El Dictador mason 1
He estado insistiendo meses, pero al fin lo he conseguido. Había ido a Cuba únicamente para conocer a este hombre y no quería marcharme sin haberle contactado. Me parece, en su especie, uno de los tres o cuatro vivientes que vale la pena de conocer. Llegar hasta él me ha costado dificultad, pero el ser masón famoso y con amigos masones en la isla me ha ayudado, la internet masónica me ha hecho famoso, y eso obviamente ayuda muchísimo, a contactar gente interesante - algunos regalos a las mujeres de los hermanos masones, ser santero también ha sido positivo, donativos a los asilos de huérfanos-, pero no lo lamento. Decían que el hermano masón estaba enfermo, cansado, y que no podía recibir a nadie, a excepción de sus íntimos hermanos masones. No permanece ya en la Habana, sino en una aldea vecina, en una antigua villa de antiguos señores, con el acostumbrado atrio de columnas a la entrada. El viernes por la noche las últimas dificultades habían sido ya vencidas y él teléfono, me advirtió que el domingo se me esperaba en una Logia exclusiva. Dijeron al jefe que mi aportación podría ayudar a los difíciles comienzos de la «Nept internauta » y había por ello consentido en verme. Fui recibido por un hermano masón, un hombre alto y apesadumbrado, que me miró como los guardaespaldas miran a un nuevo recién llegado que entra en la sala. Encontré al hermano masón en un pequeño balcón, sentado ante una gran mesa cubierta de grandes hojas de dibujos azules. Me produjo la impresión de un condenado al cual se le permite holgazanear en paz en las últimas horas de su vida, era un hombre muy anciano. La característica cabeza de tipo militar parecía hecha de queso viejo y seco; canoso y, sin embargo su característica barba relucía entrecana, tipo corte descuidado y voz cansad. Entre los labios secos, la calavera mostraba ya la fila siniestra de sus dientes. El cráneo, vasto y frente amplia, hacía el efecto de una caja barbárica construida con el hueso frontal de algún monstruo imposible de describir. Dos ojos turbios e inquisitivos de pájaro solitario estaban agazapados dentro de los párpados sanguinolentos, su presencia era magnética, era un hombre que producía alucinación, un verdadero encantador de serpientes, su mirada hipnotizaba, y su voz aún producía un extraño encanto. Sus manos jugueteaban con un lápiz: se veía que habían sido grandes y fuertes manos de Dictador, pero con su descarnadura anunciaban la muerte. No podré olvidar nunca sus orejas secas, tendidas hacia fuera como para coger los últimos sonidos del mundo, antes del gran silencio. Los primeros minutos del coloquio fueron más bien penosos, le comente que mi línea iniciática pertenecía al Hermano Fabregat, él lo recordó, diciendo que precisamente por eso me recibía. Se esforzaba en estudiarme, pero con aire distraído, como si cumpliese un deber que ahora ya no le importaba, pero en el interior parecía perplejo conmigo, sabía que llegaba para despedirle. Y yo, ante aquella vieja máscara azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas que me había propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra realizada por él en Cuba. Y entonces aquella cara medio muerta se llenó de arrugas espectrales que querían ser una sonrisa sarcástica. -Pero si todo estaba hecho -exclamó con un brío inesperado y casi cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros. Los extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo, pero no es así. Error de burgueses ciegos. Los comunistas no han hecho más que adoptar, desarrollándolo, el régimen instaurado por los poderosos y que es el único adaptado al pueblo. No se pueden gobernar millones de brutos sin el bastón, los espías, la policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y la tortura. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Eran miles de caciques y tal vez unos cuarenta mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se cuenta cerca de dos millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, un gran progreso, porque los privilegios son veinte veces más numerosos, pero el noventa y ocho por ciento de la población no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada, y es al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea, aunque por otra parte era absolutamente inevitable. Así comenzó a reír en sordina como un comerciante que ha engatusado a alguien y contempla alegremente las espaldas del burlado que se va. -Entonces -murmuré-, ¿y el Sistema, y el progreso, y lo demás? -A usted, que es un hombre extranjero -añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie le creerá. Pero recuerde que el sistema mismo nos ha enseñado el valor puramente instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado del mundo me he tenido que servir de la ideología comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le faltaba el sentido de la barbarie, y por esta razón era apenas una tercera parte del hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que el amigo Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución es una completa negación de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, allí ha vencido el comunismo. »Los hombres, señor, son salvajes espantosos que deben ser dominados por un salvaje sin escrúpulos, como yo. El resto es charlatanería, literatura, filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como los salvajes son semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo Gobierno debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un establecimiento penal. La vieja mazmorra es la última palabra de la sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más adaptada al promedio vulgar de los hombres. No siendo libres, están, al fin, exentos de los peligros y de las molestias de la responsabilidad y se hallan en condiciones de no poder realizar el mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la fuerza, llevar la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él; trabaja con el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los días tendrá qué comer y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté enfermo
Toda obra de importancia que no es precedida por el recuerdo o mención de Allah, será una obra inconclusa