Jutba del Id de Ramadán
22/02/2002 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
Feliz fiesta del Id
El ayuno de Ramadán termina una vez más, dejándonos esos regalos sutiles que son las semillas que irán brotando y creciendo durante el año. La privación de aquello que constituye nuestro alimento, aquello que nos señala nuestra condición de seres dependientes, también nos ha recordado que toda nuestra vida en este mundo no es sino un ayuno aún mayor.
Venir a la existencia no es sino vivir una experiencia de olvido profundo, experimentar y sufrir la necesidad vital de recordar la Realidad. El Ramadán es un ayuno dentro de un ayuno, porque nuestras vidas discurren en la privación. Estamos aquí vivos y parlantes pero no podemos ver a Allah, no podemos saciarnos constantemente de Él.
El fin de nuestro ayuno es como una señal del final de nuestras vidas. Ya no habremos de privarnos más. Encontramos nuestro alimento y nos fundimos con Él. Hemos vivido la distancia con aquello que amamos y necesitamos y con ello hemos recordado el valor de las cosas, la tensión necesaria que las hace posibles.
Ahora nos hallamos purificados, limpios y deseosos, viviendo estos últimos instantes llenos de sentimientos, ideas y proyectos. Sentimos alegría por haber podido cruzar felizmente el tiempo del ayuno, y la recompensa por haber hecho este esfuerzo tan lleno de bendiciones. Somos devueltos al mundo de la costumbre y del deseo, pero volvemos más capaces, más abiertos y con una sensibilidad más afinada. Recobramos la vida cotidiana y recobramos el mundo para habitarlo de nuevo. Miramos a nuestro alrededor y vemos todos los rostros posibles de la vida. Alhamdulilah.
Pero también sentimos este momento como un tiempo especialmente duro para los musulmanes de todo el mundo. Vemos cómo continúa esa campaña de ataque y desprestigio contra el islam, una campaña que nos afecta en tanto que musulmanes y en tanto que gentes de paz que nos posicionamos claramente en contra de la destrucción gratuita, del genocidio y de la barbarie. Estamos viviendo una edad teñida de humo, de crisis medioambiental, económica y espiritual, pero sabemos que las circunstancias difíciles son bastante habituales en la historia de los seres humanos.
Nos estamos dando cuenta de lo inservibles que resultan las doctrinas. Estamos viendo cómo en nombre de Dios se cometen atrocidades sin sentido y volvemos a preguntarnos sobre eso que se ha dado en llamar experiencia religiosa.
Tras el ayuno, regresamos a un mundo lleno de expresiones de profunda barbarie que nos están haciendo reflexionar sobre la necesidad apremiante que tenemos de despertar a la Realidad, de vivir una experiencia espiritual.
Cada vez sentimos con más claridad que no es la religión instituida y codificada la que nos va a permitir realizarnos como individuos o como humanidad. No son las interpretaciones las que nos acercan porque toda doctrina lleva en sí misma el germen de la exclusión, porque las doctrinas pretenden alcanzar un valor de universalidad y de objetividad frente a la experiencia siempre abierta de lo real, frente a la realidad cambiante del yo y de sus ideas. Las doctrinas religiosas tratan siempre de acomodar y reconducir las necesidades espirituales de los seres humanos a los intereses del poder y de la historia, tratando de conformar a un ser humano dócil y fácilmente manipulable.
Por momentos, nos resulta difícil entender la rigidez espiritual y moral de ciertos musulmanes. Intuimos las causas profundamente humanas de dichas actitudes y no por ello las justificamos. No entendemos bien cómo puede llegarse a estados de cerrazón mental y definiciones como las que estamos viendo en muchos países de mayoría musulmana, a no ser que admitamos la profunda herida que, en nombre de la globalización, se está inflingiendo a todas las culturas y pueblos de la tierra.
Nosotros no somos árabes pero recitamos el Corán en árabe y nos llamamos con nombres árabes: Ibrahim, Saleh o Muhámmad. Tal vez por eso algunos conciudadanos nos sienten como extraños y nos perciben distintos, nos alienan de sí mismos.
Algunos pueden entender nuestra conversión como consecuencia de una actitud crítica radical hacia la forma de vida occidental, otros consideran que hemos sufrido una especie de regresión mental y existencial hacia una forma de vida que aparece definida como anacrónica, medieval e incompatible no sólo con la contemporaneidad sino con los valores establecidos por la modernidad, con ese repertorio de imágenes e ideas que ocupan nuestra atención y virtualizan casi sin remisión nuestra vida cotidiana.
Extraño es sinónimo de extranjero y así los conversos aparecemos como exiliados de nuestra cultura en nuestra propia tierra. Estamos, en cierta manera, prisioneros de la imaginación de nuestros conciudadanos, pero esa imagen de alineación y exclusión es tan sólo una faceta de los musulmanes y musulmanas que vivimos, no en el pasado ni en el futuro, sino en un tiempo vivo regido por los ritmos de las lunaciones, de las estaciones y de la luz, en un tiempo lleno de signos, pleno de sentido.
Algunos de esos mismos conciudadanos sospechan de nosotros porque nos consideran súbditos de algún país que sólo existe en las mil y una noches de su imaginario. Sonríen de forma condescendiente cuando se refieren a nuestra conversión, sugiriendo veladamente su comprensión hacia las debilidades de la carne. Otros, nos consideran enemigos en su imaginaria cruzada contemporánea.
Laicos y fundamentalistas cristianos se sienten hoy defensores de una forma de vida que les garantiza su supervivencia ideológica aunque no resuelva sus contradicciones. Porque no quieren resolver sus contradicciones sino tan sólo mantener un estatus, una autodefinición necesaria para el mantenimiento de la razón y de la ideología.
Al-làh es la Luz de los cielos y de la tierra. La parábola de Su luz es como un nicho que contiene una lámpara; la lámpara está en cristal, el cristal [brilla] como una estrella radiante: que se enciende gracias a un árbol bendecido --un olivo que no es del este ni del oeste --cuyo aceite casi alumbra aunque no haya sido tocado por el fuego: ¡luz sobre luz! (Corán 24:35)