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Ver la Versión Completa : EL CANTO RELIGIOSO-SAMA´A (Imam Algazali)



chemlal
17/06/2011, 19:53
1. Su naturaleza y especies.
2. Efectos del canto religioso, por el sentido de su letra.
3. Efectos del canto religioso, por la emoción que en el alma produce su música.
4. Efectos que produce la audición del Qur´an.
5. Normas externas e internas para la audición del canto religioso y criterio para discernir cuáles de sus efectos extáticos son laudables o vituperables.


SU NATURALEZA Y ESPECIES

Ha establecido entre los cánticos armoniosos y el alma humana una misteriosa relación, en virtud de la cual ejercen aquellos sobre ésta un influjo emotivo maravilloso:

- Unos producen alegría y otras tristezas, unos hacen dormir, otros reír y otros conmueven profundamente el organismo haciendo que se muevan rítmicamente los miembros, sobre todo, las manos, los pies y la cabeza. Pero no hay que creer que tales efectos se deban a la letra poética de los cánticos, porque también se dan de ordinario con la sola música, instrumental. Por eso, es proverbial decir que aquel a quien no le emociona la primavera con sus flores ni el laúd con sus cuerdas, es porque tiene una complexión orgánica trastornada que no admite curación.

Ni ¿cómo puede ser la emoción efecto exclusivo de la letra cantada, si es un hecho de experiencia palmaria que también produce sus efectos en el niño que, cuando en su cuna llora, le hace callar cualquier sonido armónico, al cual presta atención, distrayéndole de lo que le hace llorar?
Hasta el camello, a pesar de su natural, se deja influir por el canto del acemilero que lo guía, y en forma tal, que aligera el paso, aunque la carga que lleve sea muy pesada, y recorre en mucho menos tiempo largas distancias, porque se avivan sus fuerzas con el canto y esa viveza le reanima y alegra.

Es más, cuando los desiertos recorridos se prolongan y los fardos y cargas que lleva encima le abruman de fatiga, basta que oiga el canto del acemilero, para que alargue el cuello e incline sus orejas, tratando de escucharle mejor, y acelere el paso hasta desbaratar la carga.

Y a veces, aun estando a punto de perder el aliento por lo veloz de la marcha y el peso abrumador de los fardos, ni siquiera se da de ello cuenta, a causa de la vivacidad que con el canto ha cobrado.

Así, pues, el influjo del canto en el alma es de evidencia sensible, y el hombre que no lo siente es imperfecto, desequilibrado, refractario a lo espiritual y más grosero y burdo que los camellos, las aves y aun que las bestias todas, ya que todas sin excepción se dejan conmover por los cantos armoniosos.

Ahora bien, el canto, desde el punto de vista de este su influjo emocional en el alma, no es lícito ni ilícito en sí mismo, sino según los casos y las personas y las especies de canto.

El juicio que merezca dependerá siempre de lo que en el alma del que lo oiga exista de antemano, pues el canto no pone en el alma lo que en ella no hay, lo único que hace es poner en conmoción los sentimientos que en el corazón predominan.

El canto armonioso con palabras rimadas y rítmicas emplease de ordinario en varios casos con determinados fines religiosos, a cuya realización tiende la emoción que en el alma provocan. He aquí los principales:

1°) Cantos de la peregrinación.

Los peregrinos acostumbran, en efecto, a rondar por los pueblos, antes de emprender la peregrinación a la Meca, cantando al son del tambor y de la dulzaina poesías en las que describen el templo de la Ka´ba y sus santos lugares, la Mansión de Abrahán, el muro que rodea el recinto sagrado, el pozo de Zamzám y las ceremonias de la peregrinación, incluso el viaje por los desiertos de la Arabia.

Estos cantos excitan en las gentes el deseo de hacer la peregrinación a la Casa de Dios y lo reavivan si ya existía. En ambos casos, son tan laudables estos cantos como el deseo que excitan, ya que la peregrinación a la Meca es una obra buena. Al orador sagrado le es lícito ingerir en sus sermones párrafos en prosa rimada con el fin de excitar en los oyentes el vivo deseo de hacer la peregrinación, describiendo los santos lugares de la Meca y los ritos de aquélla y ponderando a la vez el alto mérito de esta obra buena.

Lo que es lícito y laudable en el predicador, también tiene que serlo en quien para igual fin emplea la poesía en vez de la prosa rimada, pues con la medida del verso, añadida a la rima, las palabras de la canción ejercen sobre el alma una impresión más honda, y esta impresión se hace todavía más intensa, si a esos elementos se suma una buena voz y una melodía artística, cuyas cadencias se subrayan todavía más con los golpes del tambor y el son de la dulzaina.

2°) Cantos fúnebres.

Estos cantos de lamentación por los difuntos, que producen tristeza y llanto en los oyentes, serán vituperables, si provocan sentimientos de desesperación e impaciencia contra los decretos de la Providencia divina, que son irremediables. Por eso el Profeta prohibió las ruidosas lamentaciones de las plañideras en los entierros.

En cambio, son laudables otros cantos, tan tristes como los fúnebres, si en ellos se lamenta el hombre de su propia imperfección y llora sus pecados y faltas, porque tales lamentaciones provocan en el alma sentimientos de dolor saludable por lo pasado y propósitos de enmienda para el futuro, como lo hizo David en sus Salmos.

Por lo mismo es laudable en el orador sagrado recitar desde el pulpito con voz conmovedora cantos tristes de este género, hasta llorando de veras y haciendo llorar a sus oyentes.

3°) Cantos festivos

— En las circunstancias en que la alegría es lícita, es laudable también entonar cánticos que produzcan regocijo en las almas. Tal ocurre con los cantos de pascuas, con los de bodas, con los que se entonan en los banquetes para celebrar el regreso del ausente, el nacimiento de un hijo, su circuncisión o el término feliz de su aprendizaje del Al Qur´an.

4°) Cantos de amor místico

El alma que ama a Dios apasionadamente, que no ansia otra cosa sino unirse con El, que en toda cosa que sus ojos miran no ve más que a Dios y que todo lo que oye lo oye como si de Dios lo oyera o a Dios se refiriese, es evidente que el canto no puede producir en esa alma otro efecto que el de excitar y avivar su deseo de Dios y la pasión amorosa que por El siente, enardeciendo su corazón y haciendo surgir en él delicias espirituales variadísimas, al par que iluminaciones o revelaciones, imposibles de describir, porque sólo quien las ha gustado es capaz de conocerlas.

A estos estados del alma llaman los sufíes «wayd», que significa originariamente «encuentro» y «emoción», porque surgen de improviso en el alma de quien los experimenta, sin que antes de oír el canto religioso los hubiere jamás encontrado.

A su vez, estos estados son causa ocasional de ciertos otros efectos y secuelas, que con sus ardores queman el corazón y lo purifican de sus manchas, como el fuego material purifica de toda ganga los minerales preciosos que se someten a su acción.

Después, a la purificación así obtenida siguen visiones o contemplaciones intuitivas y revelaciones, que son la meta a que aspiran los que a Dios aman y el fruto final de todas las buenas obras.

La causa de que tales estados de alma sobrevengan al corazón con el canto religioso es aquella misteriosa y secreta relación que dijimos ha establecido Dios entre la melodía de la música y el espíritu humano, el cual, subyugado por ella, experimenta alegría, deseo, tristeza, bienestar y angustia. Penetrar esa misteriosa causa de que los sonidos influyan así en el espíritu, pertenece ya a la sutil ciencia de las revelaciones místicas.

El hombre ignorante, insensible y duro de corazón, a quien le está por eso vedado sentir el deleite espiritual del canto, se maravilla al ver cómo se deleitan los demás oyéndolo, cómo se emocionan, cómo se altera su estado psicológico y se demuda su color, pero su admiración es como la de la bestia de carga, incapaz de apreciar el deleite que los hombres sienten comiendo dulces, o la del impotente que no puede concebir el placer de la unión sexual, o la del niño que no es capaz de apreciar el placer del mando y de los honores, o, en fin, la del ignorante que se extraña de que otros digan sentir deleite en conocer a Dios, su majestad y su gloria y las maravillas de su Omnipotencia.

En todos estos casos, la razón es una sola y la misma, a saber, que el deleite es una especie de percepción, y toda percepción exige un sujeto y una potencia de percibir; por tanto, el sujeto que no posea perfecta esa potencia de percibir, no se concibe que sienta deleite.

- ¿Cómo va a sentir el placer de los sabores el que carezca del sentido del gusto?

- ¿Cómo va a percibir el deleite de la música el que no tenga oído, o el placer de conocer los inteligibles el privado de entendimiento?

Así, pues, también el gusto del canto religioso, que el corazón experimenta después de haber llegado a los oídos la voz del cantor, se percibe con un sentido interior que el corazón posee, y por tanto, el que no lo posee no puede sentir tampoco ese placer.

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chemlal
17/06/2011, 19:56
EFECTOS DEL CANTO RELIGIOSO POR EL SENTIDO DE SU LETRA

Cuatro son las situaciones en que puede encontrarse el sujeto, al escuchar el canto religioso:

1º.- Es la de quien lo escucha de una manera física, es decir, sin entender la letra y deleitándose tan sólo con la audición de los sonidos armoniosos y melodiosos de su música. Tal actitud es lícita, aunque de baja condición, ya que de ella participa también el camello y aun todos los animales irracionales, porque para gustar ese placer no es necesario otro requisito que la vida física, a todo animal irracional le deleitan en cierta medida los sonidos armoniosos.

2º.- La segunda actitud en que puede oírse el canto religioso, consiste ya en entender el sentido de las palabras de amor cantadas, pero aplicándolas, no a Dios o a las cosas divinas, sino a una criatura humana, determinada o no. Tal actitud, propia de los jóvenes sensuales, no merece que de ella tratemos y sólo a reprobarla.

3º.- Consiste en aplicarlo a los varios estados psicológicos que el alma del oyente experimenta en sus tratos con Dios, ya de tranquila seguridad, ya de dificultad en conseguir la gracia de la unión. Tal actitud es propia de los que aspiran a la perfección, sin haber salido aún de su iniciación.

Es, en efecto, evidente que la voluntad del que aspira a la perfección tiende a un fin, como meta de sus aspiraciones, que es conocer a Dios, encontrarlo y unirse a El, mediante la contemplación mística y la revelación previa de los velos que lo ocultan. Para lograr esa meta necesita, naturalmente, un camino que recorrer, unos ejercicios que practicar y unos estados de alma que tales ejercicios despertarán en su corazón.

Así, pues, cuando oiga una canción que le habla de los reproches del Amado o de los íntimos coloquios con Él, de buena acogida o de repulsa, de unión o de separación, de aproximación o de alejamiento, de añoranza por el bien perdido o de ardiente sed por lo que el amante espera, de deseo y ansia de llegar o de desesperación y tedio.

De familiaridad y fiel cumplimiento de las promesas o de infidelidad y temor de ruptura.

Y, en fin, de los preparativos para la unión o de cualquiera otro de los tópicos usuales en las poesías eróticas, es natural que algunos de los estados de ánimo en ellos descritos tendrán que coincidir con los que el alma del oyente experimenta en su aspiración hacia Dios y, así, al oír esos tópicos, parece como si el eslabón golpeara el pedernal de su alma e hiciese saltar de ella de repente las chispas ardientes del deseo de Dios, provocando en ella nuevos estados, distintos de los ordinarios, y ofreciéndole ancho campo para aplicar a ellos el sentido de las palabras del canto erótico, sin cuidarse de que tal aplicación corresponda o no exactamente a la intención del poeta que lo compuso.

Y es que toda frase tiene varios sentidos, que sólo los inteligentes Atinan, más o menos, a comprender.

Pongamos algunos ejemplos de estas aplicaciones e interpretaciones, para que no vaya a pensar algún mal intencionado que, cuando el devoto oye mentar en esas canciones la boca, las mejillas o el cabello de la amada, únicamente entiende estas palabras en su sentido literal.

Se cuenta de un devoto que al oír cantar este verso:
Me dijo el mensajero de mi amada:
- Mañana te visitará. Y yo le respondí:
«Pero ¿sabes acaso lo que dices?», le produjo tan viva emoción la letra y la música, que extasiado de alegría se puso a repetir el verso, cambiando en él la palabra «visitará» por «visitaremos».

Cuando volvió en sí, le preguntaron por la causa de tamaño regocijo. Y él respondió:
-Es que he recordado las palabras del Profeta ( ), cuando dijo que los bienaventurados en el paraíso visitan a su Señor, una vez cada viernes.

Cuenta asimismo Ibn al-Darray:
«Pasaba yo en compañía de Al-Futi por la orilla del Tigris, entre Basora y Ubulla, cuando vimos en el mirador de un palacio a un hombre, delante del cual una esclava cantaba este verso:
- Cada día cambias. Mejor te sería otra cosa.
-
Mas he aquí que un hermoso joven, que, cubierto de harapos y llevando en la mano una jarra, escuchaba la canción al pie del mirador, exclamó: '
- ¡Muchacha! Por Dios y por la vida de tu señor, ¿No repetirás otra vez ese verso?'
- Repitió el verso la muchacha, y entonces dijo el joven:
- ¡Por Dios juro que así es mi cambio en mis relaciones con Dios, que es la Verdad!
Y al decir esto, lanzó un sollozo y murió. Detuvimos entonces el paso para ver de prestarle auxilio y oímos que el dueño del palacio le decía a la esclava:

- “Eres libre por amor de Dios”.

Después de esto, las gentes de Basora salieron de la ciudad y lo llevaron al cementerio, para enterrarlo, después de hacer por su alma los funerales. Una vez que lo hubieron sepultado, dijo el dueño del palacio:

- Tengo a Dios por testigo de que todo cuanto poseo, incluso este palacio, lo destino a su servicio y que todas mis esclavas son, desde este momento, libres.

Y diciendo esto se quitó sus vestidos, se envolvió en una manta y volviéndose, mientras las gentes lo miraban llorando, desapareció sin que se volviese a tener noticia de su paradero.»

Lo que de este relato nos interesa es notar que aquel joven devoto, como vivía entregado todo el tiempo en el recuerdo de Dios y preocupado vivamente del estado de sus relaciones con El y, además, tenía conciencia de su incapacidad para cumplir con perseverancia y firmeza los requisitos que su trato con Dios exigía, estaba afligido por la versatilidad de su corazón, tan inclinado a desobedecer las leyes divinas; y por eso, así que hirió sus oídos aquel verso tan coherente con su estado espiritual, lo oyó como si Dios mismo fuera quien le hablase y le dijera:

«Cada día cambias. Mejor te sería otra cosa.»

Pero el que oye con este espíritu el canto religioso, es decir, como si a Dios oyera, conviene que tenga sólida instrucción en lo que las normas de la fe ortodoxa (Shar´ia) establecen acerca de Dios y de sus atributos, para que evite el peligro de aplicar a Dios cosas que, por no estar adecuadas a su naturaleza, son impías o heréticas.

Este peligro no lo evitará el devoto iniciado más que aplicando la letra del canto a su solo estado espiritual, sin relación alguna con los atributos divinos. Un ejemplo típico de errores de este género nos lo ofrece cabalmente el verso del relato anterior.

Porque si el joven, al oírlo, lo hubiese repetido como dirigiendo él mismo la palabra a Dios y atribuyendo a Este cambio o versatilidad de ánimo, habría incurrido en pecado de infidelidad.

Ello acaece a menudo al iniciado, por ignorancia pura y simple, sin mezcla de convicción consciente de su error; pero a veces también nace de ignorancia, que es efecto de cierta especie de convicción, es decir, por creer el oyente que los cambios de su propio estado espiritual y, en general, los de todas las cosas de este mundo, proceden de Dios.

Ahora bien, esto, en el fondo, es verdad, ya que Dios es quien pone al corazón del místico, unas veces, en anchura y otras en aprieto, unas lo ilumina y otras lo sume en tinieblas, unas lo endurece y otras lo ablanda, unas le da la perseverancia en la virtud y fuerzas para seguir obedeciéndole y otras lo somete al imperio de Satán para que lo desvíe de su santa ley.

Todo esto procede de Dios indudablemente.

Ahora bien, de quien proceden estados diferentes en momentos sucesivos, se dice de ordinario que es caprichoso y versátil, Y quizá el poeta no pensó, al hablar de «cambios» en su verso, más que en la versatilidad caprichosa de su amada, que unas veces lo acoge afable y otras lo rechaza, unas veces se acerca a él y otras veces lo aleja. Este es, efectivamente, el sentido del verso en cuestión; pero entenderlo así respecto de Dios es impiedad pura y simple.

Antes bien, es preciso saber que Dios, al revés de sus siervos, produce cambios en los seres, sin sufrir El mismo cambio alguno y altera las cosas sin experimentar El alteración. Pero esta verdad el iniciado la conoce tan sólo por fe ciega en la autoridad de quien se la enseña, mientras que el místico intuitivo la conoce con la certeza real y verdadera que es fruto de la revelación. Es esta verdad una de las más admirables propiedades de la soberanía del Señor. Cambiar las cosas, sin sufrir El mismo cambio alguno, no se concibe, en efecto, más que de Dios, pues todos los demás seres se cambian, al cambiar a otro.

Hay también oyentes a quienes la intensidad de la emoción les subyuga hasta el extremo de caer en un estado semejante a la embriaguez, que les pone fuera de sí y les hace prorrumpir en reproches contra Dios, acusándolo de injusto y parcial en la distribución de sus dones y gracias a los corazones de sus siervos, puesto que a unos los elige y distingue como a íntimos amigos y a otros los aleja de su presencia como a réprobos y extraviados.

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chemlal
17/06/2011, 19:57
Otorgando sus favores o negándolos a quien bien le place, sin que nadie se lo impida, no negando su gracia ni a los infieles, a pesar de sus previos deméritos, pero sin conceder tampoco el don de la luz profética a los profetas como premio de sus méritos pasados.

Si, ante este hecho, viene a las mentes la pregunta de por qué Dios, sin previsión de méritos y deméritos, trata con tamaña desigualdad a quienes son igualmente siervos suyos. Una voz se oirá salir de tras los velos que ocultan a la Majestad gloriosa de Dios, diciendo:

« ¡No traspases las lindes del respeto, preguntando por lo que El hace, y sé comedido y cortés en el uso de la lengua!»

Claro es que este comedimiento en lo externo, es decir, en las palabras, pueden sin dificultad observarlo la mayoría de los devotos.

En cambio, el comedimiento interior, que consiste en reprimir y rechazar las tentaciones de duda que al espíritu asaltan ante el espectáculo de aquellas diferencias de trato que Dios guarda con sus siervos, acercando a unos y alejando a otros de su presencia y dando a unos la felicidad y a otros la infelicidad por eternidad de eternidades, ese comedimiento ya no es patrimonio, sino de los que tienen instrucción sólida en la ciencia de Dios.
Ellos saben, en efecto, que es Dios el que mueve en su fondo más íntimo y escondido a los corazones humanos, y el que los trastorna y perturba hasta ponerlos como ebrios y tan fuera de sí, que casi están a punto de romper las ataduras de esa cortesía interior y del comedimiento del espíritu. Sólo aquellos a quienes Dios preserva de tamaño peligro con la luz de su dirección y con la gracia de la inmunidad, están de él libres.

Como se ve, en el canto religioso, considerado bajo este aspecto de su sola letra, late un peligro mayor que el que antes señalamos debido a su interpretación sensual, ya que si la consecuencia de éste es un pecado, la de aquél es un error contra la fe.

Se puede dar también el caso de que dos oyentes de un mismo verso lo entiendan en dos sentidos diferentes, uno atinado y otro erróneo o ambos a dos atinados, y cabe también que lo entiendan hasta en dos sentidos diametralmente opuestos, sin que en ello haya contradicción, porque cada uno corresponda al respectivo estado de ánimo del sujeto. Así se cuenta que el asceta "Utba al-Gulám oyó a uno que cantaba este verso:

¡Glorificado sea el Señor del cielo!
En verdad que el amante vive en el dolor.

Y al oírlo exclamó:
«Es cierto.»
En cambio, otro asceta, que a la vez lo escuchaba, dijo:
« Es falso. »
Pero un místico, experto en cosas de espíritu, replicó:
«Ambos a dos aciertan.»

Y así era en verdad, pues el primero, el que asentía a las palabras del segundo hemistiquio, amaba a Dios, pero por no haber logrado todavía la posesión de lo que amaba, se sentía sumido en aflicción y pena por los obstáculos que para la unión encontraba y por la fuga de su Amado,

Mientras que el otro, el que negaba el dolor del amante, era porque gozaba ya de la íntima familiaridad del Amado y así, por el exceso de su amor, encontraba deleite hasta en las penas que sufría, o bien, si negaba en el amor el dolor, era porque no sentía de presente, como el primero, obstáculos para el logro de lo que su voluntad quería, ni temía para el futuro el peligro de perderlo, antes bien, mantenía viva en su corazón la esperanza de conservarlo.

Se ve, pues, aquí cómo la interpretación de las palabras varía, según la diversidad del estado de ánimo que domina al que las oye.

Se cuenta también que Abu-l-Qásim B. Marwan, discípulo de Abu Sa´id al-Jarráz, dejó de asistir durante muchos años al ejercicio del canto religioso, y la primera vez que asistió invitado a una sesión, oyó a una que cantaba este verso:

- En medio del agua está de pie, sediento, pero no le dan de beber.

Al oírlo, se levantó el auditorio y de la emoción cayeron en éxtasis. Cuando volvieron en sí y quedaron en silencio, les preguntó Abu-l-Qásim qué era lo que tanto les había impresionado del sentido de aquel verso, y ellos le indicaron que la alusión a la sed de los altos estados místicos y la privación de ellos, a pesar de la presencia real de sus causas.

Pero como no le satisficiese aquella explicación, le preguntaron:
« ¿Cuál es, pues, el sentido que tú le encuentras?»
El les respondió:
«Que, estando el alma ya en medio de los estados místicos y honrada por Dios con los carismas, no se le conceda ni la más exigua porción de ellos.»

Aludía con esto a la existencia de una realidad mística tras los estados y los carismas, los estados la preceden como preámbulos suyos y los carismas echan ya raíces en el campo en que aquélla aparece, aunque de hecho no se logre todavía.

Sin embargo, entre el sentido que dio al verso Abu-l-Qásim y el que le daban los otros sufíes no había más que una simple diferencia de grado en la sed espiritual a que el verso alude, el que se ve privado de los estados místicos, siente sed de ellos; pero si los logra, siente, una vez más, sed de lo que tras ellos existe.

4.- La actitud cuarta del que oye el canto religioso es patrimonio exclusivo del místico que, por haber pasado ya a través de todos los estados y moradas del camino espiritual, no se preocupa de entender la letra en sentido alguno que se refiera ni a su propia alma, ni a sus estados y moradas, ni a ninguna otra cosa que no sea Dios, porque su espíritu está como atónito, abstraído y entregado en el mar de la contemplación extática de Dios, tal como las mujeres que se cortaron las manos sin sentir dolor, extáticas al contemplar la hermosura de José.

A este estado lo llaman los sufíes «inconsciencia de sí mismo », y claro es, que si en él pierde el sujeto la conciencia de sí mismo, mucho más la perderá de todas las otras cosas que no son él. De modo que, en tal estado, queda el místico sin darse cuenta de cosa alguna, excepto del Ser único, Dios, objeto de su contemplación. Hasta pierde también la conciencia de esta misma contemplación, porque si el alma le prestase atención y se diese cuenta de que contempla, dejaría ipso facto de atender al objeto contemplado.

Pasa lo mismo con la visión física, el que embelesado mira un objeto bello, no se da cuenta de su propio estado de abstracción contemplativa, ni de los ojos con que lo mira, ni de su corazón en que el deleite de mirarlo reside.
Tampoco el ebrio tiene conciencia de su embriaguez, ni el que siente placer se da cuenta de su propio deleite, sino, tan sólo, del objeto que se lo produce. En el conocimiento intelectual sucede algo análogo; el acto de conocer un objeto es distinto del acto de conocer que se lo conoce, y cuando al sujeto le viene a las mientes este acto reflejo de conocer que conoce al objeto, pierde la conciencia del objeto conocido.

Ahora bien, esto que con las cosas criadas ocurre, ocurre también a veces con el Creador, aunque entonces sobreviene, de ordinario, como el relámpago súbito, que no persiste ni dura, y si durase, no serían capaces de soportarlo las facultades humanas, que bajo su peso abrumador se trastornarían y hasta moriría el sujeto.

Así se cuenta de Abu-l-Hasan Al-Nuri que, asistiendo a una sesión de canto religioso, oyó este verso:

- Jamás cesé de habitar en una de las moradas de tu amor que a los corazones humanos deja atónitos cuando la habitan.

Y, al oírlo, se puso de pie y dominado por la emoción extática, salió corriendo como loco, y tropezando en un montón de cañas recién cortadas cuyas raíces habían allí quedado como espadas, se puso a andar sobre ellas hasta la mañana, a la vez que repetía el verso, mientras brotaba la sangre de sus pies, que se hincharon, igual que sus piernas. Sólo muy pocos días vivió después de aquello.

Este cuarto grado, propio de los sinceros amigos de Dios en el entender el sentido místico del canto religioso y en su emoción extática, es superior a todos los otros, porque aun el grado tercero, es decir, aquel en que el sujeto aplica la letra a sus varios estados psicológicos, está muy por bajo de los grados de la perfección, ya que en él se mezclan todavía los atributos de la humanidad, y eso es cierta imperfección, puesto que la perfección está en que el sujeto pierda del todo la conciencia de sí mismo y de sus estados, es decir, que se olvide de ellos y no les preste atención (como las mujeres de que antes hablamos no se dieron cuenta de sus propias manos cortadas ni de los cuchillos), porque, al oír el canto religioso, lo oiga tan sólo para Dios, en Dios, con Dios y de Dios.

Este grado es, por eso, patrimonio exclusivo de quien se ha sumergido ya en el fondo del mar de las esencias reales y pasado más allá de la playa de los estados psicológicos y de los actos externos, identificándose con la confesión de la sola existencia de la unidad divina y realizando de verdad esta idea en su espíritu con sinceridad de intención, en forma tal, que no quede en el sujeto nada de sí mismo, por haberse extinguido del todo en él su humanidad, no prestando atención alguna a los atributos de ella.

Claro es que al decir que el sujeto se aniquila o extingue, no me refiero a su cuerpo, sino tan sólo a su corazón, y por corazón no entiendo el corazón de carne y sangre, sino un ser misterioso y sutil que con el corazón material tiene cierta relación secreta, tras del cual todavía late otro ser misterioso, el espíritu que de Dios procede y que tan sólo lo conoce el que lo conoce.

Aquel ser misterioso tiene existencia real; pero la forma de esta existencia, se identifica con la cosa que en él se representa; de modo que, cuando en él se representa otra cosa distinta de la primera, cambia su forma.

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chemlal
17/06/2011, 20:00
Es, pues, como si no tuviera ese ser más realidad que la de la cosa que en él se representa.
Sirva de ejemplo el espejo pulimentado, el cual tampoco tiene, por sí mismo, color alguno, sino el color del objeto que en él se refleja y representa.

Así también, el cristal del vaso reproduce el color del líquido que contiene, sin que por sí mismo tenga ni color ni forma. Su forma propia es únicamente la aptitud que posee para recibir las formas de otras cosas. Y su color propio es esa disposición natural o aptitud para recibir en sí todos los colores.

De esta morada espiritual, que pertenece ya a la esfera de la revelación mística, nace la fantástica ilusión de quien pretende expresarla con los términos de «inhabitación» de Dios en el alma y de «identificación» del alma con Dios, llegando a decir:

-«Yo soy la verdad».

Todo esto es error puro y simple, parecido al de quien atribuye al espejo la forma del rojo, cuando en su superficie aparece este color, reflejado del objeto rojo que se pone frente a él.



EFECTOS DEL CANTO RELIGIOSO POR LA EMOCIÓN
QUE EN EL ALMA PRODUCE SU MÚSICA

Extenso sería traer aquí a colación todo cuanto han dicho los sufíes y los filósofos al estudiar la emoción extática de la música religiosa y su armónica analogía con el alma humana.

Nos limitaremos, tan sólo, a aducir algunos de sus textos, para concluir después explicando lo que hay de verdad en esta materia.

En cuanto a los sufíes, Du-l-Nun el egipcio definió los efectos del canto religioso diciendo que:

- «De él emana una influencia divina sobre el corazón, en el cual infunde ideas espirituales que lo conmueven profundamente para llevarlo a Dios, él que las oye espiritualmente, realiza la unión; el que las oye sólo con el alma sensitiva, cae en la impiedad».

Parece, pues, que redujo la emoción extática del canto religioso a un movimiento del corazón hacia Dios, es decir, hacia la idea espiritual sugerida por El con la música sensible, idea que, por venir de El, es la verdad.

Otro sufi, Abu-l-Husayn al-Darráy , explicaba las emociones por él experimentadas en el canto religioso diciendo:

«La música me transportó a través de los hipódromos de la hermosura y majestad de Dios y me lo hizo encontrar junto a su don. Ella me dio a beber de la copa de la pureza, por ella alcancé las mansiones de la complacencia con la voluntad divina y ella me sacó a los jardines de la distracción y del ocio.»

Al-Sibli decía:
«La audición del canto es, por defuera, tentación, y, por dentro, admonición. Al que penetra su sentido espiritual, le es lícito escuchar la admonición. El que no lo penetra, se ve sometido a la tentación y se expone a la perdición.»

Por lo que toca a los filósofos, he aquí lo que dice uno de ellos:

«Existe en el corazón una eminente y noble virtud que el lenguaje humano es incapaz de expresar con palabras, pero que el alma sensitiva puede traducir con los sonidos melódicos de la música. Cuando esa noble virtud aparece, se alegra el alma sensitiva y se mueve hacia ella. Y los oyentes escuchan la interpretación que de ella da el alma y entran en secreto coloquio con ella y dejan de conversar con las apariencias exteriores.»

Otro dijo:
«Los efectos de la música son éstos:

- Al que se siente incapaz de realizar una idea, le mueve a obrar; al que se siente reacio para pensar en ella, le invita a la reflexión y reaviva en él la fatiga y desmayo que el pensar y el opinar le producen de modo que gustoso vuelve a lo que abandonó y animoso emprende aquello de que se sentía incapaz, lo turbio se le hace claro y con ánimo jovial lleva a término feliz los planes y proyectos que abandonó, acertando sin fracasos y caminando sin lentitud. »

Dijo otro:
«Así como el pensar conduce al entendimiento por ocultos caminos hasta el objeto que intenta conocer, así también la música conduce al corazón hasta el mundo espiritual.»

Otro filósofo a quien se le preguntó cuál fuese la causa de que los miembros corpóreos se muevan espontáneamente al oír el sonido rítmico y melódico de la música, respondió así:
«La causa es un amor apasionado, propio de la inteligencia; el que siente esa pasión intelectual, no necesita halagar con caricias de palabra material a su amado, sino que le bastan para galantearle y festejarle la sonrisa, la simple mirada y cualquier gesto o ligero movimiento de las cejas o párpados. Estos modos de hablar son mucho más expresivos, que el lenguaje, aunque espirituales.

En cambio, el amante bestial emplea sólo el lenguaje material o físico, para expresar con él los efectos externos de su deseo enfermizo y de su rastrera pasión.»

Otro dijo:
«El que esté triste, oiga las melodías de la música. Cuando en el alma entra la tristeza, su luz se apaga; cuando siente alegría, su luz se reaviva y lanza llamas al manifestar el gozo que siente.»

Muchos otros son los dichos y opiniones que se han emitido acerca de la música y el éxtasis y cuyas citas de nada serviría multiplicar aquí. Ocupémonos ya en explicar la idea significada por la palabra «éxtasis» (wayd).
Decimos, pues, que esta palabra expresa un estado del alma, fruto de la audición de la música:

- Ese estado es, en sí, una influencia divina que el oyente encuentra como algo nuevo en su propia alma, a consecuencia de la música oída. Pero este estado del alma puede ser de dos especies, pues siempre se reduce, bien a revelaciones y contemplaciones que pertenecen a la categoría de los conocimientos y sugestiones, bien a otros cambios de ser o estados del alma que no son conocimientos, el deseo y el temor, la tristeza y la inquietud, la alegría y la aflicción, el arrepentimiento, la expansión y la angustia.

Todos estos estados del alma los provoca la música y los reaviva si ya existen. Pero si son débiles y de tan poca intensidad que no llegan a influir en el cuerpo haciéndole moverse, reposar o cambiar de estado.

Es decir, moviéndose de manera desacostumbrada, o callando y dejando de mirar como antes miraba y hablaba, no reciben el nombre de « éxtasis » (wayd), que tan sólo se emplea cuando se manifiesta al exterior con mayor o menor intensidad, en la medida en que aparece y según los cambios externos que produce.

A su vez, el movimiento que engendra en lo exterior del cuerpo es proporcional a la intensidad de la influencia divina que el alma recibe. Y asimismo la inhibición en esos cambios externos es proporcional a la energía y poder del sujeto para reprimirse y evitar que sus miembros se muevan. Cabe, en efecto, que el éxtasis sea muy intenso en lo interior, sin que se altere o cambie en lo exterior el sujeto, por ser mucha la fuerza inhibitoria de éste.

Y, al revés, cabe también que el éxtasis no trascienda al exterior, por ser tan débil la influencia divina, que no llegue a poner en movimiento al cuerpo ni a desatar el nudo de la inhibición.

Al primero de los dos sentidos del éxtasis aludió Abu Sa'id al-'Arabi cuando dijo:
«El éxtasis es contemplación del alma que vigila, intelección presente de las ideas sugeridas por el canto y atenta consideración de los misterios.»

Ni es inverosímil que la audición de la música sea causa ocasional de que al alma se le descubra lo que antes le estaba oculto, porque la revelación de lo desconocido se debe a muchas causas, una de ellas es la mera sugestión, y la música es muy sugestiva.

Otra causa es el cambio de los estados psicológicos del sujeto que los contempla y percibe, pues esta percepción es una especie de conocimiento, la cual engendra esclarecimiento de cosas, desconocidas antes de sobrevenir al alma la influencia divina de la música; otra causa es la serenidad o pureza del alma, y bien sabido es cuánto influye la música en serenar el ánimo y cómo es causa ocasional esta serenidad para que al alma se le descubran cosas ignoradas.

Otra causa es la vivacidad del corazón, reanimada por la fuerte impresión que en él ejerce la música, y esa mayor vivacidad intensifica la contemplación de cosas que antes era incapaz el alma de percibir.

chemlal
17/06/2011, 20:03
Lo mismo que con el canto cobra fuerzas el camello para soportar cargas que antes le era imposible llevar; si la obra del camello consiste en trasportar pesos, la del alma consiste en descubrir verdades ocultas y considerar atentamente los misterios del reino de los cielos.

Por medio de estas causas es la música causa ocasional de revelación.
Pero hay más todavía; cuando el corazón es puro, cabe que se le represente la verdad, ya en forma de contemplación y visión interior, ya al oír una poesía, cuyas palabras rimadas resuenan en los oídos como el eco de una voz que el sujeto ignora quién la profiera, tanto en el estado de vigilia, como soñando cuando duerme, pues la visión en sueños es una de las cuarenta y seis partes en que se divide la inspiración profética y, por eso, su conocimiento perfecto se sale ya del ámbito de la ascética.

Un suceso de esta naturaleza se cuenta de Muhammad ibn Masruq de Bagdad, el cual dijo:

- En los días de mi insensatez, salí de mi casa una noche, ebrio y cantando este verso:
- En el Monte Sinaí hay una viña, por la cual, cuando paso, me maravillo de que haya quien beba agua. Y entonces oí a uno que cantando decía:
- Y en el infierno hay un agua, que no la pasa a tragos nadie, sin que se le quede en las entrañas y las desgarre. Esa fue la causa de mi conversión y de mi consagración a la ciencia y a la vida devota.»

Mira, pues, cómo influyó aquí el canto en la obra de purificar el corazón, hasta el extremo de representársele con toda verdad la realista descripción del infierno, bajo la envoltura de las palabras rimadas e inteligibles que exteriormente hirieron sus oídos.

Y lo mismo que influye el canto en la obra de purificar el corazón para hacerle oír esas voces misteriosas, influye también para hacerle contemplar con los ojos del cuerpo la lorma de al-Jadir que bajo diferentes figuras se aparece, en efecto, a los hombres dotados de corazón, como los ángeles se aparecen a los profetas, ya en su forma real y verdadera de ángeles, ya bajo figuras que en cierto modo se le asemejan. Así, al Enviado de Dios se le apareció dos veces el ángel Gabriel en su propia forma.

En tales estados psíquicos de pureza de corazón adquiere también éste la virtud de escudriñar y descubrir lo íntimo de las conciencias, virtud que los sufíes llaman «sagacidad o penetración fisiognómica».

Cada una de las dos especies de fenómenos que el éxtasis produce — revelaciones y emociones — es de dos clases:
- Unos son inefables, es decir, no pueden explicarse con palabras, de otros, en cambio, cabe expresar con palabras su esencia real.

Quizá te parezca inverosímil que existan actos de conocer y emociones cuya real esencia no conozca el sujeto ni pueda por eso explicarla con palabras; pero no hay en ello nada de inverosímil, porque en los estados psíquicos más ordinarios encontrarás de ello testimonios.

Por lo que toca, en efecto, a los actos de conocer, ¿cuántas veces no se le ofrecen al jurista dos casos de moral o de derecho canónico semejantes en la forma, pero entre los cuales él aprecia instintivamente cierta diferencia respecto de la solución que a cada uno de ambos debe dar, y, sin embargo, si se viese obligado a explicar en qué estriba esa diferencia, no le ayudaría la lengua a expresarla con palabras, aunque fuese el más elocuente de los hombres?

He aquí, pues, cómo el sujeto percibe con su gusto la diferencia entre ambos casos, pero no la puede explicar. Su percepción de la diferencia es un acto de conocer que de improviso le ha venido a la mente por el gusto.

Ahora bien, es indudable que tal acto de conocer no le ha podido sobrevenir sin una causa, que para Dios tiene realidad positiva, aunque al sujeto no le sea posible explicarla, ya por incapacidad de su lengua, ya, más todavía, por lo sutil de la idea en sí misma, que no admite formas adecuadas de expresión. Esto lo conocen muy bien cuantos tienen que resolver con frecuencia problemas dudosos.

Y por lo que toca a las emociones, ¿cuántas veces no percibe el hombre en el fondo de su corazón, al despertar del sueño, un sentimiento de angustia o de expansión, cuya causa ignora?

A veces también piensa en una cosa cualquiera, y este pensamiento le produce en el alma cierta impresión, olvida luego el pensamiento que se la ha producido, pero la impresión subsiste y el sujeto la sigue sintiendo.

En estos casos, la emoción sentida, de alegría o de tristeza, surgió en el alma porque el sujeto estaba pensando en ella; pero, una vez que se olvidó de la causa, sigue ésta produciendo todavía sus efectos.

A tales emociones, tan extrañas, no cabe ya aplicarles el nombre de alegría o de tristeza, ni les corresponde expresión alguna que adecuadamente signifique su objeto.

Es más, el gusto artístico para distinguir una poesía bien medida de otra que no lo está, es patrimonio de unos hombres y no de otros.

El que posee ese gusto, sabe perfectamente y sin que de ello le quepa duda alguna establecer la diferencia entre el verso artístico y el defectuoso, pero no puede explicarle a otro, que carezca de ese gusto mismo, en qué estriba la diferencia.

Otros muchos estados de alma son de esta misma condición maravillosa. Porque si al alma le sobrevienen emociones de temor, tristeza y alegría cuando oye canciones cuya letra comprende, también la sola música, sin letra, de los instrumentos de cuerda o de otra especie, que no tienen sentido alguno inteligible, producen en el alma impresión maravillosa que es imposible explicar con palabras.

Estos extraños efectos mentales explican por algunos diciendo que son un ardiente deseo del alma (sawq), pero sin que ésta conozca qué es lo que desea. Fenómeno, en verdad, maravilloso; que el sujeto cuyo corazón se conturba y emociona oyendo las cuerdas del laúd, el sonido de la dulzaina o de instrumentos parecidos, no sepa qué es lo que desea, y, sin embargo, encuentre en su alma algo así como si ésta reclamase o exigiese una cosa que ella ignora qué sea.

Hasta a las gentes del vulgo les sucede esto, aunque su corazón esté vacío de todo amor, humano o divino. Y ello tiene su misterio, que es éste:
- Todo deseo necesita dos condiciones en que fundarse, primera, una cualidad del objeto deseado, o sea, cierta relación de analogía con el sujeto que lo desea. Segunda, conocer el objeto deseado y la manera de llegar a él.

Cuando ambas condiciones se dan, el resultado es evidente; pero si no se conoce el objeto deseado y, sin embargo, se da la cualidad que provoca el deseo, entonces el corazón se sentirá movido por ella con inflamado ardor, produciendo en él, sin duda, un estado de estupor y perplejidad.

Si un hombre se criase desde niño en la soledad, sin ver jamás mujeres ni conocer en qué consiste la unión sexual, y luego, llegado ya a la pubertad, sintiese con vehemencia el instintivo apetito del sexo, no sabría que lo que deseaba era la unión sexual, porque ignoraría en qué consiste, ya que ni siquiera conocería qué cosa son las mujeres.

Pues así también, en el alma humana existe cierta misteriosa relación de analogía con el mundo superior y con los deleites que se le ha prometido encontrará en las sublimes mansiones del paraíso celestial, pero de tales deleites no le es dable imaginar en esta vida más que sus cualidades y nombres.

Al modo del hombre de nuestro ejemplo que tan sólo conoce de oídas lo que son las mujeres y la unión sexual, sin haber visto jamás mujer ni hombre alguno y ni siquiera su propia figura en un espejo para poder inferir por analogía la de la mujer y sentir así el deseo, al oír hablar de ella.

De igual modo, pues, la música excita en el alma el deseo de aquellos deleites del cielo; pero la profunda ignorancia en que vive, preocupada tan sólo de las cosas de aquí abajo, le hace olvidarse de sí misma, de su Señor y de su patria, hacia la cual van instintivamente sus deseos y gemidos, de modo que siente en sí misma la necesidad de algo que ella ignora lo que sea, y por eso se queda atónita, perpleja y conturbada, como el que se asfixia y no conoce el camino para librarse de la muerte.

Estos y otros estados semejantes son de aquellos cuya esencia real el sujeto no percibe de manera perfecta ni puede, por tanto, expresarla con palabras.

Pero las de saber, además, que el éxtasis se divide en espontáneo, que se llama propiamente wayd o «encuentro», y forzado, que se llama tawayud. Este último, es vituperable-criticable, cuando se debe a hipocresía del sujeto que pretende aparentar y hacer ostentación de los altos estados místicos que en realidad no posee.

Es, en cambio, laudable, cuando al deseo sincero de lograrlos se debe el esfuerzo que con habilidad el alma hace para provocarlos, adquirirlos realmente y atraerlos hacia sí. Cabe, en efecto, adquirir en cierto modo los altos estados místicos.

Por eso precisamente mandó el Enviado de Dios que aquel a quien leyendo el Alcorán no le vengan espontáneamente las lágrimas, se esfuerce por entristecerse y llorar.

Y es que los estados psíquicos pueden comenzar por ser forzados, para acabar siendo reales y espontáneos. Ni ¿cómo puede dejar de ser causa de su real adquisición el esfuerzo por adquirirlos, si todo el que aprende el Alcorán comienza por leerlo y estudiarlo de memoria con difícil esfuerzo, poniendo en su aprendizaje la más intensa atención y reflexión.

Pero, después que se le ha hecho ya un hábito a la lengua, de memoria lo recita de corrido en la oración litúrgica, o en otros casos, de tal modo, que a veces, distraído y sin darse de ello cuenta, recita un capítulo entero y después de acabado lo vuelve a recitar otra vez porque entonces advierte ya que lo recitó distraído y desatento?

chemlal
17/06/2011, 20:05
Asimismo le ocurre al que aprende a escribir, al principio le cuesta mucho trabajo hacerlo; pero después que se habitúa, acaba por hacerlo con tal soltura y espontaneidad, que escribe muchas hojas teniendo el pensamiento absorto en otra cosa. Las cualidades todas del alma y de los miembros del cuerpo no hay manera de adquirirlas, sino poniendo en ello, al principio, todo esfuerzo y empeño; pero después, con el hábito, se hacen espontáneas.

Y en este sentido dicen algunos que el hábito es una quinta naturaleza. Por eso no debe desesperar de adquirir los altos estados místicos el que se ve privado de ellos, sino, antes bien, debe esforzarse por atraerlos a su alma oyendo el canto religioso y por otros medios. En la vida ordinaria es cosa corriente ver que una persona desea sentir amor apasionado por otra, y para ello no cesa de traer su recuerdo a la memoria, mirarla de continuo y grabar en su mente sus cualidades amables y sus dotes morales dignas de elogio.

Hasta que acaba por amarla con pasión y el amor arraiga en su corazón con tal fuerza, que, después, ya no puede menos de amar y, aunque desee quedar libre de ese amor, no le es posible.

Así también ocurre con el amor de Dios y el deseo vehemente de unirse a El o con el temor de caer en su desgracia y, en general, con todos los altos estados místicos, cuando el hombre los pierde, debe esforzarse por atraerlos a su alma tratando y conversando con las personas que los poseen, observando atentamente sus cualidades, asistiendo a sus sesiones de canto religioso y orando y suplicando humildemente a Dios le conceda tales estados facilitándole sus causas ocasionales.
Fue, además, valiente guerrero. Murió el año 44 de la hégira, a los sesenta y tres de edad, siempre que repasaba un versículo que aludía a la divina misericordia, oraba y se llenaba de alegría. Además, el mismo Dios alaba que se emocionen leyendo el Alcorán, cuando dice:

«Y al oír lo que ha sido revelado al Profeta, verás que las lágrimas fluyen de sus ojos en abundancia, por lo que de la verdad han conocido.» (Qur´an 5:86)

Finalmente, también se cuenta que cuando el Profeta hacía la oración litúrgica, hervía su pecho como hierve la caldera.

También son muchos los casos de emoción extática producida por el Alcorán que se cuentan de los compañeros del Profeta y de sus inmediatos sucesores: al recitarlo u oírlo recitar, unos caían desvanecidos; otros lloraban; otros perdían el sentido; otros hasta morían de la impresión. De Zurára b. Abí Awfa se refiere que, dirigiendo la oración litúrgica en la mezquita de al-Raqqa, al recitar el versículo (Qur´an 74:8):

- Cuando suene la trompeta [del juicio final]», cayó sin sentido en el mismo mihrab y murió.
Umar Ibn Jatab (r.a), al oír recitar a un hombre el texto que dice:
«El castigo de tu Señor es inminente y no habrá quien lo desvíe» (Qur´an 52: 7-8), lanzó un grito y cayó al suelo desvanecido; lo llevaron en tal estado a su casa y no se restableció de la enfermedad hasta pasado un mes.

Sálih al-Marri recitaba el Alcorán a Abu Yarir, cuando éste lanzó un fuerte sollozo y murió. Así también al-Sáfi´i, al oír recitar este versículo (Qur´an 77:35).
-«Aquel día, los culpables quedarán mudos y no se les permitirá alegar excusas», cayó desvanecido.

Ali b. al-Fudayl oyó recitar este otro:
«El día en que los hombres comparecerán ante el Señor del universo». (Qur´an 83:6)
Y cayó sin sentido, relatos semejantes se cuentan de otros compañeros de Muhammad (s.a.w) y de sucesores de éstos.

Y asimismo, de los sufíes. Estaba en su mezquita al-Sibli en una noche de ramadan, haciendo la oración litúrgica tras del imam, cuando, al recitar éste el versículo:
«Si quisiéramos, te quitaríamos lo que te hemos revelado»(Qur´an 17: 88), Lanzó al-Sibli un grito de terror tan intenso, que los fieles creyeron que había expirado: con el rostro enrojecido y los miembros convulsos, clamaba sin cesar:
-« ¡Eso les dice Dios a sus amigos!»

Al-Yunayd dijo:
«Entré a casa de Sari al-Saqati y vi ante él a un hombre sin sentido. Sari me dijo:
— Este hombre ha oído recitar un versículo del Alcorán y se ha desvanecido. Yo le dije:
— Recítale otra vez el mismo versículo. Lo leo, y él entonces se levantó volviendo en sí. » Abu Alí al-Mugázili le dijo a al-Sibli:

- « Alguna vez, al oír un versículo del Libro de Dios, su audición me arrastra a apartarme del mundo, pero después vuelvo a mis sentidos y a los hombres, sin perseverar en mi alejamiento.»
Respondióle al-Sibli:
« Lo que del Alcorán hirió tus oídos y te arrastró a huir del mundo, fue gracia y favor que Dios te hizo.

Y cuando te volvió a ti mismo, fue también efecto de su misericordiosa solicitud para contigo, porque sólo te convenía entregarte por completo a El por la negación de tu propia voluntad y fuerza.»

Otro de los sufíes oyó a uno que recitaba el versículo:
« ¡Oh alma segura de tu suerte, conviértete a tu Señor, satisfecha y grata a El!» (Qur´an 89:27):
Y después de pedirle que lo repitiese, exclamó:
« ¡Cuántas veces le habré ya dicho que se convierta y no se ha convertido!»
Y al decir esto, cayó en éxtasis lanzando un fuerte grito y expiró.

Ibrahim ibn Adham , siempre que oía recitar el versículo:
«Cuando el cielo se hendirá», sentía descoyuntarse todas las articulaciones de su cuerpo convulso. (Qur´an 84: 1)

En suma, puede decirse que ningún hombre de corazón deja de sentir las emociones del éxtasis al oír el Alcorán. Aquellos a quienes ninguna impresión les hace, «son comparables a quienes, aunque les llamen a gritos, no oyen más que el sonido de la voz, porque son sordos, mudos, ciegos e incapaces de comprender [lo que se les dice]»

Es más, al hombre de corazón, una sola palabra de la sabiduría le hace impresión, si la oye. Entró un hombre del Jurasán a casa de al-Yunayd que estaba reunido con varios maestros de espíritu y le preguntó:
« ¿Cuándo serán iguales para el siervo de Dios aquel que le alaba y aquel que le censura?»

Uno de los presentes le respondió:
«Cuando lo metan en el manicomio y lo aten con cadenas.»

Pero al-Yunayd le replicó:
« El responder no es de tu incumbencia.»
Y dirigiéndose al hombre que había hecho la pregunta, añadió:
«Cuando adquiera la firme convicción de que es criatura.»
Al oír esta respuesta, el hombre lanzó un sollozo y murió. Pero quizá dirás:
- Si la audición del Alcorán es útil para provocar el éxtasis, ¿cómo es que los sufíes se congregan para oír el canto que entonan los recitadores de poesías y no para oír a los lectores alcoránicos?

Porque lo conveniente sería que se congregasen para extasiarse en los círculos de éstos y no en los de aquéllos, es decir, que para cada reunión buscasen un lector alcoránico y no un recitador de poesías, ya que la palabra de Dios es, sin duda alguna, más excelente que las poesías que se cantan.
Conviene, sin embargo, saber que el canto de poesías provoca la emoción extática con más intensidad que el Alcorán, por siete razones:

1º.- Todos los versículos del Alcorán no se armonizan de igual modo con el estado de ánimo del oyente ni tampoco se prestan a ser entendidos por éste y aplicados a la situación espiritual en que se halla.

Si el oyente se halla embargado por el deseo de Dios o por la tristeza y el arrepentimiento, ¿cómo se pueden acomodar a su estado espiritual los versículos del Alcorán que, explican las normas jurídicas de la partición de herencias o el procedimiento del divorcio o las leyes penales?

chemlal
17/06/2011, 20:06
Únicamente mueve con eficacia al corazón lo que se armoniza con su estado. Ahora bien, los versos han sido compuestos por los poetas, cabalmente, para traducir o expresar con ellos las más varias afecciones del ánimo, y, por lo tanto, no es necesario esforzarse mucho para comprender su sentido y conmoverse al oírlos.

Claro es, sin embargo, que cuando el sujeto está dominado por un estado psicológico tan intenso y absorbente, que no le queda al alma lugar para ningún otro y, además, posee el sujeto un ingenio tan sagaz y penetrante que le permite descubrir en las palabras que oye los más remotos sentidos, la emoción extática surge a menudo entonces en el alma, sean cualesquiera las palabras oídas. Así, por ejemplo, al oír el versículo alcoránico que dice:

-«Dios os encarga que dividáis vuestro patrimonio entre vuestros hijos» (Qur´an 4:2), le vendrá a las mientes la idea de la muerte, que va implícita en la del testamento, y le hará pensar que todo hombre ha de abandonar algún día sus bienes y sus hijos, las dos cosas de aquí abajo que más amables le son, dejando sus bienes a sus hijos y quedándose sin unos y sin otros, y esta idea provocará en su alma intensa emoción de temor y tristeza.

O bien, al oír tan sólo el nombre de Dios en ese versículo, aislado de sus antecedentes y consiguientes, se sentirá dominado por el estupor religioso. O bien, le sugerirá la idea de la compasión y misericordia que tiene Dios para con sus siervos, al ver cómo les ordena dividir su patrimonio hereditario mirando por su bien en vida y en muerte, pues se dirá:
«Puesto que mira por mis hijos para después que yo muera, es indudable que también mirará por mí.»

Y este pensamiento provocará en su alma sentimientos de esperanza en la divina misericordia y emoción viva de alegría y contento.

Se ve, pues, cómo aun los textos de este tenor pueden provocar la emoción religiosa, cuando el sujeto está dominado por un estado psíquico absorbente, y dotado, además, de ingenio sagaz y penetrante, capaz de adivinar en las palabras más comunes los sentidos más remotos. Pero estas dotes no se dan con frecuencia.
Y por eso se recurre de ordinario al canto de poesías, en vez del Qur´an:
-Porque las palabras de las canciones se acomodan más a los distintos estados del ánimo y provocan más pronto la emoción.

2º.- El Alcorán es sabido de memoria por la mayoría de los fieles y se le recita repetidas veces. Ahora bien, lo que se oye por vez primera, hace fuerte impresión en el alma; pero, a la segunda vez, la impresión ya es más débil, y, a la tercera, apenas si hace impresión alguna.

Por eso, si después de haber experimentado intensa emoción extática oyendo una poesía, se empeñase alguien en provocar aquella misma emoción repitiendo continuamente varias veces seguidas al día o a la semana la misma poesía, no podría lograrlo.

En cambio, si la sustituye con otra distinta, encontrará de seguro que le hace impresión en el alma, y eso, aunque la nueva poesía exprese en forma diferente las mismas ideas que la primera, porque la novedad de las palabras y la diferencia de las mismas bastan para que el alma se conmueva, a pesar de ser uno solo y el mismo sentido.

Por el contrario, el lector alcoránico no puede leer un Alcorán nuevo y peregrino, cada vez que le invitan a leer, su texto es limitado, no admite adiciones, y, además, es sabido de memoria y se repite con frecuencia.

A lo que estamos diciendo aludió Abu Bakr cuando, al ver cómo lloraban los árabes beduinos que por vez primera oían el Alcorán, exclamó:

-«Nosotros fuimos como vosotros, pero nuestros corazones se han endurecido.»

Mas no hay que pensar por eso que Abu Bakr fuese de corazón más duro que aquellos incultos beduinos ni que estuviese más privado que ellos del amor de Dios y del de su palabra, sino que, a fuerza de oír recitar el Alcorán repetidas veces, le hacía ya poca impresión, por estar familiarizado con su texto.

De ordinario es, en efecto, imposible que el oyente oiga recitar un versículo que antes no haya oído y que, por eso, le haga llorar, y que después siga haciéndole llorar durante veinte años, pasados los cuales todavía vuelva a hacerle llorar su audición.

La diferencia en el primero y el segundo caso no es otra sino ésta, que se trata de algo nuevo y peregrino, pues todo lo nuevo place, como, al revés, lo reiterado disgusta.

Cabalmente por esto concibió Umar Ibn Jatab el propósito ele prohibir a los fieles que diesen muchas veces las vueltas alrededor de la Kaa'ba, pues decía:
«Temo que menosprecien esta Casa Santa», es decir, a fuerza de familiarizarse con ella. El que por vez primera, al hacer la peregrinación a la Meca, ve la Casa Santa, llora y grita y hasta, a veces, pierde el sentido por la emoción que le produce el verla.

En cambio, después de vivir un mes en la Meca, no siente ya la menor emoción. En suma, pues, el cantor puede usar de poesías nuevas y peregrinas en cada caso, mientras que el lector alcoránico jamás dispone de versículos nuevos.

3º.- El lenguaje medido, propio del verso, ejerce sobre el alma una singular impresión. No es el sonido armonioso de la voz humana, sometida a las leves del metro poético, como otro cualquier sonido armonioso que carezca de medida. Sólo en los versos se encuentra esa medida, que falta en los versículos del Alcorán.

Y si el cantor altera la medida del verso que recita o las palabras de su rima o la línea de la melodía musical con que lo canta, el corazón del oyente se turba y su emoción extática desaparece, porque, faltando ya la armonía, el alma siente instintiva repulsión y por eso se conturba y disgusta.

4º.- Además, la impresión que en el alma hace el verso medido, varía según las diferentes melodías con las cuales se canta y que se llaman «aires» (turuq) y «estilos».

Estos «aires» no se diferencian unos de otros más que en abreviar notas largas o alargar notas breves, en hacer pausas entre las palabras y en hacer cesuras o uniones en algunas de éstas.

Ahora bien, tal libertad de manejo, lícita con el verso, no se permite con el Alcorán, porque éste debe ser recitado tal y como fue revelado por Dios: hacer breve lo que en el texto es sucesor largo o introducir pausas, cesuras y uniones entre las palabras, contra las normas litúrgicas de la recitación alcoránica, es cosa prohibida o, al menos, reprobable.

Y, por tanto, si el Alcorán se ha de salmodiar así, tal y como fue revelado por Dios, dejará de producir en el alma la impresión que tiene por causa la medida de las melodías, las cuales hacen impresión por sí mismas, aunque no expresen idea alguna, como ocurre con la música de los instrumentos de cuerda, con la flauta, con la gaita, etc., cuyos sonidos son ininteligibles.

5º.- Las melodías medidas del canto se acentúan además y se intensifican llevando el ritmo o compás con otros sonidos, también medidos, aparte del de la voz humana, tales como el golpe del bastón, del adufe, etc., porque la emoción extática débil no se excita, si no es por efecto de una causa enérgica y esta energía no se logra, sino por el conjunto de todas estas causas, cada una de las cuales ejerce su influjo particular.

Ahora bien, al Alcorán hay que preservarlo de todos estos añadidos que para el vulgo de las gentes tienen forma de juego y diversión, mientras que el Alcorán es, todo él, cosa seria para todo el mundo, y no es lícito, por lo tanto, mezclar con la verdad pura lo que para el vulgo es cosa de juego y que, aun para los que no son vulgo, tiene la forma y apariencia de tal, por más que estos últimos no lo miren realmente como juego.

Antes bien, conviene tratar al Alcorán con tal dignidad y respeto, que ni siquiera se le debe leer en medio de las calles y de los caminos, sino en lugar tranquilo y reposado, como tampoco en estado de impureza sexual ni, en general, en cualquier estado de impureza litúrgica.

Mas este respeto al Alcorán como a cosa sagrada no pueden observarlo cumplidamente en todos los momentos, sino quienes vigilan escrupulosamente sus estados de conciencia, y por eso recurren los fieles al canto religioso, que no merece ser tratado con la vigilante circunspección que el Alcorán.

Por lo mismo también, no es lícito recitar el Alcorán llevando el ritmo con el adufe en la noche de la fiesta nupcial, y en cambio es lícito hacerlo con los versos que en ella se cantan.

6º.- A veces, el cantor canta un verso que no se acomoda al estado de ánimo del oyente, el cual entonces, como no le gusta, se lo desecha y le pide otro. No se acomodan, en efecto, igualmente todos los cánticos a todos los estados de ánimo. Es, pues, muy fácil que a los oyentes congregados para una sesión de canto religioso les recite el lector un versículo del Alcorán que no se acomode al estado de ánimo del auditorio.

Es verdad que el Alcorán es medicina útil para todos los hombres, cualquiera que sea su estado de ánimo:

Así, los versículos que hablan de la misericordia divina lo son para el que teme a Dios, los que amenazan con las penas infernales lo son para el iluso que fía sin razón en la misericordia divina, etc.

chemlal
17/06/2011, 20:07
Pero, a pesar de esto, como no es seguro que el versículo recitado por el lector coincida con el estado de ánimo del oyente, temerá éste, si porque no lo asimile, exponerse al peligro de rehusar por fastidiosa la palabra de Dios, y al no encontrar razón justificada para rechazarlo, tratará de salir del paso resolviéndose a darle un sentido acomodaticio que se armonice con su estado de ánimo.

Ahora bien, esa aplicación de la palabra de Dios en un sentido contrario al que Dios mismo quiso darle es ilícita. En cambio, es perfectamente lícito interpretar las palabras de un poeta en un sentido distinto del que su autor les dio, para acomodarlas al estado de ánimo del oyente, que de ese modo evita el hastío o repugnancia que la letra del canto le produce, sin más peligro que el de incurrir en error de interpretación.

A la palabra de Dios, por el contrario, hay que guardarle el máximo respeto y evitar toda exégesis acomodaticia. Y estas son, a mi juicio, las razones que tienen los maestros de espíritu para preferir en el canto religioso las poesías al Alcorán.

7º.- Existe todavía una séptima razón que aduce para el mismo objeto Abu Nasr al-Sarráy de Tus. Dice así:
«El Alcorán es la palabra de Dios y atributo suyo, es, por lo tanto, la verdad divina, sobre la cual, por ser increada, carece de poder la naturaleza humana, cuyos atributos son creados. Si una minúscula partecilla de lo que esa palabra de Dios significa y del respeto que merece se revelase a los corazones humanos, quedarían henchidos de perplejidad y atónitos de aturdimiento.
En cambio, las gratas melodías del canto se acomodan perfectamente a la naturaleza del alma humana, si bien la relación que con ella guardan no es la de cosas necesarias para su vida, sino sólo la de gustos o satisfacciones superfinas. Dígase lo mismo de la poesía.

Por eso, cuando las melodías y los sonidos de la música se asocian con las alusiones y delicadas sutilezas de la letra de los versos, el conjunto resultante de esta armonía entre la letra y la música agrada más fácilmente y satisface mejor y más pronto el gusto superfino que en ambos elementos por separado encuentra el corazón.

Ya que los dos son cosas creadas y por lo tanto semejantes entre sí.
De modo que, mientras la humana naturaleza, con sus atributos propios y sus gustos superfinos, subsista en nosotros, encontraremos placer en los tonos emocionantes de la melodía musical y en los sones armoniosos.

Por eso, pues, la satisfacción sensible que experimentamos en los poemas cantados es mayor queja que nos produce la palabra de Dios, atributo suyo, que de El procede y a Él retoma.

De lo dicho resulta que a los corazones humanos, aunque ardan en amor de Dios, les ha de producir emoción más viva una canción nueva y rara, que la salmodia del Alcorán, porque el ritmo de la poesía se acomoda muy bien al gusto sensible de la naturaleza humana y cabalmente por tal adecuación, puede ésta componer versos.

En cambio, la composición literaria del Alcorán se sale de todas las normas y moldes del lenguaje humano, por ser un milagro de elocución que no cae dentro de la esfera de la actividad del hombre, con cuya naturaleza ninguna semejanza tiene.

NORMAS EXTERNAS E INTERNAS PARA LA AUDICIÓN DEL CANTO RELIGIOSO Y CRITERIO PARA DISCERNIR CUÁLES DE SUS EFECTOS EXTÁTICOS SON LAUDABLES O VITUPERABLES

Cinco son las reglas de conducta que deben observarse para escuchar el canto religioso.
Norma 1ª — Afecta esta norma primera al tiempo, al lugar y al auditorio del canto. Por lo que toca al tiempo, dicen los maestros de espíritu que el canto religioso será del todo inútil en ocasiones en que el corazón esté ocupado en cosas que le distraigan o turben, comiendo, discutiendo o haciendo la oración litúrgica, pues el espíritu no estaría entonces vacío y dispuesto a experimentar la emoción extática.

Por el mismo motivo hay que excluir todo lugar ocasionado a distracciones, las calles o vías frecuentadas y los lugares que, por su aspecto repulsivo, no se presten al recogimiento.

En cuanto a las personas, hay que evitar la compañía de gentes profanas o francamente hostiles al canto religioso, que, aun dando muestras externas de devoción, carezcan de las cualidades propias de un corazón delicado y sensible.

Su presencia, en efecto, sería molesta para los demás y les preocuparía. Dígase lo mismo si está presente a la sesión un orgulloso hombre de mundo, al cual hubiera que guardar consideraciones y atenciones, o un sufí que pretendiese extasiarse forzada e hipócritamente, simulando la emoción extática con los aparentes efectos del baile y del desgarramiento de la túnica.

Todo esto turba y disipa la atención y, por ello, faltando tales requisitos, vale más prescindir del canto religioso.

Norma 2º — Afecta ya esta segunda norma a los que están presentes, y consiste en que, si el maestro de espíritu [sayj]) advierte que entre los que le rodean hay novicios a quienes el canto religioso ha de perjudicar, no debe permitir que en presencia de ellos se ejecute, y, si por acaso hubiera de ejecutarse, deberá ocuparlos en otro ejercicio devoto.

El novicio a quien puede perjudicar el canto religioso pertenece a una de tres clases:
- 1ª Aquel que no ha llegado todavía más que a las prácticas externas del camino espiritual y que por eso carece de gusto para sentir el canto religioso.

A ese tal, ocuparlo en este ejercicio es ocuparlo en cosa que no le corresponde, puesto que no siendo por su profesión hombre mundano y dado a las diversiones, escucha, sin embargo, el canto religioso como una diversión, y, no siendo tampoco todavía de los místicos dotados de gusto para sentirlo espiritualmente, se recrearía tan sólo en su gusto sensible.

Ocúpese, pues, mejor en el rezo de letanías o en servir a los hermanos. De lo contrario, perderá el tiempo.
-2ª.- Aquel que está ya dotado de gusto espiritual para sentir el canto religioso, pero en quien queda todavía un resto de afición a los gustos superfinos y de inclinación a los apetitos sensuales y a las cualidades propias de la naturaleza humana, sin haberlas vencido aún tan por completo, que pueda estar seguro contra sus peligros.

A ese tal, es fácil que la audición del canto religioso le despierte y estimule el deseo de las diversiones superfinas y de satisfacer la sensualidad, con lo cual interrumpirá su marcha por el camino espiritual y lo alejará de la perfección.

—3º.- Aquel, en fin, que, habiendo logrado ya vencer las pasiones y estando seguro contra sus peligros, tiene además abiertos los ojos de su vista interior y el corazón dominado por el amor de Dios.

Pero que, esto no obstante, carece de sólida instrucción teológica e ignora lo que significan los nombres y atributos de Dios y lo que de El es lícito o imposible predicar. Ese tal, si se le abre la puerta del canto religioso, aplicará a Dios el sentido de su letra, tanto si es lícito como si no lo es, y el daño resultante de tamaños peligros, es decir, la impiedad, será mayor que el provecho que pudiera sacar del canto religioso.

chemlal
17/06/2011, 20:08
Norma 3º.- La norma tercera es que el oyente escuche lo que dice el cantor, con el corazón atento, sin volverse a uno y otro lado y guardándose bien de mirar a las caras de los demás oyentes para espiar en ellas los síntomas externos de su emoción extática.

Antes bien, debe ocuparse tan sólo en sí mismo, vigilando atento su propio corazón en espera de lo que Dios quiera revelarle de los tesoros de su misericordia en lo más secreto del alma.
Debe también evitar todo movimiento que pudiera turbar los corazones de sus compañeros, permanezca, pues, quieto, con reposo exterior, con las extremidades rígidas y reprimiendo la tos y el bostezo, sentado, con la cabeza baja, tal y como se sienta para la meditación, con el corazón entregado en ella, y absteniéndose de aplaudir, de bailar y, en general, de todo movimiento que denuncie afectación y que sea forzado o simulado.

Guarde, además, absoluto silencio, sin proferir, en medio del canto, palabra alguna que no le sea indispensable. Si el éxtasis le domina y por la intensidad de la emoción se mueve, sin que en ello la voluntad intervenga, es excusable y no merece censura; pero, así que recobre el uso del libre albedrío, deberá volver a su anterior actitud de quietud y reposo, sin empeñarse en prolongar el estado extático por respeto humano, esto es, por vergüenza de que los demás digan que su éxtasis ha cesado pronto, como tampoco debe forzar de propósito el éxtasis por temor de que digan de él que es de corazón duro, poco sensible y refractario a la ternura.

Se cuenta a este propósito que predicando Moisés a su pueblo, uno de los oyentes rasgó su túnica, y Dios le reveló entonces a Moisés:
«Dile: Hiende por Mí tu corazón; pero no rasgues tu vestido»

Pero quizá alguien diga: ¿Quién es más perfecto: aquel a quien el canto religioso no conmueve ni le produce impresión alguna que al exterior aparezca, o aquel a quien se la produce?

La falta de síntomas externos puede obedecer: unas veces, a que la influencia divina es poco intensa en el éxtasis, y ello implica imperfección.

Otras veces, a que, aun siendo intensa la emoción interna, no aparece al exterior, cabalmente porque el sujeto tiene bastante energía para reprimir el movimiento de los miembros, y ello implica perfección; otras veces, en fin, se debe a que la emoción extática va ya aneja e inseparablemente asociada a todos los estados de ánimo del sujeto, sin que el canto religioso le produzca más intensa influencia emocional, y ello implica ya la máxima perfección espiritual.

Porque es de advertir que el éxtasis, en la mayoría de los casos, no dura mucho tiempo, y por eso, cuando el éxtasis es permanente, se debe a que el sujeto vive ya en íntima unión con Dios que es la Verdad y su constante estado de contemplación, y por eso, no le alteran los estados sucesivos que le sobrevienen.

De modo que, según esto, la fuerza del éxtasis siempre mueve, más o menos; pero, a su vez, la fuerza reflexiva de la razón y de la inhibición puede reprimir los movimientos externos del sujeto.

A veces, una de estas dos fuerzas vence a la otra, ya porque aquélla sea más intensa, ya porque su opuesta sea más débil, y de ello resulta, según los casos, la perfección o la imperfección. Porque no hay que pensar que quien por la emoción extática cae convulso sobre el suelo tenga más perfecto éxtasis que quien permanece exteriormente tranquilo a pesar de la fuerte emoción sentida. Antes al revés, quizá lo sea más si éxtasis del que permanece inmóvil.

En los primeros tiempos de su vida devota, al-Yunayd se movía en las sesiones de canto religioso, y luego, más tarde, comenzó a no moverse.

Preguntárosle cuál fuese la causa de este cambio y respondió con este texto alcoránico:
«Tú ves los montes y crees que están firmes, pero ellos pasarán como pasan las nubes: obra es de Dios, que hace con perfección toda cosa.»(Qur´an 27:90)

Y dijo esto para dar a entender que el corazón, conmovido en el éxtasis, circula por el reino invisible de los cielos, mientras los miembros permanecen exteriormente inmóviles en actitud tranquila. Y Abu-l- Hasan Muhammad b. Ahmad dijo, estando en Basorá:

«Acompañé durante sesenta años a Sahl b. "Abd Agua y no vi que jamás se alterase al oír recitar cosa alguna de letanías o del Alcorán; pero, cuando llegó hacia el fin de su vida, recitó en su presencia un hombre el versículo que dice (LVII, 14):
«En ese día no se os admitirá ya rescate » (Qur´an 57:14), y lo vi turbarse de emoción y caer en tierra.

Cuando volvió en sí, le pregunté qué le había pasado, y dijo:
-«Sí, amigo mío, somos ya flacos.» Asimismo, oyó otra vez el versículo que dice (XXV, 28):
«El imperio en aquel día será de Dios el Misericordioso»(Qur´an 25:28)
- Se conmovió fuertemente. Uno de sus discípulos, Ibn Sálim le preguntó por la causa de su emoción y dijo:
-«Es que ya estoy débil.»
A lo cual le replicaron:
-«Pues si esto tenía ocurrido por debilidad, ¿en qué consiste la fuerza del estado extático?»
-«Consiste, respondió, en que, sean cualesquiera las influencias divinas que al sujeto le sobrevengan, las afronte y resista con energía tal, que, por fuertes que aquéllas sean, no alteren su estado.»

La causa de este poder de inhibición externa, a pesar de la intensidad de la emoción extática, reside, según dijimos, en la actitud ecuánime del sujeto, que en todos los momentos se halla en estado inalterable de contemplación. Así, se cuenta de Sahl que dijo:
«Mi estado de ánimo antes de la oración litúrgica y después de ella es uno solo y el mismo. »

Es decir, porque en todos los momentos vigilaba a su propio corazón y tenía presente el recuerdo de Dios. Y lo mismo que con la oración litúrgica le ocurría con el canto religioso: antes y después de él, su estado extático era constante y su sed de Dios tan continua como los sorbos con que la saciaba, sin que el canto religioso influyese para nada en intensificar su éxtasis.

Así, se cuenta de Mimsád al-Dinawarí que, al sorprender a un grupo de sufíes, en medio de los cuales estaba un cantor entonando su cántico, y observar que al verlo se callaban, les dijo:
«Seguid en lo que estabais, pues aunque se juntasen todos los instrumentos de música del mundo en mi oído, no distraerían mi preocupación ni curarían parcialmente siquiera lo que en mí existe.»

Quizá dirá alguien. Según eso, los místicos contemplativos, a quienes ninguna impresión les hace el canto religioso, no tienen por qué asistir a él.
Pero hay que tener en cuenta que algunos de ellos prescinden de este ejercicio en su vejez, y si alguna rara vez asisten es tan sólo para ayudar con su compañía a alguno de sus hermanos espirituales o para infundir alegría en su corazón.

Otras veces, lo hacen para mostrar a los hermanos la energía de inhibición de su espíritu, es decir, para que así conozcan que no está la perfección en el éxtasis externo, ya que por su actitud de inhibición pueden aprender cómo cabe reprimir sus síntomas exteriores, aunque ellos no sean capaces de imitarle espontáneamente al principio.

Otras veces, si por acaso los contemplativos asisten al canto religioso en compañía de oyentes profanos a la vida espiritual, están presentes, en efecto, con sus cuerpos, pero ausentes del todo con sus corazones, lo mismo que exactamente les ocurre en cualesquiera otras reuniones, fuera de las del canto religioso, en las que tratan y conversan con los mundanos para asuntos temporales imprescindibles.

De otros contemplativos, en cambio, se cree que, si abandonaron el canto religioso, obedeció cabalmente a que, en efecto, no les servía ya para nada.
Pero de otros consta que no eran contemplativos, sino simples ascetas que todavía no encontraban en el canto religioso provecho espiritual, y como, por otra parte, no eran ya de las gentes mundanas que buscan la diversión, se privaban del canto para no ocuparse en un ejercicio que no les convenía. Otros, en fin, si lo omitían, eran sencillamente por falta de hermanos, es decir, de oyentes y cantores dignos.

Norma 4ª — En cuarto lugar, el oyente no debe ponerse de pie ni levantar la voz con llanto, mientras pueda reprimirse.
Sin embargo, le será lícito danzar o esforzarse por llorar, siempre que con ello no se proponga simular hipócritamente el éxtasis.

Y la razón de esta excepción es porque el llanto forzado provoca la tristeza espiritual, así como la danza mueve el corazón a la alegría y a la vivacidad. Ahora bien, toda alegría lícita puede lícitamente ser provocada, y hasta si la alegría es, más que simplemente lícita, laudable, será también laudable la causa que la provoque.

No conviene, sin embargo, que habitualmente hagan esto las personas constituidas en dignidad o que ocupan altos cargos, ni los maestros a quienes se toma por modelo, y eso porque, como en la mayoría de los casos la danza se ejecuta por juego y diversión, conviene que eviten los maestros lo que a los ojos de la gente tiene apariencia de diversión y juego, pues perderían prestigio a los ojos del vulgo y dejarían de ser imitados como modelos.

Desgarrar el hábito en el éxtasis es inadmisible, salvo el caso en que el sujeto lo haga fuera de sí, es decir, sin libertad. Porque no es inverosímil que el éxtasis domine con tal fuerza al sujeto, que éste desgarre su hábito sin darse cuenta, ebrio de emoción, o bien, que se dé cuenta, pero no se pueda dominar y obre como forzado y a disgusto, de modo que si se mueve o desgarra el hábito es tan sólo para tomar aliento, pues a ello se ve obligado, como él enfermo que no puede menos de gemir por el dolor que siente y si se le quiere obligar a reprimirse no le es posible, aunque su gemido sea un acto libre.

chemlal
17/06/2011, 20:09
Porque no todo acto que procede de la voluntad puede el hombre evitarlo:
- La respiración, por ejemplo, es un acto voluntario, y, sin embargo, aunque el hombre se empeñe en retener el aliento durante una hora, se verá forzado en su interior a querer libremente respirar.

Pues lo mismo ocurre, a veces, con los gritos y el desgarramiento del hábito en el éxtasis, y por eso no cabe condenar tales actos como prohibidos. En presencia de al-Sari se hablaba, una vez, del éxtasis intenso y, al preguntarle a qué extremo podía llegar, dijo:
«Se le da al que lo sufre un tajo en la cara con una espada y no se entera.»

Replicaron los presentes, estimando inverosímil que pudiese llegar a tal extremo; pero él persistió en su idea sin rectificarla, pues tan sólo quiso decir que en algunos casos llega el éxtasis a ese extremo con ciertas personas.

Alguien preguntará: ¿Y qué decir de los sufíes que desgarran los hábitos nuevos, después de cesar el trance extático y una vez acabado el canto religioso? Porque acostumbran a despedazarlos en pequeños trozos que distribuyen luego entre los asistentes y a los que dan el nombre de harapos («jirqa»).

Tal costumbre es lícita, si se desgarra el hábito en trozos cuadrados que puedan servir para remendar con ellos los hábitos y las alfombras en que se hace la oración litúrgica.

También se rompe en trozos un trapo de algodón para remendar con ellos una camisa, y no se considera tal acción como despilfarro, ya que se desgarra para un fin útil. Pues lo mismo ha de decirse del remiendo del hábito, que no cabe hacerlo, sino con pequeños trozos de otro, desgarrándolo con ese fin.
También es un fin lícito el reparto de los trozos entre la comunidad, para que todos los presentes puedan utilizarlos con aquel objeto.
Todo el que posee una tela, tiene derecho a partirla en cien trozos y regalarlos a cien pobres, aunque conviene que los trozos sean útiles por su tamaño para remendar con ellos cualquier prenda.

De modo que lo que estimamos ilícito en el canto religioso es despedazar el hábito estropeándolo sin que sirva para otro fin, pues eso sí que sería un puro despilfarro inútil, absolutamente ilícito si se hace con plena deliberación.

Norma 5ª — Todos y cada uno de los asistentes al canto religioso deben seguir e imitar unánimes lo que haga cualquiera de ellos, si movido éste por la fuerza del éxtasis se pone de pie, siempre que el éxtasis sea sincero y no simulado o forzado.

Asimismo, cuando uno se pone de pie libremente, es decir, sin dar muestras externas de estar en éxtasis, y la comunidad entera se levanta, es también obligatorio imitarla y ponerse de pie, pues así lo exige la urbanidad social.

Dígase lo propio en el caso de que la comunidad observe la costumbre de quitarse el turbante, cuando al extasiado se le cae, o de despojarse del hábito, cuando aquél se despoja de él para destrozarlo.

La imitación de todos estos actos es obligatoria, como signo de la armonía unánime que debe reinar entre la comunidad, pues singularizarse es señal de incultura, y, como cada grupo social tiene sus normas peculiares de conducta, es indispensable acomodarse a las costumbres de los demás, sobre todo cuando éstas son buenas para la grata convivencia y mutua ayuda de los hombres.

Ni se diga que esa regla de urbanidad social es una innovación que en la época de los compañeros del Profeta era desconocida, pues no todas las prácticas lícitas consta que fueran usadas y conocidas en dicha época. Las innovaciones que deben evitarse son las que positivamente pugnan con alguna tradición auténtica del Profeta.

Y de esa regla de urbanidad no consta que fuese prohibida por el Profeta. Cierto que no fue jamás costumbre de los árabes el ponerse de pie cuando alguien entra en el aposento, y ni siquiera los compañeros del Profeta se levantaban para recibirlo en algunos casos; pero eso no obsta para que digamos que, mientras no conste positivamente que tal costumbre haya sido prohibida.

No vemos inconveniente en practicarla en aquellos países en que es corriente y habitual para honrar al que llega.

Porque éste y no otro es el fin de levantarse para recibir al que llega:
-Darle muestras de respeto, consideración y simpatía. A pesar de lo dicho, no deberá levantarse para acompañar en su danza a la comunidad aquel en quien sería mal visto que danzase y que perturbaría con ello el estado de ánimo de los demás, pues, si bien es lícito el danzar sin muestras externas de éxtasis, en cambio el que lo hace para extasiarse pone en evidencia, a los ojos de la comunidad, que lo hace de manera forzada.

Por el contrario, si se levantare para danzar movido de sincero éxtasis, los presentes no lo llevarían a mal.
De modo que los corazones de los que están presentes son en todo caso la piedra de toque para juzgar de la sinceridad o simulación de sus actos.
Pero quizá diga alguien:
- ¿Y qué pensar de la espontánea repugnancia que inspira la danza y por qué será que, de primera intención, la considera todo el mundo como una bagatela fútil, como cosa de juego y contraria a la religiosidad? Nadie, en efecto, que tome en serio la religión, verás que no la repruebe.

Sin embargo, nadie tomará la religión más en serio que el Profeta la tomó, y, eso no obstante, bien sabido es que vio danzar en la mezquita a los abisinios y no lo reprobó, porque era en tiempo a propósito para ello, es decir, en la pascua de ramadán, y los que danzaban eran abisinios, entre quienes era habitual la danza.

El rechazo espontáneo que la danza inspira, nace que en la mayoría de los casos se la ve aneja al juego y a la diversión. Ahora bien, la diversión y el juego son cosa lícita, pero sólo tratándose de gentes del bajo pueblo, etíopes y abisinios, o quienes sean de parecida condición.

En cambio, es reprobable, si se trata de personas de cierto rango, porque no va bien con su categoría; pero de que una cosa sea reprobable porque no va bien con la categoría de una persona, no es lícito inferir que sea ilícita siempre y por sí misma.

Si se le pide limosna a un hombre pobre y da un panecillo, su acto será acto de virtud y laudable; pero si se le pide a un rey y da también de limosna un panecillo o dos, todo el mundo lo estimará reprobable y hasta en las crónicas se hará constar por escrito como uno de los rasgos característicos de su conducta deshonrosa, que la posteridad y sus mismos partidarios referirán.

Sin embargo, no por esto será permitido afirmar que lo que hizo fue ilícito, pues en cuanto que dio gratuitamente pan al pobre, obró bien, aunque, atendido su alto rango social, obró como si le hubiera negado la limosna, cosa, en verdad, fea y reprobable. Pues lo mismo hay que decir de la danza y de otros actos lícitos semejantes.

Las cosas lícitas para el vulgo de las gentes son pecados para los justos y piadosos, así como, a su vez, las obras buenas de estos últimos son defectos respecto de los contemplativos que viven en la proximidad de Dios.

Pero esto ocurre, habida cuenta de las diferencias de rango entre unos y otros, pues, miradas las cosas en sí mismas, hay que juzgarlas como no ilícitas.

Del análisis que precede resulta en suma que el canto religioso es, unas veces, estrictamente prohibido, otras, lícito; otras, reprobable, aunque no ilícito, y otras, en fin, laudable: es del todo ilícito, para la mayoría de los hombres jóvenes o que están dominados por los apetitos mundanos, en quienes el canto no hace más que excitar y fomentar los deseos censurables que a sus corazones dominan; es reprobable, para quien, sin entender la letra de las canciones en sentido profano, es decir, aplicándolo a las cosas criadas, toma el canto religioso como ejercicio habitual y a todas horas, a manera de diversión y juego; es lícito, para quien no saca de él otro provecho que el deleite natural que la buena voz produce; es, en fin, laudable, para aquel en quien, dominado por el amor de Dios, la audición del canto no excita y pone en movimiento sino las cualidades laudables de su corazón.

chemlal
17/06/2011, 20:11
Siento mucho haberme extendido tanto, no he podido resumirlo más, porque todo es importante.

chemlal
29/11/2011, 14:41
Enlace de este documento:

http://es.scribd.com/doc/57081918/EL-CANTO-RELIGIOSO-SAMA%C2%B4A