2012, 23:11
-Yo quisiera aclarar a los cristianos aquí presentes que lo desconozcan algo que sé muy bien por mi trato con los indios y muy particularmente con este Xiloxóchitl y es que nada tiene de extraordinario que distingan una calavera de otra o de entre otras muchas y que sepan de quién pudo ser en vida si conocieron a la persona porque, al ser frecuente tenerlas expuestas, se fijan e incluso, si son las de algún cautivo suyo, las remiran por pura satisfacción. Yo sé que el Xiloxóchitl tiene ese conocimiento y sé también cómo perdió a su padre, por cuyo motivo me ha hablado muchas veces con desconsuelo y es también padre de su hermana, no sólo de él, y ella igualmente lo ha llorado y lo ha descrito. "Y los huesos de los pómulos los tenía así, y estaban a tal altura con respecto a la nariz y los ojos", y, lo que es de los pómulos, pues también de la barbilla, de la quijada, de la sien… todo eso me lo han descrito con añoranza. Y parece mentira que en una sola cabeza quepan tantos huesos. Hasta tal punto daban detalles de su padre que yo mismo llegué a imaginar cómo era y, hoy, cuando lo vi, aparte del parecido con la hija y el hijo, que salta a la vista, pude comparar lo que veía con los rasgos que conocía por descripción. Esto sentado, digo que a los cristianos no debiera importarnos quién o de quién sea padre esta o estotra calavera porque, ya que no lo hacemos con los vivos, con los muertos debiéramos tener piedad. Y no se puede negar a unos hijos que recuperen los restos que quedan de un padre que no ha muerto en una guerra declarada sino en un ataque inicuo al derecho de comercio que tienen todas las gentes honradas y todas las repúblicas. Pido, pues, a vuestras mercedes que, para que no se nos acuse de arbitrarios y de cebarnos en el Yacatecuhtli y, puesto que todas las calaveras son hijas de Dios, hoy mismo se pida al señor Moctezuma que autorice a las personas más idóneas a descender de todos los tzompantlis de Tenochtitlán a las calaveras cuyos deudos las reclamen ahora o en lo sucesivo.
Suficiente. Suficiente. Estaba bien lo dicho por Cuahuipil pero que ya no dijera más, por el amor de Dios, que iba a poner la convivencia patas arriba. Con eso ya bastaba para que los tenochcas se conformasen porque no iban a querer que les profanasen más tzompantlis en lugar de reponer el mermado, pero que no siguiese, que éste, de tan sincero, iba a hacer lo que otros sinceros, que, con tanta sinceridad, terminan dando más guerra que si fuesen fementidos traidores. Esto pensó cierto capitán cristiano y se resolvió, pues, en definitiva, someter el caso al Moctezuma y pedirle autorización para que, quienes reconocieran algún cráneo, lo recuperaran sin necesidad de alterar el culto. En cualquier caso, no procedía que Xiloxóchitl devolviera la calavera de su padre, puesto que ya eran amigos, y no enemigos, tenochcas y tlaxcaltecas y no existía razón para negar a estos últimos algo tan elemental. Se dispondría la limpieza del templo y la reparación de los palos que faltasen del tzompantli, aunque no se iban a entregar calaveras nuevas para sustituir a las cascadas, que se trataría de recomponer por si algún deudo las reclamaba. Lo que sí se podía hacer para rellenar los huecos que hubiera entonces o en adelante era encargar una remesa de calaveras de yeso y colocarlas como si fuesen de verdad. Algo con lo que los tenochcas no podrían estar de acuerdo jamás de los jamases por tratarse de una estafa a los dioses, pero eso iba a ser difícil hacérselo admitir al cristiano que parió la idea y que estaba de ella tan orgulloso como si de un hijo se tratase y que, además, dos minutos después de la audiencia, ya había convocado a varios artesanos maestros de escayola para que presentasen sus ofertas de calaveras de reemplazo con la especificación de que cada una fuese diferente de todas las demás, para que tuviera más realismo, pero sin exagerar, no fuera luego a reconocerlas algún huerfanito.
El capitán Malinche, aunque disgustado por lo siniestro del asunto, no dejó de tomar nota durante las declaraciones de que, a sólo dos días de haber llegado a la ciudad, este Marcos Bey ya se hubiera destacado. Y mira tú también si no era sorprendente que alguien que era el vivo retrato del Huichilobos, con el que él se vio frente a frente en el teocali, hablase latín con tanta propiedad, que hasta el padre Olmedo se había quedado pasmado y preguntándose si no sería Marcos Bey hijo de algún cura que, además, había demostrado ser buen padre.

La Zarzamora
23/03/2012, 11:28
Concluída así, pues, la audiencia, y mientras todos los demás abandonaban la sala, el capitán Chichimecatecuhtli cogió por banda a la parte masculina de los dos hermanos inefables de Tlaxcala, a su atesorado subordinado Xiloxóchitl.
-Y ahora Xiloxóxhitl, vidita mía, explícale tú aquí a tu querido capitán qué es eso de que has reconocido a tu respetado y ya divino padre, en un tzompantli.
-¿Cree tal vez mi señor y muy acatado capitán que los mexicas no se lo han creído? –pregunto a su vez Xiloxóchitl con mucho acato.
-No me hagas eso, no me contestes a una pregunta con otra… Bueno, no importa. Aquí no estamos en ningán alarde militar y no me voy a poner quisquilloso. Por lo mucho que te quiero, te la contesto: Claro que no se lo han creído, hijo mío, ni yo tampoco, ni nadie. Si acaso algán cristiano de esos ingenuos… Pero con el refuerzo que habéis traído para testificar en vizcaíno… a ver quién era el guapo que os iba a contradecir. ¿Tá habías oído antes hablar en vizcaíno? Bueno, no, no digas nada, que eso no importa ahora. Contesta a lo otro.
-Mí acatado capitán, esa calavera es la de mi padre. En el templo de Yakatecuhtli del barrio de los mercaderes opulentos de Tenochtitlán ¿de quién iban a ser las calaveras? Los esclavos de Panquetzalitzli no cunden para un Tzompantli como ese. Mi capitán lo sabe tan bien como yo, como todos los tlaxcaltecas, que son las de nuestros mercaderes que, arrostrando todos los peligros, salen a comerciar y no regresan nunca. De esos. ¿O cree mi señor que no iban a aprovechar sus calaveras para jactarse, que iban a sacrificarlos y luego no iban a exhibir su trofeo? ¿Cree mi capitán que yo podría quedarme mirando el zompantli y no tener eso presente, y no recordar que mi padre no había vuelto y no buscarlo?
-Eso es muy cierto. Todos lo sentimos en carne propia y tus sentimientos son los de todos los tlaxcaltecas. Esto que tratamos es sólo entre nosotros dos. Pero, segán tu declaración no estabas precisamente encima de las calaveras para verlas bien, entonces ¿por qué estás tan seguro de que era esa calavera y no otra?
-Por todo, mi señor. He pensado en ello muchas veces y, por lo mucho que lo conocía, estoy seguro. Pero hay además una certeza que puede adquirir cualquiera y no sólo yo y es por la dentadura, y con lo que veía de ella era suficiente. Si mi capitán quiere fijarse alguna vez, verá que no hay dos dentaduras iguales. Si anota mi señor cómo y en qué estado están cada una de las muelas y dientes de una persona mientras la conoce en vida y luego ve la calavera, comprobará que si coinciden ésta y lo que anotó antes de morir, se trata de la misma persona.
-¿Y eso lo has descubierto tá?
-Mi hermana, con los conejos.
-Con los conejos. ¿Me estás gastando una broma?
-¡¡¡Mi capitán!!! ¡Yo os venero de corazón y de lo que no tengo ganas ahora es de bromas! ¡Mi capitán, os lo ruego!
-Nada, no he dicho nada. Perdonad, ha sido una falta de consideración por mi parte. Pero entonces ¿hay por ahí algán zompantli de conejos que se me haya pasado por alto?
-Yo no sé de ninguno, pero sepa mi acatado capitán que mi hermana, como buena tejedora de pelo de conejo, los caza desde niña, para tener el pelo de primerísima mano. Entonces, con las partidas de caza que iba, muchas veces se peleaban por los que cobraban. Cómo era la ánica chica, la querían engañar. Pero ella era la más dotada de todos y en vista de lo que intentaban, ella no se resignó. Pensó y discurrió y encontró la manera: los pilló en un renuncio mayásculo obligándolos a describir la dentadura del conejo por el que se peleaban y quedaron adarvados cuando ella lo identificó y ellos no, y ya no volvieron a discutirle nunca.
¿Y esto se lo tenía que creer él, Chichimecatecuhtli? No, y podía ser verdad, porque con estos dos lo raro es que hiciesen algo como todo el mundo. Bueno, mejor dejar esto en lo que no las tenía todas consigo y pasar a otra cosa. Una retirada a tiempo es señal de un buen capitán. Fin del capítulo conejil.
-¿Y entonces por qué dijo tu cuñado todo aquello de los huesos de la cara y de que si tú le dijiste y él vio y la contemplación de las calaveras y demás maravillas?
-Mi capitán, Cuahuipil es la persona más buena del mundo y no conozco mejor persona. Pero no es un joven corriente, sino excepcional. Hay malas lenguas que hasta dicen que es raro, cuando lo que sucede es que tiene dotes que son naturales, sí, pero nada comunes.
¿Raro? Mira tá. ¿Y a quién se parecería?
-Pero raro, excepcional, nada comán y todo, habrá alguna razón para lo que dijo. El no conoció a vuestro padre. ¿Me estás diciendo que tú le describiste la cara de tal forma que él ha podido reconocer la calavera? …l no ha hablado de dentadura.
-Lo que yo le he dicho es lo normal en las conversaciones en que se evoca a los seres queridos, que de por sí, si uno se fija, suelen entrañar mucha descripción, incluso de huesos, pero además él es muy observador y para el físico de las personas tiene una mente prodigiosa. Y sobre todo que Ilhuicáatl y él se escriben cartas larguísimas cada muy pocos días. Así llevan meses. Si hay algo que no se hayan dicho, yo no sé qué puede ser. -Si claro, el gran problema ahí sería la producción papelera ¿verdad? Esperemos que Tlaxcala pueda darles abasto.
Otra señal de un buen capitán es saber cuándo debe emprender otra retirada a tiempo.
-Muy bien, muy bien, subordinado mío, me hago cargo de todo. Hago mío tu pesar y el de tu hermana y deudos y cursaré órdenes para que se hagan a vuestro honradísimo padre las exequias debidas a un héroe de la nación. Habla con el calpixqui para hacerle el traspaso de la calavera para su traslado a Tlaxcala y él se encargará de lo necesario. Yo cursaré la notificación pertinente. Fue una gran audiencia, aunque no sé si los pelotazos no le parecieron demasiado audaces al capitán de Malinche, pero sobre eso ya se entenderá él con su hombre. Mi enhorabuena. Bien hecho. Hay que seguir así, con iniciativa y sobre todo con oportunidad. En el término medio está la virtud y hay que mantener siempre alerta y en pie de guerra al capitán de Malinche, pero con mucho tino ¿eh, hijito? Mucho, mucho tino, que ya sabemos que entre estar entero y roto sólo hay un pasito chiquitito, chiquitito.
Esto lo dijo Chichimecatecuhli mostrando con pulgar e índice como era de chiquitito el pasito.
-Seguiré fielmente esas sabias palabras, acatadísimo capitán, mi señor. ¿Ordena mi acatado capitán, mi señor, alguna otra cosa?
Claro que ordenaba otra cosa, en cuanto volvieran a Tlaxcala. Al barbero trasquilador de solterones. A ver quién emprendía entonces la retirada.
-No. Ve, ve, que ya veo que te están esperando –le dijo con mirada benevolente y un gesto de comprensión por su pesar.

La Zarzamora
23/03/2012, 11:29
Claro que no lo iba a trasquilar. En realidad, y ahora mismo, sentía lástima por su solterón predilecto. Llevaba el sufrimiento escrito en la cara. Pero sobre todo, que si lo trasquilaba, los tlaxcaltecas lo detestarían a él, Chichimecatecuhli y a todos los que intervinieran en el trasquilado. Los hermanos inefables eran queridos y sus rarezas y ocurrencias motivo de regocijo, no de ridículo ni de desprecio. Pero, si no lo trasquilaba, también lo detestarían a él, porque las normas son normas para todos y la popularidad no debe eximir de cumplirlas, ni siquiera a las personas queridas, de modo que, como uno de los encargados de hacerlas cumplir, perdería todo crédito. O sea que asunto suyo era hacer las dos cosas la vez, trasquilarlo y no trasquilarlo. Si lo conseguía, le criticarían igual, pero eso ya sería distinto, porque una de las misiones más importantes de un jefe es dar a sus subordinados algo que criticar. Un jefe perfecto y sin tacha es un enemigo del pueblo. Lo que no debe dar un jefe nunca es motivo para criticar con razón, porque cuando el pueblo tiene motivos de verdad para criticar, más que criticar lo que hace es asalvajarse y convertirse en soldadesca mexica y eso ya sería lo áltimo.
A Xiloxochitl en efecto lo esperaban Marcos Bey y Cuahuipil, éste pidiendo explicaciones a los otros dos:
-¿Qué disparates son esos de rayos del cielo y pelotazos? ¿Cómo habéis tenido el atrevimiento de hacer burla de una audiencia con semejantes desatinos, y más estando allí Malinali, que es persona cuerda y se merece un respeto y, sobre todo, tratándose de algo tan serio como nuestro padre?
-¡Voto a tal! Lo siento mucho, yo hubiera jurado que fueron pelotazos, pero si es por el santo padre de un aliado, seguro que me equivoqué, y lo siento muchísimo! -dijo Marcos Bey.
-¡No jure vuestra merced, y menos esos disparates! ¡Ni robe ni manosee lo que no es suyo! Vuestra merced con sus malas trazas va a pervertir a estas gentes y a poner en peligro la salvación espiritual de las Indias.
-Cuahuipil..., Cuahuipil, no te alteres, hermano. Hemos sufrido mucho con este suceso, pero finalmente, como bien has dicho tú mismo, estamos mejor que estábamos. Y, como dices tá, recoge velas, y deja, mientras Marcos Bey va a atender a sus cositas sólo un momentito, que yo te explique el porqué de lo que has oído. Y sobre todo no sufras por la evangelización de las Indias, porque todo se va a cristianizar divinamente y las cosas no pueden ir por mejor camino.
Marcos Bey, que hasta entonces había creído que esas cositas a las que tenía que atender eran precisamente con Xiloxóchitl, comprendió ante la indirecta de éste, que no, que lo que de verdad tenía que atender ahora mismito era una partida de patolli con los que ayer le ganaron todas las mantas, porque como en el patolli él era novato, pues le ganaron. A ver si esta noche no tenía que quitárselas otra vez al Cuahuipil para dormir, porque era un gruñón. Desapareció, pues, y Xiloxóchitl siguió con sus explicaciones.
-Tienes razón, Cuahuipil, en que no hubo pelotazos ni rayos del cielo ni nada de lo dicho y Marcos habrá hablado de pelotazos porque le pareció lo más a propósito y no sabía, y yo he hablado de rayos porque estoy seguro de que a los tenochcas los desazona mucho que esté con nosotros un sosias del Huitzilopochtli y he hecho lo que he podido para que en ningán momento echen de menos esa desazón que tan bien les sienta. Desgaste, ya sabes. Fuera ya de las cuentas pendientes con los mexica, te puedo asegurar que Camaxtli jamás nos ha hecho a los tlaxcaltecas una trastada parecida, y eso da qué pensar ¿no te parece?
-¿Quieres decir que lo mismo que no hay quien se fíe del Marcos Bey, tampoco los tenochcas se pueden fiar de su Huitzilopochtli?
-No, no es eso, pero no importa. Volvamos a lo ocurrido y reconoce, al margen de cualquier otra cosa, que Marcos Bey tendrá sus defectos, pero es leal. Túo yo no hubiéramos hecho más que él por recuperar a un padre que al fin y al cabo no es suyo...
-Bueno, sí... No debiera haberme puesto así con él, después de lo que ha hecho. Tienes razón. Pero entonces que no vuelva a robarme mis quachlis ni a tocar mis cosas de como yo las tengo, porque eso no está bien –pensaba sobre todo en su árbol.
-No. No está bien. Yo se lo diré y le insistiré, pero ten tú también una pizquita de paciencia. No vamos a poder cristianizar las Indias como tú quieres sin un poquito de paciencia.
-Yo no quiero cristianizar las Indias.
-¿No? ¡Ah! Bueno, lo que sea que quieras hacer con las Indias, no se va a poder hacer sin un poquito de paciencia. Volviendo a anoche: Una vez que lo descubrí, decidimos Marcos y yo que lo más indicado para rescatar a nuestro padre era una maniobra clásica de distracción, de esas que figuran en la enseñanza militar elemental. En consecuencia, reunimos lo que pudimos pillar: cantos, piedrecillas, hojarasca, alguna ramita chiquitilla de árbol, una sera de estiercolcito de un jardincillo aledaño... Yo me puse a arrojar todo con la honda aquí y allá, dentro del templo, por el lado opuesto al tzompantli. El estiércol, queriendo que se vaciase y que se pringaran en él los que pudieran salir en nuestra persecución, pero, con la costumbre ya y la alteración que tenía, lo disparé tan bien que aterrizó enterito y sin que se saliera una brizna. Entonces, mientras yo distraía, Marcos, aprovechando la beodera de los mercaderes veteranos que se estaban contando sus batallitas, pegó cuatro espadazos al tzompantli, hizo caer la cabeza de mi padre, la tomó al vuelo y salió corriendo mientras las demás calaveras se les venían encima a los viejos, que chillaban creyéndose que tenían una abominable alucinación de hongos, a pesar de haber bebido sólo pulque. Nos reunimos los dos fuera del templo y regresamos al real. Ya ves que no hay nada de qué alarmarse.
-Es que te veo con tan mal aspecto… Claro, lo de la calavera de nuestro padre es como para trastornarlo a uno del todo. El ver que la sospecha, que tal vez hubiera podido quedar sólo en eso, es realidad. Pero te noto como si no fueras tá. ¿Sabes de qué tienes cara?: de mujer a la que le diera mala vida el marido.
Xiloxóchitl tragó saliva y agradeció que Cuahuipil no fuese tan retorcido como perspicaz. Tenía que sobreponerse a su desastre íntimo y poner un poco más de ganas en el disimulo.
-A decir verdad, no pensé que este suceso me fuera a consumir tanto. Pero no es lo mismo pensar que ha podido pasar una cosa así, que verla consumada. Que saber que alguien a quien quieres y veneras ha sufrido esa crueldad y escarnio… ¡Los dioses, sobre todo el Yacatecuhtli, los van a castigar muchísimo! No me gustaría estar en su pellejo.
-Me preocupa verte con esa cara de consumido.
¡Y dale con la cara!
-¡Que no! ¡Que no te preocupes! Ya sabes que yo no soy de los que se enojan, pegan meneos a las cosas y las riñen, como tá, sino que yo las contrariedades me las guardo por dentro y, cuando se me acumulan, como no lo demuestro, la cara se me pone mala ella sola.

La Zarzamora
23/03/2012, 11:30
-Pero ahora ya podemos olvidar el pasado. …l va a estar enterrado junto a tu madre y a los pies de Ilhuicáatl. ¡Ojalá pudiera yo ocupar ese lugar!
-Cuahuipil, mira, si dices cosas así me vas a hacer llorar. Las cosas de amor, ya sabes que me enternecen lo indecible.
Sí, ya sabemos que lo enternecían de verdad. Eso de lo que hablaba Cuahuipil, de ocupar un lugar eterno a los pies de la amada, entremetido con los sueños obscenos, y los enamoramientos de cada dos días había sido su alimento emocional de muchos años. "Mujer a la que le diera mala vida el marido..." ¡Para que te des cuenta a lo que había llegado en menos de un día!
En cuanto a su padre... que se alegrase, decía: se moría de verg¸enza de estar a solas con la calavera. Si hubiera estado vivo, hubiera disimulado y su padre no habría notado nada, porque sabía dominarse, pero ¿cómo guardar las apariencias ante alguien que te quiere y viene del más allá? Su padre muerto le leería la mente. Su padre ya ascendido a su Creador y tan puro en vida… Por eso, al quedarse a solas con la calavera, la había envuelto, no para no verla, sino para que ella no lo viera a él, y sólo la había tenido descubierta cuando la desenvolvió Cuahuipil. Y menos mal que estaba Cuahuipil, que era como si fuese otro hijo, si no, hubiera sentido, además del remordimiento por su verg¸enza, el de querer distanciarse de su padre, y eso hubiera sido desnaturalizado con un padre tan amantísimo. En cualquier caso, tenía que dominarse mejor y aparentar más alegría.
-La calavera de nuestro padre no fue lo ánico que descubrimos ayer Marcos y yo.
-¿No? ¿Qué más descubristeis?
-Ven.
Xiloxóchitl llevó a Cuahuipil a las salas del palacio que ocupaban los capellanes tlaxcaltecas. Entraron en una de ellas, pequeña y prácticamente desnuda, salvo por dos pilas de libros bien ordenadas y atadas con una cinta cada una.
-¿Es aquí donde se aloja el tío Teyohualminqui? -preguntó Cuahuipil.
-Aquí mismo. Mira estos libros. Los trajimos ayer Marcos Bey y yo y no los quisimos guardar en nuestras recámaras no fueran a vérnoslos si se hacían averiguaciones por lo ocurrido en el templo. No creo que mi tío los haya visto todavía, porque está con las penitencias del jubileo. Toma éste y míralo.
Le entregó un libro de una de las pilas después de desatar la cinta.
-Al final... Ahí. Fíjate en el áltimo dibujo.
-Lo veo, pero no lo sé leer. A ver si cuando estemos juntos de nuevo me enseña Ilhuicáatl.
-No, no leas nada, sólo dime qué ves.
-Una saeta resplandeciente.
-Es el nombre de mi padre: Tlanexmitl, saeta de luz.
-¡Es cierto! Pero este dibujo ¿es su nombre de verdad o es coincidencia?
-He leído todo el libro de prisa sólo una vez y de lo que dice me he enterado, pero no sé que significa. Habla de un viaje, pero tendría que dedicarle más tiempo a ver si es un viaje real, un viaje mítico o un viaje espiritual. No he conseguido dormir en toda la noche pensando en él, de ahí también la mala cara. No obstante, como ves, el pictograma saeta de luz aparece al final del todo, igual que si fuera una firma de las que usáis los cristianos. A mi padre, sin saber nada de vuestras firmas, se le ocurrió la idea y lo que escribía solía terminarlo de esa manera.
-Entonces ¿esto lo ha escrito él?
-No lo creo. …l no escribía así. Cómo diríais vosotros: no es su letra. Pero bien pudiera ser que alguien hubiese copiado lo escrito por él con firma y todo sin saber que era un nombre y tomándolo como un pictograma más.
-Pero ¿qué dice el libro?
-Habla de un viaje, de mujeres que cabalgan a lomos de toros, de continentes hundidos, de ciudades de oro, cosas que suenan muy míticas. Quiero que lo lea mi tío a ver qué opina. Y ¡ojalá estuviera aquí Ilhuicáatl! Ella disiparía cualquier duda. Por cierto, que todos estos otros también hay que leerlos.
-¿Sabe ya tu tío que hemos encontrado a vuestro padre?
-Sí, y ha estado conmigo dando gracias a Yacatecuhtli.
-Ya... Xiloxóchitl, si, segán dices, no habéis robado nada del templo ¿de dónde salen los libros?
-En cuanto a eso, es mejor que no te diga nada. Yo no comparto tus reparos, ya lo sabes, pero los respeto y por eso, cuanto menos sepas, menos te harán sufrir esos reparos, aparte de que, no sabiendo nada, tampoco podrás decir nada si se te pregunta.
-Pues se agradecen los miramientos, pero no sé qué idea quieres que me haga de las cosas si me ocultas la mitad. Y no es tanto el que yo tenga reparos, porque lo que es justo es justo, como el que si nos ponemos todos, cada uno de nosotros, a hacer lo que nos tienta, no va haber capitán capaz de mandarnos y vamos a terminar en las calderas de éstos en un decir amén. Y desde las calderas vamos a poder hacer muy poquito por Tlaxcala o por buscar la armonía prístina, que dice Ilhuicáatl… ¿te parece bien decir prístina?
-Bien dicho prístina.
-Pues prístina. Deja que se pacifique definitivamente Tenochtitlán y entonces pondremos por obra todo lo que sea justo.
-Estás hablando ahora mismo como el Moctezuma, como si fueses la boca del Tenochtitlán pervertido. Moctezuma y sus antecesores tenían esa idea de dominar todo para, una vez dominado, establecer el imperio perfecto, o eso decían, sin ninguna intención de cumplir, por supuesto... Y no es la primera vez en la historia del mundo, como nos enseña esa historia, que alguien se avienta con esas grandiosidades, que son tan deslumbradoras como vacías. Nadie va a crear fuera una perfección que no lleve dentro. Pero ése es el error precisamente, ese decir: deja que tenga el dominio de todo y entonces haré todo, y siempre ese todo estará en un mañana que no llegará nunca, porque "todo" no es un término humano, sino divino, y podemos aspirar a él, pero no vamos a llegar. Vamos a llegar a algo, pero no a todo y esperar a todo, es renunciar a algo, a ser humano. Pero yo no voy a renunciar, ni tú tampoco, aunque hayas dicho eso sin pensar, porque te conozco. ¿Por qué crees que ha resistido Tlaxcala tanto tiempo y con tantas penalidades a dejarse tragar por el imperio? ¿Por orgullo, por no querer ser uno de tantos? No, Cuahuipil, precisamente para seguir siendo uno de tantos, para seguir siendo algo, no todo, para poder seguir siendo humano y aspirando a lo divino. ¿Qué crees que es lo muerto en Tenochtitlán? ¿Las calaveras de los tzompantlis? ¿los que se lleva la enfermedad cada día al Mictlan? No, Cuahuipil. Lo que hiede en Tenochtitlán es un sueño muerto, ese sueño de totalidad, que cuando brilla ya ha dejado un cadáver en la raíz de sus fulgores. Es ese sueño muerto el que mora en pena las aguas de este lago. Son las fauces de ese sueño perdido las que quieren tragarnos y aterrorizan a los vivos. Los sueños engañados son ciegos y crueles.
Hizo una breve pausa y luego, ya en un tono más terreno siguió diciendo:
-Pero estás en lo cierto: la indisciplina lleva derechito a la perdición y, aunque fuera a reportar beneficios, yo la evitaría, a menos que tuviera la certeza de que de todas formas voy llegar a la perdición por un camino todavía más seguro, que es lo que sucede en el caso presente, en el que se cumple el dicho aquel con el que me enseñaste a pronunciar las erres.
-No me acuerdo.
-Me metieron prisionero por decir viva San Loque...
-... y ahora que estoy en prisión, viva San Roque y el perro. Ya.
-Eso. Y, ya puestos, si son cien perros mejor que uno.
-Y, sin embargo, y conste que no me fío de él, Moctezuma parece vacilar.
-¿Cómo no va a vacilar? El tenía un "todo" y resulta que caídito del cielo le viene otro "todo" y ahora tiene dos "todo". Hasta que les halle pies y cabeza va a vacilar, pero no te hagas ilusiones. Unas vacilacioncitas no regeneran toda una vida de mala digestión. Y no sólo eso. Piensa que en Tlaxcala, en las cosas que interesan a toda la repáblica, nos gobiernan cuatro cabezas, y aun por debajo de ellas, muchas más cabezas que no pueden disponer de todo a su antojo. Es difícil, con cuatro gobernantes, que no se aireen, se saquen a relucir y se diriman todas las contrariedades, contradicciones, enemistades o hasta trapos sucios habidos y por haber, porque si no las suscita el uno las suscita el otro y si no se indigna éste, se indigna aquél. Pero en los sitios en que se gobiernan por uno solo, hay muchas cosas que jamás se discuten, que no se reconoce o sabe siquiera que existen, o que circulan como chismes o como rumores y que hacen daño, pero un daño que no se puede devolver, un daño sin cara. Cuándo una de esas corrientes ocultas va a arrastrar qué no se sabe, y por tanto es difícil andar sobre seguro con respecto a nada, de forma que el Moctezuma, a la par que la cabeza visible, puede ser el telón que oculta. Pero ¿qué te digo? Todo esto tampoco puede ser nuevo para vosotros.

La Zarzamora
23/03/2012, 11:31
-No. Por desgracia, no lo es. Y no digo que no tengas tú razón en todo. Lo que me preocupa es que se llegue a pensar que no eres persona de fiar, y eso es lo que va a suceder si se te ve constantemente con el turco. Tendrá cualidades, no lo niego, pero si, después de toda una vida de dar tumbos y de tener más heridas que cabellos, ha llegado aquí con lo puesto es porque le falta algán fundamento, y lo siento por él, porque a lo tonto, a lo tonto, finalmente le he tomado ley y tiene esas cualidades que dices y que no tienen precio, pero no me gustaría que el capitán Malinche anduviera preguntando por ti todos los días como lo ha hecho hoy. Para Marcos, eso es su vida, y él lo lleva bien, porque ése es su carácter, pero para ti sería un desastre. En fin, sólo soy tu amigo y no tu conciencia, ahora que, si quieres problemas, el turco seguro que te los va a dar, porque es así y no lo puede evitar.
No sabía él bien hasta qué punto "el turco" le iba a dar problemas al Xiloxóchitl. Y hay que aclarar aquí que cuando Cuahuipil decía "turco" no se trataba de ningán halago. Su actitud para con los turcos, los moros de Berbería, o los reinos moros españoles, ya perdidos, estaba teñida de resentimiento, que en el fondo él sabía injustificado, pero que en la superficie y de momento, no podía superar. Los culpaba de la desgracia de los muslimes españoles. Ellos, que tenían la suerte de no tener que ocultarse ni renunciar a su religión, tenían cosas impropias de muslimes. Tal vez los reinos muslimes de Iberia también las tenían, pero pelearon y perdieron. Estos que no han perdido y pueden hacer lo que quieren , ¿por qué no lo hacen mejor? Pero sobre todo, sobre todo, los reinos españoles ¿por qué perdieron? Al perder ellos habían condenado a todos. Y ahora ¿qué les quedaba? Vivir el sueño del pasado en los reinos del ¡frica, como si no hubiera pasado nada. Pero sí había pasado. Había pasado todo. Y luego… que eran un atajo de corrompidos, sodomitas y alcahuetes, que remataban el todo con la formidable infamia de capar hombres con que guardar más mujeres de las que podían debidamente honrar. Su opinión de esas gentes, o por mejor decir, de sus estamentos dominantes, era peor que la que pudiera hacerse de ellos cualquier cristiano. Era la propia de alguien herido y resentido en su opresión. Lo que veía era que los muslimes de los reinos cristianos se veían sin ningán valedor e inermes ante otra casta opresora, igualmente renegada y falsa, como era la que hoy señoreaba a los cristianos, una casta que había quebrantado la fe debida a lo pactado y la fe debida a cualquier persona de bien por el solo hecho de serlo, y que atropellaba sobre todo a cristianos nuevos, pero que no se detenía ante los viejos, porque cuando el mal encarna, todo es cuestión de tiempo y no de calidad. Este razonamiento sin ajustarse fielmente a los hechos, no dejaba de tener su sentido y razón, y Cuahuipil lo sufría en lo vivo, tan en lo vivo, que trataba de olvidarlo la mayor parte del tiempo porque no podía con ello. Lo que ya no tenía lógica ninguna, y a lo mejor tampoco perdón, es que considerara a Marcos Bey como un exponente típico de turco y de moro y, como a tal, lo tuviera manía, máxime cuando, por lo que él colegía, todo lo que Marcos tenía de turco o moro era el haber bogado en sus galeras como un condenado, el haber sido capado en sus harenes como un cabrón y el haber sufrido Dios sabe qué otras perrerías como un desgraciado. Eso era lo que imaginaba él en su amargor. O acaso el defecto de Marcos, aparte de ser jugador y desfachatado, consistía precisamente en recordar a Cuahuipil todas esas cosas que detestaba y le dolían y que a Marcos Bey no le dolían ni pizca ni parecía detestar en absoluto, puesto que a la vista estaba que él con turcos y con moros parecía encontrarse tan en la gloria como con los indios y, como él decía, con la mitad del orbe.
Sea como fuere, iba Xiloxóchitl a responder a la alusión al turco, cuando se detuvo a prestar oído.
-Ya llega -dijo.
El que llegaba era Teyohualminqui, que apareció en el umbral del aposento acompañado de dos mujeres. Una de ellas era una criada otomí del palacio que solía hacer encargos a Xiloxóchitl y la otra era la sirvienta de casa principal que la noche anterior salió del jardín de Papantzin y Terremoto Durmiente cuando se hallaban en el canal Marcos y el mismo Xiloxóchitl. …ste la reconoció ahora, aunque no lo dio a entender. Por lo demás, la sirvienta no se quedó y, tras saludar a los presentes y despedirse de Teyohualminqui, se marchó a sus ocupaciones.
Como era de rigor, Teyohualminqui venía dolorido y chorreando sangre de lengua, orejas y molledos después de las penitencias. Abrazó efusivamente a su sobrino y a Cuahuipil y empezó a hablar con lengua de trapo. Estaba, si cabía, más flaco que el día anterior, aunque muy feliz y sonriente.
-¿No está con vosotros Malcos Bey? -preguntó.
-Al rato vendrá -dijo Xiloxóchitl.
-Nos hace falta ahora mismito. ¿Anda por el real o ha salido?
-No creo que haya salido, porque pensábamos reunirnos en seguida.
-Vamos a llamarlo ¿eh, hijitos?
Diciendo y haciendo mandó a la criada que se trajese ya mismo a Marcos Bey. Luego siguió:
-Has de saber, Xiloxóchitl, hijito, que Papantzin ha aplazado indefinidamente la celebración del Panquetzalitzli y ha pedido acales para que lleven a su casa de recreo de Coyoacán todo lo que tiene en los almacenes.
Xiloxóchitl se dominó y no dejó ver su frustración hasta el punto que la sentía. Dijo:
-Ya me temía yo que la precipitación de Marcos nos iba a desbaratar la operación.
-¿Tá crees, hijito? Tal vez lo sucedido sea lo mejor. Vamos a ver... ¿dónde está... dónde está?... Aquí -dijo sacándose un pliego de la especie de almaizal que era su vestimenta-. Míralo, sobrinito. Es una escritura de cesión. Y míralo tú también Cuahuipil, hijito, si tienes interés.

La Zarzamora
23/03/2012, 11:32
Este "si tienes interés" le pareció a Cuahuipil una fina manera de decirle que aquello no tenía por qué interesarle. Eso, más los secretitos de Xiloxóchitl, los libros sobre mujeres y toros con su continente hundido cada una, que olían a locura de Marcos, y sobre todo que tenía que guarnecer sillas de montar, arrancarse vello para parecer indio y otros menesteres de la vida diaria, le convenció de que hoy no tenía por qué ser diferente de otros días y que, después de haber dedicado parte del día de ayer a pasear y a atender al turco, ahora se debía a su trabajo. Antes de retirarse, sin embargo, quería vengarse un poquito de aquellos dos confabulados haciéndoles creer que pensaba quedarse para enterarse de todo.
-¿Qué es lo que se cede en este documento y a quién se cede? -preguntó.
Teyohualminqui, todo solicitud, le fue señalando en el texto las cosas que se cedían.
-Mira hijito, aquí empieza, ¿ves?: 300 medidas de copal en terrones grandes, 36 ornamentos de oro y pluma de los atavíos de gala del primero y segundo hijos de Yacatecuhtli, trescientas cargas de cacao de cambio, 5.434 cucharillas de concha, 700 cajuelas de maderas preciosas, 400 ornamentos de cobre...
Llegados a las 633 mantas de segunda clase especial con borlas de una lista inacabable, Cuahuipil se sintió suficientemente vengado, recordó en voz alta lo mucho que tenía que hacer y prometió ayudarlos más tarde a descifrar los manuscritos indios, a ver si entre todos conseguían sacar a flote algán continente. Salir él y llegar Marcos casi fue todo uno.
-¿Qué le pasa a Cuahuipil? ¿No ha querido quedarse?
-Tiene ocupaciones. Hemos llamado a vuestra merced, porque tal vez nos diga algo que Xiloxóchitl y yo necesitamos saber.
-Si se trata de turco, algarabía o latín, está resuelto.
-Es algo parecido. Queremos preguntar a vuestra merced lo siguiente: lo mismo que entre los vuestros a Camaxtli le corresponde Santiago, queremos saber cuál corresponde a nuestro Yacatecuhtli.
-¡Voto a tal! Toda la noche de ayer delante del Yacatecuhtli ese y ni ocurrírseme preguntarle cómo se llamaría entre nosotros... ¡Voto a tres mil! Dejadme pensar un poco, aunque en el comercio no estoy yo muy avezado... Ha de ser, pienso yo, José de Arimatea, el mercader que cedió su sepulcro a Nuestro Señor Jesucristo, de la misma manera que este Yacatecuhtli ha abrigado el cráneo de vuestro padre hasta que ayer volvió con los suyos, que es algo, si no igual, sí parecido.
-Pues sepa vuestra merced que San José de Arimatea-Yacatecuhtli ha obrado ya un gran milagro en Tenochtitlán: El mercader más importante de la ciudad se ha arrepentido y va a reparar segán sus posibles las vejaciones infligidas por la Triple Alianza al comercio de la Repáblica de Tlaxcala y cede todas sus riquezas para edificar y dotar un templo regido por las Hijas de la Sal, con todas sus dependencias, a la advocación de san José de Arimatea-Yacatecuhtli en nuestra Repáblica y para un patronato que vele por el bienestar de los huérfanos de los mercaderes tlaxcaltecas caídos en acto de servicio.
-¡Voto a tal que eso ya se veía venir anoche cuando le estuvimos predicando en su casa! Tanto él como la mercadera eran la viva imagen de la compunción y de los más nobles propósitos. ¿Es así, o no es así, Xiloxóchitzin, que se les leía en la cara todo lo que sentían?
-Pues sí. Lo tenían escrito.
-Eso es precisamente: escrito. Aquí está -dijo Teyohualminqui- la escritura de cesión que allí mismo, y mientras la mercadera iba a ocuparse del cacao, Papantzin os entregó a vosotros dos, aunque vuestra merced, por no conocer nuestros glifos, no podía saber entonces lo que decía. No obstante, reconoce sin lugar a dudas que se trata del mismo documento ¿no es cierto?
-Si el reverendo padre me dice también cómo voy a poder yo demostrar que soy huérfano de mercader tlaxcalteca y cómo y en qué cuantía se me va a hacer efectiva la cesión por ese concepto, estoy seguro de que lo reconoceré.
-¿Huérfano de mercader tlaxcalteca...? No creo que se pueda demostrar. Túen cambio sí ¿verdad Xiloxóchitl? tú seguro que apostarías algo a que se puede demostrar que Marcos Bey es huérfano de mercader tlaxcalteca, porque siempre te has empeñado en las cosas difíciles...
-Tío, sabes que no me gusta apostar.
-¡Anda, no seas tan perfecto y apuesta por una vez! Apuesta tú que en cuanto se reciban los bienes cedidos probarás que es hijo de mercader tlaxcalteca y que si no lo pruebas le pagarás a él el importe de la apuesta. Si lo pruebas, será él quien te pague.
-Una apuestecita de nada, hermano Xiloxochitl, para que podamos pasar a los detalles de este grandioso arrepentimiento… Por escrito y con al menos un testigo en castellano y otros en indio. Voto a tal, teníais que haber hecho quedarse aquí al Cuahuipil para que firmara...
-Ahorita lo llamamos, no se inquiete vuestra merced por los pormenores de la apuesta, que va a quedar hechita. Mientras tanto nada nos impide hacer los preparativos para recibir los tesoros y trasladarlos a Tlaxcala, de forma que comiencen cuanto antes las obras del templo. ¡No os podéis imaginar la emoción que siento! ¿En qué cabecera de Tlaxcala te parece que deberían decidir nuestras hermanas construirlo, Xiloxochitl, hijito? Aunque ¿por qué uno sólo? ¿Qué nos impide construir uno en cada cabecera? ¡Cuatro templos! ¡Cuatro templos a San José-Yacatecuhtli!
-Me parece muy bien: cuatro templos, pero antes de ir a los templos, vamos al grano, tío.
-Sí, hijo, sí. Se deja uno llevar por la emoción y se despista... Vamos a ello: en primer lugar, si queremos contar con una colaboración que nos es imprescindible, tenemos que comprar a la esclava que tenía Papantzin para sacrificar en el Panquetzalitzli. Pero eso no es problema, porque...
Así empezaron, pues, estos tres restauradores del culto a Yacatecuhtli en la repáblica de Tlaxcala a ponerle sus pilares.
Mientras, en otro lugar de Tenochtitlán, otra persona también se disponía a iniciar algo, que no tenía nada que ver con un templo, pero que sí tenía que ver con algán divino remedo.

La Zarzamora
29/03/2012, 22:45
No estaba Cuetlachtli de tan mal humor ni tan rabiosa como daban a entender las aprensiones de Ilhuicauxaual. Ella tenía muy buen carácter, sólo que no se andaba con paños calientes y llamaba a las cosas y personas por su nombre y, cuando la provocaban, se encargaba de que no la volvieran a provocar y, cuando la aburrían, dejaba bien sentado que no había que aburrirla. ¡Que no tejía...! Pues ya tejió. Tejió un mes enterito. Pero los muy ansiosos no se conformaban con eso, querían que siguiera tejiendo sin parar toda su vida. Y no. Hasta ahí podía llegar la broma. Un mesecito de trama y urdimbre era ya como para salir con los ojos a rayitas. Y además que no... que no la interesaba. Y bordar también bordó. Un mes y tres días. Era entretenido al principio pero cuando ya había aprendido todo y querían que siguiese, terminó de la agujita hasta la madre y tiró los trastos al estanque y detrás tiró a Ahuitzotl porque no se callaba y se repetía. Verdaderamente, las ganas de decir tonterías que tiene la gente van más allá de lo imaginable. Te dicen con cinco años: teje. Vas y tejes. Veinte años más tarde siguen diciéndote: teje. ¿Pero no has tejido ya?! Si te dijeran "Cuetlachtli, haz cacharros, amaestra monos, bate cobre, prepara emplastos, recoge miel, etc." lo haría sin rechistar, siendo algo que no había hecho todavía. Pero no: teje, borda, cuida el fuego del altar. Muy bien: el fuego del altar lo cuidaba. Los dioses nos dan la vida y, puesto que una vive todos los días, muchas gracias, les cuida el fuego también todos los días. Pero bordar y tejer ¿a santo de qué? ¿Porque en época de celo se le calentó la cabeza a algún antepasado y supo ya para siempre sin lugar a dudas y por los siglos de los siglos lo que iban a estar haciendo las mujeres del mundo todos los días del año a todas horas?... Que no le tocaran las narices, que le hacían cosquillas. Las plebeyas, con eso de que tienen necesidad, se divierten algo más: pueden ser comadronas, médicas, alcahuetas, de las que hacen tortillas, tenderas... No, no tejió ni bordó. Hizo otras cosas. Las que le apetecieron cuando le apetecieron como le apetecieron y con quien le apeteció. Y sanseacabó. Y si alguien no estaba de acuerdo, pues que le cundiera. Si tan grave era, siempre la podían matar. Nunca había dicho ella que no la matasen. No lo habían hecho, luego no era tan importante el que ella tejiera o no y eran solamente ganas de chinchar y de estar venga que dale. ¿Por qué no pudo ir a aprender cosas al calmecac o trabajar en el telpochcalli? Que no, que las mujeres se educan con su madre o en la escuela de doncellas. Ahora bien ¿qué enseñan las madres y qué se hace en la escuela de doncellas?: tejer y cuidar el fuego de los altares ¡Más variedad! Y los bailes. Muy bien. Esos los aprendió. Pero, por unos bailecitos pringarse toda la vida, no. Menos mal que jamás se le ocurrió la fúnebre idea de hacer caso a nadie y el único que, no es que la comprendiese, porque era tonto, pero que al menos no le llevaba la contraria, sólo para fastidiarla, era su padrino, que ya chocheaba que para qué, pero no le mandaba nada y no le criticaba todo.
Y con un canto en los dientes se podían dar esta pelusilla de tecuhtin que ahora la enviaban con la imagen del Huitzilopochtli porque, si ella llega a hacerles caso, a esta hora no sabría nada de yerbas ni de infusiones ni de hongos. No sabría nada de nada: tejer. ¿Y de qué le iba a servir saber tejer cuando tuviera que lidiar con el enemigo? Además, lo ocurrido ahora era una muestra inequívoca de lo buena y dócil que era ella. ¿Se había negado acaso a ir con el Huitzilopochtli? ¡Qué va! Ahí estaba preparándolo todo con ejemplar diligencia. Pero es que eso que le mandaban era razonable. Eso sí era algo que hacer y tenía un propósito determinado. El tejer también, por supuesto, pero ese propósito a ella ¡plin! El pensamiento de que su padre o su consorte fueran a hacerse un poquito más ricos al tener una mujercita más tejiendo en su harén a ella no la conmovía.
A ver ahora qué pasaba con éstos de Axayácatl. Debían de tener mucha vigilancia porque, si al cabo de los meses los mexicas no los habían podido envenenar a todos y quitárselos de en medio por la vía más sencilla, era que andaban con siete ojos. Y además tenían con ellos a totonacas y tlaxcaltecas que eran el retorcimiento personificado y que estarían encima todo el tiempo poniéndoles sobre ochocientos avisos. Bueno, pues ya había terminado de llenar el petate de las hierbas y poco más le quedaba por hacer.
-¿Necesitas alguna cosita más, ahijadita del alma?
-¿Eh? ... No. No, padrino. Creo que tengo todo.
-Chalchiunenetzin va a ir contigo. Cualquier cosa que quieras o necesites, mándame recado y no pienses que estás sola o que, pase lo que pase o hagas lo que hagas, no tienes a quien contárselo o a quien recurrir. Yo, ya lo sabes, no te exijo ni te exigiré nunca nada ni que seas de determinada manera, ni que no tengas defectos... hi...
-Está bien, padrino, no llores, que me voy sólo a Axayácatl, no me voy al fin del mundo.
Esto dijo Cuetlachtli volviendo a sus pensamientos. Sólo a Axayácatl... No, no tenía miedo. Tener miedo era una de tantas cosas como no había aprendido... Tenía ganas. Ganas de algo nuevo, de algo difícil que la ocupara, que le diera que pensar y que hacer... Naturalmente que no tenía miedo porque, en Axayácatl, lo mismo que en su casa, no tenía intención de hacer nada que no le saliera de las narices y, lo mismo que en su casa, quien no estuviera de acuerdo la podía matar. A los cristianos los había visto, pero no de muy cerca. Resultaban harto chocantes, aunque eso, cabía suponer y, a juzgar por otras concubinas y sirvientes que ya llevaban tiempo con ellos, no era más que cuestión de costumbre. En cuanto a la imagen de Huitzilopochtli, pues ya vería. Y ya verían estos babosos de tecuhtin y su padre y el pichapulga Ahuitzotl si necesitaba de las órdenes ni de los consejos de ellos. ¡Qué plastas más plastas! ¿Y qué haría por la noche? Porque, como iba con el fin de sonsacar, apenas si se había detenido a pensar en lo otro, pero lo otro se suponía. Eso también era nuevo. Ahora que como el Huitzilopochtli o la madre del Huitzilopochtli le tocara las narices a cuenta de la novedad, lo deshacía. ¡Ah! y nuevo también era que la iban a bautizar otra vez, pero no temía aburrirse, porque como no se acordaba de la primera... y le iban a poner un nombre. De esa manera iba a tener donde elegir para hacerse la sorda luego, cuando su padre la llamase por uno y por ése no y la llamase por el otro y por el otro tampoco... Esta tarde iba a ser el bautizo y, una vez bautizada, se iría con el concubino. Mucha conversación no parece que fueran a tener porque el otro acababa de llegar y no sabía náhuatl y ella, a pesar de que lo dijo, porque mira que lo dijo, que debían aprender castilleca, o por lo menos que se lo enseñasen a ella, que iba a hacer falta para luchar contra ellos con sus propias armas, pues no. Todos ellos tan listos y no se les había ocurrido poner enseñanza especial y a marchas forzadas para formar espías y otros oficios, mientras que entre los teules ya había no sé cuantos que hablaban náhuatl y seguro que, aparte de los que andaban abiertamente, los había disfrazados por todas partes de la ciudad, además de tener una intérprete siempre en primera fila. Mira si no podía haber también mujeres mexicas que hicieran trabajos así...
-Ahijadita, que están aquí ya las que van a peinarte y a ponerte colorete y plumas para presentarte en Axayácatl.
-Padrinito, el que el uso prescriba que una vaya con la melena suelta y una cara tan llena de colorete como una ramera cuando la presentan al concubino es una razón muy buena para que yo no lo haga. Yo me siento muy a gustito con el pelo recogidito como siempre y la cara lavadita como siempre. Y, si a alguien no le gusta, que se la menee. Trabajo que nos ahorramos ¿no, padrino?
-Si es por trabajo, hijita, el que se emplee en ti es el mejor empleado. Si es porque no quieres, no se hable más. A quien no le guste, eso mismo, que le zurzan.
Aculnahuácatl se la quedó mirando enamorado. Ahí estaba. La estampa de la serenidad. Ni un ápice de inquietud ni un atisbo de miedo. Ningún adorno. A ella nunca le habían gustado los adornos. Siempre había sido austera y él no entendía de dónde se le sacaban tantas faltas. Era el paradigma de la mujer tenochca: sobria, estoica, clara, recia, sin caprichos, sin melindres, sin miedo; y lo que iba a hacer ella era sin comparación más duro, temible y arriesgado que lo que pudiera hacer cualquier varón. Los varones van a la guerra y vuelven, o no vuelven, pero ahí se acaba todo. Ella iba a quedarse entre el enemigo y sus penalidades no iban a dirimirse en un encuentro y adiós, no: ella iba a estar a todas horas entre extraños. Lo que le doliese se lo tendría que tragar y contra lo que tuviese que luchar lo tendría que hacer sin armas.

La Zarzamora
29/03/2012, 22:47
Cuahuipil se puso en pie para atender al soldado cristiano que había venido a su aposento preguntando por Marcos Bey.
-¿Vuestra merced sabría decirme dónde puedo encontrarlo? Me manda el capitán Malinche.
-Pues...
-¿Qué recámaras son las suyas? Me han dicho que es por aquí.
-Sí. Aquí al lado es. Déjeme vuestra merced que lo acompañe. ¿Ocurre algo?
-Pues... Vuestra merced es Cuahuipil ¿verdad?
-Sí, para servir a la vuestra.
-¿Y no tenéis barragana?
-No.
-¿Ni habéis pedido ninguna?
-No.
-Pues si la queréis, ahora más que nunca es el momento de pedirla. Mirad, al Marcos Bey le van a traer una y ni siquiera la ha pedido.
Cuahuipil se quedó con la boca abierta.
-¿Cómo dice vuestra merced?
-Que tengo que encontrar cuanto antes al Marcos Bey para decirle que, como resulta que se parece al Huichilobos, el Moctezuma quiere hacerle un homenaje y le va a dar una barragana elegida por él. Ni siquiera es de su harén, sino que es doncella. Yo tengo que avisarle porque están a punto de traer su ajuar y además tiene que asistir al bautizo y elegirle nombre. … ¿No me ha oído vuestra merced?
-Pues sí. Únicamente que me toma de sorpresa, porque no tenía idea de que el Marcos Bey anduviera buscando barragana. Bien, en su aposento ya ve vuestra merced que no está. Debe de andar ocupado con los aliados.
-¿En qué patio lo podría encontrar?
-Deje vuestra merced que piense un momento... No estoy seguro de en qué patio iba a estar, pero venga conmigo que le preguntaré a uno de los capellanes tlaxcaltecas que creo que lo sabe.
Pero ¿qué disparate es éste? se iba diciendo Cuahuipil para sus adentros con un presentimiento de tragedia totalmente exagerado. Pero ¿a quién se le ocurre venirle a un capón con una barragana? Pero ¿es que el capitán Malinche no sabe que este hombre ha vivido en harenes de turcos y seguro que ya en el primero de ellos lo caparon? El mundo está loco. ¿Y el Moctezuma? ¿A qué tiene que ir dando barraganas a nadie y más no habiéndosele pedido?
-¿Queda mucho?
-No. Ya estamos casi.
¡Qué disparate, pero qué disparate! ¡No me digas! Y la otra a lo mejor haciéndose toda su ilusión de que va a tener trato carnal con la imagen del Huitzilopochtli... ¡Qué disparate!
-¿Queda mucho?
-No. Ya estamos. Aquí es. ¿Dan licencia vuestras mercedes?
La respuesta tardó un poco en llegar.
-¿Dan lic...
-¡Adelante, adelante, pasen las vuestras, pasen!
Esto les decía Teyohualminqui al tiempo que levantaba la cortina para dejarles paso.
Seguían allí los tres: Teyohualminqui, Xiloxóchitl y Marcos Bey y algo debían de estar tramando porque en el suelo había un bulto irregular tapado con una manta que parecía echada a toda prisa.
Cuahuipil no solía ser curioso ni indiscreto, pero en esta ocasión la incredulidad parecía mantenerlo allí como un imán, con los ojos y la boca abierta, para presenciar el comienzo no sabía si de una tragedia, pero desde luego sí de un desengaño.
En cuanto a los otros tres, que todavía no sabían qué tenía que anunciarles el recién llegado, estaban sobre ascuas temiendo que lo que venía a decir hiciera tambalearse los templos de las hijas de la sal con sus respectivos patronatos o, dicho de otra manera, que San Roque se quedara sin su recua de perros.
De esas aprensiones los sacó el soldado cuando, después de presentarse y saludar, dio su recado y, con el recado, una puñalada en todo el corazón al Xiloxóchitl, quien, con el anuncio de eso que ni remotamente se había imaginado que ocurriría, se quedó lívido, mudo, perdido el pulso y teniendo que apoyarse en la pared próxima para no caer. Y cuando, haciendo un esfuerzo mayor de lo que le había exigido cualquier guerra, pudo articular un pensamiento, éste fue: me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir. Pero no se murió y, además, ni siquiera ninguno de los otros notó nada ni lo hubiera notado aunque Xiloxóxhitl no hubiera vuelto la cara porque estaban demasiado ocupados en sus propias sensaciones. Porque a Teyohualminqui lo que le hizo el anuncio fue quitarle la mosca de detrás de la oreja en la que la tenía con motivo de los cuatro templos para ponérsela en la otra ya que una barragana, sin pedirla, doncella y por iniciativa mexica, hacía pensar en muchas cosas y ninguna inocente. Algo se proponían, seguro. Cuahuipil seguía estando allí pasmado, como si esperase que, a fuerza de estar así, dejara de suceder aquello que no debía suceder y que, sin embargo, sucedía. El soldado y Marcos Bey, por su lado, seguían manteniendo aquel disparatado diálogo:
-¿Una barragana, dice vuestra merced? ¿Para mí?
-Eso es lo que he dicho. No me haga repetir tantas veces las mismas cosas vuestra merced que me va hacer dudar. Y, vamos, no hay duda ninguna: el Moctezuhma le da a vuestra merced una barragana doncella y principal, es decir noble, o sea, nada de plebeya o maceguala, como las llaman aquí. La bautizarán a la media tarde, quieren que esté presente vuestra merced y también que sea vuestra merced quien elija el nombre si así lo desea.
-Así que ¿una barragana, dice vuestra merced? ¿Trae dote?
-No sé nada al respecto.
-Bien. Bien... Verá vuestra merced: yo acepto y estoy que no quepo en mí de gozo y agradecimiento por un favor tan señalado del Moctezuma y le ruego que se lo explique así al capitán Malinche para que éste se lo diga al Moctezuma. Esta tarde yo estaré sin falta en el bautismo de esa cristiana pero, por si no pudiera, pues que la llamen Juana, como su alteza la reina. No deje de llevar vuestra merced este recado porque yo estaba instruyendo a estos amigos en las cosas de nuestra santa fe y voy a seguir con ello ya que no hay nada más importante.
Con esto el soldado dio por cumplida su misión allí. Una vez que se hubo alejado, exclamó Marcos Bey:
-¡Pues si la barragana trae dote, ya tenemos con qué comprar a la esclava!
-¿De qué esclava habláis? -preguntó Cuahuipil.
-De una que tenía yo en Cuba y perdí en el juego. Les estaba diciendo aquí al padre Teyohualminqui y a Xiloxóchitl lo aficionadísimo que era yo a esa esclava y las ganas que tenía de traérmela pero estaba sin dinero.
-¿Y vuestra merced tiene la desvergüenza de querer utilizar la dote de su barragana para eso? Vuestra merced va a terminar ahorcado y yo voy a tocar palmas cuando lo vea.
Cuahuipil echó una mirada de incredulidad a aquellos tres y se marchó. No le cabía en la cabeza la manera en que Xiloxóchitl estaba aficionándose a este ser al que lo mismo le daban ocho que ochenta. Y Teyohualminqui, siendo cura, ¿por qué no le ponía los puntos sobre las íes y le imponía penitencias para reformarlo? Algún rato, cuando no estuviera este botarate al retortero, tenía que hablar otra vez muy, muy en serio con Xiloxóchitl. No, no era su conciencia, pero lo quería y prefería pecar de pesado y pelmazo a verlo en problemas y a su hermana preocupada por él. Y ¿cómo se dejaba llevar así? ¡Disponer sin más de la dote de una barragana! Y, además, hasta en la cara se le notaba lo mal que le estaba afectando. Si parecía hasta enfermo. No, no lo iba a consentir. Bueno, al menos él mismo no perdía el tiempo. Ya había terminado con dos sillas. Ahora se iba a quitar una parte del vello. Y encima eso, que el Marcos Bey, desde que había llegado, cuando no era por una cosa, era por otra, no le dejaba ni trabajar.

La Zarzamora
05/04/2012, 23:44
-¿Teoca?
-Amo. Amapatolli.
Con la hora de la noche que era, ya podían hablar más bajo. ¡Vaya par! El hambre con las ganas de comer se habían juntado.
Esto pensaba Cuahuipil mientras intentaba dormir y la persona a quien se refería al decir hambre era a Marcos Bey y al decir ganas de comer era a la barragana, o al revés, daba igual. La cuestión era que ya había transcurrido el día y ya estaba bautizada la barragana y, aunque por amagos no había quedado, tragedia no había ocurrido ninguna. Ahora estaba transcurriendo la noche y, de momento, la única tragedia parecía ser que a él, entre los dos, no lo dejaban dormir. Llevaban raja que te raja ya un buen rato. Hubo una ocasión, al atardecer, en que temió que se fuesen a matar y fue cuando la Cuetlachtli, ahora doña Juana, descubrió que le habían quitado no sé cuantas cosas de las que había traído consigo. La disputa a que dio pie, ignorando ambos tantísimo de la lengua del otro, no fue fácil pero, ya sea porque supieron acompañarla de los gestos necesarios o porque se leían el pensamiento, consiguieron mantenerla hasta el final. Fue naturalmente Cuetlachtli quien la empezó.
-¿Esto qué es? -gritaba- ¡Los tesoros de los dioses, está bien, los tesoros de los reyes, está bien, los tesoros del fisco, está bien, cacho cabrones! ¡Pero robarle a la propia concubina, malparto de ramera...!
-Máteme, máteme vuestra merced, que tiene toda la razón, pero déjeme decirle que no se trata de ningún robo, sino de un préstamo. ¡Préstamo! Vuestra merced es señora de inigualables prendas y, si yo hubiera sabido a tiempo las intenciones del Moctezuma, le hubiera advertido que por mi parte soy buen cristiano pero mal jugador y suelo perder. Hoy he tenido que pagar una deuda del maldito juego, que va a ser mi perdición. En diferentes circunstancias, lo hubiera sacado de otra parte pero, por prepararlo todo para vuestra merced y recibirla y agasajarla como se merece, no pude. Mañana, no obstante, tendrá vuestra merced hasta el ultimísimo grano de cacao que le falta.
-¿Mi señor concubino me cree capaz de matar?
-Cualquiera es capaz de matar, señora, que somos humanos.
-¿Verdad que sí? A primera hora de mañana, si no está aquí, donde lo dejó mi sirvienta, todo, absolutamente todo lo que me falta, mataré a vuestra merced.
Y como para firmar lo dicho, le llegó a Cuahuipil el estruendo de un cacharro estrellado contra el suelo, luego el de otro, luego el de otro y luego el de otro. Cuatro cacharros. Con rabia, pero no con prisa, sino como diciendo: El primero ¡Toma! El segundo ¡Toma! El tercero ¡Toma! El cuarto ¡Toma! ¡Pues vaya barragana dejada de la mano de Dios! ¡Romper chacharros! Y casi de inmediato la vio aparecer en la puerta de sus propios aposentos.
-¡Eh, tú! -le chilló.
Él ni dejó lo que estaba haciendo ni le contestó. ¡Si esos eran modales...! Si limitó a mirarla.
-¿Dónde puedo encontrar a doña Malinali?
-Pregúnteselo a su barragán.
-No me da la gana preguntárselo a mi barragán.
-No digo al barragán de vuestra merced, digo al barragán de doña Malinali.
Cuetlachtli hizo una mueca horripilante y dijo:
-¡Cuanto ingenio! Ya tendrá tiempo de cautivarme con él vuestra merced más adelante, ahora deje de hacer el mono y dígame donde puedo encontrar a la doña Malinali porque me tiene que interpretar. Voy a anunciar al capitán Malinche que si mañana a primera hora su hombre, mi barragán, no me ha devuelto lo que me ha robado, lo mataré. Esta vez lo aviso.
La volvió a mirar sin decir nada.
-¡Es para hoy! -dijo ella-.
-Está bien. Yo acompañaré a vuestra merced a buscar a doña Malinali pero no vuelva a romper cacharros. Eso es propio de infieles y fariseos.
Ella lo miró como si no hubiera visto antes a un bobo de ese calibre y se dejó guiar hasta que la dejó con Malinali. Por un momento estuvo tentado de hacer de intérprete él mismo e ir con ella donde el capitán, sólo de la rabia que tenía contra Marcos Bey por no dejarle dormir y por más cosas pero se contuvo y se dijo que, para dejar que la sangre llegara al río, siempre habría tiempo. No sabía lo que hablarían las dos mujeres, pero Malinali debió de aplacarla ya que, de no haber sido así, hubieran venido a buscar a Marcos para llevarlo donde el capitán y no habían venido. En cambio sí le llegó al flamante barragán un recado, que debió de ser de Malinali, dándole consejos para evitar mayores males.
Aunque no sabía él muy bien qué males iban a poder evitarse porque lo más seguro era que, de no matar a Marcos su barragana, lo matase el propio Cuahuipil. ¡Pues no habían venido Xiloxóchitl y él a pedirle que firmase como testigo de una apuesta desquiciada entre los dos! Y todo debía de obedecer a algún trato que tenían ellos y Teyohualminqui. Se negó en redondo a ser testigo de semejante desatino pero era una tontería porque, por más que se hubiera negado, de hecho era testigo. Era una conspiración. Delante de él leyeron un documento en el que decían que apostaban una mercancía que expedían ese mismo día a Tlaxcala con relación de los objetos y su valor. Y él allí, oyendo todo aquello. Lo quisiera o no, había visto y oído cómo habían hecho la apuesta y cómo la habían puesto por escrito y firmado delante de él, luego era testigo. Esto fue antes de que llegase el ajuar de la barragana y, ver, él no vio ningún género de mercancía y no sabía donde la tendrían. Se sintió bastante picado por tanta desfachatez y, aunque era mejor que no supiese nada, como decía Xiloxóchitl, no resistió y preguntó a Marcos Bey:
-¿Y de dónde han sacado vuestras mercedes todos esos chalchihuites y oros y mantas que envían a Tlaxcala?
-A mí me los ha regalado una acaudalada señora mexica. Parece que le he caído en gracia.
-Y a mí otra -se apresuró a decir Xiloxóchitl, caso de que a él también quisiera acribillarlo a preguntas.
Míralos qué graciosos. Seguro, seguro que las acaudaladas señoras mexica, y aun los señores también, estaban muy deseosos de repartir algo entre cristianos y tlaxcaltecas pero desde luego que ese algo no era oro ni chalchiuites.
Una vez más: ¿Qué mal viento le había dado a Xiloxóchitl? ¿Cómo había podido perder la cabeza hasta ese extremo? ¿Y Teyohualminqui? Eso sí que no se lo explicaba.
Teyohualminqui, por lo demás y aparte los secretitos, seguía tan amoroso como siempre y con Xiloxóchitl lo estaba más que nunca, pero ¿cómo es que tenía tal manga ancha con Marcos? Y luego, éste, lo mismo... vaya descaro también: le decía a la barragana que por atenderla no había podido buscar con qué pagar la deuda, cuando lo que había hecho era pasarse casi todo el día fuera y en sus tejemanejes y sólo al atardecer se había reunido con ella. Ahora la barragana, por lo visto, estaba intentando confeccionar una baraja en papel de amate y, por lo visto también, se prestaba a copiarle los dibujos a Marcos después de preguntarle si aquello eran dioses y de contestarle el otro que no, que aquello eran naipes para jugar.
Y a todo esto, allá, en Zempoala estaba Narváez, como si fuera la espada, y aquí, en Tenochtitlán, seguían los mexica, como si fueran la pared, y en medio él y Xiloxóchitl. Pero bueno ¿y por qué no dejaba ya de dar vueltas una y otra vez a lo mismo y se dormía? Pues por eso, por eso, porque la barragana y el barragán seguían ahí pinta que te pinta y raja que te raja, y no precisamente en voz bajita. Se dio vuelta otra vez y se puso una manta doblada por la cabeza tapándose los oídos a ver si conseguía no oír. Tras rechazar varios ataques de aquellos pensamientos que lo intranquilizaban, decir otra vez su azora e intentar pensar sólo en Ilhuicáatl, finalmente se quedó dormido.
En los aposentos vecinos, al rato y casi de improviso, también se quedaba dormido Marcos Bey. Después de todos los avisos que le había dado Teyohualminqui, estuvo muy precavido con la barragana, tal vez demasiado. Y la muchacha a él no le inspiraba ni pizca de desconfianza. Es más, la encontraba muy de su gusto. Teyohualminqui le avisó que tuviera cuidado con lo que la barragana pudiera presentarle de comer o beber y con dejar bebidas o alimentos a solas al alcance de ella y otro tanto las armas. Así lo había hecho y, con todo, el susto se lo llevó. Porque, de hecho, la Cuetlachtli-Juana sí preparó una bebida y le dijo que la acompañase a beber y estaban en ésas precisamente cuando vino Cuahuipil a por su manta. Hoy no se las había quitado todas a él, sino que había ido quitando una de aquí y otra de allá, no para él mismo, sino para que durmiera la barragana, porque las de la barragana que le dio el mayordomo las había llevado para comprar a la esclava. Pues vino Cuahuipil, vio la jícara con la bebida, se la pasó un par de veces por debajo de la nariz, oliéndola, y dijo: Hmm... huele rico ¿puedo beber? “Beba”, dijo Cuetlachtli, y antes de que él, Marcos, pudiera impedírselo se la bebió. Y aún le advirtió del peligro para que intentase vomitar, pero el otro dijo: "No pasa nada. Esto lo único que da es sueños". Pero algo sí debía de haber en la bebida, porque luego, después de que se fuera Cuahuipil, la barragana le sirvió otra jícara en lugar de la que no se bebió y, aunque disimulaba bien, estaba pendiente de si se la bebía o no. Él aparentó bebérsela y siguió como si nada hubiera notado. Y en eso estaba ahora, en la preocupación de si Cuahuipil aparecería muerto a la mañana siguiente o no. ¡Ojalá esta Cuetlachtli no roncase! porque a él ni los disparos de cañón lo despertaban si no quería ¡pero los ronquidos...! Se quedó dormido.

La Zarzamora
05/04/2012, 23:45
Despierta sólo quedaba ya Cuetlachtli, que seguía dibujando cartas de baraja, copiándolas de otra ya muy usada que le habían prestado a Marcos. Oye, por cierto, ¿y de lo otro qué? Entre el robo, los naipes y la bebida, se le había ido el santo al cielo y ahora éste se había dormido y ella seguía virgen... Bueno, daba igual. Tampoco tenía prisa ni estaba ahí para eso... Ésta ya estáaa. Vamos a por el seis... Y, además, mucha cara de Huitzilopochtli, mucha apostura guerrera, muchas cicatrices del campo de batalla, que a saber si eran de eso o de barraganas robadas, pero eso, que era un ladrón. Era inconcebible. Menos mal que ya dormía. A ver si se ponía a soñar de una vez porque también ella quería dormir que había sido un día muy largo.
Silencio. Durante mucho rato, en la galería a la que daban los aposentos de Marcos y Cuahuipil apenas si se oía un levísimo arrastrar, que era la cañita con la que, junto al brasero de copal que había encendido ella en devoción al Huitzilopochtli y a la luz de la tea, seguía Cuetlachtli dibujando naipes
Silencio. Silencio.
Finalmente unos pasos se detuvieron ante el aposento de Cuahuipil. La dueña de los pasos iba a levantar la cortina para entrar, cuando oyó hablar dentro y se detuvo. Cuahuipil soñaba. Pero no era el hecho de que soñara lo que le clavó a ella los pies en el suelo y el oído en la cortina. Soñar soñaba todo el mundo. Era que en sus sueños, entre palabras castillecas que no entendía, el durmiente repetía una y otra vez el nombre de Huitzilopochtli. Todas aquellas palabras sonaban hermosas y estaban dichas con arrobamiento. Nunca había oído nada tan hermoso. ¿Eran esas palabras que escuchaba lo que hacía que el corazón le palpitara tan a lo loco? El sueño y el parloteo embelesado en que se repetía el nombre de Huitzilopochtli duró un rato y cuando el durmiente se calló, ella siguió todavía unos momentos allí quieta y en cierto modo sobrecogida. Había ido a verlo por un motivo. Ahora tenía dos. Pero calma. Calma y cosa por cosa. Calma, Cuetlachtli.
Cuando el corazón le latió ya a velocidad normal, se volvió hacia la puerta y apartó la cortina de un manotazo haciendo sonar todos los cascabeles que pendían de ella y que tenían precisamente por objeto avisar al durmiente de visitas inesperadas. Y sí lo avisaron. Apenas entrada Cuetlachtli, ya Cuahuipil tenía empuñada la pica y con ella mantenía a raya a la intrusa.
-¡Quíteme vuestra merced esa payasada de delante! No he venido a hablar de picas.
-Vuestra merced no ha venido a hablar de nada. Estoy durmiendo.
-Ya no.
-Vuestro barragán es dos puertas más allá. Platique con él que a él le gusta mucho hablar.
Y se volvió a echar sin quitarle la pica a Cuetlachtli. Claro, que era una postura difícil de mantener. Cuetlachtli le apartó la pica de otro manotazo.
-No duerma vuestra merced. Tiene cosas que hacer.
El se sentó otra vez en las mantas y volvió a colocarle la pica en el pecho.
-¿Es la táctica de ahora en adelante? ¿No dejar dormir? -se refería a la táctica de los mexicas con sus enemigos y así lo entendió la visitante.
-Hay enemigos y enemigos pero eso no lo quiero hablar ahora. Vuestra merced tiene que venir conmigo y se lo estoy ordenando con mucha corrección. No veo por qué no me obedece.
Cuahuipil no tenía teas encendidas en el cuarto y la luz que entraba por puerta y ventana sólo bastaba para distinguir los contornos. Sin embargo, ahora, allí donde estaba la cara, sí vio Cuetlachtli relucir algo. ¡Pues no se estaba sonriendo esa larva de títere!
-¿Qué divertido, verdad? ¿Y si ahora yo me pongo a gritar y a pedir auxilio porque vuestra merced intenta violarme también será divertido?
El brillo se ocultó. Y Cuetlachtli se equivocaba. Él no había sonreído por diversión, había sonreído para volver a hablar y ver si, mostrándose con toda su mansedumbre y encanto, la conmovía y le dejaba dormir. ¡Qué mujer tan espantosa!
-¡Los he visto más espabilados! -se impacientó Cuetlachtli.
-Pero ¿por qué yo? Yo estaba durmiendo. Su barragán está más cer...
Cuetlachlti había empezado a golpear en el suelo con el piececito de impaciencia. ¡A ver si también a él le iba a romper cacharros...!
-Está bien, me levanto.
Hizo ademásn de ponerse en pie sin dejar de empuñar la pica y dijo:
-Salga vuestra merced que ya voy.
Salió Cuetlachtli y casi de inmediato también Cuahuipil.
-¿Qué me quiere vuestra merced?
-Que venga donde mi barragán. Está soñando y no entiendo lo que dice. Quiero que me lo interprete.
Ahora sí, aquí fuera que había más luz, Cuahuipil se la quedó mirando con extrañeza.
-¿Y esto lo va a hacer vuestra merced todas las noches?
-No lo sé.
-Pues averígüelo porque yo suelo dormir y la próxima vez, aunque venga vuestra merced, pienso seguir durmiendo.
-Todavía es pronto para hacer esos planes. Ya veremos.
Llegados a la recámara de Marcos no se oía nada. Si había soñado antes, ahora ya no soñaba. Cuahuipil interrogó a la mujer con la mirada.
-Vamos a esperar -le contestó.
No es que le pareciese mal lo que pasaba. Pero ¡vaya horas para sacar a nadie por ahí! Y ¿para qué? ¿Qué hacía él en cuclillas con una barragana y mirando al turco? Formalitos como estaban y él pica en mano ni siquiera daban pie a la maledicencia. ¿Entonces? ¡Qué sueño tení-i-i-aaaaaaa...!
-¿Y hasta cuando hay que esperar? -sofocó el bostezo.
-Ya le diré a vuestra merced.
-¿Y por qué no me lo dice ya?
Ni le contestó. Dijo en cambio:
-¿Cómo dice vuestra merced que ya no va a acompañarme ninguna vez más si le llamo de noche y esta vez tampoco me quería acompañar y sin embargo lo ha hecho porque le he convencido con una buena amenaza? ¿Sabe ya alguna contra de esa amenaza?
-¿Cuál?
-No, no la sabe.
-¡Ah, ya!
No, no la sabía. Ya se le ocurriría. Clavarle la pica. Eso. No. De día no. De noche sí se puede clavar picas a las mujeres... ¡Aaaaaaah! ¡Qué sue-e-e-eeeño!
Callaron unos momentos.
-Todavía no sueña -insistió al fin Cuahuipil reprimiendo un bostezo que ya era continuo.
-Si vuestra merced fuera buen soldado no sería impaciente.
-Amén.
-¡Qué es eso?
-Nada.
-¿Vuestra merced no tiene barragana?
No contestó.
-No, no tiene. ¿Vuestra merced es sodomita?
Tampoco contestó.
-¿Por qué no tiene barragana?
Tampoco contestó. Y de momento la otra no le preguntó más. Marcos por fin se rebulló, se volvió a rebullir y finalmente habló.
-Escuche atentamente vuestra merced que luego me lo tiene que contar todo.
-Ya escucho.
Marcos Bey decía alguna cosa en sueños, luego se callaba un poco y al ratito decía otras cuantas palabras. Así hasta que al parecer terminó de soñar. Pero en ningún momento dijo el nombre de Huitzilopochtli ni nada que ella reconociese y no sabría decir si sonaba bonito lo que decía o no. No escuchando ya nada más, Cuetlachtli se volvió a Cuahuipil:
-¿Qué ha dicho?
-No lo sé.
-¿Cómo que no lo sabe?
-No. No lo sé.
-¿Pues no lo ha escuchado vuestra merced de cabo a rabo?
-¡Sí-i-i-iiiiiiiiihhh!
-¿Entonces?
-No lo he entendido. Sueña en turco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiero decir que ... ¡aaa-a-a-aaaah!... la primera noche que durmió su señor barragán en Tenochtitlán yo estuve velándolo y soñó y hablaba, tal como ahora, y yo no le entendía y le pregunté al día siguiente y me dijo que soñaba en turco. Esto era igual.
-Y vuestra merced ¿no sabe turco?
-Nooooo-o-o-o-o aaaaah.
-Y ese turco ¿lo habla mucha gente en vuestra tierra?
-No lo habla nadie. Es lengua extranjera.
-¿Y por qué lo habla éste?
-Porque vivió entre turcos. Pero preee- a-a-a-aaaaah, pregúnteselo mejor a su barragán vuestra merced. ¡Qué sueño!
¡Cuidado que bostezaba el Cuahuipil! Pues la otra como si no lo viera.
-¿Qué soñaba vuestra merced poco antes de que yo lo despertara?
-¿Yo? No he soñado.
-Sí ha soñado.
-Bueno, pues habré soñado pero no me acuerdo.
Qué mujer tan mala... ¿Por qué andaba detrás de los que soñaban sin dejarlos dormir?
-¿Ya me puedo ir?
No contestó Cuetlachtli.
-Tenga buenas noches vuestra merced y des-ca-a-a-aaaaanse!
Tampoco le contestó las buenas noches.
¿Sería verdad que no se acordaba de lo que había soñado ni había entendido a Marcos Bey o era que no se lo quería decir? No. Debía de estar diciendo la verdad porque si, al mencionárselo ella, hubiera recordado que había soñado con el Huitzilopochtli, no hubiera podido evitar que la felicidad le saliera al rostro. ¿Qué hacer?... Seguro que, si la próxima vez lo despertaba en mitad del sueño, lo tendría presente y hasta le vendrían otros sueños en los que hubiera estado con el dios... Pero ¿por qué, a él, no siendo imagen y no siendo mexica, tenía que aparecérsele en sueños el Huitzilopochtli y en sueños que parecía que debían de ser hermosos?

La Zarzamora
12/04/2012, 22:28
Era difícil, tratándose de una persona con tanto dominio de sí como el capitán Malinche, saber si estaba que rabiaba o no. Con las noticias que llegaban de Zempoala, donde se encontraba Narváez, y con las sospechas o certidumbres sobre lo que podían estar tramando los anfitriones, los motivos de preocupación estaban dados. Los de irritación eran que, con esos motivos de preocupación, le vinieran ahora con no se sabía qué otro pleito de un mercader al que le habían saqueado ingentes tesoros, existiendo la sospecha de que los autores eran un hombre suyo, precisamente el que se parecía al Huitzilopochtli y ayer recibió a una barragana y anteayer se cobró una calavera, y el mismo tlaxcalteca hijo de la calavera. Si le hubiera pillado en otro momento hubiera entrado en esto a fondo para tratar de poner las cosas en su sitio y ver qué se permitía ese Marcos Bey. Pero, como en estos momentos no tenía ni disposición ni tiempo ni hombres para nada de eso, ahí estaba el motivo de la irritación. Ya anteayer le molestó tener que ocuparse de las diabólicas empalizadas de cráneos. No. Cuanto antes mejor. Y hubiera delegado en otro de los capitanes pero, tal como estaban las cosas, prefería no hacer de menos a los mexica. Así que mejor despacharlo de una vez que verse importunado de continuo con el asunto. Pues ¡hala! otra audiencia. Y ahora que decía audiencia, ¿a cuento de qué le dio ayer al joven Cuahuipil por hablar vizcaíno? Claro que, si había algo que comprendía él era la afición a los intérpretes aunque el de vizcaíno no debía de tener tanto oficio ya que el propio Cuahuipil hubo de echarle una mano de vez en cuando.
Una vez más, pues, se hallaban reunidos representantes de la justicia tenochca y autoridades de cristianos y tlaxcaltecas, además de los intérpretes. Y por el lado tenochca, aparte de los representantes oficiales, hoy también comparecían varios testigos y, sobre todo, el procurador de Papantzin y de su cónyuge, que estos habían enviado en su representación. De cristianos y tlaxcaltecas estaban los del día anterior, salvo por Teyohualminqui, que anteayer faltaba y hoy aparecía junto a Xiloxóchitl. Claro que, aunque hubiera estado anteayer, hoy no lo hubiera reconocido ni su espejo porque, como acababa de entrar esa misma mañana en una fase de heterodoxia, se había cortado y aseado el pelo y las uñas y, si bien se apreciaban en las orejas los agujeros dejados por los punzones de penitencia, no lucía ni una gotita de sangre y, además, el oscuro ropaje sacerdotal le daba prestancia y le quedaba bien al rostro. Eso, unido a su ademán afable y porte distinguido, hacía que una audiencia con Teyohualminqui bien mereciera la pena de perder el tiempo, perder batallas, perder imperios y, tratándose de mujeres, perderse. ¡Y pensar que debía guardarse casto y puro...!
En cambio, Xiloxóchitl parecía una pavesa. Era una pavesa. Las discutibles acciones del día anterior sólo había conseguido llevarlas a cabo a fuerza de destrozarse el estómago y queriéndose morir todo el tiempo. Y cuando ya no le quedó ninguna acción discutible por hacer y del estómago tan sólo el sitio, se metió en su recámara a ver si, no teniendo ya otra ocupación, se moría. Cuando menos, no lo vería nadie ni tendría que oír a nadie pronunciar la palabra barragana. Nadie le recordaría que mientras él estaba ahí solo y consumido, con Marcos estaba otra, en su cuarto, en su petate, en su... ¡no...!; que el semblante que él había mirado como no había mirado antes ningún otro estaría pendiente de esa otra persona, sin acordarse de él. Otra persona que no podía desearlo tanto como él, gozaría, sin proponérselo, de una intimidad cuyo solo pensamiento hacía que le dolieran a él hasta las pobres pestañitas. Después de un rato que no sabía cuánto duró, aunque debió de ser largo, porque oyó dar varias horas de la noche, sacó el ímpetu suficiente para hacer penitencia. El dolor que se infligió con los pinchos de maguey hasta casi desmayarse le mató los deseos, pero no los pensamientos. Éstos, desbocados en el campo abierto de la noche, le representaron con saña el día siguiente y los que lo seguirían, días que ya no serían como el de ayer ni el de anteayer, cuando había tenido a Marcos Bey puede decirse que para él solo. Dos días que le hicieron pensar que todos los venideros serían lo mismo y que el teule ya no tendría mejor cosa que hacer que estar con él. Dos días en los que vivió torturado y diciéndose que tenía que acabar con aquello, porque, si no, lo iba a matar. Ahora sabía que no, que aunque aquello fuese tortura y lo matase, no lo quería acabar, no lo podía acabar, porque sin eso no era nada. Y el que, en esta desolación, el menor de sus sufrimientos fuese la vergüenza de sentir rivalidad con una mujer explicaba que, a aquella mala cara que ya tenía de antes, se hubiera añadido ahora un atisbo de sonrisa cínica.
Una vez concluidos los preliminares de la audiencia, se le dio la palabra al procurador de Papantzin y cónyuge, quien, por medio de intérprete, dijo que a sus representados los habían visitado anteayer en su propia casa el llamado Xiloxóchitl Tlanexmitl, tlaxcalteca, y un teule al que por testimonios posteriores se había identificado como Marcos Álvarez Castaño, Marcos Bey de apodo, y al que era fácil reconocer por su gran parecido con el Huitizilopochtli. Que les dijeron a sus representados muchísimas cosas que no entendieron pero que eran horas muy altas de la noche y que, al día siguiente, cuando, por disposiciones que tomaron sus representados, se transportaban en varios acales sus mercancías a la casa que tenían en Coyoacán, dichos acales se vieron de repente en medio de un gran tumulto en el que intervinieron otras embarcaciones cargadas de patos, se produjeron varias desbandadas de esas aves y diversos vuelcos. Al socaire de ese tumulto, les sustrajeron a sus representados todas las susodichas mercancías. Que a sus oídos y a los de sus representados había llegado el rumor de que ellos habían renunciado a esas mercancías voluntariamente y como haciendo cesión de ellas a una república aliada de los cristianos con el fin de levantar un templo. Que desconocían el origen de ese rumor y por qué había surgido, ya que jamás estuvo en el ánimo de sus representados semejante cesión. Que la negaban y que, no queriendo entrar en querellas con los teules y tlaxcaltecas que estaban invitados en la corte de Moctezuma y a los que se debía todo el respeto y agasajo que es de ley con todo invitado, reclamaban la entrega inmediata de las mercancías sustraídas y que dicha entrega se hiciese por ante su procurador y que, si había duda sobre el paradero de las mercancías, se interrogase e incluso registrase a los dichos Marcos Bey y Xiloxochitl y que, de recibirse sin más dilación y por ante su procurador cuanto les había sido sustraído, considerando la posibilidad de que en efecto en esta apropiación indebida hubiera jugado alguna parte el malentendido, renunciaban a cualquier querella posterior. Que compartían en lo más hondo, por serles tan afín, el sentir de aquellas sociedades que por circunstancias históricas no pueden comerciar y que hacían votos encendidos por que esta situación se subsanase con contento de todos y que, como ciudadanos de Tenochtitlán, ellos cumplirían todas las disposiciones que les atañesen por hacer verdad ese propósito de promover el comercio universal pero que, en lo particular, ellos no podían ni habían querido renunciar ni habían renunciado nunca a ningún beneficio adquirido, ya que eso sería el vilipendio para todos los mercaderes de cualquier estado o ciudad incluidos los de la respetada república de Tlaxcala que ahora honraba a Tenochtitlán con la presencia de tantos de sus dignatarios. Que por este acto y en este momento entregaban en mano del escribano la relación de cuáles eran esas mercancías y que la justicia estricta era gracia que esperaban alcanzar de quienes podían y estaban allí para impartirla.
Que qué tenía que decir Xiloxóchitl Tlanexmitl a lo expuesto por el procurador de Papantzin, preguntó el escribano.

La Zarzamora
12/04/2012, 22:30
-Lo que tengo que decir a esta respetada audiencia -empezó Xiloxóchitl- es que si el señor procurador habla verdaderamente en representación de Papantzin y su señora cónyuge, los dos mienten. Anteayer era de noche...
Hizo una pausa el declarante mirando humildemente a la audiencia y como esperando que comprendieran la importancia de la noche.
-Sírvase el declarante continuar, si es que no ha concluido todavía -dijo el escribano cuando el silencio del tlaxcalteca le pareció prolongarse.
-Ruego a los presentes que me disculpen. Anteayer era de noche y parece ser que de la noche al día pudiera cambiar la palabra dada. Anteayer ese perjuro mercader llamado Papantzin y su cónyuge lloraron en presencia de este mi compañero Marcos Bey y yo. Jamás hubiera yo entrado en su casa de no haberme instado a ello mi dicho compañero. Yo, como huérfano de un mercader de una república cercenada en sus más civilizados impulsos, en sus más viscerales aspiraciones al comercio y al trato con todo el linaje humano, no podía ver a los representantes de un género que hace vanagloria y ostentación de algo que a otros les han vedado hasta en su más modesta dimensión y no podía ni quería porque lo odiaba. Pero estaba con mi compañero, cuya historia no es mi historia, y mi compañero Marcos me habló de José de Arimatea. Me dijo: "¡Oh, hermano! hazte cuenta que todos tus odios, que todas tus rencillas quedan sepultadas en ese santificado sepulcro durante tres días y tres noches, hazte cuenta ¡oh, hermano! que ya es el tercer día y viene la resurrección! Es esa resurrección la que debemos traer a este Papantzin y a su cónyuge, para que salgan de las tinieblas del monopolio y del acaparamiento groseros y entren en el redil del comercio universal entre todos los hijos de Dios." Le pregunté qué que era redil, por si de verdad yo quería entrar en una cosa así con el Papantzin y me lo explicó y yo, la verdad, no lo quería disgustar y también, tengo que reconocerlo, me ablandó, no fuera a ser que este Papantzin perdiera una redención universal por culpa mía, así que entré. Estas y otras muchas razones intercambiamos y luego, ya dentro, le dijimos a Papantzin y el muy pérfido dio muy buenas palabras y se hizo el muy convencido y prometió y prometió y escribió este documento de cesión, que pongo en manos del escribano, por el que hace donación de lo que en él se dice a la Santa Orden y Cofradía de las Hijas de la Sal, congregación dedicada a la instauración y santificación del comercio universal.
“¡Ahí va! ¡Las Hijas de la Sal! ¡Ni me había vuelto a acordar!”, se dijo de repente para sí el capitán Chichimecatecuhtli. ¡Huy! ¡Pero si él era también de esa cosa, que le habían hecho cofrade sin voto! ¡Se había olvidado por completo! Y, además, que fueron testigos estos dos precisamente, el papa Teyohualminqui y el propio Xiloxochitl, aparte de la inefable consistora, Ilhuicáatl, y de su fiel concubina Carcajada Silvestre y Agotadora, que fue la que lo reclutó a él y le confirió tan singular honor entre carcajada y carcajada. Y no le extrañaba que se le hubiera olvidado tan enteramente aquello porque de las noches con doña Carcajada Silvestre y Agotadora, siempre, cumplidor él, salía para el arrastre. Más le valía ahora, sin embargo, tranquilizar su conciencia mercantil y, más aún, la concubinal, y tomarse en serio este episodio, que la memoria que le fallaba a él parecía que se iba con su concubina, que reiría como loca, pero que en cuestión de números ni en sueños se le iba una. ¡Y pensar que la echaba de menos!
Al concluir su anterior parlamento, Xiloxóchitl había entregado en manos del escribano el documento que decía ser la cesión y otra vez guardó un silencio elocuente, antes de continuar:
-Lo siguiente que podría declarar, además de lo dicho, ya no sería decir sino llorar. Llorar la pérdida de ese templo y llorar un desengaño. Llorar el aborto de una paz y armonía tan deseadas y tan del más íntimo anhelo de todo ser humano que se estime tal. Las mercancías que reclama ese presunto mercader están en las recámaras de mi tío Teyohualminqui, a quien mi compañero y yo hicimos religioso depositario de los bienes con los que pensábamos colocar el renacimiento del comercio tlaxcalteca bajo el amparo y la ley divinos que, dígase aquí lo que se diga, es la única ley que interesa cumplir. No obstante y en cumplimiento de lo que disponga esta audiencia humana, caso de que escuche a la perfidia y no a la justicia, mi tío Teyohualminqui, mi compañero Marcos Bey y este servidor estamos dispuestos a entregar tan inmediatamente como se quiera esas tan traídas y llevadas mercancías. He dicho.
Marcos Bey declaró corroborando lo dicho por Xiloxóchitl prodigando elogios y expresando su propia admiración por la gran santidad del matrimonio de mercaderes que tan gran prueba habían dado de arrepentimiento mercantil y, eso, como si no se hubiese enterado de lo que había dicho Papantzin aunque se había enterado perfectamente.
La expresión de Teyohualminqui, cabeza baja, apenado y, no obstante, conforme con la voluntad divina, quienquiera que en ese momento hiciese las veces de tal, la expresión también de las autoridades tlaxcaltecas, un si es no es abatida, como diciendo, fíjate y, por una vez que parecía que llegábamos a algo con estos mexica, mira cómo ha quedado en nada ¡qué pena, pero qué pena! junto con las declaraciones de Xiloxóchitl y de Marcos Bey, eran como para decir: Venga, hombre, Papantzin, si, total, ya está aquí la mercancía y los planes del templo hechos ¿para qué te vas a tomar la molestia de volvértela a llevar? ¡No pierdas el tiempo en esas tonterías, hombre!
Era así. Y como era así, con la relación que había llevado el procurador, se dispuso pasar a inventariar las mercancías que estaban en las recámaras de Teyohualminqui pero ya sin el capitán Cortés y sólo con el procurador de Papantzin, el escribano y los y alguaciles de las tres autoridades, puesto que nada quedaba por resolver: todo el mundo estaba de acuerdo ¿no?
Al abandonar la sala de la audiencia, antes de que se pasara al inventario según lo dispuesto y a la espera de que se reunieran los demás asistentes, una vez más, el capitán Chichimecatecuhtli había abordado a Xiloxóchitl, que en esta ocasión estaba acompañado de Teyohualminqui y Marcos Bey.
-Como hermano sin voto de nuestra venerada cofradía me siento apenado por la renuncia a la aportación del estimado mercader tenochca. ¿Estamos seguros de que no lo ha hecho coaccionado o por el efecto de algo que le haya sentado mal? ¿No nos habremos precipitado? ¿No sería más prudente esperar a que se lo piense bien y después restituirle lo que sea, una vez quede enterado del entusiasmo que despierta en Tlaxcala ese acto de admirable justicia y desprendimiento susceptible de regenerar la amistad entre la familia chichimeca? Es algo que me pregunto. La cuantía que representaba lo cedido, por otra parte, me ha parecido muy santa.
Lo otros tres hicieron los signos de acatamiento de rigor y luego dijo el papa:
-Hay cosas que no tienen remedio, mi señor, mi Capitán General: tan convencidos estábamos de la sinceridad del mercader que casi toda la santidad de lo cedido ya está en Tlaxcala o a punto de llegar, con la venia del poder divino. Lo que queda, muy bien pudiera ser que el mercader cambie de parecer y lo ceda pero, si no, habremos de resignarnos ya que hemos dado nuestra palabra. Sobre la cuantía exacta, eso es algo que determinará la hermana interventora una vez examinado el género y es ella quien, como cada año, el próximo Panquetzalitzli comunicará a la asamblea de cofrades el estado anual de cuentas.
-Bien, bien, muy bien. No puedo por menos que daros la enhorabuena por vuestra capabilísima labor y celebrar y encomiar la manera rigurosa en que desempeña su misión la cofradía. El comercio tlaxcalteca está de enhorabuena por contar con mujeres de tanta entrega y sapiencia y con hermanos tan cumplidores. Tengan, con el amparo divino, muy buenos días mis respetados cofrades y no dejen de tenerme al corriente de cualquier incidencia en este asunto para que, en lo que de mí dependa, pueda velar por su satisfactoria conclusión.

La Zarzamora
12/04/2012, 22:33
O sea, que la relación de los bienes dada por Papantzin y lo que había en las recámaras de Teyohualminqui no estaban destinados a casar. Pero, fuera como fuese, en lo que tocaba al capitán Malinche, ahí iba a quedar todo. Según lo visto por él, el pleito estaba resuelto y, si quedaba algún cabo sin atar, por favor, por escrito, porque ya durante toda la audiencia y cada vez que miraba a la intérprete, resulta que la intérprete parecía entender que quien más necesitaba de sus interpretaciones era el papa tlaxcalteca, según no le quitaba ojo. Y a ver qué necesidad tenía ese papa de tanto pleito. Y, hablando de intérprete ¿dónde se había metido?
En ninguna parte se había metido. Más bien no había salido de la sala de audiencia. Pero que no se preocupara, que no se estaba confesando con Teyohualminqui sino tratando de resolver de otra manera un problema personal suyo muy arduo:
-A lo mejor te crees, Cuahuipil -decía ella-, que yo a ti no te echo de menos, pero, hijito mío, no me preguntes cómo sucede, aquí me tienes, como soléis decir los cristianos, más atareada que una puta en cuaresma y, para colmo, me he quedado sin tabaco.
-¿Sí? ¡Vaya! Yo creía que te lo traían al real.
-Sí, si me lo traen. Ahora que, no sé si es una conspiración de nuestros anfitriones o que no me sé explicar o que en el Anáhuac de tabaco andan peces, pero desde la última vez que fui contigo a encargarlo no me he fumado un canuto en condiciones.
-¿Pero cómo te puede gustar eso, Malinali? Yo creo que no puede ser sano ahumarse tanto las entrañas y, por lo que he observado, pone los dientes amarillos. Tan seguido no puede sentar bien.
-¿Bien? ¡Qué va a sentar bien, hombre! ¡Seguro que es veneno! Pero no pienso dejarlo. Las cosas que no son veneno, ya es mala suerte, no están igual de buenas. Anda, ¿por qué no me acompañas ahora mismito y lo encargamos en persona, eh? Y así charlamos y se te alegra un poco esa cara que, entre la audiencia de anteayer y la de hoy, te veo todo mustio. ¿Vamos?
-Sí, sí, vamos, claro. Pero ¿no te echarán en falta?
-Pues a lo mejor sí, pero el tabaco es el tabaco, hijo mío, y lo he tratado muy mal últimamente. Ya son muchas disculpas las que le debo.
Fueron, pues, no sin dejar dicho antes, por si la echaban en falta, eso, que se iba a comprar tabaco. De modo que, con la escolta de rigor y de plática con el Cuahuipil, se sustrajo, según suele decirse, a sus múltiples obligaciones.
-Oye, Cuahuipil, ¿y ese papa tlaxcalteca de dónde ha salido? Nunca había visto a un papa con ese... ¡vaya armazón, hijito! –y esto del armazón lo remato silbando y con un gesto de la mano que indicaba el calibre del tal armazón.
-¡Ya! Es el que será tío mío, si Dios quiere y si salimos de aquí. Se ha cortado el pelo y las uñas y se ha peinado. Tiene apostura, sí.
-Ya, ya. ¡Menudo! Es un peligro que ande por los pleitos. ¡Va a perder muchas almas ¿eh?! Aunque, fíjate, a lo mejor salva algún cuerpo.
Se rió Cuahuipil y dijo:
-Sí, como entrara en acción el padre, algún que otro salvador de cuerpos iba sudar de lo lindo. Yo creo que lo ha mirado mal.
-¿Quién ha mirado mal a quién?
-Tu salvador a la competencia.
-¡¿Quéee?! –la Malinche estalló en una carcajada-. ¡No me digas!
-Claro, como tú estabas mirando para otro lado ni te diste cuenta, pero sí. Por eso se acabó tan rápido la audiencia.
-¡Ja ja ja ja ja! ¡Pues bueno es saberlo! Va a haber que llevarle a todas las audiencias porque los anfitriones, aparte de sus muchas otras virtudes, son cargantes como ellos solos. De todas formas, yo creo que dices eso de "mi salvador" porque no te cae bien ¿a que no?
-A la distancia que lo tengo, y no quiero otra, no me cae ni bien ni mal. Es el estado perfecto entre un soldado y su capitán. Ahora que, desde tu punto de vista…
-¡Ah, sí, ya recuerdo! ¿Cómo lo llamaste la otra vez?
-No, no le llamé nada. Dije que tenía todas las trazas de ser un sentimental y un beato. Dos cosas malísimas cada una por su lado. Las dos juntas, ya ni te cuento. Yo no he conocido a ninguna mujer casada con un beato o con un sentimental que a la semana no estuviese ya pidiendo a Dios quedarse viuda. Y, cuando el marido es las dos cosas, sólo las he conocido fugadas ya de casa. No hay quien resista una plaga así ni por los hijos. Que cuidado que las mujeres aguantan cosas por los hijos… pero eso, no.
-¡Ja ja ja ja ja ja! ¡Pues entonces es gravísimo, Arbolito! ¡Ja ja ja ja ja! –decía Malinali como si la risa fuera algo que explicara la gravedad.
-Lo digo en serio -proseguía él riendo-. A un marido así no habría que contenerse de matarlo en el primer arrebato.
¡Cómo habían echado de menos estos ratos! Cuahuipil no sabía cómo, pero cuando estaba con Malinali decía cosas que no decía con ninguna otra persona. Era como si se dieran cuerda el uno al otro o como el que lleva una prendas muy apretadas y de repente se suelta todas.
-No, claro, Cuahuipil. Eso sería lo suyo. En un mundo ideal se debería poder acabar con el socio sin más historias. Lo malo es que en éste en el que vivimos, ya sabes como son las autoridades, lo pagan siempre con la que menos culpa tiene. ¡Qué falta de injusticia!
-No, Malinali, yo creo que esto te lo perdonarían. No se puede servir a dos amos. Lo dice el evangelio.
-¿Sólo dos? –dijo ella arrugando el entrecejo- ¿Pero éste que se ha creído? Me ha tenido engañada ¿sabes? ¡Yo creía que eran más! Ahí está, pavoneándose conmigo y dándoselas de conquistador como si yo no fuera a averiguar las cosas. Así que ¿son sólo dos?
-Ja, ja, ja… No, no. No va por ahí la cosa.
-¡Ya decía yo! A ver, acláramelo.
-Pues... ¿Tú te acuerdas de lo que pasó en Tlaxcala?
-¡Huy, hijo, en Tlaxcala pasaron muchas cosas! Bueno, para ti sólo una, pero para el común de la gente, pasaron más. ¿De cuál hablas?
-¿Tú te acuerdas de cuando los cuatro senadores de la República ofrecieron a sus hijas y sobrinas a nuestros capitanes para establecer las alianzas?
-Sí.
-¿Y que tu capitán no tomó a ninguna y la primera, Tecuelhuatzin, la hija de Xicoténcatl el Viejo, la que es ahora doña Luisa, en lugar de quedársela, se la pasó a Tonatiu?
-Sí.
-¿Sabes por qué?
-¿Porque Tonatiu le dio un codazo con disimulo?
-Eso seguramente también pero, en primer lugar, porque él aspiraba a algo mejor. Tlaxcala no es un imperio, es una republiquita sin pretensiones. Eso era poca cosa para él. Se reservaba para la hija de Moctezuma, para el gran imperio, para las pompas de Satanás.
-¿Sí? Pues ya va a tener que aguardar el muy ansioso ¿eh? porque casaderas Moctezuma las tiene todas colocadas y hasta las que no lo son también y yo creo que hasta las hijas que no tiene las tiene también colocadas. O espera: lo que me estás diciendo es que tú y mi capitán habéis desvelado solitos el misterio de quién hubiera podido ser mi padre y que cualquier día de estos voy a heredar Tenochtitlán y que, por tanto, mi beato oficial ya no se acuerda de conquistármela ¿es eso?
-Hasta ahí no sé, que a mí esas cosas no me las cuenta, pero creo que has dado en el clavo. Y eso selló tu mala suerte, Malinali… y la buena suerte de Tecuelhuatzin. ¿Tú te acuerdas de cómo al darse cuenta del cambio y, a pesar del colorete, se le notó el brote de incontenible felicidad que le daba y que todavía le dura?
-¡Ja ja ja! Pues sí, algo sí se notó.
-Saltaba a la vista.
-Pero, Cuahuipil -decía ella riéndose- la apariencia física no lo es todo.
-Casi todo. No. Todo.

La Zarzamora
12/04/2012, 22:34
-Bueno, tienes razón, a qué engañarnos. Pero el caso es que todas no nos podemos quedar con Tonatiu que iba a quedar el pobre en más cachitos que ni comulgado. Alguna otra forma tiene que haber. Lo que es el colmo que seas precisamente tú quien me diga estas cosas. Mira tu tlaxcalteca. Todos los cristianos te conocen por eso. Y los indios también. Vaya si te has hecho notar, hijo mío. A ti no parece que te haya importado el físico.
-Lo que más, Malinali, lo que más, pero sarna con gusto no pica. Cada cual quiere lo que quiere y no se va a dejar llevar por gustos ajenos por muy juiciosos que parezcan. Hay que tener el coraje y la satisfacción del propio sentir.
-No sé yo, no sé yo. ¿Según eso, lo que sería mi salvador entonces es una sarna sin gusto?
-Lo suyo no puede ser sarna, Malinali. La sarna no es sentimental ni beata, es más… más de carne, aunque sea carne picante. Además de que, si te lo tienes que preguntar, es que ya te has contestado ¿sabes?
-Me estás haciendo polvo: así que sentimental, beato y sin carne. ¡Jajajajaja! ¡Vaya desastre! Pero bueno, yo voy a seguir con él todavía un trechito, no sea que al final no herede Tenochtitlán y me lo tengan que conquistar. Y ya, puestos en eso ¿no crees que yo debería advertirle a él de todas estas cosas que le pasan y decirle que me lo has dicho tú, que eres una persona imparcial y muy de fiar, para que se corrija unos defectos tan graves?
-Sí, adviértele. Sólo que, cuando lo hagas, avísame antes para que me dé tiempo a cruzar al teocali de enfrente, que ahí sacrifican gratis y sin darle largas.
-También en nuestro bando se sacrifica gratis y sin largas ¿eh? A ver qué tienen ellos que no tengamos nosotros.
-Ellos no echan sermones.
-No, claro. Llegados a ese punto los sermones los dejan a un lado. En eso sí saldrías ganando. Pero y ¿todo esto qué tiene que ver con servir a dos amos?
-Tiene que ver, Malinali, que los beatos y los sentimentales no saben lo que quieren. A lo mejor saben lo que les conviene, pero no lo que quieren.
-Y no es lo mismo, claro.
-No, no es lo mismo.
-¿Y por qué no es lo mismo?
-Las conveniencias cambian. Lo que se quiere, cuando de verdad se quiere, no cambia, siempre y cuando, claro está, no se sea sentimental ni beato porque esos no saben querer.
-¡Ay, Dios! Así que ni siquiera saben querer… ¡Míralos! ¡Pero qué falta de ignorancia! Ahora que eso de que lo que se quiere no cambia, no lo veo yo muy claro ¿eh? Tendría que pensarlo, pero ahora dime ya de una vez lo de los dos amos.
-Lo dijo Jesús en el evangelio, que no se puede servir a dos amos…
-Eso ya me lo has dicho antes y he quedado enterada. ¿Ha dicho Jesús alguna cosa nueva desde entonces?
-Todas las veces que se diga es poco.
-¡Bueno! Pues está visto que me voy a quedar sin descubrir quienes son esos dos. ¡Menuda faena han debido de hacerte para que les tengas esa ojeriza, jajajaja!
Y decía esto porque, si Malinali quería que le dijera quiénes eran los tales, tendría que ser después, porque ahora habían llegado al almacén de tabacos y, aunque el tabaquero estaba con un cliente y la tabaquera con otro, ésta pasó el suyo a una ayudante y se dirigió con extrema cortesía a atender a la sonriente doña Malinali y la compaña: ¡No, por los dioses del tabaco! ¿Pero cómo era posible que hubiesen servido a la señora un género que no era de su agrado? Eso era imperdonable. Debió de ser cuando ella no pudo atender en el almacén por estar en palacio con las señoras del Gran Señor y algún manazas le sirvió el pedido sin tener en cuenta todo lo que se debe con clientes tan entendidos, que, creyérala la señora, no abundaban. ¡Cómo se notaba que la señora venía de un lugar donde se apreciaba el tabaco y se entendía de lo que se hablaba! Ciertamente se iba a encargar de que no volviera a verse defraudada la señora fumadora y de resarcirla del pasado desagrado. Que examinase la señora ése que acababa de llegar. Tenía justo el punto de curación para poder apreciar la sutileza de aroma de una hoja selectísima. Que lo probase su señora fumadora y viese si no era un placer supremo. Es el que solía fumar la señora madre de la tabaquera en las ocasiones excepcionales...
A Cuahuipil estos aromas y estos humos le daban mareos también excepcionales y fue a sentarse a uno de los asientitos que ya conocía de la otra vez, en un extremo del almacén, junto al jardín. ¡Anda! ¿No era ésta Teotlalco? Sí. Era Teotlalco. No sabía quién era Teotlalco, pero sabía que se llamaba Teotlalco. La había oído nombrar cuando estuvo con la criada de Cuetlachtli, Chalchiunenetzin, a dejar el ajuar de su ama en los aposentos de Marcos. Pues se pasaba la vida dejando cosas, porque ahora también estaba dejando unos bultos en una de las salas de trojes anejas a la tabaquería y que daban al jardín.
-Pero ¿qué haces aquí solito? ¿Te aburrías de verme elegir el tabaco? -era Malinali, que ya había terminado.
-No. Me mareaba con los olores. ¿Ya has terminado? ¿Nos vamos?
-No, sigue sentado. Deja que me fume este canutito aquí contiguito que no puedo esperar a llegar a Axayácatl. ¡Aaaay! –y con este suspiro de anticipación se sentó a gozar de su canutito.
Ella fumaba con gran satisfacción y Cuahuipil, con insatisfacción igual, apartaba el humo a manotazos.
-¡Pero, hijo, estás hecho de melindres! Cualquier día de estos te enseño a fumar y ya verás cómo se te quitan. Y eso que no, que a ti los melindres te quedan bien. Bueno y ¿qué pasó con los dos amos? ¿Se te fugaron juntos y ya no los encuentras? –dijo sonriendo.
-¿Qué dos amos?
-¿A que te echo el humo? –lo amenazó con el canuto.
La amenaza no le iba a servir de nada. Allí llegaba la tabaquera con un precioso abanico de plumas que, con exquisita cortesía, ofreció a su señor no fumador quien, al tenerlo en la mano y moverlo con brío, recuperó fuerzas y aire y con ello a los amos perdidos.
-¡Ah, ya! Ya, ya... A ver: ¿por qué quiero yo estar con mi amiga de Tlaxcala?
-Porque le tienes afición.
-Sí. ¿Y por qué tomó Tonatiu a doña Luisa y ella a él?
-Para formar una alianza entre los cristianos y Tlaxcala.
-Ni la una ni la otra cosa están mal ¿no es cierto? Si ambas partes lo hacen por el mismo motivo y finalidad, sea por inclinación, sea por conveniencia, sea por política y así lo saben y entienden y si, siempre, en todos los casos, cumplen lo pactado, se atienen a una cosa o a otra y no las mezclan, no hay nada malo en ello y todos tienen por qué sentirse conformes ¿no es cierto?
-Así parece.
-Pero si una persona hoy toma a ésta por inclinación y luego espera que encima le convenga y mañana a esta otra por conveniencia y sufre porque no le tiene inclinación y si ni siquiera se da cuenta de que es eso lo que hace, lo único que va a conseguir es agraviar e insatisfacer a la una y a la otra, porque se sentirá frustrada si la que le conviene no le agrada y si la que le agrada no le conviene. Y las otras se verán comparadas en algo en lo que no pueden competir, ya sea en convenirle más, ya sea en agradarle más. A un hombre así no hay que tenerle miramientos. Se le aplastan los sesos a martillazos y a otra cosa. ¡Total, no hacen aprecio de tenerlos…!
Ella seguía riendo pero, ahora que ya disfrutaba del canutillo, con un aire más filosófico y sin excesiva prisa por despachar beatos o por otras medidas extremas.
-¡Anda, anda, no exageres, Arbolito! Aunque como me vuelvan a dejar sin tabaco decente los anfitriones, lo del martillo me lo voy a tomar en serio. Pensándolo bien, podría proponerse como elemento obligado en el ajuar de todas las consortes.
Exhaló un poco más de humo y ya, toda satisfecha de la vida, sugirió:
-¿Y no pudiera ser que coincidieran la conveniencia y la inclinación?
-Eso sería lo peor de todo.
-¿Es posible?
-No se sabría en cada momento cuál es la parte de la conveniencia y cual la del gusto. Aunque alguien a quien quieres te convenga, hay que elegir si manda una cosa u otra. Eso al menos es lo que me han enseñado a mí personas de edad y sabiduría que se dedican a estas cosas. Y lo que pasa con los sentimentales y beatos es que lo confunden todo. Ellos, y no los sacrificios humanos, son la plaga de la Humanidad.
-Me estás asustando. Por primera vez desde que nos metimos en Tenochtitlán estoy empezando a sentir miedo ¿sabes? -esto lo decía ella con gran placidez y sin muestra ninguna de estar asustada ni de sentir el más mínimo miedo, arrobada, como estaba, en el vaporoso placer de fumar-. De todas formas, Cuahuipil, se ponga uno como se ponga y sean políticas, sentimentales o de conveniencia, hay cosas en las que no se manda.
-Si es por eso, ni te molestes, Malinali. No hay ni una sola cosa en la que se mande. Yo por, lo menos, no la conozco. Lo mejor es dejar que le caiga a uno encima lo que le tenga que caer y tirar para alante sin calentarse la cabeza.
-Tú lo has dicho. Y si encima te puedes fumar tu canutito tan a gusto y en buena compañía ¿qué más se puede pedir, eh? –dijo contemplando alternativamente el canutillo y la compañía y echando humo con abandono.
Y así, entrecerrando los ojos, reclinó la espalda contra la pared, enredada en aromáticas volutas y humaredas, ella, cuyo nombre quería decir “enredadera”, mientras Cuahuipil, el Arbolito, también reclinado y con los ojos igualmente entrecerrados, se daba aire con aquel leve abanico de suaves plumas, tal y como si ninguno de los dos temiera que fuera precisamente entonces cuando les viniera a caer algo encima.

La Zarzamora
20/04/2012, 00:05
¿Por qué se marchitaba Xiloxóchitl tan a ojos vista? ¿Por qué Teyohualminqui en esa circunstancia actuaba como una madre agobiante, de esas que hablan mal de todas las mujeres habidas y por haber para que el hijo no tenga más mujer que ella? Con la diferencia de que Teyohualminqui ni lo agobiaba ni hablaba mal de nadie ni le quitaba de nada, pero tenía esa consabida expresión y esa actitud de consentirle todo, de aplaudirle todo, de adelantarse a sus gustos aunque, de hecho, no pudiera decirse tampoco que consintiera nada ni aplaudiera nada ni se viera que se adelantara a nada. No, ya sabía que lo que decía no tenía sentido, pero era así, tenía esa cara y esa actitud.
Esto es lo que ponderaba Cuahuipil y se decía que, al menos ellos dos, tío y sobrino, y también Marcos Bey, parecían haber terminado de hacer negocios, aunque de trapicheos, con libros fantásticos para arriba y para abajo, era formidable lo que se podían traer, si bien algo menos que antes porque, para su indescriptible sorpresa y no lo entendía y seguiría sin entenderlo y no sabía cómo se las arreglaban, el barragán y la barragana parecían haber encajado como si estuvieran destinados el uno a la otra y la otra al uno. No que no discutieran, porque no hacían otra cosa, pero eran las disputas propias de gente de su carácter y que se tiene confianza. De cacharros más valía no hablar y ya no lo soportaba más. Cada dos por tres estaba el servicio de palacio barriendo los añicos. Y, bueno, que, por entenderse tan bien Cuetlachtli y Marcos, éste pasaba más tiempo ahora con la barragana y menos con Xiloxóchitl, salvo que a éste a su vez le diera por rondar los corrillos donde los dos abarraganados no hacían más que jugarse todo. Y no sabía o no recordaba lo que Marcos había mandado a Tlaxcala a cuenta de la apuesta aquella pero seguro que ya lo había perdido en su mayor parte y seguro también que la mayor parte de esa parte debía de haberla ganado su barragana, que ya el día de la audiencia por el caso de Papantzin había querido cobrarle al barragán el trabajo de copiar los naipes y el otro que no, que aquello se lo había hecho de favor y que los favores no se cobran y la otra que sí, que se dejase de monsergas, qué cobrar ni cobrar, él le había robado y durante un día lo robado fue lucro cesante y la baraja era lo mínimo que compensase por el tiempo que duró el hurto y que si sabía tanto latín no podía ser tan tonto. La manera en que resolvieron el pleito fue la única en la que se podían poner de acuerdo: se jugaron la baraja. Y la ganó la mexica.
La mexica y el Xiloxóchitl se detestaban con el mayor de los desprecios, en cambio la mexica y el Teyohualminqui hacían que se odiaban y disfrutaban aparentándolo, pero no se odiaban. Cuetlachtli desdeñaba a Xiloxóchitl como si fuera un perro y Xiloxóchitl ni veía ni oía ni tocaba a Cuetlachtli, Cuetlachtli era viento, era aire, no era nada, no existía, la ignoraba con una perfección tal que sólo una persona con los arrestos de Cuetlachtli hubiera podido seguir creyendo en su propia existencia después de una ignorancia tan cabal. Y en cuanto a que Cuetlachtli tratara a Xiloxóchitl como a un perro, cuando se daba la circunstancia de que lo pudiera tratar, que no solía darse, pues verdaderamente no había tanta sinrazón, porque de eso tenía un cierto aire su cuñado, de perro triste y apaleado, aunque, cuidado, con un fulgor allá en el fondo de los ojos que parecía decir que no todo iban a ser siempre palos.
¿Era feliz Cuetlachtli? Pues en la medida en que se puede considerar felices a las vacas bravas, que sin duda lo son muchísimo, pues seguro que lo era y eso era lo que era ella, aunque pareciera mujer y mexica. De hecho, tan era así lo que decía que, en seguida, dejó de llamársela Juana o Cuetlachtli y se empezó a hablar de ella como de la señora vaca, pero con lo de “señora” en náhuatl, o sea, vaca tecuhtli, y ya, como nombre propio, Vacatecuhtli. El que sí era feliz, y no como vaca ni como perro, sino como un simple bribón, era Marcos.
Cuetlachtli ya no vino más a buscarlo a él de noche para que le interpretara sueños, es decir, no lo sabía, es decir, sí lo sabía. Aclaremos: Lo que ocurrió fue que al día siguiente de la primera noche, él se acordó de la nochecita que le había dado la Vacatecuhtli y decidió que no le iba a dar otra y, así, a la hora de acostarse, tomó su arbolito y sus cartas, sus armas, su "Ave María purísima, sin pecado concebida" que tenía a la cabecera de la cama para mantener las apariencias -que le parecía menos blasfemo que un crucifijo- y sus otras cosas más necesarias, le pidió al mayordomo otro juego de mantas, dejó en su recámara el petate colocado con un bulto metido dentro de él y una mata parda asomando por arriba y se marchó a dormir a los aposentos de un compañero de los que él sabía que eran calladitos. ¡Ah! y también quitó todos los cacharros de en medio.
Pues eso: a la mañana siguiente temprano, cuando se levantó y vino a su recámara, se encontró el petate deshecho de mala manera, la mata parda por ahí tirada y todo pateado con furia y él se sonrió de satisfacción: ¡Ay, Vacatecuhtli, Vacatecuhtli, compuesta y sin sueños!
Y hasta ahí habían llegado.
Ahora, estaba ya listo para salir con Cortés hacia Zempoala y enfrentarse a Narváez. El día anterior el capitán Malinche se había despedido de Moctezuma y le había hecho todas las recomendaciones y ruegos del caso, puesto que se iba con la mayoría de sus hombres y dejaba para custodiarlo y de guarnición en Tenochtitlán a muy pocos: ochenta. Aquellos precisamente en quien menos confiaba y que, teniéndolos aquí, no podrían traicionarlo y pasarse a Narváez. Quedaban también, naturalmente, muchos tlaxcaltecas, otros iban con él. Encargado de custodiar a Moctezuma y al mando de todo quedaba Pedro de Alvarado, Tonatiu. Malinche, en efecto, dejaba muy pocos hombres suyos en Tenochtitlán pero es que, si no dejaba pocos, se iba con pocos y, si se iba con pocos, podrían sucumbir ante Narváez y, entonces, los que hubiera dejado en Tenochtitlan, por muchos que fueran, estarían sentenciados.
Cuahuipil se acababa de separar de Xiloxóchitl, que había venido a despedirse la noche antes y le había tenido compañía hasta ahora. También Teyohualminqui vino a despedirse. Lo bendijo, lo abrazó, le hizo llorar de sentimiento y, en resumen, que volverían a verse y que la protección divina estaría con él y que lo quería mucho. Vino también Marcos Bey y también Marcos Bey lloró y le hizo llorar y en esos instantes no pensó que era un bribón ni turco ni nada y sentía que lo quería de veras. Díjole Marcos:
-Péguele de cuchilladas vuestra merced a ese bellaco de Narváez de vuestra parte y de la mía y vuelva pronto a Tenochtitlán porque lo vamos a echar mucho de menos ¡voto a tal! -y lo abrazó muy fuerte.
Fue una despedida triste y así fue también cómo cuando, al amanecer, salió por fin con los demás para Zempoala, lo hizo con el corazón encogido y mucha angustia. Pensaba en aquel sueño muerto que vagaba en la laguna, pensaba en todos los fantasmas, en todas las penas que, como una sombra, son la compañía del ser humano, de cada uno de ellos y de todos juntos. Y pensaba también, porque no se le había olvidado en ningún momento, que había allí, en Tenochtitlán, a pesar de toda su grandeza triste, un lugar verdaderamente pequeño, sí, un corazón, que él oyó palpitar en el pecho de Cuauhnochtli y que el 12 conejo, 30 de junio, al anochecer, se iba a confesar. A lo mejor, ya antes de eso, Azrail, el ángel que recibe a los muertos, lo habría recibido a él y así sería, si ésa era la voluntad de Dios.

La Zarzamora
20/04/2012, 00:06
Otra despedida hubo. Esta entre capitanes. Y justo lo que había anticipado, se decía Tonatiu Pedro de Alvarado: que le iba a tocar bailar con la más fea. Y aquí estaba ya ella, toda ataviada con sus mejores galas. Y que Cortés le cediera en este caso la más fea debía de ser desquite por haberle cedido en Tlaxcala a la más hermosa. Claro que lo que él encontraba también muy atrayente era que, además de ser hermosa, estuviese viva y, con la fea en puertas, no se sabía quién iba a terminar estando cómo pero pintaba negrísimo.
-Está bien. Todo está claro -había contestado él a Malinche la noche antes-. Quedo enterado. No descuidaré la custodia de Moctezuma y todos los hombres estarán siempre alerta. Todos los hombres que me vais a dejar que son… ¿trescientos, dijo vuestra merced?
-Déjese también la vuestra de chanzas. Bien veis que no puedo llevarme menos de los que me llevo y que, si allá perdemos con Narváez, aquí no nos salva nada. Ochenta. Si custodiáis bien a Moctezuma, no hay ningún peligro.
-Y si los de Tenochtitlán se sublevan ¿qué hago?
-No se van a sublevar. Moctezuma no dejará que lo hagan. Ya he hablado con él. Si no los mantiene quietos, es su vida la que peligra.
-Vuestra merced se confía en eso, pero yo no estoy tan seguro de que Moctezuma pueda impedir una rebelión, caso de que quiera impedirla, de lo que tampoco estoy seguro, sobre todo, si nos ven que quedamos tan pocos y sin caballos. Y además, los tlaxcaltecas y los totonacas, que debieran conocerlos y, lo que es más importante, que están en el mismo peligro que nosotros, no las tienen todas consigo y dicen que las fiestas del mes de Toxcatl están encima y que, si en esa fiesta los mexica no sacrifican cautivos, revientan y, si necesitan cautivos, de alguna parte los tienen que sacar.
-Llevamos aquí ya muchos meses. Si no se han sublevado ya ¿por qué habrían de sublevarse ahora y precisamente cuando quieren celebrar unas fiestas en las que no les está permitido guerrear?
-Primero porque eso es lo que haría cualquiera y desde luego nosotros. Y, después, precisamente por eso, porque son demasiados meses y porque, después de decirnos Moctezuma que nos vayamos, todavía no nos hemos ido, porque hemos ofendido a sus dioses, porque hemos hecho preso a su huey tlatoani y, porque, por todo eso, sus dioses y los papas que dicen que hablan con ellos, siguen queriendo que nos vayamos y si, encima, creen que va a ganar Narvaez, el hambre... ¿Dónde tiene los ojos vuestra merced? ¿Es que no ve que lo llevan escrito en la cara?
-Tal vez vuestra merced se deja impresionar demasiado por rumores y aprensiones. Yo tengo la palabra del Moctezuma y la va a cumplir porque es lo mejor para todos y es hombre de buen consejo.
Pues que le hiciera buen provecho la palabra de Moctezuma, porque, a pesar de eso, él, Tonatiu Pedro de Alvarado, seguía creyendo que lo mejor que se podía tener en la cabeza eran sesos, sesos corrientes y molientes de los de toda la vida y no melaza que es lo que parece que se le metía en ella a Malinche de tanto platicar con el Moctezuma. Hoy, mañana, con el Toxcatl, antes del Toxcatl o después del Toxcatl, aquella pústula envenenada terminaría reventando, como no podía dejar de ser. No verlo era querer mirar con el capricho y no con los ojos. Muy bien. Muy bien. Sí, muy bien. Allí se quedaba él, con la más fea, y trataría de bailar lo mejor que supiera, que no era mucho, pero que nadie le viniera luego a pedir cuentas de los traspiés que diese. Y hablaba de fiarse. Fiarse no se fía uno de nadie, nunca y por ningún motivo y más cuando aquella mirada, que antes había estado vacía, ahora llevaba ganas cuando iba a los brazos, ganas cuando iba a los muslos y odio cuando iba a la cara. Y ¿cómo te puedes fiar de alguien a quien le haces trampas en el juego y, en lugar de saltarte al cuello, se sonríe con elegancia? Que eso es lo que hacía Moctezuma. Si siquiera se hubiese quedado el paje de Puertocarrero, el Cuahuipil, que tenía un ángel de la guarda tan bueno, podrían haber dicho que uno al menos saldría vivo. Pero el Malinche se lo llevaba. ¡La más fea de verdad! Ahora, que a él no lo pillaban éstos para sacrificar. De ninguna manera se lo iban a comer estos deslavados, desvaídos, desmayados y descoloridos, que parecían ellos y no los tlaxcaltecas los que llevaban sesenta años sin sal. Puestos en lo peor, mejor arremeter precisamente contra los bravos tlaxcaltecas o los totonacas que tuviera alrededor para que fuesen ellos quienes se lo comieran y por lo menos que lo disfrutase alguien, porque éstos no sabían. No los tragaba. No lo podía remediar. Y cuanto más tiempo transcurría menos los digería. Oírles hablar era como imaginarse que recibía un beso de enamorado del capitán Malinche lleno de babas. Hasta las palabras que habían quedado en el aire se las quería limpiar luego. Pero ¡que Santa María lo ayudase! ¡Que Santa María, Santiago y San Pedro lo ayudasen! porque, desde luego, de lo que sí estaba seguro era de que su Luisa, que a lo mejor no fue lo bastante buena para Cortés, a él, personalmente, le satisfacía más viva que muerta y que, si amenazaba la fea, él no iba a esperar a que diera el primer golpe.

La Zarzamora
26/04/2012, 23:50
Capítulo XVII: ¿Qué habría hecho él para merecer dos veces esto?

Una vez más le quedó claro a Ilhuicauxual quién y qué era su madre, su abuela, su padre, su abuelo... en general su ascendencia por ambas ramas. También le declaró sin ambigüedad aquella hija suya qué elementos viriles y digestivos no tenía y cuáles sí y su tamaño y calidad, además de la clase de historial que, en lo que atañía a la reproducción de la especie, cabía esperar de su hijo Ahuitzotl y... Sencillamente no quiso oír más. Aunque estaba ya avanzadísima la noche y aunque estaba muy feo y eso no se hacía y se reprocharía siempre el haberlo hecho, pidió el acale y se acercó a casa de Aculnahuácatl dispuesto a todo, es decir, a regalársela.
Dejó el acale en el canal y dijo al acalpan que esperara hasta que volviera y, en compañía de un paje, se llegó hasta la puerta de la mansión. Pero una vez allí se detuvo. Había salido como disparado, porque el cuerpo no le aguantaba un instante más sin estrangularla, y aquí estaba, como si el disparo que lo sacó de su casa hubiera apuntado a la de Aculnahuácatl. Pero ¿había pensado algo? ¿qué le diría? ¿Acaso podía soltarle sin más: mira, Aculnahuacatzin, renuncio a mi hija por que soy un incapaz y, aunque tú no eres su padre, te la regalo? No, no podía. ¿Y qué le había hecho creerse que podría hacerlo y lanzarse de esa manera, como si fuese fácil deshacerse de Cuetlachtli? Pues diría que estaba preñada y tenía un antojo. ¿Tan pronto? diría el otro. Pues ¿qué quieres que te diga Aculnahuácatzin? ya sabes que no ha salido a su madre. Pero no. Naturalmente que no. No podía decir semejante necedad. Era tal la desesperación que le causaba esta mujer que terminaba divagando y pensando sólo disparates. Pero entonces, ¿que hacía ahí? Mejor se volví...
-No chiquitina, palomita mía, no me retrasaré. Pero tengo que verla. Sé que está de vuel... ¡Ilhuicauxauatzin!... ¡Qué sorpresa!... ¿Pasabas por aquí así de casualidad o tenías tal vez algún otro asunto que tratar conmigo? -esto lo decía Aculnahuácatl, que salía en ese momento de su casa y se despedía de su palomita de guardia precisamente cuando el otro pensaba irse.
-Pues... Sí. En fin... Se trata de tu ahijada.
-¡Ah! Ahora iba para allá a verla. Ya sé que es tarde pero la impaciencia... ¿No te importará?
-¡Por Tezcatlipoca, Aculnahuácatzin! sabes que eres siempre bien recibido.
-¿Pero que era lo que me querías decir de ella?
Ilhuicauxaual se quedó mudo.
-Te escucho.
-Está preñada.
¡Adiós! Decir esto y maldecirse y querer arrancarse los cabellos y las hebrillas del bigote y hasta la lengua fue todo uno. ¡Pero... si no lo quería decir! ¿Por qué lo había dicho? ¿Qué locura le había dado para caer en ese chapoteadero de insensatez? ¡Un capitán mexica!
-¿De quién?
-¿Como que de quién?... ¡A ver si vamos a empezar!
-¿De la imagen del Huitzilopochtli?
-Se entiende. Pensar otra cosa sería afrentoso. A mí al menos no me ha contado que nadie allí dentro la forzara. Claro que a mí de todas formas no me cuenta todo. Pero lo que sucede es que tiene un antojo y se quiere venir aquí contigo...
-¡Qué feli...
-... pero tú no le mientes lo de la preñez porque la contraría. Yo creo que por el carácter tan voluntarioso que tiene, tal vez, si tenía idea de que esto no le ocurriese precisamente esta semana, la ha disgustado y no lo admite, ni lo va a admitir hasta que la criatura tenga por lo menos veinticinco años...
Pero ¿cómo podía estar diciendo disparates de esa manera? ¿Qué delirio le había dado? Y no podía parar. Las palabras le salían como huestes de milicias que se empujaran unas a otras por cerrar filas. ¡Qué espanto!
-¡Eso es muy comprensible! ¡A nadie nos gusta que nos den sorpresas! !Mira la nuestra de hace once meses si nos gusta! Y que parece otra preñez, pero de lo más complicadito y dolorosito. Yo espero que por lo menos no más tarde de los quince meses logremos que no quede aquí ni uno solo de ellos sin sacrificar y sin comulgar, aunque agotemos a todas las parteras en el esfuerzo y salga una criatura de la que de todo corazón esperamos que las fieras aprovechen lo que no repartamos en santa comunión. ¿Tú sabías que ellos tienen meses de treinta días y que en consecuencia, sus preñeces son de nueve meses en lugar de quince?
-Será lo mismo pero, así dicho, parece truculento, como que les tienen que salir las criaturas crudas. ¡Huy! ¿verdad?
-Espeluznante, ya lo creo. Pues en cuanto a lo otro, pensaba ir a pie a tu casa, pero, si me la voy a traer, lo mejor es que prevenga el acale y que dé órdenes para que se la reciba en condiciones. Ya verás como no vas a tener ninguna queja. ¡Qué conmovedor ¿verdad? tener ese antojo conmigo!
-Sí. A mí también me ha conmovido.
Sin dar más pábulo a las conmociones, se separaron los dos capitanes mexicas, que además se habían visto bastante en las últimas horas y no para celebrar nada, sino para algo menos festivo. Que terminarían comiéndose a los teules o cristianos, y además de mala manera, estaba cantado. Ya tuvieron ésos sus posibilidades y su tiempo para salir de la ciudad. No lo habían hecho, pues mejor para ellos, los mexica, que más tendrían donde santificarse comulgándolos.
Claro que con lo que no habían contado era con que el Tonatiu se adelantase tan afrentosamente y les aguara, mejor dicho, ensangrentara la fiesta. No, con eso no habían contado de ninguna manera y les había hecho mucho daño, porque fuera de algunos veteranos como él y Aculnahuácatl, todos los capitanes más estimados estaban en el templo mayor, en una de las celebraciones del Toxcatl, en la que la flor y nata de los mandos militares hacía su baile ritual y pocos de los participantes habían escapado de allí vivos. Fue un ataque traicionero y sin nombre. Si hubieran atacado antes a los cristianos, ahora no tendrían que lamentar esto pero, primero, por el Moctezuma y, después, por atenerse a la liturgia y también por esperar a que ese Narváez ganara a Malinche lo habían dejado y había salido mal. Fuera como fuera, con capitanes muertos o vivos, eran un puñado de cristianos y aliados metidos en una trampa de la que era imposible salir. Ciertamente les darían guerra todos los días, les impedirían la llegada de agua y de alimentos y al primer intento de dar un paso fuera del alcázar, caerían ya en el primer canal, lo bastante hondo, como todos los demás, para que no hicieran pie ni tres hombres subidos uno encima de otro. Y, si no, pues para eso estaban las milicias, para acribillarlos a flechazos, macanazos, pedradas, dardadas y lanzadas. Eso de ser necesario, porque lo suyo es que no lo fuera y sencillamente capturasen a todos vivos para sacrificarlos. Y los cristianos no podrían hacer nada, ni siquiera moverse para cambiar de postura, porque serían, sobre cada uno de ellos, mil mexica los que caerían y, si con mil no bastaba, caerían ocho mil y, después de eso, todavía quedarían muchos miles para seguir dando guerra. No. No saldrían vivos y al fin podrían honrar a la divinidad, que tan mal servida había estado desde que llegaron los intrusos.

La Zarzamora
26/04/2012, 23:51
Él y los mandos militares que no habían muerto en el baile del toxcatl habían estado, pues, muy ocupados reorganizando mandos y milicia y, cuando después de jornada y media sin respiro llegó a casa ese día, se había sentido agotado. No sabía cómo lo hacía Aculnahuácatl, después de todo ese trote, para todavía tener palabritas o lo que fuese con sus "palomitas" de turno. Para resumir, que la fiesta para él se coronó cuando llegó a casa y se encontró con que estaba allí Cuetlachtli. Aunque, para ser justo, sí tenía que reconocer que algo de bueno tuvo lo ocurrido o, por mejor decir, hubo algo malo que no tuvo lo ocurrido y es que su hijo Ahuitzotl no había estado en el baile del templo mayor...
Ahora veía que esa falta había sido providencial y, desde luego, el muchacho podría demostrar su valía, que sí que la tenía, en lo venidero y era cuestión de que se curtiera más, no tanto en la guerra como en las miserias de la vida. Por ejemplo, en saber reconocer las excepciones. Cuetlachtli había salido de Axayácatl para hacer adoración con motivo del Toxcátl. Él, que era el padre, no lo había sabido porque nadie se lo había dicho y, hablando en plata, tampoco lo habría querido saber de haber podido, pero Ahuitzotl, siempre tan celoso de los deberes de cualquier tipo, cuando ocurrió la desgracia del templo mayor, temiendo por Cuetlachtli, la había ido a recoger de donde estaba para que no corriera riesgos si intentaba volver a Axayácatl. Y se la trajo a casa y, al parecer, el día que él estuvo ausente para organizar las milicias, Cuetlachtli estuvo pacífica porque tuvo fiebre y deliraba. Pero se repuso rápido y, ya cuando llegó él por la noche, recibió la primera bienvenida filial:
-Pero ¿acaso pedí yo que nadie me rescatara de los teules, cacho pasmado? ¿Acaso lo pedí, milicia de mamones? ¿Es que no tienes otras cosas en las que mandar? ¡Por qué no te la meterías en la boca el día ese al que le achacas ser mi padre! ¡Qué poquito es llamaros inútiles! ¡¡Y como vosotros sois unos inútiles, yo, en vez de hacer allí lo que tengo que hacer, me tengo que estar aquí rascándome mi lugarcito...!!
Y al decir esto le hacía el gesto y aquello era algo que lo ponía fuera de sí y que no podía soportar. La quería matar. No tenía pudor. ¡A su propio padre! Y luego siguió chillando y señalándole con procacidad tras procacidad todos los errores de la triple alianza... Huyó de ella, buscó a Ahuitzotl y salió con él a dar una vuelta por el canal para enterarse de todo y de cómo era que estaba en casa aquel castigo. Los años pasados con ella habían sido una pesadilla peor si cabía que la del templo mayor. Un capítulo larguísimo de su vida que había dado por concluido y que no había descubierto hasta qué punto se la había amargado y le había destruido el carácter hasta estos días en que estuvo en su casa y tuvo paz, contento, comunicación con su hijo del alma...
-Pero, hijo, ¿cómo se te ocurrió traértela?
-¿Y qué íbamos a hacer con ella? El que es imagen del Huitzilopochtli es sin duda algún encantamiento que han hecho en nuestra contra porque en nada nos ha favorecido y seguro que estaba en el templo mayor cuando acuchillaron a los nuestros. No podíamos consentir que Cuetlachtli se quedase con ellos para su disfrute.
-Sí podíamos.
-Padre, ¿cómo puedes decir eso?
-De todas las mujeres que hay en el imperio eso sólo lo puedo decir de una. Mala suerte que sea precisamente hermana tuya. Tenías que haberla dejado. Es algo que no se debería hacer nunca, pero alguna vez en alguna parte siempre hay una excepción a todo. Bueno es saber cuándo hay que hacerla.
-Yo creía que hacía bien.
-Claro, hijo. Si creías que hacías bien, bien está lo hecho, pero ten en cuenta también lo que te he dicho. Por hacer las cosas bien a veces hay que pagar un precio tan caro, que es mejor hacer alguna mal, para poder hacer bien otras. Tenlo presente.
-¿Y qué podemos hacer ahora? Mandarla a Axáyacatl ya no es posible, porque nosotros mismos lo tenemos sitiado.
-Con un poco de suerte, viene a visitarla el padrino y la amansa ... un ratito.
-Lo siento, padre.
-No, hijo. Has hecho lo que has creído justo. Olvídalo, si podemos, y, para otra vez, ya lo sabes.
Desde luego habrían hecho mucho más daño a los sitiados dejándoles allí dentro a Cuetlachtli. En fin. Tampoco podían quedarse toda la noche ahí fuera. Tendrían que volver a su casa, en la que ya el ruido de cacharros hechos añicos volvería a ser el alegre son que acompañara su felicidad doméstica. Al menos a su hijo Ahuitzotl no se lo habían matado y, si lo salvaba de las garras de su hermana, aún podría darle alguna alegría.
Después de eso es cuando se fue a ver a Aculnahuácatl y le dijo las mayores majaderías de su vida. Pero, a estas alturas ¿que valor podía tener lo que se debe y lo que no se debe, lo que está bien y lo que deja de estarlo cuando todo se derrumba más de prisa de lo que uno es capaz de encajar? Que Aculnahuácatl pensase de él lo que quisiera, que a Cuetlachtli le pasara lo que le diese la gana, que lo calificasen de padre negado y de hombre cobarde, que lo borrasen de donde hubiera que borrarlo, le daba igual. Sí, tonterías eran las que había dicho a Aculnahuácatl, pero se sentía libre, se sentía libre, ruin, pero libre y estaba resuelto a que Cuetlachtli dejara ya de concernirlo. Ya había salido, ya estaba colocada, ya le había hecho el traslado a Aculnahuácatl. Con ello se desentendía él para siempre de algo de lo que no podía sentirse responsable sencillamente porque estaba más allá de su poder o capacidad.
¿Y cómo se sentía Aculnahuácatl? Pues muy bien, a pesar de los hijos que le habían matado en el templo mayor. Pero eso eran gajes del oficio. Guerrero en la guerra, guerrero en el baile. Huitzilopochtli los tenía en su paraíso. ¿Cabía nada más honroso y feliz? Y aquí abajo, pues él no había gastado ni medio pensamiento en decidir si Ilhuicauxaual era buen o mal padre, calzonazos o despóta doméstico ni lo iba a hacer jamás, porque no le interesaba maldita la cosa, porque lo que le interesaba, aparte de sus obligaciones militares, era lo que estaba haciendo en estos precisos momentos:
-Pasa, ahijadita mía, y cuéntale ahora con tranquilidad a tu padrinito lo que te acongoja, porque tú verás que remedio hay para todo y, aunque no lo hubiera para nada, con tu ingenio y mi disposición a hacer tu voluntad lo hallaríamos. ¡Hale mi palomita! Seca esas lagrimitas celestiales aquí en mi ropita y vamos a destrozar eso que te hace llorar.
Parecerá mentira, pero era verdad que Cuetlachtli, la Vacatecuhtli de Axayácatl, estaba llorando. Un llanto histérico de impotencia, de rabia, de indignación, del que no le resultó fácil calmarse. En casa de su padre la rabia le hizo sostener el tipo hasta que la echaron, que sabía perfectamente que la había echado su padre, con mucho disimulo, como hacía él todo, pero la había echado, porque es más fácil taparse los oídos que oír la verdad, que es la que ella intentaba hacer ver.
-Padrino, no podemos con ellos.
-¿Con quiénes?
-Con los teules.
-¿Tú crees, ahijadita? ¿Qué es lo que te hace verlo así?
-Padrino: yo tenía que haber estado con esta gente desde que llegaron, así ahora sabría más cosas, sabría su lengua y podría haber servido mejor a nuestra causa -así decía Cuetlachtli, todavía temblorosa e indignada.
-Explícate, hijita, y tranquilita, que yo no tengo ninguna prisa y te voy a escuchar todo, todo lo que tú tengas que decir porque no tengo ninguna otra cosa que hacer en esta vida.
-Padrino, Moctezuma tiene razón. No podemos con ellos.
-Tú antes no opinabas así, hijita. Dime qué has visto o has sabido que te haya hecho cambiar de parecer.
-El coger a los que están en Axayácatl aquí dentro y que no salga ninguno vivo es tan útil y glorioso como apoderarse de un rabo de lagartija.
-¿Crees que su rey nos mandará a más gente?
-Es que no hay un rey sólo, padrino. ¿Tú sabes lo que es un turco?
-¿Algo de comer?
-Es una manera de gente como los cristianos, pero no son cristianos. Hacen mucho daño a los cristianos y tienen grandes guerras y navíos enormes que van por el mar y echan gente en todas las costas. Y estos turcos son sólo una de las maneras de gente que hay por allí. Y hay otros que también son cristianos, pero que no van a una con los demás, sino por su cuenta y son temibles. Y todos ellos, éstos y los otros van y vienen continuamente en esos grandes acales en viajes que duran días y días. Padrino ¿a ti te hubiera gustado ser un gran capitán y militar tan distinguido por la gran hazaña de apoderarte de un rabo de lagartija?

La Zarzamora
26/04/2012, 23:52
-Ciertamente que no, hijita.
-Pues eso es lo que va a dar de sí esta gran hazaña de acabar con los que están aquí e incluso con esos otros que han ido contra los suyos en Zempoala. E insisto, padre, padrino, hay muchas lagartijas. No te puedes imaginar la cantidad de lagartijas que hay en otras partes del mundo... ¿No se podría parar esto?
-¿El asedio a los cristianos? Yo no podría pararlo, hijita. Y, aunque fuera rabo de lagartija ¿qué podemos hacer más que quedarnos con él a falta de otra cosa y qué daño puede hacernos? ¿Temes, como digo, que su rey mande más gente a vengarse?
-Eso muy bien pudiera ser, aunque en el presente caso se podría decir que quisimos ayudar al Narváez por creerlo más fiel a él, pero entonces tendremos aquí al Narváez y vamos a estar en las mismas. Sería mejor hacer lo que hace el Moctezuma. Hay que sacrificar lo poco para ganar lo mucho y sobre todo ganar tiempo y aprender todas sus cosas y su mundo para luego darles en la cresta y sacarles con creces lo que nos hayan sacado a nosotros y más si se puede, pero para eso hay que actuar con paciencia y sin exaltarse y buscar alianzas tan interesadas como nosotros en su contra, como los turcos.
Esto que decía Cuetlachtli era realmente lo que había estado pensando los días que pasó en Axayácatl, unos días en que la deslumbró cuanto veía y cuanto apenas, por la dificultad de la lengua y distancia de mundos, entreveía, aunque eso poco que había entrevisto y todo lo que alimentaba su imaginación, según lo que le oía decir a Marcos Bey y decir de él, era como un inmenso fuelle que animase la hoguera de su sed de conocer.
-Y ¿no es posible, hijita, que te hayan dado a entender todo eso para que luego tú vengas y nos lo cuentes y menguarnos el ánimo?
-No, padre, ...padrino, no son cosas que me hayan dicho a mí ni de las que nadie haya estado pendiente que yo me entere. Y está también lo que he visto yo misma. Están enseñando sus artes militares a los tlaxcaltecas y muchos de éstos manejan ya las armas de los cristianos y usan tácticas como las de ellos.
Sí, eran muchas las cosas que había pensado Cuetlachtli en Axayácatl. Había soñado con que hubiera tiempo para que ella y otras u otros como ella aprendieran todo lo posible de los teules, supiesen sus debilidades, aparte del juego, que las tenían, y no era la menos sorprendente el miedo a morir sacrificados y a que los comiesen, y, entretanto, dar largas, disimular e irles ganando terreno en su propia casa, sin ruido y sin levantar suspicacias. Todo eso, sin embargo, ahora, en el silencio de la noche, rodeada de estas paredes que la escuchaban escépticas, como si ella misma les fuese extraña, y su padrino, ahí, a sus pies, todo atención, todo sacrificio, como la llamita de una vela encendida ante ella como único recurso contra la oscuridad... era tan poca cosa, era tan irreal, tan fantasmagórico... La distancia entre esto y el dominio de lo otro parecía tan formidable... ¿Quién salvaría lo que la rodeaba? ¿Quién salvaría a su padrino? ¿Quién salvaría este mundo? ¿Quería acaso salvarlo ella? Sí. Y no. Ella había estado harta, harta de todo: de su vida, de los planes que habían hecho para su vida, de los que hubiera podido hacer ella, de su padre, de su hermano, de sus profesiones militares, de las mismas campañas de siempre con las mismas ambiciones de siempre, con los mismos resultados de siempre, con las mismas ceremonias, los mismos discursos, las mismas doctrinas de siempre. Sí y no. Y tampoco había estado a disgusto en Axayácatl. Si iba a ser sincera, hasta había terminado mirando a los tlaxcaltecas sin detestarlos y, en alguna ocasión, para consternación suya, sin desdén. Y luego estaba también aquella voz, que ahora parecía llegarle como si fuera un cristal, del que llamaban Cuahuipil, cuando en el silencio de la noche pronunciaba el nombre de Huitzilopochtli, y nunca había escuchado nada tan amoroso. Pero no quería, no, no quería que Tenochtitlán se hundiese en el anonimato de aquella lejana sopa de lagartijas como un simple rabito. Mas, para que eso no sucediese, tenían que pasar por ese puente, ese puente que se les había tendido y caído del cielo. Y por eso el día que la secuestró su puto hermano Ahuitzotl, cuando la fiesta del Toxcatl, había ido a rezar, con una devoción con la que jamás había rezado hasta entonces, para que Tezcatlipoca guiase los destinos de ella y de su patria por el mejor camino.
-¿Por qué se habla de quitar a Moctezuma de huey tlatoani?
-Porque lo tienen preso, hijita, y no podemos tener un huey tlatoani que está preso del enemigo.
-Y sin embargo él, preso y todo, es mejor que otro.
-Seguro que es como dices, hijita. ¿Qué te parece que podemos hacer?
Nuevamente las paredes en penumbra respondían con su silencio, con su abismal ignorancia, como dando la espalda a las inquietudes de Cuetlachtli.
-Hay que parar la guerra.
-Tal vez antes de que nos mataran a tantos en el templo mayor hubiera podido convencerse a alguien, dudo que a muchos, con buenas razones, de no hacerla. Ahora, hijita, te lo digo: sólo seríamos tú y yo, y tal vez Moctezuma.
Aculnahuácatl, hizo una pausa no sabiendo cómo hacer menos penosa su afirmación y, luego, en el tono de quien no pudiendo resolver lo demás, decide ir a lo que sí tiene remedio dijo:
-¿Te han tratado bien allí, hija?
-Sí, claro que me han tratado bien. A ver si crees que yo iba a consentir otra cosa.
-Y el Huitzilopochtli ¿ha sido caballeroso contigo?
-¿Ése? Ése es un redomado tramposo, mentiroso y loco y de parecido con el Huitzilopochtli no tiene nada. Se parecerá, se parecerá lo mismo que yo no me parezco, pero nada de nada de Huitzilopochtli.
-Pero ¿te ha hecho algún daño?
-¿Daño? ¡Qué va! Trampas todas las que quieras, pero yo a él le he hecho más. Él vivió entre turcos y me hubiera gustado saber más cosas pero, como no entiende nuestra lengua ni yo la suya, pues no me he podido enterar de casi nada. Si no llega a ser por ese catanalgas de Ahuitzotl, ahora podría estar yo ahí aprendiendo cosas útiles. Pero no: estoy aquí, bien a salvo y a resguardo y sin que esos horribles teules gocen de mi belleza. Eso sobre todo.
El tono con que dijo esto último fue de iracunda impaciencia y de amarguísimo y desdeñoso sarcasmo, que además no llevaba segunda intención, porque el humor de Cuetlachtli no estaba para segundas intenciones y en ese momento ni siquiera se acordaba, y menos le importaba, que siguiese virgen.
-¿Quieres volver con ellos, hijita?
-¡Claro que quiero! ¡Ya me dirás qué hago aquí!
-Tenemos que mirar eso. Ahora no podrías pasar a través de los nuestros y, probablemente, en la circunstancia y habiendo desaparecido justo cuando empezó la pelea, tal vez los mismos teules no querrían que volvieses pero estaremos al tanto y, si hay una buena oportunidad para que vuelvas, hijita, yo te ayudaré para que lo hagas y, desde luego, tienes mi bendición para eso y para cualquier otra cosa que desees.
-Y ahora ¿qué voy a hacer aquí todo el tiempo?
Aculnahuácatl pensó que podría tejer pero cualquiera se lo decía, no porque él quisiera a todo trance que tejiera, sino porque sí le parecía que tenía que ser un bonito entretenimiento y, en cualquier momento en que no hubiese mucha guerra y cuando no lo viese nadie, él estaba por probar.
Cuetlachtli miró entre sus cosas a ver si por casualidad tenía algo de lo que buscaba. No. No lo tenía. Claro, como pensó que volvería a Axayácatl, ni se le ocurrió traerse una baraja y ahí la tenía, una única carta que le tomó a Marcos sólo para fastidiarle porque había tenido el atrevimiento de concertar una partida de rentoy de a seis sin contar con ella. Pues ¡hala! ahora que se las apañase con un as de menos. Eso para que fuera aprendiendo a no tenerla en cuenta.

La Zarzamora
03/05/2012, 23:45
Según dicen las crónicas, durante esta expedición de las huestes de Malinche o Cortés a Zempoala a don Pánfilo de Narváez le fue mal, a Malinche le fue bien y en Tenochtitlan todo les fue mal a todos. Cortés -alguna vez tenían que salirle mal las cuentas- no calculó todo lo que podía ocurrir y, estando en Zempoala, recibió noticia de Alvarado de que la ciudad se había sublevado, de forma que, allí y en el acto, hubo de deshacer todos los planes que se había hecho y, con su gente y con la gente de Narváez que se le había unido, emprendió a marchas forzadas el regreso a Tenochtitlán.
El alto en Tlaxcala en el camino de vuelta lo aprovechó Cuahuipil para casarse apresuradamente con Ilhuicáatl y si, por una parte, se sintió frustrado de tener que separarse tan de inmediato, por otra, agradeció que el acto religioso fuese también brevísimo y que no tuviera que sufrir por tanto el fingimiento que con los años no le iba siendo menos enojoso, sino más. Al menos la vio y la estrechó, sintió su mirada cálida y chispeante, su olor, sus manos, que no eran muy finas, pero tan reales… toda ella era real, más real que cualquier cosa de este mundo. Y aun cuando envejeciera y aun cuando se la comieran los gusanos, sabría que esos gusanos serían lo más real…
El ánimo que le levantó el encuentro con ella se le fue esfumando cuando, tras las marchas forzadas por llegar, encontró en Tenochtitlán una ciudad ahora hosca y silenciosa, con el sueño de sus aguas agitado. Y ese ánimo se le hundió del todo cuando entró en un alcázar de Axayácatl sitiado, derribado e incendiado en partes, lleno de cascotes, vacío de alimentos y abastecido de agua tan sólo por el milagro de un pozo abierto cuando acució la necesidad y que, habiendo podido resultar de agua salada, resultó de agua dulce. Cuahuipil sintió dolor. Aun antes de entrar en la escombrera con olor a yeso y a quemado en que se había convertido su hogar de varios meses, se sintió entristecido por el silencio, por la distancia que ahora lo separaba de tantas gentes humildes, algunos conocidos por nombre, tantísimos anónimos, a los que había llegado a querer. Hombres y mujeres sencillos, sin mundo y sin ambición, que oraban ante las imágenes, que llevaban a sacrificar culebritas y mariposas, que ofrendaban papeles pintados y copal con el corazón en la mano y el alma en los ojos. Los mismos ojos de su madre, que él recordaba ahora mejor que nunca, cada vez que rezaba, cinco veces al día, cada día, por encima de Santo Oficio, por encima de enfermedad, de hijos desobedientes, de cacharros sin vender o de reyes inicuos, por encima del día y de la noche, por encima del mundo y del vacío, como si aunque todo eso negara o callara, Dios inequívocamente se dirigiera a ella en persona y a través de ella, de sus ojos, dijera: Yo soy y nada es sino Yo. Era aquello la adoración: la certidumbre y el sentimiento, como nave que por encima de cualquier temporal llegará a puerto. Y había tenido que venir a las Indias para saber esto o para darse cuenta de que lo sabía. Tenía que haber venido aquí para que estas gentes le dijesen en otro idioma, pero con las mismas manos y los mismos ojos, quien y qué era su madre. ¿Sería por eso por lo que había venido a las Indias?
De niño aprendió sus oraciones rituales, el azalá, y durante un tiempo las hizo, luego, lejos del hogar, lo fue dejando. Sólo cuando se había reunido con otros cristianos nuevos, había rezado con ellos. Lo único que no había dejado de hacer nunca, ni una sola noche, era recitar la primera azora del honrado Alcorán antes de dormir. Y, si había dejado la práctica, no es porque no creyera. Nunca había dejado de creer y todas sus confesiones y actitudes cristianas sólo no eran falsas en la medida en que coincidían o no estaban en pugna con las suyas. No había dejado de creer, no había dejado de amar al profeta y a la familia del profeta y a todos los profetas y a los ángeles y a los santos y a toda la creación, pero sí había dejado de sentir. No. No es cierto. Era eso precisamente, no había dejado de sentir porque no recordaba haber sentido nunca. Si hubiera sentido alguna vez no lo hubiera podido olvidar ni hubiera podido dejar nada. Y así sucedía: que después de conocer las grandes casas y los palacios de España y las Indias, después de haber vivido día a día la increíble etiqueta y la opulencia de la corte de Moctezuma, de estar en el trato más o menos próximo de personajes magníficos, indios o cristianos, por nada de eso sintió no ya envidia, sino deseo, ni siquiera gusto. En cambio, en las caras de la gente humilde y devota que, con el corazón rebosante, se acercaba a los dioses, en el recuerdo de su madre, de su hermana misma, se quedaba clavado como quien ve lo único que codicia. Esos sí eran ricos, esos sí tenían algo que él no podía alcanzar ni ganándolo ni robándolo. Los juristas, los reyes y los eclesiásticos podrían derramar mil años de tinta. La razón la tenían esas manos y esos ojos. ¿Y por qué yo no?
Como el último flamear de una fogata ya a punto de extinguirse, a la llegada de los de Zempoala, se reavivó un poco el ánimo de los cercados. Desde que se supo en Tenochtitlán que había perdido Narváez, habían cesado los ataques tenochcas contra Axayácatl y ahora había calma. También en las crónicas está escrito cómo y por qué esa calma no iba durar. Malinche, que tanto lo apreció y que tanto se le asemejaba en muchos aspectos, no anduvo en esta ocasión ni hábil ni benigno con Moctezuma y estas dos faltas no tardó la ciudad en acusarlas. Más a pesar de los errores, humano era al fin, la presencia de Cortés infundía confianza. Es sabido que los padres se equivocan, y a veces gravemente, pero ¿quién no se siente seguro cuando está el padre? La sensación que tuvieron los sitiados a la vuelta de Malinche fue precisamente esa, la de que el padre hubiera vuelto.
En cuanto a Xiloxóchitl, estuvo mal cuando se fue Malinche, se alivió muchísimo cuando se alzó la ciudad, hasta podía decirse que estuvo en su salsa, aunque, en la circunstancia resultaba macabro hablar de salsas, y desde ayer estaba bastante mal, peor que cuando se fue Malinche. Y así de mal lo encontró Cuahuipil. Tenía los nervios tensados y a punto de romperse en todas direcciones. Sabía que tenía que hacer algo para recobrar el equilibrio, pero no atinaba. La marcha del capitán Malinche lo desasosegó por lo que tenía de deformidad lógica. Los tlaxcaltecas y totonacas y digamos que no mala parte de los cristianos habían entrado en Tenochtitlán y llevaban todo ese tiempo en la ciudad porque se habían metido allí acompañando a Malinche, no porque fuera idea de ellos. El que ahora Malinche estuviese fuera y ellos dentro era una deformidad lógica. La vuelta de Malinche devolvía la lógica a las formas y aunque ya, a partir de ahora, fuese todo catastrófico, al menos sería lógico, lo cual apaciguaba algo. Además, ahora ya sabía que Cuahuipil e Ilhuicáatl se habían casado y, sucediera lo que sucediera, nadie discutiría a su hermana sus derechos de viuda. Pero y, entonces ¿el desasosiego? Pues lo de siempre: al desaparecer Cuetlachtli de Axayácatl se sintió libre de un tormento insoportable y fue todo lo feliz que podía serlo en sus circunstancias pero en un momento del día anterior Marcos Bey había exclamado en voz que pudo haberla oído hasta la mentada:
-¡Voto a los mil que ahora que estamos aquí todos tan a gusto lo que echo de menos de verdad es a esa bellaca de barragana mía, mi Vacatecuhtli!
-Yo no -se dijo él en un susurro que no oyó nadie.
Le salió este "yo no" helado y sin pensarlo. Ese “mi” que había dicho Marcos Bey antepuesto a “Vacatecuhtli” lo había matado y esas palabras heladas fueron el vaho en el que se plasmó el frío de cadáver que lo invadió. Y la lucha subsiguiente fue la de tantas veces, la del disimulo. Un batallar que ya lo tenía también al cabo de sus fuerzas y nada deseaba tanto como que los tenochcas volvieran a dar guerra para que no lo dejaran pensar en esta otra lucha que le estaba haciendo del alma una piltrafa.
No tenía de qué preocuparse, los tenochcas estaban completamente de su parte y la espera no duró mucho.
Acabó el descanso, el reacomodo de los retornados y el acomodo de los que llegaron con Narváez y aún no conocían Tenochtitlán ni hubieran querido conocerla nunca, en total mil cuatrocientos sesenta hombres y noventa y seis caballos. Y, con el fin del descanso, empezó una tempestad que había de durar ocho días, días en los que no dejó de rugir el viento y azotar la lluvia. Un viento ensordecedor que no estaba hecho de aire, sino de gritos, de alaridos, de imprecaciones, de ¡al arma!, de atabales, bocinas, pífanos y silbidos; del zumbido de flechas, de dardos y de piedras, mas nunca de silencio. Una lluvia hecha de heridos, descalabrados y muertos y de todo lo que los hería, los descalabraba y los mataba.

La Zarzamora
03/05/2012, 23:47
Pero aquí no se describirán gestas ni batallas porque eso y todo lo acaecido desde el regreso de Malinche hasta la huida de Tenochtitlán ocho días más tarde también está relatado en las crónicas. Y si en alguno de los breves respiros entre el pelear de un día y el del siguiente tuvieron los sitiados tiempo para algo, aparte de cerrar boquetes, apagar fuegos, reparar armas y curar heridos, seguramente fue para rezar, para temer, para lamentar y para devanarse los sesos sobre su tribulación.
Más tiempo tuvieron los sitiadores, puesto que se remudaban, y tal vez menos angustia, aunque es posible que también se devanaran los sesos y, desde luego, es seguro que también rezaron y que, con cada día, se confirmaban en la exasperación con la que querían acabar de una vez con aquel cuerpo extraño enquistado en su ciudad. Y también, entre unos y otros, tal vez alguien halló lugar para soñar que no todo era locura y vendaval y que en los latidos de algún corazón estaría la promesa de la piedad divina.
No ese sueño exactamente, más sí uno que tal vez se le asemejaba en algo es el que tuvo Cuahuipil. ¿Sería ese sueño la respuesta al pesar que le causó la muerte de Moctezuma? Porque sí le apesadumbró el suceso y no por lo que pudiera ennegrecer el porvenir de cristianos y aliados sino aparte de eso. Hasta entonces, Moctezuma había sido para él un tirano más, como el propio rey de Castilla, como el anterior, el regente Jiménez de Cisneros, que Dios tuviera en sus santos infiernos, como tantos que Dios, en su infinita sabiduría, permite que aflijan a los seres humanos. Sí, un tirano. Y no pensaba ahora de manera diferente sino que, en aquellos ojos tristísimos con que Moctezuma habló a los suyos por postrera vez estaban como en un estanque anegado todos esos meses, desde la llegada de los cristianos, en que lo que había sido hasta entonces un camino de triunfos y tributo a su indudable inteligencia y capacidad política empezó a mostrarle su reverso, cuando los triunfos y el tributo lo abandonaron a él para irse con otros. Le hubiera sido fácil entonces haber apelado a la demagogia y la grandilocuencia para salvar el propio brillo, aunque a su imperio no le sirviera de nada. En Tenochtitlán, como en cualquier imperio amenzado, hubiera encontrado gran eco esa actitud y, aún después de su muerte, hubiese sido alabado por patriota si hubiese optado vivir su tragedia para el mundo. Pero eligió otra cosa: el ingrato camino de la verdad, lleno de espinas y que rara vez recibe premio en este mundo. Trató, trató, hasta el último instante, tragando hieles y soledad, de salvar lo que se le había encomendado. No se engañó ni a sí mismo ni a Dios y, si los hombres se engañaron con respecto a él, tampoco cabía esperar otra cosa, la debilidad humana adora el engaño. Pobre huey tlatoani que, finalmente, después de ser tirano y despóta, eligió ser verdadero y murió en un empeño que resultó ser imposible. Los errores acumulados a lo largo de la ascensión imperial de Tenochtitlán habían destilado una hiel que le tocó apurar a él. El mismo poder que había llegado a detentar el imperio tenochca se interponía en el cumplimiento de su deseo, por toda la desconfianza que había levantado. Seguramente en esos últimos meses de luchar contra corriente debió de soñar con que los teules no fuesen a ser tantos, que no fuesen a seguir viniendo, que detrás de este Narváez no hubiera otros miles, millones, centenares de millones dispuestos a venir. Pero eso no lo creyó de veras, sólo como un deseo, como un respiro al agobio de una lucha tan desigual, porque el corazón ya se lo decía que no iba a ser así, que lo mismo que llegaron los de las siete cuevas y otros antes que ellos, llegaban éstos, para quedarse. Lo tenían escrito en la cara y, cuando no les veía las caras, en el aire que habían respirado estaba escrito. Para quedarse, como todos los que venimos a este mundo: venimos, nos quedamos y, cuando los dioses quieren, nos vuelven a llevar y, mientras estamos aquí, nos traen y nos llevan como briznas en el viento. Y es que nada es nuestro, todo es don divino y, cuando se cae en el error de creer otra cosa, tarde o tremprano, la mano divina nos saca del engaño. ¡Triste huey tlatoani y siempre tantos tristes demasiado tarde! Siempre se llega demasiado tarde a ser bueno. Y siempre cuando se es muy bueno la muerte llega pronto. ¿No lo dice eso todo el mundo, que Dios se lleva siempre a los mejores? Si ahora Moctezuma se había vuelto sincero, era que ya le había llegado su hora. ¿Qué necesidad hay de vivir cuando ya en el corazón no cabe más bondad, o más abnegación o más heroísmo o ya se ha dejado el lastre de las quimeras de este mundo? La tierra no puede sostener un corazón tan lleno y lo devuelve a su Dueño.
Sin duda eran éstos pensamientos hermosos que plasmaban su arrepentimiento por no haber tenido caridad, aunque sólo fuera con la intención, con alguien que, por más acatos que se le hicieran, al cabo, allá al extremo de sus grandezas, había llegado a encontrar la verdad de su condición y había apurado las hieles de su destino sin darles la espalda ni esconder el rostro. ¡Que Dios se apiadara de su alma y de la de todos! Ahora que, ¿por qué unos pensamientos que le causaban tanto pesar, pero que eran tan elevados, tuvieron que darle un sueño tan...? ¿Tan qué? Era un sueño estrafalario y no sabía si blasfemo, con unos ángeles que, que Dios lo perdonase, no sabía de dónde se habían escapado. Del infierno seguro que no, no creía, porque angelitos sí que eran. Pero seguro también que había algún otro sitio, fuera del paraíso y de la gloria, de donde podían haber salido... ¿de la tierra? Sería eso. Pero también ¡a ver de qué tierra! ¡Y cómo hablaban! Le hablaban al Moctezuma en castellano. Castellano, sí, pero era un castellano que, si su madre lo sorprende hablándolo, por si acaso lo primero que hace es llevarlo al médico de locos y dejárselo allí para no recogerlo sino una vez arreglado. Y, aunque los muertos saben todas las lenguas, menudo susto, nada más morirte, que te caigan encima unos anfitriones celestiales como aquellos.
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-¿Passsa tronco? ¿Qué tal en el túnel del tiempo, eh? -le decía el jefe de la pandilla de angelitos a Moctezuma.
-¿Dónde estoy?
-En el barrio de los calvos, colega, u séase, en el más allá! ¿No nos ves que somos angelitos? Y ¿qué? ¿qué me dices? Anda, que de buena te has librado ¿eh? ¡Vaya meneíto que se traía la guripada por los Tenochitlanes, tronco –y, mientras decía esto el que llevaba la voz cantante, otros miles de angelitos con unas pintas indescriptibles, daban vueltas bailando alrededor del huey tlatoani, aullando y dándose con la mano en la boca.
-¿No seguirán matándose todavía?
-Pues seguro que sí. Para que podáis venir todos al más allá, tendréis que diñarla en el más allí, digo yo. Esa es la consigna. A ver, si no, cómo va a ser. Pero para ti eso está clausurado y concluso, chaval, y aquí todo es de reverenda madre y guay del Paraguay. ¿A que sí, colegas?
-¡Se acabó! ¡Uh, uh, uh! ¡Se acabó! ¡Uh, uh, uh! ¡Se acabó! ¡Y ahora ya mi mundo es otro!
-¿Lo ves, Mocte?
-Sí, sí. Ya veo mi señor angelito.
-¿Y a nosotros? ¿Nos guipas? ¿A que no nos imaginabas de esta manera a mi equipo y a mí, eh? A mis cohortes es que les va el rollo macarra ¿sabes? por eso tenemos estas pintas. ¿A que flipas con nosotros? Entonces, ¿qué? ¿Ya te haces una composición de quién soy o me tengo que presentar?
-Pues no... No sé, mis señores.
-¡Tronco! ¡pero si sabes menos que un caballito de cartón! Es igual. Me presento: soy el Azrail, para servir a Dios y a usted, uno de los cuatro angelitos principales, que tengo el curre de recibir a las almas de los cascantes y llevarlas... ¿No te imaginas a dónde, colega? Pues a un lugar idilídico, dabuten. Ni te lo imaginas, colega. ¿Quieres que te lea ya la papela?
-¿La papela? Pues como disponga mi señor angelito.
-Vamos a ver, ábrete de orejas, tronco, que te leo: "En la gloria, a tantos de tantos del tantos" Esto de tantos de tantos del tantos no es ninguna fecha, es por las formas, para que los muertos no extrañen mucho, porque aquí fechas, fechas no hay. Sigo: Por la presente, Yo, el Todopoderoso, una vez vistos los antecedentes oficiales y penales del gachó Moctezuma y averiguado que la palmó en una tienta de campaña con todas sus circunstancias, ordeno por el presente auto a mi testaferro Azrail, jefe de la cuarta región angélica con sus cohortes, se sirva conducir y colocar en el Edén..." ¿Escuchas, colega?: El Edén ¿qué te parece?

La Zarzamora
03/05/2012, 23:49
-¿Eso es quizás el nombre de alguna taberna?
-¿Una taberna? ¡Guipaos lo que chamulla el julai! Taberna dice. ¡Es el Paraíso, colega!
-¡El Para, el Para, el Para-paraíso! ¡El Mocte, el Mocte para el Paraíso!
-Eh, callad, callad un momento que le explico: ¡Tronco, taberna dices! Pero, Mocte, colega: ¡El paraíso, el famoso paraíso, tío! Yo creía que habías oído hablar de él. Pero bueno, vamos a finiquitar la papela y luego si quieres nos preguntas porque como empiecen estos a meter el cazo aquí, en la mitad, no acabamos en una eternidad. Sigo: se sirva conducir y colocar en el Paraíso en plaza en propiedad y per secula seculorum, para siempre amén al gachó Moctezuma Chocolate...
-Xocoyotzin.
-¿No es Chocolate?
-Es Xocoyotzin, que quiere decir “el Mozo”.
-... bien. Corrigiendo. Sigo: para siempre amén al gachó Moctezuma Mozoyotzin. Y, para que así conste y se ejecute, en el ejercicio de Mi autoridad, expido el presente en la gloria a tantos, de tantos del tantos. Firmado: ilegible. ¿Qué querías preguntar?
-¡Que pregunte! ¡Que pregunte! ¡Queremos contestar! ¡Queremos contestar! ¡Uh, uh, uh, uh!
-¿Tu ves, colega como están todos de participativos? Venga, pregunta.
-No, nada, que según tenía entendido el paraíso es para los que mueren en la guerra y yo, estrictamente, no puedo decir que muriera guerreando. Habiéndome muerto sin pena ni gloria me correspondería ir al Mictlan.
-¿Al Mictlán? ¿A vosotros os dice algo el Mictlán?
-Será algún producto de limpieza nuevo.
-¡Que no! Que seguro que es esa barriada que queda por detrás del Pozo de la Blasa!
-Yo creo que es una parada de la línea ocho.
-No. ¡Esa no! Yo digo que es la de los desmontes de Vaciamadrid, por hacia la venta del Pinreles, donde les cambian las matrículas a las cafeteras robadas.
-Pero ¿qué chorradas decís? Que no sabéis de civilizaciones. Por lo que dice el Mozte, lo del Miztlán ese, que es, como quien dice, donde van los que se mueren del bodrio, tiene que ser algún sitio de esos pijos..., por el barrio de Salamanca o por ahí. Será algún "pus" de esos que, como están tan a oscuras, te sacan un ojo al cobrarte.
-¿Y no se referirá al pulgatorio? Que a lo mejor a lo que se refiere es al pulgatorio...
-A mí me es indisoluble donde esté ese muermo del Miztlán. Lo que tenemos que hacer nosotros es llevarnos de una vez al julai al Paraísito que le va a encantar. Y como le entretengamos más va a decir que qué poca formalidad y que cuánto tardamos en despachar al personal y que somos unos angelitos de chufla que no damos ni clavo. Y el Miztlán ese, pues mira, a quien le toque que le cunda, y a mí, como si se trocea la cachimba. Eso va a ser todo cuestión de versiones, que los que se encargan de las papelas a veces con el exceso de trabajo se hacen un lío con los conceptos, pero aquí no pasa nada, que todo a la postre es lo mismo.
-Pero entonces ¿no habrá algún error en destinarme al Paraíso?
-¡Horror, un error! Oye ¡eh! ¡eh! ¡vosotros! Que vamos a cantar todos juntos. ¡venga!: ¡Horror, un error! ¡Horror un error! ¡Horror un error! ¡Uh, uh, uh! ¡U, uh, uh! ¡Un error, un error, un error! Bueno ya, ya hemos cantado. ¡Que no gachó! Que no hay error que valga, que estás para el Paraíso, que lo pone aquí. ¿Ves?
-¿Aunque no muriera guerreando?
-Oye, oye, silencio… silencio, atención, a ver si se lo explicamos al guiri cómo es lo de morir así o asao, que no le gusta como murió. Que cree que no fue empuñando las armas de fuste y todo ese rollo. Hay que explicarle a los efectos nuestros lo que entendemos por dar caña.
-¡Las artes marciales! ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!
-Que no. Que lo que es es morir en la lucha. Es esta cosa de la cruzada interior, que te enfrentas a tu yo negativo.
-Ya sé, ya sé. Me suena. Las bajas pasiones, que no se te suban a las barbas... ¿cómo era eso?
-Pero no es la cruzada interior, eso se llama el Satán intrauterínico.
-Eso, la cruzada mágica.
-La caballería colgante del espíritu.
-Andante, andante.
-¿Que es una cosa que va con carma y se va regenerando con su propia sustancia ¿a que sí?
-¿De eso que te pones paranormal, dices? ¿Va por ahí?
-Vale, vale, vale. Parad porque si no se va a hacer un lío. Yo creo que con lo que habéis dicho ya vale. ¿Te dice algo todo este rollo, colega Mozoyotzin?
-No sé. Me siento un poco perdido.
-¿No te aclaras? Nos habremos alejado del tema. Lo mejor es decir las cosas a la pata la llana: Mira, colega, yo creo que la guerra y el Paraíso esos que te trajinan de lo que van es de curre. ¿Entiendes?
-No… no estoy muy seguro.
-Vamos a probar con otro símil: quiere decir que uno intenta hacer las cosas bien y le salen mal. Que es como si dijéramos que haces el primo y eres un pringao. ¿Lo entiendes ahora?
-Lo de que salen mal sí… Si con eso vale...
-¡Que sí, tío, que vale! ¿Cómo no va a valer? Si aquí, a poco que te esfuerces... ¿no ves que a nosotros nos mola la gente cantidad? Cuantos más vengan mejor, como si vienen todos. Entonces ¿qué? Mozoyotzin ¿ya estás preparado?
-Como digan mis señores angelitos.
-¡Me pido cargármelo!
-No, ni hablar, me lo pido yo, que llevo mucho tiempo sin ser capitalista.
-¡Ch, ch, ch! Silencio! ¡Silencio! Siempre estamos con lo mismo: me pido, me pido, me pido. Aquí nadie se pide nada, que esto va por rigurosísimo turno. Así que ¡vamos!: tirando de lista. A ver a quien le toca. Vamos a ver: le toca a Chumbelil.
-¡Uh, uh, uh, Chumbelil! ¡Uh, uh, uh, Chumbelil! ¡Aúpa Mozoyotzin! ¡Aúpa Mozoyotzin! ¡Venga, un remo para un hombro! ¡Otro remo para otro hombro! ¡Aaaarriiiba! ¡Vámos! ¡Andando! ¡¡¡Torero!!! ¡¡¡Torero!!! ¡¡¡Torero!!!
El sueño se le terminó a Cuahuipil cuando la chusma angélica, con Mozoyotzin a hombros, entre vítores y bamboleos formidables, daba un rodeo y varias vueltas a la puerta del paraíso para finalmente entrar en él por uno de sus lados, a ninguno de los cuales había rejas ni vallas ni obstáculo ninguno. Todo abierto. Vamos que la puerta, que estaba cerrada, sólo servía de adorno.


.
.
Algo parecido a lo que ocurría ahora en los alcázares de Axáyacatl, que de tantos boquetes como había holgaba hablar de puertas. Apenas hacía un rato que había cesado la pelea del día anterior y ya tenían de nuevo encima a las milicias mexica para, por esas aberturas y con escalas, y también desde los edificios circundantes, darles una vez más los buenas días, o las buenas guerras. Otra jornada más que, con los de la ciudad remudándose de rato en rato y con los otros tratando de no caer rendidos, llevó a otra noche de tapar brechas, apagar incendios, curar heridos y acopiar armas. Pero era una guerra fabulosa, una guerra buenísima, la mejor guerra que había hecho Marcos Bey, porque hasta había confesor, que en otras estuvo por falta de él a pique de morir en pecado. Ahora no. Se había confesado y encima lo estaban curando y a lo mejor cuando volvieran los ataques, hasta podía mover los dos brazos. Eso, al menos, es lo que trataba de conseguir Cuahuipil, que, una vez más, le estaba haciendo de enfermero. Lo que no confiaba en arreglarle era la cabeza. Nunca había tenido mucha pero la que tenía, ahora, parecía divagarle por todos lados.

La Zarzamora
03/05/2012, 23:50
-Esta herida de la cara no parece de arma. ¿Con qué se la han dado a vuestra merced?
-¡La peor de todas las armas, Cuahuipil! Las bellacas escaleras del templo mayor ese, que se empeñaron en bajar mientras yo subía o no se si era en subir mientras yo bajaba, pero voto a tal que las tales no se estaban quietas y se balanceaban como bajel en mar picada. Nada se estaba quieto en aquel lugar.
-Eso es de los golpes que os dieron en la cabeza, que tendríais desvanecimientos. Pero fuisteis muy esforzado de llegar a lo alto.
-¡Para lo que valió...! ¿Sabe vuestra merced lo que pasó allá arriba?
-¿Qué pasó?
-¡No lo vi! Veintisiete mil siglos aquí metido en esta Tenochtitlán, que ya hasta me han salido canas aquí y me empieza a aburrir un poquito, y ni una sola vez he visto al Huitzilopochtli ese que se me parece.
-¿Pues y cómo no lo vió? Él siempre está allí.
-Porque la gente de guerra lo tapaba todo. Y luego nos volvimos a bajar sin rezar ni un Ave María, que yo quería haber rezado en un lugar tan santo. Y yo estoy empezando a dudar de que estos indios de aquí sean tan devotos como dicen. No creo que a mí el haber estado ahí me vaya a valer ni media indulgencia. Eso sí, como ya vio vuestra merced, les tiramos abajo toda la máquina con que nos castigaban el real.
-¡Ya, ya nos dimos cuenta! ¡Bien hecho! Pero no os alteréis ahora que voy a ver de recogeros el brazo lo mejor posible para que mañana pueda rodelar vuestra merced. ¿Os duele?
-En lo espiritual muchísimo, porque, además… ¿sabe vuestra merced lo que me han hecho estos mexica? Es algo que no se concibe y que no me esperaba de ellos. Yo, que soy la imagen del Huitzilopochtli, y han tenido el desparpajo de quitarme a mi Vacatecuhtli... Y no sólo eso ¿sabéis lo que me hizo la muy miserable?
-No ¿qué os hizo?
-Se largó con mi as de bastos.
-¡Pues sí, eso ha debido de trastocaros la baraja!
-Y eso, por parte de ella tampoco me parece bien. Porque hay ases de bastos y ases de bastos. El que hizo ella, era el mejor as de bastos que he visto en mi vida. Y le voy a decir a vuestra merced que tramposa es un rato, pero que vale mucho, lo mismo para dibujar que para hacer trampas que para engañar al contrario y que yo la echo muchísimo de menos. Pues ése, el que me dibujó ella, es el que se me ha llevado.
-¡Pues ya lo siento, ya! Desde luego, las indias que dan últimamente no son como las que daban al principio. Una de las de antes no se hubiera largado así.
-No diga necedades vuestra merced. Esta india era magnífica. Mejor que las de antes y que las de ahora. Y, además, no se largó. Me dijo que quería ir a bailar en la fiesta esa en la que sacrifican gente, el Toxcatl, y yo le dije que me parecía muy bien, que se lo pasase bien y que, si le quedaba, que me guardara algo. Y luego no volvió y yo pensé que era porque ya estábamos en guerra y me enfadé, porque ¿qué tendrá que ver una cosa con otra? Y más que teníamos muchísima gente en espera para jugar de parejas con nosotros dos, que estaba todo el real pendiente de nuestras partidas. Pero por uno de los criados me he enterado de que tiene un hermano que la secuestró, porque, por lo visto, es enemigo del juego. No hay seriedad.
-Qué pena que, habiendo encontrado vuestra merced a la mujer de su vida, la haya perdido.
-Perdida no estará, digo yo. En cuanto se gane la ciudad la busco y nos hacemos de oro.
-¿No era en El Dorado donde vuestra merced quería hacerse de oro? ¿O era entre las amazonas?
-En todas partes. No creerá que me voy a quedar clavado aquí como si esto fuera finis terrae. ¿Qué se me ha perdido a mí en Tenochtitlán?
Según él mismo, un as de bastos que le procuró Vacatecuhtli, pero esto no lo dijo Cuahuipil.
-No, claro. Lo que sí pensé es que al que se proponía llevar vuestra merced a esos sitios de fábula a montar en los toros y a sacar a flote los continentes era a Xiloxóchitl.
Esta vez sí que le miró Marcos Bey como si fuera idiota.
-¿Y a vuestra merced qué escaleras son las que le han dado en la cabeza? ¡Naturalmente que me voy a llevar a Xiloxóchitl! En lo que me quede de vida, yo no voy a ir a ninguna parte sin ese indio, porque me trae una suerte que no es normal. ¿Ya se ha confesado vuestra merced?
Con la pregunta tan a bocajarro, Cuahuipil estuvo a punto de decir: ¡No, es el doce conejo, o sea, el 30 de junio, cuando me confieso! Pero se contuvo también a tiempo y agradeció la oportuna pregunta de Marcos, porque era cierto que aún no se había confesado y no podía dejar de aparentar ser buen cristiano, aunque a lo mejor ya no le quedaba mucho tiempo de tener que fingir. Terminó pues con las curas y buscó a uno de los padres para que le confesase.
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
-Vamos, hijo, habla, ¿de qué te acusas?
-Perdóneme, padre. Es que estaba tratando de hacer memoria. Me acuso, padre, de que no me da tiempo a nada.
-¿Y qué pecado es ése?
-No lo sé. Me remuerde la conciencia.
-Aparte de eso, ¿has cometido algún pecado capital?
-De soberbia.
-¿Y como has pecado de soberbia, hijo?
-Pues que juzgué al Moctezuma y a otros, porque no me parecían bastante buenos, y sólo Dios es quién para juzgar.
-Eso está bien dicho, hijo mío. ¿Algún otro pecado capital?
-Que a veces, sólo por vengarme, digo maldades y lo disfruto mucho.
-¿Qué más?
-No sé.
-Bueno, hijo, reza diez ave marías y no vuelvas a juzgar a nadie ni a decir maldades.
-Sí, padre.
Bueno, pues ya, con que dijese diez fátihas, estaba cumplido. Y eso no sabía si era venganza.

Y llegó el día. Todos los anteriores se había estado preguntando cómo lo haría para llegar a Tezcatonco. Desde luego, si Cuahuipil hubiera sido una persona normal, hubiera visto claramente que no, que de ninguna manera iba a llegar a Tezcatonco, porque era imposible. Era imposible ya sólo asomar la nariz fuera de Axayácatl sin que de inmediato pasara a ser patrimonio de sus sitiadores. Pero, como ya hemos visto, no era normal y, cuándo se preguntaba cómo lo haría, no era con angustia ni inquietud, sino como cosa de rutina, porque, si estaba escrito que se confesase, se confesaría, y si estaba escrito que se muriese o lo matasen antes así sería también y sería lo que debía ser y el morir no le daba miedo porque estaba seguro de que Dios era lo que decía que era, es decir, todo piedad, piedad tan grande que ningún ser humano podía concebirla, y por tanto lo que Dios dispusiese bien dispuesto estaría.
Llegó, pues, ese día, el mismo en el que, tras mucho traer y llevar opiniones y con el consejo y parecer de los demás capitanes, decidió Malinche abandonar la ciudad aquella misma noche por la calzada de Tlacopan, que salía hacia poniente, por ser la que menos canales tenía que cruzar. En cuanto a estos capitanes, no puede decirse que fueran normales o anormales, porque quedarse o salir daba igual. Quizás era más rápido salir ya que, si algo los mataba, no sería el hambre. Y el hambre era lo que finalmente habían pensado los mexica que debía hacer el trabajo, porque, aunque los combatían, no parecían hacerlo con gran interés y menos con todo su poder, y se diría que ahora lo fiaban todo a tenerlos bien encerrados hasta que por sí solos, de heridas, de falta de alimentos y de enfermedad, porque el agua que ahora daba el pozo ya era salada, se deshiciesen. Y mira si no era ésa mala broma para los bravos tlaxcaltecas, venir a morir a Tenochtitlán de indigestión salina. Pero bueno, la guerra es la guerra y nunca nadie había prometido otra cosa.
Por ese motivo, por impedirles la salida, tenían los mexicas el real cristiano y aliado vigilado de noche y de día, de forma que ni un alfiler hubiera podido abandonarlo sin ser notado. Decir incluso de noche y de día era hacer ya una distinción que no existía, porque al caer la tarde eran tantas las lumbres y braseros encendidos en todas las calles y azoteas de la ciudad, que se veía, siendo de noche, como si no lo fuera.
Se quedó, pues, en salir esa noche de 12 conejo, 30 de junio, y, para facilitar en lo posible la salida, se mandó una embajada a la ciudad pidiendo una tregua de ocho días, diciendo que al cabo de ellos se marcharían, petición que, naturalmente, no iba a ser aceptada pero que, tal vez, haría creer que no pensaban salir tan pronto. Hicieron eso y entregaron a la ciudad, después de ejecutarlos, los cuerpos de algunos de sus principales que habían tenido prisioneros, lo cual era una bestialidad, pero serviría, según pensaron, para que, al obligarlos a atender a las exequias, se descuidaran de lo que hacían sus enemigos, dando a estos un respiro. Con esos preparativos y un canijo puente portátil que armaron al efecto para tenderlo sobre los canales, ya que todos los puentes de la ciudad estaban quitados, se prepararon para salir, pues, esa misma noche, la cual, cuando llegó, se mostró con una luna espléndida, como para rivalizar en claridad con braseros y lumbres. Pese a ello, a la hora prevista, se empezó a cargar a los heridos en los caballos y se formaron los grupos para salir por el orden convenido.

La Zarzamora
03/05/2012, 23:51
¿Había pensado ya Cuahuipil cómo iba a ir a Tezcatonco? Se había ofrecido para ir en la retaguardia, y fue con toda idea porque, desde que los primeros empezaran a cruzar el primer canal con aquel puente enclenque hasta que cruzasen el último los últimos, a él le daría tiempo de sobra de ir a Tezcatonco, confesarse y unirse a la retaguardia yendo por la laguna. Aunque, naturalmente, todo esto de llegar aquí o llegar allá, en las circunstancias, era pura hipótesis, ya que lo que él, lo mismo que todos los demás, no veía, precisamente por la mucha claridad, era cómo iban a salir de allí sin ser vistos.
Sin embargo, estaba escrito. Estaba escrito que Cuahuipil se confesara y, como estaba escrito, a la hora décima se arrancó un viento huracanado y se desencadenó una furiosa tempestad de lluvia y de granizo que apagó las hogueras de calles y azoteas e indujo a los que vigilaban a ponerse a recaudo. Entonces salieron los que huían y entonces salió Cuahuipil disfrazado de macegual. Saltó con sus cosas en un acale en el que había reparado y que, al explorar con la vista desde lo que quedaba de la azotea de Axáyacatl, le pareció el más a propósito para alejarse sin ser advertido ni seguido. Se echó una manta por encima para proteger de la lluvia la pintura del cuerpo y el tinte del pelo que se había dado y remó velozmente, dando un rodeo que lo alejara cuanto antes del real. Poco rato después atracaba en el canal que quedaba a un costado de la plazuela aledaña al templo de Tezcatlipoca en Tezcatonco.

La Zarzamora
11/05/2012, 00:28
Capítulo XIX
Perdón por existir

Allí, en su consulta, acogedora y austera, esperaba Cuauhnochtli. Aún no era la hora en que debía confesar a Cuahuipil, pero ya llevaba un ratito echando ojeadas a ver si lo veía aparecer por la plazuela, por más que no debiera esperarlo tan pronto o, mejor dicho, no debiera esperarlo nunca, puesto que, por lo que él sabía, podía estar muerto o cautivo o, en el mejor de los casos, sitiado en los alcázares de Axayácatl, puede incluso que por las milicias de su propia parroquia. Así, en estas idas y venidas, mientras atendía a sus quehaceres y se ponía el atavío e insignias en que había de tomar la confesión, se le pasó el tiempo hasta que nuevamente se acercó a la entrada y, esta vez sí, era la hora. No vio a Cuahuipil, pero en cambio sintió cómo súbitamente se levantaba un vendaval con grandes remolinos que estuvo a punto de apagar los fuegos del templo próximo, los que de todas formas casi de inmediato vinieron a extinguir la lluvia y el granizo que se abatieron copiosos.
Pero Cuauhnochtli no se movió. Siguió allí, rezando como era su costumbre, y mirando hacia una noche que ahora con la gran tormenta dejaba ver muy poco. Y ¿cómo era que él, un alumno brillante del calmecac, o colegio de principales, donde se formaban los futuros papas, jefes y administradores del estado, había terminado aquí, en un barrio de populacho haciendo horóscopos a gentecilla sin horizontes y confesando a adúlteros y sodomitas? Todos habían esperado otra cosa de él, incluso él mismo. ¿Quién, teniendo los mejores pronósticos y condiciones para alcanzar la cima, decide no seguir adelante? Eso, sin embargo, fue lo que hizo. Cuando tuvo que dar los pasos necesarios, no los dio. Defraudó esperanzas e hizo que padres y parientes se sintieran afrentados y se preguntaran qué falta de coraje era aquella. Y tal vez era falta de coraje, en efecto. Pero también ¿quién demuestra coraje en conseguir lo que sabe ya no desear? Debió de ocurrirle durante los grandes sacrificios de la coronación de Moctezuma Xocoyotzin, que la simiente que estaba ya plantada empezó a germinar y le hizo no querer lo que había querido hasta entonces y lo que todos esperaban. Porque sí, hubiera podido llegar quizás hasta a sumo pontífice, a hacer de sacrificador en las grandes ceremonias y encontrarse ya en la cima del poder o muy cerca, ante los altares más santos y sangrientos, rodeado de veneración y honores, pero optó por ejercer de sacerdote astrólogo y confesor y dejó el camino franco a otros más inspirados o con más coraje o tal vez más ambiciones. ¿Tenía amargura por ese motivo? ¿Resentimiento? No. Ni muchísimo menos. Cada cual estaba donde debía estar. Siempre había sido así y siempre sería así y cada uno responde de sí, por más que no sea sino barro en manos de la divinidad. Aunque desde luego él sí creía en los sacrificios humanos: en el sacrificio de cada día, en el sacrificio cansado de toda una vida diciendo no a todo lo que no sea verdadero y no proceda de donde procede la verdad, de lo más hondo del propio corazón. Para eso no era preciso arrancarlo, para eso había que arrancar todo lo que en el existir es hojarasca y apariencia, para eso no había que olvidar ningún momento que el corazón palpita y habla, habla de amor, del amor divino, que ni pide ni rechaza corazones, porque los tiene todos. Y si él pudiera vivir ese conocimiento y con ello servir a sus semejantes, se daría por bien empleado y por muy bien empleada su falta de coraje. Era sin duda su propio corazón verdadero el que en estos momentos en que estaba hecho una sopa le decía: llegará, como llega la muerte, como llega el amor, en su momento y con certeza.
En cuanto a Cuahuipil ¿qué diferencia era esa tan grande que veía entre confesarse con Cuaunochtli y con el padre Olmedo o el padre Díaz? Pues veía una, y grandísima, porque ¿qué valor puede tener una confesión que puedes repetir prácticamente a diario? No. Sólo se nace una vez, sólo se ama una vez, sólo se muere una vez. Y si alguna de esas cosas no lo llena todo, no es nada. Pero confesarse precisamente ¿por qué? Porque lo sintió así, porque le nació ese deseo cuando fue fijándose en Cuauhnochtli, cuando fue sabiendo que sería así. Era así porque era así y no sabía darle otra explicación. Como tampoco sabía ni creía que fuera a saber nunca por qué había caído en Ilhuicáatl como quien cae en un pozo, en un pozo sin fondo y para no salir. Caes porque tienes que caer. Te confiesas porque te tienes que confesar. Lo que es no tiene porqué. Su ser es su porqué. Esto era lo que sentía él, y lo que no sentía era ninguna necesidad de explicarlo ni habilidad para hacerlo. Y era ahora, que en unos pocos pasos estaría ante ese momento que debía llenarlo todo, cuando empezaba a palpitarle el corazón de manera escandalosa y a sentir algo que no era miedo... sí: era miedo, pero no miedo como el miedo a la guerra, al peligro, a lo desconocido... No, esos miedos él no los había sufrido. Su serenidad en esos casos era proverbial y no había dejado de sorprender a propios y extraños -y a él mismo-, que, conociéndolo en su aspecto bondadoso y paciente, aunque gruñón, no ataban cabos con esa otra disposición suya y, más aún, con esa habilidad suya para el ejercicio de las armas y que no parecía sino que la pelea quien de verdad la libraba era su ángel custodio, porque ni en las guerras que tuvieron hasta llegar a Tlaxcala, ni en las encarnizadas que tuvieron en la inmaculada república, ni en lo de Narváez, ni ahora en Tenochtitlán había recibido una sola herida, ni tan siquiera leve, a pesar de hallarse muchas veces en lo más reñido. Pero todo esto finalmente no tenía ningún misterio: a él no lo alteraba la guerra sencillamente porque la guerra, no la paz, es el estado propio del hombre y la verdadera cara de la existencia. La paz es un simulacro, una impostura. La vida, la existencia en sí, es una catástrofe inexplicable. ¿Acaso la comprende alguien? La existencia es inconcebible. Y aunque exista, sigue siendo inconcebible. No es. Por eso, los signos de destrucción de lo que no es son el primer anuncio de normalidad, el primer anuncio de descanso tras lo que no tiene ni motivo ni razón ni realidad y que, de ser algo, es una broma desdeñosa. La paz es sólo un echar debajo de la alfombra el polvo del conflicto, que no puede dejar de ser y que es la verdadera naturaleza de los hombres y las cosas. La paz verdadera sólo es cuando se deja de existir. ¿Por qué no iba haber lucha? ¿Cómo no va a ser guerrero el ser humano si se le suelta en medio de la vida con un deseo imposible plantado en el corazón? ¿Cómo no ha de estar airado si jamás lo satisface? ¿Cómo no romper y destrozar, si todo lo mata a uno, sin cesar, sin piedad y sin aniquilarlo? Y eso que deseas, que no sabes lo que es, que ni siquiera tiene nombre, que ni siquiera tiene cara, se mantiene siempre escondido, siempre volviéndote la espalda, siempre llevándote, como si te emboscara, por mil y mil derroteros. Pero no hay emboscada, no hay nada, ni siquiera lucha... Sí, ese era el pecado, el único pecado y el único miedo: querer arrancarse el corazón, querer abrirlo para ver qué hay dentro y no encontrarlo. No encontrarlo nunca.
Y a eso venía a Cuauhnochtli. Para eso había atravesado una ciudad hostil, camuflado y oculto. Aunque lo que le diría al sátrapa, qué se confesaría, no lo sabía. Sólo podían confesarse los pecados de la carne en esta religión india. No la soberbia, o la gula, o la ira. Y eran precisamente los pecados de la carne los que él era incapaz de cometer, porque de la carne, lo mismo que de Cuauhnochtli, esperaba salvación, no condena. ¿Qué le diría pues: padre, he venido a platicar, padre, he venido a llorarle por algo que no sé explicar? No. Seguramente Cuauhnochtli, sin que él dijera nada, lo sabría todo y él se sentiría libre de esta opresión que era como un diluvio contenido.
Cuauhnochtli seguía en pie en la oscuridad, parado a la entrada del consultorio, intentando distinguir algo entre el torrente de la noche. Al fin, disfrazado de macegual, apenas destacándose de entre el aguacero, cubriéndose con la manta y cargando la estera y el atadillo con la leña y el copal, además de con sus cosas, con toda certeza, como el amor, como la muerte, y vertiendo lágrimas, apareció el cristiano nuevo, el viejo muslime.
-Hijo...
-Padre...
-Bien venido seas a la presencia de Dios Tezcatlipoca.
Y lo condujo amorosamente al aposento donde iba a tomarle confesión. Cuahuipil barrió el suelo y sobre el suelo limpio tendió la estera nueva. En ella se sentó Cuauhnochtli que, acto seguido, encendió el fuego y echó en él el copal. Y todo el tiempo la lluvia y los truenos los envolvían, apartándolos del mundo.
-Vos señor, Tezcatlipoca -decía Cuauhnochtli-, que sois el padre y la madre de los dioses, que sois el más antiguo dios, sabed que es venido aquí este vuestro vasallo, este vuestro siervo; y viene llorando, viene con gran tristeza, y viene con gran dolor, porque conoce haber errado, haber resbalado y tropezado, y haberse encontrado con suciedades de pecados y con graves delitos dignos de muerte, y de esto viene muy penado y fatigado. Señor nuestro muy piadoso, pues sois amparador y defensor de todos, recibid a penitencia, oíd la angustia de este vuestro siervo y vasallo.
Cuahuipil escuchaba sin que dejaran de correrle las lágrimas y sin dejar de temblar.
-... relata, hijo mío, tus obras de la misma manera que hiciste tus excesos y ofensas; derrama tus maldades en su presencia.
-Pero padre...

La Zarzamora
11/05/2012, 00:31
Podría decir que había fornicado con fulana y con mengana, que eso ya serían pecados y suciedades. Pero no podía. No podía ni de palabra ni de pensamiento echar un borrón entre él y ninguna mujer, las mujeres son para salvarse, no para pecar. No. Eso no.
-Padre, me acuso... me acuso...
-Di, hijo, ¿de que te acusas?
Seguía temblando.
-Me acuso de... de... de todo. De todo, de todo…
Cuauhnochtli quedó un poco suspendido. Luego dijo:
-Pero tú no puedes ser culpable de todo, hijo mío.
Cuahuipil no sabía explicar más, lloraba y temblaba.
-Está bien, hijo mío. Sigue.
Cuahuipil siguió llorando, en efecto, y también temblando.
-Dime algún pecado, sólo alguno de los que hayas cometido.
-No lo sé padre, es los que no he cometido lo que me atormenta. Lo que no he hecho, lo que no soy…
Cuauhnochtli lo miraba y lo sentía, y creía que empezaba a comprender.
-Sí, hijo, entiendo, entiendo, sigue.
-No sé nada, padre. A lo mejor sólo soy pecado y no necesito cometer ninguno. Padre, no lo sé. O tal vez todo lo que hago es pecado. No lo sé, padre. No sé. No sé nada. Me pregunto si no soy un monstruo de soberbia que no puedo llegar a lo que llega cualquier persona humilde, si no soy un demonio que no puede llegar a Dios porque... No sé por qué... Padre... Quiero y... no llego...
Los temblores en este último parlamento se habían convertido en sollozos y con los sollozos se había abrazado a Cuauhnochtli como un hijo pequeño que suplica a un mal padre que se apiade y no lo abandone. Y Cuauhnochtli, desde luego, no lo iba a abandonar.
-No hijo, ningún ser humano es un demonio, sino hijo muy querido de Dios, del Dios infinito que se nos manifiesta en también infinitas maneras. Tú, al sentirte pecador has venido a tu Creador a traerle a Él tu angustia y Él ha echado sobre sí tu angustia y te ha tomado bajo su protección. Él no te engaña. Has hecho bien, has dicho verdad hasta donde tu corazón la sabe. Te has librado de tu carga y se la has dado a quien la puede llevar. Ni el mal ni ningún demonio están en ti, porque el Dios amparador te ha acogido. Ahora, en su nombre, te diré lo que debes hacer para que el perdón no te abandone nunca: Ya desde ahora mismo, ofrécete en sacrificio a Tláloc. Ya desde este mismo momento considérate sacrificado a Tlaloc.
-Pero ¿no tengo que hacer penitencia? ¿no tengo que clavarme punzones en la lengua y las orejas, ayunar y pintar papeles? ¿Qué es lo que le tengo que sacrificar a Tlaloc?
-No, no tienes que punzarte ni hacer nada de eso que has dicho. Dios, que te ha escuchado, no te impone sino que te sacrifiques entero a Tlaloc. Primero tu vida y, cuando te la pida, tu muerte.
-Pero, padre, no puedo. Yo no soy cristiano.
-Si podrás, hijo, si podrás. Dios que es Tezcatlipoca te ha tomado bajo su amparo y no te va a dejar. Tú verás que sí puedes.
-Pero, padre, es que yo no creo en Tlaloc.
-Sí, hijo, sí crees en Tlaloc, tú eres Tlaloc. La misericordia de Dios, que es Uno, es de lo que estás hecho, y cuando dejes que esa misericordia pase a través de ti y la derrames sobre los hombres serás Tlaloc.
-¿Tlaloc es uno de los nombres hermosos de Dios?
-Tlaloc es un muy hermoso nombre de Él. Con ese nombre te bendice. Dios pone ese nombre en tus manos, para que lo vivas y Lo adores.
-Pero ¿tengo que ahogarme?
-Tú, querido hijo de Dios, ya estás ahogado.
Hubo un silencio y finalmente dijo Cuahuipil:
-Yo no soy cristiano, yo no puedo llevar el nombre que me dieron mis padres, yo no debería confesarme, yo no debería estar aquí. Yo debo fingir siempre ante todo el mundo, porque lo que soy está prohibido serlo.
Cuaunochtli pensó aquello. Creía entender algo, pero desconocía casi todo de los teules. No sabía qué decir ni cómo ayudar al penitente.
-Nadie puede prohibir la lluvia –dijo finalmente.
-No. Nadie.
-Tienes el perdón. Nada pesa sobre ti. Y ahora has de irte. En Tenochtitlán han dado la alarma de que los teules escapan y ya has oído que todo hombre hábil para la guerra ha sido llamado contra ellos. Ningún ser humano en Tenochtitlán te puede ayudar y quienquiera que te vea deberá prenderte o denunciarte, aunque sea yo. Esto te digo. Después de que Tezcatlipoca te vea alejarte de mí, ya no estarás seguro.
-Sí, padre.
-Ve en paz, hijo mío.
-Adios, padre.
-Adiós, hijo.
Por segunda vez se separaban Cuahuipil y Cuaunochtli y por segunda vez lloraban al separarse. Y esta vez, la lluvia, que era agua, que era Tlaloc, que era el Dios Uno, también lloró. Dios Uno, que es Tlaloc, que es la lluvia, que nunca se ha cansado ni se cansará de llorar por sus seres humanos ni de lavar sus culpas, ni de lavar sus almas, ni de lavar todas las noches tristes de todas las almas...

La Zarzamora
17/05/2012, 23:51
Capítulo XX: De la manera tan buena que encontró Quizzicuaztin
de celebrar la Noche Triste

Era como había dicho Cuauhnochtli. La lluvia, con su cortina de agua y de murmullo, los había resguardado mientras duró la confesión pero lo cierto es que, mientras estaban en ella, por encima del tupido sonido de la lluvia se oyó tronar el redoble de atabales y teponazles y el tañer de caracolas replicándose de teocali en teocali por toda la ciudad, llamando a las armas y transmitiendo las consignas de guerra. Al templo cercano habían acudido las milicias que tenían allí su centro y arsenal para formarse, pertrecharse de armas y salir luego hacia donde se les mandaba, es decir, hacia la calzada de Tlacopan por donde huían cristianos, tlaxcaltecas y totonacas. Todo eso lo oyó Cuahuipil mientras se confesaba, pero entonces resultaba lejano, porque la lluvia los había apartado de todo en aquella parte de la casa en la que el papa recibía a confesión. Ahora, sin embargo, al abandonarla, se daba cuenta cabal de la situación. Las milicias ya habían salido, de forma que había cedido el ajetreo de hacía poco pero, con todo, los alrededores del templo no eran ni mucho menos el lugar solitario que encontró a su llegada. Eso sí, seguía lloviendo y el estruendo por doquier era atronador.
Sin detenerse ni apresurarse y procurando moverse como un viejo –un joven que no se hubiera incorporado a las milicias no podía dejar de llamar la atención-, se dirigió, pues, al canal y se embarcó nuevamente. Primero trató de dirigirse hacia la calzada de Tlacopan, pero pronto, ya desde lejos, vio tal densidad de gente y acales de guerra en aquella dirección, que desistió. Lo tupido de la multitud de enemigos que hubiera tenido que atravesar para llegar a los suyos, si quedaba alguno, cerraba esa posibilidad. Tampoco sabía si alguno de los que huían había conseguido ganar Tlacopan, ya en tierra firme, y, de ser así, en qué número, con cuántos caballos y hacia dónde se dirigirían o qué harían. Pero a Tlacopan también vio que le sería imposible llegar. Por otra parte, el tinte de la cara y de los ojos, con las lágrimas, debía de tenerlo bastante corrido y, aunque mientras nadie se le acercase nada se notaría, no debía tampoco exponerse a que le hablaran, pues se delataría al contestar y dudaba de que haciéndose el mudo fuera a irle mejor. Optó, pues, por remar por los canales que menos transitados le parecieron y quedarse en Tezcatonco, que al fin y al cabo lo conocía bien, tratando de que su aspecto fuera el común de un viejo macehual que a esas horas de la noche tuviera que atender a algún menester y en la actitud de quien verdaderamente se dirige a alguna parte, considerando mientras qué partido tomar.
El clamor en toda la ciudad era formidable y el retumbar de las cajas de guerra en todas direcciones parecía el pálpito tumultuoso de un animal de proporciones descomunales. ¿Qué haría, pues? ¿A qué lugar se dirigiría, donde no fuese cierto el peligro? Recapacitó sin dejar de remar. Sí. Sí, eso es. Trataría de pasar la noche en la serrería de Quizzicuaztin, que quedaba a escasas tres cuadras del templo de Tezcatlipoca, en un brazuelo de canal al que daban también algunos huertecillos y almacenes y muy cerca por tanto de donde se encontraba ahora. Allí seguramente estaría tranquilo e incluso, a la luz del brasero encendido ante Xochiquetzali, diosa patrona de los artesanos, podría arreglarse la pintura y pensar también en lo que se había confesado. A la mañana siguiente, como de costumbre, aparecería el dueño, pero para entonces ya habría tenido tiempo de discurrir y sería otro día.
Remó pues ligero hacia el canalillo y, llegado al embarcadero de la serrería, amarró el acale, se echó al hombro el morral con sus pertenencias y trepó a la chinampa. También hasta allí llegaban ensordecedores la grita y el estruendo, pero, estruendo aparte, el brazuelo parecía tranquilo y solo. La cortina que tapaba el hueco de la puerta de la serrería estaba tendida. Al llegar a ella la levantó y se detuvo antes de entrar. ¡Vaya! ¡Mira también qué descuidado el Quizzicuaztin! De no andar con siete ojos, se habría matado, o por lo menos hubiera metido un ruido infernal capaz de oírse incluso por encima de la grita y músicas de fuera, porque el dueño del taller había dejado en medio de la entrada unos tablones tan mal puestos que sobre quien los hubiera pisado habrían caído igual que bandidos asesinos cinco pesados troncos que, no se sabe ni cómo, se sostenían encima de la puerta. Menos mal que Cuahuipil lo advirtió a tiempo. Depositó cuidadosamente el petate a un lado y retiró y colocó con tiento tablones y maderos de forma que ya no pudieran caerse. Hecho esto, entró hasta donde estaban la imagen y la luz del brasero, tras un alto rimero de maderamen que era como una pared, y allí estuvo a punto de dar un traspiés con algo que no había visto, pero que vio en ese momento, algo que le hizo abrir la boca de asombro y no poder cerrarla en unos instantes. Y lo que dijo al cabo de ellos fue:
-¡Quizzicuaztin!
Imposible que Quizzicuaztin ni nadie le oyera con el ruido que había. Cuahuipil seguía en su asombro.
-¡Quizzicuaztin! ¿Pero qué haces?
Y seguía sin terminar de creerse lo que veía y esta vez tampoco le oyó nadie, pero en cambio sí que lo vio y sí se lo creyó y dio un soberano respingo por ese motivo la que estaba colaborando con Quizzicuaztin en aquello que estaban haciendo y que de tal forma pareció sorprender a Cuahuipil. Y ahora eran dos caras horrorizadas en mirarle a él porque, con el respingo de su colaboradora, también Quizzicuaztin salió de la gloria donde estuviese para caer en el espanto de la aparición de Cuahuipil.
-¡Pero, Quizzicuaztin! ¡Pero qué barbaridad!
¿Había acabado ya de asombrarse Chuahuipil? No, aún no.
-¡Quizzicuaztin! ¡Estáis... desnudos!
Pues sí, desnudos y en plena faena. Seguro que de seguir con estas observaciones, cualquier día iba a terminar Cuahuipil descubriendo continentes. Pero es que también había de qué asombrarse porque la cosa no terminaba ahí.
-Quizzicuaztin, esta mujer... ¡ésta no es tu mujer!
Allí no respiraba nadie.
-Quizzicuaztin, ...¡Estáis en adulterio!
Aunque aquella noche hubiera sido no la que era sino la más callada, en el taller de Quizzicuaztin no se hubiera oído ni una mosca. Aquellos dos pécoros que hacía nada jadeaban como perros, ahora no se atrevían ni a respirar y el Cuahuipil no volvía del asombro y ahí andaba, medio atolondrado mirándolos y, sin reparar en lo que hacía, recogiendo y sacudiendo las prendas de vestir que habían dejado aquellos dos tiradas de cualquier forma. ¡Mira también si no podían tener un poquito más de cuidado con todo el serrín que había por el suelo! ¡Desde luego...! Aquello se las traía ¿eh?¡ ¿Y de qué se asombraba finalmente? ¿Nunca se había topado antes con un caso así? Pues parecía que no, porque ahí seguía sin recuperarse del pasmo, lo que también era explicable, puesto que al fin y al cabo no era de correrse ninguna juerga de donde venía sino de confesarse. Y ésta que estaba aquí, que la conocía él y la quería bien, era Coyolxauqui, una ramera de no malos modales con la que había hablado algunas veces y que sabía que intentaba ahorrar para retirarse. A ella también la increpó, a gritos, claro, porque si no, no se le iba a oír con el ruido de fondo:
-Pero, Coyolxauqui ¿cómo has podido caer tan bajo?
Coyolxauqui estaba callada como una... como una estatua.
-Podríais vestiros por lo menos.
Pues sí, podrían, en cuanto él les devolviera su ropa, que tenía bien sacudidita y colgadita del brazo. Pero él no se daba cuenta. Y ellos no se atrevían a hablar. El instinto les decía que todo lo que pudieran decir o hacer se emplearía en su contra.
Sin soltar las prendas y sin que cediera un ápice su asombro, Cuahuipil limpió de serrín y virutas un madero que estaba allí mismo y se dejó caer sentado a que se le pasase la sorpresa.
¡Un adulterio...! ¡Qué barbaridad! Pero ¿cómo se podía ser tan bruto y tan depravado? Desde luego...
Y que esto no eran chismes y me han dicho o me han dejado de decir. ¡Lo acababa de ver! Y eso no era todo. Había algo más que no sabía lo que era pero que era muy grave y el motivo de que le preocupase tanto. ¿Qué era lo que era tan grave y que le preocupaba tanto? Por fin cayó. ¡Alabado sea Dios! ¿Cómo se podía tener una cabeza tan llena de serrín? ¡Qué badulaque de hombre! Y allí estaban todavía los dos, como su madre los trajo al mundo pero sabiendo.
-¡Quizzicuaztin! ¿Pero qué clase de botarate eres? ¡Después de confesarte...!
Quizzicuaztin seguía conteniendo la respiración y ahora lo hubieran podido ahorcar con un cabello porque él había tenido una esperancita chiquitita de que nadie reparase en aquello, de que no saliese a la luz, de que no se notase, de que pasara desapercibido... y, como quien dice, un adulterito de nada... sin otra complicación. Pero este brujo estaba en todo y no se le escapaba una.
Estaba más que justificado el miedo de Quizzicuaztin porque, aparte de la pena de muerte que llevaba aparejada el adulterio y de la que pudiera suceder que se librase, de lo que no se iba a librar de ninguna de las maneras era del sermón de Cuahuipil que, además, acabado de confesar, venía preparadísimo.

La Zarzamora
17/05/2012, 23:56
-Pero, Quizzicuaztin, ¿cómo has podido? ¿Cómo se puede tener tan poco seso? No me extraña que os lo castiguen haciéndoos tortilla la cabeza con un pedrusco porque para el aprecio que hacéis de ella… La cabeza es para usarla. ¡Y después de confesarte! Tezcatlipoca, o sea, Dios Uno, que es Tezcatlipoca, que es Tlilcauan, que es Tláloc, que es todos sus hermosos nombres, se molesta en escucharte, te acepta la leña, te acepta la estera nueva, te acepta los amates, te acepta el copal, presta oídos a tus pecados, te perdona, te ampara, te acoge, te limpia, se come tus porquerías, y tú... y tú... ¿Pero cómo has podido hacer una cosa así, estando ya todo confesadito y perdonado? ¿Pero, quién te va a perdonar ahora?
¿Quién le iba a perdonar ahora? ¡Ahí estaba la cuestión! Porque tampoco podía Cuahuipil lavarse las manos y decir: no he visto nada, como si no hubiera visto nada, porque lo había visto todo... bueno, lo suficiente. Por lo menos podían vestirse, que no eran vacas.
Ganas no les faltaban. Tenían ahora tantas ganas de vestirse como antes tuvieron frenesí por desnudarse. Pero no se atrevían ni a hablar ni a moverse.
-... y mira que tú también, Coyolxauqui. ¿Qué necesidad, pero qué necesidad, tenías de trabajar con un confesado? Está lleno Tenochtitlán de tequihuaques solteros y sin confesar, que no es que esté bien porque eso es tu perdición y la ruina de las repúblicas pero está menos mal. ¿Cómo has podido caer tan bajo, Coyolxauqui, y con ese nombre tan bonito que tienes?
El caer bajo ya era la segunda vez que se lo decía y la primera vez la interpelada creyó que era metáfora pero como insistía en que había caído muy bajo, pensó si, en una de esas inundaciones que tenía Tenochtitlán, no se estaría hundiendo el piso y lo miró. Y fue que Cuahuipil siguió esa mirada tan terrena lo que parece que le hizo percatarse a su vez de lo inestable que era el suelo que a él mismo lo sostenía y, aunque fuera sin plasmarlo conscientemente, recordó que él tenía sus propias cuitas y estaba a punto de recaer en ellas cuando por fin Coyolxauqui, por haber descendido al suelo, aún sin caer más bajo, y también por estar más experimentada que su compañero, encontró dos cosas: la primera, que la voz y forma de hablar de esta inesperada aparición eran las mismas que las del teule Cuahuipil, que ella conocía, y que todo lo que en él no era tinte ni pintura, bastante corridos, por cierto, era también lo mismo que lo de Cuahuipil cuando no iba disfrazado y la segunda cosa que encontró fue la lengua, la de hablar.
-Mi señor Cuahuipil, ¿tiene la bondad de darnos nuestra ropita? La tiene mi señor ahí, colgadita en el brazo. Si nos da una prenditita cada vez... ¿eh? No necesita tampoco entregárnoslas todas de repente si le es mucha molestia. Como mi señor guste, el pañete de Quizzicuaztin primero o primero el huipil, luego la falda y luego la cinta mías, o en cualquier otro orden que mi señor Cuahuipiltzin desee irnos dando las prenditas chiquititas.
-Sí, claro. Más vale que os vistáis, porque el estar desnudos ya no os hace ningún avío. Tomad. Con cuidado, no se vaya a caer algo y se manche, que ya está sacudido. ¡Vaya espectáculo! ¡Y cómo se puede caer tan bajo! ¿Y tú? Tu mujer está en casa ¿verdad?
Evidentemente se trataba de una pregunta retórica y era mejor, porque Quizzicuaztin no iba atreverse a despegar los labios en muchísimo rato porque, para condenarse, mejor en silencio. Y, además, por lo que le acababa de oír a la Coyolxauqui y por lo que él mismo iba reconociendo, este era el teule ese tan famoso que solía pasearse por el barrio. Y ¿cómo puede nadie pensar en que hablara cuando un teule, que el creía que sólo se entendían con el señor, el gran señor, el señor de todos, Moctezuma, y ahora Cuitlauac, resulta que había venido de donde venían ellos, que era de más allá del cielo y del mar, y se había puesto a acercarse a su taller para sorprenderlo en sus porquerías? Estaban en todo. No querían que se cometiesen adulterios y hasta en los talleres de los macehuales se metían para quitarlos de vicios. Se conoce que las torpezas y suciedades eran ya de tales proporciones que los dioses, hartos de consentirlos, habían mandado a estos teules para meterlos en vereda y para ser más severos que los tecuhtin que los regían. ¡Hasta dentro del taller se había metido! Y la prueba de que sabía a lo que iba es que ni siquiera se le habían derrumbado encima los maderos que puso él de armadijo para que no dejasen entrar a nadie. Y ¿cómo había podido saber que él estaba allí haciendo porquerías con Coyolxauqui? Eso no había quien se lo figurase. Sabían todo.
-¿Y qué le vas a decir luego a Coyolxauqui tu mujer si esta Coyolxauqui de aquí tiene un hijo? ¿eh? Como no se va a saber quién puede ser el padre, lo adjudicarán por aproximación y a lo mejor te toca y tendrás que mantener a la criatura y a la madre como es tu obligación. ¿Y cómo le vas a explicar a Coyolxauqui tu mujer esa merma en la hacienda cuando no andáis sobrados, eh? ¿Y, si esta Coyolxauqui que está aquí resulta que te transmite unas bubas y luego vas tú y se las llevas a Coyolxauqui tu mujer, qué, pero qué culpa tiene ella de que tú seas un desbaratado y un criminal? ¿Tú no te das cuenta de que el matrimonio es lo único sagrado que existe en la vida? Si te lo tomas con esa ligereza ¿en qué se convierte? En tu condenación. ¿Qué crees? ¿que las leyes se inventan a voleo y que cuando los legisladores dicen que el adulterio merece la muerte lo dicen por decir y a tontas y a locas? No. Lo dicen porque es verdad. Eso por un lado. Ahora piensa a la inversa. Piensa que mientras tú estás aquí sepultando tu alma en la inmundicia... no arrastres el cabo del pañete por el suelo, anda, no se te vaya a ensuciar, que por hoy ya has hecho bastantes picias. Pues eso. Piensa por un momento que mientras tu estás aquí sepultando tu alma, tu mujer esté sepultando la suya. ¿Qué? ¿Qué te parece? Aparte de que te llamen lo que se llama a los maridos de las que sepultan su alma, que finalmente es lo de menos ¿qué? Luego todos los días de tu vida en tu casita dando la cena, peinando y quitando los mocos ¿a los hijos de quién? Pues con un poco de suerte de algún desconocido y, con toda verosimilitud, de algún vecino. Y llevándolos al templo para que los eduquen y poniendo tú la leña... ¿Es esa tu idea de la vida conyugal, la vida santa por excelencia?
Quizzicuaztin no había tenido ninguna idea. Que no le fueran ahora a acusar también de ideas porque él eso sí que no lo había hecho.
-El matrimonio es sagrado. Cuando te casas depositas tu honra en tu mujer y ella en ti. La honra es lo que hace iguales a todos los hombres. El más humilde tiene su honra, como el más encumbrado. Y mientras la tenga nada puede haber que le haga inclinarse ante nadie sino ante Dios. Y, si se es tan necio, se puede jugar con la propia honra, pero no con la que se le ha confiado a uno en depósito. Ese depósito es sagrado y quien lo quebranta y no honra a su mujer o a su marido merece la muerte y nada menos que la muerte. Y aun me parece muy poco, poquísimo, no me parece nada. El infierno es lo que merece. Eso es. Y hablando de otra cosa ¿cómo es que las dos se llaman Coyolxauqui?
-¡...!
-No me digas que elegiste a propósito para encima de todo poder parlotear con toda libertad de la una y de la otra... ¡Eres un monstruo de perfidia! ¿Te estuviste tu tiempo preparándotelo ¿eh? ¡Tanto cavilar para engañar a la propia depositaria y para poner de segundona a una pobre ramera, como si no mereciera tener un nombre para ella sola, cuando además puede terminar siendo la madre de tus bastardos!

La Zarzamora
17/05/2012, 23:59
Cuahuipil iba a tener muy pocas ocasiones como aquella. Tenía todo el tiempo del mundo aquella noche y dos personas enteramente a su merced a las que adoctrinar sobre la santidad del matrimonio. Por su parte, el adúltero y la adúltera, cuando al fin se sintieron con suficiente confianza para hablar, le aseguraron que no lo volverían a hacer, que los perdonase, que por favor, por favor, por favor, que no dijese nada, que era segurisísimo que ya nunca más volverían a caer en una cosa así, que los creyese, por favor, que ése era su propósito inviolable; que le habían escuchado sus razones, que los había convencido y, seguro, seguro del todo, que ya no más. Y a Cuahuipil todas aquellas seguridades ni lo convencían ni le dejaban de convencer, porque ahora por fin estaba tratando no de ver en el futuro sino de ver cómo debía proceder él en este paso. Habiendo sido testigo de un delito de adulterio, le resultaba completamente claro que él no iba a delatar a nadie porque una cosa era hablar y otra obrar y causar algo tan horrible como aquello de lo que hablaba; pero que tampoco dudaba de que se merecían todo eso que les había dicho, aunque él no los delatara. ¡Valientes cabezas de chorlito! Y si él se callaba y volvían a las andadas, todavía encima se sentiría él culpable de sus andadas. Porque el Quizzicuaztin era evidente que ya no hallaría perdón ni en la justicia ni en la religión indias. El podía decirle: no te preocupes Quizzicuaztin, yo conozco una religión que te deja confesarte todas las veces que quieras todos los días de tu vida y que te da unas penitencitas facilonas y, además, entre los cristianos de esa religión, nada de pena de muerte por cometer adulterio. Sí, se lo podía decir, pero no quería, porque así como en lo de comerse los unos a los otros no le parecía buena la religión de los indios, en esto de no consentir infidelidades y no dar ventajas a las desvergüenzas, él estaba una y mil veces con los indios porque era patente que tenían razón, pues si él, Quizzicuaztin, no teniendo ya perdón, era tan insensato que arriesgaba la vida antes que dejar sus monstruosidades, cabe imaginar en qué abismo caería si no temiera nada. Y a la postre quienes se perderían serían su humanidad y su salvación en el más allá porque lo más seguro es que muriese sin reformarse y pensando "mañana me confieso y ya está". Y ¿dónde estaría entonces el favor que se le quería hacer? Lo fácil nunca es de fiar. El que tantos cristianos viejos hicieran a diario lo que había hecho Quizzicuaztin y se les perdonase era el hundimiento de las repúblicas, de los pueblos y de las almas. No. Los indios y los cristianos nuevos se debían, aunque sólo fuesen ellos en todo el universo, mantener la pureza de la honra y las buenas costumbres, que es el único oro que vale en esta vida.
Pasada la vehemencia de estos pensamientos, a Cuahuipil le vinieron los de su condición en Tenochtitlán. Calló un rato sin que los dos pécoros abrieran la boca y se dijo que ahora lo que había que hacer era dormir y así mañana vería con más claridad. Habló, pues, a Quizzicuaztin para mandarlo a su casa, no sin un: "Y ahora dime con qué cara te vas a presentar a tu mujer, grandísimo criminal". Quizzicuaztin, a pesar de lo que se le mandaba, no se atrevía a moverse, porque temía, en cuanto se diera media vuelta, que este teule le mandase a los alguaciles y ya se veía con la cabeza hecha tortilla y con su mujer mirándolo mientras se la espachurraban.
-¿A qué esperas? ¿Qué pasa, que si no apareces en toda la noche tu mujer no se pregunta ni se inquieta ni averigua? ¿No te parece que por hoy ya has hecho bastantes hazañas?
Intervino Coyolxauqui y sería difícil saber si con primeras, con segundas o con cuáles intenciones.
-Vaya, vaya, mi señor Quizzicuaztin, que yo me quedaré aquí al cuidado de la serrería.
-Ya lo has oído -corroboró Cuahuipil-. Ve a tu casa y mañana, cuando vengas a trabajar, será otro día y veremos.
Por fin, sin tenerlas todas consigo y, desde luego, sin saber qué cara iba a tener cuando se presentase a su mujer, porque estaba que se hacía sus necesidades de miedo, se dirigió Quizzicuaztin a su domicilio conyugal.
Si la oferta de Coyolxauqui de guardar la serrería había tenido una intención ulterior, se quedó solo en intención y sólo en ella, porque, aparte de esbozarle algún sermoncito más y de dejar que le arreglara un poco la pintura de la cara, Cuahuipil no mostró ganas esa noche de ninguna otra cosa. Sacó el árbol de su atillo, recitó para sí la azora del Alcorán y se quedó dormido.
A la mañana siguiente se despertó al oír moverse a Coyolxauqui y le costó un par de instantes recordar dónde y en qué situación estaba.
-¿Ha vuelto ya Quizzicuaztin?
-Si mi señor lo quiere ver, seguro que ya no tardará.
Dejó que Coyolxauqui se aseara y él hizo otro tanto. Coyolxauqui parecía no tener prisa ni ganas de ir a ningún sitio y era difícil saber si de miedo de que la denunciara Cuahuipil si lo dejaba solo o de esperanzas que se hacía con respecto a él o porque, estando todos los milicianos ocupados en la guerra, tampoco tenía clientela fuera del taller. En cualquier caso él no tenía ninguna objeción a su compañía porque la muchacha le agradaba y le daba pena que estuviera en estos malos pasos, así que, mientras llegaba Quizzicuaztin, platicó con ella de los porqués y de los porqué no.
-Mi señor Cuahuipil, no me puedo retirar sin tener unos ahorros, compréndame mi señor: yo no sé otro oficio con qué ganarme la vida. No sé tejer, no sé hilar, no sé hacer tortillas... Lo que me dice mi señor se dice pronto, pero las cosas son de otra manera.
Coyolxauqui se había ido acalorando con la conversación. Ella no era una malvada ni delincuente y él lo sabía, que ya había hablado con él en otras ocasiones.
-Pero apréndelo, Coyolxauqui, aprende un oficio. Yo te puedo enseñar a hacer cacharros.
-Está muy bien y mi señor es muy santo y muy bueno, pero mientras lo aprendo tengo que comer, aunque sea poco, y gastarme no poco en vestir y, mi señor tal vez no lo entiende, pero el ser puta ocupa todo el día y toda la noche porque, para encontrar el cliente a la hora que sea, una tiene que estarlo buscando a todas horas.
-Pero ¿y los tequihuaques que os buscan en el baile...? Dicen que aquello es un filón.
Coyolxauqui también le contestó a esto pero casi chillando:
-Sí, mi señor, el baile es un filón para las alcahuetas, pero yo, aunque bien me gustaría, no soy alcahueta y el baile para lo que me sirve es para llegar de un día al otro sin tener el de después ni un solo grano de cacao más que el anterior. Y no me meto con los casados por capricho, ¿sabe mi señor? porque explíqueme, mi señor, si no es de los casados que no están en manos de las alcahuetas ¿de dónde voy a sacar para retirarme? De manera que, si mi señor quiere denunciarme, pues está muy bien porque me va a quitar de todos los problemas ¿sabe? de todos los problemas.
El final de este parlamento lo dijo Coyolxauqui ya llorando y Cuahuipil se sintió conmovido:
-No te voy a denunciar, Coyolxauqui, y me da mucha pena lo que me dices. Ven, anda, ven, no llores. Seguro que, si pensamos, encontraremos alguna manera de sacarte de esto. Hale, mujer.
Desde luego, pensaba Cuahuipil, la vida parece una enorme piedra rodante y ciega que siempre aplasta a los más desgraciados. Le tenía consternado la criatura. Ahora que estaba sin todos los afeites y colorete que se solía dar para hacer su oficio, como le decía, todas las horas del día y de la noche, la veía tan... tan... de carne, tan criatura… Podía ser su hermanita pequeña. ¡Pobre hija! Esto pensaba mientras le mesaba los cabellos y la espalda tratando de apaciguarla.
El que desde luego no era su hermano era Quizzicuaztin, porque si no hubiera desbaratados como él y como todos esos tequihuaques, soldados, violadores, estupradores y tantos hombres sin honra ni vergüenza dejados de la mano de Dios, no se verían estas criaturas, como moneda falsa, de mano en mano y ¿quién se acordaba de ellas, cuando ya no circulaban?
En esto último en ¿quién se acordaba de ellas? estaba Coyolxauqui totalmente de acuerdo con Cuahuipil. Ella apreciaba la sinceridad del teule pero tampoco era la primera vez que alguien se compadecía de corazón de ella o de otras como ella pero, por desgracia, también sabía en qué terminaba todo el asunto: en que, no por deslealtad ni por inconstancia ni por falta de sinceridad sino porque, finalmente, la vida lleva a cada cual por su camino: un día te acompañan y te ayudan y otro también pero llega un tercero o un cuarto en que tienen a la mujer enferma o mal encarada, en que el trabajo los agobia o los agobian los hijos o en que les meten un hermano en la cárcel y ya no pueden seguir ocupándose de ser buenos contigo. Y cuando desaparecen ¿qué te queda?: el recuerdo, tan doblemente triste precisamente por ser bueno. Pero sí, también era verdad: ¿quién cierra por sí solo la única ventana de la cárcel antes de que la tapie el carcelero? ¿quién le dice a una mirada limpia "no me mires así", aunque vaya mañana a ser recuerdo triste?

La Zarzamora
18/05/2012, 00:00
Terminó llegando Quizzicuaztin. Pero a él no le dijo Cuahuipil que no pensaba denunciarlo, porque a él sí lo pensaba denunciar, sobre todo después de cómo lo había conmovido Coyolxauqui. El cómo se proponía denunciarlo a él sin denunciarla a ella era lo que, en su indignación, todavía no había resuelto ni resolvería nunca porque sabía que todo lo que pensaba eran palabras y desahogo, aparte, claro está, de que no estaba en situación de denunciar a nadie. En cualquier caso, el carpintero adúltero, a pesar de esa cabeza de serrín, había tenido la buena idea de traerles unas tortillas, con lo cual comieron los tres. Después, a lo largo de la mañana, por Quizzicuaztin, que se ausentaba a recados, y por Coyolxauqui, que también salió alguna vez y se ofreció a traerle lo que necesitase para su disfraz, fue teniendo noticias de lo ocurrido con los cristianos y aliados. Muerto habían casi todos en la laguna. Al paso de la calzada de Tlacopan, todos los canales que la cruzaban estaban cegados con los cuerpos de caballos, cristianos y aliados muertos, con sus armas y con su fardaje. Los mexicas habían hecho muchos cautivos y ahora estaban en las ceremonias de sacrificarlos.
Todo el oro recaudado para el césar Carlos también había caído en la laguna y la pelea entre los propios mexica por hacerse con él era reñida. Quedaba finalmente un puñado de cristianos y aliados que, al estar en la zaga y no haber podido pasar ya porque se les echaron encima las milicias, habían retrocedido hasta Axayácatl, donde estaban sitiados como una gota de agua dulce rodeada de mar y no tardarían en caer. En cuanto al otro puñado de los que sí habían conseguido escapar y que no supieron decirle cuántos eran, estaban la mayoría heridos y habían perdido toda la pólvora y las armas en los canales. Estos escapados, al parecer, siempre acosados y perseguidos por los mexica, seguían el contorno de la laguna dirigiéndose hacia el norte y, si eran en tan pequeño número, lo que él pensaba es que no iban a intentar hacerse fuertes en ningún lugar sino que tratarían de ir rodeando la laguna por el norte y luego de seguir hacia el este, camino a Tlaxcala, para allí rehacerse, si llegaban.
En cuanto a él, de momento, no podía hacer otra cosa que esperar. La vigilancia y las patrullas mexica, mientras los escapados estuvieran cerca, serían todavía demasiado tupidas para arriesgarse a salir, cruzar la laguna o aventurarse en tierra firme, aunque fuera de noche, no pudiendo él hablar sin delatarse. Y tenía que ver qué hacía con estos dos. Al Quizzicuaztin, desde luego, no podía permitirle así, tan ricamente, coronar una vida de crímenes dejándole libertad para volver a caer en ello una vez más. Terminaría destrozando su vida matrimonial y pudriendo a su familia, amén de seguir siendo un desgraciado que viviría de prestado o, más propiamente, de alquilado. Y Coyolxauqui... hubiera querido aprovechar ahora el tiempo para enseñarle a hacer cacharros, aunque fuera lo más elemental para que luego ella entrara de aprendiza con alguien, pero a la serrería difícilmente podían traer barro y todo lo necesario para trabajar, aparte de que, si lo veía alguien, no dejaría de hacer preguntas y, si lo capturaban antes de enseñarle nada, tampoco habría servido de mucho, ni él podía permitirse que lo capturasen y tenía que pensar también en Ilhuicáatl.
No sabía si Xiloxóchitl y Teyohualminqui estarían entre los vivos, entre los muertos o entre los cautivos. Sí sabía que iban a salir más bien hacia la zaga, lo mismo que Marcos Bey. Debía ver el medio de llegar a Tlaxcala porque, si el hermano y el tío eran muertos, sería demasiado para ella. Y con respecto a Coyolxauqui, también tenía que pensar muy bien qué solución había para la muchacha. Dejarla tal como estaba, desde luego, le haría sentirse a él como un puerco más, después de haberse comprometido tanto de palabra, porque era claro que la muchacha no se hallaba en eso por depravación, sino porque no sabía o no podía vivir de otra forma.
Por lo demás, ellos no le parecía que lo fueran a delatar. El Quizzicuaztin era tal el susto que tenía, que la idea de que una autoridad tenochca y el Cuahuipil llegaran a coincidir alguna vez, aunque fuera en lo alto de un teocali y en un sacrificio, lo mataba de miedo. Cobarde que era, como todos los renegados adúlteros, grandísimos criminales. En Coyolxauqui, por su parte, el miedo de que la acusasen de adúltera se equilibraba con el de que la acusasen de encubridora y lo que sin duda inclinaba el fiel de la balanza era precisamente el ver en Cuahuipil a alguien semejante a ella, alquien que era humilde y trabajador, porque mientras estaba en la serrería, ayudaba a Quizziquaztin y no se quedaba nunca mano sobre mano ni esperaba a que lo sirviesen. Coyolxauqui era fiel tenochca, no es que no lo fuese o no se sintiese y, si hubiera sabido de algún cristiano que hubiera quedado por ahí, sí lo hubiera denunciado. Pero no veía que, en la circunstancia, ese principio general rezara con este muchacho que estaba en la serrería, al que conocía, que le había sacudido la ropa, y con el que había llorado y comido tortillas y era lo más parecido a un hermano que pudiera imaginar. Los enemigos son extraños y Cuahuipil no lo era, al menos ella no lo sentía así.
Esa primera noche en la serrería de Quizziquaztin finalmente se convirtió en unos cuantos días. Unos días en los que Cuahuipil sufrió mucho, porque estuvo casi todo el tiempo encerrado, preocupándose por la suerte de Xiloxóchitl y Teyohualminqui y, por consiguiente, de Ilhuicáatl. ¿Y cómo podía dedicarse a una mujer al oficio de bayeta? No a trabajar con la bayeta, sino a ser bayeta. ¡Si era una cría! No le había preguntado la edad, pero seguro que no pasaba de los dieciséis. ¿Qué porvenir le esperaba? ¿Por qué la vida era tan cruel? ¿Por qué podía humillar tanto y tan feamente?
En cuanto a Quizziquaztin y a pesar de su empeño en reformarlo, empezaba a sentirse derrotado. Ese hombre era bobo, bobo de remate. Pasó muchas horas razonando con él, tratando de hacerle ver que era con su mujer con quien tenía que jadear y abandonarse y no con una extraña. Él no protestaba de palabra, pero la quieta cerrazón de su expresión -lo que veía de ella, claro, porque no alzaba la cabeza así lo matasen-, le decía que las palabras de Cuahuipil no le convencían nada de nada. Y él se sentía inútil, torpe, fracasado y, encima, preocupado, por no saber hacer comprender lo que para él era claro como la luz del día y eso, a su vez, le hacía sentirse cómplice de cualquier otra barrabasada que pudiera cometer el muy criminal. Sería que le faltaba experiencia y no sabía ponerse en el lugar del otro y entenderlo. A él se lo habían enseñado muy bien pero se daba cuenta de que ahora él no sabía hacérselo ver a nadie más cuando parecía algo tan sencillo. Pero, aparte de eso ¿qué podía hacer él?

La Zarzamora
18/05/2012, 00:01
Cuahuipil no debiera haberse preocupado tanto ya por lo que podía o no podía. Los parlamentos que sostuvo con el pécoro no cayeron en saco roto puesto que también los oyó Coyolxauqui, que estaba allí, y a ella sí le hicieron mella, como cuando interrogaba Cuahuipil a su víctima (casi parecía un cura) de esta forma:
-Pero ¿por qué en lugar de hacer todas esas porquería a una insulsa como esta Coyolxauqui no te das el gusto con tu mujer?
“No es insulsa” afirmó cabizbajo e indignado en sus adentros Quizziquaztin. Para afuera, dijo:
-Esta Coyolxauqui es muy hermosa. Mi mujer es fea.
Decididamente éste era bobo, bobo de renombre.
-“Mi mujer es fea” -le remedó Cuahuipil, detestándose al mismo tiempo que lo hacía-. ¿Y esta Coyolxauqui es hermosa, dices? Mírala. Son todos los afeites y coloretes que se pone lo que dices que es hermosa, no ella. Todo mentira. ¿Qué clase de falso eres que prefieres cualquier mentira a tu mujer de verdad?
-…
-¿Tú te has fijado en tu mujer? ¿Te has fijado bien?
-(murmullo) co(más murmullo) feas.
-Habla más alto y levanta la cabeza, que no es para hablar para lo que necesitas tener vergüenza.
-Tiene una verruga con pelos aquí -se señaló sin levantar la cabeza y con voz apenas más audible que antes.
-¡Así que tiene una verruga con pelos en el cuello! ¡Qué horrible ¿verdad?! Lo que te pasa a ti no es que seas vicioso, es que te caes de bobo. Tú te dedicas a tus majaderías y mientras tanto dejas sola a una mujer con una verruga con pelos como si no tuviera dueño. ¿Tú qué crees que terminará pasando si haces eso? ¿Tú sabes lo que hacen a los hombres las mujeres con esas “cosas feas” que dices tú? Ésas, ésas son las que los vuelven del revés. Ésas, las que tienen esos defectos tan feos que dices, las que les hacen pensar “me pierdo, pero no me importa”, porque te pierdes con gusto. Esas son las que lo amarran a uno y no lo sueltan, no estos puestos ambulantes de perfumes y coloretes que lo mismo daría acostarse con ellas que un saco de serrín pintado y perfumado (y señalaba airado esa clase de saco, que allí los había). Parece mentira que seas tan viejo y que sepas tan poco.
-(Murmullo).
-Que levantes la cabeza y hables que se te oiga.
-Con mi mujer no me atrevo.
-¿Cómo? Es que no se te oye. ¿Qué con tu mujer no te atreves? Ésta es la mejor de todas. No te atreves. ¡Porque eres un cobarde! Por eso no te atreves. ¿Por qué no quieres abandonarte a tu suerte en otra persona? Porque no confías, no crees. Eres un infiel, eso es lo que eres. Y, como eres un cobarde, sí te atreves con una cría a la que no tienes que complacer ni debes consideración ninguna, porque pagas para que ella pierda la vergüenza que tú no quieres perder con quien la debes perder, porque eres un cobarde.
Llegado a este punto Cuahuipil se encendía tanto que ya no le salían más palabras, porque “cobarde” le hubiera llamado una y otra vez hasta enterrarlo en ella. ¡Pero qué poco sería un pedrusco para este botarate!
Y, con un gesto de impaciencia, que también se reprochaba al mismo tiempo que lo hacía, lo dejaba por imposible, o se dejaba a sí mismo por imposible porque estaba seguro de que era él el que no sabía explicar algo tan elemental y se preguntaba cómo era que él lo había entendido tan bien cuando se lo explicaron y ahora era incapaz de hacérselo ver a otros.
En cuanto a Coyolxauqui, si oyendo cosas así no se le fueron las esperanzas de con su oficio ganar el sustento del día siguiente, y no digamos ya el retiro, seguramente nada se las quitaría. Pero estos forcejeos sólo duraron dos días, hasta que Cuahuipil decidió que, más que corregir, lo que estaba haciendo era que el otro se empecinase. Oyéndose, se recordaba a los cristianos, pocos, desde luego, aunque entre ellos estaba Cortés, que se emperraban en hacer volver a los indios de sus creencias, abrumándolos con explicaciones infinitas y repetidas que no llevaban a ningún lado. Si la iglesia inquisitorial se salía con la suya, estos indios terminarían como él, diciendo a todo amén, para salvar la vida propia y la de los suyos y renegando de por vida. Así que ahí lo dejó. Claro que a él no lo dejó la preocupación al mismo tiempo, pero ¿qué iba a hacer? A lo mejor dejándolo estar terminaba ocurriéndosele algo. Pero ¿cómo se podía ser tan rebobo, este simplote, que era mucho más madero que los maderos que aserraba? Sí, sí, no podía ponerse en este estado, mejor lo dejaba, que finalmente él no era su guardián y tenía otras cosas en qué pensar.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:08
Ya nos figuramos, que no con tantas palabras -tal vez con sólo unas pocas de su selecto vocabulario- hubiera resumido Cuetlachtli lo que pensaba de la salida de los teules de Tenochtitlán y de los acontecimientos que la siguieron. Aquí, no obstante, se relatará de una manera no tan entretenida, quizás, pero sí lo necesariamente detallada para dejar ver lo bien fundado de su razonamiento de entonces.
Tal como le explicó a su padrino, lo que ella pensaba era que, puesto que el acabar o no con los teules de Axayácatl era sólo algo episódico y no una victoria o derrota definitivas, el que, puestos a escapar, alguno lo hubiera logrado, era el peor de todos los sucesos posibles. Si hubieran muerto todos en Tenochtitlán, no podrían contar nada y los tenochcas hubieran podido relatar los hechos a su manera y ganarse así a otros teules que pudiera mandar su rey a vengarlos y hubieran podido asimismo atemorizar a los demás indios, sobre todo a los que se habían atrevido a rebelarse contra Tenochtitlán escudándose en los cristianos. Pero al haber conseguido escapar algunos cristianos y aliados, se ponía en entredicho la capacidad de la Triple Alianza para acabar con sus enemigos y se dejaba a unos supervivientes que de igual manera podrían contar lo que quisieran, y lo que quisieran no tendría por qué convenir a Tenochtitlán. La irritaba que las milicias y el estado mayor mexica no hubieran podido con aquel puñado de monos y fregonas. Les habían hecho el suficiente daño como para dejarles ganas de desquite y no el suficiente para quitarles los medios de tomárselo.
El que la ciudad y la Triple Alianza, aprovechando los muchos cautivos y los caballos pescados de las aguas, alardearan ahora y propalaran su victoria total le parecía patético. Los habían tenido dentro y habían escapado. ¿Qué importaba que la mayoría hubieran muerto o estuvieran cautivos? A notar, que el principal elemento, el capitán de Malinche, ése parecía que sí que había escapado. ¿Victoria? Peor no podía ser. Confió todavía algunos días, mientras los teules se movían por el contorno de la laguna, en que las milicias de la Triple Alianza acabaran con ellos y, sobre todo, que no les permitieran llegar a Tlaxcala, que era al parecer el rumbo que llevaban, como era de prever. Todavía en las escaramuzas de los días siguientes al de su salida de Tenochtitlán mataron a algunos cristianos, tlaxcaltecas y caballos, pero en lo que al parecer se pensó echar el resto fue en la batalla que se les iba a dar cerca de Otumba, con gran multitud de milicias, mal mandadas, por los muchos jefes militares que habían matado los cristianos en la celebración del Toxcatl. Aunque tampoco eso le servía a ella de excusa. Los militares siempre están expuestos a que los diezmen y eso es algo con lo que hay que contar en cualquier cálculo y con lo que ella suponía que habían contado los cuadros militares de Tenochtitlán. Y, hablando de cálculos, también con que los cristianos intentaran hacer lo que hicieron en el Toxcatl deberían haber contado. No se puede estar acusando a alguien de todas las perfidias y luego sorprenderse porque en efecto hacen algo pérfido. Pero ¿cuántos agujeros tenía el cántaro tenochca por los que a la primera de cambio se le iba todo el caudal?
La batalla de Otumba, sin embargo, se perdió, y los dos días que la siguieron hasta que llegaron los perseguidos a la raya de Tlaxcala lo único que se hizo fue seguir hostigándolos en su retirada sin detenerlos.
Habida cuenta, pues, de los hechos en el campo de batalla, era irritante que en la ciudad se festejase el suceso como si fuera un gran triunfo, que se hubieran troceado los cautivos y que se estuvieran repartiendo las tajadas junto con las cabezas de los caballos por todos los rincones del imperio, para que las comulgasen las autoridades y personas destacadas, demostrando así cómo el poder de Tenochtitlán seguía intacto y lo mal que les iba a ir a quienes tuviesen la veleidad de no mantener su adhesión al imperio tenochca. No que a eso le viera Cuetlachtli nada que objetar, puesto que ¿qué otra cosa cabía hacer? Pero que si no se hiciera tampoco supondría ninguna diferencia. Eso, acallar conciencias, porque si esos alardes y esas amenazas luego no iban a poder sustentarse con hechos ese año, al siguiente, al otro y al otro, a la larga el descrédito y la burla serían tanto mayores, y con tales aspavientos Tenochtitlan sólo se estaría engañando a sí misma.
También se hablaba al parecer de enviar embajadores a Tlaxcala para convencer a sus caciques de que diesen muerte a los teules y acabaran con ellos cuando se refugiasen allí y para ofrecer a la república, una vez libre de los extraños, partir con ella el imperio y volver a los antiguos usos, a la antigua religión y a la antigua paz -tan antigua que ya hacía más de un siglo, y en la historia general de los chichimecas en el Anáhuac, un siglo era mucho. Esto, de hecho, no era más que decirles a sus enemigos de tanto tiempo: por favor, arreglad la chapuza que he hecho yo, porque yo no valgo ni para eso. Confesión lastimosa donde las hubiera, que no podía inspirar más que desprecio. Eso sin entrar en que Cuetlachtli, desde luego, no creía que el ofrecimiento fuese sincero. Tenochtitlán no podía ni era capaz, de verdad, de compartir su imperio con nadie y menos con los tlaxcaltecas, y un siglo transcurrido desde aquella antigua paz era más que suficiente para olvidarla y poner otras cosas en su lugar. Por otra parte, aunque ella nunca había estado en Tlaxcala, mientras estuvo en Axayácatl, pudo observar a los tlaxcaltecas que estaban allí y apreciar claramente dos cosas: una, que estos tlaxcaltecas no parecían interesados en poseer ningún imperio, partido ni sin partir, y menos todavía con los mexicas, sencillamente porque no se fiaban de ellos y porque meterse en cualquier cosa con ellos les parecía lo mismo que meterse en la cama con una víbora. La otra cosa era que parecían estar a gusto con los teules. Tal vez no iban a una con ellos en lo que atañía a la religión, pero el hecho mismo de que aun sin estar de acuerdo en eso hubieran encajado con tal facilidad, indicaba demasiado. Y finalmente ¿qué sabían los mexicas de los tlaxcaltecas? No sabían nada. Durante años se habían sacrificado tlaxcaltecas en los templos de Tenochtitlán y en Tlaxcala se habían sacrificado cautivos de la Triple Alianza, pero ¿cuándo habían hablado? ¿cuándo habían tenido trato, salvo alguna tentativa de tapadillo y oportunista entre altos cargos? Fuera de eso nada. Jamás se había celebrado con ellos ningún matrimonio ni concubinato ni político ni por amor ni por odio ni por equivocación. Sí, habían heredado de sus respectivos antepasados la misma lengua y la misma religión, pero lo que de ellos se hizo después ¿lo conocían verdaderamente? Los tenochcas, de un pueblo mísero y maltratado, se habían convertido en un imperio temido en cuanto abarcaba. ¿En qué se habían convertido los tlaxcaltecas? No en un imperio, desde luego, pero en algo se habrían convertido, lógicamente. Mas qué era ese algo, en Tenochtitlán no lo sabían, no lo habían querido saber nunca y seguro que tampoco tenían maldito el deseo de saberlo ahora, reduciéndose su interés a que aquellos mugrosos sin más les hiciesen el trabajo. Y en el caso de que fuese sincero el ofrecimiento, y la necesidad, puede aclarar muchas ideas, qué duda cabe –a ella se las había aclarado-, la desconfianza de los tlaxcaltecas era inevitable. ¿De verdad se avendría el poder tenochca a ser uno más en una alianza? Esos embajadores que pensaban enviar iban a encontrarse delante de alguien que no sabían ni quién ni qué era ni qué quería ni qué pensaba. Además, mientras los tlaxcaltecas estuvieron en Tenochtitlán como aliados de los teules, y no siendo ellos los importantes, Tenochtitlán los había alojado sí, qué remedio, pero no los había mirado como a otra cosa que como a lacayos de los otros. ¿Acaso no les decían que eran sus mancebas? Y lacayos, mancebas o lo que fuesen, finalmente ojos tenían y no pudieron dejar de ver el desprecio con que eran vistos. Y si hace unos días eran vistos así, ¿cómo iban a creerse que ahora eran vistos como dueños de un imperio? Sí, había que intentarlo -¿qué es lo que no había que intentar?-, pero iba a salir mal. Y si acaso se encontraba en Tlaxcala a alguien dispuesto a aliarse con Tenochtitlán seguro que no sería porque se fiase de lo que se le ofrecía, sino porque con ello pensaría favorecer su propio interés y porque, en justa reciprocidad, en su momento también se sentiría libre de engañar a Tenochtitlán a voluntad.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:16
Todas estas consideraciones le acudían a la mente y, unidas al colmo de aburrimiento en el que estaba y a la impaciencia a duras penas contenida por lo que veía tan claro sin que sirviese de nada el que lo viese, le hacían insoportable el seguir inactiva. Que los ineptos del estado hicieran sus ineptitudes, que ella iba a obrar por su cuenta, que para eso sabía y podía. Y los resultados de su acción tal vez no se verían tan pronto, pero a la larga, y en la escala de su capacidad, se palparían, y si no, habría peleado, que es lo que los dioses esperan de un ser humano. Había algo que ella podía hacer para no estar mano sobre mano y que era lo mismo que había empezado a hacer en Axayacatl, es decir, aprender del enemigo, y lo iba a hacer con o sin permiso de nadie.
-Padrino, me voy a Tlaxcala.
-¿Cómo, hija? ¿A qué vas a ir allí? ¡Te van a sacrificar!
-No me van a sacrificar, padrino. Voy a reunirme con el Huitzilopochtli, que al fin y al cabo es mi barragán.
-Pero no sabemos si está vivo o muerto. Es fácil que esté muerto.
-No, padrino. No es fácil que esté muerto, porque, si se hubiese recuperado de entre los muertos de los canales, no hubiera dejado de saberse que entre los muertos estaba la imagen del Huitzilopochtli y lo mismo de los demás campos de batalla o de los lugares por donde han pasado.
-Tal vez. Pero seguro que hay muchos cadáveres que han enterrado ellos mismos o que por algún motivo no hemos recuperado nosotros. No podemos tener seguridad de eso.
-Bueno, está bien. No lo sabemos. Y como no lo sabemos y yo soy su fiel barragana, voy a Tlaxcala, pregunto por él, porque lo quiero mucho, y no me van a decir que no y, si está muerto, me quedaré a llorarlo y, mientras lo lloro, pues a lo mejor encuentro otro teule que se parezca a cualquier otro dios y le digo que me he quedado sin el mío y necesito otro y que me tome de concubina.
-¿Y si no quiere?
-Cualquiera de ellos me querría, padrino. ¿Tú no te has enterado bien de lo que te he contado que hacía cuando estaba en Axayácatl? Cualquiera de los cuatrocientos y pico que estaban aquí se pelearía con todos los demás por tenerme de concubina, de hija, de madre o simplemente de piojo, porque conmigo puede ganar una fortuna jugando a las cartas. No te preocupes. Eso es lo más fácil de todo. Fui muy popular entre ellos. Me llamaban la Vacatecuhtli, y la vaca brava en su tierra, por si no lo sabes, es el animal más estimado, más que aquí el águila, y por lo visto, mata y todo. Yo creía que se lo habían inventado para darnos en las narices con las cosas que tienen ellos y nosotros no pero, al parecer, existe de verdad ese animal.
-Pero ¿y los tlaxcaltecas, hija?
-Esos no me van a hacer nada siendo yo concubina de un teule.
-¿Pero y si no te dan tiempo a que expliques eso?
-Padrino, no seas agorero. Claro que me va a dar tiempo y sé gritar muy bien y la lengua en la que grito yo es también la suya, al menos en eso nos seguimos pareciendo.
-Será así, hijita. Lo que no creo es que los nuestros te vayan a dejar ir. Con la guerra declarada y ellos allí refugiados, seguro que no. Y si yo lo propongo y defiendo, no sólo no me va a secundar nadie, sino que podrían acusarme de traidor y por mí no me importa, pero no puedo poner en ese aprieto a toda la familia.
-No, padrino, no te arriesgues a nada. Si no me dejan ir, iré sin que me dejen y ya está, y nadie necesita saber nada sino que me ido por ahí. Me llevo a Chalchiunenetzin y a su marido, que pueden ir hablando otomí por todas partes, y por ende ser muy neutrales y, en llegando a la raya de Tlaxcala, me coloco en el pecho una cruz que se vea desde una legua y, como dicen ellos, por la cruz seré salvada. Y hablando de todo un poco ¿no voy a comulgar yo de los cautivos que se han sacrificado?
-De verdad que he intentado conseguirte un trocito de teule e incluso de tlaxcalteca, por chiquitito que fuera, hijita mía, pero ha sido imposible. Yo tampoco lo he catado, no vayas a creer, y dudo de que el mismo huey tlatoani haya comulgado de ellos, porque estamos tratando de que con los que hemos sacrificado nos dé para enviar a todos los notables del imperio y que se sientan partícipes de nuestra gesta y bando.
-No creas tú también que no es una coña nuestra religión. Resulta que los tienes de enemigos, los odias con toda tu alma, los matas y, a partir de ahí, son cuerpo divino y te los tienes que comer con devoción y sin poder hacer un mal gesto.
-Esa es la doctrina y debiera ser así, pero no sé yo cuánta devoción tendríamos muchos de nosotros verdaderamente si les hincáramos el diente. Yo por lo menos los masticaría con verdadera saña.
-¿Tú no crees que si te los comes, adquieres algo de ellos?
-Sí, claro, participas de la divinidad.
-No. No digo eso, digo de lo que eran en vida.
-Pues... no sabría qué decir. Si te pudieras comer a uno entero o un buen pedazo, no sé lo que ocurriría, pero con los trocitos a los que solemos tocar, aunque haga algún efecto será tan pequeño que no creo que se note. No… No me había parado a pensarlo antes. No lo sé.
-¿A qué saben?
-Los que los han catado dicen que amargan, pero no sé si eso no será pasión de enemigo. De vivos, desde luego amargaban muchísimo.
-Bueno, sea como sea, yo voy a preparar el viaje ahora mismito, que cuanto antes aparezca por allí tanto mejor, no sea que al Huitzilopochtli le ofrezcan otra concubina en Tlaxcala y luego tenga que andar envenenando rivales.
-¿Sabes, hijita? Por nuestro territorio vas a tener que moverte con mucho tiento. De macehuala no te puedes disfrazar porque con el porte y el genio que tienes se te descubriría a la legua y, yendo tal cual eres, no dejará la gente de preguntarse, viajando así y sin séquito, dónde vas y qué haces. Tal vez debería darte un séquito.
-No, padrino. Si me das un séquito tendrá que saber adónde voy y la hemos liado. Tú déjame y no te preocupes, que todavía me queda a mí mucha guerra que dar.
-¡Qué enamorado estaba de ella! ¡Guerra! ¡La auténtica personificación de lo mexica! ¡Qué hija tenía!
-Y otra cosa que quiero que sepas muy bien, ahijadita de mis entrañas, es que donde quiera que vayas y en todo lo que emprendas te acompaño de todo corazón y llevas mis parabienes. Y, por favor, trata de hacerme saber de alguna manera cómo te ha ido, para que goce al menos de la tranquilidad de ese conocimiento.
-Lo intentaré, padrino.
-No dejes de llevarte tampoco, hijita, suficientes mantas, cacao y granos de oro para que no pases necesidad y, si te vieras en algún apuro con nuestras autoridades, di que yo te mando a Tepeyacac, porque he convenido que seas la concubina de uno de los caciques de aquella provincia y que si no llevas más séquito, es porque os atracaron los salteadores y huyeron dejándote desamparada. Finalmente, estando todo el mundo en pie de guerra tampoco es fácil conseguir un séquito y, mientras lo comprueban o no, hay margen de escabullirse o pensar otra cosa, aunque prefiero que no tengas que decir nada. El que vayas a Tlaxcala, hoy día, aquí se interpretaría de través.
-¿Y quién lo va a interpretar de través? ¿Los ruines que se quedaron en la laguna peleándose por el oro que perdieron los otros mientras los dejaban escapar y que si tuviéramos lo que debemos tener, ya deberían estar ejecutados? ¿O los otros que se encumbran acusando y ejecutando a inocentes por colaboracionistas? ¿Esos lo van a interpretar de través? ¡Qué graciosos! De todas formas, no te preocupes. Todo va a ir bien. Y si va mal, pues a lo hecho, pecho. Ya sabes que la muerte si la hago pagar cara, no me parece mal.
-Eso es, hijita, eso es. Así se habla. Pero, donde quiera que estés, no me olvides, corazón mío, tenme presente, porque yo no viviré más que pensando en ti.
-No te voy a olvidar, padrino. ¡Pero no llores, hombre!
¿Cómo no iba a llorar si no lo iba a olvidar? ¿A qué más podía aspirar él sino a que ella no lo olvidara?
Mira también. No tenía que haberle dicho eso. Se emocionaba y luego cuando se despidiesen iba a ser una llorera de mucho cuidado. ¡Con lo poco que le gustaba a ella despedirse y llorar! Así se recriminaba Cuetlachtli mientras se disponía a aleccionar a Chalchiunenetzin y a Xochiyetla para que la acompañaran y a preparar lo que se quería llevar para el viaje, que emprendería tan pronto estuviese todo listo.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:19
Salieron al día siguiente y durante todo la travesía por agua a la gran ciudad de Texcoco hallaron la laguna, como era habitual, muy transitada. Había acales de los que se dedicaban a la pesca, a extraer el queso de agua o a cazar aves acuáticas y, en gran número también, los que iban cargados de mercaderías. En comparación, eran menos los que sólo transportaban viajeros, aunque empezaron a menudear a medida que se aproximaban a Texcoco, ya que, una vez desembarazados de los teules y con el fin de las hostilidades, los moradores de la ribera y los islotes habían reanudado la vida normal con más intensidad que antes si cabe, como para compensar por lo pasado y como para asumir nuevamente su condición de centro de un imperio. De hecho, eran muchos los tecuhtlis y cargos militares y civiles que se desplazaban entre todos los territorios sujetos a Tenochtitlán.
Cuando ya se divisaba en la lejanía la entrada por entre cañaverales del muelle de Texcoco, que era la segunda ciudad en importancia de la triple alianza, le asaltó a Cuetlachltli el pensamiento de si después de todo era buena idea aquella de desembarcar allí. ¿Cómo sabía que no se iba a encontrar a nadie conocido? ¿Cómo sabía que, con todos los principales que había, nadie iba a querer saber quién era ella y a preguntar y a preguntarse? Finalmente, debido a su carácter, era un poquito conocida. No titubeó mucho y dio instrucciones al acalpan para que se dirigiera a Chiautla, un poco más a septentrión. Allí siempre podría decir que venía de Texcoco, como recién llegada concubina de un principal, a ver unas tierras de cuyas rentas se le había dado el disfrute y que estaban un poco más allá. Así lo hizo y, para cuando el acale empezó a internarse entre los cañaverales de Chiautla, ya estaba anocheciendo y empezaba a ceder el tránsito de embarcaciones.
Esto lo observó la mexica ciertamente, pero no sólo ella. También lo observo Tlacaláel Ilhuicamina XXVII, enésimo jefe de la banda de los Pájaros Voraces, bandidos depredadores de los cañaverales que se alimentaban de los incautos que por las poblaciones ribereñas de la laguna se atrevían a aventurarse. Y depredaba esta banda con mucho riesgo, por supuesto, porque finalmente los servicios de vigilancia del imperio estaban para algo y los de ajusticiamiento más todavía, pero el oficio es el oficio y cuando se tiene vocación no hay dificultad que no se arrostre. Ahora habían divisado una posible presa que prometía, sin mayor arrebato, dejar un botín pasable. Así pues, empezaron a surgir a cierta distancia de la embarcación de Cuetlachltli algunas otras que se movían, no sin torpeza, por los canales por donde había de discurrir ella, de manera que por aquel por el que pretendía meterse en ese momento, uno de estos torpes acales estuvo a punto de zozobrar, cosa que no ocurrió, pero en cambio sí esparció toda la voluminosa carga de maderamen y cañas por el agua y, como ya un lado del canal estaba inutilizado por unos troncos de árbol que habían caído atravesados, el paso quedó obstruido por completo y, a juzgar por la poca maña del que perdió la carga, el recuperarla iba para rato. El acalpan de Cuetlachtli, apremiado por ésta, prefirió abreviar y seguir por otra vía aledaña, porque ya la hora invitaba a recogerse en poblado. Siguieron pues por ese otro canal siempre en dirección a Chiautla y ¡sería mala suerte! también ahí parecía que el paso estuviese cortado. Echaron pues aún por un tercer canal por el que se proponían salir de nuevo al que primero habían abandonado, pero más adelante, una vez rebasado el obstáculo. Y hay que decir que este tercer canal por el que en último lugar intentaron hacer camino sí estaba de verdad solitario. Tan solitario que era ideal para que los Pájaros Voraces se echaran en picado sobre cualquier cosa que pasase por allí. Y así fue. De entre los cañaverales y canalillos de las márgenes surgieron de improviso tres barquillas ocupadas por varios pajarillos voraces cada una, que rodearon el acale de la no menos voraz mexica que, junto con sus tres acompañantes, empezó a gritar. ¿La oiría alguien a tiempo? Por si acaso ella, aparte de gritar, también daba remazos a diestro y siniestro, conminando a criados y a acalpan a que hiciesen otro tanto y con el mismo brío. La partida, desde luego, la llevaban perdida los que sólo eran cuatro, porque ni los criados ni el acalpan eran gente de guerra. Cuetlachlti, sin embargo, valía mucho y su reacción, por no haberla esperado los pájaros, los entretuvo en un principio más de lo que previeron.
Pero ¿iba a servir de algo ese retraso? Pues todo dependía de lo que estuviese escrito y, si estaba escrito que ella llegase a Tlaxcala con sus pertenencias y su virginidad intactas, pues llegaría.
Estar escrito estaba, porque allí, surgido de la penumbra crepúscular y de la dirección del canal opuesta a aquella de la que habían venido, entró en liz una quinta embarcación desde la que empezaron a llover sin consideración formidables golpes sobre los atracadores, con tal contundencia y puntería que, viéndose estos a punto de perder las plumas de pájaro y de ganar feroces chichones, se metieron por donde habían salido. El que había repartido tan bien los tarugazos desde el otro acale, acució al de Cuetlachtli a que se moviera rápido para alejarse de allí, cosa que hizo con diligencia y, así escoltado, ganó aquel canal por el que quisieron ir en primer lugar y que ahora tampoco estaba muy concurrido, pero que sí era más seguro y llevaba derecho a Chiautla.
La poca luz no permitía ya a Cuetlachtli distinguir a los que iban en el acale auxiliador, que eran tres macehuales: una mujer joven, un hombre mayor y otro hombre de edad indeterminada, y algo había en la forma de moverse y en los ademanes de este último que no le resultaban completamente extraños. Pensaba también que un varón que no hubiera alcanzado la vejez y tan dispuesto lo suyo es que no estuviera de civil, sino que anduviera con la milicia, por ejemplo, persiguiendo teules. Hubiera querido aproximarse y hacerles presente su reconocimiento por el auxilio prestado y compensarlos, pero los otros, aunque la acompañaban para asegurarse de que quedara fuera de peligro, mantenían una distancia como si no tuvieran ningún interés en reconocimiento ni plática. Así siguieron hasta hallarse a la vista del embarcadero de Chiautla. Entonces los tres macehuales tomaron una bifurcación como queriendo separarse definitivamente de sus auxiliados.
Esa actitud picó aún más la curiosidad de Cuetlachtli quien, de todas formas, pensó que si seguía a aquellos tres tampoco corría peligro alguno, puesto que tan bien la habían defendido de los salteadores. Así lo hizo y metió prisa al acalpan para que no dejara que se agrandara la distancia entre ellos, y ciertamente lo consiguió, porque, aunque los otros remaban rápido, no eran remeros de oficio, en tanto que el acalpan que había contratado Cuetlachlti sí lo era y no había hecho otra cosa toda su vida, de manera que pronto estuvieron a la altura de sus perseguidos y, siguiendo las órdenes de Cuetlachtli, los abordaron. Ella misma se agarró con la mano al borde de la otra embarcación, precisamente quedando frente a frente con el macehual que no era viejo, y que no pudo ella ver hacia dónde miraba, porque le quedaba la cara en la oscuridad.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:23
-¿A dónde van vuestras mercedes? -preguntó Cuetlachtli.
-A una boda -contestó la mujer.
-¡Qué notable! ¿Y quiénes se van a casar?
-Una cuñada mía.
-Entonces quisiera acompañaros. Llevaba otro rumbo, pero el paso a donde me dirigía está cortado por las milicias y no puedo seguir. Entonces quiero asistir a esa boda para hacer regalos a una cuñada de quien tan bien nos ha sabido auxiliar en nuestra necesidad. Díganme sus nombres.
-Mi señora sin duda nos quiere honrar mucho, pero la pobreza de nuestra condición no hace recomendable que mi señora venga donde nosotros. No podríamos resistir la vergüenza de llevarla a nuestras casas.
-No hay pobreza que valga cuando las personas son tan esforzadas. Voy a ir. Díganme sus nombres.
-Mi cuñada, tengo que decírselo a mi señora, es una persona enferma y todos los de nuestra familia son personas enfermas que pegan enfermedades que desfiguran y deforman y huelen muy mal. Yo no quisiera ver a mi señora con la cara tan fea que dejan estas enfermedades. Hágame caso mi señora y siga su camino y no quiera venir a un sitio tan horrible como es al que vamos.
-¿Y no seréis vosotros delincuentes huidos de la justicia que tantos inconvenientes ponéis al trato con otras personas que lo único que quieren es mostrar agradecimiento?
-Ciertamente mi señora está muy en lo cierto que el agradecimiento hay que agradecerlo, pero ya le hemos agradecido su agradecimiento de todo corazón y, más aún, que nuestra cuñada es persona que está en demasía loca y que cuando ve a alguien a quien no ha llamado le da de cuchilladas y hace otros disparates. No nos haga mi señora pasar más vergüenza.
Cuetlachtli dejó de hablar con la mujer y se dirigió directamente al macehual más joven.
-¿Cuál es vuestro nombre?
-Mi hermano es mudo y no puede contestar a vuestra merced. Se llama Xiuhnel.
Con que mudo. No insistió más. Desde luego, estas no eran personas que fueran a dar cuenta de ella a nadie o a interesarse por lo que hacía. Antes parecían ser ellos los que no querían que se reparase en sus personas. No, no corría ningún riesgo pegándose a ellos y, es más, tal vez le conviniera y se sintiera más segura. Soltó el borde del otro acale y dio orden al acalpan de que, mientras los otros siguieran embarcados, no permitiese que se le separasen más de una vara. El macehual más joven remaba y no daba muestras de estar interesado por ninguna otra cosa o de sentir inquietud, pero toda la actitud de los otros dos le daba a entender a Cuetlachtli que era precisamente él el que de los tres, mudo o no mudo, llevaba la voz cantante, porque los otros parecían siempre mirarle a él antes de hacer o decir algo, y la cosa es que había algo en este hombre que le resultaba conocido, si no en las facciones, que no se las había visto, sí en garbo y ademanes.
Los macehuales parecieron resignarse a que los otros los acompañaran hasta que llegaron a un lugarejo ribereño donde había un embarcaderito al que se arrimaron. Cuetlachlti y sus criados hicieron otro tanto. Desembarcaron aquellos y el macehual de mas edad se dirigió solo a una de las casas próximas. Los otros dos se acuclillaron a esperarlo. También Cuetlachlti y sus dos sirvientes bajaron a tierra y se quedarón en pie cerca de los otros. No tardó en volver el viejo macehual y con él una mujer del lugar que convino en guardarle el acale mediante cierto pago. Hecha esta diligencia los macehuales sacaron sus bultos del acale y echaron adelante por el sendero que parecía salir del poblado e internarse en el campo. Cuetlachtli instruyó al acalpan para que esperase allí hasta el día siguiente y que, si entonces no estaba de vuelta, se considerase libre. Le pagó y, con sus dos sirvientes, se unió a los otros, que parecían haber aprovechado el momento en que ella liquidaba para alejarse rápido. Los alcanzó, no obstante, sin poder además desechar la impresión de que, justo cuando ella se ocupaba de saldar con el acalpan, el mudito había aprovechado para decir algo. No, oírlo no no lo había oído, pero estaba segura.
-Dime, Chalchiunenetzin, ¿a ti te suena de algo este macehual? -preguntó Cuetlachlti a su criada señalando al joven.
-Sí, mi señora. Si no es porque lo creo muerto con los teules que escaparon, pensaría que es el señor Cuahuipil, el teule que se aposentaba en los alcázares de Axayácatl junto al señor concubino de mi señora.
¡Cuahuipil! Y su criada lo había descubierto y ella no. ¿Estaba volviéndose tonta? Esperaba que no, pero ése era. Tampoco ella se hubiera imaginado que estuviera vivo. Pero eso era y ése era él. Facha de plebeyo -y plebeyos eran casi todos los cristianos de Axayácatl aunque entre los indios fueran tratados todos como príncipes- pero, a su manera, con presencia de ánimo. Como tal plebeyo, cargaba él mismo sus propias pertenencias, aunque eso también no sin cierta dignidad, y claro estaba que si era él, a éste no lo podría tratar como a los otros dos. Y no porque fuese teule sino porque el ser plebeyo parecía tenerlo a gala. Recordaba que en Axayácatl se pasaba la vida haciendo trabajos de plebeyo y tan ufano, que parecía con ello estar ganando honores, además de dinero. Y ¿cómo es que estaba aquí? y ¿qué hacía vivo y separado de los demás?

La Zarzamora
25/05/2012, 00:25
-¡Cuahuipil! -llamó.
No, él no miró hacia atrás, pero lo hicieron, como movidos por resorte y sin poder disimular el sobresalto, los dos que lo acompañaban, que rápidamente cayeron en la cuenta del error que acababan de cometer. La mujer intentó repararlo.
-Preciosos sí los arbolitos de estas partes. Me estaba fijando en eso yo también –dijo la macehuala.
-Sí, claro, esos arbolitos que tienen dos pies y dos manos ¿verdad? -replicó Cuetlachtli con sorna al tiempo que de cuatro zancadas se ponía a la altura del que había aludido como Cuahuipil y lo agarraba por el brazo-.
Esta vez el aludido sí se dio por tal. Agarró a su vez a Cuetlachlti también por el brazo, la apartó con él a un lado del camino y allí le dijo bajito:
-No tenía vuestra merced que habernos seguido y no sé por qué lo ha hecho ni lo que se propone con ello pero lo hecho hecho está y ahora tendrá que acompañarnos hasta el final, que será donde yo decida y no digáis ni hagáis nada que pueda llamar la atención, porque, esto os lo aviso, y el que avisa no es traidor, será vuestra vida la que peligre. Vuestra merced está avisada.
-Sí, sí, avisada estoy y no se moleste la vuestra en repetírmelo más veces o creeré que son sólo palabras. Y ¿a dónde se dirige vuestra merced?
-Ya se lo dijo mi compañera, a una boda de leprosos.
-¿Tal vez la vuestra propia?
-Pudiera ser. Camine vuestra merced. Delante de mí, donde yo la vea.
-No sabía yo que le agradara tanto verme.
No le contestó. Siempre igual. Ya se acordaba de que en Axayácatl tampoco solía contestarle mucho y que cuando ella quería algo de él, él siempre callaba. Y ahora ya se había dado cuenta de que llevaba muy a mano un cuchillo de monte, aunque no había cometido la tontería de amenazarla con él. Caía naturalmente por su peso que lo haría llegado el caso. Y adonde iba no podía ser más que a Tlaxcala. Y, además, si no lo había entendido mal, tenía una tlaxcalteca esperándolo. ¿Sería por eso por lo que parecía no querer parar hasta llegar allí? Porque ya llevaban pero que un buen rato y a paso ligero, a pesar de ser de noche y no haber luna, ella delante con sus sirvientes y él detrás con los otros dos macehuales. Sólo que, si pasaban por poblado, Cuahuipil se pegaba a ella, es de suponer que para que no se pusiera a gritar pidiendo auxilio, pero ni palabra de recogerse a dormir.
Sin embargo, Cuahuipil sí terminó por hacer un alto, y muchísimo antes de llegar a Tlaxcala. Se detuvo al divisar un jacal recostado en una ladera próxima, del que no salía ni luz ni humo. Se apartaron del camino y, a poca distancia del jacal dijo él a su compañero que fuera a echar un vistazo a ver si estaba tan solo como parecía. Que había agua era seguro porque la oía correr y percibía la humedad.
Los informes que dio ... ¿Que dio quién? ¿Quiénes eran finalmente estos dos que estaban con Cuahuipil? Pues, como se habrá adivinado, no podían ser otros que Coyolxauqui y Quizzicuaztin.
Este último, una vez cumplida su misión de reconocimiento, informó que no había nadie por allí y que el sitio parecía seguro. Llegaron, pues, todos al jacal, bebieron y se refrescaron del agua del arroyo que bajaba y que estaba rebalsada en un piloncillo hecho de piedras, atendieron a sus otras necesidades y se dispusieron a dormir. Cuahuipil hizo que todos los demás durmieran a la parte de dentro de la única estancia y él se echó atrvesado en el hueco de la entrada. La mexica encontraba esta precaución entretenida, pero no lo suficiente. Aunque no le faltaban ganas de descansar, se sentía todavía demasiado despierta y no le apetecía ponerse a dar vueltas y más vueltas mientras los demás dormían felices. Así pues, Cuetlachtli -nombre que ya debiera haberse aclarado antes, quiere decir oso mielero, que es el animal cuya identidad asumía el sacerdote tenochca que oficiaba en el sacrificio gladiatorio-, Cuetlachtli, pues, vino a acuclillarse junto a Cuahuipil para hacer sueño, lo que de costumbre hubiera significado fastidiar un poco a quien pillase o decirle impertinencias. Sin embargo, sería lo oscuro y callado de la noche o lo desusado de la situación y de la apariencia de este hombre tan raro, la cosa es que en lugar de importunarle preguntó con seriedad y con un interés que no denotaba ningún desdén:
-¿Por qué vino a estas tierras vuestra merced?
-Tenga buen descanso la vuestra. Voy a dormir.
-¿Tiene miedo de hablar conmigo?
No contestó. Cuetlachlti se hartaba ya de los silencios de Cuahuipil y ahora además le sentó mal. Le estaba hablando en serio. Pero trató de mantener la serenidad mientras decía:
-Puedo patear a vuestra merced y no dejarlo dormir, amén de delatarlo. Quiero ser muy correcta, pero vuestra merced también debe poner de su parte.
Cuahuipil se sentó con un suspiro de resignación. Cuetlachtli repitió la pregunta:
-¿Por qué ha venido aquí?
Al hacer esta pregunta pensaba ella en aquella noche del alcázar de Axayácatl en que lo oyó soñar con el Huitzilopochtli. Quería saber.
Sí, claro, ella ahora quería saber, pero eran tantas las veces que ella y sus paisanos habían preguntado ociosamente a los cristianos por qué tenían que venir aquí, que por qué no se iban por donde habían venido, que nadie los había llamado, que eran extranjeros y que éste no era su lugar, y todas esas cosas -ya ves tú, como si los indios y concretamente los chichimecas no hubieran venido, y tampoco hacía tanto-, que la pregunta, al llegar a los oídos de Cuahuipil le sonó a más de lo mismo, que ya era cosa que aburría y, con las ganas de dormir y bostezar que tenía, pues, mira, a pesar del cielo despejado, la mexica no se libró del chaparrón, y es que a veces no nada hay más justo que la injusticia.
-¿Por qué he venido aquí pregunta vuestra merced? ¿Por qué he venido a esta tierra? Sí, creo que eso merece respuesta y explicación –todo esto lo decía Cuahuipil, que más quenada quería dormir, sin ironía y sin mirarla a ella pero con una mala uva que calaba perfectamente en la oyente-. Pues verá vuestra merced: Me hallaba yo en Valladolid una linda mañana de mayo, mes florido y apacible, esperando. Dieron las campanas de San Gregorio el cuarto del mediodía y, como se me hacía larga la espera, me dije: vamos a dar un paseíto a la vera del Pisuerga, que, como debe de saber vuestra merced, es el río que pasa por Valladolid, y a ver si a la vuelta ya han llegado. Pero no. Pasó el cuarto de vísperas, pasó la noche, pasó un día, otro día, un año, otro año, más años y siempre esperando y yo diciéndome, pues no llegan. Están tardando. Si tardan diez años más, voy a tener que ir yo. Entonces, en vista de que vuestra merced y todas vuestras mercedes de aquí no llegaban a Valladolid, me dije: Nada que estos son más vagos que la chaqueta de un sastre y voy a tener que ir yo. Así fue: al ver que vuestras mercedes no iban allí, me vine yo para acá.
Cuetlachtli cuando comprendió la burla se quedó lívida. Quiso ensañarse con él a patadas hasta matarlo. Pero se dominó, como hacía muchas veces, porque ganas de hacer eso mismo tenía muy a menudo y hasta ahora no había matado a nadie. Los que la acusaban de mal genio no sabían hasta que punto había ejercitado Cuetlachtli el dominio de ese genio. Lo que pasa es que después de dominarse, todavía le quedaba en abundancia. Ahora mismo quería saber algo y esta pulga delirantemente ridícula no se iba a librar escudándose en ningún risible ingenio de plebeyo. ¡El muy cazurro! Calló unos instantes hasta someter las ganas de destrozarlo.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:28
Sí. ¿Cómo era que ella no había intentado ya patearlo en donde más se temía? se preguntó Cuahuipil. La miró a ver y, tras un breve silencio, dijo ella:
-Vuestra merced no siente ningún respeto por las mujeres ¿verdad?
-¿Cómo? Sí, claro que sí. … Pero hasta a las mujeres les hace bien no abusar de la paciencia ajena.
-Pues entonces, contésteme.
-Ya he contestado a vuestra merced.
-No, no me ha contestado. Me ha hecho burla que no es lo mismo.
-No más burla que la que hace vuestra merced con preguntas tan necias.
Guardó silencio Vacatecuhtli Y luego dijo:
-No es una pegunta necia y sí, es cierto que la misma pregunta la he hecho otras veces por denostar y también mis paisanos pueden ponerse pesados pero esta vez no es necia y se la estoy haciendo con mucha corrección. Quiero saber. De todos los teules que he conocido del único que me interesa saber por qué ha venido es de vuestra merced. Si vuestra merced siente respeto, como dice, contésteme. No es una pregunta ociosa.
-Y cuando conteste, sin ninguna corrección, empezará vuestra merced a ridiculizar la respuesta como si con ello ganara un imperio. A mí esos imperios que gana vuestra merced tan a lo tonto me dan igual y tampoco soy su bufón de corte para estarla divirtiendo.
-No sea cabezota vuestra merced. No voy a contestar nada y no voy a ridiculizar nada y no voy a divertirme nada. Le doy mi palabra. Quiero saber.
Cuahuipil sentía que ya debiera responder a la Vacatecuhtli como Dios manda, pero le tenía tantas guardadas y era la ocasión tan rara, que pensó que bien podía él desquitarse también un poquito.
-Vuestra palabra no la tengo en mucho. La de cualquier macehual mexica, que son personas que saben lo que es le respeto, la creería, pero la de sus cortesanos, mire vuestra merced qué cosas, la escucho, y por un oído me entra y por el otro me sale.
Ella no dijo nada. Tampoco se movió y, con el ceño fruncido, seguía mirando al frente, esperando. Cuahuipil que ya desde antes de decirle lo anterior le pensabe contestar una vez que hubiera rezongado los suficiente, la miró un momento y se quedó pensando. Pensó y pensó y ahora, sí, le hubiese contestado si hubiera sabido qué pero no lo sabía.
-Lo siento mucho por vuestra merced que se ha esforzado tanto en preguntar con mucha corrección, pero no lo sé. No. No lo sé. Lo siento, no sé por qué he venido.
-No sea mentecato vuesrra merced. Claro que lo sabe. Algo os movería a hacer una cosa en lugar de otra, digo yo. Vuestra merced no es una piedra.
Trató de pensar más y luego habló, pero como para sí mismo, tratándo de explicarse por qué no sabía aquello que le preguntaba Cuetlachtli.
-Puedo decir cómo fue, pero por qué no lo sé.
-Diga vuestra merced a ver –y para sus adentros añadio: este hombre es desesperantemente bobo.
Nueva pausa. Y luego empezó él a relatar, parte recordando para sí mismo, parte diciéndoselo a su interlocutora.
-Empezó con Marzuq, mi primo por parte de madre. Mi tío, su padre, trajinaba pescado del Cantábrico a Burgos. Él lo acompañaba muchas veces y paraban en casa camino a Los Altos.
No era primo, era prima y se llamaba Marzuqa. Siempre era un gran alboroto y contento cuando venían. De venida nos dejaban algo de pesca, pero no paraban, para que la carga llegara fresca a destino. Durante unos días era el gran festín de pescados del mar y de poner en salazón o de ahumar lo que quedase. De vuelta, como llevaban mercaderías que no peligraban, sí se quedaban, a veces un rato, a veces un día, a veces varios y a veces venía más familia. ¡Qué días aquellos! Le tenía tanta afición a Marzuqa… Sabía de todo, de religión, de ciencias, de historia, de comidas… Subíamos a los frutales del huerto y allí nos pasábamos tardes enteras, comiendo cerezas o lo que hubiera del tiempo, hablando y hablando…
-… hablábamos de todo lo que haríamos cuado fuéramos mayores, pero de lo que más era de las Indias. Una de las veces, siendo yo casi mozo, cuando pasaban de vuelta de Burgos, me fui con ellos hasta el mar y, de suerte, porque había epidemía y tenían muchas bajas, me tomaron en un pesquero que iba a los bancos de bacalao de allende el mar y estuve más de un año faenando, y por eso aprendí del arte de navegar y me acostumbre a hablar vizcaíno.
Y cuando me volví a encontrar con Marsuqa, ya de lo que hablábamos sin parar era de las Indias y de todo lo que había en ellas y de lo grandioso que sería venir. Marzuqa era mágica. Era la persona capaz de hacer que los sueños tomaran forma. Ella no era como yo. Ella era buena. Nunca dejó de hacer el azalá ni los ayunos. Y jamás reprochó a nadie que no hiciera otro tanto. Cuando yo volví de faenar al año y pico ya no era una niña, sino una moza.
-De regreso en el pueblo, volvimos como antaño a tener grandes pláticas subidos en los árboles, pero esta vez ya para hacer planes en firme de pasar a las Indias. Dos años después Marzuq y yo íbamos a Sevilla dispuestos a conocer lo desconocido, a viajar lejos, a hacer que aquello de lo que tanto habíamos oído hablar no fueran sólo palabras. Y así es como me ve ahora aquí vuestra merced.
Nada contó Cuahuipil del Santo Oficio. Ni dijo que su prima y él hicieron un simulacro de matrimonio para poder irse juntos sin disgustar a la familia pero que, tan pronto estuvieron lejos, se vistieron de cristianos y ella de varón y fueron como hermanos, nunca como matrimonio. En aquellos largos parlamentos en los árboles del huerto con Marzuqa, aunque hablaron mucho de la religión, de la fe, del más allá y de todo lo que podía interesar a dos almas en búsqueda, rara vez mencionaban la maldición que representaba en su vida la persecución de los inquisidores y la ley inicua que los oprimía. Y cuando hablaban de las Indias era como si el hablar de continentes desconocidos y remotos alejara de ellos la humillación y la pesadilla. La ocultación, que era una iniquidad a la que se los sometía, por malhadado malabarismo, la sentían como una vergüenza. Siendo vecinos de pleno derecho, celadamente los habían convertido en parias, en delincuentes, que debían andarse con tapujos y con miedos. Los árboles eran para sus ensueños y ambiciones. Las lágrimas eran para la noche y a solas. La noche era para llorar en silencio, ese silencio en que los gobernantes tiranos los habían enterrado y con el que querían borrarlos.
Y ahora estaba en las Indias y seguía ocultándose. ¿En qué había cambiado su condición pasando a las Indias? Algo había cambiado, pero no sabía el qué. No, no sabría responder debidamente a la tenochca, que creía haberle preguntado algo sencillo. Y, además, también ante ella debía seguir ocultándose.
-Perdóneme, vuestra merced. Ya veo que me ha preguntado con su mejor voluntad y, si estuviera en mis manos, le diría. Pero yo mismo quiero saber y no sé. Descanse vuestra merced.
-Y el sueño que tuvo con Nuestro Señor Huitzilopochtli ¿podría contármelo vuestra merced?
-Pues… Lo único que sé de ese sueño es lo que vuestra merced me ha dicho. A veces es como si tuviera un amago de algo como el vuelo de una mariposa en el pensamiento pero no lo atrapo y creo que es más bien algo que imagino porque vuestra merced me ha dicho que he soñado. Siento no poder serviros mejor.
-Si llegara a acordarse ha de decírmelo.
-Sí claro. Sin duda.
-Es a Tlaxcala a donde va vuestra merced. ¿Sabe a dónde voy yo?
-No. No lo sé.
-¿No me lo va a preguntar?
-No sabría si vuestra merced miente o no.

La Zarzamora
25/05/2012, 00:30
Sí, claro que se lo diría, penso Cuahuipil. ¿Para qué quería él un sueño de Huitzilopochtli si no creía en él. Pero entonces, ¿por qué lo soñó? ¿Y si éste era como Tlaloc o Camaxtli, otro nombre de Dios que Éste revelaba como misericordia para sus criaturas? O si era su profeta, que Dios les había enviado, como había enviado a todas las gentes, puesto que así lo dice en el honrado Alcorán, que Dios ha enviado profetas a todas las gentes? Tenía que ser eso. Pero estos mexica habían hecho de él un estropicio. Se habían desviado. Pero ¿y quién no se había desviado? Y realmente ¿qué hacía él queriendo derribar tiranos mexica cuando allá en su tierra tenía los suyos propios? Y sí ¿por qué había venido? ¿Por qué venían todos los demás cristianos a las Indias cuando en su propia tierra consentían tropelías? Porque la inquisición se cebaría en los cristianos nuevos, pero a salvo no estaba nadie y, además, a muy pocos les gustaba. No era nada que la gente hubiera pedido a gritos. ¿Por qué? Ellos eran como la saeta disparada por alguien para algo, pero la propia saeta, que va sin titubeo ni vacilación a dar en el blanco, no sabe nada, ni por qué ni para qué ni si quiere o no quiere ni dónde acabará. Y esa es la suerte de todos los humanos. Saetas disparadas desde la inexistencia. ¿Qué sabían ellas? Camaxtli el de las saetas. Él sí debía de saber lo que cazaba, pero los siervos de Dios ¿saben lo que cazan? En fin que Dios sabe y Dios nos cuida y, donde quiera que nos lance, así sea.
Mientras Cuetlachtli y Cuahuipil estaban en esos hondos porqués, otro que tampoco dormía y también se devanaba los sesos era Quizziquaztin. ¿Qué pretendía esta cihuatecuhtli venga a hablar con el teule? Bien se veía que esta señora principal a la que habían salvado de los bandidos trataba de convencer al señor Cuahuipil de que lo denunciara a él y que el teule le decía que no. Él no quería denunciarlo, pero ella sí. El teule se lo había pensado unos cuantos días y al final le dijo que si quería venir con él, como penitencia, para su reforma, y el había dicho que sí con la cabeza. Ahora ya el teule no le hablaba mucho pero se esforzaba por perdonarlo. Pero mira ahora esta señora principal. Ella no entendía nada y quería obligar al otro. ¡Qué injusto! ¡Pero qué injusto! ¡Qué cruel era el mundo! ¡Qué indeciblemente cruel e hipócrita era el mundo! ¡Qué fácil era hablar! ¡Qué fácil era condenar, allí, habla que te habla y sin tener que vivir día a día con la vida del hacer y no la del hablar! ¿Qué sabía esta cihuatecuhtli de su vida y de su hogar? ¿Qué sabía nadie de lo que era tener un pensar y una mujer y cada uno por su lado? ¡Qué fácil era hablar y disponer y castigar! Ahora que, si mañana lo entregaban a la justicia, no estaba de acuerdo. No lo estaba. Él lo había hecho no porque hubiera querido hacerlo, sino porque no había querido no hacerlo. Y eso son dos cosas muy diferentes. Pero ¡amigo! cuánta sutileza faltaba en el mundo. ¡Y era tan injusto hacerle pagar a él la falta de sutileza del mundo…! Y ¿cómo era posible que no lo viese nadie? Y esta cihuatltecuhtli ¿de dónde había salido? ¿Habría protestado su mujer por algún motivo o habría adivinado algo?
Esta última pregunta lo dejó sin habla. Es un decir. Sin habla llevaba desde el momento en que lo sorprendió Cuahuipil en aquel crimen. Ahora, y una vez más desde entonces, casi había perdido también la respiración. Su mujer. Que injusto. A ver si ella no tenía culpa. A ver. ¡Era tan fácil no preocuparse del marido, no vigilarlo, no estar pendiente de él, de que no diera malos pasos! Mira mismamente la primera vez, cuando ella ya no pudo hacerse más la desentendida, porque era patente que él le ocultaba algo, pero ella seguía empeñada en dejarlo a él rodar por el abismo de la perdición. Ella era la causante de todo. ¡Qué injusticia! ¡Cuánta ceguera!

La Zarzamora
01/06/2012, 00:21
Capítulo XXII
Alma de cántaro, corazón de paja
Allí en el jacal en el que pasaron la noche, con el primer albor se despertó Cuahuipil, dijo para sí la basmala y se levantó. Vio que en el exterior todo seguía solitario. Aquí en el campo, ya fuera de Tenochtitlán, se le hacía extraño que a la hora que era no se oyera cantar el gallo. ¡Qué silenciosas eran estas Indias! Ni canto de gallo, ni mugido de vaca, ni balido de oveja, ni ladrido de perro, ni rebuzno, ni relincho. Si acaso el aullido de los coyotes. Y cómo los indios ponían todo su esfuerzo en compensar ese silencio de los animales con sus cantos, sus silbidos y sus algarabías. Y aquello que se preguntaba anoche y que no había sabido responder, ahora, al frescor de la madrugada, no parecía tan misterioso. ¿Por qué había venido a las Indias? Pues por lo mismo que había nacido, por lo mismo que había crecido, por lo mismo que moriría un día, por lo mismo que cae una piedra en un pozo al soltarla. Cada persona, como cada piedra tiene su pozo. Dios creador te suelta y caes continuamente en tu destino. Crees que vas acá o allá, pero no vas a ninguna parte. Todo es el mismo caer en el propio sino, hasta que en el fondo de ese pozo Dios redentor te recoge nuevamente. Y quizás también había venido para poder preocuparse por la suerte de Xiloxóchitl y Teyohualminqui y lo que afectaría a Ilhuicáatl, porque eso es lo que hacía ahora al levantarse y casi todo el tiempo. Y como si fuera el perro de los creyentes de la cueva , el pensar en los dos primeros traía indefectiblemente el pensar también en Marcos Bey.
Al oír moverse a Cuahuipil, los otros también se levantaron. Se asearon todos y Coyolxauqui ayudó a Cuahuipil a repasarse los tintes con que se hacía pasar por indio, y no era pequeño trabajo, porque con lo escaso de la vestimenta, tan solo un pañete con el que cubrir las vergüenzas y una manta abierta a todo lo largo, era mucha la superficie del cuerpo que había que pintar, bien que, con la práctica, ya conseguía hacerlo en muy poco tiempo.
Nuevamente se pusieron en marcha. Como si la noche hubiese sido un manto suave que acogiera el momento si no de intimidad, sí de sinceridad, entre la Vacatecuhtli y Cuahuipil, por la mañana fue como si aquello no hubiera existido nunca y la rutina y la costumbre volvieron a gobernar su trato. De la conversación entre los dos sirvientes de Cuetlachtli y de ésta con ellos, Cuahuipil había deducido que a donde se dirigía la señora era a Tlaxcala, lo que le simplificaba las cosas ya que, si ella quería ir a Tlaxcala y había emprendido el camino sola, eso quería decir que no tenía gran interés en que se enterase la jerarquía tenochca de sus andanzas. No tendría que vigilarla menos pero seguro que no pasaría tantos trabajos al hacerlo y le sería más fácil mantener el rumbo.
En el primer poblado que encontraron enviaron a Quizziquaztin a comprar tortillas y a oír lo que hubiera de noticioso. Sabían que había milicias por todas partes, puesto que el nuevo huey tlatoani había mandado reforzar todas las guarniciones del imperio. Encontrárselas en una población no era grave porque ahí ya tenían los soldados pasatiempos y distracciones pero ser el blanco de tantos ojos en el camino era lo último. Y en esta ocasión Cuetlachtli estuvo muy de acuerdo con Cuahuipil, porque ahora empezaron a ver a lo lejos las formaciones militares y entre las insignias de los jefes que pudo distinguir estaba la de su padre, con quien precisamente ahora no tenía ninguna gana de departir. Él se habría librado de ella, pero ella también se había librado de él. No le importaba tener padrino. El padrino, todo considerado, era de lo más arregladito que se podía pretender.
Detuvieron, pues, la marcha para no acercarse a la milicia. Cuahuipil echó un vistazo alrededor y decidió que entrasen por entre dos maizales hasta donde empezaba el monte y luego también subir el monte y después empezar a bajarlo y, a media bajada, hacer alto a resguardo de un repecho desde donde se divisaba todo el camino y comarca de Tepetlaoztoc y la propia ciudad. Las milicias tardarían todavía un poco en alcanzarla y ellos aprovecharían que era la hora de más calor para descansar. Más adelante reemprenderían la marcha y, ya en la ciudad, averiguarían si iban a salir de allí milicias, cuándo y hacia dónde y, según eso, seguirían hacia Cuautla y Calpulalpan, que era el camino más corto a Tlaxcala y por el que menos riesgo corrían de perderse.
Así lo hicieron y entraron en Tepetlaoztoc al atardecer. La ciudad estaba muy animada, como corresponde a cualquier ciudad a la que llegan muchos soldados y que se ve visitada por dignatarios civiles y militares, en un momento además en el que todavía se celebraban las fiestas de investidura o coronación del nuevo huey tlatoani Cuitlauac. Hasta tal punto estaba animada la ciudad, que incluso se anunciaba en la plaza del mercado de su barrio más popular la presencia de una familia de cómicos otomíes que se decían “Los últimos teules vivos” y que, si eran lo que prometían, iban a dar una función de muchísimo regocijo. A esta plaza llegaban Cuetlachtli y la compaña cuando ya la gente, y entre ella no pocos soldados, se arremolinaba y trataba de conseguir un buen lugar para ver la función y cuando los carpinteros acababan el tinglado encima del cual se iba a ofrecer el espectáculo. Ahora disponían braseros y teas en la escena, que se cambiarían de lugar según exigiera la acción o las partes de ella que se quisiera destacar. Cuetlachtli no quería quedarse por el riesgo de que, entre la soldadesca y por una de esas cosas raras que suceden cuando menos lo piensas, hubiese algún jefe militar que la conociera. Cuahuipil, sin embargo, opinaba que era precisamente en medio del gentío y a oscuras donde menos llamarían la atención y eso fue finalmente lo que hicieron, quedándose donde menos luz había. Por lo demás, gente había mucha, porque ya antes de ver la representación se sentía atraída por el pregón del título.
¡Ya llegaban! Un redoble de atabal y, por la parte del tlapanco vedada al público, se vio llegar a la familia de otomíes. Otro redoble de atabal, un silencio, y ¡qué mejor apertura de función de teules que un buen relincho de caballo, ese venado raro que cabalgaban y del que hacía dos días habían visto pasar una cabeza que se enviaba a Pánuco para que allí la comulgaran! El de los cómicos era naturalmente un caballo de mentira, de raza artesana, con cabeza de paja, unas crines coloridas y larguísimas, una magnífica cola igualmente colorida y unos relinchos que hicieron que toda la plaza se partiera de risa, sobre todo cuando, después de dar una galopada por el escenario, terminó su presentación alzándose sobre las patas de atrás y dando un relincho más brioso todavía que los anteriores. ¿Y luego? No, el siguiente no fue el plato fuerte, pero fue bastante fuerte. Representaba que era una anciana de pelo blanco que hablaba así a su hijo:
-¡Oh, hijo mío, Malinche! Cata que se acerca mi postrera exhalación. ¡No consientas tú, mal hijo, que por tu poco esfuerzo fenezca tu anciana madre carente del alimento espiritual con el que subsistir!
-¡Oh, madre teule mía! ¡Ya te traje todos los corazones que pude haber en Castilla! ¡Ya te traje todos los corazones de los turcos y los bárbaros! Ya no sé madre dónde hallar corazones cuya sangre bebas para que no fenezcas.
-¡Eres una guajolota, apocada y miserable, sin coraje y sin empuje! ¡Mujerzuela sin arrestos! ¡Te voy a dar yo a ti! ¿A tu propia madre le niegas el alimento que necesita? ¡Anda, hijo desnaturalizado y sin entrañas! ¡Anda atontado sin arte ni malicia! ¡Quítate de mi vista hasta que te vea venir con mi alimento! ¡Ve hacia donde se pone el sol y tráeme el corazón de todos aquellos indios, que son los mejores corazones que se han creado en este sol y en los cuatro precedentes! ¡Porque jamás hubo ni habrá sobre la tierra corazones de tan buen palpitar! ¡Ve, ve por ellos y no oses aparecer ante mis ojos sin muchos corazones! ¡Hideputa perdulario!

La Zarzamora
01/06/2012, 00:26
Y ahora el narrador cuenta cómo el capitán Malinche viaja en uno de esos acales gigantes en los que caben caballos, cañones, perros de los que ladran y más teules pero, como el viaje es muy largo, lo amenizan con canciones, como ésta, que se acompaña a la vihuela, aunque es una vihuela hecha de juncos que no suena, pero que queda muy bonita en escena cuando la tañe su tañedor al compás de la canción. Y todos ellos, el cantor vihuelista, Malinche y la madre de Malinche, naturalmente, eran máscaras hechas de paja trenzada, con grandes cabelleras hechas de cuerda y trajes que se daban un aire a los de los teules. Pero lo que mejor quedaba de todo era la perfección con que estos otomíes habían conseguido imitar el habla. Porque aunque, salvo alguna palabrilla, todo estaba dicho en náhuatl, era un náhuatl pronunciado al estilo de los teules y con las palabras más importantes dichas en castellano y explicadas por el narrador. Así la madre de Cortés no dijo yólotl en náhuatl, sino que dijo co-ra-zón, que era mucho más exótico y que, por su sonido, en vez de ser fluido, como el yólotl, parecía como si golpease más reciamente el pecho. Lo hacían muy, muy bien. Tenían mucho tino para dar el trasunto sicológico de los personajes y de los caballos. Pero volvamos a la canción, que ésta sí fue toda ella cantada con exquisita voz en castellano y accionada con muchísima arte por su cantor:
T-r-es mo-r-illas me enamolan en Xaén
Aixa y Fátlima y Ma-r-ien.
T-r-es molillas tan ga-rrrr-idas
Iban a busca-r olivas
Y hallábanlas coxidas en Xaén
Aixa y Fátlima y Ma-r-ien
Y hallábanlas coxidas
Y to-r-naban desmaídas
Y las cololes pe-r-didas en Xaén
Aixa y Fátlima y Ma-r-ien.
Coyolxauqui y los dos otomíes de la partida disfrutaban de lo lindo. Quizzicuaztin se distraía algo de su enajenación, hasta respiraba, y Cuetlachtli no estaba de mal humor. Pero el que más gozaba era Cuahuipil, que seguía todo arrobado. Aquellos cantares le hablaban de su tierra ¡cómo la añoraba!
Terminadas las canciones en alta mar, ahora venía la escena en que se representaba a la madre anónima, ésa que tiene hijos desconocidos. Tenía su máscara de paja negra y su melena de cuerda azul nocturno e iba y venía por el tlapanco sumida en hondo soliloquio.
-La madre que os parió, hijitos míos, está sumida en tinieblas de vasta oscuridad. Éste es un triste destino. Madre de un hijo un día y al siguiente abuela de un recuerdo. Siempre el mismo cantar: no te preocupes madre que yo te traeré alimentos. Si yo lo único que quiero son unas nuerecitas. Tanto prometer, tanto prometer... ¿Quién anda ahí?
-El correo, mi señora madre anónima.
-Daca acá, mensajero, ¿de quién son esas misivas?
-De la Vieja España, mi señora, del Anáhuac Nuevo.
-No puede ser, no puede ser. Dadme, dadme acá esas cartas: ¡Voto a tal! ¡Están tintas en sangre! ¿Qué nuevas serán éstas que tan rojas se pintan? ¡Leamos: Yo m’era mora Moraima, morita de un bel catar, cristiano llamó a mi puerta, cuitada, por me engañar!... Pues esto quiere decir que ya me he quedado sin otra nuera. Y este cristiano que ha engañado a esta chiquilla debe de ser uno de mis hijos desconocidos, que ha salido tan sinvergüenza como todos y que yo me voy a quedar sin nueras per secula seculorum.
Y aquí el narrador explicaba cómo “per secula seculorum” era latín, una lengua muerta que empleaban los teules en lo religioso a guisa de penitencia, porque como ellos no se sangraban los molledos, orejas y lengua, Quetzalcóatl les había enseñado a hablar latín, que era más doloroso todavía. Pero volvamos a la madre anónima.
-¡Otra carta! Vamos a ver: Sírvase por tanto abonar esta mercancía pendiente de pago a la mayor brevedad, pues de lo contrario, devengará un recargo y su calificación crediticia... ¡No puede ser, no pueden pretender cobrarme otra vez esas peinetas! Las pagué hace diez meses. ¡Pues nada, ni caso! -y tiró la carta por ahí con viento fresco-. Vamos a ver esta otra: ¡Ah, ésta es la de verdad, ésta es la que esperaba, ahora ya tendré nueras de verdad! ¡Ésta, ésta es la carta que me estaba anunciada por los divinos augurios, ésta que chorrea sangre!
Y en efecto chorreaba sangre, o salsa de jitomate, porque apretaba la carta con el puño y chorreaba de lo lindo, más que carta, hubiérase dicho bayeta rebosante, y ésta era escena de muchísimo efecto.
-¡No, no necesito leerte, o carta chorreante! ¡Que bien sé lo que dices y sé bien que las madres anónimas estamos ya salvadas y nos daremos un hartazgo de nueras y alimentos! ¡Ah, no te leeré, no te leeré, que ya veo con mis propios ojos, y como si ante mí estuviera, la escena que narráis!

La Zarzamora
01/06/2012, 00:36
Y así era en efecto, un redoblazo de atabal, un silencio, otro redoblazo de atabal, y el narrador va explicando lo que ocurre en escena, que es precisamente lo que pone la carta. En escena colocan los carpinteros una pirámide de tablones y arriba de ella un incensario de copal y una gran cruz. Y todo esto el narrador lo explica así:
-Catad aquí, ¡oh audiencia! ese gran teocali de la imperial Valladolid, el más alto y famoso del mundo dilatado. Catad ahí sus gradas, que en breve ascenderán los últimos cautivos de la raza de los teules. Catad ahí el Pisuerga de aguas coloradas, catad ahí a la multitud de los de Hispania que hoy fenecerán sacrificados a honra de la cruz.
Y ahora sonaba no un redoble, sino un toque breve y acompasado que despertaba la ansiedad de ver quién aparecería en escena. Y en escena, en lo alto de la pirámide, aparece una efigie toda velada de negro y que, según explica el narrador, representa a la madre desconocida en figura de la obispesa vallisoletana. Y las manos, en lugar de manos, figuraba que eran garras. Y el final, en vista de lo visto, era de prever. Lo que figuraban ser muchos miles de teules con sus caras de paja y cabelleras de cuerda de diferentes colores, danzando con gran algarabía y bullicio, silbidos y relinchos, con grandes brincos y aullidos formidables, al envolvente compás del atabal, escalaban impacientes el teocali y, allá arriba, la obispesa de Valladolid los arrojaba sobre el tajón y a garra limpia los descorazonaba, para a continuación, el corazón así arrancado, lanzarlo sangrante a los pies de la pirámide, donde rebotaba con indecible regocijo del público. Los corazones éstos eran de paja y estaban pintados de colorado y empapados en salsa de jitomate. Este baile, música y sacrificio siguió hasta que figuraba que se sacaba el corazón al último teule. Y aquí, la madre anónima, obispesa de Valladolid, se quitaba los velos y dejaba ver su cara de paja. Luego ese último corazón lo mostraba en alto y, mientras ella mantenía arriba el corazón, a ambos lados del escenario aparecían dos filas de mujeres, que era el coro de las nueras y cantaban su canción con un redoble distinto, ran rataplán, ran rataplán. Luego la obispesa, manteniendo el corazón en alto, descendía del teocali y hacía una gran procesión por todo el escenario seguida de dos filas, una la de los teules sacrificados, que ahora figuraba que eran fantasmas del paraíso y llevaban sus máscaras de calavera y teítas que los iluminaban, como la divinidad que eran ahora, y otra fila que era la de las nueras, y cada fila cantaba su canción. Mientras duraba la procesión, y siempre todo acompañado por los redobles de atabal, los carpinteros retiraban el teocali y, una vez terminado de retirar y terminada la procesión, la madre anónima obispesa regresaba al centro de la escena y allí, con un redoble profundo, levantaba una vez más el corazón en alto, daba media vuelta y, entre el estruendoso entusiasmo de un público feliz, hacía mutis por el foro seguida de su séquito cantante de nueras y fantasmas.
La asistencia celebró con silbidos, relinchos y alborozo el final de una función tan emotiva y tardó en ponerse en movimiento, como si quedándose donde estaba fuera a prolongar el disfrute. Luego, lentamente y celebrando todavía, empezó a desfilar para dar su óbolo a los otomíes que tan hermosa historia habían representado. También desfilaron nuestros seis viajeros, emocionados todavía por la función. Querían encontrar algún sitio donde acomodarse a gusto para la noche y prolongar el disfrute comentando lo que habían visto. Coyolxauqui y Xochiyetla averiguaron que mañana estarían saliendo milicias para Cuautla y Calpulalpan, aunque hacia la tarde ya habrían salido todas, y que después no se esperaba que ese día hubiera más movimiento. Convendría pues hallar algún sitio donde estar hasta la noche siguiente para no coincidir con tanta actividad y, desde luego, no andar precisamente por esa salida de Cuautla, porque era allí donde estaban acampando los soldados y por donde se movían jefes de todas las graduaciones.
Buscaron entonces otro arrabal más tranquilo a ver si en las afueras encontraban algún jacal como el de la noche pasada y, cuanto antes, mejor, porque había empezado a llover. Salieron de poblado, pues, por un arrabal en el que había muchos alfares y, no demasiado apartados, vieron unos cobertizos con techado de paja a los que tuvieron que acercarse para comprobar si estaban solos, pues, desde lejos, la lluvia no les dejaba distinguir si de ellos salía luz o humo. Persona en los cobertizos no hallaron ninguna, pero sí abundancia de cacharros y loza de diversos tipos y tamaños y, además, en el que mejor les pareció de todos ellos también encontraron brasero y leña. Todo lo que se podía desear, en fin, para pasar una noche regalada, aunque Cuahuipil hubiera preferido que los cacharros y Cuetlachtli no coincidieran en el mismo lugar. Todavía le repicaba en la memoria el alegre sonido del barro al hacerse tepalcates contra el suelo que había amenizado la estancia de la joven en los palacios de Axayácatl.
Con la función y la búsqueda de refugio, Cuahuipil había descansado algo la mente de pensar obsesivamente en si Xiloxochitl, Teyohhualminqui y Marcos Bey estarían vivos o muertos, pensamientos que lo habían angustiado desde aquella noche de la confesión. Muertos, sin duda, estarían la mayoría de quienes habían convivido con él en Axayácatl. Ahora, a oscuras, le volvían esos pensamientos causándole gran zozobra, así que, una vez establecidas las guardias, prefirió sumarse a la conversación general sobre la función, en la que cada uno decía lo que más le había emocionado o se recreaba repitiendo las canciones.

La Zarzamora
01/06/2012, 00:38
-¡Sacar corazones de paja, vaya degeneración! ¡Qué vergüenza! –ésta, claro, era Cuetlachtli.
-Pero estaban muy coloraditos, rebotaban cuando caían y soltaban sangre. ¡A mí me parecieron preciosos! -decía Xochiyetla.
-¡Nada, nada! ¡No tenían fuerza! Al caer desde lo alto del teocali la sangre tenía que haber salpicado hasta la última fila del público y en el suelo tenían que haberse estrellado con formidable estrépito, no sólo rebotar. ¡Así!
Ahí hubiera ido el primer cacharro si Cuahuipil no llega a detener a tiempo el brazo de Cuetlachtli, como en la escena bíblica de “detente, Abrahán”, sólo que Cuahuipil, ni bíblico y ni siquiera coránico, no le dijo “detente Cuetlachtli”, sino:
-¿Vuestra merced es una mula o qué?
-¿Qué es una mula?
-La mula es un animal hija de la yegua y el burro o de la burra y el caballo.
Ya estaba éste otra vez con los animalitos fabulosos.
-¿Ah sí? Pues vaya cantidad de padres que tiene ¿no? Se parece a mí.
-Pues eso es lo que le estoy diciendo a vuestra merced.
-¿Y una burra que es?
Antes de contestar, Cuahuipil le echó una mirada como temiéndose lo que se avecinaba. A pesar de todo contestó:
-Es un animal muy bueno, muy paciente y muy servicial, con las orejas muy largas y tiesecitas. Muy bonito y muy manso y trabajador, algo más chico que el caballo y una dulce expresión de ojos.
Ya, claro, un conejo pero como un venado de grande. Cualquier cosa. Mejor seguirle la corriente a este monazo.
-¿Sí? ¿Y esa dulce expresión es la que tengo yo también?
-No he comparado a vuestra merced con la burra sino con la mula. La mula no hereda la dulzura de expresión. De cierto, no hereda nada de nada. En eso está la gracia o, en el caso de vuestra merced, la desgracia.
Renegando, Cuetlachtli había llegado a creer en los toros y en los perros grandes y en los caballos, porque de éstos dos últimos ya los había visto en Axayácatl y seguramente había más animales de los que decían que sí que existían, pero tampoco podía ser que hubiera tierras habitadas por entero por animales imposibles. Estos abusaban e inflaban el faunario para apabullarlos y hacerlos sentirse pequeños. Pero como estaba a oscuras en cuanto a lo que era realidad y lo que era invención en lo que decían, suplía la incertidumbre con su sarcasmo y suficiencia. Hija del caballo y de no sé qué otra cosa… Como si dijéramos, los hijos del jaguar y del ratón, vaya.
-¿Y cómo es ese animal mula?
-Cuando vea una, se la señalaré a vuestra merced, no sea que luego me diga que no se lo expliqué bien. Y deje vuestra merced de coger lo que no le pertenece para romperlo como si no fuera creyente. ¿O es que el Huitzilopochtli enseña a vuestra merced a despreciar el trabajo ajeno?
-No es infidelidad tratar de mejorar las artes dramáticas. Piense vuestra merced cuánto mayor hubiera sido el efecto si los corazones hubieran sido de barro y se hubieran roto con estrépito al estrellarse y cómo las salpicaduras hubieran llegado hasta atrás del todo donde estábamos nosotros. La función hubiera tenido mucho más efecto. ¡Corazones de paja! ¡Bah! ¡El colmo! Lo mejor hubieran sido los de verdad.
-¡Que vienen! ¡Que vienen! ¡Que vienen hacia acá!
El que gritaba esto era Quizzicuaztin que se había ofrecido a hacer guardia y en ello estaba.
-¿Quiénes? ¿Quiénes vienen? -preguntaron Vacatecuhtli y sus criados.
-Los últimos teules vivos. Esos vienen.
¿Pero no habían ido a Tlaxcala? Se preguntó Cuahuipil. Él creía que los últimos teules vivos habían intentado refugiarse en Tlaxcala. ¡Estaban locos de quedarse en Tepetlaoztoc, con la cantidad de milicias que había!
-¡Los otomíes, ya llegan, ya están aquí!
¡Ah! ¡Eran los de la función!
Era verdad estaban allí.
-Vamos mi señor, no levante la cabeza ni se vuelva, siga mirando hacia mí, que ya termino de arreglarlo.
Lo mismo que Quizziquaztin había hecho cosa suya hacer guardias y recados, Coyolxauqui parecía haberse hecho cargo de que Cuahuipil estuviera siempre presentable. Y eso que dijo lo dijo ya bajísimo, porque, en efecto, Los últimos teules vivos, la familia de cómicos otomíes, corriendo para guarecerse de la lluvia, había llegado. Pero no toda ella. Allí sólo había cuatro y, con sus máscaras de paja y sus cabelleras de cuerda, ya se habían metido debajo del cobertizo y miraban atentamente a los que lo ocupaban de antes. Y, por lo que podían apreciar los recién llegados, había allí una cihuatecuhtli con dos que parecían ser sus sirvientes y, además de éstos, un macehual mayor, que era el que habían visto fuera, y una mujer y un hombre también macehuales y que, a juzgar por su actitud, bien pudieran ser marido y mujer. Y ahora estos cuatro otomíes se preguntaban qué harían. ¿Se quedaban allí o se iban a otra parte? Era difícil decidir y cuchichearon un poco entre ellos sin que ninguno de los que estaban allí antes pudiera oírlos. Miraron alrededor y nuevamente cuchichearon, y ahora el matrimonio de macehuales los miraba y se preguntaba qué querrían o qué hacían allí. Pero parece que nadie, ni de los de antes, ni de los recién llegados quería hablar y que todos se preguntaban qué hacer. Nuevos cuchicheos de los recién llegados que, en este momento, no cómo cómicos sino como gente de guerra y de concierto, parecían querer tomar posiciones frente a los del cobertizo como quien, por si acaso, tapa la retirada. Sólo quedaba Quizziquaztin que había vuelto a su puesto de guardia, desde donde oía, sin prestar atención, lo que se decía en el cobertizo y, como ya era su costumbre, a solas, rumiaba su triste suerte entre las sombras.
¡Sí, en la noche oscura! -se decía- ¡En la soledad! ¡En el tenebroso existir! Aquí estaba él haciendo guardia al dios que le iba a perdonar y a una cihuatecuhtli que no entendía nada de lo que son las cosas. ¡Él culpable! ¡¡Él culpable!! ¿No daba risa? Porque, vamos a ver: ¿Acaso no había dado él todas las pistas imaginables para que aquella grandísima holgazana que era Coyolxauqui su mujer se hubiera ocupado de protegerlo? Y él se casó virgen, por supuesto y, según resultó al cabo de los años, muy engañadito porque decían los padres de la novia y la que hizo de tercera que esta Coyolxauqui era muy buena. ¿Buena? ¿Puede llamarse buena a una mujer que se fía de todo lo que se le dice sin someterlo a escrutinio? Recordaba aún cómo fue la primera vez. Llegó a casa más tarde de lo acostumbrado y eso ya era como para preocupar. De hecho, él, antes de que ella dijera nada, por temor de que se enojase, explicó:
-Lo siento mucho, Coyolxauquicita, lo siento mucho, palomitita. Es que a última hora se me complicó la existencia ¿sabes? porque me las tuve que haber con un tablón durísimo. ¡Uhhh! No te puedes imaginar cómo estaba de duro el pinche tablón. Lo tuve que meter en una solución para ablandarlo. Y hasta que no se ablandó, no pude venir.
-No sabía yo que los tablones se metieran en soluciones.
-Sí, Coyolxauquicita, en una solución húmeda.
-A ver si se te va a ablandar demasiado.
-No te preocupes tú, mi pimpollito, Coyolxauqicita. Tú no te preocupes por los tablones, déjalos de mi cuenta, guajolotita mía.
¿No era acaso culpable tanta inocencia? “No sabía yo que los tablones se metieran en soluciones”. ¡Vaya salida! ¿Puede acaso concebirse semejante candidez sin que exista una premeditación dolosa de no pensar mal, de creerse todo lo que le digan a uno por peregrino que sea? Nada. Fiarse. ¡Qué cómodo! ¡Y qué incalculables consecuencias tenía tan irresponsable proceder! Allí, allí quedaba en el taller toda la madera, aserrada y por aserrar, muriéndose de risa, mientras él vagaba con este dios exótico, pero bueno, por Dios sabe qué lugares y hasta Dios sabe cuándo y con esta malvada cihuatecuhtli, que seguro que hacía causa común con las demás mujeres sin meterse siquiera a averiguar de qué lado estaba la justicia.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:31
Pero quedito, señores teules vivos, que de ese movimiento de copar salidas se apercibió Cuahuipil aun antes de llevarse a cabo y cuando el que tomaba posición a la parte izquierda del cobertizo la ganaba, también la ganaba Cuahuipil, de manera que la máscara de paja y él casi se tocaban las caras y, teniéndolo tan cerca, por los agujeros de la careta, veía los ojos del cómico copador y en este momento, además de verle los ojos, le oía la voz, muy baja, que exclamaba en un susurro:
-¡Cuahuipil!
Al reconocer aquella voz y aquellos ojos, Cuahuipil sofocó un grito de sorpresa y de enorme alivio.
-¡Hermano!
-Chssss. No digas ni demuestres nada. ¿Qué hace aquí ésa?
Ésa, ya lo sabemos, era el nombre que daba Xiloxóchitl a la Vacatecuhtli.
-Creo que quiere ir a Tlaxcala para reunirse con Marcos Bey.
Era difícil con la máscara saber lo que en ese momento pasaría por la cabeza y aún más por el corazón de... pues sí, de Xiloxóchitl.
¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había sido de él, de Marcos Bey, de Teyohualminqui...? Bueno eso tendría que esperar, porque lo que no podían ahora era confiar en la Vacatecuhtli y, por más que los mexica hubieran mandado embajadores a Tlaxcala pidiendo alianza, Xiloxóchitl estaba segurísimo de que, como lo atrapasen, no habría alianza que valiese.
-Aunque te fíes, hay que tenerla vigilada. En cuanto a nosotros, los otomíes, ahora tenemos un problema. Los jefes de las guarniciones mexica de aquí y de las que están de paso han sabido de nuestra grandiosa representación y enviaron a decir que querían que se les diese una función particular. En vista de eso, nosotros cuatro nos vinimos escapados aprovechando la lluvia a escondernos donde pudiéramos y han ido los demás cómicos a dar la función. Espero que no noten que falta gente en la compañía.
-¿Qué papel hacías tú?
-¡¿Nos viste?!
-Sí.
-¿Y no lo adivinaste?
-No me paré a pensar, porque ¿cómo iba a imaginarme que estabas allí? Déjame... A ver... ¿Las tres morillas?
-Justo.
-¿Te gustó?
-Te escuché embelesado.
-¡Pero bueno! ¿Y esto qué es? ¿Qué es eso de venir aquí y quedarse ahí parados y venga a mirar y a no decir esta boca es mía saludando como manda la buena crianza y, en lugar de eso, venga a cuchichear? ¡Máscaras fuera! ¡Es lo menos! Y, si no, guarniciones de la Triple Alianza hay aquí para ver la cara a todos los teules vivos y muertos -la bruja que decía esto no podía ser otra que “ésa”.
Pero nadie le hizo caso. Las máscaras seguían enmascaradas y cuchicheando y cerrando las salidas del cobertizo y ahora parecía que en ello también estuviera Cuahuipil.
-¡Vienen! ¡Vienen! ¡Viene el ejército!
-¡Voto a tal!
Quién dijo voto a tal, en el desconcierto que causó el anuncio, era imposible de saber, pero la cosa es que, rápidamente, una de las máscaras otomíes, con el saco que llevaba, se aproximó a Cuetlachtli, sacó de él otra máscara y una cabellera de cuerda y pegándole al cuerpo algo que en el tacto se parecía muchísimo al cuchillo de monte de Cuahuipil, le dijo:
-Póngase esto la señora y estese preparada para ser una nuera de madre anónima ejemplar que hoy va a ser el día de nuestro gran éxito y consagración como cómicos, porque el no hacer bien nuestros papeles nos puede costar la vida y la primera a la señora.
No se hizo de rogar Cuetlachtli para taparse la cara porque, no sólo era que viniese el ejército, era que ese destacamentito que venía hacia acá estaba mandado por su hermano del alma, Ahuitzotl. Si alguien delataba a alguien esta noche, desde luego no iba a ser Cuetlachtli.
Mientras esa máscara que hemos dicho surtía a la Vacatecuhtli de un oportuno disfraz, los restantes otomíes se dieron prisa en repartir caretas y cabelleras a todos los demás, de forma que cuando llegaron los militares, todos tenían ya aspecto de respetables y multicolores últimos teules vivos.
-Muy buenas noches mis señores cómicos -habló el que llevaba el mando, es decir, Ahuitzotl-. A oídos de los jefes militares de las guarniciones de la Triple Alianza que hacen noche en Tepetlaoztoc ha llegado noticia del talento con que habéis divertido a la gente de esta población y se me ha enviado a rogarles a mis señores cómicos que tengan a bien hacer partícipes de su sin par e inigualable arte a nuestros tecuhtin, que naturalmente tendrán a honor y gala compensar tan delicada atención.
Con fuerte acento otomí habló allí el que estaba pegado a Cuetlachtli.
-Mi señor jefe de milicias, mi distinguido jefe de milicias, ¡albricias! ¡Albricias al jefe de milicias! Ya los mejores de nuestra compañía han ido a satisfacer esos deseos con los que nos honran muy inmerecidísimamente mis señores jefes y, si no acudimos nosotros, es por estar con una muerte familiar muy reciente que nos deprime el ánimo y no querer que una cosa así, tras el esfuerzo de una primera representación, se refleje tristemente en una segunda, quitándole la gracia a nuestra obra y dejándonos sin reputación ante los respetadísimos mandos de la Triple Alianza.
-Créame mi señor cómico que me apena en lo hondo esa pérdida familiar y comprendo cuál ha de ser su compunción. Ruego por ello nos disculpe y perdone por, con toda humildad y conmiseración, seguir insistiendo. Nosotros servimos a la patria. Muchos de nosotros también moriremos y, ya que tan granados cómicos se dan en nuestro imperio, sería una satisfacción antes de morir por él, divertirnos con él.
-¡Oh, oh, oh! Mis señores militares están tan cerca de la muerte... ¡albricias! ¿Qué se les pueda negar? Pero, como he dicho a mis señores militares, los mejores de nuestra compañía ya fueron a complacerlos. Aquí quedamos solo los pardillos.
-Ciertamente mi señor cómico subestima a esta partida, pues ha de saber que lo que el capitán Ilhuicauxauatzin más desea ver y escuchar es a aquel que cantaba el cantarcillo de Fátlima y ése no estaba con los que ya están ante los tecuhtin porque a todos ellos les hemos hecho cantar y no es ninguno.
Pues enhorabuena, Xiloxóchitl. Si alguna vez fracasas en la guerra, dedícate a la farándula, que eres el rey.
Fuera como fuera, era inútil resistir. Los tecuhtin no iban a aceptar un no. Tomaron, pues, los que ahora eran ya diez otomíes sus sacos y bultos y, siguiendo al jefe del destacamento y escoltados por éste, se resignaron a dar la mejor representación de su vida.
Los tecuhtin estaban alojados en el templo principal de Tepetlaoztoc y a todos ellos les pareció el mejor sitio para dar la representación, puesto que ni siquiera sería necesario montar teocali, o sea, pirámide de madera, ya que serviría el del propio templo y todo iba a tener mucho más realismo. Pero los otomíes se mostraron muy remilgados. Opinaban que era sacrílego.
No. ¿Sacrílego por qué? Podían hacerlo perfectamente sin desplazar ni modificar nada y las imágenes de los dioses iban a estar en el mejor sitio para ver la representación y seguro que les iba a dar mucho contento. No es como si fueran los teules de verdad que las iban a echar de allí.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:34
Los otomíes decían que no querían resultar difíciles pero ellos, en estas cosas de la religión eran muy escrupulosos porque, cuando se debe uno al público, se debe también el más absoluto respeto a todo lo que respeta el público. Si el mexicatl teohuatzin, o sea, el patriarca y sumo sacerdote de Tenochtitlán, estaba de acuerdo en que lo hicieran ahí arriba, ellos felices, pero preferían pecar de prudentes a cometer algún indecoro. Entonces, mientras llegaba la aprobación del pontífice de Tenochtitlán, seguirían trabajando en otras poblaciones y, en cuanto se tuviera la respuesta, regresarían teniendo aún mejor preparada su representación, porque si era verdad que no era sacrilegio, valía la pena esperar.
-De acuerdo. Vamos a esperar a que llegue la aprobación del mexicatl teohuatzin para hacer la representación con teocali verdadero y, mientras llega, lo veremos con teocali de madera -zanjó Ilhuicauxaual, que parecía haber asumido el papel de maestro de ceremonias y que, con esto, estaba consiguiendo algo que hubiera parecido imposible y era hacerse más odioso todavía a su hija Vacatecuhtli. Pero, mira, a lo mejor eso servía para hacerla mejor nuera esa noche.
Empezaron pues los carpinteros a preparar el tlapanco y la pirámide y los sirvientes a disponer sillitas, libaciones, liquidámbar y tabaco para todos los tecuhtin. Estarían, como decían, preparando la guerra y a punto de morir pero, hoy por hoy, poquito más se podía pedir. Y ¿cómo había quien decía que los mexica no sabían disfrutar? ¿O se referían a que no sabían disfrutar si no fastidiaban un poquito a los demás? Bueno, en este caso sí fastidiaban un poco, incluso a la propia hija.
Pero volvamos a los cómicos. Mientras los tecuhtin estaban en eso, en el amplio aposento que se les dejó para prepararse, los otomíes auténticos y los advenedizos trataban de concertarse asignando cometidos, conviniendo coartadas para los otomíes auténticos de modo que nadie los acusara de traición; y, luego, los advenedizos, ya entre sí, organizaron su propia estrategia. A Coyolxauqui y a Quizzicuaztin, teniendo en cuenta que eran mexicas, no se les dio ningún cometido. Sólo pegarse a Cuahuipil y no separarse de él. Vacatecuhtli, lo sentían mucho, iba a salir a escena a ser una buena nuera, entremetidita entre otras dos, y, como no se comportase, le iban a hacer un agujerito en cada costadito, cosa que Vacatecuhtli escuchó con indecible desdén. Pero ¿qué sabían éstos? ¿Qué creían? ¿que ella iba a hacer algo por miedo? ¡Monazos y fregonas! ¡Qué ganas tenía de ponerlos a todos en su sitio, hombre! Chalchiunenetzin y Xochiyetla quedaban a las órdenes de Cuahuipil. Y precisamente Cuahuipil quedaba a cargo de talleres y almacenes, junto con una de las cuatro máscaras que fueron al cobertizo y que él todavía no sabía quién era.
Distribuidos los cometidos, se distribuyó lo demás. Para empezar, este cuarto no les gustaba nada, porque estaba en la punta del recinto opuesta a cualquier salida y para que con lo demás no ocurriera igual, dieron órdenes de cómo y dónde debía estar colocada la entrada y salida del escenario, los trajes y máscaras, los objetos de uso en escena y fuera de ella, de forma que los tecuhtin pudieran captar con la mayor fidelidad todas las sutilezas de la representación y para que ellos, los otomíes advenedizos, pudieran echar a correr con mucha fidelidad también cuando ya no se pudieran mantener las sutilezas. De jefe de los advenedizos, a cuyas órdenes y consignas era preciso estar atentos, quedaba la madre anónima obispesa y la palabra a la que debían entrar en acción era "¡Padre!". Así pues, Cuahuipil y su lugarteniente pusieron manos a la obra y pasaron toda la salsa de jitomate para el relleno de corazones de la marmita en la que estaba a dos buenas jofainas, ya que si había que tirársela a los ojos a alguien, éstas permitían hacerlo más rápido y mejor repartido. Por el mismo motivo, le añadieron bien de picante. Llenaron asimismo dos jofainas de grasa y dispusieron cuerdas y matracas y cuanto pudiera ser de fácil y rápido uso caso de tener que huir y todos sus bultos y sacos los dejaron asimismo ordenados y listos para echárselos a la espalda. Cuahuipil indicó bajito también a su colaborador, que más bien creía que era colaboradora, lo que tenía que decir en cada circunstancia, porque él era mejor que no hablase. Y finalmente empezó la representación.
Y ahora ¡vamos a ver!: ¿qué les vería Ilhuicauxaual a aquellas tres morillas? Cuando el rey, Xiloxóchitl, entonó la canción por primera vez, la escuchó con concentración y muy serio y dio órdenes de que el rey la volviera a cantar, y otra vez la siguió con igual concentración y gravedad y volvió a ordenar que la cantara otra vez, y otra, y otra... (¡Qué nervios de acero Xiloxóchitl!) Y preguntó qué quería decir la canción y qué nombres eran aquellos y si terminaron sacrificando a esas señoras morillas o si se las dieron a alguien de concubinas... y por favor, que la cantara otra vez más. Más de uno terminó con empacho de moras. Y a todo esto, Ilhuicauxaual, con mucha gravedad, seguía como perdido en sus pensamientos.
No era para menos. Desde que se fue Cuetlachtli por última vez de su casa, los acontecimientos le habían caído encima como si fueran una cascada de porquería. Naturalmente que no se trataba de ninguna rencilla personal que tuvieran con él los acontecimientos, por lo menos no todos, puesto que la mayor parte de ellos eran colectivos, pero sí los había acusado muy en lo vivo y lo habían revuelto lo indecible. No había nada en los últimos tiempos que no lo hubiera desengañado. Jamás se hubiera imaginado que los cristianos lograrían escapar vivos de Tenochtitlán. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Fue la lluvia, fue el vendaval, fue el destino? Fuera lo que fuera, había sido. Pero esa huida lograda, con ser muy grave, no le había dejado un sabor tan amargo como lo ocurrido después en el propio Tenochtitlán. La persecución y caza de aquellos a los que se achacaba, con motivo o sin él, haber ayudado a los teules, la venganza, sin prueba ninguna, ejecutada en ellos por los oportunistas, los fanáticos y la chusma, haciéndola valer además como mérito para el medro personal, le habían amargado mucho más que cualquier cosa que pudiera haber hecho el enemigo. La avaricia y la avidez con que algunos de sus compatriotas habían rebuscado en la laguna para sacar el oro caído en ella y llevarse a sus casas tanto como pudieran era algo que no podía recordar sin aversión. Se sentía amargado y defraudado de una manera que no se esperaba. Es decir, que ¿bastaba un solo revés para que los tenochcas, los señores del mundo, se pusieran a la altura de miserables ladronzuelos y replicaran fielmente los defectos que tanto habían despreciado en otros? Seguramente sí, bastaba, seguramente daba igual tenochcas o no tenochcas y bastaba un solo revés para poner de manifiesto de qué estaba hecha la ralea humana. Inocente él si hasta ahora se había creído otra cosa. Y cuando en medio de esa pesca en río revuelto que se había instaurado en la ciudad y, para desembarazarse de él, los medradores del momento hicieron que se le encomendara la "importantísima" misión de organizar el cerco de Tlaxcala desde sus zonas fronterizas, ni siquiera le sorprendió ni molestó. Al contrario: cuanto más lejos menos le salpicaría la mierda que jamás había visto antes en Tenochtitlán pero que debía de haber estado allí puesto que no podía haber aparecido por milagro. Luego, cuando sólo hacía horas que había llegado a la ciudad, se encontró con que le mandaban de refuerzo y como comandante en jefe a su "compadre", que, por lo que él era capaz de juzgar y según había dicho el propio interesado, no venía rebotado de la ciudad, ¡qué va! sino por vocación propia, porque estaba convencido de que era imprescindible en la frontera. Y, tal vez fuera por eso por lo que, por primera vez en su vida, tuvo un sentimiento cálido por el compadre. Era un demente risible, pero al menos demostraba no ser codicioso ni arribista. No que no seamos todos en alguna medida arribistas y aprovechados, sabía de sobra que sí, él también lo era y no se avergonzaba de ello pero no por encima del cadáver de infelices y no por encima del deber y la ley.
Y, hablando de otra cosa, en una circunstancia como la presente ¿dónde estaba Huitzilopochtli? ¿Dónde estaba el dios tutelar de Tenochtitlán? Durante los meses que estuvieron los cristianos en la ciudad había seguido él las palabras y pronunciamientos del huey tlatoani y de los sumos sacerdotes con los que hablaba el dios y a los que transmitía sus profecías. Pero esos sumos sacerdotes no habían predicho la huida de los cristianos ni la carroña y la degradación subsiguientes y, de alguna manera, creía ahora que jamás había hablado con ellos Huitzilopochtli y que jamás hablaría, porque con quien de verdad hablaba el dios era con los desilusionados, como él, con los que sabían que la única verdad del ser humano es la soledad. No, el dios no hablaba ni hablaría jamás a las multitudes ni de multitudes, sino sólo al corazón solitario, aunque no sabría explicar por qué lo creía así. Es más, ahora estaba convencido de que eso ya lo sabía de antes, pero no había querido verlo y toda su amargura lo era más precisamente porque era él quien más se la merecía y se la había ganado.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:39
En fin, más valía que se dejara ahora de filosofías y que pensara en ver qué hacía con Ahuitzotl, al que había conseguido traerse, y menos mal, porque a un incauto como el pobre muchacho, en el vacío que había seguido en Tenochtitlán a la muerte de Moctezuma, los buitres de la ciudad podían devorarlo en una pestañada de ojo. Y eso, lo que atañía a Ahuitzotl, fue otra de las grandes y desagradables sorpresas que se había llevado esos días pasados. Resulta que el muchacho ya tenía edad y ganas de tener mujer y él, cumpliendo su deber de padre, se dedicó a buscársela. Después de estudiar el panorama y de que a su vez también lo hubieran tanteado, creyó tener a la joven idónea e hizo unas gestiones con el resultado deseado, de forma que él estaba contento, Ahuitzotl estaba contento, la muchacha parecía contenta y su padre, madrastra y tíos igual. Pero el asunto no salió. ¿Cómo estando todo el mundo de acuerdo pudo no salir?
El mismo día en que había quedado todo concertado, cuando, ya de noche, estaba por retirarse a dormir, le anunció el mayordomo la visita de una desconocida, una partera anciana, que ya no ejercía, pero que había gozado de mucho prestigio. Lo que le dijo esta visitante lo obligó a deshacer todos los conciertos y a perder completamente la cara ante todos los interesados, sin excluir a Ahuitzotl. Naturalmente, no se fió sin más de la palabra de la partera, pero las pruebas que trajo y los testimonios que recabó sobre el caso confirmaron lo dicho por ella. Y eso era lo que había hecho antes de disponer la función de los otomíes para luego haberse quedado como un lelo viéndola, tratando de vaciar el pensamiento con aquella cancioncilla repetida, repetida… Se había visto obligado a revelar a Ahuitzotl, algo aplacado el enojo del primer momento pero aún muy dolido por el aborto del compromiso, aquello que lo había obligado a romperlo. Lo había mandado llamar.
-Diga, padre.
-Ven. Quiero explicarte por qué he tenido que romper el compromiso con la que iba a ser tu consorte. Siéntate.
Iba a haberle dicho "siéntate, hijo", pero se sintió incapaz.
-Ya le escucho, padre.
-Citlali no puede ser tu concubina porque es hermana carnal tuya.
Ahuitzotl se quedó con la boca abierta. Al fin dijo:
-¿De verdad? No lo entiendo. ¿Quieres decir que su difunta madre y tú...?
-¿Yo? ¡Qué dices! No. Bastante hice que cumplí con las de casa. Citlali y tú sois hermanos de madre.
-¿De madre? No puede ser. No lo entiendo.
-La madre de Citlali, Xuchímitl, siendo soltera y sin consorte, tuvo un desliz, o los deslices que fueran, pero ya sabes que en un plazo de quince meses, con un desliz o con cuatrocientos, el resultado es el mismo. Total que cuando llegó el momento, ya la Xuchímitl y su madre, con la partera y la ayudante de la partera lo tenían todo maquinadito y tomaron a la criatura recién nacida y se la colocaron a mi concubina que también parió esos días, diciendo que había tenido mellizos. Como ya sabes, uno de los mellizos murió a poquito de nacer. Pues ese que murió no era el de la madre de Citlali, sino el de mi concubina y mío y, en consecuencia, tú eres el hermano de Citlali. Naturalmente, cuando conseguí comprobar que lo que me había contado la partera era cierto, tuve que deshacer el compromiso y no pude decir la verdad porque vino a llorarme la anciana abuela de la muchacha rogándome que no pusiera de boca en boca el nombre de su difunta hija, que es tu madre, que no tirase por los suelos la reputación de una gran casa y los nombres de una gran familia y las demás cosas del mismo cariz que ya te puedes imaginar. Y fíjate si tengo dominio de mí mismo que entonces ni siquiera estrangulé a la abuela.
Evidentemente, Ilhuicauxaual estaba indignado. En cambio, Ahuitzotl de momento sólo daba abasto a estar sorprendido y se quedó mudo y con la boca abierta. Cuando recuperó el habla dijo:
-¡Pero, entonces, soy hijo del pecado!
A Ilhuicauxaual, que por un momento creyó que el muchacho habría conseguido adivinar quién fue su padre natural, le arrancó una leve sonrisa de ironía aquella grandilocuente y moral exclamación.
-¿Del pecado? Sí, claro. Pero ya, entrando más en detalle, más bien creo que de un barquerito muy echado para alante que debió de dar a conocer a tu madre todos los secretos de la laguna.
Ahuitzotl lanzó un silbido.
-Y ¿dónde está ahora el barquero?
-Fue hecho cautivo en la guerra.
El joven no sabía qué decir, ni siquiera sabía si tenía que decir algo.
-¿Y qué tengo que hacer ahora, padre? Es decir, ¿cómo tengo que llamarte? ¿Qué me va a pasar? Estas cosas tan extrañas, como son tan de improviso, me desorientan. Pero, a todo esto, digo yo una cosa: cuando después de pecar, mi madre nueva, Xuchímitl, contrajo concubinazgo con su concubino oficial, él tuvo que darse cuenta a la fuerza de que no era virgen. ¿Cómo se las arregló para que no se armara el escándalo?
Ilhuicauxaual reprimió un gesto de fastidio.
-Pero ¿todavía crees en esas cosas? ¿No te he estado explicando estos días, cuando dábamos por hecho el compromiso, todo lo que hay que saber sobre esto?
-Pues sí, es verdad. Pero creo que hasta que no lo experimente por mí mismo no me voy a enterar.
-Y cuando lo experimentes por ti mismo por primera vez te vas a enterar menos todavía porque todo sucede muy de prisa, hay muchos nervios y no sabe uno ni cómo sí ni cómo no. Pero, entiéndelo bien, que el hacer un mundo de la virginidad de las mujeres es sólo para asustarlas a ellas y, con el miedo ese de que se les vaya a notar, evitar en lo posible que se desmanden. No le busques otro sentido ni otra utilidad, porque no los tiene.
-Ya, ya veo. Pero ¿sale sangre o no sale sangre?
-Sale o no sale. Es igual. Tú, llegado el momento, encuéntralo todo perfecto y no hagas comentarios, porque, sea como sea, nada tiene ya remedio y la mayoría de las mujeres, no habiendo plaga de barqueros, son como deben y, si no echan sangre, será porque están hechas así o porque la curiosidad las ha llevado a averiguar por sí mismas qué tenían por ahí dentro. No quieras saber demasiado en estas cuestiones que ni hace falta ni sirve de nada.
Ilhuicauxaual lanzó un suspiro y trató de que esta conversación no le hiciera recaer una vez más en lo que tanto le encendía pensar. Hombre de mundo que era, si era celoso, siempre se había dominado y no aprobaba las actitudes desmedidas, pero lo que habían hecho la abuela y la madre de Citlali y las parteras era canallesco. Una cosa es que en la naturaleza de las cosas estuviese escrito que la certidumbre de un varón sobre quiénes son sus hijos no pueda ser nunca absoluta, para lo que ya la sociedad y la educación preparan adecuadamente y ponen sus salvaguardias, y otra es que unas bandidas se encarguen de que hayas criado tú a una criatura y un buen día tengas la absoluta certeza de que no es hijo tuyo. En el momento de enterarse de la verdad no tuvo tiempo para meditar debidamente el asunto y por tanto hizo lo menos arriesgado, que era callar, pero no lo daba por cerrado todavía. Era canallesco. Aquí estaba este muchacho que hasta hace nada había llenado su vida y ahora resultaba que era todo un engaño. No era su hijo y él lo había idolatrado. ¡Qué difícil se le hacía ahora mirarlo y hablarle! Si por un encantamiento se lo hubiesen convertido en rata o en sapo, no lo hubiera sentido tan extraño. Y también ¿qué culpa tenía el muchacho, que seguía siendo igual de simple, igual de apegado a él? Ninguna por supuesto. Y ¿qué culpa tenía él, que habiéndolo querido más que a nada, pensándolo tan suyo, se encontraba ahora con que no tenía más que ver con él que si se lo hubiera encontrado en un serón de desperdicios? Y que no le dijeran que, habiendo habido tanto trato, los sentimientos no tenían por qué cambiar, porque no era así. En los sentimientos no se manda y tal vez para otros pudiera ser así, pero para él no lo era.
Ahuitzotl interrumpió esta meditación tirándole de la manta.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:42
-Te tiro de la manta porque te quiero hablar pero ya no sé cómo llamarte, puesto que me has dicho que no eres mi padre. ¿Cómo te llamo entonces?
-Lo que te he contado, como ya has visto, no es público y a lo mejor no lo va a ser nunca. Es decir, de cara a los demás, sigo siendo tu padre y tú mi hijo y entre nosotros... ¿tú cómo me quieres llamar?
-Yo por mí... Yo al barquero ése ni lo he conocido. ¡Y si vieras cómo me he sentido siempre de contento de que fueses mi padre! Y, además, a mi madre, la antigua, seguro que no le va a hacer ni pizca de gracia. Por otra parte, después de la faena que te han hecho, tampoco yo quiero imponerme y abusar de que seas tan bueno.
-No hay abuso ninguno. Si llamándome padre es como te sientes mejor, hazlo así. Sí quieres, te seguiré llamando hijo.
-Yo sí. Ya estaba tan acostumbrado...
-Pues no se hable más.
-No puedes imaginarte lo que daría por ser hijo tuyo de verdad por complacerte. Pero ¿qué puedo hacer? Yo no puedo hacer nada.
-No te preocupes. Ya has hecho por mí más seguramente de lo que merezco y tampoco vamos a ponernos ninguno de los dos las cosas más difíciles no cabiéndonos culpa ninguna.
De pronto Ahuitzotl tuvo una idea magnífica:
-¡Es maravilloso! Fíjate que no había caído en ello y, pensándolo bien, es maravilloso, padre.
-¿El qué?
-¡Cuetlachlti no es mi hermana!
En todo este tiempo y salvo cuando se la mencionó Aculnahuácatl, Ilhuicauxaual no había pensado ni una sola vez en Cuetlachtli.
-Pues sí. Al menos la situación tiene eso de bueno para ti -contestó.
-Es maravilloso porque ahora me puedo casar con ella. ¿Qué te parece?
-¿Casarte con Cuetlachtli? ¿Cómo va a ser? ¡Si os llevabais a matar!
-Bueno, por una parte era horrible, porque le tenía miedo. ¡Qué tremenda es ¿eh?! ¡Buh! Nunca he temido a nada en la vida como a ella. Cuando me rompió el telar creía que me mataba. Pero pensé en tu ejemplo y poco a poco vencí el miedo. Lo sigo teniendo, además enterito, ¿eh? pero lo admito, porque el miedo es también un regalo de los dioses para que lo venzamos. Y el miedo no quita al cariño.
-Cariño que ella no te tiene.
-Pero eso se debía a que, como hermano, tenía que preocuparme de que encontrara marido o concubino y, si ella era tan difícil y terrorífica, no lo iba a encontrar. Yo le amargaba la vida por ese motivo y, pensándolo bien, a veces me ponía pesado. Es natural que ella me detestara. Pero si no llega a ser por eso, yo a Cuetlachtli no le veo ningún inconveniente, ¿no ves que ya estoy acostumbrado? De pequeñito me acuerdo que cuando fuese mayor me quería casar con ella, pero como luego aprendí que los hermanos no se pueden casar con las hermanas, tuve que cambiar de planes. Pero, si ya no es hermana... Y es preciosa. ¿Tú te has fijado en las cejas? Tienen así una forma como montañitas y debajo con esos fueguecitos… Yo me he fijado muy bien. Además, de esa manera, ya que no soy tu hijo natural, sería tu yerno. Aunque sólo fuese por eso, valdría la pena ¿no te parece?
-Sin embargo, tal como están las cosas, oficialmente sigues siendo hermano de Cuetlachlti.
-Podemos inventarnos y decir que a ella la trajeron de tapadillo al parto de su madre. Como que es ella la falsa y como que no se sabe quien fue el padre. Bueno... Claro... No. No estaría bien. Tú no vas a querer una cosa así. Se me ha ocurrido así de repente pero no es buena idea.
-Creo que, de momento, lo mejor es que ni tú ni yo pensemos más en nada hasta que nos familiaricemos con la situación y se nos aclaren un poco las ideas. Cuando nos sintamos más repuestos de la sorpresa, tal vez atinemos con lo más acertado.
-Claro. Es lo mejor, dejar reposar las cosas ¿verdad? Y ¿ella? ¿Dónde está ahora?
¿Dónde estaba Cuetlachtli? No había vuelto a saber de ella ni había preguntado.
-Eso no lo sé. Si quieres averiguar, adelante, pero tampoco lo conviertas en cuestión de vida o muerte.
Y ahí, en efecto, dejaron estar todo. Y ¡qué ironía! pensó Ilhuicauxaual, porque no había dejado de ocurrírsele que, si Ahuitzotl, que había sido la niña de sus ojos, no era hijo suyo, Cuetlachtli, como castigo, seguramente sí lo era. Y era un castigo sin duda por haber sido tan frío, tan mundano, de tan pocos sentimientos. Toda la fe que había tenido en Tenochtitlán, en su estabilidad, en que por ser un pueblo elegido no podía perder ni sufrir verdaderos reveses, no era finalmente más que mundanidad, como la misma fe en las apariencias que le habían hecho creer que aquel a quien había amado era su hijo y, seguramente, ese amor por Ahuitzotl y la falta de él por Cuetlachtli también eran otra apariencia. Sí, todo le había dejado un sabor amargo y le había revuelto profundamente y lo que toda su vida había sido una actitud distante y calculadora ahora, se daba cuenta, se había convertido en cinismo o escepticismo, pero, aunque no podía decir que fuese feliz, de alguna manera, inexplicablemente, se sentía mejor, amargo, pero bien. Era como si con las ilusiones perdidas se hubiese quitado de encima un peso abrumador y como si los desengaños le hubiesen hecho aparecer diáfano lo que hasta entonces era un horizonte cubierto que lo había aplastado toda su vida y que era lo que tal vez le había hecho parecer frío y distante y ahora caía en que no era frialdad lo que lo había habitado, sino soledad. Pero esta soledad, libre ahora de la confusión de las ilusiones, le hacía sentirse más conforme. Era como una ropa ligera que le ajustara a la perfección. Ese cinismo o escepticismo con que veía ahora todo, sin embargo no lo habían vuelto inmoral. Todo lo contrario. Era mucho mejor sentir el deber como lo que era, algo ligero, sin recompensa ni castigo, y experimentar la realidad también como lo que era, algo muchas veces espantoso, pero que no formaba parte de uno mismo ni podía tocarlo a uno. Claro que, aún liberado del peso de la ilusión, aún quedaba esa constante irritación que eran los problemas. Pero esos ya los iría resolviendo, o tal vez no, pero daba igual, mientras cumpliese con el deber de intentarlo en la medida de sus fuerzas. Y, mira este muchacho, el hijo del barquero… Esto tenía que digerirlo más despacio. No podía rechazarlo porque moralmente sería una bajeza y, además, acababa de darle una lección. Con su simplicidad había conseguido ver en Cuetlachtli algo que a él le había pasado desapercibido. Siempre creyó que él tenía mucho que enseñarle al muchacho. Tendría gracia que ahora fuese él quien tuviera todo que aprender del muchacho y no al revés. Ahuitzotl no ponía inconvenientes a las cosas tal como eran, mientras él siempre había querido que las cosas se plegaran a él. Los dioses, de una manera u otra, le habían negado todo aquello en lo que se había empeñado y lo que le habían dado había sido incapaz de verlo. No, Ahuitzotl no era su hijo, pero sin duda los dioses se lo habían enviado. Igual que a su hija. Ésa era la que le habían dado los dioses, no la que él hubiera querido, sino la que ellos quisieron. ¿Y qué había estado creyendo y haciendo él todos estos años?
Y así, entre las meditaciones del tecuhtli meditabundo y los empachos y placeres del resto de los espectadores, se llegó al fin de la representación, que complació a la distinguida audiencia, aunque, por el ambiente, no fue comparable esa complacencia al éxito popular de por la tarde. Ilhuicauxaual ordenó a los sirvientes que trajeran mantas, camisas, huipiles y pañetes de obsequio y dijo a los cómicos que tuvieran a bien quitarse ya las máscaras, que él quería saludar y obsequiar a todos y cada uno personal y especialmente, sin olvidar, por supuesto al delicado cantor de la muy hermosa Fátlima, que tan paciente había sido con sus peticiones.
Los otomíes auténticos se formaron entre bastidores, se quitaron las máscaras y, llevándolas en la mano para que se reconociera cuál había sido su papel, empezaron a desfilar ante Ilhuicauxaual, y ese fue el momento que la obispesa eligió para exclamar ¡Padre! echando las manos hacia adelante y como dirigiéndose a una aparición que estuviera allá, allá fuera, ante sus ojos, conminándola a seguirla por toda la ciudad y más allá. Y en eso le siguieron todos los falsos otomíes.
-¡Ya vamos, padre! ¡Ya te seguimos al Mictlán!
-¡Padre nuestro que estás en donde estés, allá vamos!
-¡Te seguimos padre, te seguimos!
-¡La leche que te han dado, padre! ¡Ya voy, ya voy!
¿Se habían vuelto locos? Eso parecía. Locos es decir poco. Pero, además, descuidados, porque mira que qué necesidad tenían al salir corriendo aquellos... ¿cuántos eran? ¿diez? Diez eran. Pues eso, que a ver qué necesidad tenían de dejar regada detrás toda la salsa de jitomate y esta... ¿Pero qué es esto?

La Zarzamora
07/06/2012, 23:47
En efecto ¿qué era esa cosa con la que estaba pringado el suelo y que hacía que los que intentaron alcanzar a los que corrían para hacerlos entrar en razón y recibir sus galardones resbalaran y se pegaran costaladas en un suelo ya de por sí, por lo pulido, bastante deslizante? Parecía grasa y fue una grasa que sin probarla siquiera no gustó nada a Ilhuicauxaual, quien mirando en la dirección en que desaparecían aquellos locos tras el fantasma, ojo, cargando con todos sus bultos, porque la locura no les hizo olvidarlos, dio al jefe de una de las unidades que quedaron en el templo esta orden:
-A esos diez los quiero aquí de inmediato.
Y se quedó un tanto pensativo y ceñudo. ¿Es que ni por una sola vez puede uno abandonarse un poco? No, no estaba nada conforme con la extraña carrera de diez locos al unísono y, hasta que no tuviera una explicación, no iba a dejar estar las cosas.
-Padre ¿quieres que vaya yo también a buscarlos?
-Ve… Ve, hijo. Reúne a los mejores y, si los consigues traer, diremos que los trajiste tú y, si no, cállate que siquiera lo hayas intentado.
-Sí, padre.
-Suerte, hijo.
Ilhuicauxaual lo vio marchar y no dejaba de venirle a la memoria la extraña confesión de Ahuitzotl, de haberle tenido siempre miedo a su hermana. ¿Y él mismo qué le había tenido? Él le había tenido pavor a la niña pero no tuvo la entereza de confesárselo a sí mismo, no hizo más que huir ante ella. ¡Huir de una criatura! ¿Tenía eso sentido? ¿Fue el desengaño? ¿O qué fue lo que hizo que viera siempre a Cuetlachtli como un castigo? Bueno, tiempo tendría de castigarse él mismo más de lo que hubiera podido castigarle Cuetlachtli. Ahora tenía obligaciones que cumplir.
Mucha, mucha suerte iba a necesitar Ahuitzotl para dar con los que habían huido en una noche que ya no era lluviosa, pero sí encapotada, porque, aunque una vez dada la alerta por Ilhuicauxaual, ya alguien desde lo alto del teocali se había puesto a la mira de los que huían para indicar el camino a los perseguidores, pues no se los veía, y eso incomodó todavía más a Ilhuicauxaual, porque era muy difícil no ver nada desde allí, salvo que alguien se esforzase expresamente en no ser visto. No podía imaginarse de lo que se trataba, como no fuera que entre ellos hubiera algún malhechor buscado por la justicia... Pero, incluso así, bastante fino hilaban.
Con tan pocas pistas, el primer grupo de soldados que salió en persecución se sintió un tanto perdido, ya que los que huían, en ese primer momento de sorpresa, salsa y grasa, habían sacado mucha delantera. Seguro, pensaba el jefe, que habían ido caminando bien pegados a las paredes por alguna de aquellas calles o callejas, pero ¿por cuál? A esa hora ya no había mucha gente por ahí para andar preguntando y, hasta que dieron con quien supo decirles algo, fue también mucho tiempo perdido y el que hubieran torcido ahora para este lado no quería decir que a la siguiente cuadra no hubieran torcido para al otro... No, su grupo no iba cubrirse de gloria aquella noche ante el capitán Ilhuicauxaual. Como no se ofreciera una guerra de verdad... Estas escaramuzas nebulosas no eran lo que a él le habían dado a entender que era la guerra cuando empezó a ir a las campañas recién mozo. Consultaría con su unidad a ver qué hacían, porque estando todos de acuerdo en no querer volver con las manos vacías, aguzando el ingenio, a lo mejor conseguían inventar una buena hazaña. Después de todo, tampoco tendría nada de particular, porque el fantasma aquel que habían visto los cómicos debía de ser formidable y hacer falta muchísimo valor para enfrentarse a él, máxime si acudían en su auxilio otros fantasmas solidarios con sus respectivas familias de cómicos. ¿No era eso precisamente lo que habían oído comentar esta tarde en Tepetlaoztoc, que había como una reunión general de fantasmas de cómicos que celebraban su fiesta fantasmagórica anual? ¡Huy, huy, huy, que nochecita les esperaba de pelear con todos los fantasmas de los cómicos del imperio! ¡Qué batalla tan desigual! ¡Hasta le temblaban las piernas! ¡Pero qué orgulloso iba a sentirse el capitán Ilhuicauxauatzin de la victoria que iban a lograr sobre ellos haciéndoles evacuar Tepetlaoztoc con las orejas gachas!
¿Tendría mejor suerte Ahuitzotl y encontraría carne y hueso en lugar de fantasmas? Suerte es difícil de decir, pero sí tuvo ingenio, porque lo imposible del caso le hizo pensar menos en correr y más en discurrir. Y, reconózcasele, no discurrió mal. Estaba demostrado que no querían ser vistos. Si no querían ser vistos tendrían que ir por donde no pudieran ser vistos. ¿Bien razonado? Bien. ¿Por algún sitio, por ejemplo, donde al terminar los edificios en lugar de campo abierto hubiera arboleda que ocultase a quienes caminaran entre ella? Pues hacia ese lugar de la ciudad en que las casas se convertían en arboleda se dirigió Ahuitzotl, siempre atento a ver si desde el templo principal se le daba alguna indicación. No, no se le daba. Pues a seguir con la primera idea, pero no por la ciudad, sino por el campo y saliendo más adelante, donde en cuanto se acabara la arboleda tuvieran que dejarse ver aquellos y, naturalmente, sin dejarse ver ellos mismos. Y, si los cómicos no se dejaban ver, entonces habría que encontrarlos entre los árboles. Pero eso no fue necesario, porque justo allí y entonces, según llegaba el grupo de Ahuitzotl y con toda clase de precauciones, salieron los diez a campo abierto y echaron a correr. Pues ¡a ellos!
Muy, muy agudo debía de tener alguien el oído entre los perseguidos, porque inmediatamente cayeron en la cuenta de que lo eran y distinguieron a sus perseguidores. Apretaron más la carrera, pero bien creía Ahuitzotl que los alcanzarían, porque al parecer llevaban mujeres y éstas no podían correr tanto. No sólo eso, sino que al rato hasta pareció que una se había caído, precisamente cuando los huidos parecían cambiar de rumbo por sortear unas peñas muy empinadas que estaban en su camino, de forma que Ahuitzotl, que había estado un poco adelantado, se vio más lejos que su tropa del grupo de los perseguidos, pero muy cerca de la mujer caída. Mientras los demás intentaban apoderarse de los otros, pues, él llegó a hacerse con ella cuando ya empezaba a levantarse. La volvió a tumbar, pero no para violarla, no se vaya a pensar, sólo para atarla, pero, según estaba, sujetándole el pecho con la rodilla, pensó que no estaría de más verle la cara y, como ella estaba ocupada arañándolo a él, no hubo dificultad en quitarle la máscara y entonces se dejó ver la luna, y eso no es una imagen poética sino que coincidió que salió el gajito de luna que había con el quitarle a ella la máscara y verle la cara, que no era de luna ni muchísimo menos, sino de furia del averno.
-¡Cuetlachtli! ¡Tengo muy buenas noti… -exclamó él.
-¿Por qué no sodomizas a tu padre en lugar de intentar violarme a mí, proxeneta de piojo?
-¿Cómo puedes hablar así delante de todo el campo? Qué van a pensar los señores soldados que me acompañan?
Nada de nada. Esos señores soldados ahora mismo estaban en blanco caídos por el suelo cada uno con su estacazo en el colodrillo, estacazos iguales al que le dieron ahora a Ahuitzotl, dejándolo igualmente caidito. Y el que dejó servido a Ahuitzotl increpaba ahora a Cuetlachtli:
-¿Cómo puede ser tan inepta vuestra merced? ¡Caerse en mitad de una persecución! ¡Así no se va a ninguna parte!
-¡Es la primera vez que me ocurre, imbécil, porque uno de vosotros piso una tranca y en vez de echarla a un lado me la echó a mí, putón!
-¡Pero qué le costará a vuestra merced hablar como las personas! ¡Y no parlotee tanto y corra!
-¡Pero si es el bocazas de vuestra merced el que habla y no para!
¿Para qué se cansaba Cuahuipil? Cuetlachtli tenía que tener siempre la última palabra ¿no? pues déjasela y ya está. Y a ver ahora dónde se detenían... ¡Vaya nochecita! Pues todavía les quedaba. Pero ¿qué había pasado en resumidas cuentas con los soldados que acompañaban a Ahuitzotl? Pues que cayeron en una simple emboscadilla. Los que huían no echaron para allá porque quisieran evitar las peñas, sino por tender una de las cuerdecitas que llevaban al paso de los que los perseguían y hacerlos caer y, una vez en el suelo, sobre ellos fue la lluvia de golpes y el echar a correr Cuahuipil hacia Cuetlachtli para no hacer desprecio al capitán del grupo en el reparto de estacazos. Y aquí hay que contar una cosa muy mala del Xiloxóchitl: ¿Será posible que quería dejar allí abandonada a su suerte a ésa -se refería a la Vacatecuhtli-? ¿No comprendía que, si la dejaban, ella contaría todo y tendrían todavía a mucha más gente persiguiéndolos? Ganas de deshacerse de ella debían de tenerla todos, empezando por los sirvientes, pero había que usar la cabeza ¿no? y no dejarse llevar por las pasiones. Bueno, pues eso, una vez explicado, lo entendió. Bueno, entenderlo lo había entendido sin que se lo explicasen, pero necesitaba soltar el veneno. Llevaría su cruz y, desde luego, con lo poco que sabía de la religión cristiana lo de cargar cada cual con su cruz ¡vaya si lo tenía ya aprendido, en teoría y en práctica! ¡Qué religión! Y encima también tenía penitencias. O una cosa u otra, pero cruz, penitencias, pesadillas... ¡qué desmesura para la exageración en el exceso! Y en cuanto a ésa ¿sería posible que algún día no la matase? Estas cosas se iba diciendo Xiloxóchitl cuando ya habían terminado de correr y mientras andaban muy, muy de prisa hasta encontrar algún lugar donde ocultarse, porque además ahora, con haber sido reconocida la Vacatecuhtli, al parecer por su propio hermano, seguro que los buscaban más. Ya ves tú, el chisme del día en Tenochtitlán, la hija de un tecuhtli haciendo vida cómica por cerros y por montes.
Y así, caminando, llegaron a una quebrada con barrancos y mucha vegetación, y por entre ella se metieron.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:51
-¿Dónde estáis? No veo nada.
-¡Coyol-limaquiz, no te muevas! Quédate donde estás que te buscamos. Reza seguido para que nos orientemos por la voz, pero no te muevas -dijo la obispesa.
El grupo había intentado caminar bastante unido para que no se produjera precisamente algo como esto. Pero todo tenía solución. La obispesa se ató una cuerda cuyo cabo sujetaron los otros y siguió la voz de Coyol-limáquiz, quien quiera que fuese esta Coyol-limáquiz, que, por ejemplo, Cuahuipil no lo sabía. La obispesa llegó hasta ella y exclamó.
-¡Pues sí que está esto oscuro, la verdad!
-A ver si es una cueva -le gritó uno de los otros.
Tanteo la obispesa y en efecto parecía una cueva.
-Vamos a quedarnos aquí. No creo que encontremos nada mejor.
Así lo hicieron. Se acomodaron a oscuras lo mejor que pudieron y luego decidieron que era el momento de recapitular. Saber dónde estaban no lo sabían. Y en apuros sí que se veían, así que lo mejor que podían hacer ahora era deliberar con calma sobre el curso a seguir y luego descansar, que mal no vendría. ¿Quién quería hacer la primera guardia?
-Si mi señor me lo toma en consideración, yo la hago -dijo Quizzicuaztin y quería decir, como de costumbre, que si Cuahuipil le perdonaba el adulterio, él haría todas las guardias que se ofreciesen, si no con la misma satisfacción, sí con el mismo convencimiento con que había cometido aquellos enormes delitos y monstruosidades.
-Naturalmente, Quizzicuaztin ¿cómo no va a merecer consideración un servicio a los compañeros? –Esto lo dijo Cuahuipil, pero Xiloxóchitl pensó que no era muy digno dejar al viejo que hiciera la guardia mientras personas jóvenes se quedaban dentro a descansar o a intentarlo y trató de convencer al padrecito Quizziquaztin de que entrara, pero éste se negó y protestó que era una penitencia que se había ofrecido hacer a Dios Tetzcalipoca. Cuahuipil también le hizo señas de que era inútil tratar de convencer a Quizziquaztin, con lo que lo dejó por imposible, no sin darle a Quizziquaztin útiles recomendaciones y encarecerle que si notaba cansancio que avisara que ahí estaban los demás para reemplazarlo. De modo que ahí fuera se quedó el viejo, esta vez impresionado por el gran y noble caballero tlaxcalteca. El que ese caballero lo hubiera tratado con esa civilidad lo había llenado de admiración. A los tlaxcaltecas solían sacrificarlos en Tenochtitlán, por tanto, estaban con la divinidad y por ese motivo el trato que le dispensaba este caballero tan cerca de la divinidad lo movía a devoción.
Dentro de la cueva se discutió sobre si encender fuego, para rechazar la idea a menos que lloviese, no se fuera a ver el humo y los descubrieran. Se apañarían, pues, a oscuras.

Tras estos y otros pormenores, era llegado el momento de que supieran quién era cada cual. Tres ya sabía seguro Cuahuipil quienes eran y no poco que se había alegrado. Todos se quitaron las máscaras. La madre obispesa, recuperó su identidad de Teyohualminqui. El caballo y madre anónima resultó ser marcos Bey, quien abrió los brazos para estrechar a su india, a su Vacatecuhtli, y que esperaba que hubiera traído el as de bastos, porque sin eso no iba a ser posible la vida en común. Y bueno, reconocidos ya tres, no había que olvidar a la que encontró la cueva, a la que fue compañera de salsas y de grasas de Cuahuipil, a la Coyol-limáquiz, que, lo mismo que Marcos, Teyohualminqui y Xiloxóchitl, por lo visto y, sobre todo, por milagro, había escapado con vida del desbarate de la Noche Triste. Era tlaxcalteca, cocinera del ejército, que había acompañado a éste en la expedición a Tenochtitlán. Eso por parte de los cómicos nuevos. Por parte de los cómicos viejos, Marcos Bey, Xiloxóchitl y Teyohualminqui ya conocían a Chalchiunenetzin oficialmente un poco, de cuando servía a su señora en Axayácatl, y, no oficialmente, bastante bien, mucho mejor de lo que se imaginaba su ama, pero eso se lo callaron y dejaron que se les presentara a Xochiyetla. Luego fue el turno de Quizzicuaztin, quien, desde la boca de la cueva, dijo que se sentía muy honrado y del que Cuahuipil siguió diciendo que era carpintero muy hábil y que hacía muy buenas guardias y presentó también acto seguido a Coyolxauqui, persona de excelentes prendas y de gran condición y prudencia, que había ejercido de ramera.
Tal vez se piense que esto último no tenía Cuahuipil por qué decirlo, pero lo dijo, primero porque lo sabía, y no sabía cómo, Vacatecuhtli, segundo porque Xiloxóchitl en ocasiones en que salía con Cuahuipil por Tezcatonco la había visto e incluso saludado y, aunque ahora no llevaba colorete ni afeites, es posible que la reconociera en cuanto hubiera suficiente luz y, tercero, porque no era seguro que la propia Coyolxauqui no soltara prenda. Más adelante el haberlo callado iba a parecer que lo había querido callar por algún motivo que se quería callar y se enrarecería el ambiente mucho más. Bueno, ahora es que no se enrareció nada. Todo lo contrario.
-¿Vuestra merced ha sido ramera? ¡Voto a tal! ¿Qué más se puede pedir? Tenemos de todo: cocinera, carpintero, sacerdote, exramera... ¡Somos el grupo de escapados más famoso del orbe! Y en cuanto podamos hacer fuego vamos a buscar el tesoro que hay en esta cueva y que debe de estar muy escondido, porque, si no, ya lo hubiéramos visto relumbrar -dijo Marcos Bey.
-Yo también voto a lo mismo que vuestra merced pero, aprovechando que todavía no llueve y que los tesoros están tan escondidos, vamos a ver cómo hacemos para llegar a nuestra querida tierra del pan, a nuestra querida Tlaxcala, sin que nos atrapen, porque hasta ahora, con nuestras máscaras íbamos, mal que bien, a resguardo pero ya no podemos seguir usándolas y, como algunos de nosotros no podemos mostrarnos al natural sin peligro de que nos reconozcan como teules o como guerreros tlaxcaltecas o como cihuatecuhtli de Tenochtitlán ¿verdad señora? algo tenemos que discurrir.
La señora asintió a esto que decía Teyohualminqui y dijo que, en realidad, el Marcos Bey podía hacer como el otro teule, Cuahuipil, es decir, pintarse, que así pasaría desapercibido.
-¡Quite vuestra merced! En ningún día de mi vida pienso yo pasearme en cueros por todo el Anáhuac. El Cuahuipil no tendrá vergüenza, pero yo sí. Yo no estoy hecho a estas cosas y tengo la piel delicadísima y, lo que es peor, tantas y tan grandes cicatrices que verme el cuerpo es ya declarar que he pasado cien guerras, y ¡a ver qué hombre de guerra se pasea hoy de civil por territorio mexica sin que lo acusen de desertor y lo quieran examinar por lo menudo!
-Ciertamente hay que pensar algo distinto, porque aunque lo de Marcos Bey tuviera el arreglo que dice mi señora mexica, los adornos de orejas y bezo del Xiloxóchitl no tienen solución, como tampoco la pinta y la cara de vuestra merced, señora.
-El adorno del bezo sí tiene solución, porque se le pegan encima unos pelines como si fueran barbita y lo tapan.
-¡Y los de las orejas?
-Se le cortan y aviado.
-Y, ya puestos, también la lengua a vuestra merced y ese avío iba a ser aún más aplaudido -esto lo dijo el dueño de las orejas.
-¡Estoy dando soluciones y lo que he dicho es una solución, fregona!
-¡Tranquilidad, tranquilidad! -exhortó Teyohualminqui- Cuando salgamos de ésta podremos organizar una fiesta de corte general de todo lo que disguste a diestro y siniestro y yo pondré las navajas si hace falta pero ahora vamos a concertarnos. La idea de tapar el bezo de esa manera se puede poner en práctica sin aguardar a más y es buena, pero...
-Otra cosa es que, teniendo en cuenta que ese Xiloxóchitl es el único que da problemas, podríamos dejarlo que se las arreglase como pudiera y nosotros seguir adelante, que lo tenemos muy fácil, en lugar de ponernos todos en peligro por su causa -otra vez la Vacatecuhtli.

La Zarzamora
07/06/2012, 23:53
Esta te la guardo, grandísima víbora, decía Xiloxóchitl para sus adentros al oír la propuesta. Cuahuipil en cambio no le guardó nada a nadie y lo que tenía que decir lo dijo bien para sus afueras:
-Veintidós añazos que tiene vuestra merced ¿no le parece que ya son como para dejar de revolver y hacer niñerías? ¡Compórtese vuestra merced y no haga perder el tiempo! Vuestra merced sabe tan bien como cualquiera de nosotros que nadie va a dejar solo a nadie, ¡pero como no puede estar sin dar la nota...! ¡Con todo lo lista que es, parece mentira que se aplique tanto a estorbar y tan poco a ayudar!
-Bueno, bueno, ya está. Era una simple broma, y una broma de vez en cuando disipa los malos humores. Y ya sabemos lo bromista que es mi Vacatecuhtli, aunque ésta ya ha sido la últimita broma de esta noche ¿verdad, mi pochola? Volviendo a lo que íbamos: que visto que a algunos de nosotros no nos convendría que nos escudriñasen, creo que, aparte de disfrazarnos en lo que podamos, lo que va a convenir es caminar de noche, que todos los gatos son pardos, y escondernos de día en algún sitio como éste. Y de sorprendernos alguien de noche, pues sería que se nos ha muerto algún allegado y los muertos no esperan.
-Pero ahora mismo ¿sabemos dónde estamos? -preguntó Coyol-limáquiz.
-Pues... creo que no, pero eso es porque está nublado. En cuanto se vean las estrellas podremos orientarnos y seguir más o menos el rumbo de Tlaxcala. Luego, cuando amanezca, alguno de los que no corremos riesgo en mostrarnos preguntaremos y fijaremos sobre seguro la ruta para la noche siguiente -dijo Teyohualminqui.
Todo el mundo pareció conforme con eso y se quedó, además, en que, en cuanto se tuviera luz, se prepararía la barbita de Xiloxóchitl y el disfraz adecuado y nocturno para Marcos Bey y, no teniendo solución la pinta de la Vacatecuhtli, para ella no se haría nada, nada más que tratase de disimularse lo más posible entre los otros. Además, al Xiloxóchitl no se le iban a cortar las orejas, pero se le iban a pegar bien atrás y se le iban a pintar los adornos del color de la piel y a tapar con la melena que, lo sentían mucho, se la iban a dejar cortita de macehual. Vaya, que el tan temido trasquilado por solterón se lo iban a dar a traición y prematuramente. Tampoco era grave. Ya le crecería el pelo y podrían volverlo a trasquilar. No irían por caminos transitados y siempre uno de ellos adelantado para reconocer el terreno. Y de ropa blanca nada, que de noche se ve mucho. Acordado todo, pues, Teyohualminqui se ofreció para la guardia siguiente después de Quizzicuaztin y... ¿qué? ¿cómo había dicho? ¿que la Vacatecuhtli se ofrecía para la de después? ¡Diplomacia tlaxcalteca dónde estás! se dijo Teyohualminqui, que lo arregló por un lado y lo lió por otro, pero eso no importaba, lo que importaba es que parece que nadie se fiaba de la Vacatecuhtli como para dejarla de guardia, lo que tampoco tenía lógica, porque ¿por qué no iba a hacer bien las guardias? ¿creían que podría traicionarlos?
-Creo que habiendo aquí seis varones, sería vergüenza nuestra consentir que una mujer hiciera guardia. Con los seis nos bastamos –eso es lo que dijo Teyohualminqui.
-No veo por qué no vamos a hacer guardia las mujeres. Más tontas no somos y, ya que estamos en el grupo más famoso del orbe, podíamos ser también el grupo menos tonto del orbe y dejarnos de tonterías.
-¡Voto a tal, voto a tal que nunca nadie ha tenido tanta razón como vos! Si por listura fuera sólo las mujeres harían guardia, sólo las mujeres harían la guerra, sólo las mujeres harían todo, porque en todo son extremadas! Eso ¿quién lo duda? Pero precisamente por eso, no se puede desperdiciar a las mujeres en algo tan común como hacer guardia. Asechanzas hay en el camino que van a exigir a las mujeres de este grupo estar bien descansadas y lúcidas para los grandes apuros que nos aguardan, porque si no, no sé qué va a ser del mejor grupo del orbe ¡voto a tal!
Seis varones, tres mujeres y una víbora, esos eran los elementos que formaban este grupo, pensó Xiloxóchitl durante este diálogo. Seguía sin haber luna y sin llover, ya se habían presentado y abrazado todos y ya habían concertado todo lo concertable y, puesto que mañana podrían dormir todo el día, ¿no era este el momento más a propósito para que los cuatro cómicos y Cuahuipil y sus compañeros se contaran unos a otros cómo habían escapado del desbarate de la Noche Triste?
Empezó Cuahuipil mismo contando unas mentirijillas: Que la noche que huyeron de Tenochtitlán al salir se le quedó en Axayácatl un rosario que era herencia de su madre y que volvió por él y que, justo entonces, atacaron las milicias mexicas y, que no pudiendo ya reunirse con los suyos por interponerse las tales y viendo allí un acale como pintiparado invitándolo a subir, se embarcó y remó a la serrería de Quizzicuaztin que ya conocía; y cómo el carpintero le dijo que precisamente quería aprender a ser cristiano y que por eso le había ayudado y lo mismo Coyolxauqui; y cómo se había quedado en su serrería hasta que consideraron prudente salir y venir hacia Tlaxcala. Y esto lo dijo porque no se atrevía a delatar el adulterio de los otros ni a dar cuartos al pregonero sobre la confesión suya y porque, estando presente Vacatecuhtli, cuanto menos dijera mejor. Luego ya el suceso de los canales de Chiautla y lo ocurrido a partir de ahí lo contó tal como fue.
La parte anterior al encuentro con Vacatecuhtli Marcos Bey ni se la creyó ni se la dejó de creer, pero calló. Sus motivos tendría Cuahuipil para decir lo que decía, aunque él nunca le había visto ningún rosario, rosario que, por cierto, no era un rosario cristiano, sino musulmán y no se lo había dejado, claro está, ni entonces ni en ninguna otra ocasión en sitio alguna y lo llevaba siempre bien oculto. Ni Teyohualminqui ni Xiloxóchitl, sin embargo, creyeron esa parte y para los dos fue cruel. Para Teyohualminqui porque era curioso por naturaleza y, como tenía confianza ciega en Cuahuipil, a quien quería como a un hijo, no pensaba nada malo pero, entonces, el que mintiese le picaba muchísimo más. En cuanto a Xiloxóchitl también era la curiosidad, pero no una curiosidad juguetona, sino la infelicidad de la persona racional que no ve la explicación de algo y algo había, seguro. La combinación de su cuñado con la ramera y el viejo era rarísima. De la virtud de Cuahuipil no dudaba, pero ¿por qué callaba? Aunque el viejo y la ex ramera fuesen delincuentes, ahora estaban entre personas que de todas formas huían de las autoridades y lo que pudieran confesar no los iba a hundir. Pero mejor que Xiloxóchitl se intrigase. A lo mejor eso lo distraía un poco de su otro problemón.

La Zarzamora
14/06/2012, 23:16
Y ahora, en esta profundidad de la cueva, les tocaba a los de la compañía de cómicos referir cómo lograron escapar de aquella otra profundidad que fue la noche de la huida, en la que Tláloc ganó a Huitzilopochtli en llevar a su paraíso venturosos moradores. Pero seguro que Huitzilopochtli no se lo tomó a mal, porque mortales habría para todos los paraísos y paraísos para todos los mortales. Y, si en aquella noche no quisieron ni uno ni otro llevarse a estos cuatro compañeros, seguro que no fue por no querer acogerlos, sino por confiar en que aún tendrían coraje para gozar y padecer otro poquitito más, para tenerse mejor ganado el cielo, el paraíso o el Mictlán, que, por Teyohualminqui, ya sabemos que tampoco era de desdeñar como siguiente destino.
-¿Quién cuenta ahora? -preguntó Cuahuipil.
-Que empiece Coyol-limáquiz que fue tan esforzada -dijo Xiloxóchitl.
-Eso, eso -dijeron también Teyohualminqui y Marcos Bey.
-Pues no nos hagáis esperar, Coyol-limáquiz, adelante -dijeron a una Cuahuipil, Chalchiunenetzin, Coyolxauqui y Xochiyetla.
-Es posible que un poquito esforzada sí que fuese -empezó la interpelada sin hacerse de rogar-, aunque yo misma me asombro de dónde saque fuerzas para tales hazañas. Si bien es cierto que algo podía haber presentido ya aquel día hace doce meses en que, habiendo decidido el capitán de Malinche dirigirse a Tenochtitlán, el señorío de Chiautempan, lo mismo que todos los señoríos tlaxcaltecas, juntó hombres para acompañarlo y yo me ofrecí porque ¿qué es un ejército sin cocinera más que un ejército de desdichados? Y me ofrecí porque me gusta la soldadesca, me gustan las expediciones, jamás había salido de Tlaxcala y jamás había ocurrido nada semejante en la historia y quería estar en ello.
-¡Qué valiente, Coyol-limáquiz!
-¡Qué aventada!
-¡No la interrumpáis! Que siga, por favor.
-Sigo, sigo y voy ya, sin hacer esperar más, a esa noche del doce conejo, en la que nuestros capitanes comprendieron el aburrimiento indigno en que se había convertido Tenochtitlán y que no valía la pena quedarnos allí ni un minuto más. Entonces, reuniendo cada cual nuestras cosas, los soldados sus municiones y sus armas y una servidora el caldero conmemorativo con que me equipó mi señorío para la expedición, nos formamos para la marcha. Y tengo que decir que ese día no llevaba comida en el caldero, sino oro, porque a todos los que no íbamos armados se nos instó a cargar el oro del césar y que yo me negué a dejar mi caldero para poder cargar más oro, porque como le dije al capitán que me propuso tal cosa: ¡Oh capitán! Este finísimo caldero de barro es mi espada y mi lanza, mi átlatl y mi escudo. Cuando mi capitán abandone sus armas, abandonaré yo este caldero.
-¡Muy bien dicho, Coyol-limáquiz, y cómo se debió de admirar el capitán! -dijo Chalchiunenetzin.
-¡Eso es! ¡Así se habla, Coyol-limáquiz! -corroboraron los otros.
-Pues así salimos los aliados. Y marchábamos, por esa calzada de Tlacopan, con todo concierto y en silencio, para no despertar a los niños de Tenochtitlán, porque seremos modestos pero civilizados, cuando, de repente, al llegar los que iban delante de mí a la gran acequia de los Toltecas, las milicias mexicas, a las que parece que se les da un ardite que los críos se desvelen, se nos vienen encima a miles, a remiles, a remimiles, con tal clamor y grita como si nos quisieran acabar, y unas expresiones que no se les veían a las claras porque era de noche y había lluvia, pero que bien se podía adivinar en qué terrible fuesa nos veían ya sepultos por la fuerza de sus armas. Y me hablé nuevamente de esta forma: ¡Coyol-limáquiz: si has de morir, que sea con fama y con honor y haciéndole onerosa tu muerte al enemigo! Esto me dije y apenas si lo oí, porque, de pronto, los que venían detrás se tornaron tromba de imposible contención, atropellando todo por pasar adelante ante el irresistible empuje de las riadas tenochcas. El oro se volcó y quedó perdido, el caldero me quedó puesto en la cabeza como casco gigantesco y, de no tocar el suelo, porque aquella marea humana me llevaba en volandas, pasé en una pestañada a descender veloz dentro del agua y a sentirme aplastada por los cuerpos de hombres, caballos y artillería que seguían cayendo por encima de mí. Y pensé, sin advertir siquiera que pensaba y como en un relámpago: ¿cómo es, Coyol-limáquiz, que estás a punto de morir prensada, cuando lo suyo es que te ahogues aquí en el fondo del canal? ¿Cómo es que no sólo no te ahogas sino que algo te impulsa a salir hacia arriba? Y comprendí que, al hundirme con el caldero boca abajo, dentro de éste quedó atrapado el aire que era el que respiraba y que era ese aire mismo el que tiraba de mí para sacarme a flote pero me lo impedía el peso de aquella formidable cantidad de cuerpos y de cosas que no cesaban de caer. Mas he aquí que, como si una orden fuese, sentí a la Xochiquetzali y al Camaxtli, cada uno en un oído, decirme allí dentro del caldero: "Ánimo, hijita, que todavía no es tu hora. Sobreponte a esta avalancha, que aún has de volver con gloria a Chiautempan y a tus hijos. ¿Nos oyes?". Oír esto y sentirme con poderes sobrehumanos fue todo uno. Y estos poderes, unidos a mis fuerzas humanas formidables, porque no se levantan y se mueven las ollas del ejército como si fuesen plumas, sino con muy buenos brazos y mejores caderas, me convirtieron en una auténtica leona dispuesta a comerme a mil Tenochtitlanes y a todos sus guerreros como si fuesen moscas, con perdón de mi señora exramera, que estoy segura de que, de verse en situación semejante a la mía, otras tantas hazañas haría como yo y no menos, porque de esa materia estamos hechas las personas enteras que, cuando el destino viene a buscarnos, nos encuentra. ¿Es o no es?
-¡Qué bien lo dices, Coyol-limáquiz! ¡Talmente es así! -decían unos y otros.
-¡Admirable coraje!
-¡Qué gran ejemplo!
-Pues con la llama del coraje así encendida y sujetando bien el caldero, con cuidadito de que no se volcase el aire, a ciegas, porque era de noche, porque en el agua no hay quien vea y porque no había nada que ver porque los cuerpos humanos y los de los caballos son opacos y el oro, quién lo hubiera dicho, tan opaco como ellos, me zafé, impulsándome hacia arriba por donde la presión era menor. Y, estando en esto, siento cómo algo más se me mete en el caldero y hace fuerza conmigo para salir a flote y, así, aunando corajes y sintiendo multiplicarse nuestro arrojo y determinación, llegamos a encontrarnos casi fuera, cuando ¡hala! nos dan otro empujón, y para abajo. Y otra vez a tratar de abrirnos camino para arriba. Y noto que el que empuja conmigo me pone en una mano una cosa y otra cosa más en la misma mano. O sea, dos cosas. Las agarre como pude, puesto que con la otra sujetaba el caldero. Pero eso tiene el heroísmo, que en esos momentos de exaltación no parecía sino que tuviese ocho mil manos, porque con todo me atrevía y con todo podía. Y, otra vez, de repente ¡zas! un golpe mortal que me hace el caldero tepalcates. ¡Y es entonces cuando me desconocí a mí misma, en tal fiera me convertí de rabia y de heroísmo! Me transformé en un jaguar, un huracán, un torbellino de cólera y bravura, dispuesta a hacer pagar el desmán a aquellos atrevidos, porque, como si se tratara de una aparición, entonces vi que lo que me habían puesto en la mano eran un escudo tlaxcalteca y una espada castellana. ¡Y allí fue el rajar sin tasa a los mexica, el mandarlos al paraíso en rebanadas, el quitarles a estocadas las ganas de chingar! ¿Cuántos fueron? ¿siete mil? ¿noventa mil? ¡Incontables, compañeros! ¡Incontables e incontados los que allí dejé exánimes! Con esta mano y ...

La Zarzamora
14/06/2012, 23:18
Aquí Coyol-limaquiz, con indecible disgusto de todos, interrumpió la narración para buscar algo a tientas en su saco. Por favor que siguiese, que estaban bebiendo sus palabras. ¡Paciencia, paciencia! Todo tenía su porqué. ¿Qué sacó del saco Coyol-limaquiz? Precisamente ésos, el escudo de algodón y cuero tlaxcalteca y la espada de acero castellana, que apenas se distinguían a la escasa luz nocturna que entraba en la cueva. Y con gran pasmo y no poco pavor de todos de que fuese a seguir haciendo rebanadas allí dentro, se colocó el escudo y enarboló la espada, que relució en la noche. Y verdaderamente no era posible que en aquella cueva hubiera mayor tesoro que éstos para su dueña. Todos los admiraron.
-¡Con esta espada, compañeros, y este escudo!
-¡Oh!
-¡Memorable!
-¡Santo cielo, Coyol-limáquiz!
-Con esta espada, compañeros, con esta espada casi mato además a algún que otro tlaxcalteca, porque no había quien distinguiera nada. Pero no llegó a suceder, ya que una como milagrosa inspiración guiaba mis acciones, una como exaltada indignación por mi caldera rota me impulsaba el brazo y hete aquí que mi brío y mi empuje muy pronto fueron el eje en que se arremolinaron los cadáveres tenochcas y, todavía más, los que no eran cadáveres, dispuestos a acabar conmigo y con el que, con su espalda contra la mía y con otro escudo y otra espada, hacía otro tanto como yo. Y éste que me daba y guardaba las espaldas me dijo ahora: señora, caed debajo del próximo que matéis como si fueseis vos la muerta, porque si no, no hay salida. Así lo hice y quedé sepultada y ensangrentada bajo un cuerpo tenochca y junto a un cuerpo de caballo por no sé cuanto rato. Y aclaro que no era en tierra firme donde estábamos, sino en medio del canal, y que los cuerpos que lo cegaban eran tantos que era en ellos en los que nos asentábamos. Pasado lo que creo que fue una eternidad, el desconocido que había sido mi compañero me habló de nuevo: muévase vuestra merced con mucho tiento y póngase esta ropa y estas insignias mexica para salir de aquí. Y amparándome entre el caballo y el último mexica que había muerto y con casi todo el cuerpo dentro del agua y revuelto con otros, me coloqué aquello como pude, y con tiento y cuidado salimos de entre los muertos arrastrando el cadáver de otro tlaxcalteca, con sus armas e insignias. Y, con mi compañero dando gritos de contento y con gran alharaca de que traíamos a un cautivo tlaxcalteca y lo llevábamos a entregar a custodia, salimos a una calle. Y ya no fue esta parte muy difícil, pues los mexica que no habían seguido adelante para dar alcance a los aliados que escapaban se ocupaban ahora de rebuscar el oro entre los muertos, sin prestarnos atención y sin volverse hacia el centro de la ciudad. Ya apartados de la calzada de Tlacopan y del gran canal de los Toltecas y de los otros canales que la cortaban, pues, sin que apenas se vieran milicias ni en calles ni azoteas por toda aquella parte, nuevamente nos echamos al agua y en ella dejamos el cuerpo de nuestro compatriota, para nadar aún un trecho por donde menos peligroso nos pareció. Luego, en un lugar solitario que eligió mi compañero, salimos a tierra y nos metimos en una chinampa en la que había, además de un edificio principal, algunos cobertizos. Y lo que pasó después, dejo que lo cuente el dicho compañero, el cual, no sabiendo yo nadar, me llevó hasta allí siempre a remolque. Y ese compañero no es otro que el padrecito Teyohualminqui, gran héroe de aquella noche y, después de Camaxtli y de Xochiquetzali, mi salvador.
-¡Que grandioso relato, Coyol-limáquiz!
-¡A banderas desplegadas te van a recibir en tu señorío!
-¡Qué orgullosos se van a sentir tus hijos!
-¡Qué grande eres, madrecita!
-¡Enhorabuena, Coyol-limáquiz! -dijo Quizzicuaztin desde la boca de la cueva. Seguro que esta mujer tan buena no era confiada. Seguro que gracias a su desconfianza había sido capaz de aquella gesta de matar a tantos miles.
-Pues escuchemos ahora lo que nos cuenta el padre Teyohualminqui, pero cuando terminen él y los otros de relatar su aventura, nos tienes que volver a contar tú otra vez toda esta parte de la gran acequia y de Xochiquetzali y Camaxtli, Coyol-limáquiz, porque es grandiosa y conmovedora.
Todos guardaron ahora silencio para escuchar a Teyohualminqui, quien contó algo casi igual a lo que había contado Coyol-limáquiz en lo que a caminar con concierto se refería y a la tromba en que se convirtió la columna de escapados y a cómo también él se vio arrastrado al canal y, gracias a que había aprendido a bucear, pudo resistir un poco bajo el agua; que trataba de salir a flote de entre la avalancha de los que caían, sin conseguirlo, y que ya no podía más, cuando tropezó con aquella caldera. Que no sabía cómo fue el meter la nariz dentro de ella y respirar y que eso le salvó la vida, y que notaba que la caldera la sujetaba alguien y que unió fuerzas con quien la sujetaba y entre los dos trataron de llegar arriba y que, en el intento, se hizo con las armas que pudo quitar a los que estaban ya perdidos para usarlas él y su compañera. Y de que era mujer sólo se enteró cuando, ya en la superficie, la oyó gritar a pleno pulmón, no se sabía bien si de arrojo o de pánico, diciendo cosas afrentosas a los mexicas, diciéndoles que, si no eran cucarachas, que se atreviesen con ella, anda, que tenía para todos, que ninguno iba a salir desilusionado de sus estocadas y que no tuvieran miedo, pues era sólo una débil mujer, que cómo no venían a tener con ella algo más que palabras. Y cómo llegó un momento en que no se veía en pie sino gente mexica, ya que incluso los que iban en los acales pescando del agua a los vivos que encontraban para llevárselos cautivos habían dejado de encontrar víctimas y que fue entonces cuando le dijo a su compañera que se hiciera la muerta y que lo hizo muy bien, que nunca había visto a nadie morirse con tanto talento y echar tanta sangre ajena, y que luego fue sólo cuestión de esperar a que los mexica se hubieran ido de allí y desocupado las azoteas desde donde vigilaban y atacaban, cosa que por fin hicieron, de manera que sólo quedaron los que buscaban oro, circunstancias estas que aprovecharon para zafarse disfrazados y llevando el cuerpo de aquel compañero tlaxcalteca como engaño, pues él, para decir unas pocas palabras, sí podía imitar el habla tenochca. Y que, con estas precauciones, llegaron a aquella chinampa que él conocía de lo que había curioseado por Tenochtitlán antes de la guerra abierta y que sabía que era un comercio de tabacos, pero donde, según la temporada, los dueños también tenían tinajas y trojes que alquilaban para almacenar otras mercancías y, que él supiese, era el mejor sitio en el que podrían esconderse, pues de momento no pensaban sino en curarse y descansar, ya que ambos estaban agotados y heridos. Y que ahora, antes de seguir con lo sucedido hasta que llegaron a Tepetlaoztoc, era mejor que Marcos Bey y Xiloxóchitl contaran su suceso de la Noche Triste, como así lo hicieron, hablando ora el uno, ora el otro.
-¡Hermanos! no voy a hacer yo ahora el elogio de la guerra, porque ya lo han hecho muchos antes mejor de lo que lo pueda hacer yo nunca, pero ¡voto a tal! que, como reza la cantiga:
Digas tú, el marinero,
que en las naves vivías,
si la nave o la vela o la estrella
es tan bella,
Digas tú, el pastorcico
que el ganadico guardas
si el ganado o los valles o la sierra
es tan bella
Digas tú, la cocinera
que entre ingredientes andas
si el fuego o el agua o la caldera
es tan bella.
Quien no ha estado en la guerra no sabe lo que es vivir, sorber el instante como si fuera divino néctar y no pensar, no desear, no sentir, sólo ser el momento. ¡Oh, no! No es posible apreciar la vida si no se ha estado al borde mil veces de perderla. ¡Cada gota de tiempo es ambrosía, cada respiración el único milagro, cada estocada dada o recibida el éxtasis supremo! Pero vamos al grano. Hermano Xiloxóchitl, desgranad aquella noche, tal como fue, que a mí no me alcanzan las palabras.

La Zarzamora
14/06/2012, 23:20
-Es muy cierto lo que dice Marcos. ¿Qué es lo que en una circunstancia así no se reduce a su verdadera proporción? ¿Qué es lo que no mueve a decir: "gracias divinidad, cada gota de sangre que derrame es tuya, que tú me la prestaste y, cada una, con gracias, te la devuelvo"? Pero, en fin, estas cosas las ha dicho ya el Marcos mejor que yo y, como dice él, otros antes mejor que nosotros y lo que digo, aparte de eso, es que salimos tanto él como yo cerca de la zaga, cada uno con su unidad, pero a la par cristianos y tlaxcaltecas; que ya habíamos salvado las acequias de Tecpatzinco, Tzapotlan, Etenchicalco y Mixcoatechialtitlan y nos quedaba llegar a la grande de los Toltecas cuando cayeron sobre nosotros las milicias mexicas y por agua y por tierra nos cercaron en un santiamén. ¿No es tal como lo digo, hermano?
-Así fue ¡voto a tal! Por agua y por tierra. Y no sé cuántos brazos corté de los que de las barcas querían jalarme de la calzada para llevarme cautivo, porque parecíamos unos garbancillos náufragos en un mar de lentejas. Y nos rejuntamos los que pudimos para formar frente, pero, aparte de vender caras nuestras vidas, bien poco parecía quedarnos por hacer, ya que habíamos quedado separados de los que, a lo que creíamos, seguían calzada adelante, mientras que de los que nos seguían en la zaga no se divisaba ni un penacho, y a lo que supimos, ésos, hallando imposible el paso, habían vuelto a hacerse fuertes en Axayácatl y en dos días acabaron con ellos y se los comulgaron, espero que con muchísima devoción y Dios los tenga en su gloria. Pues así aguantamos hasta que, de tanto replegarnos, nos vimos a punto de caer en manos de los de las barcas, y entonces, este Xiloxóchitl, que cuando se pone es más bruto que un tiro de mulas, otro cristiano, otros dos tlaxcaltecas y un servidor, de concierto, en lugar de caer en uno de los acales, nos tiramos contra él con violencia a tratar de volcarlo. Lo conseguimos y nos escudamos en la barca para seguir ofendiendo y, ahí, creo que se ahogaron o tomaron o mataron a los tlaxcaltecas y al cristiano, porque no volvimos a tener noticias de ellos ni por mar por tierra. Y nosotros dos quedamos debajo del agua pegando cuchilladas a todo lo que se movía, y sintiéndolo mucho por los peces, que ya sabemos que no se pueden estar quietos cuando hay revuelo, pero la guerra es así. Y ahí, sin parar de ofender debajo del agua, estuvimos Dios sabe el tiempo hasta que, no sé si es que se fueron o que creyeron que ya nos habíamos ahogado o que vieron relucir el oro por allí cerca, pareció que ya no nos atacaban; y entonces seguimos buceando y tratando de alejarnos de allí antes de salir a la superficie, aparte de tomar la misma precaución de nuestros compañeros, es decir, de ponernos algún penacho o insignia mexica, por si acaso. Finalmente, creo que ya bastante lejos de la calzada y donde por parecer bastante oscuro también nos pareció que arriesgábamos menos, nos atrevimos a atisbar fuera del agua.
-Pero hay algo que no entiendo, mi señor Malcos Bey. ¿Cómo pudieron estar metidos mis señores debajo del agua sin respirar? -preguntó Coyolxauqui.
-¡Voto a tal! De ninguna manera. No paramos de respirar en todo el tiempo, respiramos más que nunca, porque como teníamos la angustia esa de que nos iba a faltar el aire, pues yo creo que hasta exagerábamos.
-Es verdad. Es increíble el frenesí por respirar que le puede entrar a uno dentro del agua -corroboró el Xiloxóchitl-. A mí eso me pasaba. Respiraba como si temiera ahogarme.
-Lo que quiere decir Coyolxauqui es que cómo podíais respirar debajo del agua -aclaró Cuahuipil.
-Yo también lo quiero saber, si mi otro señor teule y mi señor tlaxcalteca quieren decirlo -dijo Quizzicuaztin desde donde estaba.
-¡Ah, voto a tal! Cuando se ha sobrevivido a mil tempestades de aguas, de vientos y de arena y se tienen los años de guerra y de pelea que se tienen, no es tan fácil que una lagunita de nada lo pille a uno en pañales. ¿De verdad lo queréis saber?
-¡Pregunta ociosa donde las haya, mi señor concubino! No. Pensándolo mejor, no lo diga vuestra merced, porque ya no nos interesa, ya nos lo figuramos todo, pues con lo que habéis dicho, ¿qué duda cabe de que se salvaron vuestras mercedes respirando por el culo? ¡Voto a tal! Y, si fue así, pues más nos vale a todos aprender a respirar de igual manera, porque con el camino que llevan las guerras hoy en día, ya en la próxima seguro que es por ahí por donde van a respirar todos los ejércitos. ¡No, no nos lo digáis!
-Vuestra señora concubina quiere decir que sí, que nos lo relatéis, mi señor teule -aclaró Xochiyetla, por si su ama se había pasado en la zafiedad, no fuera a enrarecer eso el ambiente concubinal y luego lo pagase la servidumbre.
-El preguntar si lo querían saber vuestras mercedes era un mero realce retórico, pero si lo prefieren vuestras mercedes sin realce, pues por mí no se hable más, por eso tampoco vamos a perder las amistades.
Y el cuento de Marcos, lo mismo que ocurrió con el de Coyol-limáquiz parecía pasar por el saco de sus pertenencias. En él hurgó y de él sacó lo que parecían unas cañas, pero que luego al tacto se vio que era acero y que una de ellas terminaba en afilada punta y en cortantes filos.
-Pues ésta que ven aquí vuestras mercedes es mi pica, que me la mandé hacer en Argel según mi entender y que ha resultado muy buena y me ha sacado de más de un apuro y, como ven vuestras mercedes, va por partes, que son huecas por dentro y que se encasan la una en la otra, lo mismo que la punta, de manera que la puedo hacer larga o corta y colocarle pesos para equilibrarla también a voluntad. Y, además, quitándole el puño y la hoja sirve para respirar debajo del agua, y eso es lo que hicimos el Xiloxóchitl y yo, pasarnos todo el tiempo el asta el uno al otro para respirar, y no fue tan fácil, porque no sabíamos calcular cuánto sobresalía y muchas veces nos la agarraban y teníamos que meterla y deshacernos de los de arriba y, al volverla a sacar para respirar, nos tragábamos el agua que había entrado, pero la guerra es la guerra y aquella noche fue de lo mejor de la guerra. Buenísima guerra. ¡Ojalá hubiera guerras así todos los días!
-Sí fue buena, sí, ya lo creo -corroboró el Xiloxóchitl.
-Sí, muy buena, sí, pero si no llega a ser por mi concubino, mucho adorno de orejas y mucho adorno de bezo, pero la fregona tlaxcalteca se nos queda ahí como una mierda tirada en el fondo de la acequia.

La Zarzamora
14/06/2012, 23:20
Esta vez Xiloxóchitl, que con los relatos de la guerra parece que había recobrado un poco la combatividad, combatió su impulso de matar a la Vacatecuhtli, que era para lo único que le interesaba esa mujer. Así, recuperado su ser natural, reemprendió el buen acuerdo al que había llegado en Axayácatl de ignorarla como si no existiera ni hubiera existido nunca, lo cual también era mejor para sus sensaciones corporales, sentimentales y espirituales.
-Pero y ¿qué sucedió después de que sacarais la cabeza del agua? -
preguntó Cuahuipil.
-Pues ocurrió -siguió Xiloxóchitl- que una vez que nos orientamos, heridos y agotados como estábamos, pensamos que lo que convenía hacer de momento era meternos en alguna chinampa solitaria para curarnos y descansar y después ya se vería. Y recordé que no debía de andar muy lejos el almacén de tabacos donde fuimos juntos aquella vez con la Malinche al principio de llegar a Tenochtitlán y que era un sitio con muchos cobertizos, tinajas y cubas. Allí nos dirigimos y allí fue donde nos refugiamos.
-Y allí es donde pasamos más miedo de toda la noche -continuó Marcos Bey-. Porque ya, enfriados del ardor de la pelea, con todas las heridas que nos habían dado, con lo fría que sabía el agua a esas horas y el cansancio que llevábamos, cuando llegamos a los cobertizos ¡voto a tal! que ya no era divertido y, encima, por no delatarnos, ni nos podíamos quejar, que yo me quería quejar muchísimo, porque todo me dolía y todo me sangraba. Pues llegamos, a la que digo, a aquel sitio. Nos metimos bajo uno de los cobertizos para vendarnos y curarnos o apretarnos las heridas como pudiéramos y cuando ya estábamos allí y nos habíamos desembarazado de las insignias mexicas, me dice el Xiloxóchitl: hermano, hemos manchado de sangre todo el suelo, es mejor que lo limpiemos antes de que llegue nadie. Estaba yo tan malísimo cuando oí aquello que le dije al Xiloxóchitl, que bueno, que ya se imaginarían que sería alguna india que andaba esos días con su costumbre de mujer y que no valía la pena trabajar tanto, pero él no estuvo de acuerdo y, allí, vuelta a atarearnos en encontrar un cacillo o algo para limpiar con agua aquellas manchas. Y las teníamos a medio quitar, cuando oímos que llega alguien, alguien que venía con muchísimo sigilo, pero que no ofrecía duda de que se acercaba a nuestro cobertizo...
-Saltamos sin pensarlo más dentro cada uno de una tinaja sin hacer ruido y nos quedamos allí en silencio -siguió diciendo Xiloxóchitl-. Era muy quedo como se movían los que llegaban pero, aguzando el oído, podíamos seguir sus movimientos. Habían alcanzado el borde del cobertizo y ahora miraban el suelo, se comunicaban por gestos, comprobaban de qué eran las manchas que había en el piso, escudriñaban todo con la vista. Unas pisadas muy, muy leves... que se acercaban... que se detenían junto a mi tinaja, que no había tenido tiempo de tapar... pero quien está parado delante de ella no se asoma dentro. Luego esas pisadas se despegan de la mía... y se paran delante de la de mi compañero. Pensé: ahora es el momento de salir y dar en la cabeza al que está junto a Marcos, pero no me atreví, porque otras pisadas distintas, entre tanto, se habían detenido delante de mi tinaja. Luego unas y otras se alejaron de nuestros respectivos recipientes. Y sentimos que quedaba uno allí al borde del cobertizo y cerca de nosotros, mientras el otro seguramente inspeccionaba el resto del almacén. Debió de quedar satisfecho de que no había nada más y volvieron a las tinajas en que estábamos. Como de común acuerdo, ese momento en que se acercaban a nosotros es el que elegimos para saltar fuera de ellas Marcos y yo y acabar con quien quiera que fuese que nos venía a poner en peligro. A punto de descargar el golpe estábamos, cuando nos quedamos con las armas en suspenso, con las que de todas formas creo que no los hubiéramos herido a la primera, pues colocaron muy bien los escudos. Y, "Xiloxochipil, hijito", me oigo llamar en voz baja. "¡Tío!", le dije igual. Nos reconocimos, pues, unos a otros con la emoción que es fácil de imaginar, y entre todos nos aplicamos a curarnos, a limpiar las manchas de sangre y a ver qué se ofrecía para lo venidero. Y el ser cuatro en lugar de dos fue de enorme ayuda porque pudimos siempre tener a alguien de guardia y buscar por allí lo que pudiera servir de vendas y de otras curas sin tanto temor ni riesgo de nuestras personas y también tener mejor elegidos escondites para cuando llegase el día. Que llegó y trajo a los dueños y empleados del almacén y nos encontró a Marcos y a mí metidos en una gran troj de cacao y a mi tío y a Coyol-limáquiz en otra y en ellas cabíamos con toda holgura.
Iba a seguir ahora Xiloxóchitl la narración, cuando Chalchiunenetzin pareció perder todo interés. Dijo:
-Esa parte, la verdad, es que no creo que interese ya tanto a los aquí presentes, sobre todo a mi señora, que ya veo que se aburre un poco y tal vez se puede pasar por alto.
Pero entre Coyolxauqui y Cuahuipil casi entierran a Chalchiunenetzin junto con sus palabras. ¡Pues no tenían ganas ni nada de oír el resto! ¡Como que iban a dejar que no lo contaran! ¡De ninguna manera! ¿Y Quizzicuaztin? Quizzicuaztin dijo que si la señora no lo quería oír, que por favor, que diese licencia para que lo oyeran los demás, que era un favor y merced que le pedían todos los que lo querían oír, que lo tuviese presente la señora, por favor.
-Pero ¿tú dónde vas? Pero ¿que se cree este esbozo de chinche de doncella mía? ¿Por quién se ha tomado? ¿Qué licencias son esas? ¿Desde cuándo necesito yo que nadie diga lo que quiero o dejo de querer? Si no lo quieres oír tú, llénate las orejas de mierda, cucaracha de cloaca y no hables de lo que quiere tu señora, que no tienes ni un quinto de seso de lo que le sobra a ella en media uña. Pero ¿y de dónde has sacado atrevimiento para tanto, excremento de piojo?
-Vacatecuhtli, mi pochola: para, para ya de explicar lo que deben ser las relaciones entre amos y sirvientes, que eso es del dominio general y lo que quería Chalchiunenetzin preocupándose por lo que oyeras era dar realce a su solicitud por ti. Pero Chalchiunenetzin debe saber y, si no lo sabe, se lo digo ahora, que no tiene nada que temer de que tú vayas a oír nada que no convenga que oigas...
-Pero ¿qué es esto, señor concubino de mis ocho culos? ¿Qué mariconadas y piojonadas son ésas que babea? ¿Qué clase de moco de guajolote se os ha pegado a la lengua, bosquejo de gusano? ¡No me busquéis las cosquillas que me estaba portando muy requetebién y con mucha corrección! ¡A ver qué va a ser esto! ¿Qué es eso de no oír nada que no me convenga que oiga? A mí me conviene oírlo todo, y para eso estoy aquí, para espiar a favor de Tenochtitlán, con que no hay por qué callarse absolutamente nada. ¡Largando por esa boquita he dicho!
Esta última parte de la contestación de la Vacatecuhtli casi mata de risa al Teyohualminqui, pero como temía que, si se le oía reírse, la ya desaguisada concubina del Marcos Bey se desaguisara más, ese morirse de risa decidió que fuera en silencio y tratando de contenerse.
-¿Qué pasó en las trojes, mis señores? -preguntó Quizzicuaztin.
-Vamos, Xiloxóchitl, hermano, explicadlo vos que tenéis mucho talento para estas cosas de trojes y de tinajas -dijo Marcos.
-¡Ah, pues sí! -comenzó Xiloxóchitl- Fue muy provechoso el estar allí. Al día siguiente de la huida de los nuestros, cuando vinieron al almacén los dueños y sus dependientes, nosotros estábamos en esas trojes que digo, tapados y muy atentos. Dado que no era cacao del de hacer chocolate, no creíamos que viniera nadie a buscar nada precisamente ese día, pero nos equivocamos de medio a medio. Estábamos así, tapaditos, recostaditos, apapachaditos y descansando allí dentrito el Marcos Bey y yo y, en esto, que sentimos pasos decididos que se acercan. ¿A qué tinaja o troj se dirigirían? Mala suerte: precisamente a la nuestra. Pero para cuando el que se acercaba no había todavía terminado de quitar la tapa, ya Marcos y yo lo teníamos cogido y con la boca tapada y, así, con la boca tapada y en volandas lo metimos para dentro con nosotros y dejamos la tapa de la troj sólo un poquito alzada para dejar luz y poder ver quién o qué era: "¿Va todo bien?" preguntó mi tío desde la otra troj. "Bien" le contestamos. Verdaderamente iba muy, muy bien, porque la persona que metimos en la troj y a la que destapamos la boca en cuanto la vimos nos dijo: "¡Qué venturosa casualidad, mi señor Xiloxóchitl y mi señor Malcos Bey! Con vuestras mercedes precisamente quería yo hablar." Y ¿quién era ése, mejor dicho ésa, que había venido a sacar cacao de nuestra troj y que resulta que quería hablar con nosotros? os preguntaréis. Pues eso: alguien precisamente que nos conocía y a quien nosotros conocíamos bien y que nos necesitaba. Inmediatamente después de reconocerla, ésta mujer, que se llamaba...

La Zarzamora
14/06/2012, 23:21
Al oír el anuncio de que se iba a decir el nombre de aquella persona, Chalchiunenetzin casi se desmaya. Pero ¿por qué? ¿Acaso no le había dicho ya el Marcos Bey muy claramente que Vacatecuhtli no iba a oír nada que no debiera oír? ¿Pues cuántas seguridades necesitaba?
-...Quetzalchihuatzin...
¡Qué alivio, Chalchiunenetzin, qué alivio!
-...pasó a explicarnos lo que quería y que ya sabíamos qué era, porque era lo mismo que quería hacía más o menos dos meses y, para más señas, no quería nada para ella, sino para la hermanastra de su prima, Atotoz, y para la propia prima, Teotlalco. Es decir, la prima es prima, pero la hermanastra de la prima no es prima, aunque las dos querían lo mismo, que seguía siendo, como digo, la misma cosa que hacía un par de meses, a saber, que Marcos y yo las complaciésemos en algo que deseaban y necesitaban mucho porque resulta que a Atotoz, que injustamente y por una pérfida calumnia la habían hecho esclava, en aquel entonces la acababan de comprar para dejarla libre, poco antes de que la fueran a sacrificar...
-¡Qué vergüenza! ¡Librar a un esclavo destinado al sacrificio! ¡Qué manera de ofender a los dioses! ¡No sé dónde vamos a ir a parar con estos sacrilegios! Y eso de injustamente y por calumnia es lo que dicen todos. Buenos estaríamos si no se castigara ejemplarmente a los malhechores. Y ¡qué falta de piedad! andar regateando así los sacrificios a los dioses! -esto lo dijo la Vacatecuhtli, que, vale la pena recordar, se había bautizado y se llamaba Juana.
Pues con esta olvidadiza Juana, si no hubiera sido quien era, Xiloxóchitl hubiera extremado la cortesía y le hubiera explicado que el que iba a hacer el sacrificio cambió de parecer, de modo que no se quitó nada a los dioses porque, otra cosa no tendría Xiloxóchitl, pero con las mujeres era atento y pulido hasta la exquisitez y, además, espontáneamente y sin afectación, porque le salía de dentro pero, tratándose de la Vacatecuhtli, anda y que se pudriera, porque, además, al no existir, tampoco podía ser mujer ni varón. Pues ¡y qué importancia se daba, la grulla de ella, y cómo opinaba de todo y cómo se creía la peor hablada del mundo y el centro de la creación!
-Pues esta Atotoz y su marido e hijos estaban muy endeudados y no sabían qué hacer para salir de apuros y es, en esas infortunadas circunstancias, en las que nos conocieron a nosotros y vieron el cielo abierto unos días antes de que salierais los que fuisteis contra Narváez. Pero no vayáis a creer que son mujeres que viven de lamentarse y de decir qué desgraciaditas somos y vamos a llorar. No. ¡Menudas mujeres! Con genio e iniciativa, bien preparadas para este quinto sol o era que es la del movimiento. Y los maridos igual. Todos avispados y todos mirando a ver cómo se abren camino en este dificultoso pedregal que es la vida antes de la muerte, y dale que te pego, y sin cejar y con insistencia, como ese Moisés... ¿es Moisés o algo así?
-Sí. Por lo menos por ahí por la Biblia hay un Moisés. Vuestra merced cuente y ya veremos si es él o no es él.
-Pues eso, como ese Moisés que le pegaba garrotazos a las rocas hasta hacerlas echar agua. Pues así toda esa familia otomí, empeñados en ser los mejores cómicos, en ofrecer lo más inspirado y gracioso a las gentes de todas partes, como la fuente de Moisés: agua refrescante para la mente y los sentimientos, expansión para el carácter, campo despejado para la fantasía... Pues tan excelente familia otomí, puesta en estos afanes y trabajos, averiguó y contrastó algo de muy importantes consecuencias y era que lo que los públicos pedían en estos momentos no era ni más ni menos que historias de teules, puras historias de teules. Y ahí es donde entrábamos nosotros en acción.
-¡Naturalmente! Si aparecen los teules, junto a ellos tendrán que aparecer sus ensanchados, y además creyéndose que el haberse ensanchado con ellos los hace ya grandes expertos en teulicidad. Vamos, como si dijéramos que el ser teule se contagia. ¿Es eso lo que supone el señor tlaxcalteca? -dijo Vacatecuhtli, que ya había callado demasiado tiempo.
¿Qué era eso? ¿Había ululado el viento? No, parecía que no. No se había oído nada. Mera aprensión. Siguió Xiloxóchitl:
-Al encontrarnos Quetzalchihuatzin, pues, en las trojes, reemprendimos lo que habíamos empezado antes de la rebelión de los mexica, es decir, nos pusimos a conjuntar la fresca y raudalosa inspiración de la creatividad otomí con nuestros conocimientos de la religión y la civilización de los teules y sobre todo, su lengua y sus cantares. ¡Qué trojes las de aquellos días! ¡Qué grandioso fruto artístico se fraguó en su vientre! Porque allí no sólo fue el inventar, el idear, el dejar volar el pensamiento llevando a las palabras en sus alas. No. No fue sólo eso. No. Nosotros, los cuatro escapados de aquella noche triste, pasamos venturosos los días que la siguieron, allí, entre granos de cacao, de chía y de amaranto, trabaja que te trabaja, fabricando nuestras cabelleras de cuerda destrenzada, trenzando y pintando corazones de paja de maíz, cosiendo juboncillos y ropillas, acicalando máscaras a la luz de la rendija que siempre dejábamos abierta por el día. Y por la noche... ¡Oh!: Allí era el venir a veces uno, a veces dos, a veces tres cómicos de nuestra gran familia para pulir cada detalle bajo nuestro ojo experto y crítico, avezado a las mil y una sutilezas de la mentalidad de los teules, vertiendo en esa obra de arte la ardua y minuciosa labor de observación en la que nos habíamos empleado desde que llegaron a esta tierra...
-Pero aclara, hermano Xiloxóchitl, que, a todo esto, sin descuidar nuestra vigilancia ni nuestras guardias y teniendo muy afiladitas las espadas y las lanzas, no vayan a entender aquí los compañeros que con tanta inspiración y tanta costura y tanta paja se nos fue el santo al cielo -dijo Marcos.
-No, desde luego. No puede dejar de aclararse una cosa así, por más que sea de suyo que las letras y las armas irán siempre inseparablemente unidas, porque ¿qué son las letras, sino la sangre del pensamiento, la sangre de un parto tan esforzado como glorioso por dispensar la vida de la mente? Son, como si dijéramos, dos maneras de pintar la misma sustancia, el ansia de devolvernos con todo nuestro ser y con todos nuestros partos a la divinidad, que es la Gran madre de todas las cosas.
Seguro que ni la Vacatecuhtli había contado con que los tlaxcaltecas, además de ensancharse, terminaran teniendo partos, pero para que viera, que el Xiloxóchitl no se andaba con paños calientes con la verdad y que puestos a decir cosas tremendas había quien la ganaba, aunque fuese por lo fino.
-Y, por fin, llegó el día solemne, triste por otra parte, porque triste fue abandonar aquellas trojes en que se había gestado la obra del ingenio, la belleza y la ilusión; aquellas tinajas que, como el vientre en el que hubiera germinado el jugoso fruto de fértiles cabezas, ahora, en esta noche nubladita lo dejaban salir para seguir su vida, para probar si tendría éxito al presentarse al mundo o si se estrellaría en el duro peñasco del fracaso. ¡Oh noche preñada en que la incertidumbre era la caricia más ardiente! ¡Oh noche predestinada en la que con todo nuestro ajuar y vestuario, con todos nuestros bártulos y enseres y con nuestros anhelos primerizos salimos de Tenochtitlán y llegamos a Chiautla! ¡O noche de las noches que, entre temblores e ilusiones nos hiciste sentir como vírgenes doncellas antes de la desfloración! Y ¡qué triunfo el de Chiautla! ¡Y qué gloria la de Tepetlaoztoc! ¡Oh hermanos todos los aquí presentes! Espero que no se acabe nunca el ejercicio de las armas, pero si a eso se llegara alguna vez, ¡que los dioses nos den letras para seguir viviendo y adorándolos! ¡Que jamás dejen de manar en fresca tinta nuestra verdad y nuestra fe! He dicho.
-¡Por tu alma Xiloxóchitl! ¡Qué grandioso relato!
-¡Voto a tal, señor emperador de las tinajas, que después de escucharos, me he quedado mudo!
-¡Qué bonito lo ha parido todo con su cabeza mi señor tlaxcalteca!
-Ha sido entretenidillo, pero también con mucha paja.
-¡Éste es mi Xiloxóchitl!
-¡Cómo lo hemos vuelto a vivir todo!
-¡Así, así es como se describen las concepciones!

La Zarzamora
21/06/2012, 22:02
Es llegados a ese punto cuando empezó a llover y Cuetlachtli vio la codiciada oportunidad de convertirse en reina de los sueños, así que se levantó diligente a preparar bebedizos para toda la partida.
-Si no me equivoco, estos bebedizos que prepara vuestra merced son para matarnos aquí ahora a todos a favor de Tenochtitlán, ¿no es así? -dijo Teyohualminqui.
-Así es, mi señor papa de ensanchados, pero no de una vez. Se van a ir muriendo vuestras mercedes poquito a poquito y sufriendo mucho, mucho, mucho... ¿qué os parece?
-¿Esto es lo de los sueños de la otra vez? -preguntó Cuahuipil, que se les unió en ese momento.
-¿Cómo sabe vuestra merced que es para los sueños?
-Por el olor y por el aspecto.
-Pero ¿cómo sabe que es este olor el del bebedizo de los sueños?
-De andar por los puestos de las médicas y los médicos en los mercados supongo. No me he parado a pensar cómo lo sé. Sólo sé que lo sé.
-Tome. Beba vuestra merced.
-Yo también quiero de eso, Vacatecuhtli. A ver si va a estar aquí soñando todo el mundo y tu propio barragán muerto de aburrimiento mientras duerme.
-Beba, beba mi señor concubino, que hay para todos. Y espero que esta vez el señor Cuahuipil, ya que me debe el soñar, tenga por lo menos la corrección de acordarse después de qué es lo que sueña.
Él lo único que recordaba es que había dormido como un angelito y por eso no le importaba repetir y estar bien preparado para lo que trajera el día siguiente
La cueva aquella noche era un sueñicomio. El imperio nocturno de la Vacatecuhtli se pobló de las más heterogéneas e imposibles quimeras. El que no se dejó imperar fue Quizziquaztin. Allí seguía, haciendo guardia, después de rechazar el bebedizo con un gesto, siempre con la cabeza baja. Encima un bebedizo que había hecho la señora tenochca que quería que lo ejecutaran. Se veía que lo hacía para que él soñase en voz alta y en sueños confesara su delito.
¡Su delito! ¡Ya ves tú, su delito! ¡Qué injusticia! ¡Era tan injusto! ¿Podía negar que había caído? No, él no lo podía negar y, además, este teule que se estaba esforzando en perdonarlo, y ojalá lo consiguiera, lo había sorprendido en plena caída. Eso era innegable. Pero a ver: ¿en qué había caído? Sí, en un adulterio. Él no lo negaba. Pero ¿se había negado él alguna vez a no adulterar? No. El nunca había dicho ni pretendido que la vida matrimonial consistiera en adulterar. Jamás. Entonces es evidente que lo que había ocurrido era un fenómeno extraño a su índole esencial, ajeno a su sustancia propia, y culpa, si no había prueba en contrario, de su holgazana mujer. ¡Ah! y la primera vez podía pasar y tener excusa porque, habiéndole él sido fiel hasta entonces, ella podía no estar sobre aviso y podía pensar así, a la ligera e irresponsablemente, que el día de hoy iba a ser igual que los demás. Así de fáciles se ven las cosas cuando no se es una mujer preparada. Bueno, pues esa primera vez él se la perdonaba. Pero después de aquella primera vez, ¿qué disculpa, excusa o justificación había?
Y aquella primera vez él la recordaba muy bien, porque hubo sus preparativos, sus sisas para pagar a la preciosa Coyolxauqui, sus retrasitos por la noche o por el día para poder concertar sus citas con discreción, ya que era su primer adulterio y estaba muy nervioso. Tuvo que enviar a buscar material a horas desacostumbradas a su hijo Moctezuma para que no acudiera él también a la cita de manera imprevista. En fin, cosas y cosas. Y una sola novedad no tiene por qué alarmar, pero más de una debiera haber hecho que a una mujer con preparación se le erizaran los cabellos presintiendo ya ese hálito funesto que delata al adúltero. ¿Movió ella un dedo para impedirlo? No. Pero como ya hemos dicho que no contaba, dejémoslo. Sin embargo, aquella noche, después de la espantosa caída, todas las circunstancias y pormenores de ella, todas aquellas suciedades que le había dicho a Coyolxauqui con tanto gusto, todo aquel gemir y jadear degenerado tenía que haberlo visto su mujer, porque lo llevaba pintado en la cara, porque él no podía disimular una cosa así y nadie que tenga sentimientos puede disimular una cosa así, porque de eso queda uno impregnado y es como un aura que te envuelve y de la que estás transido. Ese acto se convierte en tu sombra, una sombra visible por el día y por la noche. Pero si hasta vino a casa con la cabeza gacha y sin mirar a parte alguna de miedo de que la gente lo mirara y lo supiera, a pesar de la oscuridad. En casa, sin embargo, había luz, él levantó la cara y ella lo vio, allí, todo manifiesto y sin resquicio en qué ocultarse. No. Él no disimuló. Él estaba allí temblando de miedo, y entonces dijo aquello del tablón, y ella salió con lo que salió, con su mala condición.
Pero de esto, cuando uno va a casarse, todo ignorante de las maldades y de las asechanzas de las cosas y las ideas, a uno no le dicen nada. Ahí te sueltan, con tu mujer, y si luego resulta que a ella no le importa el adulterio, allá te las compongas y nadie se hace responsable. No era justo, no lo era y no lo era. Porque sí, él no negaba lo que había hecho, pero ¿y ella? ¿Acaso ella no hizo algo también? Sí hizo. Se hizo la tonta. Hizo como si no hubiera visto nada. ¡Qué mal le sentó! Al ver aquella cara, ella tenía que haberse negado a aceptar lo que llevaba escrito. Tenía que haber tomado medidas contra aquella aura extraña. Eso hubiera hecho ella si le hubiera importado lo que tenía que importarle. Pero no. Nada. Ella lo tenía a él y no le daba importancia. Como una estera o una olla. Iba, venía, hola, adiós, ahí tienes las tortillas, mañana será otro día, qué tal, todo bien, a fulanitito nuestro hijo se le ha caído otro diente ¿qué te parece?... ¡¡¿Y a mí qué?!! ¡¡¿A mí qué, mala mujer?!! ¡¿No notas acaso lo que se me ha caído a mí?! A mí se me ha caído lo más importante: mi sensibilidad de marido ante tu indiferencia, mis sueños de juventud ante tu introversión. Y mis noches de paz y aburrimiento ¿en qué se me han trocado? En nocturnas y criminales tramas de ver cuándo, en oscuros y traicioneros cálculos de cómo podré pagar otra vez a esa preciosa Coyolxauqui. En eso, en eso, sí, se me han trocado. ¡Qué desengaño! ¡Qué agrio, que el mayor de los abismos en que puede caer un alma de marido no le traiga a su cónyuge ni una tosecita! ¿Y qué vas a hacer ahora, desgraciado de ti? ¿Rebelarte? Pero ¿cómo? ¿cómo se rebela uno? Y ella ¿no va reparar tanto daño, tanta aflicción, tanta vergüenza como te ha hecho pasar, tanto vagar sin tino por el cerrado vaho de tu conciencia, tanto errar por el Anáhuac en estas contramorfas compañías sin conocer cuál será el fin, sin saber en qué cañaveral de púngida aflicción cualquier atardecer vas a quedar varado? Quizzicuaztin, Quizzicuaztin, ¿y quién te iba a decir a ti que desposabas aquel día a la esposa de un adúltero?

La Zarzamora
21/06/2012, 22:04
Y fue allí, fruto de esa profunda congoja del adúltero Quizzicuaztin, como surgió esa joya de la lírica del Anáhuac hoy atribuida a una monja, que se escapa como un suspiro de los corazones rotos por la ilusión truncada y que se escucha en boca de los millones de seres que han apurado el padecer desgarrador del desengaño:

Hembras necias que miráis
y sólo veis un borrón
donde ya apunta el baldón
del varón que no guardáis,

Vuestra la perfidia es,
la culpa toda os envuelve,
pues que todo se os vuelve
ojear sin interés.

El marido ya tenéis,
ya está el fuego, ya los dioses,
¿a qué pues gritos y voces
si todo es como queréis?

Lo dejáis que vague loco
lejos de vuestra mirada,
porque en ella ya no hay nada
y fuera de ella ¡tan poco!

¿Qué de la ira, el castigo?
¿Qué de la furia y la rabia
cuando el marido os agravia
con pensamiento enemigo?

Soberbia se queda y quieta
con su casa y con sus hijos,
pues teniendo esos ya fijos,
un marido ¿a quién inquieta?

Y si en una noche oscura
sobre él se abate el mal,
para ella no habrá tal
pues que el sustento aún le dura.

Fiera temible sin garras,
Tumba ruin de toda dicha,
río de voraz desdicha
que al hombre enlodas y embarras.

Desde tu altura encumbrada
miras como faro ciego.
Tú eres la vida y el fuego,
quien fue yesca, agua pasada.

Si vamos pues a juzgar
en estos pleitos inmundos
por qué el uno trota mundos
y la otra reina en su hogar,

¿Cuál deja más que desear
aunque todo insatisfaga:
la que peca por ser vaga
o el que vaga por pecar?

¡Ah Coyolxauqi fingida
con tu verruga y tu panza!
yo quisiera esto alabanza,
quédase en queja afligida.

Al llegar a este punto su congoja era tal que cayó en un silencioso gemir, sofocando los amarguísimos sollozos para que no le oyeran los ocho durmientes de allí dentro. Estos, que sí tomaron el bebedizo, cumplieron todos como diligentes drogados y soñaron. Soñó hasta el que no pensaba que lo haría porque no creía ni siquiera que fuera a dormir.
Al estar la Vacatecuhtli de vuelta con su barragán, Xiloxochitl había recuperado con creces su antiguo tormento y sabía que pasaría hora tras hora de darle vueltas a todos los pensamientos que lo mortificaban sin cesar y que se engarzaban unos con otros y vuelta a lo mismo sin fin y sin tregua. Y seguía siendo esclavo de aquel cuerpo lleno de heridas y cicatrices, de aquellos ojos sin misterio que no lo podían embrujar, pero que muy eficazmente lo ataban y lo tenían sujeto tal y como si las sogas de la voluntad se vieran y palparan. Y qué decir de aquella manera de moverse… sin vacilación y sin rebuscamiento, tan simple y evidente como el caer de una piedra o el volar de una garza; y qué de su quietud, fuego contenido en sí mismo que ni incendia ni desborda. Declaración de amor, declaración de guerra. ¡Cómo lo deseaba! Y sus labios, los de él, que sólo parecían querer decir una cosa: Te adoro, te adoro, te adoro… Le dolía el cuerpo entero de quererlo.
Tardó, tardó el valiente Xiloxochitl en dormirse, pero al final cayó, prueba del reinado indiscutido de la Vacatecuhtli. Y tuvo un primer sueño, que fue decepcionante en cierto modo, porque era como un jarro de agua fría sobre el relato de su escapada de Tenochtitlán que había hecho antes. Resulta que todos los cómicos otomíes en general y él en particular se habían sentido ufanos de la función que habían montado y que era indiscutible que había gozado del favor y entusiasmo del público. Pues bien, en el sueño, alguien, pero que no sabría decir quién o qué era y ni siquiera si no era él mismo, decía: “Teníais que haber escenificado el romance de la doncella guerrera. Parece mentira, Xiloxóchitl, con la cantidad de veces que se lo has oído cantar a Cuahuipil y a otros que ni se te ocurriera. Ese tipo de historias tienen un tirón formidable con el público. Es el éxito garantizado.” Y ahora se sentía idiota porque era verdad. Pero tampoco quería volver sobre eso en estos momentos. Es cierto que vivió aquellos lances con una felicidad que no sabría describir. Estuvo en aquella troj con Marcos tan cerca como quepa estarlo de otra persona. Trabajaron juntos. Se entendieron como dos piezas que han de ajustar sin fisuras. La facilidad para entenderse con Marcos, la armonía que era el signo de su trato mutuo no dejaba nunca de maravillarlo. Y por más que el carácter de Marcos fuera tal como lo describía Cuahuipil, con él siempre tenía un trato de aprecio sincero que lo desarmaba continuamente. Pero ahora, si empezaba a pensar en la vida de cómicos y en montajes escénicos, se iba a descorazonar contrastando la dicha inefable de ese entonces con la sórdida situación de ahora, cuando legítimamente Marcos tenía otra compañía.
Por otra parte, no le extrañaba que hubiera echado en el olvido el tema de la doncella guerrera cuando idearon las funciones. A oídos indios semejante historia sonaba completamente fantástica. Las historias de nahuales o aparecidos eran a su lado realidad palpable. La vestimenta india jamás hubiera permitido a una mujer hacerse pasar por varón. Era mucho cuerpo el que había que dejar descubierto y más el que se podía descubrir en según qué movimientos u ocasiones. Completamente descartado. Pero, claro, cuando te ponías a pensarlo y como le dijo Cuahuipil cuando él le comentó que era una historia fantástica, con las ropas de los cristianos era completamente posible, aunque él, quizás por no haberlo vivido, por mucho que le dijeran, no llegaba a imaginarlo. Era como decir, ¡Ea, la mitad de las tropas cristianas podrían ser mujeres disfrazadas!
Una vez más sucedió lo que parecía imposible y volvió a dormirse. Y en sueños, como si éstos se hubieran propuesto convencerle de lo infundado de sus reservas con respecto a las doncellas guerreras, le acudieron retazos del romance:
En Sevilla a un sevillano la desgracia le dio Dios
De siete hijos que tuvo y ninguno fue varón.
Un día a la más pequeña le llegó la inclinación
De ir a servir a la guerra vestidita de varón.”

No irás a la guerra, hija, no iras a la guerra no.

-Convídala tú hijo mío a los ríos a nadar,
que si ella fuese hembra, no se querrá desnudar.

-¿Por qué llora usted don Marcos? -¿Por qué debo de llorar?

Y luego se despertó nuevamente desasosegado. ¿Qué había dicho Marcos Bey esa misma noche? ¿Cómo fue? … Sí:
“-¡Quite vuestra merced! En ningún día de mi vida pienso yo pasearme en cueros por todo el Anáhuac. El Cuahuipil no tendrá vergüenza, pero yo sí. Yo no estoy hecho a estas cosas y tengo la piel delicadísima y, lo que es peor, tantas y tan grandes cicatrices que verme el cuerpo es ya declarar que he pasado cien guerras…”
Eso había dicho Marcos. No se quería desnudar. Claro que los motivos que dio eran cabales. En su angustia por salir del atolladero se engañaba sí mismo y se agarraba a un clavo ardiendo, pero no había salida: lo cierto era que Marcos tenía una barragana y que esa barragana echaba por tierra todas las quimeras. Así que gracias por el bebedizo, señora Vacatecuhtli, pero los sueños no le habían resuelto nada. No obstante, aún no habiéndole resuelto nada, sabía que seguiría dándoles vueltas una vez y otra, escrutándolos, analizándolos en todos los sentidos y vuelta a analizar y a escrutar, en una rueda inacabable. Porque, a ver ¿acaso tenía Marcos Bey pinta de mujer o ademanes de mujer, algo que diese alguna indicación? Desde luego que no, porque si así fuese no tendría ni que hacerse la pregunta y, además, eso ya se hubiera comentado o se hubieran hecho chanzas al respecto. La voz, ya se fijó la primera vez que lo oyó hablar, estaba suavemente timbrada, entraba en los oídos con la levedad de una pluma y la dulzura del camote molido. Era su manera de entonar y decir las cosas, resuelta y rotunda, un poco desaforada muchas veces, lo que dejaba la impresión de virilidad. Pero si pensaba en aquellas veces en que se había dirigido a él solo, como buscando su agrado o aprobación, sin dejar de ser resuelta o rotunda, parecía la voz de un niño que buscara los abrazos de sus padres. ¿Era viril? No. Era sencilla, desarmada, inocente. Era… Era… Era su muerte. Sin insinuaciones ni segundas intenciones. Pero, en el otro sentido ¿había en él algo que dijera que era inconfundiblemente varón? Pues… no. No había nada que dijera nada. Ni para un lado ni para otro. Era Marcos Bey, ni varón ni mujer, sencillamente él, esa persona, y no podía asemejarlo a nadie. Y ese ser sin semejanza con nadie iba terminar matándolo, porque ahí estaba Vacatecuhtli. Sí, ése era el punto final de todas sus cábalas.

La Zarzamora
21/06/2012, 22:04
Era un imbécil, dándole vueltas y vueltas a lo mismo. Su mal no tenía remedio y no lo iba a tener por muchas vueltas que le diese. A resignarse, pues, porque, aunque no debiera darle vueltas, eso era precisamente lo que iba a hacer, porque no podía evitarlo, porque no quería evitarlo, porque esa ya era una manera de vivir lo que sentía y no podía negar. Y si negaba eso, ¿qué le quedaba? Sólo el vacío. A esperar, pues, que amaneciera, para vivir otro día más en el tormento y que se hiciese la voluntad de Quien nos puso en este mundo.
La que él consideraba su rompequimeras, Vacatecuhtli, era la que le preguntaba ahora:
-¿Se le ha olvidado a vuestra merced cómo se duerme?
No contestó, pero debía de tener tan mal aspecto que ni siquiera la Vacatecuhtli cedió a la tentación de zaherirlo. Claro que, con todos los demás dormidos, tampoco tenía público para hacer uno de sus alardes. O no era nada de eso sino que de verdad era feliz haciendo soñar a los demás.
-Tome vuestra merced más bebedizo que, si no, mañana va a tener todavía peor cara.
Bebió sin que esta vez tuviera siquiera fuerzas ni ánimo para resentir a la causa de su desdicha y se echó nuevamente, convencido también esta vez de que no conseguiría dormir. Pero también esta vez se durmió y también esta vez soñó.
Era un paraje extraño que no sabía lo que era y allí estaba Camaxtli con sus atavíos de cazador, el cuerpo pintado a rayas blancas de arriba abajo, arco, haz de flechas, cestillo y, colgado, un conejo cruzándole el pecho. Y cantaba. Cantaba fatal una canción ramplona donde las hubiese, pero al parecer satisfechísimo:
-Hispania tierra de conejos,
Hispania tierra de conejos,
¡Ay! ¡Ay qué feliz soy
cuando lo despellejo!
Y esto lo cantaba mientras, como decía, despellejaba un conejo. ¿Conejo? Aunque el sueño decía conejo, lo que veía Xiloxóchitl era a Marcos Bey pero en apariencia de conejo y lo que hacía Camaxtli era quitarle la ropa, pero al mismo tiempo era como si lo despellejara haciéndole, al parecer de Xiloxóchitl, un daño horrible.
-Está vivo, le estás haciendo daño –protestaba Xiloxóchitl- Déjalo. Para ya.
-Pero mi amor, si es la divisa de Tlaxcala: “oncan tonaz” (más allá).
-Está sufriendo. No sigas.
-¿Tú crees? Mira, pone carita de pena, pero no dice nada.
Pero el durmiente estaba convencido de que el conejoMarcos cuando le arrancaban la ropapiel sufría. Y Camaxtli seguía en ello y Xiloxóchitl rogaba que parase. Y cuando Camaxtli arrancó la piel de la cintura, Xiloxóchitl no pudo soportar más.
-¿Pero a quién se lo ocurre desvanecerse, Xiloxóchitl? Teníamos que haber terminado ya con esto, hombre. Y además que la canción me la he inventado ex profeso para ti.
En el sueño, Xiloxóchitl volvió del desmayo preguntándose “pero para que habré tomado el bebedizo”. Eso, aun habiéndoselo dicho Xiloxóchitl a sí mismo, lo oyó Camaxtli porque le contestó.
-Hombre de poca fe, vine porque me llamaste. A ver si te crees que yo necesito de bebedizos para ir donde me llaman. Pero si no te viene bien ahora, también puedo volver dentro de un ratito. No tengo ninguna prisa.
Xiloxóchitl no dijo nada, así que el dios, o Santiago, o quien fuera, entendió que quien calla otorga y dijo:
-Y ahora vamos a continuar, que me quedé empantanado con el conejito en la mano mientras te desmayabas como una damisela.
Así que vuelta con el Hispania tierra de conejos. Pero Xiloxóchitl ya no protestaba, sólo gemía implorante a un Camaxtli que, al llegar a la altura del ombligo, decidió hacer un nuevo alarde musical, emprendiéndola con un bolero, más ripioso todavía que la cancioncilla anterior y cantado igual de mal, pero en tono dulzón y empalagoso y diciéndole antes que también éste lo había compuesto ex profeso para él.
-Más allá
del bien y del mal,
más allá
de este ropaje indiferente,
un ombligo
que es faro del camino
nos lleva
detrás de lo aparente.
-¡No, Camaxtli, ya, ya! ¡para! ¡lo vas a destrozar!
-Pero, hijo Xiloxochitl, me estás saliendo tú muy poco tlaxcalteca. No, hijo, no, “Oncan tonaz, oncan tlahuiz” (Más allá es donde brillará el sol, donde será la aurora). Hay que seguir. El que la sigue, la mata.
Con la aurora, eso que hubiera sido lo de más interés para que saliera de sus dudas o tinieblas, ya no pudo Xiloxóchitl. Difícil de decir si porque no resistía el sufrimiento del conejito o porque ¿y si lo que descubría no era lo que deseaba, sino lo que temía?
-¡Pero, hijo, pero ¿qué os pasa?! La que digo, un par de damiselas.
-¿He vuelto a desmayarme?
-No, hijo, qué va. Esta vez sólo has cerrado los ojitos, ¡que ya es ¿eh?! El que se ha desmayado ahora ha sido el conejo, fíjate tú. Si es que hacéis muy difícil el ayudaros ¿eh? ¡Anda que…! Pues me temo que vas a necesitar mucha, pero que mucha paciencia para cobrar esta pieza, hijito mío, porque si él se desmaya y tú aprietas los párpados como si esperaras un sopapo, vaya plan. La que digo, un par de señoritas. ¡Ay, ay , ay, ay, ay! –y movía la cabeza a un lado y a otro como quien riñe a unos chavalillos, para finalmente rematar con el bolerito en plan declamador y triunfal:
-Más alláaa, más alláaaaa,
sin rendirse jamás,
detrás
de lo aparente.
Y se esfumó. Y al esfumarse Camaxtli, otra vez se despertó Xiloxóchitl y se sentó sobresaltado.
-¿Se encuentra bien vuestra merced?
Otra vez la Vacatecuhtli.
-¿Qué?
-¿Qué si se siente bien vuestra merced?
-¿Eh? ¿Bien? No. Es decir, me he despertado.
-Tal vez tuvo un mal sueño, pero si se vuelve a dormir a lo mejor le viene uno bueno. ¿Quiere vuestra merced una manta a ver si así lo concilia mejor?
-No. Gracias. No creo que vaya a encontrar otra vez el sueño. Voy a relevar a Quizzicuaztin y así no habrá necesidad de despertar a nadie más.
Fuera de la cueva, Quizzicuaztin le aseguró que seguía desvelado y que podía seguir haciendo guardia si su señor lo aprobaba.
-No, padrecito. Tenéis que intentar descansar aunque no durmáis, si no mañana no os vais a aguantar ni a vos mismo. Porque el estar desvelado yo sé de qué viene y lo mal que se pasa. Pedidle a la Vacatecuhtli una manta antes de que se duerma ella y veréis qué bien.
Quizzicuaztin le hizo caso en lo de ir a recogerse, porque el caballero tlaxcalteca era de la divinidad, era un héroe y un santo y era como deben ser los señores, llenos de dignidad y compasión, pero una manta ni querer y ni atreverse a pedírsela a la terrible cihuatecuhtli.
Y allí fuera se quedó Xiloxóchitl, aliviado de haberse librado al menos del angustioso sueño que había tenido. Y ojalá hubiera podido contárselo a su tío para que le dijera algo consolador al respecto pero, ahí estaba, que ¿cómo podía contar el sueño sin contar el motivo de querer saber su significado y sin delatarse? Estaba visto que el haberse... enamorado, sí, enamorado, de Marcos no podía nunca dejar de ser una cruz. En el fondo mira si no era ironía que los días más felices desde que lo había conocido fueran precisamente los que debieran haber sido los de mayor angustia, que fueron aquellos que pasaron en Tenochtitlán pensando si serían o no descubiertos. Aquellos días metidos en la troj fueron tan buenos... Se entendían tan bien... Eran tan increíblemente complementarios... Y el Marcos le tenía consideración. Aunque ¡qué es lo que no se imagina un enamorado! Pero él sí sentía con certeza que había caricia en su manera cuando le hablaba. Fue tanta la emoción de las conversaciones que tenían cuando se enseñaban lenguas el uno al otro... Y bien de prisa que aprendía Marcos el náhuatl y hasta el otomí y muy buen maestro que era él porque, mira el Cuahuipil, de tan bien como le enseñó, era formidable que muchas veces podía pasar por uno de ellos; y el Marcos no se quedaba atrás y bien que elogió su maña para enseñar. Y luego los grandes triunfos que habían alcanzado en Chiautla y Tepetlaoztoc... ¡Qué felices fueron! ¡Cómo se compenetrarían de bien que, sin hablar, cada uno hacía lo que esperaba el otro! ¡Y era tanta la adoración que sentía por él y tan bien tratado se sentía...! ¡Era como un milagro! Y luego tuvo que volver a aparecer ésa. Y esta noche la hubiera querido matar, porque con sus tonterías había hecho que Marcos la llamara una y otra vez "mi Vacatecuhtli" y "mi pochola" y eso era algo que no podía soportar y que, en lugar de acostumbrarse a ello, cada vez lo podía soportar menos. No lo sufría. Era como si una culebra ponzoñosa le mordiese las entrañas. No podía más. Otro día como éste y no sabía lo que terminaría haciendo. ¡Qué desesperación!: todas las horas del día juntos, con él y con ésa. Porque aunque su propio sentimiento fuese todo agonía, si al menos pudiera estar con él cuando no estuviese ésa y pudiera irse de su lado cuando apareciese ésa para no verlos juntos, para no oírles hablar, para poder cerrar los ojos, para no saber, para no tener que saber nunca...
Y llegó la alborada con sus limpios olores, como diciendo: "¡Dormilones! ayer no sé lo que haríais, pero eso ya no cuenta. Hoy os doy una vida virgen en que probar de nuevo". Y así se despertaron los de la cueva, como si lo hubieran oído. Teyohualminqui fue el primero en ponerse en pie y en seguida estuvo dispuesto a salir en compañía de Chalchiunenetzin y Xochiyetla a hacer las averiguaciones concertadas la noche antes. Luego, poco a poco, se fueron levantando todos, menos Vacatecuhtli y Quizzicuaztin, a quienes dejaron dormir mucho rato, procurando no hacer ruido. Xiloxóchitl siguió de guardia y Marcos y Cuahuipil salieron a ver si cazaban o encontraban algo que fuese de comer y allí aparecieron al rato con leña, bayas y otros frutos, hojas silvestres y unos conejos, que, mientras llegaban los tres que habían salido de averiguación, despellejaría (¡huy!) Coyol-limáquiz para macerarlos, de forma que los pudieran comer si no llegaba a llover, o para asarlos si había suerte.

La Zarzamora
29/06/2012, 08:53
Por fin parece que el grupo más famoso del orbe había conseguido despistar a las milicias mexicas. Caminando de noche y sin mayores sobresaltos, salvo las puyas de la Vacatecuhtli de que en cuanto llegasen a su destino, los tlaxcaltecas iban a sacrificar a los cristianos, llegaron sin novedad cerca de la raya. Antes de cruzarla, sin embargo, se detuvieron para despedir a Quizziquaztin y a los dos sirvientes de la Vacatecuhtli, quien no veía ya ninguna necesidad de que siguieran hasta Tlaxcala. Los sirvientes por su parte vieron el cielo abierto: ahora podrían incorporarse a la compañía de cómicos que, con las bajas de Teyohualminqui, Xiloxóchitl, Coyol-limáquiz y Marcos Bey, seguramente necesitaba refuerzos. Si, encima, se añadía lo que habían aprendido en los días de peregrinar por el Anáhuac con el Cuahuipil y luego también con el Marcos Bey y que habían conseguido saberse enterito el romance de la doncella guerrera que les recomendó Xiloxóchitl y él mismo les escribió en pictogramas y Cuahuipil en letras, tampoco irían con las manos vacías.
Del viejo se despidió Cuahuipil con cierto sentimiento de haberle fallado porque no sabía si este hombre se reformaría o no. Se sentía responsable pero también disuadido de decirle nada por temor de que produjera el efecto contrario. Se limitó, pues, a abrazarlo y a desearle que encontrara muy bien a su familia, que la cuidase y que fuera muy feliz con ella. También le dio granos de cacao para el viaje y por los días que hubo de tener abandonada la serrería.
De él también se despidió Xiloxóchitl, quien sintió separarse de aquel hombre de aire atribulado y encerrado en sí mismo en el que se veía reflejado. Era también decir adiós a una cara real y auténtica de Tenochtitlán, mejor dicho, la cara real y auténtica de Tenochtitlán. Fuera de los ampulosos principales con sus aires endiosados e imperiales, la gente común tenochca le había sorprendido para bien. Pudo comprobar cómo creían de verdad que las guerras de sometimiento emprendidas por su clase gobernante eran a honra de los dioses y que, debido a eso, saber que era tlaxcalteca, para ellos era motivo de admiración, como bien había demostrado este Quizziquaztin, que lo trataba a él con reverencia y lo consideraba tocado por la divinidad. Encontraba conmovedor ese sentimiento ingenuo, pero sincero. Esta persona sufriente y silenciosa que, por lo que él sabía o, mejor dicho, no sabía, bien pudiera ser un delincuente le inspiraba conmiseración. Desde su punto de vista, esa era una de las pocas gracias salvadoras de la clase dominante mexica, el que no hubiera llegado a la abyección de corromper también a sus macehuales. Era preferible que los tuviera engañados a que los hubiera corrompido, haciéndolos cómplices y beneficiarios de su codicia y soberbia. Despidió, pues, al viejo con sentimiento, le recomendó “vaya con cuidado, padrecito, y llegue con bien” y se quedó mirando cómo desaparecían en la noche él y los dos amigos otomíes, de quienes también se despidieron todos con efusión, ya que habían sido leales y serviciales compañeros.
Y ahí terminaba su experiencia tenochca. Antes de ella, su concepto del enemigo había sido muy simple: un imperio voraz e implacable ante el que sólo cabía negarse a sí mismo entregándose atado de pies y manos o pelear hasta la muerte. Ahora sabía que ese enemigo tenía una trastienda de pobre gente que no tenía culpa y ni siquiera conocimiento de la soberbia ejercida en su nombre y engañando su buena fe. También era más consciente ahora, viendo en gran escala la enorme falla entre una gente sencilla y sincera y una clase ampulosa y feroz, de lo que hubiera de mejorable en su propia tierra. Tlaxcala desde luego no era así. Su clase dirigente tenía un techo de encumbramiento mundano demasiado bajo para llegar a los extremos mexica, pero se daba cuenta de que nunca había parado mientes en ver si entre los tecuhtin y los macehuales tlaxcaltecas no había también una falla indigna de una sociedad verdaderamente creyente y, por tanto, humilde. Aunque eso, se decía al mismo tiempo, no iba a suceder nunca. La divina magnificencia había creado de sí misma a los humanos para que vivieran esa lucha, la de la sinceridad contra las apariencias y, para que la lucha fuera verdadera, por fuerza las tentaciones debían ser poderosas. Al imperio tenochca le había tocado caer en esa tentación para ponerse a prueba a ellos mismos y poner a prueba a todos los demás. Pero nadie estaba a salvo. Esa sí era una guerra florida que debía librar cada ser humano. Aparte de otras que, como ésa que libraba él en secreto, parece que también tenía que ver con las apariencias.
En esas dos últimas jornadas, también con Coyolxauqui había conversado o lo había intentado y la muchacha le daba lástima. Al principio se preguntó, sin ser capaz de imaginarse nada en concreto, qué tenía ella que ver con Cuahuipil, luego esa curiosidad se le pasó y en cambio lo que le parecía era que ella se sentía protegida por él y que esa protección se la pagaba a su modo, arreglándole disfraces y pintura porque, por lo demás, parecía ajena, como si estuviera ocupando un lugar y recibiendo un trato a los que no tenía derecho y que con sus servicios justificara esa usurpación. Cuahuipil le había dicho que no era libre de revelar a nadie por qué lo acompañaban Coyolxauqui y el viejo y que él se había ofrecido ayudarla a cambiar de vida. Ahora, en el trecho que quedaba hasta la primera parada que harían una vez en territorio tlaxcalteca, Xiloxóchitl trataba de mantener con ella una conversación amena, evitando preguntas personales que pudieran incomodarla. Le parecía uno de esos tristes casos de madrastras o padrastros y de padres que en un nuevo matrimonio desdeñan a los hijos del anterior como si fueran estorbos y los maltratan o abandonan. También en la indefensión de la muchacha se sentía reflejado y movido a compasión.
Mientras Xiloxóchitl andaba en eso, igual que habían llegado a la raya sin novedad, aunque con todas las precauciones, sin novedad también la cruzaron, para vergüenza y consternación de la Vacatecuhtli, quien a duras penas podía creerse lo que veía. ¿Es que no había patrullas de la Triple Alianza que vigilasen las fronteras? ¿Es que se podía entrar y salir del territorio mexica como del coño de una ramera de Tezcatonco?
Pues eso parecía y no fue la única que se extrañó. También se lo preguntaron los tlaxcaltecas y los cristianos del grupo y algunos hasta se lo respondieron de la única forma que se les ocurría, que era precisamente por Vacatecuhtli por lo que no había habido obstáculos. Iría a Tlaxcala con algún propósito y no se podía desear nada mejor que que fuese en compañía de tlaxcaltecas y cristianos. Estaban en lo cierto: Aculnahuácatl no había ido a la frontera por patriotismo, o sea, por algún patriotismo nuevo, sino por su patriotismo de siempre que se redondeaba con su ahijada. Así que se había colocado donde pudo disponer que no se le pusiera obstáculo para cruzar la frontera, cosa cuyo logro le facilitó el saber que había sido vista en Tepetlaoztoc con una partida de cómicos. Con las señas personales que pudo proporcionarle Ilhuicauxaual, identificar al grupo y a sus componentes no fue difícil. Ahora la ahijada estaría ya en Tlaxcala y, si alguno de los del grupo que iba con ella sospechaba de que cruzaran la frontera tan sin obstáculo, tampoco importaba. De Vacatecuhtli sospecharían de todas formas pero, si estaba en esas compañías e iba en busca de su barragán, tampoco podrían negarle la admisión. Todo lo más la vigilarían. A la altura de eso ella seguro que estaba.
Que Aculnahuácatl estuviera en la frontera, sin embargo, ella no lo sabía, de forma que se encendió como ya hemos visto y se encendió todavía más cuando, después de cruzar la raya y estar en territorio tlaxcalteca, tampoco apareció nadie de ese lado para importunarlos. Pero ¿qué pasa aquí? –se decía- ¿Esto es el fin del mundo o qué? ¡La puta madre que parió a las piedras ¿es que nadie se toma la guerra en serio?! ¿Es que ya ni el enemigo se molesta en meter miedo? ¿Y los dioses qué, también ellos se han ido a alguna finca de recreo y les importa todo un carajo?

La Zarzamora
29/06/2012, 08:54
-Pero ¿qué tierra de chingados es esta en la que podrían colarse hasta las montañas si se echaran a andar? ¿Es que las fregonas no han aprendido a poner centinelas? ¿O es que se corren de gusto cuando se les meten todos por la retaguardia?
Eso es lo que se dice entrar pisando fuerte en tierra enemiga.
-No se alarme mi bienhablada señora –dijo Teyohualminqui riéndose- que por este lado todo es como se debe y os aseguro que, aunque vuestra merced no vea a nadie, eso no significa que nadie vea a vuestra merced ni que las señas de vuestra merced, puestas al día incluso con el dato de cuando tuvo la última regla, no obren ya en los registros de nuestras autoridades de extranjería. A mí, en cambio, lo que me ha ofendido indeciblemente, como enemigo y como persona de modales, es que hayamos salido de su inchingable imperio -inchingable por lo inapetecible, aclárese- sin que ni siquiera se nos haya dicho “adiós, uilontli” .
-¡Uf! No sabe bien vuestra paternidad como me tranquiliza eso que dice sobre sus centinelas, a la par que me facilita mis cuestiones personales. Soy un desastre, que me viene de familia, en esto de llevar bien las reglas, y me descansa saber que podré recurrir a las autoridades tlaxcaltecas para cotejar mi intimidad. En cuanto a eso de que mis paisanos no hayan despedido a vuestras mercedes con una palabrita cariñosa, no nos vamos a estar tampoco repitiendo todo el tiempo. Yo ya les he dedicado palabritas de esas como para contentar a algunos batallones de uilontli tlaxcaltecas, pero vuestras mercedes son tal multitud de ellos que para todos ni yo ni toda la Triple Alianza daríamos abasto. Tiene que ser simbólico.
-Pero tampoco exagere vuestra merced en eso de estar tan contenta aquí en la tierra del pan, porque entonces lo de ser enemigos va a perder la gracia.
-No pase cuidado vuestra merced, seguro que va a ser para partirse de risa.
Con estos buenísimos augurios, llegaron a la fuente, que más bien eran varias fuentes, donde los tlaxcaltecas habían anunciado que harían una parada poco después de la frontera para refrescarse, lavarse y descansar hasta el amanecer, puesto que ya no habría necesidad de caminar de noche. Era un lugar muy conocido y en el que durante las guerras floridas se paraban muchos combatientes de regreso o donde acudía la gente a recibirlos. El paraje, de noche al menos, parecía cuidado y de sencilla y agreste monumentalidad, con una capilla recoleta dedicada a Matlalcueye, diosa de las aguas vivas, y a la diosa Nuestra Abuela, que estaba llena de ofrendas, amates y representaciones de otros dioses.
Alrededor del pilón de una de las fuentes, que tenía varios caños, se inclinaron unos a beber y otros a lavarse y refrescarse. En eso estaban cuando surgieron de entre las sombras dos figuras oscuras, una pequeña y corcovada y otra alta y muy negra. La pequeña y corcovada se fue acercando a Cuahuipil por detrás al tiempo que hacía señas a quienes estaban del otro lado del pilón, y por tanto la veían de frente, de que guardaran silencio. Y cuando estuvo junto a Cuahuipil le echo las manos a la cara y le tapó los ojos. Este se incorporó con la sorpresa, manteniendo en volandas a quien seguía aferrada a él con las manos que lo cegaban, manos que él apartó de los ojos para besarlas entre lágrimas y seguir besando después en todas las partes decorosamente besables a la que le había hecho la gallinita ciega.
¿Y qué hace aquí una bufona? Se preguntaba la Vacatecuhtli. Hasta que cayó en la cuenta: Así que ésta era la mujer de Cuahuipil, la hermana de Xiloxóchitl, la famosa sobrina de Teyohualminqui, que según ellos tres era la mujer más lista y santa del mundo, aunque hubieran acertado más diciendo que era la más jorobada. ¡Vaya república de charanga! Las jorobadas se casan y no son bufonas, los centinelas se dedican a archivar algodoncitos y los papas se dedican a devorar con la vista a las cocineras viudas, porque había que ver las comilonas oculares que se pegaba el Teyohualminqui con la Coyol-limáquiz cuando se creía que no lo miraban, como ahora.
Y tenía razón. Lo que con esas miradas se preguntaba ahora mismo Teyohualminqui era si el hombre de quien era viuda la Coyol-limáquiz murió espachurrado bajo aquellas monumentales caderas y si no tendría él posibilidades de ser el siguiente y poder ascender así al cielo de los espachurraditos. Pero como era persona de enorme agilidad mental, al tiempo que seguía embelesado en estos pensamientos todo sutileza, se enteraba perfectamente de lo que decía el que había surgido de las sombras con Ilhuicáatl, que era negro y que se presentaba ahora a sí mismo de esta manera:
-Rómulo Vargas Heredia, discípulo del Capitán Cortés, para servir a vuestras mercedes. La señora Alcalá (quería decir Ilhuicáatl), Maestra Superiora de la orden de las Hijas de la Sal me habló de esa obra de enaltecimiento del comercio universal y pedí ser aspirante a caballero de ella y firme servidor de su valerosa Maestra y sus igualmente valerosas damas. Por ello, cuando en el real de los cristianos me cupo el honor de llevarle una carta para su señor esposo, del que se la creía ya viuda, sin vacilación me puse a su servicio para salir al encuentro, si lugar había, de su d¡cho señor marido y de su familia y amigos, pues me explicó que, si venían por esta parte, que era lo más probable, pararían en esta fuente, en la que llevamos esperando desde hace dos días, y si venían por otra y llegaban a la cabecera, que nos mandarían recado aquí. Y ahora, una vez visto cuán grande ha sido la clarividencia de esta excelsa dama, permítanme las honradas damas y caballeros aquí recién llegados, proclamarme asimismo su fiel servidor –y diciendo esto último, hizo una gran reverencia ante Coyol-limáquiz y los demás.
Y fue Coyol-limáquiz, con el poderío multiplicado sintiéndose ya en tierra propia, quien se ocupó de responder antes que nadie, no fuera que algún patoso dijera cosas inútiles.
-Permítame, mi señor Lómulo, agradecer sus ofrecimientos por la gran honra que entrañan viniendo de tan agraciado, esplendoroso y corajudo caballero predilecto de nuestros señores del Mictlán y permítame también, como dama de más edad, presentarme a mí misma y a las señoras de esta partida: a vuestro servicio, Coyol-limaquiz, cocinera del ejército tlaxcalteca y superviviente de la tiranía de los ampulosos del Anáhuac, que recibieron una buena tunda. Y aquí, junto a mí, la señora Coyolxauqui, heroína tenochca y sacerdotisa de Nuestra Abuela Toci. Y sepa mi señor Lómulo que ella ha sido parte determinante en que hayamos llegado sanos y salvos a Tlaxcala…
-Pero ¿qué pendejadas son esas…?
Parece que Vacatecuhtli no estaba conforme con la presentación de Coyol-limáquiz, o eso se temieron los demás, porque la interrumpieron todos a la vez, sin permitirle seguir a ella, pero dejando finalmente la palabra a Teyohualminqui:
-No haga caso vuestra merced de nuestra querida amiga Vacatecuhtli. Hasta que no se la conoce bien, uno no sabe nunca si habla en serio o en broma y ha venido todo el camino haciendo chanzas de que ella había visto a la señora Coyolxauqui, figúrese vuestra merced, un ejemplo de virtud y santidad sin parangón, una joven de excelsa pureza, ejerciendo de ramera en Tezcatonco, un barrio de Tenochtitlán no de lo mejorcito. Es para retorcerse de risa nuestra sin igual Vacatecuhtli, porque su gracia consiste en eso, en que uno nunca sabe si está de burla o de veras hasta que ya se ha hartado de tomarle el pelo. Con ella se nos ha hecho cortísimo el viaje.
Todos los demás corearon la irreprimible carcajada que se le escapó a Teyohualminqui sólo de evocar lo divertida que era la Vacatecuhtli. Coyolxauqui mientras tanto tenía los ojos como platos y Coyol-limáquiz siguió imperturbable con lo que había empezado.

La Zarzamora
29/06/2012, 08:55
-Ha sido providencial encontrarla. En Tenochtitlán no saben lo que es la devoción a Nuestra Abuela, Toci –bueno, la mala fama de Tenochtitlán a cambio de la buena de Coyolxauqui. Podía ser peor-. Ya se conoce que allí los ampulosos no dejan a nadie tener abuela y es admirable la labor que con enormes dificultades ha hecho nuestra Coyolxauqui para difundirla. Por eso, cuando supe de ello, la convencí para que se viniera una temporada a unos retiros espirituales dedicados a Nuestra Abuela en Chiautempan, lugar donde se la venera en todo su esplendor, y así darle medios a esta sin par y espiritual mujer, de vuelta en su patria y con nuestro fraternal apoyo, de brindar guía espiritual en la devoción a Nuestra Abuela.
-¡Pero cuanta sabiduría encierra eso! Escuchando a vuestras mercedes me siento tan afortunado… ¡Cuánto me gustaría aprender de tan grandes señoras y señores! Bien se ve que las abuelas son una clave fundamental del progreso de la humanidad. Todo esto es muy profundo. Todos mis respetos a Santa María Abuela, o ¿cómo han dicho que se dice en “nágual”? –dijo Rómulo.
-Nuestra Abuela, Toci.
-Toci, sí. Esta es fácil, menos mal.
Mientras hablaba Coyol-limáquiz, Rómulo había estado apuntando en su libretita, y ahora también se apuntó eso que le parecía fácil. Rómulo siempre apuntaba todo en esa libretita y en otras que la habían precedido y conservaba con mucho orden. Milagro debió de ser que al traerse todas las libretitas de la Vieja España éstas no hundieran la carabela. Y debía de tener mucha costumbre de escribir sin luz porque mientras escribía no dejaba de mirar a quien hablaba. Ya lo creo, se decía, tenía mucha intención eso de que mujeres jóvenes y santas se dedicarán a honrar a las abuelas. Había cosas muy profundas en las Indias. Menos mal que se decidió a escaparse y venir a este lugar tan importante. Es que era esclavo en Argamasilla de Alba y se fugó y se apañó para venir a las Indias y no porque rabiara lo indecible contra la esclavitud en particular. Era que el amo que tenía en ese momento, no era como el anterior, que le enseñaba muchas cosas y era un santo varón que le trataba como a un hijo y sí que merecía que se le sirviese y escuchase y él estimó debidamente el privilegio de hacerlo y le partió el alma cuando se murió. El último, en cambio, era una persona sin aspiraciones ni amor al saber y además un licencioso que no respetaba a las damas y no lo soportó más. Él no había venido al mundo para rebozarse en porquería como si el mundo fuera una pocilga y él un puerco. Él tenía aspiraciones, él esperaba algún día ser un digno caballero y quería aprender de quienes ya lo fuesen, de los mejores y más ejemplares, y quería servir a las damas, que tan expuestas estaban a la maldad del mundo. Según le fueron presentando al resto de los recién llegados, se dio por muy satisfecho, puesto que todos parecían personas de profundos sentimientos y saber y con sentido de la emulación.
Concluidas las presentaciones, Cuahuipil e Ilhuicáatl vieron llegado el momento de atender a sus asuntos.
-¿Y la carta, gallinita mía?
-Aquí, nocuahuipiltzin (mi Cuahuipil) –dijo ella señalándose dentro del escote. De ahí se sacó el pliego y juntos se acercaron a la capilla de Matlalcueye, donde tomaron una tea y la encendieron en el brasero que había allí siempre encendido. Salieron con la tea y, apartados de los demás, que seguían en las fuentes, él leyó y tradujo la carta, que era muy breve y decía:
“Por la gracia de Dios, Santiago de Cuba, 1-IV-1520
Querido primo:
Nos embarcamos para Sevilla. Vuelvo a casa. Tendremos que defender lo nuestro y los próximos acontecimientos pueden ser decisivos. Debemos estar allí y confío en que puedas venir. Me podrás encontrar como de costumbre. Si Dios quiere, hasta pronto. Él nos bendiga y no permita que nos apartemos de Su recto camino.”
Y debajo venía la firma que él conocía bien como la de su prima Marzuqa.
Terminada de leer la carta, se quedó pensativo. Las palabras de Marzuqa estaban calculadas para no levantar sospechas si alguien, por error, o por acierto, les abría la correspondencia. Lo que le daba a entender su prima era que volvía a Castilla porque se anunciaban acontecimientos de interés general y particular para los moriscos y, a juzgar también por lo hablado la última vez que se habían visto, lo dicho en cartas anteriores y las noticias más recientes llegadas de España a las Indias, indicaba también, por más que resultara difícil de creer que llegara a darse esa situación, que tal vez tendrían que pelear.
-¿Y cuándo ha llegado esto? –preguntó al fin Cuahuipil.
-Llegó cuando llegaron los de Narváez a Tlaxcala. La traía un soldado herido de los que se quedaron con nosotros y no se acordó de que la tenía hasta que se puso bien y la halló con sus cosas. Yo me pregunté por qué no te la habían entregado a ti, puesto que estuviste en Zempoala y también aquí en Tlaxcala cuando nos casamos, pero ya no tenía remedio y, de todas formas, pues, ya sabes, más vale tarde que nunca.
-Claro, mujer. Sólo que yo también me preguntaba.
-¿Es importante? –Preguntó Ilhuicáalt.
-Sí. Me temo que ahora no hay nada más importante –contestó él mirándola a la cara.
Para que viera Ilhuicáatl por qué era importante, Cuahuipil iba a tener que explicar muchas cosas. Poco había conseguido decirle a ella cuando todavía les costaba entenderse por el desconocimiento de las lenguas respectivas y luego, cuando se casaron, apenas unas palabras. Es más, él había rehuido el matrimonio si antes no podía explicarle a ella claramente cuál era su condición y la ocultación a la que estaba sujeto pero, al final, el temor de morir él y Xiloxóchitl y que ella perdiera sus derechos de viuda le habían convencido para obrar en contra de su otro criterio. Ahora, si ella no podía o no quería asumir la carga que llevaba él, encontraría la manera de liberarla de la atadura. Lo primero, pues, era exponerle todo eso con exactitud: la condición de él, lo que había en la Vieja España y las injusticias que se hacían a sus gentes.
-Pero lo que me estás diciendo es que entre vosotros también hay abominables tiranos que os sacrifican y amargan la existencia –decía Ilhuicáatl.
-No lo sabes tú bien, mi pochola.
-¡Pobre Cuahuipil mío! Y hasta puede que hayas venido aquí escapando de aquello –dijo a modo de pregunta.
¿Era así? En parte sí y en parte no. Había dos cosas que se reforzaban. Sí, escapar de lo que no se puede evitar hacia otro lugar, hacia otro tiempo que, por no existir todavía, se espera que encierre todo el bien que se desea y en el que no haya aquello que se desea abandonar. Luego, naturalmente, las cosas no son así y, se vaya donde se vaya, el mundo no se endereza y en algún momento uno ha de decirse que no se puede huir de la realidad, que el ideal siempre está más allá y que es donde uno se encuentra donde debe dar la cara. Claro que, si no hubiese huido a las Indias, no habría conocido a esta santa mujer ni a todos a quienes había conocido ni habría vivido lo que había vivido y de eso no se podía arrepentir ni podía renunciar a ello porque era un don divino, que quizás no había buscado, pero que El más Generoso le había querido dar y que él veía como muy valioso. ¿Un don en pago a la cobardía? No. Seguramente no. Tal vez una lección y sobre todo un acicate a la fe, una muestra de que, por tortuosos que sean los caminos y aunque todo esté siempre más allá, la fe siempre está aquí y ahora, en uno mismo, lo más cierto de uno mismo, se halle donde se halle.
Pero ahora ¿qué hacía? Marzuqa que, como él, también había huido, había regresado para luchar por la causa de la justicia, la causa de Dios. Y aquí, en estas Indias ¿cuál era la causa justa? La de Tlaxcala, los bravos totonacas y los pueblos esquilmados por el imperio de Tenochtitlán, de eso no cabía duda. Pero lo que se venía encima de ellos era otro Tenochtitlán doblado detrás por una Roma que seguía siendo imperial, aunque con ropaje de iglesia, y por otros imperios o aspirantes a imperios, todos con sed y garras de lobos, tan renegados unos como otros. ¿Por qué los que estaban en las Indias, el capitán Cortés y los demás no se alzaban contra las tiranías del Papa y del César? Sospechaba que eso es lo que había hecho Marzuqa, escapada como él, que ahora volvía con un cónyuge indio, como él. Pero lo de las Indias -y esa era la otra cosa que reforzaba a la primera- era como una embriaguez, una embriaguez que, como para muchos no tenía el inconveniente de la ocultación que pesaba sobre él, no veían necesidad de curarse de ella ni de defenderse de ella ni de hacerse preguntas sobre ella. Nada les quitaría a tantos compañeros como había conocido de seguir en las Indias, ni a otros muchos de venir a ellas y de conquistar y de ir aquí y allá, porque, más que escapados, parecían disparados, como él mismo y Marzuqa lo habían sido, y no les importaba si morían o sobrevivían. Era una codicia o aspiración no por comprensible o compartida más racional, porque la codicia era muy poderosa, pero los riesgos y peligros andaban a la par. No obstante, no por poco racional era menos real y avasalladora. Y finalmente ¿cuándo habían actuado los seres humanos como seres racionales? La razón justifica después lo que hace la pasión primero. Pero por qué se hace lo que se hace, muchas veces sin entenderlo o engañándose, ¿lo sabe alguien aparte de Dios?

La Zarzamora
29/06/2012, 08:56
-¿Tú quieres seguir ligada a alguien siempre en peligro de ser descubierto y quemado?
-Si no supiera el sentir con que me haces la pregunta me llegaría como el mayor de los insultos –dijo muy seria y luego, socarrona y amenazando con la mano, prosiguió:- y te mandaría a mi hermano para que te diese un escarmiento –para terminar, ya sin guasa, aunque menos seria:- Sólo tengo un corazón y una palabra y estoy con los perseguidos y no con los que persiguen, así que espero que esta sea la última vez que se hacen preguntas sin seso en esta familia.
¿Qué habré hecho yo para merecer esto, Dios mío? Se preguntó Cuahuipil, aguantando las lágrimas y estrujándole las manos con fervor.
-Entonces ¿qué dices que hagamos?
-Debes volver y pelear, si es que es eso para lo que te llama tu prima. Si no lo haces, aunque Dios te lo perdonase y los demás te lo perdonásemos, tú no te lo perdonarías.
-¿Y tú?
-A mí me importa tanto como a ti. Yo voy también. No puede ser que nosotros aquí estemos padeciendo por unos endiosados y que luego allí otros como ese César se alaben de sus fechorías tan regiamente. Todos los tiranos merecen la rebelión. Y más razón para que vaya si luego los cristianos de aquí lo van a obedecer y hemos de morir peleando contra ellos o aguantando lo mismo que ellos o a ellos si son como ese César.
-¿Vendrías conmigo, entonces?
-Sí y, fíjate, que si supiera valerme allí, iría aunque tú no fueras.
Eso le arrancó una sonrisa conmovida. Luego dijo:
-De Marzuqa tú no des nunca a entender a nadie, ni siquiera a Xiloxóchitl que es mujer. A ti te lo he dicho porque temo traicionarme y prefiero advertirte. Si hablas de ella como morisca con las personas que estén al corriente, habla en masculino y dile Marzuq y, con quienes no saben ni eso, dile el nombre cristiano que pone aquí. Si tienes la más mínima duda, di sólo este último.
-Alonso Fernández de Velasco.
-Eso es.
Siguieron pensando y debatiendo todavía un rato hasta que Xiloxóchitl se resolvió a acercarse y preguntar si sucedía algo grave y, entre Ilhuicáatl y Cuahuipil, lo pusieron al corriente. Y los tres se quedaron pensativos.
-¿Y Marcos Bey qué dice? –preguntó al fin Xiloxóchitl.
-No lo sé –dijo Cuahuipil-. Muy amigo del César no me parece que sea. Por cierto, debemos andar con cuidado de a quién le decimos qué cosas. Para los cristianos que están aquí, en la Vieja España no pasa nada y todo es como debiera, porque aparte de que las noticias llegan cuando ya hace meses que han pasado las cosas, tampoco creen que se llegue a un enfrentamiento de verdad entre las comunidades y el Emperador y, de todas formas, lo que suceda allí queda en segundo plano y quien manda manda y sanseacabó. Es decir, que lo que les va a importar mientras haya César es lo que pueda decidir el César con respecto a ellos, de manera que no conviene que lo que hablamos aquí llegue a oídos indiscretos, no sea que nos encontremos con malas sorpresas una vez allí. En cuanto a Marcos Bey, no creo, desde luego, que nos vaya a traicionar pero tampoco estoy seguro de cuál sería su actitud.
-Lo que no veo es cómo vamos a ir de aquí a la Vieja España. ¿De dónde vamos a sacar un barco? Porque hasta allí no se podrá ir en acale de remos como los que usamos por aquí ¿o hay alguna manera? –dijo Xiloxóchitl.
-Alguna habrá, Dios mediante. De momento, por ahí andan todavía los de la expedición de Garay al Pánuco, de la que se nos unieron unos cuantos hombres al venir de Zempoala la última vez. Eran varios navíos y, si vamos a la costa rápidamente, seguro que alcanzaremos alguno. Y, puestos en lo peor, naves varadas hay suficientes como para que alguna de ellas se pueda aprovechar. Nos llevaría más tiempo, eso sí, pero creo que para llegar a Cuba se podría apañar.
-Ya. Entonces ¿no es imposible?
-Eso espero. ¿Y a ti que te parece? Hasta ahora no has dicho nada.
-Lo digo: si vosotros dos estáis de acuerdo en algo, yo también. Estoy con vosotros. De Marcos Bey… ¿Lo llamo que venga y se lo explicáis?
-Sí, será lo mejor.
Se fue Xiloxóchitl y vino Marcos Bey. Cuahuipil le habló primero con mucho tiento del estado de cosas en España, del que Marcos podía muy bien estar tan enterado como él, puesto que las noticias que tenía Cuahuipil gracias a la carta y a lo que habían contado los que llegaron con Narváez debían de ser las mismas que las que tenía el propio Marcos Bey, quien, contestando a lo explicado por Cuahuipil, dijo:
-¡Voto a tal! Ese césar es un demonio hecho carne. ¡Quiere que le llamen Majestad. ¡Eso! ¡Majestad! Hasta ahora los reyes de Castilla se habían conformado con alteza, que ya es. ¿Hasta dónde se cree ese endiosado que ha ascendido descendiendo de otros y heredando lo que no se ha ganado? Y encima ahora otros le ganamos imperios. ¡Voto a tal y voto a los diez mil! ¡Majestad! ¡En los infiernos se lo llamarán los demonios eso es, espero que a gritos! ¡Majestad! … Pero ¿y qué podemos hacer nosotros desde aquí?
-Desde aquí poco –contestó Cuahuipil-. Desde allí más. Por eso vamos a volver.
-¡Pero en las Indias aún queda mucho que hacer y que encontrar y yo había venido a eso!
Allí habló Ilhuicáatl:
-Piense vuestra merced, mi señor Marcos Bey, que, si siente interés por las Indias y sus gentes, la diferencia que puede suponer para ellas el que en Castilla reine un rey que respete los fueros de las gentes o que reine un emperador ensoberbecido, también alcanzará a vuestra merced y a lo que pueda encontrar aquí.
-Eso es muy cierto, señora, y no podríais tener más razón. Pero ¿irían vuestras mercedes solos?
-Eso es. Por el momento, nosotros dos y Xiloxóchitl. Por eso os hemos hecho llamar. Xiloxóchitl pensó que tal vez vuestra merced quiera venir también y unirse a las comunidades. Todavía tenemos que hablar con nuestro tío.
Marcos pensaba. Pensaba si de verdad llegaría a haber guerra. Tal vez las comunidades se impusieran sin llegar a ella. Si era así, era una tontería volver allá. Pero parecía que Xiloxóchitl ya estaba dispuesto a irse a la Vieja España sin más historias y sugerir además que él fuera también. Por más que él quería ver todo lo que había en las Indias, a estas alturas tenía pensado que eso lo iba a hacer con el Xiloxóchitl. Pero si Xiloxóchitl se iba, se le descomponía todo lo que tenía pensado. Con ese indio había salido todo demasiado bien como para pensar en prescindir de él, que los hombres de tan buenas cualidades no andaban a la vuelta de cada esquina. No podía arriesgarse a perderlo. Y si estos dos decían verdad, los planes se le iban al garete. “¡Voto a tal! ¡Voto a tal! ¡Voto a tal!”, se decía, pero en seguida se le ocurrió que, tal vez, después de todo, el suceso le venía bien. Tendría que aplazar lo de las Indias, pero igual se le resolvía su problema.
-Y ¿para cuándo sería?
-Para ahora mismo –dijo Cuahuipil-. No nos retrasaríamos más que lo indispensable para formalizar nuestra partida sin que se considere un abandono.
-Bien. Cuenten conmigo vuestras mercedes y para mañana es tarde, que no hay que dar tregua a los tiranos ¡voto a tal! ¡No podemos dejar que una blasfemia de emperador desbarate algo tan fabuloso como las Indias!
A esto asintieron los otros dos, que entendieron que era ya el momento de hablar también con su tío para concertar todo. Ilhuicáatl fue a llamarlo, mientras Cuahuipil se quedaba pensando en cómo a Marcos Bey parecía molestarle el que el César se arrogase el tratamiento de majestad. Para él, como muslime, llamar a cualquier persona majestad le resultaba blasfemo hasta producirle malestar físico pero, por otra parte, sólo era una palabra y las palabras no muerden, son los hechos los que hacen daño. Seguramente en esa palabra condensaba Marcos el escándalo de todos los atropellos a la gente común por alguien que se consideraba por encima de las leyes humanas, que se creía que él era la ley o que le asistía el derecho divino de disponer de personas y bienes como algo que se le debía y como si las instituciones de las gentes para regirse por sí mismas fueran caprichos tontos que debieran apartarse a un lado ante el poder imperial. Pero, bien lo sabía él, no les hacía falta llamarse majestad para actuar como si se creyeran dioses. Ahí estaban los reyes anteriores y sobre todo el renegado Jiménez de Cisneros y otros de su ralea, que Dios les hiciera justicia, porque si tuviera que hacerla él, seguro que se excedería.

La Zarzamora
29/06/2012, 08:57
En la otra punta y muy cerca del grupo ocupado en el culto a Nuestra Abuela formado por Teyohualminqui Coyol-limáquiz, Rómulo el de las libretas y Coyolxauqui, aunque sin hacerle gran caso, había estado la Vacatecuhtli que, excluida a su vez del conciliábulo comunero, observaba con su sonrisa torcida las idas y venidas por relevos de tío, sobrino y barragán para dejarla a ella al margen y tratar en secreto no sabía qué asunto, pero que adivinaba que tenía que ver con la carta que le habían llevado a Cuahuipil. Todo ello ya lo averiguaría en su momento y, llegado el caso, les echaría por tierra los planes que hubieran hecho sin contar con ella si es que no le parecían bien.
Ahora el que le estaba haciendo guardia era Xiloxóchitl. ¡Pero qué hombre tan relamido, suficiente y desdeñoso! Se ponía todo meloso con la ramerita y con el viejo que se había vuelto a Tenochtitlán para granjearse el servilismo de los macehauales tenochcas, como demostrando lo señores y generosos que eran los tlaxcaltecas y darle a ella en las narices. Con ella, sin embargo, como no había ningún servilismo que rascar, hacía como si no la viese, como si no existiese. ¡Valiente fatuo! Siempre ensimismado como si el mundo fuese para él demasiado poco. Mira que no le habían caído mal los tlaxcaltecas en general, porque la verdad es que, por mucho que le doliera confesarlo, le habían caído bien, incluso la hermana, que era completamente ridícula pero tenía atrevimiento. Él, sin embargo… ¡Cómo aguaba cualquier entretenimiento o diversión! Cuando contaba sus aventuras del 12 conejo, ¡cómo quería ser él el que más supiese, el que mejor pelease, el que mejor hablase! ¡Buah! Nada que ver con el tío. El tío sí que era todo un señor. En cuanto al barragán, ella seguiría virgen, cosa que le daba completamente igual, pero con el barragán pensaba seguir porque, como era teule, le hacía muy buen servicio y, encima, no le recriminaba nada, no le tenía que rendir cuentas de nada y no estaba siempre con el “es que nos dejas en evidencia” y “una dama tenochca no debería hacer eso” y “no deberías decir lo otro” y “no sabes estar” y “una doncella debería tal” y “una doncella no debería cual” y “qué van a pensar fulano o mengano o murmurar las paredes o comentar los paramentos” ni le ponía caras que decían eso mismo pero sin hablar y abrumándola con eso que decían o que se callaban, como si ella fuese una criminal que les robara el alma y la vida.
Y lo otro, pues bueno, para lo otro ya tendría tiempo y cuando quisiera ya se las apañaría pero la vida que llevaba ahora era precisamente la vida que, aunque no la hubiese buscado, había descubierto que era precisamente la que quería llevar, al menos por ahora. Y por qué él no la buscaba para hacer lo que hacen los barraganes no lo sabía y, sí, claro que hubiera querido averiguarlo. Que no era ningún vicioso ni sodomita le parecía seguro pero algo le decía que si hurgaba en esto los resultados podrían no convenirla y, por tanto, mejor no averiguar. Ya él le había dejado claro que, cuando ella quisiera irse, era libre de hacerlo sin ningún estorbo y sin mala sangre. Todo lo contrario, con la promesa de su amistad y lealtad eternas. No que se fiase de las promesas, y menos de este loco, pero ¿qué más se podía pedir sin promesa ninguna? Vamos, ni comparación con lo que le hubiera tocado de haber sido concubina o esposa de un principal del imperio: condena a perpetuidad a tejer día y noche. Sólo imaginarlo la ponía enferma. Que sí, que era mexica y lo sería hasta la muerte y serviría a su patria también hasta la muerte pero que la vida que llevaba con el barragán era completamente de su gusto. Lo único que la molestaba de él era la cuenta que le tenía al estirado de Xiloxóchitl pero eso era por lo untuoso que era éste con los teules que parecía que se corriese por tratar con ellos, como si ya estuviera en otra categoría y no pudiera luego tratar con simples humanos. Con lo que a ella le gustaba que soñara la gente y en la cueva casi estuvo tentada de disfrutar y de zaherirlo con lo mal que lo pasó soñando. De lo retorcido y aguado que era le daban las pesadillas, seguro.
En cambio el tío… sí, era otra cosa. Si ella se casaba algún día quisiera que fuese con alguien así, bien parecido, sin complicaciones ni historias y sin pretender gobernarle a uno la vida, con ingenio y desparpajo...
El tío precisamente era el que ahora decía a los confabulados:
-Si pasaseis por Tlaxcala antes de volveros a la Vieja España, os retrasaríais y, si perdéis un barco por eso, luego os recriminaríais de lo lindo y además tendríais que dar explicaciones cumplidas a los mandos. De palabra siempre se dice más de lo que se quiere. Es mejor que yo dé explicaciones escuetas porque sencillamente no sé más y que vosotros escribáis una carta con vuestra justificación y las palabras exactas que os convenga poner.
-¿Y Coyol-limáquiz no dirá nada?
-Ya me ocuparé yo de cubrir ese flanco y confío en que satisfactoriamente –sí, ya sabemos lo que sentía Teyohualminqui por ese par de flancos y lo satisfactoriamente que podían llegar a cubrirse según su idea.
-¿Tú no vendrías tío?
-Alguien tendrá que quedarse aquí para llevar en mano vuestras justificaciones de que no os habéis largado por las buenas. Tengo también mi parroquia que ya he faltado bastante. También cuidar de que, por ignorancia, no hable de más Coyol-limáquiz. Y luego está Coyolxauqui, a quien, como bien dice Cuahuipil no se puede dejar colgada y en manos de gente que no conozcamos después de prometerle y comprometerla. Una palabra dada es una palabra dada. Yo la asumo en nombre de todos. La señora Coyol-limáquiz es muy dispuesta y será bienvenido lo que haga, como si es todo, pero no se le puede imponer. La responsabilidad es nuestra.
-Me siento en deuda. Fui yo el que se comprometió y ahora os lo cargo todo a vosotros –dijo Cuahuipil con sentimiento de culpa.
-Para bien o para mal, ya no hay vosotros, hijo mío, sólo hay nosotros, y Coyolxauqui también es nosotros. ¿Y sabes de algún lugar donde podamos mandarte correo?
-Sí. Os lo voy a poner todo por escrito y creo que es mejor ya que nos pongamos a redactar las cartas y lo que disponemos sobre los demás asuntos. ¿Qué justificación daremos para volvernos a la Vieja España así, sin más? Puesto que he recibido una carta y eso consta, puedo escribir que se me reclama en la Vieja España por cuestiones familiares y testamentarias que no puedo desatender, pero claro, esa excusa no valdrá nada más que para mí. Sería mejor una sola excusa, la misma para todos.
-¡Voto a tal! ¿De qué excusa habláis? No hace falta ninguna excusa. ¿Cómo podéis haber olvidado el pliego que nos entregó el moribundo Juan Tonelero haciéndonos jurar a los tres que aunque nos costara la vida lo haríamos llegar sin defecto, en persona y en mano al Nuncio de su Santidad ante el César? Debe de ser secretísimo o encerrar profecías, porque no nos quiso decir nada de lo que trataba. O a lo mejor no. A lo mejor es que como estaba in artículo mortis ya no podía dar más de sí el pobre hombre. Nosotros hicimos lo que pudimos, rezar por él apresuradamente, porque nos daban alcance los mexica, cerrarle los ojos y ponernos a recaudo junto con el pliego. Y gracias a Dios que lo conseguimos.
-¿Quién es Juan Tonelero?
-¡Voto a tal! ¿Y yo qué sé? Lo tendrá que saber el Nuncio, digo yo. Y si él no lo sabe que le pregunte al Papa que nosotros no pudimos hacerle hablar tanto. Tenía la cara destrozada y, aunque lo hubiésemos conocido antes, no lo hubiéramos reconocido después de ese descalabro. Nadie nos puede exigir más. Eso sí, hay que advertir a Xiloxóchitl que se guarde de hablar de dentaduras, que eso pudiera desorientar.
-¿Y ese pliego lo tiene vuestra merced?
-Ese pliego, con todo el trasiego, ahora mismo no sé dónde está pero lo vamos a encontrar, no sufra vuestra merced. Vamos a ponernos a escribir que seguro que aparece. El hermano Xiloxóchitl me echará una mano por si hubiera dibujos indios que necesitaran de interpretación –dijo esto último echando una mirada hacia el interesado, que seguía haciendo guardia a la Vacatecuhtli.
Cuahuipil no dejaba nunca de admirarse con Marcos Bey. ¿Para qué era para lo que este hombre no tenía una astucia con que salir del paso? A ver si también para torear a la Vacatecuhtli tenía algún plan.
-¿Y qué pasa con nuestra espía de Tenochtitlán? ¿Qué hacemos?
Precisamente eso, qué habría que hacer con su barragana, es lo que acababa de descubrir Marcos Bey con gran pesar de su corazón. Cuando ya se había conformado con no seguir en las Indias y tomado las cosas por el lado bueno, que era que así podría seguir él con el Xiloxóchitl y ya volverían más tarde y que, además, se desharía del problema de la Vacatecuhtli. Sí, eso pensó: Vacatecuhtli se quedaría en las Indias y reemprendería su vida tal vez con otro barragán o con un buen marido mientras él se iba con el Xiloxóchitl y todos contentos. Pero pensó mal porque, volviéndolo a pensar, eso no podía ser.
Marcos Bey, hacia fuera, era una persona a la que no había nada que la molestase. Pero sí que lo había, al menos ahora. Hacia fuera él mostraba ser una persona resuelta y decidida que nunca vacilaba, pero hacia adentro, aunque también era una persona resuelta y decidida que nunca vacilaba, tenía sus conflictos, que eran poquísimos o, mejor dicho, no eran poquísimos, era sólo uno, pero muy gordo, porque sencillamente no dependía de él. Conflictos consigo mismo no tenía ninguno. La cosa es que él nació mujer, pero cuando al ir creciendo se dio cuenta de que ser mujer era un aburrimiento y un ovillo de trabas, lo solucionó: es decir, se vistió de varón, empezó a hablar siempre de sí en masculino y, en suma se convirtió en el varón perfecto, o sea, en un ser completamente imperfecto, pero libre. Libre y despreocupado, y él sería más despreocupado que ningún varón puesto que él estaba seguro de que jamás preñaría a nadie.

La Zarzamora
29/06/2012, 08:59
Claro que, con esa génesis de su virilidad, las cosas podían complicarse mucho. A él le complacían las Indias, quería seguir en las Indias. Esta vida de aventuras y guerras era la que él quería y la que le gustaba. Estar en el presente, emprender, hacer, vivir al límite, a la ventura… Tampoco era ningún descastado y tenía honra y sentimientos. A su familia, que no lo veía a él desde que se volvió varón, le escribía a menudo, contándole aquello que, fuese verdad o mentira, más contenta la pusiera; también sentía apego a su tierra y, cuando la vida que llevaba se lo había permitido, había pasado por allí de incógnito y había visto a sus padres, hermanos y sobrinos sin que ellos lo supiesen y los quería mucho. Incluso, cuando se veía con medios, mandaba dinero o regalos. A este César Carlos lo veía como una maldición. Ya eran bastantes los abusos y las inquisiciones antes de él, pero con él se anunciaban ya por fin todos los males que aún le faltaba a España por reunir. Eso lo sabía antes de que le trajeran la carta a Cuahuipil, aunque hubiera querido olvidarlo, y, de hecho, el había hablado y despotricado con Cuahuipil y otros de las cosas que se permitía ese condenado César. Pero lo que lo llamaba de verdad era llegar a esos lugares fabulosos con los que había soñado muchas veces y sobre los que había leído todo lo que se podía encontrar. Y cuando conoció al Xiloxóchitl creyó tocar el cielo. Si ese no era el indio ideal para vivir lo que se había propuesto, que Dios lo dejara sin sesos, porque estaría demostrado que no le servían. Claro, era admirable que el Xiloxóchitl quisiera librar a las Indias de la peste imperial y que quisiera ir a la Vieja España, pero eso, cuando lo oyó, sintió que le desbarataba todo, porque no se podía ahora hacer a la idea de prescindir de él. Era el mejor indio de toda la historia. Ante la disyuntiva, decidió que haría como Xiloxóchitl y volvería a la Vieja España él también, en la esperanza de que las Comunidades le dieran un soberano repaso al desafuero imperial y de que después, sin más problemas, pudieran volver a la búsqueda de los lugares fabulosos. Y al pensar en todo esto ni siquiera por un momento se le pasó por las mientes la Vacatecuhtli. No sabía por qué, creyó que ella se quedaría en la Nueva España y seguiría su propio rumbo, ya libre de su relación de barraganía. Pero, eso, claro, volviéndolo a pensar, no podía ser. ¡Malhaya y mil veces malhaya el entrometido de Moctezuma! Cuando él acababa de encontrar a este indio tan perfecto que era el Xiloxóchitl, que no se podía pedir más en el orbe y que además parecía prometer que se podía confiar en él, tuvo que surgir el Huichilobos -y le decía Huichilobos porque a él le había hecho mucho daño-. Si no fuese por eso, era desde luego un dios magnífico y muy guerrero pero, por la gracia del parecido, el manazas del Moctezuma le había buscado la ruina, con una barragana que él no había pedido y que claro estaba que no podría complacer jamás de los jamases ni tenía maldito el interés en complacerla como tal barragana. Donde estuvieran los indios que se quitaran las indias, incluso las muy buenas como la Vacatecuhtli. Porque, eso también tenía que reconocerlo, era una india fabulosa, que no se podía pedir mejor y él la quería bien. Pero jamás se metería él en ningún enredo con ninguna hembra. Quita, por Dios, que los varones serían un desastre para todo lo demás, como lo era él mismo, pero para eso… Bueno, eso esperaba al menos. Y este Xiloxóchitl seguro que no lo decepcionaría… Y, claro, por no mencionar lo peor con la Vacatecuhtli y es que se delataría. Pues así fue que, al oír el anuncio de que Moctezuma le daba la barragana y verse pillado, imaginó que la cosa iba a terminar, si no mal, -porque de que no fuera así ya se cuidaba él con las cosas que dejaba caer de que si harenes y de que si cautiverios-, sí de manera poco airosa. Pero ahí, la santísima trinidad formada por la suerte, la casualidad y la divina providencia, lo protegió. La muchacha era de muchos doblones de todo lo que valía y no se entendían nada mal ni veía él que tuviera tan mal carácter como decían. Era una mujer muy cabal y a él le agradaba mucho pero, claro, convenirle no le convenía. Así que la enceló con el juego y se dejó ganar por ella para que cogiera confianza y se aficionase a las mismas cosas que él, de forma que, ya que no le podía ofrecer lo propio de la barraganía -si es que la quería, porque tampoco era que ella se le hubiera echado encima-, al menos entretenerla por otro lado dándole algo a ganar y que así no revolviese ni se quejase de que seguía virgen y que luego circulara la especie de que él era capón, cosa que él no podía ser porque no había nacido varón y por tanto no lo podían capar pero que siempre sería mejor que que lo descubriesen. Que era capón era lo que creía Cuahuipil porque él se había servido del ingenuo muchacho para dejarse esa puerta abierta en caso de apuro o de que se llegara a comentar que no le daba por ir detrás de las mujeres pero, también, sin que se pudiera jamás afirmarlo. Lo cierto es que la Vacatecuhtli sí que había dicho varias veces -y pudo oírlo hasta el Xiloxóchitl y hasta su familia allá en Castilla- que seguía virgen porque cuando se enojaba decía de todo y con él se enojaba muy a menudo pero entonces nadie le hacía caso porque ya se sabía que cuando se enojaba decía de todo. ¿Pero y cómo se deshacía él entonces de la Vacatecuhtli para quedar libre y poder llevar a buen puerto sus amores con el Xiloxóchitl sin que nadie lo quisiera examinar ni lo descubrieran ni lo obligaran a él a ser mujer y encima lo castigaran por vestirse de varón con esas leyes retorcidas salidas de mentes ponzoñosas que por todas partes ven pecado y como si pecar fuese algo malo? Hay pecados necesarios y que hay que hacerlos por temor de Dios porque lo último es temer a los hombres más que a Dios. Eso nunca. Él sería desbaratado, pero hereje jamás.
Entonces, cuando Cuahuipil le había hablado de la carta y lo pensó, vio el cielo abierto y se había hecho todas esas ilusiones. Y ahora se las tenía que deshacer más que de prisa porque a la Vacatecuhtli no se la podía dejar atrás, y menos contra su voluntad o despechada, aparte, para colmo, de que –y ¿cómo se le pudo olvidar ?- a la muchacha se le había metido en la cabeza no sé qué idea de unirse al turco. No. Claro que no se la podía dejar allí. Descubriría todo y, encima que él tampoco se había ganado mucho aplauso del capitán Cortés, tendría el infierno esperándolo en la otra orilla y en ésta también. ¡Vaya desastre!
Xiloxóchitl… ¡Voto a los mil! ¡Ése sí que era un indio! Veintisiete arrobas de oro y plumas valía en cada jeme de piel tostada y en cada onza de carne prieta. Una carne que él querría comulgar 27 veces al día todos los días del año, con el hambre además que estaba haciendo desde que lo conoció. Y, si Dios quería, comulgaría algún día, porque eso estaba cantado. ¡Qué cabellos! ¡cabellos de ángel triunfante y lleno de gracia, Dios te salve, Xiloxochitl, ahora y en la hora de nuestra muerte amén! Negros como el olvido y suaves como más olvido, como aquellos ojos de hurí que lo taladraban y que ojalá lo llenaran de agujeros. ¡Qué arrobamiento de pupilas y expresión! Pena que esos cabellos hubo que trasquilárselos, aunque él hizo buen provecho guardándose un par de mechones. Esos al menos lo acompañarían hasta conseguirlos todos. ¡Y qué no haría él con esos cabellos cuando los tuviese en sus manos! ¡Seda viva! ¡Muerte larga y suave! Bueno, bueno. Mejor dejaba eso ahora que tenía que tener el pensamiento claro y sereno a ver cómo salía él de este embrollo en que lo había metido el liante de Moctezuma.
Eso es lo que había estado pensando Marcos Bey a mil por hora mientras sucedía todo lo anterior y por eso, a la pregunta de Cuahuipil sobre qué harían conla espía de Tenochtitlán, contestó:
-Es mi barragana y bien sabe Dios que si ella no quiere venir, yo no la voy a obligar a hacerlo, que me lo impide el respeto. Pero también digo que dejarla atrás nos pondría a todos en peligro y más si es contra su voluntad.
-Eso es verdad –dijo Teyohualminqui.
-Estarla vigilando en la Vieja España y en las circunstancias no va a ser baladí –dijo Cuahuipil.
-Yo me ofrezco a ello. Me pegaré a ella como una garrapata –dijo Ilhuicáatl. Y luego riendo añadió –la presentaré diciendo que es mi esclava bufona que sólo piensa en hacer gracias, para que me la vigile todo el mundo. Como la gente cree que soy jorobadita les daré pena.
Rieron todos y Cuahuipil dijo:
-Aceptado el ofrecimiento.
-Bien entonces os la lleváis –dijo Teyohualminqui-. Me parece bien. Yo desde luego no podría vigilar lo que dijera o hiciese en Tlaxcala si se va con los cristianos, aparte de que supongo que os daríais cuenta de la facilidad con que salimos de territorio mexica, que no vimos a nadie vigilando ni nadie nos salió al paso y el único motivo que se me ocurre es que no nos pararon para que ella pudiera pasar sin contratiempo –dijo Teyohualminqui.
-Pues sólo queda hablarlo con Xiloxóchitl y, si está de acuerdo con todo, ponernos a escribir. Claro que a la Vacatecuhtli también habría que aclararle la situación.

La Zarzamora
29/06/2012, 08:59
A ello fueron. Xiloxóchitl se apartó algo de la Vacatecuhtli para dejar que los otros se explicasen con ella, cosa que hicieron lo primero de todo, insistiendo en que lo mejor para ella era que siguiera viaje adelante hacia las cabeceras de Tlaxcala con Teyohualminqui, Rómulo, Coyolxauqui y Coyol-limáquiz porque ellos se veían en la obligación de volver a la Vieja España y hacer pasar un mensaje a los turcos. El que dio la explicación fue el barragán que, como está visto, ya sabía algo de las imaginaciones de Cuetlachtli en cuanto a que el enemigo de su enemigo bien pudiera ser su amigo.
La reacción de la destinataria de esas explicaciones bien puede imaginarse que fue como para ponerse todos a cubierto. Y a cubierto fue Marcos Bey quien, mientras que los otros trataban de aplacar a la Vacatecuhtli, se había retirado hasta donde estaba Xiloxóchitl. Éste le decía:
-Si queríamos que fuese a las cabeceras, deberíamos haberle dicho que se tenía que venir con nosotros a la Vieja España.
-Es que es eso. Es que no podemos dejarla aquí y menos contra su voluntad. Nos hundiría todo. Piénselo vuestra merced. Y es mi barragana, entiéndalo también vuestra merced y, si me quiere acompañar, no puedo decirle que no.
Ilhuicáatl por su parte, al tiempo que sujetaba a Cuetlachtli con los demás, remataba la faena:
-En la Vieja España hay lobos. Son unas fieras como los coyotes, pero peor, que comen a la gente. Y además ahora hay guerra allí. Violan a las mujeres hermosas como vuestra merced.
-¡¡¡Que me quiten a esta chinche de encima que la mato!!!
-España está asolada por los terremotos. Las gentes mueren en tropel.
Lo que contestó a esto la Vacatecuhtli no es para citado, ni siquiera en un relato tan fiel como éste. No se lo había dicho nunca ni a su padre.
-¡Alto! –dijo Marcos Bey plantándose delante de todos- ¡Ea, vale! Bien sabe Dios que es contra mi mejor entender y que no voy a vivir allí de la preocupación pensando en los peligros a que os expongo, pero jamás os he obligado a hacer nada que no queráis. Todos sois testigos de que, contra mi voluntad y cediendo a la de doña Juana, no pongo ningún reparo a que venga a la Vieja España. Ahora bien, que sepáis, señora, que si algo llegara a sucederos, yo no tendría consuelo. Se acabó. No se discuta más. Siento que hayamos dado licencia a vuestros sirvientes para volverse con sus deudos, porque ahora vamos a seguir, sin más, viaje hasta la Vera Cruz y vuestra merced va a pasar incomodidades sin cuento y mares malísimos. Pero otra cosa os digo también: Yo sé que valéis mucho y que las incomodidades no os menguarán el ánimo ni los bríos. Vamos entonces a lo que íbamos que, aunque con merma, seguimos siendo el grupo más famoso del orbe.
Dio media vuelta y a grandes zancadas fue donde había dejado su fardo y a sacar de él recado de escribir, en lo que se le unieron los demás, menos Ilhuicáatl, que con sus mejores artes trataba de amansar a la fiera.
-No se preocupe vuestra merced. Yo os defenderé de los peligros en la Vieja España y no dejaré que os viole nadie.
-¡Que me quite las manos de encima esta puta chinche de ultramar o la mato a dentelladas!
Que no se hiciera ilusiones que tampoco era tan fácil matar a la puta chinche porque se movía rapidísimo. Y, además, tenía marido, que ya venía allí de nuevo a poner las cosas en su sitio:
-Yo lo que espero es que, ahora que vamos tan lejos, vuestra merced no se vaya a estar cayendo todo el tiempo como nos hizo cuando salimos de Tepetlaoztoc, que nos puso a todos en peligro.
-No te preocupes, Cuahuipil, corazón mío. Yo estaré pendiente de ella para que no se caiga, pobrecita.
Esta vez a Cuetlachtli, que sí que iba a estrangular a Cuahuipil por lo de la caída, al oír a la cónyuge meter otra puyita, de repente se le hizo media luz. Con el tiempo se le haría la otra media, pero ahora se limitó a calmarse en seco y a pensar: estos lo hacen a posta, putos payasos, monazos cazurros y putas fregonas. Y yo como una idiota bailando a su son. Ya, ya se la devolveré. De momento lo que dijo fue:
-Eso, señora Alcalá. Vos me ayudaréis a no caerme y yo os enderezaré la joroba para que parezcáis una fregona normal y ello en pago también de la función tan divertida que acabáis de dar.
-¡Pobre mujer! ¿verdad Cuahuipil? Tan joven y ya tan tocadita. Pero conmigo estará bien. No os preocupéis los demás. No voy a dejar que se caiga ni que le pase nada –remataba la jorobadita con carita dulce y complaciente.
Cuetlachtli se limitaba ya sólo a mirarla con una calma horrible, que tampoco impresionaba a la otra ni le perturbaba la expresión de tierna solicitud con que la miraba y eso al mismo tiempo que pensaba ya en otras cosas. Puesto que el abanto tenochca ya se dominaba un poquito, ella iba ahora a dejar en orden sus asuntos con Las hijas de la Sal, cuentas y todo. No tenía ella idea de que los mexica eran tan divertidos.
También el hermano, al hablar con su tío, tenía cosas que quería que quedaran bien atadas:
-Cuidad bien de Coyolxauqui –le decía-, la veo muy frágil. Quitarla de la ramería se lo debemos por su proceder y porque que se le ha prometido pero también era su mundo y lo que conocía y en lo que sabía valerse. Y ramera se puede ser en todas partes, también en Tlaxcala. Con nosotros se siente de prestado y ha confiado mucho en Cuahuipil. Hay que encontrar algo que hacer en lo que ella se sienta útil. Los peinados, los afeites o algo así... –la cara de preocupación de Xiloxochitl decía casi más que sus palabras.
-Sí. Es delicada la cosa y ya veo que se tiene en poquísimo. De momento ya le he buscado una misión, sin agobios, y le he hecho ver que dependemos de ella para que se haga, porque hasta ahora ha estado sin hacerse.
-Desde luego, el nombre, con la diosa a la que representa, le va que ni al pelo. Lo que no me explico es por qué los mexica tienen una diosa a la que despedaza el hermano. Es muy siniestro.
-Sí. Pero también muy real. Las varones muchas veces más que hermanos de nuestras congéneres parecemos verdugos.
-Dicen que ella quería matar a su madre ¿por qué si tenemos la misma religión a nosotros no nos ha contado nadie nada de eso?
-Cuando alguien está resuelto a cometer una atrocidad, siempre encuentra una justificación para hacer culpable a la víctima. Eso es lo que me sugiere esa historia así a primera vista pero la verdad es que no lo sé. También puede ser un suceso truculento que se haya mitificado. O un símbolo, demasiado trascendente para entenderse correctamente a nivel anecdótico… Como sea, confiemos en que, en esta ocasión y con la ayuda divina, sepamos juntar los trocitos de la descuartizada y volvamos a oír esos cascabeles de luna lunera .
Bueno, pues las cosas ya más o menos delineadas, la escribanía de media noche trabajó a tope. Rómulo sirvió a todos ellos lo mejor que pudo, entre otras cosas, yendo con Coyol-limáquiz a conseguir tortillas y huevos de hormiga, ambas especialidades tlaxcaltecas que, aunque las tortillas son de todas partes, el país que se llama país de las tortillas y las tiene de insignia y bandera, además de en enorme variedad, es Tlaxcala y no había derecho a que Vacatecuhtli que no había estado nunca en Tlaxcala se fuese de allí sin probar una. Parece, pues que, entre las tortillas y los escamoles (huevos de hormiga) y la diligencia de los interesados, consiguieron despachar todos los escritos necesarios para irse en paz.
Después de eso durmieron hasta el alba y al alba fueron las despedidas.
Uno que no se marchó muy en paz fue Cuahuipil que se sintió como el mayor traidor e hipócrita del mundo despidiéndose de Coyolxauqui y viendo la expresión de terror y desamparo en sus ojos.
-El padre Teyohualminqui sabrá ayudaros mejor que yo. Él es mayor y de más bondad y sabiduría, ya lo veréis, os lo aseguro. Decidle al padre Teyohualminqui para que me escriba lo que queráis decirme. Yo estaré a la espera de vuestras noticias.
Pero se quedó con ese peso en el corazón.
Todos se abrazaron y partieron los caminos.
¿Querría Dios que volvieran a verse en este mundo?

La Zarzamora
06/07/2012, 00:00
No sabían exactamente lo que se iban a encontrar al llegar. En Cuba tuvieron noticias más recientes que las que ya conocían, pero cuando de hecho llegaron a La Coruña se encontraron con que la guerra de las Comunidades ya llevaba varios meses. La sublevación había tenido lugar y se jugaba el destino de la Corona de Castilla, de España y de las Indias. Ahora ya sabemos que esa guerra se perdió. Como tantas guerras justas, porque, al fin y al cabo, en este mundo, parece que perder es lo suyo. Si no, hace tiempo que el mundo se habría acabado porque ya no quedaría nada por hacer ni ningún bien que perseguir y entonces donde se hallaría uno sería en el más allá pero no en este mundo, que es una infinita sucesión de partidas que jugar sin que ninguna para él sea la definitiva, sino el anuncio de una nueva en que nuevamente habrá muchos perdedores. Pero, como, de todas formas, las personas tampoco son eternas, más bien de vida corta, y no teniendo eso solución, pues lo importante es cómo se vive y cómo se muere, si huyendo y escondiéndose o dando las batallas. Y de cada partida siempre se saca algo tan humano como aprender aunque lo que se aprenda sea a perder.
Una vez en Castilla, consiguieron dar sin grandes dificultades con el paradero de Marzuqa, con quien se encontraron en Peñafiel. Aprovechando un día soleado y hermoso, salieron los cinco amigos con ella y el marido fuera de la ciudad a dar un paseo por la orilla del Duratón.
Cuahuipil la había presentado como Marzuq, su primo, cuyo nombre de batalla era Alonso Fernández de Velasco, que ella había adoptado como burla del Condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, uno de los dos principales sicarios castellanos del Emperador. Marzuqa a su vez presentó a su compañero Jumbusu, indio emberá del Darién, con el que a veces hablaba en lo que suponían era el idioma de él. Todos charlaron amigablemente. La conversación la seguían con alguna dificultad Ilhuicáatl y Vacatecuhtli, quienes todavía no conocían bien el castellano pero alguno de los otros siempre se ocupaba de enterarlas de lo que no hubieran comprendido. Luego Marzuqa los puso al corriente de los acontecimientos hasta ese momento y expuso al mismo tiempo a grandes rasgos lo que a su entender era la situación general e histórica de España y la relación que guardaba con todo lo demás. De vez en cuando paraba para dar lugar a que todos se enteraran de lo hablado.
-El estado de cosas actual –decía- no viene de ayer. Viene de muy atrás. Al perder Roma el predominio y escindirse el Imperio Romano, no lo perdió de tal forma que no transmitiera su espíritu y pretensiones imperiales a un sucesor. Éste modificó sus miras y estructuras incrustando sus aspiraciones imperiales en lo que vieron como el mejor soporte para sus designios, a saber, la Santa Iglesia de Cristo, en este sentido imperial, ya bien llamada Romana. Es lógico que quien busca el poder y el reino de este mundo haga eso. Incrustarse en el medio que más capacidad de acción le dé para imponerse a todos y a todo. Y un medio religioso es muy provechoso, porque se hace parecer que la intimación a someterse al imperio es el propio Dios quien la hace, que es el Imperio de Dios lo que se acepta o se rechaza. Colocados en esa falsa tesitura, el sentimiento de culpa por transgresión que se inculca en los fieles si no siguen a esa sacra autoridad los mantiene sujetos más que cualquier grillete. Si, encima, se da a ese imperio una cara amable a la que acogerse, zafarse no es fácil.
-¿Pero y no se dio cuenta la Iglesia?
-¿Por qué iba a darse cuenta? ¿No vemos todos los días como en una familia o en un gremio, en cualquier grupo, puede ingresar un nuevo miembro que a todos cautiva con sus buenas maneras, sus buenos propósitos, sus buenas palabras y que a la vuelta de los años, sólo entonces, se dan cuenta los demás de que es un encizañador, de que los ha utilizado a todos, de que se ha servido de ellos y de que ya no lo pueden echar, incluso de que es él el que puede echarlos a ellos? ¿Quiere decir eso que toda la familia sea vil? No. Seguro que ahora habrá en ella más viles que antes, porque quienes entran con el designio de poseer y apropiarse, buscan los modos de corromper al resto, de pasarlos de manera imperceptible y sutil a su bando, al bando de lo que suelen llamar la realidad y que es el reflejo de su propio espíritu ruin y codicioso. Y quienes siguen apegados a la virtud, aunque sean los más, de alguna manera quedan marginados como pobres diablos.
-¿Y eso pasó con la iglesia de Cristo?
-A muy grandes rasgos sí. Lo que no quiere decir en modo alguno que no haya una base real y pura en la religión cristiana o que sea falsa, como seguramente sabrá explicarnos mucho mejor que yo nuestro amigo Marcos Bey. Yo, como muchos moriscos que al principio de la iniquidad a la que se nos somete tratamos de entender la doctrina cristiana como medio de volver las cosas a su cauce desde dentro de esa misma doctrina, sé que hay enseñanzas hermosísimas en el cristianismo y maneras de hacerlas patentes que conmueven el corazón hasta lo más hondo. Doy gracias a Dios por ello, porque me ha hecho más creyente y no menos y me ha hecho comprender también que ellos son víctimas, que, por no parecerlo, tienen más dificultades también para ser plenamente conscientes de su condición y por tanto superarla. Y por ello también puedo decir que estas leyes inicuas que empujan a unas gentes de bien contra otras son obra de Satanás y no del Verbo de Dios. Ningún corazón de cristiano ha ideado esa necedad, que al pretenderla como cosa recta, deja de ser necedad para ser maldad.
Podríamos pensar que este atropello que se hace en las Españas de pactos solemnes sostenidos durante siglos y del derecho elemental de gentes sólo va a ser un episodio o algo pasajero y que las cosas van a volver a ser como antes si no fuera porque detrás hay un designio imperial constante, no sólo contra los que no son cristianos, sino contra toda cristiandad que quede al margen de ese designio imperial romano. Mirad lo que ha sido de la iglesia hispana. Los ritos, la liturgia, los saberes y autonomía, todo lo que tuviera una raíz en las gentes de esta tierra, ha sido persistentemente eliminado o relegado y convertido en marginal y mera anécdota o completamente ignorado y sepultado para ser sustituido por los usos y directrices de Roma.
Siglo tras siglo, Roma (llamémoslo así a falta de otro nombre) imperial, impostando la cara de la iglesia, ha barrido todo lo que no sea su liturgia, sus dogmas, su ley. Nada de autonomía para aquellas comunidades cristianas que la tuvieron. Quienes pretenden que predican la verdad cuando citan a Jesús diciendo: mi reino no es de este mundo, de hecho no vacilan en matar y mandar matar por su reino particular de este mundo y dejan morir a su grey en una lucha cruenta por ese reino suyo tan querido. Y, como en la desgraciada familia en la que se incrusta un encizañador e hipócrita, los imperiales terminan mandando sobre quienes, sin malicia para creer que sus “protectores” y autoridades lleguen a ese grado de doblez, siguen crédulamente sus dictados. Algo así no es en el interés de una España de reinos libres y de gentes libres. No. Es en el interés de una unidad perfectamente gobernable y sujeta a sus dictados imperiales. ¿Dónde queda el Maestro Jesús en todo esto? En ninguna parte. Lo que se enseña es docilidad a la iglesia imperializada y guerra al que no sea de esa iglesia imperial. Ni siquiera otros cristianos, como los de oriente se libran de ese azote. Cismáticos los llaman e igualmente los tienen por enemigos.
Con estos presupuestos, la guerra inacabable contra los reinos muslimes de España era de rigor y predestinada y, una vez acabada con el último, la guerra a las gentes judías y muslimes de toda España también era de rigor y aquí está, implacable.
Las coronas de Europa se han ido uniendo por matrimonios. Ahora Carlos de Gante, el hijo de Doña Juana, une en su cabeza las coronas de la mayor parte de la cristiandad occidental. Su título lo dice todo, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Rey de España. España, que ha estado siendo asesinada gradualmente durante siglos y que ya no existe. Ya es parte del Imperio. Viva el Imperio, mueran los pueblos. Se ha machacado, hasta casi incrustarlo en los cuerpos, el sentimiento de sumisión incuestionada al Rey y el atroz sentimiento de culpa si se dice o hace algo contra él. No el derecho de las gentes honradas es sagrado y mandado por Dios y la obligación de cumplir lo pactado, no, sólo el Rey y su autoridad son sagrados. Ése es el que tiene a Dios en su bolsillo, Dios me perdone.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:02
Quienes escuchaban a Marzuqa estaban espeluznados. Pero ella parecía tener mucha calma. Y prosiguió:
-Los muslimes no tenemos ningún poder. Nadie salvo el Imperio tiene poder, pero Carlos y sus lacayos imperiales, sobre todo traídos de fuera -aunque también ha conseguido ya lacayos reclutados aquí, porque los reinos de este mundo tiran mucho, sobre todo cuando en este mundo se está en los lugares más altos-, han colmado muchas paciencias y hay muchos cristianos viejos, comprendidos muchos eclesiásticos, que no reconocen el derecho divino del monarca. Hay muchos que añoran, aunque ya sólo sea retazos, una Castilla y demás reinos en los que nadie es más que nadie, en la que tanto montan unos como otros; nuestra tierra, nuestra gente de bien, quieren otra manera de regirse que nos reconozca la igualdad a todos, como es la ley de Dios. Y los muslimes debemos estar ahí. Estamos ahí. Somos muchos los cristianos nuevos, muslimes y judíos, que estamos ahí. No nos vendrá la salvación de ninguna otra parte. Es cierto que hay un grupo de cristianos nuevos que se han buscado a un borgoñón de la camarilla del Emperador al que pagan para que defienda ante él sus intereses frente a la Inquisición. Si no fuera porque la cosa es tan trágica y tan desesperados estamos como para hacer ésa y aun más grandes locuras, lo consideraría algo de lo que reír y regocijarnos.
No nos hagamos ilusiones, las posibilidad de salir triunfantes en este empeño, aunque hay mucho entusiasmo y mucha fe entre la gente llana y de la clase media, no es grande. Tienen detrás a todo el aparato imperial que es implacable, y subrayo implacable, abarca a toda la cristiandad occidental y tienen a la gente de guerra y eso es lo más decisivo, y no lo va a detener ningún escrúpulo ni conciencia. El Imperio siempre ha tenido mucha gente y medios de guerra, ha dedicado a eso más que a cualquier otra cosa y así es como se ha impuesto. Y ahora no es diferente. Las palabras no ganan batallas. Pero esta guerra, aunque la perdamos, hay que darla. Los cristianos y los judíos tienen sus mártires, que significa testigos, lo muslimes también tenemos los shuhadá, y significa lo mismo, testigos. Si creemos, daremos testimonio. Si creemos, no nos quedaremos cruzados de brazos mientras se nos arroja a la cara que España no existe, que Castilla no es Castilla, que los otros reinos no son tampoco, que es el Emperador el que dice qué es qué. Ganaremos o perderemos y se nos recordará o se nos olvidará, pero Él, El Heredero de todo tendrá nuestro testimonio de que las personas no somos juguetes en manos de los lobos humanos sino siervos Suyos que a Él rendimos cuentas. Y si quedan españoles o castellanos en alguna parte en alguna época, que miren atrás y sepan que hay testigos.
-¿Estamos seguros de que si triunfan las comunidades se quitaran las leyes inicuas y se cumplirán los pactos y que no serán luego las propias comunidades las que se vuelvan contra nosotros?
-Las comunidades somos nosotros, somos todos. Si triunfan las comunidades, no vamos a estar donde estábamos antes de que cayera Granada y antes de que se rompieran pactos mantenidos durante siglos. Estaremos en una situación mucho peor, que es a la que hemos llegado desde entonces. Por eso debemos estar ahora bien presentes en las comunidades todos juntos, para que cuando se ponga sobre el tapete, y lo pondremos, si Dios quiere, lo ocurrido con esos pactos y con la libertad de las personas ante Dios, se nos tenga que escuchar y atender. También daremos esa batalla y también daremos testimonio si llegamos hasta ahí.
Y voy con las Indias.
El imperio, y concretamente ése Imperio del que hablamos, siempre aspira a ser absoluto, es decir, a imperar por doquier y a no tener ningún imperio rival. Al iniciarse la expansión por los mares de los reinos peninsulares, descubrirse nuevos mundos de los que no se tenía noticia general y que parecían de fácil conquista, el poder imperial se encontró con unas ganancias de poder y territorio insospechadas, un maná que estaba ahí diciendo “tómame”. Claro, solas no se iban a tomar, pero para eso está la abundante población de los reinos peninsulares y su riqueza, una población que aumentó mucho en los últimos años y que también ha mostrado mucha inquietud y curiosidad. Dos pájaros de un tiro. Esa población que, de quedarse en sus reinos, con sus inquietudes y pretensiones, hubiera constituido un problema para el poder imperial, se desvía a la empresa de conquista, donde puede dar rienda suelta, sin temor a topes ni cortapisas, a esas inquietudes y pretensiones, pero encauzadas en el sentido más conveniente para el Imperio, de forma que lo que se gana y conquista es a favor del mismo Emperador y de la misma Roma a los que hubieran podido inquietar de seguir encerrados en sus reinos. Esto, por supuesto sustentado en el ya mencionado dogma del derecho divino del Rey y Emperador y en su deber de llevar a todos los pueblos a la “verdadera fe” y en la inadmisibilidad de cuestionar los actos o decisiones sean del Emperador, sean de la Iglesia.
Y será así más todavía de ahora en adelante. Si el Emperador consigue salirse con la suya en el cobro de los impuestos y servicios contrarios a derecho que pretende imponer a las comunidades de la Corona de Castilla, será la ruina de los artesanos e industriales, el sangrado total de la economía de esa Corona y sólo con el fin de sustentar sus continuas guerras, sus lujos, su enorme imperio y los dictados de Roma. Eso a su vez dejará a la gente sin pan, gente que, por fuerza, si quiere vivir, tendrá que ir a donde pueda hacerlo, es decir, a ese ancho mundo de allende el mar donde nadie le pondrá limites y hacia donde de todos los modos posibles se los empuja. No se quedará en Castilla, donde, de no tener otra posibilidad, podría crear problemas al poder y donde trabajar recibirá castigo y no ganancia y de la que se adueñará la miseria.
Y las Indias se someterán al poder imperial por la fuerza de la conquista con personas como nosotros, como ha sucedido hasta ahora, y después con los desterrados económicos de España, y de eso, se excluye naturalmente a los cristianos nuevos, a quienes, como creo que sabéis, se nos prohíbe pasar a las Indias, con muchísima lógica, porque la otra mano de la pinza del sometimiento es y será la religión. La religión pondrá la buena cara y la conquista y los españoles la mala bajo la común denominación de cristianos. Y las dos, como los muros de una lobera, tendrán la misma finalidad, atrapar a la víctima, como nos ha atrapado a nosotros. Si hubiera más de una religión invasora, eso indicaría a los indios que no tenían por qué tomar precisamente una religión y que tan buena podría ser la suya o cualquier otra como el cristianismo y destrozaría una de las manos de la pinza y buena parte de la otra y ya no sería el imperio de Roma. No pueden permitirlo. Y poco importará que entre los conquistadores o los colonizadores o los eclesiásticos haya personas buenísimas, malísimas, o regulares, porque, sean como sean, harán su función, ya que no verán factible ninguna otra. Por eso será inútil hacer juicio de esas personas y sí tendrá sentido hacerlo de su función y del porqué de esa función. La bondad de los que son buenos es un ariete para desgastar al enemigo del poder imperial, es tan arma como lo es un cañón, y más eficaz, puesto que no se presenta como tal arma. Un arma tan arma como la falta de escrúpulos y, de hecho, emplearla ya denota la falta de escrúpulos. Con ella los buenos harán que las víctimas confíen en su bondad o se sientan culpables no acatándola, mientras que esa bondad no va a retener ni a modificar los designios imperiales ni los va a hacer más escrupulosos.
Eso es lo que encierra el futuro imperial, tanto para los españoles como para los indios. En España hace muchos siglos que no hay oro ni plata ni casi ningún mineral. Si se echa a la gente que pudiera ser trabajadora hacia las Indias, Castilla no tendrá nada, ni pan, y para el Imperio llegará un momento, creo que ya ha llegado, en que se hará imprescindible el oro y plata de las Indias para las guerras imperiales y para los banqueros de Flandes que financian al Emperador.
Aquí, mi primo y yo y el amigo Marcos que hemos ido a las Indias, sabemos que cuando se está allí se las quiere como a lo propio y, a menos que se esté cegado por la mala pasión religiosa, uno no desea que desaparezcan tantas cosas buenas y de maravilla como encierran. ¿Malas? También. Pero así somos los hombres por doquier y cada cual tiene sus yerros y hermanos somos para aceptarnos y ayudarnos mutuamente. Ahora bien, si no son gentes como somos nosotros, los que estamos aquí, a las Indias irán otros, mejores o peores, da igual. Su función será la misma.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:05
¡Ojalá ganen las comunidades sobre el Imperio, porque se juega nuestra suerte y también la de las Indias! Si Dios lo quiere y así sucede y las comunidades se imponen en Castilla, Dios mediante y con buenos indios que conozcan cómo discurren las cosas y quién es quién y lo den a conocer a todos los demás antes de que la avalancha llegue a mayores, juntos podremos cumplir la voluntad divina y conocernos unos a otros como hermanos e iguales y beneficiarnos mutuamente con equidad y justicia. Si no triunfan las comunidades, me temo que las Indias no podrán resistir y no serán más libres ni mejor servidas que los propios reinos de España. En ese caso habremos también de aceptar la voluntad del Todopoderoso y también seguiremos todos siendo hermanos en la desdicha; y que Dios se apiade de quienes le son fieles en la fortuna y en la adversidad y bendiga nuestros días y nuestras noches, pues lo que es cierto es que Él es el siempre Victorioso.
Esta exposición impresionó mucho a los indios de la partida recién llegados, que ahora entendían mucho mejor cuanto sucedía y también veían todo mucho más negro. También a Vacatecuhtli, aunque entonces ni lo comprendió ni lo creyó enteramente. Sobrepasaba sus perspectivas. Pensó que hablaba una persona muy capaz que tenía determinados intereses y que eran éstos los que se traslucían en sus palabras.
Era de esperar, confiaban, que esa visión se dulcificase, sobre todo porque Marzuqa, a pesar de los negros nubarrones que describía, no parecía verse muy afectada por ellos, ya que se mostraba risueña y animosa. Tenía como uno de sus cometidos la formación de las huestes comuneras, que dejaban muchísimo que desear, ya que en su mayoría era gente del común sin experiencia bélica ni disciplina ninguna. Estaba claro que, lamentablemente, las Indias se habían llevado a muchos elementos que hubieran venido muy bien en el bando comunero. Como si dijéramos que el ejército comunero estaba en las Indias sirviendo al Emperador.
Aquí¬¬, sin embargo, no se va a insistir en batallas ni vaivenes bélicos, ya narrados en los libros de historia. Más bien seguiremos viendo cómo vivieron los acontecimientos nuestros amigos, o como murieron.
En Villalar cayeron Marzuqa y su marido Jumbusu. Dejaban huérfana a una criatura que había quedado con los abuelos maternos. La pérdida dejó a Cuahuipil desolado, en un sentido, peor que si lo hubieran dejado huérfano. Si cuando se mueren los padres el sentimiento es de pérdida irremisible de lo que fue, del propio pasado y del porqué y el cómo de uno mismo, con Marzuqa sintió Cuahuipil que enterraba irremisiblemente el futuro, el para qué de su vida y de su mundo. Todas sus ilusiones, todas sus aspiraciones, todo lo que lo había movido a la emulación, sus ideales, su camino de progreso en todos los órdenes, su idea de su propia comunidad y sociedad se habían gestado y los había ido vivido junto a Marzuqa y con su inspiración.
A escala general, a la desolación de esta pérdida se sumaba el mal camino que llevaba la guerra. Casi toda la nobleza de la Corona de Castilla, que en un principio se opuso al César porque éste la despreciaba para rodearse de flamencos y borgoñones, así como de un escandaloso lujo hasta entonces desconocido en la Vieja España, una vez que el César vio las orejas al lobo y dio marcha atrás en eso, ellos recuperaron sus privilegios y se volvieron contra las comunidades, de las que se habían servido con ese fin precisamente.
Que las cosas eran como eran y no de otra manera lo sabía Cuahuipil, como sabía también que tenía que asumirlo, pero no podía dejar de sentirse hundido. No podía evitar recordar, como si los tuviera presentes, aquellos árboles del huerto en los que él y Marzuqa hacían sus planes y dejaban volar sus ensueños desde niños. Y ahora el ave nobilísima que era ella había volado para no volver. Y ya no había ni árbol ni porvenir ni sueños. No había nada. Sólo quedaba él, que no era el árbol de su nombre, sino leña seca y cascarón vacío sin nada que lo impulsara. Y cuando le expresaba esto a Ilhuicáatl tratando de sobreponerse, ella le decía:
-Hablas con la culpa y la pena y no con el corazón. El árbol por el que yo te nombré no se seca. Y el árbol por el que te nombraron tus padres, Sháyara Zaituna, y que yo reconocí en ti cuando te vi, es eterno. Tú me has enseñado qué árbol es ése, me lo recitaste, recuérdalo:
“Dios es la luz de los cielos y la tierra,
Su claridad como un nicho
Y en él una lámpara
Y la lámpara en un fanal
Y el fanal estrella esplendorosa
Que se enciende de árbol bendecido,
Un olivo que no es ni de occidente ni de oriente
Cuyo aceite se alumbra
Aun sin tocarlo el fuego
Luz sobre luz.
Y a Su luz guía Dios a quien Él quiere.
-No, hermano, no eres un árbol seco, eres Cuahuipil y, aunque no te des cuenta de ello, tú das amparo y cobijo sin pedir nada a cambio y tu llama enciende a otros. Tú, que te ves incapaz de moverte, haces que se muevan los que te rodean. Tú me has movido a mí. Yo también soy un ave y también me he posado en tus ramas y, si Dios lo quiere, ahí tendré mi nido mucho tiempo. Si el ave que ha volado ahora te ha dejado tan maltrecho, es porque le diste mucho de ti mismo. Marzuqa te embelleció, pero tú también a ella. Y eso que se te llevó te lo guardará Dios para cuando vayas tú. Pero ahora estás aquí para que otras aves tengan donde posarse y enciendas la llama de quienes te necesitan.
Y cuando él oía esto, se conmovía. Se preguntaba qué podía haber hecho él para merecer esta mujer tan sabia. No, naturalmente no se la merecía. La generosidad divina la había puesto en su camino para que él pudiera hacer lo estuviera llamado a hacer en esta vida, que no sabía aun qué era, pero tal vez lo entendería alguna vez. Y razonando así, se recriminaba aún más por sentirse tan abrumado por el pesar.
Las nuevas de la muerte de Marzuqa y Jumbusu las llevaron Cuahuipil y los amigos personalmente a la familia y, como los cadáveres no los pudieron llevar ni hubieran podido enterrarlos como muslimes, celebraron el azalá de difuntos en privado, lo que no impidió que acudiera mucha gente, porque a Marzuqa todo el mundo la conocía y la quería, y saber que había muerto luchando por la causa comunera movió a muslimes y a no muslimes a la compasión y a querer rendirle a ella y a su compañero el último tributo, aunque fuera a la manera mora. Todos se conocían en la comarca y nadie iba a dar tres cuartos al pregonero, porque a todos había amargado la victoria imperial. Solo faltaba Marcos, que había dado confusas explicaciones para irse por su cuenta y no llevarse a la Vacatecuhtli. Creía Cuahuipil que tenía alguna cuestión familiar que resolver en Orgaz y que para ello quería estar solo. Habían quedado en encontrarse en Toledo.
En el pueblo de Marzuqa todavía le aguardaba a Cuahuipil, o Sháyara Zaituna, otro momento ingrato que él siempre había sabido que llegaría tarde o temprano. Más duro fue en esta ocasión por ser el motivo más doloroso. Cuando Marzuqa y él se marcharon de casa para irse a las Indias lo hicieron casados el uno con el otro y con esa premisa tenían la aprobación de sus padres, pero una vez lejos, lo primero que hicieron fue disolver el matrimonio de común acuerdo, sin haberlo consumado, para vivir como primos y luego irse cada uno por su lado a las Indias, aunque la idea era irse juntos, pero la muerte de la madre de él, torció ese plan. Más tarde Marzuqa volvió de las Indias para unirse al levantamiento de las comunidades y lo hizo con un marido indio y creyente, y con un pequeñín que dejaron con los abuelos cuando fueron a combatir. Entonces el padre, que adoraba a Marzuqa, no le recriminó nada. Siempre había sido la niña de sus ojos y el pequeñín le hizo olvidar cualquier disgusto. En cambio le rogó que no fuera a pelear, que se quedaran ella y el pequeño, que si acaso que fuera su marido, pero ella que se quedase. Y ella le dijo que los primeros muslimes, varones o mujeres, no rehuyeron la pelea ni la muerte, cuando aquella se hizo inevitable.
-Padres, soy de los pocos muslimes de Castilla que sabe pelear y andar con armas. ¿Quién va a defender nuestra causa si nosotros no estamos en la de todos? ¿Digo que soy una pobre mujer indefensa y me quedo en casa como si no supiera? A vos os lo puedo decir y al mundo entero y sé que nadie me lo afearía. Pero a Dios, que sabe, ¿qué excusa le daré? Os di un disgusto porque era joven, quería ver mundo y no supe hacerlo mejor y ahora seguro que lo haría de otra manera pero, aun así, nunca me he apartado del camino recto y si ahora lo que he aprendido por aquel disgusto que os di no lo pusiera al servicio de la justicia y de nuestras gentes ¿cómo me justificaría? No puedo, si soy sincera creyente, obrar de otra manera. Nuestro hijo y nuestras últimas voluntades se quedan con vosotros, no sé de mejores manos y Dios vela sobre todos.
Entonces sus padres vieron inútil discutir, sabían que no la disuadirían. Ahora que Marzuqa había muerto, el padre le recriminaba todo esto a Sháyara. Hubiera matado a Cuahuipil si eso le hubiera devuelto a su hija, pero como eso no podía ser y el dolor lo podía, lo que sí hacía era echarle en cara todo lo que no le había echado hasta entonces, el haberse llevado a su hija a las Indias, el haberla dejado vestirse de varón y el haber vivido de aquella forma que la había llevado a la muerte.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:06
Y a todo eso Cuahuipil no replicaba, primero porque se ponía en el lugar de su tío y no lo podía culpar. Si una mujer como Marzuqa hubiera sido hija suya y hubiera muerto él seguro que enloquecería. Y, segundo, porque, aunque por distinto motivo, estaba de acuerdo con que se le recriminase. Marzuqa valía más que él, siempre había valido más que él, siempre había valido más que cualquier persona que él hubiese conocido y más aún que por mujer capaz y llena de sabiduría, la tenía por santa. Siendo superior a todos, jamás hizo sentirse inferior a nadie. Nunca se encolerizaba, ni respondía mal por mucha que fuese la provocación. Ella, que no se saltaba un azalá, jamás recriminó a nadie por saltárselo. Y por todo eso se sentía ruin, porque él, que no valía gran cosa ni sería jamás gran cosa, seguía vivo, y ella, que era única y llena de virtudes y talento y que hubiera podido ser una gran adalid de los moriscos y de toda la gente común, había muerto, y eso le hacía sentirse como un ladrón que hubiera robado el puesto de ella en esta vida. Por eso el malestar del tío le era amargo pero no lo consideraba ni inmerecido ni desmedido, hacía con él lo que se merecía, aunque se equivocase en el motivo. Y lo sentía así a pesar de que él había estado muy cerca de morir también en la misma batalla y de que así hubiera sucedido si Marcos y Xiloxóchitl no lo hubieran sacado de una muerte tan segura como inútil, según iba el combate. Porque si hubieran vislumbrado algún provecho en seguir, ni hubieran sacado a Cuahuipil ni ellos mismos hubieran abandonado.
El chaparrón de acusaciones e imprecaciones del tío, sin embargo, no duró eternamente, porque en una de las repeticiones del ciclo lo cortó Vacatecuhtli.
-¿Vuestras mercedes son creyentes? ¿Eso dicen que son? Si lo fueran, estarían ahora mismo agradeciendo a Dios el privilegio de haberle ofrecido a sus hijos en sacrificio. Quienes mueren como ellos, no están muertos, sino vivos en la divinidad. Si creen, no avergüencen a sus hijos llorando y recriminando a lo tonto. Mientras otros se arrastran y se ceban como cochinos, sus hijos han peleado con honra y virilidad. ¿Prefieren a los cochinos?
Preguntar a una familia morisca si prefería a los cochinos era desde luego el acierto dialéctico definitivo y prueba de que la Vacatecuhtli, sin calmecac y sin universidad, podía desenvolverse en el mundo con plena eficacia. Dicho lo anterior, salió fuera a tomar el fresco y pensando, con muchísima razón, que no era por los muertos por quienes había que llorar, sino por los vivos, porque vaya desastre.
Y si la Vacatecuhtli dijo y pensó eso entonces no era porque desde el principio ella hubiera puesto el alma en la causa comunera. Si hubiera considerado más provechoso para los tenochcas cultivar al otro bando, lo hubiera hecho. Pero sin conocer el idioma estaba completamente perdida y a merced de los que sí lo hablaban y, por tanto, difícilmente podía campar por sí sola. Luego fue viendo que, en cuanto a salvar a Tenochtitlán, en la Vieja España no había nada que hacer. Los comuneros no iban a ganar y los imperiales le daban asco y no iban a asociarse con nadie a quien pudieran vencer sin asociación ninguna -desde luego estaban seguros y resueltos a vencer en las Indias por cualquier medio, incluso destruyendo a España, que es lo que estaban haciendo-, y nada les iba a hacer cambiar. El círculo del César con sus flamencos y su gusto desmedido por el lujo la atufaba a afeminamiento podrido. Y la alta nobleza española, mirando como buitres sólo por su medro personal y privilegios y usando a los comuneros y dejándolos tirados después, no le inspiraban más aprecio, aunque hubiera hecho de tripas corazón si los hubiera encontrado útiles para algo. Pero no, si el César y el papado querían un imperio y para eso sacrificaban a España, ellos bien contentos con tal de mantenerse encumbrados o de encumbrarse más y, para eso, no necesitaban pringarse con ningún príncipe indio. Para eso estaban Cortés y otros como él, de forma que, si fallaba Cortés, no faltarían otros beatos dispuestos a ganar pobres almas para la iglesia y oro para la causa del Sacro Imperio Romano Germánico. Despreciables.
Aparte de las reprimendas del tío, Cuahuipil se alegró de ver a sus hermanas y hermano y de comprobar que las largas ausencias no habían mermado el cariño. Y se alegró también de ver a sus sobrinos, que a su vez estaban en la gloria de ver indios de verdad y de tener una tía india y les hacían muchas preguntas y querían que los llevasen con ellos. Todo ello, sin embargo, fue muy breve, porque, terminadas las exequias y la reunión familiar, se pusieron camino de Toledo.
Ese trayecto dio ocasión a Xiloxóchitl de averiguar algo que le había dejado intrigado desde el funeral y que preguntó a Cuahuipil.
-Cuando dijisteis los rezos por Marzuq no sé si lo entendí mal: lo referido a él lo decíais todo en femenino y decíais Marzuqa. ¿A qué obedece eso?
Cuahuipil, con la cabeza en otra cosa, tardó en comprender la pregunta. Finalmente contestó:
-Sí claro, en femenino. Marzuqa era mujer. Con ese nombre sólo podía ser mujer. Si hubiera sido varón hubiera sido Marzuq. El género tiene que concordar.
¡Claro, hombre! Pura gramática. Y siguió aclarando:
-Significa bendita de Dios, afortunada.
-Pero tú hasta ahora lo habías llamado Marzuq.
-Claro. Yo no podía traicionar su secreto.
Así que era secreto. Xiloxóchitl cavilaba.
-Es decir ¿que era mujer, pero se hacía pasar por varón? ¿Es eso lo que quieres decir?
-Eso es.
-Y tu nombre muslime es Sháyara. Y aquí tu familia es como te llama.
-Sí.
-Parece nombre de mujer. ¿Cómo concuerda eso en este caso?
-No. En este caso da igual. Sháyara se puede poner a varón o a mujer. La palabra en lengua arábiga es femenina, pero en castellano es masculina. Y el nombre completo es Sháyara Zaituna. Es de una aleya del honrado Alcorán. Y siendo cosa y no persona se puede poner a varón o a mujer.
-¿Qué significa?
-Sháyara significa árbol…
Xiloxóchitl exclamó antes de que terminara de hablar Cuahuipil:
-¡¿Qué?!
-…Zaituna, pues como en castellano, aceituna. O sea, árbol de la aceituna, o sea, olivo.
-Pero ¿y eso cómo podía saberlo Ilhuicáatl? Tú me contaste que “Cuahuipil” fue un nombre que te puso ella, pero yo no sabía que ella sabía el tuyo anterior.
-Es que no lo sabía. ¿Cómo lo iba a saber, Xiloxóchitl? Nadie en las Indias conocía mi nombre muslime. No podía yo dejar que nadie lo conociese. Ni ella pudo hablar antes de ese día con ningún cristiano. O sea, aunque lo hubiera sabido todo el real cristiano ¿cuándo se lo iban a haber dicho a ella y por qué y en qué idioma?
Este recuerdo, el de cómo conoció a Ilhuicáatl y ella le dio el nombre por el que luego lo llamaban todos en las Indias era algo en lo que se recreaba muchas veces y que, incluso ahora, le hizo sonreír. Fue el día después de que los cristianos entraran en Tlaxcala, ya como aliados. La gente se acercaba al real a ver a esos hombres -y poquitas mujeres-, tan raros, a los caballos, los cañones, los perros… y todo lo encontraban novedoso. Y a curiosear vino también Ilhuicáatl con otras dos jóvenes. Y paseando la mirada se topó con la mirada de él, que también la paseaba, y ahí dejaron de pasearla. Se sonrieron, se acercaron y por señas y por las palabritas de náhuatl que conocía Cuahuipil finalmente se entendieron. Ella y las otras dos jóvenes dijeron sus nombres y él fue a decir el suyo, pero Ilhuicáatl lo detuvo, dándole a entender que no lo dijera, que ella lo iba a adivinar. Lo miró unos instantes y finalmente con una sonrisa resplandeciente, dijo “Cuahuipil”. Y para que él entendiera lo que significaba buscaron papel de amate y algo con que poder dibujar en él, y ella dibujó un arbolito y le preguntó si había acertado. Él, recuperándose de la sorpresa, dijo que sí, que sí había acertado. Y desde entonces fue Cuahuipil, y se quitó de atender por su nombre forzado, diciéndole a todo el mundo que le gustaba que le llamasen por su nombre indio.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:07
-¿Quieres decir que ella lo adivinó?
-¿Y qué otra cosa podía ser? Estuve a punto de mirarme a ver si por casualidad me habían salido ramas y hojas y no me había dado cuenta. Me dejó anonadado.
-La divinidad ha debido de querer mucho vuestro matrimonio.
No como el mío, pensó Xiloxóchitl. Pero volvió a lo que iba.
-Dices que Marzuqa era mujer. ¿Estás seguro?
-Sí, claro que estoy seguro. Nos conocemos desde que nacimos. Y ha tenido un hijo, que ya has visto en casa de mis tíos, con Jumbusu su marido. Y sí, de recién nacida fue mujer y siempre fue mujer.
O sea, que encima estaba casada y lo que habían creído que era un compañero suyo era su marido. ¡Viva la ropa cristiana, que permite el misterio! Xiloxóchitl trataba de recordar a Marzuqa. Las veces que lo… la vio se quedó impresionado. La primera le daba la espalda y, aun siendo menudo… menuda, le pareció muy gallardo, suelto de movimientos, lleno de dignidad. Y cuando le vio la cara, no le pareció particularmente hermoso, en cambio la expresión sí lo era, noble y llena de benevolencia. Y no le sorprendió el altísimo concepto en que parecía tenerlo… tenerla Cuahuipil. El paradigma de un verdadero señor. El compañero, Jumbusu, no se le asemejaba. Era corpulento, resuelto y no mal parecido. Tampoco muy hablador de primeras, aunque, una vez empezado, sí era comunicativo y entusiasta. Ahora, pensando en retrospectiva, parecían muy bien avenidos y tenerse en mucho el uno al otro. Sin duda los dioses habían tenido una gran fiesta recibiéndolos. Tenía también la impresión de que Marzuqa había presentido ese fin. ¡Y qué tristeza habían sentido todos ellos!
-¿Pero lo que no entiendo es por qué había de querer una mujer hacer vida de varón?
-¿Por qué, dices?
-Sí.
-Xiloxóchitl, trata de imaginarte que eres mujer en tu mundo, a tu nivel, y vive todo un día siéndolo, momento a momento, en cada detalle, lo que tendrías que hacer y cómo, vestir su ropa, lo que no podrías hacer y cómo, y cómo tendrías que hablar o no podrías hablar, y cómo te hablarían o tratarían. Hazlo, por ejemplo, mañana, y después si no te lo has respondido tú sólo, me lo vuelves a preguntar.
Xiloxóchitl ponderó eso unos momentos y luego dijo.
-Me parece que me sobra el día. Ya me lo imagino. Lo que no entiendo es por qué ellas lo quieren así.
-¿Lo quieren? Lo aguantan porque se las tiene engañadas, y a nosotros también, y porque, como el físico y los hijos las atan mucho, no pueden defenderse y hacer como quieren y a lo mejor también por eso prefieren hacer como que se dejan engañar. Y bien es verdad que entre la gente trabajadora, si es gente de bien y no gente mala, quizás no importa mucho, ser una cosa u otra, porque nadie puede evitar dar el callo y nadie puede permitirse grandes ambiciones, pero cuanto más acomodados, para las mujeres peor. Menos libertad y más imposiciones.
Desde luego, eso tenía sentido, en las Indias y en Castilla. Pero seguía pareciéndole increíble que el ser varón o mujer fuera hasta ese punto una cuestión de apariencias. No le cabía en la cabeza. Y ¿dónde le dejaba eso a él? ¿Era él abyecto? ¿Era aparentemente abyecto? ¿Realmente abyecto? Tenía pavor de saber, porque si era una respuesta que no deseaba, se confirmaría que sí, que era abyecto. Y prefería no saber antes que ser algo que no quería ser. Pero ¿cómo demonios eso podía depender de lo que hubiera detrás de una apariencia? ¿Qué culpa tenía él de las apariencias?
-Tampoco me explico cómo puede ser que nadie lo haya notado.
-¿Lo notaste tú acaso o se te pasó siquiera la posibilidad por la cabeza?
-Pues no. Pero yo no tengo experiencia en el mundo de los cristianos.
-Un mundo u otro es igual, se ve lo que se espera ver, Xiloxóchitl. Tú no puedes siquiera imaginarte las cosas que uno puede dejar de ver sencillamente porque considera que no existen, porque no se le han ocurrido. Yo lo sé porque eso lo viví con Marzuqa y pasamos meses en que no vivíamos del sobresalto de que se fuera a notar esto o aquello. Temores sin causa. Se ve lo que se espera ver y, por muchas pistas que des, no creas que se ve más.
Meditó eso Xiloxóchitl y luego dijo.
-Veo lo que dices, aunque resulta duro de creer, pero lo veo. Lo que no me explico es cómo se han podido casar, sin saber él que ella es mujer. Aunque le agradara, ¿Cómo se lo diría? ¿Y se diría a sí mismo algo que significaría que tenía un gusto invertido, aun no queriendo tenerlo?
Le pasaría lo que a mí, se dijo para sus adentros, que jamás querría admitir algo así.
-No, no se lo podía decir de ninguna manera por lo mismo que dices. Tenía que ser ella la que diese el primer paso.
-Pero ¿cómo lo pudo dar? Él pensaría que le estaba proponiendo algo vergonzoso y ella tendría que tener conciencia de eso.
-No, claro, tendría ella que estar muy segura y fiarse mucho para ponerse en sus manos revelándole su condición. Difícil ha tenido que ser, sin duda.
Pues donde le dejaba a él eso que acababa de descubrir era exactamente donde siempre, en que no tenía ningún elemento para dirimir la cuestión, salvo que Marcos tenía una barragana y eso tiraba por la borda cualquier ilusión que pudiera hacerse. Y que, por lo tanto, mientras lo que pudiese saber no fuera bueno, lo mejor era seguir a ciegas y deshaciéndose el estómago. Pero con eso y todo siguió lo mismo, dándole vueltas como había hecho de las Indias a Villalar y de Villalar a las montañas, como hacía ahora de las montañas a Toledo y como haría después de Toledo a Pasajes, de Pasajes a San Juan de Luz y de ahí a Marsella y de ahí a Estambul. Que ese fue el periplo posterior.
Por lo demás, la resistencia de los comuneros en Toledo fue como otro Villalar, pero prolongado. En lugar de durar un día, duró nueve meses. Que no fueron de embarazo, sino de agonía.
Si por Vacatecuhtli hubiera sido, después de la batalla de Villalar, hubieran abandonado esa guerra y hubieran pasado directamente a intentar conseguir la intervención turca en las Indias. Pero en este nuevo mundo no dominaba la situación como en su tierra, donde conocía su lugar, las costumbres y los usos y podía entender y hacerse entender. Su ignorancia la hacía parecer tan tonta como si lo fuera, lo que la ponía fuera de sí.
Los comuneros de la ciudad les dieron alojamiento en casa de un herrero, cosa buena cuando fue invierno. Si se sentían ateridos siempre podían acercarse a la fragua y calentarse.
Estando en Toledo se supo de la caída de Tenochtitlán. Vacatecuhtli trató de recoger todas las noticias llegadas a la corte y cada una era más deprimente que la otra. Confió en que después se desmintiesen, pero los despachos del César y de su administración, nombrando cargos y enviando órdenes, no hacían sino confirmarlas. Esos días, si podía, trataba de quedarse a solas porque no quería que la viesen llorar. Y, muy, muy, pero que muy a su pesar, eso era lo que hacía. Y hasta se llevó su jergón de paja a un cuartucho almacén junto a la fragua para estar a solas. Y allí, uno de aquellos días, la fue a buscar Cuahuipil en medio de la noche.
No sabía qué hacer si despertarla o no. Pero no la tuvo que despertar. Ella lo oyó y disimuladamente se limpio las lágrimas antes de volverse hacia él.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:09
-¿Son estas horas de visitar a una dama sola o se ha confundido de señora?
-Me he acordado.
-¿De qué?
Casi antes de que le contestara Cuahuipil se acordó ella también. Pero le dejó hablar.
-Bueno, no sé si me he acordado o si he soñado que me acordaba y en sueños he visto otra vez aquel sueño, pero como no lo sé, pues he preferido venir sin tardar más para que lo sepa vuestra merced, no vaya a ser que no me acuerde otra vez.
-¿Y la señora Alcalá no le ha puesto ningún inconveniente a que la abandone en mitad de la noche?
-No. Me ha dicho que viniera y que así luego se lo contaba todo a ella.
-¿Y en Zocodover es ella o es vuestra merced quien lo va a pregonar, o van a ser los dos a dúo?
Cuahuipil hizo un gesto de desvalimiento como de decir “las cosas son como son ¿qué le vamos a hacer?”.
-No me haga caso. Ande, vayamos junto a la fragua que estaremos mejor. Empiece.
-Pero no se burle de mí vuestra merced. Ya sé que es su manera de ser y que no lo hace a mala idea pero, si se burla, me voy a distraer y se me va a ir.
Mira éste también. Pues claro que cuando se burlaba lo hacía a mala idea, si no ¿para qué?
-Pues vino Huitzilopochtli…
-¿A dónde vino Huitzilopochtli?
-Al sueño.
-Bien. Siga vuestra merced.
-Y en el sueño viene también la explicación de Huitzilopochtli, que es el colibrí del lado izquierdo…
-Del sur.
-Ya sé que vuestras mercedes tienen el sur a la izquierda, pero en el sueño es del lado izquierdo.
-Bien.
-Es vistoso y pequeñín, para que quepa en el corazón y cante. Y Huitzilopochtli en el sueño es uno de los nombres de Dios, el nombre con el que cabe en el corazón. Hay en nuestra religión una narración en la que dice Dios: El universo entero no me abarca, sin embargo sí quepo en el corazón del creyente. Eso no es del sueño, esto se lo explico a vuestra merced para que vea la relación. Y, entonces, en el sueño lo vi tan, tan chiquitín, que me dio pena que el capitán Malinche lo arrojara gradas abajo del teocali y le pregunté qué sintió cuando ocurrió eso y si estaba dolido. Y me contestó, y mire vuestra merced si esto no es lo más hermoso que se pueda oír dormido o despierto, que a él nadie lo había echado nunca de ninguno de sus templos ni lo echaría jamás, porque su templo es cada corazón humano y de ahí nadie es capaz de moverlo y cada persona que se vuelve a invocarlo ahí en su templo escucha la voz de la verdad y del amor divino y eso no se puede derrocar y a nadie que se vuelva a él allí para pedirle fuerzas le serán negadas, porque para eso está él, para que el pequeño e indefenso, y todos los seres humanos somos pequeños e indefensos, no desfallezcamos nunca en la lucha ni perdamos esa dignidad de luchar siempre. Esa voz no se puede acallar, aunque tantísimas veces nos aturdamos sobreponiendo a ella otras voces que no son divinas y que no son voces, sino ruido y engaño y promesas que no pueden cumplirse...
-Y ¿hará algo por nosotros los mexica? –se oía la angustia en la voz de la Vacatecuhtli.
-... promesas que no pueden cumplirse, porque el ser humano no ha nacido para imperios ni para grandezas sino para el amor divino, y el Dios uno con sus nombres lo trae y lo lleva para que aprenda, pero no para que sea grande ni consiga imperios, porque eso no lo va hacer más humano ni más divino, sino para que llegue a amarse a sí mismo y a la divinidad que se manifiesta en él, con verdad y no con quimeras, y por eso en todos los corazones está el Huitzilopochtli de encendidos colores y de maravilloso canto.
-¿Pero y entonces ha perdido Tenochtitlán para siempre o tiene remedio? –la misma angustia.
-Sobre eso no sé. Ganaremos todos, pues no se hará sino la voluntad de Dios, y perderemos todos, porque el reino que tenemos que ganar, como dice el Huitzilopochtli y como lo ha dicho Jesús y lo han dicho todos los profetas y lo dirán siempre los que digan verdad, no es de este mundo. Y así, no tenemos ni vuestra merced ni yo el deber de ganar nada o perder nada, sólo el de no entregar nuestra verdad a cambio de ninguna quimera, y eso lo pueden hacer igual los mexica que los huastecos que los turcos que los cristianos y así todos los que estamos en el mundo vamos a ganar y todos vamos a perder.
-Pero es nuestro dios tutelar, no nos puede abandonar.
-Él no, él no nos abandona, nosotros destruimos lo que nos da por alcanzar quimeras. Y nada en este mundo es permanente ni nos ha sido prometido. Y otra cosa dijo el Huitzilopochtli en mi sueño, que los seres humanos cuando les falta fe son medrosos. Quieren a toda costa creer que en la vida hay algo que aún se les debe, o que han de alcanzar y que, una vez alcanzado, ya nadie ni nada se lo disputará, se cumplirán sus propósitos, en lo personal o en lo general, y todo será como se debe, pero eso no es así y nunca va a ser así. Y una manifestación divina no puede engañar y ha de enseñar la verdad de que la vida es lucha, siempre y de principio a fin. No victoria, sino lucha.
-¿Sin compensación?
-¿En este mundo?
-Sí.
-Pues, sí. Claro que hay compensaciones. A veces pocas y a veces muchas. Eso no es el sueño ni que me lo haya dicho el Huitzilopochtli, pero se ve. En verdad hay muchas, hay muchísimas, pero son como una muestra de las que gozaremos más tarde, como cuando vas a comprar queso y te dan a probar, es para que te lleves el queso entero, es decir, la otra vida. Y también entiendo que el sentir el amor y sentir la verdad es la mayor compensación en esta vida o en la otra. Y estar aquí platicando con vuestra merced es también una compensación. Es decir, para mí lo es, porque sois amiga y, a vuestro modo, persona honrada.
-Y ¿os dijo el Huitzilopochtli por qué sueña precisamente con él vuestra merced que no es mexica?
-No. No se lo pregunté y además si soñé con él es porque vuestra merced me dio los bebedizos. Parece mentira que me lo pregunte.
-El bebedizo da sueños, pero no dice qué sueños. Podría vuestra merced haber soñado con su dichosa crucecita, por ejemplo, y no con el Huitzilopochtli.
Es que era eso. Es que era justo con eso con lo que soñaba, con su dichosa crucecita, cuando vino el Huitzilopochtli a ayudarle a llevarla.
-Ahora ya sabe vuestra merced que yo no soy cristiano, así que en general no es mi dichosa crucecita y no debiera vuestra merced restregármelo. Pero le diré que en particular ese día sí que lo era. Sepa vuestra merced que como muslime debo creer en todos los profetas, también los que os envió Dios a los indios y ha enviado a todos los pueblos, y debo creer en Jesús, hijo de María, que también es profeta, pero cuando yo soñé aquello, según me dijo vuestra merced que soñé, yo a vuestra merced no le podía contar eso. Ahora es amiga y lo sabe. Y tampoco podía contárselo a la mujer con quien me quería casar, porque ella no sabía nada de la persecución que se nos hace ni comprendía la situación como para no ponerme en peligro si hablara sin saber eso, ni entendía mi lengua ni yo la suya, y no podía ofrecerle una alianza que entrañase peligros que ella no aceptase y entendiese. Y debía yo de tener la mente muy trabajada por todo eso y por el recuerdo de las humillaciones cuando me vino al sueño el Huitzilopochtli.
Humillaciones de esas que llevan al paroxismo de la ira no sufrió Cuahuipil en su tierra del norte, o era tan inocente que no las notó. Sí, desde luego, la humillación ya bastante intolerable del disimulo en mayor o menor grado según dónde y según con quien. Pero cuando se marchó de casa para pasar a las Indias, sí que las sufrió. Y fue en una de esas ocasiones, que prefería no recordar, cuando la rabia por la tiranía y la ignominia estuvo a punto de desbordarlo e impulsarlo a delatarse con un gesto justiciero que hubiera podido costarle caro. Y entonces, como por ensalmo, se serenó y fue como si en su interior el Maestro Jesús, le hubiera dicho: tú eres de los míos, no sucumbas, no cedas a la humillación ni pierdas la calma, que tú eres de los míos, de los míos. Y sintió entonces que sí que lo era y que seguiría al Maestro, a él, el escupido, el humillado, el objeto de mofas y de burlas, el rey de los perdedores, el chiflado, el pretendido Mesías, un don nadie que no llegó a ser nadie, el escarnecido, que pretendía ser aquel que esperaban como rey y al que insultaron y olvidaron cuando aclaró que su reino sería de otro mundo. Ése, cuyo reino no era de este mundo, fue el que le dijo: toma tu cruz y sígueme. Y él lo siguió, tomó su cruz de silencio, de perdedor, de los que no deben ser, de los engañados por Mahoma, el profeta al que era virtuoso insultar y calumniar, tomo su cruz y siguió a Jesús, como seguía a Mahoma, como no dejaría de seguir a todo y a todos los que le trajeran buenas nuevas, porque amor y verdad no se rechazan nunca.

La Zarzamora
06/07/2012, 00:10
En aquella ocasión que recordaba Cuahuipil, como él se contuvo, no vino ningún lobo a llevárselo, pero sí deseó en aquellos momentos una vez más, que algún lobo bienhechor se llevara a unos cuantos de la ralea de los que no sabían dejar en paz a la gente y que de tanto pensar en el infierno casi conseguían instaurarlo en la tierra. A esos no les hacía ninguna falta recordar el evangelio cuando dice que no hay que arrancar la cizaña para no llevarse con ella el grano, porque seguro que sabían en lo profundo de sí mismos que eran ellos la cizaña y por eso perduraban. Pero no sólo había lobos. También había locos. Es decir, primero aparecen los lobos, luego vienen los locos en su seguimiento, y al final aparecen los ignorantes. Y así, estaban los locos e ignorantes creídos que era preferible torturar y quemar a los infieles en esta vida a que fueran al infierno en la otra. Era por su bien, un acto de caridad. Y ¿qué decir a eso? Pues decir como dijo aquél a quien quisieron curar de sus pretensiones a un reino divino clavándolo en la cruz, donde no quiso Dios que muriera: perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen. Pero, sobre todo, perdónalos, Señor, porque no hacen nada. En esa exacerbación de la voluntad, en ese creer que el ser humano tiene poder para algo, hacen, hacen, hacen, pero sólo Dios hace, sólo Dios salva, sólo Dios da las vidas que quiere cuando quiere y sólo Dios ¡alabado sea! puede condenar.
-Y entonces Huitzilopochtli me apaciguó mucho.
-¿Y eso que dice vuestra merced de “coge tu cruz y sígueme” es lo que nos espera a los mexica? ¿Cruz y silencio?
-Yo no sé cómo será el futuro, pero ya ha visto vuestra merced como nos ha ido aquí.
Decididamente, por un lado o por otro, Vacatecuhtli estaba empezando a ver la cruz, pero otra cruz, la cruz de la moneda imperial, sea cual sea el imperio. Y se estaba haciendo blanda. Había empezando no desdeñando a los tlaxcaltecas y ahora hasta sentía simpatía por la clase común de la Vieja España, esa que no tenía delirios de grandezas, que se ganaba el pan y que todo lo que quería era que no la humillasen y la tomaran por instrumento para el medro de los que sí querían a toda costa el reino de este mundo y que para hacerse con él usurpaban el nombre de Jesús y hacían exactamente lo mismo que quienes persiguieron a Jesús. Esa clase común era negada peleando, pero en eso eran iguales que los macehuales del Anáhuac. En realidad los seres como ella o como este Cuahuipil o la Marzuqa y su marido y que su mismo barragán, personas que, no teniendo ambiciones mundanas desmedidas y teniendo propósito, sin embargo, no eran renuentes a la pelea, eran escasos. Por eso siempre se imponen los otros, los imperiales. ¡Huitzilopochtli! Sí que tenía su lógica que hubiera ido al sueño de Cuahuipil.
-Pero ahí no acababa el sueño, yo oí reír a vuestra merced.
-Sí. Eso sería cuando hablamos de la baraca.
-¿Qué es la baraca?
-Es una gracia divina o una guía que concede Dios y que pueden transmitir personas santas capaces de ello.
-Dígame exactamente cómo fue.
A intimación de Vacatecuhtli, pues, él relato el diálogo, que fue así:
-Huitzilopochtli ¿tú también tienes una baraca?
-¿Has dicho una baraca o una baraja?
-No, Huitzilopochtli, por la baraja seguro que te preguntará el turco si te le apareces en sueños. Por cierto ¿cómo es que se te parece, pero no como eres, sino como te han pintado en las efigies?
-Es que tengo diferentes versiones según de quien se trate, como si fueran diferentes pellejos, como el Xipe Totec. Tu tío Teyohualminqui sabe de estas cosas. Pregúntale, si quieres.
-Eso haré, pero entonces dime ¿tienes una baraca de verdad? La baraca, ya lo sabes, es como los muslimes llamamos a las gracia y bendiciones divinas que pueden transmitirse directamente o por los enviados y amigos íntimos de Dios. ¿Tú la tienes?
-Sí, sí la tengo.
-¿Me la das, Huitzilopochtli?
-¡Qué ansioso eres! Ya te la di cuando naciste. Siempre la has tenido y aquel día que escuchaste a la santa a quien fuiste a ver con Marzuqa decirte cómo Dios te favoreció que te hizo preferir ser bueno a ser favorecido la tenías también.
-¿Y eras tú el que me hablaste en el cerezo por boca de Marzuqa metiéndome en la cabeza esta locura de venir a las Indias?
-¡Nooooo! El de las locuras y los "más allá" y los "nada puede salir mal", es el Camaxtli. Él es el que se lleva a la gente de caza o en busca de tesoros o a encontrar el propio corazón, que es el más allá más profundo de todos los que existen y que, desde luego, no puede salir mal. Y en cuanto a su baraca, no hace falta que preguntes, ya te lo digo que también la tienes, y esa sí te la dio aquel día en el cerezo. Y esa baraca es también la primera de todas las baracas, detrás de la que vienen las demás, aunque este “detrás” no es cuestión de tiempo. Sin la baraca de Camaxtli, todo se hace cuesta arriba, imposible. Tenerla es tener la llave. Ya lo habrás oído decir, que la fe mueve montañas.
-Gracias, Huitzilopochtli. Pero lo que no me explico es cómo puedo ser tan negado teniendo tantas baracas. Yo creía que no tenía ninguna.
-Es que a veces Camaxtli es muy exagerado y todos los masallases se le hacen poco, y la baraca que te ha dado a ti es de cuatro ases. De modo que todavía te queda camino por delante, no creas.
-¿Sí? Pero ya no me importa. Ahora que me dices todo esto, lo prefiero así. ¿Y también le darás a ella tu baraca?
-¿Te refieres a esa que junta la mar y el cielo*, a tu Ilhuicáatl?
-A ésa.
-Se la doy.
-Gracias. En cuanto a la de Camaxtli no sé si preguntarte siquiera, porque siendo ella como es y encima tlaxcalteca, imagino que la tendrá.
-¡Seguro! Y ¡vaya baraca! Si la tuya es de cuatro ases, para la de ella Camaxtli hasta hizo trampas. Ya la irás conociendo más.
-¡Cómo me gusta oírte decir estas cosas!
-Te las digo, pero no te olvides tú de que las baracas no son de adorno.
-No lo dudo, Huitzilopochtli, ni lo permita Dios Altísimo.
-Quiero decir que se lo cuentes. Si mi baraca vale para algo, debe valer para conocer la verdad y, a una persona creyente, ha de valerle para vivir con ella.
-Así lo haré, Huitzilopochtli.
-Bueno y ahora, ya que te he quitado un peso de encima, te dejo soñar con ella y me voy a echar una mano a la Vacatecuhtli, que está atareadísima con sus bebedizos.
-¿Ella también tiene tu baraca?
-Pues para ella... ¡Digamos que tiene mi baraja. Baraja de cuatro caballos y unas cuantas mulas!
-Y ahí se fue Huitzilopochtli y creo que es ahí, en lo de la baraja, cuando me reí.
-Pero entonces ¿tengo baraca o no tengo baraca?
-¿Cómo no la ha de tener vuestra merced?
-Pues porque tengo muy mal genio y digo muchas palabrotas. ¿No me lo estáis diciendo siempre?
Cuahuipil se rió y dijo:
-Las rosas siguen siendo rosas aunque tengan espinas. Es más, son rosas porque tienen espinas.
-¿Se lo va a decir también a la jorobadita que me compara a mí con las rosas?
-Por variar un poco. Ya sabe vuestra merced que en realidad su comparación oficial, a la que se atiene hasta el mismísimo Huitzilopochtli, es con las mulas y no con las rosas. Y también con la vaca brava. Un cruce de vaca y mula. Ahora que ya conoce vuestra merced a esos animales, puede juzgar.
A pesar de sus tribulaciones y lágrimas Vacatecuhtli sonrió, disconforme con sonreír, pero sonrió.
-Ande, vuelva con la señora Alcalá, no sea que se harte y venga a meternos la cabeza en el yunque.
-Será que como es paisano, Huitzilopochtli le tiene confianza y le ha gastado la broma de las mulas, pero yo creo que vuestra merced tiene mucha baraca, porque la mula, ya lo ha visto, es un animal muy fuerte y resistente.
Mula que era, y terca por tanto, quería darle las gracias por haberle venido a contar el sueño, pero no le salieron. Pero a él tampoco le importó. Ya la conocía y sabía que seguía el principio del higo chumbo: tierno por dentro, pinchos por fuera. En cualquier caso, se lo contaría todo a Ilhuicáatl, aunque en Zocodover no, ahí no pensaba decir ni pío.
Con el transcurso de los meses, Vacatecuhtli, ahora sí, ya había visto lo suficiente como para captar al menos unas cuantas cosas de las que había dicho Marzuqa en aquel largo parlamento de cuando se encontraron por primera vez y comprobar que no había dicho más que la verdad.
Y así llegaron a aquellos primeros días de febrero de 1522 en que se apagó la resistencia de Toledo y ellos también abandonaron la ciudad ya lamentablemente “imperial”. Y cuando se planteó qué hacer y a dónde ir, nadie objetó a dirigirse al Imperio Otomano, como había sido la pretensión de Vacatecuhtli desde el principio. Los triunfadores imperiales no iban precisamente de mano muerta con quienes participaron en la guerra con las comunidades y poner tierra y mar de por medio estaba indicado. Así pues, pusieron rumbo norte, al puerto de Pasajes, de Pasajes a San Juan de Luz, de ahí por tierra a Marsella, y de Marsella a Estambul, donde llegaron como lo que eran: derrotados. Como creyentes, sin embargo, tenían que saber que se trataba de derrotas floridas, como tantas de las que está destinado a sufrir el género humano.
Y así lo vieron, desde luego, pero con mucho llanto y con el consiguiente peligro de anegación para el Imperio Otomano, cuando se instalaron en él en la primavera de ese año.

La Zarzamora
13/07/2012, 00:16
Para el grupo más famoso del orbe la estancia en Turquía fue un refugio y la ocasión de reflexionar con calma sobre las vivencias de los últimos años.
Marcos Bey todavía tenía relaciones en Estambul y Cuahuipil volvió a ver a la mejor amiga que tuvieron en Sevilla él y Marzuqa. Era una judía de los que se convirtieron en 1492 sólo para no tener que abandonar su país pero que, al final, el saberla allí sola causaba tal preocupación a los suyos, todos en Estambul, que terminó por irse, pero no muy feliz por ello y de hecho Cuahuipil la veía muy quebrantada. Volver a ver a Cuahuipil, que de alguna manera la devolvía a su tierra, le levantó algo el ánimo y desde la llegada de él se veían y conversaban a menudo. Ella y su familia se tomaron interés por los cinco amigos y entre ellos y las antiguas amistades de Marcos tuvieron toda la ayuda que precisaron en su exilio.
En las afueras de Uskudar, la ciudad que había al otro lado del Bósforo frente a Estambul, alquilaron una casa próxima a un muelle de madera. Con el dinero que tenían y el que puso una viuda interesada en el negocio, compraron una barcaza para hacer cabotaje, trasladando carga y pasajeros. El negocio les fue bien y la viuda estaba contentísima con las ganancias. También es cierto que trabajaban mucho y a cualquier hora del día y de la noche.
Pero trabajar por ganarse el sustento no fue lo único que hicieron. Las tariqas, u órdenes sufíes, florecían entonces en toda Turquía y, por supuesto, también en Estambul y Uskudar, algo que interesó a todos ellos y en particular, como cabría esperar, a la fundadora de la Orden de las Hijas de la Sal. Ella y Cuahuipil, a pesar de las dificultades propias de no entender el turco al principio, aprovecharon esa bonanza y también la posibilidad de instruirse además de en turco, en árabe y en el honrado Alcorán. Hicieron más aún. Ilhuicáatl pensó que, puesto que de momento no sabían cuál sería su futuro y que era de prever que tarde o temprano querrían volver a la Vieja o a la Nueva España, sería provechoso escribir el honrado Alcorán árabe entero en los pictogramas indios, aunque metiendo dibujos de santos cristianos y de oraciones cristianas para tenerlo siempre a mano sin levantar las sospechas de inquisidores o soplones. Y ya puestos, también en castellano por el mismo sistema. Cuahuipil ya conocía la escritura arábiga por haber aprendido el castellano aljamiado y reconocía, por su formación religiosa, además de la escritura, los términos coránicos y muchas aleyas y azoras enteras del honrado Alcorán. La labor, aparte del resultado evidente que se pretendía, los llevó a desmenuzar y desentrañar el texto como nunca hubieran podido hacerlo con la mera lectura. Para todos ellos fue, pues, una época de mucho aprendizaje y trabajo que poco a poco trajo alivio a los reveses y desengaños pasados.
Vacatecuhtli, con la ayuda de Marcos Bey, al cabo de meses de intentarlo había conseguido por fin una audiencia con un lugarteniente del almirante Jair ed-Din, conocido en el occidente de Europa como Barbarroja. En la audiencia, a su vez, consiguió también una promesa de que se estudiaría el asunto que proponía y por ello salió muy entusiasmada.
-No cantéis victoria, Vacatecuhtli, que no es fácil que le interese y a mí me ha sorprendido que se nos recibiera y debe de ser de lo pesados que nos hemos puesto. Pero hay muchas incógnitas. Aunque la marina otomana es poderosa, no es omnipotente ni está orientada y aparejada como para travesías atlánticas y la distancia para ellos es mucha. No es un paseo en barca, valga el retruécano, cruzar todo el Mediterráneo y cruzar el Atlántico y todo por aguas hostiles. Ni tienen al otro lado ningún punto de apoyo. Y con Tenochtitlán caída se nos ha puesto más difícil. No os lo digo por aguaros la fiesta y, si no sale, yo también lo sentiré, que el presente estado de cosas va a desangrar a España y a convertirla en nido de holgazanes, porque los palos se los llevará todos el que trabaje, con lo cual nadie querrá trabajar y esa es la ruina garantizada. Me temo que el pan nuestro de cada día va a ser la miseria. Lo que me apenaría es que sufrierais vos otro desengaño.
-Ya, pero mientras llega o no llega el desengaño, dejadme alguna ilusión, que soy aun muy joven para darme a la bebida.
Si con un fracaso así se daría o no a la bebida, no los sabemos, pero con el nuevo empeño de Ilhuicáatl en su camino espiritual, lo que sí le pareció a Vacatecuhtli fue que alguna otra señora de la casa ya se había dado a ella. En su interés por las órdenes sufíes Ilhuicáatl había topado con un cheij que la inspiró, si es que necesitaba alguna inspiración más, y la apoyó. Ella había pensado mucho en las penas de sus amigos, en las de Raquel, la amiga judía de Cuahuipil, en las de la viuda Ayse, cuyo primer marido estaba cautivo de los cristianos, en las penas de todos los perdedores de la vida y de la historia, en los sacrificios que se ven coronados por el fracaso, en los paraísos perdidos, a veces antes de que existan… Había reflexionado y había pensado que, independientemente de que pudiera participar cada cual según su interés de una tariqa cualquiera, sería bueno y un consuelo legítimo formar un círculo pequeño, entre ellos y quienes se quisieran sumar, para reunirse y adorar a Dios por los nombres que más pudieran ennoblecer esas pérdidas y pesares. Pero, además, todo eso con plumas, en recuerdo de aquella parábola en la que el profeta Jesús formaba pájaros de barro para luego darles la vida espiritual, lo cual, además, casaba muy bien con la tradición plumaria de las Indias, tradición en la que bien podía verse asimismo una parábola, precisamente ésa. La única pega era que el Imperio Otomano, que tenía muchas cosas buenas, entre ellas acoger bien a los expulsados de distintas religiones y no obligar a nadie a convertirse a ninguna, en punto a plumas, abanicos aparte, no era precisamente el lugar soñado por ningún indio.

La Zarzamora
13/07/2012, 00:17
Por alguien del aviario del sultán que conocía Raquel, visitando algún que otro gallinero y manejando tintes, consiguieron, no obstante, confeccionar suficientes ornamentos y tocados de plumas como para sentirse aceptablemente indios y aceptablemente pájaros deseosos de levantar el vuelo. El vuelo y el revuelo, ya que hubo una bronca mayúscula entre la Vacatecuhtli y el barragán, porque la primera estaba escandalizada con las gallinas. Decía que era un insulto a la divinidad ponerse plumas de gallina para honrarla, por muy teñidas que estuviesen. El otro que no, que las gallinas eran extremadas y también eran aves de Dios; que poner huevos era una tarea llena de significado y de alimento para todo el orbe. ¡Pero –reponía Vacatecuhtli- ¡¡no como parábola de lo de las plumas ¿no?!! ¡¡A ver ¿cuánto remonta el vuelo una gallina?!! Y con el portazo mayúsculo que dio la Vacatecuhtli al meterse en su cuarto (suyo y del barragán) y cerrándose por dentro con tarabilla, terminó la discusión.
Y esto del portazo tiene su importancia en la historia personal de la Vacatecuhtli y sus relaciones sociales. Vacatecuhtli, al descubrir las puertas en la Vieja España, dejó de romper cacharros. Aparte del gasto en cacharrería, allí ya no tuvieron sirvientes y eso quería decir que, si rompía, barría y recogía. El único que si no le pillaba mal no veía inconveniente en recoger los tepalcates de la Vacatecuhtli era Cuahuipil, pero tampoco siempre y, además, la reñía. Total que eso y el darse cuenta de que las puertas aguantaban una barbaridad le hizo pasarse de romper cacharros a dar portazos y muchas veces a rematar el gesto dando con la puerta en las narices a quien se lo hubiera ganado.
A pesar de las plumas de gallina, Vacatecuhtli sí que participaba en las reuniones del círculo y cantaba y bailaba, pero se mantenía en sus trece no llevando plumas. El colmo. Hasta la judía y la turca y un matrimonio húngaro que también se sumo a la fiesta las llevaban y ella, que era india…
¿O era tal vez que en realidad sufría con las plumas porque le recordaban lo que más le dolía?: que había cosas que no volverían; que había cosas que nunca serían. Por más que fuese arisca y que pretendiese que participaba en aquellas ceremonias por no desairar a sus amigos ni a su promotora, lo cierto era que lo necesitaba como quien más porque cantar a Dios el Heredero por aquellos sueños que se quedaron en anuncio, por los que nunca se harían realidad, por la pérdida de pasados añorados, como su Tenochtitlán del alma o los moros libres de la Vieja España que añoraba el alma de Cuahuipil le devolvía la fe, le recordaba que la fe existía, que no existía ella en el vacío. ¿Quién podía, quien tenía sino Aquel al que vuelve todo y todo tiene en sus manos? Y tenía razón ella y la tenían sus amigos. ¿No soñamos y queremos todos a alguien que nos suceda, en quien no se pierdan nuestros esfuerzos más sinceros, nuestra mejor voluntad, cuando ya no podamos gozar de nada y, aun cuando no habiéndolo gozado nunca queramos que lo goce alguien que nos importe? Pero ese Heredero ansiado ya lo tenemos, sólo nos hace falta acordarnos. Por tanto nada se iba a perder ni nada se había perdido nunca. El sacrificio era ése, no era necesario dar ningún corazón, bastaba con renunciar a poseer lo que no es de uno sino de Dios y dárselo, dárselo de corazón, porque es Él el que va a ser cuando nosotros ya no seamos, el Heredero de todos.
Eso, eso tenían de malo esas reuniones para el recuerdo de Dios, que fastidiaban a la Vacatecuhtli porque le demostraban que ella era tan sensible y proclive a esas “mariconadas” –así las llamaba-, como cualquiera de los otros.
Pero por mucho que la llenasen esas reuniones ¿iban a ser suficiente compensación para el día en que, muy cortés y prolijamente explicado, se le dijo de parte de Jair ed-Din que, una vez debidamente estudiada su exposición y propuesta, no había posibilidad presente de plasmarla, pero que si sobre el terreno más adelante hubiera cambios suficientes, podría volver a considerarse? Por cambios suficientes debía de ser que, por ejemplo, Tenochtitlán reconquistara lo perdido, más algo así como cuatro veces más de lo perdido, dominara todas las costas de las Indias, etc., etc. O sea, adiós esperanza.
Como se temía Marcos Bey, Vacatecuhtli se hundió, no porque no lo esperase, sino porque fue como volver a vivir la pérdida de Tenochtitlán o, mejor dicho, como vivirla sin esperanza. Porque cuando ocurrió todavía se dejó lugar a la esperanza. Pero el día de la respuesta, sin disimulo ninguno, y puesto que allí sí había un cuarto en el que encerrarse, pues se encerró, de un soberano portazo, claro, una vez más obligando a Marcos, si es que quería descansar, a hacerlo en otra parte.
Como si fuera de concierto, al día siguiente de ese gran desengaño le llegó un paquete de la Nueva España. Con ninguna noticia fresca por supuesto, porque aparte de la travesía oceánica, fueron unas cuantas las etapas que tuvo que hacer el paquete antes de llegarle. Pero llegó, lo mismo que antes habían llegado, uno a la vieja España y otro a Estambul, dos breves mensajes de Teyohualminqui para sus sobrinos. Decían: “Por la gracia divina”, luego la fecha y luego “todo bien, todos bien” y luego “vuestro tío”. Lo escueto sería por hacerlo a prueba de censores.
¿Y el paquete de Vacatecuhtli? Si ella se había esperado recibir plumas frescas o queso de agua o cualquier otra cosita rica del terruño o, mejor dicho, del “aguuño” de la laguna, se llevó un chasco. Era de Ahuitzotl. Se trataba de un fajo respetable de papel de amate escrito por ambas caras. Partes, las menos, en alfabeto latino y lo más en pictogramas indios. Se le hizo de noche leyéndolo y cuando se cercioró de qué era lo que decía, lo estampó con toda su alma contra el suelo, en la esperanza de que por algún milagro se hiciera añicos como los cacharros. Pero nunca ningún papel se había hecho jamás añicos por ese procedimiento y aquella vez tampoco.
-¡Es lo que me faltaba, que este picha de cochino en remojo me predicase el cristianismo! ¡No ha tenido huevos en toda su vida, pero aún así parece que se los ha mamado un cura!
Hay que advertir que en la Vieja España Vacatecuhtli no había perdido el tiempo, había aprendido a despotricar contra la iglesia y los curas como los mejores católicos y podría decirse que con el mismo disfrute que ellos.
-Cálmese vuestra merced –dijo Cuahuipil-. A lo mejor tiene que leer más adelante. Habrá temido la censura. ¿Qué le dice ahí?
-Más adelante dice lo mismo, que ya me he visto toda la cagarruta de cochino mientras vosotros estabais en la mariconada mística esa de la jorobadita -también, también, como hemos visto, había aprendido lo concerniente al cochino y también ese animalito había pasado a ocupar un destacado lugar en su repertorio-. Ahí tiene. Léalo vuestra merced que está todavía más necesitado que yo de que le prediquen los milagros de la santa cruz. Se lo va a pasar en grande vuestra merced. ¡Tome redención!
Y diciendo eso, recogió el mamotreto de donde lo había tirado, se lo arrojó a Cuahuipil encima de la mesa y fue a encerrarse en su cuarto dando un portazo que marcó casi el diez en la escala local de sacudidas domésticas.
Cuahuipil tomó el documento y empezó a leerlo, y ya en los primeros pictogramas vio lo que buscaba. Consultó a Ilhuicáatl para cerciorarse y dijo:
-Hay que hacerla salir.
Ilhuicáatl tenía un método infalible para eso. Se acercaba a la puerta y le decía cositas dulces como ella sabía decirlas hasta que la otra salía con ánimo de matarla. Esta vez también salió, pero el que estaba a la puerta era Cuahuipil que la cogió de la mano y se la llevó donde estaba el mamotreto.
-Siéntese vuestra merced y vea.
Hizo caso Vacatecuhtli y se sentó con la cara agria. También se sentaron Marcos y Xiloxóchitl que llegaban en ese momento y traían la cena. Cuahuipil les explicó brevemente que aquello era un correo que le había llegado a la Vacatecuhtli. Entonces tomó la primera hoja del fajo y la acerco a la luz de la candela, sin que allí pasase nada, tomó la segunda y lo mismo, la tercera, la cuarta…
-¿Qué se propone vuestra merced calentando el amate, hacernos alguna sopita de letras y pictogramas para abrir boca?
Cuahuipil no hizo caso, siguió calentando y ¡albricias! A la novena y entre medias de la escritura que se veía a primera vista empezaron a aparecer renglones y pictogramas que antes no se veían.
-¡El puto capón del lucero del alba, ¿esto qué es?!
-Vuestro hermano os ha escrito con tinta simpática porque no habrá querido que le lea la carta el Santo Oficio o las autoridades si les diera por censurar el paquete.
-Y ¿cómo sabe eso vuestra merced?
-Cuando se vive en secreto se saben muchas cosas.
-Pero ¿y cómo lo sabe ese cochino castrado que tengo por hermano si a ése no le da ni para sorberse los mocos?
-Seguramente habrá más cristianos nuevos en las Indias y alguno habrá querido hacerle un favor a vuestro hermano.
-Pero y ¿cómo sabía vuestra merced que esto estaba trucado?
-Hay ciertas palabras que lo indican. Cuando las he visto, ya me he figurado que había texto oculto.
-Como sea tan tonto en oculto como en aparente, la dosis de hermanito me puede matar –dijo Vacatecuhtli agarrando el paquete de pliegos y una candela y metiéndose en su cuarto, pero esta vez no cerró ni con portazo –llevaba las dos manos ocupadas-, ni con tarabilla, y casi inmediatamente Ilhuicáatl le trajo una bandeja con comida.
-Como veo que tiene para rato, le traigo la cena. Luego le traeré café a vuestra merced.
-¡¿Hay café?!
Ilhuicáatl le confirmó con un chispeante gesto de felicidad y salió.

La Zarzamora
13/07/2012, 00:18
Ella empezó a leer:
“Querida exhermana,
Soy tu exhermano ExAhuitzotl, y te escribo desde ExTenochtitlán, ahora México, en la confianza de que te llegue esta carta y te encuentre con bien.”
-(¿Y éste excremento de cochino, por qué me llama ahora exhermana?) –a ver, ella se imaginaba que era un gesto de desdén por los desdenes anteriores de ella y le pareció una mariconada. Siguió leyendo:
“-No sé dónde puedas estar y no sé si lograré dar contigo algún día ni si algún día volverás a esta tierra. El escribano que acompañaba al capitán Malinche me dio la dirección del Huitzilopochtli donde enviarte esta carta a la Vieja España.
Ha sido horrible. Creo que nadie se hubiera imaginado ni en la peor pesadilla que las cosas pudieran ir tan mal tan de prisa. Y no te voy a contar más de lo necesario porque es inútil llenarse la cabeza de tristes pensamientos y no es ése mi propósito al escribirte. Esta carta va a tener que ser muy larga y espero que para ti encierre algo bueno, a pesar de todo lo malo. Hay cosas que no sé si sabrás o no, pero te las digo para que, si no las sabes, se entienda lo que te cuento. De Tenochtitlán queda la historia y el recuerdo de los vivos hasta que se mueran. Lo gozamos en su día -algunos dicen que lo sufrimos- pero ahora los dioses lo han recobrado. Hágase según su mandado. Antes de eso, en los meses siguientes a tu partida, se abatió sobre la ciudad y toda la tierra una enfermedad desconocida, que ahora sé que se llama viruela, y mató en tales cantidades que no se daba abasto a quemar o enterrar a los muertos y de hecho ha matado a más gente de la que ha dejado y no había suficientes sanos para cuidar de los enfermos y por eso muchos morían de hambre y de sed. Yo la pasé y me ha quedado el cuerpo picado. Ya sabes que no era agraciado, pues ahora ya es el desastre completo. Cayó con ella el huey tlatoani Cuitlauac, y cayó el senador Maxis-Catzin en Tlaxcala. Y quienes cayeron de ella enfermos también son tu padre y tu padrino. Y no sobrevivieron. Justo cuando nos dejaste tú, tu padre descubrió que yo no era hijo suyo. Por eso te he escrito “exhermana”. Sé que a partir de entonces no pudo mirarme igual, a pesar de que yo no he querido a nadie como a él, salvo a ti, que te he querido y te quiero tanto como a él y muchas veces creo que más. Pero, aun doliéndome, no puedo culparlo por ello. El siguió a pesar de todo tratándome como a un hijo y pasado un tiempo creo que sí me volvió a querer. De todas formas, para mí siempre será mi padre. A muchos de tus medio hermanos también se los llevó la viruela y ahora, con la ruina que se ha abatido sobre Tenochtitlán, te voy a decir que hay una estampida y que todo el mundo se esfuerza en asegurarse su situación o su interés o su sustento y no es ternura lo que hay entre muchos hermanos. Los mejores pedazos de la ciudad de México nueva, mejor dicho, el centro, son para el César y sus funcionarios, para los conquistadores y sólo en último lugar para sus dueños, porque aunque en principio, fuera del centro, en la nueva ciudad se respete la propiedad anterior, pues la realidad no es exactamente así, porque, en primer lugar, con toda la destrucción de la guerra y todos los muertos de la epidemia, documentar la propiedad es caso perdido y, como también te puedes imaginar, el mejor medio de conservarla es casarse con algún cristiano y entonces por su propio interés éste defenderá esa propiedad y lo que no es propiedad con fiereza perruna, que también ahora ya sé algo de perros pero, claro, como lo que faltan es cristianas, a los varones nos queda poquito que hacer, salvo alistarnos con los cristianos para ir a más guerras. Yo no lo he hecho porque, aunque al no ser hijo ya de mi ex padre no tendría derecho a heredar, me debo a la palabra que le di en su lecho de muerte de hacer de tu albacea y defender tus intereses. Darte cuentas de cómo he cumplido ese cometido es el propósito de esta carta aparte de darte las noticias necesarias y de expresarte mi sincero afecto, aunque ya sospecho que éste no es bienvenido, porque contigo hice todo mal.
Te confieso que he pasado por muchos momentos de desesperación, de pensar que no podría, que perderías todo sin que yo pudiera hacer nada a pesar de mi empeño, porque esto ha sido el caos, y durante un tiempo me conformaba y me daba con un canto en los dientes meramente con saber cuánto nos habían robado y si nos quedaba algo. Gracias al amparo divino, sin embargo algo pude hacer. Resulta que un día de los que intentaba conseguir la confirmación de los títulos de propiedad para que no se repartieran las tierras que has heredado, di en el cabildo, como lo llaman, de la nueva ciudad con un escribano muy bueno y honrado que más no se puede de cortés y servicial. Te puedes imaginar lo difícil que ha sido, porque yo no hablaba nada de castellano cuando perdimos, y luego he ido a trompicones aprendiendo lo que he podido. Y este escribano decía palabritas en náhuatl, mas no se le entendía nada, ni él a mí, pero tenía con él a su esposa, que había sido, según me dijo, cihuatlamacazqui de Toci y ahora es no sé qué cosas de iglesia. La mujer no se enteraba apenas de nada, pero se la veía muy deseosa de ayudar. Casi me daba ella más pena a mí que yo mismo. Gracias a eso y con tesón y paciencia, creo que ahora puedes estar tranquila de que tus títulos de propiedad de lo que heredaste de tu padre están en toda regla. Naturalmente ya no tenemos casa en la nueva ciudad de México, aunque tendríamos derecho, pero habría que construirla, porque no ha quedado títere con cabeza. Sí he arreglado una casa de las que había en las tierras que tienes, para cuando vengas que tengas un lugar apropiado donde estar. No he emprendido ni la construcción de una casa en México ni en las tierras porque no quisiera gastar en nada que tú hubieras querido de otra forma pero sí he reservado derechos y solar en México. Toma nota del nombre del escribano que nos ha ayudado en el cabildo: se llama Rómulo Vargas Heredia. Es negro. Parece que escribe poesías y que le gusta coleccionar una cosa que él llama “mitos”.
Otra cosa me ha dicho este señor Vargas Heredia y es que, si tenemos una tierra que no sea buena para cultivos, que es el caso de casi toda la que te ha quedado, que una idea buena para sacarle provecho y, además, de que no te acosen los cristianos, siempre contando con que haya medios para ello, porque yo es que no sé de estas cosas ni cuánto estarás todavía lejos, y si es en la Vieja España donde sigues, pues me dice este señor Vargas Heredia que podríamos criar algo que yo no sé muy bien en qué consiste, que él dice que son toros. Según me los ha descrito yo no me explico cómo se puede meter una fiera así en un acale pero si lo puedes averiguar y te los puedes traer, un padre y una madre o más madres, mínimo, dice que seguro que es algo con futuro porque, aparte de la carne y de ponerlos para bueyes que trabajen, que tampoco sé cómo es eso, los cristianos gustan de los festejos con estos animales con los que hacen luchas y, además, según me ha dicho, mantienen muy bien el campo donde se los ponga. Pues, si averiguas y con la memoria y estado de cuentas que te adjunto, pues tú verás si es factible comprar esas fieras y traerlas; y también me dijo que igualmente haría falta algún venado-caballo para atender a los toros.
Y paso ahora a los encargos de tu padre y padrino. Tu padrino me dio canutillos de oro para ti. Los tengo bien guardados. Deposité en un pliego cerrado ante testigos un documento para ti con instrucciones en caso de mi fallecimiento u otra causa que hiciera imposible mi comparecencia, para que se te entregue a ti en mano ese pliego lacrado. Está en la escribanía del Cabildo de México a tu nombre cristiano, que es Juana Cuautehuani Ilhuicauxaual. Puse lo que me sugirió el señor Vargas Heredia porque tampoco tengo idea de qué nombre es el que usas dónde.
Tú padrino me encargó transmitirte su bendición y su confianza de que pase lo que pase sabrás seguir el mejor camino. Que moría satisfecho y agradecido a los dioses por haber vivido el honor de ser tu padrino, aunque él creía que en realidad era tu padre. Eso me dijo.

La Zarzamora
13/07/2012, 00:19
Y ahora voy a hablar de mi expadre, que sigue siendo padre tuyo. Oficialmente sigo siendo su hijo. Lo hablamos y él estimó que podía dejarse así, aunque me ha trasladado todos los documentos y declaraciones juradas que serían necesarias para oficializar la verdad caso de que, por cualquier circunstancia, lo estimáramos apropiado. Esos documentos están con los canutillos. A mí no me ha legado nada, porque no soy su hijo. En cambio, sí te dice a ti algo al respecto pero por mí no lo tengas en cuenta. Tú obra como entiendas. Y ahora te pongo palabra por palabra lo que dijo mi expadre para que te lo transmitiera:
“Pido perdón al Todo Piedad que me dio la existencia por el mal que te he hecho, hija mía. A ti no te lo pido porque no quiero terminar mi vida haciéndote sentir una carga más, la carga de que aún debes hacer algo por mi causa aunque sea perdonarme. No me debes nada. Yo te debo a ti lo que nunca te podré pagar. No supe quererte ni apreciarte ni hacerte justicia. No sé si fue temor de querer y no ser querido o fue mi mala condición de no querer sin poseer. Te vi como una boca que alimentar, una cosa que colocar en su sitio y que no se moviera ni me molestase ni me diese problemas. Si pudiera volver a vivir con lo que comprendo ahora, te compensaría. Pero no puedo y por eso no te puedo pedir que me perdones pero sí te pido que no te cargues tú con mis errores. Fuiste una niña fuera de lo común y eres una mujer valiente y excepcional que, si te hubiera comprendido, hubiera estado orgulloso de ti, pero no supe verte. Que el castigo caiga sobre mí, pero no sobre ti, que ya te ha caído muchos años. Olvida el daño que te he hecho y piensa en ti como lo que debió ser y no lo que frustró mi falta de moral y entendimiento. Eso ruego a Quien tiene el señorío de todo y de todos y ruego que te compense con muchas creces por lo que yo te negué.
Ahuitzotl te explicará que no es hijo mío. La parte que le hubiera tocado a él de haberlo sido te la lego a ti y, en este caso, sí te hago un ruego. Comparte con él lo que consideres justo. El no tiene culpa de nada. Era un niño y luego un joven enteramente bajo mi influencia. Es un buen hombre y te quiere aunque por esa influencia mía fuera un pesado contigo. Se magnánima con él que, aunque yo haya sido una persona ruin, tú no lo eres ni él tampoco. No es justo que él pague mis errores y los de sus padres.
Que la bendición divina te acompañe siempre, hija querida.“
Y eso es lo que me dijo que anotara y te hiciera saber mi expadre y tu padre. Y te aclaro que las últimas palabras que dijo en su vida fueron esas: “hija querida”.
Yo también te pido perdón. No te pongo la excusa de la influencia de mi expadre pero sí te ruego que comprendas que he sido siempre, como tú bien decías, tonto y lento, de manera que es ahora cuando empiezo a entender algo del mundo y sé que sí que fui torpe, lento e inoportuno. Eso no lo puedo remediar ya. En cambio siempre te quise y ahora también te quiero y muchas noches sueño con que vuelvas, aunque luego no me quisieras ver más. Al menos me podría guardar esa visión para que me durase toda la vida.
Lo que sigue es un estado de cuentas y una memoria de todas mis gestiones para que tengas conocimiento cabal del estado de tu patrimonio. Incluyo también lo que he podido averiguar de la sucesión de mi ex madre y madre tuya, que también ha muerto, aunque no de viruelas, sino de que se ahogó con un güito de aguacate. Ella no sabía que yo no soy su hijo, de manera que por ese lado aún quedan incógnitas en cuanto a cómo queda la sucesión. Trataré de desvelarlas pero, como te digo, esto es el caos y, si no llega a ser por el señor negro del cabildo, en lugar de éste estado de cuentas y memoria, lo que te hubiera enviado sería una memoria del caos universal, si memoria de tal cosa es posible.”
Seguía lo anunciado, en efecto, y la carta, o memoria, que era el grueso del mamotreto, terminaba con una afectuosa despedida de Ahuitzotl, que la informaba también de que ahora tenía un nombre cristiano, que también le escribía, y que se bautizó otra vez, porque eso agilizaba los trámites.
Muy a su pesar, la carta le hizo llorar. No llegó a leer el estado de cuentas y memoria. Ya lo haría mañana, o pasado mañana, o nunca. Cuando Ilhuicáatl le trajo el café calentito y con todo su aroma, sin mirarla ni levantar la cabeza, le hizo un gesto de haberse enterado e Ilhuicáatl salió con la bandeja de la cena sin decir nada.
-¡¿Pero es que esta cucaracha de padre me va a hacer llorar también después de muerto?! –se dijo sollozando al quedarse a solas.
No se hubiera esperado nada de esto. Sintió una punzada de dolor al saber de la muerte del padrino. Sería un loco, pero también era la única persona que había dado muestras de felicidad por estar con ella y de creer en ella. Nunca le preocupó hablarle mal porque de alguna manera daba por descontado que habría tiempo de sobra para hablarle bien cuando ella hubiera demostrado al mundo lo que le tenía que demostrar. Le dolía, sí señor. Quisiera que, aun muerto, la escuchara y la perdonara por haber sido una arrogante con aquel hombre que se le entregaba tan sin condiciones. Pero lo de su padre… ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué ahora se arrepentía así, cuando ella ya había aprendido a tener un padre odioso? ¿Y dice que no me pide perdón? ¿Pero qué esperaba con esa monserga medio maricona de que si fui muy malo y toda esa mugre más que ablandarla? Ni ella siquiera tenía arsenal suficiente de palabras malsonantes para mantener a raya la oleada de sentimientos reprimidos que le removían las últimas palabras de su padre. Una sensación lejana de una niña pequeña, lo más pequeña que pudiera recordar que lloraba a gritos sintiéndose infeliz y abandonada… ¿era ella esa niña? ¿Había sido ella esa niña? Quería estar sola y no tener que ver a nadie por lo menos hasta mañana.
Y de pronto, sin avisar y como si fuera la marea, la inundó una indecible nostalgia de su tierra, de su gente…
Aquella noche no salió del cuarto y nadie la molestó. Marcos Bey, de consenso tácito entre los dos, se quedaba muchas veces a dormir en la sala común o, si se quedaba alguno de los otros de noche a trabajar, se iba al desván donde dormía Xiloxóchitl. La relación mutua de los barraganes en la última época hubiera podido calificarse de divorcio gradual tácito y amistoso.
Al día siguiente Vacatecuhtli tampoco salió del cuarto hasta que, ya avanzada la mañana, entró Ilhuicáatl diciéndole que se asease que iban a ir las dos a desayunar y a almorzar junto al mar y a dar un paseo, que todo no iba a ser trabajar, llorar y mariconadas místicas. Que iban a irse ellas dos y que los varones se quedaban cargo de todo. Si cuando volvieran ellas no habían conseguido ocasionar ninguna catástrofe, les darían un premio. De buena gana Vacatecuhtli hubiera respondido con un zarpazo pero, si lo hubiera dado hubiera sido para que le tuvieran contemplaciones y discutieran con ella y los zarpazos con Ilhuicáatl no surtían más efecto que un pellizco en un ladrillo. Era un caimana esa mujer. Iba a lo que iba y no se dejaba desviar ni por zarpazos ni por mocos que colgaran.
Las dos agradecieron la merienda campestre a la vista del mar. Ilhuicáatl había preparado una cesta con comida y brasas para hacer café, bebida que hacía entonces su entrada en el ancho mundo precisamente por la puerta del Imperio Otomano. Era pues una novedad y una exquisitez. También era la primera vez que las dos estaban juntas de esa forma y, sorprendentemente, hablaron mucho y de todo, aunque, adrede, Ilhuicáatl evitó cualquier tema que hurgara en los sentimientos de Vacatecuhtli. Decir que descubrieron que tenían mucho en común sería mentira porque eso lo sabían ya de antes y, tal vez por eso mismo, nunca tuvieron prisa por llegar a ningún entendimiento porque, no teniendo muchas cosas en las que discrepar, tampoco tenían ninguna urgencia en resolver nada ni estrechar lazos. En cualquier caso, fue una jornada agradable y apacible en la que disfrutaron la conversación, la comida, la bebida, el sol, el aire y el paisaje. Cuando regresaban a casa por la tarde, Vacatecuhtli se sentía mucho más serena y apaciguada y los recuerdos y las sensaciones no la abrumaban ya de la misma manera y, encima, tampoco se encontraron con ninguna catástrofe al llegar a casa.

La Zarzamora
19/07/2012, 23:11
Y ve el sultán de Tlaxcala
Cantando alegre en la popa
Asia a un lado, al otro Europa
Y allá a su frente Estambul.

La agonía que sufrió
Por una apariencia humana,
Cual vino, se hizo lejana,
Y la noche se esfumó.

Entre el oro y el azul
Y al albor de la mañana,
Se le mostró la sultana
Estando frente a Estambul.

Un día en que al final de la jornada habían puesto la barcaza en varadero para repararla, Marcos por la noche advirtió a Cuahuipil que era posible que se ausentara con Xiloxóchitl quizás sólo media mañana o tal vez hasta tres días, porque tenía ciertos asuntos que resolver. Tres días era lo que había calculado Cuahuipil que le llevaría poner a punto la embarcación con la ayuda de Ilhuicáatl y de Vacatecuhtli. Pero, le dijo también Marcos, si en su ausencia necesitaran de ellos dos, que hicieran lo que tenían por costumbre, es decir, colgar una sábana de color desde la ventana del desván. Lo verían desde el Bósforo y desde la otra orilla. Antes de eso Marcos había dicho a Xiloxóchitl que, si no tenía otra cosa que hacer, que precisaba que lo acompañase para cierto asunto al que debía atender. Y Xiloxóchitl dijo:
-Bien. Cuente conmigo vuestra merced. ¿Será aquí en Uskudar o dónde?
-La viuda Ayse me ha conseguido una barca a remos que he amarrado ahí abajo. Es posible que crucemos a Estambul, pero eso lo veremos ya mañana, si no os parece mal.
-¿Cómo hay que ir?
-Vuestra merced vístase como quiera, pero a lo mejor andando la mañana prefiere ir bien vestido. Y lleve de repuesto por si acaso.
-Bien. Conforme.
Un poco vago le pareció a Xiloxóchitl el plan, pero tampoco era algo desacostumbrado en Marcos Bey.
Salieron cuando empezaba a amanecer y habían remado hasta el centro del Bósforo, donde ahora se habían detenido.
-¿A dónde vamos? –preguntó Xiloxóchitl.
-Eso va a depender de vuestra merced.
-¡Ah!
-¿Recuerda vuestra merced? Tres años y medio atrás estábamos los dos en un acale paseando por el gran Tenochtitlán.
-Sí, hermoso recuerdo. Claro está que no lo he olvidado.
-¡Un recuerdo extremado! Y os digo Xiloxóchitl que en tres años y medio he llegado a conoceros bien y sé que sois persona leal y que jamás traicionaríais a un amigo.
-En eso confío.
-Y yo también confío. Por eso quiero enseñaros algo que me pondría en grave peligro si saliera de entre nosotros dos.
-Podéis confiar en mí pero también os digo que, si queréis guardar un secreto, es mejor que tampoco a mí me lo reveléis.
-Claro, pero es que necesito que lo sepáis, por si tenéis que decirme algo al respecto.
-Bien. Os escucho.
Pero Marcos no habló, sino que se metió la mano en la pechera y sacó de ella una funda de cuero que parecía contener documentos, y de la funda a su vez, sacó algo.
-Tomad, leed esto. Sujetadlo bien que es papel y si viene algo de brisa os lo puede arrebatar y nadar en pos de un papel mojado por el Bósforo no es el plan que me había hecho para hoy.
-Tendré cuidado, no sufra vuestra merced. ¿Lo leo en voz alta o en baja?
-Como gustéis.
Leyó para sí sujetándolo bien y cuando terminó, sujetándolo bien, se lo devolvió a Marcos y dijo:
-Es una fe de bautismo.
-Eso es.
-Los apellidos que pone son los mismos que los de vuestra merced. ¿Es de vuestra hermanita?
-¿Y qué iba a hacer yo paseándome por todo el orbe con una fe de bautismo de una hermanita? Esta es mi fe de bautismo, Xiloxóchitl. ¿Os encontráis bien? Os castañetean los dientes.
-No es nada –Xiloxóchitl hablaba con dificultad-. No haga caso vuestra merced. Lo que digo es que, entonces, en esta fe de bautismo hay un error porque pone que la bautizada es mujer. Vuestra merced no es mujer.
-¿Qué es lo que vuestra merced entiende por mujer?
Xiloxóchitl recapacitó y dijo:
-Lo imprescindible.
-Es lo que siempre me he dicho yo, que con lo imprescindible basta y que todo lo demás son ganas de fastidiar.
-¿Y vuestra merced en lo imprescindible es mujer?
-Eso es.
-Y… ¿puedo preguntar a vuestra merced?
-Pregunte la vuestra.
-Vuestra merced tiene lo estrictamente imprescindible para ser mujer, pero ¿tiene también lo estrictamente imprescindible para ser varón?
- ¡Voto a tal! ¿Y dónde lo iba a tener? A mí en ese sitio no me caben tantas cosas. ¿Por qué tiembla vuestra merced?
-Si vuestra merced no tiene lo imprescindible para ser varón, hay una cosa que no entiendo.
-¿Qué es lo que no entendéis?
-¿Cómo habéis podido cumplir con la Vacatecuhtli? No me lo explico.
-Yo no he cumplido con la Vacatecuhtli de ninguna manera. Me la dio ese liante de Moctezuma y no se me preguntó ni si la quería ni si no la quería. Y ¿qué iba a hacer yo? Yo no podía decir nada. Pero claro que no he cumplido. ¿Cómo voy a cumplir? A mí las porquerías no me gustan y encima me hubiese delatado ante ella.
-Pero entonces ¿cómo es que ella ha aguantado y se ha callado todo este tiempo?
-Ella no ha aguantado nada, Xiloxóchitl. Ella ha ido a lo suyo, que era espiar a favor de Tenochtitlán. ¿Qué mejor tapadera que un barragán? Encima, digámoslo feamente pero que se entienda, no ha tenido que pagar el precio. A ella no ha podido salirle mejor, que sigue virgen y, aunque yo no lo entiendo, los hay que aprecian una cosa así, a pesar de ser más trabajo. Bueno, eso no lo sé de cierto, claro, pero eso creo porque es muy limpia. Y vale mucho, que todo hay que decirlo. ¿Os encontráis bien? Tembláis de lo lindo.
-El relentito de la mañana. No os ocupéis.
-No hay brisa y hace tibio ¿Estáis seguro de que estáis bien? Los dientes no os paran de castañetear.
-Me siento imperfectamente, pero tanto como para decir mal, mal, no. Eso es todo. No paséis cuidado.
-Como queráis.
-Entonces a efectos de lo estrictamente imprescindible sois hembra y no tenéis nada, lo que se dice nada, de macho de la especie ¿es eso lo queréis decir?
-Eso es lo que quiero decir y es lo que digo. Pero recalco que solamente a vuestra merced y a nadie más y que esto no puede salir de entre nosotros dos y que, si la revelación que os hago no os sirve para decirme nada, debéis olvidar lo hablado y leído como si nunca hubiera ocurrido, a menos que queráis que dejemos de ser amigos.
-Eso está perfectamente comprendido. ¿Y qué espera entonces vuestra merced que diga, puesto que dijisteis que me lo revelabais por si tenía algo que decir al respecto?
-Vuestra merced es soltero. Es más, es muy soltero, que lo querían trasquilar.
-Sí. No se me ha olvidado.
-¿Seguro que estáis bien? La barca también está temblando.
-Terminemos con esto, que me está matando y olvídese vuestra merced de los temblores.
-¿Prefiere vuestra merced que hablemos otro día?
-¡No! ¿Qué piensa vuestra merced que tendría que decir yo al respecto de lo que me ha revelado?
-Yo también soy soltero y los indios son muy de mi agrado y el indio que más me agrada de todos los indios de todos los tiempos y de todos los lugares es vuestra merced. Creo que debería llevaros a que os viera el hijo de Raquel que es médico, si es que no se nos vuelca la barca antes de eso.
Xiloxóchitl soltó los remos a los que, a pesar de estar cómodamente sentado, se había aferrado como si fuera a hundirse y que, por el temblor de él, no paraban de golpear la borda, agachó la cabeza y la escondió entre los brazos y…
-¡Voto a San Bósforo! ¡Xiloxóchitl! ¡Xiloxóchitl! ¡Se me ha desmayado! ¡Hermano! –decía mientras le tiraba agua por la cara. Xiloxóchitl volvió en sí en seguida- Vamos a...
-Tenga piedad vuestra merced. Déjese de médicos y déjese de dar vueltas. Dígame lo que quiere que diga yo y delo por dicho que yo lo diré. Dígame lo que quiere que haga yo y delo por hecho que yo lo haré pero no me mate… O máteme vuestra merced. Cómo gustéis.
-Yo hago todo eso que decís pero dejad de temblar ya que me da miedo. Nunca os he visto así. … Bien, se trata de si queréis dejar de estar soltero y que yo deje también de estar soltero, solos los dos, en secreto, en el mismo lugar y a la misma hora sin que nadie más que se encuentre ahí deje de estar soltero al mismo tiempo. ¡Estáis pálido!

La Zarzamora
19/07/2012, 23:13
-No os preocupéis que, si todo esto no es un sueño, seguro que se me quita. ¿Cuándo?
-¿Cuándo se os quita el estar pálido?
-No. Cuándo quiere vuestra merced que se nos quite el estar solteros.
-Cuando vos digáis. Sí queréis, ahora mismo.
-¿Aquí, en medio del agua? –dijo mirando alrededor.
-¡Voto a tal! No, Xiloxóchitl. ¿Habéis traído vuestra fe de bautismo como os dije?
-La he traído. He traído todos los papeles que tenía.
-Entonces ahora remamos hasta el barrio griego donde está la iglesia de Santa Teodora y vamos a esa iglesia que hay allí un padre que se especializa en casorios secretos. Cobra ¿eh? Pero yo ya voy prevenido y me hará un precio porque, si no, me voy a otro, que la competencia es cruda. También tengo escritos unos papeles para firmarlos los dos ante el papa, o sea, el cura, y que debe leer antes vuestra merced por si no está de acuerdo en algo o desea añadir algo más. Se trata sobre todo de que vuestra merced no me va a dar nunca la murga para que sea mujer, fuera de lo imprescindible. ¿Los quiere leer ahora vuestra merced o prefiere esperar a reponerse un poco del desmayo?
-Los quiero firmar ya sin leerlos.
-Tiene que ser ante testigos.
-Bien, pues entonces los firmaré cuando estén los testigos, pero no me interesa leerlos.
-Pero yo no quiero engañar a vuestra merced y me puedo equivocar, que soy humano.
-Yo os doy mi conformidad para que me engañéis y os equivoquéis y seáis muy humano. ¿El cura ese es católico romano o cismático?
-Es cismático, claro, ¿qué va a ser? Es el que nos conviene. Yo no quiero que nadie me siga la pista a cuenta de que la iglesia de Roma está en todas partes para que luego me desnuden en la calle como al que se viste de ajeno. El que los cismáticos de Roma y los cismáticos de aquí no se hablen es sin duda obra de Dios y de su amorosa providencia porque ha pensado en personas como nosotros.
-¿Y eso, el casarse donde el enemigo, no es pecado? Porque la iglesia está llena de muchos pecados.
-Sí. La Santa Madre Iglesia está muy bien porque hay muchos pecados y sería un milagro no pecar y ser pecadores, finalmente, lo exige la salvación. ¿Si no, de qué nos íbamos a salvar? Esto es pecado pero vale, que es lo que nos importa. En el peor de los casos, vale lo suficiente.
-¿Y vuestra merced no se tiene que confesar luego ese pecado a un cura no cismático?
-Es que eso no debería ser pecado, Xiloxóchitl. Que ya hay muchos otros pecados para salvarse lo suficiente.
-Ya. Vuestra merced asume, pues, en conciencia, la responsabilidad de sus actos ¿es eso?
-Eso es.
-Bien.
Marcos Bey no estaba exactamente despreocupado como siempre pero tampoco lo mataba la preocupación, en cambio Xiloxóchitl no se lo creía, es decir, temía creérselo. Temía que todo fuese una confusión, un malentendido. Que lo que Marcos Bey había querido decir fuera otra cosa y que él había comprendido mal o que todo esto no estaba sucediendo. Y cuando Marcos Bey le sostenía la cara con una mano, para echarle agua con la otra, hubiera querido fundir su cuerpo con esa mano, ser un perro y lamerla con entrega, adorarlo, devorar los ojos que lo miraban y comerse a bocados aquel rostro que lo crucificaba. ¿Sería posible que estuviera sucediendo esto? ¿No se iba a despertar y a encontrarse de repente en el desván ante un día más de agonía, de vivir en una jaula de deseo y de cariño reprimidos? ¿Sería posible que esa jaula se fuera abrir en un ratito en un sitio que se llamaba Santa Teodora?
A la iglesia de Santa Teodora llegaron y allí los recibió un acólito que los hizo pasar a un patio lleno de macetas al que daba la sacristía y los dejó solos.
Luego salió el padre Teodoro con sus hábitos, sus tocas y su barbón que parecía un bosque de lianas negras -¿sería teñido?-, y junto a él la padresa, sin barbas, pero con bigote y buenas carnonas, y con tocas y faldones casi como los del marido.
-¿Y quiénes son los que se quieren casar?
-Nosotros dos.
-Yo no puedo casar a dos varones. Necesitamos una mujer.
-¡Claro! Uno de nosotros es mujer –aclaró Marcos.
-Ya… pero eso habría que comprobarlo. Las autoridades son las autoridades y yo bastante hago que caso en secreto. Lo que no puedo hacer es saltarme la ley a la torera, hijitos. Si vuestra merced -dijo dirigiéndose a Xiloxóchitl- tiene la bondad de pasar ahí dentro, mi santa esposa, Teodora, podrá comprobar con toda discreción que no se comete ningún acto contra natura y todos contentos.
A esto asintió la padresa Teodora riéndose con esa cara de disfrutar de lo lindo que sólo saben poner las mujeres con bigote negro.
Xiloxóchitl retrocedió y Marcos dijo:
-Padre, el que va a hacer de mujer soy yo. Ya voy. Vamos, padresa.
Entraron en la sacristía dejando la puerta entornada, para que nadie pensara mal, y volvieron a salir en seguida, y la padresa confirmó con un gesto contundente a la mirada interrogadora del padre Teodoro, que luego se volvió hacia Xiloxóchitl pensativo y al final dijo:
-Esto es muy… me es muy violento decíroslo, pero no estoy seguro de que vuestra merced sea varón… Y tampoco puedo casar a dos mujeres. No tenéis ni medio pelo en la barba…
-Es que es indio de las nuevas Indias. Los indios no tienen barba –dijo Marcos.
-Esos son los chinos, pero de los indios no tengo apuntado nada… No sé, yo no me atrevo a correr ese riesgo…
-Podéis pasar los dos ahí y… -dijo la padresa. Pero no terminó de hablar, porque padre e indio, que estaban frente a frente, dieron un paso atrás apartándose el uno del otro con un gesto de asco tal que… vamos, no era para tanto.
-Si lo lleváramos al médico… -dijo el padre.
¡Y dale con el médico! Xiloxóchitl estaba empezando a cambiar los temblores por el enfado. Claro que él y los demás se ahogaban en un vaso de agua, porque, después de pasear la vista por las macetas del patio,
Allí habló don Marcos Bey,
Bien oiréis lo que decía:
-Regad vos esas macetas,
Caballero de mi vida,
De lejos habéis de dar,
Afinando puntería,
Regadlas ésas ahora,
Después regaréis las mías.

La Zarzamora
19/07/2012, 23:15
La padresa encontró todo esto divertidísimo y las carnonas le temblaban de la risa. En cuanto a Xiloxóchitl, por muy fastidiado que estuviese y macho que era, no iba a volverse atrás ahora, después de los tres años y medio de infierno que llevaba y de que Marcos se hubiera puesto en manos de la padresa, que a saber si era mujer o era buey. El día que pillase él por la calle a estos dos peludos les iba a hacer el rasurado permanente a serrucho.
-Por favor, para proceder al riego, sírvase la señora padresa, retroceder allí –dijo Xiloxóchitl señalando con detenimiento y contundencia dónde quería que retrocediese la padresa que era detrás de Marcos Bey, donde no pudiera ver nada.
Sí, no fuera a ser que la puntería no fuese lo bastante afinada y la regara a ella. Pero bien está lo que bien acaba. Las macetitas quedaron servidas, todo se firmó con sus testigos, ya tenían algunos papelitos más que guardar en primorosas fundas de cuero y ahí estaban ya en la calle, exsolteritos y aspirantes a una dicha que, no sólo iba a ser íntima, sino también secreta de las de llevarse a la tumba.
-¿Qué plan tiene vuestra merced ahora? –preguntó Xiloxóchitl.
-Yo ya le dejé dicho a Cuahuipil que podríamos estar ausentes hasta tres días y tengo las llaves de una casa por ahí arriba desde donde se ve la nuestra por si ponen sábana en el desván. También me las ha dejado Ayse, que se las ha dejado a ella una familia húngara que conoce y que no están ahora porque se han ido a conquistar Hungría, pero no son los de nuestro círculo, son otros. En el camino podemos entrar en los temazcales, luego bajamos a la barca a recoger las plumas y ya, cerca de la casa donde vamos, paramos en la fonda para que nos suban comida y bebida y florecitas del campo. ¿Os parece bien?
-Me parecen lindos preparativos y os agradezco el haberlos hecho. Pero, si no veis inconveniente en ello, antes de ir a la casa, yo tengo la necesidad espiritual de pasar por el Gran Bazar.
Fueron, pues, a los baños, o sea a los temazcales turcos, y luego al Gran Bazar donde buscaron la tienda de instrumentos de música que le había recomendado Raquel a Xiloxóchitl. Allí pasaron un rato hasta que Xiloxóchitl eligió un laúd a su gusto, medida y precio. Cuando dejaban la tienda, Xiloxóchitl miró a Marcos con el laúd en las manos mostrándoselo y le dijo:
-Es para dar gracias a Camaxtli. Es decir, espero que sea para eso.
-¿Pero todavía tiene dudas vuestra merced? ¡Voto a tal! Claro que es para dar gracias a Camaxtli. Se va a aburrir de todas las gracias que le vamos a tener que dar. ¿Ya sabe tañerlo vuestra merced?
-Ni pizca. Voy a aprender. Si esto no es mentira, espero cantar mucho, a menos que eso disguste a vuestra merced.
-Yo no sé de ninguna cosa que haga la vuestra que a mí me disguste. Seguramente yo también os acompañaré, que me gusta cantar, pero nunca me he entendido bien con los instrumentos. Espero que vuestra merced sí.
¿Y conmigo os entenderéis bien? Yo también espero que sí, se dijo Xiloxóchitl, pero seguía sin atreverse a creérselo. ¿Qué pasaría si llegado el momento se encontraba en el cuerpo de Marcos con cosas de las que él decía que no tenía? ¡Qué absurdo! ¿Para qué iba a engañarlo Marcos en una cosa así y a estas alturas? El que se pillaría sería él. ¿Y cómo iba a estar además compinchada la padresa? Bueno, podría ser. No, era absurdo ¿por qué motivo?
No, claro que era absurdo, pero ése era Xiloxóchitl, y aun es posible que siguiera dudando incluso después de dar gracias a Camaxtli y hasta una vez metidos en harina y hasta llegar al fondo del tarro y comprobar que, en efecto, había tarro y había fondo. ¿Y aun después? A lo mejor no, quién sabe.
Pero no adelantemos acontecimientos porque, esperando lo mejor, aun dando un salto en el vacío (como lo sentía él), gente agradecida que era, siempre fiel a Camaxtli, y sin prisas por quemar etapas, antes de abordar la cuestión de las macetas, se acomodaron en la otomana, Xiloxóchitl con su laúd.
¿Era el cielo eso? Y, si era el cielo, ¿qué cielo era? ¿El de Camaxtli hecho de sol, el paraíso de Tláloc, el infierno de íntima oscuridad? No. Debía de ser el cielo de la tierra, el que se había ganado aguantando tres años y medio de tortura y de tinieblas, el cielo que se pintaba en aquellos ojos pardos no muy expresivos, sin gran misterio, pero llenos de movimiento, de fuego contenido, y a los que ahora podía mirar y acariciar con los suyos y no importaba si se perdía en ellos y no volvía. Y así, acompañándose al laúd, sin embarazarse de trastes, dándole a una sola cuerdecita, siempre la misma, como quien pone un punto en la escritura, entonaba:

-Más allá
del bien y del mal,
Más allá
De este ropaje indiferente,
Un ombligo
Que es faro del camino
Nos lleva
Detrás de lo aparente.
Más allá, más alláaaa
Sin rendirse jamás
Detrás
de lo aparente.

La Zarzamora
27/07/2012, 01:04
Al cabo de los tres días y sin haber visto colgar la sábana de color de la ventana del desván, bajaron del cielo de la tierra a la tierra misma, con los demás mortales, y al mar ya de paso, y volvieron a casa y, para entonces, ya debía de creerse Xiloxóchitl que lo sucedido había sucedido de verdad, porque era otro. Tan otro era que la Vacatecuhtli casi se cae de culo, cuando él, con una sonrisa de esas que se habían ocultado durante tres años y medio y que eclipsaban a los astros cercanos y lejanos, le mesó afectuosamente los cabellos y le dijo:
-¿Cómo está mi Vacatecuhtlita?
Aparte de la transfiguración de Xiloxóchitl, la expresión de concentrada satisfacción de Marcos -que era como la del gato que, en ausencia del pescadero, hubiera hecho de las suyas en todos los cajones de sardinas- parecía decir que no era precisamente penitencia lo que habían estado haciendo.
-¿Qué tal? ¿Pudisteis resolver todo? –preguntó Cuahuipil.
-Todo está más que resuelto, gracias a Dios -dijo Marcos y confirmó Xiloxóchitl.
-Tú tienes muy buena cara, Xiloxóchitl! No se te veía así desde…
Justo: “desde que llegó Marcos Bey”. Eso es lo que iba a decir, pero se detuvo a tiempo, exclamando para sí mismo: “¡Ay va! ¡Era eeeso!”. Entonces, lo que terminó diciendo en voz alta fue:
-…hace muchísimo tiempo.
Pero ¿cómo había podido estar tan ciego? ¡Era tan evidente! Y riéndose para sus adentros recordaba cómo el pícaro de Marcos Bey lo había despistado con sus harenes y sus cautiverios entre turcos y berberiscos. Pero ¡qué cándido había sido! Se alegró por los dos pero, sobre todo, por su cuñado, que debía de haber vivido unos infiernos que no eran para contados. Y con el consabido “¡claro, por eso me preguntaba tal…!” o “¡claro, por eso hacía cual!” iba a estar toda la noche y unos cuantos días, y hasta meses, porque cada poco caía en algún detalle que debiera haberle sido revelador y en el que, inocente de él, no había sabido ver algo que, después de haber sido tan íntimo de Marzuqa, le tendría que haber parecido un libro abierto. Tal vez era que Marcos era tan distinto de Marzuqa que pensar en la una excluía pensar en el otro, o sea, en la otra.
Y a su hermana ¿le contaría Xiloxóchitl el secreto? No hacía falta. Desde que se enteró de que Marzuqa era mujer, como era una persona lógica, le pasó lo lógico, o sea, que con cada cristiano -u otomano-, que veía, se preguntaba si era mujer o varón. Y, si no eran muy peludos, los consideraba mujeres en potencia hasta que alguien le demostrase lo contrario y eso incluía a Marcos Bey. ¡Qué contenta estaba! Ya no trasquilarían a su hermano. Ja, ja, ja, ja, ja. Y se rió de su propio chiste hasta descolgársele la mandíbula porque, naturalmente, por las trazas, a los ojos del mundo su hermano iba seguir tan soltero como siempre, soltero para toda la vida. Ja, ja, ja, ja, ja. ¿Cuántos tendrían, siete hijos? ¿diez? Y ¿cómo iban entremeter y explicar esos accidentes en sus solterías? El porvenir se anunciaba lleno de intriga.
En esos tres días Marcos y Xiloxóchitl habían hablado mucho. Xiloxóchitl, sobre todo, tras tres años y medio de reprimirse brutalmente de palabra, de tapar su sentir y pensamientos, de una alerta continua a lo que dejaba traslucir, necesitaba, sí, certeza de que aquello que le ocurría ahora no lo estaba soñando pero, además y una vez confirmado eso, lo que le era imperioso era hablar, hablar mucho, hablar de lo que había callado, decir sin trabas aquello que ni siquiera a sí mismo se había permitido declarar, quitar todas las barreras a sus pensamientos; como un niño bueno, quería que se reconociera su mérito de haber pasado por aquel calvario y haberlo superado sin perder la virtud ni la dignidad, que se apreciara su fidelidad… Y todo eso sólo podía permitírselo con una única persona, la que era la causa de todo ello. Tendría, pues, que ser sobre ella sobre la que desbordara ahora todo lo que había retenido. ¿Iba a ser esa demasiada inundación para Marcos Bey? Para nada. Él también tenía muchísimo que decir y aquello que tenía que escuchar, finalmente, era hermoso, como todas las cosas de este indio, que sólo por él valía la pena crear un universo entero y bien que lo sabía el Hacedor porque era así como lo había hecho. Y algo tan hermoso como este indio puede permitirse todo, que la hermosura no paga aduanas.
Pues sí, tres días les supieron a poco pero, hechos a nada, el poco era casi como todo. Y el mundo, que siempre había sido perfecto, ahora era más perfecto que nunca y por eso los de la casa los vieron llegar con aquellos semblantes resplandecientes y satisfechos y por eso Xiloxóchitl, a partir de ahora, podría mirar de nuevo el mundo con los ojos ya no de la necesidad sino con los de la realidad. La necesidad lo había obligado a odiar a la Vacatecuhtli porque era la única manera en que podía él aguantar el sufrimiento mental y emocional que entrañaba su situación y fue en ese odio en la única cosa en que no se reprimió, echándole toda la leña que pudo por su propia salvación. Si hubiera pensado que su rival era una buena mujer, no hubiera podido con ello. Tenía que ser odiosa para que él pudiera resistir. Ahora ya no. Ahora podía y quería hacerle justicia. Porque, además, y como le demostró Marcos, lejos de ser odiosa, a efectos de él, no podía haber sido más inocente. Por eso, al llegar a la casa, había sentido la exigencia inmediata de resarcirla de sus malos sentimientos pasados y de ponerse así en paz consigo mismo.
La transfiguración de Xiloxóchitl ocurrió unos días antes de que Ilhuicáatl y Cuahuipil se embarcaran en una nave llena de peregrinos a La Meca. En su sustitución y hasta que volvieran habían contratado a dos moriscos valencianos que acababan de llegar con sus familias a Estambul y necesitaban trabajo. Si resultaban, los guardarían luego, porque el negocio iba bien, tan bien que ya les ocasionaba apuros para cumplir.
Por la noche, para no dejar a la Vacatecuhtli sola abajo mientras durase la ausencia de los peregrinos, Marcos se mudo al cuarto de éstos, con lo cual también mantenían mejor las formas ante ella, que, por su parte, quería saber qué había ocurrido esos días en que estuvieron ausentes para que Xiloxóchitl volviera transfigurado y un dechado de amabilidad. Y, como había confianza, le preguntó directamente a Marcos y Marcos le contestó.
-Vos no estabais todavía en el real de Axayácatl cuando descubrimos la calavera de su padre en el tzompantli del templo de Yakatecuhtli. Esa noche el hermano Xiloxóchitl tuvo una horrible pesadilla en la que Yakatecuhtli, el dios del comercio, lo acusaba de haber enviado a su padre a la muerte. Yo no lo he entendido muy bien porque no sé si es que el sueño le insufló un recuerdo falso a Xiloxóchitl o si es que realmente pasó algo en su infancia que le dio esa pesadilla. Estas cosas que pasan entre padres e hijos a veces dejan heridas muy malsanas que lo persiguen a uno hasta la muerte. Como sea, Xiloxóchitl estaba convencido de que él era culpable de la muerte de su padre por azuzarlo a ir a comprar sal, sin ninguna esperanza, porque, por aquel entonces, el imperio mexica echaba las muelas de rabia porque los cocineros tlaxcaltecas estaban arrebatando la fama a los de Tenochtitlán por todo el orbe y no quedaba otra que hacerles la jugarreta de dejarlos sin sal, si no querían que Moctezuma sacara una pragmática imponiendo el comer crudo en los próximos 52 años.
-¿Pero qué gruñidos de cochino son esos que parecen salirle por el culo a vuestra merced para anunciar que hoy es más tonto que ayer, pero menos que mañana? ¡No me toquéis el lugarcito, moco de cochino! Si no queréis explicarme nada, cerrad el hocico, pero no me babeéis, cagarruta de pulga.
-Pues será lo de los cocineros que lo he entendido mal, pero Xiloxóchitl se sentía hecho polvo desde ese mismo día. Preguntad, si no, a Cuahuipil y os dirá que antes de eso Xiloxóchitl era como lo habéis visto ahora, resplandeciente y afable, que no se puede pedir más en el orbe, y eso es que se ha curado del maleficio que le corroía el alma.
-¡Claro! El pasar tres días en vuestra selecta compañía lo curó y transfiguró ¿es eso, verdad? –menos mal que era ironía.
-Claro que no, Vacatecuhtli. Pero no seáis así de mordaz conmigo. Yo no me merezco esa ironía que nunca he presumido de hacer milagros. Yo acompañé al hermano Xiloxóchitl a donde una mujer famosa en todo Estambul por hacer curaciones espirituales...

La Zarzamora
27/07/2012, 01:06
Hasta ahí aguantó Vacatecuhtli. Cuando la cosa derivó hacia las mariconadas beatíficas, se levantó y renunció a saber nada de boca de su ex99% de barragán, ¿o ya con esta deliciosa conversación se había alcanzado el cien por cien? Estaba visto que estos sapos con quienes vivía en Estambul no sabían lo que era el compañerismo ni la reciprocidad. Ella les contaba todo y a ella no le contaba nadie nada. Que no le tocaran las narices que se iba con el hijo del embajador de Venecia, ese imbécil que la acechaba cerca de la casa y que se ocultaba cuando veía a alguien que no fuese ella.
De muy mala uva, se puso, pues, con el trabajo del día y ya, metida en sus quehaceres, se preguntaba por qué no habría acompañado ella a Cuahuipil y a la jorobadita a La Meca. Ahora era un poco tarde para pensarlo pero echaba de menos a sus dioses o, como diría Cuahuipil, los nombres de Dios Uno, y se recriminaba haber sido tan fastidiosa con las gallinas y no haberse querido poner plumas porque luego cuando todos las tenían, se sintió ridícula y desnuda sin ellas. Y ahora, si se volvía atrás, iba a quedar más ridícula todavía. Y, otra cosa ¿qué sentido tenía seguir en el Imperio Otomano? Ya se había llevado el enorme disgusto de que se rechazase intervenir en las Indias. Estuvo maldiciendo de los otomanos varias semanas seguidas a cuenta de eso y si no mató a unos cuantos fue porque sus cuatro amigos estuvieron pendientes de que no lo hiciera. Pero menos mal que maldecía, si no, no hubiera podido con ello. Y ahora tampoco podría con ello si se ponía a pensarlo, así que, mejor, lo dejaba. Que eso, que qué sentido tenía seguir en Estambul o Uskudar o lo que fuera. Por supuesto, no se quejaba del sitio ni del trato y, en justicia, bien podía decir que había vivido allí mejor que en ninguna otra parte, amén de que veía semejanzas entre La Sublime Puerta y la corte de Moctezuma. Hasta la manera de hablar, sólo por señas en la corte otomana y en voz bajísima y breve en el caso de Moctezuma, las emparentaba. Y los gineceos, aunque en política, parecían tener mucha más voz las otomanas que las tenochcas. El orden y la claridad jerárquica eran asimismo notorios en ambos, también lo cuidado que estaba todo por doquier. Por ninguna parte se veía desidia o negligencia. Claro, en el Imperio Otomano no hacían sacrificios a los dioses, esa era la diferencia, que se compensaba un poquito con la curiosa forma de sucesión de los sultanes, conforme a la cual sucedía al padre aquel de sus hijos que conseguía dar muerte a los otros y quedarse solo. Eso seguro que no era un sacrificio a los dioses, pero vaya si impresionaba, aunque los eliminados al cabo fueran muy poquitos. ¿Cabía deducir de ahí que la caída de Tenochtitlán era un castigo por los sacrificios humanos? De lo que dijeran los cristianos no hacía ni caso. Hablaban por su propio interés y, de todas formas, estaban obcecados que sólo podía ser lo que dijesen ellos. Y todo parecía indicar que terminarían imponiendo su crucecita y todo lo que iba con ella, que pesaba mucho. Y, en conjunto, la impresión que le dejaba esa religión, al menos la que proponían para la exportación, era la de un atracón de excesos emocionales. Por lo que había conversado con Cuahuipil y el barragán y por lo que le oyó a Marzuqa e incluso a los cismáticos del Imperio Otomano, entendía que había más que eso y que tenía más enjundia de lo que indicaba esa apariencia, pero lo que trascendía al vulgo era que, fuera de ponerse a torturar mental y emocionalmente uno mismo y a sentirse malísimo porque Dios Todopoderoso, nacido en no sé qué año, se crucificó por nosotros para que nos fueran perdonados los pecados, no veía otra cosa que señalar. A pesar de lo horribles que pudieran parecer los sacrificios humanos, para ella eso tenía mucho más sentido que el crucificar a Dios. Es precisamente porque los seres humanos mueren por lo que vuelven a su Creador, porque son de Él y nunca han sido otra cosa que de Él, que los pone en la vida para que hagan ese viaje. ¿Cómo el que alguien muriera crucificado o jugando al totoloque, y más si dicen que ese alguien era Dios, iba a contagiar a todos los demás sin que a su vez hicieran el viaje que era mandado por los dioses? En fin, que, si alguna vez tenía que decir amén a todo, lo diría, pero que no le hicieran comulgar con ruedas de sacrificio gladiatorio, que no tenía tantas tragaderas.
¿No era eso desolador, pensar que, si volvía a su tierra, cuando volviese, se iba encontrar con que ya no habría ninguna verdadera divinidad sino sólo la cruz y una madre virgen? ¡Una madre virgen! O eso es una alegoría o un símbolo o es una afrenta a la maternidad. ¿Es que la maternidad no es buena ni divina si la madre no es virgen? Claro que, si es madre de dios, tendrá que ser-no-ser virgen con alguien que sea Dios, porque si no… ¡Vaya disparate! Si lo presentasen como lo que es, un lenguaje, un imaginario emocional cuya finalidad era mover a la gente a los sentimientos más generosos o compasivos, tendría su justificación y utilidad y la religión india estaba cargada de esa clase de lenguaje. Pero presentarlo como una serie de sucesos históricos por los que el crucificar a alguien, concretamente a Dios, (¿a Dios?), era el único medio de que ese mismo Dios perdonase a la malísima humanidad, le parecía de un infantilismo lastimoso y una aberración soberana. Mira que detestaba estas mariconadas. Y agárrate con la comunión porque el concepto era el mismo que el de los indios pero estos cristianos decían que sólo valía la comunión de uno en toda la historia y que con una entrada pasaban todos, porque era Dios. No, no terminaba de creérselo. Faltaba un par de años y cuando volviera ¿que vería? ¿Todo el Anáhuac sacrificado a la cruz y no a Dios? ¿La idolatría impostando el monoteísmo? Desde luego, no dudaba de que había un cristianismo con pies y cabeza, y era lógico que fuese así, porque los hombres son hombres por doquier y la divinidad igualmente reina y manda por doquier aunque los hombres se obstinen en tapar, pero la sopa de emociones que es lo que predicaban para el consumo, como si fuera indiscutible y porque sí, por derecho divino, como su puto rey de su puto papa, no podía ser otra cosa que una tomadura de pelo.
¿Y esto a qué venía? Que había empezado por una cosa y ahora ya no recordaba qué cosa era. ¡Ah, sí! Que ya no tenía nada que hacer aquí. Que con haberse sentido bien tratada y haberle aprovechado mucho la estancia en Estambul, ella, y sospechaba que los demás también, tenían que decidir qué curso iban a seguir. Para Cuahuipil sabía que era renunciar a la completa libertad de religión aquí para volver a esconderse como un delincuente, que era por otra parte lo que les esperaba a los indios, pero ella, aún así, quería volver. Tal vez un día se arrepentiría, pero le tiraba mucho su tierra y, si había de caer en la tiranía, quería hacer lo que pudiera por que esa tiranía fuese lo menos tirana posible. Se lo debía a su patria y a otros que quizás no tuvieran tan mala leche como ella y agachasen la cerviz haciéndole las cosas fáciles al opresor. Ella se las haría difíciles, al menos tan difíciles como pudiera. Ella no creía en las sopas de emociones, ella creía en la divinidad absoluta y en la lucha. Los dioses dan la derrota o la victoria, pero, den lo que den, los seres humanos han de luchar. ¿No lo había aprendido eso con los muslimes, que aunque sea insignificante, uno debe hacer lo que pueda y no renunciar a lo poco porque no pueda lo mucho?

La Zarzamora
27/07/2012, 01:07
De todas formas, los seres humanos son extraños. Porque ahí estaba su barragán, muy católico, pero él no quería imponer nada a nadie y estaba a gusto con todo el mundo. Y es más, decía, como decía Cuahuipil, que no hacía tanto en la Vieja España cada cual había podido ser lo que fuera sin sufrir por ello represalias ni tener que esconderse. ¿Qué enfermedad se había apoderado de esos “cristianos del demonio” como los llamaba su barragán? ¿Por qué tuvieron que romper la concordia y los pactos solemnes con Dios por testigo? Si no tiranizaban, que fuesen tan emocionales como quisieran y se salvasen como entendiesen, pero ¿no era acaso una muestra clarísima de falta de fe el sentirse en el deber de imponer su “creencia” por la fuerza, el avasallamiento y el monopolio? ¿Tan indigerible y disparatada era esa creencia que si no se imponía no se confiaba en ella? Nunca se hubiera imaginado algo tan descabellado y tan descabalado. Y ¿qué harían Cuahuipil y la señora Alcalá? ¿Se quedarían? ¿Volverían a la Vieja España? ¿Querrían volver a Tlaxcala? Le gustaría esto último. Era absurdo e increíble que en estos últimos años su familia hubieran sido dos teules y dos tlaxcaltecas. A Cuahuipil, de tanto tratarlo, nunca se lo diría, pero le había cobrado mucho apego y, ahora que no estaba, lo echaba muchísimo de menos. Tan plebeyo, tan trabajador, tan paciente… pero era como delataba su nombre, siempre estaba ahí, siempre te podías apoyar en él, refugiar en él, con el único riesgo de alguna cagada de pájaro, porque era un gruñón y, cuando la reñía por algún motivo, siempre le soltaba aquello de “parece mentira que con vuestros 22 añazos, vuestra merced siga…” lo que fuera. Y además que no se olvidaba de aumentarle un año cada año. Recordaba cómo la parejita le había parecido ridícula la primera vez que vio a la jorobada. Hecha a ver a los cristianos emparejarse con las aristócratas indias, Cuahuipil le pareció un pobre de espíritu sin ambiciones, casi le pareció risible, un pobre imbécil, yendo a elegir a una jorobada, que ni siquiera tenía dote digna de mención. Y tal vez sí que tenía algo de eso el muchacho, pero había más. Él era uno de esos afortunados que sabía lo que no quería y sabía lo que no estaba dispuesto a hacer para que el mundo estuviera más contento con él o lo aplaudiese. Y la caimana… era un caso aparte. El único que la había desagradado siempre era el Xiloxóchitl y no entendía qué le había podido pasar porque, desde el día aquel, era demasiado bueno para ser verdad y la trataba a ella con una ternura y delicadeza desarmantes, sin importarle de qué humor estuviese ella.

Y en la Nueva España ¿quién le quedaba, aparte de eso? Medio hermanos con los que nunca había tenido mucha relación ni afecto y Ahuitzotl que, encima, ya ni siquiera era hermano. Ahora lamentaba, cuando tuvo aquella conversación con la señora Alcalá, no haberle dicho nada de la carta de Ahuitzotl porque sí le hubiera ayudado explayarse con alguien. Sin duda lo haría cuando volviesen de La Meca. Seguía pensando en su padre y seguían revolviéndola las palabras que dijo en su lecho de muerte.
Volvieron de La Meca Cuahuipil e Ilhuicáatl y, como era de esperar, hubo un desfile de amigos y conocidos por saber de primera mano todos los detalles de la peregrinación. Escuchar el relato de quienes lo habían vivido era también un acto piadoso. También en esos días murió Raquel, lo que entristeció a todos, porque de todos era querida. Para Cuahuipil además fue como si le robaran otro pedazo de alma. Otro testigo menos de un pasado que no volvería. Era como si los pensamientos se le fueran convirtiendo en cementerio y la falta de Raquel fue un acicate más para una decisión que habían meditado él e Ilhuicáatl. Unos días después, ambos convocaron a los otros tres:
-Estamos pensando en volver a la Nueva España –dijo él.
-¿Por qué? ¿Os fue mal en La Meca? –preguntó el cuñado.
-Todo lo contrario. Nos fue muy bien pero precisamente por eso. Lo hemos meditado y siguiendo lo que nos dice el corazón queremos volver allí. Sin ninguna urgencia porque tenemos aquí cosas que terminar y también, según lo que decidamos todos, resolver qué hacemos con el negocio y, como tendremos que pasar necesariamente por la Vieja España, ver con qué cara y personalidad aparecemos por allí porque lo mismo nos prenden. ¿Qué pensáis?
-Si os vais vosotros dos –dijo Vacatecuhtli señalando Cuahuipil y a Ilhuicáatl- me voy con vosotros.
-¡Voto a tal! Ahora que yo me había vuelto a aficionar a esto…
-¿No querréis volver a aficionaros a aquello? –le preguntó Xiloxóchitl.
-Vos ¿cómo lo veis?
-Si vamos a volver, aunque sin prisas, como bien dice Cuahuipil, cuanto antes mejor. En la Nueva España debe de estar cambiando todo muy rápido y, cuanto más tardemos, más cosas se habrán hecho sin nosotros y puede ser que en nuestro perjuicio y recuerde también vuestra merced que teníamos que descubrir las siete cuevas.
-¡Voto a tal que más razón no podéis tener! Las siete cuevas no pueden esperar.
Pues parece que había acuerdo, aunque también pena. Pero como tampoco entonces se podía estar en dos sitios a la vez, se dedicaron a terminar honrados alcoranes en pictogramas, balances contables, aprendizaje de los nuevos tripulantes de la barca y una novela: la que le pensaban contar al hijo del embajador de la Serenísima República de Venecia para que los rescatase de su cautiverio en el imperio otomano.
Vacatecuhtli había contado a sus compañeros que el galán la perseguía por doquier y muchos días acechaba la casa a ver cuándo se quedaba sola y decidieron que no sería mala idea invitarlo dentro para que no hiciera el ridículo fuera y, así, quién sabe, hacer una buena amistad. No estaban seguros de que fuera hijo del embajador porque, aunque daba a entender eso como parte de sus atractivos, más bien les parecía que lo era de algún ayudante o secretario pero algo era porque lo habían seguido y sí tenía entrada en la Embajada y, era de suponer, también a las firmas y sellos que a ellos les allanarían el regreso a la Vieja y a la Nueva España.
Así lo hicieron, pues, invitándolo a pasar y así le preguntaron que qué tenían que hacer para escapar de Turquía y llegar a tierra de cristianos. Que ellos eran el séquito de doña Juana que era hija de un príncipe azteca y que habían trabajado y habían conseguido rescatarse todos menos ella porque la dueña era una mujer sin entrañas que no quería aceptar el rescate. Ya estaban desesperados y no veían otra salida que escaparse sin más. Si ellos pudieran embarcar juntos, le decían, con salvoconductos y documentación de la Serenísima porque la suya se la habían cogido sus dueños, el padre de doña Juana que era un gran príncipe sabría agradecérselo. Que también estaban dispuestos a pagar. Y a jugárselo, pero a esto último el embajadorcito no jugaba. Prefería lo seguro.
-¿Y cómo es que a una mujer tan hermosa como ella no la habían metido en algún harén? Preguntaba.
-Si sí que me metieron pero como la mujer estaba celosísima, me raptó y me tuvo escondida a pan y agua en un sitio que no sé donde estaba porque no veía la luz del sol hasta que, por lo visto, se murió el muy vicioso y la mujer me alquiló al dueño de la barca para trabajar.
-Es una pena que trabaje tanto una mujer tan hermosa como vos.
-Pues sí. Por eso nos urge que nos den un salvoconducto como cautivos rescatados. Aquí ya sabe mi señor embajador que el Emperador del Sacro Imperio no tiene embajada y a ver cómo lo hacemos.
El embajadorcito se vio entre dos aguas: las eminentemente codiciosas y mercantiles de Venecia y las tenochtitlanas llenas de embrujo que los amigos se habían aplicado a dibujar en el escudo nobiliario de doña Juana tal como gustaban los cristianos de dibujar esas cosas. Había que decorar un poco el asunto para que todos quedaran en buen lugar y, por eso, ellos se esforzaban en mostrar un enorme interés por las genealogías del embajadorcito, los talentos del embajadorcito, la venalidad del embajadorcito… Fue esta última la que, lubricada por todo lo demás, finalmente ganó. La princesa azteca estaba demasiado protegida por tres caballeros y una jorobada como para conseguir favores íntimos y, para compensar la falta de ganancia por ese lado, tampoco era una tragedia lucrarse por otro y el único que perdía al final era el turco. Venalidad pues y más vale un toma que dos te daré. Llegaron a un acuerdo sobre el precio y con flamante documentación que demostraba que habían sido capturados en un abordaje berberisco y llevados a Estambul sin haber podido arribar a las costas de la Vieja España procedentes de la Nueva hacía tres años y medio, en marzo de 1524 los cinco amigos desembarcaban en la otra ciudad de los canales.

La Zarzamora
02/08/2012, 23:05
La Nueva España, noviembre de 1524

Lee y relee la carta. No se atreve a creérselo.
“Querido -es decir, puede que querido, tendremos que ver- exhermano exAhuitzotl. Muchas gracias con retraso por tu extensa carta y adjunto que recibí no hace mucho.”
(Claro, por eso no me escribía, piensa él, crédulo él).
“Ponte inmediatamente camino de la ciudad de Tlaxcala. Tráete tres o cuatro macehuales de tu confianza y muy capaces”
(¿Capaces de qué?).
“Estoy aquí con los toros, las vacas y los venados-caballos. Los burros de momento se quedan en Tlaxcala. Cuando llegues a ídem, vete a la posada de Santiago del Conejo. El nombre y el conejo lo tiene puesto en la fachada encima de la puerta. Di que eres Ahuitzotl y pregunta por Vacatecuhtli.
Deja preparado un terreno cercado equivalente a 40 tlalquahuitl de lado, al menos, a lo que te dé tiempo, pero que esté enteramente cercado.
¿De verdad estás tan estropeado como dices? Tendremos que ver.
Tu exhermana Vacatecuhtli.”
¿Vacatecuhtli? No me suena. ¿Cuándo se ha llamado ella Vacatecuhtli? Su nombre cristiano era Juana. ¿Se lo habrá cambiado por otro más cristiano todavía? Bueno, basta de divagar, ya estoy buscando a esos macehuales. Toros y vacas. Así que los ha traído. ¿Y en que son vendrá? porque el “querido”, con la observación aneja… ¿es cariñoso? Más bien parece un tanto despegado. Miedo me da.
Miedo le daba y razón tenía. Pero no pasó nada. Es decir nada que no conociera ya de antes. Palabrotas como siempre, con algún cochino entremetido, insultos a discreción, también con su lote de cochinos. Casi lo había echado de menos. Abreviando, que fue a Tlaxcala, volvió de Tlaxcala y quedaron toros y vacas -que en realidad eran poco más que becerros-, venados-caballos y exhermana acomodados en el pueblo de Ixtapan, donde tenían la finca, el cercado y la casa, ésta más o menos a punto, y él seguía en una pieza.
Para lo que no estaba preparado, sin embargo, era para el diálogo que sostuvieron al tercer día de la llegada y una vez que ya se habían ocupado de todas las cuestiones de interés inmediato.
-Bien. Exhermano mío, parece llegado el momento de tratar de esa herencia que tengo que partir contigo.
-No, por mí no te molestes. Si no quieres partir nada, conmigo estás cumplida.
-¿Para que luego tu desgraciado de expadre me persiga desde el más allá igual que me persiguió desde el más acá haciéndome sentir mala? ¡Menudo puto pendejo! No, no te preocupes, que aunque él decía que no quería, lo he perdonado porque, andando con toda esa gentuza de allende el mar, me he vuelto una blanda. Pero tampoco voy a dejar de hablar mal nada más porque haya perdonado a alguien. Bueno, eso aclarado, si tienes más necedades que decir, agrúpalas para despacharlas todas juntas ahora y que no tengamos que perder tiempo toda la noche en pendejadas.
-No, lo siento, me callo.
-Bien. Como habrás visto, los toritos son una joya, pero hasta que pase un tiempo, lo único que nos van a dar es gastos. Si partimos esto, los gastos no van a ser menos, sino más y, como va a ser lo único que haya, porque de lo poco de cultivos que tenemos habrá que dejar que coman los macehuales y habrá que traer los burros también para que no se deslomen los mismos macehuales que comen, pues más gastos. Por otra parte y como me has explicado, ha desaparecido el jardín de fieras del Moctezuma y ya no están los pabellones del ocelote, con lo cual no existe el único sitio en el que se dijo que yo me podría colocar. O sea que, si nos casáramos, se reducirían los gastos al mínimo, tú, que estás hecho una pena, te colocarías, y yo, que estoy como siempre, me colocaría, de modo que, además, mucha gente empezaría a creer en los milagros y se los atribuirían a los teules porque son los que mandan, con lo cual también se favorecería la paz social, y encima tendríamos toros que, de todo lo mencionado, es lo único serio.
-¡¡¿Casarnos?!!
-¿Te he dado un susto?
-No, no. Es la sorpresa. Bueno, susto también. Pero un buen susto, o sea, un susto bueno, un sustirrinín. Que no me lo esperaba. No se me hubiera ocurrido nunca que te hubieras fijado… o sea, no fijado… sino que… que hubieras pensado en darme un papel en una cosa así.
-¿Tienes tú por ahí algún otro plan o qué?
-No, ninguno –(y si lo tuviera lo rompería, se dijo para sí)-.
-Bueno pues ya está. No vamos a dedicarle más tiempo a esto. Total, a mí me da igual uno que otro y los hombres sólo pensáis en una cosa.
-¿Ah sí? ¿En qué cosa?
-En rezar por la noche, en pasaros toda la noche rezando.
-¡Nooo!… Yo no… ¡Ya! … Bueno, sí. Oye, y todo eso que me has dicho… de casar… no sé como tomármelo. ¿Me lo has dicho de malas o de buenas?
-¿El qué? ¿Que me hagas de ocelote? Puro patriotismo. Habrá que mantener las tradiciones de los aguerridos Caballeros Ocelote de Tenochtitlán, aunque sea en la alcoba, ¿no crees? –decía esto con una sonrisa de medio lado que…
-Ya… Bueno… No sé.
-No te preocupes, que no me espero gran cosa y, además, como no soy varón, yo sí tengo otros intereses. Encárgate de buscar algún cura de esos del enemigo que nos case sin remedio, pero lejos de aquí, en algún sitio donde no nos conozca nadie.
-Pues en casi todas partes no nos conoce nadie porque en el Tenochtitlán antiguo tenías cierto renombre pero ahora ya nadie se acuerda de casi nada de antes.
-Ya, claro, en cuanto vuelve una la espalda, la popularidad se la lleva el último pendejo teule que acabe de llegar. Pero, sea como sea, no nos vamos a casar en casi todas partes, sólo en una. Busca ésa. Y entérate bien de todos los detalles teniendo en cuenta que estamos rebautizados, no sea que nos pille la puta inquisición, que no tardará en llegar.
-No entiendo nada de lo que dices.
-Que busques donde nos casen como cristianos.
-¿Y por qué no quieres que nos conozca nadie? ¿Es porque estoy muy estropeado y te da vergüenza?
-Es porque quiero que por donde nos conozcan se crean que vivimos un amor incestuoso.
-¡¡¡Ah!!! ¡¿Y por qué quieres que crean eso?! Ahora ya no hay guerra.
-Pues mejor, así se notará más.
-No sé… No me entero de mucho de lo que me dices. Claro, como has viajado tanto… Y en la guerra pasan tantas cosas…
-Bien dicho lo de la guerra, hermano. Eso es. El incesto es la guerra por otros medios.
-¡Ah, qué bien! … No lo entiendo.
Este hombre… Es un caso. Y está empezando a hacerme gracia. ¿Por qué antes lo odiaba tanto? Porque era mi hermano, por eso, e hijo de mi padre que es todavía peor. Debería estar prohibido tener hermanos y que el padre de una tuviera hijos. Sólo sirven para hacer el ridículo dándose importancia, como si tratando de impresionar a las hermanas estuvieran ensayando para cuando luego hagan el payaso a lo grande delante de las que no son hermanas.
-Bueno, hermanito, si no tienes nada que añadir, ya te puedes retirar a descansar. Dame un besito.
¿Se estaba riendo de él? Bueno, que se riera, le daba igual. Se reía de todo el mundo… y él era parte del mundo… era natural. Tampoco iba a ser ella tan rencorosa que quisiera borrarlo de la Creación.

La Zarzamora
02/08/2012, 23:08
¡Ay, la Vacatecuhtli! Había llorado mucho desde su vuelta. Nunca se hubiera imaginado que en tan poco tiempo todo pudiera cambiar tanto. No era lo mismo haberlo pensado que verlo. Evitaba detenerse en ello porque ya no servía de nada, aunque sí pensaba que, si hubiera mandado y durado Moctezuma, algo se habría salvado. Como en Tlaxcala, que sí que habían conseguido salvar cosas. Después de lo que había visto y vivido en su gran viaje, sabía que aquello no tenía remedio ni hubiera sido evitable más bien pronto que tarde, pero ¡perder Tenochtitlán! No la posesión, sino la ciudad sin par… la posesión le hubiera dado igual, que se la quedara quien fuera, aunque fuera el enemigo, pero que permaneciera… A quienes lo perdieron que los llamaran héroes, patriotas o lo que quisieran, pero no era suyo para hacerse nombres ni aureolas a costa de dejarlo destruir, era de todos, de los de antes, de los de entonces y de los de después. Eso sí podía haberse evitado. Pero era inútil lamentarse ahora y, como no había sido así, se alegraba de estar lejos, de no tener que verlo todos los días con sus ojos…
Y, por extraño que pareciese, se sentía con fuerzas, se sentía viva, quizás porque finalmente las tonterías sufíes del Dios Heredero y todo eso la habían calado y no podía evitar ser optimista o porque de verdad tenía la baraca del Huitzilopochtli. Y los toros. Los toros eran un regalo divino. Esos sabían lo que es luchar y morir luchando por ser quien se es, sólo por eso, sin vacilación y sin cálculo, esos sí que eran una señal del Todopoderoso: ni por comer ni por que se los vea ni por ambición ni por quedar encima ni por vanidad… Sólo por ser quienes son, por eso pelean y mueren y mueren de pie y con verdad y los mejores con la boca cerrada. ¡Qué gloria! ¡Qué enseñanza y qué ejemplo! La gente tenía que ver a estos animales divinos. Y mira que Ahuitzotl… Sonreía al evocarlo. ¿Por qué lo había detestado tanto? Sí, lo detestó con razón, porque era un aborrecible adolescente feo e inoportuno, digno de ejecución sumaria. Era abrir la boca y llevarla al paroxismo. Pero ahora… ahora era muy gracioso. Y había hecho las cosas muy bien. Si no las llega a hacer así, estaría ella ahora con una mano delante y otra detrás. No le debía el casarse con él, pero el compartir la herencia sí se lo debía. A lo mejor hasta le debía toda la herencia sin partir, pero hasta ahí no iba a llegar que tan blanda tampoco se había vuelto. Partirla sí porque él la había defendido y encima no en su beneficio sino en el de ella. Era justo, pues.
Y todo el mundo hablaba de los 12 frailes que habían llegado ese año para enseñar la doctrina cristiana. Se le revolvían las tripas. Eso y no lo que habían hecho los tenochcas era habilidad para imponer un imperio de pies a cabeza y cambiar todo de la noche a la mañana y que la gente pasase por el aro y encima contenta. ¡Qué buenos, qué santos, qué humildes eran los frailes! Y, a cuenta de los santos frailes, el demonio de papa y el demonio de emperador, mano a mano, destrozaban España, destrozaban las Indias y engañaban y perseguían a todos. ¿Porque no estaban los frailes enseñando humildad al Emperador? A ése le hacía muchísima falta, que se creía delegado de Dios en la tierra. En cambio, a los macehuales mexicas o totonacas o tlaxcaltecas no les hacía ninguna. Ellos se la podrían enseñar a los frailes. Vaya que sí, porque humildad, humildad, pero no se recataban de insultar a la religión ajena, de querer acabar con ella como si ellos fuesen Dios para decidir semejante cosa y no meros hombres y creyentes, como cualquier indio o muslime o judío o cismático… O sea que ni tanta humildad. Sencillamente, su orgullo o su soberbia iba por otro lado. Bueno, ése era el mundo en el que estaba, el que había anunciado Marzuqa, ese lugar al que nos envía la divina piedad a pelear nuestra existencia. No había, pues, nada que objetar. Y por eso se proponía aparentar un incesto y pavonearse de él. ¡Qué tanta santurronería y beatería y docilidad, hombre! Ya demostraría ella que los teules y sus frailes estaban sembrando la depravación en las Indias, que hasta la gente no se recataba de hacer alarde de sus incestos. ¡Toma evangelización!

La Zarzamora
09/08/2012, 23:06
No fue Vacatecuhtli la única que quiso llevar toros a la Nueva España. Cuando, todavía en Uskudar, comentó con los demás lo que le había puesto Ahuitzotl en la carta, los demás también pensaron que era una buena idea, de modo que, de vuelta en la Vieja España, dedicaron tiempo a ver reses y a estudiar el traslado y su costo y finalmente compraron un lote de becerros a dividir en dos partes iguales, una para Vacatecuhtli, y otra para los otros cuatro. Llegaron con los animales a Tlaxcala y los dejaron en el terreno que ya Teyohualminqui había hecho cercar y esperaron a que llegara Ahuitzotl con los macehuales a recoger los de la Vacatecuhtli. Mientras tanto ésta se quedaría allí con los otros amigos.
Cuando salió de la Nueva España cuatro años antes, Vacatecuhtli lo hizo con una idea que ahora comprendía lo quimérica que había sido pero que, entonces, en su ignorancia e ingenuidad, había creído posible. Sin embargo, tampoco se volvía con las manos vacías. Había vivido y había aprendido. Ese viaje había sido su telpochcalli y su calmecac. Muchas cosas, como tirar con ballesta, salvo de satisfacción personal, no creía que volvieran a servirle, aunque lo daba por bueno porque, al menos en lo que atañía a ella y a Ilhuicáatl, que también la había usado, con ese arma habían hecho su estrago en el bando imperial.
También sus otros compañeros habían aprendido mucho. Como Cuahuipil, que en el viaje por mar de Estambul a Venecia, mientras estaban los cinco apostados en la cubierta de la carraca, anunció feliz:
-No me han capado. He estado dos años en Estambul rodeado de turcos y sultanes y no me han capado. Después de oír a Marcos Bey hablar de los turcos, yo creía que llegar y caparte todo era uno.
-Pues deben de estar empezando a tener descuidos porque a mí tampoco me han capado –dijo Xiloxóchitl.
-Descuidos no, más bien es que esto se va a pique, porque a mí ni siquiera me han metido en un harén, que es lo mínimo -dijo Vacatecuhtli.
-Vacatecuhtli, pochola, piense vuestra merced bien antes de hablar, que decir “esto se va a pique”, estando en un bajel y en alta mar, es de mal agüero. Y en cuanto a vos Cuahuipil, no me niegue vuestra merced que teníais unas ideas bien extrañas sobre lo que era el Imperio Otomano y yo os seguí la corriente. Que tampoco habría que hablar de corrientes en medio del mar pero ya digo esto y termino y es que es una pena que haya conocido vuestra merced el Imperio Otomano porque ahora ya esa corriente no os la voy a poder seguir más y bien pudiera ser que lo fuera a necesitar -dijo Marcos Bey.
-Ni esa ni ninguna otra, Bey, que ya he perdido la inocencia –se río Cuahuipil-. A partir de ahora va a tener vuestra merced que enseñar siempre las cartas.
Lo del capado luego había quedado como un chiste tonto entre ellos que repetían viniendo y sin venir a cuento y que ya casi nunca tenía gracia pero que era como una consigna general para el buen humor. Aparte, claro, de que siempre es una delicia redescubrir que a uno siguen sin caparlo o que a una siguen sin meterla en un harén, que era una versión femenina del capado.
Otra cosa buena de su viaje de vuelta por la Vieja España, además de que allí tampoco los caparan, fue deshacerse de algunos lastres del pasado. Por primera vez desde que se volvió varón, Marcos, animado y convencido por Xiloxóchitl, se presentó ante su familia y presentó a Xiloxóchitl como su marido. Y esa era la única vez que se atrevería a hacer algo así en parte alguna. Al llegar esta vez a la Vieja España, él, como todos los demás, había cambiado de apariencia con respecto a la que tenían durante la guerra de las comunidades para no suscitar recuerdos ni represalias. A su familia les explicó que iba vestido de varón porque no se podía mostrar tal cual era por la represión contra los comuneros –ya ves tú, como si él hubiese guerreado en el bando comunero vestido de mujer- y pidió el más absoluto secreto y no les dijo a dónde se dirigirían después de eso porque, una vez más, cuanto menos supieran, menos riesgo para todos.
En cuanto a Cuahuipil, seguía perseguido por los remordimientos de no haber sido buen hijo. Cuando estando en Sevilla con Marzuqa ya tenían barco para pasar a las Indias los dos juntos, él recibió carta de su hermana mayor, diciendo que su madre no iba a durar. Entonces renunció a embarcarse según lo previsto, aunque no consintió que Marzuqa renunciara también y hasta se enfadó con ella para que se fuera, porque, si no, él se iba a sentir culpable por retenerla. Volvió él lo más rápido que pudo y llegó a ver morir a su madre pero sintiéndose tan mal hijo… Seguro que el que él se hubiera marchado le había acortado la vida. Y además se acordaba de los disgustos que le había dado desde que tenía uso de razón, como cuando, siendo de unos siete años, cogió una monumental pataleta y rompió un montón de cacharros de los que estaban en el alfar para vender. Y buena azotaina que se llevó que cuando paró su madre fue porque ya no le daba la mano para más. Y lo remató diciéndole:
-¡Vaya vuestra merced donde yo no lo vea!
¡Le había tratado de “vuestra merced”! ¡Estaba espantado! ¿Ya no lo iba a querer nunca más? Vivió unos días en el más horroroso temor de que su madre ya no lo quisiera pero al cabo de ellos sí lo quiso. Y él la abrazó y lloró a moco tendido y todos los arrumacos le parecían pocos. Y tuvo que pagar, cacharro por cacharro, los que había roto y comportarse como meritorísimo aprendiz del oficio para reponerlos. Y, por supuesto que su madre hizo trampas para que saldase la deuda más rápido de lo que alcanzaba un crío de su edad, pero él estuvo convencido de que realmente no se le había eximido de nada del castigo, para que aprendiera.
Por cierto que Vacatecuhtli, lo mismo que los otros, escuchó a la hermana mayor de Cuahuipil recordar jocosamente este suceso y eso procuró a la mexica una de las mejores carcajadas de su vida. Si ya el descubrir que en el pueblo de él su familia y casi todos los demás eran alfareros le había parecido divertido, el relato de la furia del pequeño Arbolito desatada contra un surtido de indefensos cacharros le hizo reír hasta dolerle los costados.

La Zarzamora
09/08/2012, 23:08
Aparte de esos recuerdos compartidos con los amigos, también sobre otros temas más delicados tuvo largas y sosegadas conversaciones con su hermana mayor, que siempre lo había querido mucho y a la que se sentía muy unido.
-¿Por qué te sientes tan mal, Shuyaira (Arbolito)? –le decía-. Madre no vivió menos porque te fueras. Ella estaba contenta de que te hubieras ido.
-¿No me quería ver?
-¡Mira que eres tonto! ¿Cómo no iba a querer verte si eras un sol? ¡Claro que te quería ver! Pero también quería que fueras libre. A nuestra madre lo que la mató, aparte de que padre no volviera, fue el verse convertida en proscrita. Fue como si en medio de la plaza la hubieran abofeteado y la hubieran llamado puta y le hubieran arrojado el dinero a la cara. Lo sintió como lo hemos sentido todos, pero madre más, porque creció en libertad. Nosotros no la hemos conocido. Ella sí. Y era muy recta y clara. Nunca había tenido que esconder nada ni esconderse de nada. El tener que disimular y mentir… no podía con ello. Y el bautizo… sabiendo que eso era algo serio y sagrado para los cristianos, teniendo ella que vivirlo como una mentira y siendo vecinos nuestros… se sentía encima tan mal por ellos… Es a lo que nos obligan esos tiranos malnacidos. Y eso que, ya ves, aquí la gente no es mala, pero de llevarlo bien no hay ninguna manera. Es eso lo que le acortó la vida y lo que nos quitó a nuestro padre, no nada que hayas hecho o dejado de hacer tú. Todo lo contrario. Madre siempre confió en ti y supo que eras bueno. Y cuando te fuiste porque quisiste, ella se alegró porque pensó que tal vez encontrases un lugar en el que no tuvieras que vivir esto. ¿Pero no recuerdas que nos bendijo a todos y que te bendijo a ti también?
-Sí porque era muy buena.
-Recuerda también que, antes de morirse, te dijo que te volvieras a ir, que siguieras tu camino, dondequiera que te llevara. Y cuando te fuiste con Marzuqa y os descasasteis y hablamos de ello en casa, no consintió que nadie dijera nada malo de ti ni de Marzuqa, dijo que confiaba en vosotros y que si lo habíais hecho así, por algo sería, y que estaba segura de que habíais obrado rectamente.
-¿Dijo eso?
-Eso dijo. Te bendijo y, si Dios quiere, sigue bendiciéndote y a todos nosotros. Nos apena mucho que te vayas, que siempre serás nuestro Sháyara, nuestro pequeño, pero has de seguir tu camino como tú lo veas. Eso sí, escríbenos, aunque tarde el correo.
Se despidió en paz de su familia y convecinos, pero en el alma aún sentía el hoyo de Marzuqa, aquel en el que no la pudieron enterrar como Muslime con su marido. Alguien más, algo más, que se había ido para no volver.
Y, finalmente, como quien cierra una herida o trata de acomodarse a ella porque es incurable, visitaron en Portugal a María Pacheco, cabeza de los comuneros de Toledo en ausencia de Padilla y después de que éste hubiera sido ajusticiado por los imperiales. Estaba exiliada y acogida a sagrado en el palacio arzobispal de Braga, del que no podía salir, ya que pendía sobre ella la orden de ajusticiamiento del Emperador, que cada mes o cada semana la reclamaba al rey de Portugal. Bastante hizo el Obispo que aguantó varios años el continuo apremio. Ajusticiar a María hubiera sido el broche de oro de la venganza del César y de su imperio indiscutido sobre las gentes. No precisaba sólo que se le obedeciera por derecho divino. También, por derecho divino, debían quedar como facinerosos quienes no acataran su delirio imperial. La pervivencia de Pacheco, aunque fuera en el exilio, recluida y enferma, era un ultraje a su soberbia, ultraje que no habría de perdonar el Emperador ni aun más allá de la muerte.
A la Vacatecuhtli la impresionó la visita, por más que antes de hacerla no tuviera interés en ella e incluso, una vez allí, no le viera sentido. ¿Por qué habían ido a verla? ¿Qué había ya que decirse? Habían luchado, habían perdido, ya estaba todo dicho. A esta mujer, enferma desde hacía muchos años, lo único que le quedaba era apagarse y el único objeto que parecía tener ya su existencia era que fuera Dios quien la apagara y no el Emperador. Pero también eso le dio pie a hacerse preguntas: ¿qué significaba perder? ¿qué significaba vivir después de perder? Y se las respondió: Eso era, sí: Morir de pie y con la boca cerrada. Eso es lo que había después de perder y eso era lo que hacía la comunera, sin medios de vida, y habiendo perdido guerra, marido e hijo único e ignorada, como si fuera un borrón, por casi toda su familia, de la alta nobleza que, además, gozaba del favor del Emperador. De pie y con la boca cerrada por ser quien se es. De lo que aún no estaba segura Vacatecuhtli era de que fuera cierto lo que había dicho Ilhuicáatl en aquella visita: “Son muchos los proscritos, los perseguidos y los condenados a muerte tras nuestra guerra, y más los muertos en combate, pero no hemos luchado en vano y no sólo porque lo que aquí se pierde en el más allá se gana si la causa es justa, sino porque, de no haberlo hecho, todo sería peor”. ¿Era eso cierto? Eso era lo que decía creer Ilhuicáatl y lo que ella hubiera querido creer también pero, dado lo mal que había salido todo, le costaba imaginar que hubiera podido salir peor. Bendita Ilhuicáatl capaz de llegar a decir cosas como ésa.
Y ahora ya estaba de vuelta en casa. Y qué extraño, se decía ella cuando todavía esperaba la llegada de Ahuitzotl, que una mexica pueda decir eso refiriéndose a Tlaxcala. Hace cuatro años no lo hubiera podido decir ni lo hubiera podido sentir así. Pero sí, allí estaba, con otros que también estaban de vuelta en casa.
Pero también en Tlaxcala habían cambiado mucho las cosas. La Orden de las Hijas de la Sal seguía, pero diezmada por la viruela. Totonilama era la regidora y con ella había quedado Ilhuicáatl en reunirse en los próximos días. Aunque ya Teyohualminqui le había dicho que, si había fondos, no podían ser gran cosa porque con la epidemia se desembolsó mucho dinero a fin de socorrer a la población y ese aporte de la Orden había sido muy importante, conque, aunque sólo fuera por eso, aquella institución –por desgracia, antes de lo que previeron-, había justificado plenamente su existencia.
En cuanto al padre Teyohualminqui, ahora también era padre, pero de otra clase. Había dejado el papado, se había casado con Coyol-limáquiz y tenían dos nenas. No necesitó esperar respuesta ninguna a aquel prolijo escrito en latín dirigido al Obispado de Santo Domingo pidiendo la homologación sacerdotal para saber que esa respuesta iba a ser negativa, cosa que no había comprobado porque, aunque creía que había recibido respuesta -porque algo recibió-, como estaba en latín, no sabía lo que decía y no se la quería enseñar a nadie que supiese latín aparte de a Marcos.
Si él no se había olvidado de la carta, Marcos tampoco porque, cuando llegaron los cinco viajeros, dejaron acomodados y atendidos a los animales en manos de los macehuales nombrados para ello y pudieron por fin charlar, fue por esa respuesta por lo primero que preguntó.

La Zarzamora
09/08/2012, 23:09
-Padre, no me tenga sobre ascuas de lo que pasó con la probanza que pedimos a Santo Domingo. ¿Le contestaron?
-Estaba esperando a que llegase vuestra merced para enterarme de lo que dicen. Aquí está lo que me mandaron.
Leyó Marcos, a veces diciendo latinajos en voz alta y, cuando terminó, estampó el escrito encima de la mesa del comedor en torno a la que estaban reunidos.
-¡Voto a tal, la Iglesia Caótica Catastrófica y Romana! ¡Tracas y cohetes deben de estar tirando en el infierno para festejar a estos demonios! ¿Sabe, reverendo padre, si hay algún sitio en que se hagan más penitencias y devociones que en estas Indias?
-Ya sabes, amigo Marcos, que yo no he viajado y no conozco.
-Yo os lo digo, padre: no lo hay y no lo ha habido nunca. Y ¡voto a tal! no soy tan crédulo que crea que lo vaya a haber después. Y estos demonios están perjudicándonos mucho a los que creemos en la Santa Madre Iglesia. Una madre no es una madrastra ni un morral de blasfemias, que es lo que tienen en la boca estos descreídos.
-¿Quién es más madre la Santa Madre Iglesia o la Virgen María? –preguntó Xiloxóchitl.
-¡Voto a la salmuera, no lo sé! Nunca se me ha ocurrido averiguarlo. ¡A lo mejor se turnan! -¡Vaya si estaba enojado el Marcos Bey!
-¿O a lo mejor cada cual se pide la que quiera según se tenga el día? ¿Podría ser? –siguió indagando Xiloxóchitl
-Habrá que averiguarlo porque yo no lo sé. A mí nunca se me han peleado. ¡Pero estos obispos son una abominación de los avernos! ¿Cómo se puede desperdiciar así la santidad de los indios? ¿Qué va a ser de los demás? Voy a escribir y voy a preguntar lo de las madres, a ver qué blasfemia se inventan esta vez. Y voy a protestar e impugnar este desafuero que os han contestado.
-Marcos, hijito, no os llevéis por mí ningún berrinche ni hagáis nada. Yo me he quitado de papa y ya no me voy a meter a cura. Dios amantísimo sin duda sabe que sois un buen cristiano y que a estos pinches botarates de Santo Domingo les dan clases de blasfemar para decir la misa. Pero olvidemos ya este desagrado y hablemos de otra cosa, que tenéis muchísimo que contar.
Él también tenía mucho que contar. Desde que se fueron los otros él también había visto y oído lo suficiente como para saber que había sonado la hora final de la religión de los chichimecas, lo que le rompía el corazón hasta un punto difícil de describir. Era consciente de todos los errores en que se había ido incurriendo con el paso del tiempo, de los abusos, como los sacrificios humanos, pero también estaba convencido de sus virtudes, de la verdad última de amor divino y esperanza que encerraba. Él no se veía soltando camelos en latín sobre algo que no sentía y diciendo a su gente beaterías a troche y moche. Y la religión sin sinceridad es la peor de las mentiras, es el pudrimiento del alma humana. En vista de eso y viendo que la generosidad divina le había puesto delante a una magnífica mujer, con un magnífico oficio que permitía llegar fácilmente a la gente, decidió sumergirse en la vida profana y seguir haciendo lo que había hecho siempre por vocación: servir; servir a la cocinera jefe; servir a la gente, preocuparse de su vida, sus sentimientos, su bienestar, ahora también de sus comidas… Así pues, para gran consternación de ellos, anunció a sus feligreses que podrían contar con él igual que antes, nada más que con atavío de papa mesonero, porque la divina sabiduría había decretado para el mundo un cambio de rumbo y maneras. Ahora la comunión se daría en las posadas y mesones, por lo menos en los suyos, y la oscuridad sería también de otro modo. La oscuridad, congruentemente, dejaría de verse. Habría que ser conscientes de que estaba ahí, aunque no se viera. Así lo quería la divinidad. De manera que colgó los hábitos voluntariamente antes de que vinieran a obligarlo o a hacerle la vida imposible acusándolo de honrar al demonio o haciéndole confesar que la única verdad se fabricaba en Roma. Se casó con la cocinera y, con lo que pudo aportar cada cual y con la participación como socio del calpulli, o comunidad, que ponía el terreno donde estaba el templo de los señores del Mictlán y los locales de éste, abrieron la Posada de Santiago del Conejo, en cuya cocina gobernaba Coyol-limáquiz. Los hijos de ella que sobrevivieron a la viruela vinieron a trabajar y el negocio iba muy bien. Siempre tenían el comedor lleno y las recámaras ocupadas. Y bajo tierra, sepultadas, las imágenes de los señores del Mictlán, ya verdaderamente a oscuras.
De Teyohualminqui podía decirse, pues, que había sido fraile, o papa, antes que cocinero. Bueno, más bien pinche que cocinero, porque en cuestión de calderos estaba un poquito verde, o sea que dejémoslo en pinche cocinero.
El pinche cocinero, pues, después de explicar eso, escuchó conmovido el relato que le hicieron Ilhuicáatl y Cuahuipil de por qué habían resuelto volver a Tlaxcala. Decían que fue una corazonada. Contaron su peregrinación a La Meca, hablaron de la Caaba, cubierta enteramente por el lienzo negro -la kiswa–, su piedra también negra y las vueltas en su torno y, cómo estando en ello se acordaron de él, de su tío, que hablaba de tinieblas y negrura como bendiciones, y del cabello enroscado de los señores del Mictlán, que acogen a los que salen de esta vida en la amante oscuridad. Y sintieron allí, con aquel presente que vivían y aquellos recuerdos, que lo mismo que llega el día, llega también la noche, y la luz se va, y queda sólo el corazón humano en el cobijo de profunda oscuridad de la Piedad Divina, sin nada que lo distraiga ni disipe, apagando ruidos y relumbrones. Así se irían las luces de los muslimes españoles y de los chichimecas para pasar al amparo de la oscuridad del Todopiadoso. Y en ese cobijo estarían hasta que Dios quisiera. “Pues tan bendito es Dios cuando anochece y cuando amanece y a Él son los loores en los cielos y en la tierra, cuando cae la tarde y al entrar en el mediodía. Saca Él a lo vivo de lo muerto y a lo muerto de lo vivo, hace revivir la tierra después de muerta, y así mismo os sacará.” Esta narración caló mucho en Teyohualminqui, que agradeció emocionado la benevolencia divina al traerle de vuelta a estos seres tan buenos y queridos con su mensaje de sosiego y divina piedad.
El expapa, a su vez, evocó los últimos tiempos de su parroquia, empezando por aquel día en que, después de que el grupo se separara en las fuentes, llegaron ellos a las cabeceras de Tlaxcala; cómo, una vez entregadas las cartas en el real cristiano y en la capitanía de Xiloxóchitl, los cuatro, él, Coyol-limáquiz, Coyolxauqui y Rómulo, se habían dirigido al templo de los señores del Mictlan y cómo allí le esperaba un feligrés.
Él siempre había estado pendiente de los viejos, los enfermos, la gente doblegada por las amarguras cotidianas. Quería a la gente y la quería hasta cuando, habiendo apurado todos sus medios de convicción de lo contrario, le insistían en que querían sacrificarse a los señores de la oscuridad. Se trataba de viejos que acudían por propia resolución a encerrarse en una gruta, que era parte del templo, y allí se quedaban cerrados hasta morir de hambre. Cuando a Teyohualminqui le venía alguno con ese propósito, como era de rigor, se vestía con todo esmero los atavíos del dios para recibir al postulante y, luego, con las variantes del caso, el diálogo se desarrollaba casi siempre con parecido resultado al de esa última ocasión:

La Zarzamora
09/08/2012, 23:11
-¡Claro hijito! Muy santo propósito. Alegra el corazón ver el amor divino que te llena el alma. En cuanto tengas edad, haremos todo el ritual en honor de nuestros señores misericordiosísimos y te ofreceremos. Puedes empezar ya a prepararte purificándote para que cuando llegue el momento todo tenga la mayor solemnidad.
-Pero ya soy viejo, padre. Acabo de cumplir los cincuenta y dos años. Ya he cumplido la edad para sacrificarme a los señores del infierno y he estado esperando este momento toda mi vida.
-No podéis tener esa edad. ¿Estáis seguro?
-Sí, padre.
-Nadie lo diría, hijito mío. Yo no os echaba más allá de diecisiete años. Tenéis que explicarme a ver cómo conseguís esa lozanía tan vigorosa. Es sin duda la virtud con la que vivís la que os hace parecer tan rozagante. Vuestra consorte debe de estar en la gloria.
-Ella también es muy devota de nuestros señores Mictecacihuatl y Mictlantecuhtli y me ha animado mucho.
-Y ¿no querrá ella sacrificarse también?
-Aún no tiene edad.
-¡Pero qué bonito sería que os sacrificaseis los dos juntos! ¿no crees, hijo? Yo no sabría imaginarme nada más apropiado para honrar a nuestros señores. A ver si os parece bien: yo os apunto a los dos para sacrificaros juntitos cuando también esté en condiciones tu digna consorte, y así, hijo, vos tendréis tiempo de parecer un poco mayor. Desde luego, nuestros señores divinos, que ven los corazones, saben que lo tenéis muy viejo y lo aceptarán con ese amor que nos tienen, pero no hay que olvidar que la religión es cosa de todos y que convendría que también los fieles os vieran ancianito, que no pareciera que se metía en la gruta a un muchachillo ¿eh? ¿qué decís?
-Pero a mí no me parece que tenga un aire tan joven, padre.
Teyohualminqui hizo un ademán como diciendo "No sé que sería si lo llegáis a tener" y el viejo dio a entender también con el gesto que sin duda lo que el papa proponía era lo mejor y luego añadió:
-Padre, si el buen padre me permite una pregunta, quisiera saber si ese señor castilleca del que todo lo que se ve es negro ha venido con vuestra paternidad a ofrendar su pelo.
-Eso quisiera yo, hijito, y en eso estoy. Pero va a haber que hacer una campaña muy sutil para convencerlo. Ellos tienen sus dioses por otra manera que nosotros. Puede decirse que es todo igual, pero distinto, y no le dan importancia al cabello. Sin embargo, con el favor de nuestros señores de los infiernos, a lo mejor para cuando os metáis en la grutita, tenemos una ofrenda de los cabellos de este castilleca. Yo me voy a emplear en ello. ¿Os hace, hijito?
El anciano, emocionado de que sus señores los dioses lo fueran a admitir al sacrificio y por el anuncio -quizás, quizás, pero casi seguro-, de la ofrenda de pelo hecho por el propio papa con sus atavíos, que no podía mentir, se retiró paso a paso y sin volver la espalda, sin habla casi a causa de la emoción y recreándose de antemano en lo que diría su mujer cuando le contase cómo le había ido.
Y Teyohualminqui, ¿por qué tuvo que decirle al viejo que aparentaba diecisiete años si era mentira? Y ¿qué porvenir le esperaba a la religión de los indios cuando hasta un papa se permitía decir embustes de ese calibre con tal desparpajo? A ver si iban a tener razón los mexica, que andaban propalando por ahí que, como los tlaxcaltecas eran mancebas de los cristianos, imitaban a éstos servilmente y ya no querían sacrificar y por eso este deshonroso papa le había dicho al viejo lo que le había dicho, para darle largas y más largas y al final no sacrificarlo. Pero eso, claro, era vil infundio, porque las largas pueden darse por muchos motivos y no solo por imitar a los cristianos. Y eso de que Teyohualminqui estaba en contra de los sacrificios humanos vamos a dejarlo. Era de los inhumanos de los que estaba en contra, que hay que saber distinguir. A algunos sí los había admitido al sacrificio, primero porque no se podía negar a todo siempre y, si el interesado no se dejaba convencer de lo contrario, no se le podía despojar de su derecho a sacrificarse; pero, sobre todo, cuando las personas estaban con un padecer insufrible, solas o sin familia, sopesaba todo eso y entonces sí los admitía y trataba de contribuir a que los últimos tiempos del sacrificado tuvieran la sublimidad y sinceridad que hacen que el sufrir se viva como algo lleno de sentido. Si se sufre y muere por amor divino no se muere solo, mientras que el sufrimiento sin alivio y sin objeto puede sumir en la soledad y la desesperación. Cuando se trataba en cambio de personas con familia, que aún eran útiles y capaces de servir a los demás, con su cariño o su experiencia o su mera presencia, sí trataba de disuadirlos y lo solía conseguir, porque sabía dar razones y convencer. Morir, morimos todos y preciso es que el morir tenga significado, lo mismo que el vivir y no se pierda la conciencia de que ambas cosas son gracia divina.

La Zarzamora
09/08/2012, 23:11
Ese día, una vez atendido aquel viejo, Teyohualminqui, que además de mentirosillo se conmovía con facilidad, se quedó, como tantas veces, secándose las lagrimitas que le arrancó la escena.
-Pues, como habréis podido comprobar, hijitos míos, -siguió diciendo a sus sobrinos y amigos- Tlaxcala se ha quedado esquelética. La epidemia del año que os fuisteis se llevó casi a la mitad de la gente. Fue indescriptible. No dábamos abasto a enterrar y a cuidar. Jamás habíamos conocido una calamidad semejante. Y, luego, pues muchos tlaxcaltecas han salido fuera, con Tonatiu, a Guatemala. Con los 62 años de bloqueo, parece que las ganas de salir y ver mundo se habían acumulado y ha sido la estampida. El quedarnos nosotros ha sido el acto más patriótico que hayamos hecho nunca.
-¿Y qué ha sido de nuestra Coyolxauqui? Por carta has sido tan parco, tío, que lo único que se nos ocurre adivinar es que sigue viva –dijo Cuahuipil.
-Sigue viva, sí. Pasó la viruela, pobre hija. Rómulo, a cuenta de preguntarle cosas sobre Nuestra Abuela y otros dioses y con lo del pelo, parece que se aficionó a ella y se han casado. Están en México, que ya no es Tenochtitlán, sino México. Vienen a Tlaxcala una o dos veces al año. Y en cuanto a sentirse tan fuera de lugar, pues cada vez que han venido la hemos visto más confiada. Rómulo le ha enseñado mucho y siempre se desvive por ella. Ahora lee y escribe, castellano, claro, porque Rómulo y bien que le pesa, en náhuatl no da una. Aún parece algo cohibida, pero nada que ver con como la conocimos. Nos sentimos orgullosísimos de haber hecho de casamenteros en este matrimonio. Y Rómulo en todo ha sido un amor. ¿Os he dicho ya que donó el pelo para los señores del Mictlan?
-¿Y el pelo por qué tiene que ser de Rómulo? ¿No vale cualquiera? –preguntó Marcos.
-En última instancia, si no hay otra cosa, valdría cualquiera. Siempre lo hemos hecho con pelos lacios, que de esos nos sobran a todos, y los encrespábamos, pero, claro, se desencrespaban en seguida y no son auténticos. Con el pelo de la mayoría de las imágenes, no hay problema, pero con el de nuestros señores del Mictlan, como tiene que ser negro, negro y crespo, crespo, pues es otra historia. Esos cabellos son el símbolo de la oscuridad absoluta, el amparo divino absoluto. En nuestros ritos, esos rasgos físicos con que representamos las distintas manifestaciones de la divinidad es como si fueran la escritura de un libro. El pelo y cada detalle y rasgo dice cosas, tiene significado. Por cierto, ahora me da risa, porque ya ha pasado, pero ¡qué vergüenza pasé! Cuando, después de hablar con el viejo, estuve un rato a solas con Rómulo, le palpé el cabello y le dije que qué magnifico pelo tenía y, estaba yo tan embobado mirándolo, que el hombre se alarmó y me dio un manotazo para que le quitara la mano del pelo, y me dijo: “Padre, teneos, que yo soy muy hombre y no quiero faltaros” –y esto lo dijo Teyohualminqui serio y engolando la voz, imitando se supone que a Rómulo en aquel trance.
Todos se rieron a carcajadas.
-Desde luego yo no tenía que haberle tocado el pelo, pero la codicia me empujó y perdí la noción y tampoco tuve la sensación de haber hecho nada extraño. Entonces, al decirme eso, se me debió de quedar cara de pasmado hasta que caí en la cuenta de lo que se había temido. Y cuando, entre Coyol-limáquiz, Coyolxauqui y yo le explicamos el porqué de fijarnos en su cabellera, fue un encanto. También, todo hay que decirlo, se sintió en evidencia de haber pensado de mí lo que no era y se le veía apuradísimo y sin saber cómo arreglarlo, en tanto que a mí casi me mataba la risa. En cualquier caso no nos habló ni de que si ídolos ni de que si los demonios ni todo eso que suelen soltar los cristianos ni nos echó ningún sermón. Todo lo contrario, se interesó por los ritos y nos ofreció todo el pelo que quisiéramos. Se lo cortó Coyolxauqui y, entre los cuatro, y el viejito que lo vio cuando se ofreció al sacrificio y su mujer, que estaban que no cabían en sí de gozo por tan gran honor, pues le pusimos el pelo a nuestros señores. Y con ese pelo los enterramos cuando cerramos el templo. Pero ¡hale! No hay que ponerse tristes. Esos son símbolos que nos recuerdan nuestra deuda con nuestros Dueños piadosísimos, pero la deuda sigue ahí y el Dueño de todo también.
-¿Y venís a quedaros de refuerzo en Tlaxcala o pensáis iros otra vez? –preguntó Coyol-limáquiz-. Aunque si habéis traído los toros, tendréis que quedaros al menos hasta que alguien aprenda cómo hacer con ellos.
-Nos quedamos, por lo menos en lo inmediato –dijo Ilhuicáatl-. Creo que hasta aquí hemos hecho ya la parte que podíamos de combate por la justicia y ahora lo que se impone es velar por lo que queda y seguir adelante. Oncan tonaz oncan tlauiz.
-Así sea. Así sea.
-Aunque alguna vez, no sé Marcos, pero yo sí querría volver a mi tierra y ver a mí familia. Tengo sobrinitos que, si no, no veré crecer –dijo Cuahuipil-. Es algo que me duele porque veo que no va a ir a mejor, pero también le tengo cariño. Es lo que he conocido de niño, lo que aprendí a querer.
-Si Dios quiere, lo haremos, nocuahuipiltzin –confirmó Ilhuicáatl, estrujándole las manos.
Todos se apuntaron, aunque pasaría tiempo. El largo viaje del que acababan de volver había sido pleno e intenso hasta el final y allí siguieron ese día y los sucesivos rememorando y comentando y haciéndose sus reflexiones, algunas compartidas y otras para el fuero interno de cada uno, dispuestos en efecto a seguir siempre adelante.

La Zarzamora
16/08/2012, 23:41
También Xiloxóchitl estaba, pues, de vuelta. Sí, ya estaba de vuelta en casa, pero ¿era de verdad el mismo joven que había vivido en Tlaxcala hacía unos años, antes de que supieran siquiera que existían personas como los teules?
No. No era el mismo. Recordaba que, hasta el momento preciso en que se libró de “la nube”, había estado sujeto al mundo de la obsesión. Había vivido un infierno de disimulo, de una disciplina extenuante que a él, que siempre había sido dado a los ensueños, le impedía hasta soñar, soñar con lo que más quería y deseaba, porque soñar ese sueño hasta el final podría ser irreversible y destructor, o tal vez lo contrario, pero era un paso que solo podría dar una vez. Desde aquel día, sin embargo, era otro. Dejó de preocuparle todo. Aunque por temperamento siempre estaba pendiente de cada cosa y seguía siendo el hombre detallista y atento de antaño, eso ya lo vivía sin angustia.
Y como bien dijo su tío, también Tlaxcala había cambiado. Como de la noche al día. Pero, debido a su propio cambio, se diría que era incapaz de acusar lo drástico del cambio en lo que lo rodeaba. Tantas cosas van ligadas a las personas que conocemos y a sus costumbres que el mero hecho de que tantísima gente hubiera muerto con las epidemias y de que mucha otra hubiera salido de Tlaxcala hacía que fuera casi un lugar distinto de aquel del que salió años atrás. Y, claro, aparte de eso, más cosas habían cambiado. Adiós multitudinarias y variadas fiestas religiosas y romerías a lo largo del año aunque hubieran sido sólo para los supervivientes. Los frailes tratarían de sustituirlas por otras equivalentes a marchas forzadas pero aún no habían tenido tiempo y de todas formas para él no serían iguales. De momento era a un mundo extraño al que había regresado. Y también había regresado a un Xiloxóchitl distinto. El de otro tiempo ya no existía. Ya no era aquel joven lleno de esperanzas e ilusiones mucho mayores que sus expectativas. En lo que se había convertido jamás lo hubiera imaginado. Siempre había sido persona franca y expansiva y, en gran medida, lo seguía siendo pero, entre la necesidad de ocultamiento de los años anteriores y el secreto presente, se veía obligado a hacer compartimentos en esa franqueza y expansión. En compensación, el secreto lo unía aún más a la persona con quien lo compartía, haciéndolos también a ambos más indisolublemente socios y compañeros. No importaba que tuvieran que guardar distancias delante de la gente porque mentalmente era como si se tocaran. Después de haber vivido con algo que ocultar que era un tormento, ahora tenía algo que ocultar que, aunque debía andar con cuidado para no meter la pata, ni lo avergonzaba ni lo angustiaba, sino que le hacía disfrutar con la anticipación del siguiente momento de intimidad y sentir el gozo de un tesoro escondido del que no podía hablar a nadie, sólo a una persona. Era muy contradictorio para él, dado a compartirlo todo y que, de hecho, compartía todo, pero sólo con esa persona. Por lo demás, la pregunta que se hizo cuando salieron de Santa Teodora de si Marcos se entendería bien con él estaba respondida. Se entendían perfectamente. Delante de todos se seguían tratando de vuestra merced y como comilitones, cosa que a él, aun pareciéndole rarísima, no lo incomodaba. Había disfrute en los gestos o palabras más anodinos para esconder en ellos su propia expresión dirigida al otro, como si fuera un juego de habilidad en el que, aun sin ser conscientes de ello, trataran, de sobrepasarse a sí mismos.
Marcos -le parecía mentira- lo admiraba. Nunca nadie le había dicho tantas cosas encomiosas cada día. Eso no era nuevo. Antes también se las decía, pero, claro, no en la intimidad y, según había creído él, como hubiera podido decírselas a cualquiera. Ahora sabía que, aunque Marcos era como era con todo el mundo y decía lo que sentía espontáneamente incluidas las palabras más encomiosas también a todo el mundo, ciertas cosas no se las decía a cualquiera, no las cosas que le decía a él. Para Marcos, él hacía todo bien, nadie lo hacía mejor. No había cualidad que él no tuviera. Pensaba en otros hombres casados y las cosas que les decían sus mujeres y él salía ganando de manera abrumadora. No que él no pudiera vivir sin elogios, pero no era el elogio en sí lo que apreciaba sino la sencillez, la desnudez de todo artificio con que le salían a Marcos estas expresiones entusiastas en cuanto a su persona. Claro que también le salían otras cosas con la misma espontaneidad, como aquellas que hizo el primer día que salieron juntos por Tenochtitlán, pero ahora esas cosas él las veía venir, lo mismo que el campesino que sabe el tiempo que va a hacer y, sobre todo, que Marcos, lo mismo que él, era una persona con la que se podía hablar y tratar de cualquier cosa sin temor a herir susceptibilidades, con lo cual, si alguna desgracia les caía encima tenía que ser exterior a ellos, como enfermedades o catástrofes, ya que de ellos mismos poco tenían que temer.
Tal vez por todo eso, Xiloxóchitl era ahora más religioso y creyente que nunca, aunque habiendo desaparecido los rituales antiguos y habiendo prescindido casi por entero del ritual desde que salió de la Nueva España, ahora era también menos dado que nunca a ritos y formalidades. No le interesaban. Se le asemejaban demasiado a ocasiones sociales que no propiciaban el recogimiento. En lo único en lo que participaba en privado era en las reuniones que seguía organizando Ilhuicáatl como cuando estaban en Uskudar, en las que él no veía un rito sino una expresión espontánea y sincera. Aparte de eso prefería unirse a las plegarias o expresiones de fe que surgieran asimismo espontáneamente, aunque consistieran en una sola palabra e incluso una mirada. La comunión antigua, aunque en su concepto abstracto le era afín, pensando en los sacrificados ahora ya casi lo horrorizaba, mientras que la comunión cristiana le parecía un aguachirle que no le añadía ni enseñaba nada y en la que aparte de eso no podía creer sino como algo estrictamente simbólico que no tenía por qué ir ligado a un sacerdote ni a una ceremonia que le parecía, si se pensaba bien, no menos truculenta que cualquier sacrificio humano, pero al no serlo de verdad, teatral. En cambio, más adelante, cuando la casa se llenó de niños, le conmovía lo indecible ver comer a las criaturitas, como si los bocados que daban fueran cada uno un milagro. No veía que comunión ritual alguna superase eso y además que, si la comunión no se sentía compartiendo cualquier comida, e incluso comiendo aun estando a solas, holgaba meterse en una iglesia o fijar una hora y lugar para sentir algo especial. Cualquier alimento es divino, hasta el aire que nos entra es divino. Y en cuanto a sacrificios, temía que las epidemias o cualquier otra cosa se llevaran a alguna de las criaturitas o de los adultos de la casa pero, si eso llegara a suceder, eso sí que lo iba a ver como sacrifico humano y a aceptarlo, confiaba que con devoción, de grado, por amor y con reconocimiento a Quien nos ha dado el ser y nos quiere tanto como para volvernos a recoger.
Estaba también el laúd. Aquella primera vez que lo tocó para dar gracias a Camaxtli, nombre de Dios y mensajero suyo, hizo que para él el instrumento y el agradecimiento a la divinidad estuvieran inseparablemente ligados, como si el laúd fuera un instrumento sagrado que no pudiera emplearse para algo ajeno al recuerdo divino, exactamente, razonaba, como todo lo que existe, que nunca debiera desligarse de la divinidad, porque existe por la divinidad y para volver a ella. El sentimiento de gratitud a veces lo movía a las lágrimas. Agradecía que los dioses hubieran creado a un ser como Marcos para ser su compañero y agradecía sobre todo que se le hubieran dado fuerzas para superar la nube sin traicionarse, algo que seguía pareciéndole increíble y sólo recordar el sufrimiento de esa época le producía agotamiento instantáneo. Todas las demás cosas que había en su vida las agradecía igualmente porque estaba conforme con todo y todo le parecía bien. Gracias, Camaxtli, que me hiciste perseverar, gracias Todopoderoso que me guardaste del mal y de engañarme a mí mismo.
Se había convertido, en efecto, en un virtuoso del laúd. Los chispazos de éxito popular que conoció con Los últimos teules vivos volvió a vivirlos en la posada de Santiago del Conejo que, a su vez, adquirió un atractivo más para viajeros y lugareños. Además de eso, recibía frecuentes invitaciones de lo más destacado de la sociedad tlaxcalteca, que él aceptaba con mesura, porque si bien no quería dejar de tener un buen trato con la clase dirigente por la influencia que podría procurarle y que se proponía ejercer en la medida que alcanzara en bien de la república y de sus gentes, tampoco quería verse copado por una audiencia exclusiva.

La Zarzamora
16/08/2012, 23:42
Se acordaba a menudo de Coyolxauqui, la ex ramera. Se alegraba de que esa mujer hubiera encontrado su lugar en la vida y se preguntaba por qué la joven le había acaparado hasta ese punto el pensamiento en tan sólo dos días de haberla tratado cuando el grupo se dirigía a Tlaxcala, a no ser que fuera porque le recordaba tanto a sí mismo en un momento de particular agudeza de su conflicto. Un día queda uno atrapado en un mal sueño y se le destroza la vida. Todavía guardaba el poema que le escribió sin tener jamás el propósito de enseñárselo a nadie y menos a ella. Era una queja que en su día le dio fuerzas y convicción. Recientemente, hasta le había puesto música con la intención de cantarlo en público, pero siempre terminaba desechando la idea. ¿Era quizás demasiado íntimo? Pero, por otra parte, por muy íntimo que fuese, el oficio de ramera en sí es bastante público. Y el menester de éstas, para él, pobres mujeres era algo que lo desazonaba sin remedio. No dudaba de que la prostitución, como los asesinatos o los robos, seguramente los habría siempre en las sociedades humanas. Pero, mientras que a nadie se le ocurría dejar de perseguir el asesinato y el robo, la prostitución se daba por descontada y se daba por descontado que nadie haría nada para luchar contra ella.
Pareciera que al mismo tiempo que se consideraba mala, la ramería se consideraba “sagrada”, o sea, necesaria. Pero si era así ¿por qué no se veneraba a quienes se dedicaban a ella y por qué era algo que finalmente se hacía más o menos a escondidas? Nadie anunciaba a sus amigos y allegados con alegría “¡os voy a presentar a una grandísima p…!”. Eran como los excusados. Que existan, pero que no se dejen ver, pues, nada más que cuando se las necesita. ¿Era justificable semejante doblez? ¿Es que puede cogerse a un número de seres humanos y dedicarlos a ser basurero? Pero lo dicho, que nadie se avergüenza de presentar y saludar en cualquier parte a un carpintero o a un trapero, pero nadie haría eso con una ramera. Y Coyolxauqui había escapado, pero otras seguían y seguirían. Inútil conversar sobre esto con cualquiera que no fuesen los de casa. No, no lo admitía. Es decir, asumía que era así y que probablemente sería siempre así pero lo que no podía admitir era que eso pudiera dejar indiferente y que se diera por descontado sin reconocer que era algo contra lo que había que luchar, como se lucha contra el contra el asesinato o el robo. No podía admitir que eso fuera parte del orden moral de las cosas. Es como si, de antemano, se decidiera que hay personas desechables, vertederos humanos. No, no estaba de acuerdo, y menos todavía con la idea de que en realidad ellas eran felices así y que era un trabajo como otro cualquiera. Veía eso como hipócritamente cómodo. Si tan necesarias eran ¿dónde estaba el homenaje y acato de la sociedad por su valiosísima labor? En ninguna parte. En cambio, sí el desprecio. Pero entonces ¿por qué no se decidía a cantar el poema? ¿Sería el temor de que si enarbolaba esa bandera, iba a perder el favor de los públicos de que gozaba ahora y, por consiguiente, la influencia? o quizás, si era más hipócrita de lo que se consideraba a sí mismo ¿por pura vanidad? Claro, que por otra parte, si perdía influencia, también la perdería para hacer el bien que podía hacer y entonces no habría defendido ni una cosa ni otra. Los vaivenes de la opinión pueden ser feroces y despedazar a quienes antes encumbraron. No, no sabía si terminaría cantándolo en público, pero de vez en cuando sí lo releía y cantaba a solas, reviviendo aquel tiempo en que se sintió tan necesitado de redención.
No sospeches que a ti sucio me atrevo
por entender que a ti
lo sucio te conviene.
He venido por ver cómo eres cieno
y, aun siéndolo, el cieno no te tiene.

No te doy por el cuerpo yo caudales
ni es esa la medida
o el precio de mi alma.
Es voluntad que ofrezco muy sentida,
abrazo esperanzado a tu esperanza.

¿En qué calles quedaron, pobre niña,
tus pisadas de aire,
tu voz de mariposa?
¿En qué sordo tapial, sellada losa,
se acalló tu corriente cristalina?

¿Qué risas cercenaste, pequeñuela,
tantos años acedos
de trajín sudoroso?
¿Qué riada ha convertido en sumidero
tu huerto recogido y oloroso?

¿En qué oriente de plomo se quedaron
los rayos de tu sol,
tus alados ensueños?
¿Qué vendaval de lodo oscureció
tu vivo manantial de tierno empeño?

Como náufraga nave que reclama
auxilio del ahogado,
Mi alma a ti se vuelve
Por que seas la hermana que me salva
y no sea el hermano que te pierde.

La santa voluntad así nos quiso,
Sembrando en el camino
Inmundicia y dureza,
Dos gotas del caudal de lo divino,
Sacrificio en el altar de Su pureza

Ella y Quizziquaztin le traían al presente ese pasado que fue como un relámpago y que ya nunca existiría. Era como si esas dos personas llenaran el espacio que debiera haber llenado en su memoria colectiva la estancia en el corazón del imperio ahora caído y la gente mexica de entonces y que lo acompañaran con la mácula y desgaste que acompaña a toda vida.
No menos importante y constante era la pregunta que se hacía de cuál debía ser su papel en este mundo nuevamente imperial. Fuera de los ensueños, si se es hombre, hay que luchar. ¿Cuál era su lucha, pues, en este momento? ¿Estaba haciendo lo que debía o sencillamente, una vez resueltos sus conflictos personales, de hecho lo que hacía era acomodarse y engañarse a sí mismo con que hacía lo que podía hacer? ¿No debería ahora mover al alzamiento contra el césar y luchar por la instauración de los ideales de libertad e igualdad como habían hecho los comuneros? Lo que no dejaba de ser curioso era que en la familia todos pensaban que era eso lo que se debería hacer pero había algo, como una falta de fuerza colectiva para emprenderlo, como el que lucha en la corriente y nada y resiste un buen rato y, al final, ya, aun sabiendo que debiera seguir nadando, sencillamente no encuentra fuerzas o manera y, en lugar de frustrarse yendo contra la corriente sólo para sufrir y hundirse, trata de sobrevivir dejando que ésta lo arrastre. ¿Era eso lo que tenían en contra quienes pensaban como él, una corriente irresistible? Tal vez era eso y sí que hacía precisamente lo que podía hacer y daba el testimonio que podía dar.
Como fuera, Marcos y él saldrían mañana en busca de la primera cueva de Chicomoztoc. Su hermana pronto le daría un sobrinito y le sabía mal dejarla a ella y a Cuahuipil con todo el trabajo de la ganadería, que era mucho, aunque ya estaba bien encarrilado. Pero tampoco podía evitarlo. Ni ella ni él le habían puesto mala cara, todo lo contrario, les habían dicho que se fuesen tranquilos que entre la familia y los macehuales darían abasto. Y sí parecían decirlo con convencimiento.
Ya de vuelta con Marcos de las cuevas y de recoger pobres niños abandonados, Xiloxóchitl volvería también a preguntarse lo mismo que se preguntaba ahora. Él era así. Marcos en cambio no se preguntaba prácticamente nada. En aquel consorcio Marcos era la saeta y Xiloxóchitl el arco y quien disparaba, en eso sin duda confiaban ambos, era Dios, la divina piedad que todo lo envuelve y en todo vive y a quien Xiloxóchitl, una vez de regreso de la cueva, seguiría dando gracias, sobre todo, cuando veía a Marcos, con esa expresión concentrada de jugador empedernido que le era propia, escrutar con la mirada a la criatura recién nacida con la que habían vuelto, para terminar exclamando:
-¡Esta criatura es increíble lo completísima que está! ¡¿Cómo puede salir tan bien?! ¡Voto a tal, Xiloxóchitl, que no hay quien os supere encontrando criaturas! ¡Jamás recurriré a nadie que no seáis vos para ese menester en todo el orbe! ¡Fijaos qué bien puestecito tiene todo!
¿Qué podía decir a eso Xiloxóchitl? Pues nada, seguir siendo agradecido y tañendo el laúd aun a riesgo de aburrir al propio Camaxtli.

La Zarzamora
23/08/2012, 23:41
Cuando estaba en pie Tenochtitlán, esto era una plazuela y a un costado tenía un templo pequeñito dedicado a Tetzcalipoca. Ahora el templo es un solar en el que han empezado las obras de una iglesita. La acequia que pasaba por detrás del templo ya no es tal acequia porque se ha llenado de escombros y, no tardando mucho, quedará empedrada. No así la otra acequia más pequeña que tenía del otro lado la casa de Cuauhnochtli, que sigue siendo canal, aunque esa casa, lo mismo que los terrenos aledaños, también es un solar y es en él en el que están rebuscando ahora Cuahuipil e Ilhuicáatl pero sin hallar porque no hay nada. Todo se echó en la guerra para colmar el canal mayor y, con el viento que ha podido andar desde entonces y la lluvia, el lugar está limpio de cualquier vestigio. Cuahuipil reza en silencio por la persona con quien se sintió en comunión aquella noche predestinada. No hay ni rastro de aquel hombre, de aquel corazón que palpitaba. Quiere llorar, se quedaría ahí a llorar toda la tarde y es seguro que esta noche llorará pero ahora contiene las lágrimas. Ilhuicáatl y él han preguntado a la gente que queda que podría conocerlo pero nadie ha sabido decirles. Dejaron de saber de él cuando la gran epidemia del año en que ellos salieron de la Nueva España.
No han encontrado vestigio alguno de Cuauhnochtli pero en cambio han estado con Rómulo y Coyolxauqui, en cuya casa han hecho noche y con quienes han venido a escuchar al narrador que se pone todos los días en la plazuela y que es conocido en todo este barrio de la nueva ciudad de México. ¡Y la maña que se da este sujeto con los nombres! se decía Cuahuipil. Antes Quizziquaztin y ahora Magdaleno, en memoria de la presunta adúltera María Magdalena.
Por lo que les han contado, Cuahuipil sabe que ahora Quizziquaztin está más vigilado que el oro del César y ya no hay miedo de que haga de las suyas ni tampoco, claro está, de que, aunque adulterase, le fueran a aplastar la cabeza pecadora con un pedrusco. Esas leyes ya no rigen. Cuahuipil no sabía qué hacer, si dejarse ver o no. Coyolxauqui en un momento en que Rómulo estaba distraído con Ilhuicáatl le ha dicho que Quizziquaztin hace como si no la conociera y que por ella mejor. Imagina que con él querrá hacer lo mismo. Lo verá, pues, como uno más del corrillo y a lo mejor Quizziquaztin lo verá a él y será un saludo silencioso.
Al colmar el canal grande con los escombros del antiguo templo y otros edificios, parece que, con toda idea, se dejaron algunas piedras grandes en la plazuela para hacer de asientos o estrados. Al menos de eso sirven ahora y una de ellas es el lugar habitual al que se encarama Quizziquaztin, a cuyo alrededor se suele formar un corrillo y hasta le dan algo por escucharle, dejándolo junto a él, porque él no lo pide ni ha puesto ningún recipiente para que le dejen nada. Es un narrador plenamente imbuido de la importancia social de lo que hace, no un pedigüeño. Todos los días llega por la mañana acompañado por un macehual joven que lo deja allí. Al mediodía llega una mujer ya mayor que tiene en el cuello una verruga con pelos y le deja unas tortillas. Por la noche, unas veces más tarde y otras más pronto, viene la mujer de la verruga y se lo lleva. Y así hasta el día siguiente. Ya no se ocupa de la serrería y son su hijo y su yerno quienes la llevan y tienen mucho trabajo con la construcción de la ciudad. Suele narrar en verso y siempre en náhuatl.
Sus oyentes son casi todos indios. Rómulo, que suele ir con Coyolxauqui, es la excepción en esa parroquia. Él va por su afición a los mitos y ella porque le tiene que servir de intérprete. Por ella misma no iría pero es incapaz de negar nada a un hombre tan bueno y cariñoso y que la trata como jamás se le pasó por las mientes que la fuera a tratar nadie. A él el náhuatl sigue dándosele igual de mal. Pero Coyolxauqui le ayuda. Le ayudó a aprender su nombre y a pronunciarlo bien y el conseguirlo la dejó extenuada de por vida de modo que, desde entonces, ha simplificado su cometido rectificando a Rómulo tres veces en cada cosa y a la tercera, diga lo que diga, se lo aprueba. Y lo que aprueba pasa a la libreta.
Como está con invitados, Rómulo esta vez no ha prestado tanta atención a lo que contaba Quizziquaztin, aparte de que últimamente, por seguir la moda teule, le parece que el hombre se mete en cosas que no domina. A él le gustaba cuando hablaba de cosas puramente indias, del héroe tlaxcalteca que libraba al mundo del vicio y el adulterio de consuno con las mujeres que se preocupaban de sus maridos sin mezclar en todo ello a la Virgen y a los santos como hace ahora en un revoltijo sin ton ni son.
Como sea, que los cuatro se habían acercado a escucharlo. De Coyolxauqui no puede decirse estuviera muy a sus anchas. De hecho vivía en el terror desde que se enteró de la vuelta de la llamada Vacatecuhtli. Por una parte, culpaba a Coyol-limáquiz por aquella mentira de que ella era cihuatlamacazqui de Nuestra Abuela, porque eso la había obligado a vivir en el fingimiento. Por otra, no podía renunciar a lo que había logrado gracias tal vez a esa mentira, sobre todo a los hijos, pero lo cierto es que la vuelta de la cihuatecuhtli mexica y su incrustación en el círculo de sus conocidos y amistades la tenía en vilo. Y ahora, encima, se iban a reunir con ella y con Cuahuipil y la sobrina de Teyohualminqui… Estaba desesperada, siempre temiendo que la Vacatecuhtli dijera lo que no había llegado a decir hacía cuatro años y también que a Cuahuipil o a su mujer, sin querer, se les escapase algo. A Vacatecuhtli, sin levantar sus sospechas, había intentado que Rómulo la evitara por todos los medios pero el esfuerzo que suponía y el estado de permanente alarma en que la colocaba la agotaban. Y encima se sentía mal con Cuahuipil. Un hombre tan bueno y generoso y al que debía tanto y ahora lo trataba como si fuese enemigo… ¡Qué esfuerzo le estaba suponiendo esta visita! Aunque algo sí se había tranquilizado desde que llegaron, porque la pareja no había dicho nada que la pusiera en apuros y se veía que eran de buenísima intención y muy prudentes. Pero todavía quedaba lo peor porque ¿qué iba a ocurrir cuando estuvieran todos juntos con la Vacatecuhtli?
Ante ese nubarrón que veía cernirse, los trabajos de su papel de intérprete de náhuatl quedaban en naderías. Ilhuicáatl y Cuahuipil habían sido testigos de ese cometido suyo cuando se quedaron con ellos a escuchar al exadúltero pero luego les dijeron que iban a dar una vuelta por los alrededores a ver cómo habían cambiado. Que no se movieran de allí que ahora regresaban. Fue entonces cuando se llegaron a lo que fue la casa de Cuauhnochtli a ver si daban con alguna pista y preguntaron a la gente. Y sí, de paso se libraron de asistir al imposible empeño de hacer decir a Rómulo algo a derechas en un idioma que se le resistía lo que no se habían resistido sus hablantes. Por lo demás, a Cuahuipil, después de su encuentro con Cuauhnochtli, era la mención de Tláloc lo que, como una corriente subterránea, lo acompañaba siempre, aunque conscientemente rara vez pensara en ello y no veía muy bien como se aplicaba a su vida cotidiana. Confiaba, sin embargo, en que algún día lo vería.

La Zarzamora
23/08/2012, 23:45
-Perdóname, Anita –ése era ahora el nombre oficial de Coyolxauqui y como Rómulo la llamaba en público- que te esté preguntando siempre, pero, con lo que me gustan y lo negado que soy para las lenguas, no lo puedo evitar.
-Esta contando las hazañas del Caballero del Conejo Macho. Esta vez recorre el mundo cabalgando en el caballo blanco de Camaxtli, pero aclara que eso es una leyenda, que Camaxtli es una invención diabólica, y que en realidad el caballero era Santiago.
-¡Ah!
-Ahora dice que los demonios están en conciliábulo para ver si consiguen convencer a las rameras de que rescindan el contrato colectivo que tienen con “Esposas contra el adulterio”, por el que éstas les pagan por no trabajar.
-¿Sí? ¿Y hacen trabajo sustitutorio o no hacen nada?
-¿Sustitutorio de qué?
-Pues si se dedican a algún otro oficio, a comprobar los pesos en el mercado, por ejemplo, o las medidas, o si son chapineras o alguna otra cosa.
-Es que ellas no saben otro oficio.
-Se les puede enseñar.
-Nadie quiere enseñar a las rameras.
-¿Dices en la vida real o en lo que cuenta este hombre?
-En las dos.
-Mira, yo, ya lo sabes, Anita, no soy entusiasta de los frailes, pero eso sí, que siendo tu Primera Dama de la abuela Santa Ana, debieras empujar para que se haga algo al respecto. Esas mujeres tienen que tener una salida honrosa. No se las puede dejar tiradas. Naturalmente, si te parece bien. Sin duda tú entiendes mucho más lo que conviene o no en estos casos y sé que no te sobra el tiempo, con toda la lata que te doy y todas las otras cosas. Como tú veas. Con mi apoyo ya sabes que cuentas siempre en todo lo que emprendas, tesoro mío.
-Así lo haré, mi Lómulo.
Se han perdido algo con esta digresión y vuelven a escuchar el relato.
-¿Qué es eso de chotochotli? –dice él ahora.
Ella se pregunta a qué puede corresponder en “nágual” esa palabra que ha dicho. Con todas las que se inventa tratando de decirlas bien, se podrían crear otras cuatro lenguas “nágual” enteras.
-No sé a qué te refieres, Lómulo, cuando la vuelva a decir, me avisas a ver si la reconozco –ella ya ha aprendido a pronunciar la erre, pero como siempre le había dicho Lómulo, él le ha dicho que siga llamándolo así, que le suena más lindo de su boquita, además de que era así como la conoció. ¡Lo dulce que es el amor!
-Muy bien, Anita, así lo haré.
Y así lo hace a la vez siguiente
-¡Ah! ¡Oquichtochtli! Quiere decir conejo macho –dice ella.
-¡Ah! Conejo… macho –se lo apunta-. Menos mal que te tengo, si no creo que no conseguiría acopiar tantos conocimientos –le da palamaditas en la mano-. Espera ¿cómo has dicho que es?: ¿cochoquilotli…?
-Oquichtochtli –dice ella muy despacio.
-Onochotli…
-Oquichtochtli –vuelve a decir ella más despacio todavía.
-¿Onquichotli?
-Eso es, mi Lómulo.
Eso no era, pero no importaba.
De todas formas, la narración de hoy a él le parecía muy floja y muy contaminada de cosas de teules fuera de su contexto y mal traídas, como le solía ocurrir últimamente. Pero bueno, siempre había algo que se salvaba de la quema, y el onquichotli, o con un arreglito, don Quixotli, le sonaba muy bien, muy literario. Se lo tenía que pasar a su amigo Cide Hamete Benengeli, él que tenía tanto talento para las historias caballerescas, dándoles un giro medio socarrón.
Desde que se decidió levantar la nueva ciudad de México en el solar de Tenochtitlán, Rómulo había demostrado ser un escribano competente, capaz y muy trabajador, que además sabía tratar con mano izquierda a todo el mundo y no se arredraba ante ninguna dificultad de índole administrativa o jurídica, mostrando siempre un gran sentido común y espíritu práctico, por lo que no era de extrañar que se hubiera hecho imprescindible en el nuevo cabildo. Todo el mundo sabía que el que de verdad sacaba las castañas del fuego era él. El cargo le daba para mantener con decoro a su señora Anita -a la que en casa llamaba siempre Coyolxauqui, la única palabra náhuatl a la que le ganó la partida-, y para tener una sirvienta que le hiciera a ella compañía y con la que pudiera hablar en “nágual”, además de para atender la casa y a los pequeños. Así Anita podía ocuparse de su labor de dama de la Abuela Santa Ana o venir a echarle una mano a él en el Cabildo con personas que hablasen su idioma o en cualquier otra cosa.
En la incipiente sociedad novohispana y gracias a la reputación de poeta, además de escribano, que se había hecho, a Rómulo no le faltaban invitaciones de los personajes del momento. Como tampoco era ambicioso, el tenerlo al lado era una baza segura que no inquietaba y que le permitía a él vivir tranquilo, siempre y cuando tuviera suficiente habilidad para no dejarse arrastrar a los manejos de los arribistas. En conjunto era un hombre satisfecho. Sabía que Coyolxauqui no había salido de la clase dominante india y que su presencia no imponía a nadie ni era para él un factor de prestigio, pero lo único que quería era que tuviese un lugar respetable y respetado en la sociedad y, por eso, apoyándose en el sacerdocio de Toci, la empujó a que, en vez de que vinieran a ella los frailes, que ella se los camelara como dama de la abuela Santa Ana, de modo que se afianzara en su posición social y así, en los salones presuntamente distinguidos donde se le invitaba por su condición de poeta y sus relaciones como escribano, ella no se impondría por su brillantez, pero jamás podrían desdeñarla ni perjudicarla por ningún lado y ella, gracias a Dios, era discreta y sabía no exponerse abarcando más de lo que podía. Tampoco deseaban otra cosa. Ellos dos no se movían por la codicia ni la vanidad. La vida que tenían era buena y, a su manera, trataban de aportar lo mejor de sí mismos a la sociedad en que habitaban. Rómulo tenía muy presente el recuerdo de aquel amo que murió y que se molestó en enseñarle no sólo a leer y a escribir, sino muchísimas más cosas, que lo aficionó a la lectura y a pensar y a reflexionar. Aquel era un hombre bueno. La esclavitud podía ser una cosa horrenda porque en nada dependía uno de uno mismo, pero aquel amo le enseñó con su actitud quizás lo más importante y es que lo que cuenta no es en qué situación se encuentre uno sino cómo uno decida comportarse en ella y él sentía que portarse con humanidad era un homenaje que debía a aquel caballero que, habiendo podido tratarlo como a bestia de carga, lo había guiado y querido y tratado siempre con benevolencia. Sabía que en su testamento le había dado la libertad y dejado algún bien con el que empezar a vivir con independencia, pero los buitres estaban demasiado al acecho para que a su muerte apareciera testamento alguno. Mal asunto si él hubiera querido seguir el ejemplo de los buitres y no el del caballero y hombre de bien. No era ése su deseo ni su inclinación ni pensaba abusar jamás de cualquier poder que tuviese.

La Zarzamora
23/08/2012, 23:45
Cuahuipil e Ilhuicáatl habían mirado ya todo lo que había que ver y hecho las averiguaciones que habían podido y habían vuelto a reunirse con sus amigos.
-¿Dónde hemos quedado con Vacatecuhtli? –pregunta Ilhuicáatl cuando el narrador hace una pausa.
-A un paseíto de aquí, en el embarcadero grande. Si os parece, casi podríamos ir yendo y esperar allí.
Vacatecuhtli les escribió que iban a casarse en Coyoacán, estrictamente en secreto. Que si querían ir de testigos. Que si era así, que esperasen en México y que los recogerían a ellos y a Rómulo y a Coyolxauqui con el acale de ida en el embarcadero de Cuepopan después del mediodía.
Una vez allí no tuvieron que esperar mucho y, cuando los que venían en el acale vieron con Rómulo y Coyolxauqui sólo a Cuahuipil y a Ilhuicáatl, Vacatecuhtli se llevó una decepción.
-¿Qué no han venido mi puto barragán ni el relamido de Xiloxóchitl? ¿Está enfermo alguno?
-Cuando nos llegó vuestra carta -le explicó Ilhuicáatl- hacía dos días que habían salido de viaje a encontrar las siete cuevas y a recoger de paso a alguna de esas criaturas que, según nos explicó Marcos, quedan abandonadas y que seguro que son el fruto de esas relaciones irresponsables que tienen esos golfos cristianos con las indias y que luego las criaturas los estorban y las abandonan. Dicen que ese es un deber patriótico porque tampoco se puede dejar que a todos ellos los recojan los frailes porque con los frailes ya se sabe lo que les pasa a los niños.
-¿Pues qué les pasa? –preguntó extrañada Vacatecuhtli.
-Que se aburren. Van a estar mucho mejor con nosotros –dijo Ilhuicáatl.
-Ya.
Vacatecuhtli no parecía reponerse del desencanto de que no estuvieran ni Marcos ni Xiloxóchitl, hasta el punto de que no pareció darse cuenta de que tampoco había en la Nueva España todavía tantos frailes como para provocar semejante terror.
-Pero no os preocupéis Vacatecuhtli que, a falta de que estemos todos aquí hoy, tendremos una celebración pendiente y entonces sí estaremos todos y haremos locuras, si Dios quiere –la animó Ilhuicáatl.
-Vacatecuhtli –dijo Cuahuipil riendo- si ya habéis terminado de entristeceros por los dos que no han venido, alegraos al menos por los casi tres que estamos aquí y que nos esperábamos una boda y no un velorio.
-Tenéis razón. Peor para esos dos locos si se lo pierden. Los dioses del incesto, con ese casi tres que decís que también ha venido y por el que os doy la enhorabuena, seguro que se apañarán y, como dice el puto barragán, con los que estamos ya valemos por orbe y medio. ¿Qué más se puede pedir para celebrar un incesto por todo lo alto? ¡Hale, vamos, no sea que el puto fraile se nos impaciente¡ Y, señora Alcalá, os tomo la palabra de esa celebración pendiente, con sus locuras, y no creáis que se me va a olvidar.
Bien, la llamaba señora Alcalá y decía muchas palabrotas, eso quería decir que ya se había repuesto de la decepción.
Y así fue cómo, sin más historias, tuvo lugar la boda inmediata, seguida de una cena tan grata como íntima y apacible, en la que, sin embargo, Coyolxauqui sufrió casi tanto como se había temido. Para las celebraciones y locuras quedaba todavía. Bueno, depende de a qué se llamase locuras, porque la noche de bodas de los dos ex hermanos tuvo su aquel. En su esfuerzo por ser ocelotes de pro y ya de regreso los dos solitos en su dulce morada de Ixtapan entre reses y magueyes ¿qué habría hecho Ahuitzotl para que en medio de la noche la Vacatecuhtli hecha un furia le llamase todas las cosas que le llamó y le preguntase:
-¿Pero qué te creías que era esto? ¿un concurso de cascar nueces a mazazos?
-¿Pero qué he hecho?
-¡Eso me pasa por rebajarme a ayuntarme con un puto macehual adulterino!
-¿O es algo que no he hecho?
-¿Es que nadie te ha explicado que no tienes que parar el curso de los astros ni tampoco derribar el Popocatépetl de un soplido sino tan sólo una solitita vez, una vez chiquitita, chiquitita, minúscula vez en la vida, ser delicado. No quinientas veces, no, sólo una, esta vez, la que tocaba esta noche.
-¿Y por qué esta vez?
Vacatecuhtli en un alarde de dominio de sí se puso delante de la cara de él con las manos en garras, enseñando los dientes feroces y rugiéndole de rabia y… no lo mató. ¡Uff! ¡Tremendos los ocelotes!
-Bueno sí, eso sí lo aprendí, que la primera vez hay que ir pasito pasito, pero ésta no es la primera vez.
-¡Pero y a mí qué me importa si para ti es la primera vez o la trillonésima, aborto de chicharra! ¡A mí me da igual que le hayas pegado diez viajes al almanaque de rameras del Anáhuac o que la hayas tenido metida en salsa de cristalitos todo este tiempo!
Yo mejor callado hasta que escampe ¡Uuuf! -piensa Ahuitzotl.
-¿O es que en un alarde de clarividencia te crees que te he elegido a ti por tus grandes dotes y cualidades y que si lo tienes más usado que la mano del metate me va a importar más que un bledo? ¿¡¡Por quién te has tomado!!? ¡Me importa un carajo lo usado o lo nuevo que estés! ¡Qué bestias, qué bestias, pero que bestias! Lo primero duro que notáis ¡hale! a pegar con ello en el universo, que todo es agujero. ¡Y si la mujer es virgen, pues peor para ella, que hubiera espabilado y hubiera practicado con todos los remos del muelle de Texcoco!
¡¡Huyyyy!! No. No parecía que fuera a escampar.
-Me duele lo que me dices, Vacatecuhtli. Yo no soy un cualquiera y encima soy feo. Es mi primera vez, te lo garantizo.
-Si, pero a ti la primera vez no te chinga y a mí sí.
-Pero tú no es la primera vez.
-¿Ah no? ¡Mira qué bien! ¿Y de dónde sacas tú eso?
-Pero ¿cómo va ser? Has tenido un barragán cuatro años.
-¡Tres y medio! ¿Y qué? ¿Es que no hemos podido estar muy ocupados? Hay más cosas que hacer en la vida que estar dale que te pego ¿no te parece?
-¿Pero y cómo iba a saber yo que…?
-Pues se pregunta. Las cosas se preguntan, en lugar de meter la pata, o lo que sea que tengas para meter, que de momento más parece una tranca de derribo.
-Pero mi expadre me dijo que eso, precisamente eso, no se preguntaba, que preguntar eso hiere la sensibilidad femenina.
-¡Mi papaíto! ¡Pinche cochino! La chinga pero bien hasta cuando se pone espiritual.
Ahuitzotl, aunque sin espiritualidad, también conseguía chingarla pero bien aunque, eso sí, el suyo era un chingar razonadito:
-De todas formas, cuatro años… bueno, tres y medio… La especie… ¿Nosotros también vamos a estar muy ocupados?
No decía nada. ¿Habría escampado?
-Oye, ¿y tú porque eres el único que estás picado de la viruela si la enfermedad la ha pasado todo el mundo? ¿Qué has hecho para que sólo te pique a ti?
-A mí también me pareció raro. Hace poco hablé con don Rómulo, cuya mujer también pasó la enfermedad, y ella no está picada ni nadie está picado aparte de mí. Me dijo él que, aunque a todo se le ha llamado viruela por inercia y desconocimiento, que la viruela siempre deja picaduras, pero que seguro que lo que pasó todo el mundo ha sido el sarampión, que no da picaduras, y que lo mío ha sido la viruela que sí que las da.
-¡Jajajajaja! La epidemia es de sarampión y tú te equivocas y pillas la viruela. ¡Jajajajaja!
Bueno, de algo tenían que servirle las viruelas. Ella se reía… y se seguía riendo… que no paraba. Bueno. Un rato y terminó parando.
-Entonces, ¿te has enterado ya? –preguntó ella.
-¿De qué?
-De lo que no te habías enterado antes de esta noche y que ha hecho que ahora estemos aquí de cháchara en lugar de estrenarnos en eso del incesto, que no sé por qué pensé que te hubiera apetecido más pero ya ves, no hay manera de acertar con tus preferencias.
-Di la verdad: a ti lo que más te interesa de todo esto es el incesto ¿a que sí?
-Pues sí.
-Creo que me he enterado… de lo otro quiero decir.
¿De cómo ser un buen ocelote?
-Eso.
-A ver si es verdad. Mañana te dejo hacer otro intento. Pero cuidadín que, si no, pueden ser otros tres años que me pilles ocupadísima. ¡Hale! Te puedes retirar. Dame un besito.
¡Madre mía! Lo duro que es esto, o sea, eso. Vamos que yo no le recomendaría el incesto a nadie. ¡Y mira que practicar con los remos de Texcoco…! ¡Qué barbaridad! Tendría que ser con la parte redonda, la plana… ¡Uug! Y lo de que es virgen… ¿me lo creo o no me lo creo? Todo el mundo diciendo que los cristianos son tremendos para estas cosas y con un cartel de aquí a Guatemala y me sale con que ha estado cuatro años con uno y que no ha tenido tiempo. Y encima no me he enterado de nada, no sé si sigo virgen o si ya no. ¡Tengo unas ganas de acabar ya con esto…! ¡Uuuuuf! ¡Qué razón tenía mi padre! O sea, mi primer padre, no, mi expadre. … ¡Ay! Pero es una ricura cuando me pone la mejillita para que le dé un besito. ¡Aaaaah!
Y el muchacho sonreía beatíficamente pensando en aquella mejillita de ocelota. ¡Ay, si todo fuera así de fácil…!

La Zarzamora
30/08/2012, 23:58
El grupo más famoso del orbe sí llegó a reunirse para, como había prometido Ilhuicáatl a la Vacatecuhtli hacía años, celebrar la boda aplazada y todas las bodas de hecho, porque, por pitos o por flautas, en ese grupo nadie había tenido una boda en condiciones y menos los exsolteros anónimos. Y hacer locuras. Eso había dicho. Así pues, con el consenso general y unos añitos después, cuando ya Marcos y Xiloxóchitl habían conseguido dar con varias de las siete cuevas de las que salieron los chichimecas, con la consiguiente cosecha de niños abandonados, que, entre los que se parecían a Marcos y a Xiloxóchitl y los que no, que precisamente se los encontraban con el fin de entremeterlos con los otros y disimular -y de paso los salvaban de los frailes-, ya debían de ir por siete u ocho; cuando Ilhuicáatl y Cuahuipil ya habían renunciado a competir con el hermano y el cuñado en eso de encontrar niños, a pesar de que para ellos era más fácil porque no tenían que ir a ninguna cueva y los encontraban como todo el mundo saliendo un día de mamá; cuando los ocelotes ya habían conseguido poner orden y concierto en los agujeros del universo y reunido algunos ocelotitos; y Rómulo y Coyolxauqui, en medio de ese desmadre, habían conseguido seguir siendo una familia normal y aumentar sus miembros con normalidad y con el pláceme hasta de los frailes; entonces se dijo Ilhuicáatl que era llegada la hora de cumplir promesas. Y cursó la correspondiente convocatoria a los miembros activos del Grupo más famoso del orbe. Quizziquaztin-Magdaleno nada. Xiloxóchitl, que se acordaba de él con afecto, se había interesado por si quería venir, pero la de la verruga peluda en el cuello lo tenía perfectamente vigilado en un radio fijo y él se hallaba en el pináculo de la felicidad y la satisfacción, el de su encarcelamiento todo exteriores en plena plazuela, del que no se movía, no fuera que se lo quitasen y, además, tenía muchísimo que hacer. Tenía que conseguir la narración total y definitiva, la cima de la literatura comprometida del Anáhuac, la epopeya de la mujer arrepentida de los crímenes de adulterio y resuelta a cumplir su misión de guardiana del marido sin permitir que lo descarríen las ideas, esas fieras feroces de la mente varonil que llevan a los crímenes más horrendos cuando no hay detrás una mujer sin pamplinas que los dome y domine sin reparar en medios. Las mujeres se habían vuelto muy comodonas y ése era un estado de cosas que llevaba las civilizaciones a la perdición. Hasta los teules, que en tiempos creyó él a salvo de esa barbarie, eran pasto de esa plaga de la humanidad. Era el logro de su vida. Si conseguía dar forma a esa narración en buen verso náhuatl, sentiría que no habría pasado por este mundo sin dejar nada para generaciones venideras. Eso lo sumía en insomnios febriles de estrofas movedizas en las que trataba de plasmar el drama y la tensión transformadores surgidos de su inspiración, antes de que los vendavales del pensamiento, en su incesante torbellino, le arrebatasen sus frutos.
Así que, salvo el adúltero vate y los cómicos otomíes, que no se podían ausentar de los escenarios sin que el clamor popular los sacase de donde estuvieran y los volviera a subir a ellos, y que no podían aparecer en Tlaxcala porque donde triunfaban ahora era en la Vieja España y el transporte dejaba que desear, pues todos los demás habían ido llegando ese día a la Posada de Santiago del Conejo, para desde allí trasladarse juntos a la finca, a la que le habían puesto el nombre enigmático de “Los beyes del conejo”, que figuraba en castellano y en pictogramas en un madero a la entrada. Beyes era el plural de bey, pero difícilmente se imaginaría eso nadie, de manera que lo que la llamaba la gente era los Reyes del conejo, suponiendo que lo de Beyes era un error caligráfico o pictográfico. Aunque claro, el fundamento de la finca no eran los conejos, sino las reses más o menos bravas pero, esperando lo mejor, cercadas, que ya, después de varios añitos, eran bastante más que tres o cuatro. A todo esto los conejos seguían sin enterarse de que ya tenían beyes y continuaban con su vida de siempre y con la enternecedora carita de roedores sorprendidos y atentos a lo que se les dice que los había llevado a los altares colgados del pecho de Camaxtli, perdón, Santiago.
Un poco lo que les pasó a los posaderos, que tenían previsto, por una vez en unos cuantos años, cerrar la posada en cuanto terminasen de recoger para irse de festejo como miembros del grupo más famoso del orbe y que no habían alquilado recámaras precisamente con esa previsión. Pero hubo quien no se enteró. Cuando ya estaban reunidos en el patio los del grupo llegados de fuera con los de la finca y una nube de niños de ambas procedencias, para, de allí y con fuerza de cabalgaduras, dirigirse a su destino campestre, en la sala principal cundió la consternación, que se propagó luego a las cocinas y al susodicho patio donde esperaban todos.
-¡Qué llega el marqués! No pueden vuestras mercedes cerrar la posada ahora, viene aquí derecho.
-¿Qué marqués?
-¿Qué marqués va a ser? Él, el mero marqués, el marqués del Valle de Oaxaca, don Fernando Cortés.
-¡Híjole! ¡Rehíjole! Pero ¿y no puede el p… (p de pinche, no de otra cosa, que Teyohualminqui de costumbre no era mal hablado) preciado Marqués comer y alojarse en el palacio de los ilustrísimos senadores de Tlaxcala?
-Es de improviso, no ha dado tiempo a preparar ni a avisar y además ha insistido en que no quería causar inconvenientes a nadie y que por eso prefería venir a la posada como cualquier viajero, aparte de que la Posada de Santiago del Conejo es famosa en todo Cádiz.
-¿Dónde dice vuestra merced que es famosa?
-Esto no es Cádiz ¿verdad? ¡Dios mío, ya me vuelve a ocurrir lo mismo! Desde que salí de Irlanda no doy una –Teyohualminqui mentalmente anotó: así que hospital de locos en castellano también se puede decir irlanda, bien, no tenía acuñado ese término- . ¿Dónde tengo la cabeza? No sé qué va a ser de mí. Vengo con este hombre desde la Vieja España y … Voy a tener que analizar muy en serio lo que me pasa. Entonces ¿esto es …? ¿Qué es esto?
-Esto es Tlaxcala, caballero. No os preocupéis, quedaos tranquilito que os traiga un chocolatito calentito que seguro que os va a serenar y fortalecer el ánimo.
-Dios os lo pague, posadero.
Teyohualminqui dio recado a cocina de que venía el Marqués, o sea, el Malinche de toda la vida, que no sabía a qué venía ahora eso de “el Marqués”. Que estuviesen preparados y que estuviesen preparadas las recámaras, que no sabía con cuánta gente venía, aunque ahora lo preguntaría; y que preparasen un chocolate para un caballero muy necesitado. Y mientras preparaban el chocolate él fue al patio donde estaban los del grupo para decirles que se fueran a la finca, que la posada no se podía cerrar, porque venía el Marqués.
-¿Qué marqués?
-¿Qué marqués va a ser? Él, el mero marqués, el marqués del Valle de Oaxaca, don Fernando Cortés.
-¡Híjole! ¡Rehíjole! Pero ¿y no puede el p…
Esto Teyohualminqui tuvo sensación de que lo acababa de vivir unos momentos antes hasta la p…, p que ahora se bifurcó en pinche, y también en puto, pringado, pendejo, éramos pocos y parió la abuela, ¡híjole!, más puto, ¡paciencia!, etc.; sin contar los niños, que demostraron la inocencia que les es propia con: ¿los malqueses son de comel? ¿tlae golozinaz? ¿Se le puede tocá? ¿Cuándo se va? ¿Cuándo va a volvé? ¿Sabe cantá? ¿tiene plumaz? ¿cuántos añitos tiene?

La Zarzamora
30/08/2012, 23:59
Volvió Teyohualminqui a servir el chocolate al heraldo del Marqués y, poco después y con dos acompañantes, apareció ya el Marqués, que elogió la posada y, cuando ya la había elogiado bastante, fue al grano y preguntó que dónde estaban los jugadores que solía haber. Y Teyohualminqui le explicó la situación, rematando con la pregunta:
-¿Cuántos necesita el señor Marqués?
-Si pudiéramos al menos ser ocho… Pero me sabe mal haber trastocado a toda la posada. No podía imaginarme yo que hoy precisamente se cerrase. Sería mejor que nos fuésemos y volviésemos otro día, aunque, claro, ese día vaya cualquiera a saber cuándo va a ser… -esto dijo haciendo ademán de irse.
-De ninguna manera. Ya hemos vuelto a poner en marcha las cocinas y las recámaras y ya se nos ha ido el transporte. Cerrar ahora nos ocasionaría gastos y no solucionaría nada. Vuestra merced nos la hará de verdad si se queda y nos honra con su codiciada presencia.
-Pues pido mil disculpas y lo siento muchísimo. ¿Cómo se ponen en marcha las recámaras?
Malinche siempre tan concienzudo y reuniendo material para sus cartas de relación al Emperador.
-¡Oh, es un sistema totalmente novedoso! Vuestra merced ¿sabe? con las terribles epidemias que se abaten de continuo sobre la Nueva España, la mano de obra puede fallar en cualquier momento. Está todo mecanizado, pero es un poco prolijo de detallar. Cuando quede bien aposentado el Marqués y descansado, me encantará explicárselo. Siempre he admirado la mente inquisitiva del marqués, que dicho sea de paso, para este humilde servidor, más que marqués será siempre un gran capitán.
-Agradezco vuestro aprecio, que también a mí me es más caro que ningún marquesado. … Bueno y ahora voy a probar este chocolatito que, sin duda, es excelente. ¿Viene ya envenenado o me sirven el veneno aparte? –esto dijo con expresión algo pícara, como para que se entendiese que era una chanza.
-¡Mil perdones mi capitán! ¡Es culpa mía! Con el cambio de planes se me olvidó por completo lo que os es debido. Y claro, añadir el veneno ahora después de preparado, ya el chocolate no lo toma igual ni tiene el mismo sabor. Haré que os preparen otro con el veneno ya puesto. ¿Tenéis alguna preferencia?
-De ninguna manera. Por esta vez me aguantaré sin veneno. Es lo menos después de las molestias que os estoy ocasionando.
Se veía que estaba satisfecho de que el posadero hubiera captado la finura de la chanza. A Teyohualminqui a todo esto, las palabras que se le venían a la cabeza eran: “¡pobre hombre!, se va a la Vieja España a pedir como una merced del Emperador que se le reconozca una migaja de lo que se ha ganado y todo porque cree que el Emperador, que es un niñato malcriado, está por encima de él por decreto divino; y se casa con una gran señora porque, para sostener esa migaja que se le concede, necesita parientes y validos poderosos ante el Emperador que se la defiendan. ¡Triste y penoso! Se atreve a lo más difícil, pero no se atreve con sus propios ídolos. Si este hombre se hubiera proclamado rey de toda la Nueva España, sin ser siervo del Emperador, cuántos le hubiesen seguido y apoyado y cuánto mejor no nos hubiera ido a todos! Pero, para él, Dios no es sólo Dios, es Dios y el Papa y el Emperador y sus pinches lacayos, que, como decía su sobrino Cuahuipil, “éramos pocos y parió la abuela”. Y, encima, si este pinche marqués hubiera hecho las cosas bien, hasta la Vieja España nos lo hubiera agradecido. En cualquier caso, ya había dado instrucciones para que alguien fuese a buscar a los jugadores habituales y se los trajera.
Otra vez el marqués:
-Vuestra merced y yo ¿no nos hemos visto antes?
-Desde luego, mi capitán -¡Uf! ¡Qué alivio, decir capitán y no esa payasada de marqués!- Yo tuve el impagable honor de estar en una audiencia judicial en Tenochtitlán, por unas pérdidas que tuvo un mercader tenochca… no me enteré de gran cosa la verdad y, salvo que estaba allí vuestra merced, porque eso, por supuesto, no se puede pasar por alto ni olvidar, no me fijé en mucho, ya que estuve pendiente todo el tiempo de ver si mi capitán, Chichimecatecuhtli, me hacía alguna seña, porque precisamente para el caso de que me la hiciera estaba yo allí.
Sí que se acordaba el marqués de que su doña Marina no le quitaba ojo al papa aquel y, si el papa miraba todo el tiempo a Chichimecatecuhtli o a qué, no lo sabía, porque con el hábito que llevaba, con una capucha que le dejaba los ojos en sombra y unas pestañas que parecían otra capucha, el muy…, era difícil saber a dónde miraba.
Claro, él no podía saber a dónde podía mirar el otro y Teyohualminqui sabía que no lo podía saber, por eso le había mentido con su desparpajo habitual, pero claro está que miró a doña Malinali, faltaría más. Era lo mejor de la audiencia. Y aparte de eso, porque tenía esa facilidad, miró a todo lo demás al mismo tiempo, también a Malinche, y le vio mirar a doña Malinali y mirarle a él a ver si la miraba. ¡Qué cosas! ¡Pobre hombre!
-¿Y vuestra merced sigue siendo papa?
¿Ves? Esa pregunta sí se merecía el veneno. Este pendejo, por defender al Papa de Roma, que mayormente era un cargo ejercido por sinvergüenzas, ya se había encargado de que él y muchísimos otros no fueran papas.
-Hice gestiones hasta en latín ante el obispado de Santo Domingo para que se me reconociesen mis antecedentes papales, pero aún no he recibido respuesta. Quizás vuestra merced pueda interceder por mí.
Si eso no hacía a Cortés cambiar de conversación, nada lo haría. Pero no. Según se verá, fueron tablas. Aunque sí que acusó el golpe el capitán porque se puso más serio.
-Entonces, si vuestra merced ya no es papa y puesto que sigue vistiendo hábito, ¿qué es ahora?
-¿Ahora? Soy expapa.
¡Claro! Lo único “ex” que no había en la Nueva España eran ex epidemias. Esas ejercían con toda plenitud y vigencia.
Bueno, seguro que ahora el capitán sí que cambiaba de conversación. No. Se quedó en tablas, porque en eso llegaron quienes habían ido a la pesca de jugadores dignos de medirse con el Malinche y habían vuelto con tres. Una vez hechas las presentaciones y tomado asiento todo el mundo, el capitán Cortés hizo alarde de sus mesnadas:
-Pues creo que finalmente con lo que hay sí que podemos hacer una de a ocho. Los tres que acaban de llegar, más mis dos compañeros que entraron conmigo, más el expadre O’Leary, que ya habéis conocido, y vuestra merced… vuestra merced, mi señor expapa, supongo que sabrá jugar a las cartas. Si no, le enseñamos en un pispás.
-Yo de ver sólo. Los jugadores se suelen quedar bastante rato y la mayor parte del tiempo yo me quedo leyendo el devocionario (¿qué?), pero a veces se me cansa la vista y miro como juegan.
-Pues hecho. Si vuestra merced no es muy ducho se puede emparejar con el expadre O’Leary que es buen jugador y nosotros tres cada uno con uno de los habituales ¿hace?
-Yo, por complacer a mi sin par capitán, lo que sea pero si mi mujer se entera de que me juego lo que no tengo, que es todo el pecunio, porque el pecunio es suyo, es garantizado que me deja sin lo que sí que tengo de más valor, que es lo corpóreo, porque es ella la que lleva la cocina y sabe de cortar en rodajas lo que no se imagina vuestra merced. O sea que yo puedo permitirme ganar pero no perder –esto que acababa de decir era muy importante.
Y por eso, precisamente, se le acercó O’Leary por detrás y le dijo bajini:
-Jugando conmigo seguro que su santidad el expapa no va a perder. –y ya en voz alta-: ¡Ay! Por cierto, marqués, ¡la carta!
-¿Qué carta? Todavía no hemos empezado a jugar.
-No, marqués, no esa carta. La que teníais que entregar a un grupo con sede en Tlaxcala, que por eso averiguamos si aquí se jugaba, para matar dos pájaros de un tiro.
Claro, hombre. Aunque no eran dos pájaros, eran tres. El tercero era librarse por una jornada de las bobadas matrimoniales que el que él tuviera aspiraciones a las relaciones útiles por ese lado, no lo hacía tener menos querencia a la vida, llamémosla masculina, con camaradas y comilitones, y la vida matrimonial no valía lo que las timbas con los amigos, las conquistas con los amigos, las penalidades y aventuras con los amigos, todo eso en suma que había sido su vivir. Y la que le había servido para lo matrimonial y además para lo que sirven los compinches, ésa que le había dado su nombre glorioso, pues está claro que no tenía palanca ante el Emperador, es más, ella, de no haber muerto ya, en santa gloria estuviese, también habría necesitado esa palanca. ¡Qué pena de hombre!
-¡Voto a San Antonio! Claro. Voy a ver, que la tengo por aquí. Se hurgó en la ropa y la sacó.
-Menos mal que me lo ha recordado, expadre. ¿Vuestra merced –dijo el marqués dirigiéndose a Teyohualminqui- conoce a “Grupo del Orbe”? No sé lo que será eso, pero es lo que pone. “A entregar en la posada de Santiago del Conejo en la ciudad de Tlaxcala”.
-¿Y de dónde viene?
-De la Vieja España. Me la entregaron en Valladolid, en mano, unos cómicos indios de la Nueva España, a cuya función asistí, porque me sentí obligado. Estando allí, no podía hacer otra cosa. Hubiera sido un desaire no hacerlo.
-Pero ¿no le gustó a vuestra merced la función?
-Lo achaco, lamentablemente, a mi poca capacidad para las lenguas, que ya me duele a mí, ya, pero es que no me enteré de mucho, porque casi todo estaba en náhuatl.

La Zarzamora
31/08/2012, 00:01
Peor se podría mentir, más descaradamente no. Di que no te gustó cómo salías en la función o que los espectadores eran todo populacho, pero no que hablaban náhuatl. Y Teyohualminqui, que en castellano había bebido mucho de Cuahuipil, se dijo “mejor es no meneallo”. Así que se quedó con la carta y prometió su entrega puntual a todos los interesados. Y a partir de ahí y en equipo con el expadre, que ya se enteraría él de cómo llegaban los padres a ser expadres aun sin ser indios, se dispuso a desplumar a marqueses, capitanes y tahures, porque lo del devocionario era mentira y el nunca jugaría por propia iniciativa pero, si lo ponían en un brete, que se preparase el bretador.
Mientras tanto, los de la otra sala ya se habían movilizado y salido hacia la finca. Cuahuipil volvió a decir “éramos pocos y parió la abuela” y, antes de que pasasen más cosas, metió prisa para montar a los pequeñuelos en borriquillos de a cuatro, que seguro que cabían y además, cuantos más, más divertido y de los burros nunca se caía de muy alto y por naturaleza los niños son blandos. Nada que temer y los burros no pegaban epidemias. De los adultos también se ocupó.
-Ya dije a vuestra merced hace mucho que debía celebrar una alianza con las mulas. El tiempo me ha dado la razón: Aquí en la Nueva España, y con toda justicia, la ley sólo permite montar a caballo y portar armas a cristianos y tlaxcaltecas. Ahora vais a tener que ir a pie –le decía a la Vacatecuhtli, quien, aun sin estarle permitido, de hecho había llegado a caballo, junto con su Ahuitzotl, Rómulo, Coyolxauqui y vástagos, porque a ver ¿quién iba a saber que no eran tlaxcaltecas si nadie lo decía? ¿Por el acento? Pues no, porque el que hablaba todo era Rómulo, y a él no le iban a discutir ¿no? Las puyas siguieron ya con todos montados y de camino.
-Y lo que no sé tampoco es si sus ocelotitos tan majos tienen autorización para ir en burro.
Vacatecuhtli trató de contestar a ambas observaciones dándole con la fusta, que el esquivó riéndose y diciéndole:
-Esa fusta, dela vuestra merced por confiscada, que es un arma y os está prohibida. Y otra cosa: ya que os saltáis la ley tan alegremente, al menos no os caigáis también del caballo como tenéis por costumbre de caeros por todas partes –y esto último lo dijo ya bien a recaudo de la fusta de marras con la que Vacatecuhtli ya no intentaba azotarlo porque no lo alcanzaba, sino que se la lanzó como arma arrojadiza, con lo cual Cuahuipil, al atraparla al vuelo, la pudo confiscar.
Entre juegos, risas y puyas, pues, llegó esa parte del Grupo más famoso del Orbe a los Beyes del conejo y empezaron en medio del desorden las bodas aplazadas, con la nube de niños metiéndose por todas partes y sin hacer caso a nadie, ni siquiera a su tío preferido, Xiloxóchitl, que no conseguía tocar con el laúd cuatro notas seguidas para amenizar la velada.
-Tío Xilote, ¿un malqués es algo de comel?
-En tiempos lo era, vidita mía. Ahora ya no –le contestó el preguntado.
-Y además amargaba –aclaró Vacatecuhtli.
Mientras, el coro de los celebrantes, formado por Cuahuipil, la señora Alcalá, Marcos y Ahuitzotl con buena parte del enjambre infantil, seguía a lo suyo en torno a un fuego, empuñando panderetas, panderos, castañuelas, teponazles u ocarinas, o sin empuñar nada, pero armando bastante jaleo, con canciones de boda, de divorcio o de lo que fuese en idiomas existentes o inexistentes, que no había quien distinguiese nada de nada.
-Pero y mi puto barragán ¿qué hace?
-Su puto exbarragán sospecho que hace amagos de bailar turco –se refería Xiloxóchitl a eso que más adelante en la historia se dio en llamar danza del vientre.
-La pregunta era retórica ¿o no recuerda vuestra merced que yo también estuve donde el turco y sé lo que es? Pero no le sale bien. Parece una lombriz beoda.
-No pase sofoco vuestra merced que la respuesta era igualmente retórica.
-De todas formas conmigo nunca ha hecho el payaso así.
-Conmigo tampoco.
-¡Pero vuestra merced no es su barragán!
¡Huy!
-Tengo entendido que es un baile muy lindo cuando se hace sabiendo –dijo Rómulo, ganándose con ello una mirada torcida de la Vacatecuhtli, que a él no le impresionó, porque era así como miraba ella casi siempre. En cambio a Coyolxauqui le hizo agarrar del brazo a Rómulo y llevárselo aparte a la medio oscuridad y donde no los oyera nadie.
Coyolxauqui ya no podía más de aprensiones sobre lo que pudiera ocurrir en esta reunión que iba a durar días. El viaje con los dos paisanos tenochcas había sido un padecimiento continuo con el temor de que en la siguiente chanza o charla descuidada saliera a relucir lo que temía. Le parecía mentira haber llegado hasta ahí y no sabía si la cihuatecuhtli no había dicho nada todavía porque no quería o porque no había encontrado el momento. No podía más y no iba a ser capaz de pasar varios días en ese estado de incertidumbre y miedo. Si ahora, como solía decir Rómulo, no tomaba el toro por los cuernos, mejor oportunidad que ésta, con varios días por delante y el apoyo, bien creía, de los tlaxcaltecas y Cuahuipil, no la tendría. En México los encuentros ocasionales o previamente acordados con la cihuatecuhtli y el marido habían sido raros y, mal que bien, había conseguido apañarse para gobernar las conversaciones de forma que discurrieran sin peligro pero ahora, con unos cuantos días y tanta gente, en cualquier momento podría producirse la catástrofe.
-¿Qué pasa, Coyolxauquicita?
Ella le rememoró lo que había dicho Teyohualminqui aquella noche en las fuentes hacía años cuando se conocieron todos, que lo de que ella había sido ramera en Tezcatonco era una broma que gastaba la Vacatecuhtli.
-Pues eso era verdad. Fui unos años ramera en Tezcatonco. Ya no soporto más callarme esto. Lo callé entonces porque no sabía cómo hacer. Temía perder la oportunidad de cambiar de vida. Yo no había sido nunca sacerdotisa de Toci hasta entonces y, claro, lo hice muy mal.
Rómulo la abrazo y le dijo:
-Si lo hubiera sabido entonces no sé qué hubiera hecho o pensado. Ahora que os conozco bien después de tantos años, no necesito que me contéis nada y doy por bien empleado que no me lo contaseis entonces, porque uno no sabe nunca como actuará o pensará en según qué circunstancias y yo estoy muy contento de la vida que llevo en vuestra compañía y no quiero ni pensar que hubiera podido ser de otro modo. Lo que lamento es que tuvierais que pasar por aquello. Pero ya está, ya pasó y, gracias a Dios, estamos bien y conformes. Y, secreto por secreto, os contaré yo el mío.
Y le contó su vida de esclavo y su fuga y ella alabó su valentía y determinación.
-De todas formas, por lo que sé de vuestros mitos, en su advocación de Tlazoltéotl, a Nuestra Abuela, Toci, se solían ofrecer rameras en sacrificio, de modo que tampoco me mentisteis vos ni Coyol-limáquiz. Porque sé que en el fondo esa es la verdad –hizo una pausa y continuó acariciándola -, que aquello fue un sacrificio y que por ello estáis más cerca de la divinidad pero con la parte buena para mí y nuestros hijos de que ahora estáis viva y hermosa. … Y dejemos esto ahora, que hemos venido a estar con los amigos y a celebrar.
Y eso fue lo que hicieron después de dar un poquito de tiempo a que se les pasará la emoción de los secretos mutuos y de sentirse libres del peso del silencio. Y bien hecho porque ya Xiloxóchitl y Vacatecuhtli los habían echado de menos, a juzgar por lo que comentaron en su ausencia.
-Parece que el negro y la exramera se nos han esfumado –decía ella.
-Querrán celebrar la boda un poquito más en privado. ¿Y qué le ha hecho vuestra merced a Coyolxauqui que, en cuanto os ve, sale huyendo?
-Nada le he hecho y me tiene enfadadísima. Parezco la mala del grupo y soy la más buena.
Xiloxóchitl no pudo contener la risa y luego ella misma lo imitó.
-Creo que debe de temer que yo vaya a decir delante de Rómulo que fue ramera. Y a estas alturas, yo, rodeada de tantos imbéciles, ya he renunciado a decir cualquier verdad pero era lo que había que haber dicho desde el principio.
Xiloxóchitl admiraba a la gente que sabía todo con tanta certeza. Él nunca sería uno de ellos. Las razones de una cosa y de la contraria son como las ruedas de una carreta, sin las dos, no hay carreta. Pero, de todas formas, disfrutaba hablando con la Vacatecuhtli. Era bien cierto que toda la fobia que le tuvo mientras fue barragana de Marcos se había mudado en cariño y afición, porque, además, era capaz de imaginarse lo que había podido ser la corte tenochca para esta mujer, tan sin ceremonias ni disimulos, el vivir de cada día entre las clases sociales mexicas más elevadas, con sus tácitas convenciones, sus rígidas y prolijas reglas ni dichas ni escritas, pero rigurosamente observadas, donde lo peor que se podía hacer era ser directo y sin circunloquios o hacer que otros perdieran cara. Cómo debieron de resentirla sus conciudadanos y cómo debió de sentirse ella, que vapuleaba todos aquellos remilgos sin miramiento ni discreción ninguna. No le sorprendía que hubiera acumulado toda esa rabia y mala uva porque, sin eso, se la hubieran merendado. Se hubiera convertido en una pavesa, teje que te teje, en un gineceo. Como buen luchador que era él, admiraba el coraje y, otra cosa no tendría la Vacatecuhtli pero arrojo le sobraba. Y encima había sido inocente de todos los sufrimientos de él. Hasta virgen había sido que, ni puesto a exigir, hubiera pretendido algo tan halagador: saber que durante todo su padecer era a él a quien había estado “esperando” Marcos. La aversión, pues, como ya se vio, se había mudado en sincero afecto por una mujer que había debido de pelear mucho para llegar entera a donde estaba. Y esta mujer valiente era por añadidura entretenidísima, con ella uno estaba seguro de no aburrirse.

La Zarzamora
31/08/2012, 00:02
-¡Voto al híjole, tío Xilote! ze me ha droto ezto, agrégralo –éste era uno de los del enjambre con un penacho de plumas que se le había descompuesto. Xiloxochitl le “agregló” el penacho. Y también éste pregunto:
-¿El marquez ez un guajolote de comé?
Lo de los pequeños viniéndole al tío Xilote con preguntas, pupas, objetos rotos, amargas quejas, noticias frescas y muchas más cosas era continuo. Pretender, como pretendía él, estar a ellos, tocar el laúd para acompañar los que de momento ya no eran amagos de danza turca, sino otra cosa que no conseguía identificar, y conversar con la Vacatecuhtli, todo al mismo tiempo, era misión perdida, pero seguía intentándolo. La Vacatecuhtli le decía ahora:
-Hay una cosa que me gustaría saber desde hace años y que seguro que vuestra merced no me va a decir ahora tampoco, porque en este grupo, muchas pinches protestas de amistad y confianza, pero nadie confía en mí ni me demuestra amistad y seguro que vuestra merced tampoco lo va a hacer ahora, pero como tengo cierta reputación de aguafiestas que mantener, lo vuelvo a preguntar: ¿Qué paso aquellos tres días en Uskudar cuando Marcos y vuestra merced estuvieron ausentes y vuestra merced, que había sido hasta entonces un insufrible relamido, remilgado, desdeñoso y pedante monigote, volvió transformado en el rey de la sonrisa embaucadora?
-Si se lo digo a vuestra merced no me va a creer.
-Claro que no, pero como todavía no me han entrado ganas de ponerme con todos aquellos a hacer el indio, el turco, el teule y el ridículo, con algo me tengo que entretener.
-Fue un milagro.
-Por supuesto ¡qué menos! ¿Y en qué consistió?
-¡Tío Xilote? ¿el malqués es algo de comel o no?
-En tiempos, lo hubiera sido, niñito querido, pero ahora ya no.
-Perdimos nuestra oportunidad ¿verdad? –dijo la Vacatecuhtli.
-Sí. Ya nunca sabremos qué sabor pueden tener unos ojos de marqués con chipotle. Otra de tantas cosas como queda remitida a manos de Dios El Heredero.
-Ándese con cuidado con los frailes. Como se en enteren de que vuestras mercedes están criando en esta finca a estos canibalines a honra del demonio, se la buscan.
Xiloxóchitl miró a la Vacatecuhtli con curiosidad a ver si lo había dicho por hacer una gracia. No, lo había dicho en serio.
-Son tres los canibalines que me han venido en este último ratito a preguntar si el malqués ela de comel. La primera era de Cuahuipil, el segundo era de mis encontrados y este último, el que acabáis de ver y oír, era de vuestra merced.
-¡Uf! Me voy a tener que mirar la vista. Claro que es casi de noche. Pero también hay algo de luna. Bueno, para que os voy a engañar: ni lo he mirado y, además, en una temporada no quiero mirar a ningún niño. Un viaje desde Ixtapan con niños a caballo preguntando todo el tiempo cuando llegamos y quiero mear y me duele aquí y me pica allá y me quiero bajar… ¡Estoy hasta la madre! Y antes de que llegue la próxima era solar no quiero saber nada de ellos. Si vuestra merced tiene paciencia, se los cedo todos que a mí se me ha acabado.
-Yo trato de tenerla porque me estoy preparando.
-¿Para qué se está preparando vuestra merced?
-Para ser abuelo, aunque sea honorífico. Me hace mucha ilusión. A ver si me sobrevive alguno de mis angelitos a las epidemias.
-Tiempo para prepararos desde luego ya os dejáis, y para cambiar de parecer unas cuantas veces también y, para epidemias, ya no digamos, viendo que parecen de celebración anual y hasta mensual. A ver y dígame ya de una vez ¿en qué consistió el milagro?
-Atendió Camaxtli mis plegarias y me levantó el velo de las apariencias para mostrarme la realidad tal cual es y la realidad, si se llega a contemplar tal cual es, es sublime.
-Precioso, claro, como no podía ser menos. Se explica solo. Y hablando de Camaxtli ¿vuestra merced está bautizado?
-Claro, todos los indios estábamos bautizados.
-Jajajajaja –dijo ella sin reírse-. Muy ingenioso. Déjese de ingenios y dígame si está rebautizado de cristiano.
-Para que luego no se queje vuestra merced de que no se le cuenta nada: Tengo una fe de bautismo falsa. Soy uno de los pocos indios que quedamos sin rebautizar.
-Tlaxcala no se rinde ¿eh? Admirable.
-Fíjese vuestra merced, ahora mismo yo sería uno de los selectos contra los que no podría actuar la Inquisición.
-¡Jajajajajaja! –esta vez sí se rio de verdad Vacatecuhtli-. Sí, sobre todo crearse eso vuestra merced y presuma un poco a ver qué pasa. Y fíese de los frailes también con esas cosas.
No le dio tiempo a Xiloxóchitl a creerse ni a fiarse de nada. Vino un sudoroso Ahuitzotl, que se quedó junto a la Vacatecuhtli, seguido de un enjambre de canibalines que envolvió al tío Xilote y se lo llevó a tocar el laúd para que todos pudieran bailar.
-¿Y tú Vaquitita no te animas?
-Yo ya sabes que, aunque luego duro, soy de comienzos tardíos.
-Doy fe.
-Tú no das nada, hombre –y le dio un revés de esos de puya de los que solía dar ella.
-¡Qué tremendo, Vaca! Hemos bailado de lo lindo.
-Debería darte vergüenza adulterar nuestra religión y nuestra liturgia de esa forma. ¡Vaya mezcolanza de ritos, de bailes y de profanidad que habéis hecho! Daba asco veros. Lo mismo da Ochpanitzli que Panquetzalitzli, que Uey tozoztli, que Tlacaxipehualiztli… ¡Venga! ¡A lo loco! Anda que, como los putos dioses se tomasen en serio a la cochina raza humana, esta noche sí que la habías pringado. ¡Vaya falta de respeto a lo sagrado!
-Todo lo contrario. Es una manera de conservar lo nuestro y los escuincles se lo pasan muy bien. Si nos ponemos puristas, lo vamos a perder todo. Hay que transigir algo para que dure.
Últimamente el puto Ahuitzotl hablaba casi como su puto barragán. A ver si iba a ser ella la que tenía ese efecto en los consortes.
-Luego, después de que bailen turco, que no sé lo que es, vamos a escaramuzar. O no sé si vamos a escaramuzar primero y luego bailan turco. Cuando coja resuello un poquito voy a ir con los demás para preparar los sacos y las pellas.

La Zarzamora
31/08/2012, 00:03
Bueno, menos mal que había toros para mantener un poco de seriedad. Por cierto que allí andaban, detrás de la cerca, mirando con su serenidad proverbial el caos humano pero determinados a no dejarse arrastrar por él.
-¿Tú te has fijado en una cosa? –le dijo Vacatecuhtli a Ahuitzotl.
-¿Cuál?
-Es que no sé si son imaginaciones mías o es verdad, que de los niños que se encuentran mi barragán y la fregona Xiloxóchitl, hay como la mitad que se parecen a Huitzilopochtli y a Xiloxóchitl, a los dos a la vez.
-Sí, tiene gracia, la mitad, y van escalonados de dos años en dos años. Los que no se parecen están escalonados pero más irregularmente, y a quien se parecen los que se parecen es al Marcos Bey, al Huitzilopochtli no lo sé, porque no lo llegué a conocer.
Vacatecuthli se llevó la mano a la barbilla y se quedó meditando. Había algo que no le llegaba a cuadrar.
-Sobre eso, Vacatecuhtli, no acabo de entender que estuvieras cuatro años…
-Tres y medio.
-Tres y medio y no os estrenaseis. Él no parece afeminado ni nada y ahora está sin barragana también ¿no? ¿Es fraile secreto? No sé si eso existe, pero se me ocurre.
-La verdad es que cuando estaba con él me daba igual y no me lo pregunté nunca con mucho interés. Siempre andábamos ocupadísimos. Como varón nunca llegó a interesarme, aunque como persona, pues como el roce hace el cariño, le cobré apego, como a Cuahuipil o a Xiloxóchitl. Era amigo. Es ahora cuando me hago todas estas preguntas. En cualquier caso, bien. Al menos ahora la fregona Xiloxóchitl no me ignora. Tú no lo sabes, pero se tiró tres años y medio ignorándome, como si yo fuera aire apestado.
-Serían celos.
-¿Celos de qué?
-Si él conocía de antes a tu barragán y solían estar mucho juntos, al llegar tú se lo estropeaste.
-¿Un varón va a tener celos de una mujer?
-¡Hombre, te diré! Todo el tiempo sucede eso. La milicia y la vida que se lleva en ella hace que con quien aprende a pasárselo uno bien sea con los varones y no con las mujeres. Las mujeres sólo sirven para lo que sirven. Pero a veces, por la novedad, pues ellos igual pasan algún ratico con ellas, entonces los compañeros se ponen celosos.
-¡¡¡Qué asco!!!
Sí, Vacatecuhtli. Daba igual conquistadores o conquistados, a todos las mujeres les servían para lo que les servían. Claro que Ahuitzotl, gracias a la divinidad, tampoco había resultado tan buen miliciano después de todo. Mejor ocelote que miliciano, no te quejes.
-Lo que me parece mal es que sigas llamándolo fregona. Ya me parecía mal, aunque no me atrevía a reconocerlo porque me exponía a que se burlasen de mí, cuando éramos enemigos. Ahora, siendo amigos, es de mal gusto. ¡No te rías! A mí me da vergüenza cuando dices esas cosas delante de ellos. ¿Cómo nos llamaban ellos?
-Ampulosos, de mala digestión y que no gustabais ni como sodomitas pacientes.
-¡Ah! … No está mal.
La verdad es que a Vacatecuhtli, como ya sabemos, nunca le había importado no tener trato carnal con el barragán y que a la larga ahora lo prefería así, pero de un tiempo a esta parte la tenía intrigada. Era muy raro todo. Además que, por lo que colegía, se iban los dos juntos, Marcos y Xiloxóchitl, a encontrar niños… ¿A encontrar niños? ¡Qué cosa tan absurda! ¿Cómo se va ir alguien a encontrar niños? ¡Ah! que decían que iban a encontrar las Siete Cuevas, era eso… Su barragán era un saco de infundios y si, hubieran sido mujeres, estaba calado que desaparecían cuando ya se les notaba demasiado y para dar a… Pero Xiloxóchitl, aunque era más raro que un escuincle verde, mujer no parecía. Vamos la ropa india de varón no hubiera permitido ocultar semejante cosa, como la Marzuqa, y ella lo conoció de indio sin contaminar… No, en esto tenía ella que concentrarse y hacer diagramas y proceder con método. A eso se iba a reducir. Seguro que con rigor y lógica lo s