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Ver la Versión Completa : Elementos comunes al fenómeno religioso universal



Unidad
25/07/2009, 14:44
Copio y pego un texto (extracto) de un sacerdote católico, J.M. Descalzo, sobre los elementos básicos (y comunes) al fenómeno religioso universal. Naturalmente no representa la opinión oficial de la Iglesia, aunque ésta ya en el Concilio Vaticano II reconoce que la Verdad puede estar presente en otras religiones aunque la Verdad “completa” sólo admiten que pueda encontrarse en el seno de la ICAR.

De todas formas a mí el texto me parece que no tiene desperdicio:

Todas las formas de religión coinciden en remitir al hombre a una realidad superior a él mismo que puede ser representado bajo las formas más variadas. En las formas elementales de vida religiosa puede aparecer como un supra y un prius (U. Bianchi), algo anterior y superior al hombre, con el que este entra en relación o en contacto. Numerosas religiones se lo representan bajo una forma teísta, que puede concretarse como dualismo, politeísmo o monoteísmo. Otras tradiciones religiosas configuran esa realidad superior en términos monistas, que dan lugar a representaciones enteramente originales de su relación con el hombre y su mundo. En algunas religiones, entre las cuales se encuentra el budismo originario, el hombre se vive aspirado por ese más allá de sí mismo y de todo lo real —incluidos los dioses— de lo que es incapaz de ofrecer otra representación que el vacío y el silencio absoluto. Para referirme a esa realidad, a ese prius y ese supra en relación con el hombre, que determina la aparición de todo lo que tiene que ver con la religión, propongo la categoría de Misterio, dándole un contenido significativo, que, a mi entender, le hace aplicable a las casi incontables configuraciones que presentan las diferentes religiones. Tal contenido significativo, comprende los siguientes rasgos esenciales.

a. En primer lugar, su absoluta trascendencia en relación con el hombre, su vida y su mundo. A esa trascendencia se refieren las religiones con las imágenes de la otredad: «Totalmente otro», su inaccesibilidad: «Altísimo»; la invisibilidad: «Tú eres un Dios escondido»; la radical y absoluta diferencia: «Distinto de lo conocido y de lo desconocido»; la incognoscibilidad: «Super incognoscible»; la inefabilidad: de él solo se puede decir: «No es así, no es así»; su condición de voluntad que se impone al hombre de manera incondicional; su superioridad absoluta: superior summo meo. Pero más allá de las imágenes, el sujeto religioso vive la trascendencia del misterio en el hecho de que sólo puede entrar en contacto con él trascendiéndose, yendo más allá de sí mismo y experimentando en su presencia los sentimientos de sobrecogimiento —mysterium tremendum—, de anonadamiento y de indignidad radical, que le lleva a sentirse pecador ante su santidad absoluta.

b. Junto a este primer rasgo, y como primera manifestación de la coincidentia oppositorum (Nicolás de Cusa) que es el Misterio para el hombre, el Misterio comprende también su más perfecta inmanencia en el hombre, su vida y su mundo. De este segundo rasgo ofrecen las tradiciones religiosas las más variadas imágenes y representaciones. La imagen de la cercanía: Alláh es más próximo al hombre que su propia yugular; la de la intimidad: «Interior intimo meo» (san Agustín); la del origen del que surge la vida: «Tus manos tejían mis entrañas»; incluso la de la identidad en el interior de la trascendencia: «Tú eres eso»; «el atman es el brahman»; «el centro del alma es Dios» (san Juan de la Cruz); la de su presencia constante, que envuelve la vida toda y acompaña todas sus vicisitudes. No es difícil mostrar que sólo una mirada superficial verá como contradictorios estos dos rasgos que el sujeto religioso atribuye al Misterio. Sólo lo absolutamente trascendente puede ser inmanente de forma absoluta, o, como sugiere Nicolás de Cusa, sólo lo totalmente otro puede ser al mismo tiempo non aliud, no otro.

c. El tercer rasgo esencial del Misterio es su condición de sujeto activo, su ser en el hombre ocurre bajo la forma de la presencia, del darse a conocer y del dar de ser, atrayendo hacia sí, reclamando la respuesta, tomando la iniciativa de la relación o, como dirán después algunas religiones, revelándose al sujeto. Pascal resumió un tema presente en mil formas en distintas religiones, cuando atribuyó a Dios: «No me buscaríais si no me hubieseis encontrado». Entendido el Misterio como una categoría para la interpretación del polo objetivo de la relación religiosa, se comprende que no se realice de forma idéntica en todas las religiones. Pero el estudio de las religiones muestra que figuras tan diferentes como el tao chino, el brahman hindú de las Upanishads, el nirvana del budismo, los diferentes nombres para Dios de los monoteísmos proféticos, ilustran con suficiente claridad la presencia en todas esas figuras de los rasgos a que acabamos de hacer referencia como característicos del Misterio. La realidad del Misterio especifica la relación que el hombre religioso establece con él. También ella aparece configurada en las diferentes religiones en formas notablemente diferentes, de acuerdo con el sistema religioso en que se inscriben, y con las condiciones históricas, sociales y culturales en que ese sistema ha surgido. Pero la comparación atenta de todas esas formas permite descubrir, por debajo de todas ellas, una estructura común que cada una de ellas realiza de una forma peculiar.

En correspondencia con la absoluta 'trascendencia del Misterio, la actitud religiosa comporta el total trascendimiento de sí mismo, la salida más allá de los objetos naturales, de sus diferentes facultades, por parte del sujeto religioso. El sujeto humano, centro de relación con los objetos mundanos, todos ellos ordenados a sus capacidades de conocimiento, explicación, manipulación y disfrute, necesita, para entrar en relación con lo supremo y absolutamente trascendente, descentrarse literalmente y aceptar esa realidad como centro de su propia vida. La condición de extática de esta nueva actitud, impone una nueva forma de ejercicio de todas las facultades humanas. Así, la razón, en relación con el Misterio, actúa no explicando, comprendiendo, sino dejándose iluminar por él y aceptándolo; la voluntad no interviene dominando esa realidad, sino haciéndose disponible a ella y acogiéndola; la libertad, en relación con el misterio, no consistirá en disponer de él, sino en consentir a su presencia. A través de esta actitud, el sujeto inaugura una nueva forma de realización de sí mismo, que no consiste en existir por sí y desde sí mismo, sino desde la disposición a entregarse y acoger. Tal exigencia del Misterio sobre la realización de la existencia no comporta, sin embargo, la aniquilación del sujeto o su sometimiento a ninguna forma de heteronomía. Debido a la apertura radical del ser humano al infinito, el consentimiento a este más allá radical de sí mismo, es la condición de su realización plena. Por eso, los sujetos religiosos viven su radical trascendimiento como condición para la salvación, es decir, para la plena realización de sí mismo, como fruto, no de su propio esfuerzo, sino de la donación o la gracia del misterio.

La atención a las formas más perfectas de realización de la actitud religiosa descubre la más perfecta coherencia y convergencia de todas ellas, en torno a esos dos rasgos esenciales. Aludamos, como verificación de este enunciado, a la actitud teologal cristiana, al islam, es decir, el sometimiento incondicional de sí mismo, de los musulmanes, a la fidelidad obediente del judaísmo, a la bhakti o devotio, es decir, la entrega confiada de sí mismo, propia de toda una corriente del hinduismo, y el mismo nirvana budista. La actitud religiosa es vivenciada, en las diferentes religiones, en las múltiples y variadas formas de experiencia religiosa que encarnan, en las condiciones subjetivas, sociales y culturales, el reconocimiento del Misterio, vívido en la actitud religiosa fundamental. Todas estas formas variadas de experiencias religiosas, coinciden en concernir y afectar al sujeto como totalidad; ser vividas al mismo tiempo como oscuras y sumamente ciertas: «Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche» (san Juan de la Cruz); repercutir de forma muy viva sobre las facultades humanas, y originar sentimientos intensos de paz, sosiego, sobrecogimiento, maravillamiento, fascinación.

Salam

cynara
29/07/2009, 01:32
Inmanencia y trascendencia, que se puede agregar a un texto de José Luis Martín Descalzo?
Gracias unidad.

Salams

Unidad
29/07/2009, 11:34
Gracias Cynara, creo que somos de la misma opinión, de que todos adoramos al mismo Dios. Aunque esto sea motivo de escándalo para algunos.

Salams

Rayham
29/07/2009, 13:14
Al final , Cynara te vas a diluir en la nada , porque todo es nada ; de eso, no se habla : panteismo.