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maria
21/09/2012, 09:43
La crisis de la Unión Europea es de tal magnitud que puede llegar a poner fin a este experimento de integración neoliberal y capitalista y arrastrar consigo al euro, su símbolo monetario emblemático. La realización de los juegos olímpicos, con todo lo que suponen como derroche, opulencia y culto al consumismo y la mercantilización del cuerpo, ha posibilitado desviar la atención, por dos breves semanas, de la crisis europea, pero no ha podido detenerla, como es apenas obvio. Por lo general, esta crisis suele ser analizada desde el ámbito financiero, pero poco se recalcan en sus efectos sociales y la situación de los trabajadores.
1. Ciclos neoliberales

Un término adecuado para analizar la crisis actual es el de ciclos neoliberales. Tal denominación apunta a señalar que, desde su aplicación inicial en Chile en 1973 hasta la actualidad, se han impuesto las políticas neoliberales de ajuste estructural en todo el mundo de manera sucesiva, desde América Latina, pasando por África, Europa Oriental, parte de Asia, hasta llegar ahora al propio corazón de Europa. Lo que hoy acontece en el viejo continente puede interpretarse como el último ciclo neoliberal, en donde se está aplicando a rajatabla el ajuste y se implementa el capitalismo del desastre, que el resto del mundo ha experimentado en los últimos 30 años.

Esto en sí mismo no tiene nada de sorprendente, porque el neoliberalismo se ha convertido en la lógica dominante en el capitalismo contemporáneo. Lo sorprendente estriba en que la mayor parte de los europeos, incluyendo a los sindicatos, los partidos de una izquierda cada vez más light, la socialdemocracia y los intelectuales, hayan creído que Europa era una fortaleza de bienestar, inexpugnable al capitalismo salvaje de nuestros días, y que podía seguir manteniendo, en medio de las políticas neoliberales, los logros sociales de la época del Estado Social. Esto se ha mostrado como una vana ilusión, que se derrumba de manera estrepitosa, recordándonos que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, la célebre máxima del Manifiesto Comunista.

Tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991), el capitalismo impuso la falaz idea de que, eliminado el oso comunista, se podría efectuar, sin enemigos a la vista, la integración del mercado europeo y que, además, esto iba a extender el Estado de Bienestar en todos los países que se integraran a la Unión, incluyendo a aquellos que formaban parte del Pacto de Varsovia y de la órbita de influencia de la antigua URSS. En la perspectiva actual, queda claro que eso fue un embuste, el cual fue asumido en Europa hasta por los trabajadores, los sindicatos y lo poco que quedaba de izquierda, la cual en su gran mayoría abjuró de cualquier proyecto anticapitalista para abrazar sin condiciones y sin rubor el capitalismo realmente existente, cuyo crecimiento se ha basado, como siempre, en la explotación de los seres humanos en las viejas y nuevas periferias.

Lo terrible del caso es que la efímera prosperidad de la Unión Europea de derroche y opulencia, que no ha durado ni 20 años, pese a que se prometía que iba a ser eterna, se sustenta en la explotación de los trabajadores del mundo periférico, empezando por los de China, y en el saqueo de los bienes comunes (recursos naturales, minerales, biodiversidad) del sur y del este del planeta. El confort que disfruta una parte cada vez más reducida de la población europea es posible por el despojo a que es sometida otra parte del mundo, pero eso también se ha agotado y ahora la explotación intensiva de los seres humanos regresa a casa, es decir, a Europa misma.
2. Explotación intensiva de trabajadores europeos

Va quedando claro que el objetivo final de la Unión Europea desde un principio consistió en adormecer a los trabajadores con el consumo ostentoso y la mercantilización generalizada, para implantar a vasta escala la flexibilización laboral. En otras palabras, lo que se buscaba era imponer las condiciones de trabajo que caracterizan al capitalismo maquilero, en donde no existen límites, ni sociales ni políticos, para la superexplotación de los trabajadores. Por supuesto, esto no se ha impuesto de un día para otro, ni ha sido simétrico en todos los territorios que hoy forman parte de la Unión Europea, porque en algunos de ellos, sobre todo los de Europa oriental, eso se dio después de 1989. En otros países, como Francia e Italia, se ha ido abonando el terreno en la dirección de abaratar costos laborales, mediante la eliminación progresiva de conquistas sociales relacionadas con salarios, seguridad social y pensiones.

Lo que está sucediendo ahora es de otra magnitud, porque la crisis capitalista ha creado las condiciones para imponer de una vez por todas, a lo latinoamericano, el ajuste estructural, con el fin de “normalizar” a Europa, por lo que debe entenderse la imposición antidemocrática y brutal de la flexibilización laboral y todo lo que la acompaña en términos de privatización y mercantilización. No otra cosa es lo que está pasando en Grecia, España, Italia, Irlanda y viene camino en Francia y en otros países. Porque, además de todo, la crisis del capitalismo y del sector financiero la están pagando los trabajadores, que así están perdiendo también lo poco que quedaba del añorado Estado de Bienestar, donde éste había existido alguna vez.

Eso se muestra con la reducción de la clase media, el aumento del desempleo –que alcanza en España la “envidiable” cifra del 24 por ciento-, la precarización laboral, el aumento de los suicidios, el incremento de la edad de jubilación, la reducción de la seguridad social, la mercantilización de la educación, vía Plan Bologna, la persecución de los inmigrantes y la salida masiva de jóvenes, que forman parte de un nuevo tipo de expatriados del mundo actual, que podemos empezar a denominar como nordacas.

En términos laborales y sociales, en Europa se está agonizando lo poco que quedaba de Estado de Bienestar y se ha hecho añicos la pretensión socialdemócrata de que era posible, luego de la desaparición de la URSS, construir un capitalismo con “rostro humano”. La verdadera cara del capitalismo, con su cortejo de miseria, injusticia, desigualdad, que se sustenta en la explotación intensiva de los trabajadores, ha regresado en forma brutal a Europa. Por ello, puede sugerirse que en los aeropuertos de Paris, Frankfurt, Roma, Londres y otras ciudades de la “civilizada” Europa, en lugar de los carteles publicitarios en los que se alaban las virtudes mágicas de su cultura y su moneda común, el Euro, ahora se coloque un aviso más realista en el que se diga: “Europeos, bienvenidos al Tercer Mundo”.

http://www.diario-octubre.com/2012/09/18/europeos-bienvenidos-al-tercer-mundo/

maria
21/09/2012, 09:45
http://www.eldiario.es/internacional/aparcamiento-precario-Berlin_0_47945306.html


Todavía no son las cuatro de la mañana. El cielo sigue bien oscuro y Jasmin ya está en la puerta de la oficina de empleo del barrio berlinés de Neukölln. Mono azul de faena, mochila en la espalda, botas de seguridad y cara de sueño. Toca el timbre y sale el empleado de la oficina: "Abrimos a las cuatro, y son menos cinco". Cinco minutos más esperando en el frío.

Jasmin quiere encontrar un trabajo con el que ganar unos euros para pasar el fin de semana. El servicio nacional de empleo alemán ofrece trabajos de unas horas que son pagados en efectivo y en la mano al final del día. "Sobre todo se trata de trabajos en la construcción, en almacenes o en mercados, cargando cajas, en mudanzas y otros empleos por el estilo", nos aclara Stephan Perleß, el encargado de recibir las ofertas y seleccionar a los candidatos en esta "oficina pública de gestión de trabajos de un día", que así se llama.

El perfil de los solicitantes es un alemán desempleado, o con trabajo que quiere mejorar sus ingresos o bien personas desesperadas que no reciben ninguna ayuda estatal, según Perleß. "Algunos vienen a diario con la esperanza de encontrar algo". Las empresas, por su parte, "lo hacen en caso de enfermedad o de aumento puntual de la producción". Sin embargo, a la pregunta de si existen controles sobre el número de empleados fijos y el número de empleados eventuales que cada empresa puede o no contratar, nos asegura que tales controles no existen. A diferencia de las empresas de trabajo temporal, el servicio aquí es gratuito para los empleadores.

A las cuatro y media ya son siete los que esperan. Unos leen, otros duermen en las sillas, pero aún no hay ninguna oferta. El procedimiento es el siguiente: las empresas llaman por teléfono o escriben un email, incluso pueden dejar un mensaje en el contestador, hacen su pedido y la oficina les envía el trabajador. Sin contratos. "Pero el tiempo que trabajen están asegurados y la empresa paga sus impuestos", asegura Perleß.

Cuando Jasmin consigue un trabajo, gana de 7 a 9 euros la hora. A veces se pasa la madrugada y la mañana en la fría silla de metal y no hay ningún trabajo para él. Por suerte, no está completamente desamparado. El Estado alemán ofrece una ayuda a los parados de larga duración o que no hayan cotizado, que comprende el pago del alquiler y la calefacción, así como un mínimo de subsistencia por persona que ronda los 350 euros. Los parados que reciben esta ayuda tienen derecho aun así a trabajar para redondear sus ingresos. O bien con trabajos de un día como Jasmin, o bien en los famosos minijobs, que son trabajos a tiempo parcial con bonificaciones impositivas especiales para las empresas.


'Minijobs', una espiral de la que es difícil salir

"Muchos se aprovechan de que existe esta ayuda del Estado para ofrecer trabajos por sueldos de miseria", asegura Evelin Räder, experta en mercado laboral del sindicato Ver.di, uno de los mayores de Alemania. Según las cifras oficiales que maneja, hasta 1,35 millones de alemanes que tienen un trabajo de más de 30 horas a la semana se ven obligados a recurrir además a la ayuda del Estado para salir adelante. El pasado verano, sin ir más lejos, estalló un escándalo porque los guardas de seguridad del Parlamento alemán ganaban tan solo tres euros la hora. La voz de nuestra interlocutora se nubla ante la idea de exportar el modelo: "Desde Ver.di solo podemos desaconsejar a España que introduzca este tipo de contratos laborales."

Hasta siete millones de alemanes tienen un minijob, de los cuales 4,5 millones solamente disponen de ese trabajo, en el que se puede ganar hasta 400 euros nada más. "Estos trabajos son una espiral de la que es difícil salir". Sólo un 7% de los empleados en minijobs consiguen después encontrar un trabajo asegurado, según el instituto alemán para el mercado laboral y el empleo.

-- ¿Y no sería mejor un minijob que venir aquí a las cuatro de la mañana a ver si encuentras algo?
-- Claro, sería mejor, pero no he encontrado ninguno", contesta Jasmin con tristeza.

No hay estadísticas oficiales sobre el número de trabajadores que, como Jasmin, se dedican a vender su fuerza de trabajo unas horas al día, a un empleador diferente cada vez. "Este tipo de contratos dan lugar a una menor afiliación a sindicatos", asegura Adoración Guamán, profesora de derecho del trabajo de la Universidad de Valencia. De hecho, en el sindicato Ver.di tampoco disponen de cifras al respecto: "Por desgracia, nuestros afiliados pertenecen, por decirlo de algún modo, a los privilegiados dentro de los trabajadores. Empleados con minijobs o con trabajos de un día prácticamente no se afilian a un sindicato."

Junto a Jasmin espera un señor de 61 años que asegura ser demasiado mayor para encontrar un trabajo a tiempo completo. "Llamo a las ofertas y cuando me preguntan la edad, me dicen directamente que a dónde voy". Por suerte, asegura, tiene muchos amigos. "De vez en cuando me dicen, toma, cinco euros".

Otro de los que esperan pregunta: "Pero bueno, ¿qué interés tiene esta oficina de empleo en España?", a lo que tratamos de explicar que en España el servicio nacional de empleo no dispone de una oficina donde se pueda ir a buscar empleo para un día ya desde la madrugada.

--¿Y qué hace la gente entonces cuando no tiene trabajo?

--Pues se buscarán la vida, como todos -- responde otro de los presentes.

Al despedirnos, un señor que ronda la cincuentena, levanta la vista y nos dice: "Ah, oye, ¡no se te olvide decirles a los españoles que en Alemania las cosas están cada vez peor!"