RENÉ GUÉNON Y EL “ESOTERISMO ISLÁMICO”
Oscar Freire
Las razones de “emergencia cíclica” siempre han de convalidar el intento de brindar testimonios sobre las dignidades y títulos islámicos (en cuanto conciernen a su “esoterismo”) comportando indicadores concordantes respecto a las atribuciones esenciales de otras tradiciones verdaderas, cuales han sido asumidas en el caso de René Guénon con la máxima idoneidad y autoridad. Tales méritos y esfuerzos indiscutibles, a pesar de los múltiples ataques recibidos, le pertenecen de hecho (mutaçawwuf) y le corresponden por dignidad y derecho (Sheik al-Islam), advirtiendo en legítimas funciones a los “occidentales”, la posibilidad de un inminente repliegue de los tiempos y señalándoles, ya directa o indirectamente, la extraordinaria cualidad de mediación entre culturas más la providencial vitalidad y actualidad del Islam. En tal sentido, como toda obra inspirada en la Paz profunda y en la Verdad, la fertilidad de su obra ha de depender siempre de los intérpretes, y salvo casos rayanos en intereses particulares, en la ignorancia o en limitaciones, ello no podrá disimularse ni omitirse por parte de propios o ajenos a dicha tradición.
Esoterismo I
En cuanto al término “esoterismo”, aún contando con las brillantes aclaraciones tanto como contundentes rectificaciones de René Guénon (y de otros calificados autores) cuando convenga emplearlo con cierto rigor, en el sentido de no ser siquiera el lado “interior” de una religión (como es el caso preciso del Islam donde en realidad se la toma como base de partida y como soporte), y en los contenidos que comporta dicha voz, parecen no terminar de ser un tema bastante complejo con diversas e inagotables aristas, particularmente en ámbitos occidentales, por lo que siempre habrá de requerir las convalidaciones pertinentes, directas o derivadas, a los efectos de salvar las inevitables contradicciones debidas a esas interpretaciones, mayormente literarias, que tampoco pueden dejar de relacionarse a ciertas determinaciones del siglo.
A pesar de las apariencias, debido a que el término de referencia, con sus diversas reducciones, ha evolucionado masivamente en occidente, y también de cierto optimismo con el cual los “esoteristas” modernos hacen un injustificado hincapié en la “distancia histórica” de los pronunciamientos de Guénon, debemos afirmar, en honor al punto de vista riguroso, que en realidad tales pronunciamientos estarían cada vez, y de acuerdo al curso de los acontecimientos, más vigentes que nunca. Por ejemplo cuando se dijo:
“Queremos hablar del esoterismo con todo lo que se le vincula y todo lo que se desprende del mismo en tanto que conocimiento derivado, constituyendo ciencias totalmente diferentes de las que son conocidas por los modernos. En realidad, Europa nada tiene en nuestros días que pueda recordar esas ciencias, es más, occidente ignora todo de los conocimientos verdaderos tales como el esoterismo y sus análogos” (1).
Mucho más, de aquellas definiciones específicas o particularizadas como es el caso que aquí nos compete con relación de aquello corrientemente conocido como “esoterismo islámico”. No obstante, y en lo que a esto concierne, no nos ocuparemos, al menos directamente, de ciertas proyecciones y derivaciones interpretativas, ni de las acreditaciones del neo espiritualismo, como tampoco de los lineamentos en boga fijados por el orientalismo (con un grado de influencia hasta en órbitas aparentemente de cuño oriental), ni de las querellas ocasionadas de uno u otro lado, pero que no han sabido desprenderse de las determinaciones aludidas, impuestas en parte, por las reglas de comprensión de la mentalidad moderna. Más bien, si se quiere, en el caso islámico, nos suscribiremos a una defensa del “esoterismo”, pero sin negar jamás la necesaria, indispensable e inevitable necesidad de su “exoterismo”, que como shariyah, debe ser practicada en todas sus formas ortodoxas como ineludible acción preliminar.
Así, sobre el esoterismo”, teniendo en cuenta el correctivo aplicado al término por parte del Sheik Abdel Wahid Yahya, suministrando los sentidos originales que la voz puede llegar a comportar (y de acuerdo a la capacidad de los interpretes), no siempre han sido correctos los enfoques externos de sus funciones dentro el Islam, sobre todo, en aquello concerniente a sus diversas épocas en que siempre han aparecido, con mayor o menor frecuencia, justificados en algunos casos o no, los consabidos ataques al “esoterismo” (léase aquello que hoy se oculta bajo el término convencional de sufismo) tildándolo de desviación y herejía (zandaqa) o de división y secta (firqah) por parte de quienes, con razón o sin ella, persuadidos de un menoscabo a la shariyah, se han plantado celosamente en pro de la forma y/o (valga la transición temporal) se ciñen exclusivamente a la “letra”.
Si nos remitiéramos a un caso de aquellos considerados como “injustificables”, el mejor ejemplo de ello, por tratarse precisamente del sabio más grande (Sheik al-Akbar) se halla constituido por los numerosos ataques y denuncias perpetrados desde la Edad Media hasta nuestros días contra la obra de Ibn Arabi. Cabe señalar, como ejemplo de lo que decíamos, que en esta cuestión, es posible observar enormes diferencias entre las razones e intenciones de los doctores de la shariyah (por ejemplo, el caso de Ibn Taymiyya) y la de los orientalistas involucrados quienes mayormente han exacerbado la polémica apropiándose y desnaturalizando en considerable proporción el esquema de argumentación y exposición de los primeros. Esto mismo, ha desembocado en una curiosa y paradójica influencia sobre ciertos contemporáneos quienes, incluyendo a no pocos musulmanes de origen, y con el haber de una formación universitaria moderna, declaran ¡en nombre de la “ortodoxia”¡ una abierta hostilidad hacia la obra akbariana.
Esoterismo II
Pero, antes de continuar hablando propiamente de “esoterismo islámico”, reiteremos la advertencia sobre aquellas ilusiones que aparecerían ante quienes pretenderían desglosarlo prima facie de la norma islámica, ya que ésta forma parte del Kitab wa Sunna, como capítulo del Libro de Allâh , es decir, la “suma” cumplida de los Principios para nuestra humanidad (reflejando en completitud, la norma universal, primordial e inmutable). Al respecto, el mismo Guénon cita:
“Abû Ishaq Ibrâhîm al- Holwânî preguntaba un día a Hussein ibn Mançûr al-Hallâj lo que pensaba de la enseñanza esotérica (madhab al-bâtin). Al- Hallâj le respondió: ¿De cual quieres hablar, de la verdadera o de la falsa?(batîn al bâtil aw batîn al-Haqq). Si se trata del esoterismo verdadero, la vía exotérica (sharîyah) es su aspecto exterior y el que la sigue verdaderamente descubre su aspecto interior que no es otro que el conocimiento de Hallâh (marifah billah); en cuanto al falso esoterismo, sus aspectos exterior e interior son ambos a cual más horrible y detestable. Atente pues alejar de él“. (2)
En efecto, dicha norma se presenta de modo integral con la obligación de no saltearse los preceptos coránicos dirigidos a todos los musulmanes, cualquiera sea su rango o condición. Los principios de dichos preceptos, podríamos decir, se hallan como condensados en la primera sura del Corán, Al-Fatiha (La Apertura) la cual, significativamente, es designada entre otros nombres como Asas al-Qur’an (La Base del Corán). Tal cualidad de síntesis queda demostrada en las palabras del Profeta (s.a.s.):
“No ha hecho el salât quien no ha leído la Fâtiha del Libro” (hadiz mencionado por los dos Sahîh)

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