Aparte de esos recuerdos compartidos con los amigos, también sobre otros temas más delicados tuvo largas y sosegadas conversaciones con su hermana mayor, que siempre lo había querido mucho y a la que se sentía muy unido.
-¿Por qué te sientes tan mal, Shuyaira (Arbolito)? –le decía-. Madre no vivió menos porque te fueras. Ella estaba contenta de que te hubieras ido.
-¿No me quería ver?
-¡Mira que eres tonto! ¿Cómo no iba a querer verte si eras un sol? ¡Claro que te quería ver! Pero también quería que fueras libre. A nuestra madre lo que la mató, aparte de que padre no volviera, fue el verse convertida en proscrita. Fue como si en medio de la plaza la hubieran abofeteado y la hubieran llamado puta y le hubieran arrojado el dinero a la cara. Lo sintió como lo hemos sentido todos, pero madre más, porque creció en libertad. Nosotros no la hemos conocido. Ella sí. Y era muy recta y clara. Nunca había tenido que esconder nada ni esconderse de nada. El tener que disimular y mentir… no podía con ello. Y el bautizo… sabiendo que eso era algo serio y sagrado para los cristianos, teniendo ella que vivirlo como una mentira y siendo vecinos nuestros… se sentía encima tan mal por ellos… Es a lo que nos obligan esos tiranos malnacidos. Y eso que, ya ves, aquí la gente no es mala, pero de llevarlo bien no hay ninguna manera. Es eso lo que le acortó la vida y lo que nos quitó a nuestro padre, no nada que hayas hecho o dejado de hacer tú. Todo lo contrario. Madre siempre confió en ti y supo que eras bueno. Y cuando te fuiste porque quisiste, ella se alegró porque pensó que tal vez encontrases un lugar en el que no tuvieras que vivir esto. ¿Pero no recuerdas que nos bendijo a todos y que te bendijo a ti también?
-Sí porque era muy buena.
-Recuerda también que, antes de morirse, te dijo que te volvieras a ir, que siguieras tu camino, dondequiera que te llevara. Y cuando te fuiste con Marzuqa y os descasasteis y hablamos de ello en casa, no consintió que nadie dijera nada malo de ti ni de Marzuqa, dijo que confiaba en vosotros y que si lo habíais hecho así, por algo sería, y que estaba segura de que habíais obrado rectamente.
-¿Dijo eso?
-Eso dijo. Te bendijo y, si Dios quiere, sigue bendiciéndote y a todos nosotros. Nos apena mucho que te vayas, que siempre serás nuestro Sháyara, nuestro pequeño, pero has de seguir tu camino como tú lo veas. Eso sí, escríbenos, aunque tarde el correo.
Se despidió en paz de su familia y convecinos, pero en el alma aún sentía el hoyo de Marzuqa, aquel en el que no la pudieron enterrar como Muslime con su marido. Alguien más, algo más, que se había ido para no volver.
Y, finalmente, como quien cierra una herida o trata de acomodarse a ella porque es incurable, visitaron en Portugal a María Pacheco, cabeza de los comuneros de Toledo en ausencia de Padilla y después de que éste hubiera sido ajusticiado por los imperiales. Estaba exiliada y acogida a sagrado en el palacio arzobispal de Braga, del que no podía salir, ya que pendía sobre ella la orden de ajusticiamiento del Emperador, que cada mes o cada semana la reclamaba al rey de Portugal. Bastante hizo el Obispo que aguantó varios años el continuo apremio. Ajusticiar a María hubiera sido el broche de oro de la venganza del César y de su imperio indiscutido sobre las gentes. No precisaba sólo que se le obedeciera por derecho divino. También, por derecho divino, debían quedar como facinerosos quienes no acataran su delirio imperial. La pervivencia de Pacheco, aunque fuera en el exilio, recluida y enferma, era un ultraje a su soberbia, ultraje que no habría de perdonar el Emperador ni aun más allá de la muerte.
A la Vacatecuhtli la impresionó la visita, por más que antes de hacerla no tuviera interés en ella e incluso, una vez allí, no le viera sentido. ¿Por qué habían ido a verla? ¿Qué había ya que decirse? Habían luchado, habían perdido, ya estaba todo dicho. A esta mujer, enferma desde hacía muchos años, lo único que le quedaba era apagarse y el único objeto que parecía tener ya su existencia era que fuera Dios quien la apagara y no el Emperador. Pero también eso le dio pie a hacerse preguntas: ¿qué significaba perder? ¿qué significaba vivir después de perder? Y se las respondió: Eso era, sí: Morir de pie y con la boca cerrada. Eso es lo que había después de perder y eso era lo que hacía la comunera, sin medios de vida, y habiendo perdido guerra, marido e hijo único e ignorada, como si fuera un borrón, por casi toda su familia, de la alta nobleza que, además, gozaba del favor del Emperador. De pie y con la boca cerrada por ser quien se es. De lo que aún no estaba segura Vacatecuhtli era de que fuera cierto lo que había dicho Ilhuicáatl en aquella visita: “Son muchos los proscritos, los perseguidos y los condenados a muerte tras nuestra guerra, y más los muertos en combate, pero no hemos luchado en vano y no sólo porque lo que aquí se pierde en el más allá se gana si la causa es justa, sino porque, de no haberlo hecho, todo sería peor”. ¿Era eso cierto? Eso era lo que decía creer Ilhuicáatl y lo que ella hubiera querido creer también pero, dado lo mal que había salido todo, le costaba imaginar que hubiera podido salir peor. Bendita Ilhuicáatl capaz de llegar a decir cosas como ésa.
Y ahora ya estaba de vuelta en casa. Y qué extraño, se decía ella cuando todavía esperaba la llegada de Ahuitzotl, que una mexica pueda decir eso refiriéndose a Tlaxcala. Hace cuatro años no lo hubiera podido decir ni lo hubiera podido sentir así. Pero sí, allí estaba, con otros que también estaban de vuelta en casa.
Pero también en Tlaxcala habían cambiado mucho las cosas. La Orden de las Hijas de la Sal seguía, pero diezmada por la viruela. Totonilama era la regidora y con ella había quedado Ilhuicáatl en reunirse en los próximos días. Aunque ya Teyohualminqui le había dicho que, si había fondos, no podían ser gran cosa porque con la epidemia se desembolsó mucho dinero a fin de socorrer a la población y ese aporte de la Orden había sido muy importante, conque, aunque sólo fuera por eso, aquella institución –por desgracia, antes de lo que previeron-, había justificado plenamente su existencia.
En cuanto al padre Teyohualminqui, ahora también era padre, pero de otra clase. Había dejado el papado, se había casado con Coyol-limáquiz y tenían dos nenas. No necesitó esperar respuesta ninguna a aquel prolijo escrito en latín dirigido al Obispado de Santo Domingo pidiendo la homologación sacerdotal para saber que esa respuesta iba a ser negativa, cosa que no había comprobado porque, aunque creía que había recibido respuesta -porque algo recibió-, como estaba en latín, no sabía lo que decía y no se la quería enseñar a nadie que supiese latín aparte de a Marcos.
Si él no se había olvidado de la carta, Marcos tampoco porque, cuando llegaron los cinco viajeros, dejaron acomodados y atendidos a los animales en manos de los macehuales nombrados para ello y pudieron por fin charlar, fue por esa respuesta por lo primero que preguntó.

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