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chemlal
21/07/2011, 19:14
EL ÉXTASIS TRANSITORIO
POR RECOGIMIENTO O CONCENTRACIÓN DEL ALMA


Ihya Ulum Din (Imam Algazali)

Son muchos los pasajes del Ihya en que Imam Algazali insiste en afirmar que el éxtasis es, de ordinario, un fenómeno psicológico accidental y transitorio.

La flaqueza del corazón humano no permite suponer verosímil la duración Persistente e indefinida al sumergirse en la contemplación extática del Amado:
- El alma es incapaz de mantener concentrada sin descanso su atención en un mismo objeto y de soportar la exaltación violenta de su emotividad, así en los trances penosos como en los gratos.

Por eso compara Imam Algazali la duración ordinaria del trance extático a la de la palidez producida por el temor, que pronto pasa, o a la producida por la fiebre, que pocos días dura.

Otras veces, la asemeja a la fugaz rapidez del relámpago veloz. Los cuidados, ideas y pensamientos de la vida ordinaria turban pronto de nuevo al alma y la sacan de su ensimismamiento o del estado de inconsciencia, para llamarla a las cosas de acá abajo.

Aunque el éxtasis sea un don de Dios, cabe facilitar su logro por medio de ciertos ejercicios devotos, como la meditación y oración mental, que ayudan al recogimiento del alma y concentran su atención, o como la música y el canto, que provocan vivas emociones religiosas, precursoras del trance extático.

De estos tres medios oración mental de jaculatoria (Dikr), meditación (tafakur) y canto religioso (sama´a), los dos últimos han sido estudiados por Imam Algazali en sendos tratados especiales del Ihya. Al primero, envío, tan sólo le dedica incidentales descripciones. Una es la siguiente, tomada del Ihya:
«El provecho que el retiro proporciona consiste en que evita toda preocupación y disipación mundana y contribuye a la guarda de los sentidos, especialmente del oído y de la vista, que son las ventanas del alma.

No hay, pues, otro remedio que cerrar los canales de los sentidos, no abriéndolos sino para lo imprescindible y necesario, y esto no se consigue más que con la soledad y el retiro, ya sea encerrándose en oscura celda, ya, si esto no es posible, cubriendo la cabeza con el capuchón o envolviéndose con el manto.

-¡Así, en medio del retiro, es donde se oye la voz de Dios y se contempla la majestad de la presencia del Señor!.

Entonces es preciso también limitar los rezos y prácticas de devoción externa a unas pocas tan sólo; más aún, es conveniente suprimirlas todas, salvo las de precepto obligatorias, y reducir las de mera devoción a un solo rezo, al que es como la medula y fruto de todas ellas, es a saber, la continua recordación de Dios, a fin de que el corazón lo tenga presente en todo momento, sin fijar su atención en las criaturas.

Claro es que el corazón no consigue esto — despojarse en absoluto de todo lo que no es Dios —sino cuando ha alcanzado ya aquel grado de caridad y sincera voluntad de servirle, en el cual el amor divino le domina como absoluto señor y, a la manera del amante apasionado, no tiene más que un solo pensamiento y una preocupación fija.

En tal estado, aislado ya de toda comunicación con el mundo, el devoto deberá consagrarse a pronunciar asiduamente, no sólo con la lengua, sino de corazón, una jaculatoria cualquiera, por ejemplo:
-¡Dios mío, Dios mío!", o esta otra: '¡Loado sea Dios!'.

Sentado en el suelo, comience pues, a recitar esa u otra jaculatoria, sin cesar ni por un instante, hasta que el movimiento de la lengua acabe y las palabras lleguen a salir de los labios sin que la lengua se mueva. Ni se detenga aquí; continúe sin cesar, hasta tanto que los labios callen también y quede sólo en el corazón la imagen de las palabras pronunciadas.

Aún con esto no basta; es preciso seguir en el mismo ejercicio, hasta conseguir borrar del corazón toda huella material de las palabras, para que sólo permanezca viva la idea de su significado, fija y como grabada en el corazón, presente a él, dominándole con tan enérgica sugestión, que en nada piense ya sino en Dios.

Y esto, indudablemente, sucederá, porque el corazón, cuando está sumergido y se ensimisma considerando un objeto, cualquiera que sea, acaba por perder la conciencia de todo lo que le rodea.

Este ejercicio devoto, que más tarde se llamó por los sufís:
«Oración de soledad» (Jalwa).

No insiste, sin embargo, sobre su empleo para provocar el éxtasis, tanto como sobre el del canto religioso.

Esta y la oración mental de jaculatorias son medios para la concentración o recogimiento del alma, más bien que para las emociones extáticas, cuyo despertar se debe principalmente al canto religioso. Atañe, pues, el influjo de aquellos dos medios a la parte mental del alma, así como este último influye más bien sobre su emotividad.


FENÓMENOS EMOCIONALES DEL ÉXTASIS

Examinemos ahora esos estados psíquicos de doble naturaleza emocionales e intuitivos que integran el proceso total del fenómeno místico.

Los analiza y enumera sin propósito alguno de sistema y los describe en lenguaje figurado, con los términos técnicos que eran tradicionales entre los sufís.

El primero de los fenómenos emotivos parece ser el que Imam Algazali denomina inzi'ay, brusco llamamiento de Dios al corazón para arrancarlo del sueño de la negligencia y moverlo a buscar el estado de familiaridad con Dios en la soledad, a esta turbación del alma, preámbulo de todo el proceso, sigue otro fenómeno, emotivo también, que se describe como una sensación de soplo violento (sobre el corazón, y se interpreta en el sentido de un hálito o espiración de Dios para apagar en aquél el fuego de la concupiscencia).

Es, pues, la garantía de la purgación del alma, indispensable para la unión, según repite Imam Algazali en multitud de lugares.

Vienen luego tres graduales «aperturas» (futuh) de Dios al corazón, que los sufís glosan como «inspiraciones» y como «victorias» de Aquél sobre éste:
-Una, para obligarle a entrar con pureza de intención en la vida unitiva; otra, para infundirle cierta dulzura espiritual que lo atraiga hacia El; otra, en fin, con que le abre ya las luces de la revelación.

La preparación una vez así ultimada, queda ya el paso libre a la acción de Dios. El alma, llegada a la morada del amor, ansia apasionadamente unirse con Dios.

Entonces, al orar, al meditar y, sobre todo, al oír el canto religioso, experimenta de pronto un aumento de su pasión y su deseo: especialmente la misteriosa influencia de la música opera sobre ella, según vimos, al modo del eslabón que al chocar con el pedernal del corazón hace saltar de él estados psíquicos intuitivos y sobre todo emotivos, de dulzura, estos últimos, indescriptible, pues sólo quien los gusta la conoce y sólo la niega el que tiene embotada su sensibilidad para saborearlos.

Los sufis llaman a estos estados «encuentros» (wayd), cabalmente porque surgen de improviso en el fondo del alma. A su vez, tales estados determinan otros subsiguientes, de deseo, de alegría y tristeza, de euforia y angustia, de temor reverencial y de pavor, etc., que acaban de purificar el corazón de sus manchas habituales, al modo que el fuego acrisola los metales preciosos, y lo disponen así a recibir las luces de la revelación mística.

Todos esos estados emotivos, a pesar de la variedad de sus matices, pueden polarizar en dos:
-Una sensación de grata tranquilidad, expansión o anchura del ánimo (fruto de la confianza en Dios), y otra opuesta, de angustia e inquietud (como si el corazón se sintiese oprimido y cohibido de respeto y temor.

Así pues, el alma, por su origen divino y celestial, tiende, sin darse de ello exacta cuenta, hacia las cosas celestiales y divinas, de las que apenas si conoce más que los nombres y atributos, que sólo muy de lejos le sugieren, por remota analogía con lo terrenal, su real esencia:
-El deseo instintivo y la añoranza que de ellas siente, sin saber por qué las desea ni qué es lo que de ellas apetece, sumen al corazón en un extraño estupor y perplejidad, parecido a la angustia del que se asfixia.

Pero todos estos estados emotivos, aunque se llaman «encuentros» (wayd), no son todavía el éxtasis propiamente dicho, sino preámbulos o prenuncios suyos.

El verdadero «encuentro» tiene otro nombre, aunque derivado de la misma raíz wayd, a saber, wuyüd.

Imam Algazali, establece entre ambos esta diferencia:
-El wayd es un éxtasis incipiente, transitorio y mudable, en el cual la emoción es más bien fruto de la preparación del sujeto, que efecto exclusivo de la gracia; el otro «encuentro de Dios» (wuyüd) es, en cambio, un éxtasis estricto y real, estado fijo y permanente, puro efecto de la gracia de Dios, independiente de la voluntad y que se caracteriza por la inconsciencia.

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chemlal
21/07/2011, 19:16
El esfuerzo del sujeto para lograr el «encuentro» mudable y transitorio se llama tawayud, que Imam Algazali considera lícito o ilícito, según que sea sincera o hipócrita la intención del sujeto.

Cabalmente, según hemos visto, a provocar el « encuentro » tienden, no sólo el canto religioso, sino todos los otros ejercicios devotos de la vía unitiva, que, como la oración de jaculatorias (Dikr) y meditación (tafakur), determinan la concentración de espíritu y la memoria constante de las cosas de Dios, ahondando más y más en la ponderación de sus beneficios, perfecciones y atributos, hasta hacer con ello habitual la presencia de Dios en el alma, familiar su recuerdo y apasionado su amor.

Hasta aquí, todo el proceso es puramente interno y de estricta esencia espiritual:
Las emociones sentidas, o han sido tan débiles, que sus efectos no han pasado del umbral de la conciencia al exterior del sujeto, o éste ha tenido bastante energía inhibitoria para reprimirlos e impedir su exteriorización.

A juicio de Imam Algazali, la perfección estriba en reprimir toda externa manifestación del trance extático y de sus preámbulos y secuelas, porque el sujeto sumergido habitualmente en la contemplación es refractario a toda exaltación física y permanece más bien inmóvil, en quietud casi rígida, con la cabeza baja y conteniendo hasta la respiración anhelosa que las vivas emociones determinan.

Pero son más los temperamentos incapaces por su debilidad para tamaña inhibición, que, subyugados por la emoción extática y careciendo de libertad para reprimirla y contenerla dentro de sí, dan muestras de viva exaltación, lanzando gritos inarticulados, o de profunda tristeza espiritual, prorrumpiendo en gemidos y derramando lágrimas.

A veces, la embriaguez del éxtasis producido por el canto religioso traspasa estos límites, para entrar ya en la zona morbosa de los fenómenos anormales de la histeria, irguiéndose el extático de improviso, con repentina e inconsciente energía, agitándose luego con rítmico movimiento al compás del canto, profiriendo frases incoherentes o audaces y aun irrespetuosas, y hasta rasgando el hábito con sus propias manos en el paroxismo del trance.

Imam Algazali insiste, según vimos, en desautorizar tales extremosidades, como ajenas del todo a la severa simplicidad y reserva del trato con Dios, que debe ser ajeno a toda aparatosa ostentación y guardarse bien oculto en el fondo del alma.

Sólo se exceptúa del veto, por inconsciente e indeliberada, la vehemencia de la emoción sincera, que puede determinar en ciertos casos desmayos, síncopes o letargos más o menos duraderos, acompañados de anestesia y ligadura de los órganos y hasta seguidos, a veces, de la muerte real.

chemlal
21/07/2011, 19:18
NORMAS EXTERNAS E INTERNAS PARA LA AUDICIÓN DEL CANTO RELIGIOSO Y CRITERIO PARA DISCERNIR CUÁLES DE SUS EFECTOS EXTÁTICOS SON LAUDABLES O VITUPERABLES

Cinco son las reglas de conducta que deben observarse para escuchar el canto religioso.

Norma 1ª.- Afecta esta norma primera al tiempo, al lugar y al auditorio del canto.

Por lo que toca al tiempo, dicen los maestros de espíritu que el canto religioso será del todo inútil en ocasiones en que el corazón esté ocupado en cosas que le distraigan o turben, comiendo, discutiendo o haciendo la oración litúrgica, pues el espíritu no estaría entonces vacío y dispuesto a experimentar la emoción extática.

Por el mismo motivo hay que excluir todo lugar ocasionado a distracciones, las calles o vías frecuentadas y los lugares que, por su aspecto repulsivo, no se presten al recogimiento.

En cuanto a las personas, hay que evitar la compañía de gentes profanas o francamente hostiles al canto religioso, que, aun dando muestras externas de devoción, carezcan de las cualidades propias de un corazón delicado y sensible.

Su presencia, en efecto, sería molesta para los demás y les preocuparía. Dígase lo mismo si está presente a la sesión un orgulloso hombre de mundo, al cual hubiera que guardar consideraciones y atenciones, o un sufí que pretendiese extasiarse forzada e hipócritamente, simulando la emoción extática con los aparentes efectos del baile y del desgarramiento de la túnica.

Todo esto turba y disipa la atención y, por ello, faltando tales requisitos, vale más prescindir del canto religioso.

Norma 2º.- Afecta ya esta segunda norma a los que están presentes, y consiste en que, si el maestro de espíritu [Sheij] advierte que entre los que le rodean hay iniciados a quienes el canto religioso ha de perjudicar, no debe permitir que en presencia de ellos se ejecute, y, si por acaso hubiera de ejecutarse, deberá ocuparlos en otro ejercicio devoto.

El novicio a quien puede perjudicar el canto religioso pertenece a una de tres:
-1º.- Aquel que no ha llegado todavía más que a las prácticas externas del camino espiritual y que por eso carece de gusto para sentir el canto religioso.

A ese tal, ocuparlo en este ejercicio es ocuparlo en cosa que no le corresponde, puesto que no siendo por su profesión hombre mundano y dado a las diversiones, escucha, sin embargo, el canto religioso como una diversión, y, no siendo tampoco todavía de los místicos dotados de gusto para sentirlo espiritualmente, se recrearía tan sólo en su gusto sensible.

Ocúpese, pues, mejor en el rezo de letanías o en servir a los hermanos. De lo contrario, perderá el tiempo.

-2º.- Aquel que está ya dotado de gusto espiritual para sentir el canto religioso, pero en quien queda todavía un resto de afición a los gustos superfinos y de inclinación a los apetitos sensuales y a las cualidades propias de la naturaleza humana, sin haberlas vencido aún tan por completo, que pueda estar seguro contra sus peligros.

A ese tal, es fácil que la audición del canto religioso le despierte y estimule el deseo de las diversiones superfinas y de satisfacer la sensualidad, con lo cual interrumpirá su marcha por el camino espiritual y lo alejará de la perfección.

-3º.- Aquel, en fin, que habiendo logrado ya vencer las pasiones y estando seguro contra sus peligros, tiene además abiertos los ojos de su vista interior y el corazón dominado por el amor de Dios; pero que, esto no obstante, carece de sólida instrucción teológica e ignora lo que significan los nombres y atributos de Dios y lo que de El es lícito o imposible predicar.

Ese tal, si se le abre la puerta del canto religioso, aplicará a Dios el sentido de su letra, tanto si es lícito como si no lo es, y el daño resultante de tamaños peligros, es decir, la impiedad, será mayor que el provecho que pudiera sacar del canto religioso.

Norma: La norma tercera es que el oyente escuche lo que dice el cantor, con el corazón atento, sin volverse a uno y otro lado y guardándose bien de mirar a las caras de los demás oyentes para espiar en ellas los síntomas externos de su emoción extática. Antes bien, debe ocuparse tan sólo en sí mismo, vigilando atento su propio corazón en espera de lo que Dios quiera revelarle de los tesoros de su misericordia en lo más secreto del alma.

Debe también evitar todo movimiento que pudiera turbar los corazones de sus compañeros: permanezca, pues, quieto, con reposo exterior, con las extremidades rígidas y reprimiendo la tos y el bostezo, sentado, con la cabeza baja, tal y como se sienta para la meditación, con el corazón entregado en ella, y absteniéndose de aplaudir, de bailar y, en general, de todo movimiento que denuncie afectación y que sea forzado o simulado.

Guarde, además, absoluto silencio, sin proferir, en medio del canto, palabra alguna que no le sea indispensable. Si el éxtasis le domina y por la intensidad de la emoción se mueve, sin que en ello la voluntad intervenga, es excusable y no merece censura; pero, así que recobre el uso del libre albedrío, deberá volver a su anterior actitud de quietud y reposo, sin empeñarse en prolongar el estado extático por respeto, esto es, por vergüenza de que los demás digan que su éxtasis ha cesado pronto, como tampoco debe forzar de propósito el éxtasis por temor de que digan de él que es de corazón duro, poco sensible y refractario a la ternura.

Cuéntase a este propósito que predicando Moisés (Pb) a su pueblo, uno de los oyentes rasgó su túnica, y Dios le reveló entonces a Moisés:
«Dile: Hiende por Mí tu corazón; pero no rasgues tu vestido»

Pero quizá alguien diga:
-¿Quién es más perfecto: aquel a quien el canto religioso no conmueve ni le produce impresión alguna que al exterior aparezca, o aquel a quien se la produce?.

La falta de síntomas externos puede obedecer, unas veces, a que la influencia divina es poco intensa en el éxtasis, y ello implica imperfección; otras veces, a que, aun siendo intensa la emoción interna, no aparece al exterior, cabalmente porque el sujeto tiene bastante energía para reprimir el movimiento de los miembros, y ello implica perfección; otras veces, en fin, se debe a que la emoción extática va ya aneja e inseparablemente asociada a todos los estados de ánimo del sujeto, sin que el canto religioso le produzca más intensa influencia emocional, y ello implica ya la máxima perfección espiritual.

Porque es de advertir el éxtasis, en la mayoría de los casos, no dura mucho tiempo, y por eso, cuando el éxtasis es permanente, se debe a que el sujeto vive ya en íntima unión con Dios que es la Verdad y en constante estado de contemplación, y por eso, no le alteran los estados sucesivos que le sobrevienen.

chemlal
21/07/2011, 19:19
De modo que, según esto, la fuerza del éxtasis siempre mueve, más o menos; pero, a su vez, la fuerza reflexiva de la razón y de la inhibición puede reprimir los movimientos externos del sujeto.

A veces, una de estas dos fuerzas vence a la otra, ya porque aquélla sea más intensa, ya porque su opuesta sea más débil, y de ello resulta, según los casos, la perfección o la imperfección.

Porque no hay que pensar que quien por la emoción extática cae convulso sobre el suelo tenga más perfecto éxtasis que quien permanece exteriormente tranquilo a pesar de la fuerte emoción sentida.

Antes al revés, quizá lo sea más si éxtasis del que permanece inmóvil.
En los primeros tiempos de su vida devota, Al-Yunayd se movía en las sesiones de canto religioso, y luego, más tarde, comenzó a no moverse.

Le Preguntaron:
-¿Cuál es la causa de este cambio y respondió con este texto Qur´anico (XXVII, 90):
-«Tú ves los montes y crees que están firmes, pero ellos pasarán como pasan las nubes: La obra es de Dios, que hace con perfección toda cosa.»

Y dijo esto para dar a entender que el corazón, conmovido en el éxtasis, circula por el reino invisible de los cielos, mientras los miembros permanecen exteriormente inmóviles en actitud tranquila.

Y Abü-l-Hasan Muhammad b. Ahmad dijo, estando en Basorá:
«Acompañé durante sesenta años a Sahl b. "Abd Allah" y no ví que jamás se alterase al oír recitar cosa alguna de letanías o del Qur´an; pero, cuando llegó hacia el fin de su vida, recitó en su presencia un hombre el versículo que dice (LVII, 14):
«En ese día no se os admitirá ya rescate», y lo ví turbarse de emoción y caer en tierra.

Cuando volvió en sí, le pregunté qué le había pasado, y dijo:
-Sí, amigo mío, somos ya flacos. Asimismo, oyó otra vez el versículo que dice (XXV, 28):
«El imperio en aquel día será de Dios el Misericordioso » , y se conmovió fuertemente. Uno de sus discípulos, Ibn Sálim le preguntó por la causa de su emoción y dijo:
«Es que ya estoy débil.» A lo cual le replicaron:
«Pues si esto te ha ocurrido por debilidad, ¿en qué consiste la fuerza del estado extático?» «Consiste, respondió, en que, sean cualesquiera las influencias divinas que al sujeto le sobrevengan, las afronte y resista con energía tal, que, por fuertes que aquéllas sean, no alteren su estado.»

La causa de este poder de inhibición externa, a pesar de la intensidad de la emoción extática, reside, según dijimos, en la actitud ecuánime del sujeto, que en todos los momentos se halla en estado inalterable de contemplación.

Así, se cuenta de Sahl que dijo:
«Mi estado de ánimo antes de la oración litúrgica y después de ella es uno solo y el mismo.» Es decir: porque en todos los momentos vigilaba a su propio corazón y tenía presente el recuerdo de Dios.

Y lo mismo que con la oración litúrgica le ocurría con el canto religioso. Antes y después de él, su estado extático era constante y su sed de Dios tan continua como los sorbos con que la saciaba, sin que el canto religioso influyese para nada en intensificar su éxtasis.

Así, se cuenta de Mimsád al-Dinawarí que, al sorprender a un grupo de sufis, en medio de los cuales estaba un cantor entonando su cántico, y observar que al verlo se callaban, les dijo:
«Seguid en lo que estabais, pues aunque se juntasen todos los instrumentos de música del mundo en mi oído, no distraerían mi preocupación ni curarían parcialmente siquiera lo que en mí existe.»

Quizá dirá alguien:
-Según eso, los místicos contemplativos, a quienes ninguna impresión les hace el canto religioso, no tienen por qué asistir a él.

Pero hay que tener en cuenta que algunos de ellos prescinden de este ejercicio en su vejez, y si alguna rara vez asisten. Es tan sólo para ayudar con su compañía a alguno de sus hermanos espirituales o para infundir alegría en su corazón.

Otras veces, lo hacen para mostrar a los hermanos la energía de inhibición de su espíritu, es decir, para que así conozcan que no está la perfección en el éxtasis externo, ya que por su actitud de inhibición pueden aprender cómo cabe reprimir sus síntomas exteriores, aunque ellos no sean capaces de imitarle espontáneamente al principio.

Otras veces, si por acaso los contemplativos asisten al canto religioso en compañía de oyentes profanos a la vida espiritual, están presentes, en efecto, con sus cuerpos, pero ausentes del todo con sus corazones, lo mismo que exactamente les ocurre en cualesquiera otras reuniones, fuera de las del canto religioso, en las que tratan y conversan con los mundanos para asuntos temporales imprescindibles.

De otros contemplativos, en cambio, se cree que, si abandonaron el canto religioso, obedeció cabalmente a que, en efecto, no les servía ya para nada. Pero de otros consta que no eran contemplativos, sino simples ascetas que todavía no encontraban en el canto religioso provecho espiritual, y como, por otra parte, no eran ya de las gentes mundanas que buscan la diversión, se privaban del canto para no ocuparse en un ejercicio que no les convenía.

Otros, en fin, si lo omitían, era sencillamente por falta de hermanos, es decir, de oyentes y cantores dignos.

Norma: En cuarto lugar, el oyente no debe ponerse de pie ni levantar la voz con llanto, mientras pueda reprimirse. Sin embargo, le será lícito danzar o esforzarse por llorar, siempre que con ello no se proponga simular hipócritamente el éxtasis.

Y la razón de esta excepción es porque el llanto forzado provoca la tristeza espiritual, así como la danza mueve el corazón a la alegría y a la vivacidad.

Ahora bien, toda alegría lícita puede lícitamente ser provocada, y hasta si la alegría es, más que simplemente lícita, laudable, será también laudable la causa que la provoque.

chemlal
21/07/2011, 19:19
No conviene, sin embargo, que habitualmente hagan esto las personas constituidas en dignidad o que ocupan altos cargos, ni los maestros a quienes se toma por modelo, y eso porque, como en la mayoría de los casos la danza se ejecuta por juego y diversión, conviene que eviten los maestros lo que a los ojos de la gente tiene apariencia de diversión y juego, pues perderían prestigio a los ojos del vulgo y dejarían de ser imitados como modelos.

Desgarrar el hábito en el éxtasis es inadmisible, salvo el caso en que el sujeto lo haga fuera de sí, es decir, sin libertad. Porque no es inverosímil que el éxtasis domine con tal fuerza al sujeto, que éste desgarre su hábito sin darse cuenta, ebrio de emoción, o bien, que se dé cuenta, pero no se pueda dominar y obre como forzado y a disgusto, de modo que si se mueve o desgarra el hábito es tan sólo para tomar aliento, pues a ello se ve obligado, como él enfermo que no puede menos de gemir por el dolor que siente y si se le quiere obligar a reprimirse no le es posible, aunque su gemido sea un acto libre.

Porque no todo acto que procede de la voluntad puede el hombre evitarlo:
-La respiración, por ejemplo, es un acto voluntario, y sin embargo, aunque el hombre se empeñe en retener el aliento durante una hora, se verá forzado en su interior a querer libremente respirar.

Pues lo mismo ocurre, a veces, con los gritos y el desgarramiento del hábito en el éxtasis, y por eso no cabe condenar tales actos como prohibidos.

En presencia de al-Sahl se hablaba, una vez, del éxtasis intenso y, al preguntarle a qué extremo podía llegar, dijo:
«Se le da al que lo sufre un tajo en la cara con una espada y no se entera.»

Replicaron los presentes, estimando inverosímil que pudiese llegar a tal extremo; pero él persistió en su idea sin rectificarla, pues tan sólo quiso decir que en algunos casos llega el éxtasis a ese extremo con ciertas personas.

Alguien preguntará:
- ¿Y qué decir de los sufis que desgarran los hábitos nuevos, después de cesar el trance extático y una vez acabado el canto religioso? Porque acostumbran a despedazarlos en pequeños trozos que distribuyen luego entre los asistentes y a los que dan el nombre de harapos («jirqa»).

Tal costumbre es lícita, si se desgarra el hábito en trozos cuadrados que puedan servir para remendar con ellos los hábitos y las alfombras en que se hace la oración litúrgica.

También se rompe en trozos un trapo de algodón para remendar con ellos una camisa, y no se considera tal acción como despilfarro, ya que se desgarra para un fin útil.

Pues lo mismo ha de decirse del remiendo del hábito, que no cabe hacerlo, sino con pequeños trozos de otro, desgarrándolo con ese fin. También es un fin lícito el reparto de los trozos entre la comunidad, para que todos los presentes puedan utilizarlos con aquel objeto.

Todo el que posee una tela, tiene derecho a partirla en cien trozos y regalarlos a cien pobres, aunque conviene que los trozos sean útiles por su tamaño para remendar con ellos cualquier prenda.

De modo que lo que estimamos ilícito en el canto religioso es despedazar el hábito estropeándolo sin que sirva para otro fin, pues eso sí que sería un puro despilfarro inútil, absolutamente ilícito si se hace con plena deliberación.

Todos y cada uno de los asistentes al canto religioso deben seguir e imitar unánimes lo que haga cualquiera de ellos, si movido éste por la fuerza del éxtasis se pone de pie, siempre que el éxtasis sea sincero y no simulado o forzado.


Asimismo, cuando uno se pone de pie libremente, es decir, sin dar muestras externas de estar en éxtasis, y la comunidad entera se levanta, es también obligatorio imitarla y ponerse de pie, pues así lo exige la urbanidad social.

Dígase lo propio en el caso de que la comunidad observe la costumbre de quitarse el turbante, cuando al extasiado se le cae, o de despojarse del hábito, cuando aquél se despoja de él para destrozarlo.

La imitación de todos estos actos es obligatoria, como signo de la armonía unánime que debe reinar entre la comunidad, pues singularizarse es señal de incultura, y, como cada grupo social tiene sus normas peculiares de conducta, es indispensable acomodarse a las costumbres de los demás, sobre todo cuando éstas son buenas para la grata convivencia y mutua ayuda de los hombres.

Ni se diga que esa regla de urbanidad social es una innovación que en la época de los compañeros del Profeta (saw) era desconocida, pues no todas las prácticas lícitas consta que fueran usadas y conocidas en dicha época.

Las innovaciones que deben evitarse son las que positivamente pugnan con alguna tradición auténtica del Profeta. Y de esa regla de urbanidad no consta que fuese prohibida por el Profeta (saw).

Cierto que no fue jamás costumbre de los árabes el ponerse de pie cuando alguien entra en el aposento, y ni siquiera los compañeros del Profeta se levantaban para recibirlo en algunos casos; pero eso no obsta para que digamos que, mientras no conste positivamente que tal costumbre haya sido prohibida, no vemos inconveniente en practicarla en aquellos países en que es corriente y habitual para honrar al que llega.

Porque éste y no otro es el fin de levantarse para recibir al que llega: darle muestras de respeto, consideración y simpatía.

A pesar de lo dicho, no deberá levantarse para acompañar en su danza a la comunidad aquel en quien sería mal visto que danzase y que perturbaría con ello el estado de ánimo de los demás, pues, si bien es lícito el danzar sin muestras externas de éxtasis, en cambio el que lo hace para extasiarse pone en evidencia, a los ojos de la comunidad, que lo hace de manera forzada.

Por el contrario, si se levantare para danzar movido de sincero éxtasis, los presentes no lo llevarían a mal. De modo que los corazones de los que están presentes son en todo caso la piedra de toque para juzgar de la sinceridad o simulación de sus actos.

Pero quizá diga alguien:
-¿Y qué pensar de la espontánea repugnancia que inspira la danza y por qué será que, de primera intención, la considera todo el mundo como una bagatela fútil, como cosa de juego y contraria a la religiosidad?.

Nadie, en efecto, que tome en serio la religión, verás que no la repruebe. Sin embargo, nadie tomará la religión más en serio que el Profeta (saw) la tomó, y, eso no obstante, bien sabido es que vio danzar en la mezquita a los abisinios y no lo reprobó, porque era en tiempo a propósito para ello, es decir, en la Fiesta de Ramadán, y los que danzaban eran abisinios, entre quienes era habitual la danza.

La repugnancia espontánea que la danza inspira, nace de que en la mayoría de los casos se la ve aneja al juego y a la diversión. Ahora bien, la diversión y el juego son cosa ilícita, pero sólo tratándose de gentes del bajo pueblo, o quienes sean de parecida condición.

En cambio, es reprobable, si se trata de personas de cierto rango, porque no va bien con su categoría; pero de que una cosa sea reprobable porque no va bien con la categoría de una persona, no es lícito inferir que sea ilícita siempre y por sí misma.

Si se le pide limosna a un hombre pobre y da un panecillo, su acto será acto de virtud y laudable; pero si se le pide a un rey y da también de limosna un panecillo o dos, todo el mundo lo estimará reprobable y hasta en las crónicas se hará constar por escrito como uno de los rasgos característicos de su conducta deshonrosa, que la posteridad y sus mismos partidarios referirán.

Sin embargo, no por esto será permitido afirmar que lo que hizo fue ilícito, pues en cuanto que dio gratuitamente pan al pobre, obró bien, aunque, atendido su alto rango social, obró como si le hubiera negado la limosna, cosa, en verdad, fea y reprobable.

Pues lo mismo hay que decir de la danza y de otros actos lícitos semejantes.

Las cosas lícitas para el vulgo de las gentes son pecados para los justos y piadosos, así como, a su vez, las obras buenas de estos últimos son defectos respecto de los contemplativos que viven en la proximidad de Dios; pero esto ocurre, habida cuenta de las diferencias de rango entre unos y otros, pues, miradas las cosas en sí mismas, hay que juzgarlas como no ilícitas.

Del análisis que precede resulta en suma que el canto religioso es, unas veces, estrictamente prohibido; otras lícito; otras reprobable, aunque no ilícito, y otras en fin, laudable: es del todo ilícito, para la mayoría de los hombres jóvenes o que están dominados por los apetitos mundanos, en quienes el canto no hace más que excitar y fomentar los deseos censurables que a sus corazones dominan.

Es reprobable, para quien, sin entender la letra de las canciones en sentido profano, es decir, aplicándolo a las cosas criadas, toma el canto religioso como ejercicio habitual y a todas horas, a manera de diversión y juego; es lícito, para quien no saca de él otro provecho que el deleite natural que la buena voz produce; es, en fin, laudable, para aquel en quien, dominado por el amor de Dios, la audición del canto no excita y pone en movimiento sino las cualidades laudables de su corazón

-Todo dependerá del uso que se haga de la misma….y la intención….