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Tema: Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

  1. #1
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    Predeterminado Las calderas de Aztlán o Las tentaciones de la carne en la conquista de la Nva.España

    LAS CALDERAS DE AZTLÁN
    o
    Las tentaciones de la carne en la conquista
    de la Nueva España




    LA PETICION DE LLAVE


    ¿La llamaría o no la llamaría? Estar con ella no era, desde luego, un deseo que lo embargase, pero el no saber lo que andaría haciendo era una tortura peor que soportarla en persona.
    -¡Buenooo!
    -¿Hotel Ramiro?
    -Para servirle.
    -Con la habitación 306, por favor.
    -Le paso.
    -¡Buenooo!
    -¿Coca? Soy El Arbolito.
    -Ya me he dado cuenta. ¿Qué quieres? Salía en este momento y llevo prisa.
    -Voy a cenar con el ganadero, el apoderado y algunos de la prensa. ¿Te apetece venir?
    -Ni hablar. Me voy a Texcoco. Me he enterado de que hay unas peleas de gallos padrísimas.
    Era algo así lo que se había temido.
    -¿Son de ésas en las que se apuesta?
    -¡Quiá! No, claro que no: son de ésas en las que se reza el rosario, se toca el órgano y se imparte la bendición papal, mira tú. ¡Pues claro que se apuesta!
    -Coca, ten cuidado. ¿Con quién vas?
    -Con unos que he conocido y que me están esperando ahora mismo, conque adiós.
    -¡Coca, Coca, espera!
    Ni darle oportunidad siquiera de sugerirle que las personas que estarían en la cena podrían ayudarla a conseguir corridas para la temporada. ¡Nada! ¡A Texcoco! ¡Qué padrísimo ¿verdad?! ¿Y de qué se extrañaba¬? Desde el principio no las había tenido todas consigo y no obstante había dicho que sí. Esta temporada, por fin, él, El Arbolito, toreaba en México. Y no era poca la expectación por ver a un matador que, a pesar de sus cuatro años de novillero y otros tantos de alternativa, seguía virgen, es decir, sin que lo hubiera cogido nunca un toro ni para un revolcón ni para medio rasguño. Claro que siempre hay una primera vez. Pues en esas estaba, a punto de salir de viaje, cuando hubo que ingresar a Narciso de urgencia y operarlo, con lo que se quedó sin peón de confianza en la cuadrilla. Lo sensato entonces hubiera sido buscar hasta debajo de las piedras a otro que también le mereciera confianza y no cometer el dislate de contratar a Mercedes Alvarez Castaño, Coca, que ya en una ocasión, estando él todavía empezando, lo dejó en la estacada. Por la caridad entró la peste y fue tan blando que no supo resistirse a los ruegos de su postrado banderillero:
    -Ya que yo no puedo ir, hombre, por lo menos que vaya mi mujer.
    -Tu ex mujer.
    -Bueno, mi ex mujer. Pero mis hijos no son mis ex hijos y, ya que no lo gano yo, que lo gane su madre. Además te llevas una subalterna competente donde las haya, no me digas que no. Tú saca, saca tus estadísticas, Arbolito, y dime además si hay alguien en los ruedos hoy día que bregue a una mano como lo hace ella. Es torera de pies a cabeza y encima, valga la redundancia, tiene cabeza. Y con respecto al pasado, ya lo has visto: ha cambiado, y no me digas que ahora no tiene un honroso historial de formalidad.
    -Allí les va a resultar incómodo que lleve a una mujer.
    -¡Qué tontería! ¿Y, además, quién tiene que saber eso? Ya está mi nombre en todos los contratos y no necesitas ni siquiera decir nada, yo firmo ante notario todo lo que quieras. Lo más que puede suceder es que crean que soy un poco raro, pero mi hombría está más allá de semejantes pequeñeces.
    -Si ven a Coca, de lo que menos van a dudar es de tu hombría.
    ¿Para qué engañarse? Sí que hubiera podido resistirse a los ruegos de Narciso, pero en el fondo era un blando y, colmo de los colmos, Coca le caía bien. Pero, aun cayéndole bien, se temía que le iba a salir mal y ¿cómo pudo nunca imaginar otra cosa? Ella solita iba a perder en Texcoco tanto como él pudiera ganar en el Viejo y en el Nuevo Mundo en todas las temporadas de su vida. ¿Por qué él, que era tan comedido y tan bueno, tenía que dar con personas tan brutas? Y si, a las dos horas de haber aterrizado, ya decía "¡Buenooo!" al coger el teléfono y hablaba puro mexicano, Dios sabe lo que terminaría haciendo de ahí a las cuarenta y ocho que faltaban para la corrida, en este país de tentaciones bravas. En fin, ya que al parecer no podía evitarlo, era mejor que no pensara en ello, por lo menos de momento, así que se pidió una tilita, bebida de machos, y se preparó para salir.
    En la cena, al menos, se evadió de sus preocupaciones y estuvo lo bastante entretenido como para no acordarse de las amenazas que encerraba el haberse traído a aquella madre de todas las amenazas. Pero, al hallarse de nuevo en la habitación del hotel, la amenaza se le hizo presente y tan grande como lobo feroz.
    -¡Buenooo!
    -¿Hotel Ramiro?
    -Para servirle.
    -Con la habitación 306, por favor.
    ...
    -No contestan. ¿Quiere dejar algún mensaje?
    -No, gracias, no importa.





    Día siguiente

    Triiing, triiing...
    -Diga.
    -¡Arbolito, Arbolito!
    -¿Eres Coca?
    -¡No, la gallinita ciega soy! ¡Pareces dormido!
    -¿Qué hora es?
    -Las siete.
    -¡¿De la tarde?!
    -De la mañana, hombre. Pero ¿qué te pasa?
    -¡Te han dejado sin blanca en Texcoco, como si lo viera! ¿Es por eso por lo que me llamas¬?
    -¿A ti qué te dieron anoche en la cena? Te llamo para ir al Templo Mayor.
    -¿A misa?
    -No. La misa la dirán en la catedral. Lo que digo es el Templo Mayor, el teocali, pero no de misas. Es un museo y están todos los altares donde sacrificaban los antiguos mexicanos a los que hacían prisioneros y les sacaban el corazón en vivo.
    -¿Y de la cama también los sacaban en vivo?
    -¿Se te han pegado las sábanas?
    -¿Cómo que si se me han pegado las sábanas¬? Volví tarde anoche y quiero dormir. ¿A qué hora regresaste de Texcoco?
    -Yo vuelvo ahora.
    -¿Estás loca, Coca? Oye, entiende bien una cosa: si quieres tirarte a la vía del tren, drogarte o no dormir dieciocho noches seguidas, adelante, pero no mientras tengas un contrato conmigo. Como me falles el domingo porque no estés descansada o porque estés borracha o porque te apetezca hacerme esa gracia, te juro que en el Templo Mayor del San Teocali ese, se reanudan los sacrificios humanos justo después de la corrida.
    -¿Por qué estás tan nervioso? Eres un poco anormal ¿eh? Viene una a América, tiene una una sed natural por conocer otros mundos, ampliar horizontes e ilustrarse y le salen dándole una coña de balde sobre moralidad contractual... Pero ¿qué tendrán que ver los testículos para ingerir gramíneas? Anda, pégate una ducha y te paso a recoger en quince minutos, que si no te vas a apoltronar.
    -Pero...
    Nada. Le había colgado otra vez. Y tampoco iba a servir de mucho decidir no bajar porque, de todas formas, ya no iba a poder dormir. No es que no hubiera tenido intención de visitar la catedral, el zócalo, el Museo del Templo Mayor con su teocali y muchas más cosas, porque no era ningún apático, pero no a las siete de la mañana. A esa hora seguro que los celadores del museo todavía no habían echado la sangre fresca por las piedras viejas para que disfrutara Coca. Bueno, pasó a recogerlo en quince minutos como dijo.
    -No seas menso. Claro que no está abierto. Primero vamos a tomar un buen desayuno y ya verás como se te quitan esas pamplinas de dormir y dormir con tanto como hay que hacer en un país tan pujante. ¿De qué quieres los huevos, de hormiga o de gallina?
    -¿No los hay de puro conejo?
    -Podemos averiguarlo, pero la ironía está fuera de lugar. De no haber perdido el tiempo durmiendo desde que llegaste, ya te habrías enterado de que aquí se comen huevos de hormiga. ¡Deja ya de bostezar, caray! Pues te digo que se comen huevos de hormiga, pero no los tienen en todas partes y hay que saber encontrarlos.
    Ya se imaginaba él, ya, a los machos mejicanos de hormiguero en hormiguero tratando de encontrarles los huevos a las hormigas, no sabía si con radar o por palpaciones.
    -¿Te llevo a un sitio donde los tienen?
    -¿Está muy lejos el matadero?
    -¡Pero deja de decir incoherencias y de bostezar! Estamos en el Nuevo Mundo. Trata de que te aproveche un poco. ¡Anda que si no llego yo a venir contigo podrías marcharte de aquí tan virginal como viniste!
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:46

  2. #2
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    Predeterminado

    El Arbolito no contestó ni habló mucho hasta que hubo engullido todos los huevos de diversa denominación, tortillas de maíz y picante que Coca consideró necesarios para ser un nuevo mundano meritorio. Gracias a eso y a las detalladas explicaciones de ella, consiguió quedar perfectamente enterado del lugar exacto en el que los aztecas aserraban el pecho a sus prisioneros y, vivos todavía, les sacaban el palpitante corazón para ofrendárselo al dios de la guerra, Huitzilopochtli; así como de hasta dónde y de qué manera salpicaba la sangre. A la salida, ella se entretuvo en la librería y tienda del Templo a pedir estampitas del susodicho Huitzilopochtli.
    -Mire, puede llevarse este libro que tiene muchas fotografías, o también la guía del museo, que tiene reproducciones con la explicación de todo -le decía la encargada.
    -No, no, no, no. No digo fotografías ni reproducciones artísticas. Digo estampitas en que se vea la imagen y donde ponga una oración para rezarle. En todas las iglesias donde he entrado las tienen. Es una estampita de esas la que digo.
    -No, eso no tenemos. Lo siento mucho.
    -¡Pues vaya un Templo Mayor de pacotilla!
    -Es que es un Museo. El Museo del Templo Mayor.
    -Deberían darle un poco más de vida a esto.
    -Entonces, señora, ¿se va a llevar usted alguno de estos libros?
    -¡Órale! ¿Qué le voy a hacer? Menos es nada.
    Abrió el bolso para pagar y El Arbolito vio que lo tenía lleno de billetes.
    -Estás cargada de dinero.
    -Ni tanto, porque no son francos suizos ni yenes ni siquiera dólares. Pero no está mal. Y, si tú hubieras venido conmigo anoche, también te habrías aprovechado. Este país es recio.
    Le asaltó una duda.
    -No pensarás volver hoy a Texcoco.
    -Claro que pienso volver. Ya he quedado.
    -No seas tonta. No tientes la suerte. Puesto que ya has ganado, confórmate con eso y no tientes la suerte.
    -Yo tiento todo lo que haya para tentar, no sea que luego me arrepienta de no haberlo hecho.
    Ya fuera del museo, Coca se sentó en el bordillo de uno de los setos situados en la explanada que hay entre el templo mayor y la catedral y empezó a mirar en los libros las hojas en las que aparecía el dios de la guerra y a ponerles señales para poder verlas sin tener que buscar otra vez por todo el libro.
    -No me digas que no es un disparate que no tengan sus estampitas sueltas de un dios tan principal. Estoy por arrancar las fotos para tenerlas todas juntas, sin liarme con tanta hoja.
    -No te prives. Así podrás ponerle a él y a Marte juntitos, a ver si te escriben un tratado de guerra conyugal y se lo llevas a Narciso de recuerdo. Ya que te ha recomendado, ten un detalle.
    -No tienen nada que ver. El único mérito de Marte es que se puede leer de él en latín, lo cual no es poco, también es verdad, pero, para ser francos, en comparación con el Huitzilopochtli, con perdón de los maricas, Marte es un marica. Aquí saben hacer las cosas con rigor, sin hipocresías vergonzosas ni pinches correcciones políticas.
    -A mí el que me gusta es este otro, el Tláloc, fíjate que carita. Parece como que estuviera contrahecho, con esa cara llena de cosas que no son de la cara, pero tiene un no sé qué que me cae simpático.
    -¡Eres de fábula! ¿Cómo te las arreglas para dar siempre con lo más peligroso? ¡Cuidado que hay dioses en los dichosos libritos y tienes que ser tan gafe de coger el de la lluvia! Eres capaz de conseguir que se suspenda la corrida. ¡Contrahecho dice!
    -Ahora no es temporada de lluvias.
    -Eso, fíate. Ni aquí, con todo lo machos que son, han conseguido que las lluvias les hagan el más mínimo caso. Eso sólo lo consigue el pentágono con sus experimentos. Pero si no, aquí llueve cuando quiere como en todas partes. Así que vamos a quedarnos con el Huitzilopochtli que nos va a cumplir divinamente.
    Cómo llegaba Coca a asignar los patronazgos del panteón azteca en las corridas de toros, no lo sabía muy bien, pero ¡qué certidumbre! Tal vez era cuestión de afinidad, porque la había y grande, entre las hechuras y ferocidad del dios y el talante guerrero de ella. Hasta físicamente se parecían. No percibía si Huitzilopochtli, como ella, tenía cicatrices en la cara, pero ciertamente se parecían como dos gotas de agua. De agua, cuidado, que no de lluvia, Dios nos librase.
    Hechas todas las visitas históricas, Coca le siguió dando lecciones, esta vez de seriedad y dedicación profesional, llevándolo a hacer ejercicio al parque de Chapultepec, donde tenía ella entendido que se ponían en forma los toreros de la ciudad de Méjico.
    -Es que hay que dar ejemplo y dejar alto el pabellón español. Y ahora que ya hemos hecho lo que teníamos que hacer, me voy a echar una siesta, porque para tener las ideas claras en el ruedo hay que estar descansada.
    -Dímelo a mí, que me han desvelado esta mañana para ir a misa al Templo Mayor.
    -¿Desvelado? ¿Desvelado has dicho? Venimos a América, a un mundo nuevo, y tú sólo piensas en la cama...
    Esta vez no fue ella quien dejó al otro con la palabra en la boca. El Arbolito se abalanzó sobre un taxi sin terminar de oírla y en llegando al hotel se metió en la cama, sí, a echarse una siesta, no sin antes rezar por que a Coca en la suya se le apareciera el mismísimo Huitzilopochtli, a ser posible en el cerro del Tepeyac y que, cuando ella y él estuvieran en lo mejor, llegara Tláloc y les aguase la fiesta con copiosísimas lluvias. Las pesadillas, sin embargo, no se ocuparon de Coca para nada y lo prefirieron a él, de forma que, cuando al rato lo despertó el timbre del teléfono, se sintió sudoroso y tan maltrecho como si le hubiera pasado una locomotora por encima.
    -Diga.
    -¿Te vienes a Texcoco?
    -No. Sí. No. No sé.
    -Pero ¿qué te pasa ahora? ¿Tienes la regla?...
    Colgó él.
    Triing, triing...
    -¿Por qué me cuelgas, hombre? Parece como si nunca hubieras leído un periódico y no supieras lo que se dice de ti. Eres un lunático y, como no lo disimulas, pues se te ve. Tampoco eres el primero de la historia ni serás el último al que le llaman cosas. A mí me han estado llamando chicazo desde niña y luego me han añadido otras sandeces y que si soy un tío y no una mujer y mira, mira toda la pupa que me hace. Fíjate, fíjate todo el complejo que tengo y lo complicada que soy por ese motivo. Bueno ¿te vienes a Texcoco o no?
    -He tenido un sueño horrible.
    -Has soñado con Tláloc, como si lo viera. Y eso que te lo advertí.
    -No, no con Tláloc, con el otro.
    -Con Huitzilopochtli.
    -Ése.
    -¿Y qué tiene de horrible¬? Es buenísima señal.
    -Pero es que ha sido un sueño de lo más inquietante.
    -Bueno, es el dios de la guerra, pero tampoco hay para asustarse. Es su oficio. Si un dios de la guerra no va a poder ser feroz, apaga y vámonos.
    -Si no es eso. No tenía apariencia sanguinaria. Todo lo contrario. Me abrazaba y era todo amor y dulzura.
    -Pues será que vamos a tener un sol espléndido. Y ahora me explico yo por qué no te ha cogido todavía un toro y encima dicen que te arrimas y te la juegas y todas esas bobadas.
    El Arbolito no quiso entrar al trapo del arte de la tauromaquia que agitó Coca y siguió con sus cuitas divinas.
    -Pero me inquieta que se me apareciera como tan bueno, después de los destrozos que dicen que hacían para tenerlo contento.
    -Eres un cafre. Hasta lo terrible se te aparece dulce y a ti te parece mal. Hijo mío, la que cargue contigo lo va tener difícil.
    -No entiendes, Mercedes. Es como si quisiera llevarme el sacamantecas y yo me fuese con él tan satisfecho.
    -Déjate de niñerías. Tú lo que tienes que hacer ahora es dominar un poco esos sueños y no volver a tener otro, porque éste ha sido bueno a más no poder y, si tuvieras un mínimo de instinto, te darías cuenta de la potra que es estar en México, ser torero y soñar con Huitzilopochtli, que no cabe nada mejor y, si sueñas más, eres capaz de estropearlo.
    No, a Texcoco no, no fue, ni se imaginaba tampoco que habría todavía peleas de gallos, algo que no creía que le fuera a agradar. De ir, hubiera sido para evitar que ella apostara. Pero no hubiera podido imponerle su voluntad y, mucho menos, el sentido común, cuando ella creía, y no era mentira, que las apuestas las ganaba alguien, para seguir luego razonando que era pura mala idea el decidir de antemano que no iba a ser ella quien las ganase. Podía ocurrir, eso sí, que ganase mucho en las apuestas y decidiera que con tanto dinero ¿para qué necesitaba jugarse el tipo toreando si no estaba de humor? Pero también podía ser que, si andaba importunándola para que se comportase, se hartara de él esa misma noche y, con ese motivo, pensara que no le apetecía verlo también el domingo por la tarde y ni apareciera por la plaza de toros. Optó, pues, todo considerado, por pasar intranquilo una parte de la noche y la otra desesperado en lugar de pasarla desesperado toda ella. Y luego: ¡Qué no soñara...! Pesadilla y media iba a tener con estas aprensiones. Y la cosa es que tampoco desconfiaba de ella del todo. Tal vez la insistencia de Narciso le había llegado a hacer creer lo increíble y esperaba que resultase en el ruedo. Para resumir, que, puestos a apostar, el auténtico jugador era él, que se había venido hasta Méjico con un melón que había calado ya una vez y le había salido agrio.

  3. #3
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    Predeterminado

    No la volvió a ver hasta el domingo por la mañana en el sorteo de los toros. No había quedado con ella, pero lo estaba esperando a la entrada de la plaza y, en cuanto lo vio, le salió al encuentro.
    -¡Pásmate, mano! Que me he enterado de que las mujeres y los hombres están separados en el sorteo y yo no sé qué porquerías se esperarán que haga una ahí dentro ni me importa ni lo voy a averiguar y me da igual que me separen todo lo que quieran si me dan el mejor sitio, pero es un cucurucho arriba del todo donde hay que estar con otro montón de mujeres como piojos en costura y sin ver nada. Y ya me dirás cómo se hace lo de enterarse del sorteo por telepatía. Yo no tengo dotes telepáticas y me parece una mariconada ponerme a acechar las mentes ajenas como si me importase. ¡Estas normas tan absurdas hay que saltárselas a la torera!
    Pues sí, Coca, eso precisamente, a la torera.
    -¿Y qué puedo hacer yo?
    -Voy a entrar contigo.
    -Coca, tampoco nos vamos a poner aquí a armar un tumulto.
    -Ningún tumulto. Yo voy a entrar contigo porque soy de tu cuadrilla y tengo que ver tus toros y cómo te los sortean y eso es todo lo que hay que decir. Y si hacen preguntas indiscretas como que si soy varón o mujer es que son unos guarros chismosos ¿Va a haber que enseñar el carnet de progenitor para ver unos toros? ¿Qué te pasa que tienes tan mala cara? Pareces sudoroso.
    -No me hables. ¡Vaya nochecita!
    -Te has aburrido ¿verdad? Ya te dije que vinieras a Texcoco.
    -No tiene nada que ver con ningún Texcoco. ¡Me has hecho papilla con tus dioses aztecas!
    -¿Has vuelto a soñar? Y eso que te lo dije, que dejases las cosas como estaban ... No tienes dos átomos de sentido común.
    -Eso no se elige, Coca. Yo no he pedido soñar. Simplemente cierro los ojos y yo no sé si serán los huevos de hormiga o los saltamontes de la cena, pero empiezo a soñar cosas cada vez más tremendas. Y serán sólo sueños, pero no te puedes imaginar cómo parecen de reales.
    -¿No habrás soñado con ...¬? Espera, luego me lo dices todo, que ya estamos aquí.
    Allí estaban, en efecto, y allí le indicaron amablemente a Coca que no pasara adelante, sino que entrara en el palco de las damas.
    -No me toque la narices. Yo no soy una dama. Si acaso seré dudosillo, pero no me fastidie con que yo tengo que entrar ahí, porque no lo voy a hacer ningún día de mi vida y ese sitio tan estrecho y tan lleno es indecente y, para la promiscuidad, hay otros lugares en esta fabulosa ciudad y me parece feísimo que una institución como la Plaza México -y pronunció Mécsico y no Méjico, porque le parecía mucho más claro, dadas las circunstancias- se preste a estos tejemanejes. Yo tenía otra idea de los mecsicanos. Es muy bochornoso y muy poco indicado que tratándose de animales que vienen aquí a cumplir con su deber, se involucren consideraciones de un orden ajeno al acto laboral. Como decía Diodoro Sículo...
    Amenazar con el latín era infalible. Siempre surtía efecto instantáneo, porque ya se veía al conserje empezar a flaquear. El Arbolito por su parte no paraba de darle tirones de la ropa. Ella al fin le hizo caso y se volvió preguntándole:
    -¿Cómo se dice marica en náhuatl?
    Debió de ser el bochorno de los allí presentes por no saber qué responder a una pregunta tan sencilla lo que hizo que claudicaran y le dejaran pasar adonde pudo seguir todo el apartado e intercambiar pareceres con su jefe, sin el más mínimo atisbo de telepatía.
    Concluido tan satisfactoriamente este episodio y cruzados los saludos, parabienes y despedidas de rigor con los asistentes, Coca volvió a preguntar a El Arbolito lo que había soñado y él se dispuso a hacerle ese relato, en varias veces, claro, porque fue largo y prolijo y parecía encerrar todo tipo de augurios para su primera tarde mejicana. Presagiosas visiones salidas de la brumosa profundidad de los siglos de aquella ciudad o de los milenios o, tal vez, de la eternidad enterrada en el fondo de cada corazón humano...

  4. #4
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    Predeterminado Capítulo I: De cómo el enfermar a veces sienta bien

    Tenochtitlán, abril de 1520

    Ya hacía cinco meses -ocho por el calendario indígena- que el capitán Hernán Cortés había llegado a la ciudad de Tenochtitlán en compañía de cuatrocientos cincuenta soldados de fortuna cristianos, seis mil aliados indios de Tlaxcala y alrededor de mil totonacas.
    El cómo un año antes habían desembarcado en las costas del nuevo continente, los encuentros y sucesos que les acaecieron en aquella tierra hasta llegar a la capital del imperio de Moctezuma, así como la ceremonia con la que éste los acogió en su corte son cosas de sobra conocidas por las narraciones de los cronistas.
    Igualmente, es sabido que al año siguiente de desembarcar Cortés en aquel territorio, que llamó la Nueva España, también llegó a aquella costa Pánfilo de Narváez, provisto de armas, hombres y navíos y con órdenes de prender a Cortés y de llevarlo a Cuba para juzgarlo por prófugo y rebelde a su rey.
    Ese propósito, sin embargo, no iba a ser fácil de cumplir: Cortés no quería y, siendo él más listo que Narváez, era éste, si acaso, el que había nacido para ser preso de Cortés y no al contrario. Y, precisamente porque Cortés sabía más, a los seis emisarios que le despachó Narváez desde la costa y que él había recibido en audiencia en Tenochtitlán el día anterior, los había mandado de vuelta a Veracruz, no sin antes darles a su vez un recado para Narváez y honrarlos con regalos que les mudaron un tanto la idea de cómo entendían su misión. Bueno, a uno de estos emisarios se la mudaron de tal forma que se enfermó, o eso mostró, y no creyó, después de esa mudanza, que le conviniera cambiar las aguas opacas pero llenas de promesas de la laguna de México por las transparentes, aunque no tan tentadoras, del golfo de Veracruz.
    Y por eso, en aquel día de abril de 1520 a que nos referimos, éste, que se apoda Marcos Bey y que debería estar sufriendo con sus compañeros los rigores de un viaje a pie o a hombros de tameme de regreso a la costa, se hallaba, en lugar de eso, recostado y regalado, aunque al parecer febril y doliente, en una de las hermosas recámaras de los alcázares de Axayácatl, donde la magnificencia de Moctezuma había aposentado a los invasores invitados.
    Estos alcázares de Axayácatl, de gran extensión, los mandó construir el rey de ese nombre, padre del actual, Moctezuma II. Ocupaban la esquina noroeste de la plaza principal de Tenochtitlan y se hallaban frente otros no menos magníficos y amplios que eran los del propio Moctezuma y que se alzaban a levante, al otro lado de la plaza. Todo el norte de la enorme explanada lo ocupaba el dilatadísimo recinto del Templo Mayor, palpitante -muy, muy palpitante, como se verá en lo sucesivo- corazón de la ciudad, del que partían las tres calzadas principales que, cortando por en medio de la laguna, unían la urbe a tierra firme.
    Encerraban los alcázares de Axayácatl salas, patios, jardines y aposentos innumerables y eran tan espaciosos que en ellos habían podido establecer su real y albergarse con séquitos y servidumbres todos los cristianos y aliados.
    Pero, volviendo a este soldado que tan a la semiturca se hacía llamar Marcos Bey, tal vez no fuera ningún regalo, después de todo, lo que le hizo mudar de idea, quedarse en Tenochtitlán y alistarse con los hombres de Cortés en lugar de volver con Narváez, sino su convicción de que un lugar vale tanto más cuanto más lejano o trabajoso parece y, como esta ciudad era lo suficientemente lejana y prometía, gracias al capitán Cortés, ser también trabajosísima, resolvió quedarse.
    Mas no se olvide que Cortés, aparte de saber, atesoraba, también, cierta afición a la disciplina, ¿cómo iba, pues, a conseguir este Marcos Bey desobedecerlo y pasar, por ese mismo hecho, a servir a sus órdenes? Muy difícil. Y fue, sin duda, la angustia de verse ante esa dificultad lo que le hizo enfermar. A su vez, cosa de las casualidades, el caer enfermo resolvió el dilema. Así pues, la noche anterior se vio aquejado de calentura y escalofríos que sólo se le estaban empezando a pasar ahora, cuando ya los otros emisarios de Narváez debían de haber hecho leguas suficientes como para que él no los alcanzase ni a pie ni a caballo. Caballo, desde luego, no tenía y no había miedo de que nadie se lo fuera a prestar porque nada había, en ese año y en la Nueva España, más apreciado por los cristianos y más temido por los indios que el animal que denominaron tlacoxolotl, monstruo noble ya que, aunque no comía carne, sí se daba maña arrollando, pateando y dando coces.
    Mas, al joven soldado de los que llevaban con Cortes en Tenochtitlán desde el principio y que, al ver enfermo a Marcos Bey, se ofreció a cuidarlo y a ponerle paños fríos, no iba a decirle éste que se sentía tan bien porque ya los otros andaban lejos, no fuera a ser que, por un milagro de los que nadie pide pero ocurren, apareciera algún caballo, Dios sabe de dónde, y le encontrasen algún otro mensaje, Dios sabe también de dónde, para mandarlo de regreso. No, no había que tentar al diablo ni tampoco hacer de menos la caridad cristiana del compañero de armas y, así, le dijo:
    -Vuestra merced... ¿cómo se llama, vuestra merced?
    -Aquí como me llaman es Cuahuipil, que es palabra india que quiere decir Arbolito y vuestra merced me lo puede llamar también.
    -Pues vuestra merced, Cuahuipil, tiene unas manos milagrosas. Estas calenturas me pueden durar varias semanas y, sin embargo, ahora siento una formidable mejoría. Creo que dentro de nada podré levantarme y conocer la ciudad.
    -Vaya. ¡Ojalá hubiera obrado antes el milagro para que hubierais podido volver con vuestros compañeros como os encargó el capitán Malinche! Ahora ya es demasiado tarde.
    -¿Quién es ese capitán? -dijo Marcos Bey, no sin aprensión, porque bueno sería que, no siendo él particularmente aficionado a los excesos de autoridad, se le fuesen a multiplicar los capitanes.
    -Es el capitán Hernán Cortés que habéis conocido. Malinche es como le llaman los indios, porque cuando tiene algo de sustancia que tratar con ellos, lo hace por medio de nuestra intérprete, que en cristiano se la llama doña Marina, aunque su nombre indio es Malinali, y Malinche es como pronunciamos los cristianos Malintzin, que quiere decir el señor de Malinali. Mas como andamos los indios y los cristianos un poco revueltos, sucede que muchas veces también le decimos nosotros Malinche al capitán Cortés.
    -¿Y los indios le dicen señora de Cortés a la intérprete Malinali?
    -No, eso no. No les sale pronunciar la erre. Claro, que también nosotros nos liamos con sus letras, pero como no tenemos sentido del ridículo y nos gusta hablar, nos atrevemos con todo y, a veces, los únicos que entendemos el indio que hablamos somos nosotros –dijo Chuahuipil riendo al final.
    Era modesto, porque él sí se entendía sin mayores problemas con los indios que hablaban náhuatl, la lengua más extendida y de más prestigio de la Nueva España, ya que tuvo desde el principio mucho trato con doña Marina o Malinali y solía andar mucho entre indios.
    Precisamente las costumbres y los usos de los indios, lo ocurrido desde que desembarcó la expedición de Cortés, el porqué estaban ahora él y el puñado de cristianos y los aliados tlaxcaltecas y totonacas metidos como en una ratonera en México-Tenochtitlán, rodeados por las milicias mexicas y cómo, en consecuencia, cristianos y aliados mantenían en rehén al emperador Moctezuma para asegurarse el pellejo, es lo que le había estado explicando lo mejor que sabía el joven Cuahuipil a Marcos Bey desde hacía un rato, aunque no tan bien, al parecer, que éste se recatara de poner en entredicho sus palabras.
    -Yo creo que vuestra merced exagera -le replicaba-. ¿Cómo nos van a sacrificar estos de aquí y cómo van a hacerse a las deidades esos sacrificios humanos y a arrancar los corazones como dice vuestra merced? Es natural que en la guerra se proclamen todas las fechorías que se piensa hacer con el enemigo porque la guerra es la guerra y, si no, no tendría gracia, pero tampoco hay que creérselo. Sepa vuestra merced que he peleado y he sido cautivo en todas las tierras de turcos y de moros y que, incluso, he estado empleado en los mejores harenes de Berbería y he viajado hasta a un palmo de Tombuctú, que es lo más ignoto que se conoce y tiene muchísimos libros y que, aunque he oído infinidad de fábulas, jamás he visto nada parecido a esto que decís. Eso es para amedrentar. No debiera vuestra merced dejarse impresionar por amenazas. A menos que queráis asustarme para que no me atreva a ganarles en el juego a estos naturales pero eso no lo vais a conseguir.
    -Sea servido vuestra merced creer lo que le cuadre, mas no se trata de amenazas de enemigos, si acaso lo contrario, porque los sacrificios también los hacían, y yo creo que los hacen, nuestros amigos los tlaxcaltecas que, si algo quisieran, sería impresionarnos favorablemente. Y no crea vuestra merced que se avergonzaban ni escondían, no. Empezaron a disimular cuando supieron que los cristianos, por nuestra religión, lo desaprobábamos. Sin embargo, si me paro a pensarlo..., ya ni disimulan. Han de haber ido dejando de disimular poquito a poquito, sin que nos demos cuenta y, ahora, como ya hay confianza, pues ni se recatan y los que disimulamos somos nosotros que hacemos como si no notáramos que ya no disimulan. Pero diga vuestra merced a ver qué hacemos si no. Si nos damos por enterados y lo consentimos, parecerá que lo aprobamos y, si no lo consentimos... No es tan sencillo andar señalando faltas continuamente y diciendo: "no debéis sacrificar a vuestros semejantes, no debéis comer carne humana" a personas a las que, por otra parte, se les tiene cariño y te son muy buena compañía y que, además, sépalo vuestra merced, tienen maneras muy pulidas. Es muy desconcertante todo esto.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:47

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    En eso sí le daba Marcos Bey la razón al soldadito. No, claro que no. No se podía amargar la vida a unos pobres indios venga a sacarles faltas. ¡Como si no hubiera otra cosa que hacer! Y más que esta gente parecía de una franqueza admirable, porque aunque por lo poco que había visto, las indias iban decorosamente vestidas, de los indios podía decirse que también iban decorosamente, mas no vestidos. No, éstos no eran de los que se andaban escondiendo entre ropajes, como hacen los turcos y los beberiscos, ni derrochando en ellos todos sus haberes, en vez de en armas. Una gente que se muestra así tal cual es, ha de ser muy de fiar y por lo que a él, Marcos Bey, respectaba, eran perfectos y seguro que no le andarían ocultando dónde estaba Eldorado y otros lugares fabulosos. Y, en cuanto a sitios donde jugar, también, que incluso en aquellos lugares donde estaba prohibido el juego los había y buenísimos. Sin embargo, ¿qué es lo que había dicho de ...?
    -¿Ha hablado vuestra merced de comer carne humana?
    El joven Cuahuipil no sabía si había dejado claro a Marcos Bey lo que ocurría con los sacrificados y que, como ya acostumbrado, había dado por sobreentendido que después del sacrificio se los comían o, mejor dicho, se los comulgaban que ese era el sentido de los sacrificios. Pero ¿cómo iba a saber eso un recién llegado cuando, además, era increíble? Eso debía aclarárselo no fuera que, según estaba la situación en Tenochtitlán, los mexica empezaran a darles guerra, cautivaran al Marcos Bey y éste estuviera tan dichoso pensando que sólo lo iban a sacrificar, cuando en verdad también se lo iban a comulgar. Se lo aclaró, pues, hasta que el otro lo entendió.
    -Pero ¿a quién se comulgan? ¿Se comulgan a cualquiera?
    -Los mexicas sacrificarán y comulgarán a cualquiera de nosotros y de nuestros amigos si nos cogen, y dado el estado de cosas, es muy fácil que ocurra.
    -Calle, no sea de mal agüero vuestra merced. Piense que es mejor que los cojamos nosotros a ellos. ¿Y a ellos qué les haríamos?
    -¿Nosotros a ellos? Lo que se hace siempre, tomarlos prisioneros.
    -Es decir, ¿que si nos cogen ellos a nosotros nos sacrifican y nos comulgan, y si los cogemos nosotros a ellos no les vamos a hacer lo mismo? Sepa vuestra merced que la reciprocidad en la guerra es perfectamente conforme al derecho natural. Hay tratados enteros que lo afirman y razonan.
    -¿Y cómo puede haber reciprocidad en una cosa así? Ellos creen que comerse a los sacrificados es la comunión, el cuerpo de los que ahora, por su sacrificio, ya se reabsorben en la divinidad. Reciprocidad sólo la habrá si los cogen nuestros amigos tlaxcaltecas, que espero que sí, y entonces harán de ellos algún guiso, soso seguramente, pero muy rico y se los comulgarán, ya ve vuestra merced.
    -Pero esas cosas que me dice vuestra merced son fabulosas y muy santas, y la santidad no se discute. En ellos estaría, como gesto de amistad, dejarnos comulgar también a nosotros, digo yo, que no necesitamos santificarnos menos que ellos.
    -¿Cómo dice vuestra merced?
    -Siendo amigos me pareció que habría de ocurrírseles tenernos esa consideración, que no somos ningunos descreídos. Aunque luego estuviera en nosotros el ofrecer cualquier excusa para no aceptar, sin que fuera un desaire, naturalmente. No podemos los cristianos repartirnos por todo el orbe y ponernos a hacer desaires como si nos hubiéramos dejado en casa los modales. Y esos sacrificios estarán condenados por la Santa Madre Iglesia, pero santos son santos y son muy fabulosos, no diga vuestra merced.
    Se quedó pensativo un momento. Verdaderamente, si estos tlaxcaltecas eran amigos, podrían vivir las más famosas aventuras del orbe.
    -¿Y qué tal de esforzados son estos tlaxcaltecas? ¿Pelean bien? ¿Son como los turcos? ¿Hacen muchos cautivos?
    -Yo no tengo experiencia de como son los turcos, mas salvo en lo que os he dicho de sacrificar y comer a la gente son dignos de toda confianza. Son valientísimos y muy esforzados y en el primer encuentro que tuvimos con ellos antes de hacernos amigos, ya nos mataron a una yegua y un caballo. Y eso es muy de notar, tanto por el daño que nos hacen cada vez que nos matan un caballo, que es preferible que maten a cien de nosotros, como por el mucho terror que les infundían a los indios, que creían que los caballos eran monstruos que comían personas. Se sorprendieron de verdad de saber que animales tan terroríficos se alimentaban no más de yerbecita. Pero aún así, de puro machos, se tiraron a la yegua y le rebanaron la cabeza.
    -Pero con nosotros dice vuestra merced que son amistosos y no nos rebanan nada. ¿Es así?
    -No claro. Así es. Ahora somos aliados.
    -¿Y qué aspecto tienen? ¿Son lo mismo que estos otros indios que he visto por aquí y que llevan esos adornos tan exagerados en las orejas y en el bezo?
    -No sé exactamente qué indios ha visto por aquí vuestra merced, lo más seguro es que sea a nuestros amigos a quienes ha visto, aunque no sepa distinguirlos, porque, en efecto, en cuanto a su fisonomía son iguales y, en cuanto a adornos, nuestros amigos, gracias a Dios, también los tienen y más grandes que los mexica. La república de Tlaxcala es muy pequeña en extensión, pero es lo único que tiene pequeño, en todo lo demás nadie los aventaja.
    -¡Ah, pues qué bien! ¿verdad? Y dígame otra cosa vuestra merced ¿quedan muy lejos de aquí Eldorado y el país de las amazonas?
    -¿Eldorado y el país de las amazonas? No lo sé. Yo aquí a nadie le he oído nombrar semejantes lugares. El capitán Malinche mandó gentes allá donde le dijeron que había yacimientos de oro. Mas esos lugares que dice vuestra merced no me consta que los conozcan los indios. Es más, si les preguntase, creo que me dirían que Eldorado está en la Vieja España. Ya os he contado como, al principio, antes de que les explicásemos quienes éramos y de que nos conociesen, creyeron que podríamos ser enviados divinos, tal vez no de los más importantes, diosecillos, como si dijeramos, pero enviados por la divinidad al fin y servidores de uno muy importante que esperaban ellos como si fuera el Mesías y al que dicen Quetzálcoatl.
    -Allí no. Yo acabo de llegar de España y allí no busquéis Eldorado porque no está. ¡Voto tal! Claro que no está, ni siquiera una copia falsa.
    -No claro.
    -¿Y las amazonas?
    -Tampoco. Entiendo que se refiere vuestra merced a las mujeres guerreras. Nunca he oído hablar aquí de gentes así. Todo lo más los tarascos, que son unos indios que visten por tradición las camisas de sus mujeres y nada debajo.
    -¿Debajo de las mujeres?
    -¡No! de las camisas. Es decir, lo que llevan debajo no lo llevan tapado, sino suelto. Pero verdaderamente, no creo que por una mera camisa, y más con lo suelto, se les vaya a tomar por mujeres guerreras.
    Marcos Bey no se creía muy a pie juntillas todo lo que le decía este joven. No podía ser que nadie aquí hubiera oído hablar de Eldorado ni de las amazonas. Eran los sitios más famosos del orbe y estaban bien documentados por los sabios de la antigüedad. Las indias, a decir verdad, no le parecía que tuviesen que ver con las amazonas y, aunque ya las conocería mejor, le parecían corrientitas y no se las podía comparar con las de cualquier harén de Berbería y no digamos de Estambul. Pero los indios... esos eran aparte, porque sí parecían propios de amazonas. Aunque, a juzgar por las mujeres de que se rodeaban, ellos no lo debían de ver igual. Pero no importaba, porque una buena guerra saca del error a cualquiera.
    Y de físico tampoco parecían nada asquerosos estos indios. Hablando como hacen los poetas, se podía decir que tenían ojos de esos que son tizones o azabaches, los cabellos como un pozo cada uno, el balanceo al caminar como de bajel turquesco, et cétera, et cétera, et cétera. Incluso, en rigor, comulgar santamente la carne del enemigo es un rasgo de los más fabulosos. En cualquier caso, que ya era hora de que viniera él a las Indias y que era en esta tierra donde estaba todo lo que faltaba por encontrar. Dentro de poquito se sentiría ya bien y podría conocer por sí mismo la ciudad.
    Si era por guerra, que no padeciese el Bey, que estaba asegurada. Como no podía dejar de ser, pues en qué cabeza cabía que los cuatrocientos cristianos y los aliados se mantuvieran indefinidamente en Tenochtitlán, en medio de los cientos de miles que componían las milicias de la Triple Alianza, cuando, para acabar con ellos, todo lo que tenían que hacer éstas era ponerse a utilizar sus millones de flechas, tiraderas, piedrotas, lanzas, garrotes, macanas, dardos, teas y, no la peor de todas sus armas, quitarles todos los puentes, puentes que, aclárese, no eran de obra, sino de quita y pon. En una ciudad completamente aislada de tierra firme salvo por tres calzadas cortadas de poco en poco por profundos canales y en la que cada casa, con su azotea, era una armada fortaleza rodeada de agua y aislada, así, de todas las demás, al estar la ciudad levantada no sobre tierra, sino en laguna, los “invitados” cristianos, tlaxcaltecas y totonacas estaban sentenciados y, sólo con la guerra más famosa del orbe, podrían salvarse de ir a parar al santo caldero.

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    Y así reflexionaba Marcos Bey, que si ya llevaban cinco meses de esa forma, la guerra no podía estar más lejos, sino más cerca, por que ¿cuál podía ser la idea de meterse en una trampa así, si no es la de rematarla con una guerra de las más fabulosas? Y menos mal que había llegado a tiempo. Ya sentía impaciencia por ver qué tan temibles podían ser estos mexica y qué tan esforzados guerreros eran estos tlaxcaltecas, con los que podría compartir lances y alimentos, como siempre han hecho en la historia los buenos comilitones, y ver de llegar después a los lugares famosos desde la antigüedad, que, según estaba demostrado, era en estas Nuevas Indias donde tenían que estar.
    Mientras el semiturco se dejaba cuidar y se hacía estas reflexiones, al que le hacía de enfermero se le iba el pensamiento a las recámaras de la intendencia tlaxcalteca y, más particularmente, a una carta que le habían mandado decir que le aguardaba allí. De no haber sido por quedarse cuidando a Marcos Bey -al que por cierto encontraba un singular parecido con alguien, pero no caía en con quién-, ya la habría recogido y, seguramente, se habría reunido con su amigo Xiloxóchitl para echar una partida al totoloque, que era como los bolos o, más probable, habrían salido de Axayácatl para dar una vuelta en canoa (acale, como le decían allí) o a pie por los barrios populares de la ciudad, cosa de la que nunca se hartaban, mientras mantenían interminables conversaciones o departían con los lugareños.
    De Xiloxóchitl, Cuahuipil habia llegado a apreciar todo: las maneras pulidas, cosa común a casi todos los indios, el talento y facilidad de palabra, la bondad, la enorme cantidad de cosas que sabía y la gracia y propiedad para relatarlas… Pero había algo de Xiloxóchitl que él apreciaba más que cualquier otra cosa: la hermana. Ilhuicáatl se llamaba y era, además, un tema de conversación del que nunca se aburría ninguno de los dos y que se salpicaba, normalmente, de arrobados silencios en que parecían evocar. Más arrobado, o arrobado de otra forma, Cuahuipil que Xiloxóchitl, aunque a éste parecía también que los arrobamientos de Cuahuipil le alimentaran más que los suyos propios. Tan sólo de cerciorarse de que, efectivamente, Cuahuipil estaba arrobado pensando en su hermana, él se arrobaba más, porque la adoraba. Por eso y otras cosas ya de menos monta, tenía Xiloxóchitl a Cuahuipil en un pedestal. ¿Qué otra cosa podía ser Cuahuipil sino la persona más sabia e inspirada entre los mortales si, nada más ver a su hermana, ya captó la superioridad de ésta sobre las demás criaturas del universo? Holgaría decir que más le valía a Cuahuipil no desarrobarse de la hermana del Xiloxóchitl no fuera a ser que lo bajaran del pedestal a garrotazo limpio y que, una vez abajo, ni siquiera pararan. Pero no, no había miedo: aunque Cuahuipil era capaz de mantener leal amistad con las mujeres con quienes tuviera afinidad, la de los arrobamientos sólo era una, una y para siempre. Y esa una la encontró en Tlaxcala, y conoció al hermano precisamente a través de ella. Flechazo, mejor dicho, mazazo de gran calibre, aunque como lo sintieron ellos dos fue como revelación divina.
    Y fue allí, en Tlaxcala, en el lar familiar de los hermanos, donde Cuahuipil por primera vez en mucho tiempo se sintió tan feliz como para sentir pena. Por primera vez desde hacía unos años que lo dejo, lo abrumó el recuerdo de su pueblo morisco de Castilla, de su hogar, como si ahora que de mayor amaba con los sentidos, le volviera a los sentidos lo que amó con los sentidos siendo niño y mozo, aunque no fuera consciente de ello. Como si lo que encontraba ahora fuera lo mismo que lo que había perdido y que no volvería jamás, porque ambas cosas eran irremediables y se excluían mutuamente.
    Pues sí, de ella era precisamente la carta que le aguardaba y esa carta que aguardaba le hacía sentir un mezquino rencor contra el Marcos Bey que, con sus malestares, le retrasaba en hacerse con algo que habían tocado unas manos que adoraba, que sentía en el recuerdo como si estuvieran presentes, incluso con el olor de su piel y con su tacto, algo áspero, que le conmovía hasta las entrañas.

  7. #7
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    Capítulo II: De cómo las meras cuestiones sucesorias no tienen por qué afectar a los sucesos


    El emperador Moctezuma -al que sería más correcto dar su verdadero título de huey tlatoani- estaba bastante harto. Mejor dicho, había apurado ya todas las medidas del hartazgo y, de eso, hacía ya tiempo. El cumplimiento de su deber era una carga cada vez más pesada y amarga. El boato y los honores que gradualmente había venido imponiendo en su corte, y a los que tanto peso daba, y todo el ceremonial de gran déspota de que había rodeado su persona habían servido bien a las políticas -al parecer, acertadas- que en todos los órdenes había instaurado en Tenochtitlan e impuesto a sus aliados; pero no eran antídoto contra amenazas y sucesos que escapaban a su poder e influencia, a su experiencia y a sus conocimientos. Las incógnitas de lo que tenía ahora encima le exigían paciencia y habilidad más que nunca. En esa lucha desigual eran esas precisamente las armas de que debería servirse, pero eso era difícil hacerlo ver a unas clases políticas acostumbradas a que Tenochtitlán pudiera imponerse a cualquiera sin discusión, sencillamente porque por la fuerza podía hacerse obedecer cuando quisiera.
    Este forcejeo continuo a dos bandas que mantenía era ímprobo, ingrato y, muchas veces, sin esperanza. Cada día venía a demostrarle que podía ser más enojoso que el anterior y traer mayores hieles, pesadumbres e irritaciones. Y el de hoy no era excepción.
    Noticias de desembarcos de hombres mayormente pálidos y barbados en las costas de oriente se las habían dado sus informantes desde hacía años pero, por su poca importancia y los grandes intervalos entre ellas, no habían sido de consecuencia. Sin embargo, la llegada del capitán Malinche y su gente había sido distinta porque, no sólo no fue una noticia aislada sino que, al año de desembarcar, ya habían minado y desprestigiado su dominio, se habían aliado con sus enemigos, sobre todo con Tlaxcala, y estaban aquí, ellos y sus aliados, instalados en la capital de su imperio y él, el Huey Tlatoani, era su anfitrión y rehén. Comprendía a sus cortesanos pero el que los comprendiera no cambiaba en nada los hechos y lo que éstos decían era que no se podía actuar movido por la exaltación.
    Desmintiendo, aparentemente, todos los augurios y profecías de la religión conocida, estos, que se llamaban a sí mismos cristianos, decían que no eran divinos ni emisarios de los dioses de aquella; pero, por lo que había él apreciado, tampoco eran un dechado de clarividencia, con lo que podían muy bien sí ser emisarios de los dioses y no saberlo. Bien mirado, todos somos emisarios de los dioses para todos los demás, nos demos cuenta o no. Y, a ratos, pensaba que eso era lo que sucedía en este caso. Pero entonces ¿qué era lo que los dioses querían de los mexica y su triple alianza? Por alguna razón, estos cristianos le pedían oro y más oro en tributo para su rey, oro que él les daba y era claro que, si lo que querían era todo el oro y aun más riquezas, nada hubiera sido mejor para ellos que decir que sí, que eran emisarios de los dioses de los mexica, y los mexica hubiéranles dado entonces no ya oro y riquezas, sino quizás hasta la vida. En lugar de eso, habían arremetido contra los que decían que eran ídolos y los habían derribado gradas abajo del Gran Teocali. Jamás se hubiera imaginado que habían de atreverse a tanto y que él habría de verse paralizado ante un sacrilegio tan inconcebible, ni en toda su existencia había sido presa de más honda congoja. ¡Qué angustioso fue aquello! Y si él hubiera creído segura la victoria, hubiera luchado contra estos teules, es decir, dioses cristianos; que ya sabía que no eran enviados divinos conscientes, pero era difícil quitarse la costumbre, aunque más difícil todavía era saber qué significaba su llegada y cómo encajaba en el destino de su imperio. Después de haberlos aplacado con cuantas maniobras diplomáticas pudo urdir, no estaba, ni mucho menos, convencido de que debiera luchar contra ellos o declararles una guerra abierta, por más que sus cortesanos lo acuciaban e importunaban para que lo hiciera. Mientras él fuera huey tlatoani, no obstante, no llevaría a su imperio, que con tanto esfuerzo y sangre se había levantado, a un callejón de salida más que incierta.
    Ahora resultaba que había llegado a la Vera Cruz este llamado Narváez y que le comunicaba a él, Moctezuma en persona, que el capitán Malinche era un rebelde a su propio rey y que, por ese motivo, era requerido por la justicia de Castilla. Podía ser cierto y, si lo era, hasta podía ser la ocasión de acabar con Malinche, sus teules y Tlaxcala, todo en una, incluso de recuperar todos los tesoros entregados a Cortés. Pero ¿era cierto? ¿Y quién era este Narváez? A Malinche lo conocía, no le parecía una lumbrera, pero no creía que mintiese cuando hablaba de su rey. Sin embargo, no podía hacerse todavía ningún juicio de la sinceridad de este Narváez, ni mucho menos estar seguro de que al día siguiente no fueran a desembarcar otros tantos o más barcos con otros tantos o más cristianos diciendo que Narváez mentía, o que mentían los dos, Malinche y Narváez, o que los dos decían la verdad. Dos cosas estaban claras: una, que lo mejor sería que peleasen Malinche y Narváez el uno contra el otro y que se aniquilasen mutuamente y en eso estaría él de espectador, otra, que más valía lo malo conocido, que era Malinche... Porque si era tan grande el mundo de más allá de sus costas como colegía de todo lo que llevaba hablado con muchos de ellos, ¿cuantos peligros más no podría encerrar y qué ganaría librándose de uno para que vinieran ciento, una vez que ya conocían el camino?
    Eso por una parte. Por otra, estaba el esperpéntico asunto de hoy, que sería seguramente una casualidad pero las casualidades, cuando se acumulan, irritan. Recordaba la impresión del año anterior, cuando sus emisarios y su pintor visitaron la carabela de Malinche y vieron allí los cascos de los cristianos, que guardaban una sorprendente semejanza con el del dios Huitzilopochtli que los mexica conservaban como reliquia. ¿A qué obedecía que tuvieran ellos réplicas de la reliquia de su dios tutelar? Sí, también podía ser casualidad. Y ahora, justo un año después del suceso del casco, desembarcaba con este Narváez no ya un casco, sino la viva imagen del Huitzilopochtli en la persona de un teule, que, según le habían dicho, se llamaba Marcos Bey y en cuyo rostro, aunque lleno de cicatrices, se apreciaban con claridad unas facciones y sobre todo una expresión en todo semejantes a las de la deidad.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:55

  8. #8
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    ¿Significaba algo este suceso? ¿Podía algo no significar nada? El caso lo había consultado con los sumos sacerdotes. Finalmente, había resuelto dejar el asunto a una comisión de tecuhtin o principales para que ellos encontraran la manera de determinar qué podía significar este suceso o cuál era el designio de este sosias del dios. Así, además, los mantenía ocupados y dejaban de enredar por otro lado.
    La comisión de tecuhtin se había reunido y no se ocupaba ya de lo que querría decir la presencia del doble de Huitzilopochtli, sino que, dejando de lado la especulación, debatía la manera de saberlo todo de este...
    -Marcos Bey se llama.
    -Lo suyo sería capturarlo.
    -Sería lo suyo, pero no veo cómo podríamos hacerlo.
    -No lo autorizaría el Huey Tlatoani y los teules pondrían el grito en el cielo.
    No. Desde luego, eso no podía hacerse sin al mismo tiempo declarar la guerra, que ya tenían ganas, ya, pero el Moctezuma no quería. Ahora que, con disimulo, como si no hubieran sido ellos... Tampoco, puesto que, en cualquier, caso sería suya la culpa, ya que, si desaparecía, desaparecería en territorio de Tenochtitlán y ahí eran los mexica los que tenían a su cargo la seguridad de toda persona y cosa. Y no serían muy listos pero anda que no eran puntillosos los teules en cuestiones de ordenanzas.
    -Saquémoslo de Tenochtitlán.
    -Eso.
    -¿Cómo?
    -Eso ¿cómo?
    -Alguien tendría que convencerlo para que saliera. Por ejemplo: sabiendo lo que gustan del oro, diciéndole que en tal y tal parte hay tal y tal oro.
    -Muy aventurado. No sabemos si éste concretamente quiere oro o lo quiere al extremo de desobedecer las órdenes de Malinche de no salir de la ciudad sin permiso.
    -¿Y si este Marcos Bey-Huitziplopochtli estuviera a nuestro favor?
    -De ser así, él mismo nos lo hará saber si lo desea y, si no lo desea, tampoco podemos hacer nada.
    Este breve traer y llevar el asunto fue el preámbulo que necesitó Aculnahuacatzin para, con la lucidez que le era propia, proponer el procedimiento más sencillo y a la vez más eficaz:
    -El huey tlatoani ha estado dando a todos los teules que se lo han pedido, y también a los que no se lo han pedido, mujeres de su gineceo para que no se sientan como perrillos sin amo. Creo que lo suyo sería que a este teule el propio Moctezuma le diera también una mujer, pero naturalmente no una mujer cualquiera, sino una con instrucciones de sonsacarle e incluso de traérnoslo. Una concubina puede procurar motivos donde en otra circunstancia no los habría. Mi hija Cuetlachtlitzin...
    -¿Cómo tu hija? ¿No quedamos en que era mía? -intervino con visible fastidio Ilhuicauxauatzin.
    -¡¿Sí?!
    -Sí.
    -¿¡Sí!?
    -Sí, hombre, Aculnahuacatzin -terciaron otros- Este asunto ya es más viejo que el sudar. Se dilucidó hace siglos y cada vez estamos en las mismas. Aclárate de una vez. Ilhuicauxaualtzin es el padre y tú eres el padrino. ¡Parece mentira que sigamos con esto a cuestas!
    -Está bien, está bien. Últimamente ando un poco disperso.
    -Pues has debido de nacer últimamente, porque yo no te recuerdo de otra manera. Siempre vuelves con lo mismo, Aculnahuacatzin, modérate, padrecito.
    -Bueno, bueno, dejémoslo estar. Vamos a lo que hace al caso y es que mi ahijada Cuetlachtlitzin se me ha quejado en innumerables ocasiones de que a las mujeres no se les da ningún cometido en las acciones importantes y que ella quisiera participar en los asuntos del estado como cualquier hidalgo. Naturalmente, no le podemos poner en la mano una macana y soltarla para que algún bruto le rompa el útero de una pedrada pero, para un asunto así, estoy seguro de que sería la doncella ideal. En cualquier caso, no se me ocurre nadie mejor.
    -A mí nunca me ha dicho nada de eso -dijo Ilhuicauxaual.
    -No coincidiríais. Y, habiéndomelo dicho a mí, habrá pensado que para qué marear a más, cuando ya sabe que en nada que ponga en mis manos he de fallarle. Uno no tiene todos los días la suerte de ser padrino de su propia... Bueno ya…
    -Éste es idiota de cuidado -se dijo Ilhuicauxaual para sí mismo, pero no tan bajo que no se oyera.
    -Yo me niego terminantemente a hablar otra vez de las reglas de Cuautehuanitzin. Vamos a zanjar ya lo del Marcos Bey-Huitzilopochtli, porque esta comisión no se ha formado para el fomento del chismoseo -esto dijo otro de los presentes y todos los demás expresaron asentimiento-. Estoy de acuerdo en que se encomiende a Cuetlachtlitzin este cometido. Ahora, lo que tenemos que hacer es ver las instrucciones, atribuciones e instrumentos que se le van a dar para cumplirlo. Está muy bien el que una mujer quiera hacer grandes cosas, pero el problema es que no se la ha formado para ello y es temerario y despiadado soltarla entre las fieras sin la capacidad para hacerles frente, así que hay que instruirla muy bien y estar muy al quite, no sea que del susto pierda su madre otra vez la regla.
    -Dijiste que no ibas a hablar más de las reglas de Cuautehuanitzin.
    -Fue un desliz. Lo siento.
    -No tiene mayor importancia. Desde que llegaron los teules parece que estamos todos desquiciados. Vamos a tranquilizarnos y a no ser susceptibles y a ver si ponemos los cinco sentidos en lo que tenemos entre manos. Bebedizos, una daga, papel y cañita para tomar notas, días, y formas de enviar mensajes o pedir ayuda, creo que eso es un mínimo de lo que ha de proporcionársele.
    -¿Qué tipo de bebedizos?
    -No han de ser venenosos, naturalmente, por si lo envía Huitzilopochtli. Debiera ser algo que se le dé y luego tenga sueños que hable en voz alta. Así sabremos lo que tiene en la mente.
    -Pues sí. ¿Y la daga para qué?
    -Pues... se me ocurrió así en general, pero la verdad es que no lo sé, porque no tiene sentido que el Huitzilopochtli le quiera hacer ningún daño visible ni ella en principio tiene por qué hacérselo a él.
    -Evidentemente.
    -Creo entender el pensamiento de nuestro cotecuhtli. Su idea era rodear el caso de un aire de dramatismo, lo que sin duda, dadas las inclinaciones de mi hi…, perdón de mi ahijada, no está exento de acierto. Eso la hará sentirse a ella mucho más en su cometido.
    -Bueno y no olvidéis tampoco, como esto urge, con las prisas, tú o su padre o su madre o quien sea, también de decirle lo que pasa la noche de bodas...
    -Pero ¡otra vez! A ver si va a resultar que esos bebedizos que se van a preparar para el Huitzilopochtli hacen efecto ya cuando se habla de ellos. Me parece que lo que sea menester que le explique quienquiera que sea de su familia, ya lo sabe su familia. Vamos a tener un poco de compostura. Esto parece la feria de Otumba en lugar de una comisión de tecuhtin tenochcas.
    Verdaderamente, en esta reunión de la comisión del Huitzilopochtli estos tecuhtlin no se sintieron muy satisfechos de cómo habían desempeñado su alto tecuhtlicaje, pero aún así, no dejaron de cumplir lo que se les mandó y esa misma noche Cuetlachtlitzin recibió la satisfacción de verse encomendada una misión de importancia para México-Tenochtitlan y la Triple Alianza.

  9. #9
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    Predeterminado Capítulo III: A la luz de los sueños

    -Pues ha sido una inspiración el que yo llegara aquí a Tenochtitlán esta mañana, Xiloxochitl, hijito. No creas que tenía ningún conocimiento de la venida de este cristiano al que está cuidando Cuahuipil y que dicen que es réplica del Huitzilopochtli y, sin embargo, estoy aquí y ¿sabes por qué?: tuve el presentimiento de que me ibas a necesitar.
    Así le hablaba a Xiloxóchitl su tío Teyohualminqui, que era sacerdote, o papa, como los llamaban los indios, y esa misma mañana había llegado de Tlaxcala. A usanza india y también morisca, estaban no sentados en el suelo, sino en cuclillas, en uno de los patios del alcázar de Axayácatl que ocupaba la capitanía en que servía Xiloxóchitl. Siguiendo la costumbre, este Teyohualminqui, al igual que cualquier otro papa o sacerdote, tenía también su historial guerrero, que era en su caso bastante digno. El historial de papa, sin embargo, a pesar de que llevaba muchos años siéndolo, todavía no se sabía cómo calificarlo porque era desconcertante. Introducía sin ningún empacho novedades litúrgicas, se vestía con iniciativa propia y se peinaba con iniciativas totalmente impropias, excentricidades que daban lo suyo que hablar hasta que las autoridades se preguntaban si no deberían hacerle alguna reconvención o, por lo menos, que se explicase para no desorientar a la grey. Pero, antes de que se le reconviniera, él solito empezaba de repente a atenerse a la más rígida ortodoxia, y nadie hubiera podido imaginar cómo podía ser de rígida una ortodoxia hasta que Teyohualminqui se ponía a ello. Entonces hacía más penitencias que el más penitente, más sacrificios que el más sacrificado y más ayunos que el más ayunador. Y así hasta la siguiente fase de excentricidad en que se cortaba el pelo, se cortaba las uñas y, para el gusto cristiano, se ponía guapo.
    Al margen de esos vaivenes, justo era dejar constancia de que era buen papa y de que los futuros muertos lo querían mucho. Es decir, según qué futuros muertos, porque conforme a la religión de los indios –que fue verdadera durante mucho tiempo- y dicho muy por encima, o sea, muy superficialmente, había dos paraísos, un infierno y tres clases de muertos: La primera clase de muertos era la de los que morían sacrificados a los dioses, en la guerra o pariendo un hijo y éstos iban al primer paraíso, que era el del sol y la luz y correspondía a los dioses Camaxtli de los tlaxcaltecas y Hutizilopochtli de los mexicas. La segunda clase de muertos era la de los que morían ahogados y esos iban al segundo paraíso, que era lo que se entiende por paraíso terrenal, es decir con arroyuelos cristalinos, árboles no tan cristalinos, pero muy bonitos, sombras placenteras, etc., y correspondía al dios Tláloc, que era el de la lluvia. Y la tercera clase de muertos era la de los muertos corrientes que se morían como tontos a fuerza de hacerse viejos o de ponerse enfermos y éstos iban al infierno, que era un lugar frío, de muchas penalidades e impenetrables tinieblas, con el resultado de que a los ciegos igual les daba morirse que no. ¡Ah! Pero la cosa no era tan sencilla, porque precisamente a estos muertos corrientes, a estos tontos de muertos, a los que les esperaban penalidades y tinieblas insondables, era a los que se dedicaba con amor Teyohualminqui. Cuando Teyohualminqui terminaba de explicar lo que encerraban de verdad aquellas tinieblas tupidas y amedrentadoras, sus moribundos comprendían que no se les revelase antes ese secreto porque, si se les hubiera revelado, no hubieran esperado tanto para morirse e ir a aquella gloria de infierno. Y no se va a entrar aquí a explicar como era aquello que describía a sus fieles Teyohualminqui porque cualquier persona con mediana imaginación es capaz de concebir lo que pueden dar de sí unas buenas tinieblas, tanto en lo místico como en lo no tan místico.
    No, no era un sacerdote baladí Teyohualminqui, y nunca se le había acercado nadie sin encontrar en él consuelo, guía y hasta cierta gracia. Ni que decir tiene que el templo en el que él hacía las veces de lo que podríamos llamar párroco era precisamente el de la diosa y el dios del infierno y de los muertos corrientes, es decir, Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli, señora y señor de las tinieblas, a los que, por cierto, sí se hacián sacrificios humanos, mas no sangrientos, y eran siempre voluntarios. La verdad es que sin sacrificio ninguno debían de tener ya las manos llenas, y eso le venía muy bien a Teyohualminqui, al que en sus fases de excentricidad y por puro pulimiento no le terminaba de agradar que le salpicase a la cara la sangre, toda calentita, que saltaba de los sacrificados y, eso, independientemente de que él tuviera sus críticas fundadas a los derroteros tomados por la religión a lo largo del tiempo.
    Hay que puntualizar, antes de seguir adelante, que a este papa la llegada de los cristianos a Tlaxcala le había pillado en plena ortodoxia, que todavía le duraba, lo cual quería decir que tenía una pinta asquerosa, con las uñas crecidísimas, el pelo muy largo y enmarañado (de ahí que les llamaran “papas”) y pegada a él y hecha costra la sangre que se sacaba de las orejas en sus penitencias; que estaba enflaquecido de los muchos ayunos, y que tenía las orejas, como queda dicho, sangrantes. Esa pinta, sin embargo, no le había impedido interesarse por la religión de los cristianos, porque era muy curioso y si, de costumbre, algunos cristianos predicaban a diestro y siniestro sin que se lo pidiesen y no sabían parar, con Teyohualminqui sucedió que él no sabía parar de preguntar y llegó un momento en que ya no tenían nada más que predicarle y les dejaba encima a oscuras –claro, para eso era papa de las tinieblas- de si eran buenos predicadores o no, ya que, no por mostrar una gran voluntad y facilidad de comprensión, estaba menos guarro y menos ortodoxo.
    Así, hecho un cristo y un flacucho y vestido de negro de pies a cabeza, con uno de aquellos hábitos que usaban, parecidos a los de los monjes, estaba en este momento en que hablaba con el hijo de su hermana. Debía de ser de pura hambre de lo que le venían a él los presentimientos y las visiones esos de que daba cuenta a su sobrino, porque ¿de qué, si no?
    -Pues, tío, hablando con franqueza, la cuestión religiosa me tiene ya un poco fatigado ¿eh? Desde que llegaron nuestros aliados no he hecho más que comparar y darle vueltas a esto y a aquello, a esta doctrina y a aquella otra y, cuantas más vueltas le doy, más fatigado salgo. ¿Sabes lo que temo?: Que me voy a volver un tibio.
    -Pero ¿y por qué le das tantas vueltas?
    -A las cosas importantes habrá que darles vueltas hasta encontrarles el sentido, digo yo, si no ¿cómo te vas a quedar a gusto?
    -Yo lo mandaría todo a paseo.
    -Tío ¿cómo puedes decir eso? encima siendo papa.
    -¿Por qué no?
    -Porque tú eres el que debiera resolverme a mí todas mis dudas para que no pierda la fe.
    -Cree lo que te guste y no te preocupes de más.
    -Tío, a ti te van a quitar de papa como sigas hablando de esa manera. Para creer algo tiene que haber una explicación de fundamento.
    -Xiloxóchitl, tú confías mucho en las explicaciones, pero una explicación no es nada. Resulta de conocer una cosa por un lado y otra cosa por otro y de tener una ocurrencia que relacione a las dos. Te quedas tan contento creyendo que eso explica algo, pero eso no pasa de ser un rasgo de ingenio que puede quedar hasta bonito pero que no lleva a la fe. Xiloxóchitl, las verdades no se explican. Se ven o no se ven. Se sienten o no se sienten. Se viven o no se viven. Tú deberías cortarte la cabeza unas semanitas, porque abusas de ella. En cualquier caso, la visión que me trajo a verte no tiene nada que ver con la religión.
    -Mejor, porque ya te digo que me tiene un poquito harto. A mí lo único que me preocupa de verdad es Ilhuicáatl, que conozca un poco de dicha, aunque sea una vez. Teníamos que haber sido más vivos cuando estuvo allí Cuahuipil y que se hubieran casado.
    -¡No empecemos! Cualquiera diría que tu hermana lo que quiere es ser infeliz y que no tiene interés en casarse. Ella es feliz, el infeliz eres tú de tanto preocuparte por la felicidad de ella. Y no me tires de la lengua, que ya sabes tú lo poquito que te queda para ser famoso en toda Tlaxcala y no precisamente por tus hazañas bélicas.
    -¡Dirás que son malas!
    -No, no lo digo, y no escurras el bulto, que sabes muy bien de qué hablo.
    Sí lo sabía, pero no tenía ganas de entrar en eso ahora, bueno, ni ahora ni nunca.
    -Pero, entonces, tío ¿qué es lo que te ha hecho venir? Dices que no es por el Huitzilopochtli. ¿Es por Narváez?
    -¿Sabes que ya he aprendido a nadar y buceo y todo?
    -¿Qué tiene que ver eso?
    -Que nado muy bien. Tú también deberías aprender.
    -Ya se te adelantó alguien con el consejo. ¿Sabes que el Cuahuipil casi me ahoga con sus principios didácticos, que dice que la necesidad es el mejor maestro? Si no me ves ahogado, es porque nadé.
    Hubo un silencio en el que Xiloxóchitl esperaba que hablara su tío, quien por fin lo hizo.
    Última edición por maite; 23/02/2012 a las 11:48

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    Predeterminado

    -Tuve dos sueños: en uno veía el paraíso de Tlaloc y ése no es difícil de interpretar.
    -No. En la circunstancia, es muy fácil de interpretar. Pero si vamos a morir aquí ahogados, eso quiere decir que no nos van a sacrificar… Pues no, pensándolo mejor, no lo entiendo. Porque si nos atacan aquí, nos defenderemos y moriremos en la pelea o nos capturarán en ella y nos sacrificarán. Pero no entiendo para que íbamos a arrojarnos al agua. Y menos todavía qué ganarían éstos fantoches arrojándonos ellos. Sería lo último que querrían, porque eso no es tan imponente ni tan triunfal ni tan de pueblo elegido, según dicen ellos que son, como sacarnos el corazón. Mira, hombre, pensándolo mejor, casi me arrepiento de saber nadar, porque el ahogarnos todos sería un disgusto póstumo maravilloso que podríamos darles. Les aguaríamos la fiesta en su propia laguna. Como desquite postrero tendría hasta elegancia.
    -Y es un hermosísimo paraíso el de Tlaloc, tampoco hay que olvidarlo.
    Xiloxóxchitl soltó uno de esos gritos relincho tan liberador que saben dar los indios y que denotaba la felicidad que le producía el hallazgo de aquella mina de elegantes disgustos póstumos. Pero... Le halló un pero.
    -Pero, tío, eso no sería muy digno de guerreros ¿no crees?
    -Depende del objeto que tenga la guerra. Si el ahogarse sirve mejor ese objeto que el ser cautivado o muerto de otra forma, entonces lo más digno es ahogarse. Por otra parte, si se cree en los milagros, pues a lo mejor hay escapatoria.
    -¡¿De aquí?!
    -Sí.
    -Tú, cuando has venido por la calzada y cuando has echado un vistazo antes desde la azotea del palacio has visto la ciudad ¿verdad?
    -Sí.
    -Y ¿qué opinas?
    -Que es el cepo recepo más grande y más vistoso que se haya fabricado nunca.
    -Y ¿no te parece que el capitán de Malinche está loco?
    -Que el capitán de Malinche está loco es artículo de fe en Tlaxcala. En lo que confían es en que esté completamente loco, porque si está completamente loco, como toda locura encierra en sí una coherencia intrínseca, algo se sacará en limpio, el qué, se verá cuando se saque, pero si sólo está loco a medias, ahí ya nos hemos fundido.
    -Si es por eso, no te preocupes, está loco total: se fía de los mexicas y del Moctezuma, a pesar de lo que le hemos advertido de lo traidores que son y de las vueltas que tienen. Como el Moctezuma ha jurado lealtad al césar Carlos, ya se cree que está todo hecho, como si un juramento de éstos valiese para algo.
    -Pero tampoco puedes decir que se fíe de él, puesto que lo tiene en rehén ¿no es así?
    -Sí es así y ése es el motivo de que todos nosotros estemos vivos todavía. Pero aunque lo tenga en rehén, Moctezuma sigue gobernando y tratando todos sus asuntos exactamente igual que antes. Y la prueba de que está loco total Malinche es que los tributos para el césar Carlos que le ha dado Moctezuma, los guarda aquí. ¿Que te dice eso?
    -Que sí, que está loco de remate, porque lo más seguro es que si no cambia de parecer tendrá que despedirse de ellos. ¿Por qué no los ha enviado a Tlaxcala lo mismo que nuestra parte del trato?
    -O teme ofender a Moctezuma mostrando desconfianza o no se fía de nosotros hasta ese punto.
    -Mmm... Él se lo pierde. ¿Y qué hay de este Narváez? Algo he oído de que ha mandado decir a Moctezuma que Cortés es un rebelde a su rey, pero digo yo que no se puede ser rebelde y al mismo tiempo recaudarle tan ineficaz pero fielmente los tributos. ¿Qué sabes tú?
    -Pues está muy claro: que los mexicas y la Triple Alianza podrán acabar impunemente con los teules de Malinche y con nosotros y decir que nos mató a todos por traidores al César. Y dirá aún más, que Tlaxcala ayudó a los traidores y se servirá de estos otros teules para acabar con Tlaxcala. Lo que intentaron, pero no les salió bien hace meses cuando nosotros peleábamos contra los teules, lo harían ahora y ellos serían los buenos. La trama, desde luego no me digas que es para arrancarse de contento.
    -Sí parece feo el asunto y nos jugamos mucho. No obstante, también es cierto que esa eventualidad la tenemos cubierta con nuestro querido Capitán General Axayácatl Xicoténcatl. Él siempre ha mostrado abierta oposición a la alianza con los de Malinche. Le tocaría tomar el relevo y seguramente hacer rodar algunas cabezas, pero tendríamos salida. Y no olvides tampoco lo más importante que tenemos a nuestro favor, el amparo de Camaxtli. No somos nosotros los que queremos dominar a otros pueblos ni hemos ido a invadir a nadie ni a exigir por la fuerza de las armas y la amenaza de exterminio que se nos entreguen esclavos y riquezas ni tenemos semejantes aspiraciones y, mientras así sea, podremos luchar hasta el final con la seguridad de que Camaxtli no nos dejará de la mano, porque así nos lo ha prometido y porque es el dios más amoroso que existe. Tú dices que me van a quitar de papa, pues esto que te digo, apréndelo, aunque me quiten: el camino de Camaxtli es el camino de la fe y su palabra oncan tonaz ("más allá") nos ha guiado siempre sin errar. Mientras queramos seguirle "más allá", donde quiera que disponga el poder divino, tendremos sentido como pueblo y no desapareceremos. Cuando se tiene fe, nada es una carga y todo se alcanza. Con Malinche y sin Malinche, con un capitán o con otro, como esté escrito que sea, para Tlaxcala esto es otro "más allá", en el que nos adentraremos con confianza, como hemos hecho hasta ahora.

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