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maite
24/05/2011, 10:06
La ciudad de Granada era, en 1492, la mayor, la mejor situada, la más productiva y la más culta de España

Andalusíes - 24/05/2011 8:03 - Autor: Daniel Eisenberg - Fuente: IPFW (http://users.ipfw.edu/jehle/deisenbe/Other_Hispanic_Topics/Cisneros_y_la_quema_de_los_manuscritos_granadinos. htm?TB_iframe=true&height=500&width=940)



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Bajorrelieve del altar mayor, Capilla Real de Granada: Bautismo de moros






Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía,
una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo.

Federico García Lorca




No es bien conocida la Granada que conquistaron Fernando e Isabel. Resulta difícil encontrar material sobre ella: en el Diccionario de historia de España de la Revista de Occidente ni hay un artículo sobre el Reino de Granada. Su verdadera historia ha sido ocultada con falsificaciones, como las del influyente Pérez de Hita. Para medir el alcance de la pérdida, tenemos que acudir a datos diversos y dispersos.


La ciudad de Granada era, en 1492, la mayor, la mejor situada, la más productiva y la más culta de España. Se ve hoy con mayor facilidad, acaso, en la arquitectura. ¡Qué contraste entre la Alhambra–el único sobreviviente de los muchos palacios granadinos–y la modesta residencia de los reyes castellanos, el Alcázar de Segovia! Mayor contraste todavía con el Palacio de Carlos V, para construir el cual se derrumbó una parte de la Alhambra: sin color, sin poesía en las paredes, sin agua, sin jardines. La verdadera antítesis de la Alhambra, el frío Escorial.


La Granada nazarí fue muy elogiada por los primeros visitantes cristianos después de su conquista. Según Jerónimo Münzer, en la Alhambra –de la cual no queda, ni por mucho, todos los edificios y revestimientos que él vio– "es todo tan magnífico, tan majestuoso, tan exquisitamente obrado, que ni el que lo contempla puede cerciorarse de que no está en un paraíso, ni a mí me sería posible hacer una relación exacta de cuanto vi…. No creo, en fin, que en Europa se halle nada semejante." Granada fue una ciudad refrescada y purificada constantemente por el rumor del agua limpia que corría por las escaleras, las calles, los jardines y las casas. Quedan todavía, a la vista de todos, unos restos de aquel sistema, celebrados por autores modernos, enamorados de su murmullo. De sus muros permanecen sólo unos inmensos, aislados y melancólicos arcos.


Granada fue la última representante de la gran civilización hispanoárabe. De la riqueza de su medicina "a la que aquella raza fue siempre y con gran provecho muy aficionada," según comenta Gómez de Castro infra, queda el testimonio de muchos códices, único campo de su sabiduría cuya sobrevivencia se facilitaba. La complejidad de los azulejos geométricos, inspiración del matemático y artista gráfico Escher, nos recuerda y documenta su riqueza matemática y filosófica. Elaboraban la seda y se vestían de ella, y exportaban delicados tejidos y frutos secos. Se jactaban de tener la lengua más hermosa del mundo, y el secretario del rey tenía que ser también un calígrafo. Las cartas diplomáticas se redactaban en verso, y los manuscritos se escribían con tintas de variados colores. Un manuscrito elaborado sólo en negro sería plebeyo y despreciable. Los títulos de las obras que sobreviven son poéticos: El collar de la paloma, un manual de amor; El perfume del jardín (Naf.h al-.T-ib), una historia; Las banderas de los campeones, una antología poética. La enciclopedia granadina de Ibn al-Kha.t-ib, incomprensiblemente sin traducir hasta la fecha, se titula El círculo (I.h-a.ta), es decir, lo que incluye todo. Su abreviación, El centro del círculo.


Lo que no tenían los granadinos eran las fuerzas militares para defenderse de los ataques cristianos, y fue por esta falta, y no por intrigas palaciegas, que Granada fue sangrada por tributos hasta su extenuación y caída final. Para los refugiados en África del Norte fue y es todavía el paraíso perdido. García Gómez la llamó "la última y sabrosísima gota del Islam español." Tan poco ortodoxa era su civilización hedonista, tan dada al consumo del prohibido vino que la Alhambra tiene una Puerta del Vino para su entrada. "Su meta en la vida," dijo María Soledad Carrasco, "era dar belleza a cada objeto, y gozo a cada hora." La opinión del granadino Federico García Lorca de la conquista de Granada fue la siguiente:


"Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo."


No me parece forzar los hechos el atribuir nuestro deficiente conocimiento de la civilización granadina, y los frecuentes comentarios sobre su supuesta decadencia, al gran estrago de sus manuscritos por Cisneros. Fue el vencimiento definitivo, para que no quedara ni el recuerdo de lo que había sido. Claro que ha habido otras quemas de manuscritos en la historia del mundo. La gran mentira de la historia popular magrebí es el atribuir la caída de al-Andalus solamente a los ataques cristianos, e ignorar cómo el califato, y en especial sus bibliotecas y su cultura, fueron destruidos por los puritanos almohades, venidos del sur. Pero no conozco ejemplo de parte de gente más culta. Tampoco he encontrado otro ejemplo de hoguera de manuscritos no sólo importantes por su contenido, sino por su valor estético e incluso material. El acto, celebrado no en 1492 sino a raíz de la prohibición del Islam en 1499-1500, simboliza el fin de la civilización hispano-árabe y el de la Reconquista mucho mejor que la entrega de la ciudad a Fernando e Isabel. Fue Cisneros quien comenzó el proceso que llevaría, un siglo después, al destierro de los moriscos.


La quema, controvertida desde el mismo acto de perpetrarla según las fuentes indican, está bien documentada. La descripción más antigua, inédita hasta 1913, es la del notario e íntimo de Cisneros, Juan de Vallejo:


Para desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta, les mandó a los dichos alfaquís tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes, entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos; en que había entre ellos infinitos que las encuadernaciones que tenían de plata y otras cosas moriscas, puestas en ellos, valían 8 y 10 ducados, y otros de allí abajo. Y aunque algunos hacían mancilla para los tomar y aprovecharse de los pergaminos y papel y encuadernaciones, su señoría reverendísima mandó expresamente que no se tomase ni ninguno lo hiciese. Y así se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, excepto los libros de medicina, que había muchos y se hallaron, que éstos mandó que se quedasen; de los cuales su señoría mandó traer bien 30 ó 40 volúmenes de libros, y están hoy en día puestos en la librería de su insigne colegio y universidad de Alcalá, y otros muchos añafiles y trompeticas que están en la su iglesia de San Ildefonso, puestos, en memoria, donde su señoría reverendísima está sepultado.

maite
24/05/2011, 10:09
Con la obra inconclusa de Vallejo a mano, Álvar Gómez de Castro, discípulo de Cisneros, acabó la primera biografía del arzobispo. Ofrece algunos detalles nuevos:

Alegre por el éxito Jiménez y estimando que debía aprovecharse una ocasión tan favorable, y extirpar radicalmente de sus almas todo el error mahometano, no se detenía ante el parecer de quienes juzgaban más prudente ir quitando poco a poco una costumbre inveterada; pues pensaba que este método era aplicable en asuntos de poca importancia, y en los que no se ventile la salvación de las almas. Así que, con facilidad, sin dar un decreto y sin coacción, logró que los Alfaquíes, dispuestos en aquella época a hacer todo tipo de favores, sacasen a la calle los ejemplares del Corán, es decir, el libro más importante de su superstición, y todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen. Se reunieron cerca de cinco mil volúmenes, adornados con los palos de enrollar; los cuales eran también de plata y oro, sin contar su admirable labor artística. Estos volúmenes cautivaban ojos y ánimos de los espectadores. Pidieron a Jiménez que les regalase muchos de ellos; pero a nadie se le concedió nada. En una hoguera pública fueron quemados todos los volúmenes juntos, a excepción de algunos libros de Medicina, a la que aquella raza fue siempre y con gran provecho muy aficionada. Tales libros, librados de la quema por el mérito de arte tan saludable, se conservan actualmente en la Biblioteca de Alcalá. Hasta este momento había marchado realmente sobre ruedas el programa de nuestro Obispo.

Otros añadieron después otros datos, aprovechando muy posiblemente fuentes hoy perdidas. El biógrafo Alcolea, por ejemplo, especifica que algunas encuadernaciones estaban adornadas con perlas. Todavía otros intepretan las palabras de Vallejo y Gómez de Castro, señalando las características artísticas de estos manuscritos que cautivaron ojos y ánimos: "códices con deliciosas iluminaciones… hojas perfumadas." Ensalzadores de Cisneros (protagonista en el siglo XVII, como la reina Isabel en el XX, de una fracasada campaña de canonización) han aumentado imaginativamente el número de manuscritos quemados a figuras imposibles, pero bastan los "cuatro o cinco mil," cantidad, dicho sea de paso, imposible de reunir en ninguna ciudad castellana. Nadie ha negado que se quemó un mínimo de 4.000 códices y rollos, grandes y pequeños, que cautivaron los ojos y ánimos de los espectadores.


Sobre el contenido de la hoguera estamos en terreno más difícil. Naturalmente se quemaron Coranes y obras religiosas, una terrible ofensa a los musulmanes. Pero no sólo destruyó Cisneros Coranes, algunos valiosos artísticamente, sino también "todos los otros libros particulares," "todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen." No es difícil entender cómo la poesía, que habría incluido poesía mística (sufí), se quemara por considerarse parte de la impiedad mahometana.



Tampoco se salvarían las obras históricas, siendo los reyes, en la civilización musulmana, figuras religiosas y representantes de Allah. La andaluza fue una civilización escritora y lectora, conocida entusiasta de la poesía y de las memorias e historias. Consta la excelencia de la cultura granadina hasta casi el momento de la conquista. La desaparición casi total de su literatura del siglo XV sugiere que contribuyó generosamente a la hoguera. Los libros que Cisneros no quemó –los de medicina– son los que están relativamente bien conservados.


Cisneros, por otra parte el mismo que impuso en España después de siglos de resistencia el nefasto celibato clerical, es por ende uno de los más grandes criminales de la cultura española. Lo que hizo, no lo hicieron los moros con los manuscritos visigodos en Sevilla. No lo hicieron tras sus conquistas de Toledo y Sevilla ni Alfonso VI ni Fernando III.


Cervantes nunca se atrevió a describir, en ninguno de los muchos viajes de sus personajes, la ciudad de Granada. Pero es posible que aluda a esta quema en la de los manuscritos de Grisóstomo: el destruirlos fue, según Vivaldo, "fuera de todo razonable discurso." Al menos podrían servir "de ejemplo, en los tiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos" (Don Quijote, I, 13).


A esto–conservar los manuscritos granadinos como mal ejemplo–Cisneros no se arriesgaría. Se hubiera sentido tan inseguro, que la mera existencia de los manuscritos le habría amenazado. No vaciló en recurrir a la fuerza y a la tortura para estimular la conversión. Pero aun valiéndose de tales medidas, la evangelización que quería hacer entre los granadinos, existiendo dichos manuscritos, sería o muy difícil, o imposible del todo.


Rematando la tragedia, el acto de Cisneros serviría de inspiración para otro acto mayor de debilidad. Me refiero a la quema de los libros mayas por Fray Diego de Landa, también franciscano, quien comenzara su carrera eclesiástica en el convento de Cisneros, el de San Juan de los Reyes en Toledo. Para facilitar o hacer posible la conversión de los mayas, siguió el ejemplo del arzobispo de Toledo. En sus propias palabras:


"Usaba también esta gente de ciertos caracteres o letras con las cuales escribían en sus libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con estas figuras y algunas señales de las mismas, entendían sus cosas y las daban a entender y enseñaban. Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosas en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena."


Con aquellos libros desaparecieron para siempre fuentes básicas de la historia y de la cultura de su civilización, la más escritora de la América precolombina.


Para acabar esta discusión del influyentísimo Cisneros, celebrado como erasmista y como protector de religiosas, Jeremy Lawrance ha señalado recientemente cómo rechazó, en la preparación de su Biblia políglota complutense, las contribuciones del filólogo Nebrija. Aunque no podemos saberlo directamente, los datos externos sugieren que fue también el intolerante e impaciente Cisneros, confesor y consejero de la reina a partir de 1492, quien le recomendó el todavía elogiado destierro de los judíos. La decisión fue una sorpresa, según todas las fuentes, pues hasta entonces las relaciones entre Fernando e Isabel y los judíos habían sido relativamente amistosas.


La más importante de las fuentes antiguas, el ya citado Memorial de Juan de Vallejo, confuso de cronología en varias ocasiones, atribuye a Cisneros el nombramiento de Torquemada como Inquisidor. Con todo, señala con orgullo el influjo de Cisneros sobre Isabel en el asunto:


"Consejándole siempre a la serenísima reina doña Isabel, nuestra señora, de gloriosa memoria, la salud de su ánima y bien y pro de sus reinos, viendo cuán arraigada estaba la herejía en estos sus reinos, y cuán pocos verdaderos cristianos había, y que la ley judaica siempre prevalecía, el benditísimo padre provincial, como verdadero padre y siervo de Dios, aconsejó a su alteza que hiciese inquisidor general al muy reverendo y devoto padre el prior de Santa Cruz, del monasterio de la ciudad de Segovia, de la orden de Santo Domingo, persona muy santa, doctísima en estos reinos, y de gran autoridad y religión, que vivía en su tiempo. Y se echaron entonces todos los judíos destos reinos de Castilla; y desde aquel tiempo anda la santa Inquisición hasta agora, y está ya casi toda España limpia desta ley y herética pravedad por el buen consejo de aquel santo varón y por su causa a servicio de Nuestro Señor Dios" (pp. 8-9).


Lo que señala confusamente Vallejo está confirmado por la exacta coincidencia del nombramiento de Cisneros como confesor y el edicto de destierro. El confesor anterior, el tolerante y paciente Talavera, nada entusiasta del mesianismo franciscano y colombino por más señas, fue reemplazado por Cisneros en 1492. De una carta de Pedro Mártir del 11 de marzo sabemos que Talavera había sido designado para el arzobispado de Granada. El 5 de abril Mártir contesta a otra que le informa del nombramiento de Cisneros para desempeñar el cargo dejado por aquél. El edicto de destierro lleva la fecha del 31 de marzo.


Me entristece y duele ser quien, al analizar estos hechos trágicos, tacha a un supuesto héroe de criminal cultural. Pero el hacerlo puede llevar –así espero– a una paz más amplia, a cicatrizar una herida que, tapada, sólo se pudre. La justicia y la honradez también lo requieren. No se me va de la cabeza la imagen de las bellas hojas sahumadas convertidas en humo.


Recuerdo y sigo el ejemplo del heroico Giner de los Ríos, a quien cito por el conducto de mi maestro Juan López-Morillas:


"Una historiografía rigurosa debe… servir de base a la ejemplaridad de la historia, a la lección implícita en ella, que es, por de contado, prescriptiva, terapéutica, pues no cabe duda de que Giner, asqueado por la mitografa de la `España grande,' hace mayor hincapié en los vicios que en las virtudes de la casta hispánica. Ni que decir tiene que quien a ello se aplique sabrá que emprende una labor ingrata; pero es una labor insoslayable si se quiere acabar con `el imperio de la leyenda en nuestra historia.'"


Publicado en Journal of Hispanic Philology, 16, 1992 [1993], 107-124. Copyright © Daniel Eisenberg, 1993 and 1998.
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