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Tema: Mi testimonio del Bautismo en el Espíritu Santo.

  1. #1
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    05 may, 11
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    Predeterminado Mi testimonio del Bautismo en el Espíritu Santo.

    Os comparto públicamente mi experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo, conforme a las Escrituras.

    "Respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. "


    "1:4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.
    1:5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días."

    "Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros;"

    "Y me seréis testigos (de Jesús, por si no queda claro ¬¬) en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra."

    --------------------------------------------------PARTE I-------------------------------------------------------

    Este es un pequeño testimonio acerca de cómo recibí el bautismo en el Espíritu Santo.
    *Yo siempre fui un cristiano que anhelaba buscar y ver el poder del Dios, al que yo entendía que seguía, del Dios todopoderoso de la Biblia. A lo largo de mis años en la Iglesia, en el mundo cristiano, ciertamente he visto cosas, he visto cómo situaciones en las que no existía una salida se transformaban en un abrir y cerrar de ojos, y donde no había puerta, de repente aparecía una que cumplía de manera precisa y exacta con la necesidad que la situación exigía. También he escuchado testimonios de pastores, predicadores y ministros de Dios que cortan el hipo. Desde luego, no podía negar que se trataba de hechos milagrosos. Siempre me ha gustado escuchar esos testimonios tan meticulosos de los que me atrevería a decir, que hasta un celoso impío, podría reconocer interiormente que atribuir semejante transcurso de hechos a la casualidad sería bastante necio por su parte. Pero a la vez, me llenaba de pena, porque ni los impíos lo habían visto de la misma manera que la Iglesia, y porque seguían siendo bendiciones y situaciones milagrosamente resueltas que como siempre, servían de testimonio a los demás, pero no a mí.

    Yo sentía que no me servían por el simple hecho de que no era un testimonio del poder de Dios en mi vida de una manera directa. Podía leer libros en los que el autor contaba muchos grandes milagros que él u otros habían vivido, pero seguían siendo historias que ni había visto ni vivido directamente, ni aún en mi entorno, y que no me servían de testimonio para los impíos. Eso era lo que me fastidiaba en alguna manera. Que siempre que tenía que “defender” a mi Dios a nivel de milagros, no lo defendía por mí mismo, sino por lo que “otros creyentes” habían experimentado en sus vidas, y seamos sinceros, eso no funciona a día de hoy. ¿Cómo me iban a respetar, o cómo iban a temblar ante la presencia de Dios, o cómo iban a prestar sus oídos y abrir sus mentes para entender la verdad de Dios para sus vidas? ¿Cómo iba a testificar a un Dios de poder o cómo iba decir “yo afirmo estar en la verdad” cuando mi vida estaba infructífera?

    Me sentía un tanto impotente, o exento y desvinculado del Dios de poder que la Biblia me enseñaba y del cual yo por momentos intentaba testificar. Mis palabras quedaban mermadas en filosofía y religión, que pese a ser muy bonitas y a hacer pensar a mucha gente, no dejaban de ser “demasiado teóricas”. Y muchas veces pensé en cuál era entonces la diferencia que un impío podía ver entre mí y una “buena persona”. Siempre rondando por mi cabeza las palabras “un cristiano ha de marcar la diferencia allí donde esté”, hacían que me plantease ciertas preguntas. La respuesta a todas ellas era que “un cristiano ha de marcar la diferencia allí donde esté e independientemente de con quién trabaje o se encuentre”. Esto venía a significar, que yo debía marcar la diferencia hasta dentro de una asociación de personas con buena moral, buenas acciones, buenas intenciones y buenas palabras. Yo no era un “buen hombre” con una religión a mis espaldas. Yo era un hijo de Dios, y eso necesariamente, tiene que verse y notarse, en cualquier situación.

    Por tanto, nunca me dejé llevar por el “cristianismo humanitario” de “buenas personas”, que de paso creen en un dios que no parece tenerlos muy en cuenta. Parece que es más fácil ser bueno que servir a Dios y adorarle. La caridad sin Cristo, no nos hace diferentes. Nada de lo que hagamos sirve, si no lo hacemos con el amor de Cristo.

    Pero a pesar de mi realidad, seguía creyendo en un Dios de poder y de señales, un Dios que ama a los suyos y que quiere bendecir a sus hijos. Un Dios que se complace con los que le buscan y guardan Su Palabra. Si la Biblia me lo decía así, yo me lo quería creer, pese a que no hubiese experimentado lo mismo que otros, aunque no tuviese una mínima muestra de ese poder innegable que viene de Dios. Yo lo creía, lo quería, y no me importaba lo que veía o parecía ser.

    Lamentablemente, mi realidad estaba inmersa en más problemas todavía. Estoy hablando de los showmen. Tantos años en la Iglesia, en eventos, en reuniones, en retiros, en campañas, etc…y con los años me entero de que muchos de los milagros que yo me había creído, no eran más que un producto entre un insensato y su espectáculo. Al ser consciente de esta realidad, me sentí profundamente dolido y avergonzado. No porque fuese yo el showman, sino porque me sentía engañado como un débil e ignorante. Sin embargo, pese a que muchos podrían pensar que mi fe se desplomaría, todo lo contrario. Me armé de ira y celosía por las cosas de Dios. Lo que yo creía, era inmutable, porque así lo había aprendido de la Biblia. El problema no era de mi Dios, ni de mi fe. El problema era de los desvergonzados y engañadores a los que terminé por describir como lo que son: showmen.

    Quizá este aspecto, alentó mis prejuicios…pero nunca mermó mi fe.

    Es pues que a pesar de todo, yo seguía creyendo en el Dios de poder que la Biblia me enseñaba, anhelando siempre el acercarme a Dios lo suficiente como para poder ver personalmente su gloria. Si Las Escrituras decían que Dios era de una manera, yo me lo creía firmemente y no veía razón para dudarlo. Por eso sabía que algo fallaba en mí, y en muchos de los que me rodeaban.

    Por otro lado, estaba la esfera del racionalismo. Nunca me quise conformar con ver el cristianismo, la voluntad de Dios o Su Palabra de manera racional. Muchas personas tendían a “desmitificar” a ese Dios que yo veía en la Biblia, tergiversando y dándole las vueltas necesarias a pasajes de la Biblia para que su “fe” tuviese algún sentido y fuese acorde con lo que ellos estaban viviendo, o más bien diría yo, con lo que “ellos se conformaban de Dios”.

    Mi situación de estudiante, me presionaba aún más en este aspecto. Hechos tales, como que había que entender lo que Dios hacía, lo que Su Palabra decía o lo que nosotros podíamos esperar que Dios hiciese, de la manera más racional posible. Eso me llenaba de tristeza y amargura. ¿Era mi Biblia diferente o qué? ¿Cómo podíamos ser tan necios para limitar el poder de Dios a nuestro vil entendimiento? ¿Por qué todo debía tener necesariamente una explicación lógica aceptable para poder sentir que nuestra fe tenía sentido? ¿Acaso la fe es ciencia o razón?

    Era muy lamentable y triste, ver como muchas veces llegábamos a extremos en los que o conseguíamos explicar nuestra fe de manera racional, o ésta “por arte de magia” dejaba de tener sentido. Yo odiaba tener que explicar mi fe, únicamente por el camino de la razón. Lo odiaba, porque sabía que si lo tenía que hacer así, era por mi pésimo e infructífero testimonio. Los que así lo predican, así lo conocen y no encontraba la manera de encajar la razón en mi fe, ni el racionalismo en la Biblia. Era realmente horrible predicar a Cristo así. Me sentía mal. ¿Dónde estaba el Dios de poder que explicaba con la razón?

  2. #2
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    Predeterminado

    ---------------------------------------------PARTE II--------------------------------------------------------------

    Yo era incapaz de ver a Dios de manera racional única y exclusivamente, y tampoco quería hacerlo. Yo seguía aferrado a la idea de ese Dios que tanto me gustaba y al único al cual yo rendía cuentas, el único al cual yo respetaba y amaba, el único Dios para mí, el de la Biblia. No me quería conformar con el de los demás. Mi única explicación, es que lo estábamos limitando con nuestros raciocinios y con lo que veíamos.

    A veces, he llegado a oír o leer intentos de explicaciones racionales de los milagros. Eso lo dice todo. Ciertos círculos de la sociedad cristiana, parecían seguir este peligroso y mortífero rumbo. ¿Cómo podíamos estar tan ciegos? ¿Cómo se podía haber llegado hasta este punto? Yo creía que si se había llegado hasta este punto, era porque nuestra falta de fe nos lo exigía. Me sentía fatal y me airaba escuchar estas cosas, pero a la vez me daba cuenta de lo equivocados que estaban. Yo creía firmemente en que los milagros que por definición (y con el mismo significado que tenía la palabra cuando se escribió en la Biblia) son sucesos que se escapan a nuestra razón y por tanto son inexplicables. Yo, aunque no hubiese vivido semejantes bendiciones, lo creía. No podía ser tan necio como para entrar en una discusión acerca de cómo explicar ciertos milagros a nivel natural. Si tenían explicación natural, para mí ya dejaban de ser milagros. El poder de Dios excede todas las cosas.

    Llegado el momento, a uno no le queda más remedio que pensar en cómo es posible que si yo creo en el Dios de la Biblia, no lo vea como tal, sino como un Dios humanamente limitado a la ciencia y razón, humanamente limitado a lo que se había experimentado de él y humanamente limitado por nuestra fe. Es entonces, cuando surge lo que nos han enseñado como “voluntad de Dios”.

    Todas las cosas ahora, pasaban por explicarse con la voluntad de Dios. Si uno oraba por algo y no se cumplía su oración, era porque “no era la voluntad de Dios”. Pero casualmente, lo que acabé descubriendo en la Biblia más tarde, no era tal cosa.

    En un principio, no tuve más remedio (por falta de conocimiento Bíblico), que resignarme a lo que tanta gente atribuía a “la voluntad de Dios”. Me fastidiaba, pero no podía hacer mucho, porque ni yo entendía qué era eso de la “voluntad de Dios”, ni cómo la Biblia la describía.

    Con el tiempo, entendí que ciertas cosas que nos suceden, ciertamente es Dios quien las permite o las aprovecha para que crezcamos en la gracia de Cristo. Pero también entendí, que no todo era “la voluntad de Dios”, sino nuestra falta de fe. ¿Acaso no hay más que suficientes promesas que Dios nos dio para que en su nombre hiciésemos maravillas, o se concediesen las peticiones de nuestro corazón? ¿Acaso los discípulos o Jesús, cada vez que oraban por algo, se paraban a discutir si teológicamente o racionalmente esa petición sería la voluntad de Dios o no? Más bien, se aferraban a lo que ya conocían de Dios y de cómo pensaba y de cómo actuaría Él en su lugar, además de aferrarse de las promesas que Dios tenía para con ellos. Entendí, que un hombre de Dios, necesita guardar su palabra, creer en sus promesas, y en su buena voluntad para con los que le adoran, a pesar de los problemas y de lo que no veamos.

    Y aunque quizá hay cosas que se nos escapan acerca de la voluntad de Dios, me di cuenta de que el “fanatismo” que existía con “su voluntad” era un tanto excesivo. Comprendí que era más falta de fe, que voluntad de Dios y que era un recurso muy utilizado para evitar el tener que decir: “mira, no creo que Dios pueda hacer esto”.

    Toda esta búsqueda, también surgió por la necesidad de salir de ese “cristianismo light”, lamentablemente tan conocido por todos a día de hoy. Por eso empecé a buscar un poco más de Dios, a llenarme de celos y a ver cómo era el Dios que me describía la Biblia. Ciertamente, a día de hoy, he de decir que apenas he alcanzado nada, pero también me doy cuenta de que salir del cristianismo light está más cerca de lo que creemos. Porque hay una verdad: no leía la Biblia mucho más que antes, pero sí cambió la intención, cambió mi manera de leerla y mi voluntad de encontrar y buscar cómo era el Dios que realmente relata la Biblia. Si yo llegaba a la misma conclusión de un Dios sordo y de un cristiano light, pues así lo aceptaría, pero algo me decía que lo que iba a descubrir no era lo que yo estaba por momentos asumiendo como cierto.

    Pero las cosas a mi alrededor seguían estando turbias. Además de los showmen, mi falta de testimonio, el raciocinio, la “voluntad de Dios” y el cristianismo “light”, ciertamente había otras cosas que rondaban por mi cabeza, que me frenaban en esa búsqueda de Dios.

    Una de ellas, era precisamente el hablar en lenguas. Llegué a pensar, que la gran mayoría de las personas que las hablaban (por no decir todas), se lo inventaban. Mi explicación era simple. Las personas que ya habían oído y sabían que las lenguas existían, se dejaban llevar por sus sentimientos cuando oraban, soltando expresiones y conjuntos de sonidos que con su lengua materna no podrían expresar. Yo mismamente, pensaba que si algún día pudiese estar en un monte orando a solas con Dios, acabaría por gritar, pero sería algo humano y sentimental, más que el Espíritu de Dios. No estaba muy seguro y tampoco juzgaba al que lo hacía ni mucho menos, pero yo tendía a pensar que mismamente yo podría alcanzar algo similar inventándome palabras, porque total, nadie las traduce, así que tan panchos. “Yo también hablo en lenguas, mira tú que bien”. En resumidas cuentas, creía que si la gente hablaba en lenguas, era por haber llegado a un estado de suma emotividad.

    Además leyendo la Biblia, veía que en la Iglesia no se cumplía el orden que Pablo estipuló como correcto en las reuniones de los santos. Es verdad que también parecía que las lenguas habían “cesado”, porque recuerdo que de pequeñito la Iglesia estaba llena de gente que parecía tener dicho Don.

    El caso es que lo poco que veía hablarlas, ni me edificaban, ni me parecían cumplir con el orden establecido. Casi me atrevería a decir, que me resultaban de tropiezo. Se hacía con desorden y sin traducir. Además…extrañamente todas las personas que escuchaba hablar en lenguas, hacían los mismos sonidos y estos eran pocos. Es decir, parecía que se copiaban unos a otros.

    Para más inri, conocí a una persona que me contó que su madre médium, una vez habló en Inglés sin saberlo. Evidentemente, añadí al extraño caos, más caos. Yo pensaba para mis adentros: “A ver…si Satanás también da lenguas (en este caso era una lengua humana), y aún encima la gente puede ver que realmente habla algo que desconoce (porque cualquiera que sepa ese idioma lo puede corroborar), ¿cuánto más los hijos de Dios, podremos hacerlo con más poder y gloria que éstos?”. Algo falla.

  3. #3
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    Predeterminado

    ---------------------------------------------------PARTE III-----------------------------------------------------


    Luego me entero por otra persona que en su Iglesia contaron la anécdota de que una mujer que hablaba en lenguas era porque estaba poseída. Lo cierto es que Satanás se viste de luz, e intenta imitar los dones de Dios. Es de esperar entonces, que mi escepticismo aumentase con todas estas cosas y provocó que cada vez que escuchaba lo de las lenguas en la Iglesia, me medio indignase. Aquí todo el mundo parece hablar el mismo idioma, nadie traduce, se hace con desorden y no es de bendición para los demás, ¿y luego resulta que los hijos de Satanás lo hacen con lenguas que se pueden entender? No podía comprenderlo.

    La Biblia, no terminaba por aclarármelo tampoco. Entre esto y lo de los showmen, empecé a creer que todo lo de las lenguas a día de hoy, era un espectáculo más. Empecé a entender a los que se resignaban a creer que las lenguas seguían existiendo en la actualidad. Qué equivocado estaba yo, y ellos.

    Mi intención fue entonces, empezar a buscar a gente que realmente hubiese experimentado lo de hablar en leguas y yo les pudiese dar mi voto de confianza. Sólo pude hablarlo con una chica. No me aclaró nada…

    Así que yo seguía muchas veces orando y leyendo la Biblia, pero siempre controlando el “rollo” ese del sentimentalismo y las emociones, concentrándome en cortarlas para evitar hacer algo con lo que yo no estaba de acuerdo. Eso sí, aclaro que yo no juzgaba a los que lo hacían. Yo era el dueño de mi vida, pero no el de los demás. Era consciente de que una persona con mi misma mentalidad, también se refrenaría. Era obvio. Si no lo hiciese, entonces sí lo juzgaría. Pero para qué engañarnos, nadie tiene la misma mentalidad que otro. Es imposible que sean exactas. Por eso yo no juzgaba o al menos, creía que no lo hacía.

    Por otro lado, la vida continuaba, y yo era consciente de que tenía que seguir predicando a Cristo, pero tenía un poco de miedo a hacerlo, porque realmente no me sentía con un testimonio plausible. Estaba en un problema. Por eso intenté tantas veces meterme en un mundo que no está de más, pero no sirve para predicar a mi Dios. Hablo de “cómo contestar a preguntas que los impíos nos hacen acerca de nuestro Dios”. Evidentemente, contestadas por alguien sin testimonio. Yo realmente me sentía un poco basura, sin un verdadero testimonio. Así que no me quedaba más remedio que intentar explicar ciertas cosas racionalmente, y las que no se podían explicar así, hablando de “el testimonio de otros”. Para mí eso era un poco frustrante, horrible y vergonzoso. No me sentía capaz de llegar a otra gente, no sin un testimonio un poco mayor del “creo que…y otros han experimentado que…”. Me di cuenta de que muchas de estas respuestas, hablaban de un Dios que no era como el que yo conocía de la Biblia. Parecía adaptarse milagrosamente a la persona y a la sociedad. Era un Dios muy colega y muy guay, y que como se solía decir “al menos pruébalo”. Nada que ver con la realidad. A Dios nadie le prueba para saber si le conviene o no. A Dios, o se le acepta como es, o vía. No hay más.

    Yo anhelaba poder predicar a Cristo diciendo, “creo que…y he experimentado que…”. Esta es otra de las razones por las cuales yo anhelaba ver a Dios. Quería ver su gloria y quería ver en mí, milagros y señales que otros en la Biblia experimentaron. Era la única manera de sentirme digno de predicar yo a un Dios de poder.

    Mientras tanto, yo seguía creciendo y entendiendo cómo podía acercarme a Dios. Hasta ese momento, creía que era necesario que el que le busque crea que existe, lo ame y guarde su palabra ya que muchas de las cosas se desencadenaban a raíz de estas. Como por ejemplo, la santificación y la fe. Pero la experiencia me hizo ver que no hace falta ser tan perfecto para ver la gloria de Dios. Entendí que los que le buscan y anhelan de su poder con un corazón humilde, Dios les termina por contestar. ¿Bastaron cinco horas?

    Pero a mí, me venía a la mente que si yo quería ser usado por Dios, tenía que sufrir algo muy gordo. Esa era mi mentalidad, y eso me asustaba. Tenía miedo de orar a Dios, pidiéndole que me usase con poder y que hiciese lo que fuese necesario conmigo para conseguirlo, porque en seguida me venía a la mente: “Juan, ten cuidado con lo que pides…no vaya a ser que Dios permita que venga una desgracia a tu vida”. Lo creía así, porque era consciente de que sólo por medio de pruebas y aflicciones entraremos en el reino de los cielos. Tenía muchas dudas de que alguien pudiese ser usado sin haberlas pasado “canutas”. Parecía la regla de oro. Por eso llegué a refrenar mis oraciones, por miedo a que Dios me enviase una calamidad a mi vida. Cuando llega una afrenta a nuestras vidas, es cuando más necesitamos de Dios. Por eso evolucionamos. Así yo lo creía.

    Entonces pensé que quizá eso no fuese necesario y que estaba a tiempo de evitarlo. Yo sentía que Dios me iba a usar para algo, y que si no me ponía en marcha ya, él lo haría a su manera. De este modo, empecé a pedirle a Dios que me diese la oportunidad de buscarlo y de llegar a él, de hacer las cosas por las buenas. Y eso intenté.

    En esta búsqueda de Dios, empezó a sonar en mi mente la profecía de la cual me medio reí en su momento: “necesitas dejar tus prejuicios…bla bla(no quiero decir el resto)” y también me empezó a sonar eso de que “debemos ser como niños”. Me reí por varios motivos. Primeramente, porque al igual que las lenguas, las “profecías” de los showmen, me sonaban a cuento chino. Al menos en mi mente, sólo recordaba las tantas profecías incumplidas. Y en segundo lugar, no entendía por qué me decía eso. ¿Yo prejuzgo lo que?

    No la entendí, y no le di muchas vueltas, pero la dejé en el desván de mi mente, por si acaso. Respecto a las profecías, no me llegué a meter mucho con la Biblia, pero llegué a pensar que muchas de ellas eran profecías que dependían de nosotros, es decir, si nosotros cumplíamos, Dios ya tendría todo listo para hacer su parte. Pero tenía dudas, porque siempre había entendido que las profecías se cumplen sí o sí.

    Por circunstancias de mi alrededor, empecé a notar que esos prejuicios podrían ser los que yo tenía acerca de, por ejemplo, las lenguas. Eran prejuicios espirituales, no personales. De momento esa profecía se ha cumplido, pero creo que sólo en parte, ya que estoy seguro de que tengo más prejuicios sobre otras cosas, aunque no lo sabré hasta que vuelva a surgir la necesidad.

  4. #4
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    ----------------------------------------------PARTE IV----------------------------------------------------------


    Entretanto, yo seguía en mi búsqueda del Dios de la Biblia, leyendo de vez en cuando ésta u otros libros que andaban por casa. Justo antes del retiro, murió mi abuelo y luego el padre de mi compañero de proyecto. Sentí un gran dolor, porque me hubiese gustado orar por él cuando todavía existía la oportunidad. Quería orar por él, para que Dios se glorificase y su familia se convirtiese. Sentí que había perdido la batalla. Yo sabía que si simplemente le predicaba que “yo creo que…” a mi compañero le parecería muy bien, pero nada más. Entonces vi en su padre una oportunidad.

    Lamentablemente, me enteré de la situación de su padre cuando ya había muerto. Entonces yo pensé en Lázaro. Yo creo que Dios lo puede hacer. Pero no me veía suficientemente cerca de Dios como para hacer tal cosa. Además pensé que donde no hay fe, Dios no puede hacer nada. Mismamente la Biblia dice acerca de Jesús que “no pudo hacer milagros por la falta de fe de la gente”. Cuando una familia es inconversa…debe ser más complicado. Aún así yo lo creía. Pero no me atreví, porque no me veía capacitado para hacerlo. Jesús antes de un día dedicado a llevar la Palabra con poder y señales se pasaba las noches orando…¿a dónde iba un pimpín como yo, que apenas oraba 10 min al día?

    Así que, sentí que si eso no podía hacerlo, debería mostrar mi amor por él y su familia, preocupándome por él. Fui a verlo al tanatorio y me lo agradeció bastante. Espero que le haya hecho pensar…

    Yo en ese viaje al tanatorio, estuve leyendo un libro sobre la oración, que me abrió mucho los ojos. Aprendí a dirigirme un poco mejor a Dios, y a orar como él lo hizo. Algo quedó especialmente marcado en mí, cuando vi lo importante de glorificar a Dios y su nombre cada vez que oramos. Entendí que Dios no busca “pedidores”, sino adoradores. Adorar, yo no lo hacía. Yo daba un poco de gracias, y luego a pedir. Jamás oré dignificando y exaltando Su Nombre. Me di cuenta de que no nos merecemos más que adorar, exaltar y glorificar Su Nombre, y que lo de pedir, es a mayores. No quiero decir que no se deba pedir, porque Dios así nos lo dijo, que pidamos. Simplemente me di cuenta de que yo sólo estaba haciendo una parte, que sin la adoración, pierde sentido. Si Jehová es mi Dios, merece ser alabado, adorado, exaltado y glorificado, y punto. Y creo que si Dios ve a una persona que adora Su Nombre por simple placer, sin interés, Él concederá cualquier cosa que le pida.

    Así y a grandes rasgos, es cómo era mi situación cuando fui al retiro. Con todos esos prejuicios, con ese mundo que veía, con ese “lightismo” que vivía, pero con la seguridad de que el Dios al que adoraba, era el Dios de la Biblia, y que estaba seguro de que tarde o temprano (cuando terminase por meterme más a fondo con él), vería su gloria.
    Nunca me quise dejar llevar por la comodidad espiritual. Siempre he sido inquieto. Siempre he anhelado de Dios y de su presencia. Siempre queriendo ver al Dios que la Biblia me muestra. Yo lo quería, y estaba seguro de que Él estaba a la espera. Pero algo en mí debía cambiar!

    Así llegué al retiro (aunque no tenía muchas ganas la verdad – porque algo me decía que de retiro nada, más bien vacaciones-). Ahora mismo, doy gracias a Dios por haber tenido esta oportunidad, que diré claramente que estaba en los planes de mi Dios. Él así lo había establecido todo, y Él permitió y juntó todas las cosas necesarias para que los jóvenes de la Iglesia, o al menos yo, hayamos vivido los mejores días que jamás pudimos imaginar en Cristo
    Jesús. Yo a la verdad que afirmo: “gracias Dios por haberme permitido el ir y disfrutar de mis amadísimos hermanos y de mi amadísimo y todopoderoso Dios”.

    Ya en el primer devocional del Viernes, cuando Dios nos apartó para orar en grupos, elevé una oración sincera a Dios, intentado que cada cosa que saliese de mi boca, fuese miel para sus oídos. Esto no quiere decir que haya hablado vanas y decoradas palabras, sino con todo mi corazón y con toda mi sinceridad, intentado poner en práctica lo que había aprendido días antes sobre la oración. Ya eso fue espectacular, porque en seguida mi espíritu se compungió.
    La verdad, que fe una de las oraciones más lindas que hice en mi vida. Y antes de orar, ni sabía qué decir…la situación era incómoda. Yo soy algo tímido, y me da palo orar con los demás abiertamente. Pero cuando dejas que Dios se meta, ya te puedes olvidar de todas las cosas, porque Él lleva la voz cantante.

    Ese mismo día, también nos preparamos para una vigilia, que como siempre, después de un largo día “de diversión”, hay que ser sinceros, no apetece demasiado. Sobre todo si vamos con una mentalidad de “vamos a orar” y va a ser como siempre.

    Antes de meterme de lleno con lo sucedido en la vigilia, me parece interesante recalcar, que justo antes, algo que no fue de Dios, sobrevino sobre nosotros. Rompió la comunión hasta tal punto que durante un tiempo ni siquiera sabíamos que hablar. Yo llegué a pensar que se suspendería la vigilia, y yo mismo me sentí un tanto oprimido. Pensé que sería un poco absurdo hacer una vigilia en esas condiciones. Pensé que sería hasta hipócrita.

    Pero gracias a Dios, también vi las cosas con ojos espirituales. En seguida me di cuenta de que se debía hacer a toda costa. Hasta diría que fue una señal de que Dios iba a descender con poder y gloria sobre nosotros y que alguien (un mundo espiritual), intentó que eso no sucediera, provocando discusión entre los unos con los otros.

    Pero yo allí entre con fe. Y yo entré a buscar de Dios. Y nada más al abrir la puerta, ya pensé hacia mis adentros “gracias Señor por la gente que ha preparado este lugar, vamos a aprovecharlo”. Y empezamos a orar, yo quise buscar de Dios casi por primera vez sin pensar apenas en “lo que hacía el de mi lado”. Llegó un momento en el que me postré y empecé a glorificar a Dios con todo mi corazón, y a pedirle que nos llenase de su Espíritu Santo, aunque ya estaba empezando a pensar que a lo mejor sería momento de cortar la vigilia porque ya llevábamos un rato, pero me dije a mí mismo, que quería ver su gloria y que hasta que no llegase, si era por mí, yo seguiría allí glorificando Su Nombre, y solicitando que descendiese sobre nosotros, que tuviese misericordia y escuchase nuestras oraciones. Y en el suelo, comencé a llorar y a pedir repetidamente que me perdonase por un montón de cosas que ni recuerdo bien.

    Me quebranté pidiéndole perdón por el mal siervo que era y lo desconsiderado que era por tantas cosas que él tenía y había hecho para mí y para todos. Y empecé a santificar Su Nombre. Y alguien me vino a consolar. Luego recuerdo como me calmé, y vino Iago y me levantó y me dio un abrazo. Yo le correspondí y empecé a orar con fuerza por él. A veces gritaba pero no hablaba en lenguas. Fue un momento de Dios una oración muy sentida y muy cercana a la presencia de Dios. No fue una oración muy tradicional y racional, sino más bien una súplica. Pedía cosas como: “Sé tú con él”. Recuerdo como los dos estábamos empapados de sudor. (Haciendo un pequeño paréntesis, aclaro que creo que todo lo que allí sucedió fue manejado por Dios. Si Iago vino y me levantó, es porque así Dios lo había planeado).
    Luego Reginaldo fue al centro de la sala para orar por él. Entonces aunque ya estaba rodeado, decidí levantarme y aunque fuese de pié y en la distancia, orar por él. No recuerdo cuánto tiempo pasó pero para mí fue a los pocos minutos (y no estaba muy emocionado), algo pasó en mí que jamás hubiese soñado.

  5. #5
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    Predeterminado

    -------------------------------------------PARTE V--------------------------------------------------------------


    Dios me dio una lengua de fuego…así de repente empecé a soltar palabras que no entendía, y a moverme sin seguir mi entendimiento. Era consciente de los movimientos que hacía, pero algo me llevaba a hacer lo que hacía, y yo no quería frenar nada de lo que me estaba aconteciendo.

    Tengo que aclarar algo importante: “yo no pedí las lenguas. Sólo pedí que el Señor nos llenase de su Espíritu Santo, pero jamás le pedí en esa vigilia y creo que anteriormente tampoco (porque si pides sin estar seguro de lo que pides, no sirve de nada), que me diese el don de lenguas, o algo parecido. Simple y llanamente, lo único que me importaba es que Dios nos llenase con su presencia”.

    Pero lo que estaba sucediendo en mí en esos momentos, es realmente indescriptible con cualquier palabra humana. Era absolutamente increíble lo que estaba pasando en mí y en aquel lugar. Pero era consciente de lo que hacía. Algo me llevaba a hacer eso que hacía y a decir eso que decía, pero yo era a la vez consciente.

    Ahora entiendo cuando Pablo dice que cuando se habla en lenguas, es el Espíritu el que ora y no la mente. Mi Espíritu estaba orando. Jamás en mi vida oí ni vi a nadie hablar en leguas de esa manera. Yo estaba constantemente asombrado. Pero lo gozaba como si estuviese en el tercer cielo a solas delante del Dios de Israel, del Dios de fuego consumidor, del Dios de justicia y de poder, que lucha como león rugiente por nosotros y que su presencia inspira el temor y el respeto más grandes que un humano pueda experimentar. Me sentía un protector de aquel lugar. Y hablé tanto en lenguas, que me dio tiempo a fijarme en varios prejuicios que yo tenía al respecto.

    Me di cuenta de que en absoluto era yo el que lo estaba haciendo a propósito. Yo no controlaba lo que decía en absoluto. Me alegré también al ver que la lengua que hablaba era muy rara (parecía Japonés –aunque hubo en un momento en el que decía “Yhesúa” o algo así, y no creo que eso sea Japonés-. Dicho sea de paso, lo único que entendí, porque parece bastante obvio que estaba diciendo “Jesús”. <A ver si estaba hablando hebreo…>), y que nunca antes la había escuchado, por tanto más me decía a mí mismo que no era posible que me la estuviese inventando.

    Además, me fijé en si realmente era una lengua lo que estaba soltando, o eran palabras y sonidos sin sentido. Pude comprobar con asombro que efectivamente era una lengua real, y me impacté entonces mucho más. Porque pude darme cuenta de cómo a veces repetía palabras con pronunciaciones totalmente nuevas para mí, y las pronunciaba con la misma asombrosa exactitud. Además, jamás en mi vida pude hablar un idioma con semejante fluidez. Las palabras y las frases (que vaya frasecitas soltaba –eran espectaculares-), salían de mi garganta como al Espíritu le placía. Momentos en los que parecía gemir con fuego, momentos en los que parecía dialogar con una fluidez de habla espantosa y también momentos en los que mi Espíritu parecía cantar (porque canté cosas). Desde luego, eso no lo hice yo a propósito. Por eso Dios fue cortando como con una espada cada prejuicio que yo tenía acerca de las lenguas. Entendí que cuando el Espíritu de Dios desciende sobre la persona, la persona lo sabe como que dos más dos son cuatro. No hay ápice de duda. Siempre pensé que después de hablar en lenguas tendría la duda de si lo eran o no. Lo aclaro para el que tenga la misma duda. El que habla en leguas, sabe al 100% que es de Dios. Quizá yo lo pude comprobar mejor, porque hablé tanto tiempo, que pude darme cuenta de muchas cosas. Entendí con plenitud el versículo que dice “en verdad llegará el tiempo en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad”. Entendí que por mucho que cualquiera me pueda decir o afirmar, las lenguas no cesaron.

    Y vi como realmente hay algo detrás de este mundo, mucho más grande y poderoso. Jamás podré expresar con palabras lo que viví. Fue pasmoso. Mi Espíritu se liberó.

    Lo más bonito, es que pude corroborar de una manera singular y gloriosa que Jesús resucitó! Dios está vivo! Y es el Dios de la Biblia! Ahora siento que ya puedo hablar de mi testimonio a los incrédulos, porque la Palabra se cumplió espectacularmente en mí. Y le doy tantas Gracias a Dios, que estoy como en una nube. En verdad, jamás experimenté algo similar, ni lo vi en mis 22 años. Me sentí hablando directamente con un mundo espiritual. Mi Espíritu adoraba a Dios como si estuviese a un metro de Él. Parecía que estaba solicitando algo con gran afrenta en el alma. Por eso también me sentí como un protector y defensor. Fue absolutamente flipante. Ahora pido a Dios que me conceda el Don de interpretación, para poder ser también de bendición a mis hermanos. O que le de ese don a alguien.

    Ahora en verdad, deseo volver a experimentar eso. Como lo experimenté en ese tiempo, sin yo controlar nada y sin sentimentalismos. Llegó en un instante sin yo darme ni cuenta. Realmente no hay palabras. Todo se queda corto. Es la experiencia más fuerte, más alucinante, más poderosa, más impactante que he visto y vivido. Era una lengua asombrosa, llena de fuego y de poder. La verdad es que escribirlo me pone medio triste, porque me hace recordar y ya me entran ganas de volver a aquellas horas de la madrugada en las que Dios descendió con poder y gloria sobre cada uno de nosotros.

    Eso sí, podía controlar ciertas cosas. Lo único que no controlaba era lo que decía. Pero a veces podía moverme por ahí a mi antojo. Callarme y seguir luego hablando en lenguas. Podía abrir los ojos, aunque no quería. Recuerdo toser mientras hablaba en aquella lengua, y cómo sin pensar mi lengua y garganta volvían a aquella corriente de palabras de las que yo no tenía dominio. Creo recordar que podía callarme o seguir hablando, pero como era la primera vez que me sucedía, me dejé llevar todo lo que pude. Realmente, esto no es suficiente en nada, para explicar lo que yo viví. Sólo lo podrá entender como yo el que lo viva en la misma manera.

    Y aquí pongo punto final a mi breve testimonio de cómo a Dios le agradó que yo fuese bautizado en el Espíritu con la señal de hablar en una lengua. Quiero finalizar, dándole gracias a Dios por semejante bendición. Increíble. Gracias, gracias, gracias, sólo tú eres mi Dios y sólo a ti adoraré y sólo de ti hablaré a los impíos.

    “Y estas señales acompañarán a los que han creído: en mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas; tomarán serpientes en las manos, y aunque beban algo mortífero, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán las manos, y sanarán” (Mr 16:17).

  6. #6
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    me gusta cuando nadie tiene nada que añadir....
    Dios es Santo, Su Espíritu Poderoso y Su Hijo, Amor Eterno con que el Padre nos ha amado desde antes de la fundación del mundo. Gloria a Cristo Jesús, rey de reyes y Señor de Señores por los siglos de los siglos.

  7. #7
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    no quería... pero....

    Los primeros años de mi vida casi no los recuerdo, claro, y mejor, porque mi familia tenía bastantes líos por culpa de los problemas de mi padre con ciertas sustancias. Entonces, se fue para ponerse mejor. Si recuerdo muy bien, la vez que ví que era otra persona. Tenía otra otra cara, otros ojos... desde entonces fue otra persona... Cristo había cambiado su vida por completo. Yo para entonces tenía unos seis años, así que cuando nuestra nueva vida comenzó a mi todo me parecía estupendo, ¿cómo iba a dudar de que Dios había hecho eso? Si DIos lo puede hacer todo, Dios ha hecho el mar, los árboles, la risa, el viento, las lágrimas.... no es difícil para un niño creer a Dios. Tampoco lo era para mí. Conocí a muchísima gente cristiana y a muchísima gente que decía serlo pero su vida no reflejaba el poder de Dios. Ví vidas asombrosas y vi vidas de creyentes normales, y vidas de gente hipócrita con la fe. Y crecí así, leyendo la Biblia, yendo a las clases bíblicas, orando al Dios que había cambiado a mis padres... luchando contra un mundo que no hacía otra cosa que menospreciarme por mi forma de vivir, de las cosas que ellos me enseñaban, de las cosas que yo creía, de lo que a mi me gustaba. Y entonces llegó la adolescencia. Y con ella, mis deseos comenzaron a cambiar. Quería ser como todo el mundo, ser una persona "normal", no llamar siempre la atención por mi vida, sino ser como todos. Así que empecé a cambiar mi forma de pensar y mi forma de vivir. Empecé a odiar a Cristo,a DIos, y a mis padres. A todos ellos culpaba de tener que vivir una vida que no me gustaba en un sitio donde no queria vivir, con gente a la que no soportaba. La Biblia me parecía repetitiva y cuando escuchaba a alguien compartir sobre ella me astiaba... deje de asistir, por supuesto, y comencé a salir con mis amigos y a hacer cosas que en el fondo sabía que no debía hacer pero yo pensaba: ¡Eh! es mi vida, soy libre de vivirla como quiera, Dios y eso está bien para gente con problemas, como los tenía mi padre pero yo soy una chica normal, solo quiero estudiar mi carrera, tener mi trabajao, mi dinero, mi casa, mis amigos...algún día, después de haber vivido, ya me pondré en paz Dios, total, él es bueno al fin y al cabo. Así que cuando cumplí 18 años me fui de casa con la escusa de empezar la carrera universitaria, aunque lo único que no quería era estar cerca de un ambiente cristiano. Mis padres me obligaron a asistir los domingos a la iglesia...al principio fui, pero me daba verdadero terror el tiempo que se alababa a Dios, porque se me ponían los pelos de punta y dentro mí, mi corazón hervía de odio... y por otro lado tenía muchísimas ganas de llorar. Eso no podía permitirlo. Yo había estado formando muchos años una capa de autosuficiencia e individualismo alrededor de mi, de tal manera que no me permitía expresar ningún sentimiento, ni alegría ni dolor, nada, de nada.
    Así que simplemente dejé de ir. En pocos meses ya me habían ofrecido trabajo en lo mío, a pesar de aún no haber acabado ni siquiera el primer curso de la carrera porque decían que les gustaba mucho mi forma de trabajar. Tenía mi casa. Tenía amigos. Y cuando lo tuve todo me di cuenta de que era muy muy infeliz. Entonces llegó el verano y me insistieron mucho que fuera a un campamento para jovenes cristianos. No tenía muchas ganas, por no decir ninguna, pero me dijero que era más que nada para acompañar a mi hermano pequeño. Si podía, no asisitía a las reuniones, y solo aparecía en público para las actividades deportivas. Me llamaban la solitaria, e incluso me dieron un "diploma" a modo de broma por haber sido capaz de hacer mi propio campamento sola. Entonces tuve que cambiarme de ciudad y me matriculé en otra universidad. Nunca entendí que me pasó, pero empecé a llorar desde el momento que pisé esa ciudad y durante meses. Mi padre me decía: Dios te llama, busca a Dios... pero yo le colagaba el telefono y pensaba ojala me deje en paz. Y seguía llorando. Entonces pasó algo. Tenía una amiga que tenía un plan. Iba a fugarse de casa para marcharse con un chico al que apenas conocía. Por mucho que yo hablé con ella no me hacía ningún caso. Entonces, una mañana me dije, bueno, a lo mejor Dios puede hacer algo. Y cogí la Biblia y empecé a buscar algo que me ayudase. Encontré un versículo que me llamó la atención, dice: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Y pareció increible que alguien pudiese alegrarse de ser debil... yo que simepre había intentado ser la mejor en lo mío, sea autónoma y todas estas paparruchas modernas. Así que como no encontre nada, me puse a orar y dije, Señor, ayuda a esta chica a que no haga lo que quiere hacer. Entonces Dios me dijo, ¿y tú qué? y comencé a recordar todas las veces en mi vida que Dios me había demostrado que estaba a mi lado y las veces que yo había hecho o dicho algo contra él. Las veces que había sido orgullosa o envidiosa o todo lo que había odiado, y no pude dejar de llorar y le perdí perdón a Jesús por haber sido tan rebelde, le dije que ya estaba cansada de luchar sola y que quería que desde este instante el tomase las riendas de mi vida. Me sentía una persona horrible, pero a la ve me sentía libre. Al día siguiente cuando me desperté pensé en el día anterior y me dije a mi misma que todo había sido puro sentimiento. Yo por entonces tenía un problema, y es que vomitaba lo que comía. Esa tarde fui al servicio a vomitar, y cuando estaba de rodillas en el servicio Cristo me habló otra vez y me dijo: Yo te he limpiado no peques más. Fue algo que se escapaba a mi entendimiento, Dios me había hablado a mi, alguien tan rebelde y blasfema como yo. Este concepto de mi misma fue un gran impedimento para que yo fuese llena del Espíritu Santo con libertad, pues cuando estaba en las reuniones y comenaba a sentir en mi interior la fuerza del espíritu Santo, me decía a mi misma que era solo una emoción, porque yo no era digna de algo tan Santo. Yo era capa de hablar en lenguas desde que me había acercado a Dios por primera vez, pero me daba vergüena hacerlo en público porque conocía a gente que lo hacía por imitación o por costumbre, y yo no quería ser así. Pero un día en un encuentro cristiano, estabamos orando desde hacía unas horas, cuando una amiga mía muy querida se acercó a mi y me dijo que si podíamos orar juntas. Nos cojimos de la mano, ella oró y después comencé a orar yo, mientras oraba, derrepente comencé a sentir mucho calor dentro de mi y perecía como si un gran muro que había entre la libertad de adoración y yo se estuviese cayendo y las lenguas comenzaron a fluir desde algún lugar desconocido hacia el cielo a través de mi. Desde este día ha sido uno de los regalos más hermosos que Dios me ha dado y una forma de relacionarme con Él que va por encima de las palabras racionales, es un clamor, y sólo él ha podido hacerlo, por eso se que Cristo es real y que las promesas de DIos son ciertas, porque hasta aqui me ha traido y hasta aqui ha sido fiel a su palabra.

  8. #8
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    Cita Iniciado por emma Ver Mensaje
    me gusta cuando nadie tiene nada que añadir....
    Dios es Santo, Su Espíritu Poderoso y Su Hijo, Amor Eterno con que el Padre nos ha amado desde antes de la fundación del mundo. Gloria a Cristo Jesús, rey de reyes y Señor de Señores por los siglos de los siglos.
    ¿Y a quién el importa estos panfletos? Callamos por no ofender, pero yo no tengo tantas manías, que pesados sois los evangelizadores Deu meu!!!!!

    Ah, y sobre reyes, Dario se consideraba Rey de Reyes, (como Augusto Cesár) que copiones sois leñes, y os falta la gracia de los japoneses en copiar. Ellos tiene mucho más estilo. jajajajajajajja
    “El fenómeno del Libro Sagrado (Al-Qu`rân) regla de vida de este mundo y guía más allá de él (...) es la compresión del sentido verdadero del Libro. Pero el modo de comprender está condicionado por el modo de ser del que comprende y, recíprocamente, el comportamiento interior del creyente está en función de su modo de comprender.”. Henry Corbín. Historia de la Filosofía Islámica. Editorial Trotta. 1994 Madrid. pp. 19

  9. #9
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    Cita Iniciado por `Abdal-lâh Ver Mensaje
    ¿Y a quién el importa estos panfletos? Callamos por no ofender, pero yo no tengo tantas manías, que pesados sois los evangelizadores Deu meu!!!!!

    Ah, y sobre reyes, Dario se consideraba Rey de Reyes, (como Augusto Cesár) que copiones sois leñes, y os falta la gracia de los japoneses en copiar. Ellos tiene mucho más estilo. jajajajajajajja

    mm, si no te gusta no lo leas, con el titulo del tema ya sabías de que iba... de todas formas en un placer saber que lo has leido... leer tus respuestas es siempre muy agradable...

  10. #10
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    Cita Iniciado por emma Ver Mensaje
    no quería... pero....

    Los primeros años de mi vida casi no los recuerdo, claro, y mejor, porque mi familia tenía bastantes líos por culpa de los problemas de mi padre con ciertas sustancias. Entonces, se fue para ponerse mejor. Si recuerdo muy bien, la vez que ví que era otra persona. Tenía otra otra cara, otros ojos... desde entonces fue otra persona... Cristo había cambiado su vida por completo. Yo para entonces tenía unos seis años, así que cuando nuestra nueva vida comenzó a mi todo me parecía estupendo, ¿cómo iba a dudar de que Dios había hecho eso? Si DIos lo puede hacer todo, Dios ha hecho el mar, los árboles, la risa, el viento, las lágrimas.... no es difícil para un niño creer a Dios. Tampoco lo era para mí. Conocí a muchísima gente cristiana y a muchísima gente que decía serlo pero su vida no reflejaba el poder de Dios. Ví vidas asombrosas y vi vidas de creyentes normales, y vidas de gente hipócrita con la fe. Y crecí así, leyendo la Biblia, yendo a las clases bíblicas, orando al Dios que había cambiado a mis padres... luchando contra un mundo que no hacía otra cosa que menospreciarme por mi forma de vivir, de las cosas que ellos me enseñaban, de las cosas que yo creía, de lo que a mi me gustaba. Y entonces llegó la adolescencia. Y con ella, mis deseos comenzaron a cambiar. Quería ser como todo el mundo, ser una persona "normal", no llamar siempre la atención por mi vida, sino ser como todos. Así que empecé a cambiar mi forma de pensar y mi forma de vivir. Empecé a odiar a Cristo,a DIos, y a mis padres. A todos ellos culpaba de tener que vivir una vida que no me gustaba en un sitio donde no queria vivir, con gente a la que no soportaba. La Biblia me parecía repetitiva y cuando escuchaba a alguien compartir sobre ella me astiaba... deje de asistir, por supuesto, y comencé a salir con mis amigos y a hacer cosas que en el fondo sabía que no debía hacer pero yo pensaba: ¡Eh! es mi vida, soy libre de vivirla como quiera, Dios y eso está bien para gente con problemas, como los tenía mi padre pero yo soy una chica normal, solo quiero estudiar mi carrera, tener mi trabajao, mi dinero, mi casa, mis amigos...algún día, después de haber vivido, ya me pondré en paz Dios, total, él es bueno al fin y al cabo. Así que cuando cumplí 18 años me fui de casa con la escusa de empezar la carrera universitaria, aunque lo único que no quería era estar cerca de un ambiente cristiano. Mis padres me obligaron a asistir los domingos a la iglesia...al principio fui, pero me daba verdadero terror el tiempo que se alababa a Dios, porque se me ponían los pelos de punta y dentro mí, mi corazón hervía de odio... y por otro lado tenía muchísimas ganas de llorar. Eso no podía permitirlo. Yo había estado formando muchos años una capa de autosuficiencia e individualismo alrededor de mi, de tal manera que no me permitía expresar ningún sentimiento, ni alegría ni dolor, nada, de nada.
    Así que simplemente dejé de ir. En pocos meses ya me habían ofrecido trabajo en lo mío, a pesar de aún no haber acabado ni siquiera el primer curso de la carrera porque decían que les gustaba mucho mi forma de trabajar. Tenía mi casa. Tenía amigos. Y cuando lo tuve todo me di cuenta de que era muy muy infeliz. Entonces llegó el verano y me insistieron mucho que fuera a un campamento para jovenes cristianos. No tenía muchas ganas, por no decir ninguna, pero me dijero que era más que nada para acompañar a mi hermano pequeño. Si podía, no asisitía a las reuniones, y solo aparecía en público para las actividades deportivas. Me llamaban la solitaria, e incluso me dieron un "diploma" a modo de broma por haber sido capaz de hacer mi propio campamento sola. Entonces tuve que cambiarme de ciudad y me matriculé en otra universidad. Nunca entendí que me pasó, pero empecé a llorar desde el momento que pisé esa ciudad y durante meses. Mi padre me decía: Dios te llama, busca a Dios... pero yo le colagaba el telefono y pensaba ojala me deje en paz. Y seguía llorando. Entonces pasó algo. Tenía una amiga que tenía un plan. Iba a fugarse de casa para marcharse con un chico al que apenas conocía. Por mucho que yo hablé con ella no me hacía ningún caso. Entonces, una mañana me dije, bueno, a lo mejor Dios puede hacer algo. Y cogí la Biblia y empecé a buscar algo que me ayudase. Encontré un versículo que me llamó la atención, dice: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Y pareció increible que alguien pudiese alegrarse de ser debil... yo que simepre había intentado ser la mejor en lo mío, sea autónoma y todas estas paparruchas modernas. Así que como no encontre nada, me puse a orar y dije, Señor, ayuda a esta chica a que no haga lo que quiere hacer. Entonces Dios me dijo, ¿y tú qué? y comencé a recordar todas las veces en mi vida que Dios me había demostrado que estaba a mi lado y las veces que yo había hecho o dicho algo contra él. Las veces que había sido orgullosa o envidiosa o todo lo que había odiado, y no pude dejar de llorar y le perdí perdón a Jesús por haber sido tan rebelde, le dije que ya estaba cansada de luchar sola y que quería que desde este instante el tomase las riendas de mi vida. Me sentía una persona horrible, pero a la ve me sentía libre. Al día siguiente cuando me desperté pensé en el día anterior y me dije a mi misma que todo había sido puro sentimiento. Yo por entonces tenía un problema, y es que vomitaba lo que comía. Esa tarde fui al servicio a vomitar, y cuando estaba de rodillas en el servicio Cristo me habló otra vez y me dijo: Yo te he limpiado no peques más. Fue algo que se escapaba a mi entendimiento, Dios me había hablado a mi, alguien tan rebelde y blasfema como yo. Este concepto de mi misma fue un gran impedimento para que yo fuese llena del Espíritu Santo con libertad, pues cuando estaba en las reuniones y comenaba a sentir en mi interior la fuerza del espíritu Santo, me decía a mi misma que era solo una emoción, porque yo no era digna de algo tan Santo. Yo era capa de hablar en lenguas desde que me había acercado a Dios por primera vez, pero me daba vergüena hacerlo en público porque conocía a gente que lo hacía por imitación o por costumbre, y yo no quería ser así. Pero un día en un encuentro cristiano, estabamos orando desde hacía unas horas, cuando una amiga mía muy querida se acercó a mi y me dijo que si podíamos orar juntas. Nos cojimos de la mano, ella oró y después comencé a orar yo, mientras oraba, derrepente comencé a sentir mucho calor dentro de mi y perecía como si un gran muro que había entre la libertad de adoración y yo se estuviese cayendo y las lenguas comenzaron a fluir desde algún lugar desconocido hacia el cielo a través de mi. Desde este día ha sido uno de los regalos más hermosos que Dios me ha dado y una forma de relacionarme con Él que va por encima de las palabras racionales, es un clamor, y sólo él ha podido hacerlo, por eso se que Cristo es real y que las promesas de DIos son ciertas, porque hasta aqui me ha traido y hasta aqui ha sido fiel a su palabra.

    ¡Vaya hoy es el día de los testimonios, ¿no es el jueves? leñes que hoy en viernes.

    haz separaciones por lo menos no todo pegado, no si........
    “El fenómeno del Libro Sagrado (Al-Qu`rân) regla de vida de este mundo y guía más allá de él (...) es la compresión del sentido verdadero del Libro. Pero el modo de comprender está condicionado por el modo de ser del que comprende y, recíprocamente, el comportamiento interior del creyente está en función de su modo de comprender.”. Henry Corbín. Historia de la Filosofía Islámica. Editorial Trotta. 1994 Madrid. pp. 19

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