
Iniciado por
emma
no quería... pero....
Los primeros años de mi vida casi no los recuerdo, claro, y mejor, porque mi familia tenía bastantes líos por culpa de los problemas de mi padre con ciertas sustancias. Entonces, se fue para ponerse mejor. Si recuerdo muy bien, la vez que ví que era otra persona. Tenía otra otra cara, otros ojos... desde entonces fue otra persona... Cristo había cambiado su vida por completo. Yo para entonces tenía unos seis años, así que cuando nuestra nueva vida comenzó a mi todo me parecía estupendo, ¿cómo iba a dudar de que Dios había hecho eso? Si DIos lo puede hacer todo, Dios ha hecho el mar, los árboles, la risa, el viento, las lágrimas.... no es difícil para un niño creer a Dios. Tampoco lo era para mí. Conocí a muchísima gente cristiana y a muchísima gente que decía serlo pero su vida no reflejaba el poder de Dios. Ví vidas asombrosas y vi vidas de creyentes normales, y vidas de gente hipócrita con la fe. Y crecí así, leyendo la Biblia, yendo a las clases bíblicas, orando al Dios que había cambiado a mis padres... luchando contra un mundo que no hacía otra cosa que menospreciarme por mi forma de vivir, de las cosas que ellos me enseñaban, de las cosas que yo creía, de lo que a mi me gustaba. Y entonces llegó la adolescencia. Y con ella, mis deseos comenzaron a cambiar. Quería ser como todo el mundo, ser una persona "normal", no llamar siempre la atención por mi vida, sino ser como todos. Así que empecé a cambiar mi forma de pensar y mi forma de vivir. Empecé a odiar a Cristo,a DIos, y a mis padres. A todos ellos culpaba de tener que vivir una vida que no me gustaba en un sitio donde no queria vivir, con gente a la que no soportaba. La Biblia me parecía repetitiva y cuando escuchaba a alguien compartir sobre ella me astiaba... deje de asistir, por supuesto, y comencé a salir con mis amigos y a hacer cosas que en el fondo sabía que no debía hacer pero yo pensaba: ¡Eh! es mi vida, soy libre de vivirla como quiera, Dios y eso está bien para gente con problemas, como los tenía mi padre pero yo soy una chica normal, solo quiero estudiar mi carrera, tener mi trabajao, mi dinero, mi casa, mis amigos...algún día, después de haber vivido, ya me pondré en paz Dios, total, él es bueno al fin y al cabo. Así que cuando cumplí 18 años me fui de casa con la escusa de empezar la carrera universitaria, aunque lo único que no quería era estar cerca de un ambiente cristiano. Mis padres me obligaron a asistir los domingos a la iglesia...al principio fui, pero me daba verdadero terror el tiempo que se alababa a Dios, porque se me ponían los pelos de punta y dentro mí, mi corazón hervía de odio... y por otro lado tenía muchísimas ganas de llorar. Eso no podía permitirlo. Yo había estado formando muchos años una capa de autosuficiencia e individualismo alrededor de mi, de tal manera que no me permitía expresar ningún sentimiento, ni alegría ni dolor, nada, de nada.
Así que simplemente dejé de ir. En pocos meses ya me habían ofrecido trabajo en lo mío, a pesar de aún no haber acabado ni siquiera el primer curso de la carrera porque decían que les gustaba mucho mi forma de trabajar. Tenía mi casa. Tenía amigos. Y cuando lo tuve todo me di cuenta de que era muy muy infeliz. Entonces llegó el verano y me insistieron mucho que fuera a un campamento para jovenes cristianos. No tenía muchas ganas, por no decir ninguna, pero me dijero que era más que nada para acompañar a mi hermano pequeño. Si podía, no asisitía a las reuniones, y solo aparecía en público para las actividades deportivas. Me llamaban la solitaria, e incluso me dieron un "diploma" a modo de broma por haber sido capaz de hacer mi propio campamento sola. Entonces tuve que cambiarme de ciudad y me matriculé en otra universidad. Nunca entendí que me pasó, pero empecé a llorar desde el momento que pisé esa ciudad y durante meses. Mi padre me decía: Dios te llama, busca a Dios... pero yo le colagaba el telefono y pensaba ojala me deje en paz. Y seguía llorando. Entonces pasó algo. Tenía una amiga que tenía un plan. Iba a fugarse de casa para marcharse con un chico al que apenas conocía. Por mucho que yo hablé con ella no me hacía ningún caso. Entonces, una mañana me dije, bueno, a lo mejor Dios puede hacer algo. Y cogí la Biblia y empecé a buscar algo que me ayudase. Encontré un versículo que me llamó la atención, dice: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Y pareció increible que alguien pudiese alegrarse de ser debil... yo que simepre había intentado ser la mejor en lo mío, sea autónoma y todas estas paparruchas modernas. Así que como no encontre nada, me puse a orar y dije, Señor, ayuda a esta chica a que no haga lo que quiere hacer. Entonces Dios me dijo, ¿y tú qué? y comencé a recordar todas las veces en mi vida que Dios me había demostrado que estaba a mi lado y las veces que yo había hecho o dicho algo contra él. Las veces que había sido orgullosa o envidiosa o todo lo que había odiado, y no pude dejar de llorar y le perdí perdón a Jesús por haber sido tan rebelde, le dije que ya estaba cansada de luchar sola y que quería que desde este instante el tomase las riendas de mi vida. Me sentía una persona horrible, pero a la ve me sentía libre. Al día siguiente cuando me desperté pensé en el día anterior y me dije a mi misma que todo había sido puro sentimiento. Yo por entonces tenía un problema, y es que vomitaba lo que comía. Esa tarde fui al servicio a vomitar, y cuando estaba de rodillas en el servicio Cristo me habló otra vez y me dijo: Yo te he limpiado no peques más. Fue algo que se escapaba a mi entendimiento, Dios me había hablado a mi, alguien tan rebelde y blasfema como yo. Este concepto de mi misma fue un gran impedimento para que yo fuese llena del Espíritu Santo con libertad, pues cuando estaba en las reuniones y comenaba a sentir en mi interior la fuerza del espíritu Santo, me decía a mi misma que era solo una emoción, porque yo no era digna de algo tan Santo. Yo era capa de hablar en lenguas desde que me había acercado a Dios por primera vez, pero me daba vergüena hacerlo en público porque conocía a gente que lo hacía por imitación o por costumbre, y yo no quería ser así. Pero un día en un encuentro cristiano, estabamos orando desde hacía unas horas, cuando una amiga mía muy querida se acercó a mi y me dijo que si podíamos orar juntas. Nos cojimos de la mano, ella oró y después comencé a orar yo, mientras oraba, derrepente comencé a sentir mucho calor dentro de mi y perecía como si un gran muro que había entre la libertad de adoración y yo se estuviese cayendo y las lenguas comenzaron a fluir desde algún lugar desconocido hacia el cielo a través de mi. Desde este día ha sido uno de los regalos más hermosos que Dios me ha dado y una forma de relacionarme con Él que va por encima de las palabras racionales, es un clamor, y sólo él ha podido hacerlo, por eso se que Cristo es real y que las promesas de DIos son ciertas, porque hasta aqui me ha traido y hasta aqui ha sido fiel a su palabra.