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maribel
06/02/2009, 14:26
As-salamu alaykum w rahmatullah w barakatuh,

Quería compartir con vosotros el fragmento de un libro que estoy leyendo, espero que os guste.

El descubrimiento todavía revolucionario del budismo es que la vida y la muerte están en la mente, y en ningún otro lugar. La mente se revela como base universal de la experiencia; creadora de la felicidad y creadora del sufrimiento, creadora de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte.

La mente tiene numerosos aspectos, pero hay dos que destacan. El primero es la mente ordinaria, la que los tibetanos llaman sem. Un maestro la define así: "Aquello que posee conciencia diferenciadora, aquello que posee un sentido de la dualidad, es decir, que aferra o rechaza algo externo, eso es la mente. Fundamentalmente, es aquello que podemos asociar con un "otro", con cualquier "algo" que se percibe como distinto del perceptor". Sem es la mente dualista, discursiva y pensante, que sólo puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior proyectado y falsamente percibido.

Así pues, sem es la mente que piensa, hace planes, desea y manipula, que monta en cólera, que crea oleadas de emociones y pensamientos negativos por los que se deja llevar, que debe seguir siempre proclamando, corroborando y confirmanco su "existencia" mediante la fragmentación, conceptuación y solidificación de la experiencia. La mente ordinaria es la presa incesantemente cambiante e incambiable de las influencias exteriores, las tendencias habituales y el condicionamiento: los maestros comparan a sem con la llama de una vela en un portal abierto, vulnerable a todos los vientos de la circunstancia.

Desde cierto punto de vista, sem es parpadeante, inestable y ávida, siempre entrometida en asuntos ajenos; su energía se consume en la proyección hacia fuera. A veces me la imagino como un frijol saltador mexicano o como un mono encaramado a un árbol que brinca incansable de rama en rama. Sin embargo, vista desde otro ángulo, la mente ordinaria posee una estabilidad falsa y desanimada, una inercia autoprotectora y pagada de sí, una calma pétrea hecha de hábitos arraigados. Sem es tan taimada como un político corrompido, escéptica y desconfiada, ducha en astucias y trapacerías, "ingeniosa en los juegos de engaño", como escribiera Jamyang Khyentse. Es dentro de la experiencia de esta sem caótica, confusa, indisciplinada y repetitiva, esta mente ordinaria, donde una y otra vez sufrimos el cambio y la muerte.

Luego está la naturaleza misma de la mente, su esencia más íntima, que es siempre y absolutamente inmune al cambio y a la muerte. Ahora se halla oculta dentro de nuestra propia mente, nuestra sem, envuelta y velada por el rápido discurrir de nuestros pensamientos y emociones. Pero, del mismo modo en que un fuerte golpe de viento puede dispersar las nubes y revelar el sol resplandeciente y el cielo anchuroso, también alguna inspiración puede descubrirnos visiones relámpagos de esta naturaleza de la mente. Estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades, pero todos proporcionan alguna luz de comprensión, significado y libertad. Ello es así porque la naturaleza de la mente es de por sí la propia raíz de la comprensión. En tibetano la llamamos Rigpa, una conciencia primordial, pura y prístina que es al mismo tiempo inteligente, cognoscitiva, radiante y siempre despierta. Se podría decir que es el conocimiento del propio conocimiento.

No hay que caer en el error de suponer que la naturaleza de la mente es exclusiva de nuestra mente sólo. De hecho, es la naturaleza de todo. Nunca puede subrayarse demasiado que conocer la naturaleza de la mente es conocer la naturaleza de todas las cosas.

A lo largo de la historia, los santos y los místicos han adornado sus percepciones con distintos nombres y le han conferido distintos rostros e interpretaciones, pero lo que experimentan fundamentalmente todos ellos es la naturaleza esencial de la mente. Los cristianos y los judíos la llaman "Dios"; los hindúes la llaman "el Yo", "Shiva", "Brahman" y "Vishnú"; los místicos sufíes la llaman "la Esencia Oculta", y los budistas la llaman "la naturaleza de buda". En el corazón de todas las religiones se halla la certidumbre de que existe una verdad fundamental, y que esta vida constituye una oportunidad sagrada para evolucionar y conocerla.

Cunado decimos Buda, pensamos naturalmente en el príncipe indio Gautama Siddharta, que alcanzó la Iluminación en el siglo VI a.C. y que enseñó el camino espiritual que siguen millones de personas en toda Asiay que hoy se llama budismo. Buda, no obstante, tiene un significado mucho más profundo: se refiere a una persona, cualquier persona, que ha despertado completamente de la ignorancia y se ha abierto a su vasto potencial de sabiduría. Un buda es una persona que ha puesto un difinitivo final al sufrimiento y la frustración y ha descubierto una paz y una felicidad duraderas e inmortales.

Sin embargo, para muchos de los que vivimos en esta época de escepticismo, este estado puede parecer una fantasía o un sueño, o tal vez una hazaña absolutamente fuera de nuestro alcance. Es importante recordar siempre que Buda fue un ser humano como usted y como yo. Nunca se proclamó divino; simplemente descubrió que poseía la naturaleza de buda, la semilla de la Iluminación, y que todos los demás también la poseían. La naturaleza de buda es un derecho natural de todos los seres conscientes y, como suelo decir siempre, "nuestra naturaleza de buda es tan buena como la naturaleza de buda de cualquier buda". Esta es la buena nueva que Buda nos trajo de su Iluminación en Bodhgaya, y que tan inspiradora es para muchos. Su mensaje, que la Iluminación está al alcance de todos, nos aporta una enorme esperanza. Por medio de la práctica, también nosotros podemos llegar a ser iluminados. Si esto no fuera cierto, las innumerables personas que hasta ahora han alcanzado la Iluminación no lo habrían conseguido.

Se dice que cunado Buda alcanzó la Iluminación, lo único que deseaba hacer era mostrarnos a los demás la naturaleza de la mente y participarnos completamente lo que había conocido. Pero también vió, con el pesar de una infinita compasión, lo difícil que nos sería llegar a entenderlo.

Aunque todos tenemos la misma naturaleza interior que Buda, no nos damos cuenta de ello porque está encerrada y envuelta en nuestra mente individual ordinaria. Imaginemos un jarro vacío. El espacio interior es exactamente el mismo que el espacio exterior. Sólo sus frágiles paredes separan el uno del otro. Nuestra mente de buda está encerrada entre las paredes de nuestra mente ordinaria. Pero cunado nos volvemos iluminados es como si el jarro se rompiera en mil pedazos. El espacio "de dentro" se funde instantáneamente con el espacio "de fuera". Se convierten en uno, y en ese mismo instante nos damos cuenta de que nunca fueron distintos ni independientes el uno del otro; siempre fueron lo mismo.

El libro tibetano de la vida y la muerte, Sogyal Rimpoché

Salam